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Ugo Foscolo

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    Información biográfica

  1. A la amada (Trad. de Clemente Althaus)
  2. A mi hermano (Trad. de Clemente Althaus)


Información biográfica
    Nombre: Niccolò Ugo Foscolo
    Lugar y fecha nacimiento: Zante (entonces República Veneciana, actualmente Grecia), Italia, 6 de febrero de 1778
    Lugar y fecha defunción: Londres, Inglaterra, 1827 (49 años)
    Nacionalidad: República de Venecia
    Ocupación: Escritor, poeta
    Movimiento: Neoclasicismo, Prerromanticismo

    Fuente: [Ugo Foscolo] en Wikipedia.org
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    A la amada
      (Traducción de Clemente Althaus)

      Así el entero día en largo, incierto
      Sueño gimo; mas luego cuando aduna
      La noche las estrellas y la luna,
      Frío el aire y de sombras ya cubierto,

      Donde el llano es selvoso y más desierto
      Lento entonces vagando, una por una,
      Palpo las llagas que la vil fortuna
      Y Amor y el mundo han en mi pecho abierto.

      Tal vez cansado, apoyo me da un pino
      O con mis esperanzas, allí donde
      Suena la onda, tal vez hablo y deliro.

      Mas las iras del mundo y del destino
      Olvidando por ti, por ti suspiro
      Luz de mis ojos, ¿quién a mí te esconde?
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    A mi hermano
      (Traducción de Clemente Althaus)

      Un día, si no fuera siempre huyendo,
      Me sentaré en tu tumba con agudo
      Dolor, ¡oh hermano de mi amor!, gimiendo
      Que tan joven hallaras fin tan crudo.

      Sola hoy la Madre, lágrimas vertiendo,
      Habla de mí con tu cadáver mudo;
      Mas yo ambos brazos vanamente os tiendo
      Y de lejos mi dulce hogar saludo.

      Siento tus mismos males torticeros,
      Y al puerto pido paz do te acogiste,
      Ya fatigado de estos mares fieros.

      Es la última esperanza que me asiste;
      ¡Siquiera mis huesos, píos extranjeros,
      Volved al pecho de la madre triste!
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André Chénier

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    Información biográfica

  1. A Versalles (Trad. de Miguel Antonio Caro)
  2. La joven cautiva (Trad. de Miguel Antonio Caro)


Información biográfica
    Nombre: André Chénier
    Lugar y fecha nacimiento: Estambul, Turquía, 30 de octubre de 1762
    Lugar y fecha defunción: París, Francia, 25 de julio​ de 1794 (31 años)
    Nacionalidad: Francesa
    Ocupación: Escritor, poeta
    Movimiento: Neoclasicismo, Romanticismo
Nacido en Gálata (Estambul); con tres años regresó a Francia. Murió ejecutado durante el periodo del Terror de la Revolución francesa acusado de "crímenes contra el Estado". Su poesía sensual y emotiva le convirtió en uno de los precursores del Romanticismo.

Fuente: [André Chénier] en Wikipedia.org

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    A Versalles
      (Traducción de Miguel Antonio Caro incluida en el libro Traducciones poéticas, 1889)

      ¡Oh pórticos! ¡Oh mármoles vivientes!
      ¡Oh bosques de Versalles!
      ¡Sitios más deleitosos y rientes
      Que los Elíseos valles!

      Los dioses y los reyes a porfía,
      Recinto almo y sereno,
      Tesoros de hermosura y lozanía
      Vertieron en tu seno.

      Frescura, al verte, y suavidad recibe
      El pensamiento mío,
      Y como hierba lánguida revive
      A quien bañó el rocío.

      No anhelo de París la varia escena:
      Quiero ver a mis Lares
      Bajo tu sombra reposar amena
      En rústicos hogares,

      De donde al campo, yo, circunvecino
      Llevar tranquilo pueda
      Los pasos, estrechándome el camino
      Tresdoblada alameda.

      ¿Dónde están de ciudad armipotente
      Las regias maravillas...?
      Regalas tú con aromado ambiente,
      Con trofeos no brillas.

      El apacible sueño, el manso olvido,
      El estudio y el arte,
      Castas divinidades, han venido
      Por suyo a consagrarte.

      ¡Ay! Ociosa indolencia me devora,
      Y cosechar no intento
      El fruto sazonado que elabora
      Activo entendimiento.

      Consumido de tedio me abandono;
      Ni gárrula alabanza,
      Ni públicos favores ambiciono;
      Ha muerto la esperanza.

      Y sólo ya la sombra taciturna
      Dulce parece a un alma
      Desengañada; la quietud nocturna,
      La solitaria calma.

      Si es vivir mi destino, en paz profunda
      Calladamente viva;
      Cebe amor de mi antorcha moribunda
      La llama fugitiva.

      Amo, ¡oh placer! Y tú, rincón florido,
      Aquella imagen pura
      Conoces; aquel nombre tú has oído
      De inefable dulzura,

      Que a tu silencio tímido confío
      Cuando de tarde vengo,
      Y en pensar que la he visto me extasío
      O que de verla tengo.

      Si por ella mi labio amor suspira,
      Tus umbríos boscajes
      En ecos dignos de celeste lira
      La ofrendan homenajes.

      Por ella la onda sacra de armonías
      Que tierra y cielo inunda,
      Hoy de mis labios como en otros días
      Torna a correr fecunda.

      ¡Oh! Si el que ama el honor y la justicia,
      Cuando el malvado impera
      De olvidar y vivir a la delicia
      El pecho abrir pudiera,

      Tu silencio, Versalles, tus risueños
      Asilos de verdura,
      Nido fueran de cándidos ensueños
      Y de perenne holgura.

      Mas tus alegres ámbitos, el verde
      Césped, la fresca gruta,
      Todo sus galas ¡ay! súbito pierde
      Y a mis ojos se enluta;

      ¡Y de un pueblo inocente, acuchillado
      Por tribunal sangriento,
      Pasar veo delante el no vengado
      Espectro macilento!
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    La joven cautiva
      (Traducción de Miguel Antonio Caro incluida en el libro Traducciones poéticas, 1889)

      Se alza la espiga naciente
      Y hoz no la toca impaciente,
      Y el pámpano en la ladera
      La estación disfruta entera
      Que el cielo le concedió.
      También soy bella, estoy joven;
      No es tiempo de que me roben
      La vida; y aunque mis ojos
      Sólo ven ruinas y abrojos,
      Aún no quiero morir yo.

      Arrostre el estoico fuerte
      Con faz enjuta la muerte:

      Yo, mujer, lloro y espero;
      Si vendaval sopla fiero,
      Me encojo, y cubro mi sien.
      Si horas hay de amargo llanto,
      Otras son tan dulces, ¡tanto!
      ¿Qué bien no tuvo sus penas?
      Ondas que duermen serenas
      Guardan borrascas también.

      Breve trecho andado queda
      De esta frondosa arboleda
      Del camino de mi vida;
      ¡Tan distante la salida
      Que aún no se descubre allá!
      Al festín en este instante
      Sentada, el labio anhelante.
      Entre la festiva tropa,
      Apenas llegué a la copa
      Que en mis manos llena está.

      Hoy luce mi primavera;
      Cual astro que su carrera
      Consuma, y llega a su ocaso,
      Quiero gozar, paso a paso.
      De todo lo por venir.
      Hoy es mi primer mañana;
      Yo flor esbelta y lozana,
      De que el jardín hace alarde,
      Ver de mi vida la tarde
      Quiero, y entonces morir.

      Así se queja y suspira
      Cautiva joven que mira
      El amago de la muerte,
      Y mientras llora su suerte,
      Torna mi lira a soñar.
      Cautivo, postrado, mudo,
      El desaliento sacudo,
      Y vierto en medido canto
      Aquel candoroso llanto,
      Aquel dulce lamentar.
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Vincenzo Monti

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    Información biográfica

  1. A la muerte de Judas (Trad. de Marcelino Menéndez Pelayo)
  2. El día que en tu faz la gloria entera (Trad. de Clemente Althaus)
  3. En otra profesión (Trad. de Clemente Althaus)


Información biográfica
    Nombre: Vincenzo Monti
    Lugar y fecha nacimiento: Alfonsine, Rávena, Italia, 19 de febrero de 1754
    Lugar y fecha defunción: Milán, Italia, 13 de octubre de 1828 (74 años)
    Ocupación: Traductor, escritor, dramaturgo, poeta
    Movimiento: Neoclasicismo
Es considerado el mejor representante del Neoclasicismo italiano.

Fuente: [Vincenzo Monti] en Wikipedia.org

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    A la muerte de Judas
      (Traducción de Marcelino Menéndez Pelayo)

      I

      Arroja el precio vil; desesperado
      El vendedor de Cristo al tronco asciende;
      El lazo estrecha, y pronto abandonado
      El yerto cuerpo de las ramas pende.

      Rechinaba el espíritu encerrado
      En son rabioso que los aires hiende;
      De Jesús blasfemaba, y su pecado
      Que el poder del Averno tanto extiende.

      Salió de vado, al fin, con un rugido;
      Aferrole Justicia, y con potente
      Dedo en la sangre de Jesús teñido,

      La sentencia escribió sobre su frente:
      Sentencia de inmortal llanto infinito,
      Y lanzó su alma al Aquerón hirviente.

      II

      Descendió el alma a la infernal ribera,
      Y oyose gran rumor, ronco lamento;
      El monte vacilaba, ondeaba al viento,
      La carga en alto estrangulada y fiera.

      El ángel que la seca calavera
      Del Gólgota dejaba, en vuelo lento,
      A lo lejos le vio, y en el momento
      Con las alas veló su faz severa.

      Los demonios el cuerpo conducían
      Por el aire, y sus hombros encendidos
      Al pecador de féretro servían.

      Así, con estridores y alaridos,
      El vagabundo espectro sumergían
      De la Estigia en los valles maldecidos.

      III

      Después que recobrado el alma había
      La carne y huesos que en la muerte arroja,
      La gran sentencia apareció en la impía
      Frente, en arruga transparente y roja.

      A aquella vista, como débil hoja
      La multitud infiel se estremecía:
      Cual en las plantas que el Cocito moja,
      Cual en el hondo lago se escondía.

      Vergonzoso intentaba aquel precito
      Arañando su rostro con la mano
      Borrar la tersa marca del delito,

      Más y más la aclaraba su afán vano:
      Que Dios entre sus sienes la había escrito;
      Ni sílaba de Dios borra el humano.

      IV

      Un estrépito en tanto resonaba
      Que a Dite atruena en son alto y profundo;
      Era Jesús que, redimido el mundo,
      De Averno el reino a debelar bajaba.

      El torvo pecador que le miraba,
      Ni aun osó articular leve sonido;
      El llanto de sus ojos descendido
      Como lava de fuego le quemaba.

      Fulguró sobre el negro cuerpo obsceno
      La etérea lumbre y torva llamarada
      Humeó al sonar el pavoroso trueno.

      Puso entre el humo su fulmínea espada
      La justicia: alejose el Nazareno,
      Apartando de Judas la mirada.
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    El día que en tu faz la gloria entera
      (Traducción de Clemente Althaus)

      El día que en tu faz la gloria entera
      Del grande sacrificio fulguraba
      Y una luz de los cielos hechicera
      En tus ojos extática brillaba.

      A tu oído la queja lastimera
      De tu doliente Juventud sonaba
      Y sobre tu cortada cabellera
      La despreciada Libertad lloraba.

      El placer lisonjero te ofrecía
      Sus deleites funestos y a la entrada
      Con mano audaz tu veste removía;

      ¡Mas tú las puertas, invencible y fuerte,
      Cerraste de tu mística morada
      Y le diste las llaves a la Muerte!
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    En otra profesión
      (Traducción de Clemente Althaus)

      ¡Oh Libertad! ¡Oh de héroes madre santa,
      Y de los hombres principal derecho
      Que está grabado en todo noble pecho
      Y nuestra parte superior levanta!

      ¿Pues cómo así con atrevida planta
      Te deja incauta virgen y su techo
      Nativo trueca por el claustro estrecho
      Y eterno cautiverio no la espanta?

      Mas no; que, aunque parece que te huella
      Al hierro dando su dorado pelo,
      Quien más te busca, Libertad, es ella;

      Más libre la hace su ceñido velo,
      Porque la misma servidumbre es bella
      Si eterna Libertad nos da en el cielo.
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Manuel María Arjona

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    Información biográfica

  1. A Albino
  2. A Cicerón
  3. Al amor
  4. El autor a sí mismo
  5. La diosa del bosque
  6. Triste cosa es gemir entre cadenas


Información biográfica
    Nombre: Manuel María de Arjona
    Lugar y fecha nacimiento: Sevilla, España, 12 de junio de 1761
    Lugar y fecha defunción: Madrid, España, 25 de julio de 1820 (59 años)
    Ocupación: Escritor, poeta
    Movimiento: Neoclasicismo

    Fuente: [Manuel María de Arjona] en Wikipedia.org
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    A Albino
      Hallar piedad con llantos lastimeros
      Entre los hombres Arión intenta,
      Y le es más fácil que un delfín la sienta,
      Que no los despiadados marineros.

      Pues rendido a sus trinos lisonjeros
      Benigno el pez al joven se presenta,
      Y en su espalda la noble carga ostenta
      Que arrojaron sus necios compañeros.

      ¡Ay, Albino! Conócelo algún día,
      Ni más el plectro con gemidos vanos
      Intente ya domar la turba impía.

      No se vencen así pechos humanos:
      Busquemos en los tigres compañía,
      Y verás que nos son menos tiranos.
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    A Cicerón
      Pende en el foro, triunfo de un malvado,
      La cabeza de aquel que la ruina
      Evitó a Roma, muerto Catilina,
      Y padre de la patria fue aclamado.

      La ve el pueblo en los Rostros conturbado,
      Y un mudo horror los ánimos domina;
      En los Rostros, do aquella voz divina
      Fue de la libertad muro sagrado.

      ¡Oh Cicerón! Si tantos beneficios
      Paga tu ingrata patria de esta suerte,
      ¿Cómo espera magnánimos patricios?

      Mas, ¿qué importa el morir? Témante ¡o muerte!
      Los viles siervos del poder y vicios,
      Pero el sabio, ¿qué tiene que temerte?
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    Al amor
      Sufre las nieves, sin temor al frío,
      El labrador que ocioso no pudiera
      De la dorada mies cubrir su era
      A la llegada del ardiente estío.

      No recela el furor del Noto impío,
      Ni la saña del Ponto considera
      El mercader que en la ocasión espera
      Descanso lisonjero, aunque tardío.

      Mujer, hijos y hogar deja, y cubierto
      El soldado de sangre, en suelo extraño
      El honor de su afán contempla cierto.

      Sólo yo, crudo amor, busco mi daño,
      Sin esperar más fruto, honor ni puesto
      Que un costoso y estéril desengaño.
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    El autor a sí mismo
      Cansada nunca de tu vano intento,
      Corres, barquilla, el piélago espumoso,
      Y tu piloto sufre, temeroso,
      Del Aquilón el ímpetu violento.

      Neptuno te presenta, fraudulento,
      Mansas las iras de su reino undoso,
      ¡Cuitada! Porque dejes tu reposo,
      Y luego llores del instable viento.

      Al mar no vuelvas, mísera barquilla;
      Acógete, por fin, escarmentada,
      Al ocio dulce de la quieta orilla.

      Que si a nave real, de horror cargada,
      Neptuno la orgullosa frente humilla,
      ¡Ay!, tú serás por burla destrozada.
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    La diosa del bosque
      ¡Oh, si bajo estos árboles frondosos
      Se mostrase la célica hermosura
      Que vi algún día de inmortal dulzura
      Este bosque bañar!
      Del cielo tu benéfico descenso
      Sin duda ha sido, lúcida belleza;
      Deja, pues, diosa, que mi grato incienso
      Arda sobre tu altar.
      Que no es amor mi tímido alborozo,
      Y me acobarda el rígido escarmiento
      Que ¡oh Piritoo!, ccondenó su intento,
      Y tu intento, Ixión.
      Lejos de mi sacrílega osadía;
      Bástame que con plácido semblante
      Aceptes, diosa, en tus altares, pía,
      Mi ardiente adoración.
      Mi adoración y el cántico de gloria
      Que de mí el Pindo atónito ya espera;
      Baja tú a oírme de la sacra esfera,
      ¡Oh, radiante deidad!
      Y tu mirar más nítido y suave
      He de cantar que fúlgido lucero;
      Y el limpio encanto que infundirle sabe
      Tu dulce majestad.
      De pureza jactándose Natura,
      Te ha formado del cándido rocío
      Que sobre el nardo al apuntar de estío
      La aurora derramó
      Y excelsamente lánguida retrata
      El rosicler pacífico de Mayo
      Tu alma: Favonio su frescura grata,
      A tu hablar trasladó
      ¡Oh, imagen perfectísima del orden
      Que liga en lazos fáciles el mundo,
      Sólo en los brazos de la paz fecundo,
      Sólo amable en la paz!
      En vano con espléndido aparato
      Finge el arte solícito grandezas;
      Natura vence con sencillo ornato
      Tan altivo disfraz.
      Monarcas que los pérsicos tesoros
      Ostentáis con magnífica porfía,
      Copiad el brillo de un sereno día
      Sobre el azul del mar.
      O copie estudio de émula hermosura
      De mi deidad el mágico descuido;
      Antes veremos la estrellada altura
      Los hombres escalar.
      Tú, mi verso, en magnánimo ardimiento
      Ya las alas del céfiro recibe,
      Y al pecho ilustre en que tu numen vive
      Vuela, vuela, veloz;
      Y en los erguidos álamos ufana
      Penda siempre esta cítara aunque nueva
      Que ya a sus ecos hermosura humana
      No ha de ensalzar mi voz.
    Arriba

    Triste cosa es gemir entre cadenas
      Triste cosa es gemir entre cadenas,
      Sufriendo a un dueño bárbaro y tirano,
      Triste cosa surcar el océano
      Cuando quebranta mástiles y antenas;

      Triste el pisar las líbicas arenas,
      Y el patrio nido recordar lejano,
      Y aún es más triste suspirar en vano
      Sembrando el aire de perdidas penas.

      Mas ni dura prisión ni ola espantosa,
      Ni destierro en el Niger encendido,
      Ni sin fin esperanza fatigosa,

      Es, ¡oh cielos!, el mal de mi temido;
      La pena más atroz, más horrorosa,
      Es de veras amar sin ser creído.
    Arriba

Leandro Fernández de Moratín

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    Información biográfica

  1. A Flerida, poetisa
  2. A la capilla del Pilar de Zaragoza
  3. Elegía a las musas
  4. Julio Bruto
  5. La despedida
  6. La noche de Montiel
  7. Por nada, como ves
  8. Rodrigo
  9. Sabia Polimnia


Información biográfica
    Nombre: Leandro Fernández de Moratín
    Lugar y fecha nacimiento: Madrid, España, 10 de marzo de 1760
    Lugar y fecha defunción: París, Francia, 21 de junio de 1828 (68 años)
    Nacionalidad: Española
    Ocupación: Traductor, dramaturgo, ensayista, prosista, poeta
    Movimiento: Neoclasicismo

    Fuente: [Leandro Fernández de Moratín] en Wikipedia.org
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    A Flerida, poetisa
      Basta Cupido ya, que a la divina
      Ninfa del Turia reverente adoro:
      Ni espero libertad, ni alivio imploro,
      Y cedo alegre al astro que me inclina.

      ¿Qué nuevas armas tu rigor destina
      Contra mi vida, si defensa ignoro?
      Sí, ya la admiro entre el castalio coro
      La cítara pulsar griega y latina.

      Ya, coronada del laurel febeo,
      En altos versos llenos de dulzura,
      Oigo su voz, su número elegante.

      Para tanto poder débil trofeo
      Adquieres tú; si sólo su hermosura
      Bastó a rendir mi corazón amante.
    Arriba

    A la capilla del Pilar de Zaragoza
      Estos que levantó de mármol duro
      Sacros altares la ciudad famosa,
      A quien del Ebro la corriente undosa
      Baña los campos y el soberbio muro,

      Serán asombro en el girar futuro
      De los siglos, basílica dichosa,
      Donde el Señor en majestad reposa,
      Y el culto admite reverendo y puro.

      Don que la fe dictó, y erige, eterno,
      Religiosa nación a la divina
      Madre que adora en simulacro santo:

      Por él, vencido el odio del Averno,
      Gloria inmortal el cielo la destina,
      Que tan alta piedad merece tanto.
    Arriba

    Elegía a las musas
      Esta corona adorno de mi frente,
      Esta sonante lira, y flautas de oro,
      Y máscaras alegres, que algún día
      Me disteis, sacras Musas, de mis manos
      Trémulas recibid, y el canto acabe,
      Que fuera osado intento repetirle.
      He visto ya cómo la edad ligera,
      Apresurando a no volver las horas,
      Robó con ellas su vigor al numen.
      Sé que negáis vuestro favor divino
      A la cansada senectud, y en vano
      Fuera implorarle; pero en tanto, bellas
      Ninfas, del verde Pindo habitadoras,
      No me neguéis que os agradezca humilde
      Los bienes que os debí. Si pude un día,
      No indigno sucesor de nombre ilustre,
      Dilatarle famoso; a vos fue dado
      Llevar al fin mi atrevimiento. Solo
      Pudo bastar vuestro amoroso anhelo,
      A prestarme constancia en los afanes
      Que turbaron mi paz, cuando insolente,
      Vano saber, enconos y venganzas,
      Codicia y ambición, la patria mía
      Abandonaron a civil discordia.
      Yo vi del polvo levantarse audaces
      A dominar y perecer, tiranos,
      Atropellarse efímeras las leyes,
      Y llamarse virtudes los delitos.
      Vi las fraternas armas nuestros muros
      Bañar en sangre nuestra, combatirse,
      Vencido y vencedor, hijos de España,
      Y el trono desplomándose, al vendido
      Ímpetu popular. De las arenas
      Que el mar sacude en la fenicia Gades,
      A las que el Tajo lusitano envuelve
      En oro y conchas; uno y otro imperio,
      Iras, desorden esparciendo y luto,
      Comunicarse el funeral estrago.
      Así cuando en Sicilia el Etna ronco
      Revienta incendios, su bifronte cima
      Cubre el Vesubio en humo censo y llamas,
      Turba el Averno sus calladas ondas;
      Y allá del Tibre en la ribera etrusca
      Se estremece la cúpula soberbia,
      Que da sepulcro al sucesor de Cristo.

      ¿Quién pudo en tanto horror mover el plectro?
      ¿Quién dar al verso acordes armonías;
      Oyendo resonar grito de muerte?
      Tronó la tempestad; bramó iracundo
      El huracán, y arrebató a los campos
      Sus frutos, su matiz; la rica pompa
      Destrozó de los árboles sombríos;
      Todas huyeron tímidas las aves
      Del blando nido, en el espanto mudas;
      No más trinos de amor. Así agitaron
      Los tardos años mi existencia; y pudo
      Sólo en región extraña, el oprimido
      Ánimo hallar dulce descanso y vida.

      Breve será, que ya la tumba aguarda
      Y sus mármoles abre a recibirme;
      Ya los voy a ocupar. Si no es eterno
      El rigor de los hados, y reservan
      A mi patria infeliz mayor ventura;
      Dénsela presto, y mi postrer suspiro
      Será por ella... Prevenid en tanto
      Flébiles tonos, enlazad coronas
      De ciprés funeral, musas celestes;
      Y donde a las del mar sus aguas mezcla
      El Garona opulento, en silencioso
      Bosque de lauros y menudos mirtos,
      Ocultad entre flores mis cenizas.
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    Julio Bruto
      Suena confuso y mísero lamento
      Por la ciudad; corre la plebe al foro,
      Y entre las faces que le dan decoro
      Ve al gran Senado en el sublime asiento.

      Los cónsules allí. Ya el instrumento
      De Marte llama la atención sonoro;
      Arde el incienso en los altares de oro,
      Y leve el humo se difunde al viento.

      Valerio alza la diestra; en ese instante
      Al uno y otro joven infelice
      Hiere el lictor, y sus cabezas toma.

      Mudo terror al vulgo circunstante
      Ocupa. Bruto se levanta, y dice:
      "Gracias, Jove inmortal; ya es libre Roma".
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    La despedida
      Nací de honesta madre: diome el Cielo
      Fácil ingenio en gracias, afluente:
      Dirigir supo el ánimo inocente
      A la virtud, el paternal desvelo.

      Con sabido estudio, infatigable anhelo,
      Pude adquirir coronas a mi frente:
      La corva escena resonó en frecuente
      Aplauso, alzando de mi nombre el vuelo.

      Dócil, veraz: de muchos ofendido,
      De ninguno ofensor, las Musas bellas
      Mi pasión fueron, el honor mi guía.

      Pero si así las leyes atropellas,
      Si para ti los méritos han sido
      Culpas; adiós, ingrata patria mía.
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    La noche de Montiel
      ¿Adónde, adónde está, dice el Infante,
      Ese feroz tirano de Castilla?
      Pedro al verle, desnuda la cuchilla,
      Y se presenta a su rival delante.

      Cierra con él, y en lucha vacilante
      Le postra, y pone al pecho la rodilla:
      Beltrán (aunque sus glorias amancilla)
      Trueca a los hados del temido instante.

      Herido el rey por la fraterna mano,
      Joven expira con horrenda muerte,
      Y el trono y los rencores abandona.

      No aguardes premios en el Mundo vano
      La inocente virtud; si das la suerte
      Por un delito atroz, una corona.
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    Por nada, como ves
      - Siete duros al mes de peluquero;
      Para calzarme, nueve; las criadas
      - Que necesito dos- no están pagadas
      Si no les doy cien reales en dinero.

      Diez duros al bribón de mi casero;
      Telas, plumas, caireles, arracadas,
      Blondas, medias, hechuras y puntadas
      De madama Burlet y del platero...

      Noventa duros, poco más. - Noventa,
      Diez, siete, nueve, cinco... ¡Y la comida!
      - ¿No la quiere pagar, y somos cuatro?

      - ¿Y esto en un mes? - Si a usted no le contenta...
      - Sí, calla. Bien. ¡Hermosa de mi vida!...
      ¡Ay del que tiene amor en el teatro!
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    Rodrigo
      Cesa en la octava noche el ronco estruendo
      De la sangrienta militar porfía;
      El campo godo destrozado ardía
      Con llama que descubre estrago horrendo.

      Rodrigo en tanto, su peligro viendo,
      Por ignorada senda se desvía
      Y, muerto Orelio, entre la sombra fría
      Herido y débil se acelera huyendo.

      En vano el Lete con raudal undoso
      El paso estorba al príncipe, a quien ciega
      De cadena o suplicio el justo espanto.

      Surca las aguas, cede al poderoso
      Ímpetu, expira el infeliz y entrega
      El cuerpo al fondo, a la corriente el manto.
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    Sabia Polimnia
      Sabia Polimnia en razonar sonoro
      Verdades dicta, disipando errores;
      Mide Urania los cercos superiores
      De los planetas y el luciente coro.

      Une en la historia el interés decoro
      Clío y Euterpe canta los pastores;
      Mudanzas de la suerte y sus rigores
      Melpómene feroz, bañada en lloro;

      Calíope victorias; danzas guía
      Terpsícore gentil; Erato en rosas
      Cubre las flechas del amor y el arco;

      Pinta vicios ridículos Talía
      En fábulas que anima deleitosas;
      Y esta le inspira al español Inarco.
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