Marceline Desbordes-Valmore

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    Información biográfica

  1. Los sollozos (Trad. de Mauricio Bacarisse)
  2. Una carta de mujer (Trad. de Mauricio Bacarisse)



  3. Información biográfica
      Nombre: Marceline Desbordes-Valmore
      Lugar y fecha nacimiento: Douai, Francia, 20 de junio de 1786
      Lugar y fecha defunción: París, Francia, 23 de julio de 1859 (73 años)
      Ocupación: Actriz, poetisa.
      Movimiento: Romanticismo.
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      Los sollozos
        (Traducción de Mauricio Bacarisse, 1921)

        ¡El infierno está aquí! El otro no me asusta.
        Empero, el purgatorio mi corazón disgusta.

        De él me han hablado mucho y su nombre funesto
        En mi corazón débil ha encontrado su puesto.

        Cuando la ola de días va agostando mi flor,
        El purgatorio veo al perder el color.

        ¡Si es cierto lo que dicen, es preciso ir allí,
        Dios de toda existencia, para llegar a ti!

        Allí habrá que bajar, sin más luna ni luz
        Que el peso del temor y del amor la cruz.

        Para oír cómo gimen las almas condenadas
        Sin poderles decir "¡Estáis ya perdonadas!"

        ¡Dolor de los dolores; no poder agotar
        Los sollozos que intentan por doquiera brotar!

        De noche tropezar en celdas intranquilas
        Que ningún alba tiñe con sus claras pupilas.

        Ni poder decir al Señor incomprendido:
        "¡Ay, Salvador de mi alma!, ¿es que aún no has venido?"

        Me escondo; tengo miedo de tener miedo y frío,
        Como el ave caída teme por su albedrío.

        A un recuerdo mis brazos vuelvo a abrir tristemente,
        Y mi alma más cercana el purgatorio siente.

        Sueño que estoy en él, tras la muerte llevada,
        Como una esclava indócil, al fin de la jornada,

        Cubriendo con las manos el semblante abatido,
        Pisando el corazón, por tierra malherido.

        Allí voy; precediéndome, mi llegada proclamo
        Y no oso desear nada de lo que amo.

        Y este corazón mío no tendrá más dulzura
        Que los lejanos ecos de su antigua ventura.

        Cielos, ¿a dónde iré
        Sin pies para huir?
        ¿A dónde llamaré
        Sin llave para abrir?

        Mientras el fallo eterno rechace mi plegaria
        No arderá ante mis ojos ninguna luminaria.

        No he de ver más escenas mundanas y horrorosas
        Que abatan mis humildes miradas dolorosas.

        ¡No gozaré del sol! ¿Por qué?... La luz querida
        Para el mal en la tierra, empero, está encendida.

        Ve el culpable que a la horca su delito conduce
        El saludo del orbe que se divierte y luce.

        ¡En los aires no hay pájaros! ¡No hay fuego en el hogar!
        ¡Y ni un Ave María reza el aura al pasar!

        Para el junco del lago no hay un soplo viviente
        Ni aire para que exista un átomo viviente.

        Ni el zumo de las frutas que ofrecen su frescura
        Al ingrato, tendré en mi sed y calentura.

        Del corazón ausente que me hará padecer
        Acumularé el llanto que no puedo verter.

        Cielos, ¿a dónde iré
        Sin pies para huir?
        ¿A dónde llamaré
        Sin llave para abrir?

        ¡No más recuerdos de esos que me embargan de llanto,
        Tan vivos, que viviera yo siempre de su encanto!

        ¡No más familia dulce, sentada en el umbral,
        Que bendice cantando el sueño patriarcal!

        ¡Ni más voz adorada, cuya gracia invencible
        Hasta la Nada absurda tornaría sensible!

        No más libros divinos desde el cielo exfoliados,
        Conciertos para el alma por la vista escuchados.

        Y no osando morir tampoco oso vivir
        Ni buscar en la muerte quién me ha de redimir.

        ¿Por qué hay sobre las cunas, padres, la flor de un hijo
        Si al árbol y al arbusto siempre el cielo maldijo?

        Cielos, ¿a dónde iré
        Sin pies para huir?
        ¿A dónde llamaré
        Sin llave para abrir?

        ¡Bajo la cruz se inclina el alma prosternada,
        Del dolor de nacer con morir castigada!

        Mas no tengo en la muerte si me siento expirar
        Ni una lejana voz que aconseje esperar.

        ¡Si en el cielo apagado alguna estrella pálida
        Esta melancolía besara con luz cálida!

        ¡Si bajo las sombrías bóvedas del horror
        Viera cómo me ven dos ojos con amor!

        ¡Ay, sería mi madre, intrépida y bendita,
        Que bajaría a ver a su hija precita!

        ¡Sí; mi madre podría al Dios justo ablandar
        Y ella me sacaría del horrible lugar!

        De la esperanza joven alzara el fuerte viento
        Al fruto derribado por tanto sufrimiento.

        Sentiría sus brazos, dulces, fuertes y hermosos,
        Arrastrarme, abrazada con ímpetus briosos.

        El aire auxiliaría a mis alas nacientes
        Como a las golondrinas libres e independientes.

        Huiría para siempre, pues mi madre al partir
        Viva me llevaría hacia lo porvenir.

        Mas antes de pasar las mortales fronteras
        Otras almas quisiéramos tener por compañeras.

        Y en aquel campo fúnebre en que dejaba flores
        Y el aroma que exhalan los llantos de dolores

        Caeríamos, solícitas, entusiastas y ardientes,
        Gritando "¡Acompañadnos!" a las almas dolientes.

        "¿Venís hacia el estío en que ha de retoñar
        El amor en que no hay que morir ni llorar?

        ¡Con Dios y sus palomas venid en santos vuelos!
        ¡Dejad vuestros sudarios; no hay tumbas en los cielos!

        ¡El sepulcro está roto por la eterna pasión!
        ¡Mi madre nos concibe en la eterna mansión!"
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      Una carta de mujer
        (Traducción de Mauricio Bacarisse, 1921)

        Te escribo, aunque ya sé que ninguna mujer
        Debe escribir;
        Lo hago, para que lejos en mi alma puedas leer
        Cómo al partir.

        No he de trazar un signo que en ti mejor grabado
        No exista ya.
        De quien se ama, el vocablo cien veces pronunciado
        Nuevo será.

        La dicha sea contigo; yo sólo he de esperar,
        Y aunque distante,
        Yo me siento ir a ti para ver y escuchar
        Tu paso errante.

        ¡Jamás la golondrina al cruzar el sendero
        Pueda apartarte!
        Será mi fiel cariño que pasará ligero
        Para rozarte...

        Tú te vas, como todo se va... Su éxodo emprenden
        La luz, la flor;
        El estío te sigue; las tormentas sorprenden,
        Mi triste amor.

        De esperanza y zozobra suspira mientras tanto
        El que no ve...
        Repartámoslo bien: a mí me queda el llanto,
        A ti la fe.

        Yo no quiero que sufras, que está muy arraigado
        Mi amor por ti.
        Quien desea dolores para el ser adorado
        Guarda odio para sí.
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