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Miguel Hernández

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    Información biográfica

  1. A mi gran Josefina adorada
  2. Aceituneros
  3. Ante la vida, sereno
  4. Ascensión
  5. Besarse
  6. Beso soy, sombra con sombra
  7. Canción última
  8. Casida del sediento
  9. Cerca del agua
  10. Como el toro he nacido para el luto
  11. Desde que el alba quiso
  12. Dime
  13. El amor ascendía
  14. El herido I
  15. El herido II
  16. El mundo es como aparece
  17. El niño yuntero
  18. El soldado y la nieve
  19. El tren de los heridos
  20. Elegía
  21. Hijo de la luz y de la sombra
  22. La boca
  23. Las desiertas abarcas
  24. Llegó tan hondo el beso
  25. Madre España
  26. Más mojado que el rostro de mi llanto
  27. Me sobra el corazón
  28. Menos tu vientre
  29. Mi corazón no puede con la carga
  30. Mis ojos sin tus ojos
  31. Muerte nupcial
  32. Nanas de cebolla
  33. ¿No cesará este rayo?
  34. Pena bienhallada
  35. Por desplumar arcángeles
  36. Por tu pie, la blancura más bailable
  37. ¿Recuerdas aquel cuello, haces memoria?
  38. Ropas con su olor
  39. Ser onda, oficio, niña, es de tu pelo
  40. Silencio de metal triste y sonoro
  41. Te me mueres de casta y sencilla
  42. Tengo estos huesos hechos a las penas
  43. Tu corazón, una naranja helada
  44. Tus ojos
  45. Umbrío por la pena, casi bruno
  46. Un carnívoro cuchillo
  47. Una querencia tengo por tu acento
  48. Vientos del pueblo me llevan
  49. Yo no quiero más luz que tu cuerpo ante el mío


Información biográfica
    Nombre: Miguel Hernández Gilabert
    Lugar y fecha nacimiento: Orihuela, Alicante (España), 30 de octubre de 1910
    Lugar y fecha defunción: Alicante (España), 28 de marzo de 1942 (31 años)
    Ocupación: Escritor, dramaturgo, poeta
    Movimiento: Generación del 27, Generación del 36

    Fuente: [Miguel Hernández] en Wikipedia.org
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    A mi gran Josefina adorada
      Tus cartas son un vino
      Que me trastorna y son
      El único alimento para mi corazón.
      Desde que estoy ausente
      No sé sino soñar,
      Igual que el mar tu cuerpo,
      Amargo igual que el mar.
      Tus cartas apaciento
      Metido en un rincón
      Y por redil y hierba
      Les doy mi corazón.
      Aunque bajo la tierra
      Mi amante cuerpo esté,
      Escríbeme, paloma,
      Que yo te escribiré.
      Cuando me falte sangre
      Con zumo de clavel,
      Y encima de mis huesos
      De amor cuando papel.
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    Aceituneros
      Andaluces de Jaén,
      Aceituneros altivos,
      Decidme en el alma: ¿quién,
      Quién levantó los olivos?
      No los levantó la nada,
      Ni el dinero, ni el señor,
      Sino la tierra callada,
      El trabajo y el sudor.
      Unidos al agua pura
      Y a los planetas unidos,
      Los tres dieron la hermosura
      De los troncos retorcidos.
      Levántate, olivo cano,
      Dijeron al pie del viento.
      Y el olivo alzó una mano
      Poderosa de cimiento.
      Andaluces de Jaén,
      Aceituneros altivos,
      Decidme en el alma: ¿quién
      Amamantó los olivos?
      Vuestra sangre, vuestra vida,
      No la del explotador
      Que se enriqueció en la herida
      Generosa del sudor.
      No la del terrateniente
      Que os sepultó en la pobreza,
      Que os pisoteó la frente,
      Que os redujo la cabeza.
      Árboles que vuestro afán
      Consagró al centro del día
      Eran principio de un pan
      Que sólo el otro comía.
      ¡Cuántos siglos de aceituna,
      Los pies y las manos presos,
      Sol a sol y luna a luna,
      Pesan sobre vuestros huesos!
      Andaluces de Jaén,
      Aceituneros altivos,
      Decidme en el alma: ¿de quién,
      De quién son estos olivos?
      Jaén, levántate brava
      Sobre tus piedras lunares,
      No vayas a ser esclava
      Con todos tus olivares.
      Dentro de la claridad
      Del aceite y sus aromas,
      Indican tu libertad
      La libertad de tus lomas.
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    Ante la vida, sereno
      Ante la vida, sereno
      Y ante la muerte, mayor;
      Si me matan, bueno:
      Si vivo, mejor.
      No soy la flor del centeno
      Que tiembla al viento menor.
      Si me matan bueno:
      Si vivo, mejor.
      Aquí estoy, vivo y moreno,
      De mi estirpe defensor.
      Si me matan, bueno:
      Si vivo, mejor.
      Ni al relámpago ni al trueno
      Puedo tenerles temor.
      Si me matan, bueno:
      Si vivo, mejor.
      Traidores me echan veneno
      Y yo les echo valor.
      Si me matan, bueno:
      Si vivo, mejor.
      El corazón traigo lleno
      De un alegre resplandor.
      Si me matan, bueno:
      Si vivo, mejor.
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    Tu ascensión
        Coronada la escoba de laurel, mirto, rosa,
        Es el héroe entre aquellos que afrontan la basura.
        Para librar del polvo sin vuelo cada cosa
        Bajó, porque era palma y azul, desde la altura.
        Su ardor de espada joven y alegre no reposa.
        Delgada de ansiedad, pureza, sol, bravura,
        Azucena que barre sobre la misma fosa,
        Es cada vez más alta, más cálida, más pura.
        ¡Nunca! La escoba nunca será crucificada
        Porque la juventud propaga su esqueleto
        Que es una sola flauta, muda, pero sonora.
        Es una sola lengua, sublime y acordada.
        Y ante su aliento raudo se ausenta el polvo quieto,
        Y asciende una palmera, columna hacia la aurora.
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      Besarse
        Besarse, mujer,
        Al sol, es besarnos
        En toda la vida.
        Ascienden los labios
        Eléctricamente
        Vibrantes los rayos,
        Con todo el fulgor
        De un sol entre cuatro.
        Besarse a la luna,
        Mujer, es besarnos
        En toda la muerte.
        Descienden los labios
        Con toda la luna
        Pidiendo su ocaso,
        Gastada y helada
        Y en cuatro pedazos.
      Arriba

      Beso soy, sombra con sombra
        Beso soy, sombra con sombra.
        Beso, dolor con dolor,
        Por haberme enamorado.
        Corazón sin corazón,
        De las cosas, del aliento
        Sin sombra de la creación.
        Sed con agua en la distancia,
        Pero sed alrededor.
        Corazón en una copa
        Donde me la bebo yo
        Y no se lo bebe nadie,
        Nadie sabe su sabor.
        Odio, vida: ¡cuánto odio
        Sólo por amor!
        No es posible acariciarte
        Con las manos que me dio
        El fuego de más deseo,
        El ansia de más ardor.
        Varias alas, varios vuelos
        Abaten en ellas hoy
        Hierros que cercan las venas
        Y las muerden con rencor.
        Por amor, vida, abatido,
        Pájaro sin remisión.
        Sólo por amor odiado,
        Sólo por amor.
        Amor, tu bóveda arriba
        Y yo abajo siempre, amor,
        Sin otra luz que estas ansias,
        Sin otra iluminación.
        Mírame aquí encadenado,
        Escupido, sin calor
        A los pies de la tiniebla
        Más súbita, más feroz,
        Comiendo pan y cuchillo
        Como buen trabajador
        Y a veces cuchillo solo,
        Sólo por amor.
        Todo lo que significa
        Golondrinas, ascensión,
        Claridad, anchura, aire,
        Decidido espacio, sol,
        Horizonte aleteante,
        Sepultado en un rincón.
        Espesura, mar, desierto,
        Sangre, monte rodador,
        Libertades de mi alma
        Clamorosas de pasión,
        Desfilando por mi cuerpo,
        Donde no se quedan, no,
        Pero donde se despliegan,
        Sólo por amor.
        Porque dentro de la triste
        Guirnalda del eslabón,
        Del sabor a carcelero
        Constante y a paredón,
        Y a precipicio en acecho,
        Alto, alegre, libre soy.
        Alto, alegre, libre, libre.
        Sólo por amor.
        No, no hay cárcel para el hombre.
        No podrán atarme, no.
        Este mundo de cadenas
        Me es pequeño y exterior.
        ¿Quién encierra una sonrisa?
        ¿Quién amuralla una voz?
        A lo lejos tú, más sola
        Que la muerte, la una y yo.
        A lo lejos tú, sintiendo
        En tus brazos mi prisión,
        En tus brazos donde late
        La libertad de los dos.
        Libre soy, siénteme libre.
        Sólo por amor.
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      Canción última
        Pintada, no vacía:
        Pintada está mi casa
        Del color de las grandes
        Pasiones y desgracias.
        Regresará del llanto
        Adonde fue llevada
        Con su desierta mesa,
        Con su ruinosa cama.
        Florecerán los besos
        Sobre las almohadas.
        Y en torno de los cuerpos
        Elevará la sábana
        Su intensa enredadera
        Nocturna, perfumada.
        El odio se amortigua
        Detrás de la ventana.
        Será la garra suave.
        Dejadme la esperanza.
      Arriba

      Casida del sediento
        Arena del desierto
        Soy, desierto de sed.
        Oasis es tu boca
        Donde no he de beber.
        Boca: oasis abierto
        A todas las arenas del desierto.
        Húmedo punto en medio
        De un mundo abrasador
        El de tu cuerpo, el tuyo,
        Que nunca es de los dos.
        Cuerpo: pozo cerrado
        A quien la sed y el sol han calcinado.
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      Cerca del agua
        Cerca del agua te quiero llevar
        Porque tu arrullo trascienda del mar.
        Cerca del agua te quiero tener
        Porque te aliente su vívido ser.
        Cerca del agua te quiero sentir
        Porque la espuma te enseñe a reír.
        Cerca del agua te quiero, mujer,
        Ver, abarcar, fecundar, conocer.
        Cerca del agua perdida del mar
        Que no se puede perder ni encontrar.
      Arriba

      Como el toro, he nacido para el luto
        Como el toro, he nacido para el luto
        Y el dolor, como el toro estoy marcado
        Por un hierro infernal en el costado
        Y por varón en la ingle con un fruto.
        Como el toro lo encuentra diminuto
        Todo mi corazón desmesurado,
        Y del rostro del beso enamorado,
        Como el toro a tu amor se lo disputo.
        Como el toro me crezco en el castigo,
        La lengua en corazón tengo bañada
        Y llevo al cuello un vendaval sonoro.
        Como el toro te sigo y te persigo,
        Y dejas mi deseo en una espada,
        Como el toro burlado, como el toro.
      Arriba

      Desde que el alba quiso
        Desde que el alba quiso ser alba, toda eres
        Madre. Quiso la luna profundamente llena.
        En tu dolor lunar he visto dos mujeres,
        Y un removido abismo bajo una luz serena.
        ¡Qué olor a madreselva desgarrada y hendida!
        ¡Qué exaltación de labios y honduras generosas!
        Bajo las huecas ropas aleteó la vida,
        Y sintieron vivas bruscamente las cosas.
        Eres más clara. Eres más tierna. Eres más suave.
        Ardes y te consumes con más recogimiento.
        El nuevo amor te inspira la levedad del ave
        Y ocupa los caminos pausados de tu aliento.
        Ríe, porque eres madre con luna. Así lo expresa
        Tu palidez rendida de recorrer lo rojo;
        Y ese cerezo exhausto que en tu corazón pesa,
        Y el ascua repentina que te agiganta el ojo.
        Ríe, que todo ríe: que todo es madre leve.
        Profundidad del mundo sobre el que te has quedado
        Sumiéndote y ahondándote mientras la luna mueve,
        Igual que tú, su hermosa cabeza hacia otro lado.
        Nunca tan parecida tu frente al primer cielo.
        Todo lo abres, todo lo alegras, madre, aurora.
        Vienen rodando el hijo y el sol. Arcos de anhelo
        Te impulsan. Eres madre. Sonríe. Ríe. Llora.
      Arriba

      Dime
        Dime desde allá abajo
        La palabra te quiero.
        ¿Hablas bajo la tierra?
        Hablo con el silencio.
        ¿Quieres bajo la tierra?
        Bajo la tierra quiero
        Porque hacia donde corras
        Quiere correr mi cuerpo.
        Ardo desde allí abajo
        Y alumbro tus recuerdos.
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      El amor ascendía
        El amor ascendía entre nosotros
        Como la luna entre las dos palmeras
        Que nunca se abrazaron.
        El íntimo rumor de los dos cuerpos
        Hacia el arrullo un oleaje trajo,
        Pero la ronca voz fue atenazada.
        Fueron pétreos los labios.
        El ansia de ceñir movió la carne,
        Esclareció los huesos inflamados,
        Pero los brazos al querer tenderse
        Murieron en los brazos.
        Pasó el amor, la luna, entre nosotros
        Y devoró los cuerpos solitarios.
        Y somos dos fantasmas que se buscan
        Y se encuentran lejanos.
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      El herido I
        Para el muro de un hospital de sangre
        Por los campos luchados se extienden los heridos.
        Y de aquella extensión de cuerpos luchadores
        Salta un trigal de chorros calientes, extendidos
        En roncos surtidores.
        La sangre llueve siempre boca arriba, hacia el cielo.
        Y las heridas sueñan, igual que caracolas,
        Cuando hay en las heridas celeridad de vuelo,
        Esencia de las olas.
        La sangre huele a mar, sabe a mar y a bodega.
        La bodega del mar, del vino bravo, estalla
        Allí donde el herido palpitante se anega,
        Y florece y se halla.
        Herido estoy, miradme: necesito más vidas.
        La que contengo es poca para el gran cometido
        De sangre que quisiera perder por las heridas.
        Decid quién no fue herido.
        Mi vida es una herida de juventud dichosa.
        ¡Ay de quien no esté herido, de quien jamás se siente
        Herido por la vida, ni en la vida reposa
        Herido alegremente!
        Si hasta a los hospitales se va con alegría,
        Se convierten en huertos de heridas entreabiertas,
        De adelfos florecidos ante la cirugía
        De ensangrentadas puertas.
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      El herido II
        Para la libertad sangro, lucho, pervivo,
        Para la libertad, mis ojos y mis manos,
        Como un árbol carnal, generoso y cautivo,
        Doy a los cirujanos.
        Para la libertad siento más corazones
        Que arenas en mi pecho: dan espumas mis venas,
        Y entro en los hospitales, y entro en los algodones
        Como en las azucenas.
        Para la libertad me desprendo a balazos
        De los que han revolcado su estatua por el lodo.
        Y me desprendo a golpes de mis pies, de mis brazos,
        De mi casa, de todo.
        Porque donde unas cuencas vacías amanezcan,
        Ella pondrá dos piedras de futura mirada
        Y hará que nuevos brazos y nuevas piernas crezcan
        En la carne talada.
        Retoñarán aladas de savia sin otoño
        Reliquias de mi cuerpo que pierdo en cada herida.
        Porque soy como el árbol talado, que retoño
        Porque aún tengo la vida.
      Arriba

      El mundo es como aparece
        El mundo es como aparece
        Ante mis cinco sentidos,
        Y ante los tuyos que son
        Las orillas de los míos.
        El mundo de los demás
        No es el nuestro: no es el mismo.
        Lacho del agua que soy,
        Tú, los dos, somos el río
        Donde cuando más profundo
        Se ve más despacio y límpido.
        Imágenes de la vida:
        A la vez que recibimos,
        Nos reciben entregadas
        Más unidamente a un ritmo.
        Pero las cosas se forman
        Con nuestros propios delirios.
        El aire tiene el tamaño
        Del corazón que respiro
        Y el sol es como la luz
        Con que yo le desafío.
        Ciegos para los demás,
        Oscuros, siempre remisos,
        Miramos siempre hacia adentro,
        Vemos desde lo más íntimo.
        Trabajo y amor me cuesta
        Conmigo así, ver contigo;
        Aparecer, como el agua
        Con la arena, siempre unidos.
        Nadie me verá del todo
        Ni es nadie como lo miro.
        Somos algo más que vemos,
        Algo menos que inquirimos.
        Algún suceso de todos
        Pasa desapercibido.
        Nadie nos ha visto. A nadie
        Ciegos de ser, hemos visto.
      Arriba

      El niño yuntero
        Carne de yugo, ha nacido
        Más humillado que bello,
        Con el cuello perseguido
        Por el yugo para el cuello.
        Nace, como las herramientas,
        A los golpes destinado,
        De una tierra descontenta
        Y un insatisfecho arado.
        Entre estiércol puro y vivo
        De vacas, trae a la vida
        Un alma color de olivo
        Vieja ya y encallecida.
        Empieza a vivir, y empieza
        A morir de punta a punta
        Levantando la corteza
        De su madre con la yunta.
        Empieza a sentir, y siente
        La vida como una guerra,
        Y a dar fatigosamente
        En los huesos de la tierra.
        Contar sus años no sabe,
        Y ya sabe que el sudor
        Es una corona grave
        De sal para el labrador.
        Trabaja, y mientras trabaja
        Masculinamente serio,
        Se unge de lluvia y se alhaja
        De carne de cementerio.
        A fuerza de golpes, fuerte,
        Y a fuerza de sol, bruñido,
        Con una ambición de muerte
        Despedaza un pan reñido.
        Cada nuevo día es
        Más raíz, menos criatura,
        Que escucha bajo sus pies
        La voz de la sepultura.
        Y como raíz se hunde
        En la tierra lentamente
        Para que la tierra inunde
        De paz y panes su frente.
        Me duele este niño hambriento
        Como una grandiosa espina,
        Y su vivir ceniciento
        Resuelve mi alma de encina.
        Le veo arar los rastrojos,
        Y devorar un mendrugo,
        Y declarar con los ojos
        Que por qué es carne de yugo.
        Me da su arado en el pecho,
        Y su vida en la garganta,
        Y sufro viendo el barbecho
        Tan grande bajo su planta.
        ¿Quién salvará a este chiquillo
        Menor que un grano de avena?
        ¿De dónde saldrá el martillo
        Verdugo de esta cadena?
        Que salga del corazón
        De los hombres jornaleros,
        Que antes de ser hombres
        Han sido niños yunteros.
      Arriba

      El soldado y la nieve
        Diciembre ha congelado su aliento de dos filos,
        Y lo resopla desde los cielos congelados,
        Como una llama seca desarrollada en hilos,
        Como una larga ruina que atraca a los soldados.
        Nieve donde el caballo que impone sus pisadas
        Es una soledad de galopante luto.
        Nieve de uñas cernidas, de garras derribadas,
        De celeste maldad, de desprecio absoluto.
        Muerde, tala, traspasa como un tremendo hachazo,
        Con un hacha de mármol encarnizado y leve.
        Desciende, se derrama con un deshecho abrazo
        De precipicios y alas, de soledad y nieve.
        Esta agresión que parte del centro del invierno,
        Hambre cruda, cansada de tener hambre y frío,
        Amenaza al desnudo con un rencor eterno,
        Blanco, mortal, hambriento, silencioso, sombrío.
        Quiere aplacar las fraguas, los odios, las hogueras,
        Quiere cegar los mares, sepultar los amores:
        Y va elevando lentas y diáfanas barreras,
        Estatuas silenciosas y vidrios agresores.
        Que se derrame a chorros el corazón de lana
        De tantos almacenes y talleres textiles,
        Para cubrir los cuerpos que queman la mañana
        Con la voz, la mirada, los pies y los fusiles.
        Ropa para los cuerpos que pueden ir desnudos,
        Que pueden ir vestidos de escarchas y de hielos:
        De piedra enjuta contra los picotazos rudos,
        Las mordeduras pálidas y los pálidos vuelos.
        Ropa para los cuerpos que rechazan callados
        Los ataques más blancos con los huesos más rojos.
        Porque tienen el hueso solar estos soldados,
        Y porque son hogueras con pisadas, con ojos.
        La frialdad se abalanza, la muerte se deshoja,
        El clamor que no suena, pero que escucho, llueve
        Sobre la nieve blanca, la vida roja y roja
        Hace la nieve cálida, siembra fuego en la nieve.
        Tan decididamente son el cristal de roca
        Que sólo el fuego, sólo la llama cristaliza,
        Que atacan con el pómulo nevado, con la boca,
        Y vuelven cuanto atacan recuerdos de ceniza.
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      El tren de los heridos
        Silencio que naufraga en el silencio
        De las bocas cerradas de la noche.
        No cesa de callar ni atravesado.
        Habla el lenguaje ahogado de los muertos.
        Silencio.
        Abre caminos de algodón profundo,
        Amordaza las ruedas, los relojes,
        Detén la voz del mar, de la paloma:
        Emociona la noche de los sueños.
        Silencio.
        El tren lluvioso de la sangre suelta,
        El frágil tren de los que se desangran,
        El silencioso, el doloroso, el pálido,
        El tren callado de los sufrimientos.
        Silencio.
        Tren de la palidez mortal que asciende:
        La palidez reviste las cabezas,
        El ay, la voz, el corazón, la tierra,
        El corazón de los que malhirieron.
        Silencio.
        Van derramando piernas, brazos, ojos,
        Van arrojando por el tren pedazos.
        Pasan dejando rastros de amargura,
        Otra vía láctea de estelares miembros.
        Silencio.
        Ronco tren desmayado, envejecido:
        Agoniza el carbón, suspira el humo
        Y maternal la máquina suspira,
        Avanza con un largo desaliento.
        Silencio.
        Detenerse quisiera bajo un túnel
        La larga madre, sollozar tendida.
        No hay estaciones donde detenerse,
        Si no es el hospital, si no es el pecho.
        Silencio.
        Para vivir, con un pedazo basta:
        En un rincón de carne cabe un hombre.
        Un dedo solo, un trozo sólo de ala
        Alza el vuelo total de todo un cuerpo.
        Silencio.
        Detened ese tren agonizante
        Que nunca acaba de cruzar la noche.
        Y se queda descalzo hasta el caballo,
        Y enarena los cascos y el aliento.
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      Elegía
        Tengo ya el alma ronca y tengo ronco
        El gemido de música traidora.
        Arrímate a llorar conmigo a un tronco:
        Retírate conmigo al campo y llora
        A la sangrienta sombra de un granado
        Desgarrado de amor como tú ahora.
        Caen desde un cielo gris desconsolado,
        Caen ángeles cernidos para el trigo
        Sobre el invierno gris desocupado.
        Arrímate. Retírate conmigo:
        Vamos a celebrar nuestros dolores
        Junto al árbol del campo que te digo.
        Panadera de espigas y de flores,
        Panadera lilial de piel de era,
        Panadera de panes y de amores.
        No tienes ya en el mundo quién te quiera,
        Y ya tus desventuras y las mías
        No tienen compañera, compañera.
        Tórtola compañera de sus días,
        Que le dabas tus dedos cereales
        Y en su voz tu silencio entretenías.
        Buscando abejas va por los panales
        El silencio que ha muerto de repente
        En su lengua de abejas torrenciales.
        No espere ver tu párpado caliente
        Ni tu cara dulcísima y morena
        Bajo los dos solsticios de su frente.
        El moribundo rostro de tu pena
        Se hiela y desenguiza grado a grado
        Sin su labor de sol y de colmena.
        Como una buena fiebre iba a tu lado,
        Como un rayo dispuesto a ser herida,
        Como un lirio de olor precipitado.
        Y sólo queda ya de tanta vida
        Un cadáver de cera desmayada
        Y un silencio de abeja detenida.
        ¿Dónde tienes en esto la mirada
        Si no es descarriada por el suelo,
        Si no es por la mejilla trastornada?
        Novia sin novio, novia sin consuelo,
        Te advierto entre barrancos y huracanes
        Tan extensa y tan sola como el cielo.
        Corazón de relámpagos y afanes,
        Paginaba los libros de tus rosas,
        Apacentaba el hato de tus panes.
        Ibas a ser la flor de las esposas,
        Y a pasos de relámpago tu esposo
        Se te va de las manos harinosas.
        Echale, harina, un toro clamoroso
        Negro hasta cierto punto a tu menudo
        Vellón de lana blanco y silencioso.
        A echar copos de harina yo te ayudo
        Y a sufrir por lo bajo, compañera,
        Viuda de cuerpo y de alma yo viudo.
        La inaplacable muerte nos espera
        Como un agua incesante y malparida
        A la vuelta de cada vidriera.
        ¡Cuántos amargos tragos es la vida!
        Bebió él la muerte y tú la saboreas
        Y yo no saboreo otra bebida.
        Retírate conmigo hasta que veas
        Con nuestro llanto dar las piedras grama,
        Abandonando el pan que pastoreas.
        Levántate: te esperan tus zapatos
        Junto a los suyos muertos en tu cama,
        Y la lluviosa pena en sus retratos
        Desde cuyos presidios te reclama.
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      Hijo de la luz y de la sombra
        I. Hijo de la sombra

        Eres la noche, esposa: la noche en el instante
        Mayor de su potencia lunar y femenina.
        Eres la medianoche: la sombra culminante
        Donde culmina el sueño, donde el amor culmina.
        Forjado por el día, mi corazón que quema
        Lleva su gran pisada del sol adonde quieres,
        Con un sólido impulso, con una luz suprema,
        Cumbre de las montañas y los atardeceres.
        Daré sobre tu cuerpo cuando la noche arroje
        Su avaricioso anhelo de imán y poderío.
        Un astral sentimiento febril me sobrecoge,
        Incendia mi osamenta con un escalofrío.
        El aire de la noche desordena tus pechos,
        Y desordena y vuelca los cuerpos con su choque.
        Como una tempestad de enloquecidos lechos,
        Eclipsa las parejas, las hace un solo bloque.
        La noche se ha encendido como una sorda hoguera
        De llamas minerales y oscuras embestidas.
        Y alrededor la sombra late como si fuera
        Las almas de los pozos y el vino difundidas.
        Ya la sombra es el nido cerrado, incandescente,
        La visible ceguera puesta sobre quien ama;
        Ya provoca el abrazo cerrado, ciegamente,
        Ya recoge en sus cuevas cuanto la luz derrama.
        La sombra pide, exige seres que se entrelacen,
        Besos que la constelen de relámpagos largos,
        Bocas embravecidas, batidas, que atenacen,
        Arrullos que hagan música de sus mudos letargos.
        Pide que nos echemos tú y yo sobre la manta,
        Tú y yo sobre la luna, tú y yo sobre la vida.
        Pide que tú y yo ardamos fundiendo en la garganta,
        Con todo el firmamento, la tierra estremecida.
        El hijo está en la sombra que acumula luceros,
        Amor, tuétano, luna, claras oscuridades.
        Brota de sus perezas y de sus agujeros,
        Y de sus solitarias y apagadas ciudades.
        El hijo está en la sombra: de la sombra ha surtido,
        Y a su origen infunden los astros una siembra,
        Un zumo lácteo, un flujo de cálido latido,
        Que ha de obligar sus huesos al sueño y a la hembra.
        Moviendo está la sombra sus fuerzas siderales,
        Tendiendo está la sombra su constelada umbría,
        Volcando las parejas y haciéndolas nupciales.
        Tú eres la noche, esposa. Yo soy el mediodía.

        II. Hijo de la luz
        Tú eres el alba, esposa: la principal penumbra,
        Recibes entornadas las horas de tu frente.
        Decidido al fulgor, pero entornado, alumbra
        Tu cuerpo. Tus entrañas forjan el sol naciente.
        Centro de claridades, la gran hora te espera
        En el umbral de un fuego que al fuego mismo abrasa:
        Te espero yo, inclinado como el trigo a la era,
        Colocando en el centro de la luz nuestra casa.
        La noche desprendida de los pozos oscuros,
        Se sumerge en los pozos donde ha echado raíces.
        Y tú te abres al parto luminoso, entre muros
        Que se rasgan contigo como pétreas matrices.
        La gran hora del parto, la más rotunda hora:
        Estallan los relojes sintiendo tu alarido,
        Se abren todas las puertas del mundo, de la aurora,
        Y el sol nace en tu vientre, donde encontró su nido.
        El hijo fue primero sombra y ropa cosida
        Por tu corazón hondo desde tus hondas manos.
        Con sombras y con ropas anticipó su vida,
        Con sombras y con ropas de gérmenes humanos.
        Las sombras y las ropas sin población, desiertas,
        Se han poblado de un niño sonoro, un movimiento,
        Que en nuestra casa pone de par en par las puertas,
        Y ocupa en ella a gritos el luminoso asiento.
        ¡Ay, la vida: qué hermoso penar tan moribundo!
        Sombras y ropas trajo la del hijo que nombras.
        Sombras y ropas llevan los hombres por el mundo.
        Y todos dejan siempre sombras: ropas y sombras.
        Hijo del alba eres, hijo del mediodía.
        Y ha de quedar de ti luces en todo impuestas,
        Mientras tu madre y yo vamos a la agonía,
        Dormidos y despiertos con el amor a cuestas.
        Hablo, y el corazón me sale en el aliento.
        Si no hablara lo mucho que quiero me ahogaría.
        Con espliego y resinas perfumo tu aposento.
        Tú eres el alba, esposa. Yo soy el mediodía.
        III. Hijo de la luz y la sombra
        Tejidos en el alba, grabados, dos panales
        No pueden detener la miel en los pezones.
        Tus pechos en el alba: maternos manantiales,
        Luchan y se atropellan con blancas efusiones.
        Se han desbordado, esposa, lunarmente tus venas,
        Hasta inundar la casa que tu sabor rezuma.
        Y es como si brotaras de un pueblo de colmenas,
        Tú toda una colmena de leche con espuma.
        Es como si tu sangre fuera dulzura toda,
        Laboriosas abejas filtradas por tus poros.
        Oigo un clamor de leche, de inundación, de boda
        Junto a ti, recorrida por caudales sonoros.
        Caudalosa mujer: en tu vientre me entierro.
        Tu caudaloso vientre será mi sepultura.
        Si quemaran mis huesos con la llama del hierro,
        Verían que grabada llevo allí tu figura.
        Para siempre fundidos en el hijo quedamos:
        Fundidos como anhelan nuestras ansias voraces:
        En un ramo de tiempo, de sangre, los dos ramos,
        En un haz de caricias, de pelo, los dos haces.
        Los muertos, con un fuego congelado que abrasa,
        Laten junto a los vivos de una manera terca.
        Viene a ocupar el hijo los campos y la casa
        Que tú y yo abandonamos quedándonos muy cerca.
        Haremos de este hijo generador sustento,
        Y hará de nuestra carne materia decisiva
        Donde asienten su alma, las manos y el aliento,
        Las hélices circulen, la agricultura viva.
        Él hará que esta vida no caiga derribada,
        Pedazo desprendido de nuestros dos pedazos,
        Que de nuestras dos bocas hará una sola espada
        Y dos brazos eternos de nuestros cuatro brazos.
        No te quiero en ti sola: te quiero en tu ascendencia
        Y en cuanto de tu vientre descenderá mañana.
        Porque la especie humana me han dado por herencia,
        La familia del hijo será la especie humana.
        Con el amor a cuestas, dormidos y despiertos,
        Seguiremos besándonos en el hijo profundo.
        Besándonos tú y yo se besan nuestros muertos,
        Se besan los primeros pobladores del mundo.
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      La boca
        Boca que arrastra mi boca,
        Boca que me has arrastrado:
        Boca que vienes de lejos
        A iluminarme de rayos.
        Alba que das a mis noches
        Un resplandor rojo y blanco.
        Boca poblada de bocas:
        Pájaro lleno de pájaros.
        Canción que vuelve las alas
        Hacia arriba y hacia abajo.
        Muerte reducida a besos,
        A sed de morir despacio,
        Das a la grama sangrante
        Dos tremendos aletazos.
        El labio de arriba el cielo
        Y la tierra el otro labio.
        Beso que rueda en la sombra:
        Beso que viene rodando
        Desde el primer cementerio
        Hasta los últimos astros.
        Astro que tiene tu boca
        Enmudecido y cerrado,
        Hasta que un roce celeste
        Hace que vibren sus párpados.
        Beso que va a un porvenir
        De muchachas y muchachos,
        Que no dejarán desiertos
        Ni las calles ni los campos.
        ¡Cuánta boca ya enterrada,
        Sin boca, desenterramos!
        Bebo en tu boca por ellos
        Brindo en tu boca por tantos
        Que cayeron sobre el vino
        De los amorosos vasos.
        Hoy son recuerdos, recuerdos
        Besos distantes y amargos.
        Hundo en tu boca mi vida,
        Oigo rumores de espacios,
        Y el infinito parece
        Que sobre mí se ha volcado.
        He de volver a besarte,
        He de volver. Hundo, caigo,
        Mientras descienden los siglos
        Hacia los hondos barrancos
        Como una febril nevada
        De besos enamorados.
        Boca que desenterraste
        El amanecer más claro
        Con tu lengua. Tres palabras,
        Tres fuegos has heredado:
        Vida, muerte, amor. Ahí quedan
        Escritos sobre tus labios.
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      Las desiertas abarcas
        Por el cinco de enero,
        Cada enero ponía
        Mi calzado cabrero
        A la ventana fría.
        Y encontraba los días
        Que derriban las puertas,
        Mis abarcas vacías,
        Mis abarcas desiertas.
        Nunca tuve zapatos,
        Ni trajes, ni palabras:
        Siempre tuve regatos,
        Siempre penas y cabras.
        Me vistió la pobreza,
        Me lamió el cuerpo el río
        Y del pie a la cabeza
        Pasto fui del rocío.
        Por el cinco de enero,
        Para el seis, yo quería
        Que fuera el mundo entero
        Una juguetería.
        Y al andar la alborada
        Removiendo las huertas,
        Mis abarcas sin nada,
        Mis abarcas desiertas.
        Ningún rey coronado
        Tuvo pie, tuvo gana
        Para ver el calzado
        De mi pobre ventana.
        Toda gente de trono,
        Toda gente de botas
        Se rió con encono
        De mis abarcas rotas.
        Rabié de llanto, hasta
        Cubrir de sal mi piel,
        Por un mundo de pasta
        Y unos hombres de miel.
        Por el cinco de enero
        De la majada mía
        Mi calzado cabrero
        A la escarcha salía.
        Y hacia el seis, mis miradas
        Hallaban en sus puertas
        Mis abarcas heladas,
        Mis abarcas desiertas.
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      Llegó tan hondo el beso
        Llegó tan hondo el beso
        Que traspasó y emocionó los muertos.
        El beso trajo un brío
        Que arrebató la boca de los vivos.
        El hondo beso grande
        Sintió breve los labios al ahondarse.
        El beso aquel que quiso
        Cavar los muertos y sembrar los vivos.
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      Madre España
        Abrazado a tu cuerpo como el tronco a su tierra,
        Con todas las raíces y todos los corajes,
        ¿Quién me separará, me arrancará de ti,
        Madre?
        Abrazado a tu vientre, ¿quién me lo quitará,
        Si su fondo titánico da principio a mi carne?
        Abrazado a tu vientre, que es mi perpetua casa,
        ¡Nadie!
        Madre: abismo de siempre, tierra de siempre: entrañas
        Donde desembocando se unen todas las sangres:
        Donde todos los huecos caídos se levantan:
        Madre.
        Decir madre es decir tierra que me ha parido;
        Es decir a los muertos: hermanos, levantarse;
        Es sentir en la boca y escuchar bajo el suelo
        Sangre.
        La otra madre es un puente, nada más, de tus ríos.
        El otro pecho es una burbuja de tus mares.
        Tú eres la madre entera con todo su infinito,
        Madre.
        Tierra: tierra en la boca, y en el alma, y en todo.
        Tierra que voy comiendo, que al fin ha de tragarme.
        Con más fuerza que antes volverás a parirme,
        Madre.
        Cuando sobre tu cuerpo sea una leve huella,
        Volverás a parirme con más fuerza que antes.
        Cuando un hijo es un hijo, vive y muere gritando:
        ¡Madre!
        Hermanos: defendamos su vientre acometido,
        Hacia donde los grajos crecen de todas partes,
        Pues, para que las malas alas vuelen, aún quedan
        Aires.
        Echad a las orillas de vuestro corazón
        El sentimiento en límites, los afectos parciales.
        Son pequeñas historias al lado de ella, siempre
        Grande.
        Una fotografía y un pedazo de tierra,
        Una carta y un monte son a veces iguales.
        Hoy eres tú la hierba que crece sobre todo,
        Madre.
        Familia de esta tierra que nos funde en la luz,
        Los más oscuros muertos pugnan por levantarse,
        Fundirse con nosotros y salvar la primera
        Madre.
        España, piedra estoica que se abrió en dos pedazos
        De dolor y de piedra profunda para darme:
        No me separarán de tus altas entrañas,
        Madre.
        Además de morir por ti, pido una cosa:
        Que la mujer y el hijo que tengo, cuando pasen,
        Vayan hasta el rincón que habite de tu vientre,
        Madre.
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      Más mojado que el rostro de mi llanto
        Más mojado que el rostro de mi llanto,
        Cuando el vidrio lanar del hielo bala,
        Cuando el invierno tu ventana cierra
        Bajo a tus pies un gavilán de ala,
        De ala manchada y corazón de tierra.
        Bajo a tus pies un ramo derretido
        De humilde miel pataleada y sola,
        Un despreciado corazón caído
        En forma de alga y en figura de ola.
        Barro en vano me invisto de amapola,
        Barro en vano vertiendo voy mis brazos,
        Barro en vano te muerdo los talones,
        Dándole a malheridos aletazos
        Sapos como convulsos corazones.
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      Me sobra el corazón
        Hoy estoy sin saber, yo no sé cómo,
        Hoy estoy para penas solamente,
        Hoy no tengo amistad,
        Hoy sólo tengo ansias
        De arrancarme de cuajo el corazón
        Y ponerlo debajo de un zapato.
        Hoy reverdece aquella espina seca,
        Hoy es día de llantos de mi reino,
        Hoy descarga en mi pecho el desaliento
        Plomo desalentado.
        No puedo con mi estrella.
        Y busco la muerte por las manos
        Mirando con cariño las navajas,
        Y recuerdo aquel hacha compañera,
        Y pienso en los más altos campanarios
        Para un salto mortal serenamente.
        Si no fuera, ¿por qué?... no sé por qué,
        Mi corazón escribiría una postrera carta,
        Una carta que llevo allí metida,
        Haría un tintero de mi corazón,
        Una fuente de sílabas, de adioses y regalos,
        Y ahí te quedas, al mundo le diría.
        Yo nací en mala luna.
        Tengo la pena de una sola pena
        Que vale más que toda la alegría.
        Un amor me ha dejado con los brazos caídos
        Y no puedo tenderlos hacia más.
        ¿No veis mi boca qué desengañada,
        Qué inconformes mis ojos?
        Cuanto más me contemplo más me aflijo:
        Cortar este dolor ¿con qué tijeras?
        Ayer, mañana, hoy
        Padeciendo por todo
        Mi corazón, pecera melancólica,
        Penal de ruiseñores moribundos.
        Me sobra corazón.
        Hoy, descorazonarme,
        Yo, el más corazonado de los hombres,
        Y por el más, también el más amargo.
        No sé por qué, no sé por qué ni cómo
        Me perdono la vida cada día.
      Arriba

      Menos tu vientre
        Menos tu vientre
        Todo es confuso.
        Menos tu vientre
        Todo es futuro
        Fugaz, pasado
        Baldío, turbio.
        Menos tu vientre
        Todo es oculto,
        Menos tu vientre
        Todo inseguro,
        Todo es postrero
        Polvo del mundo.
        Menos tu vientre
        Todo es oscuro,
        Menos tu vientre
        Claro y profundo.
      Arriba

      Mi corazón no puede con la carga
        Mi corazón no puede con la carga
        De su amorosa y lóbrega tormenta
        Y hasta mi lengua eleva la sangrienta
        Especie clamorosa que lo embarga.
        Ya es corazón mi lengua lenta y larga,
        Mi corazón ya es lengua larga y lenta...
        ¿Quieres contar sus penas? Anda y cuenta
        Los dulces granos de la arena amarga.
        Mi corazón no puede más de triste:
        Con el flotante espectro de un ahogado
        Vuela en la sangre y se hunde sin apoyo.
        Y ayer, dentro del tuyo, me escribiste
        Que de nostalgia tienes inclinado
        Medio cuerpo hacia mí, medio hacia el hoyo.
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      Mis ojos sin tus ojos
        I

        Mis ojos sin tus ojos no son ojos
        Que son dos hormigueros solitarios,
        Y son mis manos sin las tuyas varios
        Intratables espinos a manojos.
        No me encuentro los labios sin tus rojos,
        Que me llenan de dulces campanarios,
        Sin ti mis pensamientos son calvarios
        Criando nardos y agostando hinojos.
        No sé qué es de mi oreja sin tu acento,
        Ni hacia qué polo yerro sin tu estrella,
        Y mi voz sin tu trato se afemina.
        Los olores persigo de tu viento
        Y la olvidada imagen de tu huella,
        Que en ti principia, amor, y en mí termina.
        II

        Ya se desembaraza y se desmembra
        El angélico lirio de la cumbre,
        Y al desembarazarse da un relumbre
        Que de un puro relámpago me siembra.
        Es el tiempo del macho y de la hembra,
        Y una necesidad, no una costumbre,
        Besar, amar en medio de esta lumbre
        Que el destino decide de la siembra.
        Toda la creación busca pareja:
        Se persiguen los picos y los huesos,
        Hacen la vida par todas las cosas.
        En una soledad impar que aqueja,
        Yo entre esquilas sonantes como besos
        Y corderas atentas como esposas.
        III

        Pirotécnicos pórticos de azahares,
        Que glorificarán los ruiseñores
        Pronto con sus noctámbulos ardores,
        Conciertan los amargos limonares.
        Entusiasman los aires de cantares
        Fervorosos y alados contramores,
        Y el giratorio mundo va a mayores
        Por arboledas, campos y lugares.
        La sangre está llegando a su apogeo
        En torno a las criaturas, como palma
        De ansia y de garganta inagotable.
        ¡Oh, primavera verde de deseo,
        Qué martirio tu vista dulce y alma
        Para quien anda solo y miserable!
      Arriba

      Muerte nupcial
        El lecho, aquella hierba de ayer y de mañana:
        Este lienzo de ahora sobre madera aún verde,
        Flota como la tierra, se sume en la besana
        Donde el deseo encuentra los ojos y los pierde.
        Pasar por unos ojos como por un desierto;
        Como por dos ciudades que ni un amor contienen.
        Mirada que va y vuelve sin haber descubierto
        El corazón a nadie, que todos la enarenen.
        Mis ojos encontraron en un rincón los tuyos.
        Se descubrieron mudos entre las dos miradas.
        Sentimos recorrernos un palomar de arrullos,
        Y un grupo de arrebatos de alas arrebatadas.
        Cuanto más se miraban, más se hallaban: más hondos
        Se veían, más lejos, más en uno fundidos.
        El corazón se puso, y el mundo, más redondos.
        Atravesaba el lecho la patria de los nidos.
        Entonces, el anhelo creciente, la distancia
        Que va de hueso a hueso recorrida y unida,
        Al aspirar del todo la imperiosa fragancia;
        Proyectamos los cuerpos más allá de la vida.
        Expiramos del todo. ¡Qué absoluto portento!
        ¡Qué total fue la dicha de mirarse abrazados,
        Desplegados los ojos hacia arriba un momento,
        Y al momento hacia abajo con los ojos plegados!
        Pero no moriremos. Fue tan cálidamente
        Consumada la vida como el sol, su mirada.
        No es posible perdernos. Somos plena simiente.
        Y la muerte ha quedado, con los dos, fecundada.
      Arriba

      Nanas de cebolla
        La cebolla es escarcha
        Cerrada y pobre.
        Escarcha de tus días
        Y de mis noches.
        Hambre y cebolla,
        Hielo negro y escarcha
        Grande y redonda.
        En la cuna del hambre
        Mi niño estaba.
        Con sangre de cebolla
        Se amamantaba.
        Pero tu sangre,
        Escarchada de azúcar,
        Cebolla y hambre.
        Una mujer morena
        Resuelta en luna
        Se derrama hilo a hilo
        Sobre la cuna.
        Ríete, niño
        Que te traigo la luna
        Cuando es preciso.
        Alondra de mi casa,
        Ríete mucho.
        Es tu risa en tus ojos
        La luz del mundo.
        Ríete tanto
        Que mi alma al oírte
        Bata el espacio.
        Tu risa me hace libre,
        Me pone alas.
        Soledades me quita,
        Cárcel me arranca.
        Boca que vuela,
        Corazón que en tus labios
        Relampaguea.
        Es tu risa la espada
        Más victoriosa,
        Vencedor de las flores
        Y las alondras.
        Rival del sol.
        Porvenir de mis huesos
        Y de mi amor.
        La carne aleteante,
        Súbito el párpado,
        El vivir como nunca
        Coloreado.
        ¡Cuánto jilguero
        Se remonta, aletea,
        Desde tu cuerpo!
        Desperté de ser niño:
        Nunca despiertes.
        Triste llevo la boca:
        Ríete siempre.
        Siempre en la cuna,
        Defendiendo la risa
        Pluma por pluma.
        Ser de vuelo tan lato,
        Tan extendido,
        Que tu carne es el cielo
        Recién nacido.
        ¡Si yo pudiera
        Remontarme al origen
        De tu carrera!
        Al octavo mes ríes
        Con cinco azahares.
        Con cinco diminutas
        Ferocidades.
        Con cinco dientes
        Como cinco jazmines
        Adolescentes.
        Frontera de los besos
        Serán mañana,
        Cuando en la dentadura
        Sientas un arma.
        Sientas un fuego
        Correr dientes abajo
        Buscando el centro.
        Vuela niño en la doble
        Luna del pecho:
        Él, triste de cebolla,
        Tú, satisfecho.
        No te derrumbes.
        No sepas lo que pasa
        Ni lo que ocurre.
      Arriba

      ¿No cesará este rayo?
        ¿No cesará este rayo que me habita
        El corazón de exasperadas fieras
        Y de fraguas coléricas y herreras
        Donde el metal más fresco se marchita?
        ¿No cesará esta terca estalactita
        De cultivar sus duras cabelleras
        Como espadas y rígidas hogueras
        Hacia mi corazón me muge y grita?
        Este rayo ni cesa ni se agota:
        De mí mismo tomó su procedencia
        Y ejercita en mí mismo sus furores.
        Esta obstinada piedra de mí brota
        Y sobre mí dirige la insistencia
        De sus lluviosos rayos destructores.
      Arriba

      Pena bienhallada
        Ojinegra la oliva en tu mirada,
        Boquitierna la tórtola en tu risa,
        En tu amor pechiabierta la granada,
        Barbioscura en tu frente nieve y brisa.
        Rostriazul el clavel sobre tu vena,
        Malherido el jazmín desde tu planta,
        Cejijunta en tu cara la azucena,
        Dulciamarga la voz en tu garganta.
        Boquitierna, ojinegra, pechiabierta,
        Rostriazul, barbioscura, malherida,
        Cejijunta te quiero y dulciamarga.
        Semiciego por ti llego a tu puerta,
        Boquiabierta la llaga de mi vida,
        Y agriendulzo la pena que la embarga.
      Arriba

      Por desplumar arcángeles
        Por desplumar arcángeles glaciales,
        La nevada lilial de esbeltos dientes
        Es condenada al llanto de las fuentes
        Y al desconsuelo de los manantiales.
        Por difundir su alma en los metales,
        Por dar el fuego al hierro sus orientes,
        Al dolor de los yunques inclementes
        Lo arrastran los herreros torrenciales.
        Al doloroso trato de la espina,
        Al fatal desaliento de la rosa
        Y a la acción corrosiva de la muerte.
        Arrojado me veo, y tanta ruina
        No es por otra desgracia ni otra cosa
        Que por quererte y sólo por quererte.
      Arriba

      Por tu pie, la blancura más bailable
        Por tu pie, la blancura más bailable,
        Donde cesa en diez partes tu hermosura,
        Una paloma sube a tu cintura,
        Baja a la tierra un nardo interminable.
        Con tu pie vas poniendo lo admirable
        Del nácar en ridícula estrechura,
        Y adonde va tu pie va la blancura,
        Perro sembrado de jazmín calzable.
        A tu pie, tan espuma como playa,
        Arena y mar, me arrimo y desarrimo
        Y al redil de su planta entrar procuro.
        Entro y dejo que el alma se me vaya
        Por la voz amorosa del racimo:
        Pisa mi corazón que ya es maduro.
      Arriba

      ¿Recuerdas aquel cuello, haces memoria?
        ¿Recuerdas aquel cuello, haces memoria
        Del privilegio aquel, de aquel aquello
        Que era, almenadamente blanco y bello,
        Una almena de nata giratoria?
        Recuerdo y no recuerdo aquella historia
        De marfil expirado en un cabello,
        Donde aprendió a ceñir el cisne cuello
        Y a vocear la nieve transitoria.
        Recuerdo y no recuerdo aquel cogollo
        De estrangulable hielo femenino
        Como una lacteada y breve vía.
        Y recuerdo aquel beso sin apoyo
        Que quedó entre mi boca y el camino
        De aquel cuello, aquel beso y aquel día.
      Arriba

      Ropas con su olor
        Ropas con su olor
        Paños con su aroma.
        Se alejó en su cuerpo,
        Me dejó en sus ropas.
        Lecho sin calor,
        Sábana de sombra.
        Se ausentó en su cuerpo.
        Se quedó en sus ropas.
      Arriba

      Ser onda, oficio, niña, es de tu pelo
        Ser onda, oficio, niña, es de tu pelo,
        Nacida ya para el marero oficio;
        Ser graciosa y morena tu ejercicio
        Y tu virtud más ejemplar ser cielo.
        ¡Niña!, cuando tu pelo va de vuelo,
        Dando del viento claro un negro indicio,
        Enmienda de marfil y de artificio
        Ser de tu capilar borrasca anhelo.
        No tienes más que hacer que ser hermosa,
        Ni tengo más festejo que mirarte,
        Alrededor girando de tu esfera.
        Satélite de ti, no hago otra cosa,
        Si no es una labor de recordarte.
        -¡Date presa de amor, mi carcelera!
      Arriba

      Silencio de metal triste y sonoro
        Silencio de metal triste y sonoro,
        Espadas congregando con amores
        En el final de huesos destructores
        De la región volcánica del toro.
        Una humedad de femenino oro
        Que olió, puso en su sangre resplandores,
        Y refugió un bramido entre las flores
        Como un huracanado y vasto lloro.
        De amorosas y cálidas cornadas
        Cubriendo está los trebolares tiernos
        Con el dolor de mil enamorados.
        Bajo su piel las furias refugiadas
        Son en el nacimiento de sus cuernos
        Pensamientos de muerte edificados.
      Arriba

      Te me mueres de casta y sencilla
        Te me mueres de casta y de sencilla...
        Estoy convicto, amor, estoy confeso
        De que, raptor intrépido de un beso,
        Yo te libé la flor de la mejilla.
        Yo te libé la flor de la mejilla,
        Y desde aquella gloria, aquel suceso,
        Tu mejilla, de escrúpulo y de peso,
        Se te cae deshojada y amarilla.
        El fantasma del beso delincuente
        El pómulo te tiene perseguido,
        Cada vez más patente, negro y grande.
        Y sin dormir estás, celosamente,
        Vigilando mi boca ¡con qué cuido!
        Para que no se vicie y se desmande.
      Arriba

      Tengo estos huesos hechos a las penas
        Tengo estos huesos hechos a las penas
        Y a las cavilaciones estas sienes:
        Pena que vas, cavilación que vienes
        Como el mar de la playa a las arenas.
        Como el mar de la playa a las arenas,
        Voy en este naufragio de vaivenes,
        Por una noche oscura de sartenes
        Redondas, pobres, tristes y morenas.
        Nadie me salvará de este naufragio
        Si no es tu amor, la tabla que procuro,
        Si no es tu voz, el norte que pretendo.
        Eludiendo por eso el mal presagio
        De que ni en ti siquiera habré seguro,
        Voy entre pena y pena sonriendo.
      Arriba

      Tu corazón, una naranja helada
        Tu corazón, una naranja helada
        Con un dentro sin luz de dulce miera
        Y una porosa vista de oro: un fuera
        Venturas prometiendo a la mirada.
        Mi corazón, una febril granada
        De agrupado rubor y abierta cera,
        Que sus tiernos collares te ofreciera
        Con una obstinación enamorada.
        ¡Ay, qué acometimiento de quebranto
        Ir a tu corazón y hallar un hielo
        De irreductible y pavorosa nieve!
        Por los alrededores de mi llanto
        Un pañuelo sediento va de vuelo
        Con la esperanza de que en él lo abreve.
      Arriba

      Tus ojos
        Tus ojos se me van
        De mis ojos y vuelven
        Después de recorrer
        Un páramo de ausentes.
        Tu boca se me marcha
        De mi boca y regresa
        Con varios besos muertos
        Que aún baten, que aún quisieran.
        Tus brazos se desploman
        En mis brazos y ascienden
        Retrocediendo ante esa
        Desolación que sientes.
        Otero de tu cuerpo,
        Aún mi calor lo vence.
      Arriba

      Umbrío por la pena, casi bruno
        Umbrío por la pena, casi bruno,
        Porque la pena tizna cuando estalla,
        Donde yo no me hallo no se halla
        Hombre más apenado que ninguno.
        Sobre la pena duermo solo y uno,
        Pena en mi paz y pena en mi batalla,
        Perro que ni me deja ni se calla,
        Siempre a su dueño fiel, pero importuno.
        Cardos y penas llevo por corona,
        Cardos y penas siembran sus leopardos
        Y no me dejan bueno hueso alguno.
        No podrá con la pena mi persona
        Rodeada de penas y de cardos:
        ¡Cuánto penar para morirse uno!
      Arriba

      Un carnívoro cuchillo
        Un carnívoro cuchillo
        De ala dulce y homicida
        Sostiene un vuelo y un brillo
        Alrededor de mi vida.
        Rayo de metal crispado
        Fulgentemente caído,
        Picotea mi costado
        Y hace en él un triste nido.
        Mi sien, florido balcón
        De mis edades tempranas,
        Negra está, y mi corazón,
        Y mi corazón con canas.
        Tal es la mala virtud
        Del rayo que me rodea,
        Que voy a mi juventud
        Como la luna a la aldea.
        Recojo con las pestañas
        Sal del alma y sal del ojo
        Y flores de telarañas
        De mis tristezas recojo.
        ¿A dónde iré que no vaya
        Mi perdición a buscar?
        Tu destino es de la playa
        Y mi vocación del mar.
        Descansar de esta labor
        De huracán, amor o infierno,
        No es posible, y el dolor
        Me hará mi pesar eterno.
        Pero al fin podré vencerte,
        Ave y rayo secular,
        Corazón que de la muerte
        Nadie ha de hacerme dudar.
        Sigue, pues, sigue, cuchillo,
        Volando, hiriendo. Algún día
        Se pondrá el tiempo amarillo
        Sobre mi fotografía.
      Arriba

      Una querencia tengo por tu acento
        Una querencia tengo por tu acento,
        Una apetencia por tu compañía
        Y una dolencia de melancolía
        Por la ausencia del aire de tu viento.
        Paciencia necesita mi tormento
        Urgencia de tu garza galanía,
        Tu clemencia solar mi helado día,
        Tu asistencia la herida en que lo cuento.
        ¡Ay, querencia, dolencia y apetencia!
        Tus sustanciales besos, mi sustento,
        Me faltan y me muero sobre mayo.
        Quiero que vengas, flor, desde tu ausencia,
        A serenar la sien del pensamiento
        Que desahoga en mí su eterno rayo.
      Arriba

      Vientos del pueblo me llevan
        Vientos del pueblo me llevan,
        Vientos del pueblo me arrastran,
        Me esparcen el corazón
        Y me avientan la garganta.
        Los bueyes doblan la frente,
        Impotentemente mansa,
        Delante de los castigos:
        Los leones la levantan
        Y al mismo tiempo castigan
        Con su clamorosa zarpa.
        No soy de un pueblo de bueyes
        Que soy de un pueblo que embargan
        Yacimiento de leones,
        Desfiladeros de águilas
        Y cordillera de toros
        Con el orgullo en el asta.
        Nunca medraron los bueyes
        En los páramos de España.
        ¿Quién habló de echar un yugo
        Sobre el cuello de esta raza?
        ¿Quién ha puesto al huracán
        Jamás ni yugos ni trabas,
        Ni quién el rayo detuvo
        Prisionero en un jaula?
        Asturianos de braveza,
        Vascos de piedra blindada,
        Valencianos de alegría
        Y castellanos de alma,
        Labrados como la tierra
        Y airosos como las alas;
        Andaluces de relámpago,
        Nacidos entre guitarras
        Y forjados en los yunques
        Torrenciales de las lágrimas;
        Extremeños de centeno,
        Gallegos de lluvia y calma,
        Catalanes de firmeza
        Aragoneses de casta,
        Murcianos de dinamita
        Frutalmente propagada,
        Leoneses, navarros, dueños
        Del hambre, el sudor y el hacha,
        Reyes de la minería,
        Señores de la labranza,
        Hambre que entre las raíces,
        Como raíces gallardas,
        Vais de la vida a la muerte,
        Vais de la nada a la nada:
        Yugos os quieren poner
        Gente de la hierba mala,
        Yugos que habéis de dejar
        Rotos sobre sus espaldas.
        Crepúsculo de los bueyes
        Está despuntando el alba.
        Los bueyes mueren vestidos
        De humildad y olor de cuadra:
        Las águilas, los leones
        Y los toros, de arrogancia,
        Y detrás de ellos, el cielo
        Ni se enturbia ni se acaba.
        La agonía de los bueyes
        Tiene pequeña la cara,
        La del animal varón
        Toda la creación agranda.
        Si me muero, que me muera
        Con la cabeza muy alta.
        Muerto y veinte veces muerto,
        La boca contra la grama,
        Tendré apretados los dientes
        Y decidida la barba.
        Cantando espero a la muerte,
        Que hay ruiseñores que cantan
        Encima de los fusiles
        Y en medio de las batallas.
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      Yo no quiero más luz que tu cuerpo ante el mío
        Yo no quiero más luz que tu cuerpo ante el mío:
        Claridad absoluta, transparencia redonda,
        Limpidez cuya entraña, como el fondo del río,
        Con el tiempo se afirma, con la sangre se ahonda.
        ¿Qué lucientes materias duraderas te han hecho,
        Corazón de alborada, carnación matutina?
        Yo no quiero más día que el que exhala tu pecho.
        Tu sangre es la mañana que jamás se termina.
        No hay más luz que tu cuerpo, no hay más sol:
        Todo ocaso.
        Yo no veo las cosas a otra luz que tu frente.
        La otra luz es fantasma, nada más, de tu paso.
        Tu insondable mirada nunca gira al poniente.
        Claridad sin posible declinar. Suma esencia
        Del fulgor que ni cede ni abandona la cumbre.
        Juventud. Limpidez. Claridad. Transparencia
        Acercando los astros más lejanos de lumbre.
        Claro cuerpo moreno de calor fecundante.
        Hierba negra el origen; hierba negra las sienes.
        Trago negro los ojos, la mirada distante.
        Día azul. Noche clara. Sombra clara que vienes.
        Yo no quiero más luz que tu sombra dorada
        Donde brotan anillos de una hierba sombría.
        En mi sangre, fielmente por tu cuerpo abrasada,
        Para siempre es de noche: para siempre es el día.
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    Federico García Lorca

    .
      Información biográfica

    1. El cielo es de ceniza
    2. El puñal entra en el corazón
    3. El silencio redondo de la noche
    4. Esta guirnalda, pronto, que me muero
    5. Hay una raíz amarga
    6. He cerrado mi balcón
    7. La luna gira en el cielo
    8. La luna vino a la fragua
    9. La muchacha dorada
    10. La noche no quiere venir
    11. La rosa no buscaba la aurora
    12. Los caballos negros son
    13. Muerto se quedó en la calle
    14. Nadie comprendía el perfume
    15. Ni tú ni yo estamos en disposición
    16. No te lleves tu recuerdo
    17. Noche arriba los dos con luna llena
    18. Pero que todos sepan que no he muerto
    19. Por las arboledas del Tamarit
    20. ¿Qué es aquello que reluce?
    21. Quiero bajar al pozo
    22. Quiero dormir el sueño de las manzanas
    23. Sobre el monte pelado
    24. Tierra seca, tierra quieta
    25. Tú nunca entenderás lo que te quiero
    26. Unas palabras
    27. Verde, que te quiero verde
    28. Verte desnuda es recordar la tierra
    29. Vestidas con mantos negros
    30. Y yo me la llevé al río
    31. Yo no quiero más que una mano
    32. Yo quiero que el agua se quede sin cauce


    Información biográfica
      Nombre: Federico García Lorca
      Lugar y fecha de nacimiento: Fuente Vaqueros, Granada, España, 5 de junio de 1898
      Lugar y fecha de defunción: Víznar, Granada, España, 18 de agosto de 1936 (38 años)
      Ocupación: Escritor, dramaturgo, prosista, poeta
      Movimiento: Generación del 27
    Nació en el seno de una familia acomodada. En un primer momento, estuvo más interesado por la música que por la escritura; destacó en varias artes. La etapa de 1924 a 1927 fue el momento en el que el escritor llegó a su madurez como poeta. Adscrito a la llamada Generación del 27, fue el poeta de mayor influencia y popularidad de la literatura española del siglo XX. Como dramaturgo se le considera una de las cimas del teatro español del siglo XX, junto con Valle-Inclán y Buero Vallejo. Murió fusilado tras el golpe de Estado que dio origen a la Guerra Civil Española un mes después de iniciada esta.

    Fuente: [Federico García Lorca] en Wikipedia.org
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        El cielo es de ceniza
          El cielo es de ceniza.
          Los árboles son blancos,
          Y son negros carbones
          Los rastrojos quemados.
          Tiene sangre reseca
          La herida del ocaso,
          Y el papel incoloro
          Del monte está arrugado.
          El polvo del camino
          Se esconde en los barrancos,
          Están las fuentes turbias
          Y quietos los remansos.
          Suena en un gris rojizo
          La esquila del rebaño,
          Y la noria materna
          Acabó su rosario.
          El cielo es de ceniza,
          Los árboles son blancos.
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        El puñal entra en el corazón
          El puñal
          Entra en el corazón,
          Como la reja del arado
          En el yermo.
          No.
          No me lo claves.
          No.
          El puñal,
          Como un rayo de sol,
          Incendia las terribles
          Hondonadas.
          No.
          No me lo claves.
          No.
        Arriba

        El silencio redondo de la noche
          El silencio redondo de la noche
          Sobre el pentagrama
          Del infinito.
          Yo me salgo desnudo a la calle,
          Maduro de versos
          Perdidos.
          Lo negro, acribillado
          Por el canto del grillo,
          Tiene ese fuego fatuo,
          Muerto,
          Del sonido.
          Esa luz musical
          Que percibe
          El espíritu.
          Los esqueletos de mil mariposas
          Duermen en mi recinto.
          Hay una juventud de brisas locas
          Sobre el río.
        Arriba

        ¡Esta guirnalda! ¡Pronto! ¡Que me muero!
          ¡Esta guirnalda! ¡Pronto! ¡Que me muero!
          ¡Teje deprisa! ¡Canta! ¡Gime! ¡Canta!
          Que la sombra me enturbia la garganta
          Y otra vez viene y mil la luz de enero.
          Entre lo que me quieres y te quiero,
          Aire de estrellas y temblor de planta,
          Espesura de anémonas levanta
          Con oscuro gemir un año entero.
          Goza el fresco paisaje de mi herida,
          Quiebra juncos y arroyos delicados.
          Bebe en muslo de miel sangre vertida.
          Pero, ¡pronto!, que unidos, enlazados,
          Boca rota de amor y alma mordida,
          El tiempo nos encuentre destrozados.
        Arriba

        Hay una raíz amarga
          Hay una raíz amarga
          Y un mundo de mil terrazas.
          Ni la mano más pequeña
          Quiebra la puerta del agua.
          ¿Dónde vas, a dónde, dónde?
          Hay un cielo de mil ventanas
          -Batalla de abejas lívidas-
          Y hay una raíz amarga.
          Amarga.
          Duele en la planta del pie
          El interior de la cara,
          Y duele en el tronco fresco
          De noche recién cortada.
          ¡Amor, enemigo mío,
          Muerde tu raíz amarga!
        Arriba

        He cerrado mi balcón
          He cerrado mi balcón
          Porque no quiero oír el llanto
          Pero por detrás de los grises muros
          No se oye otra cosa que el llanto.
          Hay muy pocos ángeles que canten,
          Hay muy pocos perros que ladren,
          Mis violines caben en la palma de mi mano.
          Pero el llanto es un perro inmenso,
          El llanto es un ángel inmenso,
          El llanto es un violín inmenso,
          Las lágrimas amordazan al viento,
          No se oye otra cosa que el llanto.
        Arriba

        La luna gira en el cielo
          La luna gira en el cielo
          Sobre las sierras sin agua
          Mientras el verano siembra
          Rumores de tigre y llama.
          Por encima de los techos
          Nervios de metal sonaban.
          Aire rizado venía
          Con los balidos de lana.
          La sierra se ofrece llena
          De heridas cicatrizadas,
          O estremecida de agudos
          Cauterios de luces blancas.
          Thamar estaba soñando
          Pájaros en su garganta
          Al son de panderos fríos
          Y cítaras enlunadas.
          Su desnudo en el alero,
          Agudo norte de palma,
          Pide copos a su vientre
          Y granizo a sus espaldas.
          Thamar estaba cantando
          Desnuda por la terraza.
          Alrededor de sus pies,
          Cinco palomas heladas.
          Amnón, delgado y concreto,
          En la torre la miraba,
          Llenas las ingles de espuma
          Y oscilaciones la barba.
          Su desnudo iluminado
          Se tendía en la terraza,
          Con un rumor entre dientes
          De flecha recién clavada.
          Amnón estaba mirando
          La luna redonda y baja,
          Y vio en la luna los pechos
          Durísimos de su hermana.
          Amnón a las tres y media
          Se tendió sobre la cama.
          Toda la alcoba sufría
          Con sus ojos llenos de alas.
          La luz, maciza, sepulta
          Pueblos en la arena parda,
          O descubre transitorio
          Coral de rosas y dalias.
          Linfa de pozo oprimida
          Brota silencio en las jarras.
          En el musgo de los troncos
          La cobra tendida canta.
          Amnón gime por la tela
          Fresquísima de la cama.
          Yedra del escalofrío
          Cubre su carne quemada.
          Thamar entró silenciosa
          En la alcoba silenciada,
          Color de vena y Danubio,
          Turbia de huellas lejanas.
          Thamar, bórrame los ojos
          Con tu fija madrugada.
          Mis hilos de sangre tejen
          Volantes sobre tu falda.
          Déjame tranquila, hermano.
          Son tus besos en mi espalda
          Avispas y vientecillos
          En doble enjambre de flautas.
          Thamar, en tus pechos altos
          Hay dos peces que me llaman,
          Y en las yemas de tus dedos
          Rumor de rosa encerrada.
          Los cien caballos del rey
          En el patio relinchaban.
          Sol en cubos resistía
          La delgadez de la parra.
          Ya la coge del cabello,
          Ya la camisa le rasga.
          Corales tibios dibujan
          Arroyos en rubio mapa.
          ¡Oh, qué gritos se sentían
          Por encima de las casas!
          Qué espesura de puñales
          Y túnicas desgarradas.
          Por las escaleras tristes
          Esclavos suben y bajan.
          Émbolos y muslos juegan
          Bajo las nubes paradas.
          Alrededor de Thamar
          Gritan vírgenes gitanas
          Y otras recogen las gotas
          De su flor martirizada.
          Paños blancos enrojecen
          En las alcobas cerradas.
          Rumores de tibia aurora
          Pámpanos y peces cambian.
          Violador enfurecido,
          Amnón huye con su jaca.
          Negros le dirigen flechas
          En los muros y atalayas.
          Y cuando los cuatro cascos
          Eran cuatro resonancias,
          David con unas tijeras cortó
          Las cuerdas del arpa.
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        La luna vino a la fragua
          La luna vino a la fragua
          Con su polisón de nardos.
          El niño la mira, mira.
          El niño la está mirando.
          En el aire conmovido
          Mueve la luna sus brazos
          Y enseña, lúbrica y pura,
          Sus senos de duro estaño.
          -Huye luna, luna, luna.
          Si vinieran los gitanos,
          Harían con tu corazón
          Collares y anillos blancos.
          -Niño, déjame que baile.
          Cuando vengan los gitanos,
          Te encontrarán sobre el yunque
          Con los ojillos cerrados.
          -Huye luna, luna, luna,
          Que ya siento sus caballos.
          -Niño, déjame, no pises
          Mi blancor almidonado.
          El jinete se acercaba
          Tocando el tambor del llano.
          Dentro de la fragua el niño
          Tiene los ojos cerrados.
          Por el olivar venían,
          Bronce y sueño, los gitanos.
          Las cabezas levantadas
          Y los ojos entornados.
          Cómo canta la zumaya,
          ¡Ay, cómo canta en el árbol!
          Por el cielo va la luna
          Con un niño de la mano.
          Dentro de la fragua lloran
          Dando gritos, los gitanos.
          El aire la vela, vela.
          El aire la está velando.
        Arriba

        La muchacha dorada
          La muchacha dorada
          Se bañaba en el agua
          Y el agua se doraba.
          Las algas y las ramas
          En sombra la asombraban,
          Y el ruiseñor cantaba
          Por la muchacha blanca.
          Vino la noche clara,
          Turbia de plata mala,
          Con peladas montañas
          Bajo la brisa parda.
          La muchacha mojada
          Era blanca en el agua
          Y el agua, llamara.
          Vino el alba sin mancha,
          Con mil caras de vacas,
          Yerta y amortajada
          Con heladas guirnaldas.
          La muchacha de lágrimas
          Se bañaba entre llamas,
          Y el ruiseñor lloraba
          Con las alas quemadas.
          La muchacha dorada
          Era una blanca garra
          Y el agua la doraba.
        Arriba

        La noche no quiere venir
          La noche no quiere venir
          Para que tú no vengas
          Ni yo pueda ir.
          Pero yo iré,
          Aunque un sol de alacranes me coma la sien.
          Pero tú no vendrás
          Con la lengua quemada por la lluvia de sal.
          El día no quiere venir
          Para que tú no vengas,
          Ni yo pueda ir.
          Pero yo iré
          Entregando a los sapos mi mordido clavel.
          Pero tú vendrás
          Por las turbias cloacas de la oscuridad.
          Ni la noche ni el día quieren venir
          Para que por ti muera
          Y tú mueras por mí.
        Arriba

        La rosa no buscaba la aurora
          La rosa
          No buscaba la aurora:
          Casi eterna en su ramo,
          Buscaba otra cosa.
          La rosa
          No buscaba ni ciencia ni sombra:
          Confín de carne y sueño,
          Buscaba otra cosa.
          La rosa
          No buscaba la rosa.
          Inmóvil por el cielo
          Buscaba otra cosa.
        Arriba

        Los caballos negros son
          Los caballos negros son.
          Las herraduras son negras.
          Sobre las capas relucen
          Manchas de tinta y de cera.
          Tienen, por eso no lloran,
          De plomo las calaveras.
          Con el alma de charol
          Vienen por la carretera.
          Jorobados y nocturnos,
          Por donde animan ordenan
          Silencios de goma oscura
          Y miedos de fina arena.
          Pasan, si quieren pasar,
          Y ocultan en la cabeza
          Una vaga astronomía
          De pistolas inconcretas.
          ¡Oh, ciudad de los gitanos!
          En las esquinas, banderas.
          La luna y la calabaza
          Con las guindas en conserva.
          ¡Oh, ciudad de los gitanos!
          Ciudad de dolor y almizcle,
          Con las torres de canela.
          Cuando llegaba la noche,
          Noche que noche nochera,
          Los gitanos en sus fraguas
          Forjaban soles y flechas.
          Un caballo mal herido
          Llamaba a todas las puertas.
          Gallos de vidrios cantaban
          Por Jerez de la Frontera.
          El viento vuelve desnudo
          La esquina de la sorpresa,
          En la noche platinoche,
          Noche que noche nochera.
          La Virgen y San José
          Perdieron sus castañuelas,
          Y buscan a los gitanos
          Para ver si las encuentran.
          La Virgen viene vestida
          Con un traje de alcaldesa,
          De papel de chocolate
          Con los collares de almendras.
          San José mueve los brazos
          Bajo una capa de seda.
          Detrás va Pedro Domecq
          Con tres sultanes de Persia.
          La media luna soñaba
          Un éxtasis de cigüeña.
          Estandartes y faroles
          Invaden las azoteas.
          Por los espejos sollozan
          Bailarinas sin caderas.
          Agua sombra, sombra y agua
          Por Jerez de la Frontera.
          ¡Oh, ciudad de los gitanos!
          En las esquinas, banderas.
          Apaga tus verdes luces
          Que viene la benemérita.
          ¡Oh, ciudad de los gitanos!
          ¿Quién te vio y no te recuerda?
          Dejadla lejos del mar,
          Sin peines para sus crenchas.
          Avanzan de dos en fondo
          A la ciudad de la fiesta.
          Un rumor de siemprevivas
          Invade las cartucheras.
          Avanzan de dos en fondo.
          Doble nocturno de tela.
          El cielo se les antoja
          Una vitrina de espuelas.
          La ciudad, libre de miedo,
          Multiplicaba sus puertas.
          Cuarenta guardias civiles
          Entraron a saco por ellas.
          Los relojes se pararon,
          Y el coñac de las botellas
          Se disfrazó de noviembre
          Para no infundir sospechas.
          Un vuelo de gritos largos
          Se levantó en las veletas.
          Los sables cortaron las brisas
          Que los cascos atropellan.
          Por las calles de penumbra
          Huyen las gitanas viejas
          Con caballos dormidos
          Y las orzas de moneda.
          Por las calles empinadas
          Suben las capas siniestras,
          Dejando detrás fugaces
          Remolinos de tijeras.
          En el portal de Belén
          Los gitanos se congregan.
          San José, lleno de heridas,
          Amortaja a una doncella.
          Tercos fusiles agudos
          Por toda la noche suenan.
          La Virgen cura a los niños
          Con salivilla de estrella.
          Pero la Guardia Civil
          Avanza sembrando hogueras,
          Donde joven y desnuda
          La imagen se quema.
          Rosa la de los Camborios
          Gime sentada en su puerta
          Con sus dos pechos cortados
          Puestos en una bandeja.
          Y otras muchachas corrían
          Perseguidas por sus trenzas,
          En un aire donde estallan
          Rosas de pólvora negra.
          Cuando todos los tejados
          Eran surcos en la tierra,
          El alba meció sus hombros
          En largo perfil de piedra.
          ¡Oh, ciudad de los gitanos!
          La Guardia Civil se aleja
          Por un túnel de silencio
          Mientras las llamas te cercan.
          ¡Oh, ciudad de los gitanos!
          ¿Quién te vio y no te recuerda?
          Que te busquen en mi frente.
          Juego de luna y arena.
        Arriba

        Muerto se quedó en la calle
          Muerto se quedó en la calle
          Con un puñal en el pecho.
          No lo conocía nadie.
          ¡Cómo temblaba el farol,
          Madre!
          ¡Cómo temblaba el farolito
          De la calle!
          Era madrugada. Nadie
          Pudo asomarse a sus ojos
          Abiertos al duro aire.
          Qué muerto se quedó en la calle
          Qué con un puñal en el pecho
          Y que no lo conocía nadie.
        Arriba

        Nadie comprendía el perfume
          Nadie comprendía el perfume
          De la oscura magnolia de tu vientre.
          Nadie sabía que martirizabas
          Un colibrí de amor entre los dientes.
          Mil caballitos persas se dormían
          En la plaza con luna de tu frente,
          Mientras que yo enlazaba cuatro noches
          Tu cintura, enemiga de la nieve.
          Entre yeso y jazmínes, tu mirada
          Era un pálido ramo de simientes.
          Yo busqué, para darte, por mi pecho
          Las letras de marfil que dicen siempre,
          Siempre, siempre: jardín de mi agonía,
          Tu cuerpo fugitivo para siempre,
          La sangre de tus venas en mi boca,
          Tu boca ya sin luz para mi muerte.
        Arriba

        Ni tú ni yo estamos en disposición
          Ni tú ni yo estamos
          En disposición
          De encontrarnos.
          Tú por lo que ya sabes.
          ¡Yo la he querido tanto!
          Sigue esa veredita.
          En las manos
          Tengo los agujeros
          De los clavos.
          ¿No ves cómo me estoy
          Desangrando?
          No mires nunca atrás,
          Vete despacio
          Y reza como yo
          A San Cayetano,
          Que ni tú ni yo estamos
          En disposición
          De encontrarnos.
        Arriba

        No te lleves tu recuerdo
          No te lleves tu recuerdo.
          Déjalo solo en mi pecho.
          Temblor de blanco cerezo
          En el martirio de enero.
          Me separa de los muertos
          Un muro de malos sueños.
          Doy pena de lirio fresco
          Para un corazón de yeso.
          Toda la noche en el huerto
          Mis ojos, como dos perros.
          Toda la noche, corriendo
          Los membrillos de veneno.
          Algunas veces el viento
          Es un tulipán de miedo.
          Es un tulipán enfermo,
          La madrugada de invierno.
          Un muro de malos sueños
          Me separa de los muertos.
          La niebla cubre en silencio
          El valle gris de tu cuerpo.
          Por el arco del encuentro
          La cicuta está creciendo.
          Pero deja tu recuerdo
          Déjalo solo en mi pecho.
        Arriba

        Noche arriba los dos con luna llena
          Noche arriba los dos con luna llena,
          Yo me puse a llorar y tú reías.
          Tu desdén era un dios, las quejas mías
          Momentos y palomas en cadena.
          Noche abajo los dos. Cristal de pena,
          Llorabas tú por hondas lejanías.
          Mi dolor era un grupo de agonías
          Sobre tu débil corazón de arena.
          La aurora nos unió sobre la cama,
          Las bocas puestas sobre el chorro helado
          De una sangre sin fin que se derrama.
          Y el sol entró por el balcón cerrado
          Y el coral de la vida abrió su rama
          Sobre mi corazón amortajado.
        Arriba

        Pero que todos sepan que no he muerto
          Pero que todos sepan que no he muerto;
          Que hay un establo de oro en mis labios;
          Que soy el pequeño amigo del viento oeste;
          Que soy la sombra inmensa de mis lágrimas.
        Arriba

        Por las arboledas del Tamarit
          Por las arboledas del Tamarit
          Han venido los perros de plomo
          A esperar que se caigan los ramos,
          A esperar que se quiebren ellos solos.
          El Tamarit tiene un manzano
          Con una manzana de sollozos.
          Un ruiseñor apaga los suspiros
          Y un faisán los ahuyenta por el polvo.
          Pero los ramos son alegres,
          Los ramos son como nosotros.
          No piensan en la lluvia y se han dormido,
          Como si fueran árboles, de pronto.
          Sentados con el agua en las rodillas
          Dos valles esperaban al otoño.
          La penumbra con paso de elefante
          Empujaba las ramas y los troncos.
          Por las arboledas de Tamarit
          Hay muchos niños de velado rostro
          A esperar que se caigan mis ramos,
          A esperar que se quiebren ellos solos.
        Arriba

        ¿Qué es aquello que reluce?
          -¿Qué es aquello que reluce
          Por los altos corredores?
          -Cierra la puerta, hijo mío;
          Acaban de dar las once.
          -En mis ojos, sin querer,
          Relumbran cuatro faroles.
          -Será que la gente aquella
          Estará fregando el cobre.
          Ajo de agónica plata
          La luna menguante pone
          Cabelleras amarillas
          A las amarillas torres.
          La noche llama temblando
          Al cristal de los balcones,
          Perseguida por los mil
          Perros que no la conocen,
          Y un olor de vino y ámbar
          Viene de los corredores.
          Brisas de caña mojada
          Y rumor de viejas voces
          Resonaban por el arco
          Roto de la medianoche
          Bueyes y rosas dormían.
          Sólo por los corredores
          Las cuatro luces clamaban
          Con el furor de San Jorge.
          Tristes mujeres del valle
          Bajaban su sangre de hombre,
          Tranquila de flor cortada
          Y amarga de muslo joven.
          Viejas mujeres del río
          Lloraban al pie del monte
          Un minuto intransitable
          De cabelleras y nombres.
          Fachadas de cal ponían
          Cuadrada y blanca la noche.
          Serafines y gitanos
          Tocaban acordeones.
          -Madre, cuando yo me muera,
          Que se enteren los señores.
          Pon telegramas azules
          Que vayan del sur al norte.
          Siete gritos, siete sangres,
          Siete adormideras dobles
          Quedaron opacas lunas
          En los oscuros salones.
          Lleno de manos cortadas
          Y coronitas de flores,
          El mar de los juramentos
          Resonaba no sé dónde.
          Y el cielo daba portazos
          Al brusco rumor del bosque,
          Mientras clamaban las luces
          En los altos corredores.
        Arriba

        Quiero bajar al pozo
          Quiero bajar al pozo,
          Quiero subir los muros de Granada,
          Para mirar el corazón pasado
          Por el punzón oscuro de las aguas.
          El niño herido gemía
          Con una corona de escarcha.
          Estanques, aljibes y fuentes
          Levantaban al aire sus espadas.
          ¡Ay, qué furia de amor, qué hiriente filo,
          Qué nocturno rumor, qué muerte blanca!
          ¡Qué desiertos de luz iban hundiendo
          Los arenales de la madrugada!
          El niño estaba solo
          Con la ciudad dormida en la garganta.
          Un surtidor que viene de los sueños
          Lo defiende del hambre de las algas.
          El niño y su agonía, frente a frente,
          Eran dos verdes lluvias enlazadas.
          El niño se tendía por la tierra
          Y su agonía se curvaba.
          Quiero bajar al pozo,
          Quiero morir mi muerte a bocanadas,
          Quiero llenar mi corazón de musgo,
          Para ver al herido por el agua.
        Arriba

        Quiero dormir el sueño de las manzanas
          Quiero dormir el sueño de las manzanas
          Alejarme del tumulto de los cementerios.
          Quiero dormir el sueño de aquel niño
          Que quería cortarse el corazón en alta mar.
          No quiero que me repitan que los muertos no pierden la sangre;
          Que la boca podrida sigue pidiendo agua.
          No quiero enterarme de los martirios que da la hierba,
          Ni de la luna con boca de serpiente
          Que trabaja antes del amanecer.
          Quiero dormir un rato,
          Un rato, un minuto, un siglo;
          Pero que todos sepan que no he muerto;
          Que haya un establo de oro en mis labios;
          Que soy un pequeño amigo del viento oeste;
          Que soy la sombra inmensa de mis lágrimas.
          Cúbreme por la aurora con un velo,
          Porque me arrojará puñados de hormigas,
          Y moja con agua dura mis zapatos
          Para que resbale la pinza de su alacrán.
          Porque quiero dormir el sueño de las manzanas
          Para aprender un llanto que me limpie de tierra;
          Porque quiero vivir con aquel niño oscuro
          Que quería cortarse el corazón en alta mar.
        Arriba

        Sobre el monte pelado
          Sobre el monte pelado,
          Un calvario.
          Agua clara
          Y olivos centenarios.
          Por las callejas
          Hombres embozados,
          Y en las torres
          Veletas girando.
          Eternamente
          Girando.
          ¡Oh, pueblo perdido,
          En la Andalucía del llanto!
        Arriba

        Tierra seca, tierra quieta
          Tierra seca,
          Tierra quieta
          De noches
          Inmensas.
          (Viento en el olivar,
          Viento en la sierra.)
          Tierra
          Vieja
          Del candil
          Y la pena.
          Tierra
          De las hondas cisternas.
          Tierra
          De la muerte sin ojos
          Y las flechas.
        Arriba

        Tú nunca entenderás lo que te quiero
          Tú nunca entenderás lo que te quiero
          Porque duermes en mí y estás dormido.
          Yo te oculto llorando perseguido
          Por una voz de penetrante acero.
          Norma que agita igual carne y lucero
          Traspasa ya mi pecho dolorido
          Y las turbias palabras han mordido
          Las alas de tu espíritu severo.
          Grupo de gente salta en los jardines
          Esperando tu cuerpo y mi agonía
          En caballos de luz y verdes crines.
          Pero sigue durmiendo, vida mía.
          ¡Oye, mi sangre rota en los violines!
          ¡Mira que nos acechan todavía!
        Arriba

        Unas palabras
          Ofrezco en este libro, todo ardor juvenil y tortura,
          Y ambición sin medida, la imagen exacta de mis días
          De adolescencia y juventud, esos días que enlazan el instante
          De hoy con mi misma infancia reciente.
          En estas páginas desordenadas va el reflejo fiel de
          Mi corazón y de mi espíritu, teñido del matiz que les prestara,
          Al poseerlo, la vida palpitante en torno recién nacida para mi mirada.
          Sé hermana el nacimiento de cada una de estas poesías que tienes
          En tus manos, lector, al propio nacer de un brote nuevo del
          Árbol músico de mi vida en flor. Ruindad fuera el menospreciar
          De esta obra que tan enlazada está a mi propia vida.
          Sobre su incorrección, sobre su limitación segura, tendrá este libro la
          Virtud, entre otras muchas que yo advertido, de recordarme en todo
          Instante mi infancia apasionada correteando desnuda por las
          Praderas de una vega sobre un fondo de serranías.
        Arriba

        Verde, que te quiero verde
          Verde, que te quiero verde.
          Verde viento. Verdes ramas.
          El barco sobre la mar
          Y el caballo en la montaña.
          Con la sombra en la cintura
          Ella sueña en su baranda,
          Verde carne, pelo verde,
          Con ojos de fría plata.
          Verde que te quiero verde.
          Bajo la luna gitana,
          Las cosas la están mirando
          Y ella no puede mirarlas.
          Verde, que te quiero verde.
          Grandes estrellas de escarcha
          Vienen con el pez de sombra
          Que abre el camino del alba.
          La higuera frota su viento
          Con la lija de sus ramas,
          Y el monte, gato garduño,
          Eriza sus pitas agrias.
          Pero, ¿quién vendrá? ¿Y por dónde?
          Ella sigue en su baranda,
          Verde carne, pelo verde,
          Sonando en la mar amarga.
          -Compadre, quiero cambiar
          Mi caballo por su casa,
          Mi montaña por su espejo,
          Mi cuchillo por su manta.
          Compadre, vengo sangrando,
          Desde los puertos de Cabra.
          -Si yo pudiera, mocito,
          Este trato se cerraba.
          Pero yo ya no soy yo
          Ni mi casa es ya mi casa.
          -Compadre, quiero morir
          Decentemente en mi cama.
          De acero, si puede ser,
          Con las sábanas de Holanda.
          ¿No ves la herida que tengo
          Desde el pecho a la garganta?
          -Trescientas rosas morenas
          Lleva tu pechera blanca.
          Tu sangre rezuma y huele
          Alrededor de tu faja.
          Pero yo ya no soy yo,
          Ni mi casa es ya mi casa.
          -Dejadme subir al menos
          Hasta las altas barandas,
          ¡Dejadme subir!, dejadme,
          Hasta las verdes barandas.
          Barandales de la luna
          Por donde retumba el agua.
          Ya suben los dos compadres
          Hacia las altas barandas.
          Dejando un rastro de sangre.
          Dejando un rastro de lágrimas.
          Temblaban en los tejados
          Farolillos de hojalata.
          Mil panderos de cristal
          Herían la madrugada.
          Verde, que te quiero verde,
          Verde viento, verdes ramas.
          Los dos compadres subieron.
          El largo viento dejaba
          En la boca un raro gusto
          De hiel, de menta y de albahaca.
          -¡Compadre! ¿Dónde está, dime,
          Dónde está tu niña amarga?
          ¡Cuántas veces te esperó!
          ¡Cuántas veces te esperara,
          Cara fresca, negro pelo,
          En esta verde baranda!
          Sobre el rostro del aljibe
          Se mecía la gitana.
          Verde carne, pelo verde,
          Con ojos de fría plata.
          Un carámbano de luna
          La sostiene sobre el agua.
          La noche se puso íntima
          Como una pequeña plaza.
          Guardias civiles borrachos
          En la puerta golpeaban.
          Verde, que te quiero verde.
          Verde viento. Verdes ramas.
          El barco sobre la mar.
          Y el caballo en la montaña.
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        Verte desnuda es recordar la tierra
          Verte desnuda es recordar la tierra.
          La tierra lisa, limpia de caballos.
          La tierra sin un junco, forma pura
          Cerrada al porvenir: confín de plata.
          Verte desnuda es comprender el ansia
          De la lluvia que busca el débil talle,
          O la fiebre del mar de inmenso rostro
          Sin encontrar la luz de su mejilla.
          La sangre sonará por las alcobas
          Y vendrá con espadas fulgurantes,
          Pero tú no sabrás dónde se ocultan
          El corazón de sapo o la violeta.
          Tu vientre es una lucha de raíces,
          Tus labios son un alba sin contorno.
          Bajo las rosas tibias de la cama
          Los muertos gimen esperando turno.
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        Vestida con mantos negros
          Vestida con mantos negros
          Piensa que el mundo es chiquito
          Y el corazón es inmenso.
          Vestida con mantos negros.
          Piensa que el suspiro tierno
          Y el grito, desaparecen
          En la corriente del viento.
          Vestida con mantos negros.
          Se dejó el balcón abierto
          Y el alba por el balcón
          Desembocó todo el cielo.
          ¡Ay ay ay ay ay ay,
          Qué vestida con mantos negros!
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        Y que yo me la llevé al río
          Y que yo me la llevé al río
          Creyendo que era mozuela,
          Pero tenía marido.
          Fue la noche de Santiago
          Y casi por compromiso.
          Fue la noche de Santiago
          Y casi por compromiso.
          Se apagaron los faroles
          Y se encendieron los grillos.
          En las últimas esquinas
          Toqué sus pechos dormidos,
          Y se me abrieron de pronto
          Como ramos de jacintos.
          El almidón de su enagua
          Me sonaba en el oído
          Como una pieza de seda
          Rasgada por diez cuchillos.
          Sin luz de plata en sus copas
          Los árboles han crecido,
          Y un horizonte de perros
          Ladra muy lejos del río.
          Pasadas las zarzamoras,
          Los juncos y los espinos,
          Bajo su mata de pelo
          Hice un hoyo sobre el limo.
          Yo me quité la corbata.
          Ella se quitó el vestido.
          Yo, el cinturón con revólver.
          Ella, sus cuatro corpiños.
          Ni nardos ni caracolas
          Tienen el cutis tan fino,
          Ni los cristales con luna
          Relumbran con ese brillo.
          Sus muslos se me escapaban
          Como peces sorprendidos,
          La mitad llenos de lumbre,
          La mitad llenos de frío.
          Aquella noche corrí
          El mejor de los caminos,
          Montado en potra de nácar
          Sin bridas y sin estribos.
          No quiero decir, por hombre,
          Las cosas que ella me dijo.
          La luz del entendimiento
          Me hace ser muy comedido.
          Sucia de besos y arena,
          Yo me la llevé del río.
          Con el aire se batían
          Las espadas de los lirios.
          Me porté como quien soy.
          Como un gitano legítimo.
          La regalé un costurero
          Grande, de raso pajizo,
          Y no quise enamorarme
          Porque teniendo marido
          Me dijo que era mozuela
          Cuando la llevaba al río.
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        Yo no quiero más que una mano
          Yo no quiero más que una mano,
          Una mano herida, si es posible.
          Yo no quiero más que una mano,
          Aunque pase mil noches sin lecho.
          Sería un pálido lirio de cal,
          Sería una paloma amarrada a mi corazón,
          Sería el guardián que en la noche de mi tránsito
          Prohibiera en absoluto la entrada a la luna.
          Yo no quiero más que una mano
          Para los diarios aceites y la sábana blanca de mi agonía.
          Yo no quiero más que esa mano
          Para tener un ala de mi muerte.
          Lo demás todo pasa.
          Rubor sin nombre ya, astro perpetuo.
          Lo demás es lo otro; viento triste,
          Mientras las hojas huyen en bandadas.
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        Yo quiero que el agua se quede sin cauce
          Yo quiero que el agua se quede sin cauce,
          Yo quiero que el viento se quede sin valles.
          Quiero que la noche se quede sin ojos
          Y mi corazón sin flor del oro;
          Que los bueyes hablen con las grandes hojas
          Y que la lombriz se muera de sombra;
          Que brillen los dientes de la calavera
          Y los amarillos inunden la seda.
          Puedo ver el duelo de la noche herida
          Luchando enroscada con el mediodía.
          Resiste un ocaso de verde veneno
          Y los arcos rotos donde sufre el tiempo.
          Pero no ilumines tu limpio desnudo
          Como un negro cactus abierto en los juncos.
          Déjame en un ansia de oscuros planetas,
          Pero no me enseñes tu cintura fresca.
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