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Ángel Ganivet

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    Información biográfica

  1. Aun, si me fueras fiel
  2. Vivir


Información biográfica
    Nombre: Ángel Ganivet García
    Lugar y fecha nacimiento: Granada, España, 13 de diciembre de 1865
    Lugar y fecha defunción: Riga, Letonia, 29 de noviembre de 1898 (32 años)
    Nacionalidad: Española
    Ocupación: Diplomático, sociólogo, escritor, periodista, poeta
    Movimiento: Generación del 98
Es considerado por algunos autores un precursor de la generación del 98 y por otros un miembro de pleno derecho de esta.

Fuente: [Ángel Ganivet] en Wikipedia.org

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    Aun, si me fueras fiel
      Aun, si me fueras fiel,
      Me quedas tú en el mundo, sombra amada.
      Muere el amor, mas queda su perfume.
      Voló el amor mentido,
      Más tú me lo recuerdas sin cesar...
      La veo día y noche.
      En mi espíritu alumbra
      El encanto inefable
      De su mirada de secretos llena.
      Arde en mis secos labios
      El beso de unos labios que me inflaman,
      Que me toca invisible,
      Y cerca de mi cuerpo hay otro cuerpo.
      Mis manos, amoroso,
      Extiendo para asirla
      Y matarla de amor entre mis brazos,
      Y el cuerpo veloz huye,
      ¡Y sólo te hallo a ti, mujer de aire!
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    Vivir
      Lleva el placer al dolor
      Y el dolor lleva al placer;
      ¡Vivir no es más que correr
      Eternamente alrededor
      De la esfinge del amor!

      Esfinge de forma rara
      Que no deja ver la cara...;
      Más yo la he visto en secreto,
      Y es la esfinge un esqueleto
      Y el amor en muerte para.
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Miguel de Unamuno

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    Información biográfica

  1. A mi buitre
  2. Al amor de la lumbre
  3. Blas, el bobo
  4. Castilla
  5. Cuando duerme una madre junto al niño
  6. De vuelta a casa
  7. Dime qué dices, mar
  8. Dolor común
  9. Dormirse en el olvido del recuerdo
  10. El armador aquel
  11. El cuerpo canta
  12. El mar de encinas
  13. En horas de insomnio
  14. En un cementerio de lugar castellano
  15. Es una antorcha
  16. Hasta que se me fue no he descubierto
  17. Hay ojos que miran, hay ojos que sueñan
  18. Horas serenas del ocaso breve
  19. Incidente doméstico
  20. La Luna y la rosa
  21. La mar ciñe a la noche su regazo
  22. La oración del ateo
  23. La sangre de mi espíritu
  24. Luciérnaga celeste
  25. Madre, llévame a la cama
  26. Me destierro a la memoria
  27. Morir soñando
  28. Muerte
  29. Noche de luna llena
  30. Nuestro secreto
  31. Ofelia de Dinamarca
  32. Oh, Señor, tú que sufres del mundo (Salmo III)
  33. Por qué esos lirios que los hielos matan
  34. Qué es tu vida, alma mía
  35. Si tú y yo, Teresa mía, nunca
  36. Sombra de humo
  37. Te da en la frente el sol de la mañana
  38. Vendrá de noche
  39. Veré por ti
  40. Y qué es eso


Información biográfica
    Nombre: Miguel de Unamuno y Jugo
    Lugar y fecha nacimiento: Bilbao, Vizcaya, España, 29 de septiembre de 1864
    Lugar y fecha defunción: Salamanca, España, 31 de diciembre de 1936 (72 años)
    Ocupación: Filósofo, diputado, rector de la Universidad de Salamanca, escritor, novelista, ensayista, dramaturgo; miembro de la Real Academia Española
    Movimiento: Generación del 98
San Manuel Bueno Mártir (1930) es una obra muy corta e interesante sobre un sacerdote que predica, dando esperanza a quienes considera que la necesitan, a pesar de que él mismo no cree.

Fuente: [Miguel de Unamuno] en Wikipedia.org

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    A mi buitre
      Este buitre voraz de ceño torvo
      Que me devora las entrañas fiero
      Y es mi único constante compañero
      Labra mis penas con su pico corvo.

      El día en que le toque el postrer sorbo
      Apurar de mi negra sangre, quiero
      Que me dejéis con él solo y señero
      Un momento, sin nadie como estorbo.

      Pues quiero, triunfo haciendo mi agonía
      Mientras él mi último despojo traga,
      Sorprender en sus ojos la sombría

      Mirada al ver la suerte que le amaga
      Sin esta presa en que satisfacía
      El hambre atroz que nunca se le apaga.
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    Al amor de la lumbre
      Dulcissime vanus Homems.

      Al amor de la lumbre cuya llama
      Como una cresta de la mar ondea.
      Se oye fuera la lluvia que gotea
      Sobre los chopos. Previsora el ama

      Supo ordenar se me temple la cama
      Con sahumerio. En tanto la Odisea
      Montes y valles de mi pecho orea
      De sus ficciones con la rica trama

      Preparándome el sueño. Del castaño
      Que más de cien generaciones de hoja
      Criara y vio morir, cabe el escaño

      Abrasándose el tronco con su roja
      Brasa me reconforta. ¡Dulce engaño
      La ballesta de mi inquietud afloja!
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    Blas, el bobo
      Blas, el bobo de la aldea,
      Vive en no quebrado arrobo;
      La aldea es de Blas el bobo,
      Pues toda a Blas le recrea.

      Blas, que se crió desde niño
      Sin padres, con madre moza,
      En una perdida choza,
      Libre de carnal cariño;

      Blas, tradición la más pura,
      Sabe todo el calendario,
      Reza a la tarde el rosario
      Y le ayuda a misa al cura.

      Gracias a Blas el bendito
      No descarga Dios su vara
      Sobre la aldea, la ampara
      Blas, botón del infinito.
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    Castilla
      Tú me levantas, tierra de Castilla,
      En la rugosa palma de tu mano,
      Al cielo que te enciende y te refresca,
      Al cielo, tu amo,

      Tierra nervuda, enjuta, despejada,
      Madre de corazones y de brazos,
      Toma el presente en ti viejos colores
      Del noble antaño.

      Con la pradera cóncava del cielo
      Lindan en torno tus desnudos campos,
      Tiene en ti cuna el sol, y en ti sepulcro,
      Y en ti santuario.

      Es todo cima tu extensión redonda
      Y en ti me siento al cielo levantado,
      Aire de cumbre es el que se respira
      Aquí, en tus páramos.

      ¡Ara gigante, tierra castellana,
      A ese tu aire soltaré mis cantos,
      Si te son dignos bajarán al mundo
      Desde lo alto!
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    Cuando duerme una madre junto al niño
      Cuando duerme una madre junto al niño
      Duerme el niño dos veces;
      Cuando duermo soñando en tu cariño
      Mi eterno ensueño meces.

      Tu eterna imagen llevo de conducho
      Para el viaje postrero;
      Desde que en ti nací, una voz escucho
      Que afirma lo que espero.

      Quien así quiso y así fue querido
      Nació para la vida;
      Sólo pierde la vida su sentido
      Cuando el amor se olvida.

      Yo sé que me recuerdas en la tierra
      Pues que yo te recuerdo,
      Y cuando vuelva a la que tu alma encierra
      Si te pierdo, me pierdo.

      Hasta que me venciste, mi batalla
      Fue buscar la verdad;
      Tú eres la única prueba que no falla
      De mi inmortalidad.
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    De vuelta a casa
      Desde mi cielo a despedirme llegas
      Fino orvallo que lentamente bañas
      Los robledos que visten las montañas
      De mi tierra, y los maíces de sus vegas.

      Compadeciendo mi secura, riegas
      Montes y valles, los de mis entrañas,
      Y con tu bruma el horizonte empañas
      De mi sino, y así en la fe me anegas.

      Madre Vizcaya, voy desde tus brazos
      Verdes, jugosos, a Castilla enjuta,
      Donde fieles me aguardan los abrazos

      De costumbre, que el hombre no disfruta
      De libertad si no es preso en los lazos
      De amor, compañero de la ruta.
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    Dime qué dices, mar
      ¡Dime qué dices, mar, qué dices, dime!
      Pero no me lo digas; tus cantares
      Son, con el coro de tus varios mares,
      Una voz sola que cantando gime.

      Ese mero gemido nos redime
      De la letra fatal, y sus pesares,
      Bajo el oleaje de nuestros azares,
      El secreto secreto nos oprime.

      La sinrazón de nuestra suerte abona,
      Calla la culpa y danos el castigo;
      La vida al que nació no le perdona;

      De esta enorme injusticia sé testigo,
      Que así mi canto con tu canto entona,
      Y no me digas lo que no te digo.
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    Dolor común
      Cállate, corazón, son tus pesares
      De los que no deben decirse, deja
      Se pudran en tu seno; si te aqueja
      Un dolor de ti solo no acíbares

      A los demás la paz de sus hogares
      Con importuno grito. Esa tu queja,
      Siendo egoísta como es, refleja
      Tu vanidad no más. Nunca separes

      Tu dolor del común dolor humano,
      Busca el íntimo aquel en que radica
      La hermandad que te liga con tu hermano,

      El que agranda la mente y no la achica;
      Solitario y carnal es siempre vano;
      Sólo el dolor común nos santifica.
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    Dormirse en el olvido del recuerdo
      ¡Dormirse en el olvido del recuerdo,
      En el recuerdo del olvido,
      Y que en el claustro maternal me pierdo
      Y que en él desnazco perdido!

      ¡Tú, mi bendito porvenir pasado,
      Mañana eterno en el ayer;
      Tú, todo lo que fue ya eternizado,
      Mi madre, mi hija, mi mujer!
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    El armador aquel
      El armador aquel de casas rústicas
      Habló desde la barca:
      Ellos, sobre la grava de la orilla,
      Él flotando en las aguas.

      Y la brisa del lago recogía
      De su boca parábolas
      Ojos que ven, oídos que oyen, gozan
      De bienaventuranza.

      Recién nacían por el aire claro
      Las semillas aladas,
      El Sol las revestía con sus rayos,
      La brisa las cunaba.

      Hasta que al fin cayeron en un libro,
      ¡Ay, tragedia del alma!:
      Ellos tumbados en la grava seca,
      Y él flotando en el agua.
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    El cuerpo canta
      El cuerpo canta;
      La sangre aúlla;
      La tierra charla;
      La mar murmura;
      El cielo calla
      Y el hombre escucha.
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    El mar de encinas
      En este mar de encinas castellano
      Los siglos resbalaron con sosiego
      Lejos de las tormentas de la historia,
      Lejos del sueño
      Que a otras tierras la vida sacudiera;
      Sobre este mar de encinas tiende el cielo
      Su paz engendradora de reposo,
      Su paz sin tedio.

      Sobre este mar que guarda en sus entrañas
      De toda tradición el manadero
      Esperan una voz de hondo conjuro
      Largos silencios.

      Cuando desuella estío la llanura
      Cuando la pela el riguroso invierno,
      Brinda al azul el piélago de encinas
      Su verde viejo.

      Como los días, van sus recias hojas
      Rodando una tras otra al pudridero,
      Y siempre verde el mar, de lo divino
      Nos es espejo.

      Su perenne verdura es de la infancia
      De nuestra tierra, vieja ya, recuerdo,
      De aquella edad en que esperando al hombre
      Se henchía el seno
      De regalados frutos. Es su calma
      Manantial de esperanza eterna eterno.

      Cuando aún no nació el hombre él verdecía
      Mirando al cielo,
      Y le acompaña su verdura grave
      Tal vez hasta dejarle en el lindero
      En que roto ya el viejo, nazca al día
      Un hombre nuevo.

      Es su verdura flor de las entrañas
      De esta rocosa tierra, toda hueso,
      Es flor de piedra su verdor perenne
      Pardo y austero.

      Es, todo corazón, la noble encina
      Floración secular del noble suelo
      Que, todo corazón de firme roca,
      Brotó del fuego
      De las entrañas de la madre tierra.

      Lustrales aguas le han lavado el pecho
      Que hacia el desnudo cielo alza desnudo
      Su verde vello.

      Y no palpita, aguarda en un respiro
      De la bóveda toda el fuerte beso,
      A que el cielo y la tierra se confundan
      En lazo eterno.

      Aguarda el día del supremo abrazo
      Con un respiro poderoso y quieto
      Mientras, pasando, mensajeras nubes
      Templan su anhelo.

      En este mar de encinas castellano
      Vestido de su pardo verde viejo
      Que no deja, del pueblo a que cobija
      Místico espejo.
    Arriba

    En horas de insomnio
      Me voy de aquí, no quiero más oírme;
      De mi voz toda voz suéname a eco,
      Ya falta así de confesor, si peco
      Se me escapa el poder arrepentirme.

      No hallo fuera de mí en que me afirme
      Nada de humano y me resulto hueco;
      Si esta cárcel por otra al fin no trueco
      En mi vacío acabaré de hundirme.

      Oh triste soledad, la del engaño
      De creerse en humana compañía
      Moviéndose entre espejos, ermitaño.

      He ido muriendo hasta llegar al día
      En que espejo de espejos, soy me extraño
      A mí mismo y descubro no vivía.
    Arriba

    En un cementerio de lugar castellano
      Corral de muertos, entre pobres tapias,
      Hechas también de barro,
      Pobre corral donde la hoz no siega,
      Sólo una cruz, en el desierto campo
      Señala tu destino.
      Junto a esas tapias buscan el amparo
      Del hostigo del cierzo las ovejas
      Al pasar trashumantes en rebaño,
      Y en ellas rompen de la vana historia,
      Como las olas, los rumores vanos.
      Como un islote en junio,
      Te ciñe el mar dorado
      De las espigas que a la brisa ondean,
      Y canta sobre ti la alondra el canto
      De la cosecha.
      Cuando baja en la lluvia el cielo al campo
      Baja también sobre la santa hierba
      Donde la hoz no corta,
      De tu rincón, ¡pobre corral de muertos!,
      Y sienten en sus huesos el reclamo
      Del riego de la vida.
      Salvan tus cercas de mampuesto y barro
      Las aladas semillas,
      O te las llevan con piedad los pájaros,
      Y crecen escondidas amapolas,
      Clavelinas, magarzas, brezos, cardos,
      Entre arrumbadas cruces,
      No más que de las aves libres pasto.
      Cavan tan solo en tu maleza brava,
      Corral sagrado,
      Para de un alma que sufrió en el mundo
      Sembrar el grano;
      Luego sobre esa siembra
      ¡Barbecho largo!
      Cerca de ti el camino de los vivos,
      No como tú, con tapias, no cercado,
      Por donde van y vienen,
      Ya riendo o llorando,
      ¡Rompiendo con sus risas o sus lloros
      El silencio inmortal de tu cercado!
      Después que lento el sol tomó ya tierra,
      Y sube al cielo el páramo
      A la hora del recuerdo,
      Al toque de oraciones y descanso,
      La tosca cruz de piedra
      De tus tapias de barro
      Queda, como un guardián que nunca duerme,
      De la campiña el sueño vigilando.
      No hay cruz sobre la iglesia de los vivos,
      En torno de la cual duerme el poblado;
      La cruz, cual perro fiel, ampara el sueño
      De los muertos al cielo acorralados.
      ¡Y desde el cielo de la noche, Cristo,
      El Pastor Soberano,
      Con infinitos ojos centelleantes,
      Recuenta las ovejas del rebaño!
      ¡Pobre corral de muertos entre tapias
      Hechas del mismo barro,
      Sólo una cruz distingue tu destino
      En la desierta soledad del campo!
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    Es una antorcha
      Es una antorcha al aire esta palmera,
      Verde llama que busca al sol desnudo
      Para beberle sangre; en cada nudo
      De su tronco cuajó una primavera.

      Sin bretes ni eslabones, altanera
      Y erguida, pisa el yermo seco y rudo;
      Para la miel del cielo es un embudo
      La copa de sus venas, sin madera.

      No se retuerce ni se quiebra al suelo;
      No hay sombra en su follaje; es luz cuajada
      Que en ofrenda de amor se alarga al cielo;

      La sangre de un volcán que enamorada
      Del padre Sol se revistió de anhelo
      Y se ofrece, columna, a su morada.
    Arriba

    Hasta que se me fue no he descubierto
      Hasta que se me fue no he descubierto
      Todo lo que la quise;
      Yo creía quererla; no sabía
      Lo que es de amor morirse.

      Era como algo mío entonces, era
      Costumbre... que se dice...;
      Pero hoy soy suyo yo, soy de la muerte
      A quien nadie resiste.

      Al irse nació en mí... ¡no!, que en torturas
      En ella nací al írseme;
      Lo que creí yo sueño era la vela;
      He nacido al morirme.

      Por fin ya sé quién soy... no lo sabía...
      ¿Lo sé? ¿Quién sabe en este mundo triste?
      ¿Hay quién sepa lo que es saber y entienda
      Lo que la nada dice?

      Mi madre nació en mí en aquel día
      Que se me fue Teresa... madre, dime
      De dónde vine, a dónde voy perdido,
      Por qué al amor me diste...
    Arriba

    Hay ojos que miran, hay ojos que sueñan
      Hay ojos que miran, -hay ojos que sueñan,
      Hay ojos que llaman, -hay ojos que esperan,
      Hay ojos que ríen -risa placentera,
      Hay ojos que lloran -con llanto de pena,
      Unos hacia adentro -otros hacia fuera.

      Son como las flores -que cría la tierra.
      Mas tus ojos verdes, -mi eterna Teresa,
      Los que están haciendo -tu mano de hierba,
      Me miran, me sueñan, -me llaman, me esperan,
      Me ríen rientes -risa placentera,
      Me lloran llorosos -con llanto de pena,
      Desde tierra adentro, -desde tierra afuera.

      En tus ojos nazco, -tus ojos me crean,
      Vivo yo en tus ojos -el sol de mi esfera,
      En tus ojos muero, -mi casa y vereda,
      Tus ojos mi tumba, -tus ojos mi tierra.
    Arriba

    Horas serenas del ocaso breve
      Horas serenas del ocaso breve,
      Cuando la mar se abraza con el cielo
      Y se despierta el inmortal anhelo
      Que al fundirse la lumbre, la lumbre bebe.

      Copos perdidos de encendida nieve,
      Las estrellas se posan en el suelo
      De la noche celeste, y su consuelo
      Nos dan piadosas con su brillo leve.

      Como en concha sutil perla perdida,
      Lágrima de las olas gemebundas,
      Entre el cielo y la mar sobrecogida

      El alma cuaja luces moribundas
      Y recoge en el lecho de su vida
      El poso de sus penas más profundas.
    Arriba

    Incidente doméstico
      Traza la niña toscos garrapatos,
      De escritura remedo,
      Me los presenta y dice
      Con un mohín de inteligente gesto:

      "¿Qué dice aquí, papá?"

      Miro unas líneas que parecen versos.
      "¿Aquí?" "Sí, aquí; lo he escrito yo; ¿qué dice?
      Porque yo no sé leerlo..."
      "¡Aquí no dice nada!", le contesté al momento.

      "¿Nada?", y se queda un rato pensativa
      "O así me lo parece, por lo menos,
      Pues, ¿está en los demás o está en nosotros
      Eso a que damos en llamar talento?"

      Luego, reflexionando, me decía:
      "¿Hice bien revelándole el secreto?"
      -No el suyo ni el de aquellas toscas líneas,
      El mío, por supuesto-.

      ¿Sé yo si alguna musa misteriosa,
      Un subterráneo genio,
      Un espíritu errante que a la espera
      Para encarnar está de humano cuerpo,
      No le dictó esas líneas
      De enigmáticos versos?

      ¿Sé yo si son la gráfica envoltura
      De un idioma de siglos venideros?
      ¿Sé yo si dicen algo?
      ¿He vivido yo acaso de ellas dentro?

      No dicen más los árboles, las nubes,
      Los pájaros, los ríos, los luceros...
      ¡No dicen más y nos lo dicen todo!
      ¿Quién sabe de secretos?
    Arriba

    La Luna y la rosa
      En el silencio estrellado
      La Luna daba a la rosa
      Y el aroma de la noche
      Le henchía -sedienta boca-
      El paladar del espíritu,
      Que adurmiendo su congoja
      Se abría al cielo nocturno
      De Dios y su Madre toda...
      Toda cabellos tranquilos,
      La Luna, tranquila y sola,
      Acariciaba a la Tierra
      Con sus cabellos de rosa
      Silvestre, blanca, escondida...
      La Tierra, desde sus rocas,
      Exhalaba sus entrañas
      Fundidas de amor, su aroma...
      Entre las zarzas, su nido,
      Era otra luna la rosa,
      Toda cabellos cuajados
      En la cuna, su corola;
      Las cabelleras mejidas
      De la Luna y de la rosa
      Y en el crisol de la noche
      Fundidas en una sola...
      En el silencio estrellado
      La Luna daba a la rosa
      Mientras la rosa se daba
      A la Luna, quieta y sola.
    Arriba

    La mar ciñe a la noche su regazo
      La mar ciñe a la noche en su regazo
      Y la noche a la mar; la luna, ausente;
      Se besan en los ojos y en la frente;
      Los besos dejan misterioso trazo.

      Derrítense después en un abrazo,
      Tiritan las estrellas con ardiente
      Pasión de mero amor, y el alma siente
      Que noche y mar se enredan en su lazo.

      Y se baña en la oscura lejanía
      De su germen eterno, de su origen,
      Cuando con ella Dios amanecía,

      Y aunque los necios sabios leyes fijen,
      Ve la piedad del alma la anarquía
      Y que leyes no son las que nos rigen.
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    Luciérnaga celeste
      Luciérnaga celeste, humilde estrella
      De navegante guía: la Boquilla
      De la Bocina que a hurtadillas brilla,
      Violeta de luz, pobre centella

      Del hogar del espacio; ínfima huella
      Del paso del Señor; gran maravilla
      Que broche del vencejo en la gavilla
      De mies de soles, sólo ella los sella.

      Era al girar del universo quicio
      Basado en nuestra tierra; fiel contraste
      Del Hombre Dios y de su sacrificio.

      Copérnico, Copérnico, robaste
      A la fe humana su más alto oficio
      Y diste así con su esperanza al traste.
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    Madre, llévame a la cama
      Madre, llévame a la cama.
      Madre, llévame a la cama,
      Que no me tengo de pie.
      Ven, hijo, Dios te bendiga
      Y no te dejes caer.

      No te vayas de mi lado,
      Cántame el cantar aquel.
      Me lo cantaba mi madre;
      De mocita lo olvidé,
      Cuando te apreté a mis pechos
      Contigo lo recordé.

      ¿Qué dice el cantar, mi madre,
      Qué dice el cantar aquel?
      No dice, hijo mío, reza,
      Reza palabras de miel;
      Reza palabras de ensueño
      Que nada dicen sin él.

      ¿Estás aquí, madre mía?
      Porque no te logro ver....
      Estoy aquí, con tu sueño;
      Duerme, hijo mío, con fe.
    Arriba

    Me destierro a la memoria
      Me destierro a la memoria,
      Voy a vivir del recuerdo.
      Buscadme, si me os pierdo,
      En el yermo de la historia,

      Que es enfermedad la vida
      Y muero viviendo enfermo.
      Me voy, pues, me voy al yermo
      Donde la muerte me olvida.

      Y os llevo conmigo, hermanos,
      Para poblar mi desierto.
      Cuando me creáis más muerto
      Retemblaré en vuestras manos.

      Aquí os dejo mi alma-libro,
      Hombre-mundo verdadero.
      Cuando vibres todo entero.
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    Morir soñando
      Au fait, se disait-il a lui-même, il parait que
      Mon destin est de mourir en rêvant.
      Stendhal, Le Rouge et le Noir, LXX, "La tranquillité"

      Morir soñando, sí, mas si se sueña
      Morir, la muerte es sueño; una ventana
      Hacia el vacío; no soñar; nirvana;
      Del tiempo al fin la eternidad se adueña.

      Vivir el día de hoy bajo la enseña
      Del ayer deshaciéndose en mañana;
      Vivir encadenado a la desgana
      ¿Es acaso vivir?, ¿y esto qué enseña?

      ¿Soñar la muerte no es matar el sueño?
      ¿Vivir el sueño no es matar la vida?
      ¿A qué poner en ello tanto empeño?:

      ¿Aprender lo que al punto al fin se olvida
      Escudriñando el implacable ceño
      -Cielo desierto- del eterno Dueño?
      Soy yo, lector, que en ti vibro.
    Arriba

    Muerte
      Eres sueño de un dios; cuando despierte
      ¿Al seno tornarás de que surgiste?
      Serás al cabo lo que un día fuiste?
      ¿Parto de desnacer será tu muerte?

      El sueño yace en la vigilia inerte?
      Por dicha aquí el misterio nos asiste;
      Para remedio de la vida triste,
      Secreto inquebrantable es nuestra suerte.

      Deja en la niebla hundido tu futuro
      Ve tranquilo a dar tu último paso,
      Que cuanto menos luz, vas más seguro.

      ¿Aurora de otro mundo es nuestro ocaso?
      Sueña, alma mía, en tu sendero oscuro:
      "¡Morir... dormir... dormir... soñar acaso!"
    Arriba

    Noche de luna llena
      Noche blanca en que el agua cristalina
      Duerme queda en su lecho de laguna
      Sobre la cual redonda llena luna
      Que ejército de estrellas encamina

      Vela, y se espeja una redonda encina
      En el espejo sin rizada alguna;
      Noche blanca en que el agua hace de cuna
      De la más alta y más honda doctrina.

      Es un rasgón del cielo que abrazado
      Tiene en sus brazos la Naturaleza;
      Es un rasgón del cielo que ha posado

      Y en el silencio de la noche reza
      La oración del amante resignado
      Sólo al amor, que es su única riqueza.
    Arriba

    Nuestro secreto
      No me preguntes más, es mi secreto,
      Secreto para mí terrible y santo;
      Ante él me velo con un negro manto
      De luto de piedad; no rompo el seto

      Que cierra su recinto, me someto
      De mi vida al misterio, el desencanto
      Huyendo del saber y a Dios levanto
      Con mis ojos mi pecho siempre inquieto.

      Hay del alma en el fondo oscura sima
      Y en ella hay un fatídico recodo
      Que es nefando franquear; allá en la cima

      Brilla el sol que hace polvo al sucio lodo;
      Alza los ojos y tu pecho anima;
      Conócete, mortal, mas no del todo.
    Arriba

    Ofelia de Dinamarca
      Rosa de nube de carne
      Ofelia de Dinamarca,
      Tu mirada, sueñe o duerma,
      Es de esfinge la mirada.

      En el azul del abismo
      De tus niñas, todo o nada,
      ¡Ser o no ser!, ¿es espuma
      O poso de vida tu alma?

      No te vayas monja, espérame
      Cantando viejas baladas,
      Suéñame mientras te sueño,
      Brízame la hora que falta.

      Y si los sueños se esfuman
      -El resto es silencio-, almohada
      Hazme de tus muslos, virgen
      Ofelia de Dinamarca.
    Arriba

    Oh, Señor, tú que sufres del mundo (Salmo III)
      ¡Oh, Señor, tú que sufres del mundo
      Sujeto a tu obra,
      Es tu mal nuestro mal más profundo
      Y nuestra zozobra!

      Necesitas uncirte al infinito
      Si quieres hablarme,
      Y si quieres te llegue mi grito
      Te es fuerza escucharme.

      Es tu amor el que tanto te obliga
      Bajarte hasta el hombre,
      Y a tu Esencia mi boca le diga
      Cuál sea tu nombre.

      Te es forzoso rasgarte el abismo
      Si mío ser quieres,
      Y si quieres vivir en ti mismo
      Ya mío no eres.

      Al crearnos para tu servicio
      Buscas libertad,
      Sacudirte del recio suplicio
      De la eternidad.

      Si he de ser, como quieres, figura
      Y flor de tu gloria,
      Hazte, ¡oh Tú, Creador, criatura,
      Rendido a la historia!

      Libre ya de tu cerco divino
      Por nosotros estás,
      Sin nosotros sería tu sino
      O siempre o jamás.

      Por gustar, ¡oh Impasible!, la pena
      Quisiste penar,
      Te faltaba el dolor que enajena
      Para más gozar.

      Y probaste el sufrir y sufriste
      Vil muerte en la cruz,
      Y al espejo del hombre te viste
      Bajo nueva luz.

      Y al sentirte anhelar bajo el yugo
      Del eterno Amor,
      Nos da al Padre y nos mata al verdugo
      El común Dolor.

      Si has de ser, ¡oh, mi Dios!, un Dios vivo
      Y no idea pura,
      En tu obra te rinde cautivo
      De tu criatura.

      Al crear, Creador, quedas preso
      De tu creación,
      Mas así te libertas del peso
      De tu corazón.

      Son tu pan los humanos anhelos,
      Es tu agua la fe;
      Yo te mando, Señor, a los cielos
      Con mi amor, mi sed.

      Es la sed insaciable y ardiente
      De sólo verdad;
      Dame, ¡oh Dios!, a beber en la fuente
      De tu eternidad.

      Méteme, Padre eterno, en tu pecho,
      Misterioso hogar,
      Dormiré allí, pues vengo deshecho
      Del duro bregar.
    Arriba

    Por qué esos lirios que los hielos matan
      ¿Por qué esos lirios que los hielos matan?
      ¿Por qué esas rosas a que agosta el sol?
      ¿Por qué esos pajarillos que sin vuelo
      Se mueren en plumón?

      ¿Por qué derrocha el cielo tantas vidas
      Que no son de otras nuevas eslabón?
      ¿Por qué fue dique de tu sangre pura
      Tu pobre corazón?

      ¿Por qué no se mezclaron nuestras sangres
      Del amor en la santa comunión?
      ¿Por qué tú y yo, Teresa de mi alma
      No dimos granazón?

      ¿Por qué, Teresa, y para qué nacimos?
      ¿Por qué y para qué fuimos los dos?
      ¿Por qué y para qué es todo nada?
      ¿Por qué nos hizo Dios?
    Arriba

    La oración del ateo
      Oye mi ruego Tú, Dios que no existes,
      Y en tu nada recoge estas mis quejas,
      Tú que a los pobres hombres nunca dejas
      Sin consuelo de engaño. No resistes

      A nuestro ruego y nuestro anhelo vistes.
      Cuando Tú de mi mente más te alejas,
      Más recuerdo las plácidas consejas
      Con que mi ama endulzome noches tristes.

      ¡Qué grande eres, mi Dios! Eres tan grande
      Que no eres sino Idea; es muy angosta
      La realidad por mucho que se expande

      Para abarcarte. Sufro yo a tu costa,
      Dios no existente, pues si Tú existieras
      Existiría yo también de veras.
    Arriba

    La sangre de mi espíritu
      La sangre de mi espíritu es mi lengua,
      Y mi patria es allí donde resuene
      Soberano su verbo, que no amengua
      Su voz por mucho que ambos mundos llene.

      Ya Séneca la preludió aún no nacida
      Y en su austero latín ella se encierra;
      Alfonso a Europa dio con ella vida.
      Colón con ella redobló la Tierra.

      Y esta mi lengua flota como el arca
      De cien pueblos contrarios y distantes,
      Que las flores en ella hallaron brote,

      De Juárez y Rizal, pues ella abarca
      Legión de razas, lengua en que a Cervantes
      Dios le dio el Evangelio del Quijote.
    Arriba

    Qué es tu vida, alma mía
      ¿Qué es tu vida, alma mía?, ¿cuál tu pago?,
      ¡Lluvia en el lago!
      ¿Qué es tu vida, alma mía?, ¿tu costumbre?,
      ¡Viento en la cumbre!

      ¿Cómo tu vida, mi alma, se renueva?,
      ¡Sombra en la cueva!,
      ¡Lluvia en el lago!,
      ¡Viento en la cumbre!,
      ¡Sombra en la cueva!

      Lágrimas es la lluvia desde el cielo,
      Y es el viento sollozo sin partida,
      Pesar, la sombra sin ningún consuelo,
      Y lluvia y viento y sombra hacen la vida.
    Arriba

    Si tú y yo, Teresa mía, nunca
      Si tú y yo, Teresa mía, nunca
      Nos hubiéramos visto,
      Nos hubiéramos muerto sin saberlo:
      No habríamos vivido.

      Tú sabes que morirse, vida mía,
      Pero tienes sentido
      De que vives en mí, y viva aguardas
      Que a ti torne yo vivo.

      Por el amor supimos de la muerte;
      Por el amor supimos
      Que se muere; sabemos que se vive
      Cuando llega el morirnos.

      Vivir es solamente, vida mía,
      Saber que se ha vivido,
      Es morirse a sabiendas dando gracias
      A Dios de haber nacido.
    Arriba

    Sombra de humo
      ¡Sombra de humo cruza el prado!
      ¡Y que se va tan deprisa!
      ¡No da tiempo a la pesquisa
      De retener lo pasado!

      Terrible sombra de mito
      Que de mí propio me arranca,
      ¿Es acaso una palanca
      Para hundirse en lo infinito?

      Espejo que me deshace
      Mientras en él me estoy viendo,
      El hombre empieza muriendo
      Desde el momento en que nace.

      El haz del alma te ahuma
      Del humo al irse a la sombra,
      Con su secreto te asombra
      Y con su asombro te abruma.
    Arriba

    Te da en la frente el sol de la mañana
      Te da en la frente el sol de la mañana
      Recién nacido, pálida doncella,
      Misteriosa visión, fugaz estrella,
      Que te derrites en la luz. Hermana

      De la que nace cuando la campana
      Tocando a la oración doliente sella
      La fatiga de un día más, la mella
      Que sume el alma en la mortal desgana.

      El alba y el ocaso cruzan manos,
      Y así, a la silla de la reina, al día
      Y a la noche, rendidos soberanos,

      Los llevan a enterrar. Triste sería
      Que al despertar de nuestros sueños varios
      Luz y sombra lucharan a porfía.
    Arriba

    Vendrá de noche
      Vendrá de noche cuando todo duerma,
      Vendrá de noche cuando el alma enferma
      Se emboce en vida,
      Vendrá de noche con su paso quedo,
      Vendrá de noche y posará su dedo
      Sobre la herida.

      Vendrá de noche y su fugaz vislumbre
      Volverá lumbre la fatal quejumbre;
      Vendrá de noche
      Con su rosario, soltará las perlas
      Negro sol que da ceguera verlas,
      ¡Todo un derroche!

      Vendrá de noche, noche nuestra madre,
      Cuando a lo lejos el recuerdo ladre
      Perdido agujero;
      Vendrá de noche; apagará su paso
      Mortal ladrido y dejará al ocaso
      Largo agujero...

      ¿Vendrá una noche recogida y vasta?
      ¿Vendrá una noche maternal y casta
      De luna llena?
      Vendrá viniendo con venir eterno;
      Vendrá una noche del postrer invierno...
      Noche serena...

      Vendrá como se fue, como se ha ido
      -Suena a lo lejos el fatal ladrido-,
      Vendrá a la cita;
      Será de noche mas que sea aurora,
      Vendrá a su hora, cuando el aire llora,
      Llora y medita...

      Vendrá de noche, en una noche clara,
      Noche de luna que al dolor ampara,
      Noche desnuda,
      Vendrá... venir es porvenir... pasado
      Que pasa y queda y que se queda al lado
      Y nunca muda...

      Vendrá de noche, cuando el tiempo aguarda,
      Cuando la tarde en las tinieblas tarda
      Y espera al día,
      Vendrá de noche, en una noche pura,
      Cuando del sol la sangre se depura,
      Del mediodía.

      Noche ha de hacerse en cuanto venga y llegue,
      Y el corazón rendido se le entregue,
      Noche serena,
      De noche ha de venir... ¿él, ella o ello?
      De noche ha de sellar su negro sello,
      Noche sin pena.

      Vendrá la noche, la que da la vida,
      Y en que la noche al fin el alma olvida,
      Traerá la cura;
      Vendrá la noche que lo cubre todo
      Y espeja al cielo en el luciente lodo
      Que lo depura.

      Vendrá de noche, sí, vendrá de noche,
      Su negro sello servirá de broche
      Que cierra el alma;
      Vendrá de noche sin hacer ruido,
      Se apagará a lo lejos el ladrido,
      Vendrá la calma...
      Vendrá la noche....
    Arriba

    Veré por ti
      "Me desconozco", dices; mas mira, ten por cierto
      Que a conocerse empieza el hombre cuando clama
      "Me desconozco", y llora;
      Entonces a sus ojos el corazón abierto
      Descubre de su vida la verdadera trama;
      Entonces es su aurora.

      No, nadie se conoce, hasta que no le toca
      La luz de un alma hermana que de lo eterno llega
      Y el fondo le ilumina;
      Tus íntimos sentires florecen en mi boca,
      Tu vista está en mis ojos, mira por mí, mi ciega,
      Mira por mí y camina.

      "Estoy ciega", me dices; apóyate en mi brazo
      Y alumbra con tus ojos nuestra escabrosa senda
      Perdida en lo futuro;
      Veré por ti, confía; tu vista es este lazo
      Que a ti me ató, mis ojos son para ti la prenda
      De un caminar seguro.

      ¿Qué importa que los tuyos no vean el camino,
      Si dan luz a los míos y me lo alumbran todo
      Con su tranquila lumbre?
      Apóyate en mis hombros, confíate al Destino,
      Veré por ti, mi ciega, te apartaré del lodo,
      Te llevaré a la cumbre.

      Y allí, en la luz envuelta, se te abrirán los ojos,
      Verás cómo esta senda tras de nosotros lejos,
      Se pierde en lontananza
      Y en ella de esta vida los míseros despojos,
      Y abrírsenos radiante del cielo a los reflejos
      Lo que es hoy esperanza.
    Arriba

    Y qué es eso
      Y, ¿qué es eso del Infierno?
      Me dirás.
      Es el revés de lo eterno,
      Nada más.

      Que yacer en el olvido
      Del Señor
      Es el infierno temido
      Del Amor.
    Arriba

Antonio Machado

.
    Información biográfica

  1. Acaso
  2. Al gran cero
  3. Amada, el aura dice
  4. Anoche cuando dormía
  5. Arde en tus ojos
  6. A un olmo seco
  7. Campo
  8. Canciones a Guiomar I
  9. Canciones a Guiomar II
  10. Canciones a Guiomar III
  11. Cantares
  12. Cante hondo
  13. Como en el alto llano tu figura
  14. Crepúsculo
  15. Cuando sea mi vida
  16. Del pasado efímero
  17. Desde el umbral de un sueño
  18. Desgarrada la nube
  19. El amor y la sierra
  20. El mañana efímero
  21. El mar triste
  22. Empeñé tu memoria
  23. Eran ayer mis dolores
  24. Hacia tierra baja (III)
  25. Hastío
  26. He andado muchos caminos
  27. Húmedo está, bajo el laurel
  28. Huye del triste amor
  29. Inventario galante
  30. Jardín
  31. La primavera besaba
  32. Llamó a mi corazón
  33. Llanto de las virtudes y coplas por la muerte de Don Guido
  34. Me dijo un alba de la primavera
  35. Me dijo una tarde de la primavera
  36. Melancolía
  37. Mi amor
  38. Mi corazón se ha dormido
  39. Oh, dime, noche amiga
  40. Otoño
  41. Otras canciones a Guiomar
  42. Por qué, decisme
  43. Preludio
  44. Renacimiento
  45. Retrato
  46. Rosa de fuego
  47. Siempre fugitiva
  48. Soneto I
  49. Soneto II
  50. Soñé que tú me llevabas
  51. Y era el demonio de mi sueño
  52. Y ha de morir contigo el mundo mago
  53. Y no es verdad, dolor
  54. Yo voy soñando caminos


Información biográfica
    Nombre: Antonio Machado Ruiz
    Lugar y fecha nacimiento: Sevilla, España, 26 de julio de 1875
    Lugar y fecha defunción: Collioure, Francia, 22 de febrero de 1939 (63 años)
    Nacionalidad: Española
    Ocupación: Escritor, dramaturgo, poeta
    Movimiento: Modernismo, Generación del 98
El más joven representante de la Generación del 98. Su obra inicial, de corte modernista (como la de su hermano Manuel), evolucionó hacia un intimismo simbolista con rasgos románticos, que maduró en una poesía de compromiso humano, de una parte, y de contemplación casi taoísta de la existencia, por otra; una síntesis que en la voz de Machado se hace eco de la sabiduría popular más ancestral.

Fuente: [Antonio Machado] en Wikipedia.org

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    Acaso
      Como atento no más a mi quimera
      No reparaba en torno mío, un día
      Me sorprendió la fértil primavera
      Que en todo el ancho campo sonreía.
      Brotaban verdes hojas
      De las hinchadas yemas del ramaje,
      Y flores amarillas, blancas, rojas,
      Alegraban la mancha del paisaje.
      Y era una lluvia de saetas de oro,
      El sol sobre las frondas juveniles;
      Del amplio río en el caudal sonoro
      Se miraban los álamos gentiles.
      Tras de tanto camino es la primera
      Vez que miro brotar la primavera,
      Dije, y después, declamatoriamente:
      -¡Cuán tarde ya para la dicha mía!-
      Y luego, al caminar, como quien siente
      Alas de otra ilusión: -Y todavía
      ¡Yo alcanzaré mi juventud un día!
    Arriba

    Al gran cero
      (Del apócrifo Abel Martín)

      Cuando el Ser que se es hizo la nada
      Y reposó, que bien lo merecía,
      Ya tuvo el día noche, y compañía
      Tuvo el hombre en la ausencia de la amada.
      Fíat umbral brotó el pensar humano.
      Y el huevo universal alzó, vacío,
      Ya sin color, desubstanciado y frío,
      Lleno de niebla ingrávida, en su mano.
      Toma el cero integral, la hueca esfera,
      Que has de mirar, si lo has de ver, erguido.
      Hoy que es espalda el lomo de tu fiera,
      Y es el milagro del no ser cumplido,
      Brinda, poeta, un canto de frontera
      A la muerte, al silencio y al olvido.
    Arriba

    Amada, el aura dice
      Amada, el aura dice
      Tu pura veste blanca...
      No te verán mis ojos;
      ¡Mi corazón te aguarda!
      El viento me ha traído
      Tu nombre en la mañana;
      El eco de tus pasos
      Repite la montaña...
      No te verán mis ojos;
      ¡Mi corazón te aguarda!
      En las sombrías torres
      Repican las campanas...
      No te verán mis ojos;
      ¡Mi corazón te aguarda!
      Los golpes del martillo
      Dicen la negra caja;
      Y el sitio de la fosa,
      Los golpes de la azada...
      No te verán mis ojos;
      ¡Mi corazón te aguarda!
    Arriba

    Anoche cuando dormía
      Anoche cuando dormía
      Soñé, ¡bendita ilusión!,
      Que una fontana fluía
      Dentro de mi corazón.
      Di, ¿por qué acequia escondida,
      Agua, vienes hasta mí,
      Manantial de nueva vida
      De donde nunca bebí?
      Anoche cuando dormía
      Soñé, ¡bendita ilusión!,
      Que una colmena tenía
      Dentro de mi corazón;
      Y las doradas abejas
      Iban fabricando en él,
      Con las amarguras viejas
      Blanca cera y dulce miel.
      Anoche cuando dormía
      Soñé, ¡bendita ilusión!,
      Que un ardiente sol lucía
      Dentro de mi corazón.
      Era ardiente porque daba
      Calores de rojo hogar,
      Y era sol porque alumbraba
      Y porque hacía llorar.
      Anoche cuando dormía
      Soñé, ¡bendita ilusión!,
      Que era Dios lo que tenía
      Dentro de mi corazón.
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    Arde en tus ojos
      Arde en tus ojos un misterio, virgen
      Esquiva y compañera.
      No sé si es odio o es amor la lumbre
      Inagotable de tu aljaba negra.
      Conmigo irás mientras proyecte sombra
      Mi cuerpo y quede a mi sandalia arena.
      -¿Eres la sed o el agua en mi camino?
      Dime, virgen esquiva y compañera.
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    A un olmo seco
      Al olmo viejo, hendido por el rayo
      Y en su mitad podrido,
      Con las lluvias de abril y el sol de mayo,
      Algunas hojas verdes le han salido.
      ¡El olmo centenario en la colina
      Que lame el Duero! Un musgo amarillento
      Le mancha la corteza blanquecina
      Al tronco carcomido y polvoriento.
      No será, cual los álamos cantores
      Que guardan el camino y la ribera,
      Habitado de pardos ruiseñores.
      Ejército de hormigas en hilera
      Va trepando por él, y en sus entrañas
      Hunden sus telas grises las arañas.
      Antes que te derribe, olmo del Duero,
      Con su hacha el leñador, y el carpintero
      Te convierta en melena de campana,
      Lanza de carro o yugo de carreta;
      Antes que rojo en el hogar, mañana
      Ardas, de alguna mísera caseta
      Al borde de un camino;
      Antes que te descuaje un torbellino
      Y tronche el soplo de las sierras blancas;
      Antes que el río hacia la mar te empuje,
      Por valles y barrancas,
      Olmo, quiero anotar en mi cartera
      La gracia de tu rama verdecida.
      Mi corazón espera
      También hacia la luz y hacia la vida,
      Otro milagro de la primavera.
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    Campo
      La tarde está muriendo
      Como un hogar humilde que se apaga.
      Allá, sobre los montes,
      Quedan algunas brasas.
      Y ese árbol roto en el camino blanco
      Hace llorar de lástima.
      ¡Dos ramas en el tronco herido, y una
      Hoja marchita y negra en cada rama!
      ¿Lloras?... Entre los álamos de oro,
      Lejos, la sombra del amor te aguarda.
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    Canciones a Guiomar I
      No sabía
      Si era un limón amarillo
      Lo que tu mano tenía,
      O un hilo del claro día,
      Guiomar, en dorado ovillo.
      Tu boca me sonreía.
      Yo pregunté: ¿qué me ofreces?
      ¿Tiempo en fruto, que tu mano
      Eligió entre madureces
      De tu huerta?
      ¿Tiempo vano
      De una bella tarde yerta?
      ¿Dorada ausencia encantada?
      ¿Copia en el agua dormida?
      ¿De monte en monte encendida,
      La alborada
      Verdadera?
      ¿Rompe en sus turbios espejos
      Amor la devanadera
      De sus crepúsculos viejos?
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    Canciones a Guiomar II
      En un jardín te he soñado,
      Alto, Guiomar, sobre el río,
      Jardín de un tiempo cerrado
      Con verjas de hierro frío.
      Un ave insólita canta
      En el almez, dulcemente,
      Junto al agua viva y santa,
      Toda sed y toda fuente.
      En ese jardín, Guiomar,
      El mutuo jardín que inventan
      Dos corazones al par,
      Se funden y complementan
      Nuestras horas. Los racimos
      De un sueño -juntos estamos-
      En limpia copa exprimimos,
      Y el doble cuento olvidamos.
      (Uno: mujer y varón,
      Aunque gacela y león,
      Llegan juntos a beber.
      El otro: no puede ser
      Amor de tanta fortuna:
      Dos soledades en una,
      Ni aún de varón y mujer).
      Por ti el mar ensaya olas y espumas,
      Y el iris, sobre el monte, otros colores,
      Y el faisán de la aurora canto y plumas,
      Y el búho de Minerva ojos mayores.
      Por ti, ¡oh Guiomar!
    Arriba

    Canciones a Guiomar III
      Tu poeta
      Piensa en ti. La lejanía
      Es de limón y violeta,
      Verde el campo todavía.
      Conmigo viense, Guiomar;
      Nos sorbe la serranía.
      De encinar en encinar
      Se va fatigando el día.
      El tren devora y devora
      Día y riel. La retama
      Pasa en Sombra; se desdora
      El oro de Guadarrama.
      Porque una diosa y su amante
      Huyen juntos, jadeante
      Los sigue la luna llena.
      El tren se esconde y resuena
      Dentro de un monte gigante.
      Campos yermos, cielo alto.
      Tras los montes de granito
      Y otros montes de basalto,
      Ya es la mar y el infinito.
      Juntos vamos; libres somos.
      Aunque el Dios, como en el cuento
      Fiero rey, cabalgue a lomos
      Del mejor corcel del viento,
      Aunque nos jure, violento,
      Su venganza,
      Aunque ensille el pensamiento,
      Libre amor, nadie lo alcanza.
      Hoy te escribo en mi celda de viajero,
      A la hora de una cita imaginaria.
      Rompe el iris al aire el aguacero,
      Y al monte su tristeza planetaria.
      Sol y campanas en la vieja torre.
      ¡Oh tarde viva y quieta que opuso
      Al panta rhei su nada corre,
      Tarde niña que amaba a su poeta!
      ¡Y día adolescente
      -Ojos claros y músculos morenos-,
      Cuando pensaste a amor, junto a la fuente,
      Besar tus labios y apresar tus senos!
      Todo a esta luz de abril se transparenta;
      Todo en el hoy de ayer, el todavía
      Que en sus maduras horas
      El tiempo canta y cuenta,
      Se funde en una sola melodía,
      Que es un coro de tardes y de auroras.
      A ti, Guiomar, esta nostalgia mía.
    Arriba

    Cantares
      Todo pasa y todo queda,
      Pero lo nuestro es pasar,
      Pasar haciendo caminos,
      Caminos sobre el mar.
      Nunca perseguí la gloria,
      Ni dejar en la memoria
      De los hombres mi canción;
      Yo amo los mundos sutiles,
      Ingrávidos y gentiles,
      Como pompas de jabón.
      Me gusta verlos pintarse
      De sol y grana, volar
      Bajo el cielo azul, temblar
      Súbitamente y quebrarse...
      Nunca perseguí la gloria.
      Caminante, son tus huellas
      El camino y nada más;
      Caminante, no hay camino,
      Se hace camino al andar.
      Al andar se hace camino
      Y al volver la vista atrás
      Se ve la senda que nunca
      Se ha de volver a pisar.
      Caminante no hay camino
      Sino estelas en la mar...
      Hace algún tiempo en ese lugar
      Donde hoy los bosques se visten de espinos
      Se oyó la voz de un poeta gritar
      "Caminante no hay camino,
      Se hace camino al andar..."
      Golpe a golpe, verso a verso...
      Murió el poeta lejos del hogar.
      Le cubre el polvo de un país vecino.
      Al alejarse le vieron llorar.
      "Caminante no hay camino,
      Se hace camino al andar..."
      Golpe a golpe, verso a verso...
      Cuando el jilguero no puede cantar.
      Cuando el poeta es un peregrino,
      Cuando de nada nos sirve rezar.
      "Caminante no hay camino,
      Se hace camino al andar..."
      Golpe a golpe, verso a verso.
    Arriba

    Cante hondo
      Yo meditaba absorto, devanando
      Los hilos del hastío y la tristeza,
      Cuando llegó a mi oído,
      Por la ventana de mi estancia, abierta.
      A una caliente noche de verano,
      El plañir de una copla soñolienta,
      Quebrada por los trémolos sombríos
      De las músicas magas de mi tierra.
      ... Y era el amor, como una roja llama...
      -Nerviosa mano en la vibrante cuerda
      Ponía un largo suspirar de oro,
      Que se trocaba en surtidor de estrellas-.
      ... Y era la muerte, al hombro la cuchilla,
      El paso largo, torva y esquelética.
      -Tal cuando yo era niño la soñaba-.
      Y en la guitarra, resonante y trémula,
      La brusca mano, al golpear, fingía
      El reposar de un ataúd en tierra.
      Y era un plañido solitario el soplo
      Que el polvo barre y la ceniza avienta.
    Arriba

    Como en el alto llano tu figura
      ¡Como en el alto llano tu figura
      Se me aparece!... Mi palabra evoca
      El prado verde y la árida llanura,
      La zarza en flor, la cenicienta roca.
      Y el recuerdo obediente, negra encina
      Brota en el cerro, baja el chopo al río;
      El pastor va subiendo a la colina;
      Brilla un balcón de la ciudad: el mío,
      El nuestro. ¿Ves? Hacia Aragón, lejana,
      La sierra de Moncayo, blanca y rosa...
      Mira el incendio de esa nube grana,
      Y aquella estrella en el azul, esposa.
      Tras el Duero, la loma de Santana
      Se amorata en la tarde silenciosa.
    Arriba

    Crepúsculo
      Caminé hacia la tarde de verano
      Para quemar, tras el azul del monte,
      La mirra amarga de un amor lejano
      En el ancho flamígero horizonte.
      Roja nostalgia el corazón sentía,
      Sueños bermejos, que en el alma brotan
      De lo inmenso inconsciente,
      Cual de región caótica y sombría
      Donde ígneos astros, como nubes, flotan,
      Informes, en un cielo lactescente.
      Caminé hacia el crepúsculo glorioso,
      Congoja del estío, evocadora
      Del infinito ritmo misterioso
      De olvidada locura triunfadora.
      De locura adormida, la primera
      Que al alma llega y que del alma huye,
      Y la sola que torna en su carrera
      Si la agria ola del ayer refluye.
      La soledad, la musa que el misterio
      Revela al alma en sílabas preciosas
      Cual notas de recóndito salterio,
      Los primeros fantasmas de la mente
      Me devolvió, a la hora en que pudiera,
      Caída sobre la ávida pradera
      O sobre el seco matorral salvaje,
      Un ascua del crepúsculo fulgente,
      Tornar en humo el árido paisaje.
      Y la inmensa teoría
      De gestos victoriosos
      De la tarde rompía
      Los cárdenos nublados congojosos.
      Y muda caminaba
      En polvo y sol envuelta, sobre el llano,
      Y en confuso tropel, mientras quemaba
      Sus inciensos de púrpura el verano.
    Arriba

    Cuando sea mi vida
      Cuando sea mi vida,
      Toda clara y ligera
      Como un buen río
      Que corre alegremente
      A la mar,
      A la mar ignota
      Que espera
      Llena de sol y de canción.
      Y cuando brote en mi
      Corazón la primavera
      Serás tú, vida mía,
      La inspiración
      De mi nuevo poema.
      Una canción de paz y amor
      Al ritmo de la sangre
      Que corre por las venas.
      Una canción de amor y paz.
      Tan solo de dulces cosas y palabras.
      Mientras,
      Mientras, guarda la llave de oro
      De mis versos
      Entre tus joyas.
      Guárdala y espera.
    Arriba

    Del pasado efímero
      Este hombre del casino provinciano
      Que vio a Carancha recibir un día,
      Tiene mustia la tez, el pelo cano,
      Ojos velados por melancolía;
      Bajo el bigote gris, labios de hastío,
      Y una triste expresión, que no es tristeza,
      Sino algo más y menos: el vacío
      Del mundo en la oquedad de su cabeza.
      Aún luce de corinto terciopelo
      Chaqueta y pantalón abotinado,
      Y un cordobés color de caramelo,
      Pulido y torneado.
      Tres veces heredó; tres ha perdido
      Al monte su caudal; dos ha enviudado.
      Sólo se anima ante el azar prohibido,
      Sobre el verde tapete reclinado,
      O al evocar la tarde de un torero,
      La suerte de un tahúr, o si alguien cuenta
      La hazaña de un gallardo bandolero,
      O la proeza de un matón, sangrienta.
      Bosteza de política banales
      Dicterios al gobierno reaccionario,
      Y augura que vendrán los liberales,
      Cual torna la cigüeña al campanario.
      Un poco labrador, del cielo aguarda
      Y al cielo teme; alguna vez suspira.
      Pensando en su olivar, y al cielo mira
      Con ojo inquieto, si la lluvia tarda.
      Lo demás, taciturno, hipocondríaco,
      Prisionero en la Arcadia del presente,
      Le aburre; sólo el humo del tabaco
      Simula algunas sombras en su frente.
      Este hombre no es de ayer ni es de mañana,
      Sino de nunca; de la cepa hispana
      No es fruto maduro ni podrido,
      Es una fruta vana
      De aquella España que pasó y no ha sido,
      Esa que hoy tiene la cabeza cana.
    Arriba

    Desde el umbral de un sueño
      Desde el umbral de un sueño me llamaron...
      Era la buena voz, la voz querida.
      -Dime: ¿vendrás conmigo a ver el alma?...
      Llegó a mi corazón una caricia.
      -Contigo siempre... Y avancé en mi sueño
      Por una larga, escueta galería,
      Sintiendo el roce de la veste pura
      Y el palpitar suave de la mano amiga.
    Arriba

    Desgarrada la nube
      Desgarrada la nube; el arco iris
      Brillando ya en el cielo,
      Y en un fanal de lluvia
      Y sol el campo envuelto.
      Desperté. ¿Quién enturbia
      Los mágicos cristales de mi sueño?
      Mi corazón latía
      Atónito y disperso.
      ... ¡El limonar florido,
      El cipresal del huerto,
      El prado verde, el sol, el agua, el iris...
      El agua en tus cabellos!
      Y todo en la memoria se perdía
      Como una pompa de jabón al viento.
    Arriba

    El mar triste
      Palpita un mar de acero de olas grises
      Dentro los toscos murallones roídos
      Del puerto viejo. Sopla el viento norte
      Y riza el mar. El triste mar arrulla
      Una ilusión amarga con sus olas grises.
      El viento norte riza el mar, y el mar azota
      El murallón del puerto.
      Cierra la tarde el horizonte
      Anubarrado. Sobre el mar de acero
      Hay un cielo de plomo.
      El rojo bergantín es un fantasma
      Sangriento, sobre el mar, que el mar sacude...
      Lúgubre zumba el viento norte y silba triste
      En la agria lira de las jarcias recias.
      El rojo bergantín es un fantasma
      Que el viento agita y mece el mar rizado,
      El tosco mar rizado de olas grises.
    Arriba

    El amor y la sierra
      Cabalgaba por agria serranía,
      Una tarde, entre roca cenicienta.
      El plomizo balón de la tormenta
      De monte en monte rebotar se oía.
      Súbito, al vivo resplandor del rayo,
      Se encabritó, bajo de un alto pino,
      Al borde de la peña, su caballo.
      A dura rienda le tornó al camino.
      Y hubo visto la nube desgarrada,
      Y, dentro, la afilada crestería
      De otra sierra más tenue y levantada.
      -Relámpago de piedra parecía-.
      ¿Y vio el rostro de Dios? Vio el de su amada.
      Gritó: "¡Morir en esta sierra fría!"
    Arriba

    El mañana efímero
      La España de charanga y pandereta,
      Cerrado y sacristía,
      Devota de Frascuelo y de María,
      De espíritu burlón y de alma quieta,
      Ha de tener su mármol y su día,
      Su infalible mañana y su poeta.
      El vano ayer engendrará un mañana
      Vacío y, ¡por ventura!, pasajero.
      Será un joven lechuzo y tarambana,
      Un sayón con hechuras de bolero,
      A la moda de Francia realista,
      Un poco al uso de París pagano,
      Y al estilo de España especialista
      En el vicio al alcance de la mano.
      Esa España inferior que ora y bosteza,
      Vieja y tahúr, zaragatera y triste;
      Esa España inferior que ora y embiste,
      Cuando se digna usar la cabeza,
      Aún tendrá luengo parto de varones
      Amantes de sagradas tradiciones
      Y de sagradas formas y maneras;
      Florecerán las barbas apostólicas,
      Y otras calvas en otras calaveras
      Brillarán, venerables católicas,
      El vano ayer engendrará un mañana
      Vacío y, ¡por ventura!, pasajero,
      La sombra de un lechuzo tarambana,
      De un sayón con hechuras de bolero:
      El vacuo ayer dará un mañana huero.
      Como la náusea de un borracho ahíto
      De vino malo, un rojo sol corona
      De heces turbias las cumbres de granito;
      Hay un mañana estomagante escrito
      En la tarde pragmática y dulzona.
      Mas otra España nace,
      La España del cincel y de la maza,
      Con esa eterna juventud que se hace
      Del pasado macizo de la raza.
      Una España implacable y redentora,
      España que alborea
      Con un hacha en la mano vengadora,
      España de la rabia y de la idea.
    Arriba

    Empeñé tu memoria
      ¿Empeñé tu memoria? ¡Cuántas veces!
      La vida baja como un ancho río,
      Y cuando lleva al mar alto navío
      Va con cieno verdoso y turbias heces.
      Y más si hubo tormenta en sus orillas,
      Y él arrastra el botín de la tormenta,
      Si en su cielo la nube cenicienta
      Se incendió de centellas amarillas.
      Pero aunque fluya hacia la mar ignota,
      Es la vida también agua de fuente
      Que de claro venero, gota a gota,
      O ruidoso penacho de torrente,
      Bajo el azul, sobre la piedra brota.
      Y allí suena tu nombre, ¡eternamente!
    Arriba

    Eran ayer mis dolores
      Eran ayer mis dolores
      Como gusanos de seda
      Que iban labrando capullos;
      Hoy son mariposas negras.
      ¡De cuántas flores amargas
      He sacado blanca cera!
      ¡Oh, tiempo en que mis pesares
      Trabajaba como abeja!
      Hoy son como avenas locas,
      O cizaña en sementera,
      Como tizón en espiga,
      Como carcoma en madera.
      ¡Oh, tiempo en que mis dolores
      Tenía lágrimas buenas,
      Y eran como agua de noria
      Que va regando una huerta!
      Hoy son agua de torrente
      Que arranca el limo a la tierra.
      Dolores que ayer hicieron
      De mi corazón colmena,
      Hoy tratan mi corazón
      Como a una muralla vieja:
      Quieren derribarlo, y pronto,
      Al golpe de la piqueta.
    Arriba

    Hacia tierra baja (III)
      Un mesón de mi camino.
      Con un gesto de vestal,
      Tú sirves el rojo vino
      De una orgía de arrabal.
      Los borrachos
      De los ojos vivarachos
      Y la lengua fanfarrona
      Te requiebran, ¡oh varona!
      Y otros borrachos suspiran
      Por tus ojos de diamante,
      Tus ojos que a nadie miran.
      A la altura de tus senos,
      La batea rebosante
      Llega en tus brazos morenos.
      ¡Oh, mujer,
      Dame también de beber!
    Arriba

    Hastío
      Pasan las horas de hastío
      Por la estancia familiar,
      El amplio cuarto sombrío
      Donde yo empecé a soñar.
      Del reloj arrinconado,
      Que en la penumbra clarea,
      El tictac acompasado
      Odiosamente golpea.
      Dice la monotonía
      Del agua clara al caer:
      Un día es como otro día;
      Hoy es lo mismo que ayer.
      Cae la tarde. El viento agita
      El parque mustio y dorado...
      ¡Qué largamente ha llorado
      Toda la fronda marchita!
    Arriba

    He andado muchos caminos
      He andado muchos caminos
      He abierto muchas veredas;
      He navegado en cien mares
      Y atracado en cien riberas.
      En todas partes he visto
      Caravanas de tristeza,
      Soberbios y melancólicos
      Borrachos de sombra negra.
      Y pedantones al paño
      Que miran, callan y piensan
      Que saben por qué no beben
      El vino de las tabernas.
      Mala gente que camina
      Y va apestando la tierra...
      Y en todas partes he visto
      Gentes que danzan o juegan,
      Cuando pueden, y laboran
      Sus cuatro palmos de tierra.
      Nunca, si llegan a un sitio
      Preguntan a dónde llegan.
      Cuando caminan, cabalgan
      A lomos de mula vieja.
      Y no conocen la prisa
      Ni aún en los días de fiesta.
      Donde hay vino, beben vino,
      Donde no hay vino, agua fresca.
      Son buenas gentes que viven,
      Laboran, pasan y sueñan,
      Y un día como tantos,
      Descansan bajo la tierra.
    Arriba

    Húmedo está, bajo el laurel
      Húmedo está, bajo el laurel, el banco
      De verdinosa piedra;
      Lavó la lluvia, sobre el muro blanco,
      Las empolvadas hojas de la yedra.
      Del viento del otoño el tibio aliento
      Los céspedes ondula, y la alameda
      Conversa con el viento...
      ¡El viento de la tarde en la arboleda!
      Mientras el sol en el ocaso esplende
      Que los racimos de la vid orea,
      Y el buen burgués, en su balcón, enciende
      La estoica pipa que el tabaco humea,
      Voy recordando versos juveniles...
      ¿Qué fue de aquel mi corazón sonoro?
      ¿Será cierto que os vais, sombras gentiles,
      Huyendo entre los árboles de oro?
    Arriba

    Huye del triste amor
      Huye del triste amor, amor pacato,
      Sin peligro, sin venda ni aventura,
      Que espera del amor prenda segura,
      Porque en amor locura es lo sensato.
      Ese que el pecho esquiva al niño ciego
      Y blasfemó del fuego de la vida,
      De una brasa pensada, y no encendida,
      Quiere ceniza que le guarde el fuego.
      Y ceniza hallará, no de su llama,
      Cuando descubra el torpe desvarío
      Que pedía, sin flor, fruto en la rama.
      Con negra llave el aposento frío
      De su tiempo abrirá. ¡Despierta cama,
      Y turbio espejo y corazón vacío!
    Arriba

    Inventario galante
      Tus ojos me recuerdan
      Las noches de verano,
      Negras noches si luna,
      Orilla al mar salado,
      Y el chispear de estrellas
      Del cielo negro y bajo.
      Tus ojos me recuerdan
      Las noches de verano.
      Y tu morena carne,
      Los trigos requemados,
      Y el suspirar de fuego
      De los maduros campos.
      Tu hermana es clara y débil
      Como los juncos lánguidos,
      Como los sauces tristes,
      Como los linos glaucos.
      Tu hermana es un lucero
      En el azul lejano...
      Y es alba y aura fría
      Sobre los pobres álamos
      Que en las orillas tiemblan
      Del río humilde y manso.
      Tu hermana es un lucero
      En el azul lejano.
      De tu morena gracia
      De tu soñar gitano,
      De tu mirar de sombra
      Quiero llenar mi vaso.
      Me embriagaré una noche
      De cielo negro y bajo,
      Para cantar contigo,
      Orilla al mar salado,
      Una canción que deje
      Cenizas en los labios...
      De tu mirar de sombra
      Quiero llenar mi vaso.
      Para tu linda hermana
      Arrancaré los ramos
      De florecillas nuevas
      A los almendros blancos,
      En un tranquilo y triste
      Alborear de marzo.
      Los regaré con agua
      De los arroyos claros,
      Los ataré con verdes
      Junquillos del remanso
      Para tu linda hermana
      Yo haré un ramito blanco.
    Arriba

    Jardín
      Lejos de tu jardín quema la tarde
      Inciensos de oro en purpurinas llamas,
      Tras el bosque de cobre y de ceniza.
      En tu jardín hay dalias.
      ¡Malaya tu jardín! Hoy me parece
      La obra de un peluquero,
      Con esa pobre palmerilla enana,
      Y ese cuadro de mirtos recortados...
      Y el naranjito en su tonel... El agua
      De la fuente de piedra
      No cesa de reír sobre la concha blanca.
    Arriba

    La primavera besaba
      La primavera besaba
      Suavemente la arboleda,
      Y el verde nuevo brotaba
      Como una verde humareda.
      Las nubes iban pasando
      Sobre el campo juvenil...
      Yo vi en las hojas temblando
      Las frescas lluvias de abril.
      Bajo ese almendro florido,
      Todo cargado de flor
      -Recordé-, yo he maldecido
      Mi juventud sin amor.
      Hoy en mitad de la vida,
      Me he parado a meditar...
      ¡Juventud nunca vivida,
      Quién te volviera a soñar!
    Arriba

    Llamó a mi corazón
        Llamó a mi corazón, un claro día,
        Con un perfume de jazmín, el viento.
        -A cambio de este aroma,
        Todo el aroma de tus rosas quiero.
        -No tengo rosas; flores
        En mi jardín no hay ya, todas han muerto.
        -Me llevaré los llantos de las fuentes,
        Las hojas amarillas y los mustios pétalos.
        Y el viento huyó. Mi corazón sangraba.
        Alma, ¿qué has hecho de tu pobre huerto?
      Arriba

      Llanto de las virtudes y coplas por la muerte de Don Guido
        Al fin, una pulmonía
        Mató a don Guido, y están
        Las campanas todo el día
        Doblando por él: ¡din dan!
        Murió don Guido, un señor
        De mozo muy jaranero,
        Muy galán y algo torero;
        De viejo, gran rezador.
        Dicen que tuvo un serrallo
        Este señor de Sevilla;
        Que era diestro
        En manejar el caballo,
        Y un maestro
        En refrescar manzanilla.
        Cuando mermó su riqueza,
        Era su monotonía
        Pensar que pensar debía
        En asentar la cabeza.
        Y asentóla
        De una manera española,
        Que fue casarse con una
        Doncella de gran fortuna;
        Y repintar sus blasones,
        Hablar de las tradiciones
        De su casa,
        A escándalos y amoríos
        Poner tasa,
        Sordina a sus desvaríos.
        Gran pagano,
        Se hizo hermano
        De una santa cofradía;
        El Jueves Santo salía,
        Llevando un cirio en la mano
        -¡Aquel trueno!-,
        Vestido de nazareno.
        Hoy nos dice la campana
        Que han de llevarse mañana
        Al buen don Guido, muy serio,
        Camino del cementerio.
        Buen don Guido, ya eres ido
        Y para siempre jamás
        Alguien dirá: "¿Qué dejaste?"
        Yo pregunto: "¿Qué llevaste
        Al mundo donde hoy estás?"
        ¿Tu amor a los alamares
        Y a las sedas y a los oros,
        Y a la sangre de los toros
        Y al humo de los altares?
        Buen don Guido y equipaje,
        ¡Buen viaje!
        El acá
        Y el allá,
        Caballero,
        Se ve en tu rostro marchito,
        Lo infinito:
        Cero, cero.
        ¡Oh las enjutas mejillas,
        Amarillas,
        Y los párpados de cera,
        Y la fina calavera
        En la almohada del lecho!
        ¡Oh fin de una aristocracia!
        La barba canosa y lacia
        Sobre el pecho;
        Metido en tosco sayal,
        Las yertas manos en cruz,
        ¡Tan formal!
        El caballero andaluz.
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      Me dijo un alba de la primavera
        Me dijo un alba de la primavera:
        Yo florecí en tu corazón sombrío
        Ha muchos años, caminante viejo
        Que no cortas las flores del camino.
        Tu corazón de sombra, ¿acaso guarda
        El viejo aroma de mis viejos lirios?
        ¿Perfuman aún mis rosas la alba frente
        Del hada de tu sueño adamantino?
        Respondí a la mañana:
        Sólo tienen cristal los sueños míos.
        Yo no conozco el hada de mis sueños;
        No sé si está mi corazón florido.
        Pero si aguardas la mañana pura
        Que ha de romper el vaso cristalino,
        Quizás el hada te dará tus rosas,
        Mi corazón tus lirios.
      Arriba

      Me dijo una tarde de la primavera
        Me dijo una tarde
        De la primavera:
        Si buscas caminos
        En flor en la tierra,
        Mata tus palabras
        Y oye tu alma vieja.
        Que el mismo albo lino
        Que te vista, sea
        Tu traje de duelo,
        Tu traje de fiesta.
        Ama tu alegría
        Y ama tu tristeza,
        Si buscas caminos
        En flor en la tierra.
        Respondí a la tarde
        De la primavera:
        Tú has dicho el secreto
        Que en mi alma reza:
        Yo odio la alegría
        Yo odio a la pena,
        Mas antes que pise
        Tu florida senda,
        Quisiera traerte
        Muerta mi alma vieja.
      Arriba

      Melancolía
        Tarde tranquila, casi
        Con placidez de alma,
        Para ser joven, para haberlo sido
        Cuando Dios quiso, para
        Tener algunas alegrías... lejos,
        Y poder dulcemente recordarlas.
        Es una tarde cenicienta y mustia,
        Destartalada, como el alma mía;
        Y es esta vieja angustia
        Que habita mi usual hipocondría.
        La causa de esta angustia no consigo
        Ni vagamente comprender siquiera;
        Pero recuerdo y recordando digo:
        -"Sí, yo era niño, y tú, mi compañera".
      Arriba

      Mi amor
        ¿Mi amor? ¿Recuerdas, dime,
        Aquellos juncos tiernos
        Lánguidos y amarillos
        Que hay en el cauce seco?
        ¿Recuerdas la amapola
        Que calcinó el verano,
        La amapola marchita,
        Negro crespón del campo?
        ¿Te acuerdas del sol yerto
        Y humilde en la mañana,
        Que brilla y tiembla roto
        Sobre una fuente helada?
      Arriba

      Mi corazón se ha dormido
        ¿Mi corazón se ha dormido?
        Colmenares de mis sueños,
        ¿Ya no labráis? ¿Está seca
        La noria del pensamiento,
        Los canguilones vacíos
        Girando, de sombra llenos?
        No, mi corazón no duerme.
        Está despierto, despierto.
        Ni duerme, ni sueña, mira,
        Los claros ojos abiertos,
        Señas lejanas y escucha
        A orillas del gran silencio.
      Arriba

      Oh, dime, noche amiga
        ¡Oh, dime, noche amiga, amada vieja,
        Que me traes el retablo de mis sueños
        Siempre desierto y desolado, y sólo
        Con mi fantasma dentro,
        Mi pobre sombra triste
        Sobre la estepa y bajo el sol de fuego,
        O soñando amarguras
        En las voces de todos los misterios,
        Dime, si sabes, vieja amada, dime
        Si son mías las lágrimas que vierto!
        Me respondió la noche:
        Jamás me revelaste tu secreto.
        Yo nunca supe, amado,
        Si eras tú ese fantasma de tu sueño,
        Ni averigüé si era su voz o la tuya,
        O era la voz de un histrión grotesco.
        Dije a la noche: Amada mentirosa,
        Tú sabes mi secreto;
        Tú has visto la honda gruta
        Donde fabrica su cristal mi sueño,
        Y sabes que mis lágrimas son mías,
        Y sabes mi dolor, mi dolor viejo.
        ¡Oh! Yo no sé, dijo la noche, amado,
        Yo no sé tu secreto,
        Aunque he visto vagar ese, que dices
        Desolado fantasma, por tu sueño.
        Yo me asomo a las almas cuando lloran
        Y escucho su hondo rezo,
        Humilde y solitario,
        Ese que llamas salmo verdadero;
        Pero en las hondas bóvedas del alma,
        No sé si el llanto es una voz o un eco.
        Para escuchar tu queja de tus labios,
        Yo te busqué en tu sueño,
        Y allí te vi vagando en un borroso
        Laberinto de espejos.
      Arriba

      Otoño
        El cárdeno otoño
        No tiene leyendas
        Para mí. Los salmos
        De las frondas muertas,
        Jamás he escuchado,
        Que el viento se lleva.
        Yo no sé los salmos
        De las hojas secas,
        Sino el sueño verde
        De la amarga tierra.
      Arriba

      Otras canciones a Guiomar
        (A la manera de Abel Martín y de Juan de Mairena)
        I

        ¡Sólo tu figura,
        Como una centella blanca,
        En mi noche oscura!
        ¡Y en la tersa arena,
        Cerca de la mar,
        Tu carne rosa y morena,
        Súbitamente, Guiomar!
        En el gris del muro,
        Cárcel y aposento,
        Y en un paisaje futuro
        Con sólo tu voz y el viento;
        En el nácar frío
        De tu zarcillo en mi boca,
        Guiomar, y en el calofrío
        De una amanecida loca;
        Asomada al malecón
        Que bate la mar de un sueño,
        Y bajo el arco del ceño
        De mi vigilia, a traición,
        ¡Siempre tú!
        Guiomar, Guiomar,
        Mírame en ti castigado:
        Reo de haberte creado,
        Ya no te puedo olvidar.
        II

        Todo amor es fantasía;
        Él inventa el año, el día,
        La hora y su melodía;
        Inventa el amante y, más,
        La amada. No prueba nada,
        Contra el amor, que la amada
        No haya existido jamás.
        III

        Escribiré en tu abanico:
        Te quiero para olvidarte,
        Para quererte te olvido. IV

        Te abanicarás
        Con un madrigal que diga:
        En amor el olvido pone la sal.
        V

        Te pintaré solitaria
        En la urna imaginaria
        De un daguerrotipo viejo,
        O en el fondo de un espejo,
        Viva y quieta,
        Olvidando a tu poeta.
        VI

        Y te enviaré mi canción:
        "Se canta lo que se pierde",
        Con un papagayo verde
        Que la diga en tu balcón.
        VII

        Que apenas si de amor el ascua humea
        Sabe el poeta que la voz engola
        Y, barato cantor, se pavonea
        Con su pesar o enluta su viola;
        Y que si amor da su destello, sola
        La pura estrofa suena,
        Fuente de monte, anónima y serena.
        Bajo el azul olvido, nada canta,
        Ni tu nombre ni el mío, el agua santa.
        Sombra no tiene de su turbia escoria
        Limpio metal; el verso del poeta
        Lleva el ansia de amor que lo engendrara
        Como lleva el diamante sin memoria
        -Frío diamante- el fuego del planeta
        Trocado en luz, en una joya clara...
      Arriba

      Por qué, decisme
        ¿Por qué, decisme, hacia los altos llanos,
        Huye mi corazón de esta ribera,
        Y en tierra labradora y marinera
        Suspiro por los yermos castellanos?
        Nadie elige su amor. Llevóme un día
        Mi destino a los grises calvijares
        Donde ahuyenta al caer la nieve fría
        Las sombras de los muertos encinares.
        De aquel trozo de España, alto y roquero,
        Hoy traigo a ti, Guadalquivir florido,
        Una mata del áspero romero.
        Mi corazón está donde ha nacido,
        No a la vida, al amor, cerca del Duero...
        ¡El muro blanco y el ciprés erguido!
      Arriba

      Preludio
        Mientras la sombra pasa de un santo amor, hoy quiero
        Poner un dulce salmo sobre mi viejo atril.
        Acordaré las notas del órgano severo
        Al suspirar fragante del pífano de abril.
        Madurarán su aroma las pomas otoñales,
        La mirra y el incienso salmodiarán su olor;
        Exhalarán su fresco perfume los rosales
        Bajo la paz en sombra del tibio huerto en flor.
        Al grave acorde lento de música y aroma,
        La sola y vieja y noble razón de mi rezar
        Levantará su vuelo suave de paloma,
        Y la palabra blanca se elevará al altar.
      Arriba

      Renacimiento
        Galerías del alma, ¡el alma niña!
        Su clara luz risueña;
        Y la pequeña historia,
        Y la alegría de la vida nueva...
        ¡Ah, volver a nacer, y andar camino,
        Ya recobrada la perdida senda!
        Y volver a sentir en nuestra mano,
        Aquel latido de la mano buena
        De nuestra madre... Y caminar en sueños
        Por amor de la mano que nos lleva.
        En nuestras almas todo
        Por misteriosa mano se gobierna.
        Incomprensibles, mudas,
        Nada sabemos de las almas nuestras.
        Las más hondas palabras
        Del sabio nos enseñan,
        Lo que el silbar del viento cuando sopla,
        O el sonar de las aguas cuando ruedan.
      Arriba

      Retrato
        Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla,
        Y un huerto claro donde madura el limonero;
        Mi juventud, veinte años en tierra de Castilla;
        Mi historia, algunos casos que recordar no quiero.
        Ni un seductor Mañara, ni un Bradomín he sido
        -Ya conocéis mi torpe aliño indumentario-,
        Mas recibí la flecha que me asignó Cupido,
        Y amé cuanto ellas puedan tener de hospitalario.
        Hay en mis venas gotas de sangre jacobina,
        Pero mi verso brota de manantial sereno;
        Y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina,
        Soy, en el buen sentido de la palabra, bueno.
        Adoro la hermosura, y en la moderna estética
        Corté las viejas rosas del huerto de Ronsard;
        Mas no amo los afeites de la actual cosmética,
        Ni soy un ave de esas del nuevo gay-trinar.
        Desdeño las romanzas de los tenores huecos
        Y el coro de los grillos que cantan a la luna.
        A distinguir me paro las voces de los ecos,
        Y escucho solamente, entre las voces, una.
        ¿Soy clásico o romántico? No sé. Dejar quisiera
        Mi verso, como deja el capitán su espada:
        Famosa por la mano viril que la blandiera,
        No por el docto oficio del forjador preciada.
        Converso con el hombre que siempre va conmigo
        -Quien habla solo espera hablar a Dios un día-;
        Mi soliloquio es plática con ese buen amigo
        Que me enseñó el secreto de la filantropía.
        Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito.
        A mi trabajo acudo, con mi dinero pago
        El traje que me cubre y la mansión que habito,
        El pan que me alimenta y el lecho en donde yago.
        Y cuando llegue el día del último viaje,
        Y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
        Me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
        Casi desnudo, como los hijos de la mar.
      Arriba

      Rosa de fuego
        Tejidos sois de primavera, amantes,
        De tierra y agua y viento y sol tejidos.
        La sierra en vuestros pechos jadeantes,
        En los ojos los campos florecidos,
        Pasead vuestra mutua primavera,
        Y aún bebed sin temor la dulce leche
        Que os brinda hoy la lúbrica pantera,
        Antes que, torva, en el camino aceche.
        Caminad, cuando el eje del planeta
        Se vence hacia el solsticio del verano,
        Verde el almendro y mustia la violeta,
        Cerca la sed y el hontanar cercano,
        Hacia la tarde del amor, completa,
        Con la rosa de fuego en vuestra mano.
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      Siempre fugitiva
        Siempre fugitiva y siempre
        Cerca de mí, en negro manto
        Mal cubierto el desdeñoso
        Gesto de tu rostro pálido.
        No sé a dónde vas, ni dónde
        Tu virgen belleza tálamo
        Busca en la noche. No sé
        Qué sueños cierran tus párpados,
        Ni de quien haya entreabierto
        Tu lecho inhospitalario.
        Detén el paso, belleza
        Esquiva, detén el paso.
        Besar quisiera la amarga,
        Amarga flor de tus labios.
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      Soneto I
        A Guiomar.
        Perdón, Madona del Pilar, si llego
        Al par que nuestro amado florentino,
        Con una mata de serrano espliego,
        Con una rosa de silvestre espino.
        ¿Qué otra flor para ti de tu poeta
        Si no es la flor de la melancolía?
        Aquí, sobre los huesos del planeta
        Pule el sol, hiela el viento, diosa mía.
        ¡Con qué divino acento
        Me llega a mi rincón de sombra y frío
        Tu nombre, al acercarme el tibio aliento
        De otoño el hondo resonar del río!
        Adiós: cerrada mi ventana, siento
        Junto a mí un corazón... ¿Oyes el mío?
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      Soneto II
        A Guiomar.
        De mar a mar entre los dos la guerra,
        Más honda que la mar. En mi parterre,
        Miro a la mar que el horizonte cierra.
        Tú, asomada, Guiomar, a un Finisterre,
        Miras hacia otro mar, la mar de España
        Que Camoens cantara, tenebrosa.
        Acaso a ti mi ausencia te acompaña.
        A mí me duele tu recuerdo, diosa.
        La guerra dio al amor el tajo fuerte.
        Y es la total angustia de la muerte,
        Con la sombra iracunda de tu llama
        Y la soñada miel de amor tardío,
        Y la flor imposible de la rama
        Que ha sentido del hacha el corte frío.
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      Soñé que tú me llevabas
        Soñé que tú me llevabas
        Por una blanca vereda,
        En medio del campo verde,
        Hacia el azul de las sierras,
        Hacia los montes azules,
        Una mañana serena.
        Sentí tu mano en la mía,
        Tu mano de compañera,
        Tu voz de niña en mi oído
        Como una campana nueva,
        Como una campana virgen
        De un alba de primavera.
        ¡Eran tu voz y tu mano,
        En sueño, tan verdaderas!
        Vive, esperanza, ¡quién sabe
        Lo que se traga la tierra!
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      Y era el demonio de mi sueño
        Y era el demonio de mi sueño, el ángel
        Más hermoso. Brillaban
        Como aceros los ojos victoriosos,
        Y las sangrientas llamas
        De su antorcha alumbraron
        La honda cripta del alma.
        -¿Vendrás conmigo? No, jamás; las tumbas
        Y los muertos me espantan.
        Pero la férrea mano
        Mi diestra atenazaba.
        Vendrás conmigo... Y avancé en mi sueño,
        Cegado por la roja luminaria.
        Y en la cripta sentí sonar cadenas,
        Y rebullir de fieras enjauladas.
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      Y ha de morir contigo el mundo mago
        ¿Y ha de morir contigo el mundo mago
        Donde guarda el recuerdo
        Los hálitos más puros de la vida,
        La blanca sombra del amor primero,
        La voz que fue a tu corazón, la mano
        Que tú querías retener en sueños,
        Y todos los amores
        Que llegaron al alma, al hondo cielo?
        ¿Y ha de morir contigo el mundo tuyo,
        La vieja vida en orden tuyo y nuevo?
        ¿Los yunques y crisoles de tu alma
        Trabajan para el polvo y para el viento?
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      Y no es verdad, dolor
        Y no es verdad, dolor, yo te conozco,
        Tú eres nostalgia de la vida buena
        Y soledad de corazón sombrío,
        De barco sin naufragio y sin estrella.
        Como perro olvidado que no tiene
        Huella ni olfato y yerra
        Por los caminos, sin camino, como
        El niño que en la noche de una fiesta
        Se pierde entre el gentío
        Y el aire polvoriento y las candelas
        Chispeantes, atónito, y asombra
        Su corazón de música y de pena.
        Así voy yo, borracho melancólico,
        Guitarrista lunático, poeta,
        Y pobre hombre en sueños,
        Siempre buscando a Dios entre la niebla.
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      Yo voy soñando caminos
        Yo voy soñando caminos
        De la tarde. ¡Las colinas
        Doradas, los verdes pinos,
        Las polvorientas encinas!
        ¿Adónde el camino irá?
        Yo voy cantando, viajero,
        A lo largo del sendero...
        -La tarde cayendo está-.
        En el corazón tenía
        La espina de una pasión;
        Logré arrancármela un día;
        Ya no siento el corazón.
        Y todo el campo un momento
        Se queda, mudo y sombrío,
        Meditando. Suena el viento
        En los álamos del río.
        La tarde más se oscurece;
        Y el camino se serpea
        Y débilmente blanquea,
        Se enturbia y desaparece.
        Mi cantar vuelve a plañir:
        Aguda espina dorada,
        Quién te volviera a sentir
        En el corazón clavada.
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