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Mauricio Bacarisse

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    Información biográfica

  1. A la muerte
  2. A medianoche
  3. A mi amigo C.
  4. Abril
  5. Aniversario
  6. Ansiedad
  7. La doncella raptada
  8. La luna
  9. Lectura (De El paraíso desdeñado)
  10. Ruiseñor (De Mitos)

  11. Nota: Los poemas del 11 al 30 pertenecen a El esfuerzo (1917)
    Las canciones candorosas
  12. Musmé
  13. Fragilidad
  14. La infanta velazqueña
  15. Psiquis
  16. La miseria
  17. El Príncipe Sainete
  18. Princesa
  19. Bebedor de ajenjo
  20. Manifestación de hambre
  21. La cojita de las injurias
  22. La Salomé de San Martín
  23. El Madrid de las rondas
  24. El lazarillo del cíclope
  25. La guerra
  26. Nietzsche
  27. La última broma de Schopenhauer
  28. Los estados mayores
  29. El esfuerzo
  30. La tortuga del catolicismo
  31. Las máximas de Epicteto
  32. La Adonia de Rubén Darío (Fragmento)
  33. Junio (Fragmento)
  34. Nisus

  35. Traducción de poemas de Arthur Rimbaud [4]
  36. Traducción de poemas de Marceline Desbordes-Valmore [2]
  37. Traducción de poemas de Stéphane Mallarmé [4]


Información biográfica
    Nombre: Mauricio Bacarisse Casulé
    Lugar y fecha nacimiento: Madrid, España, 20 de agosto de 1895
    Lugar y fecha defunción: Madrid, España, 4 de febrero de 1931 (35 años)
    Ocupación: Escritor, poeta, ensayista, traductor y narrador
    Movimiento: Modernismo, Ultraísmo
Su primer libro fue El esfuerzo (1917), todavía en la estela del Modernismo y de Juan Ramón Jiménez. El paraíso desdeñado (1928) y Mitos (1930) presentan ya formas y temas anclados en el ámbito de la poesía pura y el influjo del Ultraísmo. Hoy tiene, sobre todo, valor de época.

Fuente: [Mauricio Bacarisse] en Wikipedia.org

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    A la muerte
      Yo te saludo, oh muerte redentora,
      Y en tu esperanza mi dolor mitigo,
      Obra de Dios perfecta; no castigo,
      Sino don de su mano bienhechora.
      ¡Oh de un día mejor celeste aurora,
      Que al alma ofrece perdurable abrigo,
      Yo tu rayo benéfico bendigo! 
      Y lo aguardo impaciente, de hora en hora.
      Ante las plagas del linaje humano,
      Cuando toda virtud se rinde inerte,
      Cuando todo rencor fermenta insano,
      Cuando al débil oprime inicuo el fuerte,
      ¡Horroriza pensar, Dios soberano,
      Lo que fuera la vida sin la muerte!
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    A medianoche
      Quizá serán delirios de mi locura,
      O fantasmas que engendra la noche oscura;
      Pero -cuando, rendido tras larga vela
      En que al alma doliente nada consuela,
      Derramando en mis sienes letal beleño,
      Mis párpados cansados entorna el sueño,-
      Por las oscuras sombras, o desvarío,
      O unas alas se agitan en torno mío.
      En medio del letargo que me domina,
      Un rayo misterioso mi alma ilumina;
      Y, entre las vagas ondas del aire vano,
      Una visión distingo de rostro humano:
      Visión fascinadora que infunde al alma
      Esperanza y consuelo, quietud y calma.
      Dulce expresión le prestan y aspecto santo
      Una cándida toca y un negro manto,
      Y su pálida frente leve rodea
      Una blanca aureola que centellea.
      Considera piadosa mi amargo duelo;
      Con la mano tendida me muestra el cielo;
      Y su voz, como brisa de primavera,
      Dulce y mansa me dice: ¡Sufre y espera!

      Yo conozco el aliento de aquella boca;
      Yo conozco aquel manto y aquella toca,
      Desde una triste noche que, delirando,
      A la luz de unos cirios pasé velando:
      ¡Triste noche solemne, triste velada
      Que dejó el alma mía regenerada!

      Dulce voz que me alientas en mi agonía,
      ¡Ay de mí si cesaras de hablarme un día!
      Por tus santas palabras, que fiel venero,
      Resignado a mi suerte sufro y espero;
      Por ti, por ti la mano de Dios bendigo,
      Que imparcial nos reparte premio y castigo;
      Por ti me postro humilde bajo esa mano;
      Por ti soy religioso, por ti cristiano.
      Dios, que sabe la historia de mi tormento,
      Por ti en mis amarguras me infunde aliento.
      Dulce voz misteriosa que tanto alcanzas,
      Dulce voz que reanimas mis esperanzas,
      Nunca niegues tus ecos al alma mía;
      Que, ¡ay de mí si cesaras de hablarme un día!
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    A mi amigo C.
      ¡Cumpliste tu deber!

      Compadecida
      Ve tu acerbo dolor, desde la altura,
      La que no pudo darte, en su amargura,
      El beso de la eterna despedida.
      Por el materno amor enaltecida,
      Su lágrima postrera de ternura
      Hoy, en su frente, vívida fulgura,
      Corona santa de su santa vida.
      Ella, que supo con delirio amarte,
      Hoy, que el lauro alcanzó de la victoria,
      Sabrá desde los cielos consolarte;
      Y, de tu ausencia al conocer la historia,
      El beso que al morir no pudo darte,
      Será el primero que te dé en la gloria.
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    Abril
      (A Vicente Pérez Callejas)

      En dulce quietud extraña
      Sumergido yace el campo,
      Y el sol, que los cielos baña,
      Desflora apenas el ampo
      De la nieve en la montaña.
      Abril, que del yerno suelo
      La bruma invernal destierra,
      Para consolar su duelo
      Viste al árbol verde velo
      Y alfombra verde a la tierra.
      Las aguas que aprisionadas
      En transparente cristal
      Ayer durmieron calladas,
      Corren al fin desatadas
      En bullicioso raudal;
      Y, entre su rumor sonoro,
      Los amantes ruiseñores
      Alzando inefable coro
      Velan el dulce tesoro
      Del nido de sus amores.
      La selva, ayer despojada,
      De sus frondas hace alarde:
      En la espléndida enramada
      Toda es cantos la alborada,
      Toda es aromas la tarde;
      Y porque en hora ninguna
      Falte un astro que pregone
      Todo el bien que el mundo aduna,
      Al tiempo que el sol se pone
      Surge en oriente la luna.
      Corazón que en tu dolor
      Negabas la providencia,
      ¡Bendice al Sumo Hacedor!
      ¡Toda esa luz es clemencia!
      ¡Toda esa vida es amor!
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    Aniversario
      Hoy hace un año que, al morir el día
      Con la luz del crepúsculo incolora,
      Aquí, donde doliente gimo ahora,
      A un tiempo comenzó nuestra agonía.
      Breve la tuya fue; pero la mía,
      Que el corazón y el alma me devora,
      Prolongándose lenta de hora en hora
      Dura al cabo de un año todavía.
      Cuando de mi perdido bien me acuerdo
      Y a medir mi desdicha el juicio alcanza.
      Transido de dolor, el juicio pierdo;
      Y abatido descubro en lontananza
      Tus amores por único recuerdo
      Y la muerte por única esperanza.
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    Ansiedad
      Por no conocerme así,
      No quisiera conocerme.
      Boscán

      De tan largo padecer,
      De tan continuo penar,
      Imbécil me he de tornar
      O loco me he de volver:
      Trastornado está mi ser
      Desde que mi amor perdí
      Y es tanto el mal que sufrí,
      Tanto el que sufriendo estoy,
      Que no encuentro en lo que soy
      Ni sombra de lo que fui.
      Cuando tiendo la mirada
      Por los años de mi vida,
      De hallarse tan abatida
      Llora el alma sonrojada:
      Hoy, al fin de mi jornada
      Al contemplarme y al verme
      Débil, apocado, inerme
      Contra la suerte fatal,
      Por no conocerme tal
      No quisiera conocerme.
      Desde que mi bien perdí
      Con lucha implacable y muda
      La certidumbre y la duda
      Batallando están en mí:
      Ni creo lo que creí,
      Ni niego lo que negué;
      Y, examinando el por qué
      De cuanto temo y deseo,
      Todas las sendas tanteo
      Y en ninguna siento el pie.
      ¡Feliz, feliz el creyente
      Que espera, firme y entero,
      En un Dios justo y severo
      O en un Dios dulce y clemente!
      Mas, ¡ay de aquel que impaciente
      Sondea la eternidad,
      Y, en vaga perplejidad,
      Jamas el ánimo inclina
      Ni a la justicia divina
      Ni a la divina bondad!
      Para el que no osa creer,
      Es la eternidad baldía
      Un interminable día
      Sin mañana y sin ayer;
      Noche fue su amanecer,
      Y en su horizonte sombrío,
      Negro recorre el vacío
      Un sol que, entre opacas nieblas,
      Rayos lanza de tinieblas
      Y ondas esparce de frío.
      Pero aquel que, en su impiedad,
      A la negación se aferra,
      Del ánimo al fin destierra
      Duda, temor y ansiedad:
      Él admite una verdad,
      ¡Triste verdad, bien lo sé!
      Mas para el alma que fue
      Presa de cobarde anhelo,
      Cualquier creencia es consuelo:
      ¡La fe en la nada aún es fe!
      Yo, como el agua que llueve
      Corre esparcida sin cauce,
      Como la rama del sauce
      Que a todo viento se mueve,
      Presa de la duda aleve
      Cambio sin saber por qué;
      Y, exhausto de toda fe,
      Con amargo desconsuelo,
      Consternado miro al cielo
      Cuando nombro a la que amé.
      En vano la Religión
      Me manda, con ceño airado,
      Que, olvidando lo pasado
      Procure mi salvación;
      Que negocie mi perdón,
      Y que, aplicando el veneno
      Que oculto llevo en el seno
      La triaca que me den,
      Agencie mi propio bien
      Sin pensar en el ajeno.
      ¡Traición fuera, vil traición,
      Olvidar, falto de brío,
      A la que por mí, Dios mío,
      Arriesgó su salvación!
      En indisoluble unión,
      Almas que supo juntar
      Al pie de tu propio altar
      Amor trocado en deber,
      ¡O juntas se han de perder,
      O juntas se han de salvar!
      Y al salvarme, ¿qué ventura
      Lograra yo ¡desgraciado!
      Si en no tenerla a mi lado
      Consiste mi desventura?
      Aunque en la celeste altura
      Donde mi clamor es estrella,
      Desertando de su huella
      Penetrar consiga yo,
      Para quien tanto la amó
      ¿Qué gloria ha de haber sin ella?
      ¡Oh!
      Cuando uno ha de caer,
      Acaso el otro, en la gloria,
      Pierda la dulce memoria
      De los amores de ayer.
      Mas si no hemos de caber
      A un tiempo los dos allí,
      Haz, Señor, que junto a Ti
      Mi esposa feliz se crea,
      ¡Ay!
      Aunque yo no la vea
      Ni ella se acuerde de mí!
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    La doncella raptada
      Va a la grupa la doncella
      Sobre un corcel de oro y plata,
      Entre el alhelí y el plomo
      Del cielo y el campo en calma.
      Va a la grupa la doncella
      Aunque ella sola cabalga.
      Su rubia llama de pelo
      Ha de encender la borrasca
      Cuando se desasosiegue
      La tarde en paz, gris y cárdena.
      Aleteos del abril
      Asustan a la hoja plácida
      Y afilan sus acicates
      En la hora desenfrenada
      Para hundirlos en la prisa
      De las nubosas ijadas.
      Por los llanos va el corcel,
      Con luces de oro y de plata,
      Y, en la grupa, la doncella
      Que en las tormentas se escapa.
      El campo la ve correr
      Con su miopía entornada.
      Un amor de río gentil
      Se criba entre las pestañas
      De los chopos espigados,
      Y el verde mirar del agua
      No sabe descifrar quién
      Es el raptor que la rapta.
      Nadie se ve en la montura.
      La niña va arrebatada.
      Alhelíes de centellas
      De olientes tormentas cárdenas
      No aclararán la visión
      De la llanura obcecada.
      La tarde es perla siniestra;
      El corcel es de oro y plata.
      Como un eco del galope
      Se oye un trote de tronada.
      No hará visible al galán
      La encendida catarata.
      Va a la grupa la doncella
      Aunque ella sola cabalga.
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    La luna
      La luna es sólo la luna,
      Y no se parece a nada.

      No vale buscarle imágenes,
      Ni tropos ni semejanzas.

      Yo acaricié aquella noche
      Las breves manos doradas,

      Las que ni desear pude,
      Las manos nunca soñadas.

      En el río de arco iris
      Coreaban mil cascadas.

      No eran laderas fluidas
      De cordilleras de agua;

      No eran tampoco caderas
      De las náyades más cándidas.

      No eran de piedra ni carne
      Sino de cosa más clara,

      Que sigue siendo lo que es
      Aunque sea destrizada.

      Eran un poco de música
      Única e inesperada.

      Sus manos eran sus manos,
      En las mías anidadas.

      La luna era incomparable,
      Redonda, contenta y alta.

      ¡Quién me volviera esa noche,
      Aunque muriera mañana!

      La luna es sólo la luna,
      Y no se parece a nada.
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    Lectura (De El paraíso desdeñado)
      Corazón mío, no te exaltes.
      Fija los ojos en el libro;
      Mira las gráciles letras, en la celulosa,
      Como las momias en los siglos.

      Olvida el canto y la medalla.
      (El rizo olía a miel de otoño.)
      Aún le han de crecer al libro muchas yemas cuando
      Estés perdido en el reposo.

      Todo será para la cifra.
      Han de cifrarse tus latidos,
      Y han de ser piedras, como las que descansan
      En las meditaciones de los ríos.
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    Ruiseñor (De Mitos)
      La pálida luna en flor
      Y la fuente, en mil promesas,
      Son dos hermanas siamesas
      Unidas por un temblor.
      Riela trinos, ruiseñor,
      Sobre agua de astros en calma,
      Tú, que humedeces la palma
      De la mano de Dios, y osas
      Probar a las lindas rosas
      La inmortalidad del alma.
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    Musmé
      Eres bella y elegante
      Y tu alma extravagante
      En amar no se marchita;
      Gozas la dicha completa.
      Dios no te hizo tan coqueta
      Al hacerte tan bonita.

      Brotan lujuriosas luces
      De tus ojos andaluces
      Y de tu pelo africano,
      Y eres como una musmé
      Cuyo diminuto pie
      Caber podría en mi mano.

      Tienes los labios de fresa
      Y las manos de abadesa;
      Son tus mejillas de grana,
      Y hasta en tu voz argentina
      Eres la mujer divina
      Con alma de cortesana.

      Tu maldad no se adivina,
      Tu roja boca fascina
      Para asesinar después,
      Y es una flor de granado
      Que al besar, ha envenenado
      Al que lloraba a tus pies.

      Yo te amé por tu elegancia
      Y por la rara fragancia
      De las rosas de tu ser;
      Por tu traje azul turquesa,
      Por tu sangre de duquesa
      Y tu crueldad de mujer.

      Eres una triste rosa
      Cuya esencia ponzoñosa
      Marchitó mi corazón,
      Y hoy me queda la tristeza
      De contemplar tu belleza
      Y recordar tu traición.

      Quizás comprendas mañana,
      Princesa esquiva y liviana,
      La agonía de emoción
      De aquel ingenuo amor mío
      Que murió yerto de frío
      Debajo de tu balcón.

      ¡Qué grato sería amarte
      Y entre los labios besarte
      Si tu espíritu tirano
      Fuese bondad, luz y calma;
      Si tú tuvieses el alma
      Tan blanca como la mano!

      Prodiga el amor mortal
      Que me hirió como un puñal
      Con tu gracia de musmé,
      Y al amante hazle traición,
      Pues tienes el corazón
      Tan pequeño como el pie.
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    Fragilidad
      Mi alma tierna y melancólica
      Se ha enamorado de ti,
      Magdalena hecha en mayólica
      Por Bernardo Palissy.

      Serás mi único tesoro
      Hasta que venga la Intrusa;
      Eres lo que más adoro
      Con mi madre y con mi musa.

      Como un ópalo en mi dedo
      Turba mi felicidad
      Ese inexpresable miedo
      A tu gran fragilidad.

      Eres un alma perdida
      Del Infortunio en las fauces;
      Eres Ofelia subida
      A las ramas de los sauces.

      Eres de nieve y cristal,
      Y si te estrecho en mis brazos
      La copa del Ideal
      Ha de quebrarse en pedazos.

      Eres un astro de oros
      En mi existencia confusa;
      Eres lo que más adoro
      Con mi madre y con mi musa.

      Por si algún día estoy falto
      De tu amor y tu bondad,
      Vivo en triste sobresalto
      Por tu gran fragilidad.
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    La infanta velazqueña
      Era la Primavera cadenciosa.
      La noche prodigaba sus zafiros;
      Arrullaba la fuente rumorosa
      Y el viento se llevaba entre suspiros
      Una lluvia de pétalos de rosa.

      Cruzaste los jardines de mi ensueño
      Como una grácil y amorosa infanta;
      Me destoqué del negro castoreño,
      Pero al ir a besar tu egregia planta
      Tus ojos se apiadaron de mi empeño.

      Llevaba el corazón atravesado
      Por todas las infamias de la vida
      Bajo el amplio manteo ensangrentado,
      Y al verte tan propicia y tan rendida
      Me eché a tus pies, romántico y cansado.

      Comprendí que no habías de saciarme
      De la sed de ideal que en mí brotó;
      Pero tu amor quería recordarme
      Que don Diego Velázquez te pintó
      Y que el lienzo dejabas para amarme.

      Yo, fuerte en el baluarte de mí mismo,
      -Golondrina anidada en su metopa-,
      Desconocí rencor y escepticismo,
      Pues desbordaba el vino de mi copa
      En una espuma de romanticismo.

      Contemplé al hombre desde mi alta cumbre;
      Vi su tragedia triste y aburrida,
      Y ardiendo el alma en la sagrada lumbre
      La fe envolvía de la eterna vida
      Entre las flores de la certidumbre.

      Era la Primavera cadenciosa
      Que perfumaba nuestra vida estulta.
      La Noche suspiraba melodiosa
      Y Citerea nos llamaba oculta
      Tras unos setos de laureles rosa.

      Mi verso tuvo luz en la esperanza
      Que vale más que imperios y fortuna,
      Y mirando la Dicha en lontananza
      Con tus besos al claro de la luna
      Vio los paisajes de la bienandanza.

      En tus manos de infanta velazqueña
      Posé de mi cabeza los ardores
      Y fuiste mi alegría al ser mi dueña.
      ¡Qué importaba que hubiese sinsabores
      Si contigo la vida era risueña!

      Y era en aquella noche dulce y bella
      Un concierto de ósculos y orquestas,
      Un rumor de suspiro y de querella
      Que deshojó el rosal de las florestas
      Bajo el mirar de una amorosa estrella.

      Hizo estragos de amor galante riña
      En la noche de seda de tus rizos,
      Y con mirada y con candor de niña
      Despertaste los mágicos hechizos
      Dormidos al calor de tu basquiña.

      Te quise como quise al mundo entero;
      Como quise a los viejos y a los niños;
      Como quise a los lirios del sendero,
      Con fe de ascetas y pudor de armiños,
      Con un amor viril, fuerte y sincero.

      Murió la Primavera cadenciosa
      En una estival noche lujuriante
      Y agonizaba de dolor la rosa
      Al ver que abandonabas a tu amante
      Y te alejabas bella y donairosa.

      Apuñalaste el corazón sincero
      De quien fuiste la estrella y la fortuna,
      Y sin pesar ni llanto lastimero,
      Del Olvido me echaste en la laguna
      Sin grito y sin sollozo verdadero.

      ¿Y eres tú, infanta de la infame mueca,
      La que ofrendaba besos voluptuosos
      E hilaba hechizos en amable rueca?
      ¿Dónde están ya los días venturosos,
      Mujer vacía como estatua hueca?

      Se han muerto ya, princesa de princesas
      De todos los pictóricos estilos,
      Las flores del jardín de las promesas
      Crecidas bajo el palio de los tilos
      Y el otoño ha aventado sus pavesas.

      Fue tu amor una sarta de falacias
      De tu alma hecha de afeite y badulaque.
      Escondiste taimada con audacias
      Tras la pompa del amplio miriñaque
      Las liviandades de las lises lacias.

      Te alejaste una noche, donairosa,
      Con ritmo y con sonrisa singulares;
      En tu seno se abría una gran rosa,
      Y en tu falda los locos farfalares
      Bailaban una danza tumultuosa.

      La infamia era la rosa de tu pecho
      Que exhalaba un aroma de mentira;
      La deshojé con rabia y con despecho,
      Y así engarcé en las cuerdas de mi lira
      Una flor mustia y un amor maltrecho.

      Y Citerea besos triunfales
      Daba a la Noche que su manto abría
      Como la flor del loto en los canales,
      Y la luna en blancor de eucaristía
      Nevaba apoteosis de rosales.
    Arriba

    Psiquis
      ¡Dentro de unas noches te quedarás muerta!
      Como las umbelas de los heliotropos
      Se ajarán tus senos de hermosura yerta,
      Y no tendré rimas, ni ritmos, ni tropos

      Para retratarte dormida en los copos
      De tu albo reposo. Huirá tu alma incierta
      Libre por las crueles tijeras de Átropos.
      Aullarán los canes rondando la puerta...

      (La ojera morada cual flor de cantueso
      Y el nematelminto que nos monda el hueso
      Después de los besos de la última cita...)

      Y luego un sollozo que oprime mi glotis
      Y una mariposa color de myosotis
      Ahogada en la concha del agua bendita.
    Arriba

    El Príncipe Sainete
      Es soberano de la alegría, 
      De amores viejos, de galanía;
      Tiene de diablos un zaguanete
      Y cuando pasa cual leve brisa
      Todos le obsequian con franca risa
      Porque es el Príncipe Don Sainete.

      Es una sombra que nos recuerda
      Galante vida que no fue cuerda
      Y que evocamos las almas solas
      En abanicos de pastorelas,
      En los retratos de las abuelas
      Y en las figuras de las consolas.

      En borbotones de risa fresca
      Viste su grácil Musa diablesca
      Con la mantilla, con los caireles
      Y con la falda de medio paso,
      Y ambos le ponen a su Pegaso
      Una collera de cascabeles.

      Es el que rinde marquesas locas; 
      Muerde las fresas de bellas bocas
      De las devotas de las Salesas;
      Todas le quieren, todas le admiran
      Y sonrientes todas le miran
      Desde los tronos de sus calesas.

      Es Don Sainete prócer burlesco
      Y aunque muy noble, muy picaresco.
      Desprecia el tedio, reta a la Muerte;
      En su manteo siempre embozado,
      Goya sublime le ha retratado
      Entre las sombras de un aguafuerte.

      Cosas vulgares, cosas grotescas,
      Muecas estultas y pierrotescas,
      Que son las flores de tu tablado...
      Con tus escenas hemos reído;
      Lo que tú dices lo hemos vivido;
      Lo que tú lloras lo hemos llorado.

      Tu egregio padre fue Don Ramón
      De la Cruz, genio que en su canción
      Puso desgaires y desparpajos,
      Y en sus escenas, sin par galanas,
      Cantó los ojos de las villanas
      Y las hazañas de nuestros majos.

      Tu carcajada bella y jocunda
      Todo lo invade, todo lo inunda;
      La vida seria te importa un bledo.
      Tú siempre hieres, siempre desgarras;
      Has heredado las antiparras
      Que hace tres siglos usó Quevedo.

      Tu agudo ingenio la vida traza
      De nuestra sangre, de nuestra raza,
      De nuestra pobre gloria perdida;
      Es el talento que se interesa
      En el desnudo de una duquesa
      Como en los frescos de la Florida.

      Eres la España frívola y loca
      Que con piropos siempre en la boca
      -Pero sin ansias de Prometeo-
      Iba a la zaga de las manolas
      Mientras volaban las Carmañolas
      Del otro lado del Pirineo.

      Y con los jácaros, con los chisperos
      Tomaste todos los derroteros
      En que dejamos nuestros tesoros;
      Mas conservando grata alegría,
      Siempre gozaba y en Dios creía
      El feliz pueblo de pan y toros.

      Y era aquel pueblo rudo y valiente;
      Eran leones de ardor latente
      Aunque fingían galán desmayo;
      Resucitaron glorias guerreras
      Y se batieron como unas fieras
      En la jornada del Dos de Mayo...

      Cosas vulgares, cosas grotescas,
      Muecas estultas y pierrotescas
      Que son las flores de tu tablado...
      Con tus escenas hemos reído;
      Lo que tú dices lo hemos vivido;
      Lo que tú lloras lo hemos llorado.

      Las existencias ya desfloradas
      Mueven a llanto o a risotadas;
      A nuestra pobre gloria perdida
      La mordaz burla siempre acomete.
      Más que tragedia siempre es sainete
      Ese sainete de nuestra vida.
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    Princesa
      Tiene su pelo raros destellos
      Cuando de noche sueña en los bancos;
      Es la que tiene los ojos bellos;
      Es la que tiene los dientes blancos.

      Es juglaresa de las aldeas;
      Sus danzas cínicas son turbadoras;
      Tiene el encanto de las napeas
      Cuando el sol bruñe sus crenchas moras.

      Es la que canta las barcarolas
      Y de las rondas saca dinero;
      Es la que baila las farandolas
      Al son latino de su pandero.

      Es la morena que jocoseria
      Mira la vida como una injuria;
      Es la princesa de la Miseria;
      Es la princesa de la Lujuria.

      Tiene un perfume sublime y raro
      Su piel de raso tostada y blonda;
      Tiene los ojos de un verde claro,
      De un verde claro color de fronda.

      La más hambrienta de las hermosas
      Huele a un aroma de cien jardines;
      En vez de hebillas, lleva dos rosas,
      Dos frescas rosas en los chapines.

      Es mi gitana fiel y divina;
      Es mi pantera, mi defensora;
      La que mis males siempre adivina,
      Es mi sultana y es mi señora.

      Es la más bella de las mujeres;
      Es la que cura mis sinsabores;
      Es la princesa de mis placeres;
      Es la princesa de mis dolores.

      Pero es la esclava de mis antojos...
      Tiene por lechos quicios y bancos.
      Es la que tiene bellos los ojos;
      Es la que tiene los dientes blancos.
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    Bebedor de ajenjo
      Si siempre estoy ensayando
      Mi sonrisa amarga y triste,
      Es porque estoy esperando
      A una mujer que no existe.

      Víctima del desencanto
      Sufro martirios letales;
      Por eso adoro yo tanto
      Mis dichas artificiales.

      Paraísos artificiales
      Que huyen del ruido y del sol...
      ¡Mis rimas son inmortales,
      Pues son hijas del alcohol!

      Soy mísero y decadente;
      En mi alma el Hastío muerde.
      Por eso adora mi mente
      Los sueños del licor verde.

      Licor venenoso y triste
      Que como un suave beleño,
      Un grato perfume diste
      Al cadáver de mi ensueño.

      Licor que tiene el matiz
      De unos ojos que yo amé,
      Y del tinte del tapiz
      En que danzó Salomé.

      (Ojos glaucos y perversos
      Que asesinasteis mi vida,
      Y le disteis a mis versos
      Fragancia de flor podrida).

      Turbio ajenjo sibilino
      Que tienes el sabor fuerte;
      Que harás de mi desatino
      Vestíbulo de la Muerte.

      Cómplice de la locura,
      Mis hojas muertas no arranques,
      Licor que todo lo cura,
      Licor de color de estanques...

      Si siempre estoy ensayando
      Mi sonrisa amarga y triste,
      Es porque estoy esperando
      A una mujer que no existe.
    Arriba

    Manifestación de hambre
      Un frío domingo antipático
      Vi un lijoso y doliente enjambre:
      En un paseo aristocrático
      Una manifestación de hambre.

      Fue en la Castellana elegante,
      Jardín de modas y arrumacos,
      Donde resuena extravagante
      La sandez de los currutacos.

      Pobres obreros miserables,
      Mujeres, ex-hombres gorkianos,
      Niños de faces espantables,
      Todos asidos de las manos,

      Formando sartas de miseria,
      Henchidos de un rencor de infierno.
      ¡Inanición, ira y laceria
      Entre la bruma de un invierno!

      Cielo gris de un día holgazán,
      Ausencia de oro y de arrebol,
      Y gente huérfana de pan
      En la ciudad viuda de sol.

      La Castellana era aquel día
      De famélicos peregrinos.
      ¡Escaparate de cursilería
      De niñas bobas y sietemesinos!

      El menestral de ojos de lumbre
      Fruncía el ceño en fuerte arruga,
      Y subía la muchedumbre
      Ondulante como una oruga.

      Y la almibarada inconsciencia
      Mirábalos con repugnancia,
      Sin saber que era una advertencia
      Que hacía el Hambre a la Elegancia.

      Puros perfiles de medallas,
      Damiselas de porte rico,
      Como mujeres de pantallas
      O de países de abanico,

      ¿No os asustó en el sucio fango
      La Multitud, plural vestiglo,
      Rosas de "tennis" y "te tango"
      De la maceta de este siglo?

      Orlas de nutrias y de encajes
      Tenía la mueca melancólica;
      Brillaba el raso de los trajes
      Como un esmalte de mayólica.

      ¡Rencor de plebe desgraciada,
      Que, tiritando con sus niños,
      Veía la carne aburguesada
      Bajo el calor de los armiños!

      ¡Burguesías, faunas asqueadas
      De ver andrajos, tizne de hulla!
      ¡Rebaños que aman las bordadas
      Rosas de oro de una casulla!

      Aristocracia contumaz,
      ¿Te enseñará el social dolor
      Una guillotina voraz
      Una tarde de Termidor?

      Vi en aquel domingo holgazán,
      Sin luces de oro y de arrebol,
      A un pueblo huérfano de pan
      En la ciudad viuda de sol.

      Vi a un albacea de Jesús
      Destrozando la flor del Bien
      Y a Teresita Cabarrús
      Haciendo guiños a Tallien.
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    La cojita de las injurias
      El mediodía en la barriada pobre
      Prendía lentejuelas al andrajo
      Y, a toda luz, era color de cobre
      El Madrid de la greña y del zancajo.

      De cúpulas de iglesia realzada
      La ciudad en sus perfiles recortados
      Parecía una hembra calcinada
      Que enseñase los senos abrasados.

      ¡Incandescencia de fulgores duros!
      El astro en sus lumínicas lujurias
      Arrancaba luceros de los muros
      En el hoyo que forman Las Injurias.

      El tinte rubio de la purpurina
      Embadurnaba las casuchas hoscas,
      Y el parpadeo de la venturina
      Se destacaba en las paredes toscas.

      Por una cuesta pina y pedregosa
      Una chiquilla coja y despeinada
      Bajaba como una grulla temblorosa.
      En su muleta corta iba apoyada

      Como un náufrago a un remo redentor.
      La pierna ausente parodiaba el palo.
      (Para los que claudican con rencor
      La vida es un sendero áspero y malo).

      Con un melindre de caricatura,
      Excitando el sollozo o el ludibrio,
      Bajaba aquella pobre criatura
      Haciendo maravillas de equilibrio.

      Un gozquejo sarnoso la seguía
      Importunando su marcha acrobática;
      Temerosa la niña se evadía
      Con precisión perfecta y matemática.

      Se deslizó por la pendiente gualda
      Igual que un saltamontes malherido.
      El perro inmundo se enganchó a su falda
      Mordisqueando un volante descosido.

      Y la mofa del can, triste e inicua,
      Hacía a la infeliz tambalearse.
      Sobre los guijos de la cuesta oblicua
      Creí que la cojita iba a estrellarse.

      Por fin llegó al final de la barranca,
      A un africano aduar sucio e infecto
      Donde el proscrito duerme y se esparranca
      Con el dolor, el hambre y el insecto.

      La cojera infantil era simbólica
      En el barrio canalla y condenado
      Donde la carne enferma y melancólica
      Se revolcaba al sol rudo y dorado.

      Cual la niña alegórica y tullida,
      En las ocres viviendas requemadas
      Hay gentes que renquean por la Vida
      Bajo los mimos de sus dentelladas.
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    La Salomé de San Martín
      Ante una calle vil y escueta,
      Al núcleo de una encrucijada,
      San Martín yergue su silueta
      Torpe, blanquizca y desconchada.

      Como unas lenguas parlanchinas,
      Rompen sus címbalos volteantes
      Serenidades matutinas
      Con carrillones atronantes.

      Incienso y cristianas congojas
      Llenan el templo de humo y voces.

      (...)

      En las losas los cayados repican.
      Los nudosos mendigos, lacras del cáncer patrio,
      Plasmados, gimotean y suplican
      Bajo los perifollos y platerescos de un atrio.

      Es un grupo de ciegos y tullidos
      Que, tras la oración, lanzan la blasfemia estrambótica
      Por sus belfos violáceos y torcidos
      Con un girar inútil de su turbia esclerótica.

      A coro mosconean su salmodia
      Deseando peculio y salud a las beatas.
      Tienen sus voces dejos de parodia.
      La animosidad surca sus vidas poco gratas.
      Es gente que maldice porque odia.

      Frente al pórtico hay un puesto de flores
      Vernales. De los fétidos mantones y tabardos
      Se apagan los misérrimos hedores
      Con los blancos aromas de azucenas y nardos.

      Quien más riñe, gruñe y charlatanea
      Es Salomé, mendiga engañosa, ciega y chata,
      Que se acurruca en su silla de anea
      Y enciende los coloquios, discute y disparata.

      Su lenguaje es atroz como su facha.
      Ama las libaciones con alcohol nauseabundo.
      Es Salomé pintoresca y borracha.
      Cuando ha bebido un poco, insulta a todo el mundo.

      Pide con voz descontenta y sabática.
      Un plato de latón se engarza en sus falanges.
      Su fea faz rememora, hierática,
      A los ídolos romos de los bordes del Ganges.

      Esa mujer blasfema y despotrica
      Sumida en el castigo de sus tristes tinieblas;
      En su ceguera el furor se fabrica
      Entre las azuladas aguardentosas nieblas.

      En el bisel de una arista del muro
      El astro-rey se estrella en un reloj gnomónico.
      ¡De tu retina el destino es mas duro,
      Salomé, ver no puedes el sol rubio y armónico!

      La Miseria social se simboliza
      En los denuestos acres que tu boca nos suelta.
      La Materia se caricaturiza
      En tus labios de esfinge y en tu nariz en delta.

      De mirra y de incienso un bautismo
      Unge a los mortales que en coro
      Rezan con tierno misticismo.

      Fingen constelaciones de oro,
      Sollozando su céreo lloro
      Los cirios del catolicismo.

      El eucalipto entre sus hojas
      Curvadas, como verdes hoces,
      Muestra sangrientas manchas rojas.

      Y se adormecen los feroces
      Dicterios de la mendicanta
      Que, bulliciosa y maldiciente,
      Nos emociona y nos espanta.
      Y espera la hora de su fin
      Entre nieblas de aguardiente
      La Salomé de San Martín.
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    El Madrid de las rondas
      Hay un Madrid que no tiene ni flores, ni fuentes, ni frondas.
      Un Madrid paria y viudo. Sus acacias orondas
      Y sus olmos son muy pobre limosna para sus vías mondas.
      ¡Oh, Madrid de las rondas!

      Madrid de los gasómetros redondos, cual grandes tambores.
      Madrid de las esbeltas humeantes chimeneas.
      Madrid de los obreros denegridos y trabajadores
      Y de las hembras feas.

      Madrid de los alegres lavaderos. La carnal materia
      Se hacina en vergonzosos absurdos falansterios.
      Madrid compendio de desdicha y hambre. Haz de la miseria
      Y de los cementerios.

      ¡Oh, Manzanares, al que motejaba de arroyo aprendiz
      El buen Francisco Gómez de Quevedo y Villegas!
      ¡Ruin y estéril complemento del grato goyesco tapiz
      Que ni bañas ni riegas!

      Dehesa de la Arganzuela. Primavera. Luz de esmeraldinas
      Praderas como aquellas de Patinir, divinas;
      Un manzano en flor contempla en las aguas azules, hialinas,
      Sus guedejas albinas.

      Granja del Atanor toda de oro. Otoño dehiscente.
      El follaje desgrana su ambarino abalorio.
      Lleno de hojas-monedas parece el tazón de la fuente
      Plato de petitorio.

      Suciedad, senectud. Fragmentos de mil ruinas herrumbrosas
      Tiradas en el polvo: la Ronda de Toledo.
      Bajo el sol, juega al cané la canalla con cartas pringosas
      Sin zozobra ni miedo.

      Bajo un convento y un Palacio Real la Ronda de Segovia
      Se arrodilla sumisa como una pobre novia.
      Allí hay hambre. El hombre como un can aúlla en su hidrofobia.
      La sed social agobia.

      Allí se tuestan bajo el sol las chozas del pobre suburbio.
      Allí están virtualmente la huelga y el disturbio.
      Hierve en el pecho de sus habitantes un odio intenso y turbio.
      ¡Oh, rencor del suburbio!

      Rudos brazos transforman la energía en útil trabajo.
      Negras locomotoras jadean arrastrando
      Su gusano de acero y de madera. ¡Hombre del andrajo,
      Te redimes sudando!

      Estación de las Pulgas, manufacturas, fábricas rojizas.
      Las arterias fabriles laten con feroz pulso.
      Los enigmas se rompen con volantes, hullas y cenizas,
      Con ciencia y con impulso.

      Igual que flautas las máquinas silban. Como contrabajos
      Zumban roncas dínamos un sinfónico scherzo.
      Es la gran orquesta de los armoniosos pujantes trabajos.
      ¡Sonata del esfuerzo!

      Tras el tapial de un viejo camposanto se alzan con dolor,
      Negros, aciculares, con perfil neto y fuerte,
      Los siniestros cipreses que recuerdan al hombre en su labor
      La Miseria y la Muerte.
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    El lazarillo del cíclope
      ¡Can sumiso y acólito, como el can de Durero;
      Lazarillo cuadrúpedo, junto al Diablo y a la Muerte
      Conduciendo leal y fuerte
      Al Hombre en su sendero...!
      ¡Can sumiso y acólito, como el can de Durero!

      Y este ciego mendigo de rostro rasurado
      De procónsul de Roma, de trapense o de chalán,
      Sigue a su guía y guardián
      Porque Dios le ha cavado
      Dos profundos alvéolos en su rostro afeitado.

      ¡Este ibero de bronce golpeaba los yunques!
      Ordeñaba los fuegos de bigornias siderúrgicas;
      Pero dos chispas quirúrgicas
      Aquietaron las mazas demiúrgicas
      Abrasando las córneas que alumbraban los yunques.

      Cuando se nos extingue la vida cinemática,
      El mundo es ya peor...
      ¡Insultan los fariseos
      Y faltan los cirineos!
      En la noche antipática
      Solo un perro consuela la viudez cinemática.

      ¡Benditos sean los gozques, los caballos, los bueyes
      Que conducen los féretros, las carretas y los ciegos;
      Que del Bien tienen los fuegos
      Y no saben de éticas, purgatorios ni leyes!
      ¡Benditos sean los gozques, los caballos, los bueyes!

      Esta bestia sagrada, ladrona y anarquista,
      Saquea las banastas mugrientas del mercado,
      Y los frutos que ella ha hurtado
      Nutren al pobre hambriento del festín de la vista.
      ¡Bestia facinerosa, sagrada y anarquista!

      ¡En atrios y conventos hay que gañir plegarias!
      Robar es más valiente, más bello y más deleitoso
      Que la honradez y el reposo
      En horas adversarias...
      ¡En atrios y conventos hay que gañir plegarias!

      Nodriza de la inopia, furriel del pordiosero,
      Guarda entre sus mandíbulas las monedas sustraídas.
      (Las gentes no son buenas, pero son distraídas).
      Codicia el can el dinero
      Y hace de los descuidos una hucha al pordiosero.

      ¡Discos nuncios del crimen y de las epidemias;
      Sucias piezas de cobre que llevas en la alcancía
      De tu quijada bravía!
      ¡Hostias de las blasfemias,
      Discos nuncios del crimen y de las epidemias!

      ¡Te matará un imbécil -alguacil o perrero-
      Bestezuela cordial! Quedará el ciego tullido
      De su órgano preferido
      Y solo en el sendero...
      ¡Te matará un imbécil -alguacil o perrero-!

      Mientras tanto, prosigue. El cíclope vencido
      Ha menester tus claras retinas y tus dientes...
      Camina en la calzada escueta y pedregosa
      Junto al Diablo y la Muerte, como el can de Durero.
    Arriba

    Nietzsche
      Nietzsche, tu jerigonza parabólica
      Briosa flagelaba al mundo estulto;
      De tu boca de morsa melancólica
      Fluían las centellas del insulto.

      La vida es triste (...)
      Torpes cerebros sucios y rastreros
      Y en una apoteosis de sandeces
      Las hembras necias y los hombres hueros.

      Eso dijiste, y esperaste el día
      En que saliese un ser de la canalla
      Que cruzase el gran río en su almadía,
      Libre ya de los grillos o la tralla.

      Pero tú que sabías que era el hombre
      Fiera indomable y detestable puente,
      ¿Cómo soñaste que tu Superhombre
      Hallase limpia el agua de la fuente?

      En los delirios de tu gran dolencia
      Arrojaste en metáforas galanas
      Centenos de egoísmos y violencia,
      ¡Malas semillas en tierra alemana!

      Sobre las mieses de tu verbo roto
      Pasó un cierzo de odio y de ludibrio;
      Se abrió tu alma como flor de loto
      En las lagunas del desequilibrio.

      Los sabios te miraron de reojo,
      Apóstol fiero de inconsciente brío;
      Les asustó tu manto por muy rojo
      Y tu mirada porque daba frío.

      Daba frío a los tristes ateridos
      Que treman a un viril y recio soplo,
      Idólatras de dioses ya podridos
      Caídos bajo el filo del escoplo.

      Pero tú te engañaste. La semilla
      Dio como frutos una guerra amarga;
      En tu aurora la estrella ya no brilla
      Y en tu vergel la tempestad descarga.

      Conciencias cojas y cerebros sucios
      Divorciaron la espada de la vaina.
      ¡Siguen los doctos de cabellos rucios
      Hartándose en festines de chanfaina!

      La estolidez apaga toda lumbre,
      La canalla servil todo lo frustra;
      No llega el Hombre a la dorada cumbre,
      Ni a su Gran Mediodía Zaratustra.

      Tu alma de belleza estaba llena
      A la par que de absurdos reconcomios;
      Tu canto es ese canto que resuena
      En los jardines de los manicomios.
    Arriba

    La última broma de Schopenhauer
      A Schopenhauer, el huraño,
      Le hizo un epitafio barroco
      En un cuento mordaz y extraño
      Maupassant, aprendiz de loco.

      Había muerto el profesor
      Avinagrado y pesimista;
      Guardaba su tez el livor
      De unos reflejos amatista;

      Y en aquella cámara ardiente
      Lloraban por el corifeo
      Los discípulos del ingente
      Filósofo bilioso y feo.

      Desvanecíase en sahumerio
      De los espliegos la fragancia;
      Flotaba inquietante misterio
      En el ambiente de la estancia.

      Un joven a otro probaba
      Que de la vida el lapso es nimio.
      ¡Ya para siempre descansaba
      Schopenhauer, cara de simio!

      Mas el concurso estremeciose
      Con gran pavor, y no era en balde:
      Una sonrisa percibiose
      En el difunto rostro jalde.

      ¿Resucitaba? ¿Sonreía?
      Corrió un plural escalofrío.
      El maestro la boca abría
      Con un gesto que daba frío.

      Todos rompieron a tremar;
      Su pensamiento fue asaltado
      Por el caso de Valdemar
      Que Poe genial ha narrado.

      Luego sintieron el crujir
      De unas mandíbulas chirriantes;
      ¿Tenían algo que decir
      Los muertos labios alarmantes?

      De los mustios labios de Arturo
      Schopenhauer brotó algo incierto:
      Un objeto rígido y duro
      Que rodó a los pies del gran muerto.

      Los discípulos avanzaron
      Con gran temor y gran premura.
      Yaciendo en el piso encontraron...
      Una postiza dentadura.

      ¡Oh, filósofo cejijunto,
      Maestro caduco de la zumba
      Que aprovechaste estar difunto
      Para una broma de ultratumba!

      Maupassant que ganó la borla
      De doctor en abracadabra,
      Pues vio una noche con el Horla
      De Satán la pata de cabra,

      Sobre aquel docto cenotafio
      Dejó esa adelfa de amargor.
      ¡Fue un donoso y bello epitafio
      Al viejo erizo de Francfort!

      Maupassant narró esta aventura;
      Maupassant, dolorido y fuerte,
      Que fue al burdel de la Locura
      A desposarse con la Muerte.
    Arriba

    Los estados mayores
      Por la siena turbia de los mondos llanos,
      Sin gritos metálicos, sin voz de tambores,
      Van las cabalgatas de los soberanos
      Estados Mayores.

      Los grises capotes, los cascos bruñidos,
      Las caras de vieja de los mariscales
      Gotosos o hepáticos que lanzan gruñidos
      Breves y fatales...

      Las gafas de oro de los comandantes
      Cercan los ojuelos verdosos y agudos;
      Brillan los monóculos de los ayudantes
      Que meditan mudos.

      Fingen las espuelas luceros de oro
      En la noche oscura de las medias botas;
      Los sables pronuncian un himno sonoro
      De punzantes notas.

      Se habla en un idioma de argucias complejas.
      Lleva el polinomio el triunfo del fuerte.
      Son las ecuaciones como las madejas
      Que urdirán la Muerte.

      Del rito estratégico las palabras técnicas
      -Ataques en cuña, marchas envolventes-,
      Dichas con recuerdos de las Politécnicas
      Por los subtenientes...

      Europa está herida. Hay sangre y destellos.
      Por su inmensa llaga de rojos colores,
      Como unos gusanos ondulan los bellos
      Estados Mayores.

      Son tristes y trágicos. Dicen que son buenos
      Para dar victorias, tierras y cautivos.
      No serán amables, pero por lo menos
      Son decorativos.

      ¿Qué importa el Decálogo ni la razón práctica
      Si pueden servir de tema a un artista?
      Son rosas de luz los sabios en táctica
      Para un colorista.

      En napoleónicas visiones antiguas
      Vuelve la epopeya que hace un siglo fue...
      ¿Por qué reaparecen esas estantiguas
      Que con una lupa pintó Meissonier?
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    La tortuga del catolicismo
      La cúpula del Escorial, bajo el bautismo
      Del agresivo sol que irrita, ciega y daña,
      Es el caparazón de hipocondría y saña
      De la inmensa tortuga del catolicismo.

      Tartamudea el esquilón en la espadaña...
      Guarda el macizo templo que se agobia a sí mismo
      El detestable gusto del jesuitismo
      Sobre el triste panteón de los reyes de España.

      Un inquisitorial esfuerzo de pigricia
      De Felipe y de Herrera. La fe que ajusticia
      Le ha dado al Monasterio color de ictericia.

      ¡Siniestro galápago, grave, ocre y moroso,
      Simbolizas la fuerza estéril del coloso
      Que al encontrarse feo se torna bilioso!
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    Las máximas de Epicteto
      Besa la niebla de las madrugadas
      De mis balcones el cristal;
      Solfea el reloj cinco campanadas
      Como un arpegio digital.

      ¡Silencio matinal! Nada me turbe
      Salvo el ronco rodar de un coche
      O un alegre cantar de gallos de urbe
      Dando extremaunción a la noche.

      Leo en sartas de letras pequeñitas,
      Con ambiente callado y quieto,
      Por mi buen bisabuelo manuscritas
      Máximas del viejo Epicteto.

      ¡Marcha el sirio filósofo estoico
      Sobre sabia huella socrática!
      Quiere su crátera en mi incendio heroico
      Verter la prudencia pragmática.

      Ama mi carne el premio de los goces.
      Ansía besos y riquezas.
      ¡Epicteto no ha de mellar las hoces
      Que emplear quiero en mis proezas!

      Me detendré por la concha y la flor
      Y dejaré partir la nave.
      No ha llegado a asustarme el dolor
      Ni a tentarme la vida suave,

      Y harto de dar saltos y piruetas
      De saltimbanqui silogístico
      Iré a buscar las verdades secretas
      En un mar violento y artístico,

      Y así me adueñaré del Universo,
      Sin podres teorías físicas;
      Así abrirán los dedos de mi verso
      Las rosas metafísicas.

      Quiero raptar a la Helena troica
      Chorreando sangre melpoménica,
      Y enseñar a la escuela estoica
      Mi dolor de tragedia helénica.

      El huir del Sufrir es ser cobarde.
      ¡Apréndelo, Prudencia mágica!
      El Manual de Epicteto llega tarde.
      ¡Amo la vida recia y trágica!

      En daguerreotipos y en miniaturas
      Se ríen mis antepasados
      De que lea sus viejas escrituras:
      ¡Aventureros y desventurados!

      A mi abuelo le brilla la capona
      Sobre casaca sanjuanista,
      Y su negra perilla desentona
      Sobre el corbatín de batista.

      Vosotros, por la noche en vuestra alcoba
      Este amarillo libro que abro
      Escribisteis en mesas de caoba
      A la luz de algún candelabro.

      Pero nunca os domasteis a la horma
      De la renunciación dogmática.
      La aurora que nacía os dio la norma
      De la gran existencia dramática. 

      Suenan los conventuales esquilones
      Y me dicen palideciendo
      "Hasta mañana" las constelaciones.
      El día nace sonriendo...

      Borra el alba la noche alarmante,
      Como quien corrige una errata,
      Y en el cielo cabecea el menguante
      Como una góndola de plata.
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    La Adonia de Rubén Darío (Fragmento)
      ¡Los huérfanos gimen! Es que ha muerto el coloso
      Cantor de amor y de marcial trofeo.
      Como murió el Adonis de perfil hermoso,
      Ha muerto Adonis el del rostro feo.

      ¡Maldita hermosura de la carne que es fatua
      -Del fruto podre vanidad de cáscara-
      Bella sólo por ser modelo de la estatua!
      ¡Qué importa la hermosura de la máscara!

      ¡Malditas las cosas silenciosas y estáticas!
      ¡Maldito el charco-espejo de Narciso!
      ¡Bendición a las liras y a las flautas áticas
      Que estremecen las figuras del friso!

      ¡Maldición al verso que es de peltre y de talco!
      ¡Oro de gloria a Rubén en su Adonia!
      Llantos y anémonas sobre el gran catafalco,
      Entre los nítidos fustes de Jonia.

      Rizos de piedra, espiras, capitel jónico.
      Volutas retorcidas cual zarcillos
      Que fueron molinetes de un puntero armónico
      Para los melódicos caramillos.

      Helicoidal tirabuzón de caracolas
      Hecho en el blanco cabello del Paros
      Curva remedada de las egeas olas
      De los flancos del mar zarcos y claros.

      ¡Rubén Darío, has muerto! ¡Rubén Darío,
      De marfil y ébano tu lecho sea!
      ¡Besen airones de humo de mirra tu frío
      Cuerpo, dispuesto al connubio con Rhea!

      ¡Oh, Cibeles, que tienes collados por senos,
      En ti la savia del mundo se encierra!
      ¡Para los muertos tus pechos están siempre llenos!
      ¡La última querida del hombre es la tierra!

      (...)

      ¡Gloria a las lúbricas metafísicas hambres
      Que redimen del lodo y del marasmo!
      ¡Gloria a las rosas negras de rojos estambres!
      ¡Gloria a la ciencia, hija del espasmo!

      ¡Muerte, madre de metamorfosis hermosas!
      Cual vino a ser mariposa la oruga,
      Vendrá a ser sangre el rosal y la carne rosas.
      La Materia Eterna siempre está en fuga.

      (...)

      ¡Rubén, Rubén! Queda en carne viva mi lacra
      Ante el despojo de tu carne muerta.
      ¡Mas no lloro! Se dio a ti la Armonía sacra,
      Y hoy devuelves al Cosmos su alta oferta.

      Rubén Darío, sol mítico y panteísta,
      En el Gran Todo tu substancia fluye;
      Tu verso cadencioso, síntesis de artista,
      Entre las multitudes se diluye.

      ¡Morir no es morir! Es proteica mudanza.
      De aspecto en aspecto transmigramos,
      Y con nuestros sollozos, la única esperanza,
      El Devenir, la Muerte denigramos.

      Como ante el Sol, hay que cantar ante los muertos
      Porque han ascendido unos tramos más
      En la Infinita Escalinata. Están ciertos
      De lo que hay del velo mayo detrás.

      Rubén, no te lloro porque no te he perdido;
      Te canto, porque aún canta tu recuerdo
      En mi alma de alumno. Tus versos he aprendido,
      Y porque te recuerdo no te pierdo.

      Tu carne nutre el asfódelo del montículo;
      La Vida todo lo ama y lo desmocha,
      Y silba la flauta de cañas de Janículo
      Los rotundos escolios de Spinoza.
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    Junio (Fragmento)
      ¡Bajo el cangrejo de estrellas se extasiarán las llanuras!
      Hacen fecundas promesas a las campiñas los soles;
      En los sidéreos trigales lucen espigas maduras
      Y en el agro hay una roja constelación de ababoles.

      El guadañil que hace siega en matemáticas puras,
      Como Copérnico o Newton igual que dos girasoles
      Dirigirá sus pupilas hacia algebraicas lecturas
      En los cielos recamados que giran cual facistoles.

      Todo el misterio de Eleusis ondula en los amarillos
      Campos humildes al son de albogues y caramillos;
      Modulaciones gozosas de un hierofante jocundo.

      (...)
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    Nisus
      Este noble deleite de sudar y esforzarme
      Para luego morir, sin querer recompensa...
      Ebrio de dinamismo, no me disperso nunca.
      Mi vida es simple y lineal.

      He donado mis tierras; he quemado mis ropas.
      Con mi mandil de cuero, en mi gruta, en mi fragua
      Martillando en el yunque, junto a una fresca fuente
      Puedo a mi gusto jadear.

      Soy más casto que el gneis. Agonizó la Amada.
      Un enjambre de avispas acribilló sus senos
      Como manzanas núbiles. Me libré del castigo
      Del Sexo estúpido y cruel.

      Desprecio las contiendas de Ahrimán y de Ormuz
      Y los considerandos del Gran Juicio Final,
      Las leyes del Areópago y de la soldadesca
      Y los Dioses borrosos...

      Le he arrancado ya todos los denominadores
      A la ecuación del mundo. Idéntico y sencillo
      En mi labor penosa de terco Demiurgo
      Encuentro mi finalidad.

      Contra el tremendo espanto de presumir los noúmenos
      Golpeo los fenómenos, machaco la apariencia;
      Cada diástole mía es una gran plegaria
      De rebeldía y voluntad.
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Vicente Acosta

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    Información biográfica

  1. Claroscuro
  2. Contrastes


Información biográfica
    Nombre: Vicente Acosta
    Seudónimo: Flirt
    Lugar y fecha nacimiento: Apopa, El Salvador, 24 de julio de 1867
    Lugar y fecha defunción: Tegucigalpa, Honduras, 24 de julio de 1908 (41 años)
    Ocupación: Político, docente, escritor, poeta
    Movimiento: Modernismo

    Fuente: [Vicente Acosta] en Wikipedia.org
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    Claroscuro
      Hay horas en que siento
      Cansancio de la vida, aburrimiento,
      En que en el mar de sombras en que lucho
      Me echo a pensar que ya he vivido mucho.
      Y es que llevo un vacío
      En el alma, tan hondo y tan sombrío
      Como esta inmensidad de mi deseo
      Que me hace suspirar por cuanto veo.
      Y me asombra, me extraña,
      Bajo este afán eterno hecho montaña,
      Que aún esté en pie luchando con porfía
      Sin que haya encanecido todavía.
      Pues para un joven viejo
      Que se ve del pasado en el espejo,
      Que no ama y de no amar se está muriendo,
      La vida no es la bulla ni el estruendo:
      Algo que está en todo
      Y no está en nada, con el mismo modo
      Que, invisible, está el aire por doquiera
      E impalpable la luz, vaga y ligera.
      No sé si parto o llego,
      No sé si en sombras o si en luz me anego,
      Mas siento, de los años a medida,
      Que me voy aburriendo de la vida.
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    Contrastes
      Del carcomido tronco
      Brota lozano el pámpano florido;
      Flota el astro en los pliegues de la sombra
      Y nace a orillas del pantano el lirio.
      Debajo la onda amarga
      Yace la perla: al borde del abismo
      Tiende la flor sus pétalos de seda
      Y vaga en medio del silencio el ritmo.
      Duerme en la nube el rayo
      Como el delito en la conciencia; el limpio
      Fulgor del sol empaña espesa niebla,
      Siempre una sombra eclipsa su áureo brillo.
      Tiene insectos la rosa
      Y rasgos de belleza el tosco ídolo:
      Flores hay en la tumba, impuro cieno
      En el fondo del lago cristalino.
      Gusanos mil rebullen
      En la dorada poma; junto al risco
      Colúmpiase la rubia espiga; esconde
      En su concha tesoros el marisco.
      Como el beso en los labios
      Y la mirada en las pupilas, trinos
      Duermen en el boscaje, del que un arpa
      Es cada rama y cada eco un ritmo.
      Hay risas que disfrazan
      La convulsión del odio comprimido:
      Carcajadas que son una agonía,
      Y lágrimas que son un lenitivo,
      Y senos de alabastro
      En cuyo fondo se revela el vicio,
      Como el monstruo que yace bajo la onda
      O el áspid en las flores escondido.
      Las aves cuando vuelan
      Surcando los espacios infinitos,
      ¿Quién sabe dónde pararán el vuelo
      Y sobre qué árbol construirán su nido?
      ¿Quién sabe lo que dice
      De la ola aprisionada el ronco grito,
      Lo que brilla en el fleco de la estrella,
      Lo que encierra la gota de rocío?
      ¿Qué murmuran los ecos
      Sobre la copa de enhiestado pino,
      Lira de melancólicos arrullos
      Que pulsan leves, invisibles silfos?
      ¿Qué hay en el matiz vago
      Del celaje, cual velo suspendido
      Por la mano de un ángel en el cielo?
      ¿Qué en la queja, en la nota, en el suspiro?
      ¡Esta es la ley del mundo!
      ¡Siempre el misterio a la existencia unido!
      ¡Este el destino que el Supremo Artífice
      En la conciencia universal ha escrito!
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Delmira Agustini

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    Información biográfica

  1. Amor
  2. Añoranza
  3. Artistas
  4. Boca a boca
  5. Capricho
  6. Ceguera
  7. Clarobscuro
  8. Crepúsculo
  9. Cuentas de fuego
  10. Cuentas de luz
  11. Cuentas de mármol
  12. Cuentas de sombra
  13. Cuentas falsas
  14. Desde lejos
  15. Diario espiritual
  16. El anillo
  17. El arroyo
  18. El intruso
  19. El nudo
  20. El surtidor de oro
  21. El vampiro
  22. Elegías dulces
  23. En el camino
  24. En un álbum
  25. En un álbum (2)
  26. Explosión
  27. Fantasmas
  28. Flor nocturna
  29. Florecimiento
  30. Fue al pasar
  31. Inextinguibles
  32. Íntima
  33. La barca milagrosa
  34. La cita
  35. La duda
  36. La fantasía
  37. La esperanza
  38. La estatua
  39. La musa
  40. La sed
  41. La violeta
  42. Las alas
  43. Lo inefable
  44. Los relicarios dulces
  45. Luz púrpura con tu retrato
  46. Mi aurora
  47. Mi musa
  48. Mis amores
  49. Monóstrofe
  50. Nocturno
  51. Ofrendando el libro
  52. Ojos-nidos
  53. Otra estirpe
  54. Poesía
  55. Por campos de ensueño
  56. Por tu musa
  57. Toque de oración
  58. Selene
  59. Serpentina
  60. Tu amor
  61. Tu boca
  62. Tu dormías
  63. Una viñeta
  64. Viene


Información biográfica
    Nombre: Delmira Agustini
    Lugar y fecha nacimiento: Montevideo, Uruguay, 24 de octubre de 1887
    Lugar y fecha defunción: Montevideo, Uruguay, 6 de julio de 1914 (27 años)
    Ocupación: Escritora, poeta
    Movimiento: Modernismo, Vanguardismo

    Fuente: [Delmira Agustini] en Wikipedia.org
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    Amor
      Lo soñé impetuoso, formidable y ardiente;
      Hablaba el impreciso lenguaje del torrente;
      Era un amor desbordado de locura y de fuego,
      Rodando por la vida como en eterno riego.

      Luego soñélo triste, como un gran sol poniente
      Que dobla ante la noche su cabeza de fuego:
      Despues rió, y en su boca tan tierna como un ruego,
      Sonaba sus cristales el alma de la fuente.

      Y hoy sueño que es vibrante, y suave, y riente y triste,
      Que todas las tinieblas y todo el iris viste,
      Que frágil como un ídolo y eterno como un Dios

      Sobre la vida toda su majestad levanta:
      Y el beso cae ardiendo a perfumar su planta
      En una flor de fuego deshojada por dos...
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    Añoranza
      Íbamos en la tarde que caía
      Rápidamente sobre los caminos.
      Su belleza, algo exótica, ponía
      Aspavientos en ojos campesinos.

      -Gozaremos el libro- me decía
      De tus epigramáticos y finos
      Versos. En el crepúsculo moría
      Un desfile de pájaros marinos...

      Debajo de nosotros, la espesura
      Aprisionaba en forma de herradura
      La población. Y de un charco amarillo

      Surgió la luna de color de argento,
      Y a lo lejos, con un recogimiento
      Sentimental, lloraba un caramillo...
    Arriba

    Artistas
      Cuando el nimbo de la gloria resplandece en vuestras frentes,
      Veis que en pos de vuestros pasos van dos sombras que inclementes
      Sin desmayos ni fatigas os persiguen con afán;
      Son la envidia y la calumnia, dos hermanas maldecidas,
      Siempre juntas van y vienen por la fiebre consumidas,
      Impotentes y orgullosas -son dos sierpes venenosas
      Cuya mísera ponzoña sólo a ellas causa mal-.

      Alevosas y siniestras cuando tratan de atacaros;
      Temerosas de la lumbre, siempre buscan el misterio.
      Mas, burlaos de sus iras: ¡nada pueden!, y el artista
      Tiene un arma irresistible para ellas: ¡el desprecio!
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    Boca a boca
      Copa de vida donde quiero y sueño
      Beber la muerte con fruición sombría,
      Surco de fuego donde logra Ensueño
      Fuertes semillas de melancolía.

      Boca que besas a distancia y llamas
      En silencio, pastilla de locura
      Color de sed y húmeda de llamas...
      ¡Verja de abismos es tu dentadura!

      Sexo de un alma triste de gloriosa;
      El placer unges de dolor; tu beso,
      Puñal de fuego en vaina de embeleso,
      Me come en sueños como un cáncer rosa...

      Joya de sangre y luna, vaso pleno
      De rosas de silencio y de armonía,
      Nectario de su miel y su veneno,
      Vampiro vuelto mariposa al día.

      Tijera ardiente de glaciales lirios,
      Panal de besos, ánfora viviente
      Donde brindan delicias y delirios
      Fresas de aurora en vino de Poniente...

      Estuche de encendidos terciopelos
      En que su voz es fúlgida presea,
      Alas del verbo amenazando vuelos,
      Cáliz en donde el corazón flamea.

      Pico rojo del buitre del deseo
      Que hubiste sangre y alma entre mi boca,
      De tu largo y sonante picoteo
      Brotó una llaga como flor de roca.

      Inaccesible... Si otra vez mi vida
      Cruzas, dando a la tierra removida
      Siembra de oro tu verbo fecundo,
      Tú curarás la misteriosa herida:
      Lirio de muerte, cóndor de vida,
      ¡Flor de tu beso que perfuma al mundo!
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    Capricho
      Al Excelso escritor uruguayo Manuel Medina Betancort.

      Entre el raso y los encajes de la alcoba parisina
      La enfermiza japonesa, la nostálgica ambarina,
      Se revuelve en las espumas de su lecho de marfil;
      El incendio de la fiebre ha pintado en sus mejillas
      -Sus mejillas japonesas como rosas amarillas-
      Sangraciones de claveles, centelleos de rubí.

      Vibra en llamas del delirio la muñeca principesca,
      Se estremecen los marfiles de su faz miniaturesca,
      Su pupila enloquecida lanza chorros de fulgor;
      Burbujeantes las palabras efervescen locamente
      Con hervores de champaña de su boca balbuciente,
      De su boca de topacio, moribunda, sin frescor.

      Sueña ahora de su infancia: blancas, leves las visiones
      Van pasando juguetonas en alígeras legiones,
      Con sus vestes de albas gasas, con sus nimbos de claror;
      Nievan lirios, perlas, rosas, rosas blancas como espumas,
      Avecillas eucarísticas, suaves copas de albas plumas,
      Son las aves del recuerdo, van diciendo su canción.

      Cruza ahora misteriosa, inefable, aristocrática
      Una pálida figura de expresión honda, enigmática,
      Perezosos movimientos, fatigoso, lento andar;
      En sus ojos tristes, suaves, hay miradas que sollozan,
      Hay reproches hondos, dulces, que acarician, que destrozan,
      Con la blanda inconsistencia del enojo maternal.

      Extinguióse ya la fiebre, la enfermita no delira,
      Centellea en sus pupilas el sol rojo de la ira
      Y sus brazos se retuercen como sierpes de marfil;
      Brota un nombre de sus labios entre espuma y maldiciones,
      Su nacáreo cuerpecito se revuelca en convulsiones,
      Tremular de lirio enfermo, sacudidas de jazmín.

      Es que vibra en su cerebro con malditas resonancias
      El recuerdo del lord rubio de imperiales arrogancias,
      El altivo millonario de los ojos de zafir,
      El que en redes misteriosas de promesas quebradizas,
      Apresó el pájaro blanco de su almita asustadiza
      Arrancándola a sus padres, sus ensueños, su país.

      Y en la cárcel principesca de la alcoba parisina
      La olvidada japonesa, la nostálgica ambarina
      Desfallece sofocada por agónico estertor,
      ¡Oh, mimosa susceptible, por un soplo deslucida!
      ¡Devolviérale la gracia, devolviérale la vida
      Una gota de cariño, un efluvio de su sol!

      En sus ojos, hondos cauces, hay un algo extraño, helado,
      Reflectores de la muerte, esta en ellos se ha mirado
      Y es su imagen la que flota en su fondo de carey,
      Pero... súbito se animan, arde en ellos la alegría,
      Alegría de muriente con vislumbres de sombría,
      La enfermita vibra toda su figura de poupée;

      Sus deditos finos, pálidos, como niños macilentos,
      Han tomado, y ahora oprimen con nerviosos movimientos
      Un marchito crisantemo, ¡blanco hermano del Japón!
      Él también sufre nostalgias, hondas, diáfanas, impías
      Abejillas de oro y ópalo que se clavan lentas, frías,
      En el glóbulo de aromas de su raro corazón.

      La enfermita las comprende, las nostalgias amarillas
      Del pequeño moribundo, y le acerca a sus mejillas
      Y a sus labios en arranques de cariño fraternal,
      Es su hermano, sí, es su hermano ese copo de albo lino,
      Como ella agonizante, como ella nacarino,
      Como ella desmayando en lujosa soledad.

      Duerme, duerme la enfermita entre cirios de oro escuálidos
      Hay un muerto crisantemo en sus dedos finos, pálidos,
      Su cajita funeraria es estuche de blancor.

      En lo alto: al regio alcázar del Eterno, del Clemente,
      Entre angélicos festejos, leve, diáfana, sonriente,
      ¡Llega el alma de una niña, trae el alma de una flor!
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    Ceguera
      Me abismo en una rara ceguera luminosa,
      Un astro, casi un alma, me ha velado la Vida.
      ¿Se ha prendido en mí como brillante mariposa,
      O en su disco de luz he quedado prendida?

      No sé...
      Rara ceguera que me borras el mundo,
      Estrella, casi alma, con que asciendo o me hundo.
      ¡Dame tu luz y vélame eternamente el mundo!
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    Clarobscuro
      Cuando sonriente, la aurora
      Sus áureos cabellos suelta
      Y en el pálido horizonte
      Su faz sonrosada muestra,
      Y las albas avecillas
      De sus manos marfileñas,
      Van rasgando de la noche
      El amplio manto de niebla,
      Un níveo, frágil insecto
      De sus ensueños despierta,
      Y agitando dulcemente
      Sus alas leves, etéreas,
      Sediento en busca de flores
      Su vuelo ondulante eleva.
      Flores que recién se abran
      Y en sus copas soñolientas,
      Le brinden savia, perfumes
      ¡Y una llovizna de perlas!

      Tenue, vaporoso insecto
      Cuyas alas nacareñas,
      Del lirio tienen la albura
      Y la suave transparencia,
      Tal vez de su vara al toque
      El hada Delicadeza,
      Formólo de una sonrisa
      Un silfo, un sueño, una perla.
      ¡Y la luz diole por sangre
      Una gota de su esencia!

      Existe un lúgubre insecto
      De alas pesadas y negras,
      Que espera ansioso el momento
      De silencio y de tinieblas
      En que en brazos de la noche
      Duerme enlutada la tierra,
      Y entonces alza su vuelo
      De lentitudes funéreas,
      ¡Vuelo pesante, fatídico,
      De vibraciones siniestras!

      ¡Tétrico, ominoso insecto!
      ¡Animalaña funesta!
      Al vivo fulgor del día
      Permanece inmóvil, yerta,
      La helada sombra nocturna
      Da vida a sus alas muertas.
      Es que tal vez de la noche
      Le brinda la copa inmensa,
      De la esencia del misterio
      El vivificante néctar,
      ¡Esencia que por lo oscura
      Parece su propia esencia!

      ¡Raro, sublime contraste!
      ¡Atrayente diferencia!
      Aquel, una estrella alada,
      Este, un jirón de tiniebla;
      Aquel, graciosa alegría,
      Este, fúnebre tristeza;
      Aquel tiene la celeste,
      La luminosa belleza,
      Del astro claro, radiante,
      De una sonrisa arcangélica,
      Este tiene la sombría
      Severa magnificencia,
      La atracción trágica, extraña,
      Irresistible, funesta,
      ¡Del abismo devorante!
      ¡De la sima negra, tétrica!
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    Crepúsculo
      Ya del dulce crepúsculo
      Hanse extendido los flotantes velos,
      Gime el triste zorzal en la espesura,
      Manso susurra en el follaje el viento.

      En esta hora es el campo
      Un edén de belleza incomparable,
      Todo en él es sosiego, todo es calma,
      Muere la luz y las tinieblas nacen.

      De pálidas estrellas
      A bordarse principia el firmamento,
      El ángel renegrido de la noche
      Sus alas de azabache ya está abriendo.

      Mil níveas azucenas
      Inundan de perfume el tibio ambiente,
      Y el frondoso rosal rico de savia
      Al peso de sus flores desfallece.

      Varias flores nocturnas
      Los broches de sus cálices desprenden,
      Y áureos lampos semejan las luciérnagas
      Entre las sombras que la noche extiende.

      ¿Qué atracción misteriosa
      En esta hora indefinible encuentro?
      ¿Por qué a la viva luz del mediodía
      Sus tenues resplandores yo prefiero?

      Porque el crepúsculo en sus leves gasas
      Guarda un algo sombrío, un algo tétrico,
      Y en lo triste y sombrío siempre existe
      La belleza que atrae en lo funéreo,

      En las tinieblas de la noche oscura,
      Y en lo insondable del abismo inmenso,
      ¡La belleza más grande y atrayente,
      La sublime belleza del misterio!
    Arriba

    Cuentas de fuego
      Cerrar la puerta cómplice con rumor de caricia,
      Deshojar hacia el mal el lirio de una veste...
      -La seda es un pecado, el desnudo es celeste;
      Y es un cuerpo mullido un diván de delicia.-

      Abrir brazos... así todo ser es alado,
      O una cálida lira dulcemente rendida
      De canto y de silencio... más tarde, en el helado
      Más allá de un espejo como un lago inclinado,
      Ver la olímpica bestia que elabora la vida...

      Amor rojo, amor mío;
      Sangre de mundos y rubor de cielos...
      ¡Tú me lo des, Dios mío!
    Arriba

    Cuentas de luz
      Lejos como en la muerte
      Siento arder una vida vuelta siempre hacia mí,
      Fuego lento hecho de ojos insomnes, más que fuerte
      Si de su allá insondable dora todo mi aquí.
      Sobre tierras y mares su horizonte es mi ceño,
      Como un cisne sonámbulo duerme sobre mi sueño
      Y es su paso velado de distancia y reproche
      El seguimiento dulce de los perros sin dueño
      Que han roído ya el hambre, la tristeza y la noche
      Y arrastran su cadena de misterio y ensueño.

      Amor de luz, un río
      Que es el camino de cristal del Bien.
      ¡Tú me lo des, Dios mío!
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    Cuentas de mármol
      Yo, la estatua de mármol con cabeza de fuego,
      Apagando mis sienes en frío y blanco ruego...
      Engarzad en un gesto de palmera o de astro
      Vuestro cuerpo, esa hipnótica alhaja de alabastro
      Tallada a besos puros y bruñida en la edad;
      Sereno, tal habiendo la luna por coraza;
      Blanco, más que si fuerais la espuma de la Raza,
      Y desde el tabernáculo de vuestra castidad,
      Nevad a mí los lises hondos de vuestra alma;
      Mi sombra besará vuestro manto de calma,
      Que creciendo, creciendo me envolverá con Vos;
      Luego será mi carne en la vuestra perdida...
      Luego será mi alma en la vuestra diluida...
      Luego será la gloria... y seremos un dios!

      Amor de blanco y frío,
      Amor de estatuas, lirios, astros, dioses...
      ¡Tú me los des, Dios mío!
    Arriba

    Cuentas de sombra
      Los lechos negros logran la más fuerte
      Rosa de amor; arraigan en la muerte.
      Grandes lechos tendidos de tristeza,
      Tallados a puñal y doselados
      De insomnio; las abiertas
      Cortinas dicen cabelleras muertas;
      Buenas como cabezas
      Hermanas son las hondas almohadas:
      Plintos del Sueño y del Misterio gradas.

      Si así en un lecho como flor de muerte,
      Damos llorando, como un fruto fuerte
      Maduro de pasión, en carnes y almas,
      Serán especies desoladas, bellas,
      Que besen el perfil de las estrellas
      Pisando los cabellos de las palmas.

      Gloria al amor sombrío,
      Como la Muerte pudre y ennoblece
      ¡Tú me lo des, Dios mío!
    Arriba

    Cuentas falsas
      Los cuervos negros sufren hambre de carne rosa;
      En engañosa luna mi escultura reflejo,
      Ellos rompen sus picos, martillando el espejo,
      Y al alejarme irónica, intocada y gloriosa,
      Los cuervos negros vuelan hartos de carne rosa.

      Amor de burla y frío
      Mármol que el tedio barnizó de fuego
      O lirio que el rubor vistió de rosa,
      Siempre lo dé, Dios mío...

      O rosario fecundo,
      Collar vivo que encierra
      La garganta del mundo.

      Cadena de la tierra
      Constelación caída.

      O rosario imantado de serpientes,
      Glisa hasta el fin entre mis dedos sabios,
      Que en tu sonrisa de cincuenta dientes
      Con un gran beso se prendió mi vida:
      Una rosa de labios.
    Arriba

    Desde lejos
      En el silencio siento pasar hora tras hora,
      Como un cortejo lento, acompasado y frío...
      ¡Ah! Cuando tú estás lejos, mi vida toda llora,
      Y al rumor de tus pasos hasta en sueños sonrío.

      Yo sé que volverás, que brillará otra aurora
      En mi horizonte, grave como un ceño sombrío;
      Revivirá en mis bosques tu gran risa sonora
      Que los cruzaba alegre como el cristal de un río.

      Un día, al encontrarnos tristes en el camino,
      Yo puse entre tus manos pálidas mi destino
      ¡Y nada más grande jamás han de ofrecerte!

      Mi alma es frente a tu alma como el mar frente al cielo:
      Pasarán entre ellas, tal la sombra de un vuelo,
      ¡La Tormenta y el Tiempo y la Vida y la Muerte!
    Arriba

    Diario espiritual
      Es un lago mi alma;
      Lago, vaso de cielo,
      Nido de estrellas en la noche calma,
      Copa del ave y de la flor, y suelo
      De los cisnes y el alma.

      -Un lago fue mi alma...-

      Mi alma es una fuente
      Donde canta un jardín; sonrosan rosas
      Y vuelan alas en su melodía;
      Engarza gemas armoniosamente
      En el oro del día.

      -Mi alma fue una fuente...-

      Un arroyo es mi alma;
      Larga caricia de cristal que rueda
      Sobre carne de seda,
      Camino de diamantes de la calma.

      -Fue un arroyo mi alma...-

      Mi alma es un torrente;
      Como un manto de brillo y armonía,
      Como un manto infinito desbordado
      De una torre sombría,
      ¡Todo lo envuelve voluptuosamente!

      -Mi alma fue un torrente...-

      Mi alma es todo un mar,
      No un vómito siniestro del abismo:
      Un palacio de perlas, con sirenas,
      Abierto a todas las riberas buenas,
      Y en que el amor divaga sin cesar...
      Donde ni un lirio puede naufragar.

      -Y mi alma fue mar... -

      Mi alma es un fangal;
      Llanto puso el dolor y tierra puso el mal.
      Hoy apenas recuerda que ha sido de cristal;
      No sabe de sirenas, de rosas ni armonía;
      Nunca engarza una gema en el oro del día...
      Llanto y llanto el dolor, y tierra y tierra el mal!

      -Mi alma es un fangal;

      ¿Dónde encontrar el alma que en su entraña sombría
      Prenda como una inmensa semilla de cristal?
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    El anillo
      Raro anillo que clarea,
      Raro anillo que sombrea
      Una profunda amatista,

      Crepúsculo vespertino
      Que en tu matinal platino
      Engarzó espléndido artista.

      El porvenir es de miedo...
      ¿Será tu destino un dedo
      De tempestad o de calma?

      Para clararte y sombrearte,
      ¡Si yo pudiera glisarte
      En un dedo de mi alma!
    Arriba

    El arroyo
      ¿Te acuerdas? El arroyo fue la serpiente buena...
      Fluía triste y triste como un llanto de ciego,
      Cuando en las piedras grises donde arraiga la pena,
      Como un inmenso lirio se levantó tu ruego.

      Mi corazón, la piedra más gris y más serena,
      Despertó en la caricia de la corriente y luego
      Sintió cómo la tarde, con manos de agarena,
      Prendía sobre él una rosa de fuego.

      Y mientras la serpiente del arroyo blandía
      El veneno divino de la melancolía,
      Tocada de crepúsculo me abrumó tu cabeza,

      La coroné de un beso fatal, en la corriente
      Vi pasar un cadáver de fuego... Y locamente
      Me derrumbó en tu abrazo profundo la tristeza.
    Arriba

    El intruso
      Amor, la noche estaba trágica y sollozante
      Cuando tu llave de oro cantó en mi cerradura;
      Luego, la puerta abierta sobre la sombra helante,
      Tu sombra fue una mancha de luz y de blancura.

      Todo aquí lo alumbraron tus ojos de diamante;
      Bebieron en mi copa tus labios de frescura,
      Y descansó en mi almohada tu cabeza fragante;
      Me encantó tu descaro y adoré tu locura.

      Y hoy río si tu ríes, y canto si tú cantas;
      Y si tú duermes, duermo como un perro a tus plantas.
      Hoy llevo hasta en mi sombra tu olor de primavera;

      Y tiemblo si tu mano toca la cerradura,
      ¡Y bendigo la noche sollozante y oscura
      Que floreció en mi vida tu boca tempranera!
    Arriba

    El nudo
      Su idilio fue una larga sonrisa a cuatro labios.
      En el regazo cálido de rubia primavera.
      Amáronse talmente que entre sus dedos sabios
      Palpitó la divina forma de la Quimera.

      En los palacios fúlgidos de las tardes en calma
      Hablábanse un lenguaje sentido como un lloro,
      ¡Y se besaban hondo hasta morderse el alma!
      Las horas deshojáronse como flores de oro.

      Y el Destino interpuso sus dos manos heladas...
      ¡Ah!, los cuerpos cedieron, mas las almas trenzadas
      Son el más intrincado nudo que nunca fue.

      En lucha con sus locos enredos sobrehumanos
      Las Furias de la vida se rompieron las manos
      Y fatigó sus dedos supremos Ananké...
    Arriba

    El surtidor de oro
      Vibre, mi musa, el surtidor de oro,
      La taza rosa de tu boca en besos;
      De las espumas armoniosas surja
      Vivo, supremo, misterioso, eterno,
      El amante ideal, el esculpido
      En prodigios de almas y de cuerpos;
      Debe ser vivo a fuerza de soñado,
      Que sangre y alma se me va en los sueños;
      Ha de nacer a deslumbrar la Vida,
      ¡Y ha de ser ser un dios nuevo!
      Las culebras azules en sus venas
      Se nutren del milagro en mi cerebro...
      Selle, mi musa, el surtidor de oro,
      La taza rosa de tu boca en besos;
      El amante ideal, el esculpido
      En prodigios de almas y de cuerpos,
      Arraigando las uñas extrahumanas
      En mi carne, solloza en mis ensueños:
      -Yo no quiero más vida que tu vida,
      Son en ti los supremos elementos;
      ¡Déjame bajo el cielo de tu alma,
      En la cálida tierra de tu cuerpo!
      -¡Selle, mi musa, el surtidor de oro,
      La taza rosa de tu boca en besos!
    Arriba

    El vampiro
      En el regazo de la tarde triste
      Yo invoqué tu dolor... Sentirlo era
      ¡Sentirte el corazón! Palideciste
      Hasta la voz, tus párpados de cera.

      Bajaron... y callaste... Pareciste
      Oír pasar la muerte... Yo que abriera
      Tu herida mordí en ella -¿Me sentiste?-
      ¡Como en el oro de un panal mordiera!

      Y exprimí más, traidora, dulcemente
      Tu corazón herido mortalmente;
      Por la cruel daga rara y exquisita
      De un mal sin nombre, ¡hasta sangrarlo en llanto!
      Y las mil bocas de mi sed maldita
      Tendí a esa fuente abierta en tu quebranto.

      ¿Por qué fui tu vampiro de amargura?
      ¿Soy flor o estirpe de una especie oscura
      Que come llagas y que bebe el llanto?
    Arriba

    Elegías dulces
      Hoy desde el gran camino, bajo el sol claro y fuerte,
      Muda como una lágrima he mirado hacia atrás.
      Y tu voz, de mí lejos, con un olor de muerte,
      Vino a aullarme al oído un triste "¡Nunca más!"

      Tan triste, que he llorado hasta quedar inerte...
      ¡Yo sé que estás tan lejos que nunca volverás!
      No hay lágrimas que laven los besos de la Muerte...
      ¡Almas, hermanas mías, nunca miréis atrás!

      Los pasados se cierran como los ataúdes;
      Al otoño las hojas en dorados aludes
      Ruedan... y arde en los troncos la nueva floración...

      Las noches son caminos negros de las auroras...
      Oyendo deshojarse tristemente las horas
      Dulces, hablemos de otras flores al corazón.
    Arriba

    En el camino
      Yo iba sola al Misterio bajo un sol de locura,
      Y tú me derramaste tu sombra, peregrino;
      Tu mirada fue buena como una senda oscura,
      Como una senda húmeda que vendara el camino.

      Me fue pródiga y fértil tu alforja de ternura:
      Tuve el candor del pan, y la llama del vino;
      Mas tu alma en un pliegue de su astral vestidura,
      Abrojo de oro y sombra, se llevó mi destino.

      Mis manos, que tus manos abrigaron, ya nunca
      Se enfriarán, y guardando la dulce malla trunca
      De tus caricias, ¡nunca podrán acariciar!...

      En mi cuerpo, una torre de recuerdo y espera
      Que se siente de mármol y se sueña de cera,
      Tu Sombra logra rosas de fuego en el hogar;
      Y en mi alma, un castillo desolado y sonoro
      Con pátinas de tedio y humedades de lloro,
      ¡Tu sombra logra rosas de nieve en el hogar!
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    En un álbum
      Cuando abriendo tu boca perfumada,
      La voz dulce y perlada
      De tu bella garganta haces brotar,
      En voces de sirenas ideales,
      Y en arpas de sonidos celestiales,
      A mí me haces pensar.

      Cuando miro tu cuello alabastrino
      Y tu cuerpo divino
      Que al de Venus la diosa ha de igualar,
      Del mármol la blancura,
      Y del cisne la olímpica figura,
      Me haces recordar.

      ¡Cuántas veces ligera como un hada,
      Te he visto yo ocupada
      En las dulces tareas del hogar,
      Y entonces a mi madre,
      Y Carlota de Werther heroína,
      Me has hecho recordar!
    Arriba

    En un álbum (2)
      La belleza más pura y delicada
      Se refleja en tu rostro juvenil,
      Eres ninfa risueña, eres un hada,
      Eres flor de algún célico pensil.

      Es tu espesa y sedosa cabellera
      Una inmensa cascada de hebras de oro,
      La corona de un rey jamás valiera
      Lo que vale ese aurífero tesoro.

      Dos azules zafiros son tus ojos,
      Que iluminan tu rostro angelical,
      Y tus labios delgados son tan rojos
      Que podrían llamarse de coral.

      Son tus manos dos blancas mariposas
      O dos flores talladas en marfil,
      Y tus frescas mejillas son dos rosas
      Que recién ha entreabierto el sol de abril.

      Es mi estilo muy tosco e imperfecto
      Y no puedo expresar, en su rudeza,
      Lo que vale tu rostro tan perfecto,
      Desbordante de célica belleza.
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    Explosión
      ¡Si la vida es amor, bendita sea!
      ¡Quiero más vida para amar! Hoy siento
      Que no valen mil años de la idea
      Lo que un minuto azul del sentimiento.

      Mi corazón moría triste y lento...
      Hoy abre en luz como una flor febea;
      ¡La vida brota como un mar violento
      Donde la mano del amor golpea!

      Hoy, partió hacia la noche, triste, fría,
      Rotas las alas mi melancolía;
      Como una vieja mancha del dolor

      En la sombra lejana se deslíe...
      ¡Mi vida toda canta, besa, ríe!
      ¡Mi vida toda es una boca en flor!
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    Fantasmas
      Célicas legiones de hadas vaporosas
      En vaivén gracioso van y van pasando;
      Son las ilusiones tenues, sonrosadas,
      Son los sueños níveos, impalpables, diáfanos.
      Llegan a mi oído y al pasar se inclinan.
      Himnos de esperanza quedo susurrando;

      Son las ilusiones,
      Los ensueños blancos,
      Que entre frescas rosas y espumosos lirios
      En bajel dorado,
      Suaves nos deslizan
      A través del mundo, ¡piélago encrespado!
      Arrojando flores
      Sobre los escollos que encuentran al paso.

      Son las ilusiones
      Los ensueños blancos,
      Son los compañeros,
      Los amigos dulces de los pocos años.

      Son las ilusiones
      Los ensueños blancos.

      Los celestes bandos de hadas vaporosas
      En vaivén gracioso van y van pasando,
      Himnos de esperanza
      Quedo susurrando,
      Son las ilusiones,
      Los ensueños blancos.

      Pero, ¡cosa extraña! Mis risueñas hadas
      Las pupilas ígneas abren con espanto.
      Aterrados huyen
      Los alegres bandos...
      Siento frío... tiemblo... Junto a mí se yergue
      Un fantasma raro,
      De pupilas negras, insondables, duras,
      De ambarino cutis y terrosos labios.
      Cúbrelo un espeso,
      Renegrido manto.
      Todo en él es frío, ¡hasta de sus ojos
      El fulgor extraño!
      Fuego incomprensible, que cegando hiela;
      Fuego inexplicable, que deslumbra enfriando;
      Viene a mí, se inclina; sus pupilas negras
      Sobre mí ha fijado,
      Mi aterido cuerpo
      Tiembla y se contrae en terrible espasmo.
      El fantasma oprime mi marmórea frente
      Con su dedo helado;
      Y fijando ahora su mirada dura
      En mis níveos sueños que ya están lejanos,
      Con desprecio y odio
      Agitado mueve los terrosos labios.
      Luego a mí se vuelve
      Y hacia sí me trae en estrecho abrazo;
      A mi oído acerca su nerviosa boca,
      Con acento intenso, convincente, trágico,
      -¡Mienten! -dice- ¡Mienten!- Luego me abandona
      Y se va, dejando
      En mi frente, impresa,
      La invisible huella de su dedo helado.

      ¡Pobres ilusiones!
      ¡Pobres sueños blancos!

      Ha pasado el tiempo
      Sobre mí; los años
      Con profundas huellas
      Marcaron su paso,
      Y jamás han vuelto
      Ni las ilusiones, ni los sueños blancos.
      ¡Pobres ilusiones!
      ¡Pobres sueños blancos!
      Es que aquel fantasma demacrado y frío
      Era el Desengaño;
      ¡Y al tocar mi frente dejó en ella impresa
      La indeleble huella de su dedo helado!

      ¡Pobres ilusiones!
      ¡Pobres sueños blancos!
    Arriba

    Flor nocturna
      Cuando la noche tendiendo
      Su manto de gasa negra
      La silenciosa campiña
      Envuelve en sombras funéreas,
      Cuando allá en el firmamento
      Las argentinas estrellas
      Semejan ígneas pupilas
      Que inmóviles nos contemplan,
      Cuando las aves nocturnas
      Exhalan lúgubres quejas
      Que vibran en el silencio
      Monótonas y siniestras,
      Cuando el genio de las sombras
      De su letargo despierta,
      E invisible en torno nuestro
      Se agita y revolotea,
      Entonces, entre el follaje
      Tímidamente encubierta,
      Pálida flor, entreabres,
      Tu corola marfileña,
      Tu corola que del día
      Al primer albor se cierra,
      Para reabrirse al helado
      Contacto de la tiniebla,
      ¡Hastiada siempre de lumbre!
      ¡Siempre de sombras sedienta!

      ¡Extraño destino el tuyo!
      El día te encuentra muerta,
      Tu triste vida concluye
      Cuando la nuestra comienza.
      Mas cuando tu cáliz abres
      Nuestras pupilas se cierran...
      Y entonces tal vez tu vida
      Más dulce y pálida sea,
      Allá perdida en las sombras
      Entre el follaje encubierta,
      ¡Lejos de envidias y odios!
      ¡Lejos de traiciones negras!

      Sigue tu vida, abre siempre
      Cuando la noche comienza,
      Y al primer albor del día
      Tu cáliz de nácar, cierra,
      Para reabrirlo al helado
      Contacto de la tiniebla,
      ¡Hastiada siempre de lumbre!
      ¡Siempre de sombras sedienta!
    Arriba

    Florecimiento
      La noche entró en la sala adormecida
      Arrastrando el silencio a pasos lentos...
      Los sueños son tan quedos, que una herida
      Sangrar se oiría. Rueda en los momentos

      Una palabra insólita, caída
      Como una hoja de otoño... Pensamientos
      Suaves tocan mi frente dolorida
      Tal manos frescas, ¡ah!... ¿por qué tormentos

      Misteriosos los rostros palidecen
      Dulcemente?... Tus ojos me parecen
      Dos semillas de luz entre las sombras,

      Y hay en mi alma un gran florecimiento
      Si en mí los fijas; si los bajas, siento
      Como si fuera a florecer la alfombra.
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    Inextinguibles
      ¡Oh tú, que duermes tan hondo que no despiertas!
      Milagrosas de vivas, milagrosas de muertas,
      Y por muertas y vivas eternamente abiertas,
      Alguna noche en duelo yo encuentro tus pupilas
      Bajo un trapo de sombra o una blonda de luna.
      Bebo en ellas la Calma como en una laguna.
      Por hondas, por calladas, por buenas, por tranquilas
      Un lecho o una tumba parece cada una.
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    Íntima
      Yo te diré los sueños de mi vida
      En lo más hondo de la noche azul...
      Mi alma desnuda temblará en tus manos,
      Sobre tus hombros pesará mi cruz.

      Las cumbres de la vida son tan solas,
      ¡Tan solas y tan frías! Yo encerré
      Mis ansias en mí misma, y toda entera
      Como una torre de marfil me alcé.

      Hoy abriré a tu alma el gran misterio;
      Ella es capaz de penetrar en mí.
      En el silencio hay vértigos de abismos:
      Yo vacilaba, me sostengo en ti.

      Muero de ensueños; beberé en tus fuentes
      Puras y frescas la verdad; yo sé
      Que está en el fondo magno de tu pecho
      El manantial que vencerá mi sed.

      Y sé que en nuestras vidas se produjo
      El milagro inefable del reflejo...
      En el silencio de la noche mi alma
      Llega a la tuya como un gran espejo.

      ¡Imagina el amor que habré soñado
      En la tumba glacial de mi silencio!
      Más grande que la vida, más que el sueño,
      Bajo el azur sin fin se sintió preso.

      Imagina mi amor, mi amor que quiere
      Vida imposible, vida sobrehumana,
      Tú sabes que sí pesan, si consumen
      Alma y sueños de olimpo en carne humana.

      Y cuando frente al alma que sentía
      Poco el azur para bañar sus alas
      Como un gran horizonte aurisolado
      O una playa de luz, se abrió tu alma:

      ¡Imagina! ¡Estrechar, vivo, radiante
      El imposible! ¡La ilusión vivida!
      Bendije a Dios, al sol, la flor, el aire
      ¡La vida toda porque tú eras vida!

      Si con angustia yo compré esta dicha,
      ¡Bendito el llanto que manchó mis ojos!
      ¡Todas las llagas del pasado ríen
      Al sol naciente por sus labios rojos!

      ¡Ah! Tú sabrás mi amor; mas vamos lejos,
      A través de la noche florecida;
      Acá lo humano asusta, acá se oye,
      Se ve, se siente sin cesar la vida.

      Vamos más lejos en la noche, vamos
      Donde ni un eco repercuta en mí,
      Como una flor nocturna allá en la sombra
      Me abriré dulcemente para ti.
    Arriba

    Fue al pasar
      Yo creí que tus ojos anegaban el mundo,
      Abiertos como bocas en clamor... Tan dolientes
      Que un corazón partido en dos trozos ardientes
      Parecieron... Fluían de tu rostro profundo

      Como dos manantiales graves y venenosos...
      Fraguas a fuego y sombra, ¡tus pupilas!... tan hondas
      Que no sé desde dónde me miraban, redondas
      Y oscuras como mundos lontanos y medrosos.

      ¡Ah, tus ojos tristísimos como dos galerías
      Abiertas al Poniente!... ¡Y las sendas sombrías
      De tus ojeras donde reconocí mis rastros!...

      ¡Yo envolví en un gran gesto mi horror como en un velo,
      Y me alejé creyendo que cuajaba en el cielo
      La medianoche húmeda de tu mirar sin astros!
    Arriba

    La barca milagrosa
      Preparadme una barca como un gran pensamiento...
      La llamarán "La Sombra" unos; otros, "La Estrella".
      No ha de estar al capricho de una mano o de un viento;
      Yo la quiero consciente, indomable y bella.

      La moverá en gran ritmo de tu corazón sangriento
      De vida sobrehumana; he de sentirme en ella
      Fuerte como en los brazos de Dios. ¡En todo viento,
      En todo mar templadme su ropa de centella!

      La cargaré de toda mi tristeza, y, sin rumbo,
      Iré como la rota corola de un nelumbo
      Por sobre el horizonte líquido de la mar...

      Barca, alma hermana, ¿hacia qué tierras nunca vistas,
      De hondas revelaciones, de cosas imprevistas
      Iremos? Yo ya muero de vivir y soñar...
    Arriba

    La cita
      En tu alcoba techada de ensueños, haz derroche
      De flores y de luces de espíritu; mi alma
      Calzada de silencio y vestida de calma,
      Irá a ti por la senda más negra esta noche.

      Apaga las bujías para ver cosas bellas;
      Cierra todas las puertas para entrar la ilusión;
      Arranca del misterio un manojo de estrellas
      Y enflora como un vaso triunfal tu corazón.

      ¡Y esperarás sonriendo, y esperarás llorando!...
      Cuando llegue mi alma, tal vez reces pensando
      Que el cielo dulcemente se derrama en tu pecho...

      Para él, amor divino, ten un diván de calma
      ¡O con el lirio místico que es su arma, mi alma
      Apagará una a una las rosas de tu lecho!
    Arriba

    La duda
      Vino: dos alas sombrías
      Vibraron sobre mi frente,
      Sentí una mano inclemente
      Oprimir las sienes mías.

      Sentí dos abejas frías
      Clavarse en mi boca ardiente;
      Sentí el mirar persistente
      De dos órbitas vacías.

      Llegó esa mirada ansiosa
      A mi corazón deshecho,
      Huyó de mí presurosa
      Para no volver, la calma,
      Y allá en el fondo del pecho
      ¡Sentí morirse mi alma!
    Arriba

    La fantasía
      La fantasía, misteriosa hada
      A cuyo paso vaporoso, queda,
      De perlas astros irisada nácar
      Y níveas flores, delicada estela.

      Es el astro celeste que nos guía
      A la dulce región de la quimera
      Por un albo camino que el ensueño
      Formó con lirios, azahar y perlas.

      Un camino ignorado para el vulgo
      Y que sólo conocen los poetas,
      Soñar es necesario para verlo
      ¡Y las almas vulgares nunca sueñan!

      Es la maga ideal que nos envuelve
      De la ilusión en el rosado velo.
      ¡La copa de marfil en que apuramos
      El néctar delicioso del ensueño!

      Es la llave de oro con que abrimos
      La mansión ideal de la poesía,
      ¡Y en la mente agitada del artista
      Es un rayo de luz la fantasía!
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    La estatua
      Miradla así, sobre el follaje oscuro
      Recortar la silueta soberana...
      ¿No parece el retoño prematuro
      De una gran raza que será mañana?

      ¡Así una raza inconmovible, sana,
      Tallada a golpes sobre mármol duro,
      De las vastas campañas del futuro
      Desalojará a la familia humana.

      ¡Miradla así -¡de hinojos!- en augusta
      Calma imponer la desnudez que asusta!
      ¡Dios!... ¡Moved ese cuerpo, dadle un alma!

      Ved la grandeza que en su forma duerme...
      ¡Vedlo allá arriba, miserable, inerme,
      Más pobre que un gusano, siempre en calma!
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    La esperanza
      Soy el dulce consuelo del que sufre,
      Soy bálsamo que alienta al afligido,
      Y soy quien muchas veces salva al hombre
      Del crimen o el suicidio.

      Yo le sirvo al mortal que me alimenta
      Contra el dolor de sin igual muralla,
      Soy quien seca su llanto dolorido
      Y calma su pesar. ¡Soy la Esperanza!
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    La musa
      Yo la quiero cambiante, misteriosa y compleja;
      Con dos ojos de abismos que se vuelven fanales;
      En su boca, una fruta perfumada y bermeja
      Que destile más miel que los rubios panales.

      A veces nos asalte un aguijón de abeja;
      Una raptos feroces a gestos imperiales
      Y sorprenda en su risa el dolor de una queja;
      ¡En sus manos asombren caricias y pañales!

      Y que vibre, y desmaye, y llore, y ruja, y cante,
      Y sea águila libre, tigre, paloma en un instante.

      Que el universo quepa en sus ansias divinas;
      ¡Tenga una voz que hiele, que suspenda, que inflame,
      Y una frente que erguida su corona reclame
      De rosas, de diamantes, de estrellas o de espina!
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    La sed
      -Tengo sed, sed ardiente- dije a la maga, y ella
      Me ofreció de sus néctares. -Eso no: ¡me empalaga!-
      Luego una rara fruta, con sus dedos de maga
      Exprimió en una copa, clara como una estrella;

      Y un brillo de rubíes hubo en la copa bella.
      Yo probé. -¡Es dulce, dulce! Hay días que me halaga
      Tanta miel, pero hoy me repugna, me estraga-.
      Vi pasar por los ojos del hada una centella.

      Y por un verde valle perfumado y brillante,
      Llevóme hasta una clara corriente de diamantes.
      -¡Bebe!- dijo. Yo ardía; mi pecho era un fragua.

      Bebí, bebí, bebí la linfa cristalina...
      ¡Oh frescura!, ¡oh pureza!, ¡oh sensación divina!
      -Gracias, maga; y bendita la limpieza del agua.
    Arriba

    Las alas
      Yo tenía ¡dos alas!...
      Dos alas,
      Que del azur vivían como dos siderales
      ¡Raíces!
      Dos alas,
      Con todos los milagros de la vida, la Muerte
      Y la ilusión. Dos alas
      Fulmíneas
      Como el velamen de una estrella en fuga;
      Dos alas
      Como dos firmamentos
      Como tormentas, con calmas y con astros...

      ¿Te acuerdas de la gloria de mis alas?...
      El áureo campaneo
      Del ritmo; el inefable
      Matiz atesorando
      El Iris todo, mas un Iris nuevo
      Ofuscante y divino.
      Que adorarán las plenas pupilas del futuro
      (¡Las pupilas maduras a toda luz!) El vuelo...

      El vuelo ardiente, adorante y único,
      Que tanto tiempo atormentó los cielos,
      Despertó soles, bólidos, tormentas,
      Abrillantó los rayos y los astros;
      Y la amplitud: tenían
      Calor y sombra para todo el mundo,
      Y hasta incubar más allá pudieron.

      Un día, raramente
      Desmayados a la tierra,
      Yo me adormí en las felpas profundas de este bosque...
      ¡Soñe divinas cosas!...
      Una sonrisa tuya me despertó, paréceme...
      ¡Y no siento mis alas!
      ¿Mis alas?

      -Yo las vi deshacerse entre mis brazos...
      ¡Era como un deshielo!
    Arriba

    La violeta
      Hay belleza en el lirio inmaculado
      De majestad emblema,
      Hay belleza en el cáliz nacarino
      De la blanca azucena,
      Hay belleza en la rosa purpurina
      Y en el albo reseda,
      Hay belleza en la nítida corola
      De la nívea camelia,
      Hay belleza en el pálido junquillo
      Y en la suave diamela,
      Hay belleza en el triste pensamiento
      Y no hay flor en la cual no haya belleza,
      Pero hay una que es flor entre las flores
      Con ser la más modesta,
      Una flor de fragancia incomparable,
      Delicada y pequeña,
      Una flor que en un lecho de esmeraldas
      Oculta su belleza,
      Una flor que un encanto misterioso
      En su cáliz encierra,
      Un encanto ideal, indefinible,
      Que no hay flor que contenga,
      Una flor para mí como ninguna,
      Una flor que se llama ¡la violeta!
    Arriba

    Lo inefable
      Yo muero extrañamente... No me mata la vida
      No me mata la muerte, no me mata el amor;
      Muero de un pensamiento mudo como una herida...
      ¿No habéis sentido nunca el extraño dolor?

      De un pensamiento inmenso que se arraiga en la vida
      Devorando alma y carne, y no alcanza a dar flor?
      ¿Nunca llevasteis dentro una estrella dormida
      Que os abrazaba enteros y no daba un fulgor?...

      ¡Cumbre de los martirios! ¡Llevar eterrnamente
      Desgarradora y árida la trágica simiente
      Clavada en las entrañas como un diente feroz!

      Pero arrancarla un día en una flor que abriera
      Milagrosa, inviolable...¡Ah, más grande no fuera
      Tener entre las manos la cabeza de Dios!
    Arriba

    Los relicarios dulces
      Hace tiempo, algún alma ya borrada fue mía.
      Se nutrió de mi sombra... Siempre que yo quería
      El abanico de oro de su risa se abría,
      O su llanto sangraba una corriente más;

      Alma que yo ondulaba, tal una cabellera
      Derramada en mis manos... Flor del fuego y la cera,
      Murió de una tristeza mía... Tan dúctil era,
      Tan fiel, que a veces dudo si pudo ser jamás.
    Arriba

    Luz púrpura con tu retrato
      Yo no sé si mis ojos o mis manos
      Encendieron la vida en tu retrato;
      Nubes humanas, rayos sobrehumanos,
      Todo tu Yo de emperador innato.

      ¡Amanece a mis ojos, en mis manos!
      Por eso, toda en llamas, yo desato
      Cabellos y alma para tu retrato,
      Y me abro en flor. Entonces, soberanos

      De la sombra y la luz, tus ojos graves
      Dicen grandezas que yo sé y tú sabes.
      Y te dejo morir. Queda en mis manos

      Una gran mancha lívida y sombría.
      Y renaces en mi melancolía
      Formado de astros fríos y lejanos.
    Arriba

    Mi aurora
      Como un gran sol naciente iluminó mi vida
      Y mi alma abrió a beberlo como una flor de aurora;
      ¡Amor! ¡Amor! Bendita la noche salvadora
      En que llamó a mi puerta tu manita florida.

      Mi alma vibró en la sombra como arpa sorprendida,
      Las aguas del silencio ya abiertas, en la aurora
      Cantó su voz potente misteriosa y sonora.
      ¡Mi alma lóbrega era una estrella dormida!

      Hoy toda la esperanza que yo llorara muerta
      Surge a la vida alada del ave que despierta
      Ebria de una alegría fuerte como el dolor;

      Y todo luce y vibra, todo despierta y canta,
      Como si el palio rosa de su luz viva y santa
      Abriera sobre el mundo la aurora de mi amor.
    Arriba

    Mi musa
      Mi musa tomó un día la placentera ruta
      De los campos fragantes; ornada de alboholes,
      Perfumando sus labios en la miel de la fruta
      Y dorando su cuerpo al fuego de los soles.

      Vivió como una ninfa: desnuda, en fresca gruta,
      Engalanando espejos de lagos tornasoles.
      La gran garza rosada de su forma impoluta.
      Volvió a mí como el oro de luz de los crisoles.

      Más pura; los cabellos emperlados de gotas
      Lucientes y prendidos de abrojos; trajo notas
      De pájaro silvestre y en los labios más fuego.

      Yo peinela y vestila sus parisinas galas,
      Y ella hoy grave pasea por mis lujosas salas
      Un gran aire salvaje y un perfume de espliego.
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    Mis amores
      Hoy han vuelto.
      Por todos los senderos de la noche han venido
      A llorar en mi lecho.
      ¡Fueron tantos, son tantos!
      Yo no sé cuáles viven, yo no sé cuál ha muerto.
      Me lloraré yo misma para llorarlos todos.
      La noche bebe el llanto como un pañuelo negro.
      Hay cabezas doradas a sol, como maduras...
      Hay cabezas tocadas de sombra y de misterio,
      Cabezas coronadas de una espina invisible,
      Cabezas que sonrosa la rosa del ensueño,
      Cabezas que se doblan a cojines de abismo,
      Cabezas que quisieran descansar en el cielo,
      Algunas que no alcanzan a oler a primavera,
      Y muchas que trascienden a las flores de invierno.
      Todas esas cabezas me duelen como llagas...
      Me duelen como muertos...
      ¡Ah!... y los ojos... los ojos me duelen más: ¡son dobles!
      Indefinidos, verdes, grises, azules, negros,
      Abrasan si fulguran,
      Son caricias, dolor, constelación, infierno.
      Sobre toda su luz, sobre todas sus llamas,
      Se iluminó mi alma y se templó mi cuerpo.
      Ellos me dieron sed de todas esas bocas...
      De todas estas bocas que florecen mi lecho:
      Vasos rojos o pálidos de miel o de amargura
      Con lises de armonía o rosas de silencio,
      De todos estos vasos donde bebí la vida,
      De todos estos vasos donde la muerte bebo...
      El jardín de sus bocas venenoso, embriagante,
      En donde respiraba sus almas y sus cuerpos,
      Humedecido en lágrimas
      Ha rodeado mi lecho...
      Y las manos, las manos colmadas de destinos
      Secretos y alhajadas de anillos de misterio...
      Hay manos que nacieron con guantes de caricia;
      Manos que están colmadas de la flor del deseo,
      Manos en que se siente un puñal nunca visto,
      Manos en que se ve un intangible cetro;
      Pálidas o morenas, voluptuosas o fuertes,
      En todas, todas ellas, puede engarzar un sueño.
      Con tristeza de alma,
      Se doblegan los cuerpos
      Sin velos, santamente
      Vestidos de deseo.
      Imanes de mis brazos, panales de mi entraña
      Como a invisible abismo se inclinan a mi lecho...
      ¡Ah, entre todas las manos yo he buscado tus manos!
      Tu boca entre las bocas, tu cuerpo entre los cuerpos,
      De todas las cabezas yo quiero tu cabeza,
      De todos esos ojos, ¡tus ojos solos quiero!
      Tú eres el más triste, por ser el más querido,
      Tú has llegado el primero por venir de más lejos...
      ¡Ah, la cabeza oscura que no he tocado nunca
      Y las pupilas claras que miré tanto tiempo!
      Las ojeras que ahondamos la tarde y yo inconscientes,
      La palidez extraña que doblé sin saberlo,
      Ven a mí: mente a mente,
      Ven a mí: ¡cuerpo a cuerpo!
      Tú me dirás qué has hecho de mi primer suspiro,
      Tú me dirás qué has hecho del sueño de aquel beso...
      Me dirás si lloraste cuando te dejé solo...
      ¡Y me dirás si has muerto...!
      Si has muerto,
      Mi pena enlutará la alcoba lentamente,
      Y estrecharé tu sombra hasta apagar mi cuerpo,
      Y en el silencio ahondado de tiniebla,
      Y en la tiniebla ahondada de silencio,
      Nos velará llorando, llorando hasta morirse
      Nuestro hijo: el recuerdo.
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    Monóstrofe
      Hay un tétrico fantasma que en el cáliz de mi vida
      Va vertiendo amargas gotas de una esencia maldecida
      Que me enerva y envenena, que consume mi razón;
      Y si un grito suplicante, si una tímida protesta
      Brotan hondos, desgarrantes de mi alma dolorida,
      El maléfico fantasma impasible me contesta
      Con sarcástica sonrisa que me hiela el corazón.
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    Viene
      Blandos preludios,
      Nievan orquídeas opalinas, pálidas;
      Lánguidos lirios soñolientos riman

      Estrofas perfumadas.
      Hay roces blancos, leves,
      Hay notas leves, blancas...

      Viene... es ella, es mi musa,
      La suave niña de los ojos de ámbar;
      Es mi musa enfermiza: la ojerosa,
      La más honda y precoz, ¡la musa extraña!

      Es pálida, muy pálida, en sus ojos
      Bate el Enigma sus pesadas alas;
      En las cadencias de su blanda marcha
      Los misterios desmayan...
      Es la musa enfermiza, la ojerosa,
      La más honda y precoz, ¡la musa extraña!

      Viene... no trae lira
      La suave niña de los ojos de ámbar...
      Ella canta sin lira,
      ¡Mi dulce musa extraña!
      Sus lánguidos arpegios,
      Sus vibraciones de pasión, arranca,
      Con angustias que crispan,
      ¡A las fibras sensibles de su alma!

      ¡Ven, canta, canta!
      ¡Oh, mi musa enfermiza!
      ¡Oh, mi musa precoz, mi musa extraña!
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    Nocturno
      Engarzado en la noche el lago de tu alma,
      Diríase una tela de cristal y de calma
      Tramada por las grandes arañas del desvelo.

      Nata de agua lustral en vaso de alabastros;
      Espejo de pureza que abrillantas los astros
      Y reflejas la cima de la Vida en un cielo...
      Yo soy el cisne errante de los sangrientos rastros,
      Voy manchando los lagos y remontando el vuelo.
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    Ofrendando el libro
      A Eros.

      Porque haces tu can de la leona
      Más fuerte de la Vida, y la aprisiona
      La cadena de rosas de tu brazo.

      Porque tu cuerpo es la raíz, el lazo
      Esencial de los troncos discordantes
      Del placer y el dolor, plantas gigantes.

      Porque emerge en tu mano bella y fuerte,
      Como en broche de míticos diamantes
      El más embriagador lis de la Muerte.

      Porque sobre el espacio te diviso,
      Puente de luz, perfume y melodía,
      Comunicando infierno y paraíso
      -Con alma fúlgida y carne sombría...
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    Ojos-nidos
      Para mi madre.
       
      Entre el espeso follaje
      De una selva de pestañas
      Hay dos nidos luminosos
      Como dos flores fantásticas.
      ¡Nidos de negros fulgores!
      ¡De oscuras vibrantes llamas!

      Y allá: dentro de esa selva
      De follaje negro, espléndido,
      En el fondo de esos nidos
      Como flores de destellos,
      ¡Agita sus ígneas alas
      El ave del Pensamiento!
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    Otra estirpe
      Eros, yo quiero guiarte, Padre ciego...
      Pido a tus manos todopoderosas
      ¡Su cuerpo excelso derramado en fuego
      Sobre mi cuerpo desmayado en rosas!

      La eléctrica corola que hoy despliego
      Brinda el nectario de un jardín de Esposas;
      Para sus buitres en mi carne entrego
      Todo un enjambre de palomas rosas.

      Da a las dos sierpes de su abrazo, crueles,
      Mi gran tallo febril... Absintio, mieles,
      Viérteme de sus venas, de su boca...

      ¡Así tendida, soy un surco ardiente
      Donde puede nutrirse la simiente
      De otra estirpe sublimemente loca!
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    Poesía
      ¡Poesía inmortal, cantarte anhelo!
      ¡Mas mil esfuerzos he de hacer en vano!
      ¿Acaso puede al esplendente cielo
      Subir altivo el infeliz gusano?

      Tú eres la sirena misteriosa
      Que atrae con su voz al navegante,
      ¡Eres la estrella blanca y luminosa!
      ¡El torrente espumoso y palpitante!

      Eres la brisa perfumada y suave
      Que juguetea en el vergel florido,
      ¡Eres la inquieta y trinadora ave
      Que en el verde naranjo cuelga el nido!

      Eres la onda de imperial grandeza
      Que altiva rueda vomitando espuma,
      ¡Eres el cisne de sin par belleza
      Que surca el lodo sin manchar su pluma!

      Eres la flor que al despuntar la aurora
      Entreabre el cáliz de perfume lleno,
      ¡Una perla blanquísima que mora
      Del mar del alma en el profundo seno!

      ¿Y yo quién soy, que en mi delirio anhelo
      Alzar mi voz para ensalzar tus galas?
      ¡Un gusano que anhela ir hasta el cielo!
      ¡Que pretende volar sin tener alas!
    Arriba

    Por campos de ensueño
      Pasó humeante el tropel de los potros salvajes,
      Feroces los hocicos, hirsutos de pelajes,
      Las crines extendidas, bravías, tal bordones,
      Pasaron como pasan pamperos y aquilones.

      Y luego fueron águilas de espléndidos plumajes
      Trayendo de sus cumbres magníficas visiones,
      Con el sereno vuelo de las inspiraciones
      Augustas, con soberbias de olímpicos linajes.

      Cruzaron hacia Oriente la limpidez del cielo,
      Tras ellas como cándida hostia que alzara el vuelo,
      Una paloma blanca como la nieve asoma.

      Yo olvido el ave egregia y el bruto que foguea
      Pensando que en los cielos solemnes de la Idea
      A veces es muy bella, muy bella una paloma.
    Arriba

    Por tu musa
      Cuando derrama en los hombros puros
      De tu musa la túnica de nieve,
      Yo concentro mis pétalos oscuros
      Y soy el lirio de alabastro leve.

      Para tu musa en rosa, me abro en rosa;
      Mi corazón es miel, perfume y fuego,
      Y vivo y muero de una sed gloriosa:
      Tu sangre viva debe ser mi riego.

      Cuando velada con un tul de luna
      Bebe calma y azur en la laguna,
      Yo soy el cisne que soñando vuela;

      Y si en luto magnífico la vistes
      Para vagar por los senderos tristes,
      Soy la luz o la sombra de una estela.
    Arriba

    Selene
      Medallón de la noche con la imagen del día
      Y herido por la perla de la melancolía;
      Hogar de los espíritus, corazón del azul,
      La tristeza de novia en su torre de tul;
      Máscara del misterio o de la soledad,
      Clavada como un hongo sobre la inmensidad,
      Primer sueño del mundo, florecido en el cielo,
      O la primer blasfemia suspendida en su vuelo...
      Gran lirio astralizado, copa de luz y niebla,
      Caricia o quemadura del sol en la tiniebla;
      Bruja eléctrica y pálida que orienta en los caminos,
      Extravía en las almas, hipnotiza destinos...
      Desposada del mundo en magnética ronda;
      Sonámbula celeste paso a paso de blonda;
      Patria blanca o siniestra de lirios o de cirios,
      Oblea de pureza, pastilla de delirios;
      Talismán del abismo, melancólico y fuerte,
      Imantado de vida, imantado de muerte...
      A veces me pareces una tumba sin dueño...
      Y a veces... una cuna ¡toda blanca!, tendida de esperanza y de ensueño...
    Arriba

    Toque de oración
      Un pedazo de luna que no brilla
      Sino con timidez. Canta un marino,
      Y su triste canción, tosca y sencilla,
      Tartamudea con sabor de vino...

      El mar, que el bíceps de la playa humilla,
      Tiene sinuosidades de felino,
      Y se deja caer sobre la orilla
      Con la cadencia de un alejandrino.

      Pienso en ti, pienso que te quiero mucho
      Porque me encuentro triste, porque escucho
      La esquila del pequeño campanario

      Que se queja con un sollozo tierno,
      Mientras los sapos cantan el invierno
      Con una letra del abecedario...
    Arriba

    Serpentina
      En mis sueños de amor ¡yo soy serpiente!
      Gliso y ondulo como una corriente;
      Dos píldoras de insommnio y de hipnotismo
      Son mis ojos; la punta del encanto
      Es mi lengua...¡y atraigo como el llanto!
      Soy un pomo de abismo.

      Mi cuerpo es una cinta de delicia,
      Glisa y ondula como una caricia...

      Y en mis sueños de odio ¡soy serpiente!
      Mi lengua es una venenosa fuente;
      Mi testa es la luzbélica diadema,
      Haz de la muerte en un fatal soslayo
      Con mis pupillas; y mi cuerpo en gema
      ¡Es la vaina del rayo!

      Si así sueño mi carne, así es mi mente:
      Un cuerpo largo, largo, de serpiente,
      Vibrando eterna, ¡voluptuosamente!
    Arriba

    Tu amor
      Tu amor, esclavo, es como un sol muy fuerte:
      Jardinero de oro de la vida,
      Jardinero de fuego de la muerte,
      En el carmen fecundo de mi vida.

      Pico de cuervo con olor de rosas,
      Aguijón enmelado de delicias
      Tu lengua es. Tus manos misteriosas
      Son garras enguantadas de caricias.

      Tus ojos son mis medias noches crueles,
      Panales negros de malditas mieles
      Que se desangran en mi acerbidad;

      Crisálida de un vuelo del futuro
      Es tu abrazo magnífico y oscuro
      Torre embrujada de mi soledad.
    Arriba

    Tu boca
      Yo hacía una divina labor, sobre la roca
      Creciente del Orgullo. De la vida lejana,
      Algún pétalo vívido me voló en la mañana,
      Algún beso en la noche. Tenaz como una loca,
      Seguía mi divina labor de roca.

      Cuando tu voz que funde como sacra campana
      En la nota celeste la vibración humana,
      Tendió su lazo de oro al borde de tu boca;

      ¡Maravilloso nido del vértigo, tu boca!
      Dos pétalos de rosa abrochando un abismo.

      Labor, labor de gloria, dolorosa y liviana;
      ¡Tela donde mi espíritu se fue tramando él mismo!
      Tú quedas en la testa soberbia de la roca,
      Y yo caigo, sin fin, en el sangriento abismo!
    Arriba

    Tu dormías
      Engastada en mis manos fulguraba
      Como oscura presea, tu cabeza;
      Yo la ideaba estuches, y preciaba
      Luz a luz, sombra a sombra su belleza.

      En tus ojos tal vez se concentraba
      La vida, como un filtro de tristeza
      En dos vasos profundos... Yo soñaba
      Que era una flor del mármol tu cabeza;

      Cuando en tu frente nacarada a luna,
      Como un monstruo en la paz de una laguna
      Surgió un enorme ensueño taciturno.

      ¡Ah!, tu cabeza me asustó. Fluía
      De ella una ignota vida. Parecía
      No sé qué mundo anónimo y nocturno.
    Arriba

    Una viñeta
      Tarde sucia de invierno. El caserío,
      Como si fuera un croquis al crayón,
      Se hunde en la noche. El humo de un bohío,
      Que sube en forma de tirabuzón;

      Mancha el paisaje que produce frío,
      Y debajo de la genuflexión
      De la arboleda, somormuja el río
      Su canción, su somnífera canción.

      Los labradores, camellón abajo,
      Retornan fatigosos del trabajo,
      Como un problema sin definición.

      Y el dueño del terruño, indiferente,
      Rápidamente, muy rápidamente,
      Baja en su coche por el camellón.
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