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Ugo Foscolo

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    Información biográfica

  1. A la amada (Trad. de Clemente Althaus)
  2. A mi hermano (Trad. de Clemente Althaus)


Información biográfica
    Nombre: Niccolò Ugo Foscolo
    Lugar y fecha nacimiento: Zante (entonces República Veneciana, actualmente Grecia), Italia, 6 de febrero de 1778
    Lugar y fecha defunción: Londres, Inglaterra, 1827 (49 años)
    Nacionalidad: República de Venecia
    Ocupación: Escritor, poeta
    Movimiento: Neoclasicismo, Prerromanticismo

    Fuente: [Ugo Foscolo] en Wikipedia.org
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    A la amada
      (Traducción de Clemente Althaus)

      Así el entero día en largo, incierto
      Sueño gimo; mas luego cuando aduna
      La noche las estrellas y la luna,
      Frío el aire y de sombras ya cubierto,

      Donde el llano es selvoso y más desierto
      Lento entonces vagando, una por una,
      Palpo las llagas que la vil fortuna
      Y Amor y el mundo han en mi pecho abierto.

      Tal vez cansado, apoyo me da un pino
      O con mis esperanzas, allí donde
      Suena la onda, tal vez hablo y deliro.

      Mas las iras del mundo y del destino
      Olvidando por ti, por ti suspiro
      Luz de mis ojos, ¿quién a mí te esconde?
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    A mi hermano
      (Traducción de Clemente Althaus)

      Un día, si no fuera siempre huyendo,
      Me sentaré en tu tumba con agudo
      Dolor, ¡oh hermano de mi amor!, gimiendo
      Que tan joven hallaras fin tan crudo.

      Sola hoy la Madre, lágrimas vertiendo,
      Habla de mí con tu cadáver mudo;
      Mas yo ambos brazos vanamente os tiendo
      Y de lejos mi dulce hogar saludo.

      Siento tus mismos males torticeros,
      Y al puerto pido paz do te acogiste,
      Ya fatigado de estos mares fieros.

      Es la última esperanza que me asiste;
      ¡Siquiera mis huesos, píos extranjeros,
      Volved al pecho de la madre triste!
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Francesco Petrarca

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    Información biográfica

  1. El aislamiento (Trad. de Miguel Antonio Caro)


Información biográfica
    Nombre: Francesco Petrarca
    Lugar y fecha nacimiento: Arezzo, Italia, 20 de julio de 1304
    Lugar y fecha defunción: Arquà Petrarca, Padua, Italia, 18 o 19 de julio de 1374 (69 años)
    Ocupación: Filólogo, humanista, escritor, poeta
Su vida transcurrió al servicio de la Iglesia y de la poderosa familia Colonna. Su obra más notable fue el Cancionero, originalmente publicada con el nombre de Rime in vita e Rime in morte de Madonna Laura, y que fue ampliando con el transcurso de los años. Su obra poética dio lugar a una corriente literaria que influyó en autores como Garcilaso de la Vega (en España), William Shakespeare y Edmund Spenser (en Inglaterra), bajo el sobrenombre genérico de Petrarquismo.

Fuente: [Francesco Petrarca] en Wikipedia.org

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    El aislamiento
      (Traducción de Miguel Antonio Caro)

      Solo y a paso lento y pensativo
      Cruzando voy campiñas apartadas,
      Y si de hombre presumo ver pisadas
      Aléjome azorado y fugitivo.

      Amo la soledad: en ella esquivo
      Del indiscreto vulgo las miradas,
      Que pudiera en mis ojos reflejadas
      Las llamas ver en que abrasado vivo.

      Confidentes serán de mis pesares
      Agrio monte, honda selva, mustia playa,
      Y no me turbará mortal testigo.

      Mas no hallo tan selváticos lugares
      Ni senda tan oculta, que no vaya
      Yo con Amor hablando, y él conmigo.
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Lupercio Leonardo Argensola

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    Información biográfica

  1. A la esperanza
  2. Al sueño
  3. Dentro quiero vivir de mi fortuna
  4. Esos cabellos en tu frente enjertos
  5. La vida en el campo
  6. No fueron tus divinos ojos, Ana
  7. Si quiere Amor que siga sus antojos


Información biográfica
    Nombre: Lupercio Leonardo de Argensola
    Lugar y fecha nacimiento: Barbastro, Huesca, España, 14 de diciembre de 1559
    Lugar y fecha defunción: Nápoles, Italia, 1613 (54 años)
    Nacionalidad: Española
    Ocupación: Historiador, dramaturgo, estadista, escritor, poeta

    Fuente: [Lupercio Leonardo Argensola] en Wikipedia.org
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    A la esperanza
      Alivia sus fatigas
      El labrador cansado
      Cuando su yerta barba escarcha cubre,
      Pensando en las espigas
      Del agosto abrasado
      Y en los lagares ricos del octubre
      La hoz se le descubre
      Cuando el arado apaña,
      Y con dulces memorias le acompaña.

      Carga de hierro duro
      Sus miembros, y se obliga
      El joven al trabajo de la guerra
      Huye ocio seguro,
      Trueca por la enemiga
      Su dulce, natural y amiga tierra;
      Mas cuando se destierra
      O al asalto acomete
      Mil triunfos y mil glorias se promete.

      La vida al mar confía,
      Y a dos tablas delgadas,
      El otro, que del oro está sediento
      Escóndesele el día,
      Y las olas hinchadas
      Suben a combatir el firmamento;
      Él quita el pensamiento
      De la muerte vecina,
      Y en el oro le pone y en la mina.

      Deja el lecho caliente
      Con la esposa dormida
      El cazador solícito y robusto.
      Sufre el cierzo inclemente,
      La nieve endurecida
      Y tiene en su afán, por premio justo,
      Interrumpir el gusto
      Y la paz de las fieras
      En vano cautas, fuertes y ligeras.

      Premio y cierto fin tiene
      Cualquier trabajo humano,
      Y el uno llama al otro sin mudanza;
      El invierno entretiene
      La opinión del verano,
      Y un tiempo sirve al otro de templanza.
      El bien de la esperanza
      Solo quedó en el suelo,
      Cuando todos huyeron para el cielo.

      Si la esperanza quitas,
      ¿Qué le dejas al mundo?
      Su máquina disuelves y destruyes;
      Todo lo precipitas
      En olvido profundo,
      Y del fin natural, Flérida huyes
      Si la cervix rehúyes
      De los brazos amados,
      ¿Qué premio piensas dar a los cuidados?

      Amor, en diferentes
      Géneros dividido,
      Él publica su fin y quién le admite.
      Todos los accidentes
      De un amante atrevido
      (Niéguelo o disimúlelo) permite.
      Limite pues, limite
      La vana resistencia;
      Que, dada la ocasión, todo es licencia.
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    Al sueño
      Imagen espantosa de la muerte,
      Sueño cruel, no turbes más mi pecho,
      Mostrándome cortado el nudo estrecho,
      Consuelo solo de mi adversa suerte.

      Busca de algún tirano el muro fuerte,
      De jaspe las paredes, de oro el techo,
      O el rico avaro en el angosto lecho
      Haz que temblando con sudor despierte.

      El uno vea popular tumulto
      Romper con furia las herradas puertas,
      O al sobornado siervo el hierro oculto;

      El otro, sus riquezas descubiertas
      Con llave falsa o con violento insulto:
      Y déjale al amor sus glorias ciertas.
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    Dentro quiero vivir de mi fortuna
      Dentro quiero vivir de mi fortuna
      Y huir los grandes nombres que derrama
      Con estatuas y títulos la Fama
      Por el cóncavo cerco de la luna.

      Si con ellos no tengo cosa alguna
      Común de las que el vulgo sigue y ama,
      Bástame ver común la postrer cama,
      Del modo que lo fue la primer cuna.

      Y entre estos dos umbrales de la vida,
      Distantes un espacio tan estrecho,
      Que en la entrada comienza la salida,

      ¿Qué más aplauso quiero, o más provecho,
      Que ver mi fe de Filis admitida
      Y estar yo de la suya satisfecho?
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    Esos cabellos en tu frente enjertos
      Esos cabellos en tu frente enjertos
      (Por más que disimules y los rices)
      En otros cuerpos dejan las raíces,
      Y por ventura en otros cuerpos muertos.

      ¿Por qué pueblas, o Gala, los desiertos
      De la Libia? ¿Por qué con tus barnices
      Ofendes nuestros ojos y narices,
      Cual si viesen sepulcros descubiertos?

      Que aunque vuelvas a ser la que solías,
      No puedes competir con Galatea;
      Oye, verás si la ventaja es poca:

      En ti son años los que en ella días;
      Está en duda si el tiempo la hará fea,
      Y está en verdad que nunca la hará loca.
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    La vida en el campo
      Lleva tras sí los pámpanos otubre,
      Y con las grandes lluvias, insolente,
      No sufre Ibero márgenes ni puente,
      Mas antes los vecinos campos cubre.

      Moncayo, como suele, ya descubre
      Coronada la nieve la alta frente,
      Y el sol apenas vemos en Oriente
      Cuando la opaca tierra nos lo encubre.

      Sienten el mar y selvas ya la saña
      Del Aquilón, y encierra su bramido
      Gente en el puerto y gente en la cabaña.

      Y Fabio, en el umbral de Tais tendido,
      Con vergonzosas lágrimas lo baña,
      Debiéndolas al tiempo que ha perdido.
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    No fueron tus divinos ojos, Ana
      No fueron tus divinos ojos, Ana,
      Los que al yugo amoroso me han rendido;
      Ni los rosados labios, dulce nido
      Del ciego niño, donde néctar mana;

      Ni las mejillas de color de grana;
      Ni el cabello, que al oro es preferido;
      Ni las manos, que a tantos han vencido;
      Ni la voz, que está en duda si es humana.

      Tu alma, que en todas tus obras se trasluce,
      Es la que sujetar pudo la mía,
      Porque fuese inmortal su cautiverio.

      Así todo lo dicho se reduce
      A sólo su poder, porque tenía
      Por ella cada cual su ministerio.
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    Si quiere Amor que siga sus antojos
      Si quiere Amor que siga sus antojos
      Y a sus hierros de nuevo rinda el cuello;
      Que por ídolo adore un rostro bello
      Y que vistan su templo mis despojos,

      La flaca luz renueve de mis ojos,
      Restituya a mi frente su cabello,
      A mis labios la rosa y primer vello,
      Que ya pendiente y yerto es dos manojos.

      Y entonces, como sierpe renovada,
      A la puerta de Filis inclemente
      Resistiré a la lluvia y a los vientos.

      Mas si no ha de volver la edad pasada,
      Y todo con la edad es diferente,
      ¿Por qué no lo han de ser mis pensamientos?
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Juan Bautista Aguirre

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    Información biográfica

  1. A una dama imaginaria
  2. A una rosa
  3. A unos ojos hermosos
  4. Carta a Lizardo
  5. Décimas a Guayaquil
  6. Soneto moral


Información biográfica
    Nombre: Juan Bautista Aguirre
    Lugar y fecha nacimiento: Daule, Ecuador, 11 de abril de 1725
    Lugar y fecha defunción: Tívoli, Italia, 15 de junio de 1786 (61 años)
    Nacionalidad: Ecuatoriana
    Ocupación: Sacerdote, escritor, poeta
Es considerado uno de los precursores de la poesía hispanoamericana y ecuatoriana.

Fuente: [Juan Bautista Aguirre] en Wikipedia.org

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    A una dama imaginaria
      Qué linda cara que tienes,
      Válgate Dios por muchacha,
      Que si te miro, me rindes
      Y si me miras, me matas.

      Esos tus hermosos ojos
      Son en ti, divina ingrata,
      Arpones cuando los flechas,
      Puñales cuando los clavas.

      Esa tu boca traviesa,
      Brinda entre coral y nácar,
      Un veneno que da vida
      Y una dulzura que mata.

      En ella las gracias viven;
      Novedad privilegiada,
      Que haya en tu boca hermosura
      Sin que haya en ella desgracia.

      Primores y agrados hay
      En tu talle y en tu cara
      Todo tu cuerpo es aliento,
      Y todo tu aliento es alma.

      El licencioso cabello
      Airosamente declara,
      Que hay en lo negro hermosura,
      Y en lo desairado hay gala.

      Arco de amor son tus cejas,
      De cuyas flechas tiranas,
      Ni quien se defiende es cuerdo,
      Ni dichoso quien se escapa.

      ¡Qué desdeñosa te burlas!
      ¡Y qué traidora te ufanas,
      A tantas fatigas firme,
      Y a tantas finezas falsa!

      ¡Qué mal imitas al cielo
      Pródigo contigo en gracias,
      Pues no sabes hacer una
      Cuando sabes tener tantas!
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    A una rosa
      En catre de esmeraldas nace altiva
      La bella rosa, vanidad de Flora,
      Y cuanto en perlas le bebió a la aurora
      Cobra en rubíes del sol la luz altiva.

      De nacarado incendio es llama viva
      Que al prado ilustra en fe de que la adora;
      La luz la enciende, el sol sus hojas dora
      Con bello nácar de que al fin la priva.

      Rosas, escarmentad: no presurosas
      Anheléis a este ardor, que si autoriza,
      Aniquila también el sol, ¡oh rosas!

      Naced y vivid lentas; no en la prisa
      Os confundáis, floridas mariposas,
      Que es anhelar arder, buscar ceniza.

      II

      De púrpura vestida ha madrugado
      Con presunción de sol la rosa bella,
      Siendo sólo una luz, purpúrea huella
      Del matutino pie de astro nevado.

      Más y más se enrojece con cuidado
      De brillar más que la encendió su estrella,
      Y esto la eclipsa, sin ser ya centella
      Que golfo de la luz inundó al prado.

      ¿No te bastaba, oh rosa, tu hermosura?
      Pague eclipsada, pues, tu gentileza
      El mendigarle al sol la llama pura;

      Y escarmienta la humana en tu belleza,
      Que si el nativo resplandor se apura,
      La que luz deslumbró para en pavesa.
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    A unos ojos hermosos
      Ojos cuyas niñas bellas
      Esmaltan mil arreboles,
      Muchos sois para ser soles,
      Pocos para ser estrellas.

      No sois sol, aunque abrasáis
      Al que por veros se encumbra,
      Que el sol todo el mundo alumbra
      Y vosotros le cegáis.

      No estrellas, aunque serena
      Luz mostráis en tanta copia,
      Que en vosotros hay luz propia
      Y en las estrellas, ajena.

      No sois lunas a mi ver,
      Que belleza tan sin par
      Ni es posible en sí menguar,
      Ni de otras luces crecer.

      No sois ricos donde estáis,
      Ni pobres donde yo os canto;
      Pobres no, pues podéis tanto,
      Ricos no, pues que robáis.

      No sois muerte, rigorosos,
      Ni vida cuando alegráis;
      Vida no, pues que matáis,
      Muerte no, que sois hermosos.

      No sois fuego, aunque os adula
      La bella luz que gozáis,
      Pues con rayos no abrasáis
      A la nieve que os circula.

      No sois agua, ojos traidores,
      Que me robáis el sosiego,
      Pues nunca apagáis mi fuego
      Y me causáis siempre ardores.

      No sois cielos, ojos raros,
      Ni infierno de desconsuelos,
      Pues sois negros para cielos
      Y para infierno sois claros.

      Y aunque ángeles parecéis,
      No merecéis tales nombres,
      Que ellos guardan a los hombres
      Y vosotros los perdéis.

      No sois diablos, aunque andáis
      Dando pena a los que vieron,
      Que ellos del cielo cayeron,
      Vosotros en él estáis.

      No sois dioses, aunque os deben
      Adoración mil dichosos,
      Pues en nada sois piadosos
      Ni justos ruegos os mueven.

      Y en haceros de este modo
      Naturaleza echó el resto,
      Que, no siendo nada de esto,
      Parece que lo sois todo.
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    Carta a Lizardo
      ¡Ay, Lizardo querido!
      Si feliz muerte conseguir esperas,
      Es justo que advertido,
      Pues naciste una vez,
      Dos veces mueras.
      Así las plantas, frutos y aves lo hacen:
      Dos veces mueren y una sola nacen.

      Entre catres de armiño
      Tarde y mañana la azucena yace,
      Si una vez al cariño
      Del aura suave su verdor renace:
      ¡Ay flor marchita!, ¡ay azucena triste!
      Dos veces muerta si una vez naciste.

      Pálida a la mañana,
      Antes que el sol su bello nácar rompa,
      Muere la rosa, vana
      Estrella de carmín, fragante pompa;
      Y a la noche otra vez: ¡dos veces muerta!
      ¡Oh incierta vida en tanta muerte cierta!

      En poca agua muriendo
      Nace el arroyo, y ya soberbio río
      Corre al mar con estruendo,
      En el cual pierde vida, nombre y brío
      ¡Oh cristal triste, arroyo sin fortuna!
      Muerto dos veces porque vivas una.

      En sepulcro suave,
      Que el nido forma con vistoso halago,
      Nace difunta el ave,
      Que del plomo es después fatal estrago:
      Vive una vez y muere dos: ¡Oh suerte!
      Para una vida, duplicada muerte.

      Pálida y sin colores
      La fruta, de temor, difunta nace,
      Temiendo los rigores
      Del noto que después vil la deshace.
      ¡Ay fruta hermosa, qué infeliz eres!
      Una vez naces y dos veces mueres.

      Muerto nace el valiente
      Oso que vientos calza y sombras viste,
      A quien despierta ardiente
      La madre, y otra vez no se resiste
      A morir; y entre muertes dos naciendo,
      Vive una vez y dos se ve muriendo.

      Muerto en el monte el pino
      Surca el ponto con alas, bajel o ave,
      Y la vela de lino
      Con que vuela el batel altivo y grave
      Es vela de morir: dos veces yace
      Quien monte alado muere y pino nace.

      De la ballena altiva
      Salió Jonás, y del sepulcro sale
      Lázaro, imagen viva
      Que al desengaño humano vela y vale;
      Cuando en su imagen muerta y viva viere
      Que quien nace una vez, dos veces muere.

      Así el pino, montaña
      Con alas, que del mar al cielo sube;
      El río que el mar baña;
      El ave que es con plumas vital nube;
      La que marchita nace flor del campo,

      Todo clama, ¡oh Lízardo!
      Que quien nace una vez dos veces muera;
      Y así, joven gallardo,
      En río, en flor, en ave, considera,
      Que, dudando quizá de su fortuna,
      Mueren dos veces porque acierten una.

      Y pues tan importante
      Es acertar en la última partida,
      Pues penden de este instante
      Perpetua muerte o sempiterna vida,
      Ahora, ¡oh Lizardo!, que el peligro adviertes,
      Muere dos veces porque alguna aciertes.
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    Décimas a Guayaquil
      Guayaquil, ciudad hermosa
      De la América guirnalda
      De tierra bella esmeralda
      Y del mar perla preciosa,
      Cuya costa poderosa
      Abriga tesoro tanto,
      Que con suavísimo encanto
      Entre nácares divisa
      Congelado en gracia y risa
      Lo que el alba vierte en llanto.

      Ciudad que por su esplendor,
      Entre las que dora Febo,
      La mejor del mundo nuevo
      Y hoy del orbe la mejor,
      Abunda en todo primor
      En toda riqueza abunda
      Pues es mucho más fecunda
      En ingenios, de manera
      Que, siendo en todo primavera,
      Es en todo sin segunda.

      Tributanle con desvelo
      Entre singulares modos
      La tierra sus frutos todos,
      Y su influencia el cielo;
      Hasta el mar que con anhelo
      Soberbiamente levanta
      Su cristalina garganta
      Para tragarse esta perla,
      Deponiendo su ira al verla
      Le besa humilde la planta.

      Los elementos de intento
      Le miran con tal agrado,
      Que parece se ha formado
      De todos un elemento;
      Ni en ráfagas brama el viento,
      Ni son fuegos sus calores,
      Ni en agua y tierra hay rigores,
      Y así llega a dominar
      En tierra, fuego, aire y mar,
      Peces, aves, frutos, flores.

      Los rayos que al sol repasan
      Allí sus ardores frustran,
      Pues son luces que la ilustran
      Y no incendios que la abrasan;
      Las lluvias nunca propasan
      De un rocío que deprisa
      Al terreno fertiliza,
      Y que equivale en su tanto
      De la aurora al tierno llanto,
      Del alba a la bella risa.

      Templados de esta manera
      Calor y fresco entre sí,
      Hacen que florezca allí
      Una eterna primavera;
      Por lo cual si la alta esfera
      Fuera capaz de desvelos,
      Tuviera sin dudas celos
      De ver que en blasón fecundo
      Abriga en su seno el mundo
      Ese trozo de los cielos.

      Tanta hermosura hay en ella
      Que dudo, al ver su primor,
      Si acaso es del cielo flor,
      Si acaso es del mundo estrella;
      Es en fin ciudad tan bella
      Que parece en tal hechizo,
      Que la omnipotencia quiso
      Dar una señal patente
      De que está en el Occidente
      El terrenal paraíso.

      Esta ciudad primorosa,
      Manantial de gente amable
      Cortés, discreta y afable,
      Advertida e ingeniosa
      Es mi patria venturosa;
      Pero la siempre importuna
      Crueldad de mi fortuna,
      Rompiendo a mi dicha el lazo,
      Me arrebató del regazo
      De esa mi adorada cuna.
    Arriba

    Soneto moral
      No tienes ya del tiempo malogrado
      En el prolijo afán de tus pasiones,
      Sino una sombra, envuelta en confusiones,
      Que imprime en tu memoria tu pecado.

      Pasó el deleite, el tiempo arrebatado
      Aún su imagen borró; las desazones
      De tu inquieta conciencia son pensiones
      Que has de pagar perpetuas al cuidado.

      Mas si al tiempo dejó para tu daño
      Su huella errante, y sombras al olvido
      Del que fue gusto y hoy te sobresalta,

      Para el futuro estudia el desengaño
      En la imagen del tiempo que has vivido,
      Que ella dirá lo poco que te falta.
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Vincenzo Monti

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    Información biográfica

  1. A la muerte de Judas (Trad. de Marcelino Menéndez Pelayo)
  2. El día que en tu faz la gloria entera (Trad. de Clemente Althaus)
  3. En otra profesión (Trad. de Clemente Althaus)


Información biográfica
    Nombre: Vincenzo Monti
    Lugar y fecha nacimiento: Alfonsine, Rávena, Italia, 19 de febrero de 1754
    Lugar y fecha defunción: Milán, Italia, 13 de octubre de 1828 (74 años)
    Ocupación: Traductor, escritor, dramaturgo, poeta
    Movimiento: Neoclasicismo
Es considerado el mejor representante del Neoclasicismo italiano.

Fuente: [Vincenzo Monti] en Wikipedia.org

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    A la muerte de Judas
      (Traducción de Marcelino Menéndez Pelayo)

      I

      Arroja el precio vil; desesperado
      El vendedor de Cristo al tronco asciende;
      El lazo estrecha, y pronto abandonado
      El yerto cuerpo de las ramas pende.

      Rechinaba el espíritu encerrado
      En son rabioso que los aires hiende;
      De Jesús blasfemaba, y su pecado
      Que el poder del Averno tanto extiende.

      Salió de vado, al fin, con un rugido;
      Aferrole Justicia, y con potente
      Dedo en la sangre de Jesús teñido,

      La sentencia escribió sobre su frente:
      Sentencia de inmortal llanto infinito,
      Y lanzó su alma al Aquerón hirviente.

      II

      Descendió el alma a la infernal ribera,
      Y oyose gran rumor, ronco lamento;
      El monte vacilaba, ondeaba al viento,
      La carga en alto estrangulada y fiera.

      El ángel que la seca calavera
      Del Gólgota dejaba, en vuelo lento,
      A lo lejos le vio, y en el momento
      Con las alas veló su faz severa.

      Los demonios el cuerpo conducían
      Por el aire, y sus hombros encendidos
      Al pecador de féretro servían.

      Así, con estridores y alaridos,
      El vagabundo espectro sumergían
      De la Estigia en los valles maldecidos.

      III

      Después que recobrado el alma había
      La carne y huesos que en la muerte arroja,
      La gran sentencia apareció en la impía
      Frente, en arruga transparente y roja.

      A aquella vista, como débil hoja
      La multitud infiel se estremecía:
      Cual en las plantas que el Cocito moja,
      Cual en el hondo lago se escondía.

      Vergonzoso intentaba aquel precito
      Arañando su rostro con la mano
      Borrar la tersa marca del delito,

      Más y más la aclaraba su afán vano:
      Que Dios entre sus sienes la había escrito;
      Ni sílaba de Dios borra el humano.

      IV

      Un estrépito en tanto resonaba
      Que a Dite atruena en son alto y profundo;
      Era Jesús que, redimido el mundo,
      De Averno el reino a debelar bajaba.

      El torvo pecador que le miraba,
      Ni aun osó articular leve sonido;
      El llanto de sus ojos descendido
      Como lava de fuego le quemaba.

      Fulguró sobre el negro cuerpo obsceno
      La etérea lumbre y torva llamarada
      Humeó al sonar el pavoroso trueno.

      Puso entre el humo su fulmínea espada
      La justicia: alejose el Nazareno,
      Apartando de Judas la mirada.
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    El día que en tu faz la gloria entera
      (Traducción de Clemente Althaus)

      El día que en tu faz la gloria entera
      Del grande sacrificio fulguraba
      Y una luz de los cielos hechicera
      En tus ojos extática brillaba.

      A tu oído la queja lastimera
      De tu doliente Juventud sonaba
      Y sobre tu cortada cabellera
      La despreciada Libertad lloraba.

      El placer lisonjero te ofrecía
      Sus deleites funestos y a la entrada
      Con mano audaz tu veste removía;

      ¡Mas tú las puertas, invencible y fuerte,
      Cerraste de tu mística morada
      Y le diste las llaves a la Muerte!
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    En otra profesión
      (Traducción de Clemente Althaus)

      ¡Oh Libertad! ¡Oh de héroes madre santa,
      Y de los hombres principal derecho
      Que está grabado en todo noble pecho
      Y nuestra parte superior levanta!

      ¿Pues cómo así con atrevida planta
      Te deja incauta virgen y su techo
      Nativo trueca por el claustro estrecho
      Y eterno cautiverio no la espanta?

      Mas no; que, aunque parece que te huella
      Al hierro dando su dorado pelo,
      Quien más te busca, Libertad, es ella;

      Más libre la hace su ceñido velo,
      Porque la misma servidumbre es bella
      Si eterna Libertad nos da en el cielo.
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Cristóbal Suárez de Figueroa

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    Información biográfica

  1. Felicidad de la vida
  2. Hermosos cabellos de oro


Información biográfica
    Nombre: Cristóbal Suárez de Figueroa
    Lugar y fecha nacimiento: Valladolid, España, 1571
    Lugar y fecha defunción: Italia, c. 1644 (73 años)
    Nacionalidad: Española
    Ocupación: Jurista, traductor, enciclopedista, escritor, poeta
    Época: Siglo de Oro

    Fuente: [Cristóbal Suárez de Figueroa] en Wikipedia.org
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    Felicidad de la vida
      ¡Oh bien feliz el que la vida pasa
      Sin ver del que gobierna el aposento,
      Y más quien deja el cortesano asiento
      Por la humildad de la pajiza casa!

      Que nunca teme una fortuna escasa,
      De ajena envidia el ponzoñoso aliento;
      A la planta mayor persigue el viento,
      A la torre más alta el rayo abrasa.

      Contento estoy de mi mediana suerte;
      El poderoso en su deidad resida;
      Mayor felicidad yo no procuro,

      Pues la quietud sagrada al hombre advierte
      Ser para el corto espacio de la vida
      El más humilde estado, mas seguro.
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    Hermosos cabellos de oro
      ¡Hermosos cabellos de oro,
      Principio y fin de mis glorias,
      Vos sólo sois mi tesoro,
      Prendas sois, y sois memorias
      De la luz en quien adoro!

      Celebro esta perfección,
      Aplicando con razón
      Estos divinos despojos
      A la boca y a los ojos,
      Y al lado del corazón.

      Sed testigos, pues vinisteis
      A parar a mi presencia,
      De tantos gemidos tristes
      Engendrados en ausencia
      De la flor donde nacisteis.

      ¡Cuán bien os podéis quejar
      De que os hiciese cortar!
      Mostrad, que es justo, despecho:
      A quien tal daño os ha hecho
      No le queráis consolar.

      Estábades adorados
      Con majestad y poder,
      De mil flores adornados,
      Y ahora venís a ser
      De mis lágrimas bañados.

      En lugar de estos despojos
      Ofrezco penas y enojos
      Siempre prontos a serviros,
      Enjugando con suspiros
      Lo que bañáren mis ojos.

      No siento ya mi pasión,
      Ni me aflijo cuando lloro,
      Porque es feliz la prisión
      Donde con cadenas de oro
      Se liga mi corazón.

      Gozoso estoy rodeado
      De metal, que es tan preciado;
      Que mi prisión sin igual
      Es del más alto metal
      Que amor jamás ha labrado.

      Más bellos me parecéis,
      Sí, cuanto más os contemplo,
      Que sois y siempre seréis
      Del sol retrato y ejemplo
      Por lo que resplandecéis.

      Aviva los resplandores
      Este cordón de colores,
      Con que venís recogidos,
      Y alegrando mis sentidos,
      Sembráis en mi pecho ardores.

      Para más confirmación,
      Lazo hacéis de vos cabello,
      Y del precioso cordón
      Nudo, que aprieta mi cuello
      En señal de sujeción.

      Al punto que os conocí,
      La libertad os rendí,
      De suerte que si hay momento
      Que os niegue mi pensamiento,
      Huya mi alma de mí.
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Giosuè Carducci

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    Información biográfica

  1. A Virgilio (Trad. de Miguel Antonio Caro)
  2. El buey (Trad. de Miguel Antonio Caro)


Información biográfica
    Nombre: Giosuè Carducci
    Lugar y fecha nacimiento: Valdicastello, Toscana, Italia, 27 de julio de 1835
    Lugar y fecha defunción: Bolonia, Italia, 16 de febrero de 1907 (71 años)
    Ocupación: Escritor, poeta, periodista, político
    Distinciones: Premio Nobel de Literatura (1906)
Fue el primer poeta que adaptó con éxito los metros clásicos latinos a la poesía italiana moderna. En toda su obra son notorias la afirmación de su personalidad, su rebeldía e inconformismo —sobre todo en su época juvenil—. En su época fue traducido al castellano por el poeta José Jurado de la Parra.

Fuente: [Giosuè Carducci] en Wikipedia.org

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    A Virgilio
      (Traducción de Miguel Antonio Caro)

      Como luna serena en el estío
      A los sedientos campos da frescura;
      Luce a los blancos rayos, y murmura
      Bienhallado en sus márgenes el río;

      Oculta al ruiseñor boscaje umbrío
      Y llena el horizonte su voz pura;
      Mudo al pie el viajador, muerta hermosura
      Recuerda en amoroso desvarío;

      Madre infeliz convierte la llorosa
      Mirada, de una tumba al firmamento,
      Y calma el vago albor su hondo quebranto;

      Ríe el collado, allá la mar reposa;
      Suena en los altos árboles el viento:
      Tal para mí la magia de tu canto.
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    El buey
      (Traducción de Miguel Antonio Caro)

      Ora, manso animal, inmóvil miras
      Cual fijo bloque, el campo floreciente;
      Ora al pesado yugo das la frente
      Y a la labor del hombre fiel conspiras.

      Él te aguija, él te punza, y tú a sus iras,
      Los ojos revolviendo mansamente,
      Respondes en silencio. ¡Oh buey paciente!
      Paz a un tiempo y vigor al alma inspiras.

      Tu ancha negra nariz húmido aliento
      Exhala; tu mugir ondeando lento
      En los serenos ámbitos se pierde;

      Y en el glauco cristal de tu pupila,
      Grave y dulce, refléjase tranquila
      La muda soledad del campo verde.
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Torquato Tasso

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    Información biográfica

  1. Compara su amada a la aurora (Trad. de Clemente Althaus)
  2. La mejor belleza (Trad. de Miguel Antonio Caro)


Información biográfica
    Nombre: Torquato Tasso
    Lugar y fecha nacimiento: Sorrento, Italia, 11 de marzo de 1544
    Lugar y fecha defunción: Roma, Italia, 25 de abril de 1595 (51 años)
    Ocupación: Historiador, filósofo, escritor, fabulista, poeta
Para muchos es uno de los cuatro grandes poetas italianos. Es sobre todo conocido por su poema épico Jerusalén liberada.

Fuente: [Torquato Tasso] en Wikipedia.org

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    Compara su amada a la aurora
      (Traducción de Clemente Althaus)

      Cuando sale la aurora y su faz mira
      En el espejo de las ondas; siento
      Las verdes hojas susurrar al viento;
      Como en mi pecho el corazón suspira.

      También busco mi aurora; y si a mí gira
      Dulce mirada, muero de contento;
      Veo los nudos que en huir soy lento
      Y que hacen que ya el oro no se admira.

      Mas al sol nuevo en el sereno cielo
      No derrama madeja tan ardiente
      La bella amiga de Titón celoso,

      Como el dorado rutilante pelo
      Que orna y corona la nevada frente
      De la que hurtó a mi pecho su reposo.
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    La mejor belleza
      (Traducción de Miguel Antonio Caro)

      Fuiste en tu mocedad como la rosa
      Que recatada entre el verdor ameno,
      Teñida de vergüenza, el casto seno
      Al rayo más suave abrir no osa.

      Fuiste, más bien, como la aurora hermosa
      —Pues nada a ti se iguala en lo terreno
      —Que el campo deja de sus perlas lleno
      Y al aire da su luz maravillosa.

      Nada te roba a ti la edad madura,
      Y a beldad moza que se adorna y prende
      Supera sin aliños tu hermosura.

      Fragante así su cerco alado extiende
      La flor; y el sol en su mayor altura,
      Muy más que al despuntar, brilla y esplende.
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Sexto Propercio

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    Información biográfica

  1. Despecho (Trad. de Miguel Antonio Caro)
  2. La sombra de Cornelia (Trad. de Miguel Antonio Caro)


Información biográfica
    Nombre: Sextus Propertius
    Lugar y fecha nacimiento: Asís, Umbría, Italia, 47 a. C.
    Lugar y fecha defunción: 15 a. C. (32 años)
    Ocupación: Escritor, poeta

    Fuente: [Sexto Propercio] en Wikipedia.org
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    Despecho
      (Traducción de Miguel Antonio Caro incluida en el libro Traducciones poéticas, 1889)

      Lo que ese, a quien hoy premias, yo era un día;
      Otro vendrá después. — Por largos años
      Destejiendo y tejiendo, noche y día,
      Penélope escudose con engaños:
      Ella, que torne Ulises, no confía,
      Ni poder de la edad curar los daños;
      Mas, a culpa aún venial, en sola estanza.
      Prefiere envejecer sin esperanza.

      Cuando Aquiles dobló mustia la frente,
      Briseida le acudió, su amante esclava;
      Ausente el genitor, Tetis ausente,
      Ella en el Simois sus heridas lava,
      Y en el seno leal guarda doliente
      Las cenizas del héroe a quien amaba.
      ¡Salve, Grecia, feliz con hijas tales!
      El pudor habitaba aún los reales.
      Pero tú, infiel a tu amador ferviente,
      Caes en un instante, ¡ingrata!, ¡impía!

      Asististe al festín condescendiente
      Y brindaste con fácil alegría;
      Quizás allí, negándome, impudente,
      Tu boca de mi nombre mofa hacía;
      Y al que dejó tu casa en hora triste,
      Con halagüeño rostro sonreíste.

      ¡Goza la reconquista vil que has hecho!
      ¡Para esto yo rogaba al cielo santo,
      Cuando, agobiado de dolor tu pecho,
      Ya te aguardaba el reino del espanto,
      Y amigos fieles cerca de tu lecho
      Velábamos, vertiendo acerbo llanto!
      ¿En el trance cruel, viste, traidora,
      A ese a quien das tu corazón ahora?

      ¿Qué fuera ya, si de país lejano
      La vuelta retardado hubiese lento,
      O me clavase en medio al Océano
      Lúgubre ausencia de propicio viento?
      Siempre armada te hallara de tirano
      Desdén, o de ingenioso fingimiento.
      ¡Sois varias del amor en los altares
      Aun más que hoja en el bosque, ola en los mares!

      Mas pues ella lo manda, ella lo quiere,
      Cedo, y mi rumbo solitario sigo.
      ¡Vosotros, condolidos de quien muere,
      Acelerad, Amores, el castigo:
      Aguzad más el dardo que me hiere.
      Hincadlo todo, y acabad conmigo;
      Habed en mí vuestra mejor victoria,
      Mi despojo llevad en vuestra gloria!

      Mas antes atestigua, Noche oscura,
      También lo sabes, matutina estrella,
      Y tú, umbral mudo, abierto a mi ventura,
      Que nada amé jamás cual la amé a ella.
      ¡Amola aún en mi febril locura!
      Pero mi afecto en su rigor se estrella;
      Otros amores cultivar no quiero,
      Y gemir solo, hasta espirar, prefiero.

      ¡Oh, si place a los dioses soberanos
      Premiar mi fe constante, el premio sea
      Que él, al mirar mi joya entre sus manos,
      Tornarse en hielo sus ardores vea!
      O cual lidiaron príncipes tebanos
      Ante la madre en funeral pelea,
      Combata yo con él, ella presente:
      ¡Mataré airado, o moriré valiente!
    Arriba

    La sombra de Cornelia
      (Traducción de Miguel Antonio Caro incluida en el libro Traducciones poéticas, 1889)

      ¡Oh Paulo!, cesa de apremiar con llanto
      Mi túmulo. No hay fuerza, no hay porfía
      Que logre abrir los reinos del espanto.

      El que desciende a la región umbría,
      Al ambiente vital tornar no espera;
      Puerta de bronce le cerró la vía.

      Y aunque Plutón te oyese, ¿qué sirviera?
      Bebería tus lágrimas oscura
      Y sorda siempre la fatal ribera.

      Mueve el ruego a los dioses de la altura;
      Las esperanzas con la muerte acaban;
      Cubre herboso tapiz la sepultura.

      Esto fúnebres trompas recordaban,
      Cuando las llamas de la pira odiosa
      Mis mortales despojos devoraban.

      ¿Qué me valió de Paulo ser esposa?
      ¿Qué de mis padres la triunfal carrera?
      ¿Qué sirvió ejecutoria tan famosa?

      ¿Fue conmigo la Parca menos fiera?
      ¡Hé aquí la gran Cornelia es polvo hoy día
      Que infantil mano levantar pudiera!

      ¡Averno sepulcral! ¡Noche sombría!
      ¡Triste cárcel! ¡Laguna indiferente!
      ¡Vos, algas, que ceñís la planta mía!

      Bajo aquí sin sazón, pero inocente:
      Mi sombra de Plutón logre acogida,
      Menos severa su ceñuda frente.

      Éaco agite ya la urna temida,
      Y los jueces señale en el momento
      Que han de juzgar de mi pasada vida.

      Y Minos tome y Radamanto asiento,
      Y, las fieras Euménides al lado,
      Calle a mi voz el auditorio atento.

      Sísifo logre en el fatal collado,
      Ixión en su rueda, pausa grata,
      Tántalo beba del raudal vedado;

      No a las sombras Cerbero ronco lata,
      Mas tomándole un punto sueño amigo.
      La cadena se afloje que le ata.

      Yo misma me defiendo; y si es que digo,
      Mi causa al abogar, mentira alguna,
      Sufra de las Danaides el castigo.

      Ilustre, si las hubo, fue mi cuna:
      Fijaron mis abuelos Escipiones
      En África y Numancia la fortuna;

      Y por línea materna a los Libones,
      Generosa progenie, erguirse veo,
      Y ambas ramas compiten en blasones.

      Cuando al fulgor del hacha de himeneo
      Depuse la pretexta, y ruborosa
      Vi adornarse mi sien de nuevo arreo,

      Entonces, Paulo, me llamé tu esposa;
      Como sombra pasé que se desliza;
      Premió a un solo hombre, se leerá en mi losa.

      Invocó por testigo la ceniza
      De aquellos héroes que sirviendo a Roma,
      África, hicieron en tus campos riza;

      Y la de aquel, que cuando Pérseo asoma
      A Aquiles remedando, su ascendiente,
      Su tienda abate y su arrogancia doma,

      Que nunca a mi deber falté imprudente,
      Que oculto en mi mansión ningún pecado
      De mis Penates sonrojó la frente.

      No: Cornelia no fue degenerado
      Vástago de su raza; por ventura
      Entre tantos modelos fue dechado.

      Corrió mi vida igual, y siempre pura;
      Tal la antorcha me halló del himeneo,
      Y tal la que alumbró mi sepultura.

      Que unida andaba con mi sangre creo
      La virtud que heredé: no la acreciera
      Temor de verme ante mis jueces reo.

      Hoy no hará su sentencia, aunque severa,
      Que pueda desdeñar mi compañía
      La más noble mujer, la más austera:

      Ni tú, doncella, que arrastraste un día
      Con lazo desatado a tu cintura
      La nave que Cibeles detenía;

      Ni tú, vestal, que en tu virtud segura,
      Extinta al ver la llama milagrosa,
      Arrojaste, y ardió, la vestidura.

      Y tú, amada Escribonia, ¿alguna cosa
      Hallaste impropia en la hija que perdiste,
      O, excepto su partida, dolorosa?

      Tu llanto me honra, y el lamento triste
      Del pueblo todo, y la funérea rama
      Con que César mi túmulo reviste.

      César de su hija, en público, me llama
      Digna hermana; y el pueblo oyó el gemido,
      Y las lágrimas vio que un dios derrama.

      De madre de varones el vestido
      Fecunda esposa merecí: mi muerte
      Desierto no dejó mi hogar querido.

      ¡Lépido, Paulo!, al golpe de la suerte
      Expiré en vuestros brazos, y ahora siento
      Que resucito en vuestras almas fuerte.

      Dos veces ocupó curul asiento
      Mi hermano, y con el prez del consulado
      Recibió de mi ausencia el sentimiento.

      Tú, bien nacida a noble magistrado,
      Ama, hija, y da tu mano a solo un hombre;
      Guarda en mi ejemplo mi mejor legado;

      Y dignos todos perpetuad mi nombre;—
      Resignada me aparto de esa zona
      Sin que la adusta eternidad me asombre.

      El mejor galardón de una matrona
      Es la fama que alzándose en su pira,
      Su vida cuenta y su virtud corona.

      Óyeme, ¡oh Paulo!, por mis hijos mira;
      Salva la tumba el sentimiento bello
      Que aún estos votos a mi labio inspira.

      Padre, haz veces de madre; fío en ello:
      Las prendas que dejé, la madre ida,
      Correrán juntas a abrazar tu cuello.

      Sus lágrimas enjuga, por tu vida,
      Y dales con tu beso el beso mío;
      Mi prole toda en tu favor se anida.

      Desata a solas comprimido río,
      Y al volver, serenado ya el semblante,
      Renueva las caricias manso y pío.

      Para llorar, ¿la noche no es bastante?
      ¿No basta esa vigilia, ¡oh Paulo!, y ese
      Amargo sueño en que me ves delante?

      Endulzar tu amargura no te pese;
      Ve, y platica en secreto con mi busto,
      Y dime todo cual si yo te oyese.

      Hijos, si a vuestro padre viene en gusto
      Llevar segunda esposa al puesto mío,
      Madrastra para vos de ceño adusto,

      Acatad humildosos su albedrío,
      Y de ella, con cariño y mansedumbre,
      Tornad amor el que empezó desvío.

      Ni ensalcéis mi memoria por costumbre;
      Que, lastimada, ella entender podría
      En propia humillación cuanto me encumbre.

      Mas si él, honrando mi ceniza fría,
      Excusa hacer cuanto a mi sombra ofenda,
      Fiel hoy y siempre a la memoria mía,

      Allanad luego a su vejez la senda,
      Y orne de su viudez el despoblado
      De todo vuestro amor constante ofrenda.

      Vivid los años que me roba el hado;
      Y consuelos disfrute sin medida
      Mi esposo de mis hijos rodeado.

      Nunca ausencia cruel lloré en mi vida;
      Mi muerte fue en mi hogar primer vacío;
      Todos lloraron mi final partida.

      Y ceso. Atestiguando el dicho mío,
      Alzaos los que me honráis con vuestro llanto:
      Al lugar de mis padres ir confío
      Si, fiel a mi deber, merezco tanto.
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Dante Alighieri

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    Información biográfica

  1. A Guido (Trad. de Clemente Althaus)
  2. Alabanza de Beatriz (Trad. de Clemente Althaus)
  3. Saludo a Beatriz (Trad. de Clemente Althaus)


Información biográfica
    Nombre: Durante di Alighiero degli Alighieri
    Lugar y fecha nacimiento: Florencia, Italia, c. 29 de mayo de 1265
    Lugar y fecha defunción: Ravena, Italia, 14 de septiembre de 1321 (56 años)
    Ocupación: Político, escritor, poeta, teórico de la lengua
    Época: Transición del pensamiento medieval al renacentista
Su obra más notable es la Divina Comedia (1303-1321), considerada una de las obras maestras de la literatura italiana y mundial. Fuente: [Dante Alighieri] en Wikipedia.org

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    A Guido
      (Traducción de Clemente Althaus)

      Tú Guido, y yo con Lapo desearía
      Que fuésemos por alto encantamiento
      Puestos en un bajel que a todo viento
      A nuestra voluntad bogara y mía.

      Y ni mal tiempo o tempestad bravía
      Nos pudiese causar impedimento,
      Antes creciese en el común contento
      El deseo de estar en compañía.

      Y allí el encantador condescendiente
      También pudiese a nuestras damas bellas,
      Beatriz, Juana y la que Safo adora:

      ¡Y hablando allí mi amor eternamente,
      Tan satisfechas cual nosotros ellas,
      Se nos huyese un siglo como una hora!
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    Alabanza de Beatriz
      (Traducción de Clemente Althaus)

      Lleva en sus ojos al amor sin duda
      La que embellece todo lo que mira;
      Y tal respeto su presencia inspira,
      Que el corazón le tiembla al que saluda.

      Dobla él la faz que de color se muda
      Y sus defectos al sentir suspira;
      Huyen ante ella la soberbia e ira;
      ¡Oh bellas, dadme en su loor ayuda!

      Toda dulzura, toda venturanza
      Nace el alma del que hablar la siente;
      Mas, si en sus labios la sonrisa brilla,

      Se muestran tal, que ni la lengua alcanza
      Nunca a decir, ni a comprender la mente
      Tan nueva e increíble maravilla.
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    Saludo a Beatriz
      (Traducción de Clemente Althaus)

      Tan honesta parece y tan hermosa
      Mi casta Beatriz cuando saluda,
      Que la lengua temblando queda muda
      Y la vista mirarla apenas osa.

      Ella se va benigna y humillosa
      Y oyéndose loar, rostro no muda
      Y quien la mira enajenado duda
      Si es visión o mujer maravillosa.

      Muéstrase tan amable a quien la mira
      Que al alma infunde una dulzura nueva
      Que solo aquel que la sintió la sabe.
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Ludovico Ariosto

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    Información biográfica

  1. A una estancia donde esperaba a su amada (Trad. de Clemente Althaus)
  2. La cabellera cortada (Trad. de Clemente Althaus)


Información biográfica
    Nombre: Ludovico Ariosto
    Lugar y fecha nacimiento: Reggio Emilia, Italia, 8 de septiembre de 1474
    Lugar y fecha defunción: Ferrara, Italia, 6 de julio de 1533 (58 años)
    Ocupación: Escritor y poeta
    Movimiento: Renacimiento
Es considerado el poeta épico más notable de su siglo por su vigor y dominio técnico del estilo. Una de sus obras más notables es su poema épico Orlando Furioso (1516). También son notables sus Sátiras (1574).

Fuente: [Ludovico Ariosto] en Wikipedia.org

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    A una estancia donde esperaba a su amada
      (Traducción de Clemente Althaus)

      ¡Venturosa prisión, cárcel suave,
      No por amor, no por venganza fiera,
      Me tiene la más linda carcelera
      A quien es bien que agradecido alabe!

      Otros cautivos, al sonar la llave,
      Temen llegada su hora postrimera;
      Mas yo me alegro, que el placer me espera,
      No juez severo, ni sentencia grave.

      Me aguarda el más cortés recibimiento,
      Libre plática exenta de embarazos,
      Dulces halagos y caricias siento:

      De cadenas en vez, floridos lazos,
      Y besos sabrosísimos sin cuento,
      Y largos, estrechísimos abrazos.
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    La cabellera cortada
      (Traducción de Clemente Althaus)

      ¿Son estos los rubísimos cabellos
      Que ya bajando en trenzas elegantes,
      Ya llovidos de perlas y diamantes,
      Ya al aura sueltos, eran siempre bellos?

      ¡Ah! ¿Quién los pudo separar de aquellos
      Vivos marfiles que ceñían antes,
      Del más bello de todos los semblantes,
      De sus hermanos más felices que ellos?

      Médico indocto, ¿fue el remedio solo
      Que hallaste, el arrancar con vil tijera
      Tan rico pelo de tan noble frente?

      Pero sin duda te lo impuso Apolo
      Para que así no quede cabellera
      Que con la suya competir intente.
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Vittoria Colonna

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    Información biográfica

  1. Al Cardenal Bembo (Trad. de Clemente Althaus)
  2. Recuerdos de su esposo (Trad. de Clemente Althaus)


Información biográfica
    Nombre: Vittoria Colonna
    Lugar y fecha nacimiento: Marino, Roma, Italia, abril de 1490​
    Lugar y fecha defunción: Roma, Italia, 25 de febrero de 1547 (56 años)
    Ocupación: Escritora, poeta
    Época: Renacimiento italiano
Perdió a su marido (Francisco Fernando de Ávalos) en la batalla de Pavia, tras resultar aquel gravemente herido en febrero de 1525; a él le dedicó numerosos poemas de amor. Tras su muerte cayó en una depresión de la que consiguió recuperarse. Fue gran amiga de Miguel Ángel Buonarroti, quien realizó numerosos retratos de ella y también le dedicó varios poemas.

Fuente: [Vittoria Colonna] en Wikipedia.org

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    Al Cardenal Bembo
      (Traducción de Clemente Althaus)

      ¡Ay! ¡Cuánto fui a mi sol, contrario al hado
      Que antes el numen con su rayo ardiente
      No os encendió, para que eternamente
      Fuerais más claro vos, el más loado!

      Con vuestro estilo noble y levantado
      Entre todos famoso y excelente
      Su nombre hubierais del ocaso a oriente
      De la segunda muerte preservado.

      ¡Pudiese daros yo el ardor que siento,
      O vos a mí la inspiración suprema,
      Para cantar un mérito tan nuevo!

      Mas al cielo dejamos descontento
      Vos porque no escogisteis ese tema,
      Yo porque de tal sol a hablar me atrevo.
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    Recuerdos de su esposo
      (Traducción de Clemente Althaus)

      De mi sol claro, con la muerte ciego,
      Aquí miro doquier las dulces huellas;
      Ciego no, más allá de las estrellas
      Arde con luz más clara y vivo fuego.

      Aquí vencido de mi amante ruego,
      Él me mostró sus cicatrices bellas,
      Y yo mis labios estampaba en ellas,
      Y las bañaba de mi llanto el riego.

      Sus brillantes victorias me contaba
      Y el modo y la ocasión con la serena
      Faz con que abría la contienda brava;

      De llanto rompo en dolorosa vena,
      Pues lo mismo que un tiempo me alegraba
      Me causa ahora inconsolable pena.
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Miguel Ángel Buonarroti

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    Información biográfica

  1. A Victoria Colonna (Trad. de Clemente Althaus)
  2. Desengaño (Trad. de Clemente Althaus)


Información biográfica
    Nombre: Michelangelo Buonarroti
    Lugar y fecha nacimiento: Caprese, Italia, 6 de marzo de 1475
    Lugar y fecha defunción: Roma, 18 de febrero de 1564 (89 años)
    Ocupación: Escultor, pintor, arquitecto, escritor, poeta
    Movimiento: Renacentismo
Considerado uno de los más grandes artistas de la historia tanto por sus esculturas como por sus pinturas y obra arquitectónica. Desarrolló su labor artística a lo largo de más de setenta años entre Florencia y Roma, que era donde vivían sus grandes mecenas, la familia Médici de Florencia y los diferentes papas romanos. Triunfó en todas las artes en las que trabajó, caracterizándose por su perfeccionismo.

Fuente: [Miguel Ángel Buonarroti] en Wikipedia.org

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    A Victoria Colonna
      (Traducción de Clemente Althaus)

      Imposible parece y nos lo advierte
      Empero la experiencia, que más dura
      De mármol insensible una figura
      Que su autor, presa en breve de la muerte.

      Más que la causa es el efecto fuerte,
      Por el arte es vencida la natura:
      Lo sé yo a quien da gloria la escultura,
      Y ya me acerco a la vejez inerte.

      Tal vez a ti y a mí dar larga vida
      Puedo con el cincel o los colores,
      Adunando mi amor y tu semblante.

      Y mil años después de la partida,
      Se verán tus hechizos vencedores,
      Y cuánta razón tuve en ser tu amante.
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    Desengaño
      (Traducción de Clemente Althaus)

      Llegó ya el curso de la vida mía
      Por tempestuoso mar, en frágil barca,
      Al común puerto, en el que se da parca
      Cuenta de toda acción, injusta o pía.

      ¡Cuánto ello la amorosa fantasía
      Que del arte hizo su ídolo y monarca!
      Que en cuanto alumbra el sol y el mar abarca
      Es todo error cuanto el mortal ansía.

      Devaneos de amor, triunfos del arte,
      ¿Qué sois, hoy que a dos muertos me avecino?
      Una es segura, la otra me amenaza.

      No habrá pintar, no hay esculpir que hoy harte
      Al alma vuelta a aquel amor divino
      Que de la cruz al universo abraza.
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Giacomo Leopardi

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    Información biográfica

  1. A Italia (Trad. de Calixto Oyuela)
  2. Bruto menor (Trad. de Calixto Oyuela)
  3. Lo infinito (Trad. de Calixto Oyuela)
  4. La noche del día festivo (Trad. de Calixto Oyuela)
  5. La vida solitaria (Trad. de Calixto Oyuela)
  6. A Silvia (Trad. de Calixto Oyuela)
  7. Imitación (Trad. de Calixto Oyuela)
  8. Remembranzas (Trad. de Calixto Oyuela)
  9. Amor y muerte (Trad. de Calixto Oyuela)
  10. A sí mismo (Trad. de Calixto Oyuela)
  11. Palinodia. Al marqués Gino Capponi (Trad. de Marcelino Menéndez Pelayo)


Información biográfica
    Nombre: Giacomo Taldegardo Francesco di Sales Saverio Pietro Leopardi
    Lugar y fecha nacimiento: Recanati, Macerata, Italia, 29 de junio de 1798
    Lugar y fecha defunción: Nápoles, Campania, Italia, 14 de junio de 1837 (38 años)
    Ocupación: Filósofo, filólogo, erudito, escritor, poeta
    Movimiento: Romanticismo, Clasicismo, Pesimismo
"I Canti" (Cantos, 1831) es probablemente su obra más importante.

Fuente: [Giacomo Leopardi] en Wikipedia.org

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    A Italia
      (Traducción de Calixto Oyuela, abril de 1883)

      Veo, oh patria, los muros, simulacros,
      Arcos, columnas, solitarias torres
      De nuestra clara estirpe: no la gloria,
      No el hierro y los laureles que ceñían
      Nuestros antiguos padres. Débil hora,
      Nuda enseñas la frente, nudo el seno.
      ¡Ay! cuánta, cuánta herida,
      Qué lividez, qué sangre! ¡Oh cuál te miro
      Bellísima señora!
      Yo increpo al mundo, al cielo:
      Decid, decid, ¿quién á tan triste estado
      La pudo compeler? ¡Y aun más! que oprimen
      Sus brazos las cadenas! Sí, que suelta
      La cabellera, y arrancado el velo,
      Abandonada mora
      Por tierra, sin consuelo,
      Y, oculto el rostro en las rodillas, llora.
      ¡Llora, que harto has motivo, Italia mía!
      En la suerte infeliz y en la fortuna
      Nacida á ser del mundo vencedora.
      Fuesen tus ojos dos raudales vivos,
      y aun no alcanzara el llanto
      A lamentar tu oprobio y tu quebranto;
      Que fuiste ya señora,
      y huérfana infeliz eres ahora.
      ¿Quién sobre ti discurre
      Que, recordando tu esplendor pasado,
      No diga: grande fué, mas ya no es grande?
      ¿Por qué, por qué? ¿Dó ya la fuerza antigua?
      ¿Dónde las armas, la constancia, el brío?
      ¿Quién te arranco la espada?
      ¿Quién te vendió? ¿Qué afán, que trama artera
      Bastó, qué poderío
      A arrebatarte el manto y la áurea banda?
      ¿Como caíste, cuándo,
      De tanta alteza á tan profundo abismo?
      ¿Nadie lidia por tí? ¿No te defiende
      De los tuyos ninguno? ¡Un arma, un arma!
      Yo solo en la contienda
      Combatiré, sucumbiré yo solo.
      Concede ¡oh cielo! que mi hirviente sangre
      Ítalos pechos en su fuego encienda.

      ¿Do tus hijos están? Oigo són de armas
      y de carros y voces y atambores:
      Pugna tu prole en extranjeros climas.
      Escucha, Italia, escucha. Entrever creo
      Un olear de infantes y caballos,
      y humo, y polvo, y centellear de espadas,
      Como entre niebla lampos.
      ¿No te reanimas? Los trementes ojos
      No osas tornar hacia el dudoso evento?
      ¿Por quién combaten en aquesos campos
      Los ítalos mancebos? ¡Dioses, dioses!
      Por otra tierra nuestras armas lidian.
      ¡Oh sin ventura aquel que cae postrado,
      No por sus dulces playas, por la esposa
      Casta y fiel é idolatrados hijos;
      Mas por extraños, por ageno fuego,
      Y no al morir le es dado
      Clamar: ¡Patria querida
      La vida que me diste hora te entrego!

      ¡Oh edad antigua, amada y venturosa,
      Cuando en tropel las gentes
      Por la alma patria á perecer corrían!
      Y vos; siempre elocuentes,
      Ceñidas siempre de gloriosas palmas,
      ¡Oh tésalas gargantas! donde Persia
      Ni el hado mismo doblegar pudieron
      Á algunas libres generosas almas!
      Yo pienso que las rocas
      Plantas y mares y montañas vuestras
      Dicen con vago acento al caminante
      Cómo aquella ribera
      Cubrió toda de cuerpos
      Caros á Grecia, la falanje invicta.
      Vil por el Helesponto
      Jerjes entonces y feroz fugaba,
      A ser ludibrio de la edad postrera,
      Y sobre la colina
      De Antela, en que expirando
      Venció á la muerte la legión divina,
      Simónides se alzaba
      El campo, el mar, el éter contemplando.

      Y con el rostro en lágrimas bañado,
      Con pie inseguro y fatigoso aliento,
      Embrazaba la lira:
      —¡Dichosos vos mil veces
      Que el pecho disteis á enemigas lanzas
      Por amor á esta madre, vos á quienes
      Grecia venera, el universo admira!
      Al riesgo y al combate
      ¿Qué inmenso amor las juveniles mentes,
      Qué amor os impelió al fatal destino?
      ¿Cómo tan grata ¡oh hijos! la postrera
      Hora os apareció, que sonrientes
      Al fin volasteis lamentable y duro?
      Semejaba que á espléndido convite
      Ó á danza alegre, y no á morir corriera
      Cada uno de los vuestros. El oscuro
      Tártaro, empero, y las silentes ondas
      Os aguardaban. ¡Ni aun aliado habíais
      De esposas ó hijos el cariño santo,
      Cuando en áspera márgen
      Sin ósculos moristeis y sin llanto!

      Mas no del Persa sin horrenda pena
      Y angustia interminable.
      Cual león entre toros encerrado,
      Ya al lomo de aquél salta, y sus colmillos
      En él furioso clava,
      Ya este íjar, ya aquel muslo dentellea;
      Así en las turbas persas se inflamaba
      La iracunda virtud de los helenos.
      Mira en tierra caballo y caballero;
      Mira atajar doquier carros y tiendas
      En confusión, la fuga á los vencidos;
      Pálido y desgreñado
      Aun el tirano mismo huir primero;
      Ve cuál en sangre bárbara teñidos
      Los héroes griegos, perdición del Persa,
      Ya exangües, lentamente,
      Unos sobre otros caen. ¡Viva, viva,
      Dichosos vos mil veces
      Mientras se hable en los tiempos ó se escriba!

      Antes en vuelco rápido cayendo
      Al hondo mar, extintos
      En el abismo estallarán los astros,
      Que vuestra veneranda
      Memoria ó vuestro amor mengüe ó se olvide.
      Vuestra tumba es altar; y aquí trayendo
      Sus párvulos las madres,
      Enseñaránles los hermosos rastros
      De vuestra sangre. Ved! yo de rodillas
      Me postro, ¡oh venturosos!
      Y estos terrones y estas piedras beso,
      Que preclaras serán eternamente
      En cuanto el mundo encierra.
      Ah! si con vos yaciese, y empapada
      Estuviera en mi sangre esta alma tierra!
      Mas si es otro el destino, y no consiente
      Que entorne yo los moribundos ojos
      Por Grecia extinto en áspera contienda,
      De vuestro vate la modesta fama
      La edad futura, si á los dioses place,
      Recuerde en tanto que la vuestra esplenda.
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    Bruto menor
      (Traducción de Calixto Oyuela)

      Cuando volcada en la comarca tracia
      Yació, inmensa rüina,
      La itálica virtud, y desde entonces,
      Para los valles de la verde Hesperia,
      Y playa tiberina,
      El hado el casco de salvajes potros
      Apresta ya, y de las desnudas selvas
      Que la Osa helada oprime,
      Á hundir de Roma los excelsos muros
      Las godas armas llama;
      De hermana sangre y de sudor cubierto,
      Bruto, en lóbrega noche, en sitio aislado,
      Ya resuelto á morir, contra las sordas
      Divinidades y el averno clama,
      Y con feroz acento
      En vano hiere el adormido viento.

      Necia virtud, la oscura niebla, el ámbito
      De móviles fantasmas
      Son tan sólo tus cátedras: te vuelve
      La espalda el descreimiento.
      De vos, dioses marmóreos
      (Si acaso dioses tienen
      En Flegetón ó en el empíreo asiento),
      De vos befa y ludibrio
      Es la prole infeliz, á la que altares
      Celosos reclamáis, y engañadora
      Ley al mortal ofende.
      ¿Con que así excita los celestes odios
      La terrena piedad? ¿Con que al impío
      Su mano Jove extiende?
      Y si en los aires tempestad derrama,
      Y el trueno veloz vibra,
      Envuelve al justo en la sagrada llama?

      Oprime el hado invicto y la ferrada
      Necesidad, al débil
      Reo de muerte: y si á impedir no alcanza
      Su torpe acción, de necesarios duelos
      El vulgo se consuela. ¿Es menos duro
      Si es sin reparo el mal? ¿Dolor no siente
      El muerto á la esperanza?
      Guerra eterna, mortal, oh vil destino,
      Contigo el prócer riñe,
      No avezado á ceder; y vencedora
      Al oprimirle tu tirana diestra,
      Agítase indomado,
      Y ensangrentando el doloroso hierro
      En el noble costado,
      Torva sonrisa á las tinieblas muestra.

      Hiere á los Dioses quien violento rompe
      En el Averno. Nunca audacia tanta
      Se albergara en las muelles
      Almas eternas. ¿Por ventura el cielo
      Nuestros afanes, los adversos casos
      Y afectos sin consuelo,
      Ante sus ojos por placer despliega?
      No entre desdicha y crimen,
      Mas edad pura y en los bosques libre
      Nos destinó Natura,
      Un tiempo Reina y Diosa. Y pues impía
      Costumbre derribó el feliz imperio,
      Y unió á las leyes miserable vida,
      Si sus infaustas horas
      Alma viril rehusa,
      ¿Rie Natura, y su rigor no acusa?

      De culpa ígnara y de sus propios duelos,
      A la dichosa fiera
      Serena lleva al imprevisto trance
      La edad tardía. Y si á quebrar la frente
      En rudos troncos, ó en agrestes piedras
      Sus miembros dar desatentada al viento
      La impeliese el afán, no detuviera
      Arcana ley ú oscuro pensamiento
      El deseo infeliz. Á vos tan sólo,
      Hijos de Prometeo, entre las razas
      Que el cielo alimentó, pesa la vida;
      Á vos la muerta orilla, antes que acceda
      El destino indolente,
      Sólo ¡oh tristes! á vos Júpiter veda.

      Y tu del mar que nuestra sangre riega
      Cándida luna, surges,
      Y ves la inquieta noche
      Y el campo adverso á la virtud latina.
      Hermanos pechos huella el victorioso,
      Tiemblan los cerros, de las altas cumbres
      La antigua Roma despeñada queda;
      ¿Y tú tan apacible? De Lavina
      Miraste un día la naciente prole,
      Y el tiempo alegre y memorandos lauros;
      Y sobre el Alpe el inmutado rayo
      Callada verterás, cuando en tonnento
      Del siervo ítalo nombre,
      Bajo bárbara planta
      Retumbe aquese solitario asiento.

      Ved, ya en desnuda piedra ó verde rama
      El pájaro y la fiera,
      De la indolencia usual henchido el pecho,
      La ingente ruina ignora y la trocada
      Suerte del mundo; y como siempre el techo
      Esplenderá del industrioso aldeano,
      Del canto matutino
      Al són, aquél despertará los valles,
      Aquélla agitará por los barrancos
      La enferma turba de menores fieras.
      ¡Oh casos!¡Oh luz vana! Infando lote
      Somos de lo creado, y ni en la oscura
      Gleba, ni en las cavernas dejó rastros
      Jamás nuestro infortunio,
      Ni ansia mortal descoloró los astros.

      No yo á los sordos Reyes
      Del Olimpo ó Cocito, no á la indigna
      Tierra, ó la noche moribundo invoco;
      Ni á ti, postrer destello
      De la lóbrega muerte ¡oh testimonio
      De la futura edad! ¿Fué acaso al llanto
      Dado aplacar las desdeñosas tumbas?
      ¿Ornáronlas los dones y palabras
      De multitud ruín? Peores siempre
      Despéñanse los tiempos; mal se fía
      Á nietos corrompidos
      El alto honor de las egregias mentes,
      Y de los desdichados
      La venganza suprema. En tomo mio
      Las alas bata el negro cuervo hambriento;
      Roa la fiera, ef torbellino arrastre.
      Los restos ignorados;
      Y el nombre y la memoria envuelva el viento.
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    Lo infinito
      (Traducción de Calixto Oyuela, mayo de 1883)

      Esta colina solitaria siempre
      Grata fué para mí, y este vallado,
      Que por tan varias partes
      La vista cierra al horizonte extremo-
      Mas si sentado miro interminables
      Espacios tras de aquél, y sobrehumano
      Silencio, y profundísimo sosiego
      Finjo en mi mente; de lo cual por poco
      El corazón no tiembla. Y como el viento
      Entre estas plantas silba, ese infinito
      Silencio á este rumor voy comparando:
      y recuerdo lo eterno, y las edades
      Sepultas ya, y la presente y viva,
      y su tumulto. Así mi pensamiento
      Se inmerge en esta inmensidad, y dulce
      Ésme náufrago ser de este oceano.
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    La noche del día festivo
      (Traducción de Calixto Oyuela, junio de 1883)

      Dulce y clara es la noche, el aire en calma,
      Por cima de los techos y en los huertos
      Brilla la luna, y á lo lejos muestra
      Serenas las montañas. Dueño mío;
      Callan las sendas ya, y por los balcones
      De vez en vez la lámpara nocturna
      Su sosegada claridad envía.
      En brazos duermes tú de fácil sueño
      En tu tranquila estancia; y no te labra
      Cuidado alguno; ni ya ves ni piensas
      Cuánta herida me abriste en medio al pecho.
      Tú duermes: yo este cielo que aparece
      Tan favorable, á saludar me asomo,
      Y á la antigua natura omnipotente
      Que me engendró al dolor. A tí, me dijo,
      La esperanza te niego, aun la esperanza:
      Sólo de llanto brillarán tus ojos.
      Solemne fué este día: hora reposas
      De los placeres, recordando acaso
      En sueño, a cuántos hoy gustaste, y cuántos
      Te agradaron á tí: yo más no espero
      A tu mente tornar. En tanto indago
      Lo que aun debo vivir, y aquí por tierra
      Me arrojo, y grito, y tiemblo ¡Horrendos días
      En tan lozana edad! ¡Ay! por la calle
      No lejos oigo el solitario canto
      Del artesano que, ya tarde, torna,
      Después del goce, á su modesto albergue.
      Y fieramente se me oprime el alma
      Al ver cómo en el mundo pasa todo
      Sin dejar casi huella. Ya el festivo
      Día extinguióse, y al festivo el día
      Vulgar sucede, y arrebata el tiempo
      Todo caso mortal. ¿Dó ya el tumulto
      De los antiguos pueblos? ¿Dónde el grito
      De nuestra clara celebrada estirpe,
      De aquella Roma el formidable imperio,
      Y las espadas, y el terrible estruendo
      Que por la tierra discurrió y los mares?
      Todo es paz y silencio, todo calma
      El mundo, y de ellos más no se razona.
      En mi primera edad, cuando el festivo
      Día se espera con ardor, ya luego
      Que él transcurría, yo en el lecho, en vela.
      Yacía con dolor. Y en la alta noche,
      Si por las calles se escuchaba un canto
      Que tenue en lontananza iba muriendo,
      Ya así también se me oprimía el alma.
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    La vida solitaria
      (Traducción de Calixto Oyuela, mayo de 1883)

      La lluvia matinal, cuando en la estancia
      Aún cerrada, la gallina corre
      Batiendo el ala, y al balcón se asoma
      El morador del campo, y desde oriente
      El sol sus rayos trémulos asesta
      A las gotas que caen, mi cabaña
      Levemente golpeando, me despierta;
      Y salgo, y las ligeras nubecillas,
      Y de las aves el trinar, y el aura
      Fresca bendigo, y las rientes playas.
      Luego que ¡oh infaustos ciudadanos muros!
      Os ví bastante y conocí: allá donde
      Sigue al dolor el odio; y dolorido
      Vivo, y bien pronto moriré. Alguna
      Bien que escasa piedad muéstrame, empero,
      Naturaleza en estos sitios ¡cuánto
      Más suave un día para mí! Tú tuerces
      Del mísero la vista, y desdeñando
      La desdicha, el afán, á la imperante
      Felicidad, naturaleza, sirves.
      No queda en cielo ó tierra amigo alguno
      Ni otro refugio al infeliz que el hierro.

      Tal vez me siento en solitario sitio,
      En un alto, de un lago en la ribera,
      De taciturnas plantas coronado.
      Allí. al rodar en el cenit el día,
      Refleja el sol su sosegada imagen.
      No la hoja ó la hierba el viento mueve;
      Ni la onda encresparse, ó la cigarra
      Chillar, ni el ala el pájaro en la rama
      Batir, ni revolar la mariposa,
      Ni resonancia ó movimiento alguno
      De lejos ni de cerca oyes ni miras.
      Reina en tal borde altísimo sosiego,
      y en él de mí me olvido y lo creado
      Quedando inmóvil; y que yacen creo
      Sueltos mis miembros, que no ya los mueven
      Alma ó sentido,y que su sueño antiguo
      Y el silencio del sitio se confunden.

      ¡Amor, amor, cuán de mi pecho lejos
      Volaste ya, tan ardoroso un día!
      La desventura con su helada mano
      Bien pronto le oprimió, y trocóse en hielo
      En la edad más hermosa. El tiempo evoco
      En que hasta el alma mía descendiste.
      Era ese dulce irreparable tiempo
      En el que abierta esta infeliz escena
      Del mundo, al ojo juvenil, á modo
      De paraíso ante su mente ríe.
      De anhelo y virgen esperanza salta
      Dentro del pecho el corazón del joven,
      Y de esta vida á la tremenda empresa
      Ya se apercibe, como á danza ó juego,
      El mortal infeliz. Mas no tan pronto
      Fuí tuyo amor; que ya fortuna había
      Roto mi vida, y para aquestos ojos
      Propio era sólo el perdurable llanto.
      Empero al ver por las tendidas playas,
      En la callada aurora, ó cuando esplenden
      Al sol, techos, collados y campiñas,
      De tierna virgen el semblante hermoso;
      Ó bien cuando en el plácido sosiego
      De noche estiva, el vagabundo paso,
      Enfrente de las villas deteniendo,
      Miro la tierra solitaria, y oigo
      En la desierta habitación el canto
      Agudo resonar de la doncella
      A quien la noche en su labor sorprende,
      Muévese un punto á palpitar aqueste
      Mi corazón de piedra. Mas ¡ay! pronto
      Torna al férreo sopor: que ya es extraña
      Al pecho mío la emoción suave.

      ¡Oh amada luna, á cuyo dulce rayo
      Danzan las liebres en la selva; y suele
      Dolerse al alba el cazador, que encuentra
      Falso, intrincado el rastro, y de las cuevas
      Vario error le desvía! Salve, oh reina
      Benigna de las noches. Importuno
      Entre jarales y desiertas ruinas
      Desciende tu fulgor, sobre el acero
      Del pálido ladrón, que á la distancia
      El rumor de las ruedas y caballos,
      y el golpear de los pies escucha atento
      En el mudo sendero; y de improviso
      Con el fragor del arma, el ronco acento,
      Y la fúnebre boca, el alma. hiela
      Del caminante, á quien desnudo en breve
      Y semi-vivo entre las piedras deja.
      Para el vil seductor surge importuna
      Tu blanca lumbre en las ciudades, cuando
      Va rozando los muros, y la oculta
      Sombra siguiendo, y se detiene, y tiembla
      De las vividas luces, y el abierto
      Balcón. Á los malvados importuna,
      Benigna siempre para mí tu vista
      Será por estas playas, donde sólo
      Gratas colinas y anchurosos campos
      Me abres delante. Y yo aun solía,
      Bien que inocente fuera, tu gracioso
      Rayo acusar en habitados sitios,
      Cuando á la humana vista me ofrecía,
      Y á mis ojos mostraba hurtíanos seres.
      De hoy más te ensalzare, ya te contemple
      Surcar rauda las nubes, ya serena
      Dominadora del etéreo campo,
      Mires esta infeliz morada humana.
      Verásme siempre solitario y mudo
      Vagar por bosques y por verdes playas,
      Ó sentarme en la hierba, asaz contento
      Si hallo vigor para exhalar suspiros.
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    A Silvia
      (Traducción de Calixto Oyuela, junio de 1883)

      ¿Recuerdas, Silvia, el tiempo
      De tu vida mortal, cuando en tus ojos
      Rientes, fugitivos,
      Brillaba la hermosura,
      Y tú seria y gozosa
      El linde hollabas de la edad de rosa?
      Las tranquilas estancias
      Y las vecinas calles resonaban

      Con tu perpetuo canto,
      Cuando á tarea femenil atenta,
      Te sentabas contenta
      Del grato porvenir que entreveías.
      Era el fragante Mayo, y tú mirabas
      Así correr los días.

      Yo los gratos estudios
      Tal vez dejando, y los cansados folios,
      En que mi edad primera
      Y lo mejor de mí se disipaba,
      Desde el terrado del paterno albergue
      Mi oído al són de tus acentos daba,
      Y á la rápida mano
      Que la labor penosa recorría.
      Miraba el limpio cielo,
      Las sendas olorosas y los huertos,
      Y allá el mar á lo lejos, y allí el monte.
      No cabe en lengua humana
      Lo que entonces sentía.

      ¡Qué suaves pensamientos,
      Qué esperanzas, qué coros, Silvia mía!
      ¡Cómo entonces surgía
      La existencia y el hado!
      Ante el recuerdo de ilusión tan grande,
      Un afecto me oprime
      Hondo, desconsolado,
      Y tórname á doler mi desventura.
      ¡Oh natura, oh natura!
      ¿Por qué no cumples luego
      Lo que entonces prometes. y á tus hijos
      Víctimas haces de tan grande juego?

      Tú antes que el hielo marchitara el prado,
      Por implacable enfermedad vencida
      Caíste, virgen tierna. Y de tu vida
      Las flores contemplar no te fué dado.
      No acariciaron tu alma los loores,
      Ya de los negros rizos,
      Ya del mirar modesto, enamorado,
      Ni otras contigo en los festivos días
      Razonaban de amores.

      Poco después moría
      Mi esperanza también: también negaron
      A mi existir los hados
      La juventud. ¡Ay! cómo,
      Cómo huiste por siempre, oh dulce amiga
      De mi edad nueva, mi llorado encanto!
      ¿Es este el mundo aquel? ¿Estos los goces,
      El amor, las empresas, los eventos
      Sobre que juntos discurrimos tanto?
      ¿Este el destino humano?
      Al surgir ante ti la verdad ruda
      ¡Misera! pereciste: y con la mano
      Mostraste desde allá la muerte fría
      y una tumba desnuda.
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    Imitación
      (Traducción de Calixto Oyuela, junio de 1883)

      Lejos ya de tu rama
      Infeliz hoja débil
      ¿Adónde vas? - Del haya
      Donde he nacido me arrebata el viento.
      Él, girando, en revuelos,
      Del bosque á la campaña,
      Desde el valle me lleva á la montaña.
      Con él eternamente
      Voy peregrina, y lo demás ignoro.
      Voy donde toda cosa,
      Donde la hoja va naturalmente
      Del laurel y la rosa.
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    Remembranzas
      (Traducción de Calixto Oyuela)

      ¡Astros hermosos de la Osa! Nunca
      Creí otra vez venir á contemplaros
      Sobre el jardín paterno centelleantes,
      Ni á conversar con vos de la ventana
      De esta morada que habité de niño,
      Y dó el término ví de mis venturas.
      ¡Cuánta imagen un tiempo, cuánta historia
      Creó en mi mente vuestro dulce aspecto,
      Y las que en torno veis, amigas lumbres!
      Cuando en rústico asiento, silencioso,
      Mirando el cielo y escuchando el canto
      De la rana distante en la campaña,
      Gran parte de la noche estar solía!
      La luciérnaga erraba en los vallados
      Y por los lomos, susurrando al viento
      La arboleda olorosa, y los cipreses
      Allá en la selva; y so el paterno techo
      Oía alternas voces, y el tranquilo
      Tragín de los criados. ¡Qué de sueños,
      Qué altas ideas me inspiró la vista
      Del mar lejano y los azules montes
      Que de aquí miro, y que surcar un día
      Dentro de mí pensaba, arcanos mundos,
      Arcana dicha á mi vivir fingiendo!
      Mi hado ignoraba entonces, y las veces
      Que esta mi vida dolorosa y yerma
      Por la muerte, feliz trocado habría.
      Ni aun presagiaba que mis verdes años
      Fuera forzado á consumir en esta
      Natal villa salvaje, en medio á gente
      Áspera, vil; á la que extraños nombres
      Y argumento de risa y de algazara
      Son doctrina y saber; que me odia y huye,
      No por envidia ya, que no me estima
      Á ella mayor, mas porque tal supone
      Que guardo en mí, si bien persona extraña
      Jamás columbró de ella indicio alguno.
      Aquí los años paso, oculto, aislado,
      Sin vida, sin amor, y entre la turba
      De los malvados, áspero me vuelvo.
      Aquí virtudes y piedad me arranco,
      Y desprecio á los hombres, por la recua
      Que tengo en derredor: y en tanto vuela
      El dulce tiempo juvenil; más dulce
      Que el laurel y la fama; más que el puro
      Fulgor del día, y su morir: te pierdo,
      Sin ningún goce, inútilmente, en este
      Inhumano retiro, entre inquietudes,
      ¡Oh sola flor de la infecunda vida!

      Conduce el viento el són de la campana
      De la torre del burgo. Él me infundía,
      Aun lo recuerdo, ánimo en mis noches,
      Cuando era niño, y en la oscura estancia
      De tenaz miedo víctima velaba,
      La aurora ansiando. Nada aquí contemplo
      Sin que en ello una imagen reaparezca;
      De do no surja un plácido recuerdo.
      Plácido en sí; mas con dolor sucede
      La idea del presente. un vano anhelo
      Del tiempo que pasó, aunque ligado
      Al infortunio, y el decir: ya he sido.
      Aquella galería vuelta al último
      Rayo de luz; estos pintados muros,
      La fantástica nube, el sol que asoma
      En la campiña solitaria, dieron
      Contentos mil á mis perdidos ratos,
      Cuando mi error potente hablando iba
      Aliado mío por doquier. En estas
      Salas antiguas, de la nieve al brillo,
      Silbando el viento en torno á estas ventanas,
      Retumbo mi alegría y mis festivas
      Voces, en tiempo en que el indigno, acerbo
      Misterio de las cosas, se nos muestra
      Henchido de dulzura. Entera y virgen,
      Tierno el doncel, como inexperto amante,
      Su falaz vida con amor contempla,
      y celeste beldad finge y admira.

      ¡'Oh esperanza, esperanza, engaños dulces
      De mi primera edad! hablando, siempre
      A vosotros retorno; que del tiempo
      En el andar eterno, ni en el cambio
      De pensamientos y de afectos, nunca
      Puedo olvidaros. Gloria, honor, tan sólo
      Fantasmas juzgo; bienes y venturas,
      Mero anhelar; no tiene fruto alguno
      La misera existencia, y si vacíos
      Yacen mis años, si desierto, oscuro
      Es mi estado mortal, poco, á fe mía,
      Fortuna me robo. Mas ¡ay! que cuando
      ¡Oh mis antiguas esperanzas! pienso
      En vos, y en mis imágenes primeras,
      Y en mi vida tan vil luego reparo,
      Tan dolorosa, y que la muerte es sólo
      Lo que de tantas esperanzas grandes
      Hoy se me acerca: comprimirse siento
      Mi corazón, siento que no me es dado
      Resignarme del todo á mi destino.
      y cuando al fin esta invocada muerte
      Venga á mi lado, término poniendo
      A mis desdichas: cuando ya la tierra
      Me sea extraño valle, y de mi vista
      Se borre el porvenir; aun de vosotras
      Me acordaré, aun aquella imagen
      Me arrancará suspiros, me hará triste
      Haber vivido en vano, y la dulzura
      Del fatal día enturbiará con duelo.

      Y ya en el juvenil hervor primero
      De dichas, de congojas, de ansiedades,
      Tenaz llamé á la muerte, y largas horas
      Sentado allá junto á la fuente estuve,
      Ahogar meditando entre esas aguas
      Mi anhelo y mi dolor. Luego por crudo
      Mal, impelido del sepulcro al borde,
      Lloré la juventud, y la ya mustia
      Temprana flor de mis infaustos días.
      Y sobre el lecho confidente; en altas
      Horas sentado, á la muriente lumbre
      Poetizando con dolor, mil veces
      Lamenté con la noche y el silencio
      El alma fugitiva, y á mi mismo
      Me canté al expirar fúnebre canto.

      ¿Quién sin tristeza recordaros puede
      ¡Oh alborear de juventud, oh días
      Risueños, inefables! cuando en torno
      Del ardiente mortal por vez primera
      Sonríen las doncellas; á porfía
      Todo alegre sonríe; aun no despierta,
      O bien benigna aun, la envidia cvalla
      É (¡inusitada maravilla!) el mundo
      Casi le tiende auxiliadora mano,
      Ríe sus yerros, su reciente entrada
      En la vida celebra, y complaciente
      Muestra aclamarle por señor y dueño?
      ¡Días fugaces! Como raudo lampo
      Desparecieron. ¿De desdicha libre
      Cuál mortal puede estar, si aquella hermosa
      Estación ya le huyó, si su buen tiempo,
      Si juventud ¡ah! juventud no existe?

      ¡Oh Nerina! ¿Y de tí no oigo á estos sitios
      Ya por ventura hablar? ¿Caíste acaso
      De mi memoria tú? ¿Dónde te has ido
      Que sólo ¡encanto mío¡! tu recuerdo
      Encuentro aquí? No más, no más te mira
      Esta tierra natal: esa ventana
      Donde solías conversarme, y donde
      Triste el fulgor de las estrellas luce,
      Yace desierta. ¿Dónde estás, que no oigo
      Más tu voz resonar, como en un día
      Cuando al llegar cada lejano acento
      Del labio tuyo hasta mi oído, el rostro
      Me demudaba? Ya no más. Tus días
      Fueron, mi dulce amor. Pasaste. Á otros
      El cruzar por la tierra hoy cabe en suerte,
      Y habitar estas olorosas cumbres.
      Pasaste; mas ¡cuán rápida! Tu vida
      Cual sueño fué. Cuando, danzando, el júbilo
      En tu frente brillaba, y en tus ojos
      Brillaba aquel soñar, aquella lumbre
      De juventud, fueron del hado extintos,
      Y yaciste. ¡Ah Nerina! Aun en mi alma
      Reina el antiguo amor. Si me encamino
      Alguna, vez á fiestas, á saraos,
      Digo: ¡Oh Nerina! tú á saraos, á fiestas
      No te preparas más, no te encaminas.
      Si Mayo torna, y flores y cantares
      Los amantes van dando á las doncellas,
      Nerina, digo, para tí ya nunca
      Torna la primavera, amor no torna.
      Y si un día sereno, una florida
      Ribera miro, ó siento un goce, exclamo:
      Ya no goza Nerina; el campo, el aire
      No mira ya. ¡Ay! feneciste, eterno
      Suspiro mío: feneciste, y siempre
      Compañera será de mi errabundo
      Imaginar, de mis potencias todas,
      De los tristes y férvidos latidos
      Del corazón, la remembranza acerba.
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    Amor y muerte
      (Traducción de Calixto Oyuela, mayo de 1883)

      Joven perece el que los dioses aman.
      Menandro

      El Amor y la Muerte
      A un tiempo hermanos engendró la suerte.
      Jamás cosas tan bellas
      Encerraron el mundo ó las estrellas.
      Nace del uno el bien, el mayor goce
      Que por el mar de la existencia rueda;
      Toda desdicha ingente
      Todo ingente dolor la otra aniquila.
      Hermosísima joven,
      De presencia agraciada,
      No cual la finge la cobarde gente,
      Al niño Amor acompañar le agrada:
      Y aqueste mortal suelo
      Rozan entrelazados,
      De toda sabia mente alto consuelo.
      Ni fué jamás un corazón tan sabio
      Cual herido de amor, nunca más fuerte
      Alcanzó á despreciar la infausta vida,
      Ni cual por este dueño
      El peligro arrostró por otro alguno;
      Que dondequier, Amor, tu influencia llevas,
      Allí al punto el valor nace ó revive;
      Y no, cual suele, vana
      En pensamiento, mas en obras grande,
      Se alza la estirpe humana.
      Cuando recientemente
      Nace en lo hondo del alma un tierno afecto,
      En ella, á un tiempo, lánguido
      Un vago anhelo de morir se siente.
      No sé por qué: mas ese
      Es el signo primero
      De todo amor potente y verdadero.
      Entonce este desierto
      Pone al alma pavor: la tierra ingrata
      Para el mortal se torna, sin aquella
      Nueva, sola, infinita
      Felicidad que en su soñar retrata;
      y allá en su alma al presentir por ella
      Profunda tempestad, calma apetece,
      Ansia arribar á puerto
      Ante el terrible anhelo,
      Que ya en torno, rugiendo, se oscurece.

      Luego, cuando ya todo
      Lo envuelve y ciñe el formidable numen,
      Y ansia invencible al corazón fulmina,
      ¡Cuánta vez implorada
      Con intenso deseo,
      Muerte, eres tú del angustiado amante!
      ¡Cuantas de noche, y cuántas
      Rindieudo al alba el cuerpo fatigado,
      Feliz llamóse si le fuera dado
      No alzarse ya, si nunca
      La amarga luz á contemplar volviera!
      Y al escuchar el fúnebre tañido
      De la campana, el cántico que triste
      Los muertos lleva al sempiterno olvido,
      Envidió en lo profundo
      Del pecho, ardientemente,
      Al que á morar con los extintos iba.
      Aun la olvidada plebe,
      El aldeano, ageno
      A las virtudes que el saber inspira,
      Aun la graciosa y tímida doncella,
      A quien la voz de muerte
      Crispábale en un tiempo los cabellos,
      Ya imperturbable y fuerte
      Los negros velos y la tumba mira,
      Hierro y veneno con tesón contempla,
      Y allá en su mente indocta
      El dulce encanto del morir comprende.
      Tanto á la muerte llevan
      Las leyes del amor. Y aun á menudo
      Sostener no pudiendo
      Humana fuerza el interior combate,
      Ó el frágil cuerpo abate
      La conmoci6n terrible, y de este modo
      Por fraternal poder la muerte triunfa;v Ó tanto punza y hiere
      Amor en lo profundo,
      Que por sí mismos el inculto aldeano
      Y la tierna doncella
      Los juveniles miembros
      Por tierra esparcen con violenta mano.
      Ríe el mundo su duelo,
      A quien paz, senectud otorga el cielo.

      Al férvido, al dichoso,
      Al varón animoso
      Uno ú otro de vos mande el destino,
      Dulces amigos de la estirpe humana,
      Cuyo poder no iguala en parte alguna
      Ningún otro poder, y cede sólo
      Del hado á la potencia soberana.
      Y tú á quien ya desde mi edad primera
      Honrando siempre invoco,
      Bella Muerte, en el mundo
      Propicia sola á los humanos duelos,
      Si alcé mi voz en tu loor, si quise
      A tu esencia divina
      Del vulgo ingrato compensar la afrenta,
      No tardes más, á inusitados ruegos,
      Cerrando ya á la luz mis tristes ojos.
      ¡Reina eterna del tiempo! hora te inclina.
      Cualquier sea el instante
      En que las alas á mi voz despliegues,
      Alta la frente me hallarás, armado,
      É indomeñable al hado;
      La mano que azotándome se tiñe
      En mi sangre inocente
      No alabaré, no besaré, cual luce
      Por vil costumbre la terrena gente;
      Toda vana esperanza con que el mundo
      Cual niño se consuela, toda necia
      Confortación rechazaré; ni alguna
      He de esperar jamás sino á tí sola;
      Sólo aquel día esperaré sereno
      En que recline adormecido el rostro
      En tu virgíneo seno.
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    A sí mismo
      (Traducción de Calixto Oyuela)

      Reposarás por siempre
      Cansado corazón. Murió el engaño
      Que eterno imaginé. Murió. Bien veo
      Que de los dulces sueños se ha extinguido,
      No la esperanza en mí, sino el deseo.
      Reposa ya por siempre. Harto has latido.
      Nada tus fibras conmover merece,
      Ni aun es la tierra de suspiros digna.
      La vida es un amargo
      Fastidio, nada más; el mundo, lodo.
      Descansa. Desespera
      Por la postrera vez. Deprecia ahora
      Á á ti, á natura, al torpe
      Poder que, oculto, en común daño impera,
      Y á la infinita vanidad del todo.
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    Palinodia. Al marqués Gino Capponi
      (Traducción de Marcelino Menéndez Pelayo)

      Erré, cándido Gino, largo tiempo,
      Y grandemente erré. Mísera y vana
      Juzgué la vida; insulsa más que todas
      Esta presente edad. Intolerable
      Fue y pareció mi lengua a la dichosa
      Prole mortal, si es que mortal se puede
      Llamar el hombre. Entre desdén y asombro,
      Del Edén odorífero en que habita,
      Rio la alta progenie afortunada,
      Y me llamó infeliz, y de placeres
      Incapaz o inexperto, pues mi hado
      Juzgué común, y de mi mal, consorte
      Al humano linaje. Al fin mis ojos
      Hirió la diaria luz de las gacetas,
      Entre el humo volátil del cigarro
      Y el ruido de crujientes pastelillos,
      Entre el rumor de sacudidas tazas
      Y blandidas cucharas, ante el grito
      Ordenador de helados y bebidas
      Cual voz de mando. Y confesé humillado
      La pública alegría y las dulzuras
      Del destino mortal noble y excelso;
      Y vi el valor de las terrenas cosas,
      Y toda flores la carrera humana,
      Las obras estupendas, las virtudes,
      Alto saber, estudios y prudencia
      De nuestro siglo. De la Osa al Nilo,
      Del Catay a Marruecos, y de Goa
      A Boston, vi correr reinos, ducados
      E imperios, anhelantes tras las huellas
      De la felicidad y asirla casi
      Por los flotantes rizos, o a los menos
      Por la cola del manto. Y esto viendo
      Y meditando las profundas hojas,
      Del grave antiguo error que me cegaba
      Y aun de mí mismo yo tuve vergüenza.

      Áureo siglo, Marqués, hilan ahora
      Los husos de las Parcas. Todo diario
      En varias lenguas y columnas varias,
      De todas partes lo promete al mundo.
      Universal amor, ferradas vías,
      Vapor, tipos, comercio y aún el cólera,
      Los más lejanos pueblos y naciones
      En lazo estrecharán; ni maravilla
      Será que suden leche las encinas
      Y miel los robles, o danzando giren
      A los sones de un vals. Tanto ha crecido
      El poder de retortas y alambiques
      Y máquinas del cielo emuladoras,
      Y tanto crecerá, volando siempre
      De progreso en progreso, sin medida,
      De Cam, de Sem y de Jafet la prole.

      No cual un día comerá bellotas
      Si el hambre no la obliga; el duro hierro
      No depondrá. Con pólizas de cambio
      Satisfecha tal vez, la plata y oro
      Despreciará la generosa estirpe;
      Mas no de sangre de los suyos nunca
      Su mano ha de lavar; antes cubierta
      Será de estragos, con la vieja Europa,
      Del Atlántico mar la otra ribera,
      Fresca nodriza de sin par cultura;
      Y en campo lidiarán fraternas huestes
      Por pimienta o aromas o canela
      O por el jugo de melosa caña,
      O alguna otra razón, práctica y útil.
      Y valor y virtud, y fe y modestia,
      Y amor a la justicia, escarnecidos
      Y de toda república arrojados
      Como siempre serán; que es su destino
      Estar siempre debajo. Torpe fraude
      Y audacia impune elevarán su frente,
      Nacidas a reinar. De imperio y fuerza,
      Ya unidas en un haz, ya separadas,
      Abusará quienquiera que los rija;
      No importa el nombre. Que esta ley grabaron
      Hado y Natura en tablas de diamante,
      Y no la borrarán con sus centellas
      Volta ni Davy, ni Inglaterra toda
      Con las máquinas suyas, ni en un Ganges
      De políticas hojas nuestro siglo
      Ha de anegarla. Siempre el vil en fiesta,
      Siempre el bueno en tristeza; conjurado
      El mundo todo contra excelsas almas;
      Del verdadero honor perseguidoras
      Calumnia, odio y envidia; de los fuertes
      Despojo el débil, de los ricos siervo
      El ayuno mendigo, en toda forma
      De público gobierno, cerca o lejos
      Del polo o de la eclíptica, y por siempre,
      Si al humano linaje esta morada
      O la lumbre del sol no se nos niega.

      Estas leves reliquias, estos rastros
      De la pasada edad, fuerza es que impresos
      Lleve la que ora surge edad del oro,
      Porque de mil discordes elementos
      Tejida está la condición humana,
      Y a ponerlos en paz nunca bastaron
      Fuerza ni entendimiento de los hombres,
      Desque nació su generosa raza;
      Ni bastarán, aunque potentes sean,
      En nuestra edad periódicos y pactos.

      Pero en cosas más graves será entera
      Nuestra felicidad nunca soñada.
      O de lana o de seda los vestidos
      Han de ser más galanos cada día;
      Dejará el labrador los rudos paños
      Por cubrir de algodón su piel hirsuta,
      De castor su cabeza. Y apacibles
      A la vista, mil cómodos sillones,
      Mesas y canapés, lechos, tapetes,
      Adornarán con su mensual belleza
      Todo aposento. De manjares formas
      Nuevas admirará, calderas nuevas,
      La humeante cocina. Y rapidísimo
      De París a Calais, de Calais a Londres
      Y de aquí a Liverpool, será el camino,
      Por no decir el vuelo...

      Iluminadas
      Mejor que ora lo están, mas no seguras,
      Serán de las ciudades populosas
      Las más ocultas y torcidas calles.

      Tales dulzuras, tan dichosa suerte
      A la naciente prole se aperciben.

      ¡Feliz aquel que mientras esto escribo
      Llora en los brazos de la fiel niñera!
      Él ha de ver el suspirado día
      En que aprendan los niños con la leche
      De la cara nodriza, cuánto peso
      De sal, cuánto de carne, cuánta harina
      Consume en cada mes la patria aldea,
      Y cuántos de nacidos y de muertos
      Anualmente consigna en su registro
      El anciano prior; cuando por obra
      Del potente vapor, en un segundo
      Impresas a millones, llano y monte
      Y aún de los mares la extensión inmensa,
      Cual bandada de grullas que se abate
      Sobre ancho campo, y obscurece el día,
      Cubrirán las gacetas, vida y alma
      Del universo, y de saber en esta
      Y en la futura edad única fuente.

      Como un infante, con asiduo anhelo
      Fabrica de cartones y de hojas
      Ya un templo, ya una torre, ya un palacio,
      Y apenas lo ha acabado, lo derriba,
      Porque las mismas hojas y cartones
      Para nueva labor son necesarias;
      Así Natura con las obras suyas,
      Aunque de alto artificio y admirables,
      Aún no las ve perfectas, las deshace,
      Y los diversos trozos aprovecha.

      Y en vano a preservarse de tal juego,
      Cuya eterna razón le está velada,
      Corre el mortal, y mil ingenios crea
      Con docta mano; que a despecho suyo,
      La natura cruel, muchacho invicto,
      Su capricho realiza, y sin descanso
      Destruyendo y formando se divierte.

      De aquí varía, infinita, una familia
      De males incurables y de penas,
      Al mísero mortal persigue y rinde;
      Una fuerza implacable, destructora,
      Desque nació le oprime dentro y fuera
      Y le cansa y fatiga infatigada,
      Hasta que él cae en la contienda ruda
      Por la impía madre opreso y enlazado.

      ¡Del estado mortal miseria extrema!
      ¡Vejez y muerte que comienzan cuando
      El labio infante el tierno seno oprime
      Que la vida destila! Ni enmendarlos
      Podrá, por sabio y por feliz que sea,
      El siglo nonodécimo, ni cuantas
      Vengan tras él edades sucesivas.

      Mas, si lícito me es la verdad neta
      Por su nombre decir, sólo infelice
      Será todo nacido, en cualquier tiempo,
      No en la vida civil, en toda vida,
      Por esencia insanable y ley eterna
      Que cielo y tierra abraza. Pero nuevo
      Y divino remedio imaginaron
      De nuestra edad los ínclitos talentos,
      Pues no pudiendo hacer feliz a nadie,
      Se dieron a buscar, dejando al hombre,
      Una común felicidad, e hicieron
      De muchos tristes un alegre pueblo,
      Todo paz y ventura. Y tal portento,
      En folletos, revistas y gacetas,
      No declarado aún, asombra al mundo.

      ¡Oh mente sobrehumana, oh agudeza
      Del siglo que ora corre! ¡Y qué seguro
      Filosofar, y qué sapiencia, amigo,
      En más sublime asunto y remontado
      Enseña nuestra edad a las futuras!

      ¿No ves con qué constancia hoy escarnece
      Lo que ayer adoró, y el ara abate
      Para juntar mañana sus pedazos
      Y venerarlos entre humeante incienso?

      ¡Oh cuánta fe y estimación merece
      El concorde sentir de nuestro siglo...
      O el del año corriente!... ¡Y qué trabajo
      Es comparar nuestro sentir y ciencia
      Con el del año actual y el del que viene,
      Porque ni un punto discrepemos todos!

      ¡Cuánto en filosofar adelantamos
      Si al moderno se opone el tiempo antiguo!
      Uno de tus amigos, y maestro
      No sólo en poesía, mas en todas
      Artes y ciencias, de la humana mente
      Árbitro enmendador, me aconsejaba:

      "No cantes tus afectos y dedica
      Esa viril edad a los severos
      Estudios económicos. Atiende
      Al público gobierno. ¿El propio pecho
      Qué te vale explorar? Materia al canto
      No busques en ti mismo. Las grandezas
      De nuestro siglo di; di su esperanza
      Que madurando va."

      ¡Recto consejo,
      Que yo escuchaba con solemne risa,
      Al resonar en mi profano oído
      Ese cómico nombre de esperanza!

      Mas ora vuelvo atrás y la carrera
      Contraria emprendo, persuadido al cabo
      Que quien anhele gloria y busque fama,
      Al propio siglo contrastar no debe,
      Sino adular y obedecer: ¡por corta
      Y fácil vía llegaré a los astros!

      De tan alta ventura deseoso
      Materia no darán al canto mío
      De la presente edad los intereses.

      Ya sabrán mercaderes y oficinas
      Cuidar de ellos mejor. Mas la esperanza
      He de decir, que ya visible prenda
      Nos conceden los dioses; ya de larga
      Felicidad principio, ostenta el labio
      Y el rostro del garzón enorme pelo.

      ¡Oh luz primera, saludable signo
      De la famosa edad que se levanta,
      Mira cómo se alegran tierra y cielo
      Delante a ti; cómo fulgura el rostro
      De la doncella, y en convites vuela
      La gloria ya de los barbados héroes!

      ¡Crece, crece a la patria, oh masculina
      Moderna prole! A tu velluda sombra
      Italia crecerá, crecerá Europa
      De las fauces del Tajo al Helesponto,
      Y el mundo al fin reposará seguro.

      ¡Y tú comienza a saludar con risa
      A los híspidos padres, prole infante,
      Para los áureos días elegida!

      Ni te asuste el negrear de su semblante.

      ¡Sonríe, oh tierna prole; a ti guardado
      De tanto y tanto hablar espera el fruto!

      Mira el gozo reinar, ciudades, villas,
      Vejez y juventud al par contentas
      Y las barbas ondear largas dos palmos.
    Arriba