Henry Wadsworth Longfellow

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    Información biográfica

  1. Días oscuros (Trad. de Miguel Antonio Caro)
  2. El himno de la vida (Trad. de Miguel Antonio Caro)
  3. Evangelina (Trad. de Miguel Antonio Caro)
  4. Excelsior (Trad. de Miguel Antonio Caro)
  5. Marte (Trad. de Miguel Antonio Caro)
  6. Un rayo de sol (Trad. de Miguel Antonio Caro)



  7. Información biográfica

      Nombre: Henry Wadsworth Longfellow
      Lugar y fecha nacimiento: Portland, Maine, Estados Unidos, 27 de febrero de 1807
      Lugar y fecha defunción: Estados Unidos, 24 de marzo de 1882 (75 años)
      Ocupación: Poeta y educador.
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      Días oscuros
        (Traducción de Miguel Antonio Caro incluida en el libro Traducciones poéticas, 1889)

        Oscuro está el tiempo, la tarde está fría;
        La lluvia me azota y el cierzo á porfía.
        La vid aun al césped marchito se adhiere,
        Mas llévase el viento la hoja que muere:
        Y oscuro está el tiempo, la tarde está fría.

        Declinan los años, la vida se enfría;
        La lluvia me azota y el cierzo á porfía:
        A glorias que fueron se adhiere la mente,
        Mas barre esperanzas un soplo inclemente;
        Declinan los años, la vida se enfría.

        No, empero, desmayes; ¡alienta, alma mía!
        El sol de repente sus rayos envía
        Después que una nube robó su presencia.
        Hombre eres; y es fuerza que en toda existencia
        Lluvioso á las veces y oscuro esté el día.
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      El himno de la vida
        (Traducción de Miguel Antonio Caro incluida en el libro Traducciones poéticas, 1889)

        Plañidero no me cantes:
        "Sueño es vano la existencia;
        Las imágenes engañan,
        "Como muerto está el que sueña."

        Vida cierta aquí vivimos,
        No es la tumba nuestra meta;
        ¡Polvo vil, al polvo torna!
        Contra el alma no es sentencia,

        No es misión ni fin del hombre
        El placer ni la tristeza;

        Sí el trabajo, y que otro día
        Que otro paso dimos, vea.

        Largo el Arte, el Tiempo breve.
        ¿Corazón que fuerte alienta,
        Tambor sordo, marcha fúnebre
        Redoblando irá á la huesa?

        En el campo de batalla
        Del vivir, no el hombre sea
        Muda res bajo el cayado,
        Sino el héroe de la oruerra.

        No el Futuro te fascine,
        El Pasado muerto deja;
        Trabajando en el Presente
        Ten valor, y en Dios espera.

        De hombres grandes las historias
        A ser grandes nos enseñan,
        Y á dejar también del tiempo
        Nuestros pasos en la arena.

        Y ese rastro en el desierto,
        Quien perdido ya se crea,
        Mirará, y á la obra santa
        Volverá con fuerzas nuevas.

        ¡Ea! ¡Todos al trabajo
        Sin desánimo ni tregua!
        ¡Veteranos de la vida,
        Arma al brazo, y á la brecha!
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      Evangelina
        (Traducción de Miguel Antonio Caro incluida en el libro Traducciones poéticas, 1889)

        En esta tierra plácida que baña
        El Delawér, y que á la dulce sombra
        De alta floresta y pastoral cabaña
        A Penn, su apóstol, reverente nombra:

        Allí de la fructífera campaña
        Sobre la igual, terciopelada alfombra,
        La ciudad que él fundó marca su huella
        Y del río á las márgenes descuella.

        Sus calles repercuten todavía
        Los nombres de sus árboles frondosos,
        Como ansiando aplacar con su armonía
        Las dríadas y silfos nemorosos
        Que vieron con enojo el hacha impía
        Invadir sus retretes misteriosos;
        Y allí el aura es fragancia, y la hermosura
        En el pérsico ve su imagen pura.

        Arrojó en esta playa el Océano
        A Evangelina, huérfana y proscrita,
        Y si patria y hogar le hurtó el tirano,
        Aquí otra patria con amor la invita.
        René Leblanc, el venerable anciano,
        Reposó aquí su dilatada cuita,
        Y de cien descendientes, uno apenas
        Vio en torno suyo al rematar sus penas.

        Para su amiga en Filadelfia había
        Algo que hablaba al corazón siquiera.
        Algo que murmurarle parecía:
        "Entre nosotros no eres extranjera."
        Y el cuácaro tutear que en torno oía
        Le recordaba aquella paz primera,
        Aquel Edén de iguales y de hermanos,
        Arcadia realizada entre cristianos.

        Así, cuando por fin cesó en el mundo
        Esa persecución que nunca alcanza
        Su objeto; aquel afán ciego, infecundo;
        Ese loco esperar sin esperanza:
        Entonces, sofocando en lo profundo
        Del corazón la impía desconfianza,
        Volvióse aquí, como hacia el sol las hojas,
        Aquella alma en tinieblas y congojas.

        Igual se ve desde eminente cumbre
        Plegarse y disiparse el cortinaje
        De niebla matinal, y entre áurea lumbre
        Ir surgiendo el magnífico paisaje:
        Roja ciudad de innúmera techumbre.
        Quintas y aldeas como suelto encaje,
        Y, entrelazando hogares y plantíos,
        Caminos de oro y plateados ríos:

        Así también se disipó en su mente
        La neblina falaz que la distrajo,
        Y hoy al sol del amor resplandeciente
        Ve el mundo inmenso dilatarse abajo.
        El sendero asperísimo y pendiente
        Que entre angustias y lágrimas la trajo,
        Perdió con la distancia sus fragores,
        Y es ya una calle de arbolado y flores.

        Gabriel no ha muerto, vive en su alma: en ella
        Su imagen brilla sin cesar, vestida
        De amor y juventud: dos veces bella,

        En flor de corazón y en flor de vida:
        Cual lo vio última vez la fiel doncella
        Extático en ardiente despedida,
        Y más perfecto aún; que hoy lo acrisola
        De eterna ausencia fúnebre aureola.

        El tiempo no entra en su memoria: en vano
        Los años, aunque lentos, se suceden:
        No han de cambiarlo en su tesón profano;
        Transfigurarlo solamente pueden.
        Para Gabriel no existe aquel tirano
        De quien olvido y desamor proceden.
        Él ya no es un ausente: es como un muerto
        Que al fin la mar depositó en su puerto.

        Dulce paciencia, abnegación constante,
        Consagración activa al bien ajeno,
        Hé aquí lo que esa mártir anhelante
        Leyó escrito en las llagas de su seno.
        Así va á difundirse en adelante
        Aquel amor de que rebosa lleno,
        Cual rica especia embalsamando el viento
        Sin perder su fragancia al dar su aliento.

        Roto de la esperanza el frágil vaso,
        Y todo anhelo terrenal proscrito,
        Sólo ansia ya con reverente paso
        Seguir las huellas de Jesús bendito;
        Reanima el cuerpo quebrantado y laso
        Templándolo en el piélago infinito

        De la divina caridad, y ufana
        Ciñe el cordón humilde de la Hermana.

        Meses y años enteros se deslizan
        Viéndola infatigable en su tarea;
        ¡Cuánta llaga esas manos cicatrizan!
        ¡Cuánta miseria incógnita rastrea!
        Por callejuelas que á hombres horrorizan
        De puerta en puerta sin temor golpea,
        Y para cada mal lleva consigo
        Pan, luz, remedio, estímulo y abrigo.

        Noche tras noche, cuando duerme el mundo,
        Y ruedan por las calles desoladas,
        Entre ráfagas de aire gemebundo,
        Las voces del sereno acostumbradas;
        A tiempo que él anuncia aquel profundo
        Sueño, y la paz y la quietud guardadas,
        Tal vez divisa en mísera buhardilla
        Velando algún dolor su lamparilla.

        Y día tras día el alemán labriego,
        Al entrar paso á paso con la aurora
        Rodando el carretón aldeaniego
        Colmado en frutos de Pomona y Flora;
        Cuando sus gritos turban el sosiego
        Del arrabal que aun duerme en esa hora,
        Ve que á su claustro vuelve entonces ella,
        Pálida de velar, mas siempre bella.
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      Excelsior
        (Traducción de Miguel Antonio Caro incluida en el libro Traducciones poéticas, 1889)

        Llega de noche á una aldea
        Del Alpe, un joven; flamea
        En la bandeja que empina
        Esta cifra peregrina:
        ¡Excelsior!

        Triste su faz; su mirada
        Brilla cual desnuda espada;
        Su voz de clarín el viento
        Hiere con extraño acento:
        ¡Excelsior!

        Hogares dichosos mira,
        Donde gozo el fuego inspira:
        Fantasmas la noche oscura
        Fíngele en torno; y murmura:
        ¡Excelsior!

        Dícele un viejo: "¡Detente!
        ¡Desbordado va el torrente,
        Cerca la tormenta brama!"
        Y él, con nuevo aliento, exclama:
        ¡Excelsior!

        "Tu frente en mi seno posa,"
        Ruégale doncella hermosa;
        Fugaz lágrima reluce
        En su ojo azul, y balbuce:
        ¡Excelsior!

        Adelantándose al día
        Su oración renuevan pía
        Los monjes de San Bernardo,
        y aun grita el doncel gallardo:
        ¡Excelsior!

        Fiel mastín al joven yerto
        Halló, de nieve cubierto;
        La mano del infelice
        Aferra el pendón que dice:
        ¡Excelsior!

        Hermoso yace, aunque inerte,
        A la luz que el alba vierte,
        Y esta voz cual meteoro
        Baja del celeste coro,
        ¡Excelsior!
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      Marte
        (Traducción de Miguel Antonio Caro incluida en el libro Traducciones poéticas, 1889)

        Lenta se avanza la Noche
        Con gran silencio, y la luna
        Pálida en el dorabo etéreo
        Su menguada faz oculta.

        Sola la luz de los astros
        Cielo y tierra fría alumbra,
        Y Marte, el rojo planeta,
        Lugar preeminente ocupa.

        ¿Es del amor y los sueños
        Ese el astro por ventura?
        No; que armado un héroe brilla
        Tras esa tienda cerúlea.

        Cuando mis ojos contemplan
        En la soledad nocturna,
        Suspensa en el éter vago
        Tu centellante armadura.

        ¡Numen del valor sereno!
        Entiendo tus señas mudas,
        Siento que mis fuerzas crecen,
        Cesa el afán que me turba.

        Sola la luz de los astros
        Fría mi espíritu alumbra,
        Y Marte, el rojo planeta,
        Lugar preeminente ocupa.

        Él, con la calma que inspira,
        Me domina y me subyuga,
        Como símbolo de firme
        Voluntad que calla y triunfa.

        ¡Oh, tú, quienquiera que seas
        Que este mi cantar escuchas,
        Si tus bellas esperanzas
        Viste morir una á una,

        Cobra el ánimo perdido,
        Vuelve esforzado á la lucha.
        ¡Gloria al hombre que combate
        Siempre, y no desmaya nunca!
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      Un rayo de sol
        (Traducción de Miguel Antonio Caro incluida en el libro Traducciones poéticas, 1889)

        Este es el sitio. ¡Mi corcel, detente!
        Déjame repasar la misma escena,
        Y el recuerdo evocar con honda pena.
        De la mujer que fué.
        Júntanse aquí el pasado y el presente.
        Del tiempo separados por el vuelo,
        Cual las huellas que oculta el arroyuelo,
        Y á ambos lados se ven.

        ¡Venid, recuerdos, mi único recreo!...
        ¡Ah! la gramosa calle ya distingo
        Que al ara santa aquel feliz domingo
        Nos condujo á los dos.
        La inquieta sombra de los tilos veo
        Acariciando la menuda grama.
        ¡Ay! tú pasabas entre sombra y rama
        Como etérea visión.

        Blancas cual la azucena eran tus ropas,
        Como ella casta y pura tu alma era;
        Parecías, graciosa mensajera,
        Del cielo descender.
        Con ternura los árboles sus copas
        Doblaban por besar tu ebúrnea frente,
        Y el pudoroso trébol reverente
        Te acariciaba el pie.

        "¡Dormid, dormid en este santo día
        Angustias y cuidados mundanales!"
        El coro canta. Armónicos raudales
        Ascienden hasta Dios.
        El sol por la entreabierta celosía
        Un rayo vierte en la extendida sala
        Que el polvo dora, y la soñada escala
        Semeja de Jacob.

        El viento perfumado á cada instante
        Besa y agita con su soplo blando
        Las páginas del libro venerando
        Que está sobre el altar.

        Largo tiempo la voz edificante
        Del ministro sonó; mas un momento
        Fué para mí, que á ti mi pensamiento
        Se ligaba tenaz.

        Así también la férvida plegaria
        Que él y yo pronunciamos aquel día,
        Pasó; que á Dios volaba el alma mía,
        Mi corazón á ti.
        Hoy ¡oh dolor! la tea funeraria
        Alumbra sólo. El rayo aquel de oro
        Se extinguió para siempre. Amargo lloro
        Sucedió á aquel festín.

        ¡Triste recuerdo, al corazón ligado
        Con mil raíces! Cual el alto pino
        El sol aparta y gime de con tino
        Su eterna soledad.
        Mas su memoria brilla en lo pasado
        Como el luciente sol brilla á lo lejos,
        Cuando nube que envidia sus reflejos
        Nos oculta su faz.
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