Lupercio Leonardo Argensola

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    Información biográfica

  1. A la esperanza
  2. Al sueño
  3. Dentro quiero vivir de mi fortuna
  4. Esos cabellos en tu frente enjertos
  5. La vida en el campo
  6. No fueron tus divinos ojos, Ana
  7. Si quiere Amor que siga sus antojos



  8. Información biográfica
      Nombre: Lupercio Leonardo de Argensola
      Lugar y fecha nacimiento: Barbastro, Huesca, España, 14 de diciembre de 1559
      Lugar y fecha defunción: Nápoles, Italia, 1613 (54 años)
      Ocupación: Escritor, historiador, dramaturgo y poeta.
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      A la esperanza
        Alivia sus fatigas
        El labrador cansado
        Cuando su yerta barba escarcha cubre,
        Pensando en las espigas
        Del agosto abrasado
        Y en los lagares ricos del octubre
        La hoz se le descubre
        Cuando el arado apaña,
        Y con dulces memorias le acompaña.

        Carga de hierro duro
        Sus miembros, y se obliga
        El joven al trabajo de la guerra
        Huye ocio seguro,
        Trueca por la enemiga
        Su dulce, natural y amiga tierra;
        Mas cuando se destierra
        O al asalto acomete
        Mil triunfos y mil glorias se promete.

        La vida al mar confía,
        Y a dos tablas delgadas,
        El otro, que del oro está sediento
        Escóndesele el día,
        Y las olas hinchadas
        Suben a combatir el firmamento;
        Él quita el pensamiento
        De la muerte vecina,
        Y en el oro le pone y en la mina.

        Deja el lecho caliente
        Con la esposa dormida
        El cazador solícito y robusto.
        Sufre el cierzo inclemente,
        La nieve endurecida
        Y tiene en su afán, por premio justo,
        Interrumpir el gusto
        Y la paz de las fieras
        En vano cautas, fuertes y ligeras.

        Premio y cierto fin tiene
        Cualquier trabajo humano,
        Y el uno llama al otro sin mudanza;
        El invierno entretiene
        La opinión del verano,
        Y un tiempo sirve al otro de templanza.
        El bien de la esperanza
        Solo quedó en el suelo,
        Cuando todos huyeron para el cielo.

        Si la esperanza quitas,
        ¿Qué le dejas al mundo?
        Su máquina disuelves y destruyes;
        Todo lo precipitas
        En olvido profundo,
        Y del fin natural, Flérida huyes
        Si la cervix rehúyes
        De los brazos amados,
        ¿Qué premio piensas dar a los cuidados?

        Amor, en diferentes
        Géneros dividido,
        Él publica su fin y quién le admite.
        Todos los accidentes
        De un amante atrevido
        (Niéguelo o disimúlelo) permite.
        Limite pues, limite
        La vana resistencia;
        Que, dada la ocasión, todo es licencia.
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      Al sueño
        Imagen espantosa de la muerte,
        Sueño cruel, no turbes más mi pecho,
        Mostrándome cortado el nudo estrecho,
        Consuelo solo de mi adversa suerte.

        Busca de algún tirano el muro fuerte,
        De jaspe las paredes, de oro el techo,
        O el rico avaro en el angosto lecho
        Haz que temblando con sudor despierte.

        El uno vea popular tumulto
        Romper con furia las herradas puertas,
        O al sobornado siervo el hierro oculto;

        El otro, sus riquezas descubiertas
        Con llave falsa o con violento insulto:
        Y déjale al amor sus glorias ciertas.
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      Dentro quiero vivir de mi fortuna
        Dentro quiero vivir de mi fortuna
        Y huir los grandes nombres que derrama
        Con estatuas y títulos la Fama
        Por el cóncavo cerco de la luna.

        Si con ellos no tengo cosa alguna
        Común de las que el vulgo sigue y ama,
        Bástame ver común la postrer cama,
        Del modo que lo fue la primer cuna.

        Y entre estos dos umbrales de la vida,
        Distantes un espacio tan estrecho,
        Que en la entrada comienza la salida,

        ¿Qué más aplauso quiero, o más provecho,
        Que ver mi fe de Filis admitida
        Y estar yo de la suya satisfecho?
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      Esos cabellos en tu frente enjertos
        Esos cabellos en tu frente enjertos
        (Por más que disimules y los rices)
        En otros cuerpos dejan las raíces,
        Y por ventura en otros cuerpos muertos.

        ¿Por qué pueblas, o Gala, los desiertos
        De la Libia? ¿Por qué con tus barnices
        Ofendes nuestros ojos y narices,
        Cual si viesen sepulcros descubiertos?

        Que aunque vuelvas a ser la que solías,
        No puedes competir con Galatea;
        Oye, verás si la ventaja es poca:

        En ti son años los que en ella días;
        Está en duda si el tiempo la hará fea,
        Y está en verdad que nunca la hará loca.
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      La vida en el campo
        Lleva tras sí los pámpanos otubre,
        Y con las grandes lluvias, insolente,
        No sufre Ibero márgenes ni puente,
        Mas antes los vecinos campos cubre.

        Moncayo, como suele, ya descubre
        Coronada la nieve la alta frente,
        Y el sol apenas vemos en Oriente
        Cuando la opaca tierra nos lo encubre.

        Sienten el mar y selvas ya la saña
        Del Aquilón, y encierra su bramido
        Gente en el puerto y gente en la cabaña.

        Y Fabio, en el umbral de Tais tendido,
        Con vergonzosas lágrimas lo baña,
        Debiéndolas al tiempo que ha perdido.
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      No fueron tus divinos ojos, Ana
        No fueron tus divinos ojos, Ana,
        Los que al yugo amoroso me han rendido;
        Ni los rosados labios, dulce nido
        Del ciego niño, donde néctar mana;

        Ni las mejillas de color de grana;
        Ni el cabello, que al oro es preferido;
        Ni las manos, que a tantos han vencido;
        Ni la voz, que está en duda si es humana.

        Tu alma, que en todas tus obras se trasluce,
        Es la que sujetar pudo la mía,
        Porque fuese inmortal su cautiverio.

        Así todo lo dicho se reduce
        A sólo su poder, porque tenía
        Por ella cada cual su ministerio.
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      Si quiere Amor que siga sus antojos
        Si quiere Amor que siga sus antojos
        Y a sus hierros de nuevo rinda el cuello;
        Que por ídolo adore un rostro bello
        Y que vistan su templo mis despojos,

        La flaca luz renueve de mis ojos,
        Restituya a mi frente su cabello,
        A mis labios la rosa y primer vello,
        Que ya pendiente y yerto es dos manojos.

        Y entonces, como sierpe renovada,
        A la puerta de Filis inclemente
        Resistiré a la lluvia y a los vientos.

        Mas si no ha de volver la edad pasada,
        Y todo con la edad es diferente,
        ¿Por qué no lo han de ser mis pensamientos?
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