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Juan Abel Echeverría

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    Información biográfica

  1. A Julio Zaldumbide
  2. Ave María a mi hermana Mercedes
  3. El árbol
  4. El avión


Información biográfica
    Nombre: Juan Abel Echeverría
    Lugar y fecha nacimiento: Ecuador, 1853
    Lugar y fecha defunción: Ecuador, 1939 (86 años)
    Ocupación: Profesor, poeta

    Fuente: [Juan Abel Echeverría] en Wikisource.org
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    A Julio Zaldumbide
      (Al poeta Julio Zaldumbide Gangotena....)

      ¡Pasó... como un lucero en su carrera,
      Alumbrando del arte el puro cielo...!
      ¡Pasó... regando flores en el suelo,
      Como pasa gentil la primavera...!

      ¡Pasó... abrazado a su arpa lastimera
      Cantando, como el ángel del consuelo,
      Por temperar el hondo, humano duelo,
      En su ascensión a la eternal esfera...

      Luz de verdad, de la belleza flores
      Y armonías del bien fueron su vida,
      ¡Nido que abandonaron ruiseñores...!

      ¡Mas los cándidos rayos de la Gloria,
      Que en su tumba se deja ver erguida,
      Salvan de olvido su inmortal memoria!
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    Ave María a mi hermana Mercedes
      Ora, niña. Cantó ya entre las ruinas
      El himno de la tarde el solitario;
      Y envuelto en sombra el pardo campanario
      Dio el toque de silencio y oración.
      Murió ya el día, se enlutó la tierra;
      La golondrina vuelve a su techumbre;
      Y del ocaso a la rojiza lumbre
      Se recoge devoto el corazón.

      Todos rezan: los niños dulcemente
      Con la envidiable fe de la inocencia;
      El hombre con la hiel de la experiencia;
      La virgen con el fuego de su amor.
      Y en el hogar los respetuosos hijos,
      Al hermano agrupándose el hermano,
      Se prosternan al pie del padre anciano
      Y él los bendice en nombre del Señor.

      Ora, amor mío: cuando así te miro,
      De hinojos puesta sobre el duro suelo,
      Me pareces un ángel que su vuelo
      Va hasta el Edén, tranquilo a remontar.
      Feliz, entonces, con tu gloria canto,
      Te sigo en la ilusión de mi deseo;
      Mas, si vuelvo la faz y aquí te veo,
      Una lágrima entúrbiame el mirar.

      ¡Si ahuyentar el dolor de la existencia
      De tu inocente corazón pudiera,
      Y la estrella de paz siempre luciera,
      En tu serena frente angelical...!
      ¡Ah, si pudiera yo, pobre ángel mío,
      Verter mi sangre y darte la ventura;
      Blanda encontrara la honda sepultura,
      Y bendijera de mi vida el mal!

      Tú ignoras -y lo ignores siempre, niña-,
      Del mundo las amargas decepciones;
      Mas yo, ¡ay de mí! conozco sus pasiones,
      Y su falsía y sus quimeras sé...
      Mas ¡tú lo puedes...! Con tu puro ruego
      Virtuoso porvenir de Dios alcanza;
      Pídele santo amor, firme esperanza
      Y, como el sol, ardiente y viva fe.

      Ora, niña, por mí; cuando tu labio
      Murmura fervoroso una plegaria,
      Envía Dios a mi alma solitaria
      Un rayo de esperanza seductor;
      El ángel de tu guarda casto beso
      Da a tu tranquila, pudorosa frente,
      Y por la escala de Jacob, luciente,
      Tu ruego sube al trono del Señor.

      Cuando el árbol al roce de la brisa
      Parece sollozar en la llanura,
      Y el arroyo cruzando la espesura
      Con la hoja seca murmurando va;
      Cuando un rumor solemne, prolongado,
      Melancólico y tenue en lo alto suena,
      Y de profunda inspiración se llena
      El alma ante el eterno Jehová;

      Di, ¿no oyes, niña, en esas vagas notas
      La voz con que también naturaleza
      Ora, velando su gentil belleza
      De la neblina con el leve tul?
      Por eso se hunde en meditar profundo
      El espíritu al rayo tembloroso
      De la luna, que alumbra el majestuoso
      Templo de Dios en el inmenso azul.

      Y reverente el ángel de la tierra
      Se prosterna al decir "¡Ave María!"
      ¡Silencio...! ¡Majestad...! ¡En poesía
      De los cielos se baña el corazón...!
      En tanto el sueño vuela taciturno
      Por el confín lejano del oriente,
      Y repiten las grutas tristemente
      Del bronce la postrera vibración.

      Y la Virgen de vírgenes sonriendo,
      Mientras repites otra Ave María,
      Se goza, te bendice, hermana mía,
      Y apresta una corona a tu alba sien.
      ¡Ah, que esa bendición descienda a tu alma,
      Como al jardín el bienhechor rocío,
      Y a coronarte vueles, ángel mío,
      Con flores inmortales del Edén!

      Y cuando un día me recuerdes, triste,
      A las preces del órgano que llora,
      Al resonar esta solemne hora,
      ¡Póstrate y alza tu oración por mí!
      Presto mi "adiós" oirás... guarda mi pecho
      Un germen de dolor, un mal profundo,
      Que no lo puede sofocar el mundo,
      ¡Porque todo en el mundo es baladí...!

      ¿Perdonarás entonces, padre mío,
      De mi fogosa vida a la memoria
      Si sólo ofrece mi doliente historia
      Las penas que te dio mi juventud?
      ¡Sí, y a mi tumba, dolorido anciano,
      Irás a bendecirme cariñoso,
      Y el ángel guardador de mi reposo
      Consolará tu triste senectud!
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    El árbol
      Árbol de flores vestido,
      De cantoras aves solió,
      Auras bullendo en la copa,
      Al pie cantando el arroyo.

      Le ornó el alba con diamantes,
      El mediodía con oro,
      La tarde le dio su estrella,
      La noche amor y reposo.

      Cubriose el suelo de luto,
      Retumbaron truenos roncos.
      ¡Brilló la lumbre del rayo
      Y el árbol humeó en despojos!

      ¡Ay, mitad del alma mía!
      ¡Ay, mitad que ausente lloro!
      ¡Lástima de la llanura,
      Quedó el malherido tronco!
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    El avión
      Águila real que en el cenit admiro,
      Pasmo del genio creador, invento
      Que en ti llevas, como alma, el pensamiento,
      Que al éter te lanzó con raudo giro;

      Lumbre de ciencias en tus alas miro,
      Que te hacen navegar señor del viento,
      Y eres bajo el cerúleo firmamento,
      Cruz de nácar en fondo de zafiro.

      Se encumbra, al par de ti, la inteligencia,
      Y al corazón agita tu presencia,
      Con temblor de ansias y bullir de anhelos,

      Y en éxtasis el alma, a lo infinito
      Vuela de adoración su ardiente grito:
      ¡Gloria a Dios en la altura de los cielos!
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Abelardo Moncayo Jijón

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    Información biográfica

  1. Ante la tumba de doña Dolores Veintemilla de Galindo
  2. El sermón del monte
  3. La inspiración


Información biográfica
    Nombre: Abelardo Moncayo Jijón
    Lugar y fecha nacimiento: Ecuador, 6 de junio de 1848
    Lugar y fecha defunción: Ecuador, c. 1915 (67 años)
    Ocupación: Estadista, crítico literario, escritor, poeta

    Fuente: [Abelardo Moncayo Jijón] en Wikisource.org
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      Ante la tumba de doña Dolores Veintemilla de Galindo
        Ángel que -acaso- del Edén huyendo
        Viniste de la tierra al triste valle;
        Tú que dejando angélica compaña,
        Solitaria en el mundo te encontraste...

        ¡Oh, cuánto habrás sufrido!... ¿Aquí, sonrisas
        Habrá que aduerman el dolor de un ángel?
        ¡Un acento de amor!... ¿Pero en qué idioma,
        Si nadie comprendía tu lenguaje?

        De la música el Genio y la pintura,
        En sonrisa dulcísima, al crearte,
        Ve que las musas, a tu tierno pecho,
        Se lanzan amorosas a ocultarse.

        ¡Y ves la luz!, y en celestial acorde,
        Al deslizar los dedos en tu clave,
        Nos das del cielo una armonía: acaso
        Lento suspiro de proscrito arcángel.

        En tu mano el pincel, rápido, firme
        De Eva nos pinta el edenial boscaje,
        En que inocente apareció: tú misma
        ¿Testigo fuiste acaso de ese instante?

        Tomas la lira y con seguro vuelo
        Te remontas al cielo en tus cantares,
        Grabas con ascuas tus sublimes "Quejas",
        Suspiras cual alondra agonizante.

        ¡Y sordo el mundo que te cerca!, y ciego
        El mundo vil que el asqueroso ultraje
        Sufre riendo, que la ruin envidia
        Lanza con la calumnia a tu semblante.

        Mas, envidia y calumnia de unos hombres
        En el seno encarnadas: ¿tan vulgares
        Son ingenio y belleza en tu almo sexo,
        Que tu pecho en rasgar tanto se placen?

        Tu lengua a nadie hiere; ruboroso
        Huye tu numen de ofuscar a nadie;
        Tu encanto es lo ideal, y de lo bello
        Poner en nuestras manos lo impalpable.

        Mas, ¿qué hay sagrado para el vil? Su gloria
        Fue herir tu corazón, pisotearle.
        ¡Y esos hombres... malvados!, ¿y aún su tumba
        Os atrevéis a escarnecer infames?

        Los que de cerdos en inmunda piara
        Son de lo torpe nauseabunda imagen,
        ¿Osan del corro teologal la jerga
        Con trompa ascosa balbucir audaces?

        Ella, del alma en las regiones... ellos,
        Hoscos gruñendo en viles lodazales;
        Ella luz, ellos nieblas; ella un astro,
        Ellos con cieno ansiando deslustrarle.

        ¡Y se eclipsó por fin! ¡Fiero heroísmo
        El de tu alma sin ventura, oh Ángel!
        Pero, más negro y asqueroso el triunfo
        De aquellos que extremaron tu coraje.

        ¡Y aún alientan la vida, y aún el nombre
        Del sumo Dios embaban infernales!
        ¿Cómo a pedazos su blasfema lengua,
        Cómo su pecho no devoran áspides?

        Si la vida execrar tal vez es crimen
        En el hijo orgulloso de los Andes,
        Que de Dios la sonrisa en su almo cielo
        Contempla derramándose radiante.

        ¿Será virtud el bendecirla insanos
        De tanta sierpe en medio, que los aires
        Con la ponzoña de su aliento impuro
        Corrompen, envenenan detestables?

        Pero infeliz, con descuajadas alas,
        ¿Puede la alondra al cielo remontarse?
        ¡Del pecho desgarrado, en tu sepulcro,
        Trémulo vierto lágrimas de sangre!

        ¿Hiciste bien?... ¡oh no, mísera Safo!
        Si de furor transidos, aún los ángeles
        Llegan la luz a odiar, aquí en la tierra
        Eras mujer al fin... ¡ay!, ¡y eras madre!...

        ¡Y qué horror, si a tu pecho, sollozando
        Pega sus labios tu rosado infante
        Vida buscando aún!... Mariposilla
        Tras de flores y luz, sobre un cadáver.

        ¿Hiciste bien?... ¡ay, nunca! Enternecidos
        Tus hermanos, los ángeles, al darte
        El ósculo de amor... lívidas, negras
        Al ver las rosas de tu boca de ángel,

        Palidecieron... y sus bellos rostros
        Inundaron de llanto inconsolable;
        Y aún Dios, con su mirada bondadosa,
        Por tu hijo te pregunta, por tu madre...

        ¿Sufrías? Mas de hiel algunas gotas
        También nos brinda de la vida el cáliz.
        ¿Reina en la tierra el mal? Pero al hambriento
        Aún podemos en pan de gozo hartarle.

        Mas mi Dios es tu Dios. Él, que la fuente
        Es de amor inexhausta, inagotable;
        Si una gotilla te lavó esos labios...
        ¡Duerme tranquila, que tu Edén cobraste!
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      El sermón del monte
        Mientras tendido el gladiador, los ojos
        Vuelve espirantes a la dulce patria,
        Desde el sangriento circo donde rosas
        El Pueblo-rey ceñido, de matanza
        Ávido ruge y de placeres monstruos
        Que adormezcan su hastío... ¿esa montaña
        Veis allá lejos de verdor vestida
        De fresco bosquecillo coronada?

        Niños y pobres, a su sombra, atentos
        Clavan los ojos en un hombre... ¡El alba
        Dio a su sonrisa su apacible lumbre,
        Su calor cedió el sol a su mirada!

        Tomando un niño en su regazo, afable
        Mira a la turba estática a sus plantas,
        Mueve los labios, y aún la leve brisa
        Pliega al instante sus inquietas alas.

        Y rompe a hablar: "Feliz el pobre, dice,
        El que su pan con lágrimas empapa.
        ¡Oh bienhadado!, pues cual ave libre
        Hacia el Reino de Dios tiende sus alas."

        "¡Feliz el manso, que en los hombres todos
        Hermanos suyos ve, y a todos ama;
        Suya es la tierra y deleitosa sombra
        A todos, como el álamo regala!"

        "¡Feliz quien de la vida los placeres
        Desdeña, y llora su dolor; del alma
        Las lágrimas son perlas, y al Eterno
        Un ángel las ofrece al enjugarlas."

        "Y el que hambre y sed padece, por el triunfo
        De la justicia lucha aún entre llamas.
        ¡Feliz atleta, de justicia ahíto,
        Tiene en el cielo inmarcesible palma!"

        "¡Feliz quien para el débil, para el triste
        De amor y de piedad tesoros guarda;
        Para él, en cambio, es Dios, a toda hora,
        De piedad y de amor fuente inexhausta!"

        "¡Feliz el corazón que limpio, puro,
        Sólo de Dios refleja las miradas;
        Blanca paloma de amorosos ojos,
        En el seno de Dios su nido labra!"

        "La sangre, oh hijos míos, de la tierra
        Es la más negra y formidable mancha.
        ¡Feliz el hijo de la Paz, que hijo
        También de Dios los ángeles le aclaman!"

        "¡Venid a mí los que lloráis! El peso
        Yo alivio del dolor, le trueco en calma;
        Fuente de luz y de la eterna vida,
        Vida y calor derraman mis palabras."

        "De mí aprended que manso y humildoso
        Sólo de amor mi corazón es brasa.
        ¿Queréis felices ser?... De este angelito
        El candor recobrad, míseras almas."

        Y hablando así, como tranquilo arroyo,
        Se deslizan, cantando sus palabras.
        ¿Oyó jamás tan dulce melodía
        En su destierro, la proscrita raza?

        Y al alma luz, y al corazón consuelo,
        Y al ciego vista, y voz al que no habla,
        Y vida al muerto, y paz, paz a la tierra,
        Brotan radiantes esas tersas aguas.

        Y el que habla así y trastorna de Natura
        Las leyes, tierno con los niños habla...
        Ciega razón... ¡humíllate! ¿La aureola
        De esa divina faz a ver no alcanzas?

        Mas, ya en la arena el gladiador, helado
        Cerró los mustios ojos, de venganza
        Roído y de dolor... ¡ay infelice,
        De Jesús no escuchó ni una palabra!
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      La inspiración
        (Versos dedicados a mi muy querido amigo Quintiliano Sánchez)

        ¿Qué eres inspiración? ¿Acaso el eco
        De celestial, angélica armonía,
        Que en el espacio de la tierra vaga
        El afán arrullando de la vida?

        ¿Qué eres, inspiración? ¿La única prenda
        Tal vez, que el hombre del Edén, furtiva,
        Pudo traer, y en ella del recuerdo
        El aroma, con lágrimas, aspira?

        ¡Oh, hija del dolor!, ¿sólo en el pecho
        Que de la angustia en la inquietud palpita,
        Formas tu nido, y tu cantar aprendes?

        ¿Qué eres, inspiración? ¿Tal vez del fuego
        Con que a Natura el Creador anima
        La más subida llama, que en hoguera
        Cambias de amor la humana fantasía?

        Tu esencia no conozco; mas palpable
        Doquier tu aureola fulgurante brilla.
        Verbo de Dios, o del Edén recuerdo,
        ¡Feliz quien vio la luz a tu sonrisa!

        El arpa de Salén del sauz colgada,
        Del turbio Babilonia en las orillas,
        La imagen es del alma que a tu aliento,
        ¡Oh inspiración, de súbito palpita!

        Cual ella gime en extranjera zona,
        Llora cual ella, al soplo de las brisas,
        Y, cual esa arpa, al infeliz proscrito
        Le recuerda su cuna primitiva.

        Mas, ya del Ande en el confín, risueña,
        Ahoga tu tenaz melancolía;
        Tu llanto absorbe con amor este aire,
        Mas llanto quiere de esperanza y vida.

        Cual de tímida virgen el semblante
        Que aún no del todo de jugar se olvida,
        Mas que ya en ansias arde indefinibles,
        Y del llanto veloz pasa a la risa;

        Así en lóbrega lluvia nuestro cielo
        Anega aterrador estas campiñas;
        Mas, aún en medio de ella, de improviso
        Del sol más vivos los destellos brillan.

        ¡Oh!, ven risueña, y del andino bardo
        Presta al laúd tu dulce melodía
        Himnos de amor, de férvida esperanza
        Enseña, amable a nuestras bellas ninfas.

        Ya la aljaba agitando belicosa,
        Cual amazona fiera, las orillas
        Atronaste del Guayas: ¿habrá insano
        Que ose pulsar aquella sacra lira?

        Ella y el héroe que ensalzó, benignos,
        De nuestro amor acepten las primicias;
        ¡Mas, ya no hay campos de Junín! ¿Y qué héroe
        De tu voz digna en esta zona miras?

        Si es tierno ver tu pálido semblante
        En lágrimas bañado, cual el día
        En que en la tumba de agostada virgen,
        Doliente, una guirnalda deshacías;

        No menos bella el alma te sorprende
        Del alba con el manto revestida,
        Bañando en rosas las radiantes cumbres
        Áureas diademas de la sierra andina.

        Miro tu veste en el azul del cielo,
        En el Cayambe tu garganta nívea,
        Tu hálito aspiro en aromosa vega,
        Mido tu paso en la apacible brisa.

        Oigo tu voz en el raudal sonoro
        Que rebramando con furor se abisma;
        Pero, si gimes, conmovido el bosque
        También doliente con amor suspira.

        Derramando ventura por los valles
        Con qué placer sonríes; fugitiva,
        Te ve el caudal de majestuoso río,
        Espumosa, meciéndote en tus linfas.

        Y, si arrogante, en opulentas cortes,
        Aunque de hielo tu esplendor fascina,
        ¡Oh!, más nos enamoras, candorosa,
        Palpitante de amor, libre y sencilla.

        Muestras tu magia en sonrosados labios,
        Juegas traviesa en fúlgidas pupilas,
        Ágil arrobas en festiva danza,
        Tu poder en un talle divinizas.

        Mas, ¿cuántas veces, aún en julio bello,
        No nos priva del sol nube sombría?
        Pasmosa eres entonces, tu hermosura,
        Torva al velar en saña repentina.

        Ruges del mar en los hirvientes montes,
        En alas de huracán rauda te agitas,
        Acalla el trueno tu aterrante acento,
        Te da su manto la borrasca altiva.

        Del Sangay es tu aureola, el Cotopaxi
        Te presta su terrífica armonía;
        Ayes de angustia, gritos de venganza,
        En tus acordes lúgubres palpitan.

        Mas, calma ese furor, y de la tarde
        Te cubres con la veste purpurina;
        Sueltas la cabellera y melancólica
        Te sientas de los Andes en la cima.

        Por la estrellada bóveda, radiante,
        A la par con la luna, te deslizas;
        Y si el silencio rompes... en la tierra,
        Tus arpegios apenas se adivinan.

        Gustan entonces el dolor, la ausencia
        De tu vago cantar; despavorida,
        Agostada ilusión, a tu regazo
        Arrójase a ocultar sus agonías.

        Mas cuánto ganas en sublime encanto,
        Cuando bella, inmortal sacerdotisa,
        En templo mudo y solitario, aún tibio
        El perfumado aliento de la brisa,

        Hablas de Dios y eternidad; austera,
        A la luz de una lámpara indecisa,
        Aún entrever le dejas al espíritu
        El siempre oscuro arcano de la vida.

        Tu esencia no conozco; mas, temblando,
        Doquier el alma con amor te aspira;
        ¡Hija del cielo o del edén recuerdo,
        Ah, no a mi patria niegues tu armonía!

        Hija del sol, de su radiante hoguera
        Nuestras almas acaso participan;
        Mas si hondo sueño duermen, a tu acento
        De rubor se despierten encendidas.

        Cierra los ojos a su actual destino,
        Canta la pompa que en su suelo brilla,
        Y alzando audaz del porvenir el velo,
        De la esperanza aviva la sonrisa.
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Juan Bautista Aguirre

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    Información biográfica

  1. A una dama imaginaria
  2. A una rosa
  3. A unos ojos hermosos
  4. Carta a Lizardo
  5. Décimas a Guayaquil
  6. Soneto moral


Información biográfica
    Nombre: Juan Bautista Aguirre
    Lugar y fecha nacimiento: Daule, Ecuador, 11 de abril de 1725
    Lugar y fecha defunción: Tívoli, Italia, 15 de junio de 1786 (61 años)
    Nacionalidad: Ecuatoriana
    Ocupación: Sacerdote, escritor, poeta
Es considerado uno de los precursores de la poesía hispanoamericana y ecuatoriana.

Fuente: [Juan Bautista Aguirre] en Wikipedia.org

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    A una dama imaginaria
      Qué linda cara que tienes,
      Válgate Dios por muchacha,
      Que si te miro, me rindes
      Y si me miras, me matas.

      Esos tus hermosos ojos
      Son en ti, divina ingrata,
      Arpones cuando los flechas,
      Puñales cuando los clavas.

      Esa tu boca traviesa,
      Brinda entre coral y nácar,
      Un veneno que da vida
      Y una dulzura que mata.

      En ella las gracias viven;
      Novedad privilegiada,
      Que haya en tu boca hermosura
      Sin que haya en ella desgracia.

      Primores y agrados hay
      En tu talle y en tu cara
      Todo tu cuerpo es aliento,
      Y todo tu aliento es alma.

      El licencioso cabello
      Airosamente declara,
      Que hay en lo negro hermosura,
      Y en lo desairado hay gala.

      Arco de amor son tus cejas,
      De cuyas flechas tiranas,
      Ni quien se defiende es cuerdo,
      Ni dichoso quien se escapa.

      ¡Qué desdeñosa te burlas!
      ¡Y qué traidora te ufanas,
      A tantas fatigas firme,
      Y a tantas finezas falsa!

      ¡Qué mal imitas al cielo
      Pródigo contigo en gracias,
      Pues no sabes hacer una
      Cuando sabes tener tantas!
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    A una rosa
      En catre de esmeraldas nace altiva
      La bella rosa, vanidad de Flora,
      Y cuanto en perlas le bebió a la aurora
      Cobra en rubíes del sol la luz altiva.

      De nacarado incendio es llama viva
      Que al prado ilustra en fe de que la adora;
      La luz la enciende, el sol sus hojas dora
      Con bello nácar de que al fin la priva.

      Rosas, escarmentad: no presurosas
      Anheléis a este ardor, que si autoriza,
      Aniquila también el sol, ¡oh rosas!

      Naced y vivid lentas; no en la prisa
      Os confundáis, floridas mariposas,
      Que es anhelar arder, buscar ceniza.

      II

      De púrpura vestida ha madrugado
      Con presunción de sol la rosa bella,
      Siendo sólo una luz, purpúrea huella
      Del matutino pie de astro nevado.

      Más y más se enrojece con cuidado
      De brillar más que la encendió su estrella,
      Y esto la eclipsa, sin ser ya centella
      Que golfo de la luz inundó al prado.

      ¿No te bastaba, oh rosa, tu hermosura?
      Pague eclipsada, pues, tu gentileza
      El mendigarle al sol la llama pura;

      Y escarmienta la humana en tu belleza,
      Que si el nativo resplandor se apura,
      La que luz deslumbró para en pavesa.
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    A unos ojos hermosos
      Ojos cuyas niñas bellas
      Esmaltan mil arreboles,
      Muchos sois para ser soles,
      Pocos para ser estrellas.

      No sois sol, aunque abrasáis
      Al que por veros se encumbra,
      Que el sol todo el mundo alumbra
      Y vosotros le cegáis.

      No estrellas, aunque serena
      Luz mostráis en tanta copia,
      Que en vosotros hay luz propia
      Y en las estrellas, ajena.

      No sois lunas a mi ver,
      Que belleza tan sin par
      Ni es posible en sí menguar,
      Ni de otras luces crecer.

      No sois ricos donde estáis,
      Ni pobres donde yo os canto;
      Pobres no, pues podéis tanto,
      Ricos no, pues que robáis.

      No sois muerte, rigorosos,
      Ni vida cuando alegráis;
      Vida no, pues que matáis,
      Muerte no, que sois hermosos.

      No sois fuego, aunque os adula
      La bella luz que gozáis,
      Pues con rayos no abrasáis
      A la nieve que os circula.

      No sois agua, ojos traidores,
      Que me robáis el sosiego,
      Pues nunca apagáis mi fuego
      Y me causáis siempre ardores.

      No sois cielos, ojos raros,
      Ni infierno de desconsuelos,
      Pues sois negros para cielos
      Y para infierno sois claros.

      Y aunque ángeles parecéis,
      No merecéis tales nombres,
      Que ellos guardan a los hombres
      Y vosotros los perdéis.

      No sois diablos, aunque andáis
      Dando pena a los que vieron,
      Que ellos del cielo cayeron,
      Vosotros en él estáis.

      No sois dioses, aunque os deben
      Adoración mil dichosos,
      Pues en nada sois piadosos
      Ni justos ruegos os mueven.

      Y en haceros de este modo
      Naturaleza echó el resto,
      Que, no siendo nada de esto,
      Parece que lo sois todo.
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    Carta a Lizardo
      ¡Ay, Lizardo querido!
      Si feliz muerte conseguir esperas,
      Es justo que advertido,
      Pues naciste una vez,
      Dos veces mueras.
      Así las plantas, frutos y aves lo hacen:
      Dos veces mueren y una sola nacen.

      Entre catres de armiño
      Tarde y mañana la azucena yace,
      Si una vez al cariño
      Del aura suave su verdor renace:
      ¡Ay flor marchita!, ¡ay azucena triste!
      Dos veces muerta si una vez naciste.

      Pálida a la mañana,
      Antes que el sol su bello nácar rompa,
      Muere la rosa, vana
      Estrella de carmín, fragante pompa;
      Y a la noche otra vez: ¡dos veces muerta!
      ¡Oh incierta vida en tanta muerte cierta!

      En poca agua muriendo
      Nace el arroyo, y ya soberbio río
      Corre al mar con estruendo,
      En el cual pierde vida, nombre y brío
      ¡Oh cristal triste, arroyo sin fortuna!
      Muerto dos veces porque vivas una.

      En sepulcro suave,
      Que el nido forma con vistoso halago,
      Nace difunta el ave,
      Que del plomo es después fatal estrago:
      Vive una vez y muere dos: ¡Oh suerte!
      Para una vida, duplicada muerte.

      Pálida y sin colores
      La fruta, de temor, difunta nace,
      Temiendo los rigores
      Del noto que después vil la deshace.
      ¡Ay fruta hermosa, qué infeliz eres!
      Una vez naces y dos veces mueres.

      Muerto nace el valiente
      Oso que vientos calza y sombras viste,
      A quien despierta ardiente
      La madre, y otra vez no se resiste
      A morir; y entre muertes dos naciendo,
      Vive una vez y dos se ve muriendo.

      Muerto en el monte el pino
      Surca el ponto con alas, bajel o ave,
      Y la vela de lino
      Con que vuela el batel altivo y grave
      Es vela de morir: dos veces yace
      Quien monte alado muere y pino nace.

      De la ballena altiva
      Salió Jonás, y del sepulcro sale
      Lázaro, imagen viva
      Que al desengaño humano vela y vale;
      Cuando en su imagen muerta y viva viere
      Que quien nace una vez, dos veces muere.

      Así el pino, montaña
      Con alas, que del mar al cielo sube;
      El río que el mar baña;
      El ave que es con plumas vital nube;
      La que marchita nace flor del campo,

      Todo clama, ¡oh Lízardo!
      Que quien nace una vez dos veces muera;
      Y así, joven gallardo,
      En río, en flor, en ave, considera,
      Que, dudando quizá de su fortuna,
      Mueren dos veces porque acierten una.

      Y pues tan importante
      Es acertar en la última partida,
      Pues penden de este instante
      Perpetua muerte o sempiterna vida,
      Ahora, ¡oh Lizardo!, que el peligro adviertes,
      Muere dos veces porque alguna aciertes.
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    Décimas a Guayaquil
      Guayaquil, ciudad hermosa
      De la América guirnalda
      De tierra bella esmeralda
      Y del mar perla preciosa,
      Cuya costa poderosa
      Abriga tesoro tanto,
      Que con suavísimo encanto
      Entre nácares divisa
      Congelado en gracia y risa
      Lo que el alba vierte en llanto.

      Ciudad que por su esplendor,
      Entre las que dora Febo,
      La mejor del mundo nuevo
      Y hoy del orbe la mejor,
      Abunda en todo primor
      En toda riqueza abunda
      Pues es mucho más fecunda
      En ingenios, de manera
      Que, siendo en todo primavera,
      Es en todo sin segunda.

      Tributanle con desvelo
      Entre singulares modos
      La tierra sus frutos todos,
      Y su influencia el cielo;
      Hasta el mar que con anhelo
      Soberbiamente levanta
      Su cristalina garganta
      Para tragarse esta perla,
      Deponiendo su ira al verla
      Le besa humilde la planta.

      Los elementos de intento
      Le miran con tal agrado,
      Que parece se ha formado
      De todos un elemento;
      Ni en ráfagas brama el viento,
      Ni son fuegos sus calores,
      Ni en agua y tierra hay rigores,
      Y así llega a dominar
      En tierra, fuego, aire y mar,
      Peces, aves, frutos, flores.

      Los rayos que al sol repasan
      Allí sus ardores frustran,
      Pues son luces que la ilustran
      Y no incendios que la abrasan;
      Las lluvias nunca propasan
      De un rocío que deprisa
      Al terreno fertiliza,
      Y que equivale en su tanto
      De la aurora al tierno llanto,
      Del alba a la bella risa.

      Templados de esta manera
      Calor y fresco entre sí,
      Hacen que florezca allí
      Una eterna primavera;
      Por lo cual si la alta esfera
      Fuera capaz de desvelos,
      Tuviera sin dudas celos
      De ver que en blasón fecundo
      Abriga en su seno el mundo
      Ese trozo de los cielos.

      Tanta hermosura hay en ella
      Que dudo, al ver su primor,
      Si acaso es del cielo flor,
      Si acaso es del mundo estrella;
      Es en fin ciudad tan bella
      Que parece en tal hechizo,
      Que la omnipotencia quiso
      Dar una señal patente
      De que está en el Occidente
      El terrenal paraíso.

      Esta ciudad primorosa,
      Manantial de gente amable
      Cortés, discreta y afable,
      Advertida e ingeniosa
      Es mi patria venturosa;
      Pero la siempre importuna
      Crueldad de mi fortuna,
      Rompiendo a mi dicha el lazo,
      Me arrebató del regazo
      De esa mi adorada cuna.
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    Soneto moral
      No tienes ya del tiempo malogrado
      En el prolijo afán de tus pasiones,
      Sino una sombra, envuelta en confusiones,
      Que imprime en tu memoria tu pecado.

      Pasó el deleite, el tiempo arrebatado
      Aún su imagen borró; las desazones
      De tu inquieta conciencia son pensiones
      Que has de pagar perpetuas al cuidado.

      Mas si al tiempo dejó para tu daño
      Su huella errante, y sombras al olvido
      Del que fue gusto y hoy te sobresalta,

      Para el futuro estudia el desengaño
      En la imagen del tiempo que has vivido,
      Que ella dirá lo poco que te falta.
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Dolores Veintimilla

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    Información biográfica

  1. A Carmen
  2. A la misma amiga
  3. A mis enemigos
  4. A un reloj
  5. Anhelo
  6. Aspiración
  7. Desencanto
  8. La noche y mi dolor
  9. Quejas
  10. Sufrimiento


Información biográfica
    Nombre: Ignacia María de los Dolores Veintimilla de Galindo y Carrión
    Lugar y fecha nacimiento: Quito, Ecuador, 12 de julio de 1829
    Lugar y fecha defunción: Cuenca, Ecuador, 23 de mayo de 1857 (27 años)
    Ocupación: Escritora, ensayista, poeta
    Movimiento: Romanticismo

    Fuente: [Dolores Veintimilla] en Wikipedia.org
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    A Carmen
      (Remitiéndole un jazmín del Cabo)

      Menos bella que tú, Carmela mía,
      Vaya esa flor a ornar tu cabellera;
      Yo misma la he cogido en la pradera
      Y cariñosa mi alma te la envía.
      Cuando seca y marchita caiga un día
      No la arrojes, por Dios, a la ribera:
      Guárdala cual memoria lisonjera
      De la dulce amistad que nos unía.
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    A la misma amiga
      Ninfa del Guayas
      Encantador,
      De tus abriles
      En el albor,
      Cuando regreses
      A la mansión,
      Donde te espera
      Todo el amor
      De los que hoy ruegan
      Por ti al Señor;
      Cuando más tarde
      Vengan en pos
      De los placeres
      Que apuras hoy,
      Los tiernos goces
      Y la emoción
      Con que las madres
      Amamos, ¡oh!
      A los pedazos
      Del corazón;
      No olvides, Carmen,
      ¡No olvides, no!
      A tu Dolores
      Por otro amor.
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    A mis enemigos
      ¿Qué os hice yo, mujer desventurada
      Que en mi rostro, traidores, escupís
      De la infame calumnia la ponzoña
      Y así matáis a mi alma juvenil?

      ¿Qué sombra os puede hacer una insensata
      Que arroja de los vientos al confín
      Los lamentos de su alma atribulada
      Y el llanto de sus ojos, ¡ay de mí!

      Envidiáis, envidiáis que sus aromas
      Le dé a las brisas mansas el jazmín?
      Envidiáis que los pájaros entonen
      Sus himnos cuando el sol viene a lucir?

      No! no os burléis de mí sino del cielo...
      Que, al hacerme tan triste e infeliz,
      Me dio para endulzar mi desventura
      De ardiente inspiración rayo gentil.

      Por qué, por qué queréis que yo sofoque
      Lo que en mi pensamiento osa vivir?
      ¿Por qué matáis para la dicha mi alma?
      ¿Por qué ¡cobardes a traición! me herís?

      No dan respeto la mujer, la esposa,
      La madre amante a vuestra lengua vil...
      Me marcáis con el sello de la impura...
      ¡Ay! ¡Nada, nada respetáis en mí!
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    A un reloj
      Con tu acompasado son
      Marcando vas inclemente
      De mi pobre corazón
      La violenta pulsación...
      ¡Dichosa quien no te siente!

      Funesto, funesto bien
      Haces reloj... La venida
      Marcas del ser a la vida,
      Y así impasible también
      La hora de la partida.
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    Anhelo
      ¡Oh! ¿Dónde está ese mundo que soñé
      Allá en los años de mi edad primera?
      ¿Dónde ese mundo que mi mente orló
      De blancas flores?... Todo fue quimera!

      Hoy de mí misma nada me ha quedado,
      Pasaron ya mis horas de ventura,
      Y sólo tengo un corazón llagado
      Y un alma ahogada en llanto y amargura.

      ¿Por qué tan pronto la ilusión pasó?
      ¿Por qué en quebranto se trocó mi risa
      Y mi sueño fugaz se disipó
      Cual leve nube al soplo de la brisa...?

      Vuelve a mis ojos óptica ilusión,
      Vuelve, esperanza, a amenizar mi vida,
      Vuelve, amistad, sublime inspiración...
      Yo quiero dicha aún cuando sea mentida.
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    Aspiración
      Yo no quiero ventura ni gloria,
      Sólo quiero mi llanto verter:
      Que en mi mente la cruda memoria
      Sólo tengo de cruel padecer.

      Cual espectro doliente y lloroso
      Sola quiero en el mundo vagar,
      Y en mi pecho, cual nunca ardoroso,
      Sólo quiero tu imagen llevar.

      Yo no quiero del sol luminoso
      Sus espléndidos rayos mirar,
      Mas yo quiero un lugar tenebroso
      Do contigo pudiera habitar.

      Si del mundo un imperio se hiciera,
      Que encerrara tesoros sin cuento;
      Si este imperio a mis pies se pusiera,
      Lo cambiara por verte un momento.

      Si ángel fuera a quien templos y altares
      En mi culto se alzaran tal vez,
      Con tormentos cambiara eternales
      Por estar un instante a tus pies.
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    Desencanto
      ¿Por qué mi mente con tenaz porfía
      Mi voluntad combate; y obstinada,
      Tristes recuerdos de la infancia mía
      Ofrece a mi memoria infortunada?
      ¿Por qué se cambia el esplendente día
      En mustia sombra del dolor velada,
      Y a la sonrisa de inocente calma
      Sucede el llanto y la ansiedad de mi alma?

      Las puras flores que mi cien orlaron
      De mi frente fugaz se desprendieron,
      Y cual sombra levísima pasaron
      En pos llevando el bien que me ofrecieron.
      Sólo las horas del dolor quedaron;
      Las horas del placer nunca volvieron,
      Y de mi vida en el perdido encanto
      Sólo me queda por herencia el llanto.

      Yo era en mi infancia alegre y venturosa
      Como la flor que el céfiro acaricia,
      Fascinada cual blanda mariposa
      Que incauta goza en férvida delicia;
      Pero la humana turba revoltosa
      Mi corazón hirió con su injusticia
      Y véome triste, en la mitad del mundo,
      Víctima infausta de un dolor profundo.
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    La noche y mi dolor
      El negro manto que la noche umbría
      Tiende en el mundo a descansar convida,
      Su cuerpo extiende ya en la tierra fría
      Cansado el pobre y su dolor olvida.

      También el rico en su mullida cama
      Duerme soñando avaro sus riquezas,
      Duerme el guerrero y en su ensueño exclama:
      "Soy invencible y grandes mis proezas."

      Duerme el pastor feliz en su cabaña
      Y el marino tranquilo en su bajel;
      A este no altera la ambición ni saña
      El mar no inquieta el reposar de aquel.

      Duerme la fiera en lóbrega espesura,
      Duerme el ave en las ramas guarecida,
      Duerme el reptil en su morada impura,
      Como el insecto en su mansión florida.

      Duerme el viento... la brisa silenciosa
      Gime apenas las flores cariciando;
      Todo entre sombras a la par reposa,
      Aquí durmiendo, más allá soñando.

      Tú, dulce amiga, que tal vez un día
      Al contemplar la luna misteriosa,
      Exaltabas tu ardiente fantasía
      Derramando una lágrima amorosa.

      Duerme también tranquila y descansada
      Cual marino calmada la tormenta,
      Así olvidando la inquietud pasada
      Mientras tu amiga su dolor lamenta.

      Déjame que hoy en soledad contemple
      De mi vida las flores deshojadas;
      Hoy no hay mentira que mi dolor temple,
      Murieron ya mis fábulas soñadas.
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    Quejas
      ¡Y amarle pude! Al sol de la existencia 
      Se abría apenas soñadora el alma...
      Perdió mi pobre corazón su calma
      Desde el fatal instante en que le hallé!
      Sus palabras sonaron en mi oído
      Como música blanda y deliciosa;
      Subió a mi rostro el tinte de la rosa;
      Como la hoja en el árbol, vacilé.

      Su imagen en el sueño me acosaba,
      Siempre halagüeña, siempre enamorada:
      Mil veces sorprendiste, madre amada,
      En mi boca un suspiro abrasador.
      Y era él quien arrancaba de mi pecho,
      Él, la fascinación de mis sentidos;
      Él, ideal de mis sueños más queridos;
      Él, mi primero, mi ferviente amor.

      Sin él, para mí, el campo placentero
      En vez de flores me obsequiaba abrojos:
      Sin él eran sombríos a mis ojos
      Del sol los rayos en el mes de Abril.
      Vivía de su vida apasionada;
      Era el centro de mi alma el amor suyo;
      Era mi aspiración, era mi orgullo...
      ¿Por qué tan presto me olvidara el vil?

      No es mío ya su amor, que a otra prefiere:
      Sus caricias son frías como el hielo,
      Es mentira su fe, finge desvelo;
      ¡Mas no me engañará con su ficción!...
      ¡Y amarle pude delirante, loca!
      No, mi altivez no sufre su maltrato;
      Y si a olvidar no alcanzas al ingrato
      Te arrancaré del pecho, corazón!
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    Sufrimiento
      Pasaste, edad hermosa
      En que rizó el ambiente
      Las hebras del cabello por mi frente
      Que hoy anubla la pena congojosa.
      Pasaste, edad de rosa,
      De los felices años,
      Y contigo mis gratas ilusiones...
      Quedan en su lugar los desengaños
      Que brotó el huracán de las pasiones.

      Entonces ¡ay!, entonces, madre mía,
      Tus labios enjugaban
      Lágrimas infantiles que surcaban
      Mis purpúreas mejillas... y en el día
      ¡Ay de mí!, no estás cerca para verlas...
      ¡Son del color alquitaradas perlas...!

      ¡Madre! ¡Madre! No sepa la amargura
      Que aqueja el corazón de tus Dolores,
      Saber mi desventura
      Fuera aumentar tan solo los rigores
      Con que en ti la desgracia audaz se encona.
      ¡En mi nombre mi sino me pusiste!
      ¡Sino, madre, bien triste!
      Mi corona nupcial está en corona
      De espinas ya cambiada...
      ¡Es tu Dolores, ay, tan desdichada!
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Miguel Moreno

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    Información biográfica

  1. Cantares de Elena
  2. Canto a Honorato Vázquez
  3. ¡Chis!
  4. Cosas del tiempo
  5. ¡Es él!...
  6. La garza del alisar
  7. La niña y el escribanillo
  8. La novia
  9. Perdida
  10. ¿Reposo?
  11. ¡Si volvieras!


Información biográfica
    Nombre: Miguel Moreno
    Lugar y fecha nacimiento: Ecuador, 1851
    Lugar y fecha defunción: 1910 (59 años)
    Ocupación: Diputado, profesor, poeta

    Fuente: [Miguel Moreno] en Wikisource.org
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    Cantares de Elena
      Crié una paloma hermosa,
      Mi esperanza y mi ilusión,
      Mas ella huyó veleidosa...
      ¡Ay, paloma...! ¡ay, corazón...!

      Palomita de mi huerto,
      De ojos de dulce mirar,
      ¿Conque es cierto, conque es cierto
      Que huiste del palomar...?

      Yo formé del pecho mío
      Un nido, para ti, fiel,
      Y ahora lo dejas vacío:
      ¡Palomita, eres muy cruel!

      ¡Quién me diera en mi tormento
      Arrancar del corazón
      Tu imagen o el sentimiento
      De esta horrible decepción!

      Aprende: esas dos palomas...
      Van juntas en pos de ti,
      Y aunque traspasan las lomas,
      Juntas vuelven hacia mí...

      Y me dicen: -¿Hasta cuándo
      Te ha prometido volver...?
      Y les contesto llorando:
      -¡Mañana, al amanecer...!

      Y de mañana en mañana
      Va creciendo mi dolor,
      Y como él, ¡suerte inhumana!
      También se aumenta mi amor.

      Vuelve, palomita ausente,
      Mi pecho es tu palomar;
      Como supe amar ardiente,
      Así sé yo perdonar...

      ¡Ay! ¿Por qué dar al olvido,
      Que te ofrecí con amor,
      Para que tejas tu nido
      Rosas y malvas de olor...?

      Como un inocente niño
      Cuanto tuve te ofrecí,
      Aún de mi madre el cariño
      Lo sustraje para ti...

      Y creció en el pecho mío,
      Por instantes, mi pasión,
      ¡Y ahora lloro mi desvío,
      Ay paloma, ay corazón...!

      Vuelve, palomita ausente,
      Mi pecho es tu palomar;
      Como supe amar ardiente
      Así sé yo perdonar...

      Vuelve, vuelve, te lo ruego
      Por nuestro soñado edén,
      Por mi amor ardiente y ciego,
      Y por el tuyo también.

      Mas ya no tendrán su día
      Tanto amor, tanta ilusión;
      ¡Adiós, esperanza mía...!
      ¡Queda muerto el corazón...!
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    Canto a Honorato Vázquez
      ¡Qué de cantos se principian
      Para no ser terminados,
      Porque se entristece el alma
      Y el corazón desmayado
      Las alas pliega, cual madre
      Que agotó todo su llanto!
      Tú lo entiendes, lo has sentido,
      Y dices muy bien, hermano:
      "Son como telas de araña
      Esos inconclusos cantos".

      He visto a ese insecto humilde
      Comenzar con entusiasmo
      La red que darle podría
      El sustento y el descanso,
      Y he visto luego a una mosca
      Venir y pasar volando,
      Y echar por tierra a la obrera
      Con su esperanza y trabajo.
      Así nacen y así mueren
      Los pobres cantos de un bardo...
      También una tela urdimos
      Con nuestros sueños dorados,
      Y en largas horas de insomnio
      Pasa la mente escuchando
      Los ritmos y las cadencias
      De un canto, ¡qué hermoso canto!
      Pero viene la alborada,
      Y anhelosos despertamos,
      Ansiando vuelvan los sones
      De ese cántico soñado...

      Repite, ¡oh ardiente musa!,
      Los sublimes arrebatos
      Y las pausas deliciosas
      Y los sollozos ahogados...
      Y por la cláusula ardiente
      Del idioma soberano,
      Sepa el mundo lo que sueño,
      Sepa el mundo lo que canto...

      Y ¡nada!, nada, ¡Dios mío!,
      Tan solo silencio amargo
      Del corazón casi muerto
      En el lúgubre santuario.
      Y, como moscas errantes,
      Llegan fúnebres zumbando
      Algunos recuerdos tristes
      Que revuelan solitarios
      Alrededor del cadáver
      De algún amor olvidado...
      Ya de una esperanza muerta
      Se ve el sepulcro lejano;
      Ya los restos de un afecto
      Que en la alma se están velando...
      ¡Ay! El corazón entonces,
      Lo sabes muy bien, hermano,
      ¡Cuánta sangre en vano vierte,
      Cuánto lucha, gime cuánto!
      Y ¿al fin?... Al fin sólo queda,
      En medio de un fondo blanco,
      Algún título pomposo,
      Renglones medio borrados,
      Caminos por donde ha ido
      El corazón como a saltos,
      Quizá una lágrima tierna,
      Gota de hiel o de bálsamo
      Con que piadosos ungimos
      Las cenizas del pasado...
      ¡Se descubre en esas líneas
      Una herida que hace años
      Se cerró, y a cuya vista
      Huye el alma con espanto!
      ¡Se escucha el eco perdido
      De un tiempo hermoso y lejano,
      Se escucha ardiente reproche
      A un ser que está perdonado!
      ¡Fugaces telas de araña,
      Pobres cantos, tristes cantos,
      Tesoro que los poetas
      Tienen en su alma guardado;
      Niños que en el vientre mueren
      De sus madres; cuánto, cuánto
      De dolor traen al pecho
      Y a los ojos lloro amargo!...
      -Esos cantos de otro tiempo
      Acaba-, dices.

      ¡Hermano,
      Pide también que a la vida
      Vuelvan los sueños pasados;
      Que se recoja de nuevo
      Todo el llanto derramado,
      Que se fundan, que se junten
      Del corazón los pedazos!...
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    ¡Chis!
      -En ti tan solo pienso,
      Sólo por ti suspiro;
      Te sueño cada noche:
      ¡Yo te amo, dueño mío!

      -¡Calla, niña, no lo oigan
      La muerte o el olvido!
      ¡Calla! ¡Lo sepan sólo
      Tu corazón y el mío!...
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    Cosas del tiempo
      I

      Apenados, sollozantes,
      Ella y Él, no muy distantes
      De hinojos, junto al altar,
      Están rezando anhelantes
      A la Virgen del Pilar.

      Mas, quién al verlos creyera,
      Que tan contrapuesto fuera
      Lo que cada uno le pide;
      Él pide que Ella le quiera
      Y Ella pide que Él la olvide.

      Y es que el buen mancebo adora
      Con pasión a Leonora;
      Y esta con suave esquivez,
      Con esquivez que enamora,
      Se retrae cada vez.

      La Santa Virgen consiente,
      Que cada cual como siente,
      Sus secretos le confíe,
      Y al escucharlos, clemente,
      Con uno y otro sonríe.

      Pero al fin y al cabo, ¿cuál
      Será su resolución
      En pleito tan desigual?
      ¿El humano corazón
      Será constante y leal?...

      II

      Han transcurrido dos años
      Y otra vez en los peldaños
      Se hallan del altar aquel,
      Juntos, trayendo Ella y Él
      Mudanzas y desengaños.

      Y hoy es ¡la pobre Leonor!
      La que con lágrimas pide
      Del mancebo el muerto amor;
      Mientras este con fervor
      Implora que Ella le olvide.

      Y la Virgen al oír
      Tan contraria petición,
      Torna, amable, a sonreír,
      Ante el presto ir y venir
      Del humano corazón.
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    ¡Es él!...
      ¿Quién es aquel que tétrico
      Y solitario vive
      En las riberas áridas
      De ese desierto mar,
      Y que con mano trémula
      Sobre la arena escribe?
      ¿Por qué le miro pálido
      Alguna vez llorar?

      Es él, poeta lírico
      De corazón ardiente,
      Que sueña con las sílfides
      Y vive del amor;
      Y un día y otro inspírase
      En su castalia fuente:
      La fuente de las lágrimas,
      La fuente del dolor.
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    La garza del alisar
      Tendido sobre una roca,
      Orillas del Macará,
      Caída el ala del sombrero,
      Melancólica la faz,
      Macilento y pensativo
      Un bello joven está,
      Que, así le dice a un correo
      De Cuenca, lleno de afán:
      -Correo que vas y vuelves
      Por caminos del Azuay,
      A donde triste y proscrito
      Ya no he de volver jamás;
      Di, ¿qué viste de mi Cuenca
      En el último arrabal,
      En una casita blanca
      Que a orillas del río está,
      Rodeada por un molino,
      Perdida entre un alisar?
      Y le responde el correo,
      Lleno de amabilidad:
      -Diez días ha que salí
      De los valles del Azuay,
      Y vi del río a la margen
      La casa de que me habláis,
      Rodeada por un molino,
      Perdida entre un alisar.
      -Está bien, ¿pero no viste
      En ese sitio algo más...?
      -Te contaré, pobre joven,
      Que vi una tarde, al pasar,
      Una niña de ojos negros
      Y belleza angelical,
      Toda vestida de blanco,
      Paseando entre el alisar.
      -¡Ay!, no te vayas, correo,
      Por Dios, suspende tu afán;
      Tú que dichoso visitas
      Las calles de mi ciudad,
      Aunque estés de prisa,
      ¡Dime de esa joven algo más!
      -Caballero, cual los vuestros,
      Cual los vuestros eran ¡ay!
      Los ojos encantadores
      De esa niña del Azuay:
      Tras de unas negras pestañas,
      Como el sol que va a expirar
      Velado por densas nubes
      Que enlutan el cielo ya;
      Melancólicos, a veces,
      Miraban con grande afán
      A todos los caminantes
      Que entraban a la ciudad.
      ¡Pobre niña, pobre niña!
      Cubierta su hermosa faz
      Con las sombras de la muerte
      Y una palidez mortal,
      Otras veces contemplaba
      Las hojas del alisar
      Que, arrastradas río abajo,
      No habían de volver jamás;
      ¡Pobre niña, no lo dudo,
      Estaba enferma y quizás
      Ese momento se hallaba
      Pensando en la eternidad!
      -¡Ay!, mi correo, correo
      Tan veloz en caminar;
      Tú que dichoso transitas
      Por donde mi amor está,
      ¡Dime, por Dios, si supiste
      De esa joven algo más!
      -Cuando una vez de mañana
      Paseábame en la ciudad,
      Vi esparcidos por el suelo
      Rosas, ciprés y azahar,
      Que formaban un camino
      Que, yendo desde el umbral
      De una iglesia, terminaba
      En la casa de que habláis;
      Luego escuché en su recinto
      El tañido funeral
      De una campanilla, y luego
      De la salmodia el compás,
      Y olor de incienso me trajo
      El ambiente matinal...
      -Dime, por Dios, ¿no supiste
      Quién se iba a sacramentar?
      -Una niña a quien llamaban
      Por su hermosa y triste faz,
      Y porque vestía de blanco,
      ¡La garza del alisar!
      -Oh basta, basta, ¡Dios mío!
      ¡Es ella... suerte fatal...!
      ¿Y habrá muerto...? -Era de noche
      Cuando dejé la ciudad,
      Olor a cera y a tumba
      Percibí en el alisar...
      -¡Valor! No tiembles, termina,
      ¡Mi suplicio es sin igual!
      -Infeliz, yo vi las puertas
      De la casa... -¡Acaba ya!
      -¡Con un cortinaje negro
      Y abiertas de par en par...!
      -¡Bendito seas, Dios mío,
      Acato tu voluntad...!
      Ella muerta, yo entretanto
      Proscrito, enfermo, jamás,
      Jamás veré ya esos ojos
      Que empezaban a alumbrar
      Mi camino... ¡Nunca, nunca
      Sino allá en la eternidad...!
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    La niña y el escribanillo
      -Escribanillo, di, ¿qué
      Escribes sobre las aguas?
      -¡Ay, niña, estoy dando fe
      Del juramento que acaba
      De hacerte el joven que aquí
      Te espera tarde y mañana!
      -¿Es posible? Pero allí
      Yo no veo escrito nada.
      -Así no verás, Leonor,
      Que él te cumpla su palabra;
      Pues las promesas de amor,
      ¡Son cual firmas en el agua!
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    La novia
      Corazón enfermo
      Y alma amante y sola,
      Si cantar pudiera:
      ¡Ya tengo mi novia!...
      ¡Qué triste la vida,
      Qué lentas congojas
      Sin unos amores,
      Sin una paloma!
      Cualquiera, a los veinte,
      Vive en la memoria
      De una rubiecita
      Cándida y hermosa;
      Y recibe flores,
      Y devuelve trovas,
      Y ama si es amado;
      Si no, canta y llora.

      Y yo, sin ventura,
      Sin ser una roca,
      Sino un vatecillo
      Que sueña y adora,
      Vivo que me muero,
      Soñando en la gloria.
      ¿Dónde hallaré un alma,
      Cual la mía, sola,
      Y las dos se encuentren
      Como dos palomas?
      ¡Si en vez de ser hombre,
      Yo fuera paloma,
      Ya un nido tuviera,
      Ya tuviera esposa!
      ¡Late, pecho mío!
      ¡Oh alma soñadora,
      Ya estás en el cielo,
      Ya vino la novia!
      ¿Quién más linda que ella?
      ¿Quién como mi Dora?
      Aún no abre el capullo
      Mi abrileña rosa.
      Ni las auras sepan
      ¡Silencio, alma loca,
      Que ya como a mía
      La adoro a mis solas!
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    Perdida
      ¿Qué he perdido? ¡Mi lengua se resiste
      A pronunciar el adorado nombre!
      -Corazón, ¿qué perdiste?
      -Lo que más dulce en la pasión existe,
      Señor, lo más querido para el hombre:
      ¡Una alma! ¡Esa alma tuya que me diste!
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    ¿Reposo?
      ¡Me asusto de mí mismo!
      ¡Yo quisiera esconderme en un abismo
      Más profundo que el mar!
      ¿La fosa, el polvo inerte?...
      ¡Mi muerte no es remedio de su muerte;
      Ansío más, aún más!

      Mi mal imponderable
      Pide de amor un piélago insondable;
      Pero este, ¿en dónde está?...
      ¡Me arrastro, casi muerto,
      En tu costado, por mi dicha, abierto,
      Jesús, a descansar!...
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    ¡Si volvieras!
      ¡Viva, te amé tanto, tanto!
      Muerta, te amo mucho más;
      Mañana, resucitada...
      ¡Cómo te pudiera amar!
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Luis Cordero

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    Información biográfica

  1. Adiós
  2. Al glorioso Cervantes Saavedra
  3. Perfume eterno


Información biográfica
    Nombre: Luis Cordero Crespo
    Lugar y fecha nacimiento: Cañar, Ecuador, 6 de abril de 1833
    Lugar y fecha defunción: Azuay, Ecuador, 30 de enero de 1912 (78 años)
    Ocupación: Abogado, político, explorador, botánico, escritor, poeta

    Fuente: [Luis Cordero] en Wikipedia.org
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    Adiós
      A mi idolatrada esposa Jesús Dávila y Heredia.

      Versos de fuego, con mi sangre escritos,
      Que condensen mis ayes infinitos
      En un solo clamor, y a la futura
      Edad transmitan el recuerdo infausto
      De esta incomparable desventura;
      Versos que inmortalicen tu holocausto,
      A par de mi agonía,
      Lamentando el rigor de nuestra suerte,
      Quisiera componer, para ofrecerte,
      ¡Mitad difunta de la vida mía!

      Pero ¡ay! que, mientras, yerta
      Duermes, en el silencio de la fosa,
      El sueño del que nunca se despierta,
      Consternación cruel, pena espantosa
      Roen mi corazón, y en trance tanto,
      Si bien puedo exhalar tristes gemidos,
      Prorrumpir en funestos alaridos,
      Bronca la lira, se resiste el canto.

      ¡Desdichado de mí! ¡Cómo pudiera
      Dejar al punto tu siniestra casa,
      Y, cual herido ciervo, a quien traspasa
      De aleve cazador bala certera,
      Aturdido cruzar monte y llanura,
      Y correr, y correr, sin rumbo cierto,
      Hasta caerme muerto,
      Allá en el fondo de una selva oscura!...

      Triste que muere, sus congojas mata,
      Y este el remedio de mi mal sería.
      Mas ¡oh martirio! la fortuna impía,
      Que el más estrecho vínculo desata,
      Quiere extremar conmigo su violencia;
      Pues, con los restos mismos que han quedado
      Del lazo de mi amor, me ha sujetado
      A la roca fatal de la existencia.

      ¡Reliquias de mi bien, huérfanos míos,
      Que, gimiendo, aterrados y sombríos,
      Me circundáis en grupo tembloroso,
      Vosotros el precioso
      Derecho me quitáis con que podría
      Postrarme de rodillas ante el Cielo,
      Y el inmediato fin de vida y duelo,
      Suplicios ambos, impetrar hoy día!

      ¡Extraña condición! ¡Yo, que a torrentes,
      Voy a beber del mar de la amargura,
      Os debo consolar, prendas dolientes
      De mi muerta ventura!...
      Mas, ¿cómo aliviaré vuestro tormento?
      ¿Qué luz, para mi rostro macilento;
      Para mi mustio labio, qué sonrisa;
      Qué lenguaje, a consuelos adecuado,
      Podrá darme este inerte y desolado
      Corazón, que en tinieblas agoniza?

      ¡Señor, cuando tu arbitrio inescrutable
      Sentencia de orfandad dicte severa
      Contra humana familia miserable,
      Sea el padre la víctima primera;
      Y a la débil infancia que, inocente,
      En el regazo maternal anida,
      Del materno calor saca la vida,
      No la dejes sin madre, Dios clemente!

      ¡Piedad, Señor!, mis hijos la han perdido;
      El mayor infortunio de la tierra
      Sobre ellos ha caído.
      Verdad que es suyo cuanto amor encierra
      Mi pecho lacerado,
      Amor que, con la ausencia perdurable
      Del ídolo de mi alma, se ha doblado;
      Mas, ¿dónde la inefable
      Ternura, los afanes, los desvelos,
      Y ese caudal de halagos sin medida
      De aquel ángel bendito de mi vida,
      Custodio de mis pobres pequeñuelos?

      ¿Quién soy, desde que faltas, dueño amado,
      Sino un huérfano más que, despojado
      De tu inmenso cariño,
      Te busca sin cesar por donde quiera,
      Te llora amargamente, como un niño,
      Y te llama, y te espera,
      Y, como no contestas, se sorprende,
      Y, de ver que no asomas, se horroriza,
      Y hiélase de espanto, pues comprende
      Que ya no eres, mi amor, más que ceniza?

      ¡Oh desastre fatal! ¡Oh golpe rudo!
      ¿Quién anunciarme pudo
      Que el prematuro fin lamentaría
      De tu fresca y lozana
      Juventud, de tu noble bizarría,
      Del cultivado brillo de tu mente,
      De ese anhelo continuo y diligente
      Con que eras, en tu hogar, la soberana
      Experta y laboriosa,
      Madre excelente, singular esposa?

      De cuanto fuiste tú, ya no me queda
      Sino la imagen de tu rostro amado
      Que, previsor, el arte ha conservado,
      Para que, en medio de mi angustia, pueda
      Mirarla y suponer que noche y día
      Vives en mi amorosa compañía.
      Ella es mi talismán y mi tesoro,
      La única joya que en el mundo estimo,
      Y, cuando a voces mi desdicha lloro,
      Contra el viudo corazón oprimo...

      Consuelo de mis penas, ¿por qué acabas
      Tus juveniles años de repente?
      Trunca dejas la tela que bordabas;
      Abierto aún el libro que leías;
      Suspensa la cristiana y elocuente
      Instrucción que a tus hijos dar solías;
      Toda labor doméstica turbada;
      Toda esperanza de los dos burlada...
      ¡Ay!, con razón, encanto de mi vida,
      Al contacto postrero de tu mano,
      Exhaló gemebundo tu piano
      Notas de lastimera despedida...

      Pronto florecerán tus azucenas,
      Y después tu magnolia favorita
      Su esencia brindaranos exquisita,
      En níveas copas, de rocío llenas.
      Aún las de nuestro amor flores preciadas,
      Que, en aljófar de lágrimas bañadas,
      Son la mejor corona de tu duelo,
      Puede ser que, pasado el negro día
      De llanto y desconsuelo,
      Cobren nuevo vigor y gallardía...

      De entre las bellas cosas que cultivo,
      A una, la más preciosa
      Di de tu dulce nombre el atractivo,
      Y es rosa de Jesús aquella rosa.
      Ya con botones de fragante grama,
      Soberbia de ser tuya, se engalana,
      ¡Malogrado primor!, ¡vana hermosura!
      ¡Ahí estás, mi Jesús, flor de mis flores,
      Con el brote postrer de mis amores,
      Marchita en la desierta sepultura!

      ¡Ah cuán lento, cuán largo, me parece,
      Desde que tú no existes, cada instante!
      Ha quedado mi dicha tan distante,
      Que en lóbrego confín se desvanece.
      Así suele, después de claro día,
      Prologarse la noche tenebrosa,
      Y ni vestigios hay de la radiosa
      Lumbre que en el cenit resplandecía.

      ¡Ten lástima de mí, Dios soberano!
      Mi corazón se turba y anonada
      Al peso de tu mano.
      Con la luz de mis ojos apagada
      Y la carne a los huesos adherida,
      Hastiado de mí mismo y de la vida,
      Adusto, cual el cárabo en su grieta,
      ¿Cómo, si me abandonas, Padre mío,
      Resistiré a tu excelso poderío,
      Que me clava en el pecho la saeta?

      Sus días fueron sombras, fueron humo,
      He ahí que la agostaste como el heno
      Que siega el labrador en la mañana...
      Sólo tú no te cambias, Poder Sumo,
      Que impasible dispones y sereno
      La sucesión de seres cotidiana.
      Cuando perezca el orbe que fundaste,
      Envejecido el cielo se desgaste,
      Y a desplomarse vaya la opulenta
      Máquina de los mundos al abismo,
      La mudarás cual rota vestimenta,
      Y quedarás el mismo...

      Pero, ¿qué es de la humana criatura,
      Que hiciste a tu divina semejanza,
      Dándole un rayo de tu lumbre pura
      Y el poderoso imán de la esperanza,
      Si, a pesar de sus ansias de lo eterno,
      La total destrucción que le rodea
      Mira, con esa luz, odiosa tea,
      Que le enciende las llamas de un infierno?

      ¡Perdóname, Dios santo, que estoy loco!...
      ¿Loco?... ¡Dichoso yo, si lo estuviera,
      Y el juicio, que quitárame hace poco,
      Tu augusta potestad me devolviera!
      Y, desgarrado el velo que cubría
      De pavorosa lobreguez mi mente,
      Brillara para mí resplandeciente
      La aurora de otro día,
      Y despertase de mi horrible sueño,
      En brazos... ¡ay!, ¡en brazos de mi dueño!

      Y aquel amargo adiós que ella me daba;
      Los tristísimos ayes que exhalaba;
      La tierna bendición con que a sus hijos
      Por siempre de su lado despedía;
      Aquellos ojos lánguidos, que fijos
      En el cielo tenía;
      La mortal palidez de su semblante;
      Su actitud de paloma agonizante;
      Su sacrificio, en fin, y esos clamores
      Que en torno a su cadáver estallaron,
      ¡Fuesen sólo fantásticos dolores,
      Soñadas amarguras, que pasaron!...

      Paraíso de mi amor, Azuay querido,
      Que tuya has hecho la desgracia mía,
      Con cuánto regocijo te diría:
      ¡Dejemos de llorar: no la he perdido!
      Por tus plazas y calles la llevara,
      Con el mismo contento y algazara
      De la feliz mujer que halló su perla,
      Y tu pueblo, sensible y generoso,
      Llamándome dichoso,
      Me colmara de plácemes, al verla...

      ¡No, Señor!, ya me postro y me someto
      Al horrible decreto
      Que contra mí fulminas.
      ¡Que se cumplan tus órdenes divinas!
      Con la frente en el polvo las bendigo,
      Sabia, tu providencia ha concertado
      Un premio y un castigo,
      Con separar al justo del culpado.

      Se fue la gloria mía;
      Se fue contigo, que mejor la amabas;
      Yo no la merecía.
      Mil veces entendió que la llamabas;
      Mil veces me lo dijo de antemano;
      Aunque, al hablarme de su fin cercano,
      ¡Insensato de mí!, no lo creyera.
      ¡Ay!, cuando ya no existe,
      Saboreo el acíbar de aquel triste:
      ¿Quién cuidará de ti, cuando me muera?

      ¿Quién cuidará de mí?... Nadie, amor mío.
      Tu puesto está vacío...
      Compañera adorada, ven a verme...
      Tu familia de huérfanos ya duerme.
      Desamparado estoy... Lúgubre calma
      De silenciosa noche me circunda,
      Noche en el corazón, noche en el alma.
      Todo es quietud profunda;
      Nadie te observará; sólo yo velo.

      Acércate, por Dios; dame al oído
      El plácido mensaje que del Cielo
      Por favor, por piedad, me habrás traído.
      ¿Cómo he de soportar esta condena
      De forzado a la vida,
      Si alguna vez, a mitigar mi pena,
      No vienes, con tu amor, sombra querida,
      Espíritu inmortal, que al sacrosanto
      Seno de Dios volaste?
      Recuerda que en el mundo me dejaste
      Náufrago de las ondas de mi llanto
      Yo debo perecer, si no me amparas;
      Pero, ¡ay entonces, de las prendas caras
      Que mi dicha de ayer diera por fruto!
      De orfandad doble vestirán el luto.

      ¡No!... por más que me olvides, yo no puedo
      La cadena romper con que ligado
      Por el amor a la desdicha quedo.
      Tú a la patria del bien te has encumbrado,
      Donde tus hijas en la infancia muertas
      Ángeles eran ya, que te esperaban
      Con las alas abiertas.
      Cuantos pesares para ti se acaban,
      Cuantos el mundo para mí tenía,
      Cuantos, al caer tú, se han desatado,
      Unidos, van a ser, desde este día,
      El lote de tu esposo desgraciado...

      ¡Emperatriz del cielo! A tu clemencia,
      Con mi grupo de huérfanos acudo;
      Bajo tu amparo pongo su inocencia.
      Cuando su buena madre ya no pudo
      Hablar palabra del lenguaje humano,
      Todavía tu nombre soberano
      Con labio balbuciente pronunciaba,
      Y hasta el último instante repetía;
      Porque mi pobre mártir expiraba
      Entregando sus hijos a María.

      ¡Madre del infeliz que no la tiene,
      Recibe esta familia, que, a ser tuya,
      Dejando en polvo la que tuvo, viene!
      Tu divino favor le restituya
      Todo el amor perdido.
      Por tu dolor de madre te lo pido,
      Acógela benigna en tu santuario;
      Sé su tierna y clemente protectora.
      ¡Después de tu orfandad en el Calvario,
      Ya no debe haber huérfanos, Señora...!

      A tus plantas los dejo, y peregrino,
      Mientras tu santa protección los guarde,
      Voy, en mi aciaga tarde,
      A recorrer, el resto del camino.
      Solitario y errante en la jornada
      Más penosa y difícil de la vida,
      El alma, entre mis hijos y mi amada,
      En sangrientas mitades dividida,
      A cuestas con el fardo ponderoso
      De mi muerta ventura,
      Salgo a buscar ansioso
      Mi único porvenir: la sepultura...

      ¡Adiós, mi caro dueño,
      Del cielo de mi amor astro extinguido!
      Duerme en santa quietud el postrer sueño;
      Yo, a continuar penando, me despido.
      Mañana, que, al tormento de llorarte,
      Desfallezca y sucumba,
      Vendrán mis restos a pedir su parte
      En tu fúnebre lecho de la tumba...
      Hasta entonces, ¡adiós! En la elegía
      Que amor y desventura me han dictado,
      Te dejo por ofrenda, esposa mía,
      ¡Todo mi corazón despedazado!
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    Al glorioso Cervantes Saavedra
      A los trescientos años de haber nacido su inmortal don Quijote de la Mancha.

      I

      Para irrisión de andantes caballeros,
      Lanzaste el tuyo, de figura triste,
      Tempestuoso filántropo, que embiste
      Doquiera que barrunta desafueros.

      A su lado pusiste el de escuderos
      Perfecto tipo, que al Manchego asiste
      Sólo porque el Fidalgo le conquiste
      Ínsulas en que hartarse de pucheros...

      ¡Tal es la sociedad! Almas ardientes
      Pugnan por el derecho conculcado,
      Provocando la risa de las gentes;

      Mientras un maula rústico y taimado
      Sirve de Sancho Panza a los valientes
      Por el plebeyo gaje del bocado.

      II

      Loco es tu paladín; mas, su manía
      De amparar a dolientes desvalidos,
      Castigando a bellacos y bandidos,
      A punto está de ser sabiduría.

      Al otro mandria, de cabeza fría,
      Que todo lo refiere a los sentidos,
      ¿Qué le importan fazañas ni cumplidos,
      Si al sórdido interés tiene por guía?

      Hidalgo el uno, la hermosura crea
      Que corazón le acepte y homenaje,
      Férvido adorador de Dulcinea.

      Villano el otro, sueña con el gaje,
      Y, si en algo más noble se recrea,
      Es sólo al recobrar a su bagaje.

      III

      Desazones, derrotas, penitencia,
      Todo lo arrostra el ínclito Manchego,
      Que, encendido de amor en vivo fuego,
      Milita en protección de la inocencia.

      El paje es un modelo de indolencia,
      A injurias mudo, para lidias ciego,
      Muy discreto, eso sí, cuando entra en juego
      El tema de la propia conveniencia.

      El adalid, que al débil presta auxilio,
      Deplorará, con frases peregrinas,
      La suerte de Cardenio o de Basilio.

      El mozo, de Camacho en las cocinas,
      Vagará como en propio domicilio,
      Engullendo perdices y gallinas.

      IV

      Don Quijote es el noble visionario,
      Por altos ideales aturdido;
      Sancho es aquel plebeyo buen sentido,
      Que prefiere a la gloria el numerario.

      Si embiste el Caballero temerario,
      El mozo queda oculto o encogido,
      Y ni palabra chista, si, vencido,
      No abandona el palenque el adversario.

      Blande el Hidalgo la pujante lanza
      Sólo por la justicia y por su hermosa,
      Que así de caballeros es usanza.

      El zafio una piltrafa apetitosa
      Les pide a las alforjas, como Panza;
      Don Quijote es poema: Sancho es prosa.

      V

      El uno al natural, el otro al vuelo;
      Aquel con su sarcástica simpleza;
      Este elevada siempre la cabeza,
      Confundiendo al Toboso con el cielo.

      Arranques de piedad en todo duelo;
      Lujo de cortesana gentileza;
      Contra follones, varonil fiereza;
      De honrosos lances insaciable anhelo.

      Socarrón, el criado, le acompaña,
      Sobre enjalma de mísero borrico,
      Sólo por el botín de la campaña;

      Y olvida el manteamiento y cierra el pico,
      Porque su burdo cálculo le engaña
      Con Baratarias que han de hacerle rico.

      VI

      Tal es el mundo, ilustre Romancero:
      Algunos, con la mente perturbada,
      Imitan la ideal, pero arriesgada,
      Profesión del Andante Caballero.

      Otros, como su rústico escudero,
      Buscan lo material de la tajada,
      Aunque agujas los pinchen; porque nada
      Los enamora más que don Dinero.

      Armemos los Quijotes por docenas;
      Montemos por millares a los Panzas,
      Y tendremos del mundo las escenas,

      Donde, al romperse quijotescas lanzas,
      Estallen burlas y se lloren penas,
      Producto de estrambóticas andanzas.

      VII

      ¡Cervantes inmortal!, ¡cuánta cordura
      Acertaste a encarnar en la demencia,
      Haciendo de tu artista la excelencia
      Perpetuo asombro de la edad futura!

      Moral, erudición, literatura,
      Milicia, poesía y elocuencia,
      ¡Todo con la fantástica apariencia
      Y el bizarro color de la locura!

      ¡Sublime Manco, si llegase el día
      En que la humana sociedad agote,
      Por deplorable caso, su alegría,

      Para hacer que otra vez la risa brote
      En sonoros raudales, bastaría
      Abrir ante los tristes tu Quijote!
    Arriba

    Perfume eterno
      Fiesta en el hogar había,
      Y me diste, esposa mía,
      Tu perfumado pañuelo,
      Que lo guardo con anhelo,
      Perfumado todavía.

      Largo tiempo ha transcurrido,
      Desde que, dando al olvido,
      Toda mundana ventura,
      Te hundiste en la sepultura,
      Dulce tesoro perdido.

      ¿Vives en alguna parte?
      ¿He de volver a mirarte?
      ¿En dónde?... ¿Cómo?... Lo dudo.
      ¡Ah, tal vez la muerte pudo
      Para siempre aniquilarte!

      Sumido en hondo pesar,
      Cansado de meditar
      En arcano tan sombrío,
      Saco el pañuelo, bien mío;
      Lo saco para llorar...

      Pero, apenas desplegado,
      Me enseña que no ha menguado
      La esencia que en él pusiste...
      ¿Será emblema de que existe
      Lo que juzgo aniquilado?

      Sí, porque cuando el olor
      Percibo, sin ver la flor,
      También mi espíritu siente
      Que me ilumina tu mente,
      Que me acaricia tu amor.

      Y el Cielo me dice: Mira,
      El alma que se retira
      Del cuerpo no se consume:
      Es un divino perfume
      Que, muerta la flor, no expira.
    Arriba

Miguel Riofrío

.
    Información biográfica

  1. A mi esposa
  2. A orillas del Telembí
  3. Josefina
  4. Mi asilo
  5. Nina I
  6. Nina II
  7. Nina III
  8. Nina IV
  9. Nina V
  10. Nina VI


Información biográfica
    Nombre: Miguel Riofrío Sánchez
    Lugar y fecha nacimiento: Loja, Ecuador, 7 de septiembre de 1819
    Lugar y fecha defunción: Lima, Perú, 11 de octubre de 1879 (60 años)
    Nacionalidad: Ecuatoriana
    Ocupación: Político, abogado, periodista, educador, poeta

    Fuente: [Miguel Riofrío] en Wikipedia.org
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    A mi esposa
      (En su cumpleaños)

      Al breve viaje que llamamos vida,
      Buscarle paz y bendición quisimos,
      La fe nos alumbró, la senda vimos,
      Y en venturosa audacia
      Para juntos seguirla nos unimos.

      Y a los dos, así juntos caminando,
      Bajo el astro propicio que nos guía,
      Nada cansa ni amarga, nada hastía
      De cuanto en fiel presagio
      El bendecido amor nos prometía.

      Ni opacas son, ni estériles las horas
      Que señalando van nuestro camino.
      ¿Qué mayor dicha ni mejor destino
      Que paz, amor, bonanza
      Para el que anda en el mundo peregrino?

      La paz del corazón, cual suave lluvia,
      Da al amor conyugal vida y consuelo,
      Y así fecunda el que bendice el cielo:
      Almo, viril trabajo,
      Cuyo ambiente hace fértil todo suelo.

      Sin anhelar profanos esplendores
      Que dan al vicio fúlgida apariencia,
      Tenemos el fulgor, la sacra herencia
      Que ufana nos ofrece
      Desde su trono augusto la conciencia.

      De un año solo en el estrecho espacio,
      Fuiste virgen y amante y casta esposa,
      Y después de arduo trance, aún más hermosa,
      El título de madre
      Te decora con láurea majestuosa.

      La que está en tu regazo es tu alta esencia
      Por divino favor reproducida,
      De tu amor y mi amor hija querida
      Que absortos contemplamos
      Cual la antorcha que alumbra nuestra vida.

      En ella está tu vivo simulacro
      Desde que al valle del dolor viniste;
      Como ella, tras el llanto sonreíste;
      En ella yo te miro
      Desde la hora feliz en que naciste.

      Así, al rayar de la risueña aurora
      Que recuerda tu luz de primer día,
      Unamos mi contento a tu alegría,
      Mirando nuestra infancia
      Que tu hija reproduce, esposa mía.
    Arriba

    A orillas del Telembí
      No rinde al proscrito cobarde tristeza
      Al ir peregrino de hogar en hogar,
      Pues mira extenderse de Dios la grandeza
      Por montes, y valles, y el cielo y el mar.

      Un punto nos quitan, un punto querido,
      Que patria llamamos con férvido amor;
      Mas, presto encontramos que al punto perdido
      Se sigue en lo inmenso la patria de Dios.

      He visto cien montes de formas extrañas;
      Hollé mil peñascos con tímido pie;
      Crucé con asombro las rudas montañas
      Do moran las fieras con regia altivez.

      Al fin, por descanso, sentado a esta orilla,
      Mirando incesantes las aguas pasar,
      La mente se eleva, se expande y se humilla
      Al ver que aun los siglos son soplo fugaz.

      Cual vagos enjambres, sagradas memorias
      De tiempos remotos se vienen aquí;
      Sucesos y nombres de viejas historias
      En tristes murmurios me da el Telembí.

      De patrias antiguas allá de otros mundos
      Las linfas corrientes vehículo son,
      Que al nuevo universo recuerdos profundos,
      Por siempre indelebles le da en tradición.

      El Gránico, el Misio y al norte el Sangario,
      El áureo Pactolo, el Ermo, el Halís,
      A un mundo de guerras, que es hoy solitario,
      Miraron formarse, crecer y morir.

      Y siguen sus aguas las ruinas bañando
      Y viendo a los siglos, como ellas correr,
      Y siempre incesantes pasando, pasando,
      Verán a naciones que están por nacer.

      Recuerdo el Éufrates, el Tigris y el Nilo,
      Con todos sus cuadros de mística unción,
      Que fueron del pueblo de Dios el asilo
      Y luego de larga, letal proscripción.

      Recuerdo el Sinóis que un tiempo de Troada
      Las regias ciudades bañaba al pasar,
      Y ya solitaria su linfa olvidada
      Hoy pasa lamiendo desierto arenal.

      ¡Oh, cuántos despojos de patria perdida
      Arrastra la riada del tiempo veloz!
      Un punto es la patria y aún menos la vida;
      Busquemos en lo alto la patria de Dios.
    Arriba

    Josefina
      Parece nueva luz, nueva mañana
      En un nuevo horizonte despertar
      La fe que se levanta soberana
      Los abismos del alma a iluminar.

      En este corazón que aletargado
      Nido y sepulcro de ilusiones fue,
      Nunca cual hoy, ¡ah! nunca ha penetrado
      Con suavidades y esplendor la fe.

      Si un lucero miré, presto una nube
      Con negrura mató la inspiración,
      Sólo en ensueños y delirios tuve
      Ninfas de paz, virtud y abnegación.

      Mas, yo era injusto al contemplar el suelo
      Cual la más tenebrosa realidad,
      Donde sólo alumbrara por consuelo
      La enrarecida luz de la amistad.

      Pues, con tu aliento al fin has encendido
      Todas las luces que apagarse vi
      En el largo camino recorrido
      ¡Oh, virgen pura, hasta llegar a ti!

      Tantos cardos y abrojos que he hollado
      Buscando la verdad entre el error,
      Sólo al llegar a ti me han enseñado
      Que la excelsa verdad es el amor.

      Por ardua senda ¡oh Dios! ¿quién lo dijera?
      Peregrino llegando hasta tu hogar
      Con el cansancio del que nada espera
      ¡Un cielo en tu alma de improviso hallar!

      Tú conoces mi lóbrego pasado,
      Mi estéril vida, mi fatal sufrir...
      Y mi amor con el tuyo has abrigado
      Sin temer el dudoso porvenir.

      Tú nada en nuestras pláticas oíste
      De cuanto halaga o priva la mujer;
      Proscripción, infortunio sólo viste
      En vez de juventud, oro y poder.

      Por nupcial prenda con unión nos dimos
      De las estrellas la sublime luz,
      Y nuestras almas ante Dios unimos
      Para juntos llevar corona y cruz.
    Arriba

    Mi asilo
      En mi memoria estás, mansión querida,
      Con signos indelebles señalada,
      Tú que alargas las horas de una vida
      Al rigor de un suplicio destinada.

      Mientras furioso a la venganza aspira
      El déspota en frenético ardimiento,
      Dulcemente mi pecho aquí respira
      Tu ambiente puro, de cuidado exento.

      Me detienes seguro meditando
      Desde el tranquilo y sosegado encierro,
      En esas que me están hoy aguardando
      Rudas cadenas de pesado hierro:

      En el arma homicida que el sicario
      Al preparar se inmuta y amancilla,
      Y en las luces de aspecto funerario
      Que pálidas alumbran la capilla...

      Se grita allá que la inocencia muera,
      Y aquí se alarga la inocente vida...
      ¡Ah!, ¿quién un holocausto no ofreciera
      A esta mansión del cielo bendecida?

      Mas, ¿qué puede a su albergue hospitalario
      Hoy ofrecer el trovador proscrito,
      Sino un mísero canto solitario
      Que firme quede en la memoria escrito?

      Vencida por humanos extravíos,
      Huyó la libertad del patrio suelo,
      Pero su influencia en los recuerdos míos
      Le da a mi asilo espiritual consuelo.

      Si fuera permitido a mis cantares
      Alzarse, como el humo del incienso,
      Cruzando la extensión de abiertos mares,
      Así dijera en horizonte inmenso:

      Aquí te extiendas, libertad sublime,
      Ostentando tu esencia ilimitada;
      Más benéfica allá, ¿no fuiste, dime,
      Donde animabas mi feliz morada?

      Al contemplar aquí tu poderío
      Confundida la mente se extasía;
      Dada en gotas allá, como el rocío,
      Sediento el corazón de ti bebía.

      Aquí estás estupenda, allá, piadosa,
      De vencedor y mártir una palma
      Le diste al trovador: ora ruidosa,
      Ora en silencio fecundaste su alma.

      Ruidosa en esas músicas festivas
      Con que un pueblo feliz te saludaba,
      Entre algazaras y solemnes vivas,
      Que el aire a lo alto con placer llevaba.

      Sigilosa después, tras denso velo,
      En silencio alargaste amiga mano
      Y un asilo le diste por consuelo,
      Al que de muerte persiguió el tirano.

      En este asilo el libre pensamiento
      En vez de desmayar se enorgullece,
      Pues si su pluma le arrancó el tormento,
      La corona de mártir le enaltece.

      Y luego, en variedad, objetos tantos
      De un efluvio vital siempre halagüeño,
      En la vigilia dan dulces encantos
      Que reproduce el apacible sueño.

      La luz primera que por limpia gasa
      O por alta vidriera cristalina,
      Lánguida y suave a iluminarme pasa
      Es mi dulce visita matutina.

      Ángeles de piedad están guardando
      La inútil vida de infeliz proscrito,
      Del verdugo que está siempre acechando
      Con siniestra avidez, como a un precito.

      En vez de los escarnios y baldones
      Que del cautivo agravan la amargura,
      Escucho ya las mágicas canciones
      Que exhala el pecho de una virgen pura.

      Y es el aura sutil de esos acentos
      Manantial de fecunda inspiración,
      Pues engendra sublimes sentimientos
      Agitando el latir del corazón.

      Cuando el silencio sigue a la armonía
      Del inocente canto virginal,
      Viene, como en atmósfera sombría,
      De la patria el recuerdo funeral.

      ¡Ay!, entonces sus trovas de amargura
      Con plañidos exhala mi laúd,
      Cual si viera una joven hermosura
      Opresa en la estrechez de un ataúd.

      Mas tiene la vital melancolía
      Espacios sin confín que recorrer,
      Ellos muestran fugaz la tiranía
      Y el hoy campante destructor poder.

      Por próximas regiones se encamina,
      Cual la modesta luz del arrebol,
      Esa de libertad llama divina
      Hacia este suelo que fecunda el sol.

      Entre tanto ¡oh albergue! la vida
      Del proscrito fluctuante sostén,
      No consientas que vague perdida
      De las olas del mundo al vaivén.

      Vuelva, virgen, tu acento divino
      Su balsámico influjo a verter
      En el mártir que tienes vecino
      Procurando su plectro mover.

      ¡Oh cuán grata en el alma resuena!
      ¡Cuánto se ama esta vida fugaz,
      Cuando exhalas tu voz de sirena
      De melódica cuerda al compás!

      ¡Todo entonces, grandioso, esplendente,
      Nos revela un divino poder,
      Y el poeta, inclinando la frente,
      Ama a Dios, la creación, la mujer!
    Arriba

    Nina I
      Descendiente de los Shyris,
      Chaloya, padre de Nina,
      Huyendo de Rumiñahui
      Subió a lo alto del Pichincha.

      Al mirar columnas de humo
      Y entender que Quito ardía,
      Alzó sus ojos al cielo
      Y postrose de rodillas.

      Chaloya, aunque de alta estirpe,
      No fue tenido en valía,
      Porque a la corte enojaba
      Su ardiente sed de justicia.

      Alejado de los grandes,
      Sin odio, pena ni envidia,
      En lo invisible ocupaba
      Su mente contemplativa.

      Presagiaba suspirando
      Que la patria acabaría
      Entregándose a extranjeros,
      Devorada por sí misma.

      Por mitigar sus congojas
      Oraba de cima en cima,
      Y, en la suprema desgracia,
      Prefirió la del Pichincha.

      El pensamiento y las huellas
      De su padre siguió la hija,
      Y en esta vez asustados
      Otros a ella la seguían.

      Era todo movimiento,
      Confusión, llanto, fatiga;
      Por oír entonces al justo
      Suben varios al Pichincha.

      Resbalando entre la nieve,
      Ante todos llega Nina;
      Ve a su padre, mira al cielo,
      Llora, y como él se arrodilla.

      Iban los demás llegando
      En confusa vocería;
      Uno maldice al tirano,
      Maldice otro la conquista;

      Quien amenaza, quien jura,
      Quien blasfema, quien suspira.
      Chaloya se alza, oye a todos
      Y dirigiéndose a la hija:

      "Llora -dice- el llanto es justo,
      Pues la patria está en cenizas;
      Mas no maldigas a nadie,
      Sólo la culpa es maldita.

      "¿Y quién de culpa está libre
      Ante el sol de la justicia?
      El valor se torna en culpa,
      Si con culpas se ejercita.

      "Es culpa la mansedumbre
      Que ante las culpas se humilla;
      Ejerciéndola en exceso
      Es culpa la virtud misma.

      "Tras las culpas hay desgracias,
      Si todo no se equilibra.
      Sin nada más, nada menos
      De lo que el sol determina.

      "Rumiñahui valeroso
      Quiso defender al Inca;
      Mas nuestro monarca, manso
      Se entregó, cual tortolilla.

      "Le devoraron milanos
      Que nuestra raza asesinan;
      Librarnos de tal peligro
      Ha intentado el héroe quichua.

      "Pero la nación estaba
      En cien bandos dividida;
      Cada bando era una culpa
      Que engendraba cien desdichas.

      "En despecho, Rumiñahui 
      Llegó a la culpa infinita
      De la matanza y el fuego
      Que contemplas pavorida.

      "Por las culpas de sus hijos
      Gime la patria cautiva,
      Pues ya miro consumada
      La más sangrienta conquista.

      "Infelice, cual ninguna,
      Será la raza vencida;
      Pero nunca la triunfante
      Podrá excitar nuestra envidia.

      "Nuestra prole a la indigencia
      Estará siempre sumisa;
      Será la bestia de carga
      De la crueldad y avaricia.

      "Pero ¡oh sol! tú no perdonas
      Crueldades ni alevosías;
      A ti que a todos alumbras,
      Todos te deben justicia.

      "Y tus leyes quebrantadas
      Se llaman guerra, conquista,
      Odio, rabia, furia, celos
      Y frenética codicia.

      "El sol con la servidumbre,
      A nuestra patria castiga
      Y deja a la raza intrusa
      Castigarse por sí misma".
    Arriba

    Nina II
      Dispersose el auditorio
      Por las orientales vías;
      Cual perplejo, cual bramando,
      Cual con el alma afligida.

      Hacia occidente, do arroja
      El volcán lava y ceniza,
      Las montañas solitarias
      Eran del hombre temidas.

      Allí tramontano asilo
      Buscó Chaloya con su hija;
      Bajaron, besando el suelo,
      Como postrer despedida.
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    Nina III
      Era fama que Atahualpa,
      Viendo bella y pura a Nina,
      Quiso al templo consagrarla
      Y que ella respondió al Inca:

      "Perdí a mi madre en la cuna,
      Mas no la doy por perdida,
      Porque, cuando pienso en ella,
      Junto su alma con la mía.

      "Ella era esposa, era madre,
      Y así era la virtud misma;
      Fue para el sol virgen pura,
      Pues tuvo alma sin mancilla.

      "Con arrullo de paloma
      Mi padre, desde muy niña,
      Me enseñó a ver en el cielo
      A mi madre y la justicia.

      "Para que en el sol pensara
      Más que en mí, me llamó Nina.
      Yo soy, pues, del sol la virgen,
      Mas mi templo es la campiña.

      "En los prados y en los bosques,
      En oteros y colinas,
      En tantos cerros nevados
      Que por doquier se divisan,

      "Difunde el padre sus rayos,
      Con ellos todo ilumina,
      Y todo se muestra en orden
      Y variedad infinita.

      "Con ellos, todo despierta,
      Se colora, se matiza,
      Se fecunda, se embellece
      Y a adorarte ¡oh Sol! convida.

      "Millares de aves te cantan
      Entre las selvas floridas.
      ¿Por qué esconder entre muros
      Tu alta gloria y nuestra dicha?

      "Yo seré del sol la virgen
      Sin verme nunca oprimida,
      Cual si la Bondad Suprema
      Fuera celosa y mezquina.

      "Quiero libre, no entre muros,
      Consagrar el alma mía
      Al que mostrando grandezas
      Quiso hacer grande la vida".

      Admirado y temeroso
      De tan extraña doctrina,
      El rey mandó que en su corte
      Nunca penetrara Nina.

      Y ella vagaba en los bosques
      Libre como la neblina,
      Admirando en cielo y tierra
      La eterna sabiduría.
    Arriba

    Nina IV
      El tirano Rumiñahui,
      Aún las teas encendidas,
      Completada la obra horrenda
      De desolación y ruina,

      Oyó, sarcástico riendo,
      Esta importante noticia:
      "El hipócrita Chaloya
      Queda en lo alto del Pichincha;

      "Su hija ante el sol y la luna
      Postrándose de rodillas
      Dice que ellos le inspiraron
      Cierta egregia negativa.

      "Pues recordarás que ingrata,
      Rebelde, osada y sacrílega,
      No quiso entrar en el templo,
      Por vagar en la campiña.

      "Al ver que son tus esposas,
      Las que en el templo existían,
      Y que tú, justo y severo,
      Con la muerte las castigas,

      "Dice que el sol la ha librado
      Con su inspiración divina
      De sufrir, como las otras,
      Tu espantosa tiranía.

      "Su padre, cual Duchicela,
      Quizá ofrezca mano amiga...".
      Rumiñahui, interrumpiendo,
      Dio estas órdenes de prisa:

      "Cien chasquis y cien soldados
      Y cien diestros en la pista,
      Con alas en calcañares
      Vuelen en torno al Pichincha;

      "Y, ya veis que aún no anochece,
      Mañana al rayar el día
      Estarán en mi presencia
      Atados Chaloya y su hija".

      Con imperiosa guiñada
      Un jefe da la consigna,
      Y oficiales y soldados
      Alzan su arma y su mochila.

      Por grupos de cinco en cinco
      Van los diestros en la pista,
      Y los chasquis se colocan
      A razón de uno por milla.

      De diez en diez los soldados
      Van con honda, aljaba y pica;
      Los capitanes, oculta,
      Llevan bélica bocina.

      Con astucia y ligereza
      Que al zorro y la corza imitan,
      Llevan, ávidos del premio,
      Ágil planta y ágil vista.
    Arriba

    Nina V
      Pasada horrenda la noche
      Entre humo, llama y cenizas,
      Con siniestro regocijo
      Rumiñahui la luz mira.

      Espera chasquis que anuncien
      La llegada de las víctimas,
      Y entre tanto un plan nefario
      Revuelve en su fantasía.

      Un sentimiento piadoso
      Le acomete y se retira,
      Cual si dos almas tuviera
      Una de héroe, otra ferina.

      Con extraño movimiento
      Las entrañas le palpitan,
      Al pensar en la inocencia
      De un padre amante y una hija.

      Pero luego recobrando
      Su volcánica energía,
      Se goza en el cuadro horrible
      Que su crueldad imagina.

      Pronto verá de Chaloya
      La cabeza encanecida
      Inclinarse demandando
      Perdón, piedad para su hija;

      Y ya ensaya la respuesta
      Que dará con gallardía,
      Haciendo regia y solemne
      Su venganza y su lascivia.

      Con señales de impaciencia,
      Al sol, al suelo, al Pichincha,
      A sus tropas y a sus teas,
      Lleva alternando su vista.

      Mas iba el sol señalando
      Horas lentas y tardías;
      Unas tras otras pasaban,
      Y ningún chasqui volvía.

      El tirano enfurecido
      El exterminio maquina
      De los trescientos enviados;
      Y a enviar mil se disponía.

      Pero luego se le anuncia
      Con la fúnebre bocina,
      Que los trescientos se acercan,
      Mas sin Chaloya ni su hija.

      El tirano va al encuentro
      Con su lanza enrojecida;
      Los trescientos al mirarle
      Todos a una se arrodillan.

      Temblando el capitán dice:
      "Puedes quitarnos la vida,
      Mas no por desobediencia,
      Ni flojedad, ni mentira.

      "Todos lo hemos presenciado:
      El asombro nos abisma...
      Te juramos que no existen
      Ni Chaloya, ni su hija".

      "¿Los matasteis o murieron?
      Decid, pues, ¿qué es de su vida?",
      Les preguntó Rumiñahui
      Con la voz ya enronquecida.

      En respuesta le refieren
      Insólita maravilla:
      Dicen que frescas las huellas
      Les fue fácil el seguirlas;

      Que siguiéndolas miraron,
      A manera de neblina,
      Blanca luz en alta noche
      Por la lluvia ennegrecida;

      Que en el rincón escondido
      De donde la luz salía,
      Descubrieron una fuente
      Que manaba como hervida;

      Que sólo hasta allí llegaban
      Las breves plantas de Nina;
      Y solas las de su padre
      Hasta otra fuente seguían;

      Y que de allí en adelante,
      Ni hacia abajo, ni hacia arriba,
      Hallaron vestigio alguno
      Los más diestros en la pista.
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    Nina VI
      Por el sur ya Benalcázar
      Avanzaba a toda brida,
      Aliado con Duchicela
      De la estirpe de los Incas.

      Por el norte ya Otavalo
      Con ingeniosa perfidia,
      Había dejado indefensa
      Y airada la raza quichua.

      Por occidente un prodigio
      Deja en fuentes cristalinas
      La fecundante memoria
      De la virtud perseguida.

      Mas en tanto, sin rendirse
      Del tirano la osadía,
      Dijo: "Si unos dan su nombre
      A las aguas movedizas,

      "Yo a mi nombre y mis hazañas,
      Que ya la fama publica,
      Dejaré por monumento
      Lo que cuadra al alma mía,

      "Un agrio cerro negruzco
      Que deje por siempre fija
      Con su dureza y sus cortes
      La imagen de la conquista".

      Y andando por ruta opuesta
      A la de Chaloya y Nina,
      Llegó a punto do un estruendo
      Dejó un picacho a la vista.

      Desde entonces Nina-yacu
      Con puras y ardentes linfas,
      Sirven de brazo al Chaloya
      Y agrandándose camina.

      El Rumiñahui se ostenta
      Inmoble, estéril, sin vida,
      Con sus ásperos peñascos,
      Negro y rudo hasta la cima.

      Y así aún en torno suyo
      Esa majestad domina,
      Difundiendo las influencias
      Del tiempo que simboliza.

      Mas, en tiempos venideros,
      Según viejas profecías,
      Iluminará la patria
      El espíritu de Nina.
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