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Rosalía de Castro

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    Información biográfica

  1. Ángel
  2. Busca y anhela el sosiego
  3. Del antiguo camino a lo largo
  4. Del rumor cadencioso de la onda
  5. Dicen que no hablan las plantas, ni las fuentes, ni los pájaros
  6. En los ecos del órgano, o en el rumor del viento
  7. Era apacible el día
  8. Estaciones
  9. Hora tras hora
  10. La canción que oyó en sueños el viejo (fragmento)
  11. Lágrima triste en mi dolor vertida
  12. Las campanas
  13. Los robles
  14. Los tristes
  15. Los unos altísimos
  16. Margarita
  17. Meditación en el umbral
  18. Negra sombra
  19. Orillas del Sar
  20. Pobre alma sola
  21. Recuerda el trinar del ave
  22. Sed de amores tenía
  23. Soledad
  24. Te amo... ¿Por qué me odias?
  25. Tú para mí, yo para ti, bien mío
  26. Una sombra tristísima, indefinible y vaga
  27. Ya duermen en su tumba las pasiones
  28. Ya no mana la fuente
  29. Yo no sé lo que busco eternamente


Información biográfica

    Nombre: María Rosalía Rita de Castro
    Lugar y fecha nacimiento: Santiago de Compostela (España), 24 de febrero de 1837
    Lugar y fecha defunción: Padrón, La Coruña (España), 15 de julio de 1885 (48 años)
    Ocupación: Escritora, novelista, poeta
    Movimiento: Romanticismo
Considerada entre los grandes poetas de la literatura española del siglo XIX. Es considerada junto con Gustavo Adolfo Bécquer la precursora de la poesía española moderna.

Fuente: [Rosalía de Castro] en Wikipedia.org

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    Ángel
      Todo duerme... del aire, el soplo blando
      Callado va, con temeroso vuelo
      El aroma esparciendo de las rosas;
      Brilla la luna, y sueñan con el cielo
      Los niños que reposan, contemplando
      Flores, luz y pintadas mariposas.

      ¡Niños!, al soplo de mi tibio aliento,
      Dormid en paz, que os cubren con sus alas
      Los blancos y amorosos serafines,
      Y adornándoos a un tiempo con sus galas
      Hacen que en ondas os regale el viento
      Blando aroma de lirios y jazmines.

      Y, en tanto, el astro de la noche, lento,
      Pálido, melancólico y suave,
      Del aire azul recorre los espacios,
      Globo de plata o misteriosa nave,
      Vaga a través del ancho firmamento,
      Por cima de cabañas y palacios.

      Su tibia luz refléjase en la tierra
      Como del alba la primer sonrisa
      Que va a alegrar las aguas de la fuente;
      Y al rizarse los mares con la brisa,
      Cuanto su seno de hermosura encierra
      Muéstrase allí, brillante y transparente.

      Las plantas y los céfiros susurran
      Con blando son, y acentos misteriosos
      Lanza, al pasar, el murmurante río,
      Y a través de los árboles frondosos
      Las estrellas inmóviles fulguran
      Chispas de luz en su ámbito sombrío.

      Todo es reposo, y soledad, y sueño...
      Sueño aparente y soledad mentida,
      En el mundo del hombre... ¡hermoso mundo
      Cuando, mintiendo, a amarle nos convida!
      Y es que en que fuese amado puso empeño,
      Quien llena cielo y tierra, y mar profundo.

      Mas... ¿qué pálida sombra cruza el prado...
      Errante, sola, fugitiva y leve?
      Como si fuese en pos de un bien perdido,
      Apenas al pasar las hojas mueve.
      Y vaga al pie del monte y del collado
      Cual tortolilla en torno de su nido.

      Virgen parece por la undosa falda
      Y por la blonda y larga cabellera,
      Que el viento de la noche manso agita;
      Bello es su rostro y dulce la manera
      Con que pisa la alfombra de esmeralda,
      Mientras su seno con ardor palpita.

      ¡Pobre mujer!... ¿Qué culpa, qué pecado
      Como aguijón la ha herido en su inocencia,
      Que el calor de su lecho así abandona?
      Yo sondaré el dolor de tu conciencia,
      Que no en vano a la tierra he descendido,
      En nombre del Señor que la perdona.
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    Busca y anhela el sosiego
      Busca y anhela el sosiego...
      Mas, ¿quién le sosegará?
      Con lo que sueña despierto,
      Dormido vuelve a soñar.
      Que hoy como ayer, y mañana
      Cual hoy, en su eterno afán,
      De hallar el bien que ambiciona
      -Cuando sólo encuentra el mal-,
      Siempre a soñar condenado,
      Nunca puede sosegar.
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    Del antiguo camino a lo largo
      Del antiguo camino a lo largo,
      Ya un pinar, ya una fuente aparece,
      Que brotando en la peña musgosa
      Con estrépito al valle desciende.
      Y brillando del sol a los rayos
      Entre un mar de verdura se pierden,
      Dividiéndose en limpios arroyos
      Que dan vida a las flores silvestres
      Y en el Sar se confunden, el río
      Que cual niño que plácido duerme,
      Reflejando el azul de los cielos,
      Lento corre en la fronda a esconderse.
      No lejos, en soto profundo de robles,
      En donde el silencio sus alas extiende,
      Y da abrigo a los genios propicios,
      A nuestras viviendas y asilos campestres,
      Siempre allí, cuando evoco mis sombras,
      O las llamo, respóndenme y vienen.
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    Del rumor cadencioso de la onda
      Del rumor cadencioso de la onda
      Y el viento que muge;
      Del incierto reflejo que alumbra
      La selva o la nube;
      Del piar de alguna ave de paso;
      Del agreste ignorado perfume
      Que el céfiro roba
      Al valle o a la cumbre,
      Mundos hay donde encuentran asilo
      Las almas que al peso
      Del mundo sucumben.
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    Dicen que no hablan las plantas, ni las fuentes, ni los pájaros
      Dicen que no hablan las plantas, ni las fuentes, ni los pájaros,
      Ni el onda con sus rumores, ni con su brillo los astros,
      Lo dicen, pero no es cierto, pues siempre cuando yo paso
      De mí murmuran y exclaman:
      Ahí va la loca soñando
      Con la eterna primavera de la vida y de los campos,
      Y ya bien pronto, bien pronto, tendrá los cabellos canos,
      Y ve temblando, aterida, que cubre la escarcha el prado.

      -Hay canas en mi cabeza, hay en los prados escarcha,
      Mas yo prosigo soñando, pobre, incurable sonámbula,
      Con la eterna primavera de mi vida que se apaga
      Y la perenne frescura de los campos y las almas,
      Aunque los unos se agostan y aunque las otras se abrasan.

      Astros y fuentes y flores, no murmuréis de mis sueños,
      Sin ellos, ¿cómo admiraros ni cómo vivir sin ellos?
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    En los ecos del órgano, o en el rumor del viento
      En los ecos del órgano, o en el rumor del viento,
      En el fulgor de un astro o en la gota de lluvia,
      Te adivinaba en todo, y en todo te buscaba,
      Sin encontrarte nunca.
      Quizás después te ha hallado, te ha hallado y ha perdido
      Otra vez de la vida en la batalla ruda,
      Ya que sigue buscándote y te adivina en todo,
      Sin encontrarte nunca.
      Pero sabe que existes y no eres vano sueño,
      Hermosura sin nombre, pero perfecta y única.
      Por eso vive triste, porque te busca siempre,
      Sin encontrarte nunca.
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    Era apacible el día
      Era apacible el día
      Y templado el ambiente
      Y llovía, llovía,
      Callada y mansamente;
      Y mientras silenciosa
      Lloraba yo y gemía,
      Mi niño, tierna rosa,
      Durmiendo se moría.

      Al huir de este mundo, ¡qué sosiego en su frente!
      Al verle yo alejarse, ¡qué borrasca la mía!

      Tierra sobre el cadáver insepulto
      Antes que empiece a corromperse..., ¡tierra!
      Ya el hoyo se ha cubierto, sosegaos,
      Bien pronto en los terrones removidos
      Verde y pujante crecerá la hierba.

      ¿Qué andáis buscando en torno de las tumbas,
      Torvo el mirar, nublado el pensamiento?
      ¡No os ocupéis de lo que al polvo vuelve!
      Jamás el que descansa en el sepulcro
      ha de tornar a amaros ni a ofenderos.

      ¡Jamás! ¿Es verdad que todo
      Para siempre acabó ya?
      No, no puede acabar lo que es eterno,
      Ni puede tener fin la inmensidad.

      Tú te fuiste por siempre; mas mi alma
      Te espera aún con amorosa afán,
      Y vendrás o iré yo, bien de mi vida,
      Allí donde nos hemos de encontrar.

      Algo ha quedado tuyo en mis entrañas
      Que no morirá jamás,
      Y que Dios, por que es justo y porque es bueno,
      A desunir ya nunca volverá.

      En el cielo, en la tierra, en lo insondable
      Yo te hallaré y me hallarás.
      No, no puede acabar lo que es eterno,
      Ni puede tener fin la inmensidad.

      Mas... es verdad, ha partido,
      Para nunca más tornar.
      Nada hay eterno para el hombre, huésped
      De un día en este mundo terrenal,
      En donde nace, vive y al fin muere,
      Cual todo nace, vive y muere acá.

      Una luciérnaga entre el musgo brilla
      Y un astro en las alturas centellea,
      Abismo arriba, y en el fondo abismo;
      ¿Qué es al fin lo que acaba y lo que queda?
      En vano el pensamiento
      Indaga y busca lo insondable, ¡oh, ciencia!
      Siempre al llegar al término ignoramos
      Qué es al fin lo que acaba y lo que queda.

      Arrodillada ante la tosca imagen,
      Mi espíritu, abismado en lo infinito,
      Impía acaso, interrogando al cielo
      Y al infierno a la vez, tiemblo y vacilo.
      ¿Qué somos? ¿Qué es la muerte? La campana
      Con sus ecos responde a mis gemidos
      Desde la altura, y sin esfuerzo el llano
      Baña ardiente mi rostro enflaquecido.
      ¡Qué horrible sufrimiento! ¡Tú tan sólo
      Lo puedes ver y comprender, Dios mío!

      ¿Es verdad que lo ves? Señor, entonces,
      Piadoso y compasivo
      Vuelve a mis ojos la celeste venda
      De la fe bienhechora que he perdido,
      Y no consientas, no, que cruce errante,
      Huérfano y sin arrimo
      Acá abajo los yermos de la vida,
      Más allá las llanadas del vacío.

      Sigue tocando a muerto, y siempre mudo
      E impasible el divino
      Rostro del Redentor, deja que envuelto
      En sombras quede el humillado espíritu.
      Silencio siempre; únicamente el órgano
      Con sus acentos místicos
      Resuena allá de la desierta nave
      Bajo el arco sombrío.

      Todo acabó quizás, menos mi pena,
      Puñal de doble filo;
      Todo menos la duda que nos lanza
      De un abismo de horror en otro abismo.

      Desierto el mundo, despoblado el cielo,
      Enferma el alma y en el polvo hundido
      El sacro altar en donde
      Se exhalaron fervientes mis suspiros,
      En mil pedazos roto
      Mi Dios, cayó al abismo,
      Y al buscarle anhelante, sólo encuentro
      La soledad inmensa del vacío.

      De improviso los ángeles
      Desde sus altos nichos
      De mármol me miraron tristemente
      Y una voz dulce resonó en mi oído:
      "Pobre alma, espera y llora
      A los pies del Altísimo:
      Mas no olvides que al cielo
      Nunca ha llegado el insolente grito
      De un corazón que de la vil materia
      Y del barro de Adán formó sus ídolos."
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    Estaciones
      Adivínase el dulce y perfumado
      Calor primaveral;
      Los gérmenes se agitan en la tierra
      Con inquietud en su amoroso afán,
      Y cruzan por los aires, silenciosos,
      Átomos que se besan al pasar.
      Hierve la sangre juvenil; se exalta
      Lleno de aliento el corazón, y audaz
      El loco pensamiento sueña y cree
      Que el hombre es, cual los dioses, inmortal.
      No importa que los sueños sean mentira,
      Ya que al cabo es verdad
      Que es venturoso el que soñando muere,
      Infeliz el que vive sin soñar.
      ¡Pero qué aprisa en este mundo triste
      Todas las cosas van!
      ¡Que las domina el vértigo creyérase!...
      La que ayer fue capullo, es rosa ya,
      Y pronto agostará rosas y plantas
      El calor estival.
      Candente está la atmósfera;
      Explora el zorro la desierta vía:
      Insalubre se torna
      Del limpio arroyo el agua cristalina,
      El pino aguarda inmóvil
      Los besos inconstantes de la brisa.
      Imponente silencio
      Agobia la campiña;
      Sólo el zumbido del insecto se oye
      En las extensas y húmedas umbrías;
      Monótono y constante
      Como el sordo estertor de la agonía.
      Bien pudiera llamarse, en el estío,
      La hora del mediodía,
      Noche en que al hombre de luchar cansado
      Más que nunca le irritan,
      De la materia la imponente fuerza
      Y del alma las ansias infinitas.
      Volved, ¡oh, noches de invierno frío,
      Nuestras viejas amantes de otros días!
      Tornad con vuestros hielos y crudezas
      A refrescar la sangre enardecida
      Por el estío insoportable y triste...
      ¡Triste!... ¡Lleno de pámpanos y espigas!
      Frío y calor, otoño o primavera,
      ¿Dónde..., dónde se encuentra la alegría?
      Hermosas son las estaciones todas
      Para el mortal que en sí guarda la dicha;
      Mas para el alma desolada y huérfana,
      No hay estación risueña ni propicia.
    Arriba

    Hora tras hora
      Hora tras hora, día tras día,
      Entre el cielo y la tierra que quedan
      Eternos vigías,
      Como torrente que se despeña,
      Pasa la vida.

      Devolvedle a la flor su perfume
      Después de marchita;
      De las ondas que besan la playa
      Y que una tras otra besándola expiran.
      Recoged los rumores, las quejas,
      Y en planchas de bronce grabad su armonía.

      Tiempos que fueron, llantos y risas,
      Negros tormentos, dulces mentiras,
      ¡Ay!, ¿en dónde su rastro dejaron,
      En dónde, alma mía?
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    La canción que oyó en sueños el viejo (fragmento)
      De pronto el corazón, con ansia extrema
      Mezclada a un tiempo de placer y espanto,
      Latió, mientras su labio murmuraba:
      "¡No, los muertos no vuelven de sus antros!

      Él era y no era él; mas su recuerdo,
      Dormido en lo profundo
      Del alma, despertóse con violencia
      Rencoroso y adusto.

      -No soy yo, ¡pero soy! -murmuró el viento--,
      Y vuelvo, amada mía,
      Desde la eternidad para dejarte
      Ver otra vez mi incrédula sonrisa.

      "¡Aún has de ser feliz! -te dije un tiempo,
      Cuando me hallaba al borde de la tumba-.
      Aún has de amar-; y tú, con fiero enojo,
      Me respondiste: "¡Nunca!-

      "¡Ah! ¿Del mudable corazón has visto
      Los recónditos pliegues?-,
      Volví a decirte. y tú, llorando a mares,
      Repetiste: "¡Tú solo, y para siempre!..

      Después, era una noche como aquéllas;
      Y un rayo de la luna, el mismo acaso
      Que a ti y a mí nos alumbró importuno,
      Os alumbraba a entrambos.

      Cantaba un grillo en el vecino muro,
      Y todo era silencio en la campiña,
      ¿No te acuerdas, mujer? Yo vine entonces,
      Sombra, remordimiento o pesadilla.

      Mas tú, engañada recordando al muerto,
      Pero también del vivo enamorada,
      Te olvidaste del cielo y de la tierra
      Y condenaste el alma.

      Una vez, una sola,
      Aterrada volviste de ti misma,
      ¡Como para sentir mejor la muerte,
      De la sima al caer, vuelve la víctima!
      Y aún entonces, ¡extraño cuanto horrible
      Reflejo del pasado!,
      El abrazo convulso de tu amante
      Te recordó, mujer, nuestros abrazos.

      "¡Aún has de ser feliz!-, te dije un tiempo,
      Y me engañé. No puede
      Serlo quien lleva la traición por guía,
      Y a su sombra mortífera se duerme.

      "¡Aún has de amar!-, te repetí, y amaste,
      Y protector asilo
      Diste, desventurada, a una serpiente
      En aquel corazón que fuera mío.

      Emponzoñada estás; odios y penas
      Te acosan y persiguen,
      Y yo casi con lástima contemplo
      Tu pecado y tu mancha irredemibles.

      ¡Mas, vengativo, al cabo yo te amaba
      Ardientemente y te amo todavía!...
      Vuelvo para dejarte
      Ver otra vez mi incrédula sonrisa.
    Arriba

    Lágrima triste en mi dolor vertida
      A la memoria de Aurelio Aguirre.

      Lágrima triste en mi dolor vertida,
      Perla del corazón que entre tormentas
      Fue en largas horas de pesar nacida,
      En fúnebre memoria convertida
      La flor será que a tu corona enlace;
      Las horas de la vida turbulentas
      Ajan las flores y el laurel marchitan;
      Pero lágrimas, ¡ay!, que el alma esconde,
      Llanto de duelo que el dolor fecunda,
      Si el triste hueco de una tumba anega
      Y sus húmedos hálitos inunda,
      Ni el sol de fuego que en Oriente nace
      Seco su manantial a dejar llega
      Ni en sutiles vapores le deshace,
      ¡Y es manantial fecundo el llanto mío
      Para verter sobre un sepulcro amado
      De mil recuerdos caudaloso río!
    Arriba

    Las campanas
      Yo las amo, yo las oigo,
      Cual oigo el rumor del viento,
      El murmurar de la fuente
      O el balido de cordero.

      Como los pájaros, ellas,
      Tan pronto asoma en los cielos
      El primer rayo del alba,
      Le saludan con sus ecos.

      Y en sus notas, que van prolongándose
      Por los llanos y los cerros,
      Hay algo de candoroso,
      De apacible y de halagüeño.

      Si por siempre enmudecieran,
      ¡Qué tristeza en el aire y el cielo!
      ¡Qué silencio en la iglesia!
      ¡Qué extrañeza entre los muertos!
    Arriba

    Los robles
      1

      Allá en tiempos que fueron, y el alma
      Han llenado de santos recuerdos,
      De mi tierra en los campos hermosos,
      La riqueza del pobre era el fuego,
      Que al brillar de la choza en el fondo,
      Calentaba los rígidos miembros
      Por el frío y el hambre ateridos
      Del niño y del viejo.

      De la hoguera sentados en torno,
      En sus brazos la madre arrullaba
      Al infante robusto;
      Daba vuelta, afanosa la andana
      En sus dedos nudosos, al huso,
      Y al alegre fulgor de la llama,
      Ya la joven la harina cernía,
      O ya desgranaba
      Con su mano callosa y pequeña,
      Del maíz las mazorcas doradas.

      Y al amor del hogar calentándose
      En invierno, la pobre familia
      Campesina, olvidaba la dura
      Condición de su suerte enemiga;
      Y el anciano y el niño, contentos
      En su lecho de paja dormían,
      Como duerme el polluelo en su nido
      Cuando el ala materna le abriga.

      2

      Bajo el hacha implacable, ¡cuán presto
      En tierra cayeron
      Encinas y robles!;
      Y a los rayos del alba risueña,
      ¡Qué calva aparece
      La cima del monte!

      Los que ayer fueron bosques y selvas
      De agreste espesura,
      Donde envueltas en dulce misterio
      Al rayar el día
      Flotaban las brumas,
      Y brotaba la fuente serena
      Entre flores y musgos oculta,
      Hoy son áridas lomas que ostentan
      Deformes y negras
      Sus hondas cisuras.

      Ya no entonan en ellas los pájaros
      Sus canciones de amor, ni se juntan
      Cuando mayo alborea en la fronda
      Que quedó de sus robles desnuda.
      Sólo el viento al pasar trae el eco
      Del cuervo que grazna,
      Del lobo que aúlla.

      3

      Una mancha sombría y extensa
      Borda a trechos del monte la falda,
      Semejante a legión aguerrida
      Que acampase en la abrupta montaña
      Lanzando alaridos
      De sorda amenaza.

      Son pinares que al suelo, desnudo
      De su antiguo ropaje, le prestan
      Con el suyo el adorno salvaje
      Que resiste del tiempo a la afrenta
      Y corona de eterna verdura
      Las ásperas breñas.

      Árbol duro y altivo, que gustas
      De escuchar el rumor del Océano
      Y gemir con la brisa marina
      De la playa en el blanco desierto,
      ¡Yo te amo!, y mi vista reposa
      Con placer en los tibios reflejos
      Que tu copa gallarda iluminan
      Cuando audaz se destaca en el cielo,
      Despidiendo la luz que agoniza,
      Saludando la estrella del véspero.

      Pero tú, sacra encina del celta,
      Y tú, roble de ramas añosas,
      Sois más bellos con vuestro follaje
      Que si mayo las cumbres festona
      Salpicadas de fresco rocío
      Donde quiebra sus rayos la aurora,
      Y convierte los sotos profundos
      En mansión de gloria.

      Más tarde, en otoño
      Cuando caen marchitas tus hojas,
      ¡Oh roble!, y con ellas
      Generoso los musgos alfombras,
      ¡Qué hermoso está el campo;
      La selva, qué hermosa!

      Al recuerdo de aquellos rumores
      Que al morir el día
      Se levantan del bosque en la hondura
      Cuando pasa gimiendo la brisa
      Y remueve con húmedo soplo
      Tus hojas marchitas
      Mientras corre engrosado el arroyo
      En su cauce de frescas orillas,

      Estremécese el alma pensando
      Dónde duermen las glorias queridas
      De este pueblo sufrido, que espera
      Silencioso en su lecho de espinas
      Que suene su hora
      Y llegue aquel día
      En que venza con mano segura,
      Del mal que le oprime,
      La fuerza homicida.

      4

      Torna, roble, árbol patrio, a dar sombra
      Cariñosa a la escueta montaña
      Donde un tiempo la gaita guerrera105
      Alentó de los nuestros las almas
      Y compás hizo al eco monótono
      Del canto materno,
      Del viento y del agua,
      Que en las noches del invierno al infante
      En su cuna de mimbre arrullaban.

      Que tan bello apareces, ¡oh roble!
      De este suelo en las cumbres gallardas
      Y en las suaves graciosas pendientes
      Donde umbrosas se extienden tus ramas,
      Como en rostro de pálida virgen
      Cabellera ondulante y dorada,
      Que en lluvia de rizos
      Acaricia la frente de nácar.

      ¡Torna presto a poblar nuestros bosques;
      Y que tornen contigo las hadas
      Que algún tiempo a tu sombra tejieron
      Del héroe gallego
      Las frescas guirnaldas!

      15

      Alma que vas huyendo de ti misma,
      ¿Qué buscas, insensata, en las demás?
      Si secó en ti la fuente del consuelo,
      Secas todas las fuentes has de hallar.
      ¡Que hay en el cielo estrellas todavía,
      Y hay en la tierra flores perfumadas!
      ¡Sí...! Mas no son ya aquellas
      Que tú amaste y te amaron, desdichada.

      16

      Cuando recuerdo del ancho bosque
      El mar dorado
      De hojas marchitas que en el otoño
      Agita el viento con soplo blando,
      Tan honda angustia nubla mi alma,
      Turba mi pecho,
      Que me pregunto:
      "¿Por qué tan terca,
      Tan fiel memoria me ha dado el cielo?"

      17

      Del antiguo camino a lo largo,
      Ya un pinar, ya una fuente aparece,
      Que brotando en la peña musgosa
      Con estrépito al valle desciende.
      Y brillando del sol a los rayos
      Entre un mar de verdura se pierden,
      Dividiéndose en limpios arroyos
      Que dan vida a las flores silvestres
      Y en el Sar se confunden, el río
      Que cual niño que plácido duerme,
      Reflejando el azul de los cielos,
      Lento corre en la fronda a esconderse.

      No lejos, en soto profundo de robles,
      En donde el silencio sus alas extiende,
      Y da abrigo a los genios propicios,
      A nuestras viviendas y asilos campestres,
      Siempre allí, cuando evoco mis sombras,
      O las llamo, respóndenme y vienen.

      18

      Ya duermen en su tumba las pasiones
      El sueño de la nada;
      ¿Es, pues, locura del doliente espíritu,
      O gusano que llevo en mis entrañas?
      Yo sólo sé que es un placer que duele,
      Que es un dolor que atormentando halaga,
      Llama que de la vida se alimenta,
      Mas sin la cual la vida se apagara.

      19

      Creyó que era eterno tu reino en el alma,
      Y creyó tu esencia, esencia inmortal;
      Mas, si sólo eres nube que pasa,
      Ilusiones que vienen y van,
      Rumores del onda que rueda y que muere
      Y nace de nuevo y vuelve a rodar,
      Todo es sueño y mentira en la tierra,
      ¡No existes, verdad!

      20

      Ya siente que te extingues en su seno,
      Llama vital, que dabas
      Luz a su espíritu, a su cuerpo fuerzas,
      Juventud a su alma.

      Ya tu calor no templará su sangre,
      Por el invierno helada,
      Ni harás latir su corazón, ya falto
      De aliento y de esperanza.

      Será cual astro que apagado y solo,
      Perdido va por la extensión del cielo,
      Mudo, ciego, insensible,
      Sin goces, ni tormentos.

      21

      No subas tan alto, pensamiento loco,
      Que el que más alto sube más hondo cae,
      Ni puede el alma gozar del cielo
      Mientras que vive envuelta en la carne.

      Por eso las grandes dichas de la tierra
      Tienen siempre por término grandes catástrofes.
    Arriba

    Los tristes
      1

      De la torpe ignorancia que confunde
      Lo mezquino y lo inmenso;
      De la dura injusticia del más alto,
      De la saña mortal de los pequeños,
      ¡No es posible que huyáis! cuando os conocen
      Y os buscan, como busca el zorro hambriento
      A la indefensa tórtola en los campos;
      Y al querer esconderos
      De sus cobardes iras, ya en el monte,
      En la ciudad o en el retiro estrecho,
      ¡Ahí va!, exclaman, ¡ahí va!, y allí os insultan
      Y señalan con íntimo contento
      Cual la mano implacable y vengativa
      Señala al triste y fugitivo reo.

      2

      Cayó por fin en la espumosa y turbia
      Recia corriente, y descendió al abismo
      Para no subir más a la serena
      Y tersa superficie. En lo más íntimo
      Del noble corazón ya lastimado,
      Resonó el golpe doloroso y frío
      Que ahogando la esperanza
      Hace abatir los ánimos altivos,
      Y plegando las alas torvo y mudo,
      En densa niebla se envolvió su espíritu.

      3

      Vosotros, que lograsteis vuestros sueños,
      ¿Qué entendéis de sus ansias malogradas?
      Vosotros, que gozasteis y sufristeis,
      ¿Qué comprendéis de sus eternas lágrimas?
      Y vosotros, en fin, cuyos recuerdos
      Son como niebla que disipa el alba,
      ¡Qué sabéis del que lleva de los suyos
      La eterna pesadumbre sobre el alma!

      4

      Cuando en la planta con afán cuidada
      La fresca yema de un capullo asoma,
      Lentamente arrastrándose entre el césped,
      Le asalta el caracol y la devora.

      Cuando de un alma atea,
      En la profunda oscuridad medrosa
      Brilla un rayo de fe, viene la duda
      Y sobre él tiende su gigante sombra.

      5

      En cada fresco brote, en cada rosa erguida,
      Cien gotas de rocío brillan al sol que nace;
      Mas él ve que son lágrimas que derraman los tristes
      Al fecundar la tierra con su preciosa sangre.

      Henchido está el ambiente de agradables aromas,
      Las aguas y los vientos cadenciosos murmuran;
      Mas él siente que rugen con sordo clamoreo
      De sofocados gritos y de amenazas mudas.

      ¡No hay duda! De cien astros nuevos, la luz radiante
      Hasta las más recónditas profundidades llega;
      Mas sus hermosos rayos
      Jamás en torno suyo rompen la bruma espesa.

      De la esperanza, ¿en dónde crece la flor ansiada?
      Para él, en dondequiera al retoñar se agosta,
      Ya bajo las escarchas del egoísmo estéril,
      O ya del desengaño a la menguada sombra.

      ¡Y en vano el mar extenso y las vegas fecundas,
      Los pájaros, las flores y los frutos que siembran!
      Para el desheredado, sólo hay bajo del cielo
      Esa quietud sombría que infunde la tristeza.

      6

      Cada vez huye más de los vivos,
      Cada vez habla más con los muertos
      Y es que cuando nos rinde el cansancio
      Propicio a la paz y al sueño,
      El cuerpo tiende al reposo,
      El alma tiende a lo eterno.

      7

      Así como el lobo desciende a poblado,
      Si acaso en la sierra se ve perseguido,
      Huyendo del hombre que acosa a los tristes,
      Buscó entre las fieras el triste un asilo.

      El sol calentaba su lóbrega cueva,
      Piadosa velaba su sueño la luna
      El árbol salvaje le daba sus frutos,
      La fuente sus aguas de grata frescura.

      Bien pronto los rayos del sol se nublaron.
      La luna entre brumas veló su semblante,
      Secóse la fuente, y el árbol nególe,
      Al par que su sombra, sus frutos salvajes.

      Dejando la sierra buscó en la llanura
      De otro árbol el fruto, la luz de otro cielo;
      Y a un río profundo, de nombre ignorado,
      Pidióle aguas puras su labio sediento.

      ¡Ya en vano!, sin tregua siguióle la noche,
      La sed que atormenta y el hambre que mata;
      ¡Ya en vano!, que ni árbol, ni cielo, ni río,
      Le dieron su fruto, su luz, ni sus aguas.

      Y en tanto el olvido, la duda y la muerte
      Agrandan las sombras que en torno le cercan,
      Allá en lontananza la luz de la vida,
      Hiriendo sus ojos feliz centellea.

      Dichosos mortales a quien la fortuna
      Fue siempre propicia... ¡Silencio!, ¡silencio!,
      Si veis tantos seres que corren buscando
      Las negras corrientes del hondo Leteo.
    Arriba

    Los unos altísimos
      Los unos altísimos,
      Los otros menores,
      Con su eterno verdor y frescura,
      Que inspira a las almas
      Agrestes canciones,
      Mientras gime al chocar con las aguas
      La brisa marina de aromas salobres,
      Van en ondas subiendo hacia el cielo
      Los pinos del monte.

      De la altura la bruma desciende
      Y envuelve las copas
      Perfumadas, sonoras y altivas
      De aquellos gigantes
      Que el Castro coronan;
      Brilla en tanto a sus pies el arroyo
      Que alumbra risueña
      La luz de la aurora,
      Y los cuervos sacuden sus alas,
      Lanzando graznidos
      Y huyendo la sombra.

      El viajero, rendido y cansado,
      Que ve del camino la línea escabrosa
      Que aún le resta que andar, anhelara,
      Deteniéndose al pie de la loma,
      De repente quedar convertido
      En pájaro o fuente,
      En árbol o en roca.
    Arriba

    Margarita
      1

      ¡Silencio, los lebreles
      De la jauría maldita!
      No despertéis a la implacable fiera
      Que duerme silenciosa en su guarida.
      ¿No veis que de sus garras
      Penden gloria y honor, reposo y dicha?

      Prosiguieron aullando los lebreles...
      -Los malos pensamientos homicidas!-
      Y despertaron la temible fiera...
      -¡La pasión que en el alma se adormía!-
      Y ¡adiós! en un momento,
      ¡Adiós gloria y honor, reposo y dicha!

      2

      Duerme el anciano padre, mientras ella
      A la luz de la lámpara nocturna
      Contempla el noble y varonil semblante
      Que un pesado sueño abruma.

      Bajo aquella triste frente
      Que los pesares anublan,
      Deben ir y venir torvas visiones,
      Negras hijas de la duda.

      Ella tiembla..., vacila y se estremece...
      ¿De miedo acaso, o de dolor y angustia?
      Con expresión de lastima infinita,
      No sé qué rezos murmura.

      Plegaria acaso santa, acaso impía,
      Trémulo el labio a su pesar pronuncia,
      Mientras dentro del alma la conciencia
      Contra las pasiones lucha.

      ¡Batalla ruda y terrible
      Librada ante la víctima, que muda
      Duerme el sueño intranquilo de los tristes
      A quien ha vuelto el rostro la fortuna!

      Y él sigue en reposo, y ella,
      Que abandona la estancia, entre las brumas
      De la noche se pierde, y torna al alba,
      Ajado el velo..., en su mirar la angustia.

      Carne, tentación, demonio,
      ¡Oh!, ¿de cuál de vosotros es la culpa?
      ¡Silencio...! El día soñoliento asoma
      Por las lejanas alturas,
      Y el anciano despierto, ella risueña,
      Ambos su pena ocultan,
      Y fingen entregarse indiferentes
      A las faenas de su vida oscura.

      3

      La culpada calló, mas habló el crimen...
      Murió el anciano, y ella, la insensata,
      Siguió quemando incienso en su locura,
      De la torpeza ante las negras aras,
      Hasta rodar en el profundo abismo,
      Fiel a su mal, de su dolor esclava.

      ¡Ah! Cuando amaba el bien, ¿cómo así pudo
      Hacer traición a su virtud sin mancha,
      Malgastar las riquezas de su espíritu,
      Vender su cuerpo, condenar su alma?

      Es que en medio del vaso corrompido
      Donde su sed ardiente se apagaba,
      De un amor inmortal los leves átomos,
      Sin mancharse, en la atmósfera flotaban.

      Sedientas las arenas, en la playa
      Sienten del sol los besos abrasados,
      Y no lejos, las ondas, siempre frescas,
      Ruedan pausadamente murmurando.
      Pobres arenas, de mi suerte imagen:
      No sé lo que me pasa al contemplaros,
      Pues como yo sufrís, secas y mudas,
      El suplicio sin término de Tántalo.

      Pero ¿quién sabe...? Acaso luzca un día
      En que, salvando misteriosos límites,
      Avance el mar y hasta vosotras llegue
      A apagar vuestra sed inextinguible.

      ¡Y quién sabe también si tras de tantos
      Siglos de ansias y anhelos imposibles,
      Saciará al fin su sed el alma ardiente
      Donde beben su amor los serafines!
    Arriba

    Meditación en el umbral
      No, no es la solución
      Tirarse bajo un tren como la Ana de Tolstoy
      Ni apurar el arsénico de Madame Bovary
      Ni aguardar en los páramos de Ávila la visita
      Del ángel con venablo
      Antes de liarse el manto a la cabeza
      Y comenzar a actuar.
      Ni concluir las leyes geométricas, contando
      Las vigas de la celda de castigo
      Como lo hizo Sor Juana. No es la solución
      Escribir, mientras llegan las visitas,
      En la sala de estar de la familia Austen
      Ni encerrarse en el ático
      De alguna residencia de la Nueva Inglaterra
      Y soñar, con la Biblia de los Dickinson,
      Debajo de una almohada de soltera.
      Debe haber otro modo que no se llame Safo
      Ni Mesalina ni María Egipciaca
      Ni Magdalena ni Clemencia Isaura.
      Otro modo de ser humano y libre.
      Otro modo de ser.
    Arriba

    Negra sombra
      Cuando pienso que te fuiste,
      Negra sombra que me asombras,
      A los pies de mis cabezales,
      Tornas haciéndome mofa.
      Cuando imagino que te has ido,
      En el mismo sol te me muestras,
      Y eres la estrella que brilla,
      Y eres el viento que zumba.
      Si cantan, eres tú que cantas,
      Si lloran, eres tú que lloras,
      Y eres el murmullo del río
      Y eres la noche y eres la aurora.
      En todo estás y tú eres todo,
      Para mí y en mí misma moras,
      Ni me abandonarás nunca,
      Sombra que siempre me asombras.
    Arriba

    Orillas del Sar
      I

      A través del follaje perenne
      Que oír deja rumores extraños,
      Y entre un mar de ondulante verdura,
      Amorosa mansión de los pájaros,
      Desde mis ventanas veo
      El templo que quise tanto.

      El templo que tanto quise...
      Pues no sé decir ya si le quiero,
      Que en el rudo vaivén que sin tregua
      Se agitan mis pensamientos,
      Dudo si el rencor adusto
      Vive unido al amor en mi pecho.

      II

      Otra vez, tras la lucha que rinde
      Y la incertidumbre amarga
      Del viajero que errante no sabe
      Dónde dormirá mañana,
      En sus lares primitivos
      Halla un breve descanso mi alma.

      Algo tiene este blando reposo
      De sombrío y de halagüeño,
      Cual lo tiene en la noche callada
      De un ser amado el recuerdo,
      Que de negras traiciones y dichas
      Inmensas, nos habla a un tiempo.

      Ya no lloro..., y no obstante, agobiado
      Y afligido mi espíritu, apenas
      De su cárcel estrecha y sombría
      Osa dejar las tinieblas
      Para bañarse en las ondas
      De luz que el espacio llenan.

      Cual si en suelo extranjero me hallase,
      Tímida y hosca, contemplo
      Desde lejos los bosques y alturas
      Y los floridos senderos
      Donde en cada rincón me aguardaba
      La esperanza sonriendo.

      III

      Oigo el toque sonoro que entonces
      A mi lecho a llamarme venía
      Con sus ecos, que el alba anunciaban,
      Mientras, cual dulce caricia,
      Un rayo de sol dorado
      Alumbraba mi estancia tranquila.

      Puro el aire, la luz sonrosada,
      ¡Qué despertar tan dichoso!
      Yo veía entre nubes de incienso
      Visiones con alas de oro
      Que llevaban la venda celeste
      De la fe sobre sus ojos...

      Ese sol es el mismo, mas ellas
      No acuden a mi conjuro;
      Y a través del espacio y las nubes,
      Y del agua en los limbos confusos,
      Y del aire en la azul transparencia,
      ¡Ay!, ya en vano las llamo y las busco.

      Blanca y desierta la vía
      Entre los frondosos setos
      Y los bosques y arroyos que bordan
      Sus orillas, con grato misterio
      Atraerme parece y brindarme
      A que siga su línea sin término.

      Bajemos, pues, que el camino
      Antiguo nos saldrá al paso,
      Aunque triste, escabroso y desierto,
      Y cual nosotros cambiado,
      Lleno aún de las blancas fantasmas
      Que en otro tiempo adoramos.

      IV

      Tras de inútil fatiga, que mis fuerzas agota,
      Caigo en la senda amiga, donde una fuente brota
      Siempre serena y pura;
      Y con mirada incierta, busco por la llanura
      No sé qué sombra vana o qué esperanza muerta,
      No sé qué flor tardía de virginal frescura
      Que no crece en la vía arenosa y desierta.

      De la oscura Trabanca tras la espesa arboleda,
      Gallardamente arranca al pie de la vereda
      La Torre y sus contornos cubiertos de follaje,
      Prestando a la mirada descanso en su ramaje
      Cuando de la ancha vega, por vivo sol bañada
      Que las pupilas ciega,
      Atraviesa el espacio, gozosa y deslumbrada.

      Como un eco perdido, como un amigo acento
      Que suena cariñoso,
      El familiar chirrido del carro perezoso
      Corre en las alas del viento y llega hasta mi oído
      Cual en aquellos días hermosos y brillantes
      En que las ansias mías eran quejas amantes,
      Eran dorados sueños y santas alegrías.

      Ruge la Presa lejos..., y, de las aves nido,
      Fondóns cerca descansa;
      La cándida abubilla bebe en el agua mansa
      Donde un tiempo he creído de la esperanza hermosa
      Beber el néctar sano, y hoy bebiera anhelosa
      Las aguas del olvido, que es de la muerte hermano:
      Donde de los vencejos que vuelan en la altura
      La sombra se refleja;
      Y en cuya linfa pura, blanca, el nenúfar brilla
      Por entre la verdura de la frondosa orilla.

      V

      ¡Cuán hermosa es tu vega! ¡Oh, Padrón! ¡Oh, Iria Flavia!
      Mas el calor, la vida juvenil y la savia
      Que extraje de tu seno,
      Como el sediento niño el dulce jugo extrae
      Del pecho blanco y lleno,
      De mi existencia oscura en el torrente amargo
      Pasaron, cual barridas por la inconstancia ciega,
      Una visión de armiño, una ilusión querida,
      Un suspiro de amor.

      De tus suaves rumores la acorde consonancia,
      Ya para el alma yerta, tornóse bronca y dura
      A impulsos del dolor;
      Secáronse tus flores de virginal fragancia;
      Perdió su azul tu cielo, el campo su frescura,
      El alba su candor.

      La nieve de los años, de la tristeza el hielo
      Constante, al alma niegan toda ilusión amada,
      Todo dulce consuelo.
      Sólo los desengaños preñados de temores,
      Y de la duda el frío,
      Avivan los dolores que siente el pecho mío,
      Y ahondando mi herida,
      Me destierran del cielo, donde las fuentes brotan
      Eternas de la vida.

      VI

      ¡Oh, tierra, antes y ahora, siempre fecunda y bella!
      Viendo cuán triste brilla nuestra fatal estrella,
      Del Sar cabe la orilla,
      Al acabarme, siento la sed devoradora
      Y jamás apagada que ahoga el sentimiento,
      Y el hambre de justicia, que abate y anonada
      Cuando nuestros clamores los arrebata el viento
      De tempestad airada.

      Ya en vano el tibio rayo de la naciente aurora
      Tras del Miranda altivo,
      Valles y cumbres dora con su resplandor vivo;
      En vano llega mayo de sol y aromas lleno,
      Con su frente de niño de rosas coronada,
      Y con su luz serena:
      En mi pecho ve juntos el odio y el cariño,
      Mezcla de gloria y pena,
      Mi sien por la corona del mártir agobiada
      Y para siempre frío y agotado mi seno.

      VII

      Ya que de la esperanza, para la vida mía,
      Triste y descolorido ha llegado el ocaso,
      A mi morada oscura, desmantelada y fría
      Tornemos paso a paso,
      Porque con su alegría no aumente mi amargura
      La blanca luz del día.

      Contenta el negro nido busca el ave agorera,
      Bien reposa la fiera en el antro escondido,
      En su sepulcro el muerto, el triste en el olvido,
      Y mi alma en su desierto.
    Arriba

    Pobre alma sola
      ¡Pobre alma sola!, no te entristezcas,
      Deja que pasen, deja que lleguen
      La primavera y el triste otoño,
      Ora el estío y ora las nieves;

      Que no tan sólo para ti corren
      Horas y meses;
      Todo contigo, seres y mundos
      De prisa marchan, todo envejece;

      Que hoy, mañana, antes y ahora,
      Lo mismo siempre,
      Hombres y frutos, plantas y flores,
      Vienen y vanse, nacen y mueren.

      Cuando te apene lo que atrás dejas,
      Recuerda siempre
      Que es más dichoso quien de la vida
      Mayor espacio corrido tiene.
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    Recuerda el trinar del ave
      Recuerda el trinar del ave
      Y el chasquido de los besos;
      Los rumores de la selva,
      Cuando en ella gime el viento,
      Y del mar las tempestades,
      Y la bronca voz del trueno;
      Todo halla un eco en las cuerdas
      Del arpa que pulsa el genio.

      Pero aquel sordo latido
      Del corazón que está enfermo
      De muerte, y que de amor muere
      Y que resuena en el pecho
      Como en bordón que se rompe
      Dentro de un sepulcro hueco,
      Es tan triste y melancólico,
      Tan horrible y tan supremo,
      Que jamás el genio pudo
      Repetirlo con sus ecos.
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    Sed de amores tenía
      Sed de amores tenía, y dejaste
      Que la apagase en tu boca,
      ¡Piadosa samaritana!
      Y te encontraste sin honra,
      Ignorando que hay labios que secan
      Y que manchan cuanto tocan.
      ¡Lo ignorabas..., y ahora lo sabes!
      Pero yo sé también, pecadora
      Compasiva, porque a veces
      Hay compasiones traidoras,
      Que si el sediento volviese
      A implorar misericordia,
      Su sed de nuevo apagaras,
      Samaritana piadosa.
      No volverá te lo juro;
      Desde que una fuente enlodan
      Con su pico esas aves de paso,
      Se van a beber a otra.
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    Soledad
      Un manso río, una vereda estrecha,
      Un campo solitario y un pinar,
      Y el viejo puente rústico y sencillo
      Completando tan grata soledad.

      ¿Qué es soledad? Para llenar el mundo
      Basta a veces un solo pensamiento.
      Por eso hoy, hartos de belleza, encuentras
      El puente, el río y el pinar desiertos.

      No son nube ni flor los que enamoran;
      Eres tú, corazón, triste o dichoso,
      Ya del dolor y del placer el árbitro,
      Quien seca el mar y hace habitable el polo.
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    Te amo... ¿Por qué me odias?
      Te amo... ¿Por qué me odias?
      -Te odio... ¿Por qué me amas?
      Secreto es éste el más triste
      Y misterioso del alma.

      Mas ello es verdad... ¡Verdad
      Dura y atormentadora!
      -Me odias porque te amo;
      Te amo porque me odias.
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    Tú para mí, yo para ti, bien mío
      I

      Tú para mí, yo para ti, bien mío
      -Murmurábais los dos-
      "Es el amor la esencia de la vida,
      No hay vida sin amor".

      ¡Qué tiempo aquel de alegres armonías!...
      ¡Qué albos rayos de sol!...
      ¡Qué tibias noches de susurros llenas,
      Qué horas de bendición!

      ¡Qué aroma, qué perfumes, qué belleza
      En cuanto Dios crió,
      Y cómo entre sonrisas murmurábais:
      "¡No hay vida sin amor!"

      II

      Después, cual lampo fugitivo y leve,
      Como soplo veloz,
      Pasó el amor..., la esencia de la vida...;
      Mas... aún vivís los dos.

      "Tú de otro, y de otra yo" , dijísteis luego.
      ¡Oh mundo engañador!
      Ya no hubo noches de serena calma,
      Brilló enturbiado el sol!...

      ¿Y aún, vieja encina, resististe? ¿Aún late,
      Mujer, tu corazón?
      No es tiempo ya de delirar, no torna
      Lo que por siempre huyó.

      No sueñes, ¡ay!, pues que llegó el invierno
      Frío y desolador.
      Huella la nieve, valerosa, y cante
      Enérgica tu voz.
      ¡Amor, llam inmortal, rey de la tierra,
      Ya para siempre, adiós!
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    Una sombra tristísima, indefinible y vaga
      Una sombra tristísima, indefinible y vaga
      Como lo incierto, siempre ante mis ojos va
      Tras de otra vaga sombra que sin cesar la huye,
      Corriendo sin cesar.
      Ignoro su destino...; mas no sé por qué temo
      Al ver su ansia mortal,
      Que ni han de parar nunca, ni encontrarse jamás.
    Arriba

    Ya duermen en su tumba las pasiones
      Ya duermen en su tumba las pasiones
      El sueño de la nada;
      ¿Es, pues, locura del doliente espíritu,
      O gusano que llevo en mis entrañas?
      Yo sólo sé que es un placer que duele,
      Que es un dolor que atormentado halaga,
      Llama que de la vida se alimenta,
      Mas sin la cual la vida se apagara.
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    Ya no mana la fuente
      Ya no mana la fuente, se agotó el manantial;
      Ya el viajero allí nunca va su sed a apagar.

      Ya no brota la hierba, ni florece el narciso,
      Ni en los aires esparcen su fragancia los lirios.

      Sólo el cauce arenoso de la seca corriente
      Le recuerda al sediento el horror de la muerte.

      ¡Mas no importa! A lo lejos otro arroyo murmura
      Donde humildes violetas el espacio perfuman.

      Y de un sauce el ramaje, al mirarse en las ondas,
      Tiende en torno del agua su fresquísima sombra.

      El sediento viajero que el camino atraviesa,
      Humedece los labios en la linfa serena
      Del arroyo que el árbol con sus ramas sombrea,
      Y dichoso se olvida de la fuente ya seca.
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    Yo no sé lo que busco eternamente
      Yo no sé lo que busco eternamente
      En la tierra, en el aire y en el cielo;
      Yo no sé lo que busco; pero es algo
      Que perdí no sé cuando y que no encuentro,
      Aún cuando sueñe que invisible habita
      En todo cuanto toco y cuanto veo.
      Felicidad, no he de volver a hallarte
      En la tierra, en el aire, ni en el cielo,
      Y aún cuando sé que existes
      Y no eres vano sueño!
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Cristobalina Fernández de Alarcón

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    Información biográfica

  1. A San Ignacio de Loyola y San Francisco Javier
  2. A Santa Teresa
  3. Canción amorosa
  4. Quintillas a San Ignacio de Loyola y San Francisco Javier
  5. Virgen, no hay alba; dígalo el Carmelo


Información biográfica
    Nombre: Cristobalina Fernández de Alarcón
    Lugar y fecha nacimiento: Antequera, Málaga, 1576
    Lugar y fecha defunción: Antequera, Málaga, 16 de septiembre de 1646 (70 años)
    Ocupación: Escritora, poeta
    Época: Siglo de Oro
    Estilo: Influencias humanistas

    Fuente: [Cristobalina Fernández de Alarcón] en Wikipedia.org
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    A San Ignacio de Loyola y San Francisco Javier
      Sale dando matices de escarlata
      Al cielo de zafir el sol dorado
      Y el grato al resplandor que le ha prestado
      Todo planeta influye en luz de plata.
      Si en un espejo el cielo se retrata,
      De estrellas, cielo y sol se ve un traslado,
      Mas si el cristal por arte es ochavado,
      En diversas esferas se dilata.
      Javier e Ignacio a Dios, que es sol, imitan
      En la Iglesia, cristal de la triunfante,
      Distinta en dos opuestos paralelos.
      Mas no en la unión que entre ambos solicitan,
      Siendo el uno en Poniente, otro en Levante,
      Dos planetas, dos soles en dos cielos.
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    A Santa Teresa
      Engastada en rizos de oro
      La bella nevada frente
      Descubriendo más tesoro
      Que cuando sale de Oriente
      Febo con mayor decoro;
      En su rostro celestial
      Mezclado el carmín de Tiro
      Con alabastro y cristal;
      En sus ojos el zafiro,
      Y en sus labios el coral
      El cuerpo de nieve pura
      Que excede toda blancura,
      Vestido del Sol los rayos
      Vertiendo Abriles y Mayos
      De la blanca vestidura:
      En la diestra refulgente
      Que mil aromas derrama
      Un dardo resplandeciente,
      Que lo remata la llama
      De un globo de fuego ardiente;
      Batiendo en ligero vuelo
      La pluma que al oro afrenta,
      Bajó un serafín del Cielo
      Y a él los ojos se presenta
      Del serafín del Carmelo.
      Y puesto ante la doncella
      Mirando el extremo de ella,
      Dudara cualquier sentido
      Si él la excede en lo encendido
      O ella le excede en ser bella;
      Mas viendo tanta excelencia
      Como en ella puso Dios,
      Pudiera dar por sentencia
      Que en el amor de los dos
      Es poca la diferencia.
      Y por dar más perfección
      A tan angélico intento,
      El que bajó de Sión,
      Con el ardiente instrumento
      Le atravesó el corazón.
      Dejóla el dolor profundo
      De aquel fuego sin segundo
      Con que el corazón le inflama,
      Y la fuerza de su llama
      Viva a Dios y muerta al mundo.
      Que para mostrar mejor
      Cuánto esta prenda le agrada,
      El Universal Señor
      La quiere tener sellada
      Con el sello de su amor.
      Y que es a Francisco igual
      De tan grave favor se arguya
      Pues el Pastor Celestial,
      Para que entiendan que es suya,
      La marca con su señal.
      Y así desde allí adelante,
      Al serafín semejante
      Quedó de Teresa el pecho,
      Y unido con lazo estrecho
      Al de Dios, si amada ante.
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    Canción amorosa
      Cansados ojos míos,
      Ayudadme a llorar el mal que siento,
      Hechos corrientos ríos 
      Daréis algún alivio a mi tormento
      Que tanto me atormenta
      Anegaréis con vuestra tormenta.
      Llora el perdido gusto
      Que ya tuvo otro tiempo el alma mía,
      Y el eterno disgusto
      En que vive muriendo noche y día;
      Que estando mi alegría
      De vosotros ausente,
      Es justo que lloréis eternamente.
      ¡Que viva yo pensando
      Por quien tanto de amarme se desdeña!;
      Que cuando estoy llorando
      Haga tierna señal la dura peña,
      Y que a su zahareña
      Condición no la mueven
      Las tiernas lluvias que mis ojos llueven!
      ¡Sombras que en noche oscura
      Habitáis de la tierra el hondo centro,
      Decidme, ¿por ventura
      Iguala con mi mal el de allá dentro?
      Mas ¡ay! que nunca encuentro
      Ni aún en el mismo infierno
      Tormento igual a mi tormento eterno.
      ¿Cuándo tendrá, alma mía,  
      La tenebrosa noche de su ausencia
      Fin, y en dichoso día
      Saldrá el alegre sol de tu presencia?
      Mas, ¿quién tendrá paciencia?
      Que es la esperanza amarga
      Cuando el mal es prolijo y ella es larga.
      ¡Oh tú, sagrado Apolo,
      Que del alegre oriente al triste ocaso,
      El uno y el otro polo
      Del cielo vas midiendo paso a paso,
      ¿Has descubierto acaso
      Desde tu sacra cumbre
      El hemisferio a quien mi sol da lumbre ?
      Diráste, si lo esconde 
      En sus dichosas faldas el aurora,
      Lo mal que corresponde
      A aquesta alma cautiva, que le adora;
      Y como siempre mora
      Dentro el pecho mío,
      Tan abrasado cuando el frío es frío.
      Infierno de mis penas,
      Fiero verdugo de mis tiernos años,
      Que con fuertes cadenas
      Tienes el alma presa en tus engaños,
      Donde los desengaños,
      Aunque se ven tan ciertos,
      Cuando llegan al alma llegan muertos.
      Yo viviré sin verte
      Penando, si tú gustas que así viva,
      O me daré la muerte,
      Si muerte pide tu piedad esquiva;
      Bien puedes esa altiva
      Frente ceñir de gloria
      Que amor te ofrece cierta la victoria.
      Tuyos son mis despojos
      Adorna las paredes de tu templo;
      Que tus divinos ojos
      Vencedores del mundo los contemplo;
      Ellos serán ejemplo
      De ingratitud eterna,
      ¡Ay ojos, quién os viera!
      Que no hubiera pasión tan inhumana
      Que no se suspendiera
      Con vista tan divina y soberana.
      Quedara tan ufana,
      Que el pensamiento mío
      Cobrara nuevas fuerzas, nuevo brío.
      Si amor, que me transforma,  
      Quitándome el pesado y triste velo,
      Me diera nueva forma,
      Volara, cual espíritu, a mi cielo,
      Y no abatiera el vuelo,
      Que yo rompiera entonces
      De cualquier imposible duros bronces.
      No estuviera seguro
      El monte más excelso y levantado,
      Ni el más soberbio muro,
      De ser por mis ardides escalado,
      Y a despecho del hado,
      Descendiera, por verte,
      Al reino oscuro de la oscura muerte.
      Mil veces me imagino
      Gozando tu presencia, en dulce gloria,
      Y con gozo divino
      Renueva el alma su pasada historia;
      Que con esta memoria
      Se engaña el pensamiento,
      Y en parte se suspende el mal que siento.
      Mas como luego veo
      Que es falsa imagen, que cual sombra huye,
      Aumentase el deseo,
      Y ansias mortales en mi pecho influye,
      Con que el vivir destruye:
      Que amor en mil maneras
      Me da burlando el bien, y el mal de veras.
      Canción, de aquí no pases,
      Cese tu triste canto;
      Que se deshace el alma en triste llanto.
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    Quintillas a San Ignacio de Loyola y San Francisco Javier
      Como en rayo de luz pura
      Al sol, planeta mayor,
      Cuando alumbramos procura
      Le acompaña el resplandor
      Y aumenta su hermosura,
      Así por la sombra fría
      Del que de Dios se desvía,
      Estos rayos suyos dos,
      Abriendo camino a Dios
      Hacen a Dios compañía...
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    Virgen, no hay alba; dígalo el Carmelo
      Si el Monte del Carmelo es el oriente
      De vuestra luz primera que le inflama,
      Y de él a ser salasteis fértil rana.
      Que en planta virgen dio fruto excelente;
      Si vos sois la corona de su frente
      Roca de su grama,
      Que tanta gracia gloria en él derrama
      Que es en la tierra ya cielo luiciente;
      Si, junto con ser alba, sois la guía
      De esta gran religión, madre y consuelo
      De hijos y devotos, Virgen pía:
      No os desdeñéis jamás de ser su cielo,
      Que sí le falta el sol de vuestro día
      Virgen, no hay alba; dígalo el Carmelo.
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Hipólita de Narváez

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    Información biográfica

  1. Sonetos


Información biográfica
    Nombre: Hipólita de Narváez
    Lugar y fecha nacimiento: Antequera, Málaga, finales del siglo XVI
    Lugar y fecha defunción: Antequera, Málaga, finales del siglo XVI
    Nacionalidad: Española
    Movimiento: Manierismo
Existen muy pocos datos sobre Hipólita de Narváez, mencionada -junto con su supuesta hermana Luciana y con Cristobalina Fernández de Alarcón- en las Flores de Poetas Ilustres (publicada en 1605) de Pedro de Espinosa. También es citada por Rodrigo de Carvajal. Hay investigaciones para tratar de desvelar la existencia de estas dos hermanas, pero no consta ningún registro oficial de ellas en Antequera, por lo que se cree que pueden ser los seudónimos utilizado por alguna mujer de clase alta y con acceso a la cultura ante la dificultad de presentar públicamente sus obras. 


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    Sonetos
      I

      Engañó el navegante a la sirena,
      El dulce canto en blanda cera roto;
      Y ayudado del santo, su devoto,
      El cautivo huyó de la cadena.

      De la serpiente que en la selva suena,
      La virgen se libró con alboroto,
      Y de las ondas se escapó el piloto
      Haciendo remo el brazo, nao la entena.

      Yo, fuerte, presa tímida, constante,
      Venzo sirenas, sierpes, ondas, hierro,
      Y sola muero a manos de mi daño.

      Virgen, piloto, esclavo, navegante,
      Ven, libres, que no importa a mi destierro
      Voto, temor, necesidad, engaño.

      II

      Fuese mi sol y vino la tormenta,
      Que yo no espero de su ausencia menos,
      Y el cielo turquesado sus serenos
      Ojos cubrió, obligado de la afrenta.

      Un acento tristísimo revienta
      Entre los vientos de tinieblas llenos;
      Tiemblan las nubes con los roncos truenos,
      Arden los campos, el temor se aumenta.

      Salió mi sol y de dorados jaspes
      Vistió su oriente, y de esmeraldas finas
      Los altos montes y las llanas tierras;

      Bordó las vagas nubes de giraspes,
      Sudaron rubias mieles las encinas
      Y blanca leche las azules sierras.

      III

      Rompe Leandro, con gallardo intento,
      El mar confuso, que soberbio brama;
      Y el cielo, entre relámpagos, derrama
      Espesa lluvia con furor violento.

      Sopla con fuerza el animoso viento,
      Triste de aquel que es desdichado y ama,
      Al fin al agua ríndese la llama,
      Y a la inclemente furia el sufrimiento.

      Mas, ¡oh felice amante!, pues al puerto
      Llegaste deseado de ti tanto,
      Aunque con cuerpo muerto y gloria incierta.

      Y desdichada yo, quien mar incierto,
      Muriendo entre las aguas de mi llanto,
      Aún no espero tal bien después de muerta.
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Margarita Hickey

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    Información biográfica

  1. De bienes destituidas
  2. Que el verdadero sabio
  3. Son monstruos inconsecuentes
  4. Soneto definiendo el amor o sus contrariedades


Información biográfica
    Nombre: Margarita Hickey
    Lugar y fecha nacimiento: Barcelona, 1753
    Lugar y fecha defunción: Barcelona, 1793 (40 años)
    Nacionalidad: Española
    Ocupación: Poeta y traductora
    Movimiento: Ilustración

    Fuente: [Margarita Hickey] en Wikipedia.org
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    De bienes destituidas
      De bienes destituidas,
      Víctimas del pundonor,
      Censuradas con amor,
      Y sin él desatendidas;
      Sin cariño pretendidas,
      Por apetito buscadas,
      Conseguidas, ultrajadas;
      Sin aplausos la virtud,
      Sin lauros la juventud,
      Y en la vejez despreciadas.
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    Que el verdadero sabio
      Que el verdadero sabio, donde quiera
      Que la verdad y la razón encuentre,
      Allí sabe tomarla, y la aprovecha
      Sin nimio detenerse en quién la ofrece.
      Porque ignorar no puede, si es que sabe,
      Que el alma, como espíritu, carece de sexo.
      Pues cada día, instantes y momentos,
      Vemos aventajarse las mujeres
      En las artes y ciencias a los hombres,
      Si con aplicación su estudio emprenden.
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    Son monstruos inconsecuentes
      Son monstruos inconsecuentes,
      Altaneros ya batidos;
      Humildes, si aborrecidos;
      Si amados, irreverentes;
      Con el favor, insolentes;
      Desean, pero no aman;
      En las tibiezas se inflaman,
      Sirven para dominar;
      Se rinden para triunfar;
      Y a la que los honra infaman.
    Arriba

    Soneto definiendo el amor o sus contrariedades
      Borrasca disfrazada en la bonanza,
      Engañoso deleite de un sentido,
      Dulzura amarga, daño apetecido,
      Alterada quietud, vana esperanza.

      Desapacible paz, desconfianza,
      Desazonado gozo mal sufrido,
      Esclava libertad, triunfo abatido,
      Simulada traición, fácil mudanza.

      Perenne manantial de sentimientos,
      Efímera aprehensión que experimenta
      Dolorosas delicias y escarmientos.

      Azarosa fortuna, cruel, violenta,
      Zozobra, sinsabor, desabrimientos,
      Risa en la playa y en el mar tormenta.
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Mauricio Bacarisse

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    Información biográfica

  1. A la muerte
  2. A medianoche
  3. A mi amigo C.
  4. Abril
  5. Aniversario
  6. Ansiedad
  7. La doncella raptada
  8. La luna
  9. Lectura (De El paraíso desdeñado)
  10. Ruiseñor (De Mitos)

  11. Nota: Los poemas del 11 al 30 pertenecen a El esfuerzo (1917)
    Las canciones candorosas
  12. Musmé
  13. Fragilidad
  14. La infanta velazqueña
  15. Psiquis
  16. La miseria
  17. El Príncipe Sainete
  18. Princesa
  19. Bebedor de ajenjo
  20. Manifestación de hambre
  21. La cojita de las injurias
  22. La Salomé de San Martín
  23. El Madrid de las rondas
  24. El lazarillo del cíclope
  25. La guerra
  26. Nietzsche
  27. La última broma de Schopenhauer
  28. Los estados mayores
  29. El esfuerzo
  30. La tortuga del catolicismo
  31. Las máximas de Epicteto
  32. La Adonia de Rubén Darío (Fragmento)
  33. Junio (Fragmento)
  34. Nisus

  35. Traducción de poemas de Arthur Rimbaud [4]
  36. Traducción de poemas de Marceline Desbordes-Valmore [2]
  37. Traducción de poemas de Stéphane Mallarmé [4]


Información biográfica
    Nombre: Mauricio Bacarisse Casulé
    Lugar y fecha nacimiento: Madrid, España, 20 de agosto de 1895
    Lugar y fecha defunción: Madrid, España, 4 de febrero de 1931 (35 años)
    Ocupación: Escritor, poeta, ensayista, traductor y narrador
    Movimiento: Modernismo, Ultraísmo
Su primer libro fue El esfuerzo (1917), todavía en la estela del Modernismo y de Juan Ramón Jiménez. El paraíso desdeñado (1928) y Mitos (1930) presentan ya formas y temas anclados en el ámbito de la poesía pura y el influjo del Ultraísmo. Hoy tiene, sobre todo, valor de época.

Fuente: [Mauricio Bacarisse] en Wikipedia.org

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    A la muerte
      Yo te saludo, oh muerte redentora,
      Y en tu esperanza mi dolor mitigo,
      Obra de Dios perfecta; no castigo,
      Sino don de su mano bienhechora.
      ¡Oh de un día mejor celeste aurora,
      Que al alma ofrece perdurable abrigo,
      Yo tu rayo benéfico bendigo! 
      Y lo aguardo impaciente, de hora en hora.
      Ante las plagas del linaje humano,
      Cuando toda virtud se rinde inerte,
      Cuando todo rencor fermenta insano,
      Cuando al débil oprime inicuo el fuerte,
      ¡Horroriza pensar, Dios soberano,
      Lo que fuera la vida sin la muerte!
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    A medianoche
      Quizá serán delirios de mi locura,
      O fantasmas que engendra la noche oscura;
      Pero -cuando, rendido tras larga vela
      En que al alma doliente nada consuela,
      Derramando en mis sienes letal beleño,
      Mis párpados cansados entorna el sueño,-
      Por las oscuras sombras, o desvarío,
      O unas alas se agitan en torno mío.
      En medio del letargo que me domina,
      Un rayo misterioso mi alma ilumina;
      Y, entre las vagas ondas del aire vano,
      Una visión distingo de rostro humano:
      Visión fascinadora que infunde al alma
      Esperanza y consuelo, quietud y calma.
      Dulce expresión le prestan y aspecto santo
      Una cándida toca y un negro manto,
      Y su pálida frente leve rodea
      Una blanca aureola que centellea.
      Considera piadosa mi amargo duelo;
      Con la mano tendida me muestra el cielo;
      Y su voz, como brisa de primavera,
      Dulce y mansa me dice: ¡Sufre y espera!

      Yo conozco el aliento de aquella boca;
      Yo conozco aquel manto y aquella toca,
      Desde una triste noche que, delirando,
      A la luz de unos cirios pasé velando:
      ¡Triste noche solemne, triste velada
      Que dejó el alma mía regenerada!

      Dulce voz que me alientas en mi agonía,
      ¡Ay de mí si cesaras de hablarme un día!
      Por tus santas palabras, que fiel venero,
      Resignado a mi suerte sufro y espero;
      Por ti, por ti la mano de Dios bendigo,
      Que imparcial nos reparte premio y castigo;
      Por ti me postro humilde bajo esa mano;
      Por ti soy religioso, por ti cristiano.
      Dios, que sabe la historia de mi tormento,
      Por ti en mis amarguras me infunde aliento.
      Dulce voz misteriosa que tanto alcanzas,
      Dulce voz que reanimas mis esperanzas,
      Nunca niegues tus ecos al alma mía;
      Que, ¡ay de mí si cesaras de hablarme un día!
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    A mi amigo C.
      ¡Cumpliste tu deber!

      Compadecida
      Ve tu acerbo dolor, desde la altura,
      La que no pudo darte, en su amargura,
      El beso de la eterna despedida.
      Por el materno amor enaltecida,
      Su lágrima postrera de ternura
      Hoy, en su frente, vívida fulgura,
      Corona santa de su santa vida.
      Ella, que supo con delirio amarte,
      Hoy, que el lauro alcanzó de la victoria,
      Sabrá desde los cielos consolarte;
      Y, de tu ausencia al conocer la historia,
      El beso que al morir no pudo darte,
      Será el primero que te dé en la gloria.
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    Abril
      (A Vicente Pérez Callejas)

      En dulce quietud extraña
      Sumergido yace el campo,
      Y el sol, que los cielos baña,
      Desflora apenas el ampo
      De la nieve en la montaña.
      Abril, que del yerno suelo
      La bruma invernal destierra,
      Para consolar su duelo
      Viste al árbol verde velo
      Y alfombra verde a la tierra.
      Las aguas que aprisionadas
      En transparente cristal
      Ayer durmieron calladas,
      Corren al fin desatadas
      En bullicioso raudal;
      Y, entre su rumor sonoro,
      Los amantes ruiseñores
      Alzando inefable coro
      Velan el dulce tesoro
      Del nido de sus amores.
      La selva, ayer despojada,
      De sus frondas hace alarde:
      En la espléndida enramada
      Toda es cantos la alborada,
      Toda es aromas la tarde;
      Y porque en hora ninguna
      Falte un astro que pregone
      Todo el bien que el mundo aduna,
      Al tiempo que el sol se pone
      Surge en oriente la luna.
      Corazón que en tu dolor
      Negabas la providencia,
      ¡Bendice al Sumo Hacedor!
      ¡Toda esa luz es clemencia!
      ¡Toda esa vida es amor!
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    Aniversario
      Hoy hace un año que, al morir el día
      Con la luz del crepúsculo incolora,
      Aquí, donde doliente gimo ahora,
      A un tiempo comenzó nuestra agonía.
      Breve la tuya fue; pero la mía,
      Que el corazón y el alma me devora,
      Prolongándose lenta de hora en hora
      Dura al cabo de un año todavía.
      Cuando de mi perdido bien me acuerdo
      Y a medir mi desdicha el juicio alcanza.
      Transido de dolor, el juicio pierdo;
      Y abatido descubro en lontananza
      Tus amores por único recuerdo
      Y la muerte por única esperanza.
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    Ansiedad
      Por no conocerme así,
      No quisiera conocerme.
      Boscán

      De tan largo padecer,
      De tan continuo penar,
      Imbécil me he de tornar
      O loco me he de volver:
      Trastornado está mi ser
      Desde que mi amor perdí
      Y es tanto el mal que sufrí,
      Tanto el que sufriendo estoy,
      Que no encuentro en lo que soy
      Ni sombra de lo que fui.
      Cuando tiendo la mirada
      Por los años de mi vida,
      De hallarse tan abatida
      Llora el alma sonrojada:
      Hoy, al fin de mi jornada
      Al contemplarme y al verme
      Débil, apocado, inerme
      Contra la suerte fatal,
      Por no conocerme tal
      No quisiera conocerme.
      Desde que mi bien perdí
      Con lucha implacable y muda
      La certidumbre y la duda
      Batallando están en mí:
      Ni creo lo que creí,
      Ni niego lo que negué;
      Y, examinando el por qué
      De cuanto temo y deseo,
      Todas las sendas tanteo
      Y en ninguna siento el pie.
      ¡Feliz, feliz el creyente
      Que espera, firme y entero,
      En un Dios justo y severo
      O en un Dios dulce y clemente!
      Mas, ¡ay de aquel que impaciente
      Sondea la eternidad,
      Y, en vaga perplejidad,
      Jamas el ánimo inclina
      Ni a la justicia divina
      Ni a la divina bondad!
      Para el que no osa creer,
      Es la eternidad baldía
      Un interminable día
      Sin mañana y sin ayer;
      Noche fue su amanecer,
      Y en su horizonte sombrío,
      Negro recorre el vacío
      Un sol que, entre opacas nieblas,
      Rayos lanza de tinieblas
      Y ondas esparce de frío.
      Pero aquel que, en su impiedad,
      A la negación se aferra,
      Del ánimo al fin destierra
      Duda, temor y ansiedad:
      Él admite una verdad,
      ¡Triste verdad, bien lo sé!
      Mas para el alma que fue
      Presa de cobarde anhelo,
      Cualquier creencia es consuelo:
      ¡La fe en la nada aún es fe!
      Yo, como el agua que llueve
      Corre esparcida sin cauce,
      Como la rama del sauce
      Que a todo viento se mueve,
      Presa de la duda aleve
      Cambio sin saber por qué;
      Y, exhausto de toda fe,
      Con amargo desconsuelo,
      Consternado miro al cielo
      Cuando nombro a la que amé.
      En vano la Religión
      Me manda, con ceño airado,
      Que, olvidando lo pasado
      Procure mi salvación;
      Que negocie mi perdón,
      Y que, aplicando el veneno
      Que oculto llevo en el seno
      La triaca que me den,
      Agencie mi propio bien
      Sin pensar en el ajeno.
      ¡Traición fuera, vil traición,
      Olvidar, falto de brío,
      A la que por mí, Dios mío,
      Arriesgó su salvación!
      En indisoluble unión,
      Almas que supo juntar
      Al pie de tu propio altar
      Amor trocado en deber,
      ¡O juntas se han de perder,
      O juntas se han de salvar!
      Y al salvarme, ¿qué ventura
      Lograra yo ¡desgraciado!
      Si en no tenerla a mi lado
      Consiste mi desventura?
      Aunque en la celeste altura
      Donde mi clamor es estrella,
      Desertando de su huella
      Penetrar consiga yo,
      Para quien tanto la amó
      ¿Qué gloria ha de haber sin ella?
      ¡Oh!
      Cuando uno ha de caer,
      Acaso el otro, en la gloria,
      Pierda la dulce memoria
      De los amores de ayer.
      Mas si no hemos de caber
      A un tiempo los dos allí,
      Haz, Señor, que junto a Ti
      Mi esposa feliz se crea,
      ¡Ay!
      Aunque yo no la vea
      Ni ella se acuerde de mí!
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    La doncella raptada
      Va a la grupa la doncella
      Sobre un corcel de oro y plata,
      Entre el alhelí y el plomo
      Del cielo y el campo en calma.
      Va a la grupa la doncella
      Aunque ella sola cabalga.
      Su rubia llama de pelo
      Ha de encender la borrasca
      Cuando se desasosiegue
      La tarde en paz, gris y cárdena.
      Aleteos del abril
      Asustan a la hoja plácida
      Y afilan sus acicates
      En la hora desenfrenada
      Para hundirlos en la prisa
      De las nubosas ijadas.
      Por los llanos va el corcel,
      Con luces de oro y de plata,
      Y, en la grupa, la doncella
      Que en las tormentas se escapa.
      El campo la ve correr
      Con su miopía entornada.
      Un amor de río gentil
      Se criba entre las pestañas
      De los chopos espigados,
      Y el verde mirar del agua
      No sabe descifrar quién
      Es el raptor que la rapta.
      Nadie se ve en la montura.
      La niña va arrebatada.
      Alhelíes de centellas
      De olientes tormentas cárdenas
      No aclararán la visión
      De la llanura obcecada.
      La tarde es perla siniestra;
      El corcel es de oro y plata.
      Como un eco del galope
      Se oye un trote de tronada.
      No hará visible al galán
      La encendida catarata.
      Va a la grupa la doncella
      Aunque ella sola cabalga.
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    La luna
      La luna es sólo la luna,
      Y no se parece a nada.

      No vale buscarle imágenes,
      Ni tropos ni semejanzas.

      Yo acaricié aquella noche
      Las breves manos doradas,

      Las que ni desear pude,
      Las manos nunca soñadas.

      En el río de arco iris
      Coreaban mil cascadas.

      No eran laderas fluidas
      De cordilleras de agua;

      No eran tampoco caderas
      De las náyades más cándidas.

      No eran de piedra ni carne
      Sino de cosa más clara,

      Que sigue siendo lo que es
      Aunque sea destrizada.

      Eran un poco de música
      Única e inesperada.

      Sus manos eran sus manos,
      En las mías anidadas.

      La luna era incomparable,
      Redonda, contenta y alta.

      ¡Quién me volviera esa noche,
      Aunque muriera mañana!

      La luna es sólo la luna,
      Y no se parece a nada.
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    Lectura (De El paraíso desdeñado)
      Corazón mío, no te exaltes.
      Fija los ojos en el libro;
      Mira las gráciles letras, en la celulosa,
      Como las momias en los siglos.

      Olvida el canto y la medalla.
      (El rizo olía a miel de otoño.)
      Aún le han de crecer al libro muchas yemas cuando
      Estés perdido en el reposo.

      Todo será para la cifra.
      Han de cifrarse tus latidos,
      Y han de ser piedras, como las que descansan
      En las meditaciones de los ríos.
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    Ruiseñor (De Mitos)
      La pálida luna en flor
      Y la fuente, en mil promesas,
      Son dos hermanas siamesas
      Unidas por un temblor.
      Riela trinos, ruiseñor,
      Sobre agua de astros en calma,
      Tú, que humedeces la palma
      De la mano de Dios, y osas
      Probar a las lindas rosas
      La inmortalidad del alma.
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    Musmé
      Eres bella y elegante
      Y tu alma extravagante
      En amar no se marchita;
      Gozas la dicha completa.
      Dios no te hizo tan coqueta
      Al hacerte tan bonita.

      Brotan lujuriosas luces
      De tus ojos andaluces
      Y de tu pelo africano,
      Y eres como una musmé
      Cuyo diminuto pie
      Caber podría en mi mano.

      Tienes los labios de fresa
      Y las manos de abadesa;
      Son tus mejillas de grana,
      Y hasta en tu voz argentina
      Eres la mujer divina
      Con alma de cortesana.

      Tu maldad no se adivina,
      Tu roja boca fascina
      Para asesinar después,
      Y es una flor de granado
      Que al besar, ha envenenado
      Al que lloraba a tus pies.

      Yo te amé por tu elegancia
      Y por la rara fragancia
      De las rosas de tu ser;
      Por tu traje azul turquesa,
      Por tu sangre de duquesa
      Y tu crueldad de mujer.

      Eres una triste rosa
      Cuya esencia ponzoñosa
      Marchitó mi corazón,
      Y hoy me queda la tristeza
      De contemplar tu belleza
      Y recordar tu traición.

      Quizás comprendas mañana,
      Princesa esquiva y liviana,
      La agonía de emoción
      De aquel ingenuo amor mío
      Que murió yerto de frío
      Debajo de tu balcón.

      ¡Qué grato sería amarte
      Y entre los labios besarte
      Si tu espíritu tirano
      Fuese bondad, luz y calma;
      Si tú tuvieses el alma
      Tan blanca como la mano!

      Prodiga el amor mortal
      Que me hirió como un puñal
      Con tu gracia de musmé,
      Y al amante hazle traición,
      Pues tienes el corazón
      Tan pequeño como el pie.
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    Fragilidad
      Mi alma tierna y melancólica
      Se ha enamorado de ti,
      Magdalena hecha en mayólica
      Por Bernardo Palissy.

      Serás mi único tesoro
      Hasta que venga la Intrusa;
      Eres lo que más adoro
      Con mi madre y con mi musa.

      Como un ópalo en mi dedo
      Turba mi felicidad
      Ese inexpresable miedo
      A tu gran fragilidad.

      Eres un alma perdida
      Del Infortunio en las fauces;
      Eres Ofelia subida
      A las ramas de los sauces.

      Eres de nieve y cristal,
      Y si te estrecho en mis brazos
      La copa del Ideal
      Ha de quebrarse en pedazos.

      Eres un astro de oros
      En mi existencia confusa;
      Eres lo que más adoro
      Con mi madre y con mi musa.

      Por si algún día estoy falto
      De tu amor y tu bondad,
      Vivo en triste sobresalto
      Por tu gran fragilidad.
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    La infanta velazqueña
      Era la Primavera cadenciosa.
      La noche prodigaba sus zafiros;
      Arrullaba la fuente rumorosa
      Y el viento se llevaba entre suspiros
      Una lluvia de pétalos de rosa.

      Cruzaste los jardines de mi ensueño
      Como una grácil y amorosa infanta;
      Me destoqué del negro castoreño,
      Pero al ir a besar tu egregia planta
      Tus ojos se apiadaron de mi empeño.

      Llevaba el corazón atravesado
      Por todas las infamias de la vida
      Bajo el amplio manteo ensangrentado,
      Y al verte tan propicia y tan rendida
      Me eché a tus pies, romántico y cansado.

      Comprendí que no habías de saciarme
      De la sed de ideal que en mí brotó;
      Pero tu amor quería recordarme
      Que don Diego Velázquez te pintó
      Y que el lienzo dejabas para amarme.

      Yo, fuerte en el baluarte de mí mismo,
      -Golondrina anidada en su metopa-,
      Desconocí rencor y escepticismo,
      Pues desbordaba el vino de mi copa
      En una espuma de romanticismo.

      Contemplé al hombre desde mi alta cumbre;
      Vi su tragedia triste y aburrida,
      Y ardiendo el alma en la sagrada lumbre
      La fe envolvía de la eterna vida
      Entre las flores de la certidumbre.

      Era la Primavera cadenciosa
      Que perfumaba nuestra vida estulta.
      La Noche suspiraba melodiosa
      Y Citerea nos llamaba oculta
      Tras unos setos de laureles rosa.

      Mi verso tuvo luz en la esperanza
      Que vale más que imperios y fortuna,
      Y mirando la Dicha en lontananza
      Con tus besos al claro de la luna
      Vio los paisajes de la bienandanza.

      En tus manos de infanta velazqueña
      Posé de mi cabeza los ardores
      Y fuiste mi alegría al ser mi dueña.
      ¡Qué importaba que hubiese sinsabores
      Si contigo la vida era risueña!

      Y era en aquella noche dulce y bella
      Un concierto de ósculos y orquestas,
      Un rumor de suspiro y de querella
      Que deshojó el rosal de las florestas
      Bajo el mirar de una amorosa estrella.

      Hizo estragos de amor galante riña
      En la noche de seda de tus rizos,
      Y con mirada y con candor de niña
      Despertaste los mágicos hechizos
      Dormidos al calor de tu basquiña.

      Te quise como quise al mundo entero;
      Como quise a los viejos y a los niños;
      Como quise a los lirios del sendero,
      Con fe de ascetas y pudor de armiños,
      Con un amor viril, fuerte y sincero.

      Murió la Primavera cadenciosa
      En una estival noche lujuriante
      Y agonizaba de dolor la rosa
      Al ver que abandonabas a tu amante
      Y te alejabas bella y donairosa.

      Apuñalaste el corazón sincero
      De quien fuiste la estrella y la fortuna,
      Y sin pesar ni llanto lastimero,
      Del Olvido me echaste en la laguna
      Sin grito y sin sollozo verdadero.

      ¿Y eres tú, infanta de la infame mueca,
      La que ofrendaba besos voluptuosos
      E hilaba hechizos en amable rueca?
      ¿Dónde están ya los días venturosos,
      Mujer vacía como estatua hueca?

      Se han muerto ya, princesa de princesas
      De todos los pictóricos estilos,
      Las flores del jardín de las promesas
      Crecidas bajo el palio de los tilos
      Y el otoño ha aventado sus pavesas.

      Fue tu amor una sarta de falacias
      De tu alma hecha de afeite y badulaque.
      Escondiste taimada con audacias
      Tras la pompa del amplio miriñaque
      Las liviandades de las lises lacias.

      Te alejaste una noche, donairosa,
      Con ritmo y con sonrisa singulares;
      En tu seno se abría una gran rosa,
      Y en tu falda los locos farfalares
      Bailaban una danza tumultuosa.

      La infamia era la rosa de tu pecho
      Que exhalaba un aroma de mentira;
      La deshojé con rabia y con despecho,
      Y así engarcé en las cuerdas de mi lira
      Una flor mustia y un amor maltrecho.

      Y Citerea besos triunfales
      Daba a la Noche que su manto abría
      Como la flor del loto en los canales,
      Y la luna en blancor de eucaristía
      Nevaba apoteosis de rosales.
    Arriba

    Psiquis
      ¡Dentro de unas noches te quedarás muerta!
      Como las umbelas de los heliotropos
      Se ajarán tus senos de hermosura yerta,
      Y no tendré rimas, ni ritmos, ni tropos

      Para retratarte dormida en los copos
      De tu albo reposo. Huirá tu alma incierta
      Libre por las crueles tijeras de Átropos.
      Aullarán los canes rondando la puerta...

      (La ojera morada cual flor de cantueso
      Y el nematelminto que nos monda el hueso
      Después de los besos de la última cita...)

      Y luego un sollozo que oprime mi glotis
      Y una mariposa color de myosotis
      Ahogada en la concha del agua bendita.
    Arriba

    El Príncipe Sainete
      Es soberano de la alegría, 
      De amores viejos, de galanía;
      Tiene de diablos un zaguanete
      Y cuando pasa cual leve brisa
      Todos le obsequian con franca risa
      Porque es el Príncipe Don Sainete.

      Es una sombra que nos recuerda
      Galante vida que no fue cuerda
      Y que evocamos las almas solas
      En abanicos de pastorelas,
      En los retratos de las abuelas
      Y en las figuras de las consolas.

      En borbotones de risa fresca
      Viste su grácil Musa diablesca
      Con la mantilla, con los caireles
      Y con la falda de medio paso,
      Y ambos le ponen a su Pegaso
      Una collera de cascabeles.

      Es el que rinde marquesas locas; 
      Muerde las fresas de bellas bocas
      De las devotas de las Salesas;
      Todas le quieren, todas le admiran
      Y sonrientes todas le miran
      Desde los tronos de sus calesas.

      Es Don Sainete prócer burlesco
      Y aunque muy noble, muy picaresco.
      Desprecia el tedio, reta a la Muerte;
      En su manteo siempre embozado,
      Goya sublime le ha retratado
      Entre las sombras de un aguafuerte.

      Cosas vulgares, cosas grotescas,
      Muecas estultas y pierrotescas,
      Que son las flores de tu tablado...
      Con tus escenas hemos reído;
      Lo que tú dices lo hemos vivido;
      Lo que tú lloras lo hemos llorado.

      Tu egregio padre fue Don Ramón
      De la Cruz, genio que en su canción
      Puso desgaires y desparpajos,
      Y en sus escenas, sin par galanas,
      Cantó los ojos de las villanas
      Y las hazañas de nuestros majos.

      Tu carcajada bella y jocunda
      Todo lo invade, todo lo inunda;
      La vida seria te importa un bledo.
      Tú siempre hieres, siempre desgarras;
      Has heredado las antiparras
      Que hace tres siglos usó Quevedo.

      Tu agudo ingenio la vida traza
      De nuestra sangre, de nuestra raza,
      De nuestra pobre gloria perdida;
      Es el talento que se interesa
      En el desnudo de una duquesa
      Como en los frescos de la Florida.

      Eres la España frívola y loca
      Que con piropos siempre en la boca
      -Pero sin ansias de Prometeo-
      Iba a la zaga de las manolas
      Mientras volaban las Carmañolas
      Del otro lado del Pirineo.

      Y con los jácaros, con los chisperos
      Tomaste todos los derroteros
      En que dejamos nuestros tesoros;
      Mas conservando grata alegría,
      Siempre gozaba y en Dios creía
      El feliz pueblo de pan y toros.

      Y era aquel pueblo rudo y valiente;
      Eran leones de ardor latente
      Aunque fingían galán desmayo;
      Resucitaron glorias guerreras
      Y se batieron como unas fieras
      En la jornada del Dos de Mayo...

      Cosas vulgares, cosas grotescas,
      Muecas estultas y pierrotescas
      Que son las flores de tu tablado...
      Con tus escenas hemos reído;
      Lo que tú dices lo hemos vivido;
      Lo que tú lloras lo hemos llorado.

      Las existencias ya desfloradas
      Mueven a llanto o a risotadas;
      A nuestra pobre gloria perdida
      La mordaz burla siempre acomete.
      Más que tragedia siempre es sainete
      Ese sainete de nuestra vida.
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    Princesa
      Tiene su pelo raros destellos
      Cuando de noche sueña en los bancos;
      Es la que tiene los ojos bellos;
      Es la que tiene los dientes blancos.

      Es juglaresa de las aldeas;
      Sus danzas cínicas son turbadoras;
      Tiene el encanto de las napeas
      Cuando el sol bruñe sus crenchas moras.

      Es la que canta las barcarolas
      Y de las rondas saca dinero;
      Es la que baila las farandolas
      Al son latino de su pandero.

      Es la morena que jocoseria
      Mira la vida como una injuria;
      Es la princesa de la Miseria;
      Es la princesa de la Lujuria.

      Tiene un perfume sublime y raro
      Su piel de raso tostada y blonda;
      Tiene los ojos de un verde claro,
      De un verde claro color de fronda.

      La más hambrienta de las hermosas
      Huele a un aroma de cien jardines;
      En vez de hebillas, lleva dos rosas,
      Dos frescas rosas en los chapines.

      Es mi gitana fiel y divina;
      Es mi pantera, mi defensora;
      La que mis males siempre adivina,
      Es mi sultana y es mi señora.

      Es la más bella de las mujeres;
      Es la que cura mis sinsabores;
      Es la princesa de mis placeres;
      Es la princesa de mis dolores.

      Pero es la esclava de mis antojos...
      Tiene por lechos quicios y bancos.
      Es la que tiene bellos los ojos;
      Es la que tiene los dientes blancos.
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    Bebedor de ajenjo
      Si siempre estoy ensayando
      Mi sonrisa amarga y triste,
      Es porque estoy esperando
      A una mujer que no existe.

      Víctima del desencanto
      Sufro martirios letales;
      Por eso adoro yo tanto
      Mis dichas artificiales.

      Paraísos artificiales
      Que huyen del ruido y del sol...
      ¡Mis rimas son inmortales,
      Pues son hijas del alcohol!

      Soy mísero y decadente;
      En mi alma el Hastío muerde.
      Por eso adora mi mente
      Los sueños del licor verde.

      Licor venenoso y triste
      Que como un suave beleño,
      Un grato perfume diste
      Al cadáver de mi ensueño.

      Licor que tiene el matiz
      De unos ojos que yo amé,
      Y del tinte del tapiz
      En que danzó Salomé.

      (Ojos glaucos y perversos
      Que asesinasteis mi vida,
      Y le disteis a mis versos
      Fragancia de flor podrida).

      Turbio ajenjo sibilino
      Que tienes el sabor fuerte;
      Que harás de mi desatino
      Vestíbulo de la Muerte.

      Cómplice de la locura,
      Mis hojas muertas no arranques,
      Licor que todo lo cura,
      Licor de color de estanques...

      Si siempre estoy ensayando
      Mi sonrisa amarga y triste,
      Es porque estoy esperando
      A una mujer que no existe.
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    Manifestación de hambre
      Un frío domingo antipático
      Vi un lijoso y doliente enjambre:
      En un paseo aristocrático
      Una manifestación de hambre.

      Fue en la Castellana elegante,
      Jardín de modas y arrumacos,
      Donde resuena extravagante
      La sandez de los currutacos.

      Pobres obreros miserables,
      Mujeres, ex-hombres gorkianos,
      Niños de faces espantables,
      Todos asidos de las manos,

      Formando sartas de miseria,
      Henchidos de un rencor de infierno.
      ¡Inanición, ira y laceria
      Entre la bruma de un invierno!

      Cielo gris de un día holgazán,
      Ausencia de oro y de arrebol,
      Y gente huérfana de pan
      En la ciudad viuda de sol.

      La Castellana era aquel día
      De famélicos peregrinos.
      ¡Escaparate de cursilería
      De niñas bobas y sietemesinos!

      El menestral de ojos de lumbre
      Fruncía el ceño en fuerte arruga,
      Y subía la muchedumbre
      Ondulante como una oruga.

      Y la almibarada inconsciencia
      Mirábalos con repugnancia,
      Sin saber que era una advertencia
      Que hacía el Hambre a la Elegancia.

      Puros perfiles de medallas,
      Damiselas de porte rico,
      Como mujeres de pantallas
      O de países de abanico,

      ¿No os asustó en el sucio fango
      La Multitud, plural vestiglo,
      Rosas de "tennis" y "te tango"
      De la maceta de este siglo?

      Orlas de nutrias y de encajes
      Tenía la mueca melancólica;
      Brillaba el raso de los trajes
      Como un esmalte de mayólica.

      ¡Rencor de plebe desgraciada,
      Que, tiritando con sus niños,
      Veía la carne aburguesada
      Bajo el calor de los armiños!

      ¡Burguesías, faunas asqueadas
      De ver andrajos, tizne de hulla!
      ¡Rebaños que aman las bordadas
      Rosas de oro de una casulla!

      Aristocracia contumaz,
      ¿Te enseñará el social dolor
      Una guillotina voraz
      Una tarde de Termidor?

      Vi en aquel domingo holgazán,
      Sin luces de oro y de arrebol,
      A un pueblo huérfano de pan
      En la ciudad viuda de sol.

      Vi a un albacea de Jesús
      Destrozando la flor del Bien
      Y a Teresita Cabarrús
      Haciendo guiños a Tallien.
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    La cojita de las injurias
      El mediodía en la barriada pobre
      Prendía lentejuelas al andrajo
      Y, a toda luz, era color de cobre
      El Madrid de la greña y del zancajo.

      De cúpulas de iglesia realzada
      La ciudad en sus perfiles recortados
      Parecía una hembra calcinada
      Que enseñase los senos abrasados.

      ¡Incandescencia de fulgores duros!
      El astro en sus lumínicas lujurias
      Arrancaba luceros de los muros
      En el hoyo que forman Las Injurias.

      El tinte rubio de la purpurina
      Embadurnaba las casuchas hoscas,
      Y el parpadeo de la venturina
      Se destacaba en las paredes toscas.

      Por una cuesta pina y pedregosa
      Una chiquilla coja y despeinada
      Bajaba como una grulla temblorosa.
      En su muleta corta iba apoyada

      Como un náufrago a un remo redentor.
      La pierna ausente parodiaba el palo.
      (Para los que claudican con rencor
      La vida es un sendero áspero y malo).

      Con un melindre de caricatura,
      Excitando el sollozo o el ludibrio,
      Bajaba aquella pobre criatura
      Haciendo maravillas de equilibrio.

      Un gozquejo sarnoso la seguía
      Importunando su marcha acrobática;
      Temerosa la niña se evadía
      Con precisión perfecta y matemática.

      Se deslizó por la pendiente gualda
      Igual que un saltamontes malherido.
      El perro inmundo se enganchó a su falda
      Mordisqueando un volante descosido.

      Y la mofa del can, triste e inicua,
      Hacía a la infeliz tambalearse.
      Sobre los guijos de la cuesta oblicua
      Creí que la cojita iba a estrellarse.

      Por fin llegó al final de la barranca,
      A un africano aduar sucio e infecto
      Donde el proscrito duerme y se esparranca
      Con el dolor, el hambre y el insecto.

      La cojera infantil era simbólica
      En el barrio canalla y condenado
      Donde la carne enferma y melancólica
      Se revolcaba al sol rudo y dorado.

      Cual la niña alegórica y tullida,
      En las ocres viviendas requemadas
      Hay gentes que renquean por la Vida
      Bajo los mimos de sus dentelladas.
    Arriba

    La Salomé de San Martín
      Ante una calle vil y escueta,
      Al núcleo de una encrucijada,
      San Martín yergue su silueta
      Torpe, blanquizca y desconchada.

      Como unas lenguas parlanchinas,
      Rompen sus címbalos volteantes
      Serenidades matutinas
      Con carrillones atronantes.

      Incienso y cristianas congojas
      Llenan el templo de humo y voces.

      (...)

      En las losas los cayados repican.
      Los nudosos mendigos, lacras del cáncer patrio,
      Plasmados, gimotean y suplican
      Bajo los perifollos y platerescos de un atrio.

      Es un grupo de ciegos y tullidos
      Que, tras la oración, lanzan la blasfemia estrambótica
      Por sus belfos violáceos y torcidos
      Con un girar inútil de su turbia esclerótica.

      A coro mosconean su salmodia
      Deseando peculio y salud a las beatas.
      Tienen sus voces dejos de parodia.
      La animosidad surca sus vidas poco gratas.
      Es gente que maldice porque odia.

      Frente al pórtico hay un puesto de flores
      Vernales. De los fétidos mantones y tabardos
      Se apagan los misérrimos hedores
      Con los blancos aromas de azucenas y nardos.

      Quien más riñe, gruñe y charlatanea
      Es Salomé, mendiga engañosa, ciega y chata,
      Que se acurruca en su silla de anea
      Y enciende los coloquios, discute y disparata.

      Su lenguaje es atroz como su facha.
      Ama las libaciones con alcohol nauseabundo.
      Es Salomé pintoresca y borracha.
      Cuando ha bebido un poco, insulta a todo el mundo.

      Pide con voz descontenta y sabática.
      Un plato de latón se engarza en sus falanges.
      Su fea faz rememora, hierática,
      A los ídolos romos de los bordes del Ganges.

      Esa mujer blasfema y despotrica
      Sumida en el castigo de sus tristes tinieblas;
      En su ceguera el furor se fabrica
      Entre las azuladas aguardentosas nieblas.

      En el bisel de una arista del muro
      El astro-rey se estrella en un reloj gnomónico.
      ¡De tu retina el destino es mas duro,
      Salomé, ver no puedes el sol rubio y armónico!

      La Miseria social se simboliza
      En los denuestos acres que tu boca nos suelta.
      La Materia se caricaturiza
      En tus labios de esfinge y en tu nariz en delta.

      De mirra y de incienso un bautismo
      Unge a los mortales que en coro
      Rezan con tierno misticismo.

      Fingen constelaciones de oro,
      Sollozando su céreo lloro
      Los cirios del catolicismo.

      El eucalipto entre sus hojas
      Curvadas, como verdes hoces,
      Muestra sangrientas manchas rojas.

      Y se adormecen los feroces
      Dicterios de la mendicanta
      Que, bulliciosa y maldiciente,
      Nos emociona y nos espanta.
      Y espera la hora de su fin
      Entre nieblas de aguardiente
      La Salomé de San Martín.
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    El Madrid de las rondas
      Hay un Madrid que no tiene ni flores, ni fuentes, ni frondas.
      Un Madrid paria y viudo. Sus acacias orondas
      Y sus olmos son muy pobre limosna para sus vías mondas.
      ¡Oh, Madrid de las rondas!

      Madrid de los gasómetros redondos, cual grandes tambores.
      Madrid de las esbeltas humeantes chimeneas.
      Madrid de los obreros denegridos y trabajadores
      Y de las hembras feas.

      Madrid de los alegres lavaderos. La carnal materia
      Se hacina en vergonzosos absurdos falansterios.
      Madrid compendio de desdicha y hambre. Haz de la miseria
      Y de los cementerios.

      ¡Oh, Manzanares, al que motejaba de arroyo aprendiz
      El buen Francisco Gómez de Quevedo y Villegas!
      ¡Ruin y estéril complemento del grato goyesco tapiz
      Que ni bañas ni riegas!

      Dehesa de la Arganzuela. Primavera. Luz de esmeraldinas
      Praderas como aquellas de Patinir, divinas;
      Un manzano en flor contempla en las aguas azules, hialinas,
      Sus guedejas albinas.

      Granja del Atanor toda de oro. Otoño dehiscente.
      El follaje desgrana su ambarino abalorio.
      Lleno de hojas-monedas parece el tazón de la fuente
      Plato de petitorio.

      Suciedad, senectud. Fragmentos de mil ruinas herrumbrosas
      Tiradas en el polvo: la Ronda de Toledo.
      Bajo el sol, juega al cané la canalla con cartas pringosas
      Sin zozobra ni miedo.

      Bajo un convento y un Palacio Real la Ronda de Segovia
      Se arrodilla sumisa como una pobre novia.
      Allí hay hambre. El hombre como un can aúlla en su hidrofobia.
      La sed social agobia.

      Allí se tuestan bajo el sol las chozas del pobre suburbio.
      Allí están virtualmente la huelga y el disturbio.
      Hierve en el pecho de sus habitantes un odio intenso y turbio.
      ¡Oh, rencor del suburbio!

      Rudos brazos transforman la energía en útil trabajo.
      Negras locomotoras jadean arrastrando
      Su gusano de acero y de madera. ¡Hombre del andrajo,
      Te redimes sudando!

      Estación de las Pulgas, manufacturas, fábricas rojizas.
      Las arterias fabriles laten con feroz pulso.
      Los enigmas se rompen con volantes, hullas y cenizas,
      Con ciencia y con impulso.

      Igual que flautas las máquinas silban. Como contrabajos
      Zumban roncas dínamos un sinfónico scherzo.
      Es la gran orquesta de los armoniosos pujantes trabajos.
      ¡Sonata del esfuerzo!

      Tras el tapial de un viejo camposanto se alzan con dolor,
      Negros, aciculares, con perfil neto y fuerte,
      Los siniestros cipreses que recuerdan al hombre en su labor
      La Miseria y la Muerte.
    Arriba

    El lazarillo del cíclope
      ¡Can sumiso y acólito, como el can de Durero;
      Lazarillo cuadrúpedo, junto al Diablo y a la Muerte
      Conduciendo leal y fuerte
      Al Hombre en su sendero...!
      ¡Can sumiso y acólito, como el can de Durero!

      Y este ciego mendigo de rostro rasurado
      De procónsul de Roma, de trapense o de chalán,
      Sigue a su guía y guardián
      Porque Dios le ha cavado
      Dos profundos alvéolos en su rostro afeitado.

      ¡Este ibero de bronce golpeaba los yunques!
      Ordeñaba los fuegos de bigornias siderúrgicas;
      Pero dos chispas quirúrgicas
      Aquietaron las mazas demiúrgicas
      Abrasando las córneas que alumbraban los yunques.

      Cuando se nos extingue la vida cinemática,
      El mundo es ya peor...
      ¡Insultan los fariseos
      Y faltan los cirineos!
      En la noche antipática
      Solo un perro consuela la viudez cinemática.

      ¡Benditos sean los gozques, los caballos, los bueyes
      Que conducen los féretros, las carretas y los ciegos;
      Que del Bien tienen los fuegos
      Y no saben de éticas, purgatorios ni leyes!
      ¡Benditos sean los gozques, los caballos, los bueyes!

      Esta bestia sagrada, ladrona y anarquista,
      Saquea las banastas mugrientas del mercado,
      Y los frutos que ella ha hurtado
      Nutren al pobre hambriento del festín de la vista.
      ¡Bestia facinerosa, sagrada y anarquista!

      ¡En atrios y conventos hay que gañir plegarias!
      Robar es más valiente, más bello y más deleitoso
      Que la honradez y el reposo
      En horas adversarias...
      ¡En atrios y conventos hay que gañir plegarias!

      Nodriza de la inopia, furriel del pordiosero,
      Guarda entre sus mandíbulas las monedas sustraídas.
      (Las gentes no son buenas, pero son distraídas).
      Codicia el can el dinero
      Y hace de los descuidos una hucha al pordiosero.

      ¡Discos nuncios del crimen y de las epidemias;
      Sucias piezas de cobre que llevas en la alcancía
      De tu quijada bravía!
      ¡Hostias de las blasfemias,
      Discos nuncios del crimen y de las epidemias!

      ¡Te matará un imbécil -alguacil o perrero-
      Bestezuela cordial! Quedará el ciego tullido
      De su órgano preferido
      Y solo en el sendero...
      ¡Te matará un imbécil -alguacil o perrero-!

      Mientras tanto, prosigue. El cíclope vencido
      Ha menester tus claras retinas y tus dientes...
      Camina en la calzada escueta y pedregosa
      Junto al Diablo y la Muerte, como el can de Durero.
    Arriba

    Nietzsche
      Nietzsche, tu jerigonza parabólica
      Briosa flagelaba al mundo estulto;
      De tu boca de morsa melancólica
      Fluían las centellas del insulto.

      La vida es triste (...)
      Torpes cerebros sucios y rastreros
      Y en una apoteosis de sandeces
      Las hembras necias y los hombres hueros.

      Eso dijiste, y esperaste el día
      En que saliese un ser de la canalla
      Que cruzase el gran río en su almadía,
      Libre ya de los grillos o la tralla.

      Pero tú que sabías que era el hombre
      Fiera indomable y detestable puente,
      ¿Cómo soñaste que tu Superhombre
      Hallase limpia el agua de la fuente?

      En los delirios de tu gran dolencia
      Arrojaste en metáforas galanas
      Centenos de egoísmos y violencia,
      ¡Malas semillas en tierra alemana!

      Sobre las mieses de tu verbo roto
      Pasó un cierzo de odio y de ludibrio;
      Se abrió tu alma como flor de loto
      En las lagunas del desequilibrio.

      Los sabios te miraron de reojo,
      Apóstol fiero de inconsciente brío;
      Les asustó tu manto por muy rojo
      Y tu mirada porque daba frío.

      Daba frío a los tristes ateridos
      Que treman a un viril y recio soplo,
      Idólatras de dioses ya podridos
      Caídos bajo el filo del escoplo.

      Pero tú te engañaste. La semilla
      Dio como frutos una guerra amarga;
      En tu aurora la estrella ya no brilla
      Y en tu vergel la tempestad descarga.

      Conciencias cojas y cerebros sucios
      Divorciaron la espada de la vaina.
      ¡Siguen los doctos de cabellos rucios
      Hartándose en festines de chanfaina!

      La estolidez apaga toda lumbre,
      La canalla servil todo lo frustra;
      No llega el Hombre a la dorada cumbre,
      Ni a su Gran Mediodía Zaratustra.

      Tu alma de belleza estaba llena
      A la par que de absurdos reconcomios;
      Tu canto es ese canto que resuena
      En los jardines de los manicomios.
    Arriba

    La última broma de Schopenhauer
      A Schopenhauer, el huraño,
      Le hizo un epitafio barroco
      En un cuento mordaz y extraño
      Maupassant, aprendiz de loco.

      Había muerto el profesor
      Avinagrado y pesimista;
      Guardaba su tez el livor
      De unos reflejos amatista;

      Y en aquella cámara ardiente
      Lloraban por el corifeo
      Los discípulos del ingente
      Filósofo bilioso y feo.

      Desvanecíase en sahumerio
      De los espliegos la fragancia;
      Flotaba inquietante misterio
      En el ambiente de la estancia.

      Un joven a otro probaba
      Que de la vida el lapso es nimio.
      ¡Ya para siempre descansaba
      Schopenhauer, cara de simio!

      Mas el concurso estremeciose
      Con gran pavor, y no era en balde:
      Una sonrisa percibiose
      En el difunto rostro jalde.

      ¿Resucitaba? ¿Sonreía?
      Corrió un plural escalofrío.
      El maestro la boca abría
      Con un gesto que daba frío.

      Todos rompieron a tremar;
      Su pensamiento fue asaltado
      Por el caso de Valdemar
      Que Poe genial ha narrado.

      Luego sintieron el crujir
      De unas mandíbulas chirriantes;
      ¿Tenían algo que decir
      Los muertos labios alarmantes?

      De los mustios labios de Arturo
      Schopenhauer brotó algo incierto:
      Un objeto rígido y duro
      Que rodó a los pies del gran muerto.

      Los discípulos avanzaron
      Con gran temor y gran premura.
      Yaciendo en el piso encontraron...
      Una postiza dentadura.

      ¡Oh, filósofo cejijunto,
      Maestro caduco de la zumba
      Que aprovechaste estar difunto
      Para una broma de ultratumba!

      Maupassant que ganó la borla
      De doctor en abracadabra,
      Pues vio una noche con el Horla
      De Satán la pata de cabra,

      Sobre aquel docto cenotafio
      Dejó esa adelfa de amargor.
      ¡Fue un donoso y bello epitafio
      Al viejo erizo de Francfort!

      Maupassant narró esta aventura;
      Maupassant, dolorido y fuerte,
      Que fue al burdel de la Locura
      A desposarse con la Muerte.
    Arriba

    Los estados mayores
      Por la siena turbia de los mondos llanos,
      Sin gritos metálicos, sin voz de tambores,
      Van las cabalgatas de los soberanos
      Estados Mayores.

      Los grises capotes, los cascos bruñidos,
      Las caras de vieja de los mariscales
      Gotosos o hepáticos que lanzan gruñidos
      Breves y fatales...

      Las gafas de oro de los comandantes
      Cercan los ojuelos verdosos y agudos;
      Brillan los monóculos de los ayudantes
      Que meditan mudos.

      Fingen las espuelas luceros de oro
      En la noche oscura de las medias botas;
      Los sables pronuncian un himno sonoro
      De punzantes notas.

      Se habla en un idioma de argucias complejas.
      Lleva el polinomio el triunfo del fuerte.
      Son las ecuaciones como las madejas
      Que urdirán la Muerte.

      Del rito estratégico las palabras técnicas
      -Ataques en cuña, marchas envolventes-,
      Dichas con recuerdos de las Politécnicas
      Por los subtenientes...

      Europa está herida. Hay sangre y destellos.
      Por su inmensa llaga de rojos colores,
      Como unos gusanos ondulan los bellos
      Estados Mayores.

      Son tristes y trágicos. Dicen que son buenos
      Para dar victorias, tierras y cautivos.
      No serán amables, pero por lo menos
      Son decorativos.

      ¿Qué importa el Decálogo ni la razón práctica
      Si pueden servir de tema a un artista?
      Son rosas de luz los sabios en táctica
      Para un colorista.

      En napoleónicas visiones antiguas
      Vuelve la epopeya que hace un siglo fue...
      ¿Por qué reaparecen esas estantiguas
      Que con una lupa pintó Meissonier?
    Arriba

    La tortuga del catolicismo
      La cúpula del Escorial, bajo el bautismo
      Del agresivo sol que irrita, ciega y daña,
      Es el caparazón de hipocondría y saña
      De la inmensa tortuga del catolicismo.

      Tartamudea el esquilón en la espadaña...
      Guarda el macizo templo que se agobia a sí mismo
      El detestable gusto del jesuitismo
      Sobre el triste panteón de los reyes de España.

      Un inquisitorial esfuerzo de pigricia
      De Felipe y de Herrera. La fe que ajusticia
      Le ha dado al Monasterio color de ictericia.

      ¡Siniestro galápago, grave, ocre y moroso,
      Simbolizas la fuerza estéril del coloso
      Que al encontrarse feo se torna bilioso!
    Arriba

    Las máximas de Epicteto
      Besa la niebla de las madrugadas
      De mis balcones el cristal;
      Solfea el reloj cinco campanadas
      Como un arpegio digital.

      ¡Silencio matinal! Nada me turbe
      Salvo el ronco rodar de un coche
      O un alegre cantar de gallos de urbe
      Dando extremaunción a la noche.

      Leo en sartas de letras pequeñitas,
      Con ambiente callado y quieto,
      Por mi buen bisabuelo manuscritas
      Máximas del viejo Epicteto.

      ¡Marcha el sirio filósofo estoico
      Sobre sabia huella socrática!
      Quiere su crátera en mi incendio heroico
      Verter la prudencia pragmática.

      Ama mi carne el premio de los goces.
      Ansía besos y riquezas.
      ¡Epicteto no ha de mellar las hoces
      Que emplear quiero en mis proezas!

      Me detendré por la concha y la flor
      Y dejaré partir la nave.
      No ha llegado a asustarme el dolor
      Ni a tentarme la vida suave,

      Y harto de dar saltos y piruetas
      De saltimbanqui silogístico
      Iré a buscar las verdades secretas
      En un mar violento y artístico,

      Y así me adueñaré del Universo,
      Sin podres teorías físicas;
      Así abrirán los dedos de mi verso
      Las rosas metafísicas.

      Quiero raptar a la Helena troica
      Chorreando sangre melpoménica,
      Y enseñar a la escuela estoica
      Mi dolor de tragedia helénica.

      El huir del Sufrir es ser cobarde.
      ¡Apréndelo, Prudencia mágica!
      El Manual de Epicteto llega tarde.
      ¡Amo la vida recia y trágica!

      En daguerreotipos y en miniaturas
      Se ríen mis antepasados
      De que lea sus viejas escrituras:
      ¡Aventureros y desventurados!

      A mi abuelo le brilla la capona
      Sobre casaca sanjuanista,
      Y su negra perilla desentona
      Sobre el corbatín de batista.

      Vosotros, por la noche en vuestra alcoba
      Este amarillo libro que abro
      Escribisteis en mesas de caoba
      A la luz de algún candelabro.

      Pero nunca os domasteis a la horma
      De la renunciación dogmática.
      La aurora que nacía os dio la norma
      De la gran existencia dramática. 

      Suenan los conventuales esquilones
      Y me dicen palideciendo
      "Hasta mañana" las constelaciones.
      El día nace sonriendo...

      Borra el alba la noche alarmante,
      Como quien corrige una errata,
      Y en el cielo cabecea el menguante
      Como una góndola de plata.
    Arriba

    La Adonia de Rubén Darío (Fragmento)
      ¡Los huérfanos gimen! Es que ha muerto el coloso
      Cantor de amor y de marcial trofeo.
      Como murió el Adonis de perfil hermoso,
      Ha muerto Adonis el del rostro feo.

      ¡Maldita hermosura de la carne que es fatua
      -Del fruto podre vanidad de cáscara-
      Bella sólo por ser modelo de la estatua!
      ¡Qué importa la hermosura de la máscara!

      ¡Malditas las cosas silenciosas y estáticas!
      ¡Maldito el charco-espejo de Narciso!
      ¡Bendición a las liras y a las flautas áticas
      Que estremecen las figuras del friso!

      ¡Maldición al verso que es de peltre y de talco!
      ¡Oro de gloria a Rubén en su Adonia!
      Llantos y anémonas sobre el gran catafalco,
      Entre los nítidos fustes de Jonia.

      Rizos de piedra, espiras, capitel jónico.
      Volutas retorcidas cual zarcillos
      Que fueron molinetes de un puntero armónico
      Para los melódicos caramillos.

      Helicoidal tirabuzón de caracolas
      Hecho en el blanco cabello del Paros
      Curva remedada de las egeas olas
      De los flancos del mar zarcos y claros.

      ¡Rubén Darío, has muerto! ¡Rubén Darío,
      De marfil y ébano tu lecho sea!
      ¡Besen airones de humo de mirra tu frío
      Cuerpo, dispuesto al connubio con Rhea!

      ¡Oh, Cibeles, que tienes collados por senos,
      En ti la savia del mundo se encierra!
      ¡Para los muertos tus pechos están siempre llenos!
      ¡La última querida del hombre es la tierra!

      (...)

      ¡Gloria a las lúbricas metafísicas hambres
      Que redimen del lodo y del marasmo!
      ¡Gloria a las rosas negras de rojos estambres!
      ¡Gloria a la ciencia, hija del espasmo!

      ¡Muerte, madre de metamorfosis hermosas!
      Cual vino a ser mariposa la oruga,
      Vendrá a ser sangre el rosal y la carne rosas.
      La Materia Eterna siempre está en fuga.

      (...)

      ¡Rubén, Rubén! Queda en carne viva mi lacra
      Ante el despojo de tu carne muerta.
      ¡Mas no lloro! Se dio a ti la Armonía sacra,
      Y hoy devuelves al Cosmos su alta oferta.

      Rubén Darío, sol mítico y panteísta,
      En el Gran Todo tu substancia fluye;
      Tu verso cadencioso, síntesis de artista,
      Entre las multitudes se diluye.

      ¡Morir no es morir! Es proteica mudanza.
      De aspecto en aspecto transmigramos,
      Y con nuestros sollozos, la única esperanza,
      El Devenir, la Muerte denigramos.

      Como ante el Sol, hay que cantar ante los muertos
      Porque han ascendido unos tramos más
      En la Infinita Escalinata. Están ciertos
      De lo que hay del velo mayo detrás.

      Rubén, no te lloro porque no te he perdido;
      Te canto, porque aún canta tu recuerdo
      En mi alma de alumno. Tus versos he aprendido,
      Y porque te recuerdo no te pierdo.

      Tu carne nutre el asfódelo del montículo;
      La Vida todo lo ama y lo desmocha,
      Y silba la flauta de cañas de Janículo
      Los rotundos escolios de Spinoza.
    Arriba

    Junio (Fragmento)
      ¡Bajo el cangrejo de estrellas se extasiarán las llanuras!
      Hacen fecundas promesas a las campiñas los soles;
      En los sidéreos trigales lucen espigas maduras
      Y en el agro hay una roja constelación de ababoles.

      El guadañil que hace siega en matemáticas puras,
      Como Copérnico o Newton igual que dos girasoles
      Dirigirá sus pupilas hacia algebraicas lecturas
      En los cielos recamados que giran cual facistoles.

      Todo el misterio de Eleusis ondula en los amarillos
      Campos humildes al son de albogues y caramillos;
      Modulaciones gozosas de un hierofante jocundo.

      (...)
    Arriba

    Nisus
      Este noble deleite de sudar y esforzarme
      Para luego morir, sin querer recompensa...
      Ebrio de dinamismo, no me disperso nunca.
      Mi vida es simple y lineal.

      He donado mis tierras; he quemado mis ropas.
      Con mi mandil de cuero, en mi gruta, en mi fragua
      Martillando en el yunque, junto a una fresca fuente
      Puedo a mi gusto jadear.

      Soy más casto que el gneis. Agonizó la Amada.
      Un enjambre de avispas acribilló sus senos
      Como manzanas núbiles. Me libré del castigo
      Del Sexo estúpido y cruel.

      Desprecio las contiendas de Ahrimán y de Ormuz
      Y los considerandos del Gran Juicio Final,
      Las leyes del Areópago y de la soldadesca
      Y los Dioses borrosos...

      Le he arrancado ya todos los denominadores
      A la ecuación del mundo. Idéntico y sencillo
      En mi labor penosa de terco Demiurgo
      Encuentro mi finalidad.

      Contra el tremendo espanto de presumir los noúmenos
      Golpeo los fenómenos, machaco la apariencia;
      Cada diástole mía es una gran plegaria
      De rebeldía y voluntad.
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