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Rafael Obligado

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    Información biográfica

  1. Basta y sobra
  2. Canción infantil
  3. La flor de Seibo
  4. La flor del aire
  5. Ofrenda
  6. Pensamiento
  7. Visión


Información biográfica
    Nombre: Rafael Obligado
    Lugar y fecha nacimiento: Buenos Aires, Argentina, 27 de enero de 1851
    Lugar y fecha defunción: Mendoza, Argentina, 8 de marzo de 1920 (69 años)
    Ocupación: Académico, escritor, poeta

    Fuente: [Rafael Obligado] en Wikipedia.org
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    Basta y sobra
      ¿Tú piensas que te quiero por hermosa,
      Por tu dulce mirar,
      Por tus mejillas de color de rosa?
      Sí, por eso y por buena, nada más.

      ¿Que entregada a la música y las flores,
      No aprendes a danzar?
      Pues me alegra que lo ignores;
      Yo te quiero por buena, nada más.

      ¿Que tu ignorancia raya en lo sublime,
      De Atila y Gengis-Khan?
      ¡Qué muchacha tan ciega!... Pero dime:
      ¿Si lo supieras, te querría más?

      Bien se están con su ciencia los doctores:
      La tuya es el hogar;
      Los niños y la música y las flores,
      Bastan y sobra para amarte más.
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    Canción infantil
      Es la mañana; lirios y rosas
      Mueve la brisa primaveral,
      Y en los jardines las mariposas
      Vuelan y pasan, vienen y van.

      Una niñita madrugadora
      Va a juntar flores para mamá,
      Y es tan hermosa que hasta la aurora
      Vierte sobre ella más claridad.

      Tras cada mata de clavelinas,
      De pensamientos y de arrayán,
      Gira su traje de muselina,
      Su sombrerito, su delantal.

      Llena sus manos de lindas flores,
      Y cuando en ellas no caben más,
      Con su tesoro de mil colores
      Vuelve a los brazos de su mamá.

      Mientras se aleja, como dos rosas
      Sus dos mejillas se ven brillar,
      Y la persiguen las mariposas
      Que en los jardines vienen y van.
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    La flor de Seibo
      (Al poeta Calixto Oyuela)

      Quiero realce su gentil figura
      La túnica sencilla y elegante
      Con que se adorna y viste la hermosura.
      C. Oyuela

      Tu "Flor de la caña",
      O Plácido amigo
      No tuvo unos ojos
      Más negros y lindos,
      Que cierta morocha
      Del suelo argentino
      Llamada... Su nombre,
      Jamás lo he sabido;
      Mas tiene unos labios
      De un rojo tan vivo,
      Difúndese de ella
      Tal fuego escondido,
      Que aquí en la comarca,
      La dan los vecinos
      Por único nombre,
      ''La Flor de Seibo.''

      Un día - una tarde
      Serena de estío, -
      Pasó por la puerta
      Del rancho que habito.
      Vestía una falda
      Ligera de lino;
      Cubríala el seno,
      Velando el corpiño,
      Un chal tucumano
      De mallas tejido;
      Y el negro cabello,
      Sin moños ni rizos,
      Cayendo abundoso,
      Brillaba ceñido
      Con una guirnalda
      De flor de Seibo.

      Miréla, y sus ojos
      Buscaron los míos...
      Tal vez un secreto
      Los dos nos dijimos,
      Porque ella, turbada,
      Quizá por descuido,
      Su blanco pañuelo
      Perdió en el camino.
      Corrí a levantarlo,
      Y al tiempo de asirlo,
      El alma inundome
      Su olor a tomillo.
      Al dárselo, "gracias,
      Mil gracias!" -me dijo,
      Poniéndose roja
      Cual flor de Seibo.

      Ignoro si entonces
      Pequé de atrevido,
      Pero ello es lo cierto
      Que juntos seguimos
      La senda, cubierta
      De sauces dormidos;
      Y mientras sus ojos,
      Modestos y esquivos,
      Fijaba en sus breves
      Zapatos pulidos,
      Con moños de raso
      Color de jacinto,
      Mi amor de poeta
      La dije al oído:
      ¡Mi amor, más hermoso
      Que flor de Seibo!

      La frente inclinada
      Y el paso furtivo,
      Guardó aquel silencio
      Que vale un suspiro.
      Mas, viendo en la arena
      La sombra de un nido
      Que al soplo temblaba
      Del aire tranquilo,
      -"Allí se columpian
      Dos aves, -me dijo-,
      Dos aves que se aman
      Y juntas he visto
      Bebiendo las gotas
      De fresco rocío
      Que absorbe en la noche
      La flor del Seibo".

      Oyendo embriagado
      Su acento divino,
      También, como ella,
      Quedé pensativo.
      Mas, como en un claro
      Del bosque sombrío
      Se alzara, ya cerca,
      Su hogar campesino:
      Detuvo sus pasos,
      Y, llena de hechizos,
      En pago y en prenda
      De nuestro cariño,
      Hurtando a las sienes
      Su adorno sencillo,
      Me dio, sonrojada,
      La flor del Seibo.
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    La flor del aire
      Aquel que en el pecho del ave inocente
      Pusiera una cuerda del arpa divina,
      Rumor en el árbol
      Y espuma en la linfa,
      Formó para el mundo las flores del aire
      De llanto de amores y de alas de brisas.

      Jamás en su blanco purísimo seno
      El sol ha clavado su ardiente pupila:
      De tanta frescura
      Sus rayos desvía,
      Y sólo en las noches de amor y misterio,
      La luna en secreto las besa y las mima.

      En torno a su cáliz el húmedo aroma
      Del beso de un niño volando palpita;
      Sus hojas, plegadas
      En leves sonrisas,
      Entreabren el velo del último ensueño,
      Demandan suspiros y ofrecen caricias.

      Pendiente del flanco de la árida roca
      Su cándido aspecto de estrella dormida
      Devuelve al presente
      Las horas perdidas,
      y abriéndose al soplo de tanto recuerdo.
      Posada en sus hojas el alma vacila.

      Su dulce fragancia difunde en el aire
      Promesas de vagas, celestes delicias...
      El pecho se ensancha,
      La frente se inclina,
      Y el alma, batiendo las alas del ángel
      ¡Escapa del mundo sedienta de vida!
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    Ofrenda
      ¡Ah!, yo que en torno de tu sien he visto
      Perennemente suspendida el alba,
      Y encenderse en el cielo de tus ojos
      Como una estrella el esplandor de tu alma,
      He querido mi ofrenda de poeta
      Consagrar a tu imagen solitaria,
      Azucena de luz, donde mi espíritu
      Posó un instante las ligeras alas.
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    Pensamiento
      A bañarse en la gota de rocío
      Que halló en las flores vacilante cuna,
      En las noches de estío
      Desciende el rayo de la blanca luna.
      Así, en las horas de celeste calma
      Y dulce desvarío,
      Hay en mi alma una gota de tu alma
      Donde se baña el pensamiento mío.
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    Visión
      Se sueña, se presiente, se adivina,
      Estremécese el labio y no la nombra;
      El alba la ve huir de la colina
      Velada entre los pliegues de la sombra,

      Espira el meláncolico perfume
      De la rosa de un féretro olvidada;
      Se deshace en incienso, se consume
      A la rápida luz de una mirada.

      Hermana de la tarde, pensativa
      En el fondo del valle resplandece;
      Un instante deslumbra, y fugitiva
      En el pálido azul se desvanece.
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Rosa Guerra

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    Información biográfica

  1. Al corazón
  2. Amor ideal


Información biográfica
    Nombre: Rosa Guerra
    Lugar y fecha nacimiento: Buenos Aires, Argentina, 1834
    Lugar y fecha defunción: Argentina, 18 de agosto de 1864 (30 años)
    Ocupación: Educadora, dramaturga, periodista, poeta

    Fuente: [Rosa Guerra] en Wikisource.org
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    Al corazón
      ¡Oh triste corazón! ¿Por qué te quejas?
      ¿Por qué vives inquieto y agitado?
      ¿Por qué suspiras y en tus crueles ayes
      Llamas la muerte con ahínco tanto?

      ¿Por qué no eres feliz, corazón mío?
      Dime, ¿no cabes en mi estrecho seno?
      ¿Te sofocan en fin tan crueles males,
      Puedo yo arrancarte de mi pecho?

      ¡Oh, memoria cruel, bárbara suerte,
      Memoria aciaga de pesares tantos!
      ¿Y puedo yo vivir y el alma mía
      soportará una vida de quebrantos?

      ¿No es mejor morir, y en la fosa
      Cubierto en polvo el miserable resto
      De un ser tan infeliz, dormir tranquila,
      En el seno apacible de los muertos?
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    Amor ideal
      Eres tú, cuyo esbelto y noble talle,
      Cuya cabeza erguida no altanera,
      Cuya preciosa frente y hechicera,
      Cuyos ojos de amor e inteligencia llenos;
      El mismo que yo veía en mis ensueños
      El bello ideal de la imaginación mía,
      La creación de mi ardiente fantasía
      Que tuvo amor por único modelo.

      Dime cómo viniste a este suelo,
      ¿Es obra mía la existencia tuya?
      Aquí en mi mente, tu ideal figura
      Grabé yo misma en caracteres bellos;
      Un ser ya eras, sólo vital aliento
      Faltaba a tu existir y yo quería
      Infundirte un alma cual la mía
      Tierna, amorosa y de ardoroso fuego.
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Florencio Balcarce

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    Información biográfica

  1. El cigarro
  2. Las hijas del Plata
  3. Lechero


Información biográfica
    Nombre: Florencio González Balcarce
    Lugar y fecha nacimiento: Buenos Aires, Argentina, 22 de febrero de 1818
    Lugar y fecha defunción: Buenos Aires, Argentina, 16 de mayo de 1839 (21 años)
    Ocupación: Poeta, traductor
    Movimiento: Romanticismo

    Fuente: [Florencio Balcarce] en Wikipedia.org
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    El cigarro
      En la cresta de una loma
      Se alza un ombú corpulento,
      Que alumbra el sol cuando asoma
      Y bate si sopla el viento.
      Bajo sus ramas se esconde
      Un rancho de paja y barro,
      Mansión pacífica, donde
      Fuma un viejo su cigarro.
      En torno los nietos mira,
      Y con labios casi yertos:
      -¡Feliz, dice, quien respira
      El aire de los desiertos!
      Pueda, al fin, aunque en la fuente
      Aplaque mi sed sin jarro,
      Entre mi prole inocente
      Fumar en paz mi cigarro.
      Que os mire crecer contentos
      El ombú de vuestro abuelo,
      Tan libres como los vientos
      Y sin más Dios que el del cielo.
      Tocar vuestra mano tema
      Del rico el dorado carro;
      A quien lo toca, hijos, quema
      Como el fuego del cigarro.
      No siempre movió en mi frente
      El pampero fría cana;
      El mirar mío fue ardiente,
      Mi tez rugosa, lozana.
      La fama en tierras ajenas
      Me aclamó noble y bizarro;
      Pero ya, ¿qué soy? Apenas
      La ceniza de un cigarro.
      Por la patria fui soldado
      Y seguí nuestras banderas
      Hasta el campo ensangrentado
      De las altas cordilleras.
      Aún mi huella está grabada
      En la tumba de Pizarro.
      Pero, ¿ qué es la gloria? Nada;
      Es el humo de un cigarro.
      ¿Qué me dejan de sus huellas
      La grandeza y los honores?
      Por la paz hondas querellas,
      los abrojos por las flores.
      La patria al que ha perecido
      Desprecia como un guijarro...
      Como yo arrojo y olvido
      El pucho de mi cigarro.
      Las horas vivid sencillas
      Sin correr tras la tormenta;
      No dobléis vuestras rodillas
      Sino al Dios que nos alienta.
      No habita la paz más casa
      Que el rancho de paja y barro;
      Gozadla, que todo pasa,
      Y el hombre, como un cigarro.
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    Las hijas del Plata
      Las tiernas hijas del Plata
      Más frescas son que las flores;
      Sus palabras son amores,
      Dulce halago es su mirar.
      ¡Infeliz quien sus virtudes
      Y quien sus gracias no admira!
      ¡Más infeliz quien las mira
      Y las tiene que dejar!
      Ten las alas un momento, No me robes el contento
      Manso viento.
      Cual la lumbre que de noche
      La luna esparce en los cielos,
      Nos vierten ellas consuelos
      En las horas de amargor.
      Y si risueño el Destino
      Placeres nos atesora,
      Son como flor que en la aurora
      Nos embriaga con su olor.
      Ten las alas un momento, No me robes el contento
      Manso viento.
      Sus negros ojos alcanzan
      De los amores la palma;
      A través de ellos el alma
      Se ve cándida brillar.
      Como entre arena plateada
      Refleja el nácar luciente,
      A través de la corriente
      Del augusto Paraná.
      Ten las alas un momento, No me robes el contento
      Manso viento.
      Sus corazones abrigan
      La pureza de su cielo,
      La inocencia de su suelo,
      Lo benigno de su Sol.
      Al picaflor ellas vencen
      En viveza y en donaire,
      Y les da la flor del aire
      Su fragancia y su frescor.
      Ten las alas un momento, No me robes el contento
      Manso viento.
      ¡Pobre de mí, que ya nunca
      Las veré en playa extranjera!
      ¡Pobre de mí cuando muera
      Sin que me aliente su voz!
      Si escribió suertes risueñas
      Allá en su libro el Eterno,
      También cual noche de invierno
      Oscuras las escribió.
      Ten las alas un momento, No me robes el contento....

        .
        ¡Adiós, estrellado cielo!
        ¡Adiós, oh río argentino!
        Donde me arrastre el Destino
        Serán tus hijas mi amor.
        ¿Cuál habrá entre ellas que un día
        Mi oscuro nombre repita?...
        ¿Ningún corazón palpita
        Cuando oye mi triste Adiós?
        Ten las alas un momento, No me robes el contento
        Manso viento.
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      Lechero
        I

        Por capricho
        Soy soltero
        Que el lechero
        Gozar debe libertad:
        Y no tengo
        Más vestido
        Que un bonete
        Carcomido,
        Y un raído chiripá.
        Pero el mundo
        Todo es mío:
        Yo en un río
        Sé nadar;
        Yo en el campo soy un viento
        Y en el pueblo me presento
        Sin deseos
        Más constantes
        Que tener buenos marchantes
        Que me vengan a comprar.

        II

        Cuando apenas
        Canta el gallo,
        Mi caballo
        Me levanto yo a ensillar:
        Ningún otro
        Va conmigo,
        Ni conozco más amigo
        Que me sepa acompañar.
        Y al oírme
        De mañana,
        La ventana
        Va a entornar
        La que se había dormido
        Sobre su lecho mullido,
        Y con hambre
        Se despierta,
        Y me busca
        Mal cubierta
        Para tener que almorzar.

        III

        Si una bella
        Por ventura,
        Con dulzura,
        En la calle me miró,
        De la leche
        Ya me olvido,
        Y enamorado perdido
        De amor sólo entiendo yo.
        Mas si alguna
        Desdeñosa,
        Mostrarme osa
        Desamor,
        La digo claro que es fea,
        Y me crea o no me crea,
        Yo me marcho
        Dando gritos:
        Buena leche;
        Marchantitos,
        Buena leche vendo yo.

        IV

        En invierno
        Y en verano
        Siempre gano
        Para jugar y comer,
        Y si acaso
        Pierdo un día,
        Espero en Dios y en María
        Que otro día me irá bien:
        Pues no todo
        Sale bueno,
        Se oye el trueno
        Alguna vez:
        Y si hoy mi caballo rueda,
        Llegará un día en que pueda
        Del alcalde
        Y el teniente,
        Hacer burla
        Frente a frente
        Cuando esté firme de pie.

        V

        Así paso
        La semana,
        Y la mañana
        No se me ocurre pensar.
        Si es domingo
        Voy a misa,
        Y no me mudo camisa
        Si no la puedo encontrar.
        Soy en guerra
        Montonero,
        Soy lechero
        Cuando hay paz.
        Sólo necesito y quiero
        Tener pronto un parejero,
        En que pueda
        Bien seguro,
        Si se ofrece
        Algún apuro,
        No correr sino volar.
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Clementina Isabel Azlor

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    Información biográfica

  1. Al azar
  2. Arcano
  3. Hannifa
  4. Invocación


Información biográfica
    Nombre: Clementina Isabel Azlor
    Lugar y fecha nacimiento: Buenos Aires, Argentina, 1902
    Lugar y fecha defunción: Buenos Aires, Argentina, 29 de noviembre de 1946 (44 años)
    Ocupación: Docente, escritora, poeta

    Fuente: [Clementina Isabel Azlor] en Wikipedia.org
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    Al azar
      ¿Para qué echar la sonda?
      ¡Saber lo que el Destino te reserva!
      ¡Interrogar la Esfinge!
      ¡No, no hay poder humano que sorprenda
      Sus obscuros designios.
      Perseguir en la noche una luciérnaga
      Para indagar la causa de su fosforescencia,
      Cuando puedes llenarte las pupilas
      Con el suave fulgor de las estrellas
      Y vivir horas de quietud y gozo...
      Hasta cuando amanezca!
      Es mejor no inquirir. Hoy que la Vida
      Ha querido mostrarte su faz buena,
      Y en acto de humildad, contrita, viene
      A verter en tu copa de su néctar,
      Apúrala sin preguntarle cómo
      Ni cuándo has de beberla.
      ¡No sea que en un sueño
      La Realidad se pierda!
      ¿Para qué echar la sonda?
      El más puro Ideal llama a tu puerta.
      Anda. Abre. Contémplalo.
      Extasíate en él, y luego cierra
      Los ojos. ¡Que su imagen
      Llegue a tu alma como hostia de belleza!
      ¿Interrogar la Esfinge?
      ¿Qué te diría su mirar de piedra?
      Confíate a la Vida
      Que ha querido mostrarte su faz buena
      Y síguela sin preguntarle adónde.
      ¡Es mejor ignorar y andar a tientas!
      ¡Oh, poder despertarse de mañana
      Y bendecir el día que comienza!
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    Arcano
      ¿Qué mano misteriosa erizó de doradas,
      Promisorias espigas, el siniestro abrojal?
      ¿Qué vendaval maldito derramó la simiente
      Que hoy viste de esmeralda lujoso el cenagal?

      ¿Qué espíritu invisible llegó en la tarde lívida
       A borrar con su magia la apariencia del mal?
      ¿Quién te dio esa sonrisa seductora y aviesa?
      ¿Quién te puso en los labios ese embrujo fatal?
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    Hannifa
      Por destronar a Alah, Ibliis despliega
      En labios del rumi, frase galana,
      Y a saborearla, tímida, se entrega
      Lalla Hannifa, la virgen musulmana.

      El amor la deslumbra. Nueva aurora
      Le presagia en sus fúlgidos destellos,
      Y tiende el alma al alma que la implora
      En el mirto que adorna sus cabellos.

      Se olvida de su fe. Reta al Destino.
      Mas huyendo en la noche solitaria,
      Conjura a los fantasmas del camino
      Susurrando enigmática plegaria.

      Quiere sondear el porvenir, y vuelve
      Los ojos hacia el golfo que dormita,
      Y la ciudad en brumas se resuelve
      En el albo esplendor de una mezquita.

      Ya en el mar, al singlar hacia ese puerto
      Con que soñó en instantes de extravío,
      Siente el brusco aletazo de lo incierto
      Sobre su rostro demudado y frío.

      Es la noche beatífica y serena,
      Y de las olas, rumorosa fluye
      Esa fuerza invencible que encadena
      El sueño en flor con el ensueño que huye...

      ¡Lalla Hannifa! ¡No más prisión ni reja!
      ¡No más velo celoso de tu encanto!...
      Sigue al grito de amor una honda queja,
      Y al quererla besar bebe su llanto.

      Y la nave recoge su velamen...
      Parece una mujer que se arrebuja
      Trémula, al ver que sufran los que amen
      Y el mar no se estremezca, ¡el mar no ruja!

      De los ojos de Hannifa cae la venda
      Y ante el temor de que su fe refluya,
      Se transfigura en la suprema ofrenda:
      "¡Por Alah gime mi alma y seré suya!"

      Víctima al fin de sus caprichos vanos
      Murmura resignada: "Estaba escrito".
      Y siente que se templa entre sus manos,
      El corazón glacial del Infinito.
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    Invocación
      ¡Oh Divino Pastor de las canciones!
      Guía serás de mi rebaño lírico.
      Confío más en tu saber empírico
      Que en el acierto de mis previsiones.
      Estoy cansada ya de estas laderas,
      Y siento que mi vida se quebranta...
      Para mí el manantial ¡gime!... ¡no canta!
      Llévanos, ¡oh Pastor!, donde tú quieras.
      ¡Lejos, lejos!... Allá cerca del cielo
      Donde su vuelo audaz el cóndor tiende...
      ¡Oh! ¡Nada habrá que mi fervor no ofrende
      Por el goce instantáneo de mi anhelo!...
      ¿Riesgos?... ¡Avanza! Mi inquietud flamea,
      Y al paso seguirá mi mansedumbre,
      Sabiendo que un momento allá en la cumbre,
      Ebria de luz retozará la Idea.
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Agustina Andrade

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    Información biográfica

  1. A un boyero
  2. Después del triunfo
  3. Nuestras almas
  4. Lágrima


Información biográfica
    Nombre: Agustina Pastora Andrade González
    Lugar y fecha nacimiento: Gualeguaychú, Entre Ríos, Argentina, 9 de agosto de 1858
    Lugar y fecha defunción: Témperley, Buenos Aires, Argentina, 10 de febrero de 1891 (32 años)
    Ocupación: Escritora, poeta

    Fuente: [Agustina Andrade] en Wikipedia.org
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    A un boyero
      ¿Qué voz, qué armonía, qué ráfaga leve,
      Cantor de las islas, esperas oír,
      Que siempre pareces ansioso, anhelante,
      Temblando al murmullo del aura sutil?

      ¿Esperas? Sí, esperas, lo dice a mi alma,
      Que sufre y espera, tu triste actitud;
      Esperas mensajes de seres ausentes,
      ¡Te afligen y enferman las nieblas del Sud!

      ¿Qué extrañas? El sauce de frondas sonoras,
      El claro arroyuelo de limpio cristal,
      La tosca canoa que ataba el isleño
      Con lazos de ibira, del verde juncal?

      ¿Extrañas el nido que el viente hamacaba,
      Que a veces las ondas con furia azotó,
      Colgado cual viejo jirón de bandera
      Del trémulo gajo del alto timbó?

      ¡Ah, lejos, muy lejos, quedó la espesura
      Que oyó tus primeros cantares de amor;
      En vano te agitas, esperas en vano,
      No oirás de las selvas el dulce rumor!

      No es ruido de hojas, ni tumbos de olas,
      Lo que oyes, boyero, con triste ansiedad:
      Es del mar humano la ronca marea,
      De torvas pasiones el rudo huracán.

      ¡También yo he dejado muy lejos el nido
      A cuyo suave, gracioso vaivén,
      Canté a la esperanza con dulces acentos,
      A Dios y a mis padres queridos canté!

      ¡Hermano! Suframos. ¡Hermano! Esperemos,
      No hay noche sin alba, ni eclipse inmortal;
      Cantemos, que el alma se embriaga cantando
      ¡Y los dos tenemos el don de cantar!
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    Después del triunfo
      A eso llaman triunfar: palmas y gritos,
      Algunos ramos de venal laurel,
      Y después... ¡el silencio y el olvido!
      ¿Y después? ¡Oh, qué horrible es el después!

      Abrir el corazón, verter sin tasa
      El perfume y la miel;
      ¡Arrostrar la mirada indiferente
      De las turbas sin fe!

      Todo eso, ¿para qué? ¡Para que algunos,
      Con grosera avidez,
      Le claven los anteojos a la autora
      Y la aplaudan después!

      ¡Si eso es triunfar, la gloria es el martirio,
      La gloria es la embriaguez!
      ¡Vale más la sonrisa de mi madre
      Que el más rico laurel!
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    Nuestras almas
      Dos suspiros que se juntan
      En el camino del cielo,
      Porque brotan de dos pechos
      Que sienten el mismo anhelo;

      Dos blancas perlas del alba
      Que en el cáliz de las flores
      Se buscan, para volverles
      Sus perfumes y colores;

      Dos azules nubecillas
      Que se unen allá en los cielos
      Para contemplar la luna
      Y envolverla entre sus velos;

      Dos arpas que alegres riman
      De amor iguales poemas,
      Y tristes si una está triste,
      Buscan siempre iguales temas;

      Dos aves que a un tiempo cantan,
      Dos arroyos que murmuran,
      ¡Eso son nuestras dos almas,
      Que eterna dicha se auguran!
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    Lágrima
      Del Uruguay a la orilla
      En una noche de estío,
      Una rosada azucena
      Vi bordada de rocío.

      Que ruborosa inclinaba
      Su cáliz hacia otra flor,
      Para dejarle una gota
      De rocío temblador.

      Ya la flor que había quemado
      Con su ardiente rayo el sol,
      La halló alegre y sonriente
      El vespertino arrebol.

      Así en las almas que lloran,
      Tan tristes como esa flor,
      Suele descender un día
      Una lágrima de amor.

      Y como despierta el ave
      Cuando ruge el aquilón,
      Despierta el alma dormida
      Temblando de inspiración.
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Alfonsina Storni

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    Información biográfica

  1. Alma desnuda
  2. Carta lírica a otra mujer
  3. Date a volar
  4. Dolor
  5. Duerme tranquilo
  6. Esta tarde
  7. Frente al mar
  8. La invitación amable
  9. Sábado
  10. Tú me quieres blanca
  11. Un sol
  12. Versos otoñales


Información biográfica
    Nombre: Alfonsina Storni Martignoni
    Lugar y fecha nacimiento: Sala Capriasca, Suiza, 22 de mayo de 1892
    Lugar y fecha defunción: Mar del Plata, Buenos Aires, Argentina, 25 de octubre de 1938 (46 años)
    Ocupación: Escritora, periodista, diarista, poeta
    Movimiento: Modernismo

    Fuente: [Alfonsina Storni] en Wikipedia.org
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    Alma desnuda
      Soy un alma desnuda en estos versos,
      Alma desnuda que angustiada y sola
      Va dejando sus pétalos dispersos.
      Alma que puede ser una amapola,
      Que puede ser un lirio, una violeta,
      Un peñasco, una selva y una ola.
      Alma que como el viento vaga inquieta
      Y ruge cuando está sobre los mares,
      Y duerme dulcemente en una grieta.
      Alma que adora sobre sus altares,
      Dioses que no se bajan a cegarla;
      Alma que no conoce valladares.
      Alma que fuera fácil dominarla
      Con sólo un corazón que se partiera
      Para en su sangre cálida regarla.
      Alma que cuando está en la primavera
      Dice al inviemo que demora: vuelve,
      Caiga tu nieve sobre la pradera.
      Alma que cuando nieva se disuelve
      En tristezas, clamando por las rosas
      Con que la primavera nos envuelve.
      Alma que a ratos suelta mariposas
      A campo abierto, sin fijar distancia,
      Y les dice "libad sobre las cosas".
      Alma que ha de morir de una fragancia,
      De un suspiro, de un verso en que se ruega,
      Sin perder, a poderlo, su elegancia.
      Alma que nada sabe y todo niega
      Y negando lo bueno el bien propicia
      Porque es negando como más se entrega,
      Alma que suele haber como delicia
      Palpar las almas, despreciar la huella,
      Y sentir en la mano una caricia.
      Alma que siempre disconforme de ella,
      Como los vientos vaga, corre y gira;
      Alma que sangra y sin cesar delira
      Por ser el buque en marcha de la estrella.
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    Carta lírica a otra mujer
      Vuestro nombre no sé, ni vuestro rostro
      Conozco yo, y os imagino blanca,
      Débil como los brotes iniciales,
      Pequeña, dulce; ya ni sé, divina.
      En vuestros ojos placidez de lago
      Que se abandona al sol y dulcemente
      Le absorbe su oro mientras todo calla.
      Y vuestras manos, finas, como aqueste
      Dolor, el mío, que se alarga, alarga,
      Y luego se me muere y se concluye
      Así, como lo veis; en algún verso.
      Ah, ¿sois así? Decidme si en la boca
      Tenéis un rumoroso colmenero.
      Si las orejas vuestras son a modo
      De pétalos de rosas ahuecados
      Decidme si lloráis, humildemente,
      Mirando las estrellas tan lejanas.
      Y si en las manos tibias se os aduermen
      Palomas blancas y canarios de oro.
      Porque todo eso y más, vos sois, sin duda:
      Vos, que tenéis el hombre que adoraba
      Entre las manos dulces, vos, la bella
      Que habéis matado, sin saberlo acaso,
      Toda esperanza en mí; vos, su criatura,
      Porque él es todo vuestro: cuerpo y alma
      Estáis gustando del amor secreto
      Que guardé silencioso, Dios lo sabe
      Por qué, que yo no alcanzo a penetrarlo.
      Os lo confieso que una vez estuvo
      Tan cerca de mi brazo, que al extenderlo
      Acaso mía aquella dicha vuestra
      Me fuera ahora ¡sí!, acaso mía
      Mas ved, estaba el alma tan gastada
      Que el brazo mío no alcanzó a extenderse:
      La sed divina, contenida entonces,
      Me pulió el alma. ¡Y él ha sido vuestro!
      ¿Comprendéis bien? Ahora, en vuestros brazos
      Él se adormece y le decís palabras
      Pequeñas y menudas que semejan
      Pétalos volanderos y muy blancos.
      Acaso un niño rubio vendrá luego
      A copiar en los ojos inocentes
      Los ojos vuestros y los de él
      Unidos en un espejo azul y cristalino.
      ¡Oh, ceñidle la frente! ¡Era tan amplia!
      ¡Arrancaban tan firmes los cabellos
      A grandes ondas, que a tenerla cerca
      No hiciera yo otra cosa que ceñirla!
      Luego dejad que en vuestras manos vaguen
      Los labios suyos; él me dijo un día
      Que nada era tan dulce al alma suya
      Como besar las femeninas manos
      Y acaso, alguna vez, yo, la que anduve
      Vagando por afuera de la vida,
      -Como aquellos filósofos mendigos
      Que van a las ventanas señoriales
      A mirar sin envidia toda fiesta-
      Me allegue humildemente a vuestro lado
      Y con palabras quedas, susurrantes,
      Os pida vuestras manos un momento,
      Para besarlas yo como él las besa
      Y al recubrirlas, lenta, lentamente,
      Vaya pensando: aquí se aposentaron
      ¿Cuánto tiempo?, sus labios, ¿cuánto tiempo
      En las divinas manos que son suyas?
      ¡Oh, qué amargo deleite, este deleite
      De buscar huellas suyas y seguirlas
      Sobre las manos vuestras tan sedosas,
      Tan finas, con sus venas tan azules!
      Oh, que nada podría, ni ser suya,
      Ni dominarle el alma, ni tenerlo
      Rendido aquí a mis pies, recompensarme
      Este horrible deleite de hacer mío
      Un inefable, apasionado rastro.
      Y allí en vos misma, sí, pues sois barrera,
      Barrera ardiente, viva, que al tocarla
      Ya me remueve este cansancio amargo,
      Este silencio de alma en que me escudo,
      Este dolor mortal en que me abismo,
      Esta inmovilidad del sentimiento
      ¡Que sólo salta, bruscamente, cuando
      Nada es posible!
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    Date a volar
      Anda, date a volar, hazte una abeja,
      En el jardín florecen amapolas,
      Y el néctar fino colma las corolas;
      Mañana el alma tuya estará vieja.
      Anda, suelta a volar, hazte paloma,
      Recorre el bosque y picotea granos,
      Come migajas en distintas manos
      La pulpa muerde de fragante poma.
      Anda, date a volar, sé golondrina,
      Busca la playa de los soles de oro,
      Gusta la primavera y su tesoro,
      La primavera es única y divina.
      Mueres de sed: no he de oprimirte tanto
      Anda, camina por el mundo, sabe;
      Dispuesta sobre el mar está tu nave:
      Date a bogar hacia el mejor encanto.
      Corre, camina más, es poco aquello
      Aún quedan cosas que tu mano anhela,
      Corre, camina, gira, sube y vuela:
      Gústalo todo porque todo es bello.
      Echa a volar, mi amor no te detiene,
      ¡Cómo te entiendo, bien, cómo te entiendo!
      Llore mi vida, el corazón se apene
      Date a volar, amor, yo te comprendo.
      Callada el alma, el corazón partido,
      Suelto tus alas, ve, pero te espero.
      ¿Cómo traerás el corazón, viajero?
      Tendré piedad de un corazón vencido.
      Para que tanta sed bebiendo cures
      Hay numerosas sendas para ti
      Pero se hace la noche; no te apures
      Todas traen a mí.
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    Dolor
      Quisiera esta tarde divina de octubre
      Pasear por la orilla lejana del mar;
      Que la arena de oro, y las aguas verdes,
      Y los cielos puros me vieran pasar.
      Ser alta, soberbia, perfecta, quisiera,
      Como una romana, para concordar
      Con las grandes olas, y las rocas muertas
      Y las anchas playas que ciñen el mar.
      Con el paso lento, y los ojos fríos
      Y la boca muda, dejarme llevar;
      Ver cómo se rompen las olas azules
      Contra los granitos y no parpadear
      Ver cómo las aves rapaces se comen
      Los peces pequeños y no despertar;
      Pensar que pudieran las frágiles barcas
      Hundirse en las aguas y no suspirar;
      Ver que se adelanta la garganta al aire,
      El hombre más bello no desear amar;
      Perder la mirada, distraídamente,
      Perderla, y que nunca la vuelva a encontrar;
      Y, figura erguida, entre cielo y playa,
      Sentirme el olvido perenne del mar.
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    Duerme tranquilo
      Dijiste la palabra que enamora
      A mis oídos. Ya olvidaste. Bueno.
      Duerme tranquilo. Debe estar sereno
      Y hermoso el rostro tuyo a toda hora.
      Cuando encanta la boca seductora
      Debe ser fresca, su decir ameno;
      Para tu oficio de amador no es bueno
      El rostro ardido del que mucho llora.
      Te reclaman destinos más gloriosos
      Que el de llevar, entre los negros pozos
      De las ojeras, la mirada en duelo.
      ¡Cubre de bellas víctimas el suelo!
      Más daño al mundo hizo la espada fatua
      De algún bárbaro rey, y tiene estatua.
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    Esta tarde
      Ahora quiero amar algo lejano
      Algún hombre divino
      Que sea como un ave por lo dulce,
      Que haya habido mujeres infinitas
      Y sepa de otras tierras, y florezca
      La palabra en sus labios, perfumada:
      Suerte de selva virgen bajo el viento
      Y quiero amarlo ahora. Está la tarde
      Blanda y tranquila como espeso musgo,
      Tiembla mi boca y mis dedos finos,
      Se deshacen mis trenzas poco a poco.
      Siento un vago rumor; toda la tierra
      Está cantando dulcemente. Lejos
      Los bosques se han cargado de corolas,
      Desbordan los arroyos de sus cauces
      Y las aguas se filtran en la tierra
      Así como mis ojos en los ojos
      Que estoy soñando embelesada.
      Pero
      Ya está bajando el sol de los montes,
      Las aves se acurrucan en sus nidos,
      La tarde ha de morir y él está lejos
      Lejos como este sol que para nunca
      Se marcha y me abandona, con las manos
      Hundidas en las trenzas, con la boca
      Húmeda y temblorosa, con el alma
      Sutilizada, ardida en la esperanza
      De este amor infinito que me vuelve
      Dulce y hermosa.
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    Frente al mar
      Oh mar, enorme mar, corazón fiero
      De ritmo desigual, corazón malo,
      Yo soy más blanda que ese pobre palo
      Que se pudre en tus ondas prisionero.
      Oh mar, dame tu cólera tremenda,
      Yo me pasé la vida perdonando,
      Porque entendía, mar, yo me fui dando:
      "Piedad, piedad para el que más ofenda".
      Vulgaridad, vulgaridad me acosa.
      Ah, me han comprado la ciudad y el hombre.
      Hazme tener tu cólera sin nombre:
      Ya me fatiga esta misión de rosa.
      ¿Ves al vulgar? Ese vulgar me apena,
      Me falta el aire y donde falta quedo,
      Quisiera no entender, pero no puedo:
      Es la vulgaridad que me envenena.
      Me empobrecí porque entender abruma,
      Me empobrecí porque entender sofoca,
      ¡Bendecida la fuerza de la roca!
      Yo tengo el corazón como la espuma.
      Mar, yo soñaba ser como tú eres,
      Allá en las tardes que la vida mía
      Bajo las horas cálidas se abría
      Ah, yo soñaba ser como tú eres.
      Mírame aquí, pequeña, miserable,
      Todo dolor me vence, todo sueño;
      Mar, dame, dame el inefable empeño
      De tornarme soberbia, inalcanzable.
      Dame tu sal, tu yodo, tu fiereza,
      ¡Aire de mar! ¡Oh tempestad, oh enojo!
      Desdichada de mí, soy un abrojo,
      Y muero, mar, sucumbo en mi pobreza.
      Y el alma mía es como el mar, es eso,
      Ah, la ciudad la pudre y equivoca
      Pequeña vida que dolor provoca,
      ¡Que pueda libertarme de su peso!
      Vuele mi empeño, mi esperanza vuele
      La vida mía debió ser horrible,
      Debió ser una arteria incontenible
      Y apenas es cicatriz que siempre duele.
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    La invitación amable
      Acércate, poeta; mi alma es sobria,
      De amor no entiende -del amor terreno-
      Su amor es más altivo y es más bueno.
      No pediré los besos de tus labios.
      No beberé en tu vaso de cristal,
      El vaso es frágil y ama lo inmortal.
      Acércate, poeta sin recelos
      Ofréndame la gracia de tus manos,
      No habrá en mi antojo pensamientos vanos.
      ¿Quieres ir a los bosques con un libro,
      Un libro suave de belleza lleno?
      Leer podremos algún trozo ameno.
      Pondré en la voz la religión de tu alma,
      Religión de piedad y de armonía
      Que hermana en todo con la cuita mía.
      Te pediré me cuentes tus amores
      Y alguna historia que por ser añeja
      Nos dé el perfume de una rosa vieja.
      Yo no diré nada de mí misma
      Porque no tengo flores perfumadas
      Que pudieran así ser historiadas.
      El cofre y una urna de mis sueños idos
      No se ha de abrir, cesando su letargo,
      Para mostrarte el contenido amargo.
      Todo lo haré buscando tu alegría
      Y seré para ti tan bondadosa
      Como el perfume de la vieja rosa.
      La invitación esta, sincera y noble.
      ¿Quieres ser mi poeta, buen amigo,
      Y sólo tu dolor partir conmigo?
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    Sábado
      Me levanté temprano y anduve descalza
      Por los corredores: bajé a los jardines
      Y besé las plantas
      Absorbí los vahos limpios de la tierra,
      Tirada en la grama;
      Me bañé en la fuente que verdes achiras
      Circundan. Más tarde, mojados de agua
      Peiné mis cabellos. Perfumé las manos
      Con zumo oloroso de diamelas. Garzas
      Quisquillosas, finas,
      De mi falda hurtaron doradas migajas.
      Luego puse traje de clarín más leve
      Que la misma gasa.
      De un salto ligero llevé hasta el vestíbulo
      Mi sillón de paja.
      Fijos en la verja mis ojos quedaron,
      Fijos en la verja.
      El reloj me dijo: diez de la mañana.
      Adentro un sonido de loza y cristales:
      Comedor en sombra; manos que aprestaban
      Manteles.
      Afuera, sol como no he visto
      Sobre el mármol blanco de la escalinata.
      Fijos en la verja siguieron mis ojos,
      Fijos. Te esperaba.
    Arriba

    Tú me quieres blanca
      Tú me quieres alba,
      Me quieres de espumas,
      Me quieres de nácar.
      Que sea azucena
      Sobre todas, casta.
      De perfume tenue.
      Corola cerrada.
      Ni un rayo de luna
      Filtrado me haya.
      Ni una margarita
      Se diga mi hermana.
      Tú me quieres nívea,
      Tú me quieres blanca,
      Tú me quieres alba.
      Tú que hubiste todas
      Las copas a mano,
      De frutos y mieles
      Los labios morados.
      Tú que en el banquete
      Cubierto de pámpanos
      Dejaste las carnes
      Festejando a Baco.
      Tú que en los jardines
      Negros del engaño
      Vestido de rojo
      Corriste al estrago.
      Tú que el esqueleto
      Conservas intacto
      No sé todavía
      Por cuáles milagros,
      Me pretendes blanca
      (Dios te lo perdone),
      Me pretendes casta
      (Dios te lo perdone),
      ¡Me pretendes alba!
      Huye hacia los bosques,
      Vete a la montaña;
      Límpiate la boca;
      Vive en las cabañas;
      Toca con las manos
      La tierra mojada;
      Alimenta el cuerpo
      Con raíz amarga;
      Bebe de las rocas;
      Duerme sobre escarcha;
      Renueva tejidos
      Con salitre y agua;
      Habla con los pájaros
      Y lévate al alba.
      Y cuando las carnes
      Te sean tornadas,
      Y cuando hayas puesto
      En ellas el alma
      Que por las alcobas
      Se quedó enredada,
      Entonces, buen hombre,
      Preténdeme blanca,
      Preténdeme nívea,
      Preténdeme casta.
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    Un sol
      Mi corazón es como un dios sin lengua,
      Mudo se está a la espera del milagro,
      He amado mucho, todo amor fue magro,
      Que todo amor lo conocí con mengua.
      He amado hasta llorar, hasta morirme.
      Amé hasta odiar, amé hasta la locura,
      Pero yo espero algún amor natura
      Capaz de renovarme y redimirme.
      Amor que fructifique mi desierto
      Y me haga brotar ramas sensitivas,
      Soy una selva de raíces vivas,
      Sólo el follaje suele estarse muerto.
      ¿En dónde está quien mi deseo alienta?
      ¿Me empobreció a sus ojos el ramaje?
      Vulgar estorbo, pálido follaje
      Distinto al tronco fiel que lo alimenta.
      ¿En dónde está el espíritu sombrío
      De cuya opacidad brote la llama?
      Ah, si mis mundos con su amor inflama
      Yo seré incontenible como un río.
      ¿En dónde está el que con su amor me envuelva?
      Ha de traer su gran verdad sabida
      Hielo y más hielo recogí en la vida:
      Yo necesito un sol que me disuelva.
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    Versos otoñales
      Al mirar mis mejillas, que ayer estaban rojas,
      He sentido el otoño; sus achaques de viejo
      Me han llenado de miedo; me ha contado el espejo
      Que nieva en mis cabellos mientras caen las hojas.
      ¡Que curioso destino! Me ha golpeado a las puertas
      En plena primavera para brindarme nieve
      Y mis manos se hielan bajo la presión leve
      De cien rosas azules sobre sus dedos muertas.
      Ya me siento invadida totalmente de hielo;
      Castañean mis dientes mientras el sol, afuera,
      Pone manchas de oro, tal como en primavera,
      Y ríe en la ensondada profundidad del cielo.
      Y lloro lentamente, con un dolor maldito
      Con un dolor que pesa sobre mis fibras todas,
      ¡Oh, la pálida muerte que me ofrece sus bodas
      Y el borroso misterio cargado de infinito!
      ¡Pero yo me rebelo! ¿Cómo esta forma humana
      Que costó a la materia tantas transformaciones
      Me mata, pecho adentro, todas las ilusiones
      Y me brinda la noche casi en plena mañana?
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Ramón de Almagro

    Nombre: Ramón Valdez
    Nombre de pluma: Ramón de Almagro
    Lugar y fecha nacimiento: Arrecifes, Buenos Aires (Argentina), 10 de abril de 1934
    E-mail: donramon@sinectis.com.ar
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    Amigos
      Si te sientas conmigo,
      Si tú estás a mi lado,
      Que seamos amigos,
      Ya está casi arreglado.
      Te diré dos palabras,
      Cualquier cosa que sea,
      Buscaré de tus labios
      La respuesta cualquiera.
      Abriré tu sonrisa
      Con palabras graciosas,
      Te diré con malicia
      Una frase ingeniosa.
      Buscaré en tu mirada
      Si me has comprendido,
      Sólo ofrezco palabras,
      Sólo ofrezco mi oído.
      El tener quién escuche
      Cuando quieres hablar,
      Quién te brinde silencio
      Cuando quieras pensar.
      El tener quién te hable
      Si querés escuchar,
      Es tan bueno, ¿y qué cuesta?
      Casi nada, al final.
      Si te sientas conmigo,
      Si tú estás a mi lado,
      Que seamos amigos,
      Ya está casi arreglado.
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    Como pájaros

      Como un pájaro
      Ella
      Atraviesa las nubes
      Por llegar hasta el cuarto.
      Como un pájaro
      Ella
      En sus plumas de noche
      Hay un brillo de estrellas.
      Como un pájaro
      Ella
      Extendiendo las alas
      Pone el cielo en la cama.
      Como un pájaro
      Ella
      Hace nido en mi pecho
      Picotea mi cuello.
      Como un pájaro
      Ella
      Con graznidos eternos,
      Se la escucha
      Volar.
      Mirada haiku
      El primer beso
      No lo dan los labios
      Es con los ojos.
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    Don Ramón
      Aprende un buen poema
      Y lo disfrutarás toda tu vida,
      Enséñaselo a tus hijos
      Y nunca se sentirán solos,
      Enséñaselo a tus nietos
      Y siempre te recordarán.
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    El abuelo (jugando)
      El niño mira al abuelo
      Y lo invita a su jugar,
      Dolorido está el abuelo,
      Pero acepta, sin chistar.
      Cuando pasan los minutos,
      El viejo siente al jugar,
      Que ya no le duele tanto,
      Lo que lo hacía penar.
      Y entonces
      Entonces son carcajadas
      Las que se escuchan de a par,
      De ese nieto y de ese abuelo,
      Que disfrutan por igual.
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    El velero blanco
      Desde que era niño siempre tuvo el sueño,
      Que le dio un barquito hecho de papel,
      Y fue desde entonces que quiso ser dueño
      Del velero blanco y bogar en él,
      No por los paisajes de cielos lejanos
      Tampoco por islas de hermoso coral
      Él solo soñaba sentarse en su barco
      Y por una brisa dejarse llevar.
      Al pasar el tiempo se quedó en un sueño
      Como tantos sueños, su sueño de mar
      Nunca dijo nada, pues siempre temía
      Que si alguien sabía se fuera a burlar.
      Hoy que ya está viejo, y nadie le ofrece
      Por sus pocas fuerzas un trozo de pan,
      Agarra la silla, esa que se mece,
      Y se va hasta el patio, buscando soñar,
      En la vieja silla se siente en el barco,
      Cerrando los ojos escucha la mar
      Y hasta hay una brisa
      Que baja a sus labios
      Olas muy pequeñas
      Con sabor
      A sal.
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    Flores silvestres

      Si al pasar frente a una tumba
      Descubres flores silvestres
      Flores que ninguna mano
      Ha plantado.
      No lo dudes
      Ahí debajo
      Yace un poeta.
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    La niña del lago

      La niña sentada a orillas del lago,
      Leyendo poesía de su libro Azul,
      Te muestra que todo no está tan cambiado,
      Están los que sueñan lo mismo que tú.
      Son los que leyendo de un mundo de ensueño,
      Mundo de romance, reino del amor,
      Sienten que ellos pueden también ser los dueños
      De esos sentimientos que brinda el autor.
      Sueñan ser amados como en la poesía,
      Por seres perfectos de muy suave voz,
      Que al hablar envuelven con la melodía
      Que sólo se escucha cuando habla el amor.
      La niña del lago levanta los ojos,
      Viendo que la tarde ya casi pasó,
      Leyendo poesía se le hizo tan corta,
      Que dubitativa mira su reloj.
      Con pena, suspiros, recoge sus sueños,
      Los guarda entre hojas de su libro Azul,
      Y por un sendero se nos va corriendo,
      Ha vuelto este mundo, de tanta inquietud.
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    La pregunta (fragmento)

      Porque odio la soledad, que ya mucho he sufrido,
      Porque te quiero y no quiero ser causa de otro fracaso,
      Por eso cuando te miro, por eso cuando te abrazo
      Nada quiero yo saber de la vida que has tenido,
      Y si murmuro a tu oído, la pregunta que tendré,
      Será la misma de siempre
      Decime amor, ¿me querés?
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    Me han tirado un beso esta mañana
      Me han tirado un beso esta mañana,
      Me lo enviaron los labios de un niño,
      Y tú sabes cuánta sed hay en el alma,
      De una simple muestra de cariño.
      Me han tirado un beso esta mañana,
      Y mira cómo influyen estas cosas,
      Que mi aburrido día de semana,
      De golpe se pobló de mariposas.
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    Me pregunto

      Soneto II

    Qué se dirán, amor, esas veredas
    Que nos vieron pasar juntos del brazo
    Qué se dirán, amor, hoy que nos queda
    Llevar entre los dos nuestro fracaso.
    Qué se dirán, amor, aquellos árboles
    Que marcamos con tantos juramentos
    Qué se dirán si oyen nuestras voces
    Discutiendo llevadas por el viento.
    Qué se dirán, amor, esas estrellas
    Qué se dirán al ver nuestras querellas
    Qué se dirán, ya sé, no dirán nada.
    Amores tan deshechos como el nuestro
    Se ven tantos, amor, que por supuesto,
    Las estrellas ya están acostumbradas. Arriba

    Mi poema
      Mi poema está ahí
      Uno más
      Entre millones
      Que andan dispersos por el mundo
      Son tantos los poemas
      Como son tantas
      Las doradas hojas del otoño
      Pero un día
      De pronto
      Por algún motivo o sin ningún motivo
      Tu mirada se detiene en él
      Y mi poema se ilumina
      Tus ojos lo observan
      Y mi poema se siente hermoso
      Tus ojos lo leen
      Y ese poema brilla
      Como una estrella
      Luego mientras tú prosigues el camino,
      Mientras te alejas
      Llevando sobre ti
      Algo de ese brillo
      Que se va apagando
      Mi corazón agradecido
      Te grita "gracias".
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    Mi poema de abril
      Picoteando la cáscara
      De algún viejo recuerdo
      Con la lluvia de abril
      Nacerá mi poema
      Le pondré mil colores
      Los más puros y claros
      Una música tenue
      Y un perfume de nardos.
      Como una luciérnaga
      Brillará titilando
      Y subirá por los aires
      Escapando de mi alma
      Se estirarán mis manos
      Sin poder alcanzarlo,
      Se quedarán mis labios
      Como siempre rogando:
      Que una estrella lo guíe
      Que lo lleve a tu lado,
      Pues si tú lo encontraras,
      Si llegas a escucharlo
      Mi poema de abril
      Quizá viva hasta mayo.
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    Niña de la arena

      Niña que en la arena te encontré llorando,
      Con un llanto blando, tu primer amor,
      Orgullo de niña que se hallaba herido,
      Tal vez un motivo que nunca existió.
      Por algo que él dijo o no sé que cosa
      Tu boca de rosa se te marchitó.
      Y aquellos pucheros, los que se habían ido,
      Vuelven del olvido a llorar tu amor.
      De un mundo de mimos salís a la vida,
      Y aquí,
      No hay quien cuida de algún moretón,
      Ya viene la noche niña de la arena
      Recoge tu pena, mañana
      Mañana habrá sol.
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    No me digas que no

      No me digas que no, te pones fea
      Se te arruga la frente y en la boca,
      Ese gesto de enojo que provoca
      Amargura que duele y que golpea.
      No me digas que no, no es la manera
      Que debieras usar al castigarme,
      Porque cuida no vayas a matarme,
      Hay castigos que un hombre no tolera.
      Y por eso y aunque sea por un rato
      En el bien de este amor es que lo digo.
      Deja ya tu rencor y tu mal trato.
      Hazme caso, mujer, y si te pido,
      Si mi alma está sedienta de tu abrazo
      ¡Deja todo, por Dios, y ven conmigo!
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    Olvido

      Tú puedes olvidar y los recuerdos
      Se pegan a mi piel como un castigo.
      Tú puedes olvidar, yo sólo vivo
      Añorando el querer que se ha perdido.
      Tú puedes olvidar y a cada noche
      Mil vueltas yo le doy buscando olvido.
      Tú puedes olvidar, cómo quisiera
      Olvidar como tú, sin un suspiro.
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    Página en blanco

      Y me vuelco a una página en blanco,
      A llenar los renglones vacíos
      A tratar de formar con palabras,
      Un poema que venza tu hastío
      El que arranque por fin de tus labios
      Un susurro que suene a suspiro
      El que logre llevar a tus ojos
      Unas gotas de suave rocío
      El que pueda poner en tu pecho
      Algo de esto que hoy late en el mío.
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    Que yo hablo solo
      ¿Que yo hablo solo?
      No me digan eso.
      Es que soy poeta
      Yo vivo buscando
      Que rimen mis versos.
      ¿Que yo hablo solo?
      Es que soy un viejo
      Y los que escuchaban
      Se me han ido lejos
      Y los que vinieron
      A ocupar sus puestos
      Casi ni me hablan,
      Hasta me tropiezan,
      Andan apurados
      Con todas sus cosas
      Y yo de tan lerdo,
      Siento que molesto.
      ¿Que yo hablo solo?
      No me digan eso,
      Yo nunca hablo solo.
      Hablo con mis viejos
      Con todos los míos,
      Con tantos amigos
      Que ya se me han ido.
      Y ellos me escuchan.
      Porque ellos no corren,
      Porque ellos me esperan,
      Porque están conmigo
      Aunque no los vean.
      ¿Que yo hablo solo?
      Será porque rezo,
      Debe ser por eso,
      Será porque rezo
      Y al mover mis labios
      Pensarán que hablo,
      Debe ser por eso
      Será por mis rezos
      Y que soy poeta,
      Yo vivo buscando
      Que rimen mis versos.
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    Ronda para Malva
      Esa niña, aquella, de los ojos claros,
      La que llaman Malva,
      La de pies desnudos, y a veces sangrando,
      No tiene apellido.
      Entre los cartones donde ella ha nacido
      Nunca sobra nada,
      Y menos monedas para un colectivo,
      Y no la anotaron.
      Su madre
      Su madre ha buscado,
      Entre los recuerdos,
      Unos ojos claros,
      Unos ojos claros o algo parecido.
      Pero tan oscuro siempre fue el amor.
      Sólo por las noches se le han acercado
      Siempre atropellados
      Pidiendo el favor,
      Y luego se fueron
      Como habían llegado,
      Siempre apresurados,
      Sin decir adiós.
      Y esa niña, aquella,
      La que llaman Malva,
      La de pies desnudos y sin apellido,
      A todos nos mira, como preguntando:
      ¿Estos ojos claros,
      Estos ojos claros
      De dónde
      Han venido?
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    Se asomó tu rostro
      Se asomó tu rostro
      Entre la neblina
      Que abrazaba entonces
      A mi deambular.
      Se asomó tu rostro
      Se apartó enseguida
      Pero mientras viva
      No lo he de olvidar.
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    Todavía
      Todavía
      Soy un poeta humilde
      Todavía soy un poeta
      Desconocido
      Todavía
      No he escrito
      Nada maravilloso
      Nada extraordinario
      Nada que se parezca
      A una obra de arte
      Pero tengo un buen
      Justificativo
      Todavía
      Todavía
      No te he visto pasar.
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    Tu espalda

      A mi esposa Doña Elsa.

      Tu espalda es mi descanso, mi sosiego,
      Es la calma después de haber amado,
      Tu espalda es un refugio donde llego
      A lamer mis heridas angustiado.
      Tu espalda es taller de mi poesía
      En las noches que paso desvelado,
      Tu espalda tiene el fin de cada día,
      Es el sueño y un beso ya cansado.
      Y si todo se me hace cuesta arriba,
      Si la vida se ensaña con mi vida,
      Más que nunca, tu espalda es necesaria.
      Pues si es dura la mano del destino,
      Tu espalda es el altar donde me inclino
      Para llegar a Dios con mi plegaria.
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    Y era el amor
      Y era el amor al fin se había posado
      Era una mariposa sobre el seno dorado.
      Y era el amor
      Ese amor que por siempre la había perturbado
      En mil noches de sueños ardientes, descarados.
      Y era el amor
      El amor del suspiro, del beso apasionado
      El amor tan sublime, el amor esperado,
      Y sí, era el amor
      Y ya lo ha comprobado,
      Por eso se ve triste,
      Por eso ya no canta,
      Por eso es que ha llorado.
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