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Jorge Isaacs

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    Información biográfica

  1. Después de la victoria
  2. Duerme
  3. En la noche callada
  4. La tumba de Belisario
  5. La tumba del soldado
  6. Las hadas
  7. Río Moro
  8. Soñé
  9. Ten piedad de mí
  10. Ve, pensamiento


Información biográfica
    Nombre: Jorge Ricardo Isaacs Ferrer
    Lugar y fecha nacimiento: Cali, República de la Nueva Granada, 1 de abril de 1837
    Lugar y fecha defunción: Ibagué, Colombia, 17 de abril de 1895 (58 años)
    Nacionalidad: Colombiana
    Ocupación: Periodista, escritor, poeta
    Movimiento: Romanticismo

    Fuente: [Jorge Isaacs] en Wikipedia.org
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    Después de la victoria
      I

      Con albas ropas, lívida, impalpable,
      En alta noche se acercó a mi lecho:
      Estremecido, la esperé en los brazos;
      Inmóvil, sorda, me miró en silencio.

      Hirióme su mirada negra y fría...
      Sentí en la frente como helado aliento;
      Y las manos de mármol en mis sienes,
      A los míos juntó sus labios yertos.

      II

      La hoguera del vivac agonizante:
      Olor de sangre... Fatigados duermen:
      Infla las lonas de la tienda el viento:
      De centinelas, voces a los lejos...

      ¡Largo vivir!... ¡La gloria!... ¿Quién laureles
      Y caricias tendrá para mí en premio?
      ¿Gloria sin ti?... ¡Dichosos los que yacen
      En la llanura ensangrentada muertos!
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    Duerme
      -No duermas, suplicante me decía escúchame... despierta-.
      Cuando haciendo cojín de su regazo,
      Soñándome besarla, me dormía.

      Más tarde, ¡horror! En convulsivo abrazo
      La oprimí al corazón... rígida y yerta!
      En vano la besé –no sonreía;
      En vano la llamaba –no me oía;
      ¡La llamo en su sepulcro y no despierta!
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    En la noche callada
      ¡Ay, cuántas veces en las lentas horas
      De la noche callada, antes que el sueño
      Venga a cerrar mis párpados, recorre
      Mi memoria tenaz los bellos días
      De lloros y de risas infantiles
      A que siguieron tan hermosos años!
      Sus palabras de amor entonces oigo,
      Sus votos de constancia... no cumplidos,
      Y vuelvo a ver la luz de esa mirada
      Que hundióse en el Ocaso de la vida
      Para ya no lucir... ¡ay, para siempre!
      ¡Ay! Cuántas veces los amigos caros
      Al corazón desde la infancia unidos,
      Que ya no existen... mi memoria evoca,
      Y hallo en torno de mí sólo sus tumbas,
      A do bajaron, como al soplo frío
      Del invierno, las hojas macilentas...
      Imagínome entonces que recorro
      Un salón de banquete ya desierto,
      Do algunas luces oscilando mueren...
      Donde se ven aquí y allá dispersas
      Las guirnaldas marchitas... Lo han dejado
      Todos, excepto yo; y así en la vida
      ¡Ay, cuántas veces me contemplo solo!
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    La tumba de Belisario
      ¡Y dejamos su tumba para siempre
      En el jaral de la marina selva,
      Sola con los mugidos de los vientos
      Y el fragor de la mar en la ribera!
      Aquel postrer adiós que no responden
      Los mudos labios ni las manos yertas,
      Ahogó mis sollozos... y la fosa
      Lentamente colmó la extraña tierra.
      Después, envueltos en nocturnas sombras,
      Infló el terral las temblorosas velas,
      Y al fulgor de los pálidos relámpagos
      Hicimos rumbo hacia la mar inmensa.
      ¡Cómo responden al gemir del alma
      Ecos y gritos de las olas negras
      Que al viento arrojan sus penachos níveos
      Y en las rompientes iracundas truenan!
      ¡Cuán distantes las cumbres de los montes
      En los albores de la luna llena!
      ¡Qué lejano el desierto pavoroso
      Donde su tumba solitaria queda!
      ¡Compañero leal, valiente amigo!
      ¿Qué dar en galardón y recompensa
      De tu heroico y terrible sacrificio
      A los seres amados que te esperan?
      Ahora ostentará plácida noche.

      En las verdes llanuras del Combeima
      La veste salpicada de vampiros,
      Su nimbo azul de fúlgidas estrellas.
      Las brisas jugarán en los follajes
      Que tu cabaña en el otero cercan...
      Allí del hijo amado hablan gozosos...
      Son sus pasos... Es él, que salvo llega...
      Y duermes ya en la tumba que te dimos
      En el jaral de la marina selva,
      Sólo con los mugidos de los vientos
      Y el retumbo del mar en la ribera.
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    La tumba del soldado
      El vencedor ejército la cumbre
      Salvó de la montaña,
      Y en el ya solitario campamento
      Que de vívida luz la tarde baña,
      Del negro terranova,
      Compañero jovial del regimiento
      Resuenan los aullidos
      Por los ecos del valle repetidos.
      Llora sobre la tumba del soldado,
      Y bajo aquella cruz de tosco leño
      Lame el césped aún ensangrentado
      Y aguarda el fin de tan profundo sueño.
      Meses después, los buitres de la sierra
      Rondaban todavía
      El valle, campo de batalla un día.
      Las cruces de las tumbas ya por tierra...
      Ni un recuerdo ni un nombre...
      Oh no: sobre la tumba del soldado,
      Del negro terranova
      Cesaron los aullidos,
      Mas del noble animal allí han quedado
      Los huesos sobre el césped esparcidos.
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    Las hadas
      Soñé vagar por bosques de palmeras
      Cuyos blondos plumajes, al hundir
      Su disco el Sol en las lejanas sierras,
      Cruzaban resplandores de rubí.

      Del terso lago se tiñó de rosa
      La superficie límpida y azul,
      Y a sus orillas garzas y palomas
      Posábanse en los sauces y bambús.

      Muda la tarde ante la noche muda
      Las gasas de su manto recogió;
      Del indo mar dormido en las espumas
      La luna hallóla y a sus pies el sol.

      Ven conmigo a vagar bajo las selvas
      Donde las Hadas templan mi laúd;
      Ellas me han dicho que conmigo sueñas,
      Que me harán inmortal si me amas tú.
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    Río Moro
      Tu incesante rumor vine escuchando
      Desde la cumbre de lejana sierra;
      Los ecos de los montes repetían
      Tu trueno en sus recónditas cavernas.
      Juzgué por ellos tu raudal, fingíme
      Tras vaporoso velo tu belleza,
      Y ya sobre tu espuma suspendido,
      Gozo en ahogar mi voz en tu bramido.
      ¡Qué mísera ficción! Quizá en mis sueños
      He recorrido tus hermosas playas,
      En esas horas en que el cuerpo muere
      Y adora a Dios en su creación el alma;
      Que sólo dejan en la mente débil
      Pálidas tintas y memorias vagas
      Pero te encuentro grande y majestuoso,
      Rey ponderado del desierto hermoso.
      Bajo el techo de musgos y de pancas,
      Abrigo del viajero solitario,
      El rudo y fatigoso movimiento
      De tus ondas veloces contemplando,
      Del fondo de las selvas me traían
      Las auras tus perfumes ignorados,
      Mezcla del azahar y del canelo,
      Gratos aromas de mi patrio suelo.
      Entonces una lágrima rebelde
      Humedeció mi pálida mejilla,
      Dulce como esas que a los ojos piden
      Caros recuerdos de felices días
      Elocuente, si hay lágrimas que encierren
      La historia dolorosa de una vida;
      Aquí llevóla indiferente el río,
      Murió como las gotas de rocío.
      Eres hermoso en tu furor: del monte
      Lanzado en tu carrera tortuosa,
      Vas sacudiendo la melena cana
      Que los peñascos de granito azota;
      Y detenido, de coraje tiemblas,
      Columpiando al pasar la selva añosa.
      Las nieblas del abismo son tu aliento
      Que en leyes copos despedaza el viento.
      ¿De dó vienes así desconocido
      Con tu lujo y misterios? ¿Gente indiana
      Hacia el Oriente tus orillas puebla
      En verdes bosques y llanuras vastas,
      Cuyo límite azul borran las nubes
      Que en el confín del horizonte vagan?
      Dime, ¿esas tribus que do naces moran,
      Viven felices o miseria lloran?
      Pienso que a orillas del raudal velado
      Por grupos de jazmines y palmeras,
      Púdica virgen de esmeraldas ciñe
      Su negra y abundante cabellera;
      Y acaso el homicidio sangre humana
      A los cristales de tus linfas mezcla,
      Y al odio y al amor indiferente
      Confunde sus despojos tu corriente.
      Vi al pescador de los lejanos valles
      Tus peñas escalando silencioso,
      La guarida buscando de la nutria
      Y el pez luciente con escamas de oro
      Contóme hazañas de su vida errante
      Sentado de mi hoguera sobre el tronco;
      Le vi dormir el sueño de la cuna,
      Y envidié su inocencia y su fortuna.
      La fúnebre viragua repetía
      Sus trinos que saludan al invierno,
      Y luces de topacio y de diamante
      Te daba del relámpago el reflejo;
      En las cavernas tu rumor ahogando
      Tristes gemidos modulaba el viento
      Así admiré tu pompa y hermosura
      Entre las sombras de la noche oscura.
      Viajero de regiones ignoradas,
      ¡Ay! Ni una sola de tus ondas crespas
      A encontrar volveré, ni de mis pasos
      En tus orillas durará la huella.
      Más celosa que el tiempo que convierte
      Ricas ciudades en llanuras yermas,
      Guarda Natura su secreto al hombre
      Y do escribirle osó, borra su nombre.
      Como burbujas en tu manto llevas,
      Irán los soles sobre ti pasando,
      Y te hallarán los de futuros siglos
      Como hoy- undoso, trasparente y raudo.
      No existirá ni la ceniza entonces
      De mí, que rey de la creación me llamo,
      Y si guarda mi nombre el mármol frío,
      Lo hollará con desdén el hombre impío.
      Más felices las flores de tu orilla,
      Nacen, al aire su perfume exhalan,
      Marchitas ya, se mecen en la espuma,
      Y mil, más bellas, sus capullos rasgan
      Más felices tus ondas, al Océano
      Van a gemir en extranjeras playas;
      Y yo con mi ambición pobre y proscrito,
      De mi raza... infeliz purgo el delito.
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    Soñé
      He soñado feliz que a tu morada
      Llévome en alta noche amor vehemente;
      Creí aspirar el delicioso ambiente
      De moribunda lámpara velada.

      Sobre muelles cojines reclinada,
      Dormir fingías voluptuosamente,
      Los cabellos de ébano reluciente
      Sobre el níveo ropaje destrenzaba.

      Trémulo de emoción, tus labios rojos
      Oprimí con mis labios abrasados...
      Pudorosa y amante sonreíste;

      No bajes, por piedad, los dulces ojos,
      Brillen por el placer iluminadas
      Haciendo alegre mi existencia triste.
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    Ten piedad de mí
      ¡Señor! Si en sus miradas encendiste
      Este fuego inmortal que me devora
      Y en su boca fragante y seductora
      Sonrisas de tus ángeles pusiste;

      Si de tez de azucena la vestiste
      Y negros bucles; si su voz canora,
      De los sueños de mi alma arrulladora,
      Ni a las palomas de tu selva diste,

      Perdona el gran dolor de mi agonía
      Y déjame también buscar olvido
      En las tinieblas de la tumba fría.

      Olvidarla en la tierra no he podido.
      ¿Cómo esperar podré si ya no es mía?
      ¿Cómo vivir, Señor, si la he perdido?
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    Ve, pensamiento
      Como las brisas
      De aroma llenas
      De aquellas tardes
      Siempre tan bellas,
      Que ora doliente
      Mi alma recuerda,
      Ve, pensamiento,
      Ve libre y vuela
      Por los collados
      Y las florestas
      Donde pasara
      Mi edad primera.
      En las montañas
      Hay azucenas,
      ¡Ay! ¡Que no nacen
      Ya para ella!
      Como a las cumbres
      Volubles nieblas
      Las matutinas
      Auras elevan,
      Ve, pensamiento,
      Ve libre y vuela
      Por do en cascadas
      El Zabaletas
      Baja formando
      Húmedas vegas.
      Ve, pensamiento,
      Ve libre y vuela
      Por los jardines
      Do amante espíela;
      Do en las auroras,
      De rosas frescas
      Llenar su falda
      La vi risueña...
      ¡Edén perdido!
      ¡Santa inocencia!
      ¡Ángel de un día
      Sobre la tierra!
      Ve, pensamiento,
      Ve libre y vuela,
      Como los vientos
      Que el césped riegan
      Con azahares
      Y rosas muertas...
      ¡Que ya no adornan
      Sus negras trenzas!
      Mi hogar ruinoso
      Cárabos pueblan:
      Por las techumbres
      Rotas, penetra
      Luz de la luna,
      Luz macilenta...
      Como los cierzos
      En noches negras
      Sobre esos muros
      Gimen y vuelan,
      Despedazando
      Su airón de hiedras,
      Ve, pensamiento,
      Ve libre y vuela
      Sobre el sepulcro
      Do la maleza
      Cubre la losa
      Ya cenicienta
      Que sollozantes
      Mis labios besan.
      Llama en su tumba,
      Llama en la puerta
      Que en mi camino
      La muerte cierra;
      Mas si a tus ruegos
      Sorda la encuentras...
      Dolor que matas,
      ¡Bendito seas!
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Rafael Pombo

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    Información biográfica

  1. A intacta
  2. Amor y ausencia
  3. Barcarola
  4. Cucufato y su gato
  5. De noche
  6. Decíamos ayer
  7. Desespereción
  8. Edda / I. Mi amor
  9. Edda / II. Despecho
  10. El gato bandido
  11. El niño y la mariposa
  12. El renacuajo paseador
  13. El último instante
  14. Elvira Tracy
  15. En el Niágara
  16. Estrofa
  17. Éxtasis
  18. La hora de tinieblas
  19. La pobre viejecita
  20. La tormenta de verano
  21. Los filibusteros
  22. Mi tipo
  23. Mirringa Mirronga
  24. Noche de diciembre
  25. Pastorcita
  26. Preludio de primavera
  27. Siempre
  28. Simón el bobito
  29. Súplica
  30. Torbellino a misa
  31. Un beso
  32. Vals
  33. Valsando


Información biográfica
    Nombre: José Rafael de Pombo Rebolledo
    Lugar y fecha nacimiento: Bogotá (República de la Nueva Granada), 7 de noviembre de 1833
    Lugar y fecha defunción: Bogotá (Colombia), 5 de mayo de 1912 (78 años)
    Ocupación: Escritor, poeta
    Movimiento: Romanticismo

    Fuente: [Rafael Pombo] en Wikipedia.org
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    A intacta
      ¿No sientes tú que tu exquisita boca
      Pide otra boca que se estampe en ella,
      Y un mirar que incendiador destella
      La bomba de los ósculos provoca?

      ¿Que para cárcel de tu pecho es poca
      Esa malla que mórbido atropella;
      Y en fin, que cuando Dios te hizo tan bella
      No dijo: "Esto se mira y no se toca"?

      ¿No sientes que tú misma no te sientes
      En todo tu sabor mientras no expriman
      En ti tu rico jugo extraños dientes?

      ¿Y que aguardas los brazos que te opriman
      Tal como inerte y mudo aguarda el piano
      De ágil virtuoso la potente mano?
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    Amor y ausencia
      ¡Qué dulce sabe el amor
      Tras el dolor de la ausencia
      Cuando hay fiel correspondencia
      Entre amada y amador!

      Cuando, en su separación,
      Cual la amante aguja esclava
      Del Norte, siempre apuntaba,
      Uno al otro corazón;

      Cuando el sol que alumbra el día,
      ¡Día de eterno desearse!
      Tan sólo para buscarse
      Al uno y otro servía,

      Y la enamorada bella
      Soñaba sueños de miel
      Con su amado, y jamás él
      Soñaba sino con ella.

      Cuando sordos los oídos
      Y los ojos con ceguera,
      Cuando de su amor no fuera
      Les hablaba sin sentidos.

      Y querrían que hasta el viento,
      En todo tiempo y lugar
      Les hablara sin cesar
      De su único pensamiento...

      Y la más preciosa estrella
      Y el más bello ángel de Dios
      Era feo para los dos,
      Porque no era ni él ni ella.

      Porque fuera de su amor,
      No había mundo ni vida
      Y era hermosura perdida
      Cuanto más hizo el Señor.

      No vuelvas ni a mi memoria
      ¡O infierno del mal ausente!
      Con razón dice el creyente
      Que ver a Dios es la gloria:

      Que el infinito consuelo
      Que siento al volverte a ver,
      Me dice cuál ha de ser
      El de ver al Dios del Cielo.

      ¡Oh Dios! Hasta en tu rigor
      Reconozco tu clemencia.
      Por tu bondad es la ausencia
      Resurrección del amor.

      ¡Tú no sabes, vida mía,
      Cuán bella te encuentro ahora
      Y cómo te ama y te adora
      El que apenas te quería!

      Como el campo al redimido
      Bajo de un cielo esplendente,
      O como al convaleciente
      El bocado apetecido.
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    Barcarola
      Al rayo de la luna,
      Fanal de mi fortuna,
      Que boga por el río
      Ligero de ola en ola,
      Te cantaré, bien mío,
      Mi dulce barcarola.

      Al golpe de los remos
      Durmamos y soñemos
      Que vamos por el río
      Bogando de ola en ola
      Cantándote, amor mío,
      Mi dulce barcarola.

      ¡Qué sueño más precioso
      Que en este tiempo hermoso
      Por este mismo río
      Bogando de ola en ola,
      Cantándote, bien mío,
      Tu dulce barcarola!

      O escucha: no cantemos,
      Durmamos o soñemos,
      Que al verte al lado mío
      Enamorada y sola...
      Siguió cantando el río
      Mi dulce barcarola.
    Arriba

    Cucufato y su gato
      Quiso el niño Cutufato
      Divertirse con un gato;
      Le ató piedras al pescuezo,
      Y riéndose el impío
      Desde lo alto de un cerezo
      Lo echó al río.

      Por la noche se acostó;
      Todo el mundo se durmió,
      Y entró a verlo un visitante
      El espectro de un amigo,
      Que le dijo: ¡Hola! Al instante
      ¡Ven conmigo!

      Perdió el habla; ni un saludo
      Cutufato hacerle pudo.
      Tiritando y sin resuello
      Se ocultó bajo la almohada;
      Mas salió, de una tirada
      Del cabello

      Resistido estaba el chico;
      Pero el otro callandico,
      Con la cola haciendo un nudo
      De una pierna lo amarró,
      Y, ¡qué horror!, casi desnudo
      Lo arrastró.

      Y voló con él al río,
      Con un tiempo oscuro y frío,
      Y colgándolo a manera
      De un ramito de cereza
      Lo echó al agua horrenda y fiera
      De cabeza

      ¡Oh! ¡Qué grande se hizo el gato!
      ¡Qué chiquito el Cutufato!
      ¡Y qué caro al bribonzuelo
      Su barbarie le costó!
      Mas fue un sueño, y en el suelo
      Despertó.
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    De noche
      No ya mi corazón desasosiegan
      Las mágicas visiones de otros días.
      ¡Oh Patria! ¡Oh casa! ¡Oh sacras musas mías!
      ... ¡Silencio! Unas no son, otras me niegan.

      Los gajos del pomar ya no doblegan
      Para mí sus purpúreas ambrosías;
      Y del rumor de ajenas alegrías
      Sólo ecos melancólicos me llegan.

      Dios lo hizo así. Las quejas, el reproche
      Son ceguedad. ¡Feliz el que consulta
      Oráculos más altos que su dueño!

      Es la Vejez viajera de la noche;
      Y al paso que la tierra se le oculta,
      Ábrese amigo a su mirada el cielo.
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    Decíamos ayer
      Sobre tema de Ella Wheeler, dedicado a mi amigo C. M. S.

      Como Fray Luis tras de su largo encierro
      "Decíamos ayer...", también digamos.
      ¿Han pasado años? En la cuenta hay yerro,
      O nosotros con ellos no pasamos.

      Donde ayer lo dejamos, dulce dueño.
      Recomencemos. Recogiendo amantes.
      Los rotos hilos del antiguo sueño.
      Sigamos arrullándolo como antes.

      Respetuosa apartemos la mirada
      De tumbas que haya entre partida y vuelta.
      Y si hubiere una lágrima ya helada
      Ruede al calor del corazón disuelta.

      Olvidemos la herrumbre que en el oro
      De la rica ilusión depuso el llanto,
      Y los hielos que pálido, inodoro
      Dejaron el jardín que amamos tanto.

      Olvidemos el hado que hizo injusto
      De nuestros corazones su juguete,
      Y regalemos la orfandad del gusto
      Con el añejo néctar del banquete.

      ¡No es tarde, es tiempo! Olvida la ígnea huella
      Que al arador pesar cruzó en frente.
      Para mis ojos tú siempre eres bella
      Yo para ti soy llama siempre ardiente:

      Llama que hoy mismo a mi pupila fría
      Surge desde el recóndito santuario
      Pese a la nieve que en mi sien rocía
      El invierno precoz del solitario.

      Mírame en estos ojos que tu imagen
      Estáticos copiaron tantas veces.
      Allí estas tú, sin lágrimas que te ajen
      Ni tiempo que interponga sus dobleces.

      Búscame sólo allí, que yo entretanto
      En los tiernos abismos de tus ojos
      Torno a encontrar mi disipado encanto,
      La juventud que te ofrendé de hinojos.

      ¡Mi juventud!, espléndida al intenso
      Reverberar de tu alma ingenua y pura,
      Con brisas de verano por incienso,
      Y por palma de triunfo tu hermosura.

      ¡Mi juventud!, por título divino
      Espigadora en todo lo creado;
      Nauta en persecución del vellocino
      De cuanto fuese de tu culto agrado.

      Islas de luz del cielo, margaritas
      De colgantes jardines y hondos mares,
      Néctar de espirituales sibaritas,
      Soplos de Dios a humanos luminares:

      Las miradas del sabio más profundas
      Y del tal vez más sabio anacoreta;
      Las perlas de Arte, hijas de amor fecundas;
      La suma voz de todo gran poeta.

      Esas trombas de lírica armonía,
      Infiernos de pasión divinizados,
      En que nos arrebatan a porfía
      Todos los embelesos conjurados:

      Auras de aquella cima do confluyen
      Hermosura y Verdad, pareja santa,
      Y las dos una misma constituyen,
      Y espíritu de amor sus nupcias canta.

      Buscar palabra al silencioso drama
      De la contemplación, mística guerra
      Entre Dios, Padre amante que reclama
      Al eterno extranjero de la tierra;

      Y esta madre de muerte, inmensa y bella
      Venus que al por nos nutre y nos devora,
      Y presintiendo que escapamos de ella
      Con tanto hechizo nos abraza y llora.

      Leer amor en tanta ruda espina
      Que escarnece a la fe y angustia al bueno.
      Mostrar flores del alma en la ruina,
      Luz en la oscuridad, oro en el cieno.

      La flor de cuanto existe, oro celeste,
      Único que halagando tu alma noble
      Brindara en vago esparcimiento agreste
      A nuestro doble ser regalo doble;

      Tal era mi tributo. Una confianza,
      Una sonrisa, una palabra tuya,
      Retorno abrumador, que en mi balanza
      Dios, no un mortal, será quien retribuya.

      Pero todo en redor, la limpia esfera,
      El bosque, el viento, el pajarillo amable
      Semejaba, en tu obsequio, que quisiera
      Pagar por mí la dádiva impagable.

      Aún veo sobre el carbón de tus pupilas
      El arrebol fascinador de ocaso;
      Veo la vacada, escucho las esquilas:
      Va entrando en su redil paso entre paso.

      Escucha, recelosa de la sombra,
      La blanda codorniz que al nido llama
      Y al sentirnos parece que te nombra
      Y que por verte se empinó en la rama.

      Escúchate a ti misma entre el concento
      De aquella fiesta universal de amores,
      Cuando nos coronaba el firmamento
      Ciñéndonos de púrpura y de flores.

      Esas flores murieron. Pero, ¿has muerto
      Tú, fragancia inmortal del alma mía?
      Años y años pasaron. Pero, ¿es cierto
      O es visión que existimos todavía?

      Juntos aquí como esa tarde estamos,
      Y el mismo cielo es ara suntuosa
      De aquel amor que entonces nos juramos
      Y hoy, en los mismos dos, arde y rebosa.

      Ahí está el campo, el mirador collado,
      El pasmoso horizonte, el sol propicio;
      La cúpula y el templo no han variado.
      Vuelva el glorificante sacrificio.

      ¿Y no ha herido tal vez tu fantasía
      Que aquella tarde insólita, imponente,
      Fue sólo misteriosa profecía
      De este misteriosísimo presente...?

      En aquel himno universal, un dejo
      Percibí melancólico; y al fondo
      De una lágrima tuya vi el bosquejo
      Del duelo que hoy en lo pasado escondo.

      Pasó... Pero esa tarde en su misterio
      Citó para otra tarde nuestra vida.
      Y hela aquí. El alma recobró su imperio
      Del sol abrasador a la caída.

      ¡La tarde!, la hora del perfecto aroma,
      La hora de fe, de intimidad perfecta,
      Cuando Dios sobre el sol que se desploma
      El infinito incógnito proyecta.

      Cuanto es ya el suelo en fuego y tintes falto,
      Es de ardiente el espíritu y profundo;
      Y abiertas las esclusas de lo alto
      Flotamos como en brisas de otro mundo.

      Ve cómo el blanco Véspero fulgura,
      Pasando intacto el arrebol sangriento.
      ¡Es la Amistad!, la roca firme y pura
      Que sirve a nuestro amor de hondo cimiento.

      Nadie dejó de amar si amó de veras.
      Cuando en árido tronco te encarnices
      Con la segur, tal vez lo regeneras
      Si son como las nuestras sus raíces.

      Y antes te sonará más dulcemente
      Templada en el raudal de los gemidos,
      La antigua voz que murmuraba ardiente
      La música de mi alma en tus oídos.

      ¿Han pasado años?... Puede ser. ¿Quién halla
      Que el Tiempo sólo arrumbe o dañe o borre?
      ¡Cuánta espina embotó! ¡Qué de iras calla!
      ¡Su olvido a cuántos míseros socorre!

      Para los dos el ministerio suyo
      Fue de ungido de Dios y extremo amigo.
      Te veo sagrada, y sacro cuanto es tuyo,
      Y como de un cristal al casto abrigo.

      En torno a ti, y a cuanto es tuyo, encuentro
      Halo de luz, atmósfera de santo;
      Como al santuario a visitarte hoy entro
      Y algo hay solemne en tu adorable encanto.

      ¡Dulce es sentir que hay almas, y que aman!
      Su amor... inerme el tiempo para ellas...
      Las vuelve, al Dios que férvidas aclaman,
      Como Él las hizo... jóvenes y bellas.

      Han pasado años, sí... ¡por fin pasaron!
      ¡Rudo tropel que atravesó el camino!
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    Desespereción
      Mal viajero, mis ojos buscan y ala posada.
      Al comenzar apenas la terrenal jornada
      Estoy cansado ya.

      Ni espero, ni deseo mejorar de camino,
      Sólo quiero acabar, mal o bien mi destino,
      Y a pasar más allá.

      No ha sido el alma mía creada para el mundo,
      Me separa su abismo, cada vez más profundo.
      Estoy de más aquí.

      Y de todos los bienes que depara la suerte,
      Sean bienes o sean males, solamente la muerte
      Fuera un mal para mí.

      ¡Basta, triste comedia de esperanza y paciencia,
      Hipócrita alegría, estólida prudencia,
      Máscara de dolor!

      No trato de hacer frases ni de reunir vocablos,
      Sino de preguntarte por qué, para qué diablos
      Me creaste, oh Señor.
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    Edda / I. Mi amor
      Era mi vida el lóbrego vacío;
      Era mi corazón la estéril nada;
      Pero me viste tú, dulce amor mío,
      Y creóme un universo tu mirada.

      A ese golpe mis ojos encontraron
      Bella la tierra, el ánima divina;
      Mundos de sentimientos en mí botaron
      Y fue tu sombra el sol que me ilumina.

      Si esto es amor, ¡oh joven! yo te amo,
      Y si esto es gratitud, yo te bendigo;
      Yo mi adorado, mi señor te llamo,
      Que otras te den el título de amigo.
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    Edda / II. Despecho
      Te amé como la gran naturaleza
      Ama el abrazo matinal del sol;
      Cual la huérfana el nombre de su padre,
      Cual la virtud la bendición de Dios.

      Tú para mí eras todo, el cielo, el mundo,
      Los sueños, las creencias, el hogar.
      Faltando tú, vivir era imposible;
      Contigo, amada, inconcebible el mal.

      ¡Ah! Qué feliz soñaba ser un día
      Cuando "mi esposo" te llamara yo;
      Sin más ya que anhelar sobre la tierra,
      Mío al fin tu anhelado corazón.

      ¡Por ti adorada, para ti nacida,
      Hermosa y buena, y sólo para ti!
      Haciéndote el dichoso de dichosos,
      Y aún más dichosa viéndote feliz.

      Viendo en tu amor mecerse mi existencia
      Cual nubecilla blanca en cielo azul;
      Esposa el más claro de los hombres;
      ¡Madre por ti, de hijos como tú!

      ¡Oh recuerdos benditos, oh maldita
      Fúnebre realidad! ¡Oh Dios cruel,
      Por qué nos prometiste tanta dicha
      Para venir a darnos tanta hiel!

      No, Dios no puede ser; tú solo fuiste.
      ¿Quién, quién te dio la dicha de los dos
      Para abismarla así cual niño estúpido
      Y como un niño lamentarla hoy?

      Era acaso ridículo juguete,
      Insecto vil que se arrastró a tus pies,
      Una mujer que alzándote a los cielos...
      Los cielos se vengaron, ¡blasfemé!
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    El gato bandido
      Michín dijo a su mamá:
      "Voy a volverme Pateta,
      Y el que a impedirlo se meta
      En el acto morirá.
      Ya le he robado a papá
      Daga y pistolas; ya estoy
      Armado y listo; y me voy
      A robar y matar gente,
      Y nunca más (¡ten presente!)
      Verás a Michín desde hoy".
      Yéndose al monte, encontró
      A un gallo por el camino,
      Y dijo: "A ver qué tal tino
      Para matar tengo yo".
      Puesto en facha disparó,
      Retumba el monte al estallo,
      Michín maltrátase un callo
      Y se chamusca el bigote;
      Pero tronchado el cogote,
      Cayó de redondo el gallo.
      Luego a robar se encarama,
      Tentado de la gazuza,
      Al nido de una lechuza
      Que en furia al verlo se inflama,
      Mas se le rompe la rama,
      Vuelan chambergo y puñal,
      Y al son de silba infernal
      Que taladra los oídos
      Cae dando vueltas y aullidos
      El prófugo criminal.
      Repuesto de su caída
      Ve otro gato, y da el asalto
      "¡Tocayito, haga usted alto!
      ¡Déme la bolsa o la vida!"
      El otro no se intimida
      Y antes grita: "¡Alto el ladrón!"
      Tira el pillo, hace explosión
      El arma por la culata,
      Y casi se desbarata
      Michín de la contusión.
      Topando armado otro día
      A un perro, gran bandolero,
      Se le acercó el marrullero
      Con cariño y cortesía:
      "Camarada, le decía,
      Celebremos nuestra alianza";
      Y así fue: diéronse chanza,
      Baile y brandy, hasta que al fin
      Cayó rendido Michín
      Y se rascaba la panza.
      "Compañero", dijo el perro,
      "Debemos juntar caudales
      Y asegurar los reales
      Haciéndoles un entierro".
      Hubo al contar cierto yerro
      Y grita y gresca se armó,
      Hasta que el perro empuñó
      A dos manos el garrote:
      Zumba, cae, y el amigote
      Medio muerto se tendió.
      Con la fresca matinal
      Michín recobró el sentido
      Y se halló manco, impedido,
      Tuerto, hambriento y sin un
      Real.

      Y en tanto que su rival
      Va ladrando a carcajadas,
      Con orejas agachadas
      Y con el rabo entre piernas,
      Michín llora en voces tiernas
      Todas sus barrabasadas.
      Recoge su sombrerito,
      Y bajo un sol que lo abrasa,
      Paso a paso vuelve a casa
      Con aire humilde y contrito.
      "Confieso mi gran delito
      Y purgarlo es menester",
      Dice a la madre "Has de ver
      Que nunca más seré malo,
      ¡Oh mamita!Dame palo
      ¡Pero dame qué comer!"
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    El niño y la mariposa
      Mariposa,
      Vagarosa
      Rica en tinte y en donaire
      ¿Qué haces tú de rosa en rosa?
      ¿De qué vives en el aire?

      Yo, de flores
      Y de olores,
      Y de espumas de la fuente,
      Y del sol resplandeciente
      Que me viste de colores.

      ¿Me regalas
      Tus dos alas?
      ¡Son tan lindas! ¡Te las pido!
      Deja que orne mi vestido
      Con la pompa de tus galas.

      Tú, niñito
      Tan bonito,
      Tú que tienes tanto traje,
      ¿Por qué quieres un ropaje
      Que me ha dado Dios bendito?

      ¿De qué alitas
      Necesitas
      Si no vuelas cual yo vuelo?
      ¿Qué me resta bajo el cielo
      Si mi todo me lo quitas?

      Días sin cuento
      De contento
      El Señor a ti me envía;
      Mas mi vida es un solo día,
      No me lo hagas de tormento.

      ¿Te divierte
      Dar la muerte
      A una pobre mariposa?
      ¡Ay¡ Quizás sobre una rosa
      Me hallarás muy pronto inerte.

      Oyó el niño
      Con cariño
      Esta queja de amargura,
      Y una gota de miel pura
      Le ofreció con dulce guiño.

      Ella, ansiosa,
      Vuela y posa
      En su palma sonrosada,
      Y allí mismo, ya saciada,
      Y de gozo temblorosa,
      Expiró la mariposa.
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    El renacuajo paseador
      El hijo de rana, Rinrín renacuajo
      Salió esta mañana muy tieso y muy majo
      Con pantalón corto, corbata a la moda
      Sombrero encintado y chupa de boda.

      -¡Muchacho, no salgas!- le grita mamá
      Pero él hace un gesto y orondo se va.

      Halló en el camino, a un ratón vecino
      Y le dijo: -¡Amigo!- venga usted conmigo,
      Visitemos juntos a doña ratona
      Y habrá francachela y habrá comilona.

      A poco llegaron, y avanza ratón,
      Estírase el cuello, coge el aldabón,
      Da dos o tres golpes, preguntan: ¿quién es?
      -Yo doña ratona, beso a usted los pies.

      -¿Está usted en casa? -Sí señor, sí estoy,
      Y celebro mucho ver a ustedes hoy;
      Estaba en mi oficio, hilando algodón,
      Pero eso no importa; bienvenidos son.

      Se hicieron la venia, se dieron la mano,
      Y dice Ratico, que es más veterano:
      Mi amigo el de verde rabia de calor,
      Démele cerveza, hágame el favor.

      Y en tanto que el pillo consume la jarra
      Mandó la señora traer la guitarra
      Y a renacuajo le pide que cante
      Versitos alegres, tonada elegante.

      -¡Ay! De mil amores lo hiciera, señora,
      Pero es imposible darle gusto ahora,
      Que tengo el gaznate más seco que estopa
      Y me aprieta mucho esta nueva ropa.

      -Lo siento infinito, responde tía rata,
      Aflójese un poco chaleco y corbata,
      Y yo mientras tanto les voy a cantar
      Una cancioncita muy particular.

      Mas estando en esta brillante función
      De baile y cerveza, guitarra y canción,
      La gata y sus gatos salvan el umbral,
      Y vuélvese aquello el juicio final.

      Doña gata vieja trinchó por la oreja
      Al niño Ratico maullándole: ¡Hola!
      Y los niños gatos a la vieja rata
      Uno por la pata y otro por la cola.

      Don Renacuajito mirando este asalto
      Tomó su sombrero, dio un tremendo salto
      Y abriendo la puerta con mano y narices,
      Se fue dando a todos noches muy felices.

      Y siguió saltando tan alto y aprisa,
      Que perdió el sombrero, rasgó la camisa,
      Se coló en la boca de un pato tragón
      Y éste se lo embucha de un solo estirón.

      Y así concluyeron, uno, dos y tres
      Ratón y Ratona, y el Rana después;
      Los gatos comieron y el pato cenó,
      ¡Y mamá Ranita solita quedó!
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    El último instante
      Si sólo un instante resta
      A nuestro amor desgraciado,
      Y si ese instante ha llegado
      Para nunca más volver.

      ¡Deja, por Dios, este instante
      Que te acaricie y te adore,
      Que dé amor y angustia llore,
      Y que llore de placer!

      Postrer vez tus blandas formas
      Sobre mi amante regazo,
      Tu cuello sobre mi brazo
      Y el otro en torno de ti.

      Locos, atónitos, ebrios,
      En delicioso desmayo,
      Pidamos que venga un rayo
      A refundirnos así.

      ¡Al negro umbral de un infierno
      De sufrimiento infinito,
      Den nuestras almas un grito
      De inmensa felicidad!

      Que nunca nieguen que amaron,
      Que un paraíso perdieron:
      ¡Soñaron cuanto quisieron,
      Y ese sueño fue verdad!

      ¡Venga un beso! Y sea más dulce
      Que aquel primer dulce beso,
      Y el mismo ardiente embeleso
      Timbre en tu mágica voz.

      Gocemos cual dos que ausentes
      Tornan al fin a abrazarse,
      No cual dos que al separase
      Se dan el último adiós.

      ¿Último? No, amada mía,
      Que el corazón con que te amo
      Fiel a ti como a su amo
      El perro del montañés

      Del naufragio de la vida
      Me rescatará triunfante
      Para que venga anhelante
      A deponerlo a tus pies.

      ¿Último? No, que a despecho
      Del envidioso destino,
      No ha de faltarme camino
      Para volver hasta ti;

      Ave de amor que anidaste,
      Yo sabré tender el vuelo
      Tras del ángel hasta el Cielo,
      Tras de la mujer aquí.

      Mas mientras llega la hora
      Del recuerdo y de la ausencia
      Y unida con tu existencia
      Veo mi existencia correr;

      ¡Deja, por Dios, este instante
      Que te acaricie y te adore,
      Que de amor y angustia llore,
      Y que llore de placer!
    Arriba

    Elvira Tracy
      ¡He aquí del año el más hermoso día,
      Digno del paraíso! ¡Es el temprano
      Saludo que el otoño nos envía;
      Son los adioses que nos da el verano!

      Ondas de luz purísima abrillantan
      La blanca alcoba de la dulce Elvira;
      Los pajarillos cariñosos cantan,
      El perfumado céfiro suspira.

      He allí su tocador: aún se estremece
      Cual de su virgen forma al tacto blando.
      He allí a la madre de Jesús: parece
      Estar sus oraciones escuchando.

      ¡Un féretro en el centro, un paño, un Cristo!
      ¡Un cadáver! ¡Gran Dios!... ¡Elvira!... ¡Es ella!
      Alegremente linda ayer la he visto.
      ¿Y hoy? Hela allí... ¡Solamente bella!

      ¡No ha muerto: duerme! ¡Vedla sonreída!
      Ayer, en esta alcoba deliciosa,
      Feliz soñaba el sueño de la vida;
      ¡Hoy sueña el de una vida aún más dichosa:

      Ya de la rosa el tinte pudibundo
      Murió en su faz; pero en augusta calma
      La ilumina un reflejo de otro mundo
      Que al morir se entreabrió para su alma.

      Ya para los sentidos no se enciende
      La efímera beldad de arcilla impura:
      Mas, tras de ella, el espíritu sorprende
      La santa eternidad de otra hermosura.

      Cumplió quince años; ¡ay, edad festiva,
      Mas misteriosa y rara; edad traidora!
      ¡Cuando es la niña para el hombre esquiva,
      Y a los ángeles férvida enamora!

      ¡Pobre madre! ¡Del hombre la guardaste,
      Pero esconderla a su ángel no supiste!
      ¡La vio, se amaron, nada sospechaste
      Y en el impensado instante la perdiste!

      Vio al expirar a su ángel adorado
      Y abrió los ojos al fulgor del cielo,
      Y dijo: -El sacrificio ha terminado.
      ¡Ven vámonos a casa!- y tendió el vuelo.

      ¡Por eso luce tan hermoso el día
      Indiferente al llanto que nos cuesta!
      Hoy hay boda en el cielo; él se gloria:
      ¡La patria de la novia está de fiesta!
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    En el Niágara
      (Contemplación)

      Dedicada en prenda de respetuosa admiración
      Y de profundo reconocimiento
      A la señora María Juana Christie de Serrano

      ¡Ahí estás otra vez...! El mismo hechizo
      Que años ha conocí, monstruo de gracia,
      Blanco, fascinador, enorme, augusto,
      Sultán de los torrentes,
      Muelle y sereno en tu sin par pujanza.
      ¡Ahí estás siemprem el Niágara! Perenne
      En tu extático trance, en ese vértigo
      De voluntad tremenda, sin cansarte
      Nunca de ti, ni el hombre de admirarte.

      ¡Cómo cansarse! La belleza activa,
      La siempre viva, porque siempre pura,
      No puede fatigar. Hija perfecta
      Sin medio humano, del excelso fiat
      Que perpetuaron leyes inviolables
      En su incesante acción; mimada hermana
      Del firmamento, de la luz, del aire;
      Huésped no expulsado del Edén perdido;
      Esta hermosura es creación constante
      Y original, donde trasciende el soplo
      De su autor soberano. Algo nos dice
      Que allí está Dios: el néctar de embeleso
      Y de reparación que a un tiempo mana.
      Al contemplarla en nuestro fondo bullen
      Los dormitados gérmenes divinos,
      Cual hierve al sol el ánima viviente
      De la naturaleza; y surge ansioso
      El amor de familia, el de la eterna
      E indisoluble y como al mar la gota
      Emancipada al fin de térreos lazos,
      Como del pecho de la madre el niño,
      Mudos de íntimo gozo nos prendemos
      En comunión de eternidad con ella.

      ¿Podrá Dios fatigar? ¡Ah! En lo que hastía
      Hay encanto letal, triste principio
      De inercia, hostil a Dios, germen de muerte,
      Gangrena de las almas secuestradas
      De su raudal vivífico...

      Mas, ¿dónde mi mente descendió?
      Llámala al punto,
      ¡Oh Niágara! Y en ti la imagen vea
      De las almas triunfantes; mire al héroe
      Sublime en su martirio; al genio mire
      Sereno en la conciencia de su fuerza.
      Distráeme, diviérteme, museo
      De cataratas, fábrica de nubes;
      Mar desfondado al peso de tus ondas;
      Columnas que un omnipotente Alcides
      Descolgó del Olimpo, entre dos vastos
      Mediterráneos piélagos de un mundo.

      Sigues, gigante excéntrico, gozando
      Tu solitaria, inmemorial locura,
      Digna de un Dios. Descadenada sueltas
      Del valle por la rápida pendiente
      Tu oceánica mole, y poseído
      dDel rapto a que impetuoso te abandonas
      Ebrio del regocijo de tu fuerza,
      No adviertes que ya el hombre ha sorprendido
      Este retozo de titán, violando
      La agreste soledad, y que en tus bordes
      La hormiga semidiós bulle y se empina
      A medirse contigo... ¡Ah, qué te importa!
      No cabes en la tierra, y de un arranque
      Vas a tomar por lecho el océano.

      De los más lejos términos del globo
      A visitarte viene y a elevarse
      Con tu contemplación, reconociéndote
      Sin rival hermosura. En tus orillas
      Un sentimiento en lenguas mil proclamas
      La grandeza de Dios y el inocente
      Triunfo de la inmortal naturaleza.
      Heredia te tributa entusiasmado
      El Niágara de su alma, pavoroso
      Muy más que el de tus ondas; el activo
      Cíclope anglosajón, probando al mundo
      Que es digno amo de ti, con puente aéreo
      Salva tu abismo inmenso, y por su mano
      Te da su abrazo atlético de hierro
      Esto que el hombre (insecto de un instante
      Y atolondrado por su instante) llama
      La civilización. El cielo mismo
      Tiende a tus pies esos divanes de ángeles,
      Nácar del firmamento, y oponiendo
      A un puente, mil; al arte de los hombres
      El del Señor, suspende caprichoso,
      Cual la sonrisa de la paz del alma
      Entre los estertores del que muere,
      Su iris tranquilo en medio a tu desastre.

      Basta para tu gloria, insigne muestra
      Del manantial de las bellezas; ara
      De la perpetua admiración del hombre.
      Yo, nada podré darte, aunque aspirara
      A unir mi nombre a tu famoso nombre;
      Que soy la misma sombra que otro día
      A tus umbrales se asomó impasible.
      Fantasma evanescente que en silencio
      Va atravesando entre tu niebla fría...
      Si al estruendo volcánico, profundo
      De tu derrumbamiento, cimbra en torno
      La tierra estremecida, el viento llora
      Y aún tu cuenca de piedra conmovida,
      Sonora te responde; ¡ay! entretanto
      Sordo mi corazón no te percibe
      Ni en mi alma hierve el frenesí del canto.

      Pero, ¿qué a ti, si el mismo de aquel día
      Ahí estás, en tu pompa y magno aliento,
      Como yo aquí, perenne en mi aislamiento
      Y en su tedio infinito el alma mía?
      Hoy te recorren otra vez mis ojos,
      Mustios y melancólicos como antes.

      Divino anfiteatro
      Do entre un misterio de borrasca y nieblas
      Luchan, cual en eterna pesadilla,
      Monstruos de roca y amazonas de agua.
      En mí no hay lucha, no; y en tu presencia,
      Más que tu alta beldad, me maravilla
      Mi absorta postración, mi indiferencia.

      Ese lago de leche que dormido
      Yace a tus pies; esas tendidas hojas
      De cuajada esmeralda, opacas, turbias,
      Manto marino que tu cauce vela,
      Cuyas inertes, aplanadas olas
      Atónitas al golpe, ignoran dónde
      Seguir corriendo; ese ancho remolino
      Que abajo las aguarda, y retorciéndose
      Al empuje del mar que los violenta
      Yérguese al centro, y cual pausada boa
      En silencio fatal se enrosca, y nunca
      Suelta la presa que atrayente arrolla
      Allí más bien estoy; ese el mar muerto
      De mi existencia, y el designio arcano
      Que en giro estéril me aletarga y me hunde.

      ¿Dónde, oh Heredia, tu terror? Lo anhelo
      Y no puedo encontrarlo. ¡Ah! No serías
      Tan infeliz cuando esto te aterraba.
      Si aquí la dicha palidece y tiembla,
      Aquí por fín respira
      La desesperación: sobre estos bordes
      Alza ella sus altares; de ese abismo
      En el tartáreo fondo
      A voluptuosidades infernales
      Un genio tentador la está llamando...
      No, nada alcanza a dar pavor en toda
      La alma naturaleza; el mal más grave
      Que hace, es un bien: servirnos una tumba,
      Un lecho al fatigado. Ella es un niño,
      Siempre inocente, y candorosa, y dulce,
      Podriza; en fin que la bondad del cielo
      concedió al hombre...
      El hombre, ese es el monstruo
      (Bien lo supiste, Heredia) ese es el áspid
      Cuyo contacto me estremece; el áspid
      Que cuerpo y alma pérfido emponzoña.

      Sempiterno Satán de ajenas vidas
      Y aún de la propia; turbador de tanto
      Terrenal paraíso que Natura
      Brinda obsequiosa, y de cualquiera escena
      De orden y paz, beldad que a su memoria
      Presentará la aborrecida imagen
      Del malogrado bienestar celeste.
      El hombre, injerto atroz de ángel y diablo,
      Enemigo mortal de cuanto asciende
      La escala etérea en descollante copia
      De la Divinidad. ¡Aporte, oh monstruo!
      ¡Aquí Naturaleza! Yo, a la vista
      De este río de truenos – fulgurante
      Cometa de Las aguas – no querría
      Sino abrazarme de él, como aquel iris
      Que en su columna espléndida serpea.
      Y como él, ni sentido, ni sensible
      Desaparecer... eres tan grande, oh Niágara,
      Es tan irresistible tu embeleso,
      Tu majestad, que el infortunio humano,
      A no haber otro dios, te adoraría;
      Dios de la blanda muerte, a quien en vano
      Jamás acudiría
      A descargar su insoportable peso...

      -¿Perdón, oh madre mía,
      Mártir idolatrada! Hoy es la fecha
      En que allá en nuestro hogar, alegre un tiempo,
      Tu nombre festejábamos. ¡Imploro
      De hinojos tu perdón! No es culpa tuya
      Deberte yo tan miserable vida.
      Hoy me salvas de nuevo; hoy, por ti sola,
      Por tu ternura infatigable, ardiente,
      Tu hijo infeliz se inmola,
      Se inmola, sí, viviendo nuevamente..

      Aquí, al salir del templo, venir usan
      Los desposados. Su segundo templo,
      Su ara de amor es ésta; aquí se sienten
      Como fuera del mundo, y ya en los brazos
      De ese Dios, todo amor, todo clemencia,
      Que los bendijo; y al más bello y puro
      Torrente arrojan el jazmín primero
      De su fresca guirnalda...
      ¡Duerme, duerme
      Casta y dulce visión! Duerme al arrullo
      Del mismo padre Niágara que un día
      Recién nacida te arrulló*, y no ha mucho
      Recién feliz te prometió arrullarte.

      Duerme, y al par que a tus guirnaldas llegue
      El perdurable réquiem que él te canta.
      Llegue a tu alma mi oración profunda,
      Llegue mi bendición a tu memoria.
      Bendita porque amaste; más bendita
      Por no ser ya mujer, porque moriste,
      Y desapareciste, y descansaste,
      Y descansó mi espíritu en tu fosa.

      Todo acabó, perfectamente todo,
      Como el Señor lo quiso... Hoy el ausente
      Regresa al fin cerca de ti. Bien cerca
      Estamos otra vez: tú en tu sepulcro
      Muerta, es verdad... y yo quizá más muerto
      Que tú, sobreviviéndome a mí mismo...

      ¡Silencio, paz! No turbarán mis voces
      A la que fue; más fácil turbarían,
      Niágara, tu tremendo arrobamiento.
      En ti parece que comienza el mundo
      Soltándose de manos del Eterno
      Para emprender su curso sempiterno
      Por el éter profundo
      Eres el cielo que a cubrir la tierra
      Desciendes, y velada en blancas nubes
      La majestad de Dios baja contigo.

      Siempre nuevo, brillante, en movimiento
      Siempre fecundo, poderoso y fuerte
      Como el vivo raudal de hirviente savia
      Que de los pechos deslumbrantes brota
      De la madre común naturaleza,
      Despliegas tu grandeza en tu caída,
      Y alzas de aquel abismo al firmamento
      El himno de la fuerza y de la vida.
      Mas para mí la vida es un sarcasmo,
      Mi mundo ha concluido
      Mi alma es hoy incapaz del entusiasmo
      Y al quererte cantar, mi canto fuera
      Del despecho el rugido,
      O un de profundis de cansancio y muerte.

      Por variar de tedio únicamente.
      A contemplarte, Niágara, he venido;
      Y al volverte la espalda indiferente
      Limpio de tu vapor mi helada frente
      Y te pago tu olvido con olvido.
    Arriba

    Estrofa
      Dicen que impreso en las pupilas queda
      Los ojos del muerto el matador,
      Estoy muerto, no sé,
      Mas no hay quien pueda los míos borrar.
      Que se lo veda corazón
      La imagen de mi amor.
    Arriba

    Éxtasis
      ¡Gran noche!... ¡Tanta majestad me aterra
      Tanta sublimidad me causa espanto!
      Dios cobija el misterio de la tierra
      Con el misterio augusto de su manto.

      Al son de aquella mística armonía
      La inmensa tierra extático contemplo
      Como un cadáver, lívida, sombría,
      Bajo la santa bóveda del templo.

      Esta sublime paz que me estremece
      Este silencio asombrador, profundo,
      Más bien que una hora mundanal, parece
      La víspera imponente de otro mundo.

      Como una tregua entre la culpa inerme
      Y el rayo que se apronta a fulminarla,
      Cuando la pobre humanidad se duerme
      Dios desciende en secreto a visitarla.
    Arriba

    La hora de tinieblas
      I.

      ¡Oh, qué misterio espantoso
      Es este de la existencia!
      ¡Revélame algo, conciencia!
      ¡Háblame, Dios poderoso!
      Hay no se qué pavoroso
      En el ser de nuestro ser.
      ¿Por qué vine yo a nacer?
      ¿Quién a padecer me obliga?
      ¿Quién dio esa ley enemiga
      De ser para padecer?

      II.

      Si en la nada estaba yo,
      ¿Por qué salí de la nada
      A execrar la hora menguada
      En que mi vida empezó?
      Y una vez que se cumplió
      Ese prodigio funesto,
      ¿Por qué el mismo que lo ha impuesto
      De él no me viene a librar?
      ¿Y he de tener que cargar
      Un bien contra el cual protesto?

      III.

      ¡Alma! Si vienes del Cielo,
      Si allá viviste otra vida,
      Si eres imagen cumplida
      Del Soberano Modelo,
      ¿Cómo has perdido en el suelo
      La fe de tu original?
      ¿Cómo en tu lengua inmortal
      No explicas al hombre rudo
      Este fatídico nudo,
      Entre un Dios y un animal?

      IV.

      O si es que antes no existe,
      Y al abrir del mundo al sol
      Tu divino girasol,
      Gemela del polvo fuiste,
      ¿Qué crimen obrar pudiste?
      ¿Do, contra quien, cómo y cuándo
      Que estuviese a Dios clamando
      Que al hondo valle en que estás
      Surgieses tú, nada más
      Que para expiarlo llorando?

      V.

      Pues cuanto ha sido y será
      De Dios reside en la mente
      Tanto infortunio presente
      ¿No lo contemplaba ya?
      Y, ¿por qué, si en él está
      Del bien la fuente suprema
      Lanzó esa voz o anatema
      Que hizo súbito existir
      Un mundo en que oye gemir
      Y un hombre que de él blasfema?

      VI.

      ¿Cómo de un bien infinito
      Surge un infinito mal,
      De lo justo, lo fatal,
      De lo sabio, lo fortuito?
      ¿Por qué está de Dios proscrito
      El que antes no le ofendió,
      T por qué se le formó
      Para enloquecerlo así
      De un alma que dice si
      Y un cuerpo que dice no?

      VII.

      ¿Por qué estoy en donde estoy
      Con esta vida que tengo
      Sin saber de dónde vengo
      Sin saber a dónde voy;
      Con traidora libertad
      E inteligencia engañosa,
      Ciego a merced de horrorosa
      Desatada tempestad?
    Arriba

    La pobre viejecita
      Érase una viejecita
      Sin nadita que comer
      Sino carnes, frutas, dulces,
      Tortas, huevos, pan y pez.

      Bebía caldo, chocolate,
      Leche, vino, té y café,
      Y la pobre no encontraba
      Qué comer ni qué beber.

      Y esta vieja no tenía
      Ni un ranchito en que vivir
      Fuera de una casa grande
      Con su huerta y su jardín.

      Nadie, nadie la cuidaba
      Sino Andrés y Juan y Gil
      Y ocho criados y dos pajes
      De librea y corbatín.

      Nunca tuvo en qué sentarse
      Sino sillas y sofás
      Con banquitos y cojines
      Y resorte al espaldar.

      Ni otra cama que una grande
      Más dorada que un altar,
      Con colchón de blanda pluma,
      Mucha seda y mucho olán.

      Y esta pobre viejecita
      Cada año, hasta su fin,
      Tuvo un año más de vieja
      Y uno menos que vivir.

      Y al mirarse en el espejo
      La espantaba siempre allí
      Otra vieja de antiparras,
      Papalina y peluquín.

      Y esta pobre viejecita
      No tenía que vestir
      Sino trajes de mil cortes
      Y de telas mil y mil.

      Y a no ser por sus zapatos,
      Chanclas, botas y escarpín,
      Descalcita por el suelo
      Anduviera la infeliz.

      Apetito nunca tuvo
      Acabando de comer,
      Ni gozó salud completa
      Cuando no se hallaba bien.

      Se murió del mal de arrugas,
      Ya encorvada como un tres,
      Y jamás volvió a quejarse
      Ni de hambre ni de sed.

      Y esta pobre viejecita
      Al morir no dejó más
      Que onzas, joyas, tierras, casas,
      Ocho gatos y un turpial.

      Duerma en paz, y Dios permita
      Que logremos disfrutar
      Las pobrezas de esa pobre
      Y morir del mismo mal.
    Arriba

    La tormenta de verano
      Al terrado subí buscando en donde
      Asistir a la espléndida tormenta,
      Fiesta lustral que ansiaba la sedienta
      Tierra en la faz mustia y abatida fronde.

      Préndese el cielo. Pálida se esconde
      La noche. El trueno asordador revienta,
      Y en toda la ancha esfera turbulenta,
      Estruendo a estruendo y luz a luz responde.

      Palestra de titánica porfía
      Turbiones y relámpagos destella,
      Y ruge y truena en bárbara armonía.

      Rasga el rayo honda grieta, clara y bella
      En la cuarteada bóveda sombría,
      Y vislúmbrase a Dios a través della.
    Arriba

    Los filibusteros
      Venid a conquistarnos, vosotros, heces pútridas
      De las venales cárceles del libre Septentrión;
      Venid, venid, apóstoles de la sin par república
      Con el hachón del bárbaro y el rifle del ladrón.
      Venid, venid, en nombre de Franklin y de Washington,
      Bandidos que la horca con asco rechazó;
      Venid a buscar títulos de Hernanes y de Césares
      Descamisados prófugos sin leyes y sin Dios.
      Venid hambrientos pájaros a entretejer con crímenes
      El nido para el águila que precediendo vais;
      Venid, infecto vómito de la extranjera crápula,
      Con la misión beatífica de americanizar.
      Venid, dignos profetas, campeones beneméritos
      De vuestra sacratísima divina esclavitud;
      Venid, héroes de industria, presente filantrópico
      Del Septentrión prospérrimo a su pupilo el Sud.
      Venid, robustos vástagos del tronco anglosajónico
      Disforme, inmenso, atlético, gigante, colosal,
      De entrambos mundos árbitro y su infalible oráculo,
      Colmo primero y último de perfección cabal.
      Él os confió su lábaro y su creador espíritu,
      Y para un nuevo Génesis pleno poder os dio
      Mostrando entre los trópicos a vuestros ojos ávidos
      Un trono sin un déspota, un cielo sin un Dios.
      Y os dijo : "Ved meciéndose entre los dos océanos
      Ese turbante mágico de un oriental Señor(1),
      Cuajado de diamantes, rubíes, perlas, záfiros
      Macizo de oro y plata reverberando al sol.
      Esa es la ardiente zona de la buscada América,
      De la India el amoroso, fecundo corazón,
      Del cinto de la tierra el broche opulentísimo,
      Promesa de un futuro de plenitud y amor.
      Es el jardín robado de la pagana fábula,
      El por Adán perdido y hallado por Colón,
      De un épico avariento el sueño mitológico,
      Arca repleta siempre y abierta a la ambición.
      Allí despliega el cielo magnificencia insólita
      Y es la tierra su virgen en esplendor nupcial,
      Y el hombre, de placeres en un banquete opíparo
      Es feliz porque vive, no necesita más.
      Allí el poeta duerme sobre la inútil cítara,
      Y si vigila o sueña no sabe distinguir:
      ¿Qué son bajo ese cielo sus invenciones pálidas
      Si es el mayor poeta naturaleza allí?
      De leche y miel cargados allí veréis los árboles,
      Y con cortezas de oro sus troncos blanquear,
      Y oro doquier, depónenlo hasta los mismos pájaros
      Y se alza en archipiélagos sobre el azul del mar(2).
      Volad a esa áurea cuna colgada entre los trópicos
      Do el porvenir del mundo se mece infante ya;
      Entrad con el ropaje de inofensivos huéspedes
      Llevando el rifle cómodo y el pérfido puñal.
      Espiad la hora propicia, y a una señal del águila
      La empresa de exterminio sin lástima empezad,
      Y sobre los cadáveres del posesor estúpido,
      La Roma del futuro en nuestra pro fundad".
      ¡Avante pues, apóstoles del código novísimo
      Que al código de Cristo sustituyó el sajón!
      ¡Proseguid honorables, dignísimos diplómatas
      Del hado manifiesto del mundo de Colón!
      ¡Avante bandoleros! La pobre Centro América,
      Cadáver que dejaron veinte años de furor,
      Os va a enseñar qué vale cierta palabra mágica
      Y oiréis por vez primera vosotros esa voz.
      ¡Honor! Esta palabra levantó más de un Lázaro;
      Con ella un hombre, él solo a siete mil venció;
      Por ella los puñales que fratricida cólera
      Manchara, saldrán limpios de vuestro corazón.
      ¡Entrad! Ya del naranjo tras la fragante atmósfera,
      Cual su hálito pestífero el whisky os anunció.
      ¡Bebed! El que os inspira conforte vuestro espíritu;
      Él es vuestro entusiasmo, él es vuestro valor.
      Seguid, y a sangre y fuego talad cinco repúblicas...
      Dad al infierno escándalo, a Satanás horror...
      Mas, ¡ay!, pueda yo un día contemplar dos cadáveres
      Cartago y sus piratas, vosotros y La Unión.
      Para lavar el mundo, cloaca hirviente y fétida,
      Volcó el Diluvio encima la cólera de Dios:
      Que os lave uno de sangre, y en su pureza prístina
      Surja flotando el arca que Washington firmó.
    Arriba

    Mi tipo
      La belleza en la mujer
      No es cuestión del Padre Astete,
      Y en que el tal molde la mete
      Muy bobos nos quiere hacer.

      Tal vez querrá colocar,
      Dos o tres hijas tarascas,
      O de amorosas borrascas
      A un hijo alegrón salvar.

      Mas yo entiendo la cuestión
      Como estrictamente estética,
      Y no ha de tachar de herética
      Ni un Santo mi solución:

      Que la norma en la belleza
      Es variable y contingente,
      Porque cada cual la siente
      Según su naturaleza.

      La insípida el tonto adora,
      El sabio la intelectual,
      Y cada hombre su ideal
      Halla en donde se enamora.

      Yo, por hoy libre y vacante,
      Diera el voto a una morena,
      Forma esbelta pero llena,
      Con faz correcta y picante.

      Ingenua expresión de niña
      Con ojos de horno que quemen,
      Y labios de esos que tremen
      Como provocando a riña.

      Belleza meridional
      De alma y línea decidida:
      No esa inerte y desabrida
      De corderito pascual.

      Acaramelada tez
      Más bien que batido blanco.
      Tipo ardiente, activo y franco
      No de angélica insulsez.

      Candor de cielo en el rostro
      Con un infierno inconsciente,
      Algo que encante y que tiente,
      Querub con visos de monstruo.

      De monstruo que me devore
      Y que a la vez me arrebate,
      Que adorándome me mate
      E insultándome me adore.

      Quiero una beldad dramática
      No una sílfide de idilio,
      Una Dido de Virgilio
      Más que una Ofelia linfática.

      No una lánguida pasiva,
      Igual, pintada hermosura,
      Sino agridulce en ternura
      Y gratamente agresiva.

      Y sin jugar del vocablo,
      Diré que mi musa, en fin,
      Ha de ser un serafín
      Salpicadito de diablo.
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    Mirringa Mirronga
      Mirringa Mirronga, la gata candonga
      Va a dar un convite jugando escondite,
      Y quiere que todos los gatos y gatas
      No almuercen ratones ni cenen con ratas.
      "A ver mis anteojos, y pluma y tintero,
      Y vamos poniendo las cartas primero.
      Que vengan las Fuñas y las Fanfarriñas,
      Y Ñoño y Marroño y Tompo y sus niñas.
      "Ahora veamos qué tal la alacena.
      Hay pollo y pescado, ¡la cosa está buena!
      Y hay tortas y pollos y carnes sin grasa.
      ¡Qué amable señora la dueña de casa!
      "Venid mis michitos Mirrín y Mirrón.
      Id volando al cuarto de mamá Fogón
      Por ocho escudillas y cuatro bandejas
      Que no estén rajadas, ni rotas ni viejas.
      "Venid mis michitos Mirrón y Mirrín,
      Traed la canasta y el dindirindín,
      ¡Y Zape, al mercado! Que faltan lechugas
      Y nabos y coles y arroz y tortuga.
      "Decid a mi amita que tengo visita,
      Que no venga a verme, no sea que se enferme
      Que mañana mismo devuelvo sus platos,
      Que agradezco mucho y están muy baratos.
      "¡Cuidado, patitas, si el suelo me embarran
      ¡Que quiten el polvo, que frieguen, que barran
      ¡Las flores, la mesa, la sopa!... ¡Tilín!
      Ya llega la gente. ¡Jesús, qué trajín!"
      Llegaron en coche ya entrada la noche
      Señores y damas, con muchas zalemas,
      En grande uniforme, de cola y de guante,
      Con cuellos muy tiesos y frac elegante.
      Al cerrar la puerta Mirriña la tuerta
      En una cabriola se mordió la cola,
      Mas olió el tocino y dijo "¡Miaao!
      ¡Este es un banquete de pipiripao!"
      Con muy buenos modos sentáronse todos,
      Tomaron la sopa y alzaron la copa;
      El pescado frito estaba exquisito
      Y el pavo sin hueso era un embeleso.
      De todo les brinda Mirringa Mirronga:
      "¿Le sirvo pechuga?" "Como usted disponga,
      Y yo a usted pescado, que está delicado".
      –"Pues tanto le peta, no gaste etiqueta:
      "Repita sin miedo". Y él dice: "Concedo".
      Mas, ¡ay!, que una espina se le atasca indina,
      Y Ñoña la hermosa que es habilidosa
      Metiéndole el fuelle le dice: "¡Resuelle!"
      Mirriña a Cuca le golpeó en la nuca
      Y pasó al instante la espina del diantre,
      Sirvieron los postres y luego el café,
      Y empezó la danza bailando un minué.
      Hubo vals, lanceros y polka y mazurca,
      Y Tompo que estaba con máxima turca,
      Enreda en las uñas el traje de Ñoña
      Y ambos van al suelo y ella se desmoña.
      Maullaron de risa todos los danzantes
      Y siguió el jaleo más alegre que antes,
      Y gritó Mirringa: "¡Ya cerré la puerta!
      ¡Mientras no amanezca, ninguno deserta!"
      Pero, ¡qué desgracia!, entró doña Engracia
      Y armó un gatuperio un poquito serio
      Dándoles chorizo de tío Pegadizo
      Para que hagan cenas con tortas ajenas.
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    Noche de diciembre
      Noche como esta, y contemplada a solas
      No la puede sufrir mi corazón:
      Da un dolor de hermosura irresistible,
      Un miedo profundísimo de Dios.

      Ven a partir conmigo lo que siento,
      Esto que abrumador desborda de mí;
      Ven a nacerme finito lo infinito
      Y a encarnar el angélico festín.

      ¡Mira ese cielo!... es demasiado cielo
      Para el ojo de insecto de un mortal,
      Refléjame en tus ojos un fragmento
      Que yo alcance a medir y a sondear.

      Un cielo que responda a mi delirio
      Sin hacerme sentir mi pequeñez:
      Un cielo mío que me esté mirando
      Y que tan sólo a mí mirando esté.

      Esas estrellas... ¡Ay, brillan tan lejos!
      Con tus pupilas tráemelas aquí
      Donde yo pueda en mi avidez tocarlas
      Y apurar su seráfico elixir.

      Hay un silencio en esta inmensa noche
      Que no es silencio, es místico disfraz
      De un concierto inmortal. Por escucharlo,
      Mudo como la muerte el orbe está.

      Déjame oírlo, enamorada mía
      Al través de tu ardiente corazón:
      Sólo el amor transporta a nuestro mundo
      Las notas de la música de Dios.

      Él es la clave de la ciencia eterna,
      La invisible cadena creatriz
      Que une al hombre con Dios y con sus obras
      Y Adán a Cristo, y el principio al fin.

      De aquel hervor de luz está manando
      El rocío del alma. Ebrio de amor
      Y de delicia tiembla el firmamento,
      Inunda el creador la creación.

      ¡Si, el Creador! Cuya grandeza misma
      Es la que nos impide verlo aquí,
      Pero que, como atmósfera de gracia
      Se hace entretanto por doquier sentir...
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    Pastorcita
      Pastorcita perdió sus ovejas
      ¡Y quién sabe por dónde andarán!
      -No te enfades, que oyeron tus quejas
      Y ellas mismas bien pronto vendrán.

      Y no vendrán solas, que traerán sus colas,
      Y ovejas y colas gran fiesta darán.
      Pastorcita se queda dormida,
      Y soñando las oye balar.

      Se despierta y las llama enseguida,
      Y engañada se tiende a llorar.
      No llores, pastora, que niña que llora
      Bien pronto la oímos reír y cantar.

      Levantóse contenta, esperando
      Que ha de verlas bien presto quizás;
      Y las vio; mas dio un grito observando
      Que dejaron las colas detrás.

      Ay mis ovejitas, ¡pobres raboncitas!
      ¿Dónde están mis colas? ¿No las veré más?
      Pero andando con todo el rebaño
      Otro grito una tarde soltó,
      Cuando un gajo de un viejo castaño
      Cargadito de colas halló.

      Secándose al viento, dos, tres, hasta ciento,
      Allí unas tras otra ¡colgadas las vio!
      Dio un suspiro y un golpe en la frente,
      Y ensayó cuanto pudo inventar,
      Miel, costura, variado ingrediente,
      Para tanto rabón remendar;
      Buscó la colita de cada ovejita
      Y al verlas como antes se puso a bailar.
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    Preludio de primavera
      Ya viene la galana primavera
      Con su séquito de aves y flores,
      Anunciando a la lívida pradera
      Blando engramado y música de amores.

      Deja ¡oh amiga! el nido acostumbrado
      Enfrente de la inútil chimenea;
      Ve a mirar el sol resucitado
      Y el milagro de luz que nos rodea.

      Deja ese hogar, nuestra invención mezquina:
      Ven a este cielo, al inmortal brasero;
      Con el amor de Dios nos ilumina
      Y abrasa como padre al mundo entero.

      Ven a este mirador, ven y presencia
      La primera entrevista cariñosa
      Tras largo tedio y dolorosa ausencia
      Del rubio sol y su morena esposa;

      Ella no ha desceñido todavía
      Su sayal melancólico de duelo,
      Y en su primera sonrisa de alegría
      Con llanto de dolor empapa el suelo.

      No esperaba tan pronto al tierno amante,
      Y recelosa en su contento llora,
      Y parece decirle sollozante:
      ¿Por qué si te has de ir vienes ahora?

      Ya se oye palpitar bajo esa nieve
      Tu noble pecho maternal, Natura,
      Y el sol palpita enamorado y bebe
      El llanto postrimer de tu amargura.

      "¡Oh, que brisa tan dulce! –va diciendo-.
      "Yo traeré miel cáliz de las flores;
      "Y a su rico festín ya irán viniendo
      Mis veraneros huéspedes cantores"

      ¡Qué luz tan deliciosa! Es cada rayo,
      Larga mirada intensa de cariño,
      Sacude el cuerpo su letal desmayo
      Y el corazón se siente otra vez niño.

      Esta es la luz que rompe generosa
      Sus cadenas de hielo a los torrentes
      Y devuelve su plática armoniosa
      Y su alba espuma a las dormidas fuentes.

      Esta es la luz que pinta los jardines
      Y en ricas tintas la creación retoca;
      La que devuelve al rostro los carmines
      Y las francas sonrisas a la boca.

      Múdanse el cierzo el ábrego enojosos
      Y andan auras y céfiros triscando
      Como enjambre de niños bulliciosos
      Que salen de su escuela retozando.

      Naturaleza entera estremecida
      Comienza a preludiar la grande orquesta,
      Y hospitalaria a todos nos convida
      A disfrutar su regalada fiesta.

      Y todos le responden, toda casa
      Ábrese al sol bebiéndolo a torrentes,
      Y cada boca al céfiro que pasa,
      Y al cielo azul los ojos y las frentes.

      Al fin soltó su garra áspera y fría
      Al concentrado y taciturno invierno
      Y entran en comunión de simpatía
      Nuestro mundo interior y el mundo externo.
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    Siempre
      Bien puede su hojarasca y polvo y hielo
      Acumular los años sobre ti;
      Mi corazón sacude el turbio velo,
      Y siempre te hallo, ¡oh dádiva del cielo!
      Fresca y radiante en mí.

      Porque a mí te envió Él, y yo he guardado
      Tu mejor luz en ánfora inmortal,
      Porque a cosas de Dios morir no es dado,
      Y eres tú claro espíritu encarnado
      En diáfano cristal.

      No hay flor cuyo matiz no degenere
      Al pasajero sol que la esmaltó.
      Tan sólo propia luz firmeza espere:
      La perla de la mar se apoca y muere;
      Las de los cielos, no.

      Nuestra querida estrella leve gasa
      O negro temporal veló tal vez;
      Que a ella el furor que el golfo arrasa
      Parece cada nubarrón que pasa
      Doblar la brillantez.

      La copa del banquete postrimera
      Deja el gusto encantado. En tu vergel
      Mi hora sonó de juventud postrera;
      Y el ángel me hallará, cuando yo muera,
      Saboreando tu miel.

      La tarde de la vida, árida y fosca,
      Pide un hogar con su genial calor.
      Si él falta, huraño el corazón se embosca
      Y la memoria en torno a sí se enrosca
      Cual serpiente en sopor.

      Así, vuelta la espalda a lo presente,
      Que, sin el ser por quien vivir sentí,
      Es noria vil, bullicio impertinente,
      Torno a buscar mi sol, mi cara fuente,
      Mi cielo, urna de ti.

      Voy para atrás, pisada por pisada,
      Recogiendo el rumor de nuestros pies,
      Repensando un silencio, una mirada,
      Un toque, un gesto... tanto que fue nada
      Y que diamante hoy es.

      Oculta, como en mágica alcancía,
      Guardé felicidad para los dos,
      Y cuando una vez fue lo es todavía,
      Que el sol del alma no es el sol de un día,
      Ni es el tiempo, es de Dios.

      Cierta, como la dicha antes de su hora,
      Es esta: y tierna cual pasado bien
      Que en escondida soledad se llora;
      Sacra como deidad que la fe adora
      Y ojos de éxtasis ven.

      Hora, hora mismo, en alta noche oscura
      Mi aurora boreal, surges aquí.
      Hay resplandor, hay brisa de hermosura;
      Alzo a ver y hallo tu mirada pura
      Vertiendo tu alma en mí.

      Y ya no media esa impaciencia ingrata,
      Ese exceso de luz que impide ver
      Y que, al gustar el bien, nos lo arrebata,
      La sal de la amargura hoy aquilata
      El néctar del placer.

      ¡Ah! Cuando osen a ti dardos y afrentas,
      Cuando te odies tú misma en tu dolor,
      Cuando apagada y lóbrega te sientas
      Abre mi corazón. Allí te ostentas
      En todo tu esplendor.

      ¿Dónde esta él? Donde tu estés. Bien sabes
      Que fue, por fiel a ti, conmigo infiel.
      Ábrelo, que en tu voz están sus llaves;
      Pero, al mirarte en su cristal, no laves
      Lo que escribiste en él.
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    Simón el bobito
      Simón el bobito llamó al pastelero:
      ¡A ver los pasteles, los quiero probar!
      -Sí, repuso el otro, pero antes yo quiero
      Ver ese cuartillo con que has de pagar.
      Buscó en los bolsillos el buen Simoncito
      Y dijo: ¡De veras! No tengo ni unito.

      A Simón el bobito le gusta el pescado
      Y quiere volverse también pescador,
      Y pasa las horas sentado, sentado,
      Pescando en el balde de mamá Leonor.

      Hizo Simoncito un pastel de nieve
      Y a asar en las brasas hambriento lo echó,
      Pero el pastelito se deshizo en breve,
      Y apagó las brasas y nada comió.

      Simón vio unos cardos cargando viruelas
      Y dijo: -¡qué bueno! las voy a coger.
      Pero peor que agujas y puntas de espuelas
      Le hicieron brincar y silbar y morder.

      Se lavó con negro de embolar zapatos
      Porque su mamita no le dio jabón,
      Y cuando cazaban ratones los gatos
      Espantaba al gato gritando: ¡ratón!

      Ordeñando un día la vaca pintada
      Le apretó la cola en vez del pezón;
      Y ¡aquí de la vaca! le dio tal patada
      Que como un trompito bailó don Simón.

      Y cayó montado sobre la ternera
      Y doña ternera se enojó también
      Y ahí va otro brinco y otra pateadera
      Y dos revolcadas en un santiamén.

      Se montó en un burro que halló en el mercado
      Y a cazar venados alegre partió,
      Voló por las calles sin ver un venado,
      Rodó por las piedras y el asno se huyó.

      A comprar un lomo lo envió taita Lucio,
      Y él lo trajo a casa con gran precaución
      Colgado del rabo de un caballo rucio
      Para que llegase limpio y sabrosón.

      Empezando apenas a cuajarse el hielo
      Simón el bobito se fue a patinar,
      Cuando de repente se le rompe el suelo
      Y grita: ¡Me ahogo! ¡Vénganme a sacar!

      Trepándose a un árbol a robarse un nido,
      La pobre casita de un mirlo cantor,
      Desgájase el árbol, Simón da un chillido,
      Y cayó en un pozo de pésimo olor.

      Ve un pato, le apunta, descarga el trabuco:
      Y volviendo a casa le dijo a papá:
      Taita yo no puedo matar pajaruco
      Porque cuando tiro se espanta y se va.

      Viendo una salsera llena de mostaza
      Se tomó un buen trago creyéndola miel,
      Y estuvo rabiando y echando babaza
      Con tamaña lengua y ojos de clavel.

      Vio un montón de tierra que estorbaba el paso
      Y unos preguntaban ¿Qué haremos aquí?
      Bobos -dijo el niño resolviendo el caso-
      Que abran un grande hoyo y la echen allí

      Lo enviaron por agua, y él fue volandito
      Llevando el cedazo para echarla en él
      Así que la traiga el buen Simoncito
      Seguirá su historia pintoresca y fiel.
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    Súplica
      Va entre sombras y luz mi pensamiento,
      Va entre amor y dolor mi corazón:
      Verte, es mi bien; no verte, mi tormento;
      Y el verte es ¡ay! para decirte ¡adiós!

      ¡Ser feliz lo que dura una mirada!
      Ser nuestro amor secreto de los dos,
      ¡Y no poder el alma enamorada
      Ir a ti en alas de mi triste adiós!

      ¡Ser mío tu corazón, y amando tanto
      Darme sólo un relámpago de amor!
      De ese incesante enamorado canto
      ¡Sólo escuchar la nota del adiós!

      Mi bien, si me amas tú, si me adivinas
      Responde a las tinieblas a mi voz:
      Cíñeme así de flores o de espinas,
      ¡Pero dame algo mas que un triste adiós!
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    Torbellino a misa
      I

      Ande la rueda
      Del torbellino
      Tray-la-ra-lá.

      Es la rueda del destino;
      El que se queda se queda;
      ¡Pronto el vecino
      Me alcanzará!
      Tray-la-ra-lá.

      Privilegio no se alegra
      En torbellino de amor.

      El primero es el que llega
      Y el que llega es el mejor.
      Siga el que pueda
      Mi remolino.
      Tray-la-ra-lá.

      ¡Bien venido el que ya vino!
      ¡Bien quedado el que se queda!
      Y ni un comino
      Se me dará
      Tray-la-ra-lá.

      Sepa que juega el que juega
      El torbellino de amor.
      El que pasa, se relega;
      A un pícaro, otro mayor.

      II

      ¡Y ande la rueda
      Del torbellino!
      Si alguien se enreda
      Abra camino,
      Y como seda
      Venga el vecino.
      Tray-la-ra-lá.

      Pero en la rueda
      Del torbellino
      Sepa el que vino
      Que el que se va,
      Pronto lo hereda
      Quien seguir pueda
      Mi remolino
      Tray-la-ra-lá.

      ¡Y ande la rueda
      Del torbellino!
      No retroceda
      Ni el más ladino.
      Que igual moneda
      Se pagará.
      Tray-la-ra-lá.

      Nadie interceda
      Por el vecino,
      Que en esta rueda
      No hay San Padrino;
      Y si mohíno uno queda,
      Muerda un pepino
      Y por do vino
      Se marchará.
      Tray-la-ra-lá.

      Quede el que queda
      Siempre que pueda,
      O retroceda
      De su camino.
      Tray-la-ra-lá.

      Que esta es la rueda
      De mi destino
      Y ni un comino
      Se me dará.
      Tray-la-ra-lá.

      III

      Siga la rueda
      Del torbellino,
      Que en la arboleda
      Ya rueda el trino
      Del gurrumino
      Curruculá:
      El adivino
      Del matutino
      Sol asesino
      Del torbellino
      Cuando en lo fino
      Ya entrando va.
      Tray-la-ra-lá.

      IV

      Ya el alba ufana
      Sabrosa mana
      Su fresco aroma
      De mejorana;
      Y la paloma
      Dice al palomo:
      Piquito romo
      Curruculá.

      Ya en los candiles
      Luces febriles
      Ora levantan
      La llamarada,
      Ora se espantan
      De la alborada
      Torbellinada
      Que andando va;
      Y una guiñada
      De enamorada
      Como embriagada
      La luz no da.
      Curruculá.

      ¡Y ande la rueda
      Del torbellino
      Que no la exceda
      La de un molino!
      ¡Ande, y suceda
      Lo que suceda,
      Que esta es la rueda
      De amor dañino
      Y todo indino
      La pagará!
      Tray-la-ra-lá.

      ¡Ande el molino
      Pueda o no pueda,
      Que con su rueda
      Me engolosino!
      ¡Qué polvareda,
      Qué remolino.
      Loca humareda
      De amor y vino,
      Lampos de seda,
      Trombas de lino,
      Ya el pie se enreda,
      Ya pierdo el tino,
      Ya no hay vereda,
      Ya es desatino!
      Rueda que rueda
      Cada vecino
      Con la que queda
      Por su camino,
      Y nadie sabe
      Por donde va.
      Tray-la-ra-lá.

      Y canta el ave
      Tierna y suave
      ¡Curruculá,
      Curruculá!
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    Un beso
      Nube con nube fulminante choca:
      ¡Esa es la tempestad!
      Estréllanse una boca y otra boca:
      ¡Esa es la muerte
      O es la felicidad!
      ¡Dame un beso, alma mía! De esa suerte
      Yo ansío en tus brazos desposar la muerte
      Con la felicidad.
    Arriba

    Vals
      ¡Más y más rápida
      Vuele la música!
      ¡Más y más agiles
      Giren los pies!

      En abrazo íntimo
      Locos lancémonos
      A la vorágine
      De la embriaguez.

      Amantes hálitos
      Pueblan la atmósfera,
      Y al rico estrépito
      Cimbra el salón.

      Y de cien lámparas
      Los prismas trémulos
      Arpas eólicas
      Vibrando son.

      Diamantes príncipes
      Se eclipsan pálidos
      Al ojo fébrido
      De la beldad.

      Y en lunas vénetas
      Hierve a relámpagos
      De oro y de púrpura,
      Su claridad.

      Del valse al ímpetu
      Formas angélicas
      Despiden ráfagas
      De tentación:

      Las telas púdicas
      Forman un vórtice
      Que causa vértigos
      Al corazón.
      Cometas fúlgidos,
      ¡Cuántos espíritus
      En vuestras órbitas
      Girando van!
      Vuestra periódica
      vuelta balsámica
      Mil ojos tímidos
      Ansiando están.
    Arriba

    Valsando
      Casta madonna del siglo trece,
      En fondo de oro la blanca luna;
      Un cielo inmenso, sin mancha alguna,
      Que al que lo mira rejuvenece,
      Y en su éter puro nos desvanece,
      Dando alas de ángel al corazón;

      Y en mis oídos vibrando el rápido
      Vals embriagante de aquellos días
      En que girando loca de júbilo
      Entre mis brazos amanecías,
      Y negra hallábamos el alba hermosa
      Que con tus tintas de perla y rosa
      Nos daba el toque de dispersión.

      En esta noche, bajo este cielo,
      A sus compases inflamadores,
      Que alegre mi alma levanta el vuelo
      Y torna al cielo de sus amores,
      Y ya percibe tu aura de flores,
      Y el dulce peso...
    Arriba

Miguel Antonio Caro

.
    Información biográfica

  1. A Eugenia Bellini (En el último acto de La sonámbula)
  2. A la memoria de Adolfo Berro
  3. Al buen pastor
  4. Ambición
  5. Amor verdadero
  6. El alma prisionera
  7. El Boreas
  8. El crepúsculo
  9. El valle de la infancia
  10. Ella
  11. La desconocida
  12. Lo que no se escribe
  13. Preludio
  14. Pro Senectute
  15. Recuerdos
  16. Hora I.
  17. Hora II. Sueños
  18. Hora IV. El arca del diluvio
  19. Hora V. Las aves
  20. Hora VI. Ellas
  21. Hora VIII. Consejos
  22. Hora IX. El asilo
  23. Hora X.
  24. Hora XI. Guerra y paz
  25. Hora XII.
  26. Hora XIII.
  27. Hora XIV.
  28. Hora XV.
  29. Hora XVI.
  30. Hora XVII. Desengaño
  31. Hora XXI. El ensueño
  32. Hora XXII. Las almas buenas
  33. Hora XXV. Desaliento
  34. Hora XXVIII. Los dos huéspedes
  35. Hora XXX. Lo más triste
  36. Hora XXXI. Al viento
  37. Hora XXXII. La oración
  38. Hora XXXIII. El piano
  39. Hora XXXIV.
  40. Hora XXXV. El olvido
  41. Hora XXXVII. Inmortalidad

  42. Traducción de poemas de Alphonse de Lamartine [5]
  43. Traducción de poemas de André Chenier [2]
  44. Traducción de poemas de Antoine Arnault [1]
  45. Traducción de poemas de Bernard Barton [1]
  46. Traducción de poemas de Charles Hubert Millevoye [1]
  47. Traducción de poemas de David Macbeth Moir [1]
  48. Traducción de poemas de Eugénie de Guérin [2]
  49. Traducción de poemas de Felicia Hemans [1]
  50. Traducción de poemas de Francesco Petrarca [1]
  51. Traducción de poemas de Giosuè Carducci [2]
  52. Traducción de poemas de Henry Wadsworth Longfellow [6]
  53. Traducción de poemas de James Gates Percival [1]
  54. Traducción de poemas de James Montgomery [2]
  55. Traducción de poemas de Jean Reboul [1]
  56. Traducción de poemas de Marco Valerio Marcial [1]
  57. Traducción de poemas de Percy Bysshe Shelley [1]
  58. Traducción de poemas de Robert Pollock [1]
  59. Traducción de poemas de Sexto Propercio [2]
  60. Traducción de poemas de Thomas Gray [1]
  61. Traducción de poemas de Thomas Hood [1]
  62. Traducción de poemas de Thomas Moore [3]
  63. Traducción de poemas de Torquato Tasso [1]
  64. Traducción de poemas de Victor Hugo [1]
  65. Traducción de poemas de William Cullen Bryant [3]


Información biográfica
    Nombre: Miguel Antonio José Zolio Cayetano Andrés Ave lino De Las Mercedes Caro Tobar
    Lugar y fecha nacimiento: Bogotá, República de la Nueva Granada, 10 de noviembre de 1843
    Lugar y fecha defunción: Bogotá, República de Colombia, 5 de agosto de 1909 (65 años)
    Ocupación: Estadista, humanista, traductor, escritor, ensayista, poeta; miembro de la Academia Colombiana de la Lengua, Presidente de la República de Colombia y Vicepresidente de la República de Colombia
Debido a las circunstancias políticas del país durante su infancia, no siguió estudios regulares en establecimientos de educación, ni recibió títulos académicos, aunque posteriormente por su trayectoria fue reconocido con Doctorado honoris causa en Jurisprudencia por Universidades de México y Chile. Dirigió la Academia Colombiana de la Lengua, participó en la redacción de la Constitución de 1886 y ejerció como diputado, presidente del consejo de Estado, Vicepresidente de la República (1892) y Presidente de la República (1894). Tras abandonar la política, se dedicó a la literatura: es autor de una Gramática de la lengua latina (en colaboración con Rufino José Cuervo, 1867), ensayos (Tratado sobre el participio, 1870) y traducciones de obras clásicas.

Fuente: [Miguel Antonio Caro] en Wikipedia.org

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    A Eugenia Bellini (En el último acto de La sonámbula)
      ¿Quién de mi fantasía
      De aquella blanca aparición del cielo
      La imagen pura disipar podría?

      Todavía la miro,
      Durmiente peregrina; todavía
      Oigo el tierno suspiro
      De su apenado corazón. Sus ojos
      En nueva luz se encienden,
      Y por cuello y espalda los manojos
      De su cabello undívagos descienden.
      Pálida y lenta y sola,
      Coronada de mística aureola,
      Alma parece que purgado hubiera
      Humanas culpas en ceniza obscura,
      Y restaurada alzándose, anduviera
      El camino buscando de la altura.

      ¡Cuánto peligro, oh!, ¡cuánta
      Amenaza de muerte la rodea!
      ¿No ve cuál del molino cerca gira
      Veloz la rueda? ¿Y el desván no mira?
      ¿Y cómo ¡ay Dios! al asentar la planta,
      La viga blandeándose flaquea?...
      ¡Dormid, tímidos ecos veladores!
      Céfiros que vagando
      Removéis a los sauces lloradores
      La hojosa copa con estruendo blando.
      ¡El vuelo suspended!... ¡callad, pastores!
      ¡No robes tus antorchas; nada inquiete
      Tu paz y tu silencio, noche umbría!
      ¡Naturaleza a la beldad respete
      Que el sueño, no ya el crimen, extravía!

      ¡Ah!, ¡la bondad divina pudo sola
      Salvar su vida de peligro tanto!
      Ese mirar profundo
      No es humano mirar; esa apostura
      Revela origen celestial, y al alma
      Secreto infunde y delicioso espanto.
      ¡Oh, cuán sentido canto
      Del labio exhala en imponente calma!
      ¡Qué acentos vibradores!
      ¡Qué honesto y dulce suspirar amores!
      Ved cuál tímida besa
      La última ofrenda del ingrato Elvino,
      Y en dulces voces su amargura expresa:
      "¡Prenda de amor, en tanto que el destino
      Lo quiso!, ¡oh don del que me afrenta y amo,
      Don inocente, florecido ramo!
      Recibe de mi labio esta sincera
      Afectuosa expresión... ¿Quién me dijera
      Que un soplo iba a robarte la frescura!
      Símbolo al fin de la fortuna mía,
      Pues las que verdes cultivaba un día,
      Hoy mustias esperanzas atesoro!..."
      Dice; se apaga su canora queja,
      Y en las hojas marchitas caer deja
      Trémulas gotas de doliente lloro.

      Así la dulce tórtola inocente
      Orillas de arroyuelo transparente
      Con blanda voz los ecos enamora;
      Mientras tal vez de envenenada flecha,
      Emblema de traidora
      Calumnia, armado el cazador acecha;
      Y el arco tiendo, y rápido silbando
      El dardo por los aires, va derecho
      Del ave inerme a ensangrentar el pecho.
      Siéntese herida la infeliz, y alzando
      Lánguido el vuelo, débil bate el ala,
      Y tras largo penar, en la sombrosa
      Haya, al caer la tarde, se reposa,
      Y sola su postrer lamento exhala.

      ¡Numen de la armonía!
      ¡Hermano de la santa Poesía!
      ¡Tú que a Arion en medio al iracundo
      Mar dictaste grandísonos acentos,
      Y a Orfeo diste encadenar los vientos
      Y triunfante salir de lo profundo!
      Si del suelo ausentándose las ninfas
      Que gozan de tus cándidos favores,
      De luceros por siempre se coronan,
      ¿A esta por qué desamparada hoy dejas
      En la patria del hombre? ¡Oye sus quejas,
      Hijas del alma que su mal pregonan!
      Otra mansión distinta
      A su mente furtivo el sueño pinta,
      Y a su pesar, del lecho la arrebata,
      Como en demanda de la patria suya.
      ¡Ven, cércala de blanca nube y leve
      Que a otra región a dispertar la lleve,
      Que a otro campo, a otro sol la restituya!

      Mas, ¿dónde, enajenada fantasía,
      Vuelas así a perderte?... ¿Y todo es ido?
      ¿Y aquellas horas de placer y encanto
      Fueron vana ficción? Ficción ha sido
      De amor el llanto, que de amor la llama
      Aún no su tierno corazón inflama.
      Pero esa voz que el ánimo enajena,
      Rica, flexible, de emociones llena,
      Preludio de celeste melodía,
      No es ilusión, ni el virginal agrado
      Del rostro peregrino
      Tiernamente tal vez ruborizado,
      Su honesta risa y su mirar divino.
      ¡Oh joven de atractivos coronada!
      Benigna, generosa,
      Convierte la mirada
      Al homenaje que en tu honor tributa
      Sincera admiración respetuosa.
      Tú de huéspeda en hija te tornaste
      De la aromosa América, que asombra
      Tu sien con lauro y su deidad te nombra.
      Sigue por el sendero
      Que las Gracias y Apolo te preparan:
      Con amenas o espléndidas ficciones,
      Ninfa inocente, embelleciendo sigue
      En la callada noche nuestros días
      Que bastarda ambición, rudas pasiones,
      Impiedad y discordias acibaran.
      Sigue, y estima cual mejor victoria
      Que avasallar la gloria,
      No dejar en las zarzas del sendero
      Reliquias tristes del candor primero.
      Sigue entre aplausos y brillantes flores
      Que tus admiradores
      Derraman a tus plantas.
      ¡Bella si ríes, bella si suspiras,
      Eres el ángel del pudor si miras,
      Eres la diosa del amor si cantas!
    Arriba

    A la memoria de Adolfo Berro
      ¡Poeta del desconsuelo!
      ¡Alma sensible, tierna!
      ¿Por qué tan presto el vuelo
      Levantaste del suelo
      A la región eterna?

      ¡Ah, cuando llora el hombre
      En su beneficencia
      Toda ajena dolencia,
      Eterniza su nombre,
      Y abrevia su existencia!

      En tu muerte temprana
      Semejas flor lozana,
      Sobre el tallo partido,
      Doblada sin ruido
      En su primer mañana.

      Cual aromas nos dejas,
      Dulces, sentidas quejas...
      Adolfo, naces, lloras,
      Por los que sufren oras,
      ¡Y a no volver te alejas!

      ¿Mas tu espíritu dónde
      Está? ¿En el yerto cráneo
      Se evapora o se esconde?
      ¡Con latido espontáneo
      El pecho me responde

      Que existes, dulce amigo!
      Tú existes, yo te amo,
      Y hondo placer abrigo
      Cuando mi fe te digo,
      Cuando amigo te llamo.

      ¡Existes, no lo dudo!
      ¡Jamás la nada pudo
      Débil, obscura, fría,
      Mover a simpatía
      Desde su abismo mudo!

      Dígnate dar alguna
      Señal de acogimiento
      A mi sincero acento,
      Ora que la alba luna
      Rueda en el firmamento.

      Ora que el ancho suelo
      Paz y quietud respira,
      Ni céfiro suspira,
      Dame sentir tu vuelo,
      Dame escuchar tu lira.

      ¡Mi súplica indiscreta
      Perdona! ¡Una secreta
      Voz que habitas me dice
      En región más felice,
      Y que me oyes, poeta!

      Si no me cupo en suerte,
      Adolfo, conocerte,
      Ni a ti volver te es dado,
      Yo volaré a tu lado
      Más allá de la muerte.

      ¡Pueda en tanto algún día
      Besar la losa fría
      Que tus cenizas sella,
      Y derramar en ella
      Una lágrima pía!
    Arriba

    Al buen pastor
      ¿Qué importa que la oveja acongojada
      En noche y soledad vague perdida?
      Tu amante corazón sus pasos cuida,
      Y por ti, Buen Pastor, será salvada.

      Oigo tu voz que al ánima cansada
      Con alivio dulcísimo convida;
      Yo sé que eres la fuente de la vida
      Que a la infancia nos vuelve inmaculada.

      Tú permites que humilde peregrino
      Que tu nombre invocó, de angustia lleno,
      Al caer en el áspero camino,

      Recobre, al despertar, candor sereno
      Purificado por tu amor divino,
      Y en paz descanse en tu adorable seno.
    Arriba

    Al viento
      Vientecillo sin nombre 
      Que curioso paseas
      Ahora por el bosque,
      Ahora por la vega;

      Tú que en lecho de espumas
      O de hojas, remedas
      Con inquietud celosa
      Las más sentidas quejas;

      Ven, trayendo en tus alas
      Tan leves como frescas,
      Murmullos de las fuentes,
      Aromas de las selvas;

      Suspira en el follaje
      Del árbol que me hospeda;
      Las sombras lento cambia;
      Con mis cabellos juega.

      O barre ahí esas flores
      Menudas y hojas secas,
      Y en círculos llevándolas
      Mis pensamientos lleva.

      Ven, airecillo humilde,
      Mi soledad alegra,
      Temores desvanece
      Y esperanzas alienta.
    Arriba

    Ambición
      ¡Partamos! El espíritu impaciente
      Anhela por volar a su albedrío:
      Ni llanto, ni piedad: el pecho mío
      Solo, inmensa ambición, tu imperio siente.

      ¡Revueltas ondas de la mar rugiente,
      Rayos que el cielo enrojecéis sombrío,
      Vuestra furia y tumulto desafío
      Con labio mudo y con serena frente!

      Ya, suelta el ala del bajel, me siento
      Cruzando ¡oh gloria! el piélago profundo;
      ¡Quién pudiera también el firmamento!

      ¡Oíd!, nos llama el soplo gemebundo.
      Del águila la herencia es todo el viento,
      Y la herencia del hombre es todo el mundo.
    Arriba

    Amor verdadero
      No, no aparta a dos almas amadoras
      Adverso caso ni cruel porfía;
      Nunca mengua el Amor ni se desvía,
      Y es uno y sin mudanza a todas horas.

      Es fanal que borrascas bramadoras
      Con inmóviles rayos desafía;
      Estrella fija que los barcos guía;
      Mides su altura, mas su esencia ignoras.

      Amor no sigue la fugaz corriente
      De la edad, que deshace los colores
      De los floridos labios y mejillas.

      Eres eterno. Amor: si esto desmiente
      Mi vida, no he sentido tus ardores,
      Ni supe comprender tus maravillas.
    Arriba

    El alma prisionera
      En el sabroso abrigo
      De repuesta colina, do me espera
      De tarde sin testigo
      Fresca y amiga sombra; do parlera
      Fontana baja con veloz carrera;

      Por el sueño vencido
      Quedeme acaso, al fallecer del día:
      Sonó luego en mi oído
      Mística voz, celeste melodía:
      Era un ángel de luz que me decía:

      "¿Qué ciego desatino
      Así te roba a la región serena,
      Que olvidado, sin tino,
      La planta mueves en morada ajena
      A do pérfido lazo te encadena?

      "¿Qué luz, qué bien ofrece
      Morada donde a vueltas de ventura
      El infortunio crece;
      Do el placer muere en el dolor que dura;
      Morada de expiación, remota, obscura?

      "¡Despierta, aviva, al cielo
      Toma de aquesos engañosos prados
      Álzate; y pasa a vuelo
      Negros bosques, altísimos nevados,
      Y los mares sonoros y argentados!

      "¡Y esfuerza el vuelo, y deja
      La nube atrás! Ni cures si perdido
      A tus ojos se aleja,
      En el espacio inmenso sumergido,
      Este planeta en soledad y olvido..."

      Interrumpió la luna,
      Alzada tras la andina cordillera,
      Mi sueño y mi fortuna:
      Y vi conmigo mi alma prisionera,
      Del solitario arroyo en la ribera.
    Arriba

    El Boreas
      (Imitación de Ovidio)

      ¡Yo soy potente! En alentado vuelo
      Yo las nubes arrollo y desbarato;
      Con negras alas yo la mar maltrato,
      Yo con duro granizo azoto el suelo.

      Yo sé la nieve transformar en hielo;
      Yo al roble, rey de la montaña, abato;
      Yo si hallo a mis hermanos, los combato
      Fuerte y sonante por el ancho cielo.

      Que ese es mi campo: en dilatado estruendo
      Tiembla el éter al choque tremebundo,
      Y ruge el rayo, de la nube huyendo.

      Yo si en la tierra lóbrego me hundo,
      Yo si en sus antros íntimos me extiendo,
      ¡Turbo el averno y estremezco el mundo!
    Arriba

    El crepúsculo
      Mi alma a sentir empieza
      Que anda en torno la muerte: ¡muere el día!
      En su misma tristeza
      Es la muerte sombría
      Consuelo al pobre y de las almas guía.

      Miro cual en pintura,
      Los cerros, el lejano caserío,
      Y la verde llanura
      Y el triste sauz umbrío;
      Sereno el cielo, plateado el río.

      Ni estruendo ni algazara:
      Habla sin voz Natura, el manso viento
      Hiende el ave: así aclara
      La conciencia su acento,
      La pasión calla y vuela el pensamiento.

      Y ya el recuerdo vago
      Se determina al par que se dilata:
      El espejo de un mago
      Semeja: me retrata
      Vivos los cuadros de la edad mas grata.

      Al genitor perdido
      Veo a mi lado, y al amigo ausente:
      Cual la paloma al nido,
      Tal venís blandamente,
      ¡Prendas que lloro!, a visitar mi mente.

      ¡Oh bendecida hora
      Que en mudo apartamiento deleitoso,
      Cual diva inspiradora,
      Al corazón ansioso
      Brindas la libertad en el reposo!

      Tú a la florida nave
      Del pensamiento, que engolfado yerra,
      Céfiro eres suave.
      ¡Ay!, ¡que en sus brazos cierra
      La noche al mundo, y la ilusión destierra!
    Arriba

    El valle de la infancia
      ¡Oh senda! ¡Oh monte abrupto! ¡Oh gruta umbría!
      ¡Musgoso manantial! ¡Valle sereno,
      De frescas sombras y memorias lleno!
      ¡Plácido albergue de la infancia mía!

      Estas las flores son que yo cogía
      Cuando niño vagaba en vuestro seno;
      Conozco bien de la cascada el trueno;
      ¡Así el viento los árboles movía!

      Cargado ya del peso de los años,
      A ti vuelvo, selvático retiro,
      Que no padeces de la edad los daños.

      Suspendo el paso, o por tus vueltas giro,
      Y gozo aquí de libertad engaños,
      Y ambiente de inocencia aquí respiro.
    Arriba

    Ella
      La expresión dulce que su rostro baña,
      De sus ojos la plácida centella,
      Revela el amor de un alma bella,
      Que el corazón subyuga y no le engaña.

      Del Cielo, descendiendo a mi cabaña
      Con vaguedad de nube y luz de estrella,
      Ella, mis hondas soledades, ella
      Mis mudos pensamientos acompaña.

      Como extendiendo el ala voladora,
      La esperanza, en el ánimo cautiva,
      Huir parece, aunque el huir demora.

      Amante cual mujer, cual diosa esquiva:
      —Así diviso a la que el pecho adora—;
      —Así, inmóvil a un tiempo, y fugitiva—.
    Arriba

    La desconocida
      ¿Qué haces a la ventana?
      Pareces prisionera
      Según se escapan, niña,
      Tus miradas ligeras.

      No te conozco; miro
      Tu rostro vez primera:
      Paso hoy por tu ventana;
      Quizá a pasar no vuelva.

      No te conozco, empero
      Tu suerte me interesa:
      ¡Alcanzo que eres pobre,
      Sola estás, y eres bella!

      Sin rastrear tu nombre
      Rastreo lo que piensas;
      Que en la mujer los ojos
      Dicen más que la lengua.

      ¡Ay,! la mujer es fuente
      Que busca en primavera,
      Río do confundirse
      ¡Y do hasta el nombre pierda!

      ¡Y acaso abismos solo
      Encuentra en su carrera,
      Y su cristal enturbia,
      Y gime y se despeña!

      Sin lágrimas tus ojos
      Lloran, sin voz se quejan;
      ¡Tus ojos hablan, niña,
      Tus ojos son poetas!

      Poetas ignorados;
      Tanto, que si esta endecha
      Leyeres que me dictan,
      ¡Ni aún sabrás quién es ella!
    Arriba

    Lo que no se escribe
      ¡Dulce madre!, ¡hermana mía!
      Mi amor quisierais en vano
      Hallar aquí.
      No cabe en una armonía
      Mi amor de hijo y de hermano:
      ¡Buscadlo en mí!

      El poseedor de una fuente
      No guarda míseras gotas.
      Si vuestras son
      Mi alma, mi vida, mi mente,
      ¿A qué guardar breves notas
      Del corazón?

      La pluma al papel traslada
      La palabra, y aún el canto,
      Y allí vive.
      Lo que dice una mirada.
      Lo que el silencio y el llanto,
      ¡No se escribe!
    Arriba

    Preludio
      ¡Naturaleza, acógeme en tu seno!
      Ave modesta, a tu abundancia pido
      Sólo un rincón sereno
      Donde ocultar mi nido.

      El vulgar amador, sin ver el ramo,
      De sus frutos colgantes le despoja;
      Yo le respeto, y amo
      La amarillenta hoja.

      Muchos desdeñan tus virgíneas flores,
      Y eres esclava que les das riqueza;
      No entienden los rumores,
      No admiran la belleza.

      ¿Qué mucho que tu amor selles y escondas?
      Cual hijo vuelvo a ti, no como extraño:
      Con árboles, con ondas,
      Converso y me acompaño.

      Mire otra vez la resonante selva
      Al abrir la ventana de mi estancia,
      Y a entrar por ella vuelva
      Tu peculiar fragancia,

      Que embriaga el corazón, y al alma inspira,
      Despertando sus íntimos sentidos,
      Y torna de la lira
      A endulzar los sonidos.

      Y como nave en piélago sin olas
      Sueltas las alas al amigo viento,
      Con tu favor a solas
      Vague mi pensamiento.

      Oculto en musgo el manantial gotea,
      Trina en lo hojoso el pájaro escondido;
      Mi corazón desea
      Tu oscuridad, tu olvido.
    Arriba

    Pro Senectute
      Tú, que emprendiste bajo albor temprano
      La áspera senda con ardiente brío
      Y ora inclinado y con andar tardío,
      Rigiendo vas el báculo de anciano:

      Torpe el sentido y el cabello cano
      No te acobarden, ni el sepulcro frío
      Contemples con doliente desvarío,
      De rápido descenso el fin cercano.

      Fúlgida luz la vista te oscurece;
      Argentó tu cabeza nieve pura;
      Cesas de oír porque el silencio crece;

      Te encorvas, porque vences la fragura;
      Anhelas, porque el aire se enrarece:
      ¡Llegando vas a coronar la altura!
    Arriba

    Recuerdos
      ¡Cuántas tú me despiertas
      De olvidadas historias
      Tristísimas memorias,
      Tan pálidas e inciertas
      Cual la sombra que vaga
      Después que el sol se apaga!

      Cuándo, cómo o en dónde
      Te conocí algún día,
      Pregunto al alma mía,
      Y mi alma no responde,
      A su vez meditando
      En dónde, cómo y cuándo.

      ¿Siglos hace?, ¿habrá sido
      En este triste suelo,
      O en la región del cielo?...
      Envuelto en alto olvido
      Misterio tan sublime,
      El corazón me oprime.

      Así el que hendió los mares
      En su estación florida,
      Y el resto de la vida
      Pasó libre de azares,
      Si alguna vez, ya anciano,
      Mira bajel lejano,

      Cruzar ve de repente
      Aéreos a distancia
      Los días de su infancia;
      Más que recuerda, siente,
      Y al pecho con tristeza
      Inclina la cabeza.

      Siempre a ti consagrada
      Mi lira fue, sin duda;
      Pues de adormida y muda,
      Revive a tu mirada,
      Y combina sonidos
      Que me son conocidos.

      ¿Algo tú no recuerdas?
      ¡Oh virgen!, ¿no conoces
      De tu cantor las voces?
      ¿Podrán ser de mis cuerdas
      Nuevos a tus oídos
      Los sones, los gemidos?

      ¡Robásteme el sosiego!
      ¡Por ti tanto cavilo!
      ¡Y desmayo, al asilo
      De mi dolor me entrego,
      Y en lo escondido lloro,
      Y en silencio te adoro!
    Arriba

    Hora I.
      Yo, sacerdote de las artes bellas
      Que, peregrinas en el mustio suelo,
      Buscando inspiración con vago anhelo
      Puesta llevan la vista en las estrellas
      Que ornamentan el cielo;
      Yo, que ufano al abrigo
      Del numen del misterio sacrosanto,
      Sus dones gusto y sus preceptos sigo,
      Almas amantes, vuestro amor bendigo;
      Almas dichosas, vuestras glorias canto.

      ¡Qué blandamente en el sensible seno
      Para la dicha y la virtud formado
      Va extendiendo su imperio sosegado
      Afecto puro, de esperanzas lleno
      Y de inefable agrado!
      Para el que así venciste,
      Todo, Amor, tiene vida, todo ama;
      Todo de nuevas formas se reviste
      Que un colorido toman suave y triste,
      Reflejo aéreo de tu dulce llama.

      No mostrará el amante, de la infancia
      La risa por sus labios indiscreta;
      Ama el sordo rumor del aura inquieta
      Y de pálidas flores la fragancia
      Y se siente poeta:
      De nuevas armonías
      Él lleva en sí los gérmenes fecundos;
      Melancólicas son sus alegrías,
      Y las diáfanas noches son sus días
      Y otros aires respira de otros mundos.

      Con paso lento y con incierto giro
      Busca en las soledades hospedaje
      Entre la majestad bronca y salvaje
      Do junta la avecilla algún suspiro
      Al rumor del follaje.
      Tal vez a su mirada
      Aparécese, brilla, se evapora
      De su cielo la imagen adorada;
      Caviloso visita la enramada
      Y, sin saber por qué, se para y llora.

      Pero no de tus Cándidos amores,
      ¡Oh noble corazon!, por tipo escojas
      La aura sutil que en trémulas congojas
      Va robando a los árboles sus flores
      Y a las flores sus hojas;
      Ni el bullente arroyuelo
      Que agradece con tímido murmullo
      Tiernas primicias del fecundo suelo,
      Ni las aves de Venus, que en su cielo
      Gozosas giran con amante arrullo.

      Mas al ímpetu ven de raudas alas,
      Animado de excelsos pensamientos,
      Al campo de los grandes elementos
      Donde ostenta Natura augustas galas
      Y solemnes acentos:
      Tu vuelo el aire hienda,
      Y viendo aquí morir onda tras onda
      Cuando la noche sobre el mar descienda,
      Ven un genio a esperar que te comprenda
      Y una voz digna que a tu amor responda.

      ¡Oh, ve la inmensidad abrirse en calma!,
      Oye en su fondo de natura el grito,
      Lee en los cielos tu destino escrito,
      Que ese espacio es profundo como el alma
      Y como ella infinito:
      Mira cielos y mares
      Extenderse magníficos, redondos,
      Y mira entre sus pompas seculares
      Rutilar los más altos luminares
      En los líquidos ámbitos más hondos.

      Cuando del opulento paraíso,
      No bien salieran de sus propias manos,
      Hizo Dios a los hombres soberanos,
      Su imagen inmortal dejarles quiso
      En cielos y océanos.
      "Buscad mis perfecciones",
      —Dijo el Señor a la pareja amante—,
      "En las etéreas últimas regiones";
      Y su dedo a inocentes corazones
      Mostró la hermosa eternidad delante.

      ¡Dichosos ellos si al altar del goce
      No a inmolar fuesen su dorado sueño!
      ¡Triste el que boga con vedado empeño
      Y las cándidas nubes no conoce
      Que en mi cantar le enseño!
      ¡Triste el que nunca vuela
      A la bóveda espléndida celeste
      Donde amor inmortal se nos revela!
      Quien en mares de luz no dio la vela,
      Éste no supo amar, profano es este.

      Almas, venid, y símbolos doquiera
      Gozad de vuestra acorde simpatía
      De la noche gentil y ardiente día,
      Del mar profundo y la azulada esfera
      En la eterna armonía.
      Venid, venid conmigo
      A hacer más puro vuestro afecto santo;
      Que ufano aquí, de vuestro bien testigo,
      Almas amantes, vuestro amor bendigo;
      Almas dichosas, vuestras glorias canto.
    Arriba

    Hora II. Sueños
      Reclinado sobre hojas macilentas
      Que al tronco cercan del anciano aliso,
      En tu verde ribera solitaria,
      ¡Oh claro río!
      Miro los montes,
      Los cielos miro;
      Doy suelta al pensamiento, y el pensamiento vago
      Se aduerme de tus ondas al amoroso ruido.

      Si Adán resucitara no hallaría
      Señal ninguna de su Edén perdido
      En moradas de reyes ni de damas,
      Mas este sitio,
      Estos aromas,
      Estos sonidos
      Le traerían ensueños floridos a la mente
      Y olvidados afectos al corazón marchito.

      Todos gozamos, como Adán el suyo,
      En la edad de inocencia un paraíso
      Antes que el labio la vedada fruta
      Guste atrevido.
      Estos aromas,
      Estos sonidos
      Reliquias me parecen de aquella edad de flores,
      De juegos inocentes y de infantil cariño.

      Hay vientos envidiosos. Los celajes
      De ventura y placer, ¿quién los deshizo?
      ¿Quién heló del amor blandas querellas?
      Recuerdos vivos
      Cruzan mi mente
      Diáfanos, límpidos;
      Mas luego poco a poco se van desvaneciendo
      Cual de mañana huyen ensueños peregrinos.

      ¡Ay, que todo lo bello es momentáneo!
      ¡Ay, que todo lo alegre es fugitivo!
      Las espumas, las nubes, los amores.
      ¡Oh claro río!
      Miro los montes,
      Los cielos miro;
      Doy suelta al pensamiento, y el pensamiento vago
      Se aduerme de tus ondas al amoroso ruido.

      Apenas en el mundo habrá paraje
      Para gozar a solas sin testigo,
      Tan delicioso cual tu verde orilla,
      ¡Oh claro río!
      Las tiernas aves
      Te dan sus trinos;
      Los árboles te abrigan con vacilantes sombras,
      Los céfiros te arrullan con apagados silbos.

      Hurtándose a los hombres Primavera
      Conserva aquí su virginal hechizo,
      Voluptuosamente adormecida
      Por eso, ¡oh río!
      Orlan tu margen
      Rosas y lirios;
      Y al percibir mi aliento, las auras se estremecen
      Y tiemblan en las hojas las gotas de rocío.

      Suspende el paso: este encantado albergue
      Parece por los ángeles traído,
      Palacio del amor, cárcel de amores.
      El rayo oblicuo
      Del sol fallece
      En el tejido
      Follaje que te guarda cual protegiendo un robo,
      Y aquí la tarde es lenta y aquí el ambiente es tibio.

      Llenas de esencia y de placer las flores 
      Agrupadas te salen al camino
      Para mirarse al verte y que las mires:
      Y ya al oído
      Te dicen ellas
      En el sencillo
      Idioma que tú entiendes, verdades que enamoran:
      "Somos de amor las hijas que para amar nacimos".

      ¡Mas huyes, vuelas! La ilusión te engaña
      Y la fuerza te impele del destino:
      Así también de mi niñez hermosa
      Dejé el abrigo.
      Cual tú engañado,
      Cual tú impelido,
      ¡Ay, cruzarás llanuras en soledad amarga;
      Retroceder no pueden los hombres ni los ríos!

      El aire a veces tu rumor se lleva,
      Siéntese entonces general vacío;
      Se asusta el corazón, despierta al alma
      Con un latido;
      El alma llora
      Bienes perdidos:
      Mas vuelven los rumores, y el pensamiento vago
      Se aduerme de tus ondas al amoroso ruido.

      ¡Ay, que para morir las alegrías
      Toman de la tristeza el colorido!
      Tus murmullos en ecos se prolongan
      Que son suspiros,
      Y en sombras mueren,
      ¡Oh claro río!
      Así a las frescas voces de los primeros años
      Los años que en pos vienen responden con gemidos.

      Yace en mi corazón cerrado un cofre...
      Yace del mar en el más hondo abismo
      En un arca de plomo, ¿quién creyera?
      Genio cautivo:
      Allí es su cárcel;
      Rebelde ha sido;
      Antes que fuese el hombre, cayó del quinto cielo,
      Y así le pasan años, y así le pasan siglos.

      Echando un día un pescador sus redes
      (Esto refieren orientales libros)
      Saca el arca de plomo, la abre, y sale
      Leve un humillo;
      Ya es parda nube,
      Ya es un vestiglo
      Que los brazos enormes abriendo en el espacio
      Parece que dijera: "¡El firmamento es mío!"

      Pero la eterna maldición le abruma,
      Siente el arcángel desmayar su brío;
      Ya no es coloso, sino parda nube;
      Ya es un humillo,
      Ya está en el arca;
      Rebelde ha sido;
      Y el pescador temblando devuelve al mar la pesca,
      Y encima pasan años, y encima pasan siglos.

      Yace en mi corazón cerrado un cofre,
      Allí el ángel de amor con sus delirios;
      Ya en tu verde ribera se levanta,
      Ya es leve humillo,
      ¡Nube gigante!
      Mas luego él mismo
      A las profundas grutas del corazón se vuelve,
      Y duerme de tus ondas al amoroso ruido.

      El sol despareció; se apaga el día;
      Cúbrese el cielo de funéreos visos;
      Naturaleza entristecida calla;
      ¡Adiós, oh río!
      Todas las tardes
      Vendré a este asilo
      A soñar a la sombra de tus copados árboles,
      De tus bullentes ondas al amoroso ruido.
    Arriba

    Hora IV. El arca del diluvio
      I

      He vuelto solo al césped del collado
      Do tú, Rogerio amigo,
      Cuando la tarde halaga al mustio prado,
      Ibas siempre conmigo.

      ¿Recuerdas? Florecillas ignoradas
      Buscabas en la hierba
      Que, secas hojas hoy, pero sagradas,
      Vivo el amor conserva.

      Yo te hablaba, ¿quién va a acordarse ahora?
      Siempre a ti el alma mía,
      Lo mismo a mí la tuya, soñadora,
      Su panorama abría.

      Serio haciéndose va mi pensamiento,
      Pues como tú te fuiste,
      Aunque todo está igual, no sé qué siento
      Que está todo tan triste.

      El mismo cielo azul, la torre oscura
      Miro, la fuente misma;
      Mas tu ausencia el paisaje desfigura
      Empañándome el prisma.

      Y a veces me pregunto en el sendero,
      O allá, meditabundo:
      ¿Por qué esta amarga soledad prefiero
      A los gozos del mundo?

      ¿Será que el hombre, digo, desterrado
      Lleva un impulso dentro
      Que le estimula a repasar lo andado
      Y a volver siempre a un centro?

      Aspiración a eternidad es este
      Poder que nos sujeta;
      Preludio santo, inspiración celeste
      Que modula el poeta.

      II

      Mas, ¿qué cosa inmortal ve la mirada?
      Sólo parece eterno
      Este secreto abismo, o muerte, o nada
      Lo llamemos, o infierno:

      Este ser que invisible nos devora;
      Que universal tributo
      Cobra, y la flor respeta o la mejora
      ¡Para llevarse el fruto!

      A veces me parece la Natura
      Tan llena de riquezas
      Con esa rozagante vestidura,
      Y con tantas bellezas,

      Cual fuente de jardín: artificiales
      Fascinan el sentido
      Sus cristalinos arcos, siempre iguales,
      Con perenne ruido:

      Todo es animación; mas si los ojos
      A examinarla fueren,
      Verán que es vida a fuerza de despojos
      ¡Son mil gotas que mueren!

      No bien el ser sus formas consolida,
      De sí efímero dueño,
      Átale sordo vértigo, y su vida
      Se evapora en un sueño.

      ¡Naufragio universal! Cuando ese abismo
      Calo en la mente y sondo
      Vuelvo aterrado; a todo ser lo mismo
      Traga, y no tiene fondo.

      Corre la humanidad por mil senderos
      Al ciego remolino
      Allá mis padres van, mis compañeros;
      Yo con ellos camino.

      Y tú también: tu juvenil historia
      Que de amor se atavía,
      Mañana yacerá, deshecha gloria,
      Bajo la tumba fría.

      Tantos gajes de amor correspondidos
      Y lágrimas preciosas;
      Y aquellas esperanzas y gemidos,
      Y tantas, tantas cosas,

      Serán cenizas. Duéleme su estrago;
      Y el deseo que siente
      Quien ve a un hijo morir, de ser un mago,
      O genio omnipotente,

      Por ti lo siento: milagrosas ramas
      Quisiera entretejerte
      Y oculto a par de la que tanto amas,
      Hurtarte allí a la muerte.

      "Yo también en Arcadia soy nacido",
      Y puedo con mi lira
      Tu nombre redimir a ingrato olvido;
      Pero no a ti a la pira.

      Podemos eso, eternizar un nombre,
      ¡Salvar una mortaja!
      No disputamos a la muerte el hombre
      Que ella encerró en su caja.

      ¡Eternizar un nombre, honor mezquino!
      ¡Y dice el mundo luego
      Que el lauro del poeta es don divino
      Y su alma sacro fuego!

      ¡Naufragio universal! Tambien nosotros
      Que eterna nombradía
      Dispensamos, morimos cual los otros
      Cuando nos llega el día.

      De la propia existencia a nuestra mente
      ¿Qué deja lo pasado?
      Recuerdos, un despojo deficiente
      Un busto inanimado.

      Vuelve a mirar a tus antiguos días;
      ¿Qué ves? Allá el abrigo
      De tu infancia y sus frescas alegrías,
      Tus padres y un amigo.

      La escena va ensanchándose adelante:
      Campos, ciudades, puertos...
      ¡Mírate!, ¡no te ves muerto viandante
      En un mundo de muertos!

      III

      Con este doloroso sentimiento
      Ayer, muriendo el día,
      Tornaba a mi mansión: el manso viento
      En los sauces gemía.

      Y una mística voz a su manera
      Habló en secreto al alma;
      Voz que animando la piedad primera,
      Me devolvió la calma.

      ¿Y te olvidas de mí (la voz decía)
      Tú que antes en mi seno
      Reclinabas con grata simpatía
      Tu semblante sereno?

      "El maléfico ser que ves al lado,
      Que todo lo devora,
      Es la muerte del alma, del pecado
      Anciana servidora.

      "Y la que desesperas en tu duelo
      De hallar, dichosa suerte,
      Es la vida beatífica del cielo;
      ¡Yo, que vencí a la muerte!

      Envenenose el hombre de obcecado;
      Dios al culpable hijo
      Miró piadoso en su infelice estado,
      Y, salvárele, dijo.

      "Yo a salvarle bajé; mi amor le llama;
      Rebelde, se suicida;
      El que a mi voz responde, el que me ama
      Vivirá eterna vida.

      "Mi amor viene a buscarte; de mis brazos
      El orgullo te aleja
      Vuelve a anudar los redentores lazos;
      Ama, y recelos deja".

      Pensé en mi infancia en dulce arrobamiento,
      Y lloré mi extravío;
      Y luego a ti volvió mi pensamiento,
      Rogerio, amigo mío.

      Mis lágrimas enviarte deseara
      Con su muda elocuencia;
      Y la no articulada, pero clara
      Voz que oí en mi conciencia.

      Ya libertarte del naufragio espero,
      No en culta poesía,
      Mas de mi fe lanzándote el madero:
      ¡Cree! ¡Ama! ¡Confía!

      Al que a esa tabla náufrago se acoge,
      Quien a la muerte dura
      Venció en la cruz, acude y le recoge
      Con paternal ternura.

      Tantos gajes de amor correspondidos
      Y lágrimas preciosas;
      Y aquellas esperanzas y gemidos,
      Y tantas, tantas cosas,

      Asócialas con vínculo suave
      A más alto destino;
      ¡Sálvate con tus glorias en la nave
      Que a rescatarnos vino!
    Arriba

    Hora V. Las aves
      ¡Aves! ¿Do vais cruzando la alta esfera
      Risueña limpia y clara?
      ¡Ay! ¡Quién como vosotras libre fuera!
      ¡Quién cual vosotras, ay, el vuelo alzara!

      Blancos y deliciosos pensamientos
      Despertáis en el alma:
      Cuando os mecéis sobre los mansos vientos
      Cual la esperanza sois que boga en calma.

      Y cuando descendéis apresuradas
      Sois cual las ilusiones
      ¡Ah!, de puro atrevidas, disipadas
      Del porvenir abierto en las regiones.

      Va a perderse el incienso allá en el cielo,
      Y allá en la mar el río;
      No se dónde, siguiendo vuestro vuelo.
      Vuela a perderse el pensamiento mío.

      Para la eterna inmensidad nacida
      Gime el alma y quisiera
      En edades lanzarse sin medida,
      En espacios hundirse sin ribera.

      Por eso amar, volar nos place tanto:
      El que ama, los lugares
      Y el tiempo olvida. ¿Qué es el desencanto
      Sino al fondo bajar de los pesares

      Y volver a contar menguadas horas?
      ¡Ay, aves pasajeras
      De tristeza y amor inspiradoras,
      De adioses y esperanzas mensajeras!

      Os sigo con la vista; ya no os veo
      Y miro todavía;
      Que absorta en la ilusión de su deseo
      Os busca el alma en la región vacía.

      Sombra y esclavitud cubren el suelo;
      Siguiendo vuestro giro
      La alegre libertad que hay en el cielo
      Gozo un instante, pues gozarla os miro.
    Arriba

    Hora VI. Ellas
      ¡Oh, las que habéis pasado
      Solas y pensativas por el mundo,
      Algo no conocido
      Buscando siempre con amor profundo
      Nunca de igual amor correspondido!

      ¿Fuisteis, almas sensibles,
      Conducidas del ángel del consuelo
      A mejores moradas,
      O a otra mansión cual esta, en vuestro vuelo,
      Por la amiga desgracia desviadas?

      Doquier viváis ahora,
      Cualquier que fuese vuestro nombre un día,
      Vuestra existencia siento;
      Llevado de secreta simpatía
      Hacia vosotras va mi pensamiento.

      Huéspedas en el mundo
      ¿No pensabais en época distante?
      A un hermano ignorado
      Tal vez buscasteis con anhelo amante;
      ¡Sin saberlo tal vez me habéis amado!

      Y hoy de mundos remotos
      ¿No acá volvéis, espíritus viajeros?
      Cuando oigo los suspiros
      De la brisa en los árboles, a veros
      Torno tal vez, y me parece oíros.

      Acaso para hablarme
      Vago son suscitáis, o luz, o aroma;
      Animado sintiendo
      Un pensamiento en no estudiado idioma,
      Sé que es palabra vuestra, y no la entiendo.

      El aura sollozante
      Que en el valle circula prisionera,
      Si salida lograra,
      El nítido palacio de la esfera
      Y el cristalino golfo visitara.

      Tal, pensando en vosotras,
      Almas sensibles, en recinto estrecho,
      Siéntese el alma mía;
      Si la pared rompiese de mi pecho,
      A vuestro mundo aéreo volaría.
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    Hora VIII. Consejos
      Tu gloria ¡oh corazón! tu dicha labras
      Si rindes al amor culto sencillo;
      Mas el amor no es obra de palabras,
      Ni es terreno oropel su casto brillo.

      En el templo de amor hay sola un ara
      Y un solo don que se ofrece a toda hora;
      Caridad es el don que se prepara
      Y es la verdad el ara que se adora.

      Entre el necio tropel del mundo vano
      Simpatizan tal vez dos corazones;
      ¡Dichosos ellos si invisible mano
      Para encontrarse les brindó ocasiones!

      Mas, ¡tristes si con esta simpatía
      Aportan a su unión mutuo recelo!
      En infierno tal vez se cambiaría,
      Si turbase al amor la duda, el cielo.

      ¿Quién en los bosques al buscar madera
      Los árboles elige por la hoja?
      El árbol bueno es bueno en primavera
      Y cuando de sus galas se despoja.

      El tronco, —el corazón—, es lo importante,
      ¡Oh!, nunca juzgues mal del que bien siente
      Porque esto dijo o hizo tal semblante:
      ¿Tienes su corazón? Eso no miente.

      ¿Y a qué es interpretar tal voz, tal ceño?
      ¿Ha menester de intérprete el cariño?
      No es mejor clima el cielo más risueño.
      Yo amo en los hombres el candor del niño.

      Culpable es quien no sabe retirarse
      Con causa, y quien por causa vil se aleja;
      Huya el amor cuando hay de qué quejarse,
      Mas cuando hay mutuo amor, calle la queja.

      Di al que amas la verdad, y por tu parte
      Perder no temas si te ve un defecto;
      Procura ser mejor, no disfrazarte;
      Dios ve más, y es su amor el más perfecto.

      Por eso huyendo muchos de este mundo,
      Más que los males, la inquietud que esconde,
      Buscaron el amor santo y profundo
      Que en silencio recibe y corresponde.

      Fe y amor: la ventura aquí se encierra.
      Si hubiese más amor, menos recelo,
      Tal vez, aún con sus lágrimas, la tierra
      De purgatorio se cambiara en cielo.
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    Hora IX. El asilo
      Quia amore langueo.

      ¡A quién no sucedió, vagando acaso
      Por las orillas de encantado río
      Decoradas de rústico atavío,
      Involuntario detener el paso
      Si un sitio mira umbrío!

      Y con tristeza plácida, hospedaje
      A ese sitio, capricho de Natura,
      Pide; que allí la sombra es más oscura
      Y oculta la avecilla entre el follaje
      Canta con más ternura.

      Tal me detengo en la modesta estancia,
      De gracia y de bondad sacro retiro,
      Donde lo bello realizado miro
      Y del cielo la mística fragancia
      Arrobado respiro.

      Y en balde con ciudades populosas
      Me cerca el mundo y de esplendor profano;
      Natura su ancha escena me abre en vano,
      Y en vano a ver sus ondas majestuosas
      Me invita el Océano.

      Que la piedra preciosa recatada
      Vale más que los montes de granito;
      Un eco dice más que un alto grito:
      Presta más un rincón de esta morada
      Que el espacio infinito.

      Mas aquí, a poco, sufre el alma y gime
      De afectos tiernos e inquietud llevada;
      El placer que respira la anonada,
      Y al corazón desfallecido oprime
      Enfermedad sagrada.

      Tal, gozando región de luz más pura,
      Ronda la mariposa inadvertida
      La llama que con brillos la convida,
      Y en el nítido umbral de su ventura
      Deja en despojos la infelice vida.
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    Hora X.
      Hoy que acoges, señora,
      Muestras de estimacion con leda frente
      En el libro do el lápiz atesora
      Recuerdos de tu vida
      También mi afecto puro halle acogida.

      ¡Oh!, si una vez los montes
      Mover pudiese el verso peregrino
      Cual la fe viva, o si de blanda rosa,
      Cual la oracion ferviente, milagrosa,
      Supiera entapizarnos el camino,

      ¡Yo a su influjo divino
      Te alzara un porvenir, fueras dichosa!

      ¡Mas di, oh joven!, ¿qué falta a tu ventura?
      De gracia y de Natura
      En ti reúnes armoniosos dones,
      Y encanta tu bondad los corazones
      Cual campos fertiliza
      Limpia fuente que bulle y no murmura.

      ¡Ah!, falta, falta solo
      Que en el sendero humano
      Cosa que mires, flor que toques, sean
      Dignas de tu mirada y de tu mano,
      Y homenaje te den cuantos te vean.
      Eso mereces tú, yo lo deseo,

      Y de engañarme trato
      Con tan bella ilusión. Mas, ¡dura pena!
      La verdad es que el mundo es muy ingrato;
      ¡No hay hombre digno hasta donde eres buena!
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    Hora XI. Guerra y paz
      Volaba ayer mi pensamiento rápido
      Llevado de esperanza y de ambición,
      Buscando ansioso en el profundo cielo,
      Con alentado vuelo,
      Ígnea región.

      Volvió de allá mi pensamiento lánguido
      Arrepentido de su empeño audaz
      Y las alas inclina hacia la tierra;
      Cansado de la guerra
      Quiero la paz.

      Ayer buscaba el trueno y el relámpago;
      Hoy el silencio busco y la quietud;
      Ayer mi canto resonó a distancia;
      Hoy en modesta estancia
      Pulso el laúd.

      Ayer amé las olas y los mástiles;
      Hoy cauto huyo del hirviente mar;
      Fui en pos del siglo que a la plebe asombra;
      Hoy me place la sombra,
      Amo el hogar.

      Y alucinado, a los instables ídolos
      Que alzó la moda, admiración rendí;
      Hoy el prudente corazón no admira;
      Sólo de amor suspira,
      Sólo por ti.

      Amor todo ternura, afecto, lágrimas;
      La casta confianza es su placer.
      ¡Oh, si pudiera, sin decirte nada,
      Mostrar a tu mirada
      Todo mi ser!

      Entonces hospedándome benévola
      No recelaras por tu prez gentil;
      No temieras cubriese mi cariño
      Del invisible niño
      Dardo sutil.

      Guarda en buenhora los favores últimos;
      Puro cual tus miradas es mi amor;
      Yo sólo pido
      Compasivo y sereno,
      Sombra y calor.
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    Hora XII.
      ¿Quieres, mi dulce Cintia, quieres, mi buena amiga
      Que cuánto yo te amo con palabras te diga?
      Oye: cuando uno viene de algún pais lejano
      Do fue de ciencia en busca, cual la ave en pos de grano,
      Cuando recapacita su ya pasada historia,
      Y tierras, mares, hechos repasa en su memoria,
      Narrar apenas puede lo que ha visto y oído;
      Acaso le interrogan y enmudece afligido.

      Mi amor es vago y puro, misterioso y fecundo,
      Más hermoso que el cielo, más que la mar profundo.
      ¡Si así cual signo tienen extraños pensamientos
      Tuviesen su lenguaje tambien los sentimientos!
      Tanto al hombre no es dado, ni a ensayarlo me atrevo;
      Traigo, Colón segundo, de amor un mundo nuevo.
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    Hora XIII.
      ¡Soñé que de esa vega,
      De esa tristeza íntima
      Que en tus húmedos ojos
      Descubres, Cintia, ah Cintia!

      Tú las causas secretas
      Revelándome ibas,
      Y que a tus tibias lágrimas
      Juntaba yo las mías;

      Y que, puesta en mi hombro
      Tu sien cándida y tímida,
      Liviaban tu pena
      Los sones de mi lira.
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    Hora XIV.
      No sólo habla la voz. Cuando sereno
      Tiende la tarde en derredor su manto,
      Si a tu piano de ilusiones lleno
      Le haces hablar en su lenguaje santo,
      ¿No percibes que bullen en su seno
      Los apagados ecos de mi canto?
      O si apoyada estás a tu ventana,
      ¿Cerca no ves alguna sombra vana?

      Esa es mi alma, soy yo, que la preciada
      Plácida esencia de tu seno aspiro;
      Mudamente a tu lánguida mirada
      Responde entrecortado mi suspiro.
      Como el aire y el agua en la enramada,
      Como dos nubes van en sesgo giro,
      Como dos aves en errante vuelo,
      Van nuestras almas por el mismo cielo.

      ¿No es verdad? Suspendiendo tus labores,
      Fija la vista en la extensión vacía,
      Por esferas tal vez vuelas mejores
      Llena de virginal melancolía:
      Ignorantes de místicos amores,
      Sin sospechar que entre ellas eres mía,
      Tú silenciosa, inmóvil faz notando,
      Tus hermanas dirán: "¿Qué estás pensando?"

      Naturaleza toda se conjura
      Para unir en su encanto a los que aman:
      La bullidora fuente que murmura,
      Las aves que en el árbol se reclaman:
      Nos hablan con acentos de ternura
      Los mares mismos que interpuestos braman:
      Todo lo anima nuestro amante anhelo,
      Naturaleza toda es nuestro cielo.

      Y cuando, oculto el sol en occidente,
      La inmensa creación parece muerta,
      Di, ¿de ese corazón, Cintia, inocente,
      No has sentido que yo llamo a la puerta?
      ¿No te sucede involuntariamente
      Que, cerrados los ojos, una incierta
      Imagen dibujarse ves delante?
      Esa mi imagen es; ese es tu amante.

      ¡Y yo sin ti!, ¡de ti tan separado,
      Y siempre con tu amor el alma inquieta!
      Yo vivo de la dama en el teclado,
      Tú en la cítara vives del poeta.
      El destino me aparta de tu lado,
      Mas al tuyo mi espíritu sujeta;
      ¡Querrá que nuestro eterno sentimiento
      No lo empañe la tierra con su aliento!
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    Hora XV.
      Las almas buenas acá en el suelo
      Su mundo propio tienen también,
      Mundo que encierra paz y consuelo,
      Anticipado rincón del cielo,
      Segundo Edén.

      ¡Oh!, ¡qué distinto de los salones
      Que adorna estéril la vanidad!
      Todo es en ellos regias ficciones,
      Y en estas puras, anchas regiones
      ¡Todo es verdad!

      Mirar dos almas la misma estrella,
      Cambiar las llaves del corazón,
      Eso es con firme, callada huella,
      Por los umbrales pasar de aquella
      Feliz mansión.

      ¡Feliz!, de lejos tal vez severa;
      ¡Ah!, verla solo te hace temblar,
      Cual palidece joven viajera
      Cuando en la playa por vez primera
      Contempla el mar.

      No esperes dichas en ese mundo
      Donde es perfidia todo y temor,
      Y ven a este otro santo y profundo
      En donde reinan, Edén segundo,
      ¡Verdad y amor!
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    Hora XVI.
      ¿Por qué en el rayo de estrellas remotas
      Que en cristalino raudal se estremece?
      ¿Por qué en aquellos que el músico ofrece
      Acordes trinos, dulcísimas notas?

      ¿Por qué en los ojos, do en tímidas gotas
      Que un beso enjuga, amor resplandece,
      Hay algo triste que el pecho enternece
      Y el alma cubre de sombras ignotas?

      ¡Ah, siente el hombre que ser más debía!
      No es inocente y está desterrado;
      Algo le falta que tuvo algún día.

      ¡Hondo vestigio de un bien que ha pasado!
      ¡Reminiscencia de antigua alegría!
      ¡Remordimiento de antiguo pecado!
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    Hora XVII. Desengaño
      Perfida, cara tamen.

      Te vi en modesta estancia
      Como flor a los céfiros esquiva,
      Recatar tu fragancia;
      No vana, no festiva,
      Mas con húmedos ojos pensativa.

      En tan dichoso día
      Te vi, te amé; mi corazón sediento
      De ideal simpatía
      Himnos alzó en el viento
      Y gozaba en su propio rendimiento.

      ¡Ay, cuán presto se parte
      El verdadero amor rico de gloria!
      Vinieron a tentarte
      Esperanza y memoria
      De un falso gozo y de una triste historia.

      No ya en mi compañía
      Afable y complaciente sonreíste
      Con profana alegría.
      ¡Ah, mi alma se resiste
      A creer, a esperar, y todo es triste!

      Hoy con la vista herida
      Odioso miro cuanto vi más bello;
      Las flores de la vida
      Hoy como espinas huello;
      Sombra es de muerte lo que fue destello.

      Y sufro y desespero
      Pensando, o fatigado me aletargo;
      ¡Me ofende el mundo entero,
      Y te amo sin embargo
      Con escéptica fe y amor amargo!

      Ya, ya me precipito
      Si no logro alcanzar sublime altura;
      O un amor infinito
      O eterna desventura
      A tientas busco en mi febril locura.

      ¡Si tú amarme de veras
      Y yo olvidar pudiese lo pasado!
      ¡Tú ángel redentor fueras,
      Yo corazón postrado
      Que revive al amor glorificado!
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    Hora XXI. El ensueño
      Era una noche como todas; nada
      Nuevo en el aire había:
      En torno platicaban de mi puesto,
      Yo sin las voces el rumor sentía.

      Y de pronto, los párpados abiertos,
      En religiosa calma
      Me pareció embeberse mis sentidos
      Y en sueño aéreo se arrobó mi alma.

      Y a aquella vi por quien el tiempo olvido
      Si gozo su presencia,
      Y si de verla dejo solo un día
      Siento un abismo entre los dos de ausencia;

      Reclinada la vi, serena y muda
      En apacible lecho;
      Mas estaba dormida... ¡muerta estaba!
      El hálito vital faltó en mi pecho.

      Inmaculada viéndola y gloriosa.
      No me ocupó el espanto,
      Mas de infinito amor penas sin nombre,
      Y sin ruido en mi faz rodaba el llanto.

      "¡Buen Dios, ella se ausenta, ella enmudece!
      ¡Y mi labor querida,
      Esa conversación nunca acabada,
      Ha quedado por siempre interrumpida!"

      Pensé, y luego la hablé sin voz, cual ella
      Sin mirar me veía,
      Que en su rostro, los párpados cerrados,
      La luz brillaba del eterno día:

      "Me ves cual soy, cual fui: ¡todo lo sabes!
      Entrego a tu mirada
      Con muchas culpas réproba mi vida,
      Mas de sobra en tu amor purificada."

      "Tú, enseñada al perdón desde este mundo,
      Esas culpas perdona,
      Y dime si en el cielo que posees
      Hay para tanto amor digna corona".

      Yo hablaba así. Después tiempos pasaron
      Que, horas en este mundo,
      Fueron, medidos en región más alta,
      Siglos de amor y de dolor profundo.

      Ni sé si de esas horas seculares
      Señal quedó en mi frente;
      Sé que agoté la fuente de las lágrimas
      Y el lauro merecí del penitente.

      Vuelto de ahí, cual Lázaro, a la vida
      En impensado instante,
      Viva hallando a quien muerta vi, la creo
      Beatífica visión siempre distante.

      "Hablábamos ayer", decirla quiero,
      Pero callo doliente;
      No hay voz que este misterio explique, y gimo,
      Partido el corazón, casi demente.
    Arriba

    Hora XXII. Las almas buenas
      Acá en la tierra hay ángeles del cielo,
      Almas llenas de amor y de ternura;
      Su misión es sufrir y dar consuelo,
      Sentir y consolar toda amargura.

      Hallar no pueden el ideal que adoran;
      Las virtudes de acá son menos bellas.
      Sólo Dios ve lo que en silencio lloran;
      Nadie comprende lo que sufren ellas.

      Y ellas aceptan su misión cristiana
      Al sacrificio voluntario unida:
      Hacen el bien sin recompensa humana,
      Amena, sin alarde, hacen la vida.

      Yo conozco esas almas. ¡Cuál revelan
      En cuerpos de mujer diva hermosura!
      ¡Cómo al enfermo corazón consuelan
      Su mirada y su voz, todo dulzura!

      Su amigo es el Dolor. De él arrulladas,
      Su sonrisa se tiñe de tristeza.
      ¡Quién las pudiera ver transfiguradas
      Si tienen, aun así, tanta belleza!
    Arriba

    Hora XXV. Desaliento
      El campo está risueño
      Y la mañana alegre;
      Naturaleza toda
      Galana resplandece;
      Ya vuelven los amores,
      Ya llegan los placeres;
      Cuando todo renace
      Mi corazón se muere.

      Ya trinan dulces aves
      En los rosales verdes;
      Vagan mansos rumores
      Circulan silbos tenues;
      Y alborozadas bullen
      Las melodiosas fuentes;
      Y cuando todo canta,
      Mi corazón se muere.

      Reflejos y matices
      Se mezclan diferentes;
      El céfiro las hojas
      Tornasoladas mueve:
      Las nubes se abrillantan,
      Los prados reverdecen,
      Y cuando todo ríe
      Mi corazón se muere.

      En vano, aura de amores,
      Acaricias mis sienes;
      Esas aguas y las rosas
      Despiertan si las meces,
      Las unas cuando callan,
      Las otras cuando duermen;
      No así los corazones
      Que de pesar fallecen.

      En vano, aura de amores,
      Lisonjeas mi mente:
      Moviéndose livianas
      Cuando tus soplos sienten,
      La nube al horizonte,
      La nave al puerto vuelve;
      No así las esperanzas
      Que huyendo se disuelven.

      ¡Cielos!, ¿qué significa
      Esta pompa solemne?
      ¿Cuál ha sido mi crimen?
      ¡Ay!, ¿qué rigor es este?
      Cuando todo se alegra
      Y todo se embellece,
      Mis esperanzas huyen,
      ¡Mi corazón se muere!

      Así la amante Silvia
      Suspira y desfallece,
      Si abriendo su ventana
      Mira al camino, al puente,
      Y oye trinar las aves
      Y ve rodar las fuentes;
      Y cuando todo es vida,
      Su corazón se muere.
    Arriba

    Hora XXVIII. Los dos huéspedes
      ¡Tú, cuya copa abierta se levanta
      Con sombra amiga protegiendo el suelo;
      Tú, do el alado morador del cielo
      Oculto anida y amoroso canta!

      Yo mido el campo con humilde planta,
      Él cruza el aire con gallardo vuelo:
      Codicioso de amor, yo de consuelo,
      Juntos llegamos a tu sombra santa.

      Inquieto, enamorado y engreído,
      Él en tu verde copa floreciente
      Viene a trinar junto al sabroso nido;

      Pensativo, callado, falleciente,
      ¡En tu nudoso tronco envejecido
      Yo busco arrimo, de mi bien ausente!
    Arriba

    Hora XXX. Lo más triste
      Lo que ayer florecía, hoy mustio yace;
      Mañana yacerá lo que hoy florece;
      Llévanos a do todo va y fenece
      El mismo impulso que vivir nos hace.

      Así la ola que entre espumas nace,
      Con el ímpetu mismo con que crece
      Más presto llega a cima, y encanece.
      Y en el líquido fondo se deshace.

      Y tú, Belleza, al corazón tan cara,
      Del placer y las gracias compañera,
      Mueres también, y Amor te desampara.

      ¡Nada más triste que tu ruina hubiera
      Si más allá la muerte no llegara,
      Si también la inocencia no muriera!
    Arriba

    Hora XXXI. Al viento
      Vientecillo sin nombre
      Que curioso paseas
      Ahora por el bosque,
      Ahora por la vega;

      Tú que en lecho de espumas
      O de hojas, remedas
      Con inquietud celosa
      Las más sentidas quejas;

      Ven, trayendo en tus alas
      Tan leves como frescas,
      Murmullos de las fuentes,
      Aromas de las selvas;

      Suspira en el follaje
      Del árbol que me hospeda;
      Las sombras lento cambia ;
      Con mis cabellos juega.

      O barre ahí esas flores
      Menudas y hojas secas,
      Y en círculos llevándolas
      Mis pensamientos lleva.

      Ven, airecillo humilde,
      Mi soledad alegra,
      Temores desvanece
      Y esperanzas alienta.
    Arriba

    Hora XXXII. La oración
      En horas de pesar, de horror, de duelo,
      En que perdido el pensamiento humano
      Se arrastra en soledad lejos del cielo
      Como el arcángel réprobo que en vano
      Tiende lejos de Dios su eterno vuelo;

      En esas horas de dolor profundo
      He escuchado una voz que me convida
      Reanimando mi pecho moribundo,
      Y he gustado esperanzas de otra vida,
      Y he sentido consuelos de otro mundo.

      Y volviendo del éxtasis, de hinojos
      Caído en el terráqueo pavimento,
      He elevado con lágrimas los ojos,
      Por ver en el azul del firmamento
      El ángel que aliviaba mis enojos.

      ¡Qué engaño! El ángel que en los cielos mora
      Al mustio pecador se muestra esquivo
      Es humana esa voz consoladora;
      Es algún corazón que, compasivo,
      Lejos de mí, de mí se acuerda y ora.

      ¿Quién es? De no saberlo me contristo,
      Y como el pobre que agradece y llora
      La limosna al sentir de a quien no ha visto,
      Beso a ciegas la mano bienhechora
      Y digo: "¡Tu bondad corone Cristo!"
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    Hora XXXIII. El piano
      Hubo ya un tiempo en que la Musa mía
      La poética frase
      Fácilmente encontraba que expresase
      La tristeza del alma o su alegría.

      Ese felice día
      Se hundió en la eternidad. Mi alma cansada,
      Con tono dulce y grave,
      En voz no articulada
      Quisiera hacer sentir a los oídos
      Lo que ella muda sufre y sola sabe.

      Tú me das esa voz, mi alma interpretas
      Cuando la diva inspiración tu mano
      Guía sobre las teclas del piano:
      Voz no aguda o cruel como el gemido
      Ni artificiosa como acento humano.

      Tú mis penas expresas
      En deliciosas notas de armonía
      Que halagan los sentidos
      Y aduermen la doliente fantasía.

      En la mente sembrada de recuerdos
      Flor de esperanza nace;
      El alma vagos horizontes mira
      Y en su misma tristeza se complace.
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    Hora XXXIV.
      No es tu piano lo que el vulgo piensa:
      Ara es funesta que el amor decora;
      Mi corazón la víctima indefensa,
      Tu dulce voz, la daga matadora.
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    Hora XXXV. El olvido
      —¡Te acuerdas de los días
      En que a este país bello
      Llegaste vez primera
      Complaciente y risueño!

      ¿Te acuerdas de las danzas
      Y los festivos juegos,
      Las grutas, los columpios,
      Las luchas y los premios?

      ¿Te acuerdas que solías
      Suspiros dar, Aurelio,
      Y a veces pensativo?
      —No, Cintia, no me acuerdo.

      Mira: aquellos instantes
      Pasaron ya en el tiempo,
      También en mi memoria,
      Merced de un ángel bueno.

      Roguele los borrase,
      Apartar no pudiendo
      La flor de las espinas
      Ni la miel del veneno.

      ¡Oh, cuántas, cuántas veces
      Memorias y recelos
      Anublaron mis días,
      Inquietaron mis sueños!

      Oyóme, y me condujo
      A un raudal, tan sereno,
      Que Fuente del olvido
      Le llaman los viajeros.

      Allí todos los árboles,
      Allí todos los ecos,
      Aves, aguas y brisas
      Repiten: "No me acuerdo".

      Allí por vez postrera
      La flor de mis recuerdos
      Me hirió con sus espinas;
      Yo llorando la beso,

      Y a las aguas la arrojo;
      Las aguas la cubrieron.
      —¡Aurelio! ¡Y no te acuerdas!
      —¡Ah! ¡Cintia! No me acuerdo.
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    Hora XXXVII. Inmortalidad
      Teme el amor la muerte aborrecida;
      Pero no la del cuerpo, fácil muerte,
      Perpetua compañera de la vida.

      Ella no sólo en polvo nos convierte,
      No sólo nos envuelve en noche oscura,
      Ni son todos sus golpes de esa suerte.

      Callada, sin cavarles sepultura,
      Mata al mozo robusto en el anciano
      Y en el mozo a la tierna criatura.

      Pensando en lo que fui, pregunto en vano
      "¿Dónde está aquel garzón tan inocente?
      ¿Qué se hizo aquel mancebo tan lozano?"

      Muertos yacen sin tumba. Solamente
      La muerte entre sepulcros nos aterra,
      Y lloramos, llamándola inclemente,

      Sin recordar a los que en sorda guerra
      Cayeron sin despojos, sin ruido,
      Como mueren los pobres en la tierra.

      Muy temprano desnudas nuestro nido,
      ¡Oh Muerte! ¡Oh Muerte! Con tardío duelo
      El bien lloramos que por siempre es ido.

      No a ti teme el Amor, hijo del cielo,
      Compañero inmortal de los querubes,
      Celeste huésped en corpóreo velo.

      Tú, monstruo vil, a su dosel no subes:
      Fuego etéreo es su ser: nació en regiones
      Más altas que los montes y las nubes.

      Fundó Amor para el alma sus mansiones,
      Y aunque en torno ruinas aglomeres,
      No podrás derribar sus torreones.

      A la Belleza y Juventud las hieres
      Con mudas flechas: mas de Amor divino
      Profanar el sagrario nunca esperes.

      Abre Amor un oasis peregrino,
      Donde paran su curso arrebatado
      Los años, que te sirven, y el Destino.

      En medio de los tiempos su reinado
      Principia, y es eterno; ni mundanas
      Miserias turban su dichoso estado.

      En balde esparcirás precoces canas,
      Y aún túmulo alzarás a los amantes;
      Siempre serán tus asechanzas vanas.

      En pobreza y vejez perseverantes
      Ellos aman: muriendo acá en el suelo,
      Tórnanse allá donde se amaron antes.

      No entibiarás su fuego con tu hielo,
      No turbarás con tu inquietud su calma;
      Tú eres, Muerte, del mundo; Amor, del cielo.

      Mas ¡ay!, deslustra del amor la palma
      Que a la muerte del cuerpo ajena crece,
      El pecado cruel que mata el alma.

      Si la Fe no le alumbra, se oscurece;
      Cae, si la Esperanza no le alienta;
      Si Caridad le falta, Amor fallece.

      Muere aquel a quien aire no sustenta,
      Y Amor, vida del alma y su alegría,
      No de aire, de virtudes se alimenta.

      Contémplalo, y no temas, Cintia mía,
      Los males de fortuna o breve ausencia;
      Teme frivolidad y alevosía.

      Son amargos recelos la dolencia
      Única del Amor; su muerte, olvido;
      Veniales culpas minan su existencia.

      Le restaura el perdón apetecido:
      Recuerdos bellos de inocente historia
      Endulzan, y esperanzas, su gemido.

      ¡Nubes disipa, Cintia, en mi memoria;
      Oirás entonces resonar mis cantos,
      Verás entonces renacer mi gloria!

      ¡Quién pudiera ser santo cual los santos!
      ¡Quién pudiera del mundo en los senderos,
      En medio de aflicciones y de llantos

      Sin temblar de la muerte golpes fieros,
      Vivir cual los vivientes inmortales.
      Amar cual los amantes verdaderos!

      ¡Oh Cintia!, ángel de paz, que los umbrales
      Franqueas de otro mundo con tu lloro,
      ¡No desprecies de amor promesas tales!

      ¡Alza en tus alas el común tesoro,
      Tú que sabes orar, tú que eres buena;
      Álzale al cielo, y con anillo de oro
      Fija en la eternidad nuestra cadena!
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