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Ignacio María de Acosta

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    Información biográfica

  1. A Cupido
  2. Al plan de Matanzas
  3. Amor primero
  4. Consejos a Fileno
  5. Dolencia de Iselia
  6. Hay una alondra
  7. La sonrisa
  8. Mi temor
  9. Mis cantares
  10. Mustia la rosa
  11. Nace fragante
  12. No luce el sol
  13. Por más que quiera la prudencia mía
  14. Un sueño


Información biográfica
    Nombre: Ignacio María de Acosta
    Lugar y fecha nacimiento: Cuba, 1814
    Lugar y fecha defunción: Cuba, 1871 (57 años)
    Ocupación: Escritor, poeta
    Fuente: [Ignacio María Acosta] en Wikisource.org
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    A Cupido
      Mira, traidor Cupido;
      Mira, rapaz aleve
      Ya que mi mal te place
      Y mis tormentos quieres,
      Que no temo los tiros
      De las saetas crueles
      Con que en el pecho triste
      Tan sin piedad me hieres.
      Y si gustas burlarte
      Y atormentarme siempre;
      Hiere también a Elvira,
      Y dos cautivos tienes.
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    Al plan de Matanzas
      ¿Quién eres tú, gigante, en cuya frente
      Se detienen las nieblas apiñadas,
      En tanto que a tus plantas, humilladas
      Rugen las tempestades sordamente?

      Tu fantástica forma sorprendente,
      Tus crestas a los cielos levantadas,
      Tus abismos, tus rocas despeñadas,
      ¿Qué misterios encubren a la mente?

      ¿Y pretendo tu origen misterioso
      Penetrar, al través del tiempo inmenso
      Que miraste pasar? De luz un rayo

      Ilumina mi espíritu; y lloroso,
      Que eres la tumba perdurable pienso
      Del pueblo antiguo que habitó en Yucayo.
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    Amor primero
      Jugando Dorila
      Con un pastorcillo,
      Del pie de un tomillo
      Su planta picó
      Aleve una abeja,
      Que estaba formado
      En niño vendado,
      El pícaro Amor.

      Sintió la zagala
      Al punto el veneno
      Correr por su seno
      Activo, sutil—
      Vagó por sus labios
      Preciosa sonrisa,
      Que el alma electriza
      Del tierno pastor.

      Alzó los ojuelos
      Que amores bañaban,
      Al joven miraban
      Con tanta expresión...
      Mas ¡cielos!, la abeja
      Voló del tomillo,
      Y del pastorcillo
      El seno picó...

      Cubriose de grana
      Su nívea mejilla—
      La niña sencilla
      También se turbó.
      Sentaronse juntos,
      Hablaronse tiernos,
      Y amantes eternos
      El mundo los vio.
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    Consejos a Fileno
      ¿Lloras, Fileno, y de Dorina ausente
      Doblas la cuita que tu pecho aqueja
      Porque a los ruegos vislumbrar no deja
      Un solo rayo que tu amor aliente...?

      ¿Quieres que débil a tu ardor presente
      Su altivo pecho a tu primera queja
      Cuando el que pide, el desamor semeja
      Atrás volviendo la cobarde frente...?

      Calma ese llanto: los pesares calma
      Y ese temor que por tu mal mantiene
      Turbada la razón, sin fuerza el alma.

      Vuelve a Dorila y tu pasión previene,
      Pide, insta, ruega, y te dará la palma
      Que lleva siempre el que constancia tiene.
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    Dolencia de Iselia
      Esa inquietud que sin cesar te agita,
      Ese tormento que te oprime el pecho,
      Y pone abrojos al mullido lecho
      Y tu semblante virginal marchita:

      Esa lucha fatal que se concita
      Del corazón en el recinto estrecho;
      Y te arranca suspiros de despecho
      En continua aflicción y amarga cuita:

      Ese dulce mirar; tu afecto tierno,
      Que revelan un alma candorosa
      Que pugna por vencer un mal interno;

      Esa delicia en fin que misteriosa
      Con las penas se mezcla del infierno;
      Esa es la llama del Amor, hermosa.
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    Hay una alondra
      Hay una alondra en nuestro hermoso valle
      Que tierno atisba un cazador atento:
      Ave divina cuyo dulce acento
      Al coro manda volador que calle.

      Y calla, y se suspende el escuchalle...
      Que de la alondra al divinal concento
      Pliega sus alas de placer el viento,
      Y no hay ave ni flor que no avasalle.

      Triunfante su expresión desde su nido
      El valle todo con su voz encanta,
      Y está el amor ante sus pies rendido.

      Nada turba el trinar de su garganta,
      Y si suena en el bosque algún gemido
      Es de la voz del cazador que canta.
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    La sonrisa
      Esa sonrisa hermosa
      Que entre tus labios juega
      Como el ligero soplo
      Del aura en la flor bella,
      Aquí, en el alma causa
      Una impresión secreta,
      Que a comprender no alcanza
      Mi pobre inteligencia.
      Me burlan mis amigos,
      Y Clori la discreta
      Con sus malignos ojos,
      También me burla Iselia
      Si mustio, pensativo,
      Absorto en mis quimeras,
      Sorpréndenme en la choza
      O bien en la pradera.
      Ignoran mi secreto
      Y a mi aflicción extrema
      Ni aún el consuelo triste
      De compasión le queda.
      Pregúntanme la causa:
      Mas ¡cielos!, quién creyera
      Que es tu sonrisa hermosa,
      Encantadora Iselia...
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    Mi temor
      No me espanta el rigor ni la porfia
      Del secreto poder de adversa suerte;
      Ni la cadena que con mano fuerte
      En el cuello me ató su tiranía.

      No me aterra pensar que llega el día
      Que impasible vendrá la torva muerte
      Y, a su voz funeral, en polvo inerte
      Caeré deshecho ante su faz sombría:

      Avezado a sufrir de mi fortuna
      La dura mano y el rigor extremo
      Con que oprime mi ser desde la cuna,

      ¿Qué puedo ya temer? ¡Oh bien supremo!
      De la tropa infernal que me importuna,
      Iselia, sólo tus enojos temo.
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    Mis cantares
      No es el Amor, con su poder tirano
      Quien inspira a mi canto la armonía,
      Que en el pecho desmiente el alma mía
      Lo que en el arpa preludió la mano.

      Mi canto es ilusión, ensueño vano,
      Que fomenta a placer la fantasía;
      Cual enfermo febril que desvaría
      Con los placeres que gozaba sano.

      Mi corazón ya muerto al sentimiento
      Del incendio voraz que Amor enciende,
      Goza tranquilo de envidiable calma.

      Y si canta su ardor, es fingimiento
      Con que la lira publicar pretende
      las dulces huellas que dejó en el alma.
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    Mustia la rosa
      Mustia la rosa, lánguida y marchita
      Al soplo de la brisa de deshoja;
      Publicando del bosque la congoja,
      La rama seca que al pasar visita:

      Apenada la dulce tortolita
      De su seno el dolor cantando arroja,
      A par que el alba la pradera moja
      De tierno llanto que al pesar imita.

      ¿Por qué tanta aflicción, tal desconsuelo
      El valle todo lúgubre deplora
      Con muestras tales de tan triste duelo...?

      El campo y flor, la tórtola y la aurora,
      Si levantan sus quejas hasta el cielo,
      Es porque Iselia en su retiro llora.
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    Nace fragante
      Nace fragante, delicada, hermosa,
      Rica en colores, tímida y galana,
      Entre perlas que riega la mañana
      En verde tallo la encendida rosa.

      El aura la acaricia voluptuosa;
      En agradarla el colibrí se afana;
      Y la rosa gentil de la sabana
      Es el hechizo y la adorada diosa.

      Pero si envuelto en polvoroso aliento
      Con torpe labio y bárbara inclemencia
      Besa la flor el huracán violento,

      Entonces mustia, sin color ni esencia
      Muere infeliz, cual muere en un momento
      Al contacto del vicio la inocencia.
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    No luce el sol
      No luce el sol en el oriente un día
      Sin que nazca en mi pecho una esperanza;
      Mas ese bien de la ilusión no alcanza
      A dar consuelo a mi desgracia impía.

      El prisma hermoso de la infancia mía
      Hízome ver la dicha en lontananza,
      Y soñar ese bien que no se alcanza
      Y con delirio el corazón ansía.

      Pasaron mis risueñas mocedades:
      El cabello se encuentra encanecido,
      Sin fuerza ni vigor mis facultades.

      Despierto del letargo en que he dormido;
      Quiero gozar al fin las realidades,
      Y encuentro sólo que ilusión han sido.
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    Por más que quiera la prudencia mía
      Por más que quiera la prudencia mía
      Reflexiva y sumisa a la cordura,
      Sujetarse a la ley terrible y dura
      Que le impuso a mi amor tu tiranía;

      Un oculto poder, la simpatía,
      A que llamas, cruel, fatal locura,
      Impide el olvidarte, y su ternura
      Será en mi pecho hasta la tumba fría.

      Si ofreciera tranquilo obedecerte
      En tan duro precepto y tan terrible,
      Fuera mi vida prolongada muerte:

      Fuera yo entonces como tú, insensible
      Al fuego del amor, pues de otra suerte
      Ofrecer olvidarte, es imposible.
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    Un sueño
      Soñaba yo que por la senda hermosa
      De la virtud la humanidad corría,
      Y el sol de la verdad resplandecía
      Llenando el orbe de su luz radiosa.

      La torpe envidia, la calumnia odiosa
      Abaten su poder y bastardía;
      Y a la voz del progreso se veía
      La sociedad aparecer dichosa.

      Un pueblo sólo es el linaje humano,
      Triunfa la ilustración, y por su empeño
      Su templo cierra para siempre Jano...

      A tan mágico cuadro y halagüeño,
      Al arpa de oro le tendí la mano
      Por cantar tanto bien... ¡mas era un sueño!
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María Valdés Mendoza

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    Información biográfica

  1. A la luna
  2. La esperanza: I
  3. La esperanza: II
  4. La esperanza: III
  5. La esperanza: IV
  6. La esperanza: V
  7. La esperanza: VI
  8. La esperanza: VII
  9. La esperanza: VIII
  10. La esperanza: IX
  11. La esperanza: X
  12. La esperanza: XI
  13. La esperanza: XII


Información biográfica
    Nombre: María Valdés Mendoza
    Lugar y fecha nacimiento: Guanabacoa, La Habana, Cuba, 11 de noviembre de 1820
    Lugar y fecha defunción: La Habana, Cuba, 1 de junio de 1896 (75 años)
    Ocupación: Escritora, poeta
Llevó una vida retirada. La lectura en una terturlia (sin que ella lo supiera) de su poema "La rosa blanca" por parte de Francisco Xavier Foxá la llevó a participar y destacar en círculos literarios.

Fuente: [María Valdés Mendoza] en Wikipedia.org

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    A la luna
      Salve, lumbrera bella de la callada noche,
      Henchido de entusiasmo te mira el corazón,
      Vertiendo placentera desde tu excelso coche
      Consuelos al que gime y al bardo inspiración.

      El pecho palpitando de gozo y alegría
      Te ofrece enardecido sus cánticos de amor,
      Que a mí me cansa, ¡oh luna!, la claridad del día,
      Me oprime su hermosura, me mata su esplendor.

      Yo anhelo de la noche la plácida frescura
      Sobre mi joven frente sentirla resbalar,
      Y ver cómo vagando la brisa en la espesura
      Las blancas hojas besa del nítido azahar.

      Y ver cómo cuajadas las gotas del rocío
      Le roban a las perlas su diáfano color,
      Y ver la tortolilla bañándose en el río
      Exenta de los tiros del duro cazador.

      Yo quiero esos acentos sublimes y armoniosos
      Brotados de los senos del gigantesco mar,
      Sentirlos acercarse, y luego vagarosos
      De súbito perderse, de súbito sonar.

      Yo quiero reclinada bajo un rosal de Cuba,
      Ceñida la cabeza de cándido jazmín,
      Que mi canción se eleve, que hasta los cielos suba,
      Y allí la guarde tierno de Dios un querubín.

      ¡Cuántos hechizos, cuántos de un gozo indefinible
      Le brindas, blanca luna, al mísero mortal,
      Cuando entre nubes bellas te muestras apacible
      Y ostentas esplendente tu rostro celestial!

      ¿Y quién serás? ¡Oh reina del claro firmamento!
      Tu fúlgida existencia no puede comprender,
      Que siempre se confunde y muere el pensamiento
      Cual ola desgraciada al punto de nacer.

      ¿Será tal vez la maga que escucha cariñosa
      De los amantes fieles el triste suspirar,
      Y de sus almas puras la pena congojosa
      Sensible y compasiva te place consolar?

      ¿O acaso del eterno un ángel destinado
      Para pesar del hombre la criminal acción,
      Y al verlo de maldades y vicios circundado
      Te ocultas abatida en tu alto pabellón?

      Por eso muchas veces he visto tristemente
      Cubrirse tu semblante de pálido capuz,
      Por eso muchas veces te nublas de repente
      Y ocultas los reflejos de tu admirable luz.

      Mas son delirios vanos, ensueños ardorosos,
      Lanzados, al mirarte, del vivo corazón,
      Fantasmas altaneros que vienen engañosos
      A oscurecer la antorcha feliz de la razón.

      Jamás, hermosa reina del claro firmamento,
      Jamás podré un instante tu vida comprender,
      Que siempre se confunde y muere el pensamiento
      Cual ola desgraciada al punto de nacer.

      Esconde en tu albo seno los fúlgidos arcanos,
      Velados a los ojos del mundo terrenal.
      La ciencia de la tierra, los cálculos humanos,
      Se estrellan en tu trono de límpido cristal.

      Mas yo quiero sentada bajo un rosal de Cuba,
      Ceñida la cabeza de cándido jazmín,
      Que mi canción se eleve, que hasta tu solio suba,
      Bien seas preciosa hada, o tierno querubín.
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    La esperanza: I
      ¡Ven, ninfa celestial de la esperanza,
      Ven, dulce amiga, que tu amor imploro!,
      Y enséñame en hermosa lontananza
      El bien que busco y anhelante adoro.
      Muéstrame un sol de gloria y bienandanza
      Con tus reflejos de esmeralda y oro;
      Lanza torrentes de tu luz querida
      En el triste horizonte de mi vida.
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    La esperanza: II
      Yo desde niña te buscaba ansiosa
      En medio de mis juegos seductores;
      Yo desde niña procuré afanosa
      Ornar mi frente con tus blancas flores,
      Y cuando ya la juventud preciosa
      Me cubrió de sus mágicos favores,
      He buscado también enajenada
      La bendita expresión de tu mirada.
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    La esperanza: III
      ¡Cuántas noches, al rayo de la Luna,
      En tus inmensos dones meditando,
      He contado las horas una a una,
      Con cien visiones de placer soñando!
      Tus contentos, tus goces, tu fortuna,
      Por mi agitada mente resbalando,
      Brillantes horizontes bosquejaban
      Y mundos de delicias me brindaban.
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    La esperanza: IV
      ¡Cuántas veces pensé que acá en la tierra
      Eras del existir lumbrera y guía,
      O beso de piedad que puro encierra
      Bálsamo de consuelo y alegría!
      Y a la manera que en la altiva sierra
      Más vivo lanza su fulgor el día,
      En tu adorable templo te miraba,
      Y sin saber por qué siempre esperaba.
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    La esperanza: V
      La tierra virgen que descansa hermosa
      En delicado lecho de azucenas,
      A quien la blanda risa presurosa
      Con sus amantes besos hiere apenas,
      Viendo de la corriente bulliciosa
      Las ondas apacibles y serenas,
      En inefable gozo embebecida
      Se queda con tu imagen adormida.
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    La esperanza: VI
      Lanza un grito de muerte en la batalla
      El arrojado, intrépido guerrero,
      Valiente cruza la enemiga valla,
      Y el muro rompe su cortante acero;
      Nada le enfrena; su furor estalla
      Cual el fuerte crujir del rayo fiero,
      Y sin cesar un punto de llamarte 
      Levanta de la gloria el estandarte.
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    La esperanza: VII
      Al pálido lucir de llama inquieta
      En solitaria estancia retirado,
      Medita y vela el pensador poeta
      Sobre el vetusto libro reclinado;
      Siempre quedara su canción secreta,
      Y del fuego divino despojado,
      Callara el trovador, muriera en suma,
      Si no te viera a ti junto a su pluma.
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    La esperanza: VIII
      ¿Y qué fuera la mísera existencia
      Acosada del negro sufrimiento,
      Si no aspirara la fragante esencia
      Que vierte suave tu aromado aliento?
      Lago sin cristalina transparencia,
      El mar sin ondulante movimiento,
      Abrasado arenal, ciudad desierta,
      A toda sensación un alma muerta.
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    La esperanza: IX
      Ven, ninfa celestial de la esperanza,
      Ven, dulce amiga, que tu amor imploro,
      Y enséñame en hermosa lontananza
      El bien que busco y anhelante adoro;
      Muéstrame un sol de gloria y bienandanza
      Con sus reflejos de esmeralda y oro,
      Vierte los rayos de su luz querida
      En el triste horizonte de mi vida.
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    La esperanza: X
      Muéstrame, sí, tu cielo engalanado
      Con riquísimas franjas de colores,
      De trémulas estrellas salpicado,
      Y sus lindos luceros brilladores.
      Vierte en mi corazón acongojado
      Mil afectos de paz, consoladores,
      Y tocaré del porvenir la puerta
      Latiendo el pecho con la fe despierta.
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    La esperanza: XI
      Tu dulce voz me animará gozosa;
      Y sus anchos umbrales traspasando
      Mi suerte desgraciada o venturosa
      Irán mis ojos sin temor mirando;
      En torno de mis sienes cariñosa
      Tus purísimas alas desplegando,
      Alentarás tal vez mi fantasía,
      Dándome inspiración, luz y armonía.
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    La esperanza: XII
      Cíñeme con tus lazos deliciosos,
      Encanto de mi ser, flor argentina,
      Y por senderos fáciles y hermosos
      Mis débiles pisadas encamina.
      Estréchame en tus brazos amorosos,
      Esperanza feliz, Virgen divina,
      Y al darme la vejez su mano helada
      En tu seno me encuentre reclinada.
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Manuel María Pérez y Ramírez

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    Información biográfica

  1. El amigo reconciliado


Información biográfica
    Nombre: Manuel María Pérez y Ramírez
    Lugar y fecha nacimiento: Santiago de Cuba, Cuba, 1781
    Lugar y fecha defunción: Santiago de Cuba, Cuba, 1853 (72 años)
    Ocupación: Militar, editor, escritor, poeta

    Fuente: [Manuel María Pérez y Ramírez] en Wikipedia.org
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    El amigo reconciliado
      Por algún accidente no pensado
      Suele quebrarse un vaso cristalino;
      Trátase de soldar con barniz fino,
      Y lógrase por fin verlo pegado.

      Pero por más que apure su cuidado
      El ingenio más raro y peregrino,
      Dejarlo sin señal es desatino:
      Siempre quedan señales de quebrado.

      Así es una amistad de mucha dura:
      Quiébrase la amistad que hermosa fuera;
      Suéldala el tiempo con su gran cordura.

      Cierto que la amistad se mira entera;
      Pero con la señal de quebradura
      Nunca puede quedar como antes era.
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Ignacio Rodríguez Galván

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    Información biográfica

  1. A la muerte de un amigo
  2. Adiós, oh patria mía
  3. La gota de hiel
  4. La inocencia
  5. Profecía de Guatimoc
  6. Un crimen


Información biográfica
    Nombre: Ignacio Rodríguez Galván
    Lugar y fecha nacimiento: Tizayuca, Hidalgo, México, 22 de marzo de 1816
    Lugar y fecha defunción: La Habana, Cuba, 25 de julio de 1842 (26 años)
    Nacionalidad: Mexicana
    Ocupación: Político, narrador, periodista, escritor, novelista, dramaturgo, poeta
    Movimiento: Romanticismo
Es considerado el primer romántico mexicano.

Fuente: [Ignacio Rodríguez Galván] en Wikipedia.org

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    A la muerte de un amigo
      ¿Por qué, el aire surcando,
      Dilatándose del bronce los sonidos;
      Y sin cesar vibrando
      Llegan a mis oídos
      Profundos y tristísimos gemidos?

      ¿Por qué de muerte el canto
      En torno de ese féretro resuena?
      ¿Por qué el fúnebre llanto?
      ¿Por qué la amarga pena,
      Los cirios, y el clamor que el aire llena?

      Te miro ante mis ojos
      Postrado sin aliento, amigo mío;
      Y sobre tus despojos
      Su manto negro y frío
      Tiende la muerte con placer impío.

      Y en alas de querubes,
      Envuelta tu alma en esplendente velo,
      Y entre rosadas nubes
      Deja el impuro suelo,
      Y blandamente se remonta al cielo.

      ¡Oh, quién te acompañara!,
      Y ese mundo feliz que habitas ahora
      Contigo disfrutara,
      Y la paz seductora
      Que, sin turbarse, en el eterno mora.

      En mi patria no viera
      Sangre correr por la ciudad y llanos,
      Y que entre rabia fiera
      Hermanos con hermanos
      Hasta hundirse el puñal pugnan insanos.

      Ni viera la perfidia
      De nación, que risueña nos abraza,
      Y bramando de envidia
      Luego nos amenaza
      Y en su mente infernal nos despedaza.

      Ni viera hombres malvados,
      Que sin temer de Dios el alto juicio,
      De la ambición guiados
      Y el deshonroso vicio,
      Despeñan mi nación al precipicio.

      Ni con feroz despecho
      La miseria, elevándose espantosa,
      Cerrar contra su pecho
      La humanidad quejosa
      Y devorar sus lágrimas ansiosa.

      Y el luto y exterminio,
      En pos del hambre descarnada y yerta,
      Extender su dominio
      Sobre su tierra muerta,
      Y a la peste letal abrir la puerta.

      Feliz mi caro amigo,
      Feliz mil veces tú, que ya en el mundo
      El dolor enemigo
      Con brazo furibundo
      No rompe tus entrañas iracundo.

      Dichoso tú, que vives
      Entre el gozo, la paz, la bienandanza
      Y no, cual yo, recibes
      De amor sin esperanza
      Zozobras y martirios sin mudanza.

      Y no sientes el yugo
      De la suerte pesar sobre tu cuello,
      Ni el hombre es tu verdugo,
      Ni con ansia un destello
      Buscas de la verdad, sin poder vello.

      Cuando el mundo habitabas,
      Con la voz de amistad consoladora
      Las penas aliviabas
      De tu amigo, que ahora
      Hundido en el pesar tu ausencia llora.

      A1 escuchar tus cantos,
      Do la razón brillaba y la poesía,
      Celestiales encantos
      Mi corazón sentía,
      Y en su mismo dolor se adormecía.

      Si a tu alma por ventura
      Le es permitido descender al suelo,
      Cuando la noche oscura
      Me traiga el desconsuelo
      Ven a elevar mi pensamiento al cielo.

      De mi agitado sueño
      Las escenas de horror benigno ahuyenta;
      La imagen de mi dueño
      En vez de ellas presenta,
      Y haz que tu grata voz mi oído sienta.
    Arriba

    Adiós, oh patria mía
      Alegre el marinero
      En voz pausada canta,
      Y el ancla ya levanta
      Con extraño rumor.
      De la cadena al ruido
      Me agita pena impía
      Adiós, oh patria mía,
      Adiós, tierra de amor.

      El barco suavemente
      Se inclina y se remece,
      Y luego se estremece
      A impulso del vapor.
      Las ruedas son cascadas
      De blanca argentería.
      Adiós, oh patria mía,
      Adiós, tierra de amor.

      Sentado yo en la popa
      Contemplo el mar inmenso,
      Y en mi desdicha pienso
      Y en mi tenaz dolor.
      A ti mi suerte entrego,
      A ti, Virgen María.
      Adiós, oh patria mía,
      Adiós, tierra de amor.

      De fuego ardiente globo
      En las aguas se oculta:
      Una onda lo sepulta
      Rodando con furor.
      Rugiendo el mar anuncia
      Que muere el rey del día.
      Adiós, oh patria mía,
      Adiós, tierra de amor.

      Las olas, que se mecen
      Como el niño en su cuna,
      Retratan de la luna
      El rostro seductor.
      Gime la brisa triste
      Cual hombre en agonía.
      Adiós, oh patria mía,
      Adiós, tierra de amor.

      Del astro de la noche
      Un rayo blandamente
      Resbala por mi frente
      Rugada de dolor.
      Así como hoy la luna
      En México lucía.
      Adiós, oh patria mía,
      Adiós, tierra de amor.

      ¡En México! ¡Oh memoria!...
      ¿Cuándo tu rico suelo
      Y a tu azulado cielo
      Veré, triste cantor?
      Sin ti, cólera y tedio
      Me causa la alegría.
      Adiós, oh patria mía,
      Adiós, tierra de amor.

      Pienso que en tu recinto
      Hay quien por mí suspire,
      Quien al oriente mire
      Buscando a su amador.
      Mi pecho hondos gemidos
      A la brisa confía.
      Adiós, oh patria mía,
      Adiós, tierra de amor.
    Arriba

    La gota de hiel
      ¡Jehovah, Jehovah!, ¡tu cólera me agobia!
      ¿Por qué la copa del martirio llenas?
      Cansado está mi corazón de penas.
      Basta, basta, Señor.
      Hierve incendiada por el sol de Cuba
      Mi sangre toda y de cansancio expiro,
      Busco la noche, y en el lecho aspiro
      Fuego devorador.

      ¡Ah, la fatiga me adormece en vano!
      Hondo sopor de mi alma se apodera
      ¡Y sientanse a mi pobre cabecera
      La miseria, el dolor!
      Roncos gemidos que mi pecho lanza
      Tristes heraldos son de mis pesares,
      Ay, a mi mente descienden a millares
      Fantasmas de terror.

      ¡Es terrible tu cólera, terrible
      Jehovah, suspende tu venganza fiera
      O dame fuerzas, oh Señor, siquiera
      Para tanto sufrir!
      Incierta vaga mi extraviada mente,
      Busco y no encuentro la perdida ruta,
      Sólo descubro tenebrosa gruta
      Donde acaba el vivir.

      Yo sé, Señor, que existes, que eres justo,
      Que está a tu vista el libro del destino,
      Y que vigilas el triunfal camino
      Del hombre pecador.
      Era tu voz la que en el mar tronaba
      Al ocultarse el sol en occidente,
      Cuando una ola rodaba tristemente
      Con extraño fragor.

      Era tu voz y la escuché temblando.
      Clavose un tanto mi tenaz dolencia
      Yo adoré tu divina omnipotencia
      Como cristiano fiel.
      ¡Ay, tú me ves, Señor! Mi triste pecho
      Cual moribunda lámpara vacila,
      Y en él la suerte sin cesar destila
      Una gota de hiel.
    Arriba

    La inocencia
      I

      Al principiar la noche silenciosa
      Es más grata la estrella misteriosa
      De risueño fulgor,
      Que si riela en transparente río
      La taciturna reina del vacío
      En todo su esplendor.

      Es más bella la fuente clara y pura
      Que en delicioso prado con blandura
      Deslizándose va,
      Que el torrente veloz que se abalanza
      Y en un abismo da.

      Es para mí más dulce el sol fulgente
      Cuando arroja del seno del oriente
      Rayo consolador,
      Que si mis venas ardoroso inflama
      Cuando en la tierra espléndido derrama
      Su fuego abrasador.

      Así a mis ojos eres más hermosa,
      De mi feraz nación temprana rosa,
      Niña pura y feliz,
      Que la joven que erguida se levanta,
      Y a cuya bella y delicada planta
      Rendimos la cerviz.

      II

      Modelo de belleza,
      La pureza
      Brilla en tu cándida faz;
      La inocencia es tu divisa,
      Y tu risa
      Es como un signo de paz.

      Alguna vez la hermosura
      Con ternura
      Amante me sonrió;
      Dichoso ya me creía,
      Y ella impía
      Con falacia me burló.

      Mas tu sonrisa graciosa
      Candorosa
      No es de amor, es de amistad;
      ¡Tu corazón ardiente,
      Inocente
      No conoce la maldad!

      Oh cuan venturosa fueras,
      Si vivieras
      De tu infancia sin salir:
      Entonces feliz serías;
      No sabrías
      Lo que es penar y sufrir.

      Mas la ley de la natura
      Siempre dura,
      No perdona a la virtud;
      De la humanidad es dueña,
      Y le enseña
      La vejez o el ataúd.

      Con los fatigosos años
      Desengaños
      Vienen del mortal en pos;
      Y contra el mundo un abrigo
      Y un amigo
      Halla el infeliz en Dios.

      Él no más nos da consuelo;
      En el suelo
      Sólo existe una verdad,
      Y es que la inocencia gime,
      Y la oprime
      Triunfadora la maldad.

      -Tú vives, oh niña hermosa,
      Cual la rosa
      En lo interior de un breñal;
      No de tu sueño despiertes,
      Porque adviertes
      Cuan horroroso es tu mal.

      Al sueño tornar querrías,
      No podrías;
      El cielo así lo ordenó;
      Y tan solamente el llanto
      Y el quebranto
      Por patrimonio nos dio.

      La vida es estrecha vía,
      Do nos guía
      Solo el destino fatal:
      Encantados proseguimos,
      Mas sentimos
      De súbito frío puñal.

      III

      ¿Ese celaje miras que se avanza
      Meciéndose hechicero,
      O volando ligero
      Como águila veloz?
      Aquella nube tétrica lo alcanza,
      Y aquí y allá lo vuelve,
      Y rugiendo lo envuelve
      Con ímpetu feroz.

      ¿Ves aquella avecilla revolando,
      Que rápida se eleva,
      Y su arrojo la lleva
      Hasta el cielo tocar?
      Huracán espantoso rebramando,
      Desde el espacio inmenso
      En remolino denso
      La hace al suelo bajar.

      ¿Ves en las aguas de apacible río
      Blandamente flotando
      Y graciosa vagando
      La delicada flor?
      Se acerca al fin a un vórtice bravío;
      Sus olas bramadoras
      La sumergen traidoras
      En abismo de horror.

      Imágenes son estas de la vida:
      Es dulce, placentera,
      Juguetona, ligera
      Del hombre la niñez.
      En su pecho después la pena anida:
      Los placeres fenecen,
      Y los martirios crecen
      Con furia y rapidez.

      IV
       
      Goza, goza, niña pura,
      De tus días de ventura,
      De tu inocencia feliz;
      Y de tu dicha presente
      Jamás se borre en tu mente
      El delicado matiz.

      El pesar que me fatiga
      Se cambie en delicia amiga
      Que me halague el corazón;
      Y pueda lleno de gozo,
      De alegría, de alborozo,
      Entonar grata canción.

      Corona de frescas rosas,
      Apacibles, olorosas,
      Tejerte quería yo;
      Y al tiempo que la formaba,
      Espina que me punzaba
      En mis manos se tornó.
    Arriba

    Profecía de Guatimoc
      I

      Tras negros nubarrones asomaba
      Pálido rayo de luciente luna
      Tenuemente blanqueando los peñascos
      Que de Chapultepec la falda visten.
      Cenicientos a trechos, amarillos,
      O cubiertos de musgo verdinegro
      A trechos se miraban, y la vista
      De los lugares de profundas sombras
      Con terror y respeto se apartaba.
      Los corpulentos árboles ancianos,
      En cuya fuente siglos mil reposan,
      Sus canas venerables conmovían
      De viento leve al delicado soplo
      O al aleteo de nocturno cuerpo,
      Que tal vez descendiendo el vuelo rápido
      Rizaba con sus alas sacudidas
      Las cristalinas aguas de la alberca,
      En donde se mecía blandamente
      La imagen de las nubes retratadas
      En su luciente espejo. Las llanuras
      Y las lejanas lomas repetían
      El aullido siniestro de los lobos
      O el balar lastimoso del cordero,
      O del todo el bramido prolongado.
      ¡Oh soledad, mi bien, yo te saludo!

      ¡Cómo se eleva el corazón del triste
      Cuando en tu seno bienhechor su llanto
      Consigue derramar! Huyendo al mundo
      Me acojo a ti. Recíbeme y piadosa
      Divierte mi dolor, templa mi pena.
      Alza mi corazón al infinito,
      El velo rasga de futuros tiempos,
      Templa mi lira, y de los sacros vates
      Dame la inspiración.

      Nada en el mundo,
      Nada encontré que el tedio y el disgusto
      De vivir arrancara de mi pecho.
      Mi pobre madre descendió a la tumba
      Y a mi padre infeliz dejé buscando
      Un lecho y pan en la piedad ajena.
      El sudor de mi faz y el llanto ardiente
      Mi sed templaron. Amistad sincera
      Busqué en los hombres, y no hallé... Mentira,
      Perfidia y falsedad hallé tan sólo.
      Busqué el amor, y una mujer, un ángel
      A mi turbada vista se presenta
      Con su rostro ofuscando a los malvados
      Que en torno la cercaban, y entre risas
      De estúpida malicia se gozaban,
      Que en sus manos sacrílegas pensando
      La flor de su quietud marchitarían
      Y de su faz las rosas... ¡Miserables!
      ¿Cuándo la nube tempestuosa y negra
      Pudo apagar del sol la lumbre pura,
      Aunque un instante la ofuscó? ¿ Ni cuándo
      Su irresistible luz el pardo búho
      Soportar pudo?

      Yo temblé de gozo, sonrió mi labio y se aclaró mi frente,
      Y brillaron mis ojos, y mis brazos
      Vacilantes buscaban el objeto
      Que tanto me asombró... ¡Vana esperanza!
      En vez de un corazón a amar creado,
      Aridez y frialdad encontré sólo,
      Aridez y frialdad ¡indiferencia!...
      Y mis ensueños de placer volaron
      Y la fantasma de mi dicha huyóse,
      Y sin lumbre quedé perdido y ciego.

      Sin amistad y sin amor... (La ingrata
      De mí aparta la vista desdeñosa,
      Y ni la luz de sus serenos ojos
      Concede a su amador... En otro tiempo,
      En otro tiempo sonrió conmigo.)
      Sin amistad y sin amor, y huérfano.
      Es ya polvo mi padre, y ni abrazarlo
      Pude al morir. Y abandonado y solo
      En la tierra quedé. Mi pecho entonces
      Se oprimió más y más, y la poesía
      Fue mi gozo y placer, mi único amigo.
      Y misteriosa soledad de entonces
      Mi amada fue.

      ¡Qué dulce, qué sublime
      Es el silencio que me cerca en torno!
      ¡Oh cómo es grato a mi dolor el rayo
      De moribunda luna, que halagando
      Está mi yerta faz! Quizá me escuchan
      Las sombras venerandas de los reyes
      Que dominaron el Anáhuac, presa
      Hoy de las aves de rapiña y lobos
      Que ya su seno y corazón desgarran.
      -"¡Oh varón inmortal! ¡Oh rey potente!
      Guatimoc valeroso y desgraciado,
      Si quebrantar las puertas del sepulcro
      Te es dado acaso, ¡ven! Oye mi acento:
      Contemplar quiero tu guerrera frente,
      Quiero escuchar tu voz..."

      II

      Soneto la tierra

      Girar bajo mis pies, nieblas extrañas
      Mi vista ofuscan y hasta el cielo suben.
      Silencio reina por doquier; los campos,
      Los árboles, las aves, la natura,
      La natura parece agonizante.
      Mis miembros tiemblan, la rodillas doblo
      Y no me atrevo a levantar la vista.
      ¡Oh mortal miserable! Tu ardimiento,
      Tu exaltado valor es vano polvo.
      Caí por tierra sin aliento y mudo,
      Y profundo estertor del hondo pecho
      Oprimido salía.

      De repente
      Parece que una mano de cadáver
      Me aferra el brazo y me levanta... ¡Cielos!
      ¿Qué estoy mirando?...
      -Venerable sombra,
      Huye de mí: la sepultura cóncava
      Tu mansión es. ¡Aparta, aparta!
      En vano suplico y ruego; mas el alma mía
      Vuelve a su ser y el corazón ya late.
      De oro y telas cubierto y ricas piedras
      Un guerrero se ve. Cetro y penacho
      De ondeantes plumas se descubre;
      Tiene potente maza a su siniestra, y arco
      Y rica aljaba de sus hombros penden...
      ¡Qué horror! Entre las nieblas se descubren
      Llenas de sangre sus tostadas plantas
      En carbón convertidas; aún se mira
      Bajo sus pies brillar la viva lumbre.
      Grillos, esposas y cadenas duras
      Visten su cuerpo, y acerado anillo
      Oprime su cintura; y para colmo
      De dolor, un dogal su cuello aprieta.
      -Reconozco -exclamé- sí, reconozco
      La mano de Cortés bárbaro y crudo.
      ¡Conquistador! ¡Aventurero impío!
      ¿Así trata un guerrero a otro guerrero?
      ¿Así un valiente a otro valiente? -dije-,
      Y agarrar quise del monarca el manto;
      Pero él se deslizaba y aire sólo
      Con los dedos toqué. 

      -Rey del Anáhuac,
      Noble varón, Guatimoctzín valiente,
      Indigno soy de contemplar tu frente.
      Huye de mí. -No tal -él me responde-.
      Y su voz parecía
      Que del sepulcro lóbrego salía.
      -Háblame -continuó- pero en la lengua
      Del gran Netzahualcóyotl.
      Bajé la frente y respondí: -Lo ignoro.
      El rey gimió en su corazón. -¡Oh mengua
      Del gran Netzahualcóyotl.
      Bajé la frente y respondí: -Lo ignoro.
      El rey gimió en su corazón. -¡Oh mengua,
      Oh vergüenza! -gritó. Rugó las cejas
      Y en sus ojos brilló súbito lloró-.
      -Pero siempre te amé, rey infelice,
      Maldigo a tu asesino y a la Europa,
      La injusta Europa que tu nombre olvida.
      Vuelve, vuelve a la vida,
      Empuña luego la robusta lanza,
      De polo a polo sonará tu nombre,
      Temblarán a tu voz caducos reyes,
      El cuello rendirán a tu pujanza,
      Serán para ellos tus mandatos, leyes;
      Y en México, en París, centro de orgullo,
      Resonará la trompa de venganza.
      ¡Que en estos tiempos los guerreros veles
      Cabe Cortés sañudo y Alvarado
      (Varones invencibles si crueles)
      Y los venciste tú, sí, los venciste
      En nobleza y valor, rey desdichado!

      -¡Ya mi siglo pasó! Mi pueblo todo
      Jamás elevará la oscura frente
      Hundida ahora en asqueroso lodo.
      Ya mi siglo pasó. Del mar de oriente
      Nueva familia de distinto idioma
      De distintas costumbres y semblantes,
      En hora de dolor al puerto asoma;
      Y asolando mi reino, nuevo reino
      Sobre sus ruinas míseras levanta.
      Y cayó para siempre el mexicano,
      Y ahora imprime en mi ciudad la planta
      El hijo del soberbio castellano.
      Ya mi siglo pasó.

      Su voz augusta
      Sofocada quedó con los sollozos,
      Hondos gemidos arrojó del seno,
      Retemblaron sus miembros vigorosos,
      El dolor ofuscó su faz adusta
      Y la inclinó de abatimiento lleno.
      -¿Pues las pasiones que al mortal oprimen
      Acosan a los muertos en la tumba?
      ¿Hasta ella el grito del rencor retumba?
      ¿También las almas en el cielo gimen?
      -Así hablé, y respondió- Joven audace,
      El atrevido pensamiento enfrena.
      Piensa en ti, en tu nación; mas lo infinito
      No será manifiesto
      A los ojos del hombre: así está escrito.
      Si el destino funesto
      El denso velo destrozar pudiera
      Que la profunda eternidad te esconde,
      Mas, joven infeliz, más te valiera
      Ver a tu amante en brazos de tu amigo
      Y ambos a dos el solapado acero
      Clavar en tus entrañas,
      Y reír a tu grito lastimero
      Y, sin poder, morir, sediento y flaco,
      Agonizar un siglo, ¡un siglo entero!

      Sentí desvanecerse mi cabeza,
      Tembló mi corazón, y mis cabellos
      Erizados se alzaron en mi frente.

      Mirome con terneza
      Del rey la sombra y desplegando el labio
      De esta manera prosiguió doliente:

      "¡Oh joven infeliz!, ¡cuál tu destino,
      Cuál es tu estrella impía!...
      Buscará la verdad tu desatino
      Sin encontrar la vía.

      Deseo ardiente de renombre y gloria
      Abrasará tu pecho,
      Y contigo tal vez la tu memoria
      Expirará en tu lecho.

      Amigo buscarás y amante pura,
      Mas a la suerte plugo
      Que hallasen en ella bárbara tortura,
      En él feroz verdugo.

      Y ansia devoradora
      De mecerte en las olas del océano
      Aumentará tu tedio, y será en vano,
      Aunque en dolor y rabia te despeña,
      Que el destino tirano
      Para siempre en tu suelo te asegura
      Cual fijo tronco o soterrada peña.

      Y entre tanto a tus ojos
      ¡Que terrífico lienzo se despliega!
      Llanos, montes de abrojos;
      El justo, que navega
      Y de descanso al punto nunca llega

      Y en palacios fastuosos
      El infame traidor, el bandolero,
      Holgando poderosos,
      Vendiendo a un usurero
      Las lágrimas de un pueblo a vil dinero.

      La virtud a sus puertas
      Gimiendo de fatiga y desaliento,
      Tiende las manos yertas
      Pidiendo el alimento,
      Y halla tan sólo duro tratamiento

      El asesino insano
      Los derechos proclama,
      Debidos al honrado ciudadano.

      Y más allá rastrero cortesano,
      Que ha vendido su honor, honor reclama.
      Hombre procaz, que la torpeza inflama,
      Castidad y virtud audaz predica,
      Y el hipócrita ateo
      A Dios ensalza y su poder publica.

      Una no firme silla
      Mira sobre cadáveres alzada...

      Ya diviso en el puerto
      Hinchadas lonas como niebla densa,
      Ya en la playa diviso
      En el aire vibrando aguda lanza,
      De gente extraña la legión inmensa.

      Al son del grito del feroz venganza
      Las armas crujen y el bridón relincha;
      Oprimida rechina la cureña,
      Bombas ardientes zumban,
      Vaga el sordo rumor de peña en peña
      Y hasta los montes trémulos retumban.

      ¡Mirad! Mirad por los calientes aires
      Mares de viva lumbre
      Que se agitan y chocan rebramando;
      Mirad de aquella torre el alta cumbre
      Cómo tiembla y vacila y cuje y cae,
      Los soberbios palacios derrumbando.
      ¡Escuchad, escuchad! Hondos gemidos
      Arrojan los vencidos.

      ¡Mirad los infelices por el suelo,
      Moribundos, sus cuerpos arrastrando,
      Y su sed ardorosa
      En sus propias heridas apagando!
      ¡Oídlos en su duelo
      Maldecir su nación, su vida, el cielo!
      Sangrienta está la tierra,
      Sangrienta el alta sierra,
      Sangriento el ancho mar, el hondo espacio,
      Y del innoble rey del claro día
      La faz envuelve ensangrentado velo.
      Nada perdona el bárbaro europeo:

      Todo lo rompe y tala y aniquila
      Con brazo furibundo.
      Ved la doncella en torpe desaliño
      Abrazar a su padre moribundo.
      Mirad sobre el cadáver asqueroso
      Del asesino aleve
      Caer sin vida el inocente niño.

      ¡Oh vano suplicar! Es dura roca
      El hijo del Oriente:
      Brotan sangre sus ojos, y a su boca
      Lleva sangre caliente.

      Es su placer en fúnebres desiertos
      Las ciudades trocar. ¡Hazaña honrosa!
      Ve el sueño con desdén, si no reposa
      Sobre insepultos muertos.

      ¡Ay pueblo desdichado!
      Entre tantos caudillos que te cercan
      ¿Quién a triunfar conducirá tu acero?
      Todos huyen cobardes, y al soldado
      En las garras del pérfido extranjero
      Dejan abandonado
      Clamando con acento lastimero:
      ¿Dónde Cortés está?, ¿dónde Alvarado?

      Ya eres esclavo de nación extraña,
      Tus hijos son esclavos
      A tu esposa arrebatan de tu seno...
      ¡Ay si provocas la extranjera señal!

      ¿Lloras, pueblo infeliz y miserable?
      ¿A qué sirve tu llanto?
      ¿Qué vale tu lamento?
      Es tu agudo quebranto
      Para el hijo de Europa implacable
      Su más grato alimento.

      Y ni enjugar las lágrimas de un padre
      Concederá a tu duelo,
      Que de la venerable cabellera
      Entre signos de gozo
      Le verás arrastrado
      Al negro calabozo,
      Do por piedad demanda muerte fiera.
      ¡Ay pueblo desdichado!
      ¿Dónde Cortés está?, ¿dónde Alvarado?

      ¿Mas qué faja de luz pura y brillante
      En el cielo se agita?
      ¿Qué flamígero carro de diamante
      Por los aires veloz se precipita?
      ¿Cual extendido pabellón ondea?
      ¿Cual sonante clarín a la pelea
      El generoso corazón excita?

      ¡Temblad, estremeceos,
      Oh reyes europeos!
      Basta de tanto escandaloso crimen.
      Ya los cetros en ascuas se convierten,
      Los tronos en hogueras
      Y las coronas en serpientes fieras
      Que rencorosas vuestro cuello oprimen.
      ¿Qué es de París y Londres?
      ¿Qué es de tanta soberbia y poderío?
      ¿Qué es sus naves de riqueza llenas?
      ¿Qué de su rabia y su furor impío?
      Así preguntará triste viajero.
      Fúnebre voz responderá tan solo:
      ¿Qué es de Roma y Atenas?

      ¿Ves en desiertos de África espantosos,
      Al soplar de los vientos abrasados
      Qué multitud de arenas
      Se elevan por los aires agitados,
      Y ya truécanse en hórridos colosos,
      Ya en bramadores mares procelosos?
      ¡Ay de vosotros, ay, guerreros viles,
      Que de la inglesa América y de Europa,
      Con el vapor, o con el viento en popa,
      A México llegáis miles a miles
      Y convertís el amistoso techo
      En palacio de sangre y de furores,
      Y el inocente hospitalario lecho
      En morada de escándalo y de horrores!
      ¡Ay de vosotros! Si pisáis altivos
      Las humildes arenas de este suelo,
      No por siempre será, que la venganza
      Su soplo asolador furiosa lanza
      Y veloz las eleva por los aires,
      Y ya las cambia en tétricos colosos
      Que en sus fornidos brazos os oprimen,
      Ya en abrasados mares
      Que arrasan vuestros pueblos poderosos.

      Que aún del caos la tierra no salía
      Cuando a los pies del hacedor radiante
      Escrita estaba en sólido diamante
      Esta ley, que borrar nadie podría:
      El que del infeliz el llanto vierte,
      Amargo llanto verterá angustiado;
      El que huella al endeble, será hollado;
      El que la muerte da, recibe muerte;

      Y el que amasa su espléndida fortuna
      Con sangre de la víctima llorosa,
      Su sangre beberá si sed lo seca,
      Sus miembros comerá si hambre lo acosa".

      Brilló en el cielo matutino rayo,
      De súbito cruzó rápida llama,
      El aire convirtiose en humo denso
      Salpicado de brasas encendidas
      Cual rojos globos en oscuro cielo.
      La tierra retembló, giró tres veces
      En encontradas direcciones; hondo
      Cráter abrióse ante mi planta infirme
      Y despeñóse en él bramando un río
      De sangre espesa, que espumoso lago
      Formó en el fondo, y cuyas olas negras,
      Agitadas subiendo mis rodillas
      Bañaban sin cesar. Fantasma horrible
      De formas colosales y abultadas,
      Envolvió su cabeza en luego manto
      Y en el profundo lago sumergiose.
      Ya no vi más...

      ¿Dó estoy? ¡Qué lazo oprime
      Mi garganta? ¡ Piedad! Solo me encuentro...
      Mi cuerpo tembloroso húmeda yerba
      Tiene por lecho; el corazón mis manos
      Con fuerza aprietan, y mi rostro y cuero
      Tibio sudor empapa. El sol brillante,
      Tras la sierra asomando la cabeza,
      Mira a Chapultepec cual padre tierno
      Contempla al despertar a su hijo amado.
      Los rayos de su luz las peñas doran,
      Los árboles sus frentes venerables
      Inclinan blandamente, saludando
      Al astro ardiente que les da la vida.

      Azul está el espacio, y a los montes
      Baña color azul, claro y oscuro.
      Todo respira juventud risueña
      Y cantando los pájaros se mecen
      En las ligeras y volubles auras.

      Todos a gozar convida; pero a mi alma
      Manto en muerte envuelve, y gota a gota
      Sangre destila el corazón herido.
      Mi mente es negra cavidad sin fondo
      Y vaga incierto el pensamiento en ella
      Cual perdida paloma en honda grúa.

      ¡Fue sueño o realidad? Pregunta vana...
      Sueño sería, que profundo sueño
      Es la voraz pasión que me consume;
      Sueño ha sido, y no más el leve gozo
      Que acarició mi faz; sueño el sonido
      De aquella sonrisa, aquel halago,
      Aquel blando mirar... Desperté súbito
      Y el bello Edén despareció a mis ojos
      Como oleada que la mar envía
      Y se lleva después. Sólo me resta
      Atroz recuerdo que me aprieta el alma
      Y sin cesar el corazón me roe.
      Así el fugaz placer sirve tan solo
      Para abismar el corazón sensible,
      Así la juventud y la hermosura
      Sirven tan solo de romper el seno
      A la cansada senectud. El hombre
      Tiene dos cosas solamente eternas:
      A Dios y la virtud, de Él amada...

      Yo me sentí mecido de mis padres
      En los amantes cariñosos brazos,
      Y fue sueño también... Mujer que adoro,
      Ven otra vez a adormecer mi alma
      Y mátame después, mas no te alejes...
      La amistad y el amor son mi existencia,
      Y el amor y amistad vuelven el rostro
      Y huyen de mí cual de cadáver frío.

      ¡Venid, sueños, venid! Y ornad mi frente
      De beleño mortal: soñar deseo.
      Levantad a los muertos de sus tumbas:
      Quiero verlos sentir estremecerme...
      Las sensaciones mi alimento fueron,
      Sensaciones de horror y de tristeza.
      Sueño sea mi paso por el mundo,
      Hasta que nuevo sueño, dulce y grato,
      Me presente de Dios la faz sublime.
      ¡Bailad, bailad!

      Bailad mientras que llora
      El pueblo dolorido,
      Bailad hasta la aurora
      Al compás del gemido
      Que a vuestra puerta el huérfano
      Hambriento lanzará.
      ¡Bailad, bailad!

      Desnudez, ignorancia
      A nuestra prole afrenta,
      Orgullo y arrogancia
      Con altivez ostenta,
      Y embrutece su espíritu
      Torpe inmoralidad.
      ¡Bailad, bailad!

      Las escuelas inunda
      Turba ignorante y fútil,
      Que su grandeza funda
      En vedarnos lo útil
      Y nos conduce hipócrita
      Por la senda del mal.
      ¡Bailad, bailad!

      Soldados sin decoro
      Y sin saber nos celan,
      Adonde dan más oro
      Allá rápidos vuelan:
      En la batalla tórtolas,
      Buitres en la ciudad.
      ¡Bailad, bailad!

      Y por Tejas se avanza
      El invasor astuto:
      Su grito de venganza
      Anuncia triste luto
      A la infeliz república
      Que al abismo arrastráis.
      ¡Bailad, bailad!

      El bárbaro ya en masa
      Por nuestros campos entra,
      A fuego y sangre arrasa
      Cuando a su paso encuentra,
      Deshonra nuestras vírgenes,
      Nos asesina audaz.
      ¡Bailad, bailad!

      Europa se aprovecha
      De nuestra inculta vida,
      Cual tigre nos acecha
      Con la garra tendida
      Y nuestra ruina próxima
      Ya celebrando está.
      ¡Bailad, bailad!

      Bailad, oh campeones,
      Hasta la luz vecina,
      Al son de los cañones
      De Tolemaida y China,
      Y de Argel a la pérdida
      Veinte copas vaciad.
      ¡Bailad, bailad!

      Vuestro cantor en tanto
      De miedo henchido, el pecho
      Se envuelve en negro manto
      En lágrimas deshecho,
      Y prepara de México
      El himno funeral.
      ¡Bailad, bailad!
    Arriba

    Un crimen
      I

      Hubo un tiempo en que atónito miraba
      A una joven, que ardiente idolatraba,
      Modelo de beldad.

      "Te adoro, te idolatro", me decía;
      Y en su pálida frente relucía
      Pudor, virginidad.

      Y brillaban mis ojos de contento.
      Era su hálito puro mi alimento,
      Mi concierto su voz;
      Era su rostro, su mirar mi encanto;
      Era su triste y doloroso llanto
      Mi tormento feroz.

      Como la flor en el pantano inmundo
      La arrojó el cielo despiadado al mundo
      Entre angustia y dolor.

      Y yo corrí, volé de gozo lleno,
      Y delirante recogí en mi seno
      La ternísima flor.

      "Huérfanos somos, sin ningún abrigo,
      Y pobres, desgraciados, sin amigo;
      El cielo nos unió.
      Tú serás, dulce prenda, mi consuelo,
      Y para mí será la tierra el cielo..."
      Así le dije yo.

      Y ella llorando se arrojó en mis brazos,
      Y en deliciosos, en estrechos lazos,
      Anudado me vi.

      Y en su seno purísimo y constante,
      Como en la madre el delicado infante,
      Tranquilo me dormí.

      II

      Y desperté de súbito,
      Y busqué enajenado
      El ángel adorado
      De mi ternura objeto y de mi amor.
      Pero en silencio lúgubre,
      Y en soledad y calma
      Estaba todo; y mi alma
      Fue presa de inquietud y de dolor.

      Me levanto frenético,
      A mi adorada llamo;
      El eco a mi reclamo
      Retumbando tan solo respondió.
      Y triste, y melancólico,
      Mi consuelo buscando,
      Voy lento meditando
      Las penas en que el cielo me arrojó.

      III

      ¿Do te escondes,
      Mi querida?
      ¿Do mi vida,
      Te hallaré?
      Si no vienes
      Al instante,
      Dulce amante,
      Moriré.
      "Eres bella como el cielo,
      Eres mi ángel, mi consuelo,
      Y sin ti
      No hay contento, ni ventura,
      Ni hermosura
      Para mí."

      De la vida
      En el camino
      Mi destino
      Me arrojó;
      Y de duelo,
      De quebranto,
      Y de espanto
      Me inundó.

      "Eres bella como el cielo,
      Eres mi ángel, mi consuelo,
      Y sin ti
      No hay contento, ni ventura,
      Ni hermosura
      Para mí."

      Pero diome
      Para guía,
      Vida mía,
      Tu virtud;
      Y trocose mi tormento
      En contento
      Y en salud.

      "Eres bella como el cielo,
      Eres mi ángel, mi consuelo,
      Y sin ti
      No hay contento, ni ventura,
      Ni hermosura
      Para mí."

      La joya eres
      Más hermosa,
      Más preciosa
      Que se vio
      En el suelo
      Mexicano,
      Do mi mano
      Te cogió.

      "Eres bella como el cielo,
      Eres mi ángel, mi consuelo,
      Y sin ti
      No hay contento, ni ventura,
      Ni hermosura
      Para mí."

      IV

      Mi pecho agitado de rudo tormento,
      El canto elevaba mi lánguida voz;
      Y sólo en respuesta notaba que el viento
      Espigas y ramas movía veloz.

      La luna brillaba purísima y bella
      En medio al espacio de claro zafir,
      Cual cándida, joven, modesta doncella
      Que mira al amante gozoso venir.

      Tan solo escuchaba los lúgubres gritos
      De pobre aldeano que alababa al Señor;
      Y mi alma oprimían los seres malditos
      Que asaz provocaron del cielo el furor.

      En locas ideas mi mente perdida,
      Pregunto a mí mismo: -¿Por qué huye de mí?
      ¡Maldita por siempre, maldita mi vida!.."
      Y un ronco gemido feroz despedí.

      Temblaban mis miembros, sudaba mi frente,
      Espesa tiniebla mis ojos cubrió;
      Y luego del seno quejido doliente,
      Cual de honda caverna, vibrando salió.

      Mas, cielos ¡qué miro!.. ¿La vista me engaña?
      ¡Es ella! La veo... ¡Qué dulce placer!..
      Mas alguien... un hombre... ¡Gran Dios! la acompaña...
      ¡Infame, traidora, perversa mujer!

      Le mira amorosa... le lleva a su seno..
      -¡No más!- Ya la daga feroz empuñé....
      Y vuelo... de rabia frenética lleno
      En sangre mi diestra, mi brazo empapé.
    Arriba

José Martí

.
    Información biográfica

  1. A los espacios
  2. Al buen Pedro
  3. Allí, despacio
  4. Amor de ciudad grande
  5. Árbol de mi alma
  6. Baile
  7. Canto de otoño
  8. Contra el verso retórico
  9. Dormida
  10. En ti pensaba
  11. En un dulce estupor
  12. Hierro
  13. Homomagno
  14. La copa envenenada
  15. La niña de Guatemala
  16. Mujeres
  17. Musa traviesa
  18. No, música tenaz
  19. Noche de baile
  20. Oh, Margarita
  21. Oh, nave
  22. Penachos vividos
  23. Pollice verso
  24. Pomona
  25. Por donde abunda la malva
  26. Príncipe enano
  27. Sé, mujer, para mí
  28. Sed de belleza
  29. Siempre que hundo la mente
  30. Una virgen espléndida
  31. Valle lozano
  32. Vino el amor mental
  33. Y te busqué
  34. Yugo y estrella
  35. Versos sencillos I: Yo soy un hombre sincero
  36. Versos sencillos II: Oigo un suspiro
  37. Versos sencillos IV: Yo visitaré anhelante
  38. Versos sencillos V: Si ves un monte de espumas
  39. Versos sencillos VI: Si quieren que de este mundo
  40. Versos sencillos VIII: Yo tengo un amigo muerto
  41. Versos sencillos IX: Quiero, a la sombra de un ala
  42. Versos sencillos X: El alma trémula y sola
  43. Versos sencillos XI: Yo tengo un paje muy fiel
  44. Versos sencillos XVII: Es rubia: el cabello suelto
  45. Versos sencillos XVIII: El alfiler de Eva Loca
  46. Versos sencillos XIX: Por tus ojos encendidos
  47. Versos sencillos XX: Mi amor del aire se azora
  48. Versos sencillos XXI: Ayer la vi en el salón
  49. Versos sencillos XXII: Estoy en el baile extraño
  50. Versos sencillos XXIV: Sé de un pintor atrevido
  51. Versos sencillos XXXV: Qué importa que tu puñal
  52. Versos sencillos XXXVII: Aquí está el pecho, mujer
  53. Versos sencillos XXXIX: Cultivo una rosa blanca
  54. Versos sencillos XLIII: Mucho, señora, daría
  55. Versos sencillos XLV: Sueño con claustros de mármol
  56. Versos sencillos XLVI: Vierte, corazón, tu pena


Información biográfica
    Nombre: José Julián Martí y Pérez
    Lugar y fecha nacimiento: La Habana, Cuba, 28 de enero de 1853
    Lugar y fecha defunción: Dos Ríos, Cuba, 19 de mayo de 1895 (42 años)
    Ocupación: Político, docente, pensador, periodista, combatiente, cónsul (1887-1892), escritor, poeta
    Movimiento: Modernismo

    Fuente: [José Martí] en Wikipedia.org
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    A los espacios
      A los espacios entregarme quiero
      Donde se vive en paz y con un manto
      De luz, en gozo embriagador henchido,
      Sobre las nubes blancas se pasea,
      Y donde Dante y las estrellas viven.
      Yo sé, yo sé, porque lo tengo visto
      En ciertas horas puras, cómo rompe
      Su cáliz una flor, y no es diverso
      Del modo, no, con que lo quiebra el alma.
      Escuchad, y os diré: - Viene de pronto
      Como una aurora inesperada, y como
      A la primera luz de primavera
      De flor se cubren las amables lilas...
      ¡Triste de mí! Contároslo quería,
      Y en espera del verso, las grandiosas
      Imágenes en fila ante mis ojos
      Como águilas alegres vi sentadas.
      Pero las voces de los hombres echan
      De junto a mí las nobles aves de oro.
      Ya se van, ya se van. Ved cómo rueda
      La sangre de mi herida.
      Si me pedís un símbolo del mundo
      En estos tiempos, vedlo: un ala rota.
      Se labra mucho el oro. ¡El alma apenas!
      Ved cómo sufro. Vive el alma mía
      Cual cierva en una cueva acorralada.
      ¡Oh, no está bien; me vengaré, llorando!
    Arriba

    Al buen Pedro
        Dicen, buen Pedro, que de mí murmuras
        Porque tras mis orejas el cabello
        En crespas ondas su caudal levanta:
        ¡Diles, bribón, que mientras tú en festines,
        En rubios caldos y en fragantes pomas,
        Entre mancebas del astuto Norte,
        De tus esclavos el sudor sangriento,
        Torcido en oro lánguido bebes, -Pensativo,
        febril, pálido, grave,
        Mi pan rebano en solitaria mesa
        Pidiendo, ¡oh triste!, al aire sordo modo
        De libertar de su infortunio al siervo
        Y de tu infamia a ti! Y en esos lances,
        Suéleme, Pedro, en la apretada bolsa
        Faltar la monedilla que reclama
        Con sus húmedas manos el barbero.
      Arriba

      Allí, despacio
        Allí despacio te diré mis cuitas,
        ¡Allí en tu boca escribiré mis versos!
        ¡Ven, que la soledad será tu escudo!
        Ven, blanca oveja,
        Pero, si acaso lloras, en tus manos
        Esconderé mi rostro, y con mis lágrimas
        Borraré los extraños versos míos,
        ¿Sufrir tú, a quien yo amo, y ser yo el casco
        Brutal y tú, mi amada, el lirio roto?
        No, mi tímida oveja, yo odio el lobo,
        Ven, que la soledad será tu escudo.
        ¡Oh! La sangre del alma, ¿tú la has visto?
        Tiene manos y voz, y al que la vierte
        Eternamente entre las sombras acusa.
        ¡Hay crímenes ocultos, y hay cadáveres
        De almas, y hay villanos matadores!
        Al bosque ven: del roble más erguido
        Un pilón labremos y, ¡en el pilón
        Cuantos engañen a mujer pongamos!
        Esa es la lidia humana: ¡la tremenda
        Batalla de los cascos y los lirios!
        ¿Pues los hombres soberbios, no son fieras?
        Bestias y fieras. Mira, aquí te traigo
        Mi bestia muerta y mi furor domado.
        Ven, a callar, a murmurar, al ruido
        De las hojas de abril y los nidales.
        Deja, oh mi amada, las paredes mudas
        De esta casa ahoyada y ven conmigo
        No al mar que bate y ruge sino al bosque
        De rosas que hay al fondo de la selva.
        Allí es buena la vida, porque es libre,
        Y tu virtud, por libre, será cierta,
        Por libre, mi respeto meritorio.
        Ni el amor, si no es libre, da ventura.
        ¡Oh, gentes ruines, los que en calma gozan
        De robados amores! Si es ajeno
        El cariño, el placer de respetarlo
        Mayor mil veces es que el de su goce;
        Del buen obrar que orgullo al pecho queda
        Y como en dulces lágrimas rebosa,
        Y en extrañas palabras, que parecen
        ¡Aleteos, no voces! Y, ¡qué culpa
        La de fingir amor! ¡Pues hay tormento
        Como aquel, sin amar, de hablar de amores!
        ¡Ven, que allí triste iré, pues yo me veo!
        ¡Ven, que la soledad será tu escudo!
      Arriba

      Amor de ciudad grande
        De gorja son y rapidez los tiempos.
        Corre cual luz la voz; en lata aguja,
        Cual nave despeñada en sirte horrenda,
        Húndese el rayo, y en ligera barca
        El hombre, como alado, el aire hiende.
        Así el amor, sin pompa ni misterio
        Muere, apenas nacido, de saciado
        Jaula es la villa de palomas muertas
        Y ávidos cazadores si los pechos
        Se rompen de los hombres, y las carnes
        Rotas por tierra ruedan, no han de verse
        Dentro más que frutillas estrujadas
        Se ama de pie, en las calles, entre el polvo
        De los salones y las plazas; muere
        La flor que nace. Aquella virgen
        Trémula que antes a la muerte daba
        La mano pura que a ignorado mozo;
        El goce de temer: aquel salirse
        Del pecho el corazón; el inefable
        Placer de merecer; el grato susto
        De caminar deprisa en derechura
        Del hogar de la amada, y a sus puertas
        Como un niño feliz romper en llanto;-
        Y aquel mirar, de nuestro amor al fuego,
        Irse tiñendo de color las rosas,
        Ea, que son patrañas, pues quien tiene
        Tiempo de ser hidalgo, bien que sienta
        Cual áureo vaso o lienzo suntuoso,
        Dama gentil en casa de magnate
        O si se tiene sed, se alarga el brazo
        Y a la copa que pasa se la apura
        Luego, la copa turbia al polvo rueda,
        Y el hábil catador, -manchado el pecho
        De una sangre invisible,- sigue alegre,
        Coronado de mirtos, su camino
        No son los cuerpos ya, sino desechos,
        Y fosas, y jirones; y las almas
        No son como en el árbol fruta rica
        En cuya blanda piel la almíbar dulce
        En su sazón de madurez rebosa,
        Sino fruta de plaza que a brutales
        Golpes el rudo labrador madura
        La edad es esta de los labios secos
        De las noches sin sueño de la vida
        Estrujada en agraz que es lo que falta
        Que la ventura falta como liebre
        Azorada, el espíritu se esconde,
        Trémulo huyendo al cazador que ríe,
        Cual en soto selvoso, en nuestro pecho;
        Y el deseo, de brazo de la fiebre,
        Cual rico cazador recorre el soto.
        Me espanta la ciudad, toda está llena
        De copas por vaciar o huecas copas
        Tengo miedo, ay de mí, de que este vino
        Tósigo sea, y en mis venas luego
        Cual duende vengador los dientes clave
        Tengo sed,- mas de un vino que en la tierra
        No se sabe beber, no he padecido
        Bastante aún para romper el muro
        Que me aparta, oh dolor, de mi viñedo,
        Tomad vosotros, catadores ruines
        De vinillos humanos, esos vasos
        Donde el jugo de lirio a grandes sorbos
        Sin compasión y sin temor se bebe
        Tomad, yo soy honrado: y tengo miedo.
      Arriba

      Árbol de mi alma
        Como un ave que cruza el aire claro
        Siento hacia mí venir tu pensamiento
        Y acá en mi corazón hacer su nido.
        Ábrese el alma en flor: tiemblan sus ramas
        Como los labios frescos de un mancebo
        En su primer abrazo a una hermosura;
        Cuchichean las hojas: tal parecen
        Lenguaraces obreras y envidiosas,
        A la doncella de la casa rica
        En preparar el tálamo ocupadas:
        Ancho es mi corazón, y es todo tuyo:
        Todo lo triste cabe en él, y todo
        Cuanto en el mundo llora, y sufre, y muere
        De hojas secas, y polvo, y derruidas
        Ramas lo limpio: bruño con cuidado
        Cada hoja, y los tallos: de las flores
        Los gusanos y el pétalo comido
        Separo: oreo el césped en contorno
        Y a recibirte, oh pájaro sin mancha,
        ¡Apresto el corazón enajenado!
      Arriba

      Baile
        Yo miro con un triste
        Placer, como en la fiesta
        Del noble Jerez pálido
        La copa llena guían
        Las blancas manos trémulas
        Al seco labio rojo:
        -Y yo muevo mi mano tristemente
        Al corazón vacío,- y a la frente.
        Yo veo como un sueño
        De gasa blanca y oro,
        En que la llama se abre
        Camino en tanto alado
        Traje que ha de ser luego
        Ceniza, húmeda en lágrimas,
        Cruzar la alegre corte de oro y gasa,
        Y en llanto amargo el rostro se me abrasa.
        ¡Alma!, cuando de vuelta
        Dentro del cuerpo laxo,
        Del frac innoble libres
        O la prisión dichosa
        De níveo tul, -la férvida
        Fiesta recuerdes-, ¡mira
        Que debes embridar el cuerpo loco,
        O que te absorbe con su sed a poco!
      Arriba

      Canto de otoño
        Bien; ya lo sé: la muerte está sentada
        A mis umbrales: cautelosa viene,
        Porque sus llantos y su amor no apronten
        En mi defensa, cuando lejos viven
        Padres e hijo. Al retornar ceñudo
        De mi estéril labor, triste y oscura,
        Con que a mi casa del invierno abrigo,
        De pie sobre las hojas amarillas,
        En la mano fatal la flor del sueño,
        La negra toca en alas rematada,
        Ávido el rostro, trémulo la miro
        Cada tarde aguardándome a mi puerta
        En mi hijo pienso, y de la dama oscura
        Huyo sin fuerzas devorado el pecho
        De un frenético amor. Mujer más bella
        No hay que la muerte: por un beso suyo
        Bosques espesos de laureles varios,
        Y las adelfas del amor, y el gozo
        De remembrarme mis niñeces diera,
        Pienso en aquel a quien el amor culpable
        Trajo a vivir y, sollozando, esquivo
        De mi amada los brazos: mas ya gozo
        De la aurora perenne el bien seguro.
        Oh, vida, adiós: quien va a morir, va muerto.
        Oh, duelos con la sombra: oh, pobladores
        Ocultos del espacio: oh formidables
        Gigantes que a los vivos azorados
        Mueren, dirigen, postran, precipitan
        Oh, cónclave de jueces, blandos sólo
        A la virtud, que nube tenebrosa,
        En grueso manto de oro recogidos,
        Y duros como peña, aguardan torvos
        A que al volver de la batalla rindan
        -Como el frutal sus frutos-
        De sus obras de paz los hombres cuenta,
        De sus divinas alas de los nuevos
        Árboles que sembraron, de las tristes
        Lágrimas que enjugaron, de las fosas
        Que a los tigres y víboras abrieron,
        Y de las fortalezas eminentes
        Que al amor de los hombres levantaron
        Esta es la dama, el rey, la patria, el premio
        Apetecido, la arrogante mora
        Que a su brusco señor cautiva espera
        Llorando en la desierta espera barbacana:
        Este el santo Salem, este el Sepulcro
        De los hombres modernos: no se vierta
        Más sangre que la propia, no se bata
        Sino al que odia el amor, únjase presto
        Soldados del amor los hombres todos:
        La tierra entera marcha a la conquista
        De este rey y señor, que guarda el cielo
        Viles: el que es traidor a sus deberes.
        Muere como traidor, del golpe propio
        De su arma ociosa el pecho atravesado
        Ved que no acaba el drama de la vida
        En esta parte oscura, Ved que luego
        Tras la losa de mármol o la blanda
        Cortina de humo y césped se reanuda
        El drama portentoso y ved, oh viles,
        Que los buenos, los tristes, los burlados,
        Serán en la otra parte burladores
        Otros de lirio y sangre se alimenten:
        Yo no, yo no, los lóbregos espacios
        Rasgué desde mi infancia con los tristes
        Penetradores ojos: el misterio
        En una hora feliz de sueño acaso
        De los jueces así, y amé la vida
        Porque del doloroso mal me salva
        De volverla a vivir. Alegremente
        El peso eché del infortunio al hombro:
        Porque el que en huelga y regocijo vive
        Y huye el dolor, y esquiva las sabrosas
        Penas de la virtud, irá confuso
        Del frío y torvo juez a la sentencia,
        Cual soldado cobarde que en herrumbre
        Dejó las nobles armas; y los jueces
        No en su dosel lo ampararán, no en brazos
        Lo encumbrarán, mas lo echarán altivos
        A odiar, a amar y a batallar de nuevo
        En la fogosa y sofocante arena
        Oh qué mortal que se asomó a la vida
        Vivir de nuevo quiere
        Puede ansiosa
        La muerte, pues, de pie en las hojas secas,
        Esperarme a mi umbral con cada turbia
        Tarde de otoño, y silenciosa puede
        Irme tejiendo con helados copos
        Mi manto funeral.
        No di al olvido
        Las armas del amor: no de otra púrpura
        Vestí que de mi sangre.
        Abre los brazos, listo estoy, madre muerte:
        Al juez me lleva
        Hijo, qué imagen miro, qué llorosa
        Visión rompe la sombra, y blandamente
        Como con luz de estrella la ilumina
        Hijo, qué me demandan tus abiertos
        Brazos, a qué descubres tu afligido
        Pecho por qué me muestran tus desnudos
        Pies, aún no heridos, y las blancas manos
        Vuelves a mí
        Cesa, calla, reposa, vive: el padre
        No ha de morir hasta que la ardua lucha
        Rico de todas armas lance al hijo
        Ven, oh mi hijuelo, y que tus alas blancas
        De los abrazos de la muerte oscura
        Y de su manto funeral me libren.
      Arriba

      Contra el verso retórico
        Contra el verso retórico y ornado
        El verso natural. Acá un torrente:
        Aquí una piedra seca. Allá un dorado
        Pájaro, que en las ramas verdes brilla,
        Como una marañuela entre esmeraldas-
        Acá la huella fétida y viscosa
        De un gusano: los ojos, dos burbujas
        De fango, pardo el vientre, craso, inmundo.
        Por sobre el árbol, más arriba, sola
        En el cielo de acero una segura
        Estrella; y a los pies el horno,
        El horno a cuyo ardor la tierra cuece-
        Llamas, llamas que luchan, con abiertos
        Huecos como ojos, lenguas como brazos,
        Savia como de hombre, punta aguda
        Cual de espada: ¡la espada de la vida
        Que incendio a incendio gana, al fin, la tierra!
        Trepa: viene de adentro, ruge, aborta.
        Empieza el hombre en fuego y para en ala.
        Y a su paso triunfal, los maculados,
        Los viles, los cobardes, los vencidos,
        Como serpientes, como gozques, como
        Cocodrilos de doble dentadura,
        De acá, de allá, del árbol que le ampara,
        Del suelo que le tiene, del arroyo
        Donde apaga la sed, del yunque mismo
        Donde se forja el pan, le ladran y echan
        El diente al pie, al rostro el polvo y lodo,
        Cuanto cegarle puede en su camino.
        Él, de un golpe de ala, barre el mundo
        Y sube por la atmósfera encendida
        Muerto como hombre y como sol sereno.
        Así ha de ser la noble poesía:
        Así como la vida: estrella y gozque;
        La cueva dentellada por el fuego,
        El pino en cuyas ramas olorosas
        A la luz de la luna canta un nido
        Canta un nido a la lumbre de la luna.
      Arriba

      Dormida
        De sus pestañas al peso
        El ancho párpado entorna,
        Lirio que al sol que se torna
        Se cierra pidiendo un beso.
        Y luego como fragante
        Magnolia que desenvuelve
        Sus blancas hojas, revuelve
        El tenue encaje flotante:
        De mi capricho al vagar
        Imagínala mi amor,
        ¡Una Venus del pudor
        Surgiendo de un nuevo mar!
        Cuando la lámpara vaga
        En este templo de amores,
        Con sus blandos resplandores
        Más que la alumbra, la halaga.
        Cuando la ropa ligera
        Sobre su cutis rosado,
        Ondula como el alado
        Pabellón de primavera.
        Cuando su seno desnudo,
        Indefenso, a mi respeto
        Pone más valla que el peto
        De bravo guerrero rudo.
        Siento que puede el amor,
        Dormida y desnuda al verla,
        Dejar perla a la que es perla,
        Dejar flor a la que es flor.
        Sobre sus labios podría
        Los labios míos posar,
        Y en su seno reclinar
        La pobre cabeza mía.
        Y con mi aliento volver
        Mariposa a la crisálida;
        Y a la clara rosa pálida
        Animar y enrojecer.
        Pero aquí, desde la sombra
        Donde amante la contemplo,
        Manchar no quiero del templo
        Con paso impuro la alfombra.
        Al acercarme, en ligera
        Procesión avergonzado,
        ¿No volaría el alado
        Pabellón de primavera?
        ¡Al reflejarme el espejo,
        Que la copia entre albas hojas,
        Negras las tornara y rojas
        De la lámpara al reflejo!
        Dicen que suele volar
        Por los espacios perdida
        El alma, y en otra vida
        Sus alas puras bañar.
        Dicen que vuelve a venir
        A su cuerpo con la aurora,
        Para volver -¡la traidora!-
        Con cada noche a partir.
        Y si su espíritu en leda
        Beatitud los cielos hiende,
        De esa mujer que se extiende
        Bella ante mí, ¿qué me queda?
        Blanco cuerpo, línea fría,
        Molde hueco, vaso roto,
        ¡Y viajera por lo ignoto
        La luz que los encendía!
        Y, ¿a mí, que tanto te quiero,
        Delicada peregrina,
        Turbar la marcha divina
        De tu espíritu viajero?
        ¡Duerme entre tus blancas galas!
        ¡Duerme, mariposa mía!
        Vuela bien: - ¡mi mano impía
        No irá a cortarte las alas!-.
      Arriba

      En ti pensaba
        En ti pensaba, en tus cabellos
        Que el mundo de la sombra envidiaría,
        Y puse un punto de mi vida en ellos
        Y quise yo soñar que tú eras mía.
        Ando yo por la tierra con los ojos
        Alzados -¡oh, mi afán!- a tanta altura
        Que en ira altiva o míseros sonrojos
        Encendiólos la humana criatura.
        Vivir: -saber morir-; así me aqueja
        Este infausto buscar, este bien fiero,
        Y todo el Ser en mi alma se refleja,
        Y buscando sin fe, de fe me muero.
      Arriba

      En un dulce estupor
        En un dulce estupor soñando estaba
        Con las bellezas de la tierra mía:
        Fuera, el invierno lívido gemía,
        Y en mi cuarto sin luz el sol brillaba.
        La sombra sobre mí centelleaba
        Como un diamante negro, y yo sentía
        Que la frente soberbia me crecía,
        Y que un águila al cielo me encumbraba.
        Iba hinchando este gozo el alma oscura,
        Cuando me vi de súbito estrechado
        Contra el seno fatal de una hermosura:
        Y al sentirme en sus brazos apretado,
        Me pareció rodar desde una altura
        Y rodar por la tierra despeñado.
      Arriba

      Hierro
        Hierro
        Ganado tengo el pan: hágase el verso,
        Y en su comercio dulce se ejercite
        La mano, que cual prófugo perdido
        Entre oscuras malezas, o quien lleva
        A rastra enorme peso, andaba ha poco
        Sumas hilando y revolviendo cifras.
        Bardo consejo quieres: pues descuelga
        De la pálida espalda ensangrentada
        El arpa nívea, acalla los sollozos
        Que a tu garganta como mar en furia
        Se agolparán, y en la madera rica
        Taja plumillas de escritorio y echa
        Las cuerdas rotas al movible viento.
        Oh alma, oh alma buena, mal oficio
        Tienes: póstrate, calla, cede, lame
        Manos de potentado, ensalza, excusa
        Defectos, tenlos –que es mejor manera
        De excusarlos, y mansa y temerosa
        Vicios celebra, encumbra vanidades:
        Verás entonces, alma, cuál se trueca
        En plato de oro rico tu desnudo
        Plato de pobre
        Pero guarda, oh alma
        Que usan los hombres hoy oro empañado
        Ni de esos cures, que fabrican de oro
        Sus joyas el bribón y el barbilindo:
        Las armas no, -las armas son de hierro
        Mi mal es rudo: la ciudad lo encona
        Lo alivia el campo inmenso: otro más vasto
        Lo aliviará mejor –y las oscuras
        Tardes me atraen, cual si mi patria fuera
        La dilatada sombra.
        Era yo niño
        Y con filial amor miraba al cielo,
        Cuán pobre a mi avaricia el descuidado
        Cariño del hogar, cuán tristemente
        Bañado el rostro ansioso en llanto largo
        Con mis ávidos ojos perseguía
        La madre austera, el padre pensativo
        Sin que jamás los labios ardorosos
        Del corazón voraz la sed saciasen.
        Oh verso amigo,
        Muero de soledad, de amor me muero
        No de vulgar amor; estos amores
        Envenenan y ofuscan: no es hermosa
        La fruta en la mujer, sino la estrella
        La tierra ha de ser luz, y todo vivo
        Debe en torno de sí dar lumbre de astro.
        Oh, estas damas de muestra -oh, estas copas
        De carne oh, estas siervas, ante el dueño
        Que las enjoya y que las nutre echadas
        Te digo, oh verso, que los dientes duelen
        De comer de esta carne
        Es de inefable
        Amor del que yo muero, del muy dulce
        Menester de llevar, como se lleva
        Un niño tierno en las cuidadosas manos,
        Cuanto de bello y triste ven mis ojos.
        Del sueño, que las fuerzas no repara
        Sino de los dichosos, y a los tristes
        El duro humor y la fatiga aumenta,
        Salto, al sol, como un ebrio. Con las manos
        Mi frente oprimo, y de los turbios ojos
        Brota raudal de lágrimas. Y miro
        El sol tan bello y mi desierta alcoba,
        Y mi virtud inútil, y las fuerzas
        Que cual tropel famélico de hirsutas
        Fieras saltan de mí buscando empleo;
        Y el aire hueco palpo, y en el muro
        Frío y desnudo, el cuerpo vacilante
        Apoyo, y en el cráneo estremecido
        En agonía flota el pensamiento,
        Cual leño de bajel despedazado
        Que el mar en furia a playa ardiente arroja
        Y echo a andar, como un muerto que camina,
        Loco de amor, de soledad, de espanto
        Amar, agobia es tósigo, el exceso
        De amor. Y la prestada casa oscila
        Cual barco en tempestad: en el destierro
        Náufrago es todo hombre, y toda casa
        Inseguro bajel, al mar vendido.
        Sólo las flores del paterno prado
        Tienen olor. Sólo las ceibas patrias
        Del sol amparan como en vaga nube
        Por suelo extraño se anda; las miradas
        Injurias nos parecen, y el sol mismo,
        Más que en grato calor, enciende en ira
        No de voces queridas puebla el eco
        Los aires de otras tierras: y no vuelan
        Del arbolar espeso entre las ramas
        Los pálidos espíritus amados
        De carne viva y profanadas frutas
        Viven los hombres, ay mas el proscrito
        De sus entrañas propias se alimenta
        Tiranos: desterrad a los que alcanzan
        El honor de vuestro odio: ya son muertos
        Valiera más, oh bárbaros que al punto
        De arrebatarlos al hogar, hundiera
        En lo más hondo de su pecho honrado
        Vuestro esbirro más cruel su hoja más dura
        Grato es morir, horrible vivir muerto.
        Mas no, mas no, la dicha es una prenda
        De compasión de la fortuna al triste
        Que no sabe domarla: a sus mejores
        Hijos desgracias da naturaleza:
        Fecunda el hierro al llano, el golpe al hierro.
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      Homomagno
        Homomagno sin ventura
        La hirsuta y retostada cabellera
        Con sus pálidas manos se mesaba.
        "Máscara soy, mentira soy, decía;
        Estas carnes y formas, estas barbas
        Y rostro, estas memorias de la bestia,
        Que como silla a lomo de caballo
        Sobre el alma oprimida echan y ajustan,
        Por el rayo de luz que el alma mía
        En la sombra entrevé, no son Homomagno.
        Mis ojos sólo; los mis caros ojos,
        Que me revelan mi disfraz, son míos:
        Queman, me queman, nuca duermen, oran,
        Y en mi rostro los siento y en el cielo,
        Y le cuentan de mí, y a mí de él cuentan.
        Por qué, por qué, para cargar en ellos
        Un grano ruin de alpiste mal trojado
        Talló el Creador mis colosales hombros
        Ando, pregunto, ruinas y cimientos
        Vuelco y sacudo, a delirantes sorbos
        En la Creación, la madre de mil pechos,
        Las fuentes todas de la visa aspiro:
        Muerdo, atormento, beso las calladas
        Manos de piedra que golpeo.
        Con demencia amorosa su invisible
        Cabeza con las secas manos mías
        Acaricio y destrenzo: por la tierra
        Me tiendo compungido y los confusos
        Pies, con mi llanto baño y con mis besos.
        Y en medio de la noche, palpitante,
        Con mis voraces ojos en el cráneo
        Y en sus órbitas anchas encendidos,
        Trémulo, en mí plegado, hambriento espero,
        Por si al próximo sol respuestas vienen;
        Y a cada nueva luz –de igual enjuto
        Modo, y ruin, la vida me aparece,
        Como gota de leche que en cansado
        Pezón, al terco ordeño, titubea,
        Como carga de hormiga,- como taza
        De agua añeja en la jaula de un jilguero".
        Remordidas y rotas, ramos de uvas
        Estrujadas y negras, las ardientes
        Manos del triste homomagno parecían.
        Y la tierra en silencio, y una hermosa
        Voz de mi corazón, me contestaron.
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      La copa envenenada
        ¡Desque toqué, señora, vuestra mano
        Blanca y desnuda en la brillante fiesta,
        En el fiel corazón intento en vano
        Los ecos apagar de aquella orquesta!
        Del vals asolador la nota impura
        Que en sus brazos de llama suspendidos
        Rauda os llevaba -al corazón sin cura,
        Repitenla amorosos mis oídos.
        Y cuanto acorde vago y murmurio
        Ofrece al alma audaz la tierra bella,
        Fíngelos el espíritu sombrío-
        Tenue cambiante de la nota aquella.
        ¡Oigola sin cesar! Al brillo, ciego,
        En mi torno la miro vagorosa
        Mover con lento son alas de fuego
        Y mi frente a ceñir tenderse ansiosa.
        ¡Oh!, mi trémula mano bien sabría
        Al aire hurtar la alada nota hirviente
        Y, con arte de dulce hechicería,
        Colgando adelfas a la copa ardiente,
        En mis sedientos brazos desmayada
        Daros, señora, matador perfume:
        Mas yo apuro la copa envenenada
        Y en mí acaba el amor que me consume.
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      La niña de Guatemala
        Quiero, a la sombra de un ala,
        Contar este cuento en flor:
        La niña de Guatemala,
        La que se murió de amor.
        Eran de lirios los ramos,
        Y las orlas de reseda
        Y de jazmín: la enterramos
        En una caja de seda.
        Ella dio al desmemoriado
        Una almohadilla de olor:
        El volvió, volvió casado:
        Ella se murió de amor.
        Iban cargándola en andas
        Obispos y embajadores:
        Detrás iba el pueblo en tandas,
        Todo cargado de flores.
        Ella, por volverlo a ver,
        Salió a verlo al mirador:
        Él volvió con su mujer:
        Ella se murió de amor.
        Como de bronce candente
        Al beso de despedida
        Era su frente la frente
        Que más he amado en mi vida.
        Se entró de tarde en el río,
        La sacó muerta el doctor:
        Dicen que murió de frío:
        Yo sé que murió de amor.
        Allí, en la bóveda helada,
        La pusieron en dos bancos:
        Besé su mano afilada,
        Besé sus zapatos blancos.
        Callado, al oscurecer,
        Me llamó el enterrador:
        Nunca más he vuelto a ver
        A la que murió de amor.
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      Mujeres
        I

        Esta es rubia; ésta, oscura; aquella, extraña
        Mujer de ojos de mar y cejas negras:
        Y una cual palma egipcia alta y solemne
        Y otra como un canario gorjeadora.
        Pasan, y muerden: los cabellos luengos
        Echan, como una red: como un juguete
        La lánguida beldad ponen al labio
        Casto y febril del amador que a un templo
        Con menos devoción que al cuerpo llega
        De la mujer amada: ella, sin velos
        Yace, y a su merced: -él, casto y mudo
        En la inflamada sombra alza dichoso
        Como un manto imperial de luz de aurora.
        Cual un pájaro loco en tanto ausente
        En frágil rama y en menudas flores,
        De la mujer el alma travesea:
        Noble furor enciende al sacerdote
        Y a la insensata, contra el ara augusta
        Como una copa de cristal rompiera:
        Pájaros, sólo pájaros: el alma
        Su ardiente amor reserva al universo.
        II

        Vino hirviente es amor: del vaso afuera,
        Echa, brillando al sol, la alegre espuma:
        Y en sus claras burbujas, desmayados
        Cuerpos, rizosos niños, cenadores
        Fragantes y amistosas alamedas
        Y juguetones ciervos se retratan:
        De joyas, de esmeraldas, de rubíes,
        De ónices, y turquesas y del duro
        Diamante al fuego eterno derretidos,
        Se hace el vino satánico: mañana
        El vaso sin ventura que lo tuvo
        Cual comido de hienas, y espantosa
        Lava mordente se verá quemado.
        III

        Bien duerma, bien despierte, bien recline-
        Aunque no lo reclino-. Bien de hinojos,
        Ante un niño que juega el cuerpo doble
        Que no se dobla a viles y a tiranos,
        Siento que siempre estoy en pie: -si suelo,
        Cual del niño en los rizos suele el aire
        Benigno, en los piadosos labios tristes
        Dejar que vuele una sonrisa, -es cierto
        Que así, sépalo el mozo, así sonríen
        Cuantos nobles y crédulos buscaron
        El sol eterno en la belleza humana.
        Sólo hay un vaso que la sed apague
        De hermosura y amor: naturaleza
        Abrazos deleitosos, hibleos besos
        A sus amantes pródiga regala.
        IV

        Para que el hombre los tallara, puso
        El monte y el volcán naturaleza,
        El mar, para que el hombre ver pudiese
        Que era menor que su cerebro: -en horno
        Igual, sol, aire y hombres elabora.
        Porque los dome, el pecho al hombre inunda
        Con pardos brutos y con torvas fieras.
        Y el hombre, no alza el monte: no en el libre
        Aire, ni sol magnífico se trueca:
        Y en sus manos sin honra, a las sensuales
        Bestias del pecho el corazón ofrece:
        A los pies de la esclava vencedora:
        El hombre yace deshonrado, muerto.
      Arriba

      Musa traviesa
        Mi musa es un diablillo contándolo, me inunda
        Con ala de ángel. Un gozo grave:
        Ah, musilla traviesa, y cual si el monte alegre,
        Qué vuelo trae queriendo holgarse
        Al alba enamorando
        Yo suelo, caballero con voces ágiles,
        En sueños graves, sus hilillos sonoros
        Cabalgar horas luengas desanudarse,
        Sobre los aires. Y salpicando riscos,
        Me entro en nubes rosadas, labrando esmaltes,
        Bajo a hondos mares, refrescando sedientas
        Y en los senos eternos cálidas cauces,
        Hago viajes. Echáralos risueños
        Allí asisto a la inmensa por falda y valle,
        Boda inefable, así, al alba del alma
        Y en los talleres huelgo regocijándose,
        De la luz madre: mi espíritu encendido
        Y con ella es la oscura. Me echa a raudales
        Vida, radiante, por las mejillas secas
        Y a mis ojos los antros lágrimas suaves.
        Son nidos de ángeles, me siento, cual si en magno
        Al viajero del cielo templo oficiase:
        Que el mundo frágil cual si mi alma por mirra
        Pues, no saben los hombres vertiese al aire;
        Qué encargo traen cual si en mi hombro surgieran
        Rasgarse el bravo pecho, fuerzas de Atlante;
        Vaciar su sangre, cual si el sol en mi seno
        Y andar, andar heridos. La luz fraguase:
        Muy largo valle. Y estallo, hiervo, vibro,
        Roto el cuerpo en harapos, alas me nacen
        Los pies en carne,
        Hasta dar sonriendo suavemente la puerta
        -No en tierra- exánimes, del cuarto se abre,
        Y entonces sus talleres. Y entranse a él gozosos
        La luz les abre, luz, risas, aire.
        Y ven lo que yo veo: al par da el sol en mi alma
        Que el mundo frágil y en los cristales:
        Seres hay de montaña, por la puerta se ha entrado
        Seres de valle, mi diablo ángel
        Y seres de pantanos, qué fue de aquellos sueños,
        Y lodazales. De mi viaje,
        Del papel amarillo,
        De mis sueños desciendo, del llanto suave
        Volando vanse, cual si de mariposas
        Y en papel amarillo tras gran combate
        Cuento el viaje. Volarán alas de oro.
        Por tierra y aire, mis libros lance,
        Así vuelan las hojas y siéntese magnífico
        Do cuento el trance. Sobre el desastre,
        Hala acá el travesuelo y muéstreme riendo,
        Mi paño árabe; roto el encaje
        Allá monta en el lomo -qué encaje no se rompe
        De un incunable; en el combate-
        Un carcax con mis plumas su cuello, en que la risa
        Fabrica y átase; gruesa onda hace
        Un sílex persiguiendo venga, y por cauce nuevo
        Vuelca un estante, mi vida lance,
        Y allá ruedan por tierra y a mis manos la vieja
        Versillos frágiles, péñola arranque,
        Brumosos pensadores, y del vaso manchado
        Lópeos galanes la tinta vacíe
        De águilas diminutas, vaso puro de nácar:
        Puéblase el aire: dame a que harte
        Son las ideas, que ascienden, esta sed de pureza:
        Rotas sus cárceles, los labios cánsame
        Son estas que lo envuelven
        Del muro arranca, y cíñese, carnes o nácares
        Indio plumaje: la risa, como en taza
        Aquella que me dieron de ónice árabe,
        De oro brillante, en su incólume seno
        Pluma, a marcar nacida bulle triunfante:
        Frentes infames, hete aquí, hueso pálido,
        De su caja de seda vivo y durable
        Saca, y la blande: hijo soy de mi hijo
        Del sol a los requiebros, él me rehace
        Brilla el plumaje,
        Que baña en áureas tintas, pudiera yo, hijo mío,
        Su audaz semblante. Quebrando el arte
        De ambos lados el rubio universal, muriendo
        Cabello al aire, mis años dándote,
        A mí súbito viénese, envejecerte súbito,
        A que lo abrace. La vida ahorrarte
        De beso en beso escala, mas no: que no verías
        Mi mesa frágil; en horas graves
        Oh Jacob, mariposa, entrar el sol al alma
        Ismaelillo, árabe, y a los cristales
        Qué ha de haber que me guste, hierva en tu seno puro
        Como mirarle, risa asonante:
        De entre polvo de libros rueden pliegues abajo
        Surgir radiante, libros exangües:
        Y, en vez de acero, verle, sube, Jacob alegre,
        De pluma armarse, la escala suave:
        Y buscar en mis brazos, ven, y de beso en beso
        Tregua al combate, mi mesa asaltes:
        Venga, venga Ismaelillo: pues esa es mi musilla,
        La mesa asalte, mi diablo ángel
        Y por los anchos pliegues ah, musilla traviesa,
        Del paño árabe qué vuelo trae
        En rota vergonzosa.
      Arriba

      No, música tenaz
        No, música tenaz, me hables del cielo
        Es morir, es temblar, es desgarrarme
        Sin compasión el pecho. Si no vivo
        Donde como una flor al aire puro
        Abre su cáliz verde la palmera,
        Si del día penoso a casa vuelvo...
        ¿Casa dije?, no hay casa en tierra ajena.
        ¡Roto vuelvo en pedazos encendidos!
        Me recojo del suelo: alzo y amaso
        Los restos de mí mismo; ávido y triste,
        Como un estatuador un Cristo roto:
        Trabajo, siempre en pie, por fuera un hombre,
        ¡Venid a ver, venid a ver por dentro!
        Pero tomad a que Virgilio os guíe...
        Si no, estaos afuera: el fuego rueda
        Por la cueva humeante: como flores
        De un jardín infernal se abren las llagas:
        Y boqueantes por la tierra seca
        Queman los pies los escaldados leños
        ¡Toda fue flor la aterradora tumba!
        ¡No, música tenaz, me hables del cielo!
      Arriba

      Noche de baile
        ¡Magníficos espejos
        Que vieron mozos los que copian viejos!
        ¡Espléndidos tapices
        Hechos de antaño a proteger deslices!
        ¡Doradas cornucopias
        Del salón secular al tapar propias!
        ¡Severos sitiales
        Sustento y marco ayer de épocas reales!
        Solos los dos:
        Él viene
        Escucha
        ¡Luego
        Quema tu beso!
        ¡Vuélveme mi fuego!
        ¡Y se lo vuelve! Y el espejo sabio
        No del marido reflejó el agravio
        Que de otra dama aspira ser cortejo
        En cercano salón: ¡ley del espejo!
        En tanto, cual de espumas
        Hijo de Venus, el Amor alado
        Surgiera en concha de azuladas brumas
        Por invisible geniecillo alzado,
        Y moviendo los pálidos corales
        Clamara por los senos maternales,-
        Un niño se despierta
        En la alcoba magnífica desierta.
        ¡Niño que sufre, me parece mío!
        ¡Labio sin leche, rosa sin rocío!
        Como espuma agitada
        Revuelve el lecho aquella rosa alada;
        En la cortina azul, en urna añeja
        Su última luz la lámpara refleja:
        Allí vieron los ojos
        Lúgubres sombras entre tonos rojos,
        Y el niño, al fin, desesperado llora,
        Y allá, junto al espejo, se oye: "¡Ahora!"
      Arriba

      Oh, Margarita
        Una cita a la sombra de tu oscuro
        Portal donde el friecillo nos convida
        A apretarnos los dos, de tan estrecho
        Modo, que un solo cuerpo los dos sean:
        Deja que el aire zumbador resbale,
        Cargado de salud, como travieso
        Mozo que las corteja, entre las hojas,
        Y en el pino
        Rumor y majestad mi verso aprenda.
        Sólo la noche del amor es digna.
        La soledad, la oscuridad convienen.
        Ya no se puede amar, ¡oh Margarita!
      Arriba

      Oh, nave
        ¡Oh, nave, oh pobre nave:
        Pusiste al cielo el rumbo, engaño grave!
        ¡Y andando por mar seco
        Con estrépito horrendo, diste en hueco!
        Castiga así la tierra a quien la olvida
        Y a quien la vida burla, hunde en la vida:
        ¡Bien solitario estoy, y bien desnudo,
        Pero en tu pecho, oh niño, está mi escudo!
      Arriba

      Penachos vividos
        Como taza en que hierve ora en carreras locas,
        De transparente vino o en sonoros relinchos,
        En doradas burbujas o sacudiendo el aire
        El generoso espíritu; el crinaje magnífico;
        Como inquieto mar joven, así mis pensamientos
        Del cauce nuevo henchido rebosan en mí vívidos,
        Rebosa, y por las playas y en crespa espuma de oro
        Bulle y muere tranquilo; besan tus pies sumisos,
        O en fúlgidos penachos
        Como manada alegre de varios tintes ricos,
        De bellos potros vivos se mecen y se inclinan
        Que en la mañana clara cuando tú pasas, hijo,
        Muestran su regocijo.
      Arriba

      Pollice verso
        Si, yo también, desnuda la cabeza
        De tocado y cabellos, y al tobillo
        Una cadena burda, heme arrastrado
        Entre un montón de sierpes, que revueltas
        Sobre sus vicios negros, parecían
        Esos gusanos de pesado vientre
        Y ojos viscosos, que en hedionda cuba
        De pardo lodo lentos se revuelcan.
        Y yo pasé, sereno entre los viles,
        Cual si en mis manos, como en ruego juntas,
        Las anchas alas púdicas, abriese
        Una paloma blanca. Y aún me aterro
        De ver con el recuerdo lo que he visto
        Una vez con mis ojos. Y espantado,
        Póngome en pie, cual a emprender la fuga
        ¡Recuerdos hay que queman la memoria!
        ¡Zarzal es la memoria; más la mía
        Es un cesto de llamas! A su lumbre
        El porvenir de mi nación preveo.
        Y lloro. Hay leyes en la mente, leyes
        Cual las del río, el mar, la piedra, el astro,
        Ásperas y fatales ese almendro
        Que con su rama oscura en flor sombrea
        Mi alta ventana, viene de semilla
        De almendro: y ese rico globo de oro
        De dulce y perfumoso jugo lleno,
        Y hasta el pomo ruin la daga hundida,
        Copa de mago que el capricho torna
        En hiel para los míseros, y en férvido
        Tokay para el feliz. La vida es grave,
        Al flojo gladiador clava en la arena.
        ¡Alza, oh pueblo, el escudo, porque, es grave
        Cosa esta vida, y cada acción es culpa
        Que como aro servil se lleva luego
        Cerrado al cuello, o premio generoso
        Que del futuro mal próvido libra!
        ¿Veis los esclavos? Como cuerpos muertos
        Atados en racimo, a vuestra espalda
        Irán vida tras vida, y con las frentes
        Pálidas y angustiosas, la sombría
        Carga en vano hallaréis, hasta que el viento
        De vuestra pena bárbara apiadado,
        Los átomos postreros evapore
        ¡Oh, qué visión tremenda! ¡Oh, qué terrible
        Procesión de culpables! Como en llano
        Negro los miro, torvos, anhelosos,
        Sin fruta el arbolar, secos los píos
        Bejucos, por comarca funeraria
        Donde ni el sol da luz, ni el árbol sombra.
        Y bogan en silencio, como en magno
        Océano sin agua, y ala frente
        Porción del universo, frase unida
        A frase colosal, sierva ligada
        A un carro de oro, que a los ojos mismos
        De los que arrastra en rápida carrera
        Ocúltase en el áureo polvo, sierva
        Con escondidas riendas ponderosas
        A la incansable eternidad atada
        Circo la tierra es, como el romano;
        Y junto a cada cuna una invisible
        Panoplia al hombre aguarda, donde lucen,
        Cual daga cruel que hiere al que la blande
        Los vicios, y cual límpidos escudos
        Las virtudes: la vida es la ancha arena,
        Y los hombres esclavos gladiadores.
        Mas el pueblo y el rey, callados miran
        De grada excelsa, en la desierta sombra.
        ¡Pero miran! Y a aquel que en la contienda
        Bajó el escudo, o lo dejó de lado,
        O suplicó cobarde, o abrió el pecho
        Laxo y servil a la enconosa daga
        Desde el sitial de la implacable piedra,
        Condenan a morir, pollice verso;
        Llevan, cual yugo el buey, la cuerda uncida,
        Y a la zaga, listado el cuerpo flaco
        De hondos azotes, el montón de siervos
        ¿Veis las carrozas, las ropillas blancas
        Risueñas y ligeras, el luciente
        Corcel de crin trenzada y riendas ricas,
        Y la albarda de plata suntuosa
        Prendida, y el menudo zapatillo
        Cárcel a un tiempo de los pies y el alma?
        Pues ved que los extraños os desdeñan
        Como a raza ruin, menguada y floja.
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      Pomona
        ¡Oh ritmo de la carne, oh melodía,
        Oh licor vigorante, oh filtro dulce
        De la hechicera forma! ¡No hay milagro
        En el cuento de Lázaro, si Ceisto
        Llevó a su tumba una mujer hermosa!
        ¿Qué soy, quién es, sino Memnón en donde
        Toda la luz del universo canta,
        Y cauce humilde en el que van revueltas
        Las eternas corrientes de la vida?
        Iba, como arroyuelo que cansado
        De regar plantas ásperas fenece,
        Y, de amor por el noble sol transido,
        A su fuego con gozo se evapora;
        Iba, cual jarra que el licor ligero
        En el fermento rompe,
        Y en silenciosos hilos abandona;
        Iba, cual gladiador que sin combate
        Del incólume escudo ampara el rostro
        Y el cuerpo rinde en la ignorada arena.
        ¡Y súbito, las fuerzas juveniles
        De un nuevo amor, el pecho rebosante
        Hinchan y embargan, el cansado brío
        Arde otra vez, y puebla el aire sano
        Música suave y blando olor de mieles!
        Porque hasta mí los brazos olorosos
        En armónico gesto alzó Pomona.
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      Por donde abunda la malva
        Por donde abunda la malva
        Y da el camino un rodeo,
        Iba un ángel de paseo
        Con una cabeza calva.
        Del castañar por la zona
        La pareja se perdía:
        La calva resplandecía
        Lo mismo que una corona.
        Sonaba el hacha en lo espeso
        Y cruzó un ave volando:
        Pero no se sabe cuándo
        Se dieron el primer beso.
        Era rubio el ángel; era
        El de la calva radiosa,
        Como el tronco a que amorosa
        Se prende la enredadera.
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      Príncipe enano
        Para un príncipe enano / Venga mi caballero,
        Se hace esta fiesta. / Por esta senda
        Tiene guedejas rubias, / Éntrese mi tirano
        Blandas guedejas; / Por esta cueva
        Por sobre el hombro blanco / Tal es, cuando a mis ojos
        Luengas le cuelgan. / Su imagen llega,
        Sus dos ojos parecen / Cual si en lóbrego antro
        Estrellas negras: / Pálida estrella
        Vuelan, brillan, palpitan / Con fulgores de ópalo
        Relampaguean / Todo vistiera.
        El para mí es corona, / A su paso la sombra
        Almohada, espuela. / Matices muestra,
        Mi mano, que así embrida / Como al sol que las hiere
        Potros y hienas / Las nubes negras.
        Va, mansa y obediente / Heme ya , puesto en armas,
        Donde él la lleva. / En la pelea
        Si el ceño frunce, temo; / Quiere el príncipe enano
        Si se me queja / Que a luchar vuelva:
        Cual de mujer, mi rostro / El para mí es corona,
        Nieve se trueca: / Almohada, espuela
        Su sangre, pues, anima / Y como el sol, quebrando
        Mis flacas venas: / Las nubes negras,
        Con su gozo mi sangre / En banda de colores
        Se hincha, o se seca / La sombra trueca,
        Para un príncipe enano / Él, al tocarla, borda
        Se hace esta fiesta. / En la onda espesa,
        Mi banda de batalla / Éntrese mi tirano
        Roja y violeta. / Por esta cueva
        Con que mi dueño quiere / Déjeme que la vida
        Que a vivir vuelva / A él, a él le ofrezca
        Venga mi caballero / Para un príncipe enano
        Por esta senda / Se hace esta fiesta.
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      Sé, mujer, para mí
        Sé, mujer, para mí, como paloma
        Sin ala negra:
        Bajo tus alas mi existencia amparo:
        ¡No la ennegrezcas!
        Cuando tus pardos ojos, claros senos
        De natural grandeza,
        En otro que no en mí sus rayos posan
        ¡Muero de pena!
        Cuando miras, envuelves, cuando miras,
        Acaricias y besas:
        Pues, ¿cómo he de querer que a nadie mires,
        Paloma de ala negra?
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      Sed de belleza
        Solo, estoy solo: viene el verso amigo,
        Como el esposo diligente acude
        De la erizada tórtola al reclamo.
        Cual de los altos montes en deshielo
        Por breñas y por valles en copiosos
        Hilos las nieves desatadas bajan
        Así por mis entrañas oprimidas
        Un balsámico amor y una avaricia
        Celeste, de hermosura se derraman.
        Tal desde el vasto azul, sobre la tierra,
        Cual si de alma de virgen la sombría
        Humanidad sangrienta perfumasen,
        Su luz benigna las estrellas vierten
        Esposas del silencio- y de las flores
        Tal el aroma vago se levanta.
        Dadme lo sumo y lo perfecto: dadme
        Un dibujo de Ángelo: una espada
        Con puño de Cellini, más hermosa
        Que las techumbres de marfil calado
        Que se place en labrar Naturaleza.
        El cráneo augusto dadme donde ardieron
        El universo Hamlet y la furia
        Tempestuosa del moro: la manceba
        India que a orillas del ameno río
        Que del viejo Chichén los muros baña
        A la sombra de un plátano pomposo
        Y sus propios cabellos, el esbelto
        Cuerpo bruñido y nítido enjugaba.
        Dadme mi cielo azul... dadme la pura,
        La inefable, la plácida, la eterna
        Alma de mármol que al soberbio Louvre
        Dio, cual su espuma y flor, Milo famosa.
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      Siempre que hundo la mente
        Siempre que hundo la mente en libros graves
        La saco con un haz de luz de aurora:
        Yo percibo los hilos, la juntura,
        La flor del universo: yo pronuncio
        Pronta a nacer una inmortal poesía.
        No de dioses de altar ni libros viejos
        No de flores de Grecia, repintadas
        Con mejunjes de moda, no con rastros
        De rastros, no con lívidos despojos
        Se amansará de las edades muertas:
        Sino de las entrañas exploradas
        Del universo, surgirá radiante
        Con la luz y las gracias de la vida.
        Para vencer, combatirá primero:
        E inundará de luz, como la aurora.
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      Una virgen espléndida
        Una virgen espléndida -morada
        De un sol de amor que por sus negros ojos brota-
        Pregunta, abraza y acaricia,
        Versos me pide, versos de mujeres.
        ¡Arrullos de paloma, murmullos de zunzúnes,
        Suspiros de tojosas!
        Yo podré, en noche ardiente,
        Trovando amor al pie de su ventana,
        En tal aura envolverla,
        Con tal fuego besarla,
        Que al nuevo amanecer, nadie vería
        En su cutis la flor que lo teñía.
        ¡Calla, mi amigo amor!, que nadie sepa
        Que yo llevo en los labios la flor roja
        Que su mejilla cándida lucía,
        Y el candor, y la flor, y el frágil vaso,
        Mío es todo, puesto que ella es mía.
        Y la madre amorosa,
        De sagrado temor y amor movida,
        Dijérale a la pálida, ¿y la rosa
        De tu mejilla fresca dónde es ida?
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      Valle lozano
        Dígame mi labriego / Otros, con dagas grandes
        Cómo es que ha andado / Mi pecho araron:
        En esta noche lóbrega / Pues, qué hierro es el tuyo
        Este hondo campo / Que no hace daño
        Dígame de qué flores / Y esto dije -y el niño
        Untó el arado / Riendo me trajo
        Que la tierra olorosa / En sus dos manos blancas
        Trasciende a nardos / Un beso casto.
        Dígame de qué ríos
        Regó ese prado,
        Que era un valle muy negro
        Y ora es lozano.
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      Vino el amor mental
        Vino el amor mental: ese enfermizo
        Febril, informe, falso amor primero,
        ¡Ansia de amar que se consagra a un rizo,
        Como, si a tiempo pasa, al bravo acero!
        Vino el amor social: ese alevoso
        Puñal de mango de oro oculto en flores
        Que donde clava, infama: ese espantoso
        Amor de azar, preñado de dolores.
        Vino el amor del corazón: el vago
        Y perfumado amor, que al alma asoma
        Como el que en bosque duerme, eterno lago,
        La que el vuelo aún no alzó, blanca paloma.
        Y la púdica lira, al beso ardiente
        Blanda jamás, rebosa a esta delicia,
        Como entraña de flor, que al alba siente
        De la luz no tocada la caricia.
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      Y te busqué
        Y te busqué por pueblos,
        Y te busqué en las nubes,
        Y para hallar tu alma,
        Muchos lirios abrí, lirios azules.
        Y los tristes llorando me dijeron:
        ¡Oh, qué dolor tan vivo!
        ¡Que tu alma ha mucho tiempo que vivía
        En un lirio amarillo!
        Mas dime, ¿cómo ha sido?
        ¿Yo mi alma en mi pecho no tenía?
        Ayer te he conocido,
        Y el alma que aquí tengo no es la mía.
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      Versos sencillos I: Yo soy un hombre sincero
        Yo soy un hombre sincero
        De donde crece la palma.
        Y antes de morirme quiero
        Echar mis versos del alma.
        Yo vengo de todas partes,
        Y hacia todas partes voy:
        Arte soy entre las artes,
        En los montes, monte soy.
        Yo sé los nombres extraños
        De las yerbas y las flores,
        Y de mortales engaños,
        Y de sublimes dolores.
        Yo he visto en la noche oscura
        Llover sobre mi cabeza
        Los rayos de lumbre pura
        De la divina belleza.
        Alas nacer vi en los hombros
        De las mujeres hermosas:
        Y salir de los escombros
        Volando las mariposas.
        He visto vivir a un hombre
        Con el puñal al costado,
        Sin decir jamás el nombre
        De aquella que lo ha matado.
        Rápida, como un reflejo,
        Dos veces vi el alma, dos:
        Cuando murió el pobre viejo,
        Cuando ella me dijo adiós.
        Temblé una vez –en la reja,
        A la entrada de la viña.
        Cuando la bárbara abeja
        Picó en la frente a mi niña.
        Gocé una vez, de tal suerte
        Que gocé cual nunca: cuando
        La sentencia de mi muerte
        Leyó el alcalde llorando.
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      Versos sencillos II: Oigo un suspiro
        Oigo un suspiro, a través
        De las tierras y la mar,
        Y no es un suspiro, es
        Que mi hijo va a despertar.
        Si dicen que del joyero
        Tome la joya mejor
        Tomo a un amigo sincero
        Y pongo a un lado el amor.
        Yo he visto al águila herida
        Volar al azul sereno,
        Y morir en su guarida
        La víbora del veneno.
        Yo sé bien que cuando el mundo
        Cede, lívido, al descanso,
        Sobre el silencio profundo
        Murmura el arroyo manso.
        Yo he puesto la mano osada
        De horror y júbilo yerta,
        Sobre la estrella apagada
        Que cayó frente a mi puerta.
        Oculto en mi pecho bravo
        La pena que me lo hiere:
        El hijo de un pueblo esclavo
        Vive por él, calla y muere.
        Todo es hermoso y constante,
        Todo es música y razón,
        Y todo, como el diamante,
        Antes que luz es carbón.
        Yo sé que el necio se entierra
        Con gran lujo y con gran llanto,
        Y que no hay fruta en la tierra
        Como la del camposanto.
        Callo, y entiendo, y me quito
        La pompa del rimador:
        Cuelgo de un árbol marchito
        Mi muceta de doctor.
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      Versos sencillos IV: Yo visitaré anhelante
        Yo visitaré anhelante
        Los rincones donde a solas
        Estuvimos yo y mi amante
        Retozando con las olas.
        Solos los dos estuvimos,
        Solos, con la compañía
        De dos pájaros que vimos
        Meterse en la gruta umbría.
        Y ella, clavando los ojos,
        En la pareja ligera,
        Deshizo los lirios rojos
        Que le dio la jardinera.
        La madreselva olorosa
        Cogió con sus manos ella,
        Y una madama graciosa,
        Y un jazmín como una estrella.
        Yo quise, diestro y galán,
        Abrirle su quitasol;
        Y ella me dijo: "¡Qué afán!
        ¡Si hoy me gusta ver el sol!"
        "Nunca más altos he visto
        Estos nobles robledales:
        Aquí debe estar el Cristo,
        Porque están las catedrales".
        "Ya sé dónde ha de venir
        Mi niña a la comunión;
        De blanco la he de vestir
        Con un gran sombrero alón".
        Después, del calor al peso,
        Entramos por el camino,
        Y nos dábamos un beso
        En cuanto sonaba un trino.
        ¡Volveré, cual quien no existe,
        Al lago mudo y helado:
        Clavaré la quilla triste:
        Posaré el remo callado!
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      Versos sencillos V: Si ves un monte de espumas
        Si ves un monte de espumas,
        Es mi verso lo que ves:
        Mi verso es un monte, y es
        Un abanico de plumas.
        Mi verso es como un puñal
        Que por el puño echa flor:
        Mi verso es un surtidor
        Que da un agua de coral.
        Mi verso es de un verde claro
        Y de un carmín encendido:
        Mi verso es un ciervo herido
        Que busca en el monte amparo.
        Mi verso al valiente agrada:
        Mi verso, breve y sincero,
        Es del vigor del acero
        Con que se funde la espada.
      Arriba

      Versos sencillos VI: Si quieren que de este mundo
        Si quieren que de este mundo
        Lleve una memoria grata,
        Llevaré, padre profundo,
        Tu cabellera de plata.
        Si quieren, por gran favor,
        Que lleve más, llevaré
        La copia que hizo el pintor
        De la hermana que adoré.
        Si quieren que a la otra vida
        Me lleve todo un tesoro,
        ¡Llevo la trenza escondida
        Que guardo en mi caja de oro!
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      Versos sencillos VIII: Yo tengo un amigo muerto
        Yo tengo un amigo muerto
        Que suele venirme a ver:
        Mi amigo se sienta y canta;
        Canta en voz que ha de doler:
        "En un ave de dos alas
        Bogo por el cielo azul:
        Un ala del ave es negra,
        Otra de oro Caribú.
        El corazón es un loco
        Que no sabe de un color:
        O es su amor de dos colores,
        O dice que no es amor.
        Hay una loca más fiera
        Que el corazón infeliz:
        La que le chupó la sangre
        Y se echó luego a reír.
        Corazón que lleva rota
        El ancla fiel del hogar,
        Va como barca perdida,
        Que no sabe a dónde va".
        En cuanto llega a esta angustia
        Rompe el muerto a maldecir:
        Le amanso el cráneo, lo acuesto:
        Acuesto el muerto a dormir.
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      Versos sencillos X: El alma trémula y sola
        El alma trémula y sola
        Padece al anochecer:
        Hay baile; vamos a ver
        La bailarina española.
        Han hecho bien en quitar
        El banderón de la acera;
        Porque si está la bandera,
        No sé, yo no puedo entrar.
        Ya llega la bailarina:
        Soberbia y pálida llega:
        Cómo dicen que es gallega
        Pues dicen mal: es divina.
        Lleva un sombrero torero
        Y una capa carmesí:
        Lo mismo que un alelí
        Que se pusiese un sombrero
        Se ve, de paso, la ceja,
        Ceja de mora traidora:
        Y la mirada, de mora:
        Y como nieve la oreja.
        Preludian, bajan la luz,
        Y sale en bata y mantón,
        La virgen de la Asunción
        Bailando un baile andaluz.
        Alza, retando, la frente;
        Crúzase al hombre la manta:
        En arco el brazo levanta:
        Mueve despacio el pie ardiente.
        Repica con los tacones
        El tablado zalamera,
        Como si la tabla fuera
        Tablado de corazones.
        Y va el convite creciendo
        En las llamas de los ojos,
        Y el manto de flecos rojos
        Se va en el aire meciendo.
        Súbito, de un salto arranca:
        Húrtase, se quiebra, gira:
        Abre en dos la cachemira,
        Ofrece la bata blanca.
        El cuerpo cede y ondea;
        La boca abierta provoca;
        Es una rosa la boca:
        Lentamente taconea.
        Recoge, de un débil giro,
        El manto de flecos rojos:
        Se va, cerrando los ojos,
        Se va, como en un suspiro
        Baila muy bien la española;
        Es blanco y rojo el mantón:
        Vuelve, fosca a su rincón,
        El alma trémula y sola.
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      Versos sencillos XI: Yo tengo un paje muy fiel
        Yo tengo un paje muy fiel
        Que me cuida y que me gruñe,
        Y al salir, me limpia y bruñe
        Mi corona de laurel.
        Yo tengo un paje ejemplar
        Que no come, que no duerme,
        Y que se acurruca a verme
        Trabajar y sollozar.
        Salgo, y el vil se desliza
        Y en mi bolsillo aparece;
        Vuelvo, y el terco me ofrece
        Una taza de ceniza.
        Si duermo, al rayar el día
        Se sienta junto a mi cama:
        Si escribo, sangre derrama
        Mi paje en la escribanía.
        Mi paje, hombre de respeto,
        Al andar castañetea:
        Hiela mi paje, y chispea:
        Mi paje es un esqueleto.
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      Versos sencillos XVII: Es rubia: el cabello suelto
        Es rubia: el cabello suelto
        Da más luz al ojo moro
        Voy, desde entonces, envuelto
        En un torbellino de oro.
        La abeja estival que zumba
        Más ágil por la flor nueva,
        No dice, como antes, "tumba":
        "Eva" -dice-, "todo es Eva".
        Bajo, en lo oscuro, al temido
        Raudal de la catarata:
        ¡Y brilla el iris, tendido
        Sobre las hojas de plata!
        Miro, ceñudo, la agreste
        Pompa del monte irritado:
        ¡Y en el alma azul celeste
        Brota un jacinto rosado!
        Voy, por el bosque, a paseo
        A la laguna vecina:
        Y entre las ramas la veo,
        Y por el agua camina.
        La serpiente del jardín
        Silba, escupe, y se resbala
        Por su agujero: el clarín
        Me tiende, trinando, el ala.
        ¡Arpa soy, salterio soy
        Donde vibra el universo:
        Vengo del sol, y al sol voy:
        Soy el amor: soy el verso!
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      Versos sencillos XIX: Por tus ojos encendidos
        Por tus ojos encendidos
        Y lo mal puesto de un broche.
        Pensé que estuviste anoche
        Jugando a juegos prohibidos.
        Te odié por vil y alevosa
        Te odié con odio de muerte
        Náusea me daba de verte
        Tan villana y tan hermosa.
        Y por la esquela que vi
        Sin saber cómo ni cuándo.
        Sé que estuviste llorando
        Toda la noche por mí.
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      Versos sencillos XX: Mi amor del aire se azora
        Mi amor del aire se azora;
        Eva es rubia, falsa es Eva
        Viene una nube, y se lleva
        Mi amor que gime y que llora.
        Se lleva mi amor que llora
        Esa nube que se va:
        Eva me ha sido traidora:
        ¡Eva me consolará!
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      Versos sencillos XXI: Ayer la vi en el salón
        Ayer la vi en el salón
        De los pintores, y ayer
        Detrás de aquella mujer
        Se me saltó el corazón.
        Sentada en el suelo rudo
        Está en el lienzo: dormido
        Al pie, el esposo rendido:
        Al seno el niño desnudo.
        Sobre unas briznas de paja
        Se ven mendrugos mondados:
        Le cuelga el manto a los lados,
        Lo mismo que una mortaja.
        No nace en el torvo suelo
        Ni una viola, ni una espiga:
        ¡Muy lejos, la casa amiga,
        Muy triste y oscuro el cielo!
        ¡Esa es la hermosa mujer
        Que me robó el corazón
        En el soberbio salón
        De los pintores de ayer!
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      Versos sencillos XXII: Estoy en el baile extraño
        Estoy en el baile extraño
        De polaina y casaquín
        Que dan, del año hacia el fin,
        Los cazadores del año.
        Una duquesa violeta
        Va con un frac colorado:
        Marca un vizconde pintado
        El tiempo en la pandereta.
        Y pasan las chupas rojas;
        Pasan los tules de fuego,
        Como delante de un ciego
        Pasan volando las hojas.
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      Versos sencillos XXIV: Sé de un pintor atrevido
        Sé de un pintor atrevido
        Que sale a pintar contento
        Sobre la tela del viento
        Y la espuma del olvido.
        Yo sé de un pintor gigante,
        El de divinos colores,
        Puesto a pintarle las flores
        A una corbeta mercante.
        Yo sé de un pobre pintor
        Que mira el agua al pintar,
        -El agua ronca del mar,-
        Con un entrañable amor.
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      Versos sencillos XXXV: Qué importa que tu puñal
        ¿Qué importa que tu puñal
        Se me clave en el riñón?
        ¡Tengo mis versos, que son
        Más fuertes que tu puñal!
        ¿Qué importa que este dolor
        Seque el mar y nuble el cielo?
        El verso, dulce consuelo,
        Nace alado del dolor.
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      Versos sencillos XXXVII: Aquí está el pecho, mujer
        Aquí está el pecho, mujer,
        Que ya sé que lo herirás;
        ¡Más grande debiera ser,
        Para que lo hirieses más!
        Porque noto, alma torcida,
        Que en mi pecho milagroso,
        Mientras más honda la herida,
        Es mi canto más hermoso.
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      Versos sencillos XXXIX: Cultivo una rosa blanca
        Cultivo una rosa blanca,
        En julio como en enero,
        Para el amigo sincero
        Que me da su mano franca.
        Y para el cruel que me arranca
        El corazón con que vivo,
        Cardo ni oruga cultivo:
        Cultivo la rosa blanca.
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      Versos sencillos XLIII: Mucho, señora, daría
        Mucho, señora, daría
        Por tender sobre tu espalda
        Tu cabellera bravía,
        Tu cabellera de gualda:
        Despacio la tendería,
        Callado la besaría.
        Por sobre la oreja fina
        Baja lujoso el cabello,
        Lo mismo que una cortina
        Que se levanta hacia el cuello.
        La oreja es obra divina
        De porcelana de China.
        Mucho, señora, te diera
        Por desenredar el nudo
        De tu roja cabellera
        Sobre tu cuello desnudo:
        Muy despacio la esparciera,
        Hilo por hilo la abriera.
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      Versos sencillos XVIII: El alfiler de Eva loca
        El alfiler de Eva loca
        Es hecho del oro oscuro
        Que le sacó un hombre puro
        Del corazón de una roca.
        Un pájaro tentador
        Le trajo en el pico ayer
        Un relumbrante alfiler
        De pasta y de similar.
        Eva se prendió al oscuro
        Talle el diamante embustero:
        Y echó en el alfiletero
        El alfiler de oro puro.
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      Versos sencillos XLV: Sueño con claustros de mármol
        Sueño con claustros de mármol
        Donde en silencio divino
        Los héroes, de pie, reposan:
        De noche, a la luz del alma,
        Hablo con ellos: de noche
        Están en fila: paseo
        Entre las filas: las manos
        De piedra les beso: abren
        Los ojos de piedra: mueven
        Los labios de piedra: tiemblan
        Las barbas de piedra: empuñan
        La espada de piedra: lloran
        Vibra la espada en la vaina
        Mudo, les beso la mano.
        Hablo con ellos, de noche
        Están en fila: paseo
        Entre las filas: lloroso
        Me abrazo a un mármol: "Oh mármol,
        Dicen que beben tus hijos
        Su propia sangre en las copas
        Venenosas de sus dueños
        Que hablan la lengua podrida
        De sus rufianes que comen
        Juntos el pan del oprobio,
        En la mesa ensangrentada
        Que pierden en lengua inútil
        El último fuego: dicen,
        Oh mármol, mármol dormido,
        Que ya se ha muerto tu raza
        Échame en tierra de un bote
        El héroe que abrazo: me ase
        Del cuello: barre la tierra
        Con mi cabeza: levanta
        El brazo, el brazo le luce
        Lo mismo que un sol: resuena
        La piedra: buscan el cinto
        Las manos blancas: del soclo
        Saltan los hombres de mármol.
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      Versos sencillos XLVI: Vierte, corazón, tu pena
        Vierte, corazón, tu pena
        Donde no se llegue a ver,
        Por soberbia, y por no ser
        Motivo de pena ajena.
        Yo te quiero, verso amigo,
        Porque cuando siento el pecho
        Ya muy cargado y deshecho,
        Parto la carga contigo.
        Tú me sufres, tú aposentas
        En tu regazo amoroso,
        Todo mi ardor doloroso,
        Todas mis ansias y afrentas.
        Tú, porque yo pueda en calma
        Amar y hacer bien, consientes
        En enturbiar tus corrientes
        En cuanto me agobia el alma.
        Tú, porque yo cruce fiero
        La tierra, y sin odio, y puro,
        Te arrastras, pálido y duro,
        Mi amoroso compañero.
        Mi vida así se encamina
        Al cielo limpia y serena,
        Y tú me cargas mi pena
        Con tu paciencia divina.
        Y porque mi cruel costumbre
        De echarme en ti te desvía
        De tu dichosa armonía
        Y natural mansedumbre;
        Porque mis penas arrojo
        Sobre tu seno, y lo azotan,
        Y tu corriente alborotan,
        Y acá lívido, allá rojo,
        Blanco allá como la muerte,
        Ora arremetes y ruges,
        Ora con el peso crujes
        De un dolor más que tú fuerte.
        Habré, como me aconseja
        Un corazón mal nacido,
        De dejar en el olvido
        A aquel que nunca deja
        Verso, nos hablan de un Dios
        A donde van los difuntos:
        Verso, o nos condenan juntos,
        O nos salvamos los dos.
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      Yugo y estrella
        Cuando nací, sin sol, mi madre dijo:
        -Flor de mi seno, homomagno generoso,
        De mí y de la creación suma y reflejo,
        Pez que en ave y corcel y hombre se torna,
        Mira estas dos, que con dolor te brindo,
        Insignias de la vida: ve y escoge.
        Este es un yugo: quien lo acepta, goza
        Hace de manso buey, y como presta
        Servicio a los señores, duerme en paja
        Caliente, y tiene rica y ancha avena.
        Esta, oh misterio que de mí naciste
        Cual la cumbre nació de la montaña,
        Esta, que alumbra y mata, es una estrella:
        Como que riega luz, los pecadores
        Huyen de quien la lleva, y en la vida,
        Cual un monstruo de crímenes cargado,
        Todo el que lleva luz se queda solo.
        Pero el hombre que al buey sin pena imita,
        Buey vuelve a ser, y en apagado bruto
        La escala universal de nuevo empieza.
        El que la estrella sin temor se ciñe,
        Como que crea, crece
        Cuando al mundo
        De su copa el licor vació ya el vivo:
        Cuando, para manjar de la sangrienta
        Fiesta humana, sacó contento y grave
        Su propio corazón: cuando a los vientos
        De Norte y Sur vertió su voz sagrada,
        La estrella como un manto, en luz lo envuelve
        Se enciende, como a fiesta, el aire claro,
        Y el vivo que a vivir no tuvo miedo,
        Se oye que un paso más sube en la sombra
        Dame el yugo, oh mi madre, de manera
        Que el puesto en él de pie, luzca en mi frente
        Mejor la estrella que ilumina y mata.
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