Mostrando entradas con la etiqueta México. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta México. Mostrar todas las entradas

Sor Juana Inés de la Cruz

.
    Información biográfica

  1. A una rosa
  2. Amor inoportuno
  3. Ante la ausencia
  4. Contiene una fantasía contenta con amor decente
  5. Continúa el mismo asunto y aún le expresaa con más viva elegancia
  6. De amor, puesto antes en sujeto indigno, es enmienda blasonar del arrepentimiento
  7. De una reflexión cuerda con que mitiga el dolor de una pasión
  8. Día de Comunión
  9. En que da moral censura a una rosa, y en ella a sus semejantes
  10. En que satisfaga un recelo con la retórica de un llanto
  11. Excusándose
  12. Expresa los efectos del amor divino
  13. La sentencia del justo
  14. Letras para cantar
  15. Muestra se debe escoger antes que exponerse a los ultrajes de la vejez
  16. Nacimiento de Cristo
  17. Oración traducida del latín
  18. Procura desmentir los elogios que a un retrato de la poetisa inscribió la verdad, que llama pasión
  19. Prosigue el mismo asunto y determina que prevalezca la razón contra el gusto
  20. Que consuela a un celoso epilogando la serie de los amores
  21. Quéjase de la suerte: insinúa su aversión a los vicios, y justifica su divertimento a las musas
  22. Redondillas
  23. Resuelve la cuestión de cuál sea pesar más molesto en encontradas correspondencias: amar o aborrecer
  24. Sentimientos de ausente
  25. Teme que su afecto parezca


Información biográfica
    Nombre: Juana Inés de Asbaje y Ramírez de Santillana
    Lugar y fecha nacimiento: San Miguel Nepantla, Nueva España (actualmente México), 12 de noviembre de 1651
    Lugar y fecha defunción: Ciudad de México, Nueva España (actualmente México), 17 de abril de 1695 (43 años)
    Nacionalidad: Novohispana
    Ocupación: Religiosa de la Orden de San Jerónimo, escritora, poeta
    Movimiento: Barroco

    Fuente: [Sor Juana Inés de la Cruz] en Wikipedia.org
Arriba

    A una rosa
      Rosa divina, que en gentil cultura
      Eres con tu fragante sutileza
      Magisterio purpúreo en la belleza,
      Enseñanza nevada a la hermosura.

      Amago de la humana arquitectura,
      Ejemplo de la vana gentileza,
      En cuyo ser unió naturaleza
      La cuna alegre y triste sepultura.

      ¡Cuán altiva en tu pompa, presumida
      Soberbia, el riesgo de morir desdeñas,
      Y luego desmayada y encogida.

      De tu caduco ser das mustias señas!
      Con que con docta muerte y necia vida,
      Viviendo engañas y muriendo enseñas.
    Arriba

    Amor inoportuno
      Dos dudas en qué escoger
      Tengo, y no sé a cual prefiera,
      Pues vos sentís que no quiera
      Y yo sintiera querer.

      Con que si a cualquiera lado
      Quiero inclinarme, es forzoso
      Quedando el uno gustoso
      Que otro quede disgustado

      Si daros gusto me ordena
      La obligación, es injusto
      Que por daros a vos gusto
      Haya yo de tener pena.

      Y no juzgo que habrá quien
      Apruebe sentencia tal,
      Como que me trate mal
      Por trataros a vos bien.

      Mas por otra parte siento
      Que es también mucho rigor
      Que lo que os debo en amor
      Pague en aborrecimiento.

      Y aún irracional parece
      Este rigor, pues se infiere,
      Si aborrezco a quien me quiere
      ¿Qué haré con quien aborrezco?

      No sé cómo despacharos,
      Pues hallo al determinarme
      Que amaros es disgustarme
      Y no amaros disgustaros;

      Pero dar un medio justo
      En estas dudas pretendo,
      Pues no queriendo, os ofendo,
      Y queriéndoos me disgusto.

      Y sea esta la sentencia,
      Porque no os podáis quejar,
      Que entre aborrecer y amar
      Se parta la diferencia,

      De modo que entre el rigor
      Y el llegar a querer bien,
      Ni vos encontréis desdén
      Ni yo pueda encontrar amor.

      Esto el discurso aconseja,
      Pues con esta conveniencia
      Ni yo quedo con violencia
      Ni vos os partís con queja.

      Y que estaremos infiero
      Gustosos con lo que ofrezco;
      Vos de ver que no aborrezco,
      Yo de saber que no quiero.

      Sólo este medio es bastante
      A ajustarnos, si os contenta,
      Que vos me logréis atenta
      Sin que yo pase a lo amante,

      Y así quedo en mi entender
      Esta vez bien con los dos;
      Con agradecer, con vos;
      Conmigo, con no querer.

      Que aunque a nadie llega a darse
      En este gusto cumplido,
      Ver que es igual el partido
      Servirá de resignarse.
    Arriba

    Ante la ausencia
      Divino dueño mío,
      Si al tiempo de partirme
      Tiene mi amante pecho
      Alientos de quejarse,
      Oye mis penas, mira mis males.

      Aliéntese el dolor,
      Si puede lamentarse,
      Y a la vista de perderte
      Mi corazón exhale
      Llanto a la tierra, quejas al aire.

      Apenas tus favores
      Quisieron coronarme,
      Dichoso más que todos,
      Felices como nadie,
      Cuando los gustos fueron pesares.

      Sin duda el ser dichoso
      Es la culpa más grave,
      Pues mi fortuna adversa
      Dispone que la pague
      Con que a mis ojos tus luces falten,

      ¡Ay, dura ley de ausencia!
      ¿Quién podrá derogarte,
      Ai a donde yo no quiero
      Me llevas, sin llevarme,
      Con alma muerta, vivo cadáver?

      ¿Será de tus favores
      Sólo el corazón cárcel
      Por ser aún el silencio
      Si quiero que los guarde,
      Custodio indigno, sigilo frágil?

      Y puesto que me ausento,
      Por el último vale
      Te prometo rendido
      Mi amor y fe constante,
      Siempre quererte, nunca olvidarte.
    Arriba

    Contiene una fantasía contenta con amor decente
      Deténte, sombra de mi bien esquivo,
      Imagen del hechizo que más quiero,
      Bella ilusión por quien alegre muero,
      Dulce ficción por quien penosa vivo.

      Si al imán de tus gracias atractivo
      Sirve mi pecho de obediente acero,
      ¿Para qué me enamoras lisonjero,
      Si has de burlarme luego fugitivo?

      Mas blasonar no puedes satisfecho
      De que triunfa de mí tu tiranía;
      Que aunque dejas burlado el lazo estrecho

      Que tu forma fantástica ceñía,
      Poco importa burlar brazos y pecho
      Si te labra prisión mi fantasía
    Arriba

    Continúa el mismo asunto y aún le expresaa con más viva elegancia
      Feliciano me adora y le aborrezco;
      Lisardo me aborrece y yo le adoro;
      Por quien no me apetece, ingrato lloro,
      Y al que me llora tierno, no apetezco:

      A quien más me desdora, el alma ofrezco;
      A quien me ofrece víctimas, desdoro;
      Desprecio al que enriquece mi decoro
      Y al que le hace desprecios enriquezco;

      Si con mi ofensa al uno reconvengo,
      Me reconviene el otro a mí ofendido
      Y al padecer de todos modos vengo;

      Pues ambos atormentan mi sentido;
      Aqueste con pedir lo que no tengo
      Y aquel con no tener lo que le pido.
    Arriba

    De amor, puesto antes en sujeto indigno, es enmienda blasonar del arrepentimiento
      Cuando mi error y tu vileza veo,
      Contemplo, Silvio, de mi amor errado,
      Cuán grave es la malicia del pecado,
      Cuán violenta la fuerza de un deseo.

      A mi misma memoria apenas creo
      Que pudiese caber en mi cuidado
      La última línea de lo despreciado,
      El término final de un mal empleo.

      Yo bien quisiera, cuando llego a verte,
      Viendo mi infame amor poder negarlo;
      Mas luego la razón justa me advierte

      Que sólo me remedia en publicarlo;
      Porque del gran delito de quererte
      Sólo es bastante pena confesarlo.
    Arriba

    De una reflexión cuerda con que mitiga el dolor de una pasión
      Con el dolor de la mortal herida,
      De un agravio de amor me lamentaba,
      Y por ver si la muerte se llegaba
      Procuraba que fuese más crecida.

      Toda en el mal el alma divertida,
      Pena por pena su dolor sumaba,
      Y en cada circunstancia ponderaba
      Que sobraban mil muertes a una vida.

      Y cuando, al golpe de uno y otro tiro
      Rendido el corazón, daba penoso
      Señas de dar el último suspiro,

      No sé con qué destino prodigioso
      Volví a mi acuerdo y dije: ¿qué me admiro?
      ¿Quién en amor ha sido más dichoso?
    Arriba

    Día de Comunión
      Amante dulce del alma,
      Bien soberano a que aspiro,
      Tú que sabes las ofensas
      Castigar a beneficios;
      Divino imán en que adoro
      Hoy que tan propicio os miro
      Que me animas a la osadía
      De poder llamaros mío;
      Hoy, que en unión amorosa,
      Pareció a vuestro cariño,
      Que si no estabais en mí
      Era poco estar conmigo;
      Hoy, que para examinar
      El afecto con que os sirvo,
      Al corazón en persona
      Habéis entrado vos mismo,
      Pregunto ¿es amor o celos
      Tan cuidadoso escrutinio?
      Que quien lo registra todo
      Da de sospechar indicios.
      Mas ¡ay, bárbara ignorante,
      Y que de errores he dicho,
      Como si el estorbo humano
      Obstara al lince divino!
      Para ver los corazones
      No es menester asistirlos;
      Que para vos son patentes
      Las entrañas del abismo.
      Con una intuición presente
      Tenéis en vuestro registro,
      El infinito pasado,
      Hasta el presente finito;
      Luego no necesitabais,
      Para ver el pecho mío,
      Si lo estáis mirando sabio,
      Entrar a mirarlo fino;
      Luego es amor, no celos,
      Lo que en vos miro.
    Arriba

    En que da moral censura a una rosa, y en ella a sus semejantes
      Rosa divina que en gentil cultura
      Eres, con tu fragante sutileza,
      Magisterio purpúreo en la belleza,
      Enseñanza nevada a la hermosura.

      Amago de la humana arquitectura,
      Ejemplo de la vana gentileza,
      En cuyo ser unió naturaleza
      La cuna alegre y triste sepultura.

      ¡Cuán altiva en tu pompa, presumida,
      Soberbia, el riesgo de morir desdeñas,
      Y luego desmayada y encogida

      De tu caduco ser das mustias señas,
      Con que con docta muerte y necia vida,
      Viviendo engañas y muriendo enseñas!
    Arriba

    En que satisfaga un recelo con la retórica de un llanto
      Esta tarde, mi bien, cuando te hablaba,
      Como en tu rostro y en tus acciones veía
      Que con palabras no te persuadía,
      Que el corazón me vieses deseaba.

      Y Amor, que mis intentos ayudaba,
      Venció lo que imposible parecía,
      Pues entre el llanto que el dolor vertía,
      El corazón deshecho destilaba.

      Baste ya de rigores, mi bien, baste,
      No te atormenten más celos tiranos,
      Ni el vil recelo tu quietud contraste

      Con sombras necias, con indicios vanos:
      Pues ya en líquido humor viste y tocaste
      Mi corazón deshecho entre tus manos.
    Arriba

    Excusándose de un silencio
      Pedirte, señora, quiero
      De mi silencio perdón,
      Si lo que ha sido atención,
      Le hace parecer grosero.

      Y no me podrás culpar
      Si hasta aquí mi proceder,
      Por ocuparse en querer
      Se ha olvidado de explicar.

      Que en mi amorosa pasión
      No fue descuido ni mengua
      Quitar el uso a la lengua
      Por dárselo al corazón.

      Ni de explicarme dejaba,
      Que como la pasión mía
      Acá en el alma te hablaba

      Y en esta idea notable
      Dichosamente vivía;
      Porque en mi mano tenía
      El fingirte favorable.

      Con traza tan peregrina
      Vivió mi esperanza vana
      Pues te puedo hacer humana
      Concibiéndote divina.

      ¡Oh, cuán loco llegué a verme
      En tus dichosos amores,
      Que aún fingidos tus favores
      Pudieron enloquecerme!

      ¡Oh, cuán loco llegué a verme
      En tus dichosos amores,
      Que aún fingidos tus favores
      Pudieron enloquecerme!

      ¡Oh, cómo en tu Sol hermoso
      Mi ardiente afecto encendido,
      Por cebarse en lo lúcido,
      Olvidó lo peligroso!

      Perdona, si atrevimiento
      Fue atreverme a tu ardor puro;
      Que no hay Sagrado seguro
      De culpas de pensamiento.

      De esta manera engañaba
      La loca esperanza mía,
      Y dentro de mí tenía
      Todo el bien que deseaba.

      Mas ya tu precepto grave
      Rompe mi silencio mudo;
      Que él solamente ser pudo
      De mi respeto la llave.

      Y aunque el amar tu belleza
      Es delito sin disculpa,
      Castíguense la culpa
      Primero que la tibieza.

      No quieras, pues, rigurosa,
      Que estando ya declarada,
      Sea de veras desdichada
      Quien fue de burlas dichosa.

      Si culpas mi desacato,
      Culpa también tu licencia;
      Que si es mala mi obediencia,
      No fue justo tu mandato.

      Y si es culpable mi intento,
      Será mi afecto preciso;
      Porque es amarte un delito
      De que nunca me arrepiento.

      Esto en mis afectos halló,
      Y más, que explicar no sé;
      Mas tú, de lo que callé,
      Inferirás lo que callo.
    Arriba

    Expresa los efectos del amor divino
      Traigo conmigo un cuidado
      Y tan esquivo que creo
      Que aunque sé sentirlo tanto,
      Aún yo misma no lo siento.

      Es amor, pero es amor
      Que faltándole lo ciego,
      Los ojos que tiene son
      Para darle más tormento.

      El término no es a quo,
      Que causa el pesar, que veo,
      Que siendo el término el bien
      Todo el dolor es el medio.

      Si es lícito y aún debido
      Este cariño que tengo
      ¿Por qué me han de dar castigo
      Porque pago lo que debo?

      ¡Oh cuánta fineza, oh cuántos
      Cariños he visto tiernos!
      Que amor que se tiene en Dios
      Es calidad sin opuestos.

      De lo lícito no puede
      Hacer contrarios conceptos
      Con que es amor que al olvido
      No puede vivir expuesto.

      Yo me acuerdo ¡oh nunca fuera!
      Que he querido en otro tiempo
      Lo que pasó de locura
      Y lo que excedió de extremo.

      Más como era amor bastardo
      Y de contrarios compuesto,
      Fue fácil desvanecerse
      De achaque de su ser mesmo.

      Mas ahora ¡ay de mí! Está
      Tan en su natural centro,
      Que la virtud y razón
      Son quien aviva su incendio.

      Quien tal oyere dirá
      Que si es así ¿por qué peno?
      Más mi corazón ansioso
      Dirá que por eso mesmo.

      ¡Oh humana flaqueza nuestra,
      Adonde el más puro afecto
      Aún no sabe desnudarse
      Del natural sentimiento!

      Tan precisa es la apetencia
      Que a ser amados tenemos,
      Que aún sabiendo que no sirve
      Nunca dejarla sabemos.

      Que corresponda a mi amor
      Nada añade, mas no puedo
      Por más que lo solicito
      Dejar yo de apetecerlo.

      Si es delito, ya lo digo;
      Si es culpa, ya lo confieso,
      Mas no puedo arrepentirme
      Por más que hacerlo pretendo.

      Bien ha visto quien penetra
      Lo interior de mis secretos
      Que yo misma estoy formando
      Los dolores que padezco.

      Bien sabe que soy yo misma
      Verdugo de mis deseos,
      Pues muertos entre mis ansias,
      Tienen sepulcro en mi pecho.

      Muero ¿quién lo creerá?, a manos
      De la cosa que más quiero,
      Y el motivo de matarme
      Es el amor que le tengo.

      Así alimentando triste
      La vida con el veneno,
      La misma muerte que vivo,
      Es la vida con que muero.

      Pero, valor, corazón,
      Porque en tan dulce tormento,
      En medio de cualquier suerte
      No dejar de amar protesto.

      II

      Mientras la gracia me excita
      Por elevarse a la esfera,
      Más me abate a lo profundo
      El peso de mis miserias.

      La virtud y la costumbre
      En el corazón pelean
      Y el corazón agoniza
      En tanto que lidian ellas.

      Y aunque es la virtud tan fuerte,
      Temo que tal vez la venzan.
      Que es muy grande la costumbre
      Y está la virtud muy tierna.

      Obscurécense el discurso
      Entre confusas tinieblas
      Pues ¿quién podrá darme luz
      Si está la razón a ciegas?

      De mí misma soy verdugo
      Y soy cárcel de mí mesma.
      ¿Quién vio que pena y penante
      Una propia cosa sean?

      Hago disgusto a lo mismo
      Que más agradar quisiera;
      Y del disgusto que doy,
      En mí resulta la pena.

      Amo a Dios y siento en Dios,
      Y hace mi voluntad mesma
      De lo que es alivio, cruz;
      Del mismo puerto, tormenta.

      Padezca, pues Dios lo manda,
      Mas de tal manera sea
      Que si son penas las culpas,
      Que no sean culpas las penas.
    Arriba

    La sentencia del justo
      Firma Pilatos la que juzga ajena
      Sentencia, y es la suya. ¡Oh caso fuerte!
      ¿Quién creerá que firmando ajena muerte
      El mismo juez en ella se condena?

      La ambición de sí tanto le enajena
      Que con el vil temor ciego no advierte
      Que carga sobre sí la infausta suerte,
      Quien al Justo sentencia a injusta pena.

      Jueces del mundo, detened la mano,
      Aún no firméis, mirad si son violencias
      Las que os pueden mover de odio inhumano;

      Examinad primero las conciencias,
      Mirad no haga el Juez recto y soberano
      Que en la ajena firméis vuestras sentencias.
    Arriba

    Letras para cantar
      Hirió blandamente el aire
      Con su dulce voz Narcisa,
      Y él le repitió los ecos
      Por boca de las heridas.

      De los celestiales Ejes
      El rápido curso fija,
      Y en los Elementos cesa
      La discordia nunca unida.

      Al dulce imán de su voz
      Quisieran, por asistirla,
      Firmamento ser el Móvil,
      El Sol ser estrella fija.

      Tan bella, sobre canora,
      Que el amor dudoso admira,
      Si se deben sus arpones
      A sus ecos, o a su vista.

      Porque tan confusamente
      Hiere, que no se averigua,
      si está en la voz la hermosura,
      O en los ojos la armonía.

      Homicidas sus facciones
      El mortal cambio ejercitan;
      Voces, que alteran los ojos
      Rayos que el labio fulmina.

      Quién podrá vivir seguro,
      Si su hermosura Divina
      Con los ojos y las voces
      Duplicadas armas vibra.

      El Mar la admira Sirena,
      Y con sus marinas Ninfas
      Le da en lenguas de las Aguas
      Alabanzas cristalinas:
      Pero Fabio que es el blanco
      Adonde las flecha tira,
      Así le dijo, culpando
      De superfluas sus heridas:
      No dupliques las armas,
      Bella homicida,
      Que está ociosa la muerte
      Donde no hay vida.
    Arriba

    Muestra se debe escoger antes que exponerse a los ultrajes de la vejez
      Miró Celia una rosa que en el prado
      Ostentaba feliz la pompa vana
      Y con afeites de carmín y grana
      Bañaba alegre el rostro delicado;

      Y dijo: Goza, sin temor del hado,
      El curso breve de tu edad lozana,
      Pues no podrá la muerte de mañana
      Quitarte lo que hubieres hoy gozado.

      Y aunque llega la muerte presurosa
      Y tu fragante vida se te aleja,
      No sientas el morir tan bella y moza:

      Mira que la experiencia te aconseja
      Que es fortuna morirte siendo hermosa
      Y no ver el ultraje de ser vieja.
    Arriba

    Nacimiento de Cristo
      De la más fragante rosa
      Nació la abeja más bella,
      A quien el limpio rocío
      Dio purísima materia.

      Nace, pues, y apenas nace,
      Cuando en la misma moneda,
      Lo que en perlas recibió
      Empieza a pagar en perlas.

      Que llora el alba, no es mucho
      Que es costumbre en su belleza;
      Mas ¿quién hay que no se admire
      De que el sol lágrimas vierta?

      Si es por secundar la rosa,
      Es ociosa diligencia,
      Pues no es menester rocío
      Después de nacer la abeja.

      Y más cuando en la clausura
      De su virginal pureza
      Ni antecedente haber pudo,
      Ni puede haber quien suceda,

      ¿Pues a qué fin es el llanto,
      Que dulcemente riega?
      Quien no puede dar más fruto
      ¿Qué importa que estéril sea?

      Mas ay, que la abeja tiene
      Tan íntima dependencia
      Siempre con la rosa, que
      Depende su vida de ella;

      Pues dándole néctar puro,
      Que sus fragancias engendran,
      No sólo antes le concibe
      Pero después le alimenta.

      Hijo y madre, en tan divinas
      Peregrinas competencias,
      Ninguno queda deudor,
      Y ambos obligados quedan.

      La abeja paga el rocío
      De que la rosa la engendra,
      Y ella vuelve a retornarle con
      Lo mismo que la engendra.

      Ayudando el uno al otro
      Con mutua correspondencia,
      La abeja a la flor fecunda,
      Y ella a la abeja sustenta.

      Pues si por eso es el llanto,
      Llore Jesús, norabuena,
      Que lo que expende en rocío
      Cobrará después en néctar.
    Arriba

    Oración traducida del latín
      Ante tus ojos benditos
      Las culpas manifestamos,
      Y las heridas mostramos,
      Que hicieron nuestros delitos.

      Si el mal, que hemos cometido,
      Viene a ser considerado,
      Menor es lo tolerado,
      Mayor es lo merecido.

      La conciencia nos condena,
      No hallando en ella disculpa,
      Que respecto de la culpa,
      Es muy liviana la pena.

      Del pecado el duro azar
      Sentimos, que padecemos
      Y nunca enmendar queremos
      La costumbre de pecar.

      Cuando en tus azotes suda
      Sangre la naturaleza,
      Se rinde nuestra flaqueza,
      Y la maldad no se muda.

      Cuando el pecado mancilla
      La mente con fiera herida,
      Padece el alma afligida,
      Y la cerviz no se humilla.

      La vida suelta la rienda
      En su acostumbrado error,
      Suspira por el dolor,
      Y en el obrar no se enmienda.

      Puestos entre dos extremos,
      En cualquiera peligramos;
      Si esperas, no la enmendamos;
      Si te vengas, nos perdemos.

      De la aflicción el quebranto
      Nos obliga a la contricción
      Y en pasando la aflicción,
      Se olvida también el llanto.

      Cuando tu castigo empieza
      Promete el temor humano;
      Y en suspendiendo la mano,
      No se cumple la promesa.

      Cuando nos hieres, clamamos
      Que el perdón nos des, que puedes,
      Y así que nos lo concedes.
      Otra vez te provocamos.

      Tienes a la humana gente
      Convicta en su confesión,
      Que si no le das perdón,
      La acabarás justamente.

      Concede al humilde ruego
      Sin mérito a quien criaste,
      Tú que de nada formas
      A quien te rogará luego.
    Arriba

    Procura desmentir los elogios que a un retrato de la poetisa inscribió la verdad, que llama pasión
      Este que ves, engaño colorido,
      Que, del arte ostentando los primores,
      Con falsos silogismos de colores
      Es cauteloso engaño del sentido;

      Este en quien la lisonja ha pretendido
      Excusar de los años los horrores
      Y venciendo del tiempo los rigores
      Triunfar de la vejez y del olvido:

      Es un vano artificio del cuidado;
      Es una flor al viento delicada;
      Es un resguardo inútil para el hado;

      Es una necia diligencia errada;
      Es un afán caduco, y, bien mirado,
      Es cadáver, es polvo, es sombra, es nada.
    Arriba

    Prosigue el mismo asunto y determina que prevalezca la razón contra el gusto
      Al que ingrato me deja, busco amante;
      Al que amante me sigue, dejo ingrata;
      Constante adoro a quien mi amor maltrata;
      Maltrato a quien mi amor busca constante.

      Al que trato de amor, hallo diamante,
      Y soy diamante al que de amor me trata;
      Triunfante quiero ver al que me mata,
      Y mato al que me quiere ver triunfante.

      Si a este pago, padece mi deseo;
      Si ruego a aquel, mi pundonor enojo:
      De entrambos modos infeliz me veo.

      Pero yo, por mejor partido, escojo
      De quien no quiero, ser violento empleo,
      Que, de quien no me quiere, vil despojo.
    Arriba

    Que consuela a un celoso epilogando la serie de los amores
      Amor empieza por desasosiego,
      Solicitud, ardores y desvelos;
      Crece con riesgos, lances y recelos;
      Susténtase de llantos y de ruego.

      Doctrínanle tibiezas y despego,
      Conserva el ser entre engañosos velos,
      Hasta que con agravios o con celos
      Apaga con sus lágrimas su fuego.

      Su principio, su medio y fin es éste:
      ¿Pues por qué, Alcino, sientes el desvío
      De Celia, que otro tiempo bien te quiso?

      ¿Qué razón hay de que dolor te cueste?
      Pues no te engañó amor, Alcino mío,
      Sino que llegó el término preciso.
    Arriba

    Quéjase de la suerte: insinúa su aversión a los vicios, y justifica su divertimento a las musas
      ¿En perseguirme, mundo, qué interesas?
      ¿En qué te ofendo, cuando sólo intento
      Poner bellezas en mi entendimiento
      Y no mi entendimiento en las bellezas?

      Yo no estimo tesoros ni riquezas,
      Y así, siempre me causa más contento
      Poner riquezas en mi entendimiento
      Que no mi entendimiento en las riquezas.

      Y no estimo hermosura que vencida
      Es despojo civil de las edades
      Ni riqueza me agrada fementida,

      Teniendo por mejor en mis verdades
      Consumir vanidades de la vida
      Que consumir la vida en vanidades.
    Arriba

    Redondillas
      Hombres necios que acusáis
      A la mujer sin razón,
      Sin ver que sois la ocasión
      De lo mismo que culpáis:

      Si con ansia sin igual
      Solicitáis su desdén,
      ¿Por qué queréis que obren bien
      Si las incitáis al mal?

      Cambatís su resistencia
      Y luego, con gravedad,
      Decís que fue liviandad
      Lo que hizo la diligencia.

      Parecer quiere el denuedo
      De vuestro parecer loco
      El niño que pone el coco
      Y luego le tiene miedo.

      Queréis, con presunción necia,
      Hallar a la que buscáis,
      Para pretendida, Thais,
      Y en la posesión, Lucrecia.

      ¿Qué humor puede ser más raro
      Que el que, falto de consejo,
      Él mismo empaña el espejo,
      Y siente que no esté claro?

      Con el favor y desdén
      Tenéis condición igual,
      Quejándoos, si os tratan mal,
      Burlándoos, si os quieren bien.

      Siempre tan necios andáis
      Que, con desigual nivel,
      A una culpáis por crüel
      Y a otra por fácil culpáis.

      ¿Pues como ha de estar templada
      La que vuestro amor pretende,
      Si la que es ingrata, ofende,
      Y la que es fácil, enfada?

      Mas, entre el enfado y pena
      Que vuestro gusto refiere,
      Bien haya la que no os quiere
      Y quejaos en hora buena.

      Dan vuestras amantes penas
      A sus libertades alas,
      Y después de hacerlas malas
      Las queréis hallar muy buenas.

      ¿Cuál mayor culpa ha tenido
      En una pasión errada:
      La que cae de rogada,
      O el que ruega de caído?

      ¿O cuál es más de culpar,
      Aunque cualquiera mal haga:
      La que peca por la paga,
      O el que paga por pecar?

      Pues ¿para qué os espantáis
      De la culpa que tenéis?
      Queredlas cual las hacéis
      O hacedlas cual las buscáis.

      Dejad de solicitar,
      Y después, con más razón,
      Acusaréis la afición
      De la que os fuere a rogar.

      Bien con muchas armas fundo
      Que lidia vuestra arrogancia,
      Pues en promesa e instancia
      Juntáis diablo, carne y mundo.
    Arriba

    Resuelve la cuestión de cuál sea pesar más molesto en encontradas correspondencias: amar o aborrecer
      Que no me quiera Fabio al verse amado
      Es dolor sin igual, en mi sentido;
      Mas que me quiera Silvio aborrecido
      Es menor mal, mas no menor enfado.

      ¿Qué sufrimiento no estará cansado,
      Si siempre le resuenan al oído,
      Tras la vana arrogancia de un querido,
      El cansado gemir de un desdeñado?

      Si de Silvio me cansa el rendimiento,
      A Fabio canso con estar rendida:
      Si de éste busco el agradecimiento,

      A mí me busca el otro agradecida:
      Por activa y pasiva es mi tormento,
      Pues padezco en querer y ser querida.
    Arriba

    Sentimientos de ausente
      Amado dueño mío,
      Escucha un rato mis cansadas quejas,
      Pues del viento las fío,
      Que breve las conduzca a tus orejas,
      Si no se desvanece el triste acento
      Como mis esperanzas en el viento.

      Óyeme con los ojos,
      Ya que están tan distantes los oídos,
      Y de ausentes enojos
      En ecos de mi pluma mis gemidos;
      Y ya que a ti no llega mi voz ruda,
      Óyeme sordo, pues me quejo muda.

      Si del campo te agradas,
      Goza de sus frescuras venturosas
      Sin que aquestas cansadas
      Lágrimas te detengan enfadosas;
      Que en él verás, si atento te entretienes
      Ejemplo de mis males y mis bienes.

      Si al arroyo parlero
      Ves, galán de las flores en el prado,
      Que amante y lisonjero
      A cuantas mira intima su cuidado,
      En su corriente mi dolor te avisa
      Que a costa de mi llanto tiene risa.

      Si ves que triste llora
      Su esperanza marchita, en ramo verde,
      Tórtola gemidora,
      En él y en ella mi dolor te acuerde,
      Que imitan con verdor y con lamento,
      Él mi esperanza y ella mi tormento.

      Si la flor delicada,
      Si la peña, que altiva no consiente
      Del tiempo ser hollada,
      Ambas me imitan, aunque variamente,
      Ya con fragilidad, ya con dureza,
      Mi dicha aquella y esta mi firmeza.

      Si ves el ciervo herido
      Que baja por el monte, acelerado
      Buscando dolorido
      Alivio del mal en un arroyo helado,
      Y sediento al cristal se precipita,
      No en el alivio en el dolor me imita,

      Si la liebre encogida
      Huye medrosa de los galgos fieros,
      Y por salvar la vida
      No deja estampa de los pies ligeros,
      Tal mi esperanza en dudas y recelos
      Se ve acosa de villanos celos.

      Si ves el cielo claro,
      Tal es la sencillez del alma mía;
      Y si, de luz avaro,
      De tinieblas emboza el claro día,
      es con su oscuridad y su inclemencia,
      imagen de mi vida en esta ausencia.

      Así que, Fabio amado
      Saber puede mis males sin costarte
      La noticia cuidado,
      Pues puedes de los campos informarte;
      Y pues yo a todo mi dolor ajusto,
      Saber mi pena sin dejar tu gusto.
      Mas ¿cuándo ¡ay gloria mía!
      Mereceré gozar tu luz serena?

      ¿Cuándo llegará el día
      Que pongas dulce fin a tanta pena?
      ¿Cuándo veré tus ojos, dulce encanto,
      Y de los míos quitarás el llanto?

      ¿Cuándo tu voz sonora
      Herirá mis oídos delicada,
      Y el alma que te adora,
      De inundación de gozos anegada,
      A recibirte con amante prisa
      Saldrá a los ojos desatada en risa?

      ¿Cuándo tu luz hermosa
      Revestirá de gloria mis sentidos?
      ¿Y cuándo yo dichosa,
      Mis suspiros daré por bien perdidos,
      Teniendo en poco el precio de mi llanto?
      Que tanto ha de penar quien goza tanto.

      ¿Cuándo de tu apacible
      Rostro alegre veré el semblante afable,
      Y aquel bien indecible
      A toda humana pluma inexplicable?
      Que mal se ceñirá a lo definido
      Lo que no cabe en todo lo sentido.

      Ven, pues, mi prenda amada,
      Que ya fallece mi cansada vida
      De esta ausencia pesada;
      Ven, pues, que mientras tarda tu venida,
      Aunque me cueste su verdor enojos,
      Regaré mi esperanza con mis ojos.
    Arriba

    Teme que su afecto parezca
      Señora, si la belleza
      Que en vos llego a contemplar
      Es bastante a conquistar
      La más inculta dureza,

      ¿Por qué hacéis que el sacrificio
      Que debo a vuestra luz pura
      Debiéndose a la hermosura
      Se atribuya al beneficio?

      Cuando es bien que glorias cante,
      De ser vos, quien me ha rendido,
      ¿Queréis que lo agradecido
      Se equivoque con lo amante?

      Vuestro favor me condena
      A otra especie de desdicha,
      Pues me quitáis con la dicha
      El mérito de la pena.

      Si no es que dais a entender
      Que favor tan singular,
      Aunque se puede lograr,
      No se puede merecer.

      Con razón, pues la hermosura
      Aún llegada a poseerse,
      Si llega a merecerse,
      Dejará de ser ventura.

      Que estar un digno cuidado
      Con razón correspondido,
      Es premio de lo servido,
      Y no dicha de lo amado.

      Que dicha se ha de llamar
      Sólo la que, a mi entender,
      Ni se puede merecer,
      Ni se pretende alcanzar.

      Ya que este favor excede
      Tanto a todos, al lograrse,
      Que no sólo no pagarse,
      Más ni agradecer se puede.

      Pues desde el dichoso día
      Que vuestra belleza vi,
      Tal del todo me rendí,
      Que no me quedó acción mía.

      Con lo cual, señora, muestro,
      y a decir mi amor se atreve,
      Que nadie pagaros debe,
      Que vos honréis lo que es vuestro.

      Bien sé que es atrevimiento
      Pero el amor es testigo
      Que no sé lo que me digo
      Por saber lo que me siento.

      Y en fin, perdonad por Dios,
      Señora, que os hable así,
      Que si yo estuviera en mí
      No estuvierais en mí vos.

      Sólo quiero suplicaros
      Que de mí recibáis hoy,
      No sólo el alma que os doy,
      Mas la que quisiera daros.
    Arriba

José Rosas Moreno

.
    Información biográfica

  1. El ratoncillo ignorante
  2. El valle de mi infancia
  3. La flor y la nube
  4. La vuelta a la aldea
  5. ¡Quién pudiera vivir siempre soñando!


Información biográfica
    Nombre: José Rosas Moreno
    Lugar y fecha nacimiento: Lagos de Moreno, Jalisco, México, 14 de agosto de 1838
    Lugar y fecha defunción: León, Guanajuato, México, 13 de julio de 1883 (44 años)
    Ocupación: Escritor, periodista, fabulista, poeta
Comúnmente es considerado como el mejor fabulista mexicano; sus apólogos son de los más notables que se han escrito en México.

Fuente: [José Rosas Moreno] en Wikipedia.org

Arriba

    El ratoncillo ignorante
      Un ratoncito pequeño,
      Sin malicia todavía,
      Al despertar de su sueño,
      Se sentó en su cuarto un día.

      Delante del agujero
      Sentado un gatito estaba
      Y con tono zalamero
      Así al ratoncito hablaba:

      —Sal, querido ratoncillo,
      Que te quiero acariciar,
      Te traigo un dulce exquisito
      Que te voy a regalar.

      —Tengo un azúcar muy buena,
      Miel y nueces deliciosas...
      Si sales, a boca llena
      Podrás comer de mil cosas.

      El ratoncillo ignorante
      Del agujero salió;
      Y don gato en el instante
      A mi ratón devoró.
    Arriba

    El valle de mi infancia
      Salud, ¡oh valle hermoso!
      Albergue de placer, donde dichoso
      Entre sueños espléndidos de amores,
      Vi deslizarse un día,
      Cual se desliza el agua entre las flores,
      Los dulces años de la infancia mía.

      Valle umbroso, salud: hoy el viajero
      Tu abrigo lisonjero
      Busca ansioso con ávida mirada,
      Bendice la quietud de tus vergeles,
      Y reclina su frente ensangrentada
      A la sombra feliz de tus laureles.

      Aquí esta la montaña, allí está el río;
      Allá del bosque umbrío
      La silenciosa majestad se admira;
      Allí el lago retrata el firmamento;
      La fuente, más allá, lenta suspira,
      Y agitando los sauces gime el viento.

      Allí la cruz está donde, inspirado,
      El bien del desgraciado
      Imploraba con místico cariño,
      Elevando a los cielos mis plegarias,
      Y estas agrestes rocas solitarias
      Las mismas son que amé cuando era niño.

      Pero es otro el rocío, otra la brisa
      Que hoy el abril te da con su sonrisa;
      Otras las rosas son de encanto llenas
      Que brillan entre el césped de tu alfombra,
      Y otras, y otras también las azucenas
      Que crecen a tu sombra.

      Cual las olas que pasan suspirando
      Los años van pasando;
      Un instante con flores se embellecen,
      Un punto brilla su fulgor mentido,
      Y al fin se desvanecen
      En las oscuras sombras del olvido.

      ¿En dónde están ahora aquellas rosas
      Tan puras, tan hermosas...?
      Están, ¡oh valle!, donde está la calma
      De aquellos bellos días tan risueños;
      En donde está mi amor, gloria del alma,
      Y en donde están también mis dulces sueños.

      Yo era feliz aquí; yo me adormía
      En plácida alegría,
      Por la dulce inocencia acariciado,
      Sin más amor que tú, sin otro anhelo
      Que amar tus flores y cruzar tu prado,
      Cantar tus fuentes y mirar tu cielo.

      Una tarde las aves se alejaban,
      Y al ver cómo volaban,
      Sentí el alma agitarse en ansias locas
      Y quise, como el águila atrevida,
      Cruzar las selvas, dominar las rocas,
      Y aspirar otro ambiente y otra vida:

      Y al huracán seguí; y al ver el mundo
      Sentí en el corazón horror profundo;
      Anhelé las tranquilas soledades
      Donde feliz reía,
      Y sentí que mi espíritu oprimía
      La atmósfera letal de las ciudades.

      Gozo y placer busqué, gloria y ventura;
      Y sólo hallé amargura,
      Inquietudes y afán, tedio y congojas;
      Del viento del dolor al soplo ardiente,
      Cual de tus bellos árboles las hojas,
      Se secó la guirnalda de mi frente.

      En vano allí busqué la dulce calma
      Y el casto amor del alma:
      Sólo en la multitud con mis pesares
      Me confundí gimiendo,
      Y apagose perdido entre el estruendo
      El tímido rumor de mis cantares.

      Esquivando el furor de la tormenta,
      Cual ave voy que el huracán ahuyenta,
      Y ansioso busco ahora
      En tu silencio plácido y tranquilo,
      El apacible asilo
      Donde al menos en paz el alma llora.

      También, ¡oh valle!, a marchitar tus galas
      La airada tempestad tiende sus alas;
      Tus flores huella y con furor se agita
      Marchitando sus vívidos colores...
      ¡Dichosas esas flores
      Que el huracán marchita!

      Lejos contemplo ya la infancia mía,
      Y muy lejos la tumba todavía;
      Oculto afán me mata,
      Mi destino en la tierra es muy incierto,
      Y lúgubre a mi vista se dilata
      Inmenso el porvenir como un desierto.

      Sin oír una voz dulce y querida,
      Solo estoy en el valle de la vida,
      Cual el ciprés doliente
      Que en eterno abandono se consume,
      Sin guirnaldas de hiedras en su frente,
      Sin que le dé una flor grato perfume.

      Nadie piensa en mi amor, nadie me mira,
      Nadie por mí suspira;
      Tan sólo la tristeza con mis dolores gime,
      Y entre sus brazos trémula me oprime
      Y reclina en su seno mi cabeza.

      E1 alma ardiente que en mi afán seguía
      Dulce hermana inmortal del alma mía,
      Me niega su ternura,
      Y sin oír mi queja,
      Insensible a mi amarga desventura,
      Sin enjugar mis lágrimas se aleja.
      Ya que en vano la llamo cariñoso
      Para cruzar con ella el bosque umbroso,
      Para contarle amante mi querella
      Y dividir con ella mi alegría,
      Para soñar con ella
      Esta sombra de amor que dura un día.

      A lo mejor gozar el alma quiere
      En el sueño ideal que nunca muere,
      Del infinito anhelo
      En que Dios le revela su destino,
      La esperanza feliz del bien divino
      Con que existen las almas en el cielo.

      Aquí morir quisiera
      Al rumor de tu brisa lisonjera;
      Pero ¡ay, delirio!, mi ansiedad es vana
      Y el soplo sigo del destino airado...
      ¡Quién sabe en dónde me hallaré mañana!
      ¡Quién sabe en dónde moriré ignorado!

      Queda en paz, dulce valle, umbroso asilo,
      Donde existe tranquilo,
      Plácido albergue de mi amor primero.
      Ya va el sol ocultando sus fulgores,
      Y adiós te dice el infeliz viajero
      Empapando en sus lágrimas tus flores.
    Arriba

    La flor y la nube
      Sobre una estéril pradera,
      El diáfano azul del cielo
      Cruzaba en rápido vuelo
      Una nube pasajera.

      Viola pasar una flor
      Que abrasada se moría,
      Y en su penosa agonía
      Le dijo así con amor:

      "Yo te bendigo: la suerte
      Es conmigo generosa,
      Dios te manda, nube hermosa,
      A librarme de la muerte."

      "Joven soy, morir no quiero;
      En tus bondades confío;
      Una gota de rocío
      Por piedad, porque me muero."

      Pero la nube orgullosa,
      Insensible caminando,
      "No puedo, dijo pasando,
      Servir a tan noble rosa."

      "Que si todos los pesares
      De las flores mitigara,
      Pienso que no me bastara
      Con el agua de los mares."

      La flor exhaló un suspiro
      Y la nube en el momento,
      Agitada por el viento
      Siguió su rápido giro.

      Cruzó la selva sombría,
      Cruzó también la ribera;
      Pero siempre en donde quiera
      La tristeza la seguía.

      Sintió al pronto una profunda,
      Indefinible ansiedad,
      Y por fin tuvo piedad
      De la rosa moribunda;

      Y del punto en que se hallaba,
      Con rapidez se volvió,
      Y a la pradera llegó
      Cuando la tarde expiraba.

      De la flor sobre la frente
      Tendió su ligero manto,
      Y regándola con llanto,
      Exclamaba dulcemente:

      "Despierta, yo soy; despierta,
      Yo te traigo la alegría."
      Mas la flor no respondía:
      La infeliz estaba muerta.

      Guardad tan triste lección
      En el alma desde ahora:
      Niños, mostradle al que llora
      Una santa compasión.

      Si el pobre a rogaros va,
      No le miréis con desdén,
      Que es muy triste hacer el bien
      Cuando es inútil quizá.
    Arriba

    La vuelta a la aldea
      Ya el sol oculta su radiosa frente;
      Melancólico brilla en occidente
      Su tímido esplendor;
      Ya en las selvas la noche inquieta vaga
      Y entre las brisas lánguido se apaga
      El último cantar del ruiseñor.

      ¡Cuánto gozo escuchando embelesado
      Ese tímido acento apasionado
      Que en mi niñez oí!
      Al ver de lejos la arboleda umbrosa
      ¡Cuál recuerdo, en la tarde silenciosa,
      La dicha que perdí!

      Aquí al son de las aguas bullidoras,
      De mi dulce niñez las dulces horas
      Dichoso vi pasar,
      Y aquí mil veces, al morir el día
      Vine amante después de mi alegría
      Dulces sueños de amor a recordar.

      Ese sauce, esa fuente, esa enramada,
      De una efímera gloria ya eclipsada
      Mudos testigos son:
      Cada árbol, cada flor, guarda una historia
      De amor y de placer, cuya memoria
      Entristece y halaga el corazón.

      Aquí está la montaña, allí está el río;
      A mi vista se extiende el bosque umbrío
      Donde mi dicha fue.
      ¡Cuántas veces aquí con mis pesares
      Vine a exhalar de amor tristes cantares!
      ¡Cuánto de amor lloré!

      Acá la calle solitaria; en ella
      De mi paso en los céspedes la huella
      El tiempo ya borró.
      Allá la casa donde entrar solía
      De mi padre en la dulce compañía.
      ¡Y hoy entro en su recinto sólo yo!

      Desde esa fuente, por la vez primera,
      Una hermosa mañana la ribera
      A Laura vi cruzar,
      Y de aquella arboleda en la espesura,
      Una tarde de mayo, con ternura
      Una pálida flor me dio al pasar.

      Todo era entonces para mí risueño;
      Mas la dicha en la vida es sólo un sueño,
      Y un sueño fue mi amor.
      Cual eclipsa una nube al rey del día,
      La desgracia eclipsó la dicha mía
      En su primer fulgor.

      Desatose estruendoso el torbellino,
      Al fin airado me arrojó el destino
      De mi natal ciudad.
      Así, cuando es feliz entre sus flores,
      ¡Ay!, del nido en que canta sus amores
      Arroja al ruiseñor la tempestad.

      Errante y sin amor siempre he vivido;
      Siempre errante en las sombras del olvido...
      ¡Cuán desgraciado soy!
      Mas la suerte conmigo es hoy piadosa;
      Ha escuchado mi queja cariñosa,
      Y aquí otra vez estoy.

      No sé, ni espero, ni ambiciono nada;
      Triste suspira el alma destrozada
      Sus ilusiones ya:
      Mañana alumbrará la selva umbría
      La luz del nuevo sol, y la alegría
      ¡Jamás al corazón alumbrará!

      Cual hoy, la tarde en que partí doliente,
      Triste el sol derramaba en occidente
      Su moribunda luz:
      Suspiraba la brisa en la laguna
      Y alumbraban los rayos de la luna
      La solitaria cruz.

      Tranquilo el río reflejaba al cielo,
      Y una nube pasaba en blando vuelo
      Cual pasa la ilusión;
      Cantaba el labrador en su cabaña,
      Y el eco repetía en la montaña
      La misteriosa voz de la oración.

      Aquí está la montaña, allí está el río...
      Mas, ¿dónde está mi fe? ¿Dónde, Dios mío,
      Dónde mi amor está?
      Volvieron al vergel brisas y flores,
      Volvieron otra vez los ruiseñores...
      Mi amor no volverá.

      ¿De qué me sirven, en mi amargo duelo,
      De los bosques los lirios, y del cielo
      El mágico arrebol;
      El rumor de los céfiros suaves
      Y el armonioso canto de las aves,
      Si ha muerto ya de mi esperanza el sol?

      Del arroyo en las márgenes umbrías
      No miro ahora, como en otros días,
      A Laura sonreír.
      ¡Ay! En vano la busco, en vano lloro;
      Ardiente en vano su piedad imploro:
      ¡Jamás ha de venir!
    Arriba

    ¡Quién pudiera vivir siempre soñando!
      Es la existencia un cielo,
      Cuando el alma soñando embelesada,
      Con amoroso anhelo,
      En los ángeles fija su mirada.
      ¡Feliz el alma que a la tierra olvida
      Para vivir gozando!
      ¡Quién pudiera olvidarse de la vida!
      ¡Quién pudiera vivir siempre soñando!

      En esa estrecha y mísera morada
      Es un sueño engañoso la alegría;
      La gloria es humo y nada
      Y el más ardiente amor gloria de un día.
      Afán eterno al corazón destroza
      Cuando los sueños ¡ay!, nos van dejando.
      Sólo el que sueña goza.
      ¡Quién pudiera vivir siempre soñando!

      De su misión se olvidan las mujeres,
      Los hombres viven en perpetua guerra;
      No hay amistad, ni dicha, ni placeres;
      Todo es mentira ya sobre la tierra.
      Suspira el corazón inútilmente...
      La existencia que voy atravesando
      Es hermosa entre sueños solamente.
      ¡Quién pudiera vivir siempre soñando!

      Sin mirar el semblante a la tristeza,
      Pasé de la niñez a la dulce aurora,
      Contemplando entre sueños la belleza
      De ardiente juventud fascinadora.
      Pero ¡ay!, se disipó mi sueño hermoso,
      Y desde entonces siempre estoy llorando
      Porque sólo el que sueña es venturoso.
      ¡Quién pudiera vivir siempre soñando!
    Arriba

Juan de Dios Peza

.
    Información biográfica

  1. A México
  2. A mis hijas
  3. Bebé
  4. César en casa
  5. Confidencias a una estrella
  6. El cuento de Margot
  7. En cada corazón arde una llama
  8. En las ruinas de Mitla
  9. En mi barrio
  10. Este era un rey
  11. Fusiles y muñecas
  12. Mi mejor lauro
  13. Mi padre
  14. Nieve de estío
  15. Post-umbra
  16. Reír llorando
  17. Sin sobre
  18. Un consejo de familia


Información biográfica
    Nombre: Juan de Dios Peza
    Lugar y fecha nacimiento: México D.F., México, 29 de junio de 1852
    Lugar y fecha defunción: México D.F., México, 16 de marzo de 1910 (57 años)
    Ocupación: Poeta, escritor, político
    Movimiento: Romanticismo

    Fuente: [Juan de Dios Peza] en Wikipedia.org
Arriba

    A México
      En las últimas desgracias de España.

      Allá del revuelto mar
      Tras los secos arenales,
      Donde sus limpios cristales
      Las ondas van a estrellar,
      Donde en lucha singular
      Disputando a la Fortuna
      Las ciudades una a una,
      De sus guerreros el brío,
      Mostraron su poderío
      La cruz y la media luna;

      En esa tierra encantada,
      Que esconde, en perpetuo Abril,
      Las lágrimas de Boabdil
      En las vegas de Granada;
      Donde el ave enamorada
      Repite entre los vergeles
      El canto de los gomeles,
      Y cuelga su frágil nido
      Del minarete prendido
      Entre ojivas y caireles;

      Donde soñados ultrajes
      Vengaron fieros zegríes,
      Regando los alelíes,
      Con sangre de abencerrajes;
      Donde entre muros de encajes
      Y torres de filigrana,
      Lloró la hermosa sultana
      Amorosos sentimientos
      A los rítmicos acentos
      De una trova castellana;

      Allá donde nueva luz
      Alumbró, limpia y serena,
      Sobre la morisca almena
      El símbolo de la cruz;
      En ese suelo andaluz,
      Cuyos cármenes hollando,
      Y en otro mundo soñando,
      Cruzaron en su corcel
      La magnánima Isabel
      Y el católico Fernando.

      En esa región que encierra
      Tantos recuerdos de gloria;
      En ese altar de la Historia;
      En ese edén de la tierra;
      No el azote de la guerra
      Infunde duelo y pavor,
      Ni causa fiero dolor
      Que mira asombrado el mundo
      El negro contagio inmundo;
      Allí otra plaga mayor.

      Surgen allí tempestades
      Del suelo entre las entrañas,
      Y vacilan las montañas,
      Y se arrasan las ciudades
      Escombros y soledades
      Son el cortijo y la aldea;
      La muerte se enseñorea,
      Y, en medio de tanta ruina,
      Se ve cual llama divina
      La Caridad que flamea.

      Con sordo bramido el duelo
      Todo lo enluta y recorre;
      Yace la maciza torre
      En pedazos sobre el suelo.
      Salvarse forma el anhelo
      De los espantados seres,
      Y hombres, niños y mujeres
      Las crispadas manos juntan,
      Y viendo al cielo preguntan.
      "Dinos Dios, ¿por qué nos hieres?"

      Recordando en sus delitos
      Las bíblicas amenazas,
      Van por las calles y plazas
      Confesándolos a gritos.
      Los corazones precitos
      Se niegan a palpitar
      Y todos ven transformar
      Al golpe del terremoto,
      El abismo el verde soto,
      Y en escombros el hogar.

      Se abate el pesado muro
      Que adornó silvestre yedra
      Y brotan de cada piedra
      Una oración y un conjuro.
      No hay un asilo seguro;
      Ciérnese el ángel del mal;
      Cada fosa sepulcral
      Ábrese ante fuerza extraña,
      Y parece que en España
      Comienza el juicio final.

      Y entre la nube sombría
      Que el denso polvo levanta,
      El coro terrible espanta
      De los gritos de agonía.
      Y entre aquella vocería,
      Con rostro desencajado,
      El padre busca espantado,
      Con ayes desgarradores
      El nido de sus amores,
      Entre escombros sepultado.

      Convulsa, pálida, errante,
      Sobre el suelo que se agita
      La madre se precipita
      Por la angustia delirante;
      Vuela en pos del hijo amante;
      El rostro al abismo asoma
      Lo llama llorando, y toma
      Por voz del hijo querido,
      La que acompaña al crujido
      De un techo que se desploma.

      En repentina orfandad,
      Trémulas las manos tienden
      Los niños, que no comprenden
      Su espantosa soledad.
      Tan solo la caridad
      Velará después por ellos,
      Curando con sus destellos
      Su miseria y su aflicción:
      ¡Cómo no amarlos, si son
      Tan inocentes, tan bellos!

      ¿Qué pecho no se conmueve
      Ante cuadro tan sombrío,
      Que el corazón más bravío
      A contemplar no se atreve?
      Ante el infortunio aleve
      ¿Quién no es noble?, ¿quién no es bueno?
      ¿Quién de piedad no está lleno,
      Cuando es la virtud mayor,
      Aún más que el propio dolor,
      Sentir el dolor ajeno?

      Manda ¡oh, noble patria mía!
      La ofrenda de tus piedades
      A las hoy tristes ciudades
      De la hermosa Andalucía.
      No es favor, es hidalguía;
      Es deber, no vanidad.
      Llamen otro Caridad
      Estos óbolos del hombre,
      Tienen nombre, sólo un nombre;
      Se llaman Fraternidad.

      Con tierno entusiasmo santo,
      Mezcla ¡oh, patria amante y buena!
      Esa pena con tu pena,
      Ese llanto con tu llanto.
      Si al mirar ese quebranto,
      Tu triste historia repasas,
      Verás que angustias no escasas
      Pasó, entre llantos prolijos,
      Por amparar a tus hijos
      Bartolomé de las Casas.
    Arriba

    A mis hijas
      Mi tristeza es un mar; tiene su bruma
      Que envuelve densa mis amargos días;
      Sus olas son de lágrimas; mi pluma
      Está empapada en ellas, hijas mías.
      Vosotras sois las inocentes flores
      Nacidas de ese mar en la ribera;
      La sorda tempestad de mis dolores
      Sirve de arrullo a vuestra edad primera.
      Nací para luchar; sereno y fuerte
      Cobro vigor en el combate rudo;
      Cuando pague mi audacia con la muerte,
      Caeré cual gladiador sobre mi escudo.

      Llevenme así a vosotras; de los hombres
      Ni desdeño el poder ni el odio temo;
      Pongo todo mi honor en vuestros nombres
      Y toda el alma en vuestro amor supremo.
      Para salir al mundo vais de prisa.
      ¡Ojalá que esa vez nunca llegara!
      Pues hay que ahogar el llanto con la risa,
      Para mirar al mundo cara a cara.

      No me imitéis a mí: yo me consuelo
      Con abrir más los bordes de mi herida;
      Imitad en lo noble a vuestro abuelo:
      ¡Sol de virtud que iluminó mi vida!

      Orad y perdonad; siempre es inmensa
      Después de la oración la interna calma,
      Y el ser que sabe perdonar la ofensa
      Sabe llevar a Dios dentro del alma.

      Sea vuestro pecho de bondades nido,
      No ambicionéis lo que ninguno alcanza,
      Coronad el perdón con el olvido
      Y la austera virtud con la esperanza.

      Sin dar culto a los frívolos placeres
      Que la pureza vuestra frente ciña,
      Buscad alma de niña en las mujeres
      Y buscad alma de ángel en la niña.

      Nadie nace a la infamia condenado,
      Nadie hereda la culpa de un delito,
      Nunca para ser siervas del pecado
      Os disculpéis clamando: estaba escrito.

      ¡Existir es luchar! No es infelice
      Quien, luchando, de espinas se corona;
      Abajo, todo esfuerzo se maldice,
      Arriba, toda culpa se perdona.

      Se apaga la ilusión cual lumbre fatua
      Y la hermosura es flor que se marchita;
      La mujer sin piedad es una estatua
      Dañosa al mundo y del hogar proscrita.

      No fijéis en el mal vuestras pupilas
      Que víbora es el mal que todo enferma,
      Y haced el bien para dormir tranquilas
      Cuando yo triste en el sepulcro duerma.

      Nunca me han importado en este suelo
      Renombre, aplausos, oropeles, gloria:
      Procurar vuestro bien, tal es mi anhelo;
      Amaros y sufrir tal es mi historia.

      Cuando el sol de mi vida tenga ocaso
      Recordad mis consejos con ternura,
      Y en cada pensamiento, en cada paso,
      Buscad a Dios tras de la inmensa altura.

      Yo anhelo que, al morir, por premio santo,
      Tengan de vuestro amor en los excesos:
      Las flores de mi tumba vuestro llanto,
      Las piedras de mi tumba vuestros besos.
    Arriba

    Bebé
      Cuenta Bebé dos meses no cumplidos,
      Pero burlando al tiempo y sus reveses,
      Como todos los niños bien nacidos
      Parece un señorón de 20 meses.

      Rubio, y con ojos como dos luceros
      Lo vi con traje de color de grana
      En un escaparate de Plateros
      Un domingo de Pascua en la mañana.

      Iban conmigo Concha y Margarita
      Y al mirar las dos, ambas gritaron:
      "¡Mira padre, qué cara tan bonita!"
      Y trémulas de gozo me miraron.

      ¿Quién al ver que en sus hijas se subleva
      La ambición de adueñarse de un muñeco,
      No se siente vencido cuando lleva
      Dos duros en la bolsa del chaleco?

      Ha vencido -pensé- si está comprado,
      Y como es natural tiene otros dueños
      Mis hijas perderán el encantado
      Palacio de sus mágicos ensueños.

      Pero movido el paternal cariño,
      Entré a la tienda a realizar su antojo,
      Y dije al vendedor: "Quiero ese niño
      De crenchas blondas y vestido rojo".

      Abrió entonces la alcoba de cristales
      Tomó a Bebé, lo puso entre mis manos,
      Y convirtió a mis hijas en rivales
      Porque el amor divide a los hermanos.

      "Para mí" -Concha me gritó importuna-,
      "Para mí" -me gritaba Margarita-,
      Y yo les grité al fin: "para ninguna"
      Con la seca aridez de un cenobita.

      Reinó un silencio entre las dos profundo,
      Y yo recordé entonces conturbado
      Este axioma tristísimo del mundo:
      "Ser rival es odiar y ser odiado".

      Y así pensé: no debo en corazones
      Que de la vida llaman a la puerta,
      Encender con el celo esas pasiones,
      Que el odio atiza y el rencor despierta.

      La historia del amor con dos premisas,
      Iguala a la mujer y no os asombre;
      ¡Un muñeco en la edad de las sonrisas,
      Y en la edad de las lágrimas, un hombre!
    Arriba

    César en casa
      Juan, aquel militar de tres abriles,
      Que con gorra y fusil sueña en ser hombre,
      Y que ha sido en sus guerras infantiles
      Un glorioso heredero de mi nombre;

      Ayer, por tregua al belicoso juego,
      Dejando en un rincón la espada quieta,
      Tomó por voluntad, no a sangre y fuego,
      Mi mesa de escribir y mi gaveta.

      Allí guardo un laurel, y viene al caso
      Repetir lo que saben mis testigos:
      Esa corona de oropel y raso
      La debo, no a la gloria, a mis amigos.

      Con sus manos pequeñas y traviesas,
      Desató el niño, de la verde guía,
      El lazo tricolor en que hay impresas
      Frases que él no descifra todavía.

      Con la atención de un ser que se emociona
      Miró las hojas con extraño gesto,
      Y poniendo en mis manos la corona,
      Me preguntó con intención: -"¿Qué es esto?"

      -"Esto es -repuse- el lauro que promete
      La gloria al genio que en su luz inunda...
      -"¿Y por qué lo tienes?" -Por juguete,
      Le respondió mi convicción profunda.

      Viendo la forma oval, pronto el objeto
      Descubre el niño, de la noble gala;
      Se la ciñe, faltándome al respeto
      Y hecho un héroe se aleja por la sala.

      ¡Qué hermosa dualidad! Gloria y cariño
      Con su inocente acción enlazó ufano,
      Pues con el lauro semejaba el niño
      Un diminuto emperador romano.

      Hasta creí que de su faz severa
      Irradiaban celestes resplandores,
      Y que anhelaba en su imperial litera
      Ir al Circo a buscar los gladiadores.

      Con su nuevo disfraz quedé asombrado
      (No extrañéis en un padre estos asombros),
      Y corrí por un trapo colorado
      Que puse y extendí sobre sus hombros.

      Mirelo así con cándido embeleso,
      Me transformé en su esclavo humilde y rudo,
      Y -"¡Ave César!- le dije, dame un beso,
      ¡Yo que muero de penas, te saludo!"

      -"¿César?"- me preguntó lleno de susto
      Y yo sintiendo que su amor me abrasa,
      -"¡César!" -le respondí- "César Augusto
      De mi honor, de mi honra y de mi casa."

      Quitele el manto, le volví la espada,
      Recogí mi corona de poeta,
      Y la guardé, deshecha y empolvada,
      En el fondo sin luz de mi gaveta.
    Arriba

    Confidencias a una estrella
      Sigue, sigue blanca estrella,
      Por el cielo en que naciste,
      Sin dejar ninguna huella...
      Siempre te hallaré más bella,
      Siempre te hallaré más triste.

      Hoy vengo con mi dolor,
      Cual antes feliz venía;
      Mas ya nunca, astro de amor,
      Ceñirás con tu fulgor
      Ni su frente ni la mía.

      Tú cruzas por ese cielo,
      Dando con tu luz la calma;
      Yo cruzo por este suelo,
      Llevando en mi desconsuelo
      Lena de sombras el alma.

      Dame, dame tu luz bella;
      Que en esta alma sin amor,
      Tú sorprenderás estrella,
      En cada nube una huella,
      Y en cada huella un dolor.

      Tú que has escuchado el canto
      De mi primera pasión,
      Acompaña mi quebranto,
      Y alumbra el amargo llanto
      Que brota del corazón.

      ¡Horas del primer cariño!
      Tú las miraste lucir,
      Cuando ante tu luz de armiño,
      La niña en brazos del niño
      Soñaba en el porvenir.

      ¡Dulce amor! ¡Grata ciencia!
      ¡Blanca luz! ¡Delirio ardiente!
      ¿Por qué huyes de la existencia,
      Cuando una dura experiencia
      Va marchitando la frente?

      ¡Aquellos goces extraños,
      Aquel esperar en Dios,
      Sin recoger desengaños,
      Aquel pasar de los años
      Sin perturbar a los dos!

      Todo, todo, blanca estrella,
      Tu tibia luz alumbró;
      ¡Edad de sueños aquella,
      Envidiable, dulce, bella,
      Que para siempre huyó!

      Celia, al expirar el día,
      Por estos sitios vendrá,
      Ya no como antes venía,
      Que aquella alma que fue mía,
      Pertenece a otra alma ya.

      Antes ¡ay, cuánto embeleso!
      Sollozando de placer,
      Dejaba en mi frente un beso;
      Por eso, estrella, por eso
      No quiero volverla a ver.

      Ahora, dulce y cariñosa,
      En otro sus ojos fijos,
      Tendrá su boca amorosa
      La majestad de la esposa
      Para besar a sus hijos.

      Con tus rayos blanquecinos
      Alumbra siempre su hogar;
      Aparta nuestros caminos,
      Y ¡ay! que sus ojos divinos
      No aprendan nunca a llorar.

      Si sigues, tú, blanca estrella,
      Por el cielo en que naciste,
      Sin dejar ninguna huella...
      Siempre te hallaré más bella,
      Siempre me verás mas triste.
    Arriba

    El cuento de Margot
      Vamos, Margot, repíteme esa historia
      Que estabas refiriéndole a María,
      Ya vi que te la sabes de memoria
      Y debes enseñármela, hija mía.

      -La sé porque yo misma la compuse.
      -¿Y así no me la dices? Anda, ingrata.
      -¡Tengo compuestas diez! -¡Cómo! -repuse-,
      ¿Te has vuelto a los seis años literata?

      -¡No, literata no! Pero hago cuentos...
      -No temas que tal gusto te reproche.
      -Al ver a mis hermanos tan contentos
      Yo les compongo un cuento en cada noche.

      -¿Y cómo dice el que contando estabas?
      -Es muy triste, papá, ¿qué no lo oíste?
      -Sólo oí que lloraban y llorabas.
      -¡Ah sí, todos lloramos!, ¡es muy triste!

      Imagínate un niño abandonado
      De grandes ojos de viveza llenos,
      Rubio, risueño, gordo y colorado
      Como mi hermano Juan, ni más ni menos.

      Figúrate una noche larga y fría,
      De muda soledad, sin luz alguna,
      Y ese niño muriendo, en agonía,
      Encima de la acera, no en la cuna.

      -¿En las heladas lozas? -Sí, en la acera.
      Es decir, en la calle... ¡Qué amargura!
      -Hubo alguien que pasando lo creyera
      Un olvidado cesto de basura.

      Yo pasaba, lo vi, bajé mis brazos
      Queriendo darle maternal abrigo
      Y envuelto en un pañal hecho pedazos
      Lo alcé a mi pecho y lo llevé conmigo.

      Lloraba tanto y tanto el angelito
      Que ya estaban sus párpados muy rojos...
      Y a cada nueva queja, a cada grito
      El alma me sacaba por los ojos.

      Me lo llevé a mi cama: entre plumones
      Lo hice dormir caliente y sosegado...
      ¡Cómo hubo en este mundo corazones
      Capaces de dejarlo abandonado!

      ¡Ay! Yo sé por mi libro de lectura
      Que estudio en mis mayores regocijos,
      Que ni los tigres en la selva oscura
      Dejan abandonados a sus hijos.

      ¡Pobrecito! Yo sé su mal profundo,
      Le curo como madre toda pena;
      Parece que este niño en este mundo
      No es hijo de mujer sino de hiena.

      De mi colchón en el caliente hueco
      Duerme para que en lágrimas no estalle;
      Y, llorando, Margot mostró el muñeco
      Que en cierta noche se encontró en la calle.
    Arriba

    En cada corazón arde una llama
      En cada corazón arde una llama,
      Si aún vive la ilusión y amor impera,
      Pero en mi corazón desde que te ama
      Sin que viva ilusión, arde una hoguera.

      Oye esta confesión; te amo con miedo,
      Con el miedo del alma a tu hermosura,
      Y te traigo a mis sueños y no puedo
      Llevarte más allá de mi amargura.

      ¿Sabes lo que es vivir como yo vivo?
      ¿Sabes lo que es llorar sin fe ni calma?
      ¿Mientras se muere el corazón cautivo
      Y en la cruz del dolor expira el alma?

      Eres al corazón lo que a las ruinas
      Son los rayos del sol esplendoroso,
      Donde el reptil se arropa en las esquinas
      Y se avergüenza el sol del ser hermoso.

      Nunca podrás amarme aunque yo quiera,
      Porque lo exige así mi suerte impía,
      Y si esa misma suerte nos uniera
      Tú fueras desgraciada por ser mía.

      Deja que te contemple y que te adore,
      Y que escuche tu voz y que te admire,
      Aunque al decirte adiós, con risas llore,
      Y al volvernos a ver llore y suspire.

      Yo no quiero enlazar a mi destino
      Tu dulce juventud de horas tranquilas,
      Ni he de dar otro sol a mi camino
      Que los soles que guardan tus pupilas.

      Enternézcame siempre tu belleza
      Aunque no me des nunca tus amores,
      Y no adornes con flores tu cabeza
      Pues me encelan los besos de las flores.

      Siempre rubios, finísimos y bellos,
      Madejas de oro, en céltica guirnalda,
      Caigan flotando libres tus cabellos,
      Como un manto de reina por tu espalda.

      Es cielo azul el que mi amor desea,
      La flor que más me encanta es siempre hermosa,
      Que en tu talle gentil yo siempre vea
      Tu veste tropical de azul y rosa.

      Mírame con tus ojos adormidos,
      Sonriéndote graciosa y dulcemente,
      Y avergüenza y maldice a mis sentidos
      Mostrándome el rubor sobre tu frente.

      ¿Yo nunca seré tuyo? ¡Ay, ese día
      Oscureciera al sol duelo profundo!
      Mas para ser feliz sobre este mundo
      Bástame amarte sin llamarte mía.
    Arriba

    En las ruinas de Mitla
      Maravillas de otra edad;
      Prodigios de lo pasado;
      Páginas que no ha estudiado
      La indolente humanidad.
      ¿Por qué vuestra majestad
      Causa entusiasmo y pavor?
      Porque de tanto esplendor
      Y de tantas muertas galas,
      Están batiendo las alas
      Los siglos en derredor.

      Muda historia de granito
      Que erguida en pie te mantienes,
      ¿Qué nos escondes? ¿Qué tienes
      Por otras razas escrito?
      Cada inmenso monolito,
      Del arte eximio trabajo,
      ¿Quién lo labró? ¿Quién lo trajo
      A do nadie lo derriba?
      Lo saben, Dios allá arriba;
      La soledad aquí abajo.

      Cada obelisco de pie
      Me dice en muda arrogancia:
      Tú eres dudas e ignorancia,
      Yo soy el arte y la fe,
      Semejan de lo que fue
      Los muros viejos guardianes...
      ¡Qué sacrificios! ¡Qué afanes
      Revela lo que contemplo!
      Labrado está cada templo
      No por hombres, por titanes.

      En nuestros tiempos, ¿qué son
      Los ritos, usos y leyes,
      De sacerdotes y reyes
      Que aquí hicieron oración?
      Una hermosa tradición
      Cuya antigüedad arredra;
      Ruinas que viste la yedra
      Y que adorna el jaramago:
      ¡La epopeya del estrago
      Escrita en versos de piedra!

      Del palacio la grandeza;
      Del templo la pompa extraña;
      La azul y abrupta montaña
      Convertida en fortaleza;
      Todo respira tristeza,
      Olvido, luto, orfandad;
      ¡Aún del sol la claridad
      Se torna opaca y medrosa
      En la puerta misteriosa
      De la negra eternidad!

      Despojo de lo ignorado,
      Busca un trono la hoja seca
      En la multitud greca
      Del frontón desportillado.
      Al penate derribado
      La ortiga encubre y escuda;
      Ya socavó mano ruda
      La perdurable muralla,
      Viajero: medita y calla...
      ¡Lo insondable nos saluda!

      Sabio audaz, no inquieras nada,
      Que no sabrás más que yo;
      Aquí una raza vivió
      Heroica y civilizada;
      Extinta o degenerada,
      Sin renombre y sin poder,
      De su misterioso ser
      Aquí el esplendor se esconde
      Y aquí sólo Dios responde
      ¡Y dios no ha de responder!
    Arriba

    En mi barrio
      Sobre la rota ventana antigua
      Con tosco alféizar, con puerta exigua,
      Que hacia la oscura callejada,
      Pasmando al vulgo como estantigua
      Tallada en piedra la santa está.

      Borró la lluvia los mil colores
      Que hubo en su manto y en su dosel;
      Y recordando tiempos mejores,
      Guarda amarillas y secas flores
      De las verbenas del tiempo aquel.

      El polvo cubre sus aureolas,
      Las telarañas visten su faz,
      Nadie a sus plantas riega amapolas,
      Y ve la santa las calles solas,
      La casa triste, la gente en paz.

      Por muchos años allí prendido,
      Único adorno del tosco altar,
      Flota un guiñapo descolorido,
      Piadosa ofrenda que no ha caído
      De las desgracias al hondo mar.

      A arrebatarlo nadie se atreve,
      Símbolo antiguo de gran piedad,
      Mira del tiempo la marcha breve;
      Y cuando el aire lo empuja y mueve
      Dice a los años: "Pasad, pasad."

      ¡Pobre guiñapo que el aire enreda!
      ¡Qué amarga y muda lección me da!
      La vida pasa y el mundo rueda,
      Y siempre hay algo que se nos queda
      De tanto y tanto que se nos va.

      Tras esa virgen oscura piedra
      Que a nadie inspira santo fervor,
      Todo el pasado surge y me arredra;
      Escombros míos, yo soy la yedra;
      ¡Nidos desiertos, yo fui el amor!

      Altas paredes desportilladas
      Cuyos sillares sin musgo vi,
      ¡Cuántas memorias tenéis guardadas!
      Níveas corinas, jaulas doradas,
      Tiestos azules... ¡no estáis aquí!

      En mi azarosa vida revuelta
      Fue de esta casa dueño y señor,
      ¿Do está la ninfa, de crencha suelta,
      De grandes ojos, blanca y esbelta,
      Que fue mi encanto, mi fe, mi amor?

      ¡Oh mundo ingrato, cuántos reveses
      En ti he sufrido! La tempestad
      Todos mis campos dejó sin mieses...
      La niña duerme bajo cipreses,
      Su sueño arrulla la eternidad.

      ¡Todo ha pasado! ¡Todo ha caído!
      Sólo en mi pecho queda la fe,
      Como el guiñapo descolorido
      Que a la escultura flota prendido...
      ¡Todo se ha muerto! ¡Todo se fue!

      Pero, ¡qué amarga, profunda huella
      Llevo en mi pecho! ¡Cuán triste estoy!
      La fe radiante como una estrella,
      La casa alegre, la niña bella,
      El perro amigo... ¿dónde están hoy?

      ¡Oh calle sola, vetusta casa!
      ¡Angostas puertas de aquel balcón!
      Si todo muere, si todo pasa
      ¿Por qué esta fiebre que el pecho abrasa
      No ha consumido mi corazón?

      Ya no hay macetas llenas de flores
      Que convirtieran en un pensil
      Azotehuelas y corredores...
      Ya no se escuchan frases de amores,
      Ni hay golondrinas del mes de abril.

      Frente a la casa la cruz cristiana
      Del mismo templo donde rezó,
      Las mismas misas de la mañana,
      La misma torre con la campana
      Que entre mis brazos la despertó.

      Vetusta casa, mansión desierta,
      Mírame solo volviendo a ti...
      Arrodillado beso tu puerta
      Creyendo loco que aquella muerta
      Adentro espera pensando en mí.
    Arriba

    Este era un rey
      Ven, mi Juan, y toma asiento
      En la mejor de tus sillas;
      Siéntate aquí, en mis rodillas,
      Y presta atención a un cuento.

      Así estás bien, eso es,
      Muy cómodo, muy ufano,
      Pero ten quieta esa mano;
      Vamos, sosiega esos pies.

      Este era un rey... me maltrata
      El bigote ese cariño,
      Este era un rey... vamos niño,
      Que me rompes la corbata.

      Si vieras con qué placer
      Ese rey... ¡Jesús!, ¡qué has hecho!
      ¿Lo ves? ¡En medio del pecho
      Me has clavado un alfiler!

      ¿Y mi dolor te da risa?
      Escucha y tenme respeto:
      Este era un rey... deja quieto
      El cuello de mi camisa.

      Oír atento es la ley
      Que a cumplir aquí te obligo...
      Deja mi reloj... prosigo.
      Atención: Este era un rey...

      Me da tormentos crueles
      Tu movilidad, chicuelo,
      ¿Ves? Has regado en el suelo
      Mi dinero y mis papeles.

      Responde: ¿me has de escuchar?
      Este era un rey... ¡qué locura!
      Me tiene en grande tortura
      Que te muevas sin parar.

      Mas ¿ya estás quieto? Sí, sí
      Al fin cesa mi tormento...
      Este era un rey, oye el cuento
      Inventado para ti.

      Y agrega el niño, que es ducho
      En tramar cuentos a fe:
      "Este era un rey..." ya lo sé
      Porque lo repites mucho.

      Y me gusta el cuentecito
      Y mira ya lo aprendí:
      "Este era un rey, ¿no es así?
      "¡Qué bonito! ¡Qué bonito!"

      Y de besos me da un ciento,
      Y pienso al ver sus cariños:
      Los cuentos para los niños,
      No requieren argumento.

      Basta con entender
      Su espíritu de tal modo
      Que nos puedan hacer todo
      Lo que nos quieran hacer.

      Con lenguaje grato o rudo
      Un niño, sin hacer caso,
      Va dejando paso a paso
      A su narrador desnudo.

      Infeliz del que se escama
      Con esas dulces locuras:
      ¡Si estriba en sus travesuras
      El argumento del drama!

      ¡Oh Juan! Me alegra y me agrada
      Tu movilidad tan terca;
      Te cuento por verte cerca
      Y no por contarte nada.

      Y bendigo mi fortuna,
      Y oye el cuento y lo sabrás;
      "Era un rey a quien jamás
      Le sucedió cosa alguna".
    Arriba

    Fusiles y muñecas
      Juan y Margot, dos ángeles hermanos
      Que embellecen mi hogar con sus cariños
      Se entretienen con juegos tan humanos
      Que parecen personas desde niños.

      Mientras Juan, de tres años, es soldado
      Y monta en una caña endeble y hueca,
      Besa Margot con labios de granado
      Los labios de cartón de su muñeca.

      Lucen los dos sus inocentes galas,
      Y alegres sueñan en tan dulces lazos;
      Él, que cruza sereno entre las balas;
      Ella, que arrulla un niño entre sus brazos.

      Puesto al hombro el fusil de hoja de lata,
      El kepis de papel sobre la frente,
      Alienta el niño en su inocencia grata
      El orgullo viril de ser valiente.

      Quizá piensa, en sus juegos infantiles,
      Que en este mundo que su afán recrea,
      Son como el suyo todos los fusiles
      Con que la torpe humanidad pelea.

      Que pesan poco, que sin odios lucen,
      Que es igual el más débil el más fuerte,
      Y que, si se disparan, no producen
      Humo, fragor, consternación y muerte.

      ¡Oh, misteriosa condición humana!
      Siempre lo opuesto buscas en la tierra;
      Ya delira Margot por ser anciana,
      Y Juan, que vive en paz, ama la guerra.

      Mirándoles jugar me aflijo y callo:
      ¿Cuál será sobre el mundo su fortuna?
      Sueña el niño con armas y caballo,
      La niña con velar junto a la cuna.

      El uno corre de entusiasmo ciego,
      La niña arrulla a su muñeca inerme,
      Y mientas grita el uno: "¡Fuego, fuego!"
      La otra murmura triste: "Duerme, duerme."

      A mi lado ante juegos tan extraños
      Concha, la primogénita, me mira:
      ¡Es toda una persona de seis años
      Que charla, que comenta y que suspira!

      ¿Por qué inclina su lánguida cabeza
      Mientras deshoja inquieta algunas flores?
      ¿Será la que ha heredado mi tristeza?
      ¿Será la que comprende mis dolores?

      Cuando me rindo del dolor al peso,
      Cuando la negra duda me avasalla,
      Se me cuelga del cuello, me da un beso,
      Se le saltan las lágrimas y calla.

      Suelta sus trenzas claras y sedosas,
      Y oprimiendo mi mano entre sus manos,
      Parece que medita en muchas cosas
      Al mirar cómo juegan sus hermanos.

      Margot, que canta en madre transformada,
      Y arrulla a un hijo que jamás se queja,
      Ni tiene que llorar desengañada,
      Ni el hijo crece, ni se vuelve vieja.

      Y este guerrero audaz de tres abriles
      Que ya se finge apuesto caballero,
      No logra en sus campañas infantiles
      Manchar con sangre y lágrimas su acero.

      ¡Inocencia! ¡Niñez! ¡Dichosos nombres!
      Amo tus goces, busco tus cariños;
      ¡Cómo han de ser los sueños de los hombres
      Más dulces que los sueños de los niños!

      ¡Oh, mis hijos! No quiera la fortuna
      Turbar jamás vuestra inocente calma,
      No dejéis esa espada ni esa cuna:
      ¡Cuando son de verdad, matan el alma!
    Arriba

    Mi mejor lauro
      Con sus seis primaveras muy ufana,
      Quebrando con sus pies las hojas secas,
      Me recitó en el campo una mañana
      Mi hija mayor: "Fusiles y muñecas".

      Repitiendo mis versos no sabía
      Que colmaba el mayor de mis antojos;
      No me culpéis si oyéndola sentía,
      Lágrimas en el alma y en los ojos.

      ¡Bien! Exclamé, mi niña me interpreta
      Mejor que todos aunque a nadie cuadre;
      Yo juzgarla creí como poeta,
      Y la estaba juzgando como padre.

      Llegó la estrofa aquella en que la nombro
      Y bajando hacia el suelo la mirada,
      Vi de pronto ponerse, con asombro,
      Su faz, más que una fresa, colorada.

      ¿Qué tienes? -pregunté-, ¿por qué haces eso?
      ¿Por qué ya nada de tu labio escucho?
      Y ella me respondió, dándome un beso:
      -Me callo aquí, porque te quiero mucho.

      Nada valdrá tan cándida respuesta
      Para el que en altas concepciones fijo,
      Medir no pueda, en ocasión cual esta,
      A donde alcanza el corazón de un hijo.

      Puedo deciros la verdad desnuda:
      Como en mis versos comprendió mi duelo,
      Por no hacerme sufrir quedose muda,
      Por no verme llorar, miraba al suelo.

      Yo, alabando el poder de su memoria,
      Comprendí, perdonadme lo indiscreto,
      Que los mejores lauros de la gloria
      Son los que se cosechan en secreto.

      Vale más a mis ojos, siempre fijos
      En la eterna verdad, no en falsos nombres,
      La lágrima arrancada por mis hijos
      Que todos los aplausos de los hombres.

      Negó a mi numen su fulgor el genio,
      En el drama veraz de mis dolores
      El fondo de mi hogar es el proscenio
      Y mi padre y mis hijos los lectores.

      No busco un lauro que mi frente ciña
      Ni pide aplausos mi laúd ingrato;
      Pero... ¿por qué me olvido de la niña
      Que suspendió turbada su relato?

      Pronto volvió su faz a estar serena
      Y a brillar en sus labios la sonrisa,
      Porque el placer lo mismo que la pena
      Pasan sobre los niños muy de prisa.

      -Tus versos voy a continuar diciendo-
      Y con más firme voz soltose hablando;
      ¡Inocente! Los dijo sonriendo
      Y entonces yo los escuché llorando.

      Al terminar, sintiendo hecho pedazos
      Por el dolor mi corazón ardiente,
      Me interrogó cruzándose de brazos
      Y mirándome el rostro frente a frente.

      -¡Ay! Dime padre, cuando tú escribiste
      Los mismos versos que de oírme acabas,
      ¿Por qué estabas mirándome tan triste?
      Al mirarnos jugar, ¿en qué pensabas?

      Y ¿por qué -respondí- tan preguntona
      Indagas los misterios de mi lira?
      -Porque soy, tú lo has dicho, una persona
      Que charla, que comenta, y que suspira.

      -¡Brava razón! ¡Confórmame con eso!
      ¿No eres la que, si el duelo me avasalla,
      Se me cuelga del cuello, me da un beso,
      Se le saltan las lágrimas y calla?

      -¡Yo soy! ¡Yo soy! Me contestó orgullosa,
      Y haciéndome olvidar penas y agravios,
      Se me colgó del cuello cariñosa,
      Cerró sus ojos y besó mis labios.

      Corrió alegre después tras otros niños
      Quebrando con sus pies las hojas secas
      Y dejándome besos y cariños
      En premio de "Fusiles y muñecas".
    Arriba

    Mi padre
      Yo tengo en el hogar un soberano,
      Único a quien venera el alma mía;
      Es su corona su cabello cano,
      La honra su ley y la virtud su guía.

      En lentas horas de miseria y duelo,
      Lleno de firme y varonil constancia,
      Guarda la fe con que me habló del cielo
      En las horas primeras de mi infancia.

      La amarga proscripción y la tristeza
      En su alma abrieron incurable herida;
      Es un anciano, y lleva en su cabeza
      El polvo del camino de la vida.

      Ve del mundo las fieras tempestades,
      De la suerte las horas desgraciadas,
      Y pasa, como cristo el Tiberiades,
      De pie sobre las ondas encrespadas.

      Seca su llanto, calla sus dolores,
      Y sólo en el deber sus ojos fijos,
      Recoge espinas y derrama flores
      Sobre la senda que trazó a sus hijos.

      Me ha dicho: "A quien es bueno, la amargura
      Jamás en llanto sus mejillas moja:
      En el mundo la flor de la ventura
      Al más ligero soplo se deshoja.

      Haz el bien sin temer al sacrificio,
      El hombre ha de luchar sereno y fuerte,
      Y halla quien odia la maldad y el vicio
      Un tálamo de rosas en la muerte.

      Si eres pobre confórmate y sé bueno;
      Si eres rico protege al desgraciado,
      Y lo mismo en tu hogar que en el ajeno
      Guarda tu honor para vivir honrado.

      Ama la libertad, libre es el hombre
      Y su juez más severo es la conciencia;
      Tanto como tu honor guarda tu nombre,
      Pues mi nombre y mi honor forman tu herencia."

      Este código augusto, en mi alma pudo
      Desde que lo escuché, quedar grabado;
      En todas las tormentas fue mi escudo,
      De todas las borrascas me ha salvado.

      Mi padre tiene en su mirar sereno
      Reflejo fiel de su conciencia honrada;
      ¡Cuánto consejo cariñoso y bueno
      Sorprendo en el fulgor de su mirada!

      La nobleza del alma es su nobleza;
      La gloria del deber forma su gloria;
      Es pobre, pero encierra su pobreza
      La página más grande de su historia.

      Siendo el culto de mi alma su cariño,
      La suerte quiso que al honrar su nombre,
      Fuera el amor que me inspiró de niño
      La más sagrada inspiración del hombre.

      Quiera el cielo que el canto que me inspira
      Siempre sus ojos con amor lo vean,
      Y de todos los versos de mi lira
      Estos los dignos de su nombre sean.
    Arriba

    Nieve de estío
      Como la historia del amor me aparta
      De las sombras que empañan mi fortuna,
      Yo de esa historia recogí esta carta
      Que he leído a los rayos de la luna.

      Yo soy una mujer muy caprichosa
      Y que me juzgue a tu conciencia dejo,
      Para poder saber si estoy hermosa
      Recurro a la franqueza de mi espejo.

      Hoy, después que te vi por la mañana,
      Al consultar mi espejo alegremente,
      Como un hilo de plata vi una cana
      Perdida entre los rizos de mi frente.

      Abrí para arrancarla mis cabellos
      Sintiendo en mi alma dolorosas luchas,
      Y cuál fue mi sorpresa, al ver en ellos
      Esa cana crecer con otras muchas.

      ¿Por qué se pone mi cabello cano?
      ¿Por qué está mi cabeza envejecida?
      ¿Por qué cubro mis flores tan temprano
      Con las primeras nieves de la vida?

      No lo sé. Yo soy tuya, yo te adoro,
      Con fe sagrada, con el alma entera;
      Pero sin esperanza sufro y lloro;
      ¿Tiene también el llanto primavera?

      Cada noche soñando un nuevo encanto
      Vuelvo a la realidad desesperada;
      Soy joven, en verdad, mas sufro tanto
      Que siento ya mi juventud cansada.

      Cuando pienso en lo mucho que te quiero
      Y llego a imaginar que no me quieres,
      Tiemblo de celos y de orgullo muero;
      (Perdóname, así somos las mujeres).

      He cortado con mano cuidadosa
      Esos cabellos blancos que te envío;
      Son las primeras nieves de una rosa
      Que imaginabas llena de rocío.

      Tú me has dicho: "De todos tus hechizos,
      Lo que más me cautiva y enajena,
      Es la negra cascada de tus rizos
      Cayendo en torno a tu faz morena".

      Y yo, que aprendo todo lo que dices,
      Puesto que me haces tan feliz con ello,
      He pasado mis horas más felices
      Mirando cuán rizado es mi cabello.

      Mas hoy, no elevo dolorosa queja,
      Porque de ti no temo desengaños;
      Mis canas te dirán que ya está vieja
      Una mujer que cuenta veintiún años.

      ¿Serán para tu amor mis canas nieve?
      Ni a suponerlo en mis delirios llego.
      ¿Quién a negarme sin piedad se atreve
      Que es una nieve que brotó del fuego?

      ¿Lo niegan los principios de la ciencia
      Y una antítesis loca se parece?
      Pues es una verdad de la experiencia:
      Cabeza que se quema se emblanquece.

      Amar con fuego y existir sin calma;
      Soñar sin esperanza de ventura,
      Dar todo el corazón, dar toda el alma
      En un amor que es germen de amargura.

      Buscar la dicha llena de tristeza
      Sin dejar que sea tuyo el hado impío,
      Llena de blancas hebras mi cabeza
      Y trae una vejez: la del hastío.

      Enemiga de necias presunciones
      Cada cana que brota me la arranco,
      Y aunque empañe tus gratas ilusiones
      Te mando, ya lo ves, un rizo blanco.

      ¿Lo guardarás? Es prenda de alta estima
      Y es volcán este amor a que me entrego;
      Tiene el volcán sus nieves en la cima,
      Pero circula en sus entrañas fuego.
    Arriba

    Post-Umbra
      Con letras ya borradas por los años,
      En un papel que el tiempo ha carcomido,
      Símbolo de pasados desengaños,
      Guardo una carta que selló el olvido.

      La escribió una mujer joven y bella.
      ¿Descubriré su nombre? ¡No, no quiero!
      Pues siempre he sido, por mi buena estrella,
      Para todas las damas, caballero.

      ¿Qué ser alguna vez no esperó en vano
      Algo que si se frustra, mortifica?
      Misterios que al papel lleva la mano,
      El tiempo los descubre y los publica.

      Aquellos que juzgaronme felice,
      En amores, que halagan mi amor propio,
      Aprendan de memoria lo que dice
      La triste historia que a la letra copio:

      "Dicen que las mujeres sólo lloran
      Cuando quieren fingir hondos pesares;
      Los que tan falsa máxima atesoran,
      Muy torpes deben ser, o muy vulgares.

      Si cayera mi llanto hasta las hojas
      Donde temblando está la mano mía,
      Para poder decirte mis congojas
      Con lágrimas mi carta escribiría.

      Mas si el llanto es tan claro que no pinta,
      Y hay que usar de otra tinta más obscura,
      La negra escogeré, porque es la tinta
      Donde más se refleja mi amargura.

      Aunque no soy para sonar esquiva,
      Sé que para soñar nací despierta.
      Me he sentido morir, y aún estoy viva;
      Tengo ansias de vivir, y ya estoy muerta.

      Me acosan de dolor fieros vestigios,
      ¡Qué amargas son las lágrimas primeras!
      Pesan sobre mi vida veinte siglos,
      Y apenas cumplo veinte primaveras.

      En esta horrible lucha en que batallo,
      Aun cuando débil, tu consuelo imploro,
      Quiero decir que lloro y me lo callo,
      Y más risueña estoy cuanto más lloro.

      ¿Por qué te conocí? Cuando temblando
      De pasión, sólo entonces no mentida,
      Me llegaste a decir: "Te estoy amando
      Con un amor que es vida de mi vida".

      ¿Qué te respondí yo? Bajé la frente,
      Triste y convulsa te estreché la mano,
      Porque un amor que nace tan vehemente
      Es natural que muera muy temprano.

      Tus versos para mí conmovedores,
      Los juzgué flores puras y divinas,
      Olvidando, insensata, que las flores
      Todo lo pierden menos las espinas.

      Yo, que como mujer soy vanidosa,
      Me vi feliz creyéndome adorada,
      Sin ver que la ilusión es una rosa,
      Que vive solamente una alborada.

      ¡Cuántos de los crepúsculos que admiras
      Pasamos entre dulces vaguedades;
      Las verdades juzgándolas mentiras
      Las mentiras creyéndolas verdades!

      Me hablabas de tu amor, y absorta y loca,
      Me imaginaba estar dentro de un cielo,
      Y al contemplar mis ojos y mi boca,
      Tu misma sombra me causaba celo.

      Al verme embelesada, al escucharte,
      Clamaste, aprovechando mi embeleso:
      "Déjame arrodillar para adorarte";
      Y al verte de rodillas te di un beso.

      Te besé con arrojo, no se asombre
      Un alma escrupulosa y timorata;
      La insensatez no es culpa. Besé a un hombre
      Porque toda pasión es insensata.

      Debo aquí confesar que un beso ardiente,
      Aunque robe la dicha y el sosiego,
      Es el placer más grande que se siente
      Cuando se tiene un corazón de fuego.

      Cuando toqué tus labios fue preciso
      Soñar que aquel placer se hiciera eterno.
      Mujeres: es el beso un paraíso
      Por donde entramos muchas al infierno.

      Después de aquella vez, en otras muchas,
      Apasionado tú, yo enternecida,
      Quedaste vencedor en esas luchas
      Tan dulces en la aurora de la vida.

      ¡Cuántas promesas, cuántos devaneos!
      El grande amor con el desdén se paga:
      Toda llama que avivan los deseos
      Pronto encuentra la nieve que la apaga.

      Te quisiera culpar y no me atrevo,
      Es, después de gozar, justo el hastío;
      Yo que soy un cadáver que me muevo,
      Del amor de mi madre desconfío.

      Me engañaste y no te hago ni un reproche,
      Era tu voluntad y fue mi anhelo;
      Reza, dice mi madre, en cada noche;
      Y tengo miedo de invocar al cielo.

      Pronto voy a morir; esa es mi suerte;
      ¿Quién se opone a las leyes del destino?
      Aunque es camino oscuro el de la muerte,
      ¿Quién no llega a cruzar ese camino?

      En él te encontraré; todo derrumba
      El tiempo, y tú caerás bajo su peso;
      Tengo que devolverte en ultratumba
      Todo el mal que me diste con un beso.

      Mostrar a Dios podremos nuestra historia
      En aquella región quizá sombría.
      ¿Mañana he de vivir en tu memoria?
      Adiós... adiós... hasta el terrible día."

      Leí estas líneas y en eterna ausencia
      Esa cita fatal vivo esperando...
      Y sintiendo la noche en mi conciencia,
      Guardé la carta y me quedé llorando.
    Arriba

    Reír llorando
      Viendo a Garrick, actor de la Inglaterra,
      El pueblo al aplaudirlo le decía:
      "Eres el más gracioso de la tierra y el más feliz",
      Y el cómico reía.

      Víctimas del spleen los altos lores,
      En sus noches más negras y pesadas,
      Iban a ver al rey de los actores
      Y cambiaban su spleen en carcajadas.

      Una vez ante un médico famoso,
      Llegose un hombre de mirar sombrío:
      -Sufro -le dijo- un mal tan espantoso
      Como esta palidez del rostro mío.

      Nada me causa encanto ni atractivo;
      No me importan mi nombre ni mi suerte;
      En un eterno spleen muriendo vivo,
      Y es mi única pasión la de la muerte.

      -Viajad y os distraeréis. -Tanto he viajado.
      -Las lecturas buscad -Tanto he leído.
      -Que os ame una mujer -¡Si soy amado!
      -Un título adquirid -Noble he nacido.

      -¿Pobre seréis quizá? -Tengo riquezas.
      - ¿De lisonjas gustáis? -¡Tantas escucho!
      -¿Que tenéis de familia? -Mis tristezas.
      -¿Vais a los cementerios? -Mucho, mucho.

      -¿De vuestra vida actual tenéis testigos?
      -Sí, mas no dejo que me impongan yugos;
      Yo les llamo a los muertos mis amigos;
      Y les llamo a los vivos mis verdugos.

      -Me deja -agrega el médico- perplejo
      Vuestro mal, y no debo acobardaros;
      Tomad hoy por receta este consejo:
      Sólo viendo a Garrick podéis curaros.

      -¿A Garrick? -Sí, a Garrick... La más remisa
      Y austera sociedad lo busca ansiosa;
      Todo aquel que lo ve muere de risa;
      ¡Tiene una gracia artística asombrosa!

      -Y a mí me hará reír? -¡Ah sí, os lo juro!;
      Él, sí, nada más él...
      Mas, ¿qué os inquieta?...
      -Así -dijo el enfermo- no me curo;
      ¡Yo soy Garrick! Cambiadme la receta.

      ¡Cúantos hay que, cansados de la vida,
      Enfermos de pesar, muertos de tedio,
      Hacen reír como el autor suicida
      Sin encontrar para su mal remedio!

      ¡Ay, cuántas veces al reír se llora!
      ¡Nadie en lo alegre de la risa fíe,
      Porque en los seres que el dolor devora
      El alma llora cuando el rostro ríe!

      Si se muere la fe, si huye la calma,
      Si sólo abrojos nuestras plantas pisa
      Lanza a la faz la tempestad del alma
      Un relámpago triste: la sonrisa.

      El carnaval del mundo engaña tanto;
      Que las vidas son breves mascaradas;
      Aquí aprendemos a reír con llanto
      Y también a llorar con carcajadas.
    Arriba

    Sin sobre
      Abro tu carta y reconozco ufano
      Tu letra fácil, tu dicción hermosa;
      Tú la trazaste con tu propia mano
      Pues el papel trasciende a tuberosa.

      Al escribirla estabas intranquila
      Y ya estoy sospechando tus desvelos
      Los médicos me han dicho que vacila
      El pulso con la fiebre de los celos.

      Veo tus líneas torcidas, descuidadas,
      Y esto halaga mis propios pareceres
      Porque sé que no estando enamoradas
      Nunca escriben sin falsa las mujeres.

      ¡Con el arrojo de tus veinte abriles,
      Has escrito un aumento que me mata!
      Siempre ha sido en las cartas femeniles
      Importante o terrible la postdata.

      "No me vuelvas a ver. Ya no te quiero",
      Esto me dices con desdén profundo:
      Yo traduzco: "Ven pronto, que me muero",
      De algo me sirve conocer el mundo.

      Dices que consolando tu tristeza
      Vas al campo a llorar penas de amores
      Así podrá tener Naturaleza
      Coronas de diamantes en las flores.

      Pero no viertas llanto por tus penas
      Que siempre se evaporan bajo el cielo;
      Las lluvias del desierto en las arenas
      Y el llanto, entre las blondas del pañuelo.

      Las horas de silencio son tan largas,
      Que comprendo la angustia con que gimes;
      Las verdades del alma son amargas,
      Y las mentiras del amor, sublimes.

      Inquieres con tesón si a cada instante
      Busco tu imagen o su culto pierdo,
      ¿Dónde está, niña cándida, el amante
      Que diga en estas cosas: "No me acuerdo"?

      Quien convertir pretenda de improviso
      El amor terrenal en culto eterno,
      Necesita labrar un Paraíso
      Sobre la obscura cima del infierno.

      ¿Ves ese Sol que llena de alegría
      El cielo, el mar, el bosque y las llanuras?
      Él trae a los mortales cada día
      Nuevas dichas y nuevas amarguras.

      Cada alma tiene libro que atesora
      Sus efectos en él, sin vano alarde;
      ¡Cuánto nombre se agrega en cada aurora!
      ¡Cuánto nombre se borra en cada tarde!

      ¿Quién sabe por qué anhela lo que anhela?
      ¿Quién será siempre el mismo, siendo humano?
      Dicha, amor, esperanza, todo vuela
      Sobre ese amargo y turbulento océano.

      Y así preguntas con afán sincero:
      "¿Por qué me quieres?..." Voy a responderte:
      Yo te quiero mujer porque te quiero;
      No tengo otra razón para quererte.

      ¿Tú te conformarás con tal respuesta,
      Que de mi propio corazón recibo?
      Tal vez la encuentre sin razón; pero esta
      Es la única razón porque te escribo.

      Que yo no vuelva a verte... me propones
      Y aunque mi mente vacilante queda,
      En vista de tu sexo y tus razones
      Allá iré lo más pronto que pueda.
    Arriba

    Un consejo de familia
      ¿Quién en la miseria y el amor concilia?
      Esto más que un problema es un misterio.
      Para hablar de un asunto que es tan serio,
      Hubo ayer un consejo de familia.

      Hizo de presidente del concejo
      Un hombrecito al que la edad agobia,
      Y que además del chiste de ser viejo,
      Es, nada menos, padre de mi novia.

      A su lado, y en cómoda poltrona,
      Con franco y natural desembarazo,
      Estaba una señora setentona
      Con un perro faldero en el regazo.

      Y en derredor, con rostros muy severos,
      Prontos a discutir y meter baza,
      Estaban cual prudentes consejeros
      Seis a siete visitas de la casa.

      Y entre todos, causando maravilla,
      De gracia y juventud, rico tesoro,
      Como un ángel, sentada en una silla
      Estaba la mujer a quien adoro.

      Con que, vamos a ver, dijo indiscreta
      La madre, por anciana impertinente,
      ¿Es verdad que eres novia de un poeta?
      ¿Sueñas con los laureles de su frente?

      -Puesto que lo sabéis -dijo la niña-
      No lo puedo negar: le quiero mucho.
      -Mereces -dijo el padre- que te riña.
      Y la anciana exclamó: -¡Cielos!, ¡qué escucho!

      ¡Blasfemia intolerable que me irrita!
      -¡Habráse visto niña descarada!
      Dijo en tono burlón una visita
      Pegándose en la frente una palmada.

      -Los versos nada más son oropeles.
      Dijo la anciana en tono reposado,
      Y apuesto que no sirven sus laureles
      Ni para sazonar el estofado.

      ¡Un novio soñador y sin dinero!
      Hija, esto sí que nadie lo perdona;
      Ya que tiene corona y no sombrero,
      Fuera mejor usara su corona.

      -Los hombres -dijo el padre- son perversos
      Pero más los poetas de hoy en día.
      Quizá te piense alimentar con versos,
      Y eso vas a comer, ¡pobre hija mía!

      -O, quién sabe -agregó con triste acento
      Una visita, al parecer piadosa-
      Si se irán a poblar el firmamento
      O a vivir en el cáliz de una rosa.

      -Puede ser -interrumpe otra persona-
      Que intente levantar, llegado el caso,
      A orillas de la fuente de Helicona,
      Un palacio en las faldas de Parnaso.

      El regalo de boda, amigo mío,
      Tendrá joyas riquísimas y bellas
      Junto a un collar de perlas del rocío,
      El manto azul del cielo y sus estrellas.

      Envidia te tendrán los serafines,
      Pues tendrás, deleitando tu hermosura,
      Una alfombra de nardos y jazmines
      Y un ruiseñor que cante en la espesura.

      El marido feliz te dará un beso
      Diciendo: ¡Tengo un ángel por esposa!
      ¿Y a la hora de comer? ¡Quién piensa en eso!
      ¡Para el poeta la comida es prosa!

      Un coro de estridentes carcajadas
      Satíricas, terribles, infernales,
      Convirtió las mejillas en granadas
      Al ángel de mis sueños celestiales.

      -¿Conque piensas seguir esos amores,
      Tú, la más infeliz de las mujeres,
      Piensas con el aroma de las flores
      Vivir entre la dicha y los placeres?

      ¿A qué alta sociedad, hija querida
      Te llevará ese amor del cual abusas?
      ¡Ha de ser muy monótona la vida,
      Sin tener más visitas que las musas!

      Otra risa estalló, ¡bendita risa!
      Entonces ella abandonó su asiento,
      Y con grave ademán y muy deprisa
      Salió, sin vacilar, del aposento.

      Llamaronla mil veces, pero ella,
      Espléndida, graciosa, soberana,
      Como asoma en los cielos una estrella
      El rostro fue a asomar a la ventana.

      -Ven -me dijo- mitad del alma mía.
      Dicen que amarte es prueba de torpeza,
      Que por pobre te olvide, ¡qué ironía!
      Que te deje por pobre, ¡qué tristeza!

      Como no te comprenden, ya por eso
      Destruir mis amores se concilia.
      Yo siempre seré tuya: dame un beso;
      ¡Se ha lucido el consejo de familia!
    Arriba