Mostrando entradas con la etiqueta Estados Unidos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Estados Unidos. Mostrar todas las entradas

Henry Wadsworth Longfellow

.
    Información biográfica

  1. Días oscuros (Trad. de Miguel Antonio Caro)
  2. El himno de la vida (Trad. de Miguel Antonio Caro)
  3. Evangelina (Trad. de Miguel Antonio Caro)
  4. Excelsior (Trad. de Miguel Antonio Caro)
  5. Marte (Trad. de Miguel Antonio Caro)
  6. Un rayo de sol (Trad. de Miguel Antonio Caro)


Información biográfica
    Nombre: Henry Wadsworth Longfellow
    Lugar y fecha nacimiento: Portland, Maine, Estados Unidos, 27 de febrero de 1807
    Lugar y fecha defunción: Estados Unidos, 24 de marzo de 1882 (75 años)
    Ocupación: Docente en la Universidad de Harvard, traductor, poeta

    Fuente: [Henry Wadsworth Longfellow] en Wikipedia.org
Arriba

    Días oscuros
      (Traducción de Miguel Antonio Caro incluida en el libro Traducciones poéticas, 1889)

      Oscuro está el tiempo, la tarde está fría;
      La lluvia me azota y el cierzo á porfía.
      La vid aun al césped marchito se adhiere,
      Mas llévase el viento la hoja que muere:
      Y oscuro está el tiempo, la tarde está fría.

      Declinan los años, la vida se enfría;
      La lluvia me azota y el cierzo á porfía:
      A glorias que fueron se adhiere la mente,
      Mas barre esperanzas un soplo inclemente;
      Declinan los años, la vida se enfría.

      No, empero, desmayes; ¡alienta, alma mía!
      El sol de repente sus rayos envía
      Después que una nube robó su presencia.
      Hombre eres; y es fuerza que en toda existencia
      Lluvioso á las veces y oscuro esté el día.
    Arriba

    El himno de la vida
      (Traducción de Miguel Antonio Caro incluida en el libro Traducciones poéticas, 1889)

      Plañidero no me cantes:
      "Sueño es vano la existencia;
      Las imágenes engañan,
      "Como muerto está el que sueña."

      Vida cierta aquí vivimos,
      No es la tumba nuestra meta;
      ¡Polvo vil, al polvo torna!
      Contra el alma no es sentencia,

      No es misión ni fin del hombre
      El placer ni la tristeza;

      Sí el trabajo, y que otro día
      Que otro paso dimos, vea.

      Largo el Arte, el Tiempo breve.
      ¿Corazón que fuerte alienta,
      Tambor sordo, marcha fúnebre
      Redoblando irá á la huesa?

      En el campo de batalla
      Del vivir, no el hombre sea
      Muda res bajo el cayado,
      Sino el héroe de la oruerra.

      No el Futuro te fascine,
      El Pasado muerto deja;
      Trabajando en el Presente
      Ten valor, y en Dios espera.

      De hombres grandes las historias
      A ser grandes nos enseñan,
      Y á dejar también del tiempo
      Nuestros pasos en la arena.

      Y ese rastro en el desierto,
      Quien perdido ya se crea,
      Mirará, y á la obra santa
      Volverá con fuerzas nuevas.

      ¡Ea! ¡Todos al trabajo
      Sin desánimo ni tregua!
      ¡Veteranos de la vida,
      Arma al brazo, y á la brecha!
    Arriba

    Evangelina
      (Traducción de Miguel Antonio Caro incluida en el libro Traducciones poéticas, 1889)

      En esta tierra plácida que baña
      El Delawér, y que á la dulce sombra
      De alta floresta y pastoral cabaña
      A Penn, su apóstol, reverente nombra:

      Allí de la fructífera campaña
      Sobre la igual, terciopelada alfombra,
      La ciudad que él fundó marca su huella
      Y del río á las márgenes descuella.

      Sus calles repercuten todavía
      Los nombres de sus árboles frondosos,
      Como ansiando aplacar con su armonía
      Las dríadas y silfos nemorosos
      Que vieron con enojo el hacha impía
      Invadir sus retretes misteriosos;
      Y allí el aura es fragancia, y la hermosura
      En el pérsico ve su imagen pura.

      Arrojó en esta playa el Océano
      A Evangelina, huérfana y proscrita,
      Y si patria y hogar le hurtó el tirano,
      Aquí otra patria con amor la invita.
      René Leblanc, el venerable anciano,
      Reposó aquí su dilatada cuita,
      Y de cien descendientes, uno apenas
      Vio en torno suyo al rematar sus penas.

      Para su amiga en Filadelfia había
      Algo que hablaba al corazón siquiera.
      Algo que murmurarle parecía:
      "Entre nosotros no eres extranjera."
      Y el cuácaro tutear que en torno oía
      Le recordaba aquella paz primera,
      Aquel Edén de iguales y de hermanos,
      Arcadia realizada entre cristianos.

      Así, cuando por fin cesó en el mundo
      Esa persecución que nunca alcanza
      Su objeto; aquel afán ciego, infecundo;
      Ese loco esperar sin esperanza:
      Entonces, sofocando en lo profundo
      Del corazón la impía desconfianza,
      Volvióse aquí, como hacia el sol las hojas,
      Aquella alma en tinieblas y congojas.

      Igual se ve desde eminente cumbre
      Plegarse y disiparse el cortinaje
      De niebla matinal, y entre áurea lumbre
      Ir surgiendo el magnífico paisaje:
      Roja ciudad de innúmera techumbre.
      Quintas y aldeas como suelto encaje,
      Y, entrelazando hogares y plantíos,
      Caminos de oro y plateados ríos:

      Así también se disipó en su mente
      La neblina falaz que la distrajo,
      Y hoy al sol del amor resplandeciente
      Ve el mundo inmenso dilatarse abajo.
      El sendero asperísimo y pendiente
      Que entre angustias y lágrimas la trajo,
      Perdió con la distancia sus fragores,
      Y es ya una calle de arbolado y flores.

      Gabriel no ha muerto, vive en su alma: en ella
      Su imagen brilla sin cesar, vestida
      De amor y juventud: dos veces bella,

      En flor de corazón y en flor de vida:
      Cual lo vio última vez la fiel doncella
      Extático en ardiente despedida,
      Y más perfecto aún; que hoy lo acrisola
      De eterna ausencia fúnebre aureola.

      El tiempo no entra en su memoria: en vano
      Los años, aunque lentos, se suceden:
      No han de cambiarlo en su tesón profano;
      Transfigurarlo solamente pueden.
      Para Gabriel no existe aquel tirano
      De quien olvido y desamor proceden.
      Él ya no es un ausente: es como un muerto
      Que al fin la mar depositó en su puerto.

      Dulce paciencia, abnegación constante,
      Consagración activa al bien ajeno,
      Hé aquí lo que esa mártir anhelante
      Leyó escrito en las llagas de su seno.
      Así va á difundirse en adelante
      Aquel amor de que rebosa lleno,
      Cual rica especia embalsamando el viento
      Sin perder su fragancia al dar su aliento.

      Roto de la esperanza el frágil vaso,
      Y todo anhelo terrenal proscrito,
      Sólo ansia ya con reverente paso
      Seguir las huellas de Jesús bendito;
      Reanima el cuerpo quebrantado y laso
      Templándolo en el piélago infinito

      De la divina caridad, y ufana
      Ciñe el cordón humilde de la Hermana.

      Meses y años enteros se deslizan
      Viéndola infatigable en su tarea;
      ¡Cuánta llaga esas manos cicatrizan!
      ¡Cuánta miseria incógnita rastrea!
      Por callejuelas que á hombres horrorizan
      De puerta en puerta sin temor golpea,
      Y para cada mal lleva consigo
      Pan, luz, remedio, estímulo y abrigo.

      Noche tras noche, cuando duerme el mundo,
      Y ruedan por las calles desoladas,
      Entre ráfagas de aire gemebundo,
      Las voces del sereno acostumbradas;
      A tiempo que él anuncia aquel profundo
      Sueño, y la paz y la quietud guardadas,
      Tal vez divisa en mísera buhardilla
      Velando algún dolor su lamparilla.

      Y día tras día el alemán labriego,
      Al entrar paso á paso con la aurora
      Rodando el carretón aldeaniego
      Colmado en frutos de Pomona y Flora;
      Cuando sus gritos turban el sosiego
      Del arrabal que aun duerme en esa hora,
      Ve que á su claustro vuelve entonces ella,
      Pálida de velar, mas siempre bella.
    Arriba

    Excelsior
      (Traducción de Miguel Antonio Caro incluida en el libro Traducciones poéticas, 1889)

      Llega de noche á una aldea
      Del Alpe, un joven; flamea
      En la bandeja que empina
      Esta cifra peregrina:
      ¡Excelsior!

      Triste su faz; su mirada
      Brilla cual desnuda espada;
      Su voz de clarín el viento
      Hiere con extraño acento:
      ¡Excelsior!

      Hogares dichosos mira,
      Donde gozo el fuego inspira:
      Fantasmas la noche oscura
      Fíngele en torno; y murmura:
      ¡Excelsior!

      Dícele un viejo: "¡Detente!
      ¡Desbordado va el torrente,
      Cerca la tormenta brama!"
      Y él, con nuevo aliento, exclama:
      ¡Excelsior!

      "Tu frente en mi seno posa,"
      Ruégale doncella hermosa;
      Fugaz lágrima reluce
      En su ojo azul, y balbuce:
      ¡Excelsior!

      Adelantándose al día
      Su oración renuevan pía
      Los monjes de San Bernardo,
      y aun grita el doncel gallardo:
      ¡Excelsior!

      Fiel mastín al joven yerto
      Halló, de nieve cubierto;
      La mano del infelice
      Aferra el pendón que dice:
      ¡Excelsior!

      Hermoso yace, aunque inerte,
      A la luz que el alba vierte,
      Y esta voz cual meteoro
      Baja del celeste coro,
      ¡Excelsior!
    Arriba

    Marte
      (Traducción de Miguel Antonio Caro incluida en el libro Traducciones poéticas, 1889)

      Lenta se avanza la Noche
      Con gran silencio, y la luna
      Pálida en el dorabo etéreo
      Su menguada faz oculta.

      Sola la luz de los astros
      Cielo y tierra fría alumbra,
      Y Marte, el rojo planeta,
      Lugar preeminente ocupa.

      ¿Es del amor y los sueños
      Ese el astro por ventura?
      No; que armado un héroe brilla
      Tras esa tienda cerúlea.

      Cuando mis ojos contemplan
      En la soledad nocturna,
      Suspensa en el éter vago
      Tu centellante armadura.

      ¡Numen del valor sereno!
      Entiendo tus señas mudas,
      Siento que mis fuerzas crecen,
      Cesa el afán que me turba.

      Sola la luz de los astros
      Fría mi espíritu alumbra,
      Y Marte, el rojo planeta,
      Lugar preeminente ocupa.

      Él, con la calma que inspira,
      Me domina y me subyuga,
      Como símbolo de firme
      Voluntad que calla y triunfa.

      ¡Oh, tú, quienquiera que seas
      Que este mi cantar escuchas,
      Si tus bellas esperanzas
      Viste morir una á una,

      Cobra el ánimo perdido,
      Vuelve esforzado á la lucha.
      ¡Gloria al hombre que combate
      Siempre, y no desmaya nunca!
    Arriba

    Un rayo de sol
      (Traducción de Miguel Antonio Caro incluida en el libro Traducciones poéticas, 1889)

      Este es el sitio. ¡Mi corcel, detente!
      Déjame repasar la misma escena,
      Y el recuerdo evocar con honda pena.
      De la mujer que fué.
      Júntanse aquí el pasado y el presente.
      Del tiempo separados por el vuelo,
      Cual las huellas que oculta el arroyuelo,
      Y á ambos lados se ven.

      ¡Venid, recuerdos, mi único recreo!...
      ¡Ah! la gramosa calle ya distingo
      Que al ara santa aquel feliz domingo
      Nos condujo á los dos.
      La inquieta sombra de los tilos veo
      Acariciando la menuda grama.
      ¡Ay! tú pasabas entre sombra y rama
      Como etérea visión.

      Blancas cual la azucena eran tus ropas,
      Como ella casta y pura tu alma era;
      Parecías, graciosa mensajera,
      Del cielo descender.
      Con ternura los árboles sus copas
      Doblaban por besar tu ebúrnea frente,
      Y el pudoroso trébol reverente
      Te acariciaba el pie.

      "¡Dormid, dormid en este santo día
      Angustias y cuidados mundanales!"
      El coro canta. Armónicos raudales
      Ascienden hasta Dios.
      El sol por la entreabierta celosía
      Un rayo vierte en la extendida sala
      Que el polvo dora, y la soñada escala
      Semeja de Jacob.

      El viento perfumado á cada instante
      Besa y agita con su soplo blando
      Las páginas del libro venerando
      Que está sobre el altar.

      Largo tiempo la voz edificante
      Del ministro sonó; mas un momento
      Fué para mí, que á ti mi pensamiento
      Se ligaba tenaz.

      Así también la férvida plegaria
      Que él y yo pronunciamos aquel día,
      Pasó; que á Dios volaba el alma mía,
      Mi corazón á ti.
      Hoy ¡oh dolor! la tea funeraria
      Alumbra sólo. El rayo aquel de oro
      Se extinguió para siempre. Amargo lloro
      Sucedió á aquel festín.

      ¡Triste recuerdo, al corazón ligado
      Con mil raíces! Cual el alto pino
      El sol aparta y gime de con tino
      Su eterna soledad.
      Mas su memoria brilla en lo pasado
      Como el luciente sol brilla á lo lejos,
      Cuando nube que envidia sus reflejos
      Nos oculta su faz.
    Arriba

Edgar Allan Poe

.
    Información biográfica

  1. A Elena (Trad. de Alberto Lasplaces)
  2. A la Ciencia (Trad. de Alberto Lasplaces)
  3. A la Señorita (Trad. de Alberto Lasplaces)
  4. A la Señorita (Trad. de Alberto Lasplaces)
  5. A mi madre (Trad. de Alberto Lasplaces)
  6. Al Río (Trad. de Alberto Lasplaces)
  7. Annabel Lee (Trad. de Alberto Lasplaces)
  8. Balada Nupcial (Trad. de Alberto Lasplaces)
  9. Canción (Trad. de Alberto Lasplaces)
  10. Dreamland (Trad. de Carlos Arturo Torres)
  11. El cuervo (Trad. de Juan Antonio Pérez Bonalde)
  12. El Día más Feliz (Trad. de Alberto Lasplaces)
  13. El Lago (Trad. de Alberto Lasplaces)
  14. El Reino de las Hadas (Trad. de Alberto Lasplaces)
  15. Eldorado (Trad. de Alberto Lasplaces)
  16. Estrellas Fijas (Trad. de Carlos Arturo Torres)
  17. Eulalia (Trad. de Alberto Lasplaces)
  18. Imitación (Trad. de Alberto Lasplaces)
  19. Un ensueño en un ensueño (Trad. de Alberto Lasplaces)
  20. La ciudad en el mar (Trad. de Alberto Lasplaces)
  21. La Durmiente (Trad. de Alberto Lasplaces)
  22. El Coliseo (Trad. de Alberto Lasplaces)
  23. El Gusano Vencedor (Trad. de Alberto Lasplaces)
  24. La Estrella de la Tarde (Trad. de Alberto Lasplaces)
  25. La Romanza (Trad. de Alberto Lasplaces)
  26. Las Campanas (Trad. de Carlos Arturo Torres)
  27. Los Espíritus de los Muertos (Trad. de Alberto Lasplaces)
  28. Para Annie (Trad. de Alberto Lasplaces)
  29. Ulalume (Trad. de Carlos Arturo Torres)


Información biográfica
    Nombre: Edgar Allan Poe
    Lugar y fecha nacimiento: Boston, Massachusetts (Estados Unidos), 19 de enero de 1809
    Lugar y fecha defunción: Baltimore, Maryland (Estados Unidos), 7 de octubre de 1849 (40 años)
    Ocupación: Periodista, editor, crítico, escritor de relatos, poeta
    Movimiento: Romanticismo oscuro

    Fuente: [Edgar Allan Poe] en Wikipedia.org
Arriba

    A Elena
      (Traducción de Alberto Lasplaces)

      Elena, tu belleza es para mí como esas barcas niceanas de otro tiempo que sobre una mar profunda llevaban dulcemente al viajero, cansado, hacia su ribera natal.

      Largo tiempo habituado a errar sobre mares desesperados, tu cabellera de jacinto, tu clásico perfil, tus cantos de náyade me han transportado al corazón de aquella gloria que fue la Grecia, de aquella grandeza que fue Roma.

      ¡Oh! allá abajo, en la espléndida abertura de esa ventana, como eres parecida a una estatua, de pie, tu lámpara de ágata en la mano. ¡Oh Psiquis, tu que me has llegado de esas regiones que son la Tierra Bendita!....
    Arriba

    A la Ciencia
      (Traducción de Alberto Lasplaces)

      ¡Oh Ciencia! tu eres la verdadera hija del viejo tiempo, tu, cuya mirada indiscreta transforma todas las cosas! ¿Por qué haces tu presa del corazón del poeta, oh buitre, cuyas alas son las sombrías realidades? ¿Cómo podría él amarte? Como te creería sabia si no has querido dejarlo vagar en sus ensueños en busca de tesoros en el seno de los cielos constelados, por más de que hasta allí subiera con ala intrépida? ¿No has arrancado Diana a su carro, y obligado a las hamadriadas de la selva a buscar un asilo en alguna otra estrella más feliz? ¿No has sacado a la náyade de su ola, al elfo de su pradera verde y a mí mismo no me has arrebatado mi sueño estival bajo los tamarindos?
    Arriba

    A la Señorita
      (Traducción de Alberto Lasplaces)

      ¿Que me importa si mi suerte terrestre no encierra en mí mismo más que una pequeña cosa de esta tierra? ¿qué me importa si años de amor son olvidados en un momento de odio?

      No lloro en forma alguna porque los desolados sean más dichosos que yo, pequeña, sino porque veo que os afligís por el destino de éste que no es sino un transeúnte sobre la tierra...
    Arriba

    A la Señorita
      (Traducción de Alberto Lasplaces)

      Las umbrías bajo las cuales veo, en mis ensueños, los más traviesos pájaros cantores, son labios; y toda la melodía de tu voz no es hecha sino por palabras creadas por tus labios.

      De tus ojos, engastados en el santuario celeste de tu corazón, caen las miradas desoladas ahora, ¡oh Dios!, sobre mi espíritu fúnebre, como la luz de una estrella sobre un sudario.

      ¡Tu corazón, tu corazón! Me despierto y suspiro y vuelvo a dormirme para ensoñar hasta el día de la verdad, que el oro, —capaz de tantas locuras,— no podrá jamás comprar.
    Arriba

    A mi madre
      (Traducción de Alberto Lasplaces)

      Porque siento que allá arriba, en el cielo, los ángeles que se hablan dulcemente al oído, no pueden encontrar entre sus radiantes palabras de amor una expresión más ferviente que la de «madre», he ahí por qué, desde hace largo tiempo os llamo con ese nombre querido, a ti que eres para mí más que una madre y que llenáis el santuario de mi corazón en el que la muerte os ha instalado, al libertar el alma de mi Virginia. Mi madre, mi propia madre, que murió en buena hora, no era sino mi madre. Pero vos fuisteis la madre de aquella que quise tan tiernamente, y por eso mismo me sois más querida que la madre que conocí, más querida que todo, lo mismo que mi mujer era más amada por mi alma que lo que esta misma amaba su propia vida.
    Arriba

    Al Río
      (Traducción de Alberto Lasplaces)

      ¡Bello río! en tu clara y brillante onda de cristal, agua vagabunda, eres un emblema del esplendor de la belleza, un emblema del corazón que no se esconde ahora, un emblema de la alegre fantasía de arte en casa de la hija del viejo Alberto.

      Pero mientras ella mira en tu corriente, —que resplandece y tiembla, ¿por qué el más hermoso de todos ríos recuerda a uno de sus adoradores? Es porque en su corazón como en tu onda, su imagen está profundamente grabada; en su corazón que tiembla bajo el brillo de sus ojos que buscan el alma!
    Arriba

    Annabel Lee
      (Traducción de Alberto Lasplaces)

      Hace ya bastantes años, en un reino más allá de la mar vivía una niña que podéis conocer con el nombre de Annabel Lee. Esa niña vivía sin ningún otro pensamiento que amarme y ser amada por mí.

      Yo era un niño y ella era una niña en ese reino más allá de la mar; pero Annabel Lee y yo nos amábamos con un amor que era más que el amor; un amor tan poderoso que los serafines del cielo nos envidiaban, a ella y a mí.

      Y esa fue la razón por la cual, hace ya bastante tiempo, en ese reino más allá de la mar un soplo descendió de una nube, y heló a mi bella Annabel Lee; de suerte que sus padres vinieron y se la llevaron lejos de mí para encerrarla en un sepulcro, en ese reino más allá de la mar.

      Los ángeles que en el cielo no se sentían ni la mitad de lo felices que éramos nosotros, nos envidiaban nuestra alegría a ella y a mí. He ahí porque (como cada uno lo sabe en ese reino más allá de la mar) un soplo descendió desde la noche de una nube, helando a mi Annabel Lee.

      Pero nuestro amor era más fuerte que el amor de aquellos que nos aventajan en edad y en saber, y ni los ángeles del cielo ni los demonios de los abismos de la mar podrán separar jamás mi alma del alma de la bella Annabel Lee.

      Porque la luna jamás resplandece sin traerme recuerdos de la bella Annabel Lee; y cuando las estrellas se levantan, creo ver brillar los ojos de la bella Annabel Lee; y así paso largas noches tendido al lado de mi querida, — mi querida, mi vida y mi compañera,—que está acostada en su sepulcro más allá de la mar, en su tumba, al borde de la mar quejumbrosa.
    Arriba

    Balada Nupcial
      (Traducción de Alberto Lasplaces)

      El anillo está en mi dedo y la corona sobre mi frente; he aquí que poseo rasos y joyas en abundancia, y en el presente instante soy feliz.

      Y mi Señor me ama bien; pero la primera vez que pronunció su voto sentí estremecerse mi pecho, porque sus palabras sonaron como un toque de agonía y su voz se parecía a la de aquel que cayó durante la batalla en el fondo del valle, y que es dichoso ahora.

      Pero habló de modo de tranquilizarme y besó mi frente pálida. Entonces un delirio vino y me transportó en espíritu al cementerio. Y pensando que mi Señor era el difunto Elormie, suspiré por él que estaba delante de mi: ¡oh yo soy dichosa ahora!

      Así fueron pronunciadas las palabras, y así fue empeñado el juramento. Y aunque mi fe se haya apagado, y aunque mi corazón llegue a quebrarse, he ahí la dorada prenda que prueba que soy dichosa siempre.

      ¡Quiera Dios que pueda despertar! Porque sueño no sé cómo. Y mi alma se agita dolorosamente en el temor de haber hecho mal, en el temor de llegar a saber que el muerto abandonado no es feliz ahora.
    Arriba

    Canción
      (Traducción de Alberto Lasplaces)

      Te vi en tu día nupcial, cuando un intenso pudor invadía tu frente, aunque todo fuera alegría alrededor de ti y que, delante tuyo, no fuera el mundo sino Amor.

      En la vivificante luz que brillaba en tus ojos, —haya sido cual haya sido su esencia,— encontré todo lo que mi mirada dolorosa pudo hallar de encantador sobre la tierra.

      Ese pudor no era, quizá, sino pudor virginal —pudo muy bien pasar por tal,— aunque su esplendor haya hecho nacer una llama más impetuosa todavía en el seno de aquel que, ¡pobre de él! te vio en tu día nupcial, cuando tu frente se cubría de ese rubor invencible, a pesar de que estuvieras rodeada de dicha y que el mundo no fuera sino amor ante ti!.
    Arriba

    Dreamland
      (Traducción de Carlos Arturo Torres)

      I

      En una senda abandonada y triste
      Que recorren tan sólo ángeles malos,
      Una extraña Deidad la negra Noche
      Ha erigido su trono solitario;
      Allí llegué una vez; crucé atrevido
      De Thule ignota los contornos vagos
      Y al Reino entré que extiende sus confines
      Fuera del Tiempo y fuera del Espacio.

      II

      Valles sin lindes, mares sin riberas,
      Cavernas, bosques densos y titánicos,
      Montañas que a los cielos desafían
      Y hunden la base en insondables lagos,
      En lagos insondables siempre mudos
      De misteriosos bordes escarpados,
      Gélidos lagos, cuyas muertas aguas
      Un Cielo copian tétrico y extraño.

      III

      Orillas de esos lagos que reflejan
      Siempre un Cielo fatídico y huraño
      Cerca de aquellos bosques gigantescos,
      Enfrente de esos negros océanos,
      Al pie de aquellos montes formidables,
      De esas cavernas en los hondos antros,
      Vense a veces fantasmas silenciosos
      Que pasan a lo lejos sollozando,
      Fúnebres y dolientes... ¡son aquellos
      Amigos que por siempre nos dejaron,
      Caros amigos para siempre idos,
      Fuera del Tiempo y fuera del Espacio!

      IV

      Para el alma nutrida de pesares,
      Para el transido corazón, acaso
      Es el asilo de la paz suprema,
      Del reposo y la calma en Eldorado.
      Pero el viajero que azorado cruza
      La región no contempla sin espantos
      Que a los mortales ojos sus misterios
      Perennemente seguirán sellados,
      Así lo quiere la Deidad sombría
      Que tiene allí su imperio incontrastado.

      V

      Por esa senda desolada y triste
      Que recorren tan sólo ángeles malos,
      Senda fatal donde la Diosa Noche
      Ha erigido su trono solitario,
      Donde la inexplorada, última Thule
      Esfuma en sombras sus contornos vagos,
      Con el alma abrumada de pesares,
      Transido el corazón, he paseado...
      ¡He paseado en pos de los que huyeron
      Fuera del Tiempo y fuera del Espacio!
    Arriba

    El cuervo
      (Traducción de Juan Antonio Pérez Bonalde)

      Una fosca media noche, cuando en tristes reflexiones,
      Sobre más de un raro infolio de olvidados cronicones
      Inclinaba soñoliento la cabeza, de repente
      A mi puerta oí llamar:
      Como si alguien, suavemente, se pusiese con incierta
      Mano tímida a tocar:
      "Es -me dije- una visita que llamando está a mi puerta:
      ¡Eso es todo y nada más!"

      ¡Ah! Bien claro lo recuerdo: era el crudo mes del hielo,
      Y su espectro cada brasa moribunda enviaba al suelo.
      Cuan ansioso el nuevo día deseaba, en la lectura
      Procurando en vano hallar
      Tregua a la honda desventura de la muerte de Leonora,
      La radiante, la sin par
      Virgen pura a quien Leonora los querubes llaman, hora
      Ya sin nombre... ¡nunca más!

      Y el crujido triste, incierto, de las rojas colgaduras
      Me aterraba, me llenaba de fantásticas pavuras,
      De tal modo que el latido de mi pecho palpitante
      Procurando dominar,
      "Es, sin duda, un visitante -repetía con instancia-
      Que a mi alcoba quiere entrar:
      Un tardío visitante a las puertas de mi estancia..
      ¡Eso es todo, y nada más!"
       
      Paso a paso, fuerza y bríos
      Fue mi espíritu cobrando:
      "Caballero -dije- o dama:
      Mil perdones os demando;
      Mas, el caso es que dormía,
      Y con tanta gentileza
      Me vinisteis a llamar,
      Y con tal delicadeza
      Y tan tímida constancia
      Os pusisteis a tocar,
      Que no oí -dije- y las puertas
      Abrí al punto de mi estancia;
      Sombras solo...
      ¡Y nada más!

      Mudo, trémulo, en la sombra por mirar haciendo empeños,
      Quedé allí, cual antes nadie los soñó, forjando sueños;
      Mas profundo era el silencio, y la calma no acusaba
      Ruido alguno resonar
      Sólo un nombre se escuchaba que en voz baja a aquella hora
      Yo me puse a murmurar,
      Y que el eco repetía como un soplo: ¡Leonora...!
      Esto apenas, ¡nada más!
      A mi alcoba retornando con el alma en turbulencia,
      Pronto oí llamar de nuevo, esta vez con más violencia,
      "De seguro -dije- es algo que se posa en mi persiana;
      Pues, veamos de encontrar
      La razón abierta y llana de este caso raro y serio,
      Y el enigma averiguar.
      ¡Corazón! Calma un instante, y aclaremos el misterio...
      Es el viento ¡y nada más!"

      La ventana abrí y con rítmico aleteo y garbo extraño
      Entró un cuervo majestuoso de la sacra edad de antaño.
      Sin pararse ni un instante ni señales dar de susto,
      Con aspecto señorial,
      Fue a posarse sobre un busto de Minerva que ornamenta
      De mi puerta el cabezal;
      Sobre el busto que de Palas la figura representa,
      Fue y posóse... ¡y nada más!
      Trocó entonces el negro pájaro en sonrisas mi tristeza
      Con su grave, torva y seria, decorosa gentileza;
      Y le dije: "Aunque la cresta calva llevas, de seguro
      No eres cuervo nocturnal,
      Viejo, infausto cuervo obscuro, vagabundo en la tiniebla...
      Dime: -"¿Cuál tu nombre, cuál
      En el reino plutoniano de la noche y de la niebla?"
      Dijo el cuervo: "¡Nunca más!"

      Asombrado quedé oyendo así hablar al avechucho,
      Si bien su árida respuesta no expresaba poco o mucho;
      Pues preciso es convengamos en que nunca hubo criatura
      Que lograse contemplar
      Ave alguna en la moldura de su puerta encaramada,
      Ave o bruto reposar
      Sobre efigie en la cornisa de su puerta, cincelada,
      Con tal nombre: "¡Nunca más!"

      Mas el cuervo, fijo, inmóvil, en la grave efigie aquella,
      Sólo dijo esa palabra, cual si su alma fuese en ella
      Vinculada; ni una pluma sacudía, ni un acento
      Se le oía pronunciar...
      Dije entonces al momento: "Ya otros antes se han marchado,
      Y la aurora al despuntar,
      Él también se irá volando cual mis sueños han volado."
      Dijo el cuervo: "¡Nunca más!"

      Por respuesta tan abrupta como justa sorprendido,
      "No hay ya duda alguna -dije- lo que dice es aprendido;
      Aprendido de algún amo desdichado a quien la suerte
      Persiguiera sin cesar,
      Persiguiera hasta la muerte, hasta el punto de, en su duelo,
      Sus canciones terminar
      Y el clamor de su esperanza con el triste ritornelo
      De jamás, ¡y nunca más!"
      Mas el cuervo provocando mi alma triste a la sonrisa,
      Mi sillón rodé hasta el frente al ave, al busto, a la cornisa;
      Luego, hundiéndome en la seda, fantasía y fantasía
      Dime entonces a juntar,
      Por saber qué pretendía aquel pájaro ominoso
      De un pasado inmemorial,
      Aquel hosco, torvo, infausto, cuervo lúgubre y odioso
      Al graznar: "¡Nunca jamás!"

      Quedé aquesto investigando frente al cuervo, en honda calma,
      Cuyos ojos encendidos me abrasaban pecho y alma.
      Esto y más—sobre cojines reclinado—con anhelo
      Me empeñaba en descifrar,
      Sobre el rojo terciopelo do imprimía viva huella
      Luminosa mi fanal—
      Terciopelo cuya púrpura ¡ay! jamás volverá ella
      A oprimir... ¡ah, nunca más!

      Parecióme el aire, entonces,
      Por incógnito incensario
      Que un querube columpiase
      De mi alcoba en el santuario,
      Perfumado. "Miserable ser -me dije- Dios te ha oído,
      Y por medio angelical,
      Tregua, tregua y el olvido del recuerdo de Leonora
      Te ha venido hoy a brindar:
      ¡Bebe! Bebe ese nepente, y así todo olvida ahora.
      Dijo el cuervo: "¡Nunca más!"

      "Eh, profeta -dije- o duende,
      Mas profeta al fin, ya seas
      Ave o diablo, ya te envíe
      La tormenta, ya te veas
      Por los ábregos barrido a esta playa,
      Desolado
      Pero intrépido a este hogar
      Por los males devastado,
      Dime, dime, te lo imploro:
      ¿Llegaré jamas a hallar
      Algún bálsamo o consuelo para el mal que triste lloro?"
      Dijo el cuervo: "¡Nunca más!"

      "¡Oh, Profeta -dije- o diablo! Por ese ancho combo velo
      De zafir que nos cobija, por el mismo Dios del Cielo
      A quien ambos adoramos, dile a esta alma adolorida,
      Presa infausta del pesar,
      Si jamás en otra vida la doncella arrobadora
      A mi seno he de estrechar,
      La alma virgen a quien llaman los arcángeles Leonora!"
      Dijo el cuervo: "¡Nunca más!"
      "Esa voz,
      Oh cuervo, sea
      La señal
      De la partida.
      Grité alzándome: -¡Retorna,
      Vuelve a tu hórrida guarida,
      La plutónica ribera de la noche y de la bruma! De tu horrenda falsedad
      En memoria, ni una pluma dejes, negra, ¡el busto deja!
      ¡Deja en paz mi soledad!
      ¡Quita el pico de mi pecho! De mi umbral tu forma aleja..."
      Dijo el cuervo: "¡Nunca más!"

      Y aún el cuervo inmóvil, fijo, sigue fijo en la escultura,
      Sobre el busto que ornamenta de mi puerta la moldura...
      Y sus ojos son los ojos de un demonio que, durmiendo,
      Las visiones ve del mal;
      Y la luz sobre él cayendo, sobre el suelo arroja trunca
      Su ancha sombra funeral,
      Y mi alma de esa sombra que en el suelo flota...
      Nunca se alzará... ¡nunca jamás!
    Arriba

    El Día más Feliz
      (Traducción de Alberto Lasplaces)

      El día más feliz, la hora más dichosa, los ha conocido mi corazón agotado y marchito; pero siento que ha desaparecido ya mi más alta esperanza de orgullo y de poderío.

      ¿He dicho de poderío? Sí. Pero desde hace largo tiempo, ¡ay de mí! se han desvanecido los bellos ensueños de la juventud; han pasado ya: dejémoslos que se desvanezcan!

      Y tú, orgullo, ¿qué haré de ti ahora? Otra frente puede bien heredar el veneno que me has dado. Que por lo menos mi espíritu permanezca tranquilo.

      El día más hermoso, la hora más feliz que mis ojos hayan visto y hayan podido ver jamás, mi más brillante mirada de orgullo y de poderío, todo eso ha existido pero ya no existe; yo lo siento.

      Y si esa esperanza de orgullo y de poderío me fuera ofrecida ahora acompañada de un dolor semejante al que experimento, no quisiera revivir esa hora brillante. Porque bajo su ala llevaba una obscura mezcla y mientras volaba, dejaba caer una esencia todopoderosa para consumir un alma que tan bien la conocía.
    Arriba

    El Lago
      (Traducción de Alberto Lasplaces)

      En la primavera de mi juventud, fue mi destino no frecuentar de todo el vasto mundo sino un solo lugar que amaba más que todos los otros, tanta era de amable la soledad de su lago salvaje, rodeado por negros peñascos y de altos pinos que dominaban sus alrededores.

      Pero cuando la noche tendía su sudario sobre ese lugar como sobre todas las cosas, y se agregaba el místico viento murmurando su melodía, entonces, ¡oh, entonces se despertaba siempre en mí el terror por ese lago solitario!

      Y sin embargo ese terror no era miedo, sino una turbación deliciosa, un sentimiento que ninguna mina de piedras preciosas podría inspirarme o convidarme a definir, ni el amor mismo, aunque ese amor fuera el tuyo.

      La muerte reinaba en el seno de esa onda envenenada, y en su remolino había una tumba bien hecha para aquel que pudiera beber en ella un consuelo a su imaginación taciturna, para aquel cuya alma desamparada pudiera haberse hecho un Edén de ese lago velado.
    Arriba

    El Reino de las Hadas
      (Traducción de Alberto Lasplaces)

      Valles obscuros, torrentes umbríos, bosques nebulosos en los cuales nadie puede descubrir las formas a causa de las lágrimas que gota a gota se lloran de todas partes! Allá, lunas desmesuradas crecen y decrecen, siempre, ahora, siempre, a cada instante de la noche, cambiando siempre de lugar, y bajo el hálito de sus faces pálidas ellas oscurecen el resplandor de las temblorosas estrellas. Hacia la duodécima hora del cuadrante nocturno una luna más nebulosa que las otras,—de una especie que las hadas han probado ser la mejor,—desciende hasta bajo el horizonte y pone su centro sobre la corona de una eminencia de montañas, mientras que su vasta circunferencia se esparce en vestiduras flotantes sobre los caseríos, sobre las mismas mansiones distantes, sobre bosques extraños, sobre la mar, sobre los espíritus que danzan, sobre cada cosa adormecida, y los sepulta completamente en un laberinto de luz. Y entonces, ¡cuán profundo es el éxtasis de ese su sueño! De mañana, ellas se levantan, y su velo lunar vuela por los cielos mientras se agitan como pálido albatros al soplo de la tempestad que las sacude como a casi todas las cosas. Pero cuando las hadas que se han refugiado bajo esa luna de la que se han servido, por así decirlo, como de una tienda, la dejan, no pueden jamás volver a encontrar abrigo. Y los átomos de ese astro se dispersan y se convierten bien pronto en una lluvia, de la cual las mariposas de esta tierra, que buscan en vano los cielos y vuelven a descender,—¡criaturas jamás satisfechas!—nos devuelven partículas a veces sobre sus alas estremecidas.
    Arriba

    Eldorado
      (Traducción de Alberto Lasplaces)

      Brillantemente ataviado, un galante caballero, viajó largo tiempo al sol y a la sombra, cantando su canción, a la busca del Eldorado.

      Pero llegó a viejo, el animoso caballero, y sobre su corazón cayó la noche porque en ninguna parte encontró la tierra del Eldorado.

      Y al fin, cuando le faltaron las fuerzas, pudo hallar una sombra peregrina.—Sombra,— le preguntó — ¿donde podría estar esa tierra del Eldorado?

      —«Más allá de las montañas de la Luna, en el fondo del valle de las sombras; cabalgad, cabalgad sin descanso—respondió la sombra,—si buscáis el Eldorado....».
    Arriba

    Estrellas Fijas (To Helen)
      (Traducción de Carlos Arturo Torres)

      I

      Te vi un punto;
      Era una noche de julio, noche tibia y perfumada,
      Noche diáfana,
      De la Luna plena y límpida,
      Límpida como tu alma,
      Descendían
      Sobre el parque adormecido gráciles velos de plata;
      Ni una ráfaga

      El infinito silencio
      Y la quietud perturbaban;
      En el parque
      Evaporaban las rosas los perfumes de sus almas,
      Para que los recogieras
      En aquella noche mágica;
      Para que tú lo aspiraras su último aliento exhalaban,
      Como en una muerte extática;
      Y era una selva encantada,
      Y era una noche de ensueños y claridades fantásticas!

      II

      ¡Toda de blanco vestida,
      Toda blanca
      Sobre un banco de violetas
      Reclinada
      Te veía,
      Y a las rosas moribundas y a ti una luz tenue y diáfana
      Alumbraba
      Luz de perla diluida
      En un éter de suspiros y de evaporadas lágrimas!

      III

      ¿Qué hado extraño
      (¿Fué ventura, fue desgracia?)
      Me condujo
      Aquella noche hasta el parque de las rosas que exhalaban
      Los suspiros perfumados
      De su alma?
      Ni una hoja
      Susurraba;
      No se oía
      Una pisada,
      Todo mudo,
      Todo en calma,
      Todo en sueño
      Menos tú y yo (¡cuál me agito al unir las dos palabras!)
      Menos tú y yo. De repente
      Todo cambia.
      De la Luna la luz límpida, la luz de perla se apaga,
      El perfume de las rosas muere en las dormidas auras,
      Los senderos se obscurecen
      Expiran las violas castas,
      Menos tú y yo, todo huye, todo muere, todo pasa...
      ¡Todo se apaga y se extingue menos tus hondas miradas,
      Tus dos ojos donde arde
      Tu alma!
      Y sólo veo entre sombras aquellos ojos...
      ¡Oh, amada!
      ¡Qué tristezas extrahumanas,
      Qué irreales
      Leyendas de amor relatan!
      ¡Qué misteriosos dolores,
      Qué sublimes esperanzas,
      Qué mudas renunciaciones
      Expresan aquellos ojos que en las sombras fijan en mí sus miradas!

      IV

      ¡Noche obscura,
      Ya Diana
      Entre turbios nubarrones hundió la faz plateada;
      Y tú sola
      En medio de la avenida
      Funeraria,
      Te deslizas
      Ideal, mística y blanca,
      Te deslizas y te alejas incorpórea cual fantasma;
      Sólo flotan tus miradas,
      Sólo tus ojos perennes;
      Tus ojos de hondas miradas
      Fijos quedan!
      A través de los espacios y los tiempos marcan, marcan
      Mi sendero, y no me dejan cual me dejó la esperanza.
      ¡Van siguiéndome,
      Siguiéndome
      Como dos estrellas cándidas,
      Cual fijas estrellas dobles en el Cielo apareadas!
      En la noche
      Solitaria
      Purifican con sus rayos y mi corazón abrasan
      Y me prosterno ante ellos con adoración extática;
      Y en el día
      No se ocultan cual se ocultó mi esperanza;
      Por todas partes me siguen mirándome fijamente
      En mi espíritu clavadas...
      ¡Misteriosas y lejanas
      Me persiguen tus miradas
      Como dos estrellas fijas, como dos estrellas tristes,
      Como dos estrellas blancas!
    Arriba

    Eulalia
      (Traducción de Alberto Lasplaces)

      Vivía sólo en un mundo de lamentaciones y mi alma era una onda estancada, hasta que la bella y dulce Eulalia llegó a ser mi pudorosa compañera, hasta que la joven Eulalia, la de los cabellos de oro, llegó a ser mi sonriente compañera.

      ¡Ah! las estrellas de la noche brillan bastante menos que los ojos de esa radiante niña! Y jamás girón de vapor emergido en un irisado claro de luna, podrá compararse al bucle más descuidado de la modesta Eulalia, podrá compararse al bucle más humilde y más descuidado de Eulalia, la de los brillantes ojos!

      La duda y la pena no me invaden jamás, ahora, porque su alma me entrega suspiro por suspiro. Y durante todo el día, Astarté resplandece brillante y fuerte en el cielo, en tanto que siempre hacia ella, mi querida Eulalia, levanta sus ojos de esposa, en tanto que siempre hacia ella mi joven Eulalia eleva sus bellos ojos violetas!..
    Arriba

    Imitación
      (Traducción de Alberto Lasplaces)

      Una ola insondable de invencible orgullo, un misterio y un sueño, tal debió parecer mi primera edad. Yo añado que ese sueño estaba atravesado por un pensamiento huraño, siempre despierto, de seres que han existido, y que mi espíritu no hubiera apercibido jamás si los hubiera dejado pasar cerca de mi, bajo mi ensoñadora pupila. Que ningún otro, acá abajo, herede esta visión de mi espíritu, de esos pensamientos que a cada instante quisiera dominar y que se extienden como un hechizo sobre mi alma. Porque, al fin, esa brillante esperanza y ese tiempo liviano se han ido, y mi reposo terrestre, me ha dejado, él también, con un suspiro, al pasar. Entre tanto, no me preocupo de que él perezca con un pensamiento que entonces amaba....!
    Arriba

    Un ensueño en un ensueño
      (Traducción de Alberto Lasplaces)

      Recibid este beso en la frente. Y ahora que os dejo, permitidme por lo menos confesar esto: no os agraviéis, vos que estimáis que mis días han sido un ensueño. Entretanto, si la esperanza se ha ido, en una noche o en un día, en una visión o en un sueño, ¿se ha ido menos por eso? Todo lo que vemos o nos parece, no es sino un ensueño en un ensueño!

      Me encuentro en medio de los bramidos de una costa atormentada por la resaca, y tengo en la mano granos de arena de oro. ¡Cuán poco es! ¡Y cómo se deslizan a través de mis dedos hacia el abismo, mientras lloro, mientras lloro! ¡Dios mío, ¿no puedo retenerlos en un nudo más seguro? ¡Dios mío!, ¿no podré salvar uno solo del cruel vacío? ¿Todo lo que vemos o nos parece no es otra cosa que un ensueño en un ensueño?
    Arriba

    La ciudad en el mar
      (Traducción de Alberto Lasplaces)

      ¡Ved! La Muerte se ha erigido un trono, en una extraña ciudad que se levanta, solitaria, muy lejos, en el sombrío occidente, donde los buenos y los malos, los peores y los mejores han ido hacia la paz eterna. Allí los templos, los palacios y las torres—torres carcomidas por el tiempo, y que no tiemblan nunca,—no se parecen en nada a las nuestras. A su alrededor, olvidadas por los vientos que no las agitan jamás resignadas bajo los cielos, reposan las aguas melancólicas.

      Desde el cielo sagrado, ningún rayo desciende en la negra noche de esa ciudad; pero un resplandor reflejado por la lívida mar, invade las torres, brilla silenciosamente sobre las almenas, a lo hondo y a lo largo, sobre las cúpulas, sobre las cimas, sobre los palacios reales, sobre los templos, sobre las murallas babilónicas, sobre la soledad sombría y desde largo tiempo abandonada, de los macizos de hiedra esculpida y de flores de piedra—sobre tanto y tanto templo maravilloso en cuyos frisos contorneados se entrelazan claveles, violetas y viñas.

      Bajo el cielo, resignadas, reposan las aguas melancólicas. Las torres y las sombras se confunden de tal modo que todo parece suspendido en el aire, mientras que desde una torre orgullosa, la Muerte como un espectro gigante, contempla la ciudad que yace a sus pies.

      Allá los templos abiertos y las tumbas sin losa bostezan al nivel de las aguas luminosas; pero ni las riquezas que se muestran en los ojos adiamantados de cada ídolo, ni los cadáveres con sus rientes adornos de joyas, quitan a las aguas de su lecho; ninguna ondulación arruga, ¡ay de mi! todo ese vasto desierto de cristal; ninguna ola indica que los vientos puedan existir sobre otros mares lejanos y más felices; ninguna ola, ninguna ola deja suponer que han existido vientos sobre mares menos horrorosamente serenos.

      Pero, he ahí que un estremecimiento agita el aire. Una onda, un movimiento se ha producido, allá abajo. Se diría que las torres se han bamboleado y se hunden, dulcemente, en la onda taciturna, como si las cimas hubieran producido un ligero vacío en el cielo brumoso. Entonces las ondas tienen una luz más roja, las horas transcurren sordas y lánguidas. Y cuando en medio de gemidos que no tengan nada de terrestres, esta ciudad sea engullida por fin y profundamente fijada bajo la mar, todavía, levantándose sobre sus mil tronos, el Infierno le rendirá homenaje.
    Arriba

    La Durmiente
      (Traducción de Alberto Lasplaces)

      En el mes de Junio, a media noche me encuentro bajo la mística luna. Un oscuro vapor de opio y de rocío se exhala de su halo de oro, y dulcemente, filtrando por la cumbre tranquila de la montaña, resbala perezosa y armoniosamente por el valle universal. El romero se adormece sobre la tumba, el lis se inclina hacia la onda. Envolviéndose en la bruma se hunde en el reposo. Ved, como parecido al Leteo, el lago parece adormecerse a sabiendas y por nada del mundo quisiera despertar. Toda belleza duerme. Y ved donde reposa—su ventana abierta a los cielos,—Irene, con sus destinos.

      ¡Oh brillante princesa! ¿por qué dejar esa ventana abierta a la noche? Los espíritus juguetones, desde la alto de los árboles se filtran a través de la persiana. Los seres incorpóreos, turba de magos, revolotean a través de la cámara y hacen flotar las cortinas del dosel, tan fantásticamente, tan tímidamente, por encima de tu párpado cerrado y franjeado,—bajo el cual se esconde tu alma adormecida—que sobre el piso, al pie del muro, sus sombras se levantan y descienden como una ronda de fantasmas.

      Querida niña, ¿no tienes miedo? ¿Por qué, y con qué sueñas? Has venido, ciertamente, de mares muy lejanos; ¿no eres una maravilla para los árboles de ese jardín? Extraña es tu palidez, extraño tu vestido, extraña sobre todo, la longitud de tus cabellos, y todo este silencio solemne.

      ¡Ella duerme! Oh! puede que su sueño sea tan profundo como durable!; ¡que el cielo la tenga en su santa guardia. ¡Que esta cámara sea transformada en una más melancólica y yo rogaré a Dios que la deje dormir para siempre, los ojos cerrados, mientras que a su alrededor errarán los fantasmas de oscuros velos.

      Mi amor: ¡ella duerme! ¡Que su sueño eterno pueda ser profundo! Que los gusanos se deslicen dulcemente a su alrededor! Que en el fondo del bosque viejo y sombrío, alguna gran tumba pueda abrirse para ella, alguna gran tumba que haya cerrado otras veces como alas sus negros «panneaux» triunfantes, por encima de los estandartes funerarios bordados con las armas, de su ilustre familia;—alguna tumba lejana y aislada contra la portada de la cual ella haya en su infancia lanzado tantas piedras ociosas;—algún sepulcro cuya puerta sonora no le devuelva jamás nuevos ecos, a ella, pobre hija del pecado, que en otro tiempo se estremecía al pensamiento de que fueran los muertos quienes le respondiesen gimiendo!
    Arriba

    El Coliseo
      (Traducción de Alberto Lasplaces)

      ¡Símbolo de la Roma antigua! ¡Suntuoso relicario de sublimes contemplaciones legadas al tiempo por difuntos siglos de pompa y de poderío!! Al fin, después de tantos días de fatigante peregrinaje y de ardiente sed,—sed de corrientes de la ciencia que yace en ti,—yo, hombre transformado, me arrodillo humildemente entre tus sombras y bebo del fondo mismo de mi alma tu grandeza, tu tristeza y tu gloria.

      ¡Inmensidad, y edad, y recuerdos de antes! Silencio y desolación y profunda noche! Os percibo ahora y os siento en toda vuestra fuerza. ¡Oh sortilegios más eficaces que aquellos que el rey de Judea enseñó en los jardines de Gethsemaní! ¡Oh encantos más poderosos que los que la Caldea encantada arrancó jamás a las tranquilas estrellas!

      Aquí, en donde cayó un héroe, cae una columna! Aquí, en donde el águila teatral brillaba, cubierta de oro, el oscuro murciélago hace su aquelarre de media noche. Aquí, en donde la cabellera dorada de las damas romanas flotaba al viento, se balancean abora el cardo y la caña. Aquí, en donde el monarca se inclinaba sobre su trono de oro, el ágil y silencioso lagarto se desliza como un espectro hacia su casa de mármol, al pálido resplandor del creciente lunar.

      Pero, oíd. Esos muros, esas arcadas revestidas de hiedra, esos zócalos musgosos, esas columnas ennegrecidas, esos vagos relieves, esos frisos ruinosos, esas cornisas rotas, ese naufragio, esa ruina, esas piedras grises, ¡ay! ¿es esto todo lo que queda de famoso y de colosal? ¿es esto todo lo que las horas corrosivas han perdonado, todo lo que ellos nos han dejado al Destino y a mi?

      «No. No es todo,—me responden los ecos,—no es todo. Voces fuertes y proféticas se levantan para siempre en nosotros y en toda ruina a la intención de los sabios, parecidas a los himnos de Memnon al Sol! Reinamos en los corazones de los hombres más poderosos; reinamos con despótico imperio sobre todas las almas gigantes. No somos impotentes nosotras, pálidas piedras. Todo nuestro poderío no ha desaparecido,—ni toda nuestra gloria,—ni todo el prestigio de nuestro alto renombre, ni todo lo maravilloso que nos circunda, ni todos los misterios que moran en nosotros,—ni todos los recuerdos que se prenden en nuestros flancos como un vestido, envolviéndonos con un manto que es más que la gloria!
    Arriba

    El Gusano Vencedor
      (Traducción de Alberto Lasplaces)

      ¡Ved!; es noche de gala en estos últimos años solitarios. Una multitud de ángeles alados, adornados con velos y anegados en lágrimas, se halla reunida en un teatro para contemplar un drama de esperanzas y de temores mientras la orquesta suspira por intervalos la música de las esferas.

      Actores creados a la imagen del Altísimo, murmuran en voz baja y saltan de un lado al otro; pobres fantoches que van y vienen a órdenes de vastas creaturas informes que cambian la decoración a su capricho, sacudiendo con sus alas de cóndor a la invisible desgracia.

      Este drama abigarrado—estad seguro que no será olvidado,—con su fantasma perseguido siempre por una muchedumbre que no puede atraparlo, en un círculo que gira siempre sobre sí mismo y vuelve sin cesar al mismo punto; ese drama en el cual forman el alma de la intriga mucha locura y todavía más pecado y horror!...

      Pero ved, a través de la bulla de los actores como una forma rampante hace su entrada! Una cosa roja, color sanguinolento viene retorciéndose de la parte solitaria de la escena. ¡Cómo se retuerce! Con mortales angustias los actores constituyen su presa, y los ángeles sollozan viendo esas mandíbulas de gusano teñirse en sangre humana.

      Todas las luces se apagan, todas, todas. Sobre cada forma todavía tiritante, el telón, como un paño mortuorio, desciende con un ruido de tempestad. Y los ángeles, todos pálidos y macilentos se levantan y cubriéndose afirman que ese drama es una tragedia que se llama «El Hombre» de la cual el héroe es el Gusano Vencedor...!
    Arriba

    La Estrella de la Tarde
      (Traducción de Alberto Lasplaces)

      Era en el corazón del verano y en medio de la noche. Las estrellas marchando en sus órbitas brillaban con un pálido resplador a través de la luz más viva de la fría luna, mientras que ésta, rodeada de los planetas, sus esclavos, lanzaba desde lo alto de los cielos, sus rayos sobre las olas.

      Yo contemplaba su triste sonrisa, demasiado fría, demasiado fría para mí. Una nube oscura vino a pasar, semejante a un sudario, y fue entonces que me volví hacia ti, Estrella del Sur, orgullosa en tu gloria lejana. Y ahora me será más querida tu luz, porque lo que me traes de más magnificente a través del cielo nocturno, es la alegría de mi corazón, y yo prefiero tu discreto y lejano resplandor a esa llama cercana pero más fría!
    Arriba

    La Romanza
      (Traducción de Alberto Lasplaces)

      ¡Oh romanza que gustas cantar, la frente adormecida y las alas plegadas, entre las hojas verdes agitadas a lo lejos sobre algún lago umbrío, tú has sido para mí un papagayo de vivos colores, un pájaro muy familiar; tú me has enseñado a leer mi alfabeto, a balbucear todas mis primeras palabras, mientras que, niño de mirada sagaz, me hundía en huraños bosques.

      En estos últimos tiempos, el eterno Cóndor de los tiempos ha estremecido de tal modo mi cielo hasta en sus alturas, agrandando el tumulto producido por el pasaje y la huida de los años, y tengo tan obstinadamente los ojos fijos en el inquietante horizonte, que no me queda tiempo para mis dulces ocios.
    Arriba

    Las Campanas
      (Traducción de Carlos Arturo Torres)

      I

      Por el aire se dilata
      Alegre campanilleo...
      Son las campanas de plata
      Del trineo...
      ¿Oh, qué mundo de alegría expresa su melodía!
      ¡Qué retintín de cristal
      En el ambiente glacial!
      Mientras las luces astrales
      Que titilan en los cielos
      Se miran en los cristales
      De los hielos,
      Y sube la nota única
      Como un ágil rima rúnica
      Que allá en la noche serena
      Va dilatando sus ecos por el último confín,
      Y la campanilla suena
      Dilín, dilín...
      ¡Melodiosa y cristalina
      Suena, suena,
      Suena, suena, suena, suena
      La nota ágil y argentina
      Con metálico y alegre y límpido retintín!

      II

      ¡Escuchad! Un dulce coro
      Puebla la atmósfera toda:
      Son las campanas de oro
      De la boda.
      ¡Qué mundo de venturanza la plácida nota lanza
      Su voz como una caricia
      O como un suave reproche
      Desgrana en la calma noche
      Las perlas de su delicia.
      Son las áureas notas una fuente de ledo murmullo
      O el enamorado arrullo de la tórtola: la Luna
      En la dormida laguna vierte miradas de plata,
      Y en el éter y en las linfas palpita la serenata...
      ¡Y cómo en el aire flota
      La áurea nota!
      ¡Cómo brota,
      Cual dice la dicha ignota,
      En el balsámico efluvio de noche primaveral!
      ¡Y cuan dulce y cuan sonoro,
      —Din dan, din dan—,
      Es el coro,
      —Din dan, din dan—,
      De la campana de oro,
      Que en su lengua musical
      Celebrando está el misterio de la noche nupcial.

      III

      ¡Turba el nocturno sosiego
      Súbita alarma, y entonces
      A gran campana de bronce
      Itoca a fuego!
      ¡Qué terrífica pavura la siniestra nota augura!
      Es desesperado ruego
      Desgarrador y tenaz
      Al rojo elemento ciego
      Cada instante más frenético, cada instante más voraz!
      En indescriptible pánico
      El cataclismo volcánico
      Con raudo impulso titánico
      Avanza, la campanada alarido es de terror;
      Sigue el bronce, sigue el bronce con su clamoroso estruendo
      Diciendo
      Cuál crece el peligro horrendo,
      Cuál se inflama
      La llama,
      Y la Luna como forma de sangriento tabernáculo,
      Alumbra el rojo espectáculo
      En su fantástico horror.
      Y el bronce alarmante clama,
      Clama, clama
      Como se extiende la injuria
      Del incendio y crece en furia,
      Y es ya locura el pavor...
      Bajo cielos escarlatas se extiende inflamado manto,
      El espanto
      En tanto
      Crece, y sigue la campana de su rebato el clamor.
      ¡Y en ese rebato armígero,
      —Dan dan, dan dan—,
      Crece el estrago flamígero
      —Dan dan, dan dan—,
      Al son violento que dan
      Las campanas de la torre que tocando a fuego están!

      IV

      Dobla y dobla lentamente
      Negra campana de hierro
      Que invita con son doliente
      Al entierro.
      ¡Qué solemnes pensamientos despiertan esos acentos!
      Del lento y triste sonido
      Cada toque, cada nota
      En el vago viento flota
      Como doliente gemido,
      Y de la noche en la calma
      El melancólico son,
      Siente estremecida el alma
      Cual solemne admonición.
      ¡Se desprenden esos dobles lúgubres y funerarios
      De los altos campanarios
      En fúnebre vibración;
      En esos dobles alienta algún espíritu irónico
      Que a cada nota que zumba,
      Con agrio gesto sardónico
      Rueda implacable y derrumba
      Y oprime con todo el peso de la piedra de una tumba
      El humano corazón!
      ¡Quienes tañen las campanas de los toques funerales
      No son pobres campaneros, no son sencillos mortales,
      Son espectros sepulcrales!
      ¡Y es el Rey de los espectros quien toca con más tesón!
      Pausado, implacable, lento
      Su toque a cada momento
      Resuena como un lamento
      Pregonando la hora única
      En extraña rima rúnica,
      Y parece que sintiera intenso placer diabólico
      En este toque simbólico
      De muerte y desolación.
      —Din dan, din don—,
      —Din dan, din don—,
      Dobla, dobla el son monótono, dobla el toque funeral,
      Y el Rey espectro su gozo
      Refina en este sollozo,
      En este intenso suspiro
      Que en su giro
      Remeda el doble augural
      Que va recordando al hombre de su existencia el final.
      El toque sigue y no cesa
      Y vibra en el alma opresa
      Sordamente como un cuerpo que cayera en una huesa...
      —¡Din dan, din don—,
      Resuena en el corazón,
      —Din dan, din don—,
      De la campana que dobla el lento y lúgubre son!
    Arriba

    Los Espíritus de los Muertos
      (Traducción de Alberto Lasplaces)

      Tu alma se encontrará sola, cautiva de los negros pensamientos de la gris piedra tumbal; ninguna persona te inquietará en tus horas de recogimiento.

      Quédate silenciosamente en esa soledad que no es abandono,—porque los espíritus de los muertos que existieron antes que tú en la vida, te alcanzarán y te rodearán en la muerte,—y la sombra proyectada sobre tu cara obedecerá a su voluntad; por lo tanto, permanece tranquilo.

      Aunque serena, la noche fruncirá su ceño, y las estrellas, de lo alto de sus tronos celestes, no bajarán más sus miradas con un resplandor parecido al de la esperanza que se concede a los mortales; pero sus órbitas rojas, desprovistas de todo rayo, serán para tu corazón marchito como una quemadura, como una fiebre que querrá unirse a ti para siempre.

      Ahora, te visitan pensamientos que no ahuyentarás jamás; ahora surgen ante ti visiones que no se desvanecerán jamás; jamás ellas dejarán tu espíritu, pero se fijarán como gotas de rocío sobre la hierba.

      La brisa,—esa respiración de Dios,—reposa inmóvil, y la bruma que se extiende como una sombra sobre la colina,—como una sombra cuyo velo no se ha desgarrado todavía,—resulta así un símbolo y un signo. Como logra permanecer suspendida a los árboles, ese es el misterio de los misterios!
    Arriba

    Para Annie
      (Traducción de Alberto Lasplaces)

      ¡Gracias a Dios! la crisis, el mal ha pasado y la lánguida enfermedad ha desaparecido por fin, y la fiebre llamada «vivir» está vencida.

      Tristemente, sé que estoy desposeído de mi fuerza, y no muevo un músculo mientras estoy tendido, todo a lo largo. Pero, ¿qué importa? Siento que voy mejor paulatinamente.

      Y reposo tan tranquilamente, en el presente, en mi lecho, que a contemplarme se me creería muerto, y podría estremecer al que me viera, creyéndome muerto.

      Las lamentaciones y los gemidos, los suspiros y las lágrimas son apaciguadas entre tanto por esta horrible palpitación de mi corazón; ¡ah, esta horrible palpitación!

      La incomodidad,—el disgusto—el cruel sufrimiento—han cesado con la fiebre que enloquecía mi cerebro, con la fiebre llamada «vivir» que consumía mi cerebro.

      Y de todos los tormentos, aquel que más tortura ha cesado: el terrible tormento de la sed por la corriente oscura de una pasión maldita. He bebido de un agua que apaga toda sed.

      He bebido de un agua que corre con sonido arrullador, de una fuente subterránea pero poco profunda, de una caverna que no está muy lejos, bajo tierra.

      ¡Ah! que no sea dicho jamás: mi cuarto está obscuro, mi lecho es estrecho; porque jamás ningún hombre durmió en lecho igual—y para dormir verdaderamente, es en un lecho como éste en el que hay que acostarse.

      Mi alma tantalizada reposa dulcemente aquí, olvidando, sin recordarlas jamás, sus rosas, sus antiguas ansias de mirtos y de rosas.

      Pues ahora, mientras reposa tan tranquilamente, imagina a su alrededor, una más santa fragancia de pensamientos, una fragancia de romero mezclado a pensamientos, a sabor callejero y al de los bellos y rígidos pensamientos.

      Y así yace ella, dichosamente sumergida en recuerdos perennes de la constancia y de la belleza de Annie, anegada en un beso a las trenzas de Annie.

      Tiernamente me abraza, apasionadamente me acaricia. Y entonces caigo dulcemente adormecido sobre su seno, profundamente adormido del cielo de su seno.

      Y así reposo tan tranquilamente en mi lecho—conociendo su amor—que me creéis muerto. Y así reposo, tan serenamente en mi lecho,—con su amor en mi corazón,—que me creéis muerto, que os estremecéis al verme, creyéndome muerto.

      Pero mi corazón es más brillante que todas las estrellas del cielo, porque brilla para Annie, abrasado por la luz del amor de mi Annie, por el recuerdo de los bellos ojos luminosos de mi Annie....
    Arriba

    Ulalume
      (Traducción de Carlos Arturo Torres)

      I

      Los cielos cenicientos y sombríos,
      Crespas las hojas, lívidas y mustias,
      Y era una noche del doliente octubre
      Del tiempo inmemorial entre las brumas,
      Era en las tristes márgenes del Auber,
      El lago tenebroso de aguas mudas,
      Ante los bosques tétricos del Weir,
      La región espectral de la pavura.

      II

      A solas con mi alma, recorría
      Avenida titánica y obscura
      De fúnebres cipreses... con mi alma,
      Con Psiquis, alma que al misterio turba...
      Era la edad del corazón volcánico
      Como las llamas del Yanek sulfúreas,
      Como las lavas del Yanek que brotan
      Allá del polo en la región nocturna.

      III

      Pocas palabras nos dijimos, era
      Como una confidencia íntima y muda;
      Palabras serias, pensamientos graves
      Que la memoria para siempre turban;
      No recordamos que era el triste octubre,
      Que era la noche (¡noche infausta y única
      No recordamos la región del Auber
      Que tanto conoció mi desventura,
      Ni el bosque fantasmático del Weir,
      La región espectral de la pavura.

      IV

      Y cuando la noche ya avanza
      De estrellas al vago tremer,
      Al fin de la obscura avenida
      Un lánguido rayo se ve,
      Fulgor diamantino que anuncia
      De fúnebre velo al través,
      Que emerge de nube fantástica
      La Luna, la blanca Astarté.

      V

      Y yo dije a mi alma: «Más que Diana
      Ardiente, aquella misteriosa Luna
      Rueda al través de un éter de suspiros;
      Lágrimas de su faz una por una
      Caen donde el gusano nunca muere.
      Para mostrarnos la celeste ruta
      Y el alma imperio de la paz Letea
      Atrás dejó al león en las alturas,
      Del león las estrellas traspasando,
      Del león a despecho, ora nos busca
      Y sus miradas límpidas y dulces
      Son las miradas que el amor anuncian.»

      VI

      Mas Psiquis dijo señalando al Cielo:
      «La palidez de ese astro me conturba;
      Pronto, huyamos de aquí, pronto, es preciso.»
      Y de sus alas recogió las plumas
      Con intenso terror, y sollozando,
      Presa de pronto de invencible angustia
      Plegó las alas, hasta el polvo frío
      Lentas dejando descender las plumas.

      VII

      Y yo le dije: «Tu terror es vano,
      Sigamos esa luz trémula y pura,
      Que nos bañen sus rayos cristalinos,
      Sus rayos sibilinos que ya auguran
      E irradian la belleza y la esperanza.
      Mira: la senda de los cielos busca;
      Sigamos sin temor sus limpios rayos
      Que ellos a playa llevarán segura,
      Sigamos esa luz limpia y tranquila
      A través de la bóveda cerúlea.

      VIII

      Tranquilicé a mi Psiquis, y besándola,
      De su mente aparté las inquietudes
      Y sus zozobras disipé profundas,
      Y convencerla que siguiera pude.
      Llegamos hasta el fin; ¡ojalá nunca
      Llegara! Al fin de la avenida lúgubre
      Nos detuvo la puerta de una tumba
      (¡Oh, triste noche del lejano octubre!
      Nos detuvo la losa de una tumba,
      De legendario monumento fúnebre.
      ¡Oh, hermana!—dije—¿Qué inscripción confusa
      En la sellada losa se descubre?
      Respondióme: «Ulalume», esta es su tumba,
      ¡La tumba de tu pálida Ulalume!

      IX

      Quedó mi corazón como ese Cielo
      Ceniciento, como esas hojas mustias,
      Como esas hojas yertas y crispadas...
      ¡Ay! pensé: el mismo octubre fue, sin duda
      Fue en esa misma noche cuando vine
      Al través del horror y de la bruma
      Aquí trayendo mi doliente carga...
      ¡Oh, noche infausta, infausta cual ninguna!
      ¡Oh! ¿Qué infernal espíritu me trajo
      A esta región fatal de la tristura?
      Bien reconozco el mudo lago de Auber,
      Y esta comarca que el horror anubla,
      Y el bosque fantasmático de Weir,
      La región espectral de la pavura!
    Arriba

William Cullen Bryant

.
    Información biográfica

  1. El sol de Mayo (Trad. de Miguel Antonio Caro)
  2. Himno de la ciudad (Trad. de Miguel Antonio Caro)
  3. La voz del Otoño (Trad. de Miguel Antonio Caro)


Información biográfica
    Nombre: William Cullen Bryant
    Lugar y fecha nacimiento: Cummington, Massachusetts, Estados Unidos, 3 de noviembre de 1794
    Lugar y fecha defunción: Nueva York, Estados Unidos, 12 de junio de 1878 (83 años)
    Ocupación: Periodista, crítico, traductor, poeta
Defendió los derechos humanos y abogó por la libertad y por la abolición de la esclavitud.

Fuente: [William Cullen Bryant] en Wikipedia.org

Arriba

    El sol de Mayo
      (Traducción de Miguel Antonio Caro incluida en el libro Traducciones poéticas, 1889)

      El sol de Mayo envuelve en esplendores
      Prado y selva, de nuevo floreciente;
      Mas la que a honrar venía estos verdores
      Con sonrisa aún más pura y más fulgente,
      En soledad reposa
      Bajo la helada losa.

      En larga copia blancas flores bellas
      Asoman del camino en las orillas;
      La que con mano que envidiaban ellas,
      Cogiendo iba y juntando florecillas,
      En soledad reposa
      Bajo la helada losa.

      Los pájaros al aura brillad ora
      Esparcen sus concentos matutinos;
      La que con voz más dulce y más canora
      Convidome tal vez a oír sus trinos,
      En soledad reposa
      Bajo la helada losa.

      La música del año que amanece,
      La florida estación me causa enojos;
      Mi espíritu se anubla y entristece,
      Las lágrimas asoman a mis ojos;
      Que ella ¡ay de mí! reposa
      Bajo la helada losa.
    Arriba

    Himno de la ciudad
      (Traducción de Miguel Antonio Caro incluida en el libro Traducciones poéticas, 1889)

      No sólo en yermo llano,
      Ni allá en selvoso apartamiento esquivo,
      El pensamiento humano
      Puede a Dios contemplar presente y vivo;
      Ni sólo oye su acento
      Donde la onda retumba y silba el viento.

      También aquí presente
      Yo te adoro ¡Señor!, aquí te miro,
      Donde bulle la gente
      Con vasta resonancia y vario giro
      Entre muros, do ufana
      Puso su sello audaz la industria humana.

      Tu luz, vertida a mares
      Del combo cielo, la ciudad inunda,
      Penetra los hogares,
      Espacio lleno de aire nos circunda;
      Por ti el mar sus tributos
      Nos da, y las costas sus preñados frutos.

      Goza vital aliento
      Tanto agrupado ser, y a ti lo debe;
      Y el sordo movimiento
      De inmensa multitud que habla y se mueve,
      Tu alto poder proclama
      Cual tormenta que zumba o mar que brama.

      Y a la hora del descanso,
      Cual duerme la alta mar, cesa el tumulto;
      Y aquel silencio manso,
      Obra tuya también, te ofrece culto;
      Tú, soberano dueño,
      De la inerte ciudad guardas el sueño.
    Arriba

    La voz del Otoño
      (Traducción de Miguel Antonio Caro incluida en el libro Traducciones poéticas, 1889)

      Murmurando a la contina
      Sopla alada ventolina,
      Y retostadas y rojas
      Cual copos de luz, las hojas
      Remolina.

      Ya mustia campiña rasa,
      Ya el árbol que el sol abrasa
      Roza en blando movimiento;
      Doquier de otoño el aliento
      Corre y pasa.

      Sobre el musgoso arroyuelo
      Susurra, y saluda, al vuelo,
      La última desierta flor
      Que lánguida y sin color
      Mira al cielo.

      Y a rapaces bullidores
      Llega, y besos voladores
      Les da en ojos y mejillas,
      Y deja atrás sus cuadrillas
      Y clamores.

      Y a lago y selva remota
      Va triscando, y alborota
      El más recóndito nido,
      Do entre peñas escondido
      Raudal brota.

      Ni en la granja se guarece
      Que alegre ninfa embellece,
      Ni en concavidad repuesta;
      Huye, y la cima traspuesta,
      Desparece.

      Di, ¿no te causa pesar,
      Nunca haber de reposar,
      Blanda brisa, ni en laderas
      De los montes, ni en riberas
      De la mar?

      Perenne inquietud te asiste,
      Para agitarte naciste,
      Sin cesar, de Oriente a Ocaso;
      Aura que detiene el paso,
      Ya no existe.

      Pienso que dejando lloras,
      Mil formas encantadoras
      Que, doquiera que resbalas,
      Con tus levísimas alas
      Mal desfloras.
    Arriba

James Gates Percival

.
    Información biográfica

  1. Lo inolvidable (Trad. de Miguel Antonio Caro)


Información biográfica
    Nombre: James Gates Percival
    Lugar y fecha nacimiento: Estados Unidos, 15 de septiembre de 1795
    Lugar y fecha defunción: Estados Unidos, 2 de mayo de 1856 (60 años)
    Ocupación: Geólogo, poeta

    Fuente: [James Gates Percival] en Wikisource.org
Arriba

    Lo inolvidable
      (Traducción de Miguel Antonio Caro incluida en el libro Traducciones poéticas, 1889)

      Hay momentos tan bellos, tan dulces en la vida,
      Que su recuerdo siempre se aviva más y más,
      Y a los felices días añade nuevo encanto,
      Y en la miseria esparce benigna claridad.
      Momentos consagrados por sonrisas y lágrimas,
      Las del favor primero, las del adiós final;
      Por amor, sol glorioso, que súbito se inflama,
      Y en hora de tristeza sepúltase en la mar.

      Momentos hay tan bellos, tan dulces en la vida,
      Que al alma siempre orean cual brisas del Edén;
      Si al pronto los envuelve en turbio torbellino
      El tiempo, más brillantes despiértanse después.
      ¡Momentos bendecidos, gratísimas memorias!
      Aquel imán secreto jamás perder podréis
      Que hace que fuerzas nuevas el corazón reciba,
      Y, aún moribundo y yerto, palpite de placer.

      Retrógrado, en vosotros se explaya el pensamiento,
      Y torno, torno a verla, como otra vez la vi:
      Su cabello suave, que al aire manso ondea,
      Sus ojos, que del cielo reflejan el zafir;
      Su cuello, como nieve que las cumbres corona,
      Sus labios entreabiertos cual fresca flor de Abril;
      Y a ella pasar la miro, en leve nube envuelta
      Que roba los aromas del nardo y del jazmín.

      De aquella azul mirada parte encendido rayo
      Que vierte por mis venas inextinguible ardor;
      Habla— y oigo de nuevo rodar, cual de arpa alada,
      En melodiosas ondas su regalada voz.
      Enlazada a mi mano su dulce mano estrecho,
      Y electrizado late mi pobre corazón.
      Más que de humanas dichas, hora de santos éxtasis
      Que vivirá conmigo mientras aliente yo.

      Juntos nos encontramos, de cristalina fuente
      Bebiendo inspiraciones de gloria y de virtud,
      De miradas extáticas, de pensamientos mudos
      Viviendo, sin que el labio de amor hablase aún.

      ¡Adiós! Tiembla su mano, y responde a mis lágrimas
      Una amorosa lágrima de su mirada azul.
      Pasar podrán los años, mi vida marchitarse;
      ¡Nunca aquellos recuerdos extinguirán su luz!
    Arriba

Walt Whitman

.
.

    Información biográfica

  1. ¡Oh capitán, mi capitán! (Trad. de Álvaro Armando Vasseur)


Información biográfica
    Nombre: Walt Whitman
    Lugar y fecha nacimiento: Long Island, Nueva York (Estados Unidos), 31 de mayo de 1819
    Lugar y fecha defunción: Camden, Nueva Jersey (Estados Unidos), 26 de marzo de 1892 (72 años)
    Ocupación: Periodista, profesor, empleado del gobierno, poeta
    Movimiento: Trascendentalismo, Realismo filosófico
Considerado como el padre de la moderna poesía estadounidense, su influencia ha sido amplia también fuera de ese país. Entre los escritores que se han visto marcados por su obra figuran Rubén Darío, Wallace Stevens, León Felipe, D.H. Lawrence, T.S. Eliot, Fernando Pessoa, Pablo de Rokha, Federico García Lorca, Hart Crane, Jorge Luis Borges, Pablo Neruda, Ernesto Cardenal, Allen Ginsberg o John Ashbery, entre otros. Una de sus obras más notables es Hojas de Hierba.

Fuente: [Walt Whitman ] en Wikipedia.org

Arriba

    ¡Oh capitán, mi capitán!
      ¡Oh capitán, mi capitán!
      Terminó nuestro espantoso viaje,
      El navío ha salvado todos los escollos,
      Hemos ganado el codiciado premio,
      Ya llegamos a puerto, ya oigo las campanas,
      Ya el pueblo acude gozoso,
      Los ojos siguen la firme quilla del navío resuelto y audaz,
      Mas, ¡oh corazón, corazón, corazón!
      ¡Oh rojas gotas sangrantes!
      Mirad, mi capitán en la cubierta
      Yace muerto y frío.
      ¡Oh capitán, mi capitán!
      Levántate y escucha las campanas,
      Levántate, para ti flamea la bandera,
      Para ti suena el clarín,
      Para ti los ramilletes y guirnaldas engalanadas,
      Para ti la multitud se agolpa en la playa,
      A ti llama la gente del pueblo,
      A ti vuelven sus rostros anhelantes,
      ¡Oh capitán, padre querido!
      ¡Que tu cabeza descanse en mi brazo!
      Esto es sólo un sueño: en la cubierta
      Yaces muerto y frío.
      Mi capitán no responde,
      Sus labios están pálidos e inmóviles,
      Mi padre no siente mi brazo, no tiene pulso ni voluntad,
      El navío ha anclado sano y salvo;
      Nuestro viaje, acabado y concluido,
      Del horrible viaje el navío victorioso llega con su trofeo,
      ¡Exultad, oh playas, y sonad, oh campanas!
      Mas yo, con pasos fúnebres,
      Recorreré la cubierta donde mi capitán
      Yace muerto y frío.
    Arriba