Rafael Pombo

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    Información biográfica

  1. A intacta
  2. Amor y ausencia
  3. Barcarola
  4. Cucufato y su gato
  5. De noche
  6. Decíamos ayer
  7. Desespereción
  8. Edda / I. Mi amor
  9. Edda / II. Despecho
  10. El gato bandido
  11. El niño y la mariposa
  12. El renacuajo paseador
  13. El último instante
  14. Elvira Tracy
  15. En el Niágara
  16. Estrofa
  17. Éxtasis
  18. La hora de tinieblas
  19. La pobre viejecita
  20. La tormenta de verano
  21. Los filibusteros
  22. Mi tipo
  23. Mirringa Mirronga
  24. Noche de diciembre
  25. Pastorcita
  26. Preludio de primavera
  27. Siempre
  28. Simón el bobito
  29. Súplica
  30. Torbellino a misa
  31. Un beso
  32. Vals
  33. Valsando


Información biográfica
    Nombre: José Rafael de Pombo Rebolledo
    Lugar y fecha nacimiento: Bogotá (República de la Nueva Granada), 7 de noviembre de 1833
    Lugar y fecha defunción: Bogotá (Colombia), 5 de mayo de 1912 (78 años)
    Ocupación: Escritor, poeta
    Movimiento: Romanticismo

    Fuente: [Rafael Pombo] en Wikipedia.org
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    A intacta
      ¿No sientes tú que tu exquisita boca
      Pide otra boca que se estampe en ella,
      Y un mirar que incendiador destella
      La bomba de los ósculos provoca?

      ¿Que para cárcel de tu pecho es poca
      Esa malla que mórbido atropella;
      Y en fin, que cuando Dios te hizo tan bella
      No dijo: "Esto se mira y no se toca"?

      ¿No sientes que tú misma no te sientes
      En todo tu sabor mientras no expriman
      En ti tu rico jugo extraños dientes?

      ¿Y que aguardas los brazos que te opriman
      Tal como inerte y mudo aguarda el piano
      De ágil virtuoso la potente mano?
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    Amor y ausencia
      ¡Qué dulce sabe el amor
      Tras el dolor de la ausencia
      Cuando hay fiel correspondencia
      Entre amada y amador!

      Cuando, en su separación,
      Cual la amante aguja esclava
      Del Norte, siempre apuntaba,
      Uno al otro corazón;

      Cuando el sol que alumbra el día,
      ¡Día de eterno desearse!
      Tan sólo para buscarse
      Al uno y otro servía,

      Y la enamorada bella
      Soñaba sueños de miel
      Con su amado, y jamás él
      Soñaba sino con ella.

      Cuando sordos los oídos
      Y los ojos con ceguera,
      Cuando de su amor no fuera
      Les hablaba sin sentidos.

      Y querrían que hasta el viento,
      En todo tiempo y lugar
      Les hablara sin cesar
      De su único pensamiento...

      Y la más preciosa estrella
      Y el más bello ángel de Dios
      Era feo para los dos,
      Porque no era ni él ni ella.

      Porque fuera de su amor,
      No había mundo ni vida
      Y era hermosura perdida
      Cuanto más hizo el Señor.

      No vuelvas ni a mi memoria
      ¡O infierno del mal ausente!
      Con razón dice el creyente
      Que ver a Dios es la gloria:

      Que el infinito consuelo
      Que siento al volverte a ver,
      Me dice cuál ha de ser
      El de ver al Dios del Cielo.

      ¡Oh Dios! Hasta en tu rigor
      Reconozco tu clemencia.
      Por tu bondad es la ausencia
      Resurrección del amor.

      ¡Tú no sabes, vida mía,
      Cuán bella te encuentro ahora
      Y cómo te ama y te adora
      El que apenas te quería!

      Como el campo al redimido
      Bajo de un cielo esplendente,
      O como al convaleciente
      El bocado apetecido.
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    Barcarola
      Al rayo de la luna,
      Fanal de mi fortuna,
      Que boga por el río
      Ligero de ola en ola,
      Te cantaré, bien mío,
      Mi dulce barcarola.

      Al golpe de los remos
      Durmamos y soñemos
      Que vamos por el río
      Bogando de ola en ola
      Cantándote, amor mío,
      Mi dulce barcarola.

      ¡Qué sueño más precioso
      Que en este tiempo hermoso
      Por este mismo río
      Bogando de ola en ola,
      Cantándote, bien mío,
      Tu dulce barcarola!

      O escucha: no cantemos,
      Durmamos o soñemos,
      Que al verte al lado mío
      Enamorada y sola...
      Siguió cantando el río
      Mi dulce barcarola.
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    Cucufato y su gato
      Quiso el niño Cutufato
      Divertirse con un gato;
      Le ató piedras al pescuezo,
      Y riéndose el impío
      Desde lo alto de un cerezo
      Lo echó al río.

      Por la noche se acostó;
      Todo el mundo se durmió,
      Y entró a verlo un visitante
      El espectro de un amigo,
      Que le dijo: ¡Hola! Al instante
      ¡Ven conmigo!

      Perdió el habla; ni un saludo
      Cutufato hacerle pudo.
      Tiritando y sin resuello
      Se ocultó bajo la almohada;
      Mas salió, de una tirada
      Del cabello

      Resistido estaba el chico;
      Pero el otro callandico,
      Con la cola haciendo un nudo
      De una pierna lo amarró,
      Y, ¡qué horror!, casi desnudo
      Lo arrastró.

      Y voló con él al río,
      Con un tiempo oscuro y frío,
      Y colgándolo a manera
      De un ramito de cereza
      Lo echó al agua horrenda y fiera
      De cabeza

      ¡Oh! ¡Qué grande se hizo el gato!
      ¡Qué chiquito el Cutufato!
      ¡Y qué caro al bribonzuelo
      Su barbarie le costó!
      Mas fue un sueño, y en el suelo
      Despertó.
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    De noche
      No ya mi corazón desasosiegan
      Las mágicas visiones de otros días.
      ¡Oh Patria! ¡Oh casa! ¡Oh sacras musas mías!
      ... ¡Silencio! Unas no son, otras me niegan.

      Los gajos del pomar ya no doblegan
      Para mí sus purpúreas ambrosías;
      Y del rumor de ajenas alegrías
      Sólo ecos melancólicos me llegan.

      Dios lo hizo así. Las quejas, el reproche
      Son ceguedad. ¡Feliz el que consulta
      Oráculos más altos que su dueño!

      Es la Vejez viajera de la noche;
      Y al paso que la tierra se le oculta,
      Ábrese amigo a su mirada el cielo.
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    Decíamos ayer
      Sobre tema de Ella Wheeler, dedicado a mi amigo C. M. S.

      Como Fray Luis tras de su largo encierro
      "Decíamos ayer...", también digamos.
      ¿Han pasado años? En la cuenta hay yerro,
      O nosotros con ellos no pasamos.

      Donde ayer lo dejamos, dulce dueño.
      Recomencemos. Recogiendo amantes.
      Los rotos hilos del antiguo sueño.
      Sigamos arrullándolo como antes.

      Respetuosa apartemos la mirada
      De tumbas que haya entre partida y vuelta.
      Y si hubiere una lágrima ya helada
      Ruede al calor del corazón disuelta.

      Olvidemos la herrumbre que en el oro
      De la rica ilusión depuso el llanto,
      Y los hielos que pálido, inodoro
      Dejaron el jardín que amamos tanto.

      Olvidemos el hado que hizo injusto
      De nuestros corazones su juguete,
      Y regalemos la orfandad del gusto
      Con el añejo néctar del banquete.

      ¡No es tarde, es tiempo! Olvida la ígnea huella
      Que al arador pesar cruzó en frente.
      Para mis ojos tú siempre eres bella
      Yo para ti soy llama siempre ardiente:

      Llama que hoy mismo a mi pupila fría
      Surge desde el recóndito santuario
      Pese a la nieve que en mi sien rocía
      El invierno precoz del solitario.

      Mírame en estos ojos que tu imagen
      Estáticos copiaron tantas veces.
      Allí estas tú, sin lágrimas que te ajen
      Ni tiempo que interponga sus dobleces.

      Búscame sólo allí, que yo entretanto
      En los tiernos abismos de tus ojos
      Torno a encontrar mi disipado encanto,
      La juventud que te ofrendé de hinojos.

      ¡Mi juventud!, espléndida al intenso
      Reverberar de tu alma ingenua y pura,
      Con brisas de verano por incienso,
      Y por palma de triunfo tu hermosura.

      ¡Mi juventud!, por título divino
      Espigadora en todo lo creado;
      Nauta en persecución del vellocino
      De cuanto fuese de tu culto agrado.

      Islas de luz del cielo, margaritas
      De colgantes jardines y hondos mares,
      Néctar de espirituales sibaritas,
      Soplos de Dios a humanos luminares:

      Las miradas del sabio más profundas
      Y del tal vez más sabio anacoreta;
      Las perlas de Arte, hijas de amor fecundas;
      La suma voz de todo gran poeta.

      Esas trombas de lírica armonía,
      Infiernos de pasión divinizados,
      En que nos arrebatan a porfía
      Todos los embelesos conjurados:

      Auras de aquella cima do confluyen
      Hermosura y Verdad, pareja santa,
      Y las dos una misma constituyen,
      Y espíritu de amor sus nupcias canta.

      Buscar palabra al silencioso drama
      De la contemplación, mística guerra
      Entre Dios, Padre amante que reclama
      Al eterno extranjero de la tierra;

      Y esta madre de muerte, inmensa y bella
      Venus que al por nos nutre y nos devora,
      Y presintiendo que escapamos de ella
      Con tanto hechizo nos abraza y llora.

      Leer amor en tanta ruda espina
      Que escarnece a la fe y angustia al bueno.
      Mostrar flores del alma en la ruina,
      Luz en la oscuridad, oro en el cieno.

      La flor de cuanto existe, oro celeste,
      Único que halagando tu alma noble
      Brindara en vago esparcimiento agreste
      A nuestro doble ser regalo doble;

      Tal era mi tributo. Una confianza,
      Una sonrisa, una palabra tuya,
      Retorno abrumador, que en mi balanza
      Dios, no un mortal, será quien retribuya.

      Pero todo en redor, la limpia esfera,
      El bosque, el viento, el pajarillo amable
      Semejaba, en tu obsequio, que quisiera
      Pagar por mí la dádiva impagable.

      Aún veo sobre el carbón de tus pupilas
      El arrebol fascinador de ocaso;
      Veo la vacada, escucho las esquilas:
      Va entrando en su redil paso entre paso.

      Escucha, recelosa de la sombra,
      La blanda codorniz que al nido llama
      Y al sentirnos parece que te nombra
      Y que por verte se empinó en la rama.

      Escúchate a ti misma entre el concento
      De aquella fiesta universal de amores,
      Cuando nos coronaba el firmamento
      Ciñéndonos de púrpura y de flores.

      Esas flores murieron. Pero, ¿has muerto
      Tú, fragancia inmortal del alma mía?
      Años y años pasaron. Pero, ¿es cierto
      O es visión que existimos todavía?

      Juntos aquí como esa tarde estamos,
      Y el mismo cielo es ara suntuosa
      De aquel amor que entonces nos juramos
      Y hoy, en los mismos dos, arde y rebosa.

      Ahí está el campo, el mirador collado,
      El pasmoso horizonte, el sol propicio;
      La cúpula y el templo no han variado.
      Vuelva el glorificante sacrificio.

      ¿Y no ha herido tal vez tu fantasía
      Que aquella tarde insólita, imponente,
      Fue sólo misteriosa profecía
      De este misteriosísimo presente...?

      En aquel himno universal, un dejo
      Percibí melancólico; y al fondo
      De una lágrima tuya vi el bosquejo
      Del duelo que hoy en lo pasado escondo.

      Pasó... Pero esa tarde en su misterio
      Citó para otra tarde nuestra vida.
      Y hela aquí. El alma recobró su imperio
      Del sol abrasador a la caída.

      ¡La tarde!, la hora del perfecto aroma,
      La hora de fe, de intimidad perfecta,
      Cuando Dios sobre el sol que se desploma
      El infinito incógnito proyecta.

      Cuanto es ya el suelo en fuego y tintes falto,
      Es de ardiente el espíritu y profundo;
      Y abiertas las esclusas de lo alto
      Flotamos como en brisas de otro mundo.

      Ve cómo el blanco Véspero fulgura,
      Pasando intacto el arrebol sangriento.
      ¡Es la Amistad!, la roca firme y pura
      Que sirve a nuestro amor de hondo cimiento.

      Nadie dejó de amar si amó de veras.
      Cuando en árido tronco te encarnices
      Con la segur, tal vez lo regeneras
      Si son como las nuestras sus raíces.

      Y antes te sonará más dulcemente
      Templada en el raudal de los gemidos,
      La antigua voz que murmuraba ardiente
      La música de mi alma en tus oídos.

      ¿Han pasado años?... Puede ser. ¿Quién halla
      Que el Tiempo sólo arrumbe o dañe o borre?
      ¡Cuánta espina embotó! ¡Qué de iras calla!
      ¡Su olvido a cuántos míseros socorre!

      Para los dos el ministerio suyo
      Fue de ungido de Dios y extremo amigo.
      Te veo sagrada, y sacro cuanto es tuyo,
      Y como de un cristal al casto abrigo.

      En torno a ti, y a cuanto es tuyo, encuentro
      Halo de luz, atmósfera de santo;
      Como al santuario a visitarte hoy entro
      Y algo hay solemne en tu adorable encanto.

      ¡Dulce es sentir que hay almas, y que aman!
      Su amor... inerme el tiempo para ellas...
      Las vuelve, al Dios que férvidas aclaman,
      Como Él las hizo... jóvenes y bellas.

      Han pasado años, sí... ¡por fin pasaron!
      ¡Rudo tropel que atravesó el camino!
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    Desespereción
      Mal viajero, mis ojos buscan y ala posada.
      Al comenzar apenas la terrenal jornada
      Estoy cansado ya.

      Ni espero, ni deseo mejorar de camino,
      Sólo quiero acabar, mal o bien mi destino,
      Y a pasar más allá.

      No ha sido el alma mía creada para el mundo,
      Me separa su abismo, cada vez más profundo.
      Estoy de más aquí.

      Y de todos los bienes que depara la suerte,
      Sean bienes o sean males, solamente la muerte
      Fuera un mal para mí.

      ¡Basta, triste comedia de esperanza y paciencia,
      Hipócrita alegría, estólida prudencia,
      Máscara de dolor!

      No trato de hacer frases ni de reunir vocablos,
      Sino de preguntarte por qué, para qué diablos
      Me creaste, oh Señor.
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    Edda / I. Mi amor
      Era mi vida el lóbrego vacío;
      Era mi corazón la estéril nada;
      Pero me viste tú, dulce amor mío,
      Y creóme un universo tu mirada.

      A ese golpe mis ojos encontraron
      Bella la tierra, el ánima divina;
      Mundos de sentimientos en mí botaron
      Y fue tu sombra el sol que me ilumina.

      Si esto es amor, ¡oh joven! yo te amo,
      Y si esto es gratitud, yo te bendigo;
      Yo mi adorado, mi señor te llamo,
      Que otras te den el título de amigo.
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    Edda / II. Despecho
      Te amé como la gran naturaleza
      Ama el abrazo matinal del sol;
      Cual la huérfana el nombre de su padre,
      Cual la virtud la bendición de Dios.

      Tú para mí eras todo, el cielo, el mundo,
      Los sueños, las creencias, el hogar.
      Faltando tú, vivir era imposible;
      Contigo, amada, inconcebible el mal.

      ¡Ah! Qué feliz soñaba ser un día
      Cuando "mi esposo" te llamara yo;
      Sin más ya que anhelar sobre la tierra,
      Mío al fin tu anhelado corazón.

      ¡Por ti adorada, para ti nacida,
      Hermosa y buena, y sólo para ti!
      Haciéndote el dichoso de dichosos,
      Y aún más dichosa viéndote feliz.

      Viendo en tu amor mecerse mi existencia
      Cual nubecilla blanca en cielo azul;
      Esposa el más claro de los hombres;
      ¡Madre por ti, de hijos como tú!

      ¡Oh recuerdos benditos, oh maldita
      Fúnebre realidad! ¡Oh Dios cruel,
      Por qué nos prometiste tanta dicha
      Para venir a darnos tanta hiel!

      No, Dios no puede ser; tú solo fuiste.
      ¿Quién, quién te dio la dicha de los dos
      Para abismarla así cual niño estúpido
      Y como un niño lamentarla hoy?

      Era acaso ridículo juguete,
      Insecto vil que se arrastró a tus pies,
      Una mujer que alzándote a los cielos...
      Los cielos se vengaron, ¡blasfemé!
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    El gato bandido
      Michín dijo a su mamá:
      "Voy a volverme Pateta,
      Y el que a impedirlo se meta
      En el acto morirá.
      Ya le he robado a papá
      Daga y pistolas; ya estoy
      Armado y listo; y me voy
      A robar y matar gente,
      Y nunca más (¡ten presente!)
      Verás a Michín desde hoy".
      Yéndose al monte, encontró
      A un gallo por el camino,
      Y dijo: "A ver qué tal tino
      Para matar tengo yo".
      Puesto en facha disparó,
      Retumba el monte al estallo,
      Michín maltrátase un callo
      Y se chamusca el bigote;
      Pero tronchado el cogote,
      Cayó de redondo el gallo.
      Luego a robar se encarama,
      Tentado de la gazuza,
      Al nido de una lechuza
      Que en furia al verlo se inflama,
      Mas se le rompe la rama,
      Vuelan chambergo y puñal,
      Y al son de silba infernal
      Que taladra los oídos
      Cae dando vueltas y aullidos
      El prófugo criminal.
      Repuesto de su caída
      Ve otro gato, y da el asalto
      "¡Tocayito, haga usted alto!
      ¡Déme la bolsa o la vida!"
      El otro no se intimida
      Y antes grita: "¡Alto el ladrón!"
      Tira el pillo, hace explosión
      El arma por la culata,
      Y casi se desbarata
      Michín de la contusión.
      Topando armado otro día
      A un perro, gran bandolero,
      Se le acercó el marrullero
      Con cariño y cortesía:
      "Camarada, le decía,
      Celebremos nuestra alianza";
      Y así fue: diéronse chanza,
      Baile y brandy, hasta que al fin
      Cayó rendido Michín
      Y se rascaba la panza.
      "Compañero", dijo el perro,
      "Debemos juntar caudales
      Y asegurar los reales
      Haciéndoles un entierro".
      Hubo al contar cierto yerro
      Y grita y gresca se armó,
      Hasta que el perro empuñó
      A dos manos el garrote:
      Zumba, cae, y el amigote
      Medio muerto se tendió.
      Con la fresca matinal
      Michín recobró el sentido
      Y se halló manco, impedido,
      Tuerto, hambriento y sin un
      Real.

      Y en tanto que su rival
      Va ladrando a carcajadas,
      Con orejas agachadas
      Y con el rabo entre piernas,
      Michín llora en voces tiernas
      Todas sus barrabasadas.
      Recoge su sombrerito,
      Y bajo un sol que lo abrasa,
      Paso a paso vuelve a casa
      Con aire humilde y contrito.
      "Confieso mi gran delito
      Y purgarlo es menester",
      Dice a la madre "Has de ver
      Que nunca más seré malo,
      ¡Oh mamita!Dame palo
      ¡Pero dame qué comer!"
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    El niño y la mariposa
      Mariposa,
      Vagarosa
      Rica en tinte y en donaire
      ¿Qué haces tú de rosa en rosa?
      ¿De qué vives en el aire?

      Yo, de flores
      Y de olores,
      Y de espumas de la fuente,
      Y del sol resplandeciente
      Que me viste de colores.

      ¿Me regalas
      Tus dos alas?
      ¡Son tan lindas! ¡Te las pido!
      Deja que orne mi vestido
      Con la pompa de tus galas.

      Tú, niñito
      Tan bonito,
      Tú que tienes tanto traje,
      ¿Por qué quieres un ropaje
      Que me ha dado Dios bendito?

      ¿De qué alitas
      Necesitas
      Si no vuelas cual yo vuelo?
      ¿Qué me resta bajo el cielo
      Si mi todo me lo quitas?

      Días sin cuento
      De contento
      El Señor a ti me envía;
      Mas mi vida es un solo día,
      No me lo hagas de tormento.

      ¿Te divierte
      Dar la muerte
      A una pobre mariposa?
      ¡Ay¡ Quizás sobre una rosa
      Me hallarás muy pronto inerte.

      Oyó el niño
      Con cariño
      Esta queja de amargura,
      Y una gota de miel pura
      Le ofreció con dulce guiño.

      Ella, ansiosa,
      Vuela y posa
      En su palma sonrosada,
      Y allí mismo, ya saciada,
      Y de gozo temblorosa,
      Expiró la mariposa.
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    El renacuajo paseador
      El hijo de rana, Rinrín renacuajo
      Salió esta mañana muy tieso y muy majo
      Con pantalón corto, corbata a la moda
      Sombrero encintado y chupa de boda.

      -¡Muchacho, no salgas!- le grita mamá
      Pero él hace un gesto y orondo se va.

      Halló en el camino, a un ratón vecino
      Y le dijo: -¡Amigo!- venga usted conmigo,
      Visitemos juntos a doña ratona
      Y habrá francachela y habrá comilona.

      A poco llegaron, y avanza ratón,
      Estírase el cuello, coge el aldabón,
      Da dos o tres golpes, preguntan: ¿quién es?
      -Yo doña ratona, beso a usted los pies.

      -¿Está usted en casa? -Sí señor, sí estoy,
      Y celebro mucho ver a ustedes hoy;
      Estaba en mi oficio, hilando algodón,
      Pero eso no importa; bienvenidos son.

      Se hicieron la venia, se dieron la mano,
      Y dice Ratico, que es más veterano:
      Mi amigo el de verde rabia de calor,
      Démele cerveza, hágame el favor.

      Y en tanto que el pillo consume la jarra
      Mandó la señora traer la guitarra
      Y a renacuajo le pide que cante
      Versitos alegres, tonada elegante.

      -¡Ay! De mil amores lo hiciera, señora,
      Pero es imposible darle gusto ahora,
      Que tengo el gaznate más seco que estopa
      Y me aprieta mucho esta nueva ropa.

      -Lo siento infinito, responde tía rata,
      Aflójese un poco chaleco y corbata,
      Y yo mientras tanto les voy a cantar
      Una cancioncita muy particular.

      Mas estando en esta brillante función
      De baile y cerveza, guitarra y canción,
      La gata y sus gatos salvan el umbral,
      Y vuélvese aquello el juicio final.

      Doña gata vieja trinchó por la oreja
      Al niño Ratico maullándole: ¡Hola!
      Y los niños gatos a la vieja rata
      Uno por la pata y otro por la cola.

      Don Renacuajito mirando este asalto
      Tomó su sombrero, dio un tremendo salto
      Y abriendo la puerta con mano y narices,
      Se fue dando a todos noches muy felices.

      Y siguió saltando tan alto y aprisa,
      Que perdió el sombrero, rasgó la camisa,
      Se coló en la boca de un pato tragón
      Y éste se lo embucha de un solo estirón.

      Y así concluyeron, uno, dos y tres
      Ratón y Ratona, y el Rana después;
      Los gatos comieron y el pato cenó,
      ¡Y mamá Ranita solita quedó!
    Arriba

    El último instante
      Si sólo un instante resta
      A nuestro amor desgraciado,
      Y si ese instante ha llegado
      Para nunca más volver.

      ¡Deja, por Dios, este instante
      Que te acaricie y te adore,
      Que dé amor y angustia llore,
      Y que llore de placer!

      Postrer vez tus blandas formas
      Sobre mi amante regazo,
      Tu cuello sobre mi brazo
      Y el otro en torno de ti.

      Locos, atónitos, ebrios,
      En delicioso desmayo,
      Pidamos que venga un rayo
      A refundirnos así.

      ¡Al negro umbral de un infierno
      De sufrimiento infinito,
      Den nuestras almas un grito
      De inmensa felicidad!

      Que nunca nieguen que amaron,
      Que un paraíso perdieron:
      ¡Soñaron cuanto quisieron,
      Y ese sueño fue verdad!

      ¡Venga un beso! Y sea más dulce
      Que aquel primer dulce beso,
      Y el mismo ardiente embeleso
      Timbre en tu mágica voz.

      Gocemos cual dos que ausentes
      Tornan al fin a abrazarse,
      No cual dos que al separase
      Se dan el último adiós.

      ¿Último? No, amada mía,
      Que el corazón con que te amo
      Fiel a ti como a su amo
      El perro del montañés

      Del naufragio de la vida
      Me rescatará triunfante
      Para que venga anhelante
      A deponerlo a tus pies.

      ¿Último? No, que a despecho
      Del envidioso destino,
      No ha de faltarme camino
      Para volver hasta ti;

      Ave de amor que anidaste,
      Yo sabré tender el vuelo
      Tras del ángel hasta el Cielo,
      Tras de la mujer aquí.

      Mas mientras llega la hora
      Del recuerdo y de la ausencia
      Y unida con tu existencia
      Veo mi existencia correr;

      ¡Deja, por Dios, este instante
      Que te acaricie y te adore,
      Que de amor y angustia llore,
      Y que llore de placer!
    Arriba

    Elvira Tracy
      ¡He aquí del año el más hermoso día,
      Digno del paraíso! ¡Es el temprano
      Saludo que el otoño nos envía;
      Son los adioses que nos da el verano!

      Ondas de luz purísima abrillantan
      La blanca alcoba de la dulce Elvira;
      Los pajarillos cariñosos cantan,
      El perfumado céfiro suspira.

      He allí su tocador: aún se estremece
      Cual de su virgen forma al tacto blando.
      He allí a la madre de Jesús: parece
      Estar sus oraciones escuchando.

      ¡Un féretro en el centro, un paño, un Cristo!
      ¡Un cadáver! ¡Gran Dios!... ¡Elvira!... ¡Es ella!
      Alegremente linda ayer la he visto.
      ¿Y hoy? Hela allí... ¡Solamente bella!

      ¡No ha muerto: duerme! ¡Vedla sonreída!
      Ayer, en esta alcoba deliciosa,
      Feliz soñaba el sueño de la vida;
      ¡Hoy sueña el de una vida aún más dichosa:

      Ya de la rosa el tinte pudibundo
      Murió en su faz; pero en augusta calma
      La ilumina un reflejo de otro mundo
      Que al morir se entreabrió para su alma.

      Ya para los sentidos no se enciende
      La efímera beldad de arcilla impura:
      Mas, tras de ella, el espíritu sorprende
      La santa eternidad de otra hermosura.

      Cumplió quince años; ¡ay, edad festiva,
      Mas misteriosa y rara; edad traidora!
      ¡Cuando es la niña para el hombre esquiva,
      Y a los ángeles férvida enamora!

      ¡Pobre madre! ¡Del hombre la guardaste,
      Pero esconderla a su ángel no supiste!
      ¡La vio, se amaron, nada sospechaste
      Y en el impensado instante la perdiste!

      Vio al expirar a su ángel adorado
      Y abrió los ojos al fulgor del cielo,
      Y dijo: -El sacrificio ha terminado.
      ¡Ven vámonos a casa!- y tendió el vuelo.

      ¡Por eso luce tan hermoso el día
      Indiferente al llanto que nos cuesta!
      Hoy hay boda en el cielo; él se gloria:
      ¡La patria de la novia está de fiesta!
    Arriba

    En el Niágara
      (Contemplación)

      Dedicada en prenda de respetuosa admiración
      Y de profundo reconocimiento
      A la señora María Juana Christie de Serrano

      ¡Ahí estás otra vez...! El mismo hechizo
      Que años ha conocí, monstruo de gracia,
      Blanco, fascinador, enorme, augusto,
      Sultán de los torrentes,
      Muelle y sereno en tu sin par pujanza.
      ¡Ahí estás siemprem el Niágara! Perenne
      En tu extático trance, en ese vértigo
      De voluntad tremenda, sin cansarte
      Nunca de ti, ni el hombre de admirarte.

      ¡Cómo cansarse! La belleza activa,
      La siempre viva, porque siempre pura,
      No puede fatigar. Hija perfecta
      Sin medio humano, del excelso fiat
      Que perpetuaron leyes inviolables
      En su incesante acción; mimada hermana
      Del firmamento, de la luz, del aire;
      Huésped no expulsado del Edén perdido;
      Esta hermosura es creación constante
      Y original, donde trasciende el soplo
      De su autor soberano. Algo nos dice
      Que allí está Dios: el néctar de embeleso
      Y de reparación que a un tiempo mana.
      Al contemplarla en nuestro fondo bullen
      Los dormitados gérmenes divinos,
      Cual hierve al sol el ánima viviente
      De la naturaleza; y surge ansioso
      El amor de familia, el de la eterna
      E indisoluble y como al mar la gota
      Emancipada al fin de térreos lazos,
      Como del pecho de la madre el niño,
      Mudos de íntimo gozo nos prendemos
      En comunión de eternidad con ella.

      ¿Podrá Dios fatigar? ¡Ah! En lo que hastía
      Hay encanto letal, triste principio
      De inercia, hostil a Dios, germen de muerte,
      Gangrena de las almas secuestradas
      De su raudal vivífico...

      Mas, ¿dónde mi mente descendió?
      Llámala al punto,
      ¡Oh Niágara! Y en ti la imagen vea
      De las almas triunfantes; mire al héroe
      Sublime en su martirio; al genio mire
      Sereno en la conciencia de su fuerza.
      Distráeme, diviérteme, museo
      De cataratas, fábrica de nubes;
      Mar desfondado al peso de tus ondas;
      Columnas que un omnipotente Alcides
      Descolgó del Olimpo, entre dos vastos
      Mediterráneos piélagos de un mundo.

      Sigues, gigante excéntrico, gozando
      Tu solitaria, inmemorial locura,
      Digna de un Dios. Descadenada sueltas
      Del valle por la rápida pendiente
      Tu oceánica mole, y poseído
      dDel rapto a que impetuoso te abandonas
      Ebrio del regocijo de tu fuerza,
      No adviertes que ya el hombre ha sorprendido
      Este retozo de titán, violando
      La agreste soledad, y que en tus bordes
      La hormiga semidiós bulle y se empina
      A medirse contigo... ¡Ah, qué te importa!
      No cabes en la tierra, y de un arranque
      Vas a tomar por lecho el océano.

      De los más lejos términos del globo
      A visitarte viene y a elevarse
      Con tu contemplación, reconociéndote
      Sin rival hermosura. En tus orillas
      Un sentimiento en lenguas mil proclamas
      La grandeza de Dios y el inocente
      Triunfo de la inmortal naturaleza.
      Heredia te tributa entusiasmado
      El Niágara de su alma, pavoroso
      Muy más que el de tus ondas; el activo
      Cíclope anglosajón, probando al mundo
      Que es digno amo de ti, con puente aéreo
      Salva tu abismo inmenso, y por su mano
      Te da su abrazo atlético de hierro
      Esto que el hombre (insecto de un instante
      Y atolondrado por su instante) llama
      La civilización. El cielo mismo
      Tiende a tus pies esos divanes de ángeles,
      Nácar del firmamento, y oponiendo
      A un puente, mil; al arte de los hombres
      El del Señor, suspende caprichoso,
      Cual la sonrisa de la paz del alma
      Entre los estertores del que muere,
      Su iris tranquilo en medio a tu desastre.

      Basta para tu gloria, insigne muestra
      Del manantial de las bellezas; ara
      De la perpetua admiración del hombre.
      Yo, nada podré darte, aunque aspirara
      A unir mi nombre a tu famoso nombre;
      Que soy la misma sombra que otro día
      A tus umbrales se asomó impasible.
      Fantasma evanescente que en silencio
      Va atravesando entre tu niebla fría...
      Si al estruendo volcánico, profundo
      De tu derrumbamiento, cimbra en torno
      La tierra estremecida, el viento llora
      Y aún tu cuenca de piedra conmovida,
      Sonora te responde; ¡ay! entretanto
      Sordo mi corazón no te percibe
      Ni en mi alma hierve el frenesí del canto.

      Pero, ¿qué a ti, si el mismo de aquel día
      Ahí estás, en tu pompa y magno aliento,
      Como yo aquí, perenne en mi aislamiento
      Y en su tedio infinito el alma mía?
      Hoy te recorren otra vez mis ojos,
      Mustios y melancólicos como antes.

      Divino anfiteatro
      Do entre un misterio de borrasca y nieblas
      Luchan, cual en eterna pesadilla,
      Monstruos de roca y amazonas de agua.
      En mí no hay lucha, no; y en tu presencia,
      Más que tu alta beldad, me maravilla
      Mi absorta postración, mi indiferencia.

      Ese lago de leche que dormido
      Yace a tus pies; esas tendidas hojas
      De cuajada esmeralda, opacas, turbias,
      Manto marino que tu cauce vela,
      Cuyas inertes, aplanadas olas
      Atónitas al golpe, ignoran dónde
      Seguir corriendo; ese ancho remolino
      Que abajo las aguarda, y retorciéndose
      Al empuje del mar que los violenta
      Yérguese al centro, y cual pausada boa
      En silencio fatal se enrosca, y nunca
      Suelta la presa que atrayente arrolla
      Allí más bien estoy; ese el mar muerto
      De mi existencia, y el designio arcano
      Que en giro estéril me aletarga y me hunde.

      ¿Dónde, oh Heredia, tu terror? Lo anhelo
      Y no puedo encontrarlo. ¡Ah! No serías
      Tan infeliz cuando esto te aterraba.
      Si aquí la dicha palidece y tiembla,
      Aquí por fín respira
      La desesperación: sobre estos bordes
      Alza ella sus altares; de ese abismo
      En el tartáreo fondo
      A voluptuosidades infernales
      Un genio tentador la está llamando...
      No, nada alcanza a dar pavor en toda
      La alma naturaleza; el mal más grave
      Que hace, es un bien: servirnos una tumba,
      Un lecho al fatigado. Ella es un niño,
      Siempre inocente, y candorosa, y dulce,
      Podriza; en fin que la bondad del cielo
      concedió al hombre...
      El hombre, ese es el monstruo
      (Bien lo supiste, Heredia) ese es el áspid
      Cuyo contacto me estremece; el áspid
      Que cuerpo y alma pérfido emponzoña.

      Sempiterno Satán de ajenas vidas
      Y aún de la propia; turbador de tanto
      Terrenal paraíso que Natura
      Brinda obsequiosa, y de cualquiera escena
      De orden y paz, beldad que a su memoria
      Presentará la aborrecida imagen
      Del malogrado bienestar celeste.
      El hombre, injerto atroz de ángel y diablo,
      Enemigo mortal de cuanto asciende
      La escala etérea en descollante copia
      De la Divinidad. ¡Aporte, oh monstruo!
      ¡Aquí Naturaleza! Yo, a la vista
      De este río de truenos – fulgurante
      Cometa de Las aguas – no querría
      Sino abrazarme de él, como aquel iris
      Que en su columna espléndida serpea.
      Y como él, ni sentido, ni sensible
      Desaparecer... eres tan grande, oh Niágara,
      Es tan irresistible tu embeleso,
      Tu majestad, que el infortunio humano,
      A no haber otro dios, te adoraría;
      Dios de la blanda muerte, a quien en vano
      Jamás acudiría
      A descargar su insoportable peso...

      -¿Perdón, oh madre mía,
      Mártir idolatrada! Hoy es la fecha
      En que allá en nuestro hogar, alegre un tiempo,
      Tu nombre festejábamos. ¡Imploro
      De hinojos tu perdón! No es culpa tuya
      Deberte yo tan miserable vida.
      Hoy me salvas de nuevo; hoy, por ti sola,
      Por tu ternura infatigable, ardiente,
      Tu hijo infeliz se inmola,
      Se inmola, sí, viviendo nuevamente..

      Aquí, al salir del templo, venir usan
      Los desposados. Su segundo templo,
      Su ara de amor es ésta; aquí se sienten
      Como fuera del mundo, y ya en los brazos
      De ese Dios, todo amor, todo clemencia,
      Que los bendijo; y al más bello y puro
      Torrente arrojan el jazmín primero
      De su fresca guirnalda...
      ¡Duerme, duerme
      Casta y dulce visión! Duerme al arrullo
      Del mismo padre Niágara que un día
      Recién nacida te arrulló*, y no ha mucho
      Recién feliz te prometió arrullarte.

      Duerme, y al par que a tus guirnaldas llegue
      El perdurable réquiem que él te canta.
      Llegue a tu alma mi oración profunda,
      Llegue mi bendición a tu memoria.
      Bendita porque amaste; más bendita
      Por no ser ya mujer, porque moriste,
      Y desapareciste, y descansaste,
      Y descansó mi espíritu en tu fosa.

      Todo acabó, perfectamente todo,
      Como el Señor lo quiso... Hoy el ausente
      Regresa al fin cerca de ti. Bien cerca
      Estamos otra vez: tú en tu sepulcro
      Muerta, es verdad... y yo quizá más muerto
      Que tú, sobreviviéndome a mí mismo...

      ¡Silencio, paz! No turbarán mis voces
      A la que fue; más fácil turbarían,
      Niágara, tu tremendo arrobamiento.
      En ti parece que comienza el mundo
      Soltándose de manos del Eterno
      Para emprender su curso sempiterno
      Por el éter profundo
      Eres el cielo que a cubrir la tierra
      Desciendes, y velada en blancas nubes
      La majestad de Dios baja contigo.

      Siempre nuevo, brillante, en movimiento
      Siempre fecundo, poderoso y fuerte
      Como el vivo raudal de hirviente savia
      Que de los pechos deslumbrantes brota
      De la madre común naturaleza,
      Despliegas tu grandeza en tu caída,
      Y alzas de aquel abismo al firmamento
      El himno de la fuerza y de la vida.
      Mas para mí la vida es un sarcasmo,
      Mi mundo ha concluido
      Mi alma es hoy incapaz del entusiasmo
      Y al quererte cantar, mi canto fuera
      Del despecho el rugido,
      O un de profundis de cansancio y muerte.

      Por variar de tedio únicamente.
      A contemplarte, Niágara, he venido;
      Y al volverte la espalda indiferente
      Limpio de tu vapor mi helada frente
      Y te pago tu olvido con olvido.
    Arriba

    Estrofa
      Dicen que impreso en las pupilas queda
      Los ojos del muerto el matador,
      Estoy muerto, no sé,
      Mas no hay quien pueda los míos borrar.
      Que se lo veda corazón
      La imagen de mi amor.
    Arriba

    Éxtasis
      ¡Gran noche!... ¡Tanta majestad me aterra
      Tanta sublimidad me causa espanto!
      Dios cobija el misterio de la tierra
      Con el misterio augusto de su manto.

      Al son de aquella mística armonía
      La inmensa tierra extático contemplo
      Como un cadáver, lívida, sombría,
      Bajo la santa bóveda del templo.

      Esta sublime paz que me estremece
      Este silencio asombrador, profundo,
      Más bien que una hora mundanal, parece
      La víspera imponente de otro mundo.

      Como una tregua entre la culpa inerme
      Y el rayo que se apronta a fulminarla,
      Cuando la pobre humanidad se duerme
      Dios desciende en secreto a visitarla.
    Arriba

    La hora de tinieblas
      I.

      ¡Oh, qué misterio espantoso
      Es este de la existencia!
      ¡Revélame algo, conciencia!
      ¡Háblame, Dios poderoso!
      Hay no se qué pavoroso
      En el ser de nuestro ser.
      ¿Por qué vine yo a nacer?
      ¿Quién a padecer me obliga?
      ¿Quién dio esa ley enemiga
      De ser para padecer?

      II.

      Si en la nada estaba yo,
      ¿Por qué salí de la nada
      A execrar la hora menguada
      En que mi vida empezó?
      Y una vez que se cumplió
      Ese prodigio funesto,
      ¿Por qué el mismo que lo ha impuesto
      De él no me viene a librar?
      ¿Y he de tener que cargar
      Un bien contra el cual protesto?

      III.

      ¡Alma! Si vienes del Cielo,
      Si allá viviste otra vida,
      Si eres imagen cumplida
      Del Soberano Modelo,
      ¿Cómo has perdido en el suelo
      La fe de tu original?
      ¿Cómo en tu lengua inmortal
      No explicas al hombre rudo
      Este fatídico nudo,
      Entre un Dios y un animal?

      IV.

      O si es que antes no existe,
      Y al abrir del mundo al sol
      Tu divino girasol,
      Gemela del polvo fuiste,
      ¿Qué crimen obrar pudiste?
      ¿Do, contra quien, cómo y cuándo
      Que estuviese a Dios clamando
      Que al hondo valle en que estás
      Surgieses tú, nada más
      Que para expiarlo llorando?

      V.

      Pues cuanto ha sido y será
      De Dios reside en la mente
      Tanto infortunio presente
      ¿No lo contemplaba ya?
      Y, ¿por qué, si en él está
      Del bien la fuente suprema
      Lanzó esa voz o anatema
      Que hizo súbito existir
      Un mundo en que oye gemir
      Y un hombre que de él blasfema?

      VI.

      ¿Cómo de un bien infinito
      Surge un infinito mal,
      De lo justo, lo fatal,
      De lo sabio, lo fortuito?
      ¿Por qué está de Dios proscrito
      El que antes no le ofendió,
      T por qué se le formó
      Para enloquecerlo así
      De un alma que dice si
      Y un cuerpo que dice no?

      VII.

      ¿Por qué estoy en donde estoy
      Con esta vida que tengo
      Sin saber de dónde vengo
      Sin saber a dónde voy;
      Con traidora libertad
      E inteligencia engañosa,
      Ciego a merced de horrorosa
      Desatada tempestad?
    Arriba

    La pobre viejecita
      Érase una viejecita
      Sin nadita que comer
      Sino carnes, frutas, dulces,
      Tortas, huevos, pan y pez.

      Bebía caldo, chocolate,
      Leche, vino, té y café,
      Y la pobre no encontraba
      Qué comer ni qué beber.

      Y esta vieja no tenía
      Ni un ranchito en que vivir
      Fuera de una casa grande
      Con su huerta y su jardín.

      Nadie, nadie la cuidaba
      Sino Andrés y Juan y Gil
      Y ocho criados y dos pajes
      De librea y corbatín.

      Nunca tuvo en qué sentarse
      Sino sillas y sofás
      Con banquitos y cojines
      Y resorte al espaldar.

      Ni otra cama que una grande
      Más dorada que un altar,
      Con colchón de blanda pluma,
      Mucha seda y mucho olán.

      Y esta pobre viejecita
      Cada año, hasta su fin,
      Tuvo un año más de vieja
      Y uno menos que vivir.

      Y al mirarse en el espejo
      La espantaba siempre allí
      Otra vieja de antiparras,
      Papalina y peluquín.

      Y esta pobre viejecita
      No tenía que vestir
      Sino trajes de mil cortes
      Y de telas mil y mil.

      Y a no ser por sus zapatos,
      Chanclas, botas y escarpín,
      Descalcita por el suelo
      Anduviera la infeliz.

      Apetito nunca tuvo
      Acabando de comer,
      Ni gozó salud completa
      Cuando no se hallaba bien.

      Se murió del mal de arrugas,
      Ya encorvada como un tres,
      Y jamás volvió a quejarse
      Ni de hambre ni de sed.

      Y esta pobre viejecita
      Al morir no dejó más
      Que onzas, joyas, tierras, casas,
      Ocho gatos y un turpial.

      Duerma en paz, y Dios permita
      Que logremos disfrutar
      Las pobrezas de esa pobre
      Y morir del mismo mal.
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    La tormenta de verano
      Al terrado subí buscando en donde
      Asistir a la espléndida tormenta,
      Fiesta lustral que ansiaba la sedienta
      Tierra en la faz mustia y abatida fronde.

      Préndese el cielo. Pálida se esconde
      La noche. El trueno asordador revienta,
      Y en toda la ancha esfera turbulenta,
      Estruendo a estruendo y luz a luz responde.

      Palestra de titánica porfía
      Turbiones y relámpagos destella,
      Y ruge y truena en bárbara armonía.

      Rasga el rayo honda grieta, clara y bella
      En la cuarteada bóveda sombría,
      Y vislúmbrase a Dios a través della.
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    Los filibusteros
      Venid a conquistarnos, vosotros, heces pútridas
      De las venales cárceles del libre Septentrión;
      Venid, venid, apóstoles de la sin par república
      Con el hachón del bárbaro y el rifle del ladrón.
      Venid, venid, en nombre de Franklin y de Washington,
      Bandidos que la horca con asco rechazó;
      Venid a buscar títulos de Hernanes y de Césares
      Descamisados prófugos sin leyes y sin Dios.
      Venid hambrientos pájaros a entretejer con crímenes
      El nido para el águila que precediendo vais;
      Venid, infecto vómito de la extranjera crápula,
      Con la misión beatífica de americanizar.
      Venid, dignos profetas, campeones beneméritos
      De vuestra sacratísima divina esclavitud;
      Venid, héroes de industria, presente filantrópico
      Del Septentrión prospérrimo a su pupilo el Sud.
      Venid, robustos vástagos del tronco anglosajónico
      Disforme, inmenso, atlético, gigante, colosal,
      De entrambos mundos árbitro y su infalible oráculo,
      Colmo primero y último de perfección cabal.
      Él os confió su lábaro y su creador espíritu,
      Y para un nuevo Génesis pleno poder os dio
      Mostrando entre los trópicos a vuestros ojos ávidos
      Un trono sin un déspota, un cielo sin un Dios.
      Y os dijo : "Ved meciéndose entre los dos océanos
      Ese turbante mágico de un oriental Señor(1),
      Cuajado de diamantes, rubíes, perlas, záfiros
      Macizo de oro y plata reverberando al sol.
      Esa es la ardiente zona de la buscada América,
      De la India el amoroso, fecundo corazón,
      Del cinto de la tierra el broche opulentísimo,
      Promesa de un futuro de plenitud y amor.
      Es el jardín robado de la pagana fábula,
      El por Adán perdido y hallado por Colón,
      De un épico avariento el sueño mitológico,
      Arca repleta siempre y abierta a la ambición.
      Allí despliega el cielo magnificencia insólita
      Y es la tierra su virgen en esplendor nupcial,
      Y el hombre, de placeres en un banquete opíparo
      Es feliz porque vive, no necesita más.
      Allí el poeta duerme sobre la inútil cítara,
      Y si vigila o sueña no sabe distinguir:
      ¿Qué son bajo ese cielo sus invenciones pálidas
      Si es el mayor poeta naturaleza allí?
      De leche y miel cargados allí veréis los árboles,
      Y con cortezas de oro sus troncos blanquear,
      Y oro doquier, depónenlo hasta los mismos pájaros
      Y se alza en archipiélagos sobre el azul del mar(2).
      Volad a esa áurea cuna colgada entre los trópicos
      Do el porvenir del mundo se mece infante ya;
      Entrad con el ropaje de inofensivos huéspedes
      Llevando el rifle cómodo y el pérfido puñal.
      Espiad la hora propicia, y a una señal del águila
      La empresa de exterminio sin lástima empezad,
      Y sobre los cadáveres del posesor estúpido,
      La Roma del futuro en nuestra pro fundad".
      ¡Avante pues, apóstoles del código novísimo
      Que al código de Cristo sustituyó el sajón!
      ¡Proseguid honorables, dignísimos diplómatas
      Del hado manifiesto del mundo de Colón!
      ¡Avante bandoleros! La pobre Centro América,
      Cadáver que dejaron veinte años de furor,
      Os va a enseñar qué vale cierta palabra mágica
      Y oiréis por vez primera vosotros esa voz.
      ¡Honor! Esta palabra levantó más de un Lázaro;
      Con ella un hombre, él solo a siete mil venció;
      Por ella los puñales que fratricida cólera
      Manchara, saldrán limpios de vuestro corazón.
      ¡Entrad! Ya del naranjo tras la fragante atmósfera,
      Cual su hálito pestífero el whisky os anunció.
      ¡Bebed! El que os inspira conforte vuestro espíritu;
      Él es vuestro entusiasmo, él es vuestro valor.
      Seguid, y a sangre y fuego talad cinco repúblicas...
      Dad al infierno escándalo, a Satanás horror...
      Mas, ¡ay!, pueda yo un día contemplar dos cadáveres
      Cartago y sus piratas, vosotros y La Unión.
      Para lavar el mundo, cloaca hirviente y fétida,
      Volcó el Diluvio encima la cólera de Dios:
      Que os lave uno de sangre, y en su pureza prístina
      Surja flotando el arca que Washington firmó.
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    Mi tipo
      La belleza en la mujer
      No es cuestión del Padre Astete,
      Y en que el tal molde la mete
      Muy bobos nos quiere hacer.

      Tal vez querrá colocar,
      Dos o tres hijas tarascas,
      O de amorosas borrascas
      A un hijo alegrón salvar.

      Mas yo entiendo la cuestión
      Como estrictamente estética,
      Y no ha de tachar de herética
      Ni un Santo mi solución:

      Que la norma en la belleza
      Es variable y contingente,
      Porque cada cual la siente
      Según su naturaleza.

      La insípida el tonto adora,
      El sabio la intelectual,
      Y cada hombre su ideal
      Halla en donde se enamora.

      Yo, por hoy libre y vacante,
      Diera el voto a una morena,
      Forma esbelta pero llena,
      Con faz correcta y picante.

      Ingenua expresión de niña
      Con ojos de horno que quemen,
      Y labios de esos que tremen
      Como provocando a riña.

      Belleza meridional
      De alma y línea decidida:
      No esa inerte y desabrida
      De corderito pascual.

      Acaramelada tez
      Más bien que batido blanco.
      Tipo ardiente, activo y franco
      No de angélica insulsez.

      Candor de cielo en el rostro
      Con un infierno inconsciente,
      Algo que encante y que tiente,
      Querub con visos de monstruo.

      De monstruo que me devore
      Y que a la vez me arrebate,
      Que adorándome me mate
      E insultándome me adore.

      Quiero una beldad dramática
      No una sílfide de idilio,
      Una Dido de Virgilio
      Más que una Ofelia linfática.

      No una lánguida pasiva,
      Igual, pintada hermosura,
      Sino agridulce en ternura
      Y gratamente agresiva.

      Y sin jugar del vocablo,
      Diré que mi musa, en fin,
      Ha de ser un serafín
      Salpicadito de diablo.
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    Mirringa Mirronga
      Mirringa Mirronga, la gata candonga
      Va a dar un convite jugando escondite,
      Y quiere que todos los gatos y gatas
      No almuercen ratones ni cenen con ratas.
      "A ver mis anteojos, y pluma y tintero,
      Y vamos poniendo las cartas primero.
      Que vengan las Fuñas y las Fanfarriñas,
      Y Ñoño y Marroño y Tompo y sus niñas.
      "Ahora veamos qué tal la alacena.
      Hay pollo y pescado, ¡la cosa está buena!
      Y hay tortas y pollos y carnes sin grasa.
      ¡Qué amable señora la dueña de casa!
      "Venid mis michitos Mirrín y Mirrón.
      Id volando al cuarto de mamá Fogón
      Por ocho escudillas y cuatro bandejas
      Que no estén rajadas, ni rotas ni viejas.
      "Venid mis michitos Mirrón y Mirrín,
      Traed la canasta y el dindirindín,
      ¡Y Zape, al mercado! Que faltan lechugas
      Y nabos y coles y arroz y tortuga.
      "Decid a mi amita que tengo visita,
      Que no venga a verme, no sea que se enferme
      Que mañana mismo devuelvo sus platos,
      Que agradezco mucho y están muy baratos.
      "¡Cuidado, patitas, si el suelo me embarran
      ¡Que quiten el polvo, que frieguen, que barran
      ¡Las flores, la mesa, la sopa!... ¡Tilín!
      Ya llega la gente. ¡Jesús, qué trajín!"
      Llegaron en coche ya entrada la noche
      Señores y damas, con muchas zalemas,
      En grande uniforme, de cola y de guante,
      Con cuellos muy tiesos y frac elegante.
      Al cerrar la puerta Mirriña la tuerta
      En una cabriola se mordió la cola,
      Mas olió el tocino y dijo "¡Miaao!
      ¡Este es un banquete de pipiripao!"
      Con muy buenos modos sentáronse todos,
      Tomaron la sopa y alzaron la copa;
      El pescado frito estaba exquisito
      Y el pavo sin hueso era un embeleso.
      De todo les brinda Mirringa Mirronga:
      "¿Le sirvo pechuga?" "Como usted disponga,
      Y yo a usted pescado, que está delicado".
      –"Pues tanto le peta, no gaste etiqueta:
      "Repita sin miedo". Y él dice: "Concedo".
      Mas, ¡ay!, que una espina se le atasca indina,
      Y Ñoña la hermosa que es habilidosa
      Metiéndole el fuelle le dice: "¡Resuelle!"
      Mirriña a Cuca le golpeó en la nuca
      Y pasó al instante la espina del diantre,
      Sirvieron los postres y luego el café,
      Y empezó la danza bailando un minué.
      Hubo vals, lanceros y polka y mazurca,
      Y Tompo que estaba con máxima turca,
      Enreda en las uñas el traje de Ñoña
      Y ambos van al suelo y ella se desmoña.
      Maullaron de risa todos los danzantes
      Y siguió el jaleo más alegre que antes,
      Y gritó Mirringa: "¡Ya cerré la puerta!
      ¡Mientras no amanezca, ninguno deserta!"
      Pero, ¡qué desgracia!, entró doña Engracia
      Y armó un gatuperio un poquito serio
      Dándoles chorizo de tío Pegadizo
      Para que hagan cenas con tortas ajenas.
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    Noche de diciembre
      Noche como esta, y contemplada a solas
      No la puede sufrir mi corazón:
      Da un dolor de hermosura irresistible,
      Un miedo profundísimo de Dios.

      Ven a partir conmigo lo que siento,
      Esto que abrumador desborda de mí;
      Ven a nacerme finito lo infinito
      Y a encarnar el angélico festín.

      ¡Mira ese cielo!... es demasiado cielo
      Para el ojo de insecto de un mortal,
      Refléjame en tus ojos un fragmento
      Que yo alcance a medir y a sondear.

      Un cielo que responda a mi delirio
      Sin hacerme sentir mi pequeñez:
      Un cielo mío que me esté mirando
      Y que tan sólo a mí mirando esté.

      Esas estrellas... ¡Ay, brillan tan lejos!
      Con tus pupilas tráemelas aquí
      Donde yo pueda en mi avidez tocarlas
      Y apurar su seráfico elixir.

      Hay un silencio en esta inmensa noche
      Que no es silencio, es místico disfraz
      De un concierto inmortal. Por escucharlo,
      Mudo como la muerte el orbe está.

      Déjame oírlo, enamorada mía
      Al través de tu ardiente corazón:
      Sólo el amor transporta a nuestro mundo
      Las notas de la música de Dios.

      Él es la clave de la ciencia eterna,
      La invisible cadena creatriz
      Que une al hombre con Dios y con sus obras
      Y Adán a Cristo, y el principio al fin.

      De aquel hervor de luz está manando
      El rocío del alma. Ebrio de amor
      Y de delicia tiembla el firmamento,
      Inunda el creador la creación.

      ¡Si, el Creador! Cuya grandeza misma
      Es la que nos impide verlo aquí,
      Pero que, como atmósfera de gracia
      Se hace entretanto por doquier sentir...
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    Pastorcita
      Pastorcita perdió sus ovejas
      ¡Y quién sabe por dónde andarán!
      -No te enfades, que oyeron tus quejas
      Y ellas mismas bien pronto vendrán.

      Y no vendrán solas, que traerán sus colas,
      Y ovejas y colas gran fiesta darán.
      Pastorcita se queda dormida,
      Y soñando las oye balar.

      Se despierta y las llama enseguida,
      Y engañada se tiende a llorar.
      No llores, pastora, que niña que llora
      Bien pronto la oímos reír y cantar.

      Levantóse contenta, esperando
      Que ha de verlas bien presto quizás;
      Y las vio; mas dio un grito observando
      Que dejaron las colas detrás.

      Ay mis ovejitas, ¡pobres raboncitas!
      ¿Dónde están mis colas? ¿No las veré más?
      Pero andando con todo el rebaño
      Otro grito una tarde soltó,
      Cuando un gajo de un viejo castaño
      Cargadito de colas halló.

      Secándose al viento, dos, tres, hasta ciento,
      Allí unas tras otra ¡colgadas las vio!
      Dio un suspiro y un golpe en la frente,
      Y ensayó cuanto pudo inventar,
      Miel, costura, variado ingrediente,
      Para tanto rabón remendar;
      Buscó la colita de cada ovejita
      Y al verlas como antes se puso a bailar.
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    Preludio de primavera
      Ya viene la galana primavera
      Con su séquito de aves y flores,
      Anunciando a la lívida pradera
      Blando engramado y música de amores.

      Deja ¡oh amiga! el nido acostumbrado
      Enfrente de la inútil chimenea;
      Ve a mirar el sol resucitado
      Y el milagro de luz que nos rodea.

      Deja ese hogar, nuestra invención mezquina:
      Ven a este cielo, al inmortal brasero;
      Con el amor de Dios nos ilumina
      Y abrasa como padre al mundo entero.

      Ven a este mirador, ven y presencia
      La primera entrevista cariñosa
      Tras largo tedio y dolorosa ausencia
      Del rubio sol y su morena esposa;

      Ella no ha desceñido todavía
      Su sayal melancólico de duelo,
      Y en su primera sonrisa de alegría
      Con llanto de dolor empapa el suelo.

      No esperaba tan pronto al tierno amante,
      Y recelosa en su contento llora,
      Y parece decirle sollozante:
      ¿Por qué si te has de ir vienes ahora?

      Ya se oye palpitar bajo esa nieve
      Tu noble pecho maternal, Natura,
      Y el sol palpita enamorado y bebe
      El llanto postrimer de tu amargura.

      "¡Oh, que brisa tan dulce! –va diciendo-.
      "Yo traeré miel cáliz de las flores;
      "Y a su rico festín ya irán viniendo
      Mis veraneros huéspedes cantores"

      ¡Qué luz tan deliciosa! Es cada rayo,
      Larga mirada intensa de cariño,
      Sacude el cuerpo su letal desmayo
      Y el corazón se siente otra vez niño.

      Esta es la luz que rompe generosa
      Sus cadenas de hielo a los torrentes
      Y devuelve su plática armoniosa
      Y su alba espuma a las dormidas fuentes.

      Esta es la luz que pinta los jardines
      Y en ricas tintas la creación retoca;
      La que devuelve al rostro los carmines
      Y las francas sonrisas a la boca.

      Múdanse el cierzo el ábrego enojosos
      Y andan auras y céfiros triscando
      Como enjambre de niños bulliciosos
      Que salen de su escuela retozando.

      Naturaleza entera estremecida
      Comienza a preludiar la grande orquesta,
      Y hospitalaria a todos nos convida
      A disfrutar su regalada fiesta.

      Y todos le responden, toda casa
      Ábrese al sol bebiéndolo a torrentes,
      Y cada boca al céfiro que pasa,
      Y al cielo azul los ojos y las frentes.

      Al fin soltó su garra áspera y fría
      Al concentrado y taciturno invierno
      Y entran en comunión de simpatía
      Nuestro mundo interior y el mundo externo.
    Arriba

    Siempre
      Bien puede su hojarasca y polvo y hielo
      Acumular los años sobre ti;
      Mi corazón sacude el turbio velo,
      Y siempre te hallo, ¡oh dádiva del cielo!
      Fresca y radiante en mí.

      Porque a mí te envió Él, y yo he guardado
      Tu mejor luz en ánfora inmortal,
      Porque a cosas de Dios morir no es dado,
      Y eres tú claro espíritu encarnado
      En diáfano cristal.

      No hay flor cuyo matiz no degenere
      Al pasajero sol que la esmaltó.
      Tan sólo propia luz firmeza espere:
      La perla de la mar se apoca y muere;
      Las de los cielos, no.

      Nuestra querida estrella leve gasa
      O negro temporal veló tal vez;
      Que a ella el furor que el golfo arrasa
      Parece cada nubarrón que pasa
      Doblar la brillantez.

      La copa del banquete postrimera
      Deja el gusto encantado. En tu vergel
      Mi hora sonó de juventud postrera;
      Y el ángel me hallará, cuando yo muera,
      Saboreando tu miel.

      La tarde de la vida, árida y fosca,
      Pide un hogar con su genial calor.
      Si él falta, huraño el corazón se embosca
      Y la memoria en torno a sí se enrosca
      Cual serpiente en sopor.

      Así, vuelta la espalda a lo presente,
      Que, sin el ser por quien vivir sentí,
      Es noria vil, bullicio impertinente,
      Torno a buscar mi sol, mi cara fuente,
      Mi cielo, urna de ti.

      Voy para atrás, pisada por pisada,
      Recogiendo el rumor de nuestros pies,
      Repensando un silencio, una mirada,
      Un toque, un gesto... tanto que fue nada
      Y que diamante hoy es.

      Oculta, como en mágica alcancía,
      Guardé felicidad para los dos,
      Y cuando una vez fue lo es todavía,
      Que el sol del alma no es el sol de un día,
      Ni es el tiempo, es de Dios.

      Cierta, como la dicha antes de su hora,
      Es esta: y tierna cual pasado bien
      Que en escondida soledad se llora;
      Sacra como deidad que la fe adora
      Y ojos de éxtasis ven.

      Hora, hora mismo, en alta noche oscura
      Mi aurora boreal, surges aquí.
      Hay resplandor, hay brisa de hermosura;
      Alzo a ver y hallo tu mirada pura
      Vertiendo tu alma en mí.

      Y ya no media esa impaciencia ingrata,
      Ese exceso de luz que impide ver
      Y que, al gustar el bien, nos lo arrebata,
      La sal de la amargura hoy aquilata
      El néctar del placer.

      ¡Ah! Cuando osen a ti dardos y afrentas,
      Cuando te odies tú misma en tu dolor,
      Cuando apagada y lóbrega te sientas
      Abre mi corazón. Allí te ostentas
      En todo tu esplendor.

      ¿Dónde esta él? Donde tu estés. Bien sabes
      Que fue, por fiel a ti, conmigo infiel.
      Ábrelo, que en tu voz están sus llaves;
      Pero, al mirarte en su cristal, no laves
      Lo que escribiste en él.
    Arriba

    Simón el bobito
      Simón el bobito llamó al pastelero:
      ¡A ver los pasteles, los quiero probar!
      -Sí, repuso el otro, pero antes yo quiero
      Ver ese cuartillo con que has de pagar.
      Buscó en los bolsillos el buen Simoncito
      Y dijo: ¡De veras! No tengo ni unito.

      A Simón el bobito le gusta el pescado
      Y quiere volverse también pescador,
      Y pasa las horas sentado, sentado,
      Pescando en el balde de mamá Leonor.

      Hizo Simoncito un pastel de nieve
      Y a asar en las brasas hambriento lo echó,
      Pero el pastelito se deshizo en breve,
      Y apagó las brasas y nada comió.

      Simón vio unos cardos cargando viruelas
      Y dijo: -¡qué bueno! las voy a coger.
      Pero peor que agujas y puntas de espuelas
      Le hicieron brincar y silbar y morder.

      Se lavó con negro de embolar zapatos
      Porque su mamita no le dio jabón,
      Y cuando cazaban ratones los gatos
      Espantaba al gato gritando: ¡ratón!

      Ordeñando un día la vaca pintada
      Le apretó la cola en vez del pezón;
      Y ¡aquí de la vaca! le dio tal patada
      Que como un trompito bailó don Simón.

      Y cayó montado sobre la ternera
      Y doña ternera se enojó también
      Y ahí va otro brinco y otra pateadera
      Y dos revolcadas en un santiamén.

      Se montó en un burro que halló en el mercado
      Y a cazar venados alegre partió,
      Voló por las calles sin ver un venado,
      Rodó por las piedras y el asno se huyó.

      A comprar un lomo lo envió taita Lucio,
      Y él lo trajo a casa con gran precaución
      Colgado del rabo de un caballo rucio
      Para que llegase limpio y sabrosón.

      Empezando apenas a cuajarse el hielo
      Simón el bobito se fue a patinar,
      Cuando de repente se le rompe el suelo
      Y grita: ¡Me ahogo! ¡Vénganme a sacar!

      Trepándose a un árbol a robarse un nido,
      La pobre casita de un mirlo cantor,
      Desgájase el árbol, Simón da un chillido,
      Y cayó en un pozo de pésimo olor.

      Ve un pato, le apunta, descarga el trabuco:
      Y volviendo a casa le dijo a papá:
      Taita yo no puedo matar pajaruco
      Porque cuando tiro se espanta y se va.

      Viendo una salsera llena de mostaza
      Se tomó un buen trago creyéndola miel,
      Y estuvo rabiando y echando babaza
      Con tamaña lengua y ojos de clavel.

      Vio un montón de tierra que estorbaba el paso
      Y unos preguntaban ¿Qué haremos aquí?
      Bobos -dijo el niño resolviendo el caso-
      Que abran un grande hoyo y la echen allí

      Lo enviaron por agua, y él fue volandito
      Llevando el cedazo para echarla en él
      Así que la traiga el buen Simoncito
      Seguirá su historia pintoresca y fiel.
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    Súplica
      Va entre sombras y luz mi pensamiento,
      Va entre amor y dolor mi corazón:
      Verte, es mi bien; no verte, mi tormento;
      Y el verte es ¡ay! para decirte ¡adiós!

      ¡Ser feliz lo que dura una mirada!
      Ser nuestro amor secreto de los dos,
      ¡Y no poder el alma enamorada
      Ir a ti en alas de mi triste adiós!

      ¡Ser mío tu corazón, y amando tanto
      Darme sólo un relámpago de amor!
      De ese incesante enamorado canto
      ¡Sólo escuchar la nota del adiós!

      Mi bien, si me amas tú, si me adivinas
      Responde a las tinieblas a mi voz:
      Cíñeme así de flores o de espinas,
      ¡Pero dame algo mas que un triste adiós!
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    Torbellino a misa
      I

      Ande la rueda
      Del torbellino
      Tray-la-ra-lá.

      Es la rueda del destino;
      El que se queda se queda;
      ¡Pronto el vecino
      Me alcanzará!
      Tray-la-ra-lá.

      Privilegio no se alegra
      En torbellino de amor.

      El primero es el que llega
      Y el que llega es el mejor.
      Siga el que pueda
      Mi remolino.
      Tray-la-ra-lá.

      ¡Bien venido el que ya vino!
      ¡Bien quedado el que se queda!
      Y ni un comino
      Se me dará
      Tray-la-ra-lá.

      Sepa que juega el que juega
      El torbellino de amor.
      El que pasa, se relega;
      A un pícaro, otro mayor.

      II

      ¡Y ande la rueda
      Del torbellino!
      Si alguien se enreda
      Abra camino,
      Y como seda
      Venga el vecino.
      Tray-la-ra-lá.

      Pero en la rueda
      Del torbellino
      Sepa el que vino
      Que el que se va,
      Pronto lo hereda
      Quien seguir pueda
      Mi remolino
      Tray-la-ra-lá.

      ¡Y ande la rueda
      Del torbellino!
      No retroceda
      Ni el más ladino.
      Que igual moneda
      Se pagará.
      Tray-la-ra-lá.

      Nadie interceda
      Por el vecino,
      Que en esta rueda
      No hay San Padrino;
      Y si mohíno uno queda,
      Muerda un pepino
      Y por do vino
      Se marchará.
      Tray-la-ra-lá.

      Quede el que queda
      Siempre que pueda,
      O retroceda
      De su camino.
      Tray-la-ra-lá.

      Que esta es la rueda
      De mi destino
      Y ni un comino
      Se me dará.
      Tray-la-ra-lá.

      III

      Siga la rueda
      Del torbellino,
      Que en la arboleda
      Ya rueda el trino
      Del gurrumino
      Curruculá:
      El adivino
      Del matutino
      Sol asesino
      Del torbellino
      Cuando en lo fino
      Ya entrando va.
      Tray-la-ra-lá.

      IV

      Ya el alba ufana
      Sabrosa mana
      Su fresco aroma
      De mejorana;
      Y la paloma
      Dice al palomo:
      Piquito romo
      Curruculá.

      Ya en los candiles
      Luces febriles
      Ora levantan
      La llamarada,
      Ora se espantan
      De la alborada
      Torbellinada
      Que andando va;
      Y una guiñada
      De enamorada
      Como embriagada
      La luz no da.
      Curruculá.

      ¡Y ande la rueda
      Del torbellino
      Que no la exceda
      La de un molino!
      ¡Ande, y suceda
      Lo que suceda,
      Que esta es la rueda
      De amor dañino
      Y todo indino
      La pagará!
      Tray-la-ra-lá.

      ¡Ande el molino
      Pueda o no pueda,
      Que con su rueda
      Me engolosino!
      ¡Qué polvareda,
      Qué remolino.
      Loca humareda
      De amor y vino,
      Lampos de seda,
      Trombas de lino,
      Ya el pie se enreda,
      Ya pierdo el tino,
      Ya no hay vereda,
      Ya es desatino!
      Rueda que rueda
      Cada vecino
      Con la que queda
      Por su camino,
      Y nadie sabe
      Por donde va.
      Tray-la-ra-lá.

      Y canta el ave
      Tierna y suave
      ¡Curruculá,
      Curruculá!
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    Un beso
      Nube con nube fulminante choca:
      ¡Esa es la tempestad!
      Estréllanse una boca y otra boca:
      ¡Esa es la muerte
      O es la felicidad!
      ¡Dame un beso, alma mía! De esa suerte
      Yo ansío en tus brazos desposar la muerte
      Con la felicidad.
    Arriba

    Vals
      ¡Más y más rápida
      Vuele la música!
      ¡Más y más agiles
      Giren los pies!

      En abrazo íntimo
      Locos lancémonos
      A la vorágine
      De la embriaguez.

      Amantes hálitos
      Pueblan la atmósfera,
      Y al rico estrépito
      Cimbra el salón.

      Y de cien lámparas
      Los prismas trémulos
      Arpas eólicas
      Vibrando son.

      Diamantes príncipes
      Se eclipsan pálidos
      Al ojo fébrido
      De la beldad.

      Y en lunas vénetas
      Hierve a relámpagos
      De oro y de púrpura,
      Su claridad.

      Del valse al ímpetu
      Formas angélicas
      Despiden ráfagas
      De tentación:

      Las telas púdicas
      Forman un vórtice
      Que causa vértigos
      Al corazón.
      Cometas fúlgidos,
      ¡Cuántos espíritus
      En vuestras órbitas
      Girando van!
      Vuestra periódica
      vuelta balsámica
      Mil ojos tímidos
      Ansiando están.
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    Valsando
      Casta madonna del siglo trece,
      En fondo de oro la blanca luna;
      Un cielo inmenso, sin mancha alguna,
      Que al que lo mira rejuvenece,
      Y en su éter puro nos desvanece,
      Dando alas de ángel al corazón;

      Y en mis oídos vibrando el rápido
      Vals embriagante de aquellos días
      En que girando loca de júbilo
      Entre mis brazos amanecías,
      Y negra hallábamos el alba hermosa
      Que con tus tintas de perla y rosa
      Nos daba el toque de dispersión.

      En esta noche, bajo este cielo,
      A sus compases inflamadores,
      Que alegre mi alma levanta el vuelo
      Y torna al cielo de sus amores,
      Y ya percibe tu aura de flores,
      Y el dulce peso...
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