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    Información biográfica

  1. Acaso
  2. Al gran cero
  3. Amada, el aura dice
  4. Anoche cuando dormía
  5. Arde en tus ojos
  6. A un olmo seco
  7. Campo
  8. Canciones a Guiomar I
  9. Canciones a Guiomar II
  10. Canciones a Guiomar III
  11. Cantares
  12. Cante hondo
  13. Como en el alto llano tu figura
  14. Crepúsculo
  15. Cuando sea mi vida
  16. Del pasado efímero
  17. Desde el umbral de un sueño
  18. Desgarrada la nube
  19. El amor y la sierra
  20. El mañana efímero
  21. El mar triste
  22. Empeñé tu memoria
  23. Eran ayer mis dolores
  24. Hacia tierra baja (III)
  25. Hastío
  26. He andado muchos caminos
  27. Húmedo está, bajo el laurel
  28. Huye del triste amor
  29. Inventario galante
  30. Jardín
  31. La primavera besaba
  32. Llamó a mi corazón
  33. Llanto de las virtudes y coplas por la muerte de Don Guido
  34. Me dijo un alba de la primavera
  35. Me dijo una tarde de la primavera
  36. Melancolía
  37. Mi amor
  38. Mi corazón se ha dormido
  39. Oh, dime, noche amiga
  40. Otoño
  41. Otras canciones a Guiomar
  42. Por qué, decisme
  43. Preludio
  44. Renacimiento
  45. Retrato
  46. Rosa de fuego
  47. Siempre fugitiva
  48. Soneto I
  49. Soneto II
  50. Soñé que tú me llevabas
  51. Y era el demonio de mi sueño
  52. Y ha de morir contigo el mundo mago
  53. Y no es verdad, dolor
  54. Yo voy soñando caminos


      Información biográfica

        Nombre: Antonio Machado Ruiz
        Lugar y fecha nacimiento: Sevilla (España), 26 de julio de 1875
        Lugar y fecha defunción: Collioure (Francia), 22 de febrero de 1939 (63 años)

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        Acaso

          Como atento no más a mi quimera
          No reparaba en torno mío, un día
          Me sorprendió la fértil primavera
          Que en todo el ancho campo sonreía.

          Brotaban verdes hojas
          De las hinchadas yemas del ramaje,
          Y flores amarillas, blancas, rojas,
          Alegraban la mancha del paisaje.

          Y era una lluvia de saetas de oro,
          El sol sobre las frondas juveniles;
          Del amplio río en el caudal sonoro
          Se miraban los álamos gentiles.

          Tras de tanto camino es la primera
          Vez que miro brotar la primavera,
          Dije, y después, declamatoriamente:

          -¡Cuán tarde ya para la dicha mía!-
          Y luego, al caminar, como quien siente
          Alas de otra ilusión: -Y todavía
          ¡Yo alcanzaré mi juventud un día!

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        Al gran cero

          (Del apócrifo Abel Martín)

          Cuando el Ser que se es hizo la nada
          Y reposó, que bien lo merecía,
          Ya tuvo el día noche, y compañía
          Tuvo el hombre en la ausencia de la amada.

          Fíat umbral brotó el pensar humano.
          Y el huevo universal alzó, vacío,
          Ya sin color, desubstanciado y frío,
          Lleno de niebla ingrávida, en su mano.

          Toma el cero integral, la hueca esfera,
          Que has de mirar, si lo has de ver, erguido.
          Hoy que es espalda el lomo de tu fiera,

          Y es el milagro del no ser cumplido,
          Brinda, poeta, un canto de frontera
          A la muerte, al silencio y al olvido.

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        Amada, el aura dice

          Amada, el aura dice
          Tu pura veste blanca...
          No te verán mis ojos;
          ¡Mi corazón te aguarda!

          El viento me ha traído
          Tu nombre en la mañana;
          El eco de tus pasos
          Repite la montaña...
          No te verán mis ojos;
          ¡Mi corazón te aguarda!

          En las sombrías torres
          Repican las campanas...
          No te verán mis ojos;
          ¡Mi corazón te aguarda!

          Los golpes del martillo
          Dicen la negra caja;
          Y el sitio de la fosa,
          Los golpes de la azada...
          No te verán mis ojos;
          ¡Mi corazón te aguarda!

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        Anoche cuando dormía

          Anoche cuando dormía
          Soñé, ¡bendita ilusión!,
          Que una fontana fluía
          Dentro de mi corazón.

          Di, ¿por qué acequia escondida,
          Agua, vienes hasta mí,
          Manantial de nueva vida
          De donde nunca bebí?

          Anoche cuando dormía
          Soñé, ¡bendita ilusión!,
          Que una colmena tenía
          Dentro de mi corazón;

          Y las doradas abejas
          Iban fabricando en él,
          Con las amarguras viejas
          Blanca cera y dulce miel.

          Anoche cuando dormía
          Soñé, ¡bendita ilusión!,
          Que un ardiente sol lucía
          Dentro de mi corazón.

          Era ardiente porque daba
          Calores de rojo hogar,
          Y era sol porque alumbraba
          Y porque hacía llorar.

          Anoche cuando dormía
          Soñé, ¡bendita ilusión!,
          Que era Dios lo que tenía
          Dentro de mi corazón.

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        Arde en tus ojos

          Arde en tus ojos un misterio, virgen
          Esquiva y compañera.

          No sé si es odio o es amor la lumbre
          Inagotable de tu aljaba negra.

          Conmigo irás mientras proyecte sombra
          Mi cuerpo y quede a mi sandalia arena.

          -¿Eres la sed o el agua en mi camino?
          Dime, virgen esquiva y compañera.

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        A un olmo seco

          Al olmo viejo, hendido por el rayo
          Y en su mitad podrido,
          Con las lluvias de abril y el sol de mayo,
          Algunas hojas verdes le han salido.
          ¡El olmo centenario en la colina
          Que lame el Duero! Un musgo amarillento
          Le mancha la corteza blanquecina
          Al tronco carcomido y polvoriento.
          No será, cual los álamos cantores
          Que guardan el camino y la ribera,
          Habitado de pardos ruiseñores.
          Ejército de hormigas en hilera
          Va trepando por él, y en sus entrañas
          Hunden sus telas grises las arañas.
          Antes que te derribe, olmo del Duero,
          Con su hacha el leñador, y el carpintero
          Te convierta en melena de campana,
          Lanza de carro o yugo de carreta;
          Antes que rojo en el hogar, mañana
          Ardas, de alguna mísera caseta
          Al borde de un camino;
          Antes que te descuaje un torbellino
          Y tronche el soplo de las sierras blancas;
          Antes que el río hacia la mar te empuje,
          Por valles y barrancas,
          Olmo, quiero anotar en mi cartera
          La gracia de tu rama verdecida.
          Mi corazón espera
          También hacia la luz y hacia la vida,
          Otro milagro de la primavera.

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        Campo

          La tarde está muriendo
          Como un hogar humilde que se apaga.

          Allá, sobre los montes,
          Quedan algunas brasas.

          Y ese árbol roto en el camino blanco
          Hace llorar de lástima.

          ¡Dos ramas en el tronco herido, y una
          Hoja marchita y negra en cada rama!

          ¿Lloras?... Entre los álamos de oro,
          Lejos, la sombra del amor te aguarda.

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        Canciones a Guiomar I

          No sabía
          Si era un limón amarillo
          Lo que tu mano tenía,
          O un hilo del claro día,
          Guiomar, en dorado ovillo.
          Tu boca me sonreía.
          Yo pregunté: ¿qué me ofreces?
          ¿Tiempo en fruto, que tu mano
          Eligió entre madureces
          De tu huerta?
          ¿Tiempo vano
          De una bella tarde yerta?
          ¿Dorada ausencia encantada?
          ¿Copia en el agua dormida?
          ¿De monte en monte encendida,
          La alborada
          Verdadera?
          ¿Rompe en sus turbios espejos
          Amor la devanadera
          De sus crepúsculos viejos?

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        Canciones a Guiomar II

          En un jardín te he soñado,
          Alto, Guiomar, sobre el río,
          Jardín de un tiempo cerrado
          Con verjas de hierro frío.

          Un ave insólita canta
          En el almez, dulcemente,
          Junto al agua viva y santa,
          Toda sed y toda fuente.

          En ese jardín, Guiomar,
          El mutuo jardín que inventan
          Dos corazones al par,
          Se funden y complementan
          Nuestras horas. Los racimos
          De un sueño -juntos estamos-
          En limpia copa exprimimos,
          Y el doble cuento olvidamos.

          (Uno: mujer y varón,
          Aunque gacela y león,
          Llegan juntos a beber.
          El otro: no puede ser
          Amor de tanta fortuna:
          Dos soledades en una,
          Ni aún de varón y mujer).

          Por ti el mar ensaya olas y espumas,
          Y el iris, sobre el monte, otros colores,
          Y el faisán de la aurora canto y plumas,
          Y el búho de Minerva ojos mayores.
          Por ti, ¡oh Guiomar!

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        Canciones a Guiomar III

          Tu poeta
          Piensa en ti. La lejanía
          Es de limón y violeta,
          Verde el campo todavía.
          Conmigo viense, Guiomar;
          Nos sorbe la serranía.
          De encinar en encinar
          Se va fatigando el día.
          El tren devora y devora
          Día y riel. La retama
          Pasa en Sombra; se desdora
          El oro de Guadarrama.
          Porque una diosa y su amante
          Huyen juntos, jadeante
          Los sigue la luna llena.
          El tren se esconde y resuena
          Dentro de un monte gigante.
          Campos yermos, cielo alto.
          Tras los montes de granito
          Y otros montes de basalto,
          Ya es la mar y el infinito.
          Juntos vamos; libres somos.
          Aunque el Dios, como en el cuento
          Fiero rey, cabalgue a lomos
          Del mejor corcel del viento,
          Aunque nos jure, violento,
          Su venganza,
          Aunque ensille el pensamiento,
          Libre amor, nadie lo alcanza.

          Hoy te escribo en mi celda de viajero,
          A la hora de una cita imaginaria.
          Rompe el iris al aire el aguacero,
          Y al monte su tristeza planetaria.
          Sol y campanas en la vieja torre.
          ¡Oh tarde viva y quieta que opuso
          Al panta rhei su nada corre,
          Tarde niña que amaba a su poeta!
          ¡Y día adolescente
          -Ojos claros y músculos morenos-,
          Cuando pensaste a amor, junto a la fuente,
          Besar tus labios y apresar tus senos!
          Todo a esta luz de abril se transparenta;
          Todo en el hoy de ayer, el todavía
          Que en sus maduras horas
          El tiempo canta y cuenta,
          Se funde en una sola melodía,
          Que es un coro de tardes y de auroras.
          A ti, Guiomar, esta nostalgia mía.

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        Cantares

          Todo pasa y todo queda,
          Pero lo nuestro es pasar,
          Pasar haciendo caminos,
          Caminos sobre el mar.

          Nunca perseguí la gloria,
          Ni dejar en la memoria
          De los hombres mi canción;
          Yo amo los mundos sutiles,
          Ingrávidos y gentiles,
          Como pompas de jabón.

          Me gusta verlos pintarse
          De sol y grana, volar
          Bajo el cielo azul, temblar
          Súbitamente y quebrarse...

          Nunca perseguí la gloria.

          Caminante, son tus huellas
          El camino y nada más;
          Caminante, no hay camino,
          Se hace camino al andar.

          Al andar se hace camino
          Y al volver la vista atrás
          Se ve la senda que nunca
          Se ha de volver a pisar.

          Caminante no hay camino
          Sino estelas en la mar...

          Hace algún tiempo en ese lugar
          Donde hoy los bosques se visten de espinos
          Se oyó la voz de un poeta gritar
          "Caminante no hay camino,
          Se hace camino al andar..."

          Golpe a golpe, verso a verso...

          Murió el poeta lejos del hogar.
          Le cubre el polvo de un país vecino.
          Al alejarse le vieron llorar.
          "Caminante no hay camino,
          Se hace camino al andar..."

          Golpe a golpe, verso a verso...

          Cuando el jilguero no puede cantar.
          Cuando el poeta es un peregrino,
          Cuando de nada nos sirve rezar.
          "Caminante no hay camino,
          Se hace camino al andar..."

          Golpe a golpe, verso a verso.

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        Cante hondo

          Yo meditaba absorto, devanando
          Los hilos del hastío y la tristeza,
          Cuando llegó a mi oído,
          Por la ventana de mi estancia, abierta.

          A una caliente noche de verano,
          El plañir de una copla soñolienta,
          Quebrada por los trémolos sombríos
          De las músicas magas de mi tierra.

          ... Y era el amor, como una roja llama...
          -Nerviosa mano en la vibrante cuerda
          Ponía un largo suspirar de oro,
          Que se trocaba en surtidor de estrellas-.

          ... Y era la muerte, al hombro la cuchilla,
          El paso largo, torva y esquelética.
          -Tal cuando yo era niño la soñaba-.

          Y en la guitarra, resonante y trémula,
          La brusca mano, al golpear, fingía
          El reposar de un ataúd en tierra.

          Y era un plañido solitario el soplo
          Que el polvo barre y la ceniza avienta.

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        Como en el alto llano tu figura

          ¡Como en el alto llano tu figura
          Se me aparece!... Mi palabra evoca
          El prado verde y la árida llanura,
          La zarza en flor, la cenicienta roca.

          Y el recuerdo obediente, negra encina
          Brota en el cerro, baja el chopo al río;
          El pastor va subiendo a la colina;
          Brilla un balcón de la ciudad: el mío,

          El nuestro. ¿Ves? Hacia Aragón, lejana,
          La sierra de Moncayo, blanca y rosa...
          Mira el incendio de esa nube grana,

          Y aquella estrella en el azul, esposa.
          Tras el Duero, la loma de Santana
          Se amorata en la tarde silenciosa.

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        Crepúsculo

          Caminé hacia la tarde de verano
          Para quemar, tras el azul del monte,
          La mirra amarga de un amor lejano
          En el ancho flamígero horizonte.
          Roja nostalgia el corazón sentía,
          Sueños bermejos, que en el alma brotan
          De lo inmenso inconsciente,
          Cual de región caótica y sombría
          Donde ígneos astros, como nubes, flotan,
          Informes, en un cielo lactescente.
          Caminé hacia el crepúsculo glorioso,
          Congoja del estío, evocadora
          Del infinito ritmo misterioso
          De olvidada locura triunfadora.
          De locura adormida, la primera
          Que al alma llega y que del alma huye,
          Y la sola que torna en su carrera
          Si la agria ola del ayer refluye.
          La soledad, la musa que el misterio
          Revela al alma en sílabas preciosas
          Cual notas de recóndito salterio,
          Los primeros fantasmas de la mente
          Me devolvió, a la hora en que pudiera,
          Caída sobre la ávida pradera
          O sobre el seco matorral salvaje,
          Un ascua del crepúsculo fulgente,
          Tornar en humo el árido paisaje.
          Y la inmensa teoría
          De gestos victoriosos
          De la tarde rompía
          Los cárdenos nublados congojosos.
          Y muda caminaba
          En polvo y sol envuelta, sobre el llano,
          Y en confuso tropel, mientras quemaba
          Sus inciensos de púrpura el verano.

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        Cuando sea mi vida

          Cuando sea mi vida,
          Toda clara y ligera
          Como un buen río
          Que corre alegremente
          A la mar,
          A la mar ignota
          Que espera
          Llena de sol y de canción.
          Y cuando brote en mi
          Corazón la primavera
          Serás tú, vida mía,
          La inspiración
          De mi nuevo poema.
          Una canción de paz y amor
          Al ritmo de la sangre
          Que corre por las venas.
          Una canción de amor y paz.
          Tan solo de dulces cosas y palabras.
          Mientras,
          Mientras, guarda la llave de oro
          De mis versos
          Entre tus joyas.
          Guárdala y espera.

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        Del pasado efímero

          Este hombre del casino provinciano
          Que vio a Carancha recibir un día,
          Tiene mustia la tez, el pelo cano,
          Ojos velados por melancolía;
          Bajo el bigote gris, labios de hastío,
          Y una triste expresión, que no es tristeza,
          Sino algo más y menos: el vacío
          Del mundo en la oquedad de su cabeza.
          Aún luce de corinto terciopelo
          Chaqueta y pantalón abotinado,
          Y un cordobés color de caramelo,
          Pulido y torneado.
          Tres veces heredó; tres ha perdido
          Al monte su caudal; dos ha enviudado.
          Sólo se anima ante el azar prohibido,
          Sobre el verde tapete reclinado,
          O al evocar la tarde de un torero,
          La suerte de un tahúr, o si alguien cuenta
          La hazaña de un gallardo bandolero,
          O la proeza de un matón, sangrienta.
          Bosteza de política banales
          Dicterios al gobierno reaccionario,
          Y augura que vendrán los liberales,
          Cual torna la cigüeña al campanario.
          Un poco labrador, del cielo aguarda
          Y al cielo teme; alguna vez suspira.
          Pensando en su olivar, y al cielo mira
          Con ojo inquieto, si la lluvia tarda.
          Lo demás, taciturno, hipocondríaco,
          Prisionero en la Arcadia del presente,
          Le aburre; sólo el humo del tabaco
          Simula algunas sombras en su frente.
          Este hombre no es de ayer ni es de mañana,
          Sino de nunca; de la cepa hispana
          No es fruto maduro ni podrido,
          Es una fruta vana
          De aquella España que pasó y no ha sido,
          Esa que hoy tiene la cabeza cana.

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        Desde el umbral de un sueño

          Desde el umbral de un sueño me llamaron...
          Era la buena voz, la voz querida.

          -Dime: ¿vendrás conmigo a ver el alma?...
          Llegó a mi corazón una caricia.

          -Contigo siempre... Y avancé en mi sueño
          Por una larga, escueta galería,
          Sintiendo el roce de la veste pura
          Y el palpitar suave de la mano amiga.

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        Desgarrada la nube

          Desgarrada la nube; el arco iris
          Brillando ya en el cielo,
          Y en un fanal de lluvia
          Y sol el campo envuelto.

          Desperté. ¿Quién enturbia
          Los mágicos cristales de mi sueño?
          Mi corazón latía
          Atónito y disperso.
          ... ¡El limonar florido,
          El cipresal del huerto,
          El prado verde, el sol, el agua, el iris...
          El agua en tus cabellos!

          Y todo en la memoria se perdía
          Como una pompa de jabón al viento.

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        El mar triste

          Palpita un mar de acero de olas grises
          Dentro los toscos murallones roídos
          Del puerto viejo. Sopla el viento norte
          Y riza el mar. El triste mar arrulla
          Una ilusión amarga con sus olas grises.
          El viento norte riza el mar, y el mar azota
          El murallón del puerto.
          Cierra la tarde el horizonte
          Anubarrado. Sobre el mar de acero
          Hay un cielo de plomo.
          El rojo bergantín es un fantasma
          Sangriento, sobre el mar, que el mar sacude...
          Lúgubre zumba el viento norte y silba triste
          En la agria lira de las jarcias recias.
          El rojo bergantín es un fantasma
          Que el viento agita y mece el mar rizado,
          El tosco mar rizado de olas grises.

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        El amor y la sierra

          Cabalgaba por agria serranía,
          Una tarde, entre roca cenicienta.
          El plomizo balón de la tormenta
          De monte en monte rebotar se oía.

          Súbito, al vivo resplandor del rayo,
          Se encabritó, bajo de un alto pino,
          Al borde de la peña, su caballo.
          A dura rienda le tornó al camino.

          Y hubo visto la nube desgarrada,
          Y, dentro, la afilada crestería
          De otra sierra más tenue y levantada.

          -Relámpago de piedra parecía-.
          ¿Y vio el rostro de Dios? Vio el de su amada.
          Gritó: "¡Morir en esta sierra fría!"

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        El mañana efímero

          La España de charanga y pandereta,
          Cerrado y sacristía,
          Devota de Frascuelo y de María,
          De espíritu burlón y de alma quieta,
          Ha de tener su mármol y su día,
          Su infalible mañana y su poeta.
          El vano ayer engendrará un mañana
          Vacío y, ¡por ventura!, pasajero.
          Será un joven lechuzo y tarambana,
          Un sayón con hechuras de bolero,
          A la moda de Francia realista,
          Un poco al uso de París pagano,
          Y al estilo de España especialista
          En el vicio al alcance de la mano.
          Esa España inferior que ora y bosteza,
          Vieja y tahúr, zaragatera y triste;
          Esa España inferior que ora y embiste,
          Cuando se digna usar la cabeza,
          Aún tendrá luengo parto de varones
          Amantes de sagradas tradiciones
          Y de sagradas formas y maneras;
          Florecerán las barbas apostólicas,
          Y otras calvas en otras calaveras
          Brillarán, venerables católicas,
          El vano ayer engendrará un mañana
          Vacío y, ¡por ventura!, pasajero,
          La sombra de un lechuzo tarambana,
          De un sayón con hechuras de bolero:
          El vacuo ayer dará un mañana huero.
          Como la náusea de un borracho ahíto
          De vino malo, un rojo sol corona
          De heces turbias las cumbres de granito;
          Hay un mañana estomagante escrito
          En la tarde pragmática y dulzona.
          Mas otra España nace,
          La España del cincel y de la maza,
          Con esa eterna juventud que se hace
          Del pasado macizo de la raza.
          Una España implacable y redentora,
          España que alborea
          Con un hacha en la mano vengadora,
          España de la rabia y de la idea.

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        Empeñé tu memoria

          ¿Empeñé tu memoria? ¡Cuántas veces!
          La vida baja como un ancho río,
          Y cuando lleva al mar alto navío
          Va con cieno verdoso y turbias heces.

          Y más si hubo tormenta en sus orillas,
          Y él arrastra el botín de la tormenta,
          Si en su cielo la nube cenicienta
          Se incendió de centellas amarillas.

          Pero aunque fluya hacia la mar ignota,
          Es la vida también agua de fuente
          Que de claro venero, gota a gota,

          O ruidoso penacho de torrente,
          Bajo el azul, sobre la piedra brota.
          Y allí suena tu nombre, ¡eternamente!

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        Eran ayer mis dolores

          Eran ayer mis dolores
          Como gusanos de seda
          Que iban labrando capullos;
          Hoy son mariposas negras.

          ¡De cuántas flores amargas
          He sacado blanca cera!
          ¡Oh, tiempo en que mis pesares
          Trabajaba como abeja!

          Hoy son como avenas locas,
          O cizaña en sementera,
          Como tizón en espiga,
          Como carcoma en madera.

          ¡Oh, tiempo en que mis dolores
          Tenía lágrimas buenas,
          Y eran como agua de noria
          Que va regando una huerta!
          Hoy son agua de torrente
          Que arranca el limo a la tierra.

          Dolores que ayer hicieron
          De mi corazón colmena,
          Hoy tratan mi corazón
          Como a una muralla vieja:
          Quieren derribarlo, y pronto,
          Al golpe de la piqueta.

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        Hacia tierra baja (III)

          Un mesón de mi camino.
          Con un gesto de vestal,
          Tú sirves el rojo vino
          De una orgía de arrabal.

          Los borrachos
          De los ojos vivarachos
          Y la lengua fanfarrona
          Te requiebran, ¡oh varona!

          Y otros borrachos suspiran
          Por tus ojos de diamante,
          Tus ojos que a nadie miran.

          A la altura de tus senos,
          La batea rebosante
          Llega en tus brazos morenos.

          ¡Oh, mujer,
          Dame también de beber!

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        Hastío

          Pasan las horas de hastío
          Por la estancia familiar,
          El amplio cuarto sombrío
          Donde yo empecé a soñar.

          Del reloj arrinconado,
          Que en la penumbra clarea,
          El tictac acompasado
          Odiosamente golpea.

          Dice la monotonía
          Del agua clara al caer:
          Un día es como otro día;
          Hoy es lo mismo que ayer.

          Cae la tarde. El viento agita
          El parque mustio y dorado...
          ¡Qué largamente ha llorado
          Toda la fronda marchita!

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        He andado muchos caminos

          He andado muchos caminos
          He abierto muchas veredas;
          He navegado en cien mares
          Y atracado en cien riberas.

          En todas partes he visto
          Caravanas de tristeza,
          Soberbios y melancólicos
          Borrachos de sombra negra.

          Y pedantones al paño
          Que miran, callan y piensan
          Que saben por qué no beben
          El vino de las tabernas.

          Mala gente que camina
          Y va apestando la tierra...

          Y en todas partes he visto
          Gentes que danzan o juegan,
          Cuando pueden, y laboran
          Sus cuatro palmos de tierra.

          Nunca, si llegan a un sitio
          Preguntan a dónde llegan.
          Cuando caminan, cabalgan
          A lomos de mula vieja.

          Y no conocen la prisa
          Ni aún en los días de fiesta.
          Donde hay vino, beben vino,
          Donde no hay vino, agua fresca.

          Son buenas gentes que viven,
          Laboran, pasan y sueñan,
          Y un día como tantos,
          Descansan bajo la tierra.

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        Húmedo está, bajo el laurel

          Húmedo está, bajo el laurel, el banco
          De verdinosa piedra;
          Lavó la lluvia, sobre el muro blanco,
          Las empolvadas hojas de la yedra.

          Del viento del otoño el tibio aliento
          Los céspedes ondula, y la alameda
          Conversa con el viento...
          ¡El viento de la tarde en la arboleda!

          Mientras el sol en el ocaso esplende
          Que los racimos de la vid orea,
          Y el buen burgués, en su balcón, enciende
          La estoica pipa que el tabaco humea,

          Voy recordando versos juveniles...
          ¿Qué fue de aquel mi corazón sonoro?
          ¿Será cierto que os vais, sombras gentiles,
          Huyendo entre los árboles de oro?

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        Huye del triste amor

          Huye del triste amor, amor pacato,
          Sin peligro, sin venda ni aventura,
          Que espera del amor prenda segura,
          Porque en amor locura es lo sensato.

          Ese que el pecho esquiva al niño ciego
          Y blasfemó del fuego de la vida,
          De una brasa pensada, y no encendida,
          Quiere ceniza que le guarde el fuego.

          Y ceniza hallará, no de su llama,
          Cuando descubra el torpe desvarío
          Que pedía, sin flor, fruto en la rama.

          Con negra llave el aposento frío
          De su tiempo abrirá. ¡Despierta cama,
          Y turbio espejo y corazón vacío!

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        Inventario galante

          Tus ojos me recuerdan
          Las noches de verano,
          Negras noches si luna,
          Orilla al mar salado,
          Y el chispear de estrellas
          Del cielo negro y bajo.
          Tus ojos me recuerdan
          Las noches de verano.
          Y tu morena carne,
          Los trigos requemados,
          Y el suspirar de fuego
          De los maduros campos.

          Tu hermana es clara y débil
          Como los juncos lánguidos,
          Como los sauces tristes,
          Como los linos glaucos.
          Tu hermana es un lucero
          En el azul lejano...
          Y es alba y aura fría
          Sobre los pobres álamos
          Que en las orillas tiemblan
          Del río humilde y manso.
          Tu hermana es un lucero
          En el azul lejano.

          De tu morena gracia
          De tu soñar gitano,
          De tu mirar de sombra
          Quiero llenar mi vaso.
          Me embriagaré una noche
          De cielo negro y bajo,
          Para cantar contigo,
          Orilla al mar salado,
          Una canción que deje
          Cenizas en los labios...
          De tu mirar de sombra
          Quiero llenar mi vaso.

          Para tu linda hermana
          Arrancaré los ramos
          De florecillas nuevas
          A los almendros blancos,
          En un tranquilo y triste
          Alborear de marzo.
          Los regaré con agua
          De los arroyos claros,
          Los ataré con verdes
          Junquillos del remanso
          Para tu linda hermana
          Yo haré un ramito blanco.

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        Jardín

          Lejos de tu jardín quema la tarde
          Inciensos de oro en purpurinas llamas,
          Tras el bosque de cobre y de ceniza.
          En tu jardín hay dalias.
          ¡Malaya tu jardín! Hoy me parece
          La obra de un peluquero,
          Con esa pobre palmerilla enana,
          Y ese cuadro de mirtos recortados...
          Y el naranjito en su tonel... El agua
          De la fuente de piedra
          No cesa de reír sobre la concha blanca.

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        La primavera besaba

          La primavera besaba
          Suavemente la arboleda,
          Y el verde nuevo brotaba
          Como una verde humareda.

          Las nubes iban pasando
          Sobre el campo juvenil...
          Yo vi en las hojas temblando
          Las frescas lluvias de abril.

          Bajo ese almendro florido,
          Todo cargado de flor
          -Recordé-, yo he maldecido
          Mi juventud sin amor.

          Hoy en mitad de la vida,
          Me he parado a meditar...
          ¡Juventud nunca vivida,
          Quién te volviera a soñar!

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        Llamó a mi corazón

            Llamó a mi corazón, un claro día,
            Con un perfume de jazmín, el viento.

            -A cambio de este aroma,
            Todo el aroma de tus rosas quiero.

            -No tengo rosas; flores
            En mi jardín no hay ya, todas han muerto.

            -Me llevaré los llantos de las fuentes,
            Las hojas amarillas y los mustios pétalos.

            Y el viento huyó. Mi corazón sangraba.
            Alma, ¿qué has hecho de tu pobre huerto?

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          Llanto de las virtudes y coplas por la muerte de Don Guido

            Al fin, una pulmonía
            Mató a don Guido, y están
            Las campanas todo el día
            Doblando por él: ¡din dan!
            Murió don Guido, un señor
            De mozo muy jaranero,
            Muy galán y algo torero;
            De viejo, gran rezador.

            Dicen que tuvo un serrallo
            Este señor de Sevilla;
            Que era diestro
            En manejar el caballo,
            Y un maestro
            En refrescar manzanilla.
            Cuando mermó su riqueza,
            Era su monotonía
            Pensar que pensar debía
            En asentar la cabeza.

            Y asentóla
            De una manera española,
            Que fue casarse con una
            Doncella de gran fortuna;
            Y repintar sus blasones,
            Hablar de las tradiciones
            De su casa,
            A escándalos y amoríos
            Poner tasa,
            Sordina a sus desvaríos.
            Gran pagano,
            Se hizo hermano
            De una santa cofradía;
            El Jueves Santo salía,
            Llevando un cirio en la mano
            -¡Aquel trueno!-,
            Vestido de nazareno.

            Hoy nos dice la campana
            Que han de llevarse mañana
            Al buen don Guido, muy serio,
            Camino del cementerio.
            Buen don Guido, ya eres ido
            Y para siempre jamás
            Alguien dirá: "¿Qué dejaste?"
            Yo pregunto: "¿Qué llevaste
            Al mundo donde hoy estás?"

            ¿Tu amor a los alamares
            Y a las sedas y a los oros,
            Y a la sangre de los toros
            Y al humo de los altares?
            Buen don Guido y equipaje,
            ¡Buen viaje!
            El acá
            Y el allá,
            Caballero,
            Se ve en tu rostro marchito,
            Lo infinito:
            Cero, cero.

            ¡Oh las enjutas mejillas,
            Amarillas,
            Y los párpados de cera,
            Y la fina calavera
            En la almohada del lecho!
            ¡Oh fin de una aristocracia!
            La barba canosa y lacia
            Sobre el pecho;
            Metido en tosco sayal,
            Las yertas manos en cruz,
            ¡Tan formal!
            El caballero andaluz.

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          Me dijo un alba de la primavera

            Me dijo un alba de la primavera:
            Yo florecí en tu corazón sombrío
            Ha muchos años, caminante viejo
            Que no cortas las flores del camino.

            Tu corazón de sombra, ¿acaso guarda
            El viejo aroma de mis viejos lirios?
            ¿Perfuman aún mis rosas la alba frente
            Del hada de tu sueño adamantino?

            Respondí a la mañana:
            Sólo tienen cristal los sueños míos.
            Yo no conozco el hada de mis sueños;
            No sé si está mi corazón florido.

            Pero si aguardas la mañana pura
            Que ha de romper el vaso cristalino,
            Quizás el hada te dará tus rosas,
            Mi corazón tus lirios.

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          Me dijo una tarde de la primavera

            Me dijo una tarde
            De la primavera:
            Si buscas caminos
            En flor en la tierra,
            Mata tus palabras
            Y oye tu alma vieja.

            Que el mismo albo lino
            Que te vista, sea
            Tu traje de duelo,
            Tu traje de fiesta.
            Ama tu alegría
            Y ama tu tristeza,
            Si buscas caminos
            En flor en la tierra.

            Respondí a la tarde
            De la primavera:
            Tú has dicho el secreto
            Que en mi alma reza:
            Yo odio la alegría
            Yo odio a la pena,
            Mas antes que pise
            Tu florida senda,
            Quisiera traerte
            Muerta mi alma vieja.

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          Melancolía

            Tarde tranquila, casi
            Con placidez de alma,
            Para ser joven, para haberlo sido
            Cuando Dios quiso, para
            Tener algunas alegrías... lejos,
            Y poder dulcemente recordarlas.

            Es una tarde cenicienta y mustia,
            Destartalada, como el alma mía;
            Y es esta vieja angustia
            Que habita mi usual hipocondría.

            La causa de esta angustia no consigo
            Ni vagamente comprender siquiera;
            Pero recuerdo y recordando digo:
            -"Sí, yo era niño, y tú, mi compañera".

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          Mi amor

            ¿Mi amor? ¿Recuerdas, dime,
            Aquellos juncos tiernos
            Lánguidos y amarillos
            Que hay en el cauce seco?

            ¿Recuerdas la amapola
            Que calcinó el verano,
            La amapola marchita,
            Negro crespón del campo?

            ¿Te acuerdas del sol yerto
            Y humilde en la mañana,
            Que brilla y tiembla roto
            Sobre una fuente helada?

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          Mi corazón se ha dormido

            ¿Mi corazón se ha dormido?
            Colmenares de mis sueños,
            ¿Ya no labráis? ¿Está seca
            La noria del pensamiento,
            Los canguilones vacíos
            Girando, de sombra llenos?

            No, mi corazón no duerme.
            Está despierto, despierto.
            Ni duerme, ni sueña, mira,
            Los claros ojos abiertos,
            Señas lejanas y escucha
            A orillas del gran silencio.

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          Oh, dime, noche amiga

            ¡Oh, dime, noche amiga, amada vieja,
            Que me traes el retablo de mis sueños
            Siempre desierto y desolado, y sólo
            Con mi fantasma dentro,
            Mi pobre sombra triste
            Sobre la estepa y bajo el sol de fuego,
            O soñando amarguras
            En las voces de todos los misterios,
            Dime, si sabes, vieja amada, dime
            Si son mías las lágrimas que vierto!
            Me respondió la noche:
            Jamás me revelaste tu secreto.
            Yo nunca supe, amado,
            Si eras tú ese fantasma de tu sueño,
            Ni averigüé si era su voz o la tuya,
            O era la voz de un histrión grotesco.

            Dije a la noche: Amada mentirosa,
            Tú sabes mi secreto;
            Tú has visto la honda gruta
            Donde fabrica su cristal mi sueño,
            Y sabes que mis lágrimas son mías,
            Y sabes mi dolor, mi dolor viejo.

            ¡Oh! Yo no sé, dijo la noche, amado,
            Yo no sé tu secreto,
            Aunque he visto vagar ese, que dices
            Desolado fantasma, por tu sueño.
            Yo me asomo a las almas cuando lloran
            Y escucho su hondo rezo,
            Humilde y solitario,
            Ese que llamas salmo verdadero;
            Pero en las hondas bóvedas del alma,
            No sé si el llanto es una voz o un eco.

            Para escuchar tu queja de tus labios,
            Yo te busqué en tu sueño,
            Y allí te vi vagando en un borroso
            Laberinto de espejos.

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          Otoño

            El cárdeno otoño
            No tiene leyendas
            Para mí. Los salmos
            De las frondas muertas,
            Jamás he escuchado,
            Que el viento se lleva.
            Yo no sé los salmos
            De las hojas secas,
            Sino el sueño verde
            De la amarga tierra.

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          Otras canciones a Guiomar

            (A la manera de Abel Martín y de Juan de Mairena)

            I

            ¡Sólo tu figura,
            Como una centella blanca,
            En mi noche oscura!

            ¡Y en la tersa arena,
            Cerca de la mar,
            Tu carne rosa y morena,
            Súbitamente, Guiomar!

            En el gris del muro,
            Cárcel y aposento,
            Y en un paisaje futuro
            Con sólo tu voz y el viento;

            En el nácar frío
            De tu zarcillo en mi boca,
            Guiomar, y en el calofrío
            De una amanecida loca;

            Asomada al malecón
            Que bate la mar de un sueño,
            Y bajo el arco del ceño
            De mi vigilia, a traición,
            ¡Siempre tú!

            Guiomar, Guiomar,
            Mírame en ti castigado:
            Reo de haberte creado,
            Ya no te puedo olvidar.

            II

            Todo amor es fantasía;
            Él inventa el año, el día,
            La hora y su melodía;
            Inventa el amante y, más,
            La amada. No prueba nada,
            Contra el amor, que la amada
            No haya existido jamás.

            III

            Escribiré en tu abanico:
            Te quiero para olvidarte,
            Para quererte te olvido.

            IV

            Te abanicarás
            Con un madrigal que diga:
            En amor el olvido pone la sal.

            V

            Te pintaré solitaria
            En la urna imaginaria
            De un daguerrotipo viejo,
            O en el fondo de un espejo,
            Viva y quieta,
            Olvidando a tu poeta.

            VI

            Y te enviaré mi canción:
            "Se canta lo que se pierde",
            Con un papagayo verde
            Que la diga en tu balcón.

            VII

            Que apenas si de amor el ascua humea
            Sabe el poeta que la voz engola
            Y, barato cantor, se pavonea
            Con su pesar o enluta su viola;
            Y que si amor da su destello, sola
            La pura estrofa suena,
            Fuente de monte, anónima y serena.
            Bajo el azul olvido, nada canta,
            Ni tu nombre ni el mío, el agua santa.
            Sombra no tiene de su turbia escoria
            Limpio metal; el verso del poeta
            Lleva el ansia de amor que lo engendrara
            Como lleva el diamante sin memoria
            -Frío diamante- el fuego del planeta
            Trocado en luz, en una joya clara...

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          Por qué, decisme

            ¿Por qué, decisme, hacia los altos llanos,
            Huye mi corazón de esta ribera,
            Y en tierra labradora y marinera
            Suspiro por los yermos castellanos?

            Nadie elige su amor. Llevóme un día
            Mi destino a los grises calvijares
            Donde ahuyenta al caer la nieve fría
            Las sombras de los muertos encinares.

            De aquel trozo de España, alto y roquero,
            Hoy traigo a ti, Guadalquivir florido,
            Una mata del áspero romero.

            Mi corazón está donde ha nacido,
            No a la vida, al amor, cerca del Duero...
            ¡El muro blanco y el ciprés erguido!

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          Preludio

            Mientras la sombra pasa de un santo amor, hoy quiero
            Poner un dulce salmo sobre mi viejo atril.
            Acordaré las notas del órgano severo
            Al suspirar fragante del pífano de abril.

            Madurarán su aroma las pomas otoñales,
            La mirra y el incienso salmodiarán su olor;
            Exhalarán su fresco perfume los rosales
            Bajo la paz en sombra del tibio huerto en flor.

            Al grave acorde lento de música y aroma,
            La sola y vieja y noble razón de mi rezar
            Levantará su vuelo suave de paloma,
            Y la palabra blanca se elevará al altar.

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          Renacimiento

            Galerías del alma, ¡el alma niña!
            Su clara luz risueña;
            Y la pequeña historia,
            Y la alegría de la vida nueva...

            ¡Ah, volver a nacer, y andar camino,
            Ya recobrada la perdida senda!

            Y volver a sentir en nuestra mano,
            Aquel latido de la mano buena
            De nuestra madre... Y caminar en sueños
            Por amor de la mano que nos lleva.

            En nuestras almas todo
            Por misteriosa mano se gobierna.
            Incomprensibles, mudas,
            Nada sabemos de las almas nuestras.

            Las más hondas palabras
            Del sabio nos enseñan,
            Lo que el silbar del viento cuando sopla,
            O el sonar de las aguas cuando ruedan.

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          Retrato

            Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla,
            Y un huerto claro donde madura el limonero;
            Mi juventud, veinte años en tierra de Castilla;
            Mi historia, algunos casos que recordar no quiero.
            Ni un seductor Mañara, ni un Bradomín he sido
            -Ya conocéis mi torpe aliño indumentario-,
            Mas recibí la flecha que me asignó Cupido,
            Y amé cuanto ellas puedan tener de hospitalario.
            Hay en mis venas gotas de sangre jacobina,
            Pero mi verso brota de manantial sereno;
            Y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina,
            Soy, en el buen sentido de la palabra, bueno.
            Adoro la hermosura, y en la moderna estética
            Corté las viejas rosas del huerto de Ronsard;
            Mas no amo los afeites de la actual cosmética,
            Ni soy un ave de esas del nuevo gay-trinar.
            Desdeño las romanzas de los tenores huecos
            Y el coro de los grillos que cantan a la luna.
            A distinguir me paro las voces de los ecos,
            Y escucho solamente, entre las voces, una.
            ¿Soy clásico o romántico? No sé. Dejar quisiera
            Mi verso, como deja el capitán su espada:
            Famosa por la mano viril que la blandiera,
            No por el docto oficio del forjador preciada.
            Converso con el hombre que siempre va conmigo
            -Quien habla solo espera hablar a Dios un día-;
            Mi soliloquio es plática con ese buen amigo
            Que me enseñó el secreto de la filantropía.
            Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito.
            A mi trabajo acudo, con mi dinero pago
            El traje que me cubre y la mansión que habito,
            El pan que me alimenta y el lecho en donde yago.
            Y cuando llegue el día del último viaje,
            Y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
            Me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
            Casi desnudo, como los hijos de la mar.

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          Rosa de fuego

            Tejidos sois de primavera, amantes,
            De tierra y agua y viento y sol tejidos.
            La sierra en vuestros pechos jadeantes,
            En los ojos los campos florecidos,

            Pasead vuestra mutua primavera,
            Y aún bebed sin temor la dulce leche
            Que os brinda hoy la lúbrica pantera,
            Antes que, torva, en el camino aceche.

            Caminad, cuando el eje del planeta
            Se vence hacia el solsticio del verano,
            Verde el almendro y mustia la violeta,

            Cerca la sed y el hontanar cercano,
            Hacia la tarde del amor, completa,
            Con la rosa de fuego en vuestra mano.

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          Siempre fugitiva

            Siempre fugitiva y siempre
            Cerca de mí, en negro manto
            Mal cubierto el desdeñoso
            Gesto de tu rostro pálido.

            No sé a dónde vas, ni dónde
            Tu virgen belleza tálamo
            Busca en la noche. No sé
            Qué sueños cierran tus párpados,
            Ni de quien haya entreabierto
            Tu lecho inhospitalario.

            Detén el paso, belleza
            Esquiva, detén el paso.
            Besar quisiera la amarga,
            Amarga flor de tus labios.

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          Soneto I

            A Guiomar.

            Perdón, Madona del Pilar, si llego
            Al par que nuestro amado florentino,
            Con una mata de serrano espliego,
            Con una rosa de silvestre espino.

            ¿Qué otra flor para ti de tu poeta
            Si no es la flor de la melancolía?
            Aquí, sobre los huesos del planeta
            Pule el sol, hiela el viento, diosa mía.

            ¡Con qué divino acento
            Me llega a mi rincón de sombra y frío
            Tu nombre, al acercarme el tibio aliento

            De otoño el hondo resonar del río!
            Adiós: cerrada mi ventana, siento
            Junto a mí un corazón... ¿Oyes el mío?

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          Soneto II

            A Guiomar.

            De mar a mar entre los dos la guerra,
            Más honda que la mar. En mi parterre,
            Miro a la mar que el horizonte cierra.
            Tú, asomada, Guiomar, a un Finisterre,

            Miras hacia otro mar, la mar de España
            Que Camoens cantara, tenebrosa.
            Acaso a ti mi ausencia te acompaña.
            A mí me duele tu recuerdo, diosa.

            La guerra dio al amor el tajo fuerte.
            Y es la total angustia de la muerte,
            Con la sombra iracunda de tu llama

            Y la soñada miel de amor tardío,
            Y la flor imposible de la rama
            Que ha sentido del hacha el corte frío.

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          Soñé que tú me llevabas

            Soñé que tú me llevabas
            Por una blanca vereda,
            En medio del campo verde,
            Hacia el azul de las sierras,
            Hacia los montes azules,
            Una mañana serena.

            Sentí tu mano en la mía,
            Tu mano de compañera,
            Tu voz de niña en mi oído
            Como una campana nueva,
            Como una campana virgen
            De un alba de primavera.
            ¡Eran tu voz y tu mano,
            En sueño, tan verdaderas!

            Vive, esperanza, ¡quién sabe
            Lo que se traga la tierra!

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          Y era el demonio de mi sueño

            Y era el demonio de mi sueño, el ángel
            Más hermoso. Brillaban
            Como aceros los ojos victoriosos,
            Y las sangrientas llamas
            De su antorcha alumbraron
            La honda cripta del alma.
            -¿Vendrás conmigo? No, jamás; las tumbas
            Y los muertos me espantan.
            Pero la férrea mano
            Mi diestra atenazaba.

            Vendrás conmigo... Y avancé en mi sueño,
            Cegado por la roja luminaria.
            Y en la cripta sentí sonar cadenas,
            Y rebullir de fieras enjauladas.

          Arriba

          Y ha de morir contigo el mundo mago

            ¿Y ha de morir contigo el mundo mago
            Donde guarda el recuerdo
            Los hálitos más puros de la vida,
            La blanca sombra del amor primero,

            La voz que fue a tu corazón, la mano
            Que tú querías retener en sueños,
            Y todos los amores
            Que llegaron al alma, al hondo cielo?

            ¿Y ha de morir contigo el mundo tuyo,
            La vieja vida en orden tuyo y nuevo?
            ¿Los yunques y crisoles de tu alma
            Trabajan para el polvo y para el viento?

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          Y no es verdad, dolor

            Y no es verdad, dolor, yo te conozco,
            Tú eres nostalgia de la vida buena
            Y soledad de corazón sombrío,
            De barco sin naufragio y sin estrella.

            Como perro olvidado que no tiene
            Huella ni olfato y yerra
            Por los caminos, sin camino, como
            El niño que en la noche de una fiesta

            Se pierde entre el gentío
            Y el aire polvoriento y las candelas
            Chispeantes, atónito, y asombra
            Su corazón de música y de pena.

            Así voy yo, borracho melancólico,
            Guitarrista lunático, poeta,
            Y pobre hombre en sueños,
            Siempre buscando a Dios entre la niebla.

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          Yo voy soñando caminos

            Yo voy soñando caminos
            De la tarde. ¡Las colinas
            Doradas, los verdes pinos,
            Las polvorientas encinas!

            ¿Adónde el camino irá?
            Yo voy cantando, viajero,
            A lo largo del sendero...
            -La tarde cayendo está-.

            En el corazón tenía
            La espina de una pasión;
            Logré arrancármela un día;
            Ya no siento el corazón.

            Y todo el campo un momento
            Se queda, mudo y sombrío,
            Meditando. Suena el viento
            En los álamos del río.

            La tarde más se oscurece;
            Y el camino se serpea
            Y débilmente blanquea,
            Se enturbia y desaparece.

            Mi cantar vuelve a plañir:
            Aguda espina dorada,
            Quién te volviera a sentir
            En el corazón clavada.

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