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Guillermo Blest Gana

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    Información biográfica

  1. Crepúsculo
  2. El primer beso
  3. Mirada retrospectiva
  4. Si a veces silencioso


Información biográfica
    Nombre: Guillermo Blest Gana
    Lugar y fecha de nacimiento: Santiago, Chile, 28 de abril de 1829
    Lugar y fecha de defunción: Santiago, Chile, 7 de noviembre de 1904 (75 años)
    Ocupación: Diplomático, escritor, poeta
    Movimiento: Romanticismo
Destaca por su poesía, aunque también incursionó en la novela, el cuento, el drama histórico e incluso la zarzuela. Es considerado una de las mayores figuras del romanticismo literario en Chile. Su hermano Alberto Blest Gana también se dedicó a la escritura, siendo considerado el mayor novelista chileno de su época.

Fuente: [Guillermo Blest Gana] en Wikipedia.org
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    Crepúsculo
      ¡Hora de bendición, hora de calma,
      Cuánto places al alma!

      Los recuerdos de un bien desvanecido
      Ha largo tiempo ya, su faz doliente
      Levantan de los muros del olvido
      Y a reposarse vienen en mi frente.

      Dulce, inocente, bella y amorosa,
      Sueño feliz de juvenil deseo,
      Entre las nubes de topacio y rosa
      De mi primer amor la imagen veo.

      Y en lontananza, deshojando flores
      De exquisita y purísima fragancia,
      Con las vagas memorias de mi infancia,
      Los delirios sin fin de mis amores.

      Con dulce y melancólica sonrisa
      A mí se acercan los fantasmas bellos,
      Y juegan al pasar con mis cabellos
      Como ligera y perfumada brisa.

      Uno me llama su primer amigo,
      Otro me nombra su primer hermano,
      Y uno muy bello, al estrechar mi mano,
      Me dice: "Siempre viviré contigo".

      Y se alejan después, y mis deseos
      Su vuelo siguen con alado paso,
      Mientras en los vapores del ocaso
      Me fingen mis primeros devaneos:

      Sueños de dicha, aspiración de gloria;
      De amor, poemas dulces, ignorados;
      Pueblos libres; tiranos destronados...
      ¡Quimeras que aún adora mi memoria!

      Y se acercan de nuevo en leve giro,
      Besando al paso mi abrasada frente,
      Mientras la luz, que muere en occidente,
      Me envía un melancólico suspiro.

      ¡Suspiro triste, de armonías lleno,
      Queja tal vez de un corazón que me ama,
      Postrer rayo quizás de aquélla llama
      Que fecundaba mundos en mi seno!

      Mundos de amor, de dulces armonías,
      Poemas encantados y risueños
      Que alumbraba, en el mundo de mis sueños,
      El bello sol de mis hermosos días.

      ¡Volved, volved, espíritus amantes!
      Joven aún, mi corazón palpita:
      Si enfermo estoy y como flor marchita
      Me veis, volved, espíritus errantes.

      ¡Volved, volved! Ya veo vuestras galas,
      Ya el pecho arroja su mortal angustia;
      Batid así sobre mi frente mustia
      Con tierno amor vuestras doradas alas.

      Joven yo soy: el corazón valiente
      Es como roca por el mar batida.
      Venid, llegad, tormentos de la vida,
      ¡Siempre serena miraréis mi frente!

      Ya de diamantes se tachona el cielo.
      Fanales llenos de esplendor y gracia,
      Venid como después de la desgracia
      Nos vienen la esperanza y el consuelo.

      ¡Salud, puros ensueños de la mente!
      ¡Salud, bellos fantasmas del pasado!
      Quien os tiene, jamás es desgraciado.
      Venid a reposar sobre mi frente.

      Uno se acerca y me apellida amigo,
      Otro me nombra con amor hermano,
      Y uno muy bello, al estrechar mi mano,
      Me dice: "¡Siempre viviré contigo!"

      ¡Cuánto places al alma,
      Hora de bendición, hora de calma!
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    El primer beso
      Recuerdos de aquella edad
      De inocencia y de candor,
      No turbéis la soledad
      De mis noches de dolor:

      Pasad, pasad,
      Recuerdos de aquella edad.

      Mi prima era muy bonita,
      Y no sé por qué razón
      Al recordarla palpita
      Con violencia el corazón.
      Era, es cierto, tan bonita,
      Tan gentil, tan seductora,
      Que al pensar en ello ahora,
      Algo como una ilusión
      Aquí en el pecho se agita,
      Y hasta mi fría razón
      Me dice: ¡Era muy bonita!

      Ella, como yo, contaba
      Catorce años, me parece,
      Mas mi tía aseguraba
      Que eran solamente trece
      Los que mi prima contaba.
      Dejo a mi tía esa gloria,
      Pues mi prima en mi memoria
      Jamás, jamás envejece,
      Y siempre está como estaba
      Cuando, según me parece,
      Ya sus catorce contaba.

      ¡Cuántas horas, cuántas horas
      De dicha pasé a su lado!

      ¡Pasamos cuántas auroras
      Los dos corriendo en el prado,
      Ligeros como esas horas!
      ¿Nos amábamos? Lo ignoro:
      Sólo sé lo que hoy deploro,
      Lo que jamás he olvidado,
      Que en pláticas seductoras,
      Cuando me hallaba a su lado,
      Se me dormían las horas.

      De cómo le di yo un beso,
      Es peregrina la historia;
      Hasta ahora, lo confieso,
      Con placer hago memoria
      De cómo la di yo un beso.
      Un dial solos los dos,
      Cual la pareja de Dios,
      Cuya inocencia es notoria,
      Nos fuimos a un bosque espeso,
      Y allí comenzó la historia
      De cómo la di yo un beso.

      Crecía una hermosa flor
      Cerca de un despeñadero;
      Mirándola con amor
      Ella me dijo: "Me muero,
      Me muero por esa flor".
      Yo a cogerla me lancé,
      Mas faltó tierra a mi pie;
      Ella, un grito lastimero
      Dando, llena de terror,
      Corrió hasta el despeñadero...
      Y yo me alcé con la flor...

      Dos lágrimas de alegría
      Surcaron su rostro bello,
      Y diciendo-. "¡Vida mía!",
      Me echó los brazos al cuello
      Con infantil alegría.

      Fuego y hielo sentí yo
      Que por mis venas corrió,
      Y no sé cómo fue aquello,
      Pero un beso nos unía...
      Dejando en su rostro bello
      Dos lágrimas de alegría.

      Después... ¡revoltosa mar
      Es nuestra pobre existencia!
      Yo me tuve que ausentar,
      Y aquella flor de inocencia
      Quedó a la orilla del mar.
      Del mundo entre los engaños
      He vivido muchos años,
      Y a pesar de mi experiencia,
      Suelo a veces exclamar:
      ¡La dicha de mi existencia
      Quedó a la orilla del mar!

      Recuerdos de aquella edad
      De inocencia y de candor,
      Alegrad la soledad
      De mis noches de dolor;

      ¡Llegad, llegad,
      Recuerdos de aquella edad!
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    Mirada retrospectiva
      Al llegar a la página postrera
      De la tragicomedia de mi vida,
      Vuelvo la vista al punto de partida
      Con el dolor de quien ya nada espera.

      ¡Cuánta noble ambición que fue quimera!
      ¡Cuánta bella ilusión desvanecida!
      ¡Sembrada está la senda recorrida
      Con las flores de aquella primavera!

      Pero en esta hora lúgubre, sombría,
      De severa verdad y desencanto,
      De supremo dolor y de agonía,

      Es mi mayor pesar, en mi quebranto,
      No haber amado más, yo que creía,
      ¡Yo que pensaba haber amado tanto!
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    Si a veces silencioso
      Si a veces silencioso y pensativo
      A tu lado me ves, querida mía,
      Es porque hallo en tus ojos la armonía
      De un lenguaje tan dulce y expresivo.

      Y eres tan mía entonces, que me privo
      Hasta de oír tu voz, porque creería
      Que rompiendo el silencio, desunía
      Mi ser del tuyo, cuando en tu alma vivo.

      ¡Y estás tan bella; mi placer es tanto,
      Es tan completo cuando así te miro;
      Siento en mi corazón tan dulce encanto,

      Que me parece, a veces, que en ti admiro
      Una visión celeste, un sueño santo
      Que va a desvanecerse si respiro!
    Arriba

Andrés Bello

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    Información biográfica

  1. A la nave
  2. A la victoria de Bailén
  3. A un artista
  4. A un samán
  5. Égloga
  6. El Anauco
  7. La oración por todos
  8. Las ovejas
  9. Los duendes
  10. Mis deseos
  11. No para mí, del arrugado invierno
  12. Y posible será que destinado

  13. Traducción de poemas de Jacques Delille [1]


Información biográfica
    Nombre: Andrés Bello
    Lugar y fecha nacimiento: Caracas, Venezuela, 29 de noviembre de 1781
    Lugar y fecha defunción: Santiago, Chile, 15 de octubre de 1865 (83 años)
    Nacionalidades: Venezolana y chilena
    Ocupación: Jurista, diplomático, filósofo, filólogo, traductor, educador, escritor, ensayista, poeta
Fue considerado uno de los humanistas más importantes de América; contribuyó en innumerables campos del conocimiento.

Fuente: [Andrés Bello] en Wikipedia.org

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    A la nave
      ¿Qué nuevas esperanzas
      Al mar te llevan? Torna,
      Torna, atrevida nave,
      A la nativa costa.

      Aún ves de la pasada
      Tormenta mil memorias,
      ¿Y ya a correr fortuna
      Segunda vez te arrojas?

      Sembrada está de sirtes
      Aleves tu derrota,
      Do tarde los peligros
      Avisará la sonda.

      ¡Ah! Vuelve, que aún es tiempo,
      Mientras el mar las conchas
      De la ribera halaga
      Con apacibles olas.

      Presto erizando cerros
      Vendrá a batir las rocas,
      Y náufragas reliquias
      Hará a Neptuno alfombra.

      De flámulas de seda
      La presumida pompa
      No arredra los insultos
      De tempestad sonora.

      ¿Qué valen contra el Euro,
      Tirano de las ondas,
      Las barras y leones
      De tu dorada popa?

      ¿Qué tu nombre, famoso
      En reinos de la aurora,
      Y donde al sol recibe
      Su cristalina alcoba?

      Ayer por estas aguas,
      Segura de sí propia,
      Desafiaba al viento
      Otra arrogante proa;

      Y ya, padrón infausto
      Que al navegante asombra,
      En un desnudo escollo
      Está cubierta de ovas.

      ¡Qué! ¿No me oyes? ¿El rumbo
      No tuerces? ¿Orgullosa
      Descoges nuevas velas,
      Y sin pavor te engolfas?

      ¿No ves, ¡oh malhadada!
      Que ya el cielo se entolda,
      Y las nubes bramando
      Relámpagos abortan?

      ¿No ves la espuma cana,
      Que hinchada se alborota,
      Ni el vendaval te asusta,
      Que silba en las maromas?

      ¡Vuelve, objeto querido
      De mi inquietud ansiosa;
      Vuelve a la amiga playa,
      Antes que el sol se esconda!
    Arriba

    A la victoria de Bailén
      Rompe el león soberbio la cadena
      Con que atarle pensó la felonía,
      Y acude con noble bizarría
      Sobre el robusto cuello la melena.

      La espuma del furor sus labios llena,
      Y a los rugidos que indignado envía,
      El tigre tiembla en la caverna umbría,
      Y todo el bosque atónito resuena.

      El león despertó; ¡temblad, traidores!
      Lo que vejez creísteis, fue descanso;
      Las juveniles fuerzas guarda enteras.

      Perseguid alevosos cazadores,
      A la tímida liebre, al ciervo manso;
      ¡No insultéis al monarca de las fieras!
    Arriba

    A un artista
      Nunca más bella iluminó la aurora
      De los montes el ápice eminente
      Ni el aura suspiró más blandamente,
      Ni más rica esmaltó los campos Flora.

      Cuanta riqueza y galas atesora,
      Hoy la Naturaleza hace patente,
      Tributando homenaje reverente
      A la deidad que el corazón adora.

      ¿Quién no escucha la célica armonía
      Que con alegre estrépito resuena
      Del abrasador sur al frío norte?

      ¡Oh Juana! Gritan todos a porfía;
      Jamás la Parca triste, de ira llena,
      De tu preciosa vida el hilo corte.
    Arriba

    A un samán
      Árbol bello, ¿quién te trajo
      A estas campiñas risueñas
      Que con tu copa decoras
      Y tu sombra placentera?
      Dicen que el dulce Dalmiro,
      Dalmiro aquel que las selvas
      Y de estos campos los hijos
      No sin lágrimas recuerdan,
      Compró de un agreste joven
      Tu amenazada existencia;
      En este alcor, estos valles,
      Viva su memoria eterna.
      Del huérfano desvalido,
      De la infeliz zagaleja,
      Del menesteroso anciano
      Él consolaba las penas.
      Extiende, samán, tus ramas
      Sin temor al hado fiero,
      Y que tu sombra amigable
      Al caminante proteja.
      Ya vendrán otras edades
      Que más lozano te vean,
      Y otros pastores y otros
      Que huyan cual sombra ligera;
      Mas del virtuoso Dalmiro
      El dulce nombre conserva,
      Y dilo a los que pisaren
      Estas hermosas riberas.
      Di, ¿de tu gigante padre,
      Que en otros campos se eleva,
      Testigo que el tiempo guarda
      De mil historias funestas,
      Viste en el valle la copa
      Desañando las tormentas?
      ¿Los caros nombres acaso
      De los zagales conservas
      Que en siglos de paz dichosos
      Poblaron estas riberas,
      Y que la horrorosa muerte,
      Extendiendo el ala inmensa,
      A las cabañas robara
      Que dejó su aliento yermas?...
      Contempló tu padre un día
      Las envidiables escenas;
      Violas en luto tornadas,
      Tintas en sangre las vegas;
      Desde entonces solitario
      En sitio apartado reina,
      De la laguna distante
      Que baña el pie de Valencia
      Agradábale en las aguas
      Ver flotar su sombra bella,
      Mientras besaban su planta
      Al jugar por las praderas.
      Del puro Catuche al margen,
      Propicios los cielos quieran
      Que, más felice, no escuches
      Tristes lamentos de guerra;
      Antes, de alegres zagales
      Las canciones placenteras,
      Y cuando más sus suspiros
      Y sus celosas querellas.
    Arriba

    Égloga
      (Imitando a Virgilio)

      Tirsis, habitador del Tajo umbrío,
      Con el más vivo fuego a Clori amaba;
      A Clori, que, con rústico desvío,
      Las tiernas ansias del pastor pagaba.
      La verde margen del ameno río,
      Tal vez buscando alivio, visitaba;
      Y a la distante causa de sus males,
      Desesperado enviaba quejas tales:
      No huye tanto, pastora, el corderillo
      Del tigre atroz, como de mí te alejas,
      Ni teme tanto al buitre el pajarillo,
      Ni tanto al voraz lobo las ovejas.
      La fe no estimas de un amor sencillo,
      Ni siquiera, inhumana, oyes mis quejas;
      Por ti olvido las rústicas labores,
      Por ti fábula soy de los pastores.

      "Al cabo, al cabo, Clori, tu obstinada
      Ingratitud me causará la muerte;
      Mi historia en esos árboles grabada
      Dirá entonces que muero por quererte;
      Tantos de quienes eres adorada
      Leerán con pavor mi triste suerte;
      Nadie entonces querrá decirte amores,
      Y execrarán tu nombre los pastores.

      "Ya la sombra del bosque entrelazado
      Los animales mismos apetecen;
      Bajo el césped que tapiza el prado,
      Los pintados lagartos se guarecen.
      Si afecta las dehesas el ganado,
      Si la viña los pájaros guarnecen,
      Yo solo, por seguir mi bien esquivo,
      Sufro el rigor del alto can estivo.

      "Tú mi amor menosprecias insensata,
      Y no falta pastora en esta aldea
      Que, si el nudo en que gimo, un dios desata,
      Con Tirsis venturosa no se crea.
      ¿No me fuera mejor, di, ninfa ingrata,
      Mis obsequios rendir a Galatea,
      O admitir los halagos de Tirrena,
      Aunque rosada tú, y ella morena?

      "¿Acaso, hermosa Clori, la nevada
      Blancura de tu tez te ensoberbece?
      El color, como rosa delicada,
      A la menor injuria se amortece.
      La pálida violeta es apreciada,
      Y lánguido el jazmín tal vez fallece,
      Sin que del ramo, que adornaba ufano,
      Las ninfas le desprendan con su mano.

      "Mi amor y tu belleza maldecía,
      Tendido una ocasión sobre la arena,
      Y Tirrena, que acaso me veía,
      -¡Oh Venus, dijo, de injusticias llena;
      Lejos de unir las almas, diosa impía,
      Las divide y separa tu cadena!...
      De Clori sufres tú las esquiveces,
      Y yo te adoro a ti que me aborreces.-

      "¡Ah! No sé por qué causa amor tan fino
      Puede ser a tus ojos tan odioso;
      Cualquier pastor, cuando el rabel afino,
      Escucha mis tonadas envidioso.
      ¿No cubre estas praderas de contino
      Mi cándido rebaño numeroso?
      ¿Acaso en julio, o en el crudo invierno,
      Me falta fruto sazonado y tierno?

      "Ni tampoco es horrible mi figura,
      Si no me engaño al verme retratado
      En el cristal de esa corriente pura;
      Y a fe que a ese pastor afortunado
      Que supo dominar alma tan dura,
      Si a competir conmigo fuese osado,
      En gentileza, talle y bizarría,
      Siendo tú misma juez, le excedería.

      "Ven a vivir conmigo, ninfa hermosa;
      ¡Ven! mira las Dríadas, que te ofrecen
      En canastos la esencia de la rosa,
      Y para ti los campos enriquecen.
      Para ti sola guardo la abundosa
      Copia de frutos que en mi huerto crecen;
      Para ti sola el verde suelo pinto
      Con el clavel, la viola y el jacinto.

      "Acuérdate del tiempo en que solías,
      Cuando niña, venir a mi cercado,
      Y las tiernas manzanas me pedías
      Aún cubiertas del vello delicado.
      Desde la tierra entonces no podías
      Alcanzar el racimo colorado;
      Y después que tus medios apurabas,
      Mi socorro solícita implorabas.

      "Entonces era yo vuestro caudillo,
      Mi tercer lustro apenas comenzado,
      Sobresaliendo en el pueril corrillo,
      Como en la alfombra del ameno prado
      Descuella entre las yerbas el tomillo.
      Desde entonces Amor, Amor malvado,
      Me asestaste traidor la flecha impía
      Que me atormenta y hiere noche y día.

      "¡Ah! Tú no sabes, Clori, qué escarmiento
      Guarda Jove al mortal ingrato y duro;
      Hay destinado sólo a su tormento
      En el lóbrego Averno un antro oscuro;
      En su carne cebado, un buitre hambriento
      Le despedaza con el pico impuro,
      Y el corazón viviente devorado
      Padece a cada instante renovado.

      "Mas, ¡ay de mí! que en vano, en vano envío
      A la inhumana mi doliente acento.
      ¿Qué delirio, qué sueño es este mío?
      Prender quise la sombra, atar el viento,
      Seguir el humo y detener el río.
      Y mientras lo imposible loco intento,
      Tengo en casa la vid medio podada,
      Y en el bosque la grey abandonada.

      "¿Qué fruto saco de elevar al cielo
      Esta continua lúgubre querella?
      Ni encender puedo un corazón de hielo,
      Ni torcer el influjo de mi estrella.
      Si Clori desestima mi desvelo,
      Sabrá premiarle otra pastora bella.
      Ya baja el sol al occidente frío;
      Vuelve, vuelve al redil, ganado mío".
    Arriba

    El Anauco
      Irrite la codicia
      Por rumbos ignorados
      A la sonante Tetis
      Y bramadores austros;
      El pino que habitaba
      Del Betis fortunado
      Las márgenes amenas
      Vestidas de amaranto,
      Impunemente admire
      Los deliciosos campos
      Del Ganges caudaloso,
      De aromas coronado.

      Tú, verde y apacible
      Ribera del Anauco,
      Para mí más alegre,
      Que los bosques idalios
      Y las vegas hermosas
      De la plácida Pafos,
      Resonarás continuo
      Con mis humildes cantos;
      Y cuando ya mi sombra
      Sobre el funesto barco
      Visite del Erebo
      Los valles solitarios,
      En tus umbrías selvas
      Y retirados antros
      Erraré cual un día,
      Tal vez abandonando
      La silenciosa margen
      De los estigios lagos.

      La turba dolorida
      De los pueblos cercanos
      Evocará mis manes
      Con lastimero llanto;
      Y ante la triste tumba,
      De funerales ramos
      Vestida, y olorosa
      Con perfumes indianos,
      Dirá llorando Filis:
      "Aquí descansa Fabio".

      ¡Mil veces venturoso!
      Pero, tú, desdichado,
      Por bárbaras naciones
      Lejos del clima patrio
      Débilmente vaciles
      Al peso de los años.
      Devoren tu cadáver
      Los canes sanguinarios
      Que apacienta Caribdis
      En sus rudos peñascos;
      Ni aplaque tus cenizas
      Con ayes lastimados
      La pérfida consorte
      Ceñida de otros brazos.
    Arriba

    La oración por todos
      (Imitando a Victor Hugo)

      I

      Ve a rezar, hija mía. Ya es la hora
      De la conciencia y del pensar profundo:
      Cesó el trabajo afanador, y al mundo
      La sombra va a colgar su pabellón.
      Sacude el polvo el árbol del camino,
      Al soplo de la noche; y en el suelto
      Manto de la sutil neblina envuelto,
      Se ve temblar el viejo torreón.
      ¡Mira! su ruedo de cambiante nácar
      El occidente más y más angosta;
      Y enciende sobre el cerro de la costa
      El astro de la tarde su fanal.
      Para la pobre cena aderezado,
      Brilla el albergue rústico; y la tarda
      Vuelta del labrador la esposa aguarda
      Con su tierna familia en el umbral.

      Brota del seno de la azul esfera
      Uno tras otro fúlgido diamante;
      Y ya apenas de un carro vacilante
      Se oye a distancia el desigual rumor.
      Todo se hunde en la sombra: el monte, el valle,
      Y la iglesia, y la choza, y la alquería;
      Y a los destellos últimos del día
      Se orienta en el desierto el viajador.

      Naturaleza toda gime; el viento
      En la arboleda, el pájaro en el nido,
      Y la oveja en su trémulo balido,
      Y el arroyuelo, en su correr fugaz.
      El día es para el mal y los afanes:
      ¡He aquí la noche plácida y serena!
      El hombre, tras la cuita y la faena,
      Quiere descanso y oración y paz.

      Sonó en la torre la señal: los niños
      Conversan con espíritus alados;
      Y los ojos al cielo levantados,
      Invocan de rodillas al Señor.
      Las manos juntas, y los pies desnudos,
      Fe en el pecho, alegría en el semblante,
      Con una misma voz, a un mismo instante,
      Al Padre Universal piden amor.

      Y luego dormirán; y en leda tropa,
      Sobre su cuna volarán ensueños,
      Ensueños de oro, diáfanos, risueños,
      Visiones que imitar no osó el pincel.
      Y ya sobre la tersa frente posan,
      Ya beben el aliento a las bermejas
      Bocas, como lo chupan las abejas
      A la fresca azucena y al clavel.

      Como para dormirse, bajo el ala
      Esconde su cabeza la avecilla,
      Tal la niñez en su oración sencilla
      Adormece su mente virginal.
      ¡Oh dulce devoción, que reza y ríe!
      ¡De natural piedad primer aviso!
      ¡Fragancia de la flor del paraíso!
      ¡Preludio del concierto celestial!

      II

      Ve a rezar, hija mía. Y ante todo,
      Ruega a Dios por tu madre; por aquella
      Que te dio el ser, y la mitad más bella
      De su existencia ha vinculado en él;
      Que en su seno hospedó tu joven alma,
      De una llama celeste desprendida;
      Y haciendo dos porciones de la vida,
      Tomó el acíbar y te dio la miel.

      Ruega después por mí. Más que tu madre
      Lo necesito yo... Sencilla, buena,
      Modesta como tú, sufre la pena,
      Y devora en silencio su dolor.
      A muchos compasión, a nadie envidia,
      La vi tener en mi fortuna escasa;
      Como sobre el cristal la sombra, pasa
      Sobre su alma el ejemplo corruptor.

      No le son conocidos... ¡ni lo sean
      A ti jamás!... los frívolos azares
      De la vana fortuna, los pesares
      Ceñudos que anticipan la vejez;
      De oculto oprobio el torcedor, la espina
      Que punza a la conciencia delincuente,
      La honda fiebre del alma, que la frente
      Tiñe con enfermiza palidez.

      Mas yo la vida por mi mal conozco,
      Conozco el mundo, y sé su alevosía;
      Y tal vez de mi boca oirás un día
      Lo que valen las dichas que nos da.
      Y sabrás lo que guarda a los que rifan
      Riquezas y poder, la urna aleatoria,
      Y que tal vez la senda que a la gloria
      Guiar parece, a la miseria va.

      Viviendo, su pureza empaña el alma,
      Y cada instante alguna culpa nueva
      Arrastra en la corriente que la lleva
      Con rápido descenso al ataúd.
      La tentación seduce; el juicio engaña;
      En los zarzales del camino deja
      Alguna cosa cada cual: la oveja
      Su blanca lana, el hombre su virtud.

      Ve, hija mía, a rezar por mí, y al cielo
      Pocas palabras dirigir te baste:
      "Piedad, Señor, al hombre que criaste;
      Eres Grandeza; eres Bondad; ¡perdón!"
      Y Dios te oirá; que cual del ara santa
      Sube el humo a la cúpula eminente,
      Sube del pecho cándido, inocente,
      Al trono del Eterno la oración.

      Todo tiende a su fin: a la luz pura
      Del sol, la planta; el cervatillo atado,
      A la libre montaña; el desterrado,
      Al caro suelo que le vio nacer;
      Y la abejilla en el frondoso valle,
      De los nuevos tomillos al aroma;
      Y la oración en alas de paloma
      A la morada del Supremo Ser.

      Cuando por mí se eleva a Dios tu ruego,
      Soy como el fatigado peregrino,
      Que su carga a la orilla del camino
      Deposita y se sienta a respirar;
      Porque de tu plegaria el dulce canto
      Alivia el peso a mi existencia amarga,
      Y quita de mis hombros esta carga,
      Que me agobia, de culpa y de pesar.

      Ruega por mí, y alcánzame que vea,
      En esta noche de pavor, el vuelo
      De un ángel compasivo, que del cielo
      Traiga a mis ojos la perdida luz.
      Y pura finalmente, como el mármol
      Que se lava en el templo cada día,
      Arda en sagrado fuego el alma mía,
      Como arde el incensario ante la Cruz.

      III

      Ruega, hija, por tus hermanos,
      Los que contigo crecieron,
      Y un mismo seno exprimieron,v y un mismo techo abrigó.
      Ni por los que te amen sólo
      El favor del cielo implores:
      Por justos y pecadores,
      Cristo en la Cruz expiró.

      Ruega por el orgulloso
      Que ufano se pavonea,
      Y en su dorada librea
      Funda insensata altivez;
      Y por el mendigo humilde
      Que sufre el ceño mezquino
      De los que beben el vino
      Porque le dejen la hez.
      Por el que de torpes vicios
      Sumido en profundo cieno,
      Hace aullar el canto obsceno
      De nocturno bacanal;
      Y por la velada virgen
      Que en su solitario lecho
      Con la mano hiriendo el pecho,
      Reza el himno sepulcral.

      Por el hombre sin entrañas,
      En cuyo pecho no vibra
      Una simpática fibra
      Al pesar y a la aflicción;
      Que no da sustento al hambre,
      Ni a la desnudez vestido,
      Ni da la mano al caído,
      Ni da a la injuria perdón.

      Por el que en mirar se goza
      Su puñal de sangre rojo,
      Buscando el rico despojo,
      O la venganza cruel;
      Y por el que en vil libelo
      Destroza una fama pura,
      Y en la aleve mordedura
      Escupe asquerosa hiel.

      Por el que sulca animoso
      La mar, de peligros llena;
      Por el que arrastra cadena,
      Y por su duro señor;
      Por la razón que leyendo
      En el gran libro vigila;
      Por la razón que vacila;
      Por la que abraza el error.

      Acuérdate, en fin, de todos
      Los que penan y trabajan;
      Y de todos los que viajan
      Por esta vida mortal.

      Acuérdate aun del malvado
      Que a Dios blasfemando irrita.
      La oración es infinita:
      Nada agota su caudal.

      IV

      ¡Hija!, reza también por los que cubre
      La soporosa piedra de la tumba,
      Profunda sima adonde se derrumba
      La turba de los hombres mil a mil:
      Abismo en que se mezcla polvo a polvo,
      Y pueblo a pueblo; cual se ve a la hoja
      De que al añoso bosque abril despoja,
      Mezclar las suyas otro y otro abril.

      Arrodilla, arrodíllate en la tierra
      Donde segada en flor yace mi Lola,
      Coronada de angélica aureola;
      Do helado duerme cuanto fue mortal;
      Donde cautivas almas piden preces
      Que las restauren a su ser primero,
      Y purguen las reliquias del grosero
      Vaso, que las contuvo, terrenal.

      ¡Hija!, cuando tú duermes, te sonríes,
      Y cien apariciones peregrinas
      Sacuden retozando tus cortinas:
      Travieso enjambre, alegre, volador.

      Y otra vez a la luz abres los ojos,
      Al mismo tiempo que la aurora hermosa
      Abre también sus párpados de rosa,
      Y da a la tierra el deseado albor.

      ¡Pero esas pobres almas!... ¡si supieras
      Qué sueño duermen!.. su almohada es fría;
      Duro su lecho; angélica armonía
      No regocija nunca su prisión.
      No es reposo el sopor que las abruma;
      Para su noche no hay albor temprano;
      Y la conciencia, velador gusano,
      Les roe inexorable el corazón.

      Una plegaria, un solo acento tuyo,
      Hará que gocen pasajero alivio,
      Y que de luz celeste un rayo tibio
      Logre a su oscura estancia penetrar;
      Que el atormentador remordimiento
      Una tregua a sus víctimas conceda,
      Y del aire, y el agua, y la arboleda,
      Oigan el apacible susurrar.
      Cuando en el campo con pavor secreto
      La sombra ves, que de los cielos baja,
      La nieve que las cumbres amortaja,
      Y del ocaso el tinte carmesí;
      En las quejas del aura y de la fuente,
      ¿No te parece que una voz retiña,
      Una doliente voz que dice: "Niña,
      Cuando tú reces, ¿rezarás por mí?"
      Es la voz de las almas. A los muertos
      Que oraciones alcanzan, no escarnece
      El rebelado arcángel, y florece
      Sobre su tumba perennal tapiz.
      Mas ¡ay! a los que yacen olvidados
      Cubre perpetuo horror; hierbas extrañas
      Ciegan su sepultura; a sus entrañas
      Árbol funesto enreda la raíz.

      Y yo también (no dista mucho el día)
      Huésped seré de la morada oscura,
      Y el ruego invocaré de un alma pura,
      Que a mi largo penar consuelo dé.
      Y dulce entonces me será que vengas,
      Y para mí la eterna paz implores,
      Y en la desnuda losa esparzas flores,
      Simple tributo de amorosa fe.

      ¿Perdonarás a mi enemiga estrella,
      Si disipadas fueron una a una
      Las que mecieron tu mullida cuna
      Esperanzas de alegre porvenir?
      Sí, le perdonarás; y mi memoria
      Te arrancará una lágrima, un suspiro
      Que llegue hasta mi lóbrego retiro,
      Y haga mi helado polvo rebullir.
    Arriba

    Las ovejas
      "Líbranos de la fiera tiranía
      De los humanos, Jove omnipotente
      ¡Una oveja decía,
      Entregando el vellón a la tijera?
      Que en nuestra pobre gente
      Hace el pastor más daño
      En la semana, que en el mes o el año
      La garra de los tigres nos hiciera.

      Vengan, padre común de los vivientes,
      Los veranos ardientes;
      Venga el invierno frío,
      Y danos por albergue el bosque umbrío,
      Dejándonos vivir independientes,
      Donde jamás oigamos la zampoña
      Aborrecida, que nos da la roña,
      Ni veamos armado
      Del maldito cayado
      Al hombre destructor que nos maltrata,
      Y nos trasquila, y ciento a ciento mata.

      Suelta la liebre pace
      De lo que gusta, y va donde le place,
      Sin zagal, sin redil y sin cencerro;
      Y las tristes ovejas ¡duro caso!
      Si hemos de dar un paso,
      Tenemos que pedir licencia al perro.

      Viste y abriga al hombre nuestra lana;
      El carnero es su vianda cotidiana;
      Y cuando airado envías a la tierra,
      Por sus delitos, hambre, peste o guerra,
      ¿Quién ha visto que corra sangre humana?
      En tus altares? No: la oveja sola
      Para aplacar tu cólera se inmola.

      Él lo peca, y nosotras lo pagamos.
      ¿Y es razón que sujetas al gobierno
      De esta malvada raza, Dios eterno,
      Para siempre vivamos?
      ¿Qué te costaba darnos, si ordenabas
      Que fuésemos esclavas,
      Menos crueles amos?
      Que matanza a matanza y robo a robo,
      Harto más fiera es el pastor que el lobo".

      Mientras que así se queja
      La sin ventura oveja
      La monda piel fregándose en la grama,
      Y el vulgo de inocentes baladores
      ¡Vivan los lobos!, clama
      Y ¡mueran los pastores!
      Y en súbito rebato
      Cunde el pronunciamiento de hato en hato
      El senado ovejuno
      "¡Ah!" dice, "todo es uno".
    Arriba

    Los duendes
      (Imitando a Victor Hugo)

      I

      No bulle
      La selva;
      El campo
      No alienta.
      Las luces
      Postreras
      Despiden
      Apenas
      Destellos,
      Que tiemblan.
      La choza
      Plebeya,
      Que horcones
      Sustentan;
      La alcoba,
      Que arrean
      Cristales
      Y sedas;
      Al sueño
      Se entregan.
      Ya es todo
      Tinieblas.
      ¡Oh noche
      Serena!
      ¡Oh vida
      Suspensa!
      La muerte
      Remedas.

      II

      ¿Qué ruido
      Sordo nace?
      Los cipreses
      Colosales
      Cabecean
      En el valle;
      Y en menuda
      Nieve caen
      Deshojados
      Azahares.
      ¿Es el soplo
      De los Andes,
      Atizando
      Los volcanes?
      ¿Es la tierra,
      Que en sus bases
      De granito
      Da balances?
      No es la tierra;
      No es el aire;
      Son los duendes
      Que ya salen.

      III

      Por allá vienen;
      ¡Qué batahola!
      Ora se apiñan
      En densa tropa,
      Que hiende rápida
      La parda atmósfera;
      Y ora se esparcen,
      Como las hojas
      Ante la ráfaga
      Devastadora.
      Si chillan estos,
      Aquellos roznan.
      Si trotan unos,
      Otros galopan.
      De la cascada
      Sobre las ondas,
      Cuál se columpia,
      Cuál cabriola.
      Y un duende enano,
      De copa en copa,
      Va dando brincos,
      Y no las dobla.

      IV

      ¿Fantasmas acaso
      La vista figura?
      Como hinchadas olas
      Que en roca desnuda
      Se estrellan sonantes,
      Y luego reculan
      Con ronco murmullo,
      Y otra vez insultan
      Al risco, lanzando
      Bramadora espuma;
      Así van y vienen,
      Y silban y zumban,
      Y gritan que aturden;
      El cielo se nubla;
      El aire se llena
      De sombras que asustan;
      El viento retiñe;
      Los montes retumban.

      V

      A casa me recojo;
      Echemos el cerrojo.
      ¡Qué triste y amarilla
      Arde mi lamparilla!
      ¡Oh Virgen del Carmelo!
      Aleja, aleja el vuelo
      De estos desoladores
      Ángeles enemigos;
      Que no talen mis flores,
      Ni atizonen mis trigos.
      Ahuyenta, madre, ahuyenta
      La chusma turbulenta;
      Y te pondré en la falda
      Olorosa guirnalda
      De rosa, nardo y lirio;
      Y haré que tu sagrario
      Alumbre un blanco cirio
      Por todo un octavario.

      VI

      ¡Cielos! ¡lo que cruje el techo!
      ¡Y lo que silba la puerta!
      Es un turbión deshecho.
      De lejos oigo estallar
      Los árboles de la huerta,
      Como el pino en el hogar.
      Si dura más el tropel,
      No amanecerá mañana
      Un cristal en la ventana,
      Ni una hoja en el vergel.

      VII

      San Antón, no soy tu devoto,
      Si no le pones luego coto
      A este diabólico alboroto.
      ¡Motín semeja, o terremoto,
      O hinchado torrente que ha roto
      Los diques, y todo lo inunda!
      ¡Jesús! ¡Jesús! ¡qué barahúnda!...
      ¿Qué significa, raza inmunda,
      Esa aldabada furibunda?
      El rayo del cielo os confunda,
      Y otra vez os pele y os tunda,
      Y en la caverna más profunda
      Del inflamado abismo os hunda.

      VIII

      Ni por ésas. Parece que arroja
      El infierno otro denso nublado,
      O que el diablo al oírme se enoja;
      Y empujando el ejército alado,
      El asalto acrecienta y aviva.
      El tejado va a ser una criba;
      Cada envión que recibe mi choza,
      Yo no sé cómo no la destroza;
      A tamaña batalla no es mucho
      Que retiemble, y que toda se cimbre,
      Cual si fuese de lienzo o de mimbre...
      ¿Es el miedo? o ¿quién anda en la sala?
      Vade retro, perverso avechucho...
      ¡Ay! Matóme la luz con el ala...

      IX

      ¡Funesta sombra! ¡Tenebroso espanto!...
      Amedrentado el corazón palpita...
      Y la legión de Lucifer en tanto,
      Reforzando la trápala y la bulla,
      A un tiempo brama, gruñe, llora, grita,
      Bufa, relincha, ronca, ladra, aúlla;
      Y asorda estrepitosa los oídos,
      Mezclando carcajadas y alaridos,
      Voz de ira, voz de horror, y voz de duelo.
      ¡Qué fiero son de trompas y cornetas!
      ¡Qué arrastrar de cadenas por el suelo!
      ¡Qué destemplado chirrío de carretas!...
      ¡Ya escampa! Hasta la tierra se estremece,
      Y según es el huracán, parece
      que a la casa y a mí nos lleva al vuelo...
      ¡Perdido soy!... ¡Misericordia, cielo!

      X

      ¡Ah! Por fin en la iglesia vecina
      A sonar comenzó la campana...
      Al furor, a la loca jarana,
      Turbación sucedió repentina.
      El tañido de aquella campana
      A la hueste infernal amohína,
      Sobrecoge, atolondra, amilana.
      Como en pecho abrumado de pena
      Una luz de esperanza divina;
      Como el sol en la densa neblina,
      De los montes rizada melena;
      El tañido de aquella campana,
      Que tan alto y sonoro domina,
      Y se pierde en la selva lejana,
      El tumulto en el aire serena.

      XI

      ¡Partieron! La sonante nota
      A la hueste infernal derrota.
      Uno a otro apresura, excita,
      Estrecha, empuja, precipita.
      Huyó la fementida tropa;
      No trota ya, sino galopa;
      No galopa ya, sino vuela.
      Por donde pasa la bandada,
      Una sombra más atezada
      Los montes y los valles vela,
      Y el luto de la noche enluta.
      Como de leña mal enjuta,
      Que en el hogar chisporrotea,
      De mil pupilas culebrea
      Rojiza luz intermitente,
      Que va señalando la ruta
      De Satanás y de su gente.

      XII

      Cesó, cesó la zozobra.
      A escape va la pandilla;
      Y la tierra se recobra
      De la grave pesadilla
      De esta visita importuna;
      Y la perezosa luna
      Sale al fin, y el campo alegra.
      Allá va la sombra negra;
      Distante suena la grita
      De la canalla maldita;
      Como cuando ciñe un monte
      De nubes el horizonte,
      Y desde su oscuro seno
      Rezonga lejano trueno;
      Como cuando primavera
      Tus nieves ha derretido,
      Gigantesca cordillera,
      Y a lo lejos se oye el ruido
      De impetuosa corriente
      Que arrastra una selva entera,
      Cubre el llano y corta el puente.

      XIII

      Mas a ti, ¿qué fortuna,
      Huerta mía, te cabe?
      ¿Respiras ya del grave
      Afán? ¿Injuria alguna
      Sufriste?... ¡Cuánta asoma,
      Entreabierta a la luna,
      Nueva flor! ¡Cuánto aroma
      De rosas y alelíes
      El ambiente embalsama!
      No hay una mustia rama;
      No hay un doblado arbusto.
      Parece que te ríes
      De tu pasado susto.

      XIV

      Sobre aquellos boldos
      Que a un pelado risco
      Guarnecen la falda,
      Al amortecido
      Rayo de la luna,
      Van haciendo giros.
      Enjambre parecen
      De avispas, que el nido
      Materno abandona,
      Despojo de niños
      Traviesos, y vuela
      Errante y proscrito.

      XV

      ¡Desventurados!
      Del patrio albergue
      También vosotros
      Gemís ausentes;
      Vagar proscriptos
      Os cupo en suerte...
      ¡Terrible fallo!...
      ¡Y eterno!... ¡Pesen
      Mis maldiciones,
      Blandas y leves,
      Sobre vosotros,
      Míseros duendes!

      XVI

      Hacia el cerro
      Que distingue
      Lo sombrío
      De su tizne
      -Padrón negro
      De hechos tristes-
      Vagorosas
      Ondas finge,
      Parda nube,
      Con matices
      Colorados,
      Como el tinte
      Que a la luna
      Da el eclipse;
      Y en la espira
      Que describe,
      Rastros deja
      Carmesíes...
      ¿En qué abismos,
      Infelice
      Nubecilla,
      Vas a hundirte?...
      Ya los ojos
      No la siguen;
      Ya es un punto;
      Ya no existe.

      XVII

      ¡Qué calma
      Tranquila!
      Tras leve
      Cortina
      De gasa
      Pajiza,
      La luna
      Dormita.
      Al sueño
      Rendidas,
      Las flores
      Se inclinan.
      El viento
      No silba,
      Ni el aura
      Suspira.
      Tú sola
      Vigilas;
      Tú siempre
      Caminas,
      Y al centro
      Gravitas,
      ¡Oh fuente
      Querida!
      Ya turbia;
      Ya limpia;
      Ya en calles,
      Que lilas
      Y adelfas
      Tapizan;
      Ya en zarzas
      Y espinas.
      ¡Tal corre
      La vida!
    Arriba

    Mis deseos
      Sabes, rubia, ¿qué gracia solicito
      Cuando de ofrenda cubro los altares?
      No ricos muebles, no soberbios lares,
      Ni una mesa que adule al apetito.

      De Aragua a las orillas un distrito
      Que me tribute fáciles manjares,
      Do vecino a mis rústicos hogares
      Entre peñascos corra un arroyito.

      Para acogerme en el calor estivo,
      Que tenga un arboleda también quiero,
      Do crezca junto al sauce el coco altivo.

      ¡Felice yo si en este albergue muero,
      Y al exhalar mi aliento fugitivo,
      Sello en tus labios el adiós postrero!
    Arriba

    No para mí, del arrugado invierno
      No para mí, del arrugado invierno
      Rompiendo el duro cetro, vuelve mayo
      La luz al cielo, a su verdor la tierra,
      No el blando vientecillo sopla amores
      O al rojo despuntar de la mañana
      Se llena de armonía el bosque verde.
      Que a quien el patrio nido y los amores
      De su niñez dejó, todo es invierno.
    Arriba

    Y posible será que destinado
      ¿Y posible será que destinado
      He de vivir en sempiterno duelo,
      Lejos del suelo hermoso, el caro suelo
      Do a la primera luz abrí los ojos?

      Cuántas, ¡ah!, cuántas veces dando
      Aunque breve a mi dolor consuelo,
      Oh montes, oh colinas, oh praderas,
      Amada sombra de la patria mía.

      Orillas del Anauco placenteras,
      Escenas de la edad encantadora,
      Que ya de mí, huyeron por mezquino,

      Huyó con presta irrevocable huida;
      Y toda en contemplarnos embebida
      Se goza el alma, a par que pena y llora.
    Arriba

Carlos Pezoa Véliz

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    Información biográfica

  1. A una morena
  2. Al amor de la lumbre
  3. Cuerdas heridas
  4. El perro vagabundo
  5. El pintor Pereza
  6. Entierro de campo
  7. Nada
  8. Tarde en el hospital


Información biográfica
    Nombre: Carlos Pezoa Véliz
    Lugar y fecha nacimiento: Santiago, Chile, 21 de julio de 1879
    Lugar y fecha defunción: Santiago, Chile, 21 de abril de 1908 (28 años)
    Ocupación: Periodista, traductor, escritor, ensayista, poeta

    Fuente: [Carlos Pezoa Véliz] en Wikipedia.org
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    A una morena
      Tienes ojos de abismo, cabellera
      Llena de luz y sombra, como el río
      Que deslizando su caudal bravío,
      Al beso de la luna reverbera.

      Nada más cimbrador que tu cadera,
      Rebelde a la presión del atavío...
      Hay en tu sangre perdurable estío
      Y en tus labios eterna primavera.

      Bello fuera fundir en tu regazo
      El beso de la muerte con tu brazo...
      Espirar como un dios, lánguidamente,

      Teniendo tus cabellos por guirnalda,
      Para que al roce de una carne ardiente
      Se estremezca el cadáver en tu falda...
    Arriba

    Al amor de la lumbre
      Junto a las grutas de las quebradas
      Donde las aguas alborotadas
      Charlan de asuntos sin ton ni son,
      Hay una casa de corredores
      Donde hay palomas, tiestos con flores,
      Y enredaderas en el balcón.

      Es una casa de tres ventanas
      Donde la madre luce sus canas
      Como argumento de algo gentil,
      Y unos modales llenos de gracia
      Que hacen más grave la aristocracia
      Del aire místico y señoril.

      Si fueran cosas de tiempo antiguo,
      Más de una oda de metro exiguo
      Hubiera escrito Fray Luis de León,
      Sobre la dama de blanco pelo,
      Sobre las dichas que allá en el cielo
      Tendrán los buenos de corazón.

      Y en verdad digna es de verso y prosa
      La blanca mesa, la blanca loza,
      La porcelana de albo matiz,
      Los cuchicheos, los tenues corros
      Y el agua alegre que salta a chorros
      Por una enorme llave matriz.

      Es una dicha que causa pena...
      La broma alegre, la charla amena
      Y allá en el piano, la, sí, do, re...
      Los besos largos, las risas claras
      Y el tintineo de las cucharas
      Sobre las blancas tazas de té.

      Unos comentan el cuento charro;
      Este que piensa fuma el cigarro
      Mirando el humo subir, subir.
      Hace proyectos mientras bosteza
      Y ve en las brumas de su pereza
      Las alegrías que han de venir.

      La madre cose; la joven piensa;
      La chica enreda su oscura trenza;
      Los grandes hurgan temas de amor.
      Y si a la larga se ponen tristes,
      El más alegre cuenta unos chistes
      Que a todos ponen de buen humor.

      Mientras, las flores pueblan la mesa
      Y la bandeja de plata gruesa
      Y las cajitas donde hay café,
      En cuyas clásicas etiquetas
      Hay unos chinos que hacen piruetas
      Sobre cajones llenos de té.

      En los jarrones de porcelana
      Hay una torre y una campana
      Que casi, casi repica ya...
      Un cuadro antiguo, colgado al muro,
      Y en él un gesto grave y seguro
      Sobre el retrato del buen papá.

      Si allá un piloto maniobras manda,
      Los chicos todos en la baranda
      Piensas: ¿a dónde va el bergantín?
      ... Y sopla el viento del mediodía
      Y una brumosa melancolía
      Vacía en el aire vahos de esplín.

      En las heladas tardes de invierno
      Se leen libros de arte moderno
      O alguna charla de Pedro Gil
      Oye la dama de pelo cano,
      Callado el viento, callado el piano,
      Y Paderewsky sobre el atril...

      Cuando en las noches hay aguacero,
      Niños y gatos junto al brasero
      Oyen La lámpara de Aladín;
      Cuentos de negros duchos en bromas,
      Niñas que un hada volvió palomas
      O gigantones con piel de espín.

      Suenan las doce; la madre reza;
      Hay en los cielos mucha tristeza,
      Abajo un vaho sentimental
      Mientras que enfermas de hipocondría
      Cantan las ranas su letanía
      Allá en la orilla de un manantial.

      Sueñan los niños que allá en la gloria
      Hay una inmensa preparatoria
      Donde Dios hace de preceptor;
      Y que en las clases, de traje blanco,
      A cada uno pone en el banco
      Una corneta con un tambor.
    Arriba

    Cuerdas heridas
      Semejante al fulgor de la mañana,
      En las cimas nevadas del oriente,
      Sobre el pálido tinte de tu frente
      Destácase tu crencha soberana.

      Al verte sonreír en la ventana
      Póstrase de rodillas el creyente
      Porque cree mirar la faz sonriente
      De alguna blanca aparición cristiana.

      Sobre tu suelta cabellera rubia
      Cae la luz en ondulante lluvia.
      Igual al cisne que a lo lejos pierde

      Su busto en sueños de oriental pereza,
      Mi espíritu que adora la tristeza
      Cruza soñando tu pupila verde.
    Arriba

    El perro vagabundo
      Flaco, lanudo y sucio. Con febriles
      Ansias roe y escarba la basura;
      A pesar de sus años juveniles,
      Despide cierto olor a sepultura.

      Cruza siguiendo interminables viajes
      Los paseos, las plazas y las ferias;
      Cruza como una sombra los parajes,
      Recitando un poema de miserias.

      Es una larga historia de perezas,
      Días sin pan y noches sin guarida.
      Hay aglomeraciones de tristezas
      En sus ojos vidriosos y sin vida.

      Y otra visión al pobre no se ofrece
      Que la que suelen ver sus ojos zarcos;
      La estrella compasiva que aparece
      En la luz miserable de los charcos.

      Cuando a roer mendrugos corrompidos
      Asoma su miseria, por las casas,
      Escapa con sus lúgubres aullidos
      Entre una doble fila de amenazas.

      Allá va. Lleva encima algo de abyecto.
      Le persigue de insectos un enjambre,
      Y va su pobre y repugnante aspecto
      Cantando triste la canción del hambre.

      Es frase de dolor. Es una queja
      Lanzada ha tiempo, pero ya perdida;
      Es un día de otoño que se aleja
      Entre la primavera de la vida.

      Lleva en su mal la pesadez del plomo.
      Nunca la caridad le fue propicia;
      No ha sentido jamás sobre su lomo
      La suave sensación de una caricia.

      Mustio y cansado, sin saber su anhelo,
      Suele cortar el impensado viaje
      Y huir despavorido cuando al suelo
      Caen las hojas secas del ramaje.

      Cerca de los lugares donde hay fiestas
      Suele robar un hueso a otros lebreles,
      Y gruñir sordamente una protesta
      Cuando pasa un bull-dog con cascabeles.

      En las calles que cruza a paso lento,
      Buscan sus ojos sin fulgor ni brillo
      El rastro de un mendigo macilento
      A quien piensa servir de lazarillo.
    Arriba

    El pintor Pereza
      Este es un artista de paleta añeja
      Que usa una cachimba de color coñac
      Y habita una boharda de ventana vieja
      Donde un reloj viejo masculla: tic tac...

      Tendido a la larga sobre un mueble inválido,
      Un bostezo larga, y otro, y otro: ¡tres!
      ¡Diablo de muchacho, pobre diablo escuálido,
      Pero con modorras de viejo burgués!

      Cerca de él, cigarros fingen los pinceles,
      Sobre la paleta de extraño color:
      Sus últimos toques fueron dos claveles
      Para un cuadro sobre cuestiones de amor.

      Cerca un lápiz negro de familia Faber
      Enristra la punta como un alfiler;
      Hay tufo a sudores y olor a cadáver,
      Hay tufo a modorras y olor a mujer.

      Juan Pereza fuma, Juan Pereza fuma
      En una cachimba de color coñac,
      Y mira unos cuadros repletos de bruma
      Sobre un hecho que hubo cerca del Rimac.

      El pintor no lee. La lectura agobia,
      Y anteojos de bruma pone en la nariz;
      Juan odia los libros, ve horrible a su novia,
      Y todas las cosas con máscara gris.

      Su mal es el mismo de los vagabundos:
      Fatiga, neurosis, anemia moral,
      Sensaciones raras, sueños errabundos
      Que vagan en busca de un vago ideal.

      Ni piensa, ni pinta, ni el humor ingenia.
      ¡Qué ha de pintar, si halla todo sin color!
      Tiene hipocondría, tiene neurastenia,
      Y hace un gesto de asco si oye hablar de amor.

      Mira un cuadro antiguo sin pensar en nada,
      Mira el techo, el humo, las flores, el mar,
      Una barca inglesa que ha tiempo está anclada
      Y unas acuarelas a medio empezar.

      De un escritorillo sobre la cubierta
      Un ramo de rosas chorrea placer
      Y una obra moderna, rasgada y abierta,
      Muestra sus encantos como una mujer.

      El pintor no lee. La lectura agobia:
      Juan Valjean es bruto, necio Tartarín;
      Juan odia los libros, ve horrible a su novia
      Y muere en silencio, de tedio, de esplín.

      Sudores espesos empapan los oros
      Que el lacio cabello recoge del sol,
      Y se abren al beso del aire los poros
      Del rostro manchado con tintas de alcohol.

      Y mientras el meollo puebla un chiste rancio,
      Que dicho con gracia fuera original,
      Una flor de moda muere de cansancio
      Sobre la solapa donde está el ojal.

      Hay planchas que esperan el baño potásico;
      Un cuadro de otoño y una mancha gris,
      Una oleografía de un poeta clásico
      Con gestos de piedra y ojuelos de miss.

      Juan Pereza fuma, Juan Pereza fuma
      En una cachimba de color coñac,
      Y enfermo incurable de una larga bruma,
      Oye un reloj viejo que dice: tic tac...

      Ni piensa ni pinta, ni el humor ingenia.
      ¡Qué ha de pintar, si halla todo color gris!
      Tiene hipocondría, tiene neurastenia
      Y anteojos de brumas sobre la nariz.

      Así pasa el tiempo. Solo, solo el cuarto...
      Solo Juan Pereza, sin hablar. ¿De qué?
      Flojo y aburrido como un gran lagarto,
      Muerta la esperanza, difunta la fe.

      La madre está lejos. A morir empieza,
      Allá donde el padre sirve un puesto ad hoc;
      No le escribe nunca porque la pereza
      Le esconde la pluma, la tinta o el block.

      Hace ya diez años que en el tren nocturno
      Y en un vagón de última dejó la ciudad;
      Iba un desertado recluta de turno
      Y una moza flaca de marchita edad.

      Un gringo de gorra pensaba, pensaba...
      Luego un cigarrillo... Y otro. ¿Fuma usted?
      Luego un frasco cuyo líquido apuraba
      Para tanta pena, para tanta sed.

      ¡Tanta pena, tanta! Su llanto salobre
      Secaba una vieja de andrajoso ajuar;
      Iba un mercachifle y un ratero pobre
      Y una lamparilla que hacía llorar.

      La vida... Sus penas. ¡Chocheces de antaño!
      Se sufre, se sufre. ¿Por qué? ¡Porque sí!
      Se sufre, se sufre... Y así pasa un año...
      Y otro año... ¡Qué diablo! La vida es así...
    Arriba

    Entierro de campo
      Con un cadáver a cuestas,
      Camino del cementerio,
      Meditabundos avanzan
      Los pobres angarilleros.

      Cuatro faroles descienden
      Por Marga-Marga hacia el pueblo,
      Cuatro luces melancólicas
      Que hacen llorar sus reflejos;
      Cuatro maderos de encina,
      Cuatro acompañantes viejos...

      Una voz cansada implora
      Por la eterna paz del muerto;
      Ruidos errantes, siluetas
      De árboles foscos, siniestros.
      Allá lejos, en la sombra,
      El aullar de los perros
      Y el efímero rezongo
      De los nostálgicos ecos...

      Sopla el puelche. Una voz dice:
      -Viene, hermano, el aguacero.
      Otra voz murmura: -Hermanos,
      Roguemos por él, roguemos.

      Calla en las faldas tortuosas
      El aullar de los perros;
      Inmenso, extraño, desciende
      Sobre la noche el silencio;
      Apresuran sus responsos
      Los pobres angarilleros,
      Y repite alguno: -Hermano,
      Ya no tarda el aguacero;
      Son las cuatro, el agua viene,
      Roguemos por él, roguemos.

      Y como empieza la lluvia,
      Doy mi adiós a aquel entierro,
      Pico espuela a mi caballo
      Y en la montaña me interno.

      Y allá en la montaña oscura,
      ¿Quién era?, llorando pienso:
      -Algún pobre diablo anónimo
      Que vino un día de lejos,
      Alguno que amó los campos,
      Que amó el sol, que amó el sendero,
      Por donde se va a la vida,
      Por donde él, pobre labriego,
      Halló una tarde el olvido,
      Enfermo, cansado, viejo.
    Arriba

    Nada
      Era un pobre diablo que siempre venía
      Cerca de un gran pueblo donde yo vivía;
      Joven, rubio y flaco, sucio y mal vestido,
      Siempre cabizbajo... ¡Tal vez un perdido!
      Un día de invierno lo encontraron muerto
      Dentro de un arroyo próximo a mi huerto,
      Varios cazadores que con sus lebreles
      Cantando marchaban... Entre sus papeles
      No encontraron nada... Los jueces de turno
      Hicieron preguntas al guardián nocturno:
      Este no sabía nada del extinto;
      Ni el vecino Pérez, ni el vecino Pinto.
      Una chica dijo que sería un loco
      O algún vagabundo que comía poco,
      Y un chusco que oía las conversaciones
      Se tentó de risa... ¡Vaya, unos simplones!
      Una paletada le echó el panteonero;
      Luego lió un cigarro, se caló el sombrero
      Y emprendió la vuelta... Tras la paletada,
      Nadie dijo nada, nadie dijo nada...
    Arriba

    Tarde en el hospital
      Sobre el campo el agua mustia
      Cae fina, grácil, leve;
      Con el agua cae angustia;
      Llueve...

      Y pues sólo en amplia pieza
      Yazgo en cama, yazgo enfermo,
      Para espantar la tristeza,
      Duermo.

      Pero el agua ha lloriqueado
      Junto a mí, cansada, leve;
      Despierto sobresaltado;
      Llueve...

      Entonces, muerto de angustia,
      Ante el panorama inmenso,
      Mientras cae el agua mustia,
      Pienso.
    Arriba

José Santos Chocano

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    Información biográfica

  1. Blasón
  2. De viaje
  3. El idilio de los volcanes
  4. El romance de la felicidad
  5. La canción del camino
  6. La magnolia
  7. La tristeza del inca
  8. Los caballos de los conquistadores
  9. Los volcanes
  10. Nocturno de la copla callejera
  11. Nostalgia
  12. Notas del alma indígena
  13. Orquídeas


Información biográfica
    Nombre: José Santos Chocano Gastañodi
    Lugar y fecha nacimiento: Lima, Perú, 14 de mayo de 1875
    Lugar y fecha defunción: Santiago, Chile, 13 de julio de 1934 (59 años)
    Nacionalidad: Peruana
    Ocupación: Diplomático, periodista, escritor, ensayista, dramaturgo, poeta
    Movimiento: Modernismo
Es considerado uno de los poetas hispanoamericanos más importantes, por su poesía épica de tono grandilocuente, muy sonora y llena de color, aunque también produjo poesía lírica de singular intimismo, todas ellas trabajadas con depurado formalismo, dentro de los moldes del modernismo.

Fuente: [José Santos Chocano] en Wikipedia.org

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    Blasón
      Soy el cantor de América autóctono y salvaje:
      Mi lira tiene un alma, mi canto un ideal.
      Mi verso no se mece colgado de un ramaje
      Con vaivén pausado de hamaca tropical.
      Cuando me siento inca, le rindo vasallaje
      Al Sol, que me da el cetro de su poder real;
      Cuando me siento hispano y evoco el coloniaje
      Parecen mis estrofas trompetas de cristal.
      Mi fantasía viene de un abolengo moro:
      Los Andes son de plata, pero el león de oro,
      Y las dos castas fundo con épico fragor.
      La sangre es española e incaico es el latido;
      Y de no ser poeta, quizá yo hubiera sido
      Un blanco aventurero o un indio emperador.
    Arriba

    De viaje
      Ave de paso,
      Fugaz viajera desconocida:
      Fue sólo un sueño, sólo un capricho, sólo un acaso;
      Duró un instante de los que llenan toda una vida.
      No era la gloria del paganismo,
      No era el encanto de la hermosura plástica y recia:
      Era algo vago, nube de incienso, luz de idealismo.
      No era la Grecia:
      ¡Era la Roma del cristianismo!
      Alrededor era de sus dos ojos ¡oh, qué ojos esos!
      Que las fracciones de su semblante desvanecidas
      Fingían trazos de un pincel tenue, mojado en besos,
      Reviviendo sueños pasados y glorias idas.
      Ida es la gloria de sus encantos,
      Pasado el sueño de su sonrisa.
      Yo lentamente sigo la ruta de mis quebrantos;
      ¡Ella ha fugado como un perfume sobre la brisa!
      Quizás ya nunca nos encontremos;
      Quizás ya nunca veré a mi errante desconocida;
      Quizás la misma barca de amores empujaremos,
      Ella de un lado, yo de otro lado, como dos remos,
      ¡Toda la vida bogando juntos y separados toda la vida!
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    El idilio de los volcanes
      El Ixtlacíhuatl traza la figura yacente
      De una mujer dormida bajo el Sol.
      El Popocatépetl flamea en los siglos
      Como una apocalíptica visión;
      Y estos dos volcanes solemnes
      Tienen una historia de amor,
      Digna de ser cantada en las compilaciones
      De una extraordinaria canción.
      Ixtacíhuatl -hace miles de años-
      Fue la princesa más parecida a una flor,
      Que en la tribu de los viejos caciques
      Del más gentil capitán se enamoró.
      El padre augustamente abrió los labios
      Y díjole al capitán seductor
      Que si tornaba un día con la cabeza
      Del cacique enemigo clavada en su lanzón,
      Encontraría preparados, a un tiempo mismo,
      El festín de su triunfo y el lecho de su amor.
      Y Popocatépetl fuese a la guerra
      Con esta esperanza en el corazón:
      Domó las rebeldías de las selvas obstinadas,
      El motín de los riscos contra su paso vencedor,
      La osadía despeñada de los torrentes,
      La acechanza de los pantanos en traición;
      Y contra cientos y cientos de soldados,
      Por años gallardamente combatió.
      Al fin tornó a tribu (y la cabeza
      Del cacique enemigo sangraba en su lanzón).
      Halló el festín del triunfo preparado,
      Pero no así el lecho de su amor;
      En vez de lecho encontró el túmulo
      En que su novia, dormida bajo el Sol,
      Esperaba en su frente el beso póstumo
      De la boca que nunca en la vida besó.
      Y Popocatépetl quebró en sus rodillas
      El haz de flechas; y, en una sola voz,
      Conjuró la sombra de sus antepasados
      Contra la crueldad de su impasible Dios.
      Era la vida suya, muy suya,
      Porque contra la muerte ganó:
      Tenía el triunfo, la riqueza, el poderío,
      Pero no tenía el amor.
      Entonces hizo que veinte mil esclavos
      Alzaran un gran túmulo ante el Sol
      Amontonó diez cumbres
      En una escalinata como alucinación;
      Tomó en sus brazos a la mujer amada,
      Y él mismo sobre el túmulo la colocó;
      Luego encendió una antorcha, y, para siempre,
      Quedóse en pie alumbrando el sarcófago de su dolor.
      Duerme en paz, Ixtacíhuatl, nunca los tiempos
      Borrarán los perfiles de tu expresión.
      Vela en paz. Popocatépetl: nunca los huracanes
      Apagarán tu antorcha, eterna como el amor.
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    El romance de la felicidad
      Felicidad: yo te he encontrado
      Más de una vez en mi camino;
      Pero al tender hacia ti el ruego
      De mis dos manos has huido,
      Dejando en ellas, solamente,
      Cual una dádiva, cautivo
      Algún mechón de tus cabellos
      O algún jirón de tus vestidos.
      Tanto mejor fuera no haberte
      Hallado nunca en mi camino.
      Por ser tu dueño, siento a veces
      Que no soy dueño de mí mismo...
      Toda esperanza es un engaño;
      Todo deseo es un martirio...
      Felicidad: te vi de cerca;
      Pero no pude hablar contigo.
      Ya voy sintiéndome cansado...
      Cuando en la orilla del camino
      Me siento a ver pasar a muchos
      Que hacia ti vayan cual yo he ido,
      Tal vez te atraiga mi reposo,
      Mi displicente escepticismo,
      Mi resignada indiferencia,
      Mi corazón firme y tranquilo;
      Y, paso a paso, a mí te acerques,
      Sin que yo llegue a percibirlo,
      Y, al fin, sentándote a mi lado,
      Hablarme empieces: -Buen amigo...
      ¿Será mejor el no buscarte?
      ¿Será mejor el ser altivo
      En la desgracia y no sentirse
      Juguete vil de tus caprichos?
      Yo sólo sé que cuantas veces
      Con más afán te he perseguido,
      Más fácilmente, hacia más lejos,
      Más desdeñosa huir te he visto.
      Yo sólo sé que cuantas veces
      Tornó perfil un sueño mío,
      Felicidad, te vi de cerca,
      Pero no pude hablar contigo.
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    La canción del camino
      Era un camino negro.
      La noche estaba loca de relámpagos. Yo iba
      En mi potro salvaje
      Por la montañosa andina.
      Los chasquidos alegres de los cascos,
      Como masticaciones de monstruosas mandíbulas
      Destrozaban los vidrios invisibles
      De las charcas dormidas.
      Tres millones de insectos
      Formaban una como rabiosa inarmonía.
      Súbito, allá a lo lejos,
      Por entre aquella mole doliente y pensativa
      De la selva,
      Vi un puñado de luces como un tropel de avispas.
      ¡La posada! El nervioso
      Látigo persignó la carne viva
      De mi caballo, que rasgó los aires
      Con un largo relincho de alegría.
      Y como si la selva
      Comprendiese todo, se quedó muda y fría.
      Y hasta mí llegó, entonces,
      Una voz clara y fina
      De mujer que cantaba. Cantaba. Era su canto
      Una lenta, muy lenta melodía:
      Algo como un suspiro que se alarga
      Y se alarga y se alarga y no termina.
      Entre el hondo silencio de la noche,
      Y a través del reposo de la montaña,
      Oíanse los acordes
      De aquel canto sencillo de una música íntima,
      Como si fuesen voces que llegaran
      Desde la otra vida...
      Sofrené mi caballo;
      Y me puse a escuchar lo que decía:
      -Todos llegan de noche,
      Todos se van de día.
      Y, formándole dúo,
      Otra voz femenina
      Completó así la endecha
      Con ternura infinita:
      -El amor es tan sólo una posada
      En mitad del camino de la vida.
      Y las dos voces, luego,
      A la vez repitieron con amargura rítmica:
      -Todos llegan de noche,
      Y todos se van de día.
      Entonces yo bajé de mi caballo
      Y me acosté en la orilla
      De una charca.
      Y fijo en ese canto que venía
      A través del misterio de la selva,
      Fui cerrando los ojos al sueño y la fatiga.
      Y me dormí, arrullado; y, desde entonces,
      Cuando cruzo las selvas por rutas no sabidas,
      Jamás busco reposo en las posadas;
      Y duermo al aire libre mi sueño y mi fatiga,
      Porque recuerdo siempre
      Aquel canto sencillo de una música íntima:
      -Todos llegan de noche,
      Todos se van de día
      El amor es tan sólo una posada
      En mitad del camino de la vida.
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    La magnolia
      En el bosque, de aromas y de músicas lleno,
      La magnolia florece delicada y ligera,
      Cual vellón que en las zarpas enredado estuviera,
      O cual copo de espuma sobre lago sereno.
      Es un ánfora digna de un artífice heleno,
      Un marmóreo prodigio de la Clásica Era:
      Y destaca su fina redondez a manera
      De una dama que luce descotado su seno.
      No se sabe si es perla, ni se sabe si es llanto.
      Hay entre ella y la luna cierta historia de encanto,
      En la que una paloma pierde acaso la vida:
      Porque es pura y es blanca y es graciosa y es leve,
      Como un rayo de luna que se cuaja en la nieve,
      O como una paloma que se queda dormida.
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    La tristeza del inca
      Este era un inca triste de soñadora frente,
      De ojos siempre dormidos y sonrisa de hiel,
      Que recorrió su imperio, buscando inútilmente
      A una doncella hermosa y enamorada de él.
      Por distraer sus penas, el inca dio en guerrero;
      Puso a su tropa en marcha y el broquel requirió;
      Fue sembrando despojos sobre cada sendero
      Y las nieves más altas con su sangre manchó.
      Tal sus flechas cruzaron inviolables regiones,
      En que apenas los ríos se atrevían a entrar;
      Y tal fue, derramando sus heroicas legiones:
      De la selva a los andes de los andes al mar.
      Fue gastando las flechas que tenía en su aljaba,
      Una vez y otra y otra, de región en región,
      Porque cuando salía victorioso, lograba
      Levantar la cabeza, pero no el corazón.
      Y cansado de tanto levantar la cabeza,
      Celebró bailes magnos y banquetes sin fin,
      Pero no logra nada disipar su tristeza,
      Ni la sangre del choque, ni el licor del festín.
      Nada entraba en el fondo de su espíritu oculto:
      Ni las cándidas ñustas de dignástico rol,
      Ni los cirios de Quito, consagradas al culto,
      Ni del Cuzco, tampoco, los vestales del Sol.
      Fue llamado el más viejo sacerdote; adivina
      Este mal que me aqueja y el remedio del mal;
      Dijo al gran sacerdote, con voz trémula y fina,
      Aquel joven monarca, displicente y sensual.
      ¡Ay señor! -dijo el viejo sacerdote-,
      Tus penas remediarse no pueden; tu pasión es mortal.
      La mujer que has ideado tiene añil en las venas
      Un trigal en los bucles y en la boca un coral.
      ¡Ay señor!, ciertos días vendrán hombres muy blancos,
      Ha de oírse en los bosques el marcial caracol:
      Cataratas de sangre colmarán los barrancos,
      Y entrarán otros dioses en el Templo del Sol.
      La mujer que has ideado pertenece a tal raza,
      Vanamente la buscas en tu innúmera grey,
      Y servirte no pueden oración ni amenaza,
      Porque tiene otra sangre, otro dios y otro rey.
      Cuando el rito sagrado le mandó optar esposa,
      Hizo astillas el cetro con vibrante dolor,
      Y aquel joven monarca se enterró en una fosa
      Y pensando en la rubia fue muriendo de amor.
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    Los caballos de los conquistadores
      ¡Los caballos eran fuertes!
      ¡Los caballos eran ágiles!
      Sus pescuezos eran finos y sus ancas
      Relucientes y sus cascos musicales.
      ¡Los caballos eran fuertes!
      ¡Los caballos eran ágiles!
      ¡No! No han sido los guerreros solamente,
      De corazas y penachos y tizonas y estandartes,
      Los que hicieron la conquista
      De las selvas y los Andes:
      Los caballos andaluces, cuyos nervios
      Tienen chispas de la raza voladora de los árabes,
      Estamparon sus gloriosas herraduras
      En los secos pedregales,
      En los húmedos pantanos,
      En los ríos resonantes,
      En las nieves silenciosas,
      En las pampas, en las sierras, en los bosques y en los valles.
      ¡Los caballos eran fuertes!
      ¡Los caballos eran ágiles!
      Un caballo fue el primero,
      En los tórridos manglares,
      Cuando el grupo de Balboa caminaba
      Despertando las dormidas soledades,
      Que de pronto dio el aviso
      Del Pacífico Océano, porque ráfagas de aire
      Al olfato le trajeron
      Las salinas humedades;
      Y el caballo de Quesada, que en la cumbre
      Se detuvo viendo, en lo hondo de los valles,
      El fuetazo de un torrente
      Como el gesto de una cólera salvaje,
      Saludo con un relincho
      La sabana interminable...
      Y bajó con fácil trote,
      Los peldaños de los Andes,
      Cual por unas milenarias escaleras
      Que crujían bajo el golpe de los cascos musicales...
      ¡Los caballos eran fuertes!
      ¡Los caballos eran ágiles!
      Y aquel otro, de ancho tórax,
      Que la testa pone en alto
      Cual queriendo ser más grande,
      En que Hernán Cortés un día
      Caballero sobre estribos rutilantes,
      Desde México hasta Honduras
      Mide leguas y semanas entre rocas y boscajes,
      Es más digno de los lauros
      Que los potros que galopan
      En los cánticos triunfales
      Con que Píndaro celebra
      Las olímpicas disputas
      Entre el vuelo de los carros y la fuga de los aires.
      Y es más digno todavía
      De las odas inmortales
      El caballo con que Soto, diestramente,
      Y tejiendo las cabriolas como él sabe,
      Causa asombro, pone espanto, roba fuerzas,
      Y entre el coro de los indios,
      Sin que nadie haga un gesto de reproche,
      Llega al trono de Atahualpa y salpica con espumas
      Las insignias imperiales.
      ¡Los caballos eran fuertes!
      ¡Los caballos eran ágiles!
      El caballo del beduino
      Que se traga soledades.
      El caballo milagroso de San Jorge,
      Que tritura con sus cascos los dragones infernales.
      El de César en las Galias.
      El de Aníbal en los Alpes.
      El Centauro de las clásicas leyendas,
      Mitad potro, mitad hombre,
      Que galopa sin cansarse,
      Y que sueña sin dormirse,
      Y que flecha los luceros,
      Y que corre como el aire,
      Todos tienen menos alma, menos fuerza, menos sangre,
      Que los épicos caballos andaluces
      En las tierras de la Atlántida salvaje,
      Soportando las fatigas,
      Las espuelas y las hambres,
      Bajo el peso de las férreas armaduras,
      Cual desfile de heroísmos,
      Coronados entre el fleco de los anchos estandartes
      Con la gloria de Babieca y el dolor de Rocinante.
      En mitad de los fragores del combate,
      Los caballos con sus pechos arrollaban
      A los indios, y seguían adelante.
      Y, así, a veces, a los gritos de "¡Santiago!",
      Entre el humo y el fulgor de los metales,
      Se veía que pasaba, como un sueño,
      El caballo del apóstol a galope por los aires.
      ¡Los caballos eran fuertes!
      ¡Los caballos eran ágiles!
      Se diría una epopeya
      De caballos singulares
      Que a manera de hipogrifos desolados
      O cual río que se cuelga de los Andes,
      Llegan todos sudorosos, empolvados, jadeantes,
      De unas tierras nunca vistas,
      A otras tierras conquistables.
      Y de súbito espantados por un cuerno
      Que se hincha con soplido de huracanes,
      Dan nerviosos un soplido tan profundo,
      Que parece que quisiera perpetuarse.
      Y en las pampas y confines
      Ven las tristes lejanías
      Y remontan las edades
      Y se sienten atraídos
      Por los nuevos horizontes:
      Se aglomeran, piafan, soplan, y se pierden al escape.
      Detrás de ellos, una nube,
      Que es la nube de la gloria,
      Se levanta por los aires.
      ¡Los caballos eran fuertes!
      ¡Los caballos eran ágiles!
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    Los volcanes
      Cada volcán levanta su figura,
      Cual si de pronto, ante la faz del cielo,
      Suspendiesen el ángulo de un vuelo
      Dos dedos invisibles de la altura.
      La cresta es blanca y como blanca pura:
      La entraña hierve en inflamado anhelo;
      Y sobre el horno aquel contrasta el hielo,
      Cual sobre una pasión un alma dura.
      Los volcanes son túmulos de piedra,
      Pero a sus pies los valles que florecen
      Fingen alfombras de irisada yedra;
      Y por eso, entre campos de colores,
      Al destacarse en el azul, parecen
      Cestas volcadas derramando flores.
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    Nocturno de la copla callejera
      Tiempo ha quemé mis naves
      Como el conquistador,
      Y me lancé al trajín de la aventura
      De un corazón en otro corazón;
      Pero...
      Confieso yo
      Que he tenido también mi noche triste.
      ¡Oh noche triste en que llorando estoy!
      ¡Oh noche en que, vagando
      Por los barrios oscuros de aspecto evocador,
      Donde en casas humildes sueña el romanticismo
      De vírgenes enfermas de Luna y de canción,
      Me ha interrumpido el paso
      Una copla escapada por el hueco traidor
      De una ventana, a sólo
      Clavárseme a mitad del corazón.
      Y la copla a mí vino
      Lanzada, entre el rezongo de un viejo acordeón,
      Por algún mozalbete presumido
      Según era el descaro de su engolada voz.
      No me llegó la copla redondeada;
      No me llegó,
      Sino algo en que ponía su miel un primer beso
      O en que abría su rosa quizá un primer rubor.
      Pero...
      Ay de mí, si estoy
      Seguro del final que en lo más hondo
      Su envenenada punta me clavó.
      Tales palabras
      Son:
      -"Pienso en aquel que te quiso
      Antes de quererte yo".
      Ya que lejos de ti, siéntote acaso
      Más adentro que nunca de mi amor,
      Ha venido esta copla destemplada
      A destemplar también mi corazón:
      Yo no he sido el primer hombre que amaste.
      No he sido, no,
      Amor primero de mujer ninguna,
      No he despertado en nadie la primera emoción,
      No he probado la miel de un primer beso,
      Ni abrí la rosa de un primer rubor...
      ¿Comprendes tú qué sangre
      Lloro en mi noche triste? ¿Comprendes qué canción
      Es la que me sugiere aquella copla
      Venida a mí quizá como la voz
      Que detuvo, camino de Damasco,
      También a un pecador?
      La primera mujer que amé en la vida,
      Al oír que la amaba, colérica me huyó;
      La segunda mujer, sonrisas tuvo
      Para mí que antes tuvo para otros tal vez, y luego adiós.
      Díjome desde lo alto de un navío
      En que de mí por siempre se alejó;
      La tercera mujer no pudo nunca,
      Desde su ostentación
      De estrella, percatarse
      De mi apasionamiento de pastor;
      Una me dio una cita en cierta noche
      En que, para burlarme, se murió;
      Otra me dijo con los ojos algo
      Que todavía descifrando estoy,
      Porque en ningunos ojos volví a hallar tal mirada,
      Con que piadosamente me ha de ver quizá hoy Dios.
      Después... téngolo dicho:
      He quemado mis naves como el conquistador
      Y me he entrado también a sangre y fuego
      De un corazón a otro corazón;
      Y en esta noche triste,
      Tengo un orgullo sabio, porque no he sido yo
      Amor primero de mujer ninguna,
      Pero el último sí, ¡seguro estoy!
      Y, así, como amor último que he sido,
      De más de una mujer, pienso en tu amor;
      Y pensando en la copla callejera,
      La hago decir con todo mi orgullo indoespañol:
      ¡Pienso en aquel que te quiera
      Después de quererte yo!
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    Nostalgia
      Hace ya diez años
      Que recorro el mundo.
      ¡He vivido poco!
      ¡Me he cansado mucho!
      Quien vive deprisa no vive de veras:
      Quien no hecha raíces no puede dar fruto.
      Ser río que corre, ser nube que pasa,
      Sin dejar recuerdos ni rastro ninguno,
      Es triste, y más triste para el que se siente
      Nube en lo elevado, río en lo profundo.
      Quisiera ser árbol, mejor que ser ave,
      Quisiera ser leño, mejor que ser humo,
      Y al viaje que cansa
      Prefiero el terruño:
      La ciudad nativa con sus campanarios,
      Arcaicos balcones, portales vetustos
      Y calles estrechas, como si las casas
      Tampoco quisieran separarse mucho...
      Estoy en la orilla
      De un sendero abrupto.
      Miro la serpiente de la carretera
      Que en cada montaña da vueltas a un nudo;
      Y entonces comprendo que el camino es largo,
      Que el terreno es brusco,
      Que la cuesta es ardua,
      Que el paisaje mustio...
      ¡Señor!, ya me canso de viajar, ya siento
      Nostalgia, ya ansío descansar muy junto
      De los míos... Todos rodearán mi asiento
      Para que diga mis penas y triunfos;
      Y yo, a la manera del que recorriera
      Un álbum de cromos, contaré con gusto
      Las mil y una noches de mis aventuras
      Y acabaré con esta frase de infortunio:
      ¡He vivido poco! ¡Me he cansado mucho!
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    Notas del alma indígena
      ¡Quién sabe!
      Indio que asomas a la puerta
      De esta tu rústica mansión:
      ¿Para mi sed no tienes agua?
      ¿Para mi frío cobertor?
      ¿Parco maíz para mi hambre?
      ¿Para mi sueño mal rincón?
      ¿Breve quietud para mi andanza?
      -¡Quién sabe, señor!
      Indio que labras con fatiga
      Tierras que de otros dueños son:
      ¿Ignoras tú que deben tuyas
      Ser, por tu sangre y tu sudor?
      ¿Ignoras tú que audaz codicia,
      Siglos atrás, te las quitó?
      ¿Ignoras tú que eres el amo?
      -¡Quién sabe, señor!
      Indio de frente taciturna
      Y de pupilas sin fulgor:
      ¿Qué pensamiento es el que escondes
      En tu enigmática expresión?
      ¿Qué es lo que buscas en tu vida?
      ¿Qué es lo que imploras a tu Dios?
      ¿Qué es lo que sueña tu silencio?
      -¡Quién sabe, señor!
      ¡Oh raza antigua y misteriosa
      De impenetrable corazón,
      Que sin gozar ves la alegría
      Y sin sufrir ves el dolor:
      Eres augusta como el Ande,
      El grande Océano y el Sol!
      Ese tu gesto que parece
      Como de vil resignación,
      Es de una sabia indiferencia
      Y de un orgullo sin rencor.
      Corre en mis venas sangre tuya,
      Y, por tal sangre, si mi Dios
      Me interrogase qué prefiero
      -Cruz o laurel, espina o flor,
      Beso que apague mis suspiros
      O hiel que colme mi canción-,
      Responderíale dudando:
      -¡Quién sabe, señor!
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    Orquídeas
      Ánforas de cristal, airosas galas
      De enigmáticas formas sorprendentes,
      Diademas propias de apolíneas frentes,
      Adornos dignos de fastuosas salas.
      En los nudos de un tronco hacen escalas;
      Y ensortijan sus tallos de serpientes,
      Hasta quedar en la altitud pendientes,
      A manera de pájaros sin alas.
      Tristes como cabezas pensativas,
      Brotan ellas, sin torpes ligaduras
      De tirana raíz, libres y altivas;
      Porque también, con lo mezquino en guerra,
      Quieren vivir, como las almas puras,
      Sin un solo contacto con la tierra.
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