Edgar Allan Poe

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    Información biográfica

  1. A Elena (Trad. de Alberto Lasplaces)
  2. A la Ciencia (Trad. de Alberto Lasplaces)
  3. A la Señorita (Trad. de Alberto Lasplaces)
  4. A la Señorita (Trad. de Alberto Lasplaces)
  5. A mi madre (Trad. de Alberto Lasplaces)
  6. Al Río (Trad. de Alberto Lasplaces)
  7. Annabel Lee (Trad. de Alberto Lasplaces)
  8. Balada Nupcial (Trad. de Alberto Lasplaces)
  9. Canción (Trad. de Alberto Lasplaces)
  10. Dreamland (Trad. de Carlos Arturo Torres)
  11. El cuervo (Trad. de Juan Antonio Pérez Bonalde)
  12. El Día más Feliz (Trad. de Alberto Lasplaces)
  13. El Lago (Trad. de Alberto Lasplaces)
  14. El Reino de las Hadas (Trad. de Alberto Lasplaces)
  15. Eldorado (Trad. de Alberto Lasplaces)
  16. Estrellas Fijas (Trad. de Carlos Arturo Torres)
  17. Eulalia (Trad. de Alberto Lasplaces)
  18. Imitación (Trad. de Alberto Lasplaces)
  19. Un ensueño en un ensueño (Trad. de Alberto Lasplaces)
  20. La ciudad en el mar (Trad. de Alberto Lasplaces)
  21. La Durmiente (Trad. de Alberto Lasplaces)
  22. El Coliseo (Trad. de Alberto Lasplaces)
  23. El Gusano Vencedor (Trad. de Alberto Lasplaces)
  24. La Estrella de la Tarde (Trad. de Alberto Lasplaces)
  25. La Romanza (Trad. de Alberto Lasplaces)
  26. Las Campanas (Trad. de Carlos Arturo Torres)
  27. Los Espíritus de los Muertos (Trad. de Alberto Lasplaces)
  28. Para Annie (Trad. de Alberto Lasplaces)
  29. Ulalume (Trad. de Carlos Arturo Torres)



  30. Información biográfica
      Nombre: Edgar Allan Poe
      Lugar y fecha nacimiento: Boston, Massachusetts (Estados Unidos), 19 de enero de 1809
      Lugar y fecha defunción: Baltimore, Maryland (Estados Unidos), 7 de octubre de 1849 (40 años)
      Ocupación: Escritor de relatos, poeta, crítico, periodista y editor.
      Movimiento: Romanticismo oscuro.
      Género: Ficción gótica.

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      A Elena
        (Traducción de Alberto Lasplaces)

        Elena, tu belleza es para mí como esas barcas niceanas de otro tiempo que sobre una mar profunda llevaban dulcemente al viajero, cansado, hacia su ribera natal.

        Largo tiempo habituado a errar sobre mares desesperados, tu cabellera de jacinto, tu clásico perfil, tus cantos de náyade me han transportado al corazón de aquella gloria que fue la Grecia, de aquella grandeza que fue Roma.

        ¡Oh! allá abajo, en la espléndida abertura de esa ventana, como eres parecida a una estatua, de pie, tu lámpara de ágata en la mano. ¡Oh Psiquis, tu que me has llegado de esas regiones que son la Tierra Bendita!....
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      A la Ciencia
        (Traducción de Alberto Lasplaces)

        ¡Oh Ciencia! tu eres la verdadera hija del viejo tiempo, tu, cuya mirada indiscreta transforma todas las cosas! ¿Por qué haces tu presa del corazón del poeta, oh buitre, cuyas alas son las sombrías realidades? ¿Cómo podría él amarte? Como te creería sabia si no has querido dejarlo vagar en sus ensueños en busca de tesoros en el seno de los cielos constelados, por más de que hasta allí subiera con ala intrépida? ¿No has arrancado Diana a su carro, y obligado a las hamadriadas de la selva a buscar un asilo en alguna otra estrella más feliz? ¿No has sacado a la náyade de su ola, al elfo de su pradera verde y a mí mismo no me has arrebatado mi sueño estival bajo los tamarindos?
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      A la Señorita
        (Traducción de Alberto Lasplaces)

        ¿Que me importa si mi suerte terrestre no encierra en mí mismo más que una pequeña cosa de esta tierra? ¿qué me importa si años de amor son olvidados en un momento de odio?

        No lloro en forma alguna porque los desolados sean más dichosos que yo, pequeña, sino porque veo que os afligís por el destino de éste que no es sino un transeúnte sobre la tierra...
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      A la Señorita
        (Traducción de Alberto Lasplaces)

        Las umbrías bajo las cuales veo, en mis ensueños, los más traviesos pájaros cantores, son labios; y toda la melodía de tu voz no es hecha sino por palabras creadas por tus labios.

        De tus ojos, engastados en el santuario celeste de tu corazón, caen las miradas desoladas ahora, ¡oh Dios!, sobre mi espíritu fúnebre, como la luz de una estrella sobre un sudario.

        ¡Tu corazón, tu corazón! Me despierto y suspiro y vuelvo a dormirme para ensoñar hasta el día de la verdad, que el oro, —capaz de tantas locuras,— no podrá jamás comprar.
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      A mi madre
        (Traducción de Alberto Lasplaces)

        Porque siento que allá arriba, en el cielo, los ángeles que se hablan dulcemente al oído, no pueden encontrar entre sus radiantes palabras de amor una expresión más ferviente que la de «madre», he ahí por qué, desde hace largo tiempo os llamo con ese nombre querido, a ti que eres para mí más que una madre y que llenáis el santuario de mi corazón en el que la muerte os ha instalado, al libertar el alma de mi Virginia. Mi madre, mi propia madre, que murió en buena hora, no era sino mi madre. Pero vos fuisteis la madre de aquella que quise tan tiernamente, y por eso mismo me sois más querida que la madre que conocí, más querida que todo, lo mismo que mi mujer era más amada por mi alma que lo que esta misma amaba su propia vida.
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      Al Río
        (Traducción de Alberto Lasplaces)

        ¡Bello río! en tu clara y brillante onda de cristal, agua vagabunda, eres un emblema del esplendor de la belleza, un emblema del corazón que no se esconde ahora, un emblema de la alegre fantasía de arte en casa de la hija del viejo Alberto.

        Pero mientras ella mira en tu corriente, —que resplandece y tiembla, ¿por qué el más hermoso de todos ríos recuerda a uno de sus adoradores? Es porque en su corazón como en tu onda, su imagen está profundamente grabada; en su corazón que tiembla bajo el brillo de sus ojos que buscan el alma!
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      Annabel Lee
        (Traducción de Alberto Lasplaces)

        Hace ya bastantes años, en un reino más allá de la mar vivía una niña que podéis conocer con el nombre de Annabel Lee. Esa niña vivía sin ningún otro pensamiento que amarme y ser amada por mí.

        Yo era un niño y ella era una niña en ese reino más allá de la mar; pero Annabel Lee y yo nos amábamos con un amor que era más que el amor; un amor tan poderoso que los serafines del cielo nos envidiaban, a ella y a mí.

        Y esa fue la razón por la cual, hace ya bastante tiempo, en ese reino más allá de la mar un soplo descendió de una nube, y heló a mi bella Annabel Lee; de suerte que sus padres vinieron y se la llevaron lejos de mí para encerrarla en un sepulcro, en ese reino más allá de la mar.

        Los ángeles que en el cielo no se sentían ni la mitad de lo felices que éramos nosotros, nos envidiaban nuestra alegría a ella y a mí. He ahí porque (como cada uno lo sabe en ese reino más allá de la mar) un soplo descendió desde la noche de una nube, helando a mi Annabel Lee.

        Pero nuestro amor era más fuerte que el amor de aquellos que nos aventajan en edad y en saber, y ni los ángeles del cielo ni los demonios de los abismos de la mar podrán separar jamás mi alma del alma de la bella Annabel Lee.

        Porque la luna jamás resplandece sin traerme recuerdos de la bella Annabel Lee; y cuando las estrellas se levantan, creo ver brillar los ojos de la bella Annabel Lee; y así paso largas noches tendido al lado de mi querida, — mi querida, mi vida y mi compañera,—que está acostada en su sepulcro más allá de la mar, en su tumba, al borde de la mar quejumbrosa.
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      Balada Nupcial
        (Traducción de Alberto Lasplaces)

        El anillo está en mi dedo y la corona sobre mi frente; he aquí que poseo rasos y joyas en abundancia, y en el presente instante soy feliz.

        Y mi Señor me ama bien; pero la primera vez que pronunció su voto sentí estremecerse mi pecho, porque sus palabras sonaron como un toque de agonía y su voz se parecía a la de aquel que cayó durante la batalla en el fondo del valle, y que es dichoso ahora.

        Pero habló de modo de tranquilizarme y besó mi frente pálida. Entonces un delirio vino y me transportó en espíritu al cementerio. Y pensando que mi Señor era el difunto Elormie, suspiré por él que estaba delante de mi: ¡oh yo soy dichosa ahora!

        Así fueron pronunciadas las palabras, y así fue empeñado el juramento. Y aunque mi fe se haya apagado, y aunque mi corazón llegue a quebrarse, he ahí la dorada prenda que prueba que soy dichosa siempre.

        ¡Quiera Dios que pueda despertar! Porque sueño no sé cómo. Y mi alma se agita dolorosamente en el temor de haber hecho mal, en el temor de llegar a saber que el muerto abandonado no es feliz ahora.
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      Canción
        (Traducción de Alberto Lasplaces)

        Te vi en tu día nupcial, cuando un intenso pudor invadía tu frente, aunque todo fuera alegría alrededor de ti y que, delante tuyo, no fuera el mundo sino Amor.

        En la vivificante luz que brillaba en tus ojos, —haya sido cual haya sido su esencia,— encontré todo lo que mi mirada dolorosa pudo hallar de encantador sobre la tierra.

        Ese pudor no era, quizá, sino pudor virginal —pudo muy bien pasar por tal,— aunque su esplendor haya hecho nacer una llama más impetuosa todavía en el seno de aquel que, ¡pobre de él! te vio en tu día nupcial, cuando tu frente se cubría de ese rubor invencible, a pesar de que estuvieras rodeada de dicha y que el mundo no fuera sino amor ante ti!.
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      Dreamland
        (Traducción de Carlos Arturo Torres)

        I

        En una senda abandonada y triste
        Que recorren tan sólo ángeles malos,
        Una extraña Deidad la negra Noche
        Ha erigido su trono solitario;
        Allí llegué una vez; crucé atrevido
        De Thule ignota los contornos vagos
        Y al Reino entré que extiende sus confines
        Fuera del Tiempo y fuera del Espacio.

        II

        Valles sin lindes, mares sin riberas,
        Cavernas, bosques densos y titánicos,
        Montañas que a los cielos desafían
        Y hunden la base en insondables lagos,
        En lagos insondables siempre mudos
        De misteriosos bordes escarpados,
        Gélidos lagos, cuyas muertas aguas
        Un Cielo copian tétrico y extraño.

        III

        Orillas de esos lagos que reflejan
        Siempre un Cielo fatídico y huraño
        Cerca de aquellos bosques gigantescos,
        Enfrente de esos negros océanos,
        Al pie de aquellos montes formidables,
        De esas cavernas en los hondos antros,
        Vense a veces fantasmas silenciosos
        Que pasan a lo lejos sollozando,
        Fúnebres y dolientes... ¡son aquellos
        Amigos que por siempre nos dejaron,
        Caros amigos para siempre idos,
        Fuera del Tiempo y fuera del Espacio!

        IV

        Para el alma nutrida de pesares,
        Para el transido corazón, acaso
        Es el asilo de la paz suprema,
        Del reposo y la calma en Eldorado.
        Pero el viajero que azorado cruza
        La región no contempla sin espantos
        Que a los mortales ojos sus misterios
        Perennemente seguirán sellados,
        Así lo quiere la Deidad sombría
        Que tiene allí su imperio incontrastado.

        V

        Por esa senda desolada y triste
        Que recorren tan sólo ángeles malos,
        Senda fatal donde la Diosa Noche
        Ha erigido su trono solitario,
        Donde la inexplorada, última Thule
        Esfuma en sombras sus contornos vagos,
        Con el alma abrumada de pesares,
        Transido el corazón, he paseado...
        ¡He paseado en pos de los que huyeron
        Fuera del Tiempo y fuera del Espacio!
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      El cuervo
        (Traducción de Juan Antonio Pérez Bonalde)

        Una fosca media noche, cuando en tristes reflexiones,
        Sobre más de un raro infolio de olvidados cronicones
        Inclinaba soñoliento la cabeza, de repente
        A mi puerta oí llamar:
        Como si alguien, suavemente, se pusiese con incierta
        Mano tímida a tocar:
        "Es -me dije- una visita que llamando está a mi puerta:
        ¡Eso es todo y nada más!"

        ¡Ah! Bien claro lo recuerdo: era el crudo mes del hielo,
        Y su espectro cada brasa moribunda enviaba al suelo.
        Cuan ansioso el nuevo día deseaba, en la lectura
        Procurando en vano hallar
        Tregua a la honda desventura de la muerte de Leonora,
        La radiante, la sin par
        Virgen pura a quien Leonora los querubes llaman, hora
        Ya sin nombre... ¡nunca más!

        Y el crujido triste, incierto, de las rojas colgaduras
        Me aterraba, me llenaba de fantásticas pavuras,
        De tal modo que el latido de mi pecho palpitante
        Procurando dominar,
        "Es, sin duda, un visitante -repetía con instancia-
        Que a mi alcoba quiere entrar:
        Un tardío visitante a las puertas de mi estancia..
        ¡Eso es todo, y nada más!"
         
        Paso a paso, fuerza y bríos
        Fue mi espíritu cobrando:
        "Caballero -dije- o dama:
        Mil perdones os demando;
        Mas, el caso es que dormía,
        Y con tanta gentileza
        Me vinisteis a llamar,
        Y con tal delicadeza
        Y tan tímida constancia
        Os pusisteis a tocar,
        Que no oí -dije- y las puertas
        Abrí al punto de mi estancia;
        Sombras solo...
        ¡Y nada más!

        Mudo, trémulo, en la sombra por mirar haciendo empeños,
        Quedé allí, cual antes nadie los soñó, forjando sueños;
        Mas profundo era el silencio, y la calma no acusaba
        Ruido alguno resonar
        Sólo un nombre se escuchaba que en voz baja a aquella hora
        Yo me puse a murmurar,
        Y que el eco repetía como un soplo: ¡Leonora...!
        Esto apenas, ¡nada más!
        A mi alcoba retornando con el alma en turbulencia,
        Pronto oí llamar de nuevo, esta vez con más violencia,
        "De seguro -dije- es algo que se posa en mi persiana;
        Pues, veamos de encontrar
        La razón abierta y llana de este caso raro y serio,
        Y el enigma averiguar.
        ¡Corazón! Calma un instante, y aclaremos el misterio...
        Es el viento ¡y nada más!"

        La ventana abrí y con rítmico aleteo y garbo extraño
        Entró un cuervo majestuoso de la sacra edad de antaño.
        Sin pararse ni un instante ni señales dar de susto,
        Con aspecto señorial,
        Fue a posarse sobre un busto de Minerva que ornamenta
        De mi puerta el cabezal;
        Sobre el busto que de Palas la figura representa,
        Fue y posóse... ¡y nada más!
        Trocó entonces el negro pájaro en sonrisas mi tristeza
        Con su grave, torva y seria, decorosa gentileza;
        Y le dije: "Aunque la cresta calva llevas, de seguro
        No eres cuervo nocturnal,
        Viejo, infausto cuervo obscuro, vagabundo en la tiniebla...
        Dime: -"¿Cuál tu nombre, cuál
        En el reino plutoniano de la noche y de la niebla?"
        Dijo el cuervo: "¡Nunca más!"

        Asombrado quedé oyendo así hablar al avechucho,
        Si bien su árida respuesta no expresaba poco o mucho;
        Pues preciso es convengamos en que nunca hubo criatura
        Que lograse contemplar
        Ave alguna en la moldura de su puerta encaramada,
        Ave o bruto reposar
        Sobre efigie en la cornisa de su puerta, cincelada,
        Con tal nombre: "¡Nunca más!"

        Mas el cuervo, fijo, inmóvil, en la grave efigie aquella,
        Sólo dijo esa palabra, cual si su alma fuese en ella
        Vinculada; ni una pluma sacudía, ni un acento
        Se le oía pronunciar...
        Dije entonces al momento: "Ya otros antes se han marchado,
        Y la aurora al despuntar,
        Él también se irá volando cual mis sueños han volado."
        Dijo el cuervo: "¡Nunca más!"

        Por respuesta tan abrupta como justa sorprendido,
        "No hay ya duda alguna -dije- lo que dice es aprendido;
        Aprendido de algún amo desdichado a quien la suerte
        Persiguiera sin cesar,
        Persiguiera hasta la muerte, hasta el punto de, en su duelo,
        Sus canciones terminar
        Y el clamor de su esperanza con el triste ritornelo
        De jamás, ¡y nunca más!"
        Mas el cuervo provocando mi alma triste a la sonrisa,
        Mi sillón rodé hasta el frente al ave, al busto, a la cornisa;
        Luego, hundiéndome en la seda, fantasía y fantasía
        Dime entonces a juntar,
        Por saber qué pretendía aquel pájaro ominoso
        De un pasado inmemorial,
        Aquel hosco, torvo, infausto, cuervo lúgubre y odioso
        Al graznar: "¡Nunca jamás!"

        Quedé aquesto investigando frente al cuervo, en honda calma,
        Cuyos ojos encendidos me abrasaban pecho y alma.
        Esto y más—sobre cojines reclinado—con anhelo
        Me empeñaba en descifrar,
        Sobre el rojo terciopelo do imprimía viva huella
        Luminosa mi fanal—
        Terciopelo cuya púrpura ¡ay! jamás volverá ella
        A oprimir... ¡ah, nunca más!

        Parecióme el aire, entonces,
        Por incógnito incensario
        Que un querube columpiase
        De mi alcoba en el santuario,
        Perfumado. "Miserable ser -me dije- Dios te ha oído,
        Y por medio angelical,
        Tregua, tregua y el olvido del recuerdo de Leonora
        Te ha venido hoy a brindar:
        ¡Bebe! Bebe ese nepente, y así todo olvida ahora.
        Dijo el cuervo: "¡Nunca más!"

        "Eh, profeta -dije- o duende,
        Mas profeta al fin, ya seas
        Ave o diablo, ya te envíe
        La tormenta, ya te veas
        Por los ábregos barrido a esta playa,
        Desolado
        Pero intrépido a este hogar
        Por los males devastado,
        Dime, dime, te lo imploro:
        ¿Llegaré jamas a hallar
        Algún bálsamo o consuelo para el mal que triste lloro?"
        Dijo el cuervo: "¡Nunca más!"

        "¡Oh, Profeta -dije- o diablo! Por ese ancho combo velo
        De zafir que nos cobija, por el mismo Dios del Cielo
        A quien ambos adoramos, dile a esta alma adolorida,
        Presa infausta del pesar,
        Si jamás en otra vida la doncella arrobadora
        A mi seno he de estrechar,
        La alma virgen a quien llaman los arcángeles Leonora!"
        Dijo el cuervo: "¡Nunca más!"
        "Esa voz,
        Oh cuervo, sea
        La señal
        De la partida.
        Grité alzándome: -¡Retorna,
        Vuelve a tu hórrida guarida,
        La plutónica ribera de la noche y de la bruma! De tu horrenda falsedad
        En memoria, ni una pluma dejes, negra, ¡el busto deja!
        ¡Deja en paz mi soledad!
        ¡Quita el pico de mi pecho! De mi umbral tu forma aleja..."
        Dijo el cuervo: "¡Nunca más!"

        Y aún el cuervo inmóvil, fijo, sigue fijo en la escultura,
        Sobre el busto que ornamenta de mi puerta la moldura...
        Y sus ojos son los ojos de un demonio que, durmiendo,
        Las visiones ve del mal;
        Y la luz sobre él cayendo, sobre el suelo arroja trunca
        Su ancha sombra funeral,
        Y mi alma de esa sombra que en el suelo flota...
        Nunca se alzará... ¡nunca jamás!
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      El Día más Feliz
        (Traducción de Alberto Lasplaces)

        El día más feliz, la hora más dichosa, los ha conocido mi corazón agotado y marchito; pero siento que ha desaparecido ya mi más alta esperanza de orgullo y de poderío.

        ¿He dicho de poderío? Sí. Pero desde hace largo tiempo, ¡ay de mí! se han desvanecido los bellos ensueños de la juventud; han pasado ya: dejémoslos que se desvanezcan!

        Y tú, orgullo, ¿qué haré de ti ahora? Otra frente puede bien heredar el veneno que me has dado. Que por lo menos mi espíritu permanezca tranquilo.

        El día más hermoso, la hora más feliz que mis ojos hayan visto y hayan podido ver jamás, mi más brillante mirada de orgullo y de poderío, todo eso ha existido pero ya no existe; yo lo siento.

        Y si esa esperanza de orgullo y de poderío me fuera ofrecida ahora acompañada de un dolor semejante al que experimento, no quisiera revivir esa hora brillante. Porque bajo su ala llevaba una obscura mezcla y mientras volaba, dejaba caer una esencia todopoderosa para consumir un alma que tan bien la conocía.
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      El Lago
        (Traducción de Alberto Lasplaces)

        En la primavera de mi juventud, fue mi destino no frecuentar de todo el vasto mundo sino un solo lugar que amaba más que todos los otros, tanta era de amable la soledad de su lago salvaje, rodeado por negros peñascos y de altos pinos que dominaban sus alrededores.

        Pero cuando la noche tendía su sudario sobre ese lugar como sobre todas las cosas, y se agregaba el místico viento murmurando su melodía, entonces, ¡oh, entonces se despertaba siempre en mí el terror por ese lago solitario!

        Y sin embargo ese terror no era miedo, sino una turbación deliciosa, un sentimiento que ninguna mina de piedras preciosas podría inspirarme o convidarme a definir, ni el amor mismo, aunque ese amor fuera el tuyo.

        La muerte reinaba en el seno de esa onda envenenada, y en su remolino había una tumba bien hecha para aquel que pudiera beber en ella un consuelo a su imaginación taciturna, para aquel cuya alma desamparada pudiera haberse hecho un Edén de ese lago velado.
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      El Reino de las Hadas
        (Traducción de Alberto Lasplaces)

        Valles obscuros, torrentes umbríos, bosques nebulosos en los cuales nadie puede descubrir las formas a causa de las lágrimas que gota a gota se lloran de todas partes! Allá, lunas desmesuradas crecen y decrecen, siempre, ahora, siempre, a cada instante de la noche, cambiando siempre de lugar, y bajo el hálito de sus faces pálidas ellas oscurecen el resplandor de las temblorosas estrellas. Hacia la duodécima hora del cuadrante nocturno una luna más nebulosa que las otras,—de una especie que las hadas han probado ser la mejor,—desciende hasta bajo el horizonte y pone su centro sobre la corona de una eminencia de montañas, mientras que su vasta circunferencia se esparce en vestiduras flotantes sobre los caseríos, sobre las mismas mansiones distantes, sobre bosques extraños, sobre la mar, sobre los espíritus que danzan, sobre cada cosa adormecida, y los sepulta completamente en un laberinto de luz. Y entonces, ¡cuán profundo es el éxtasis de ese su sueño! De mañana, ellas se levantan, y su velo lunar vuela por los cielos mientras se agitan como pálido albatros al soplo de la tempestad que las sacude como a casi todas las cosas. Pero cuando las hadas que se han refugiado bajo esa luna de la que se han servido, por así decirlo, como de una tienda, la dejan, no pueden jamás volver a encontrar abrigo. Y los átomos de ese astro se dispersan y se convierten bien pronto en una lluvia, de la cual las mariposas de esta tierra, que buscan en vano los cielos y vuelven a descender,—¡criaturas jamás satisfechas!—nos devuelven partículas a veces sobre sus alas estremecidas.
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      Eldorado
        (Traducción de Alberto Lasplaces)

        Brillantemente ataviado, un galante caballero, viajó largo tiempo al sol y a la sombra, cantando su canción, a la busca del Eldorado.

        Pero llegó a viejo, el animoso caballero, y sobre su corazón cayó la noche porque en ninguna parte encontró la tierra del Eldorado.

        Y al fin, cuando le faltaron las fuerzas, pudo hallar una sombra peregrina.—Sombra,— le preguntó — ¿donde podría estar esa tierra del Eldorado?

        —«Más allá de las montañas de la Luna, en el fondo del valle de las sombras; cabalgad, cabalgad sin descanso—respondió la sombra,—si buscáis el Eldorado....».
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      Estrellas Fijas (To Helen)
        (Traducción de Carlos Arturo Torres)

        I

        Te vi un punto;
        Era una noche de julio, noche tibia y perfumada,
        Noche diáfana,
        De la Luna plena y límpida,
        Límpida como tu alma,
        Descendían
        Sobre el parque adormecido gráciles velos de plata;
        Ni una ráfaga

        El infinito silencio
        Y la quietud perturbaban;
        En el parque
        Evaporaban las rosas los perfumes de sus almas,
        Para que los recogieras
        En aquella noche mágica;
        Para que tú lo aspiraras su último aliento exhalaban,
        Como en una muerte extática;
        Y era una selva encantada,
        Y era una noche de ensueños y claridades fantásticas!

        II

        ¡Toda de blanco vestida,
        Toda blanca
        Sobre un banco de violetas
        Reclinada
        Te veía,
        Y a las rosas moribundas y a ti una luz tenue y diáfana
        Alumbraba
        Luz de perla diluida
        En un éter de suspiros y de evaporadas lágrimas!

        III

        ¿Qué hado extraño
        (¿Fué ventura, fue desgracia?)
        Me condujo
        Aquella noche hasta el parque de las rosas que exhalaban
        Los suspiros perfumados
        De su alma?
        Ni una hoja
        Susurraba;
        No se oía
        Una pisada,
        Todo mudo,
        Todo en calma,
        Todo en sueño
        Menos tú y yo (¡cuál me agito al unir las dos palabras!)
        Menos tú y yo. De repente
        Todo cambia.
        De la Luna la luz límpida, la luz de perla se apaga,
        El perfume de las rosas muere en las dormidas auras,
        Los senderos se obscurecen
        Expiran las violas castas,
        Menos tú y yo, todo huye, todo muere, todo pasa...
        ¡Todo se apaga y se extingue menos tus hondas miradas,
        Tus dos ojos donde arde
        Tu alma!
        Y sólo veo entre sombras aquellos ojos...
        ¡Oh, amada!
        ¡Qué tristezas extrahumanas,
        Qué irreales
        Leyendas de amor relatan!
        ¡Qué misteriosos dolores,
        Qué sublimes esperanzas,
        Qué mudas renunciaciones
        Expresan aquellos ojos que en las sombras fijan en mí sus miradas!

        IV

        ¡Noche obscura,
        Ya Diana
        Entre turbios nubarrones hundió la faz plateada;
        Y tú sola
        En medio de la avenida
        Funeraria,
        Te deslizas
        Ideal, mística y blanca,
        Te deslizas y te alejas incorpórea cual fantasma;
        Sólo flotan tus miradas,
        Sólo tus ojos perennes;
        Tus ojos de hondas miradas
        Fijos quedan!
        A través de los espacios y los tiempos marcan, marcan
        Mi sendero, y no me dejan cual me dejó la esperanza.
        ¡Van siguiéndome,
        Siguiéndome
        Como dos estrellas cándidas,
        Cual fijas estrellas dobles en el Cielo apareadas!
        En la noche
        Solitaria
        Purifican con sus rayos y mi corazón abrasan
        Y me prosterno ante ellos con adoración extática;
        Y en el día
        No se ocultan cual se ocultó mi esperanza;
        Por todas partes me siguen mirándome fijamente
        En mi espíritu clavadas...
        ¡Misteriosas y lejanas
        Me persiguen tus miradas
        Como dos estrellas fijas, como dos estrellas tristes,
        Como dos estrellas blancas!
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      Eulalia
        (Traducción de Alberto Lasplaces)

        Vivía sólo en un mundo de lamentaciones y mi alma era una onda estancada, hasta que la bella y dulce Eulalia llegó a ser mi pudorosa compañera, hasta que la joven Eulalia, la de los cabellos de oro, llegó a ser mi sonriente compañera.

        ¡Ah! las estrellas de la noche brillan bastante menos que los ojos de esa radiante niña! Y jamás girón de vapor emergido en un irisado claro de luna, podrá compararse al bucle más descuidado de la modesta Eulalia, podrá compararse al bucle más humilde y más descuidado de Eulalia, la de los brillantes ojos!

        La duda y la pena no me invaden jamás, ahora, porque su alma me entrega suspiro por suspiro. Y durante todo el día, Astarté resplandece brillante y fuerte en el cielo, en tanto que siempre hacia ella, mi querida Eulalia, levanta sus ojos de esposa, en tanto que siempre hacia ella mi joven Eulalia eleva sus bellos ojos violetas!..
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      Imitación
        (Traducción de Alberto Lasplaces)

        Una ola insondable de invencible orgullo, un misterio y un sueño, tal debió parecer mi primera edad. Yo añado que ese sueño estaba atravesado por un pensamiento huraño, siempre despierto, de seres que han existido, y que mi espíritu no hubiera apercibido jamás si los hubiera dejado pasar cerca de mi, bajo mi ensoñadora pupila. Que ningún otro, acá abajo, herede esta visión de mi espíritu, de esos pensamientos que a cada instante quisiera dominar y que se extienden como un hechizo sobre mi alma. Porque, al fin, esa brillante esperanza y ese tiempo liviano se han ido, y mi reposo terrestre, me ha dejado, él también, con un suspiro, al pasar. Entre tanto, no me preocupo de que él perezca con un pensamiento que entonces amaba....!
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      Un ensueño en un ensueño
        (Traducción de Alberto Lasplaces)

        Recibid este beso en la frente. Y ahora que os dejo, permitidme por lo menos confesar esto: no os agraviéis, vos que estimáis que mis días han sido un ensueño. Entretanto, si la esperanza se ha ido, en una noche o en un día, en una visión o en un sueño, ¿se ha ido menos por eso? Todo lo que vemos o nos parece, no es sino un ensueño en un ensueño!

        Me encuentro en medio de los bramidos de una costa atormentada por la resaca, y tengo en la mano granos de arena de oro. ¡Cuán poco es! ¡Y cómo se deslizan a través de mis dedos hacia el abismo, mientras lloro, mientras lloro! ¡Dios mío, ¿no puedo retenerlos en un nudo más seguro? ¡Dios mío!, ¿no podré salvar uno solo del cruel vacío? ¿Todo lo que vemos o nos parece no es otra cosa que un ensueño en un ensueño?
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      La ciudad en el mar
        (Traducción de Alberto Lasplaces)

        ¡Ved! La Muerte se ha erigido un trono, en una extraña ciudad que se levanta, solitaria, muy lejos, en el sombrío occidente, donde los buenos y los malos, los peores y los mejores han ido hacia la paz eterna. Allí los templos, los palacios y las torres—torres carcomidas por el tiempo, y que no tiemblan nunca,—no se parecen en nada a las nuestras. A su alrededor, olvidadas por los vientos que no las agitan jamás resignadas bajo los cielos, reposan las aguas melancólicas.

        Desde el cielo sagrado, ningún rayo desciende en la negra noche de esa ciudad; pero un resplandor reflejado por la lívida mar, invade las torres, brilla silenciosamente sobre las almenas, a lo hondo y a lo largo, sobre las cúpulas, sobre las cimas, sobre los palacios reales, sobre los templos, sobre las murallas babilónicas, sobre la soledad sombría y desde largo tiempo abandonada, de los macizos de hiedra esculpida y de flores de piedra—sobre tanto y tanto templo maravilloso en cuyos frisos contorneados se entrelazan claveles, violetas y viñas.

        Bajo el cielo, resignadas, reposan las aguas melancólicas. Las torres y las sombras se confunden de tal modo que todo parece suspendido en el aire, mientras que desde una torre orgullosa, la Muerte como un espectro gigante, contempla la ciudad que yace a sus pies.

        Allá los templos abiertos y las tumbas sin losa bostezan al nivel de las aguas luminosas; pero ni las riquezas que se muestran en los ojos adiamantados de cada ídolo, ni los cadáveres con sus rientes adornos de joyas, quitan a las aguas de su lecho; ninguna ondulación arruga, ¡ay de mi! todo ese vasto desierto de cristal; ninguna ola indica que los vientos puedan existir sobre otros mares lejanos y más felices; ninguna ola, ninguna ola deja suponer que han existido vientos sobre mares menos horrorosamente serenos.

        Pero, he ahí que un estremecimiento agita el aire. Una onda, un movimiento se ha producido, allá abajo. Se diría que las torres se han bamboleado y se hunden, dulcemente, en la onda taciturna, como si las cimas hubieran producido un ligero vacío en el cielo brumoso. Entonces las ondas tienen una luz más roja, las horas transcurren sordas y lánguidas. Y cuando en medio de gemidos que no tengan nada de terrestres, esta ciudad sea engullida por fin y profundamente fijada bajo la mar, todavía, levantándose sobre sus mil tronos, el Infierno le rendirá homenaje.
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      La Durmiente
        (Traducción de Alberto Lasplaces)

        En el mes de Junio, a media noche me encuentro bajo la mística luna. Un oscuro vapor de opio y de rocío se exhala de su halo de oro, y dulcemente, filtrando por la cumbre tranquila de la montaña, resbala perezosa y armoniosamente por el valle universal. El romero se adormece sobre la tumba, el lis se inclina hacia la onda. Envolviéndose en la bruma se hunde en el reposo. Ved, como parecido al Leteo, el lago parece adormecerse a sabiendas y por nada del mundo quisiera despertar. Toda belleza duerme. Y ved donde reposa—su ventana abierta a los cielos,—Irene, con sus destinos.

        ¡Oh brillante princesa! ¿por qué dejar esa ventana abierta a la noche? Los espíritus juguetones, desde la alto de los árboles se filtran a través de la persiana. Los seres incorpóreos, turba de magos, revolotean a través de la cámara y hacen flotar las cortinas del dosel, tan fantásticamente, tan tímidamente, por encima de tu párpado cerrado y franjeado,—bajo el cual se esconde tu alma adormecida—que sobre el piso, al pie del muro, sus sombras se levantan y descienden como una ronda de fantasmas.

        Querida niña, ¿no tienes miedo? ¿Por qué, y con qué sueñas? Has venido, ciertamente, de mares muy lejanos; ¿no eres una maravilla para los árboles de ese jardín? Extraña es tu palidez, extraño tu vestido, extraña sobre todo, la longitud de tus cabellos, y todo este silencio solemne.

        ¡Ella duerme! Oh! puede que su sueño sea tan profundo como durable!; ¡que el cielo la tenga en su santa guardia. ¡Que esta cámara sea transformada en una más melancólica y yo rogaré a Dios que la deje dormir para siempre, los ojos cerrados, mientras que a su alrededor errarán los fantasmas de oscuros velos.

        Mi amor: ¡ella duerme! ¡Que su sueño eterno pueda ser profundo! Que los gusanos se deslicen dulcemente a su alrededor! Que en el fondo del bosque viejo y sombrío, alguna gran tumba pueda abrirse para ella, alguna gran tumba que haya cerrado otras veces como alas sus negros «panneaux» triunfantes, por encima de los estandartes funerarios bordados con las armas, de su ilustre familia;—alguna tumba lejana y aislada contra la portada de la cual ella haya en su infancia lanzado tantas piedras ociosas;—algún sepulcro cuya puerta sonora no le devuelva jamás nuevos ecos, a ella, pobre hija del pecado, que en otro tiempo se estremecía al pensamiento de que fueran los muertos quienes le respondiesen gimiendo!
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      El Coliseo
        (Traducción de Alberto Lasplaces)

        ¡Símbolo de la Roma antigua! ¡Suntuoso relicario de sublimes contemplaciones legadas al tiempo por difuntos siglos de pompa y de poderío!! Al fin, después de tantos días de fatigante peregrinaje y de ardiente sed,—sed de corrientes de la ciencia que yace en ti,—yo, hombre transformado, me arrodillo humildemente entre tus sombras y bebo del fondo mismo de mi alma tu grandeza, tu tristeza y tu gloria.

        ¡Inmensidad, y edad, y recuerdos de antes! Silencio y desolación y profunda noche! Os percibo ahora y os siento en toda vuestra fuerza. ¡Oh sortilegios más eficaces que aquellos que el rey de Judea enseñó en los jardines de Gethsemaní! ¡Oh encantos más poderosos que los que la Caldea encantada arrancó jamás a las tranquilas estrellas!

        Aquí, en donde cayó un héroe, cae una columna! Aquí, en donde el águila teatral brillaba, cubierta de oro, el oscuro murciélago hace su aquelarre de media noche. Aquí, en donde la cabellera dorada de las damas romanas flotaba al viento, se balancean abora el cardo y la caña. Aquí, en donde el monarca se inclinaba sobre su trono de oro, el ágil y silencioso lagarto se desliza como un espectro hacia su casa de mármol, al pálido resplandor del creciente lunar.

        Pero, oíd. Esos muros, esas arcadas revestidas de hiedra, esos zócalos musgosos, esas columnas ennegrecidas, esos vagos relieves, esos frisos ruinosos, esas cornisas rotas, ese naufragio, esa ruina, esas piedras grises, ¡ay! ¿es esto todo lo que queda de famoso y de colosal? ¿es esto todo lo que las horas corrosivas han perdonado, todo lo que ellos nos han dejado al Destino y a mi?

        «No. No es todo,—me responden los ecos,—no es todo. Voces fuertes y proféticas se levantan para siempre en nosotros y en toda ruina a la intención de los sabios, parecidas a los himnos de Memnon al Sol! Reinamos en los corazones de los hombres más poderosos; reinamos con despótico imperio sobre todas las almas gigantes. No somos impotentes nosotras, pálidas piedras. Todo nuestro poderío no ha desaparecido,—ni toda nuestra gloria,—ni todo el prestigio de nuestro alto renombre, ni todo lo maravilloso que nos circunda, ni todos los misterios que moran en nosotros,—ni todos los recuerdos que se prenden en nuestros flancos como un vestido, envolviéndonos con un manto que es más que la gloria!
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      El Gusano Vencedor
        (Traducción de Alberto Lasplaces)

        ¡Ved!; es noche de gala en estos últimos años solitarios. Una multitud de ángeles alados, adornados con velos y anegados en lágrimas, se halla reunida en un teatro para contemplar un drama de esperanzas y de temores mientras la orquesta suspira por intervalos la música de las esferas.

        Actores creados a la imagen del Altísimo, murmuran en voz baja y saltan de un lado al otro; pobres fantoches que van y vienen a órdenes de vastas creaturas informes que cambian la decoración a su capricho, sacudiendo con sus alas de cóndor a la invisible desgracia.

        Este drama abigarrado—estad seguro que no será olvidado,—con su fantasma perseguido siempre por una muchedumbre que no puede atraparlo, en un círculo que gira siempre sobre sí mismo y vuelve sin cesar al mismo punto; ese drama en el cual forman el alma de la intriga mucha locura y todavía más pecado y horror!...

        Pero ved, a través de la bulla de los actores como una forma rampante hace su entrada! Una cosa roja, color sanguinolento viene retorciéndose de la parte solitaria de la escena. ¡Cómo se retuerce! Con mortales angustias los actores constituyen su presa, y los ángeles sollozan viendo esas mandíbulas de gusano teñirse en sangre humana.

        Todas las luces se apagan, todas, todas. Sobre cada forma todavía tiritante, el telón, como un paño mortuorio, desciende con un ruido de tempestad. Y los ángeles, todos pálidos y macilentos se levantan y cubriéndose afirman que ese drama es una tragedia que se llama «El Hombre» de la cual el héroe es el Gusano Vencedor...!
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      La Estrella de la Tarde
        (Traducción de Alberto Lasplaces)

        Era en el corazón del verano y en medio de la noche. Las estrellas marchando en sus órbitas brillaban con un pálido resplador a través de la luz más viva de la fría luna, mientras que ésta, rodeada de los planetas, sus esclavos, lanzaba desde lo alto de los cielos, sus rayos sobre las olas.

        Yo contemplaba su triste sonrisa, demasiado fría, demasiado fría para mí. Una nube oscura vino a pasar, semejante a un sudario, y fue entonces que me volví hacia ti, Estrella del Sur, orgullosa en tu gloria lejana. Y ahora me será más querida tu luz, porque lo que me traes de más magnificente a través del cielo nocturno, es la alegría de mi corazón, y yo prefiero tu discreto y lejano resplandor a esa llama cercana pero más fría!
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      La Romanza
        (Traducción de Alberto Lasplaces)

        ¡Oh romanza que gustas cantar, la frente adormecida y las alas plegadas, entre las hojas verdes agitadas a lo lejos sobre algún lago umbrío, tú has sido para mí un papagayo de vivos colores, un pájaro muy familiar; tú me has enseñado a leer mi alfabeto, a balbucear todas mis primeras palabras, mientras que, niño de mirada sagaz, me hundía en huraños bosques.

        En estos últimos tiempos, el eterno Cóndor de los tiempos ha estremecido de tal modo mi cielo hasta en sus alturas, agrandando el tumulto producido por el pasaje y la huida de los años, y tengo tan obstinadamente los ojos fijos en el inquietante horizonte, que no me queda tiempo para mis dulces ocios.
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      Las Campanas
        (Traducción de Carlos Arturo Torres)

        I

        Por el aire se dilata
        Alegre campanilleo...
        Son las campanas de plata
        Del trineo...
        ¿Oh, qué mundo de alegría expresa su melodía!
        ¡Qué retintín de cristal
        En el ambiente glacial!
        Mientras las luces astrales
        Que titilan en los cielos
        Se miran en los cristales
        De los hielos,
        Y sube la nota única
        Como un ágil rima rúnica
        Que allá en la noche serena
        Va dilatando sus ecos por el último confín,
        Y la campanilla suena
        Dilín, dilín...
        ¡Melodiosa y cristalina
        Suena, suena,
        Suena, suena, suena, suena
        La nota ágil y argentina
        Con metálico y alegre y límpido retintín!

        II

        ¡Escuchad! Un dulce coro
        Puebla la atmósfera toda:
        Son las campanas de oro
        De la boda.
        ¡Qué mundo de venturanza la plácida nota lanza
        Su voz como una caricia
        O como un suave reproche
        Desgrana en la calma noche
        Las perlas de su delicia.
        Son las áureas notas una fuente de ledo murmullo
        O el enamorado arrullo de la tórtola: la Luna
        En la dormida laguna vierte miradas de plata,
        Y en el éter y en las linfas palpita la serenata...
        ¡Y cómo en el aire flota
        La áurea nota!
        ¡Cómo brota,
        Cual dice la dicha ignota,
        En el balsámico efluvio de noche primaveral!
        ¡Y cuan dulce y cuan sonoro,
        —Din dan, din dan—,
        Es el coro,
        —Din dan, din dan—,
        De la campana de oro,
        Que en su lengua musical
        Celebrando está el misterio de la noche nupcial.

        III

        ¡Turba el nocturno sosiego
        Súbita alarma, y entonces
        A gran campana de bronce
        Itoca a fuego!
        ¡Qué terrífica pavura la siniestra nota augura!
        Es desesperado ruego
        Desgarrador y tenaz
        Al rojo elemento ciego
        Cada instante más frenético, cada instante más voraz!
        En indescriptible pánico
        El cataclismo volcánico
        Con raudo impulso titánico
        Avanza, la campanada alarido es de terror;
        Sigue el bronce, sigue el bronce con su clamoroso estruendo
        Diciendo
        Cuál crece el peligro horrendo,
        Cuál se inflama
        La llama,
        Y la Luna como forma de sangriento tabernáculo,
        Alumbra el rojo espectáculo
        En su fantástico horror.
        Y el bronce alarmante clama,
        Clama, clama
        Como se extiende la injuria
        Del incendio y crece en furia,
        Y es ya locura el pavor...
        Bajo cielos escarlatas se extiende inflamado manto,
        El espanto
        En tanto
        Crece, y sigue la campana de su rebato el clamor.
        ¡Y en ese rebato armígero,
        —Dan dan, dan dan—,
        Crece el estrago flamígero
        —Dan dan, dan dan—,
        Al son violento que dan
        Las campanas de la torre que tocando a fuego están!

        IV

        Dobla y dobla lentamente
        Negra campana de hierro
        Que invita con son doliente
        Al entierro.
        ¡Qué solemnes pensamientos despiertan esos acentos!
        Del lento y triste sonido
        Cada toque, cada nota
        En el vago viento flota
        Como doliente gemido,
        Y de la noche en la calma
        El melancólico son,
        Siente estremecida el alma
        Cual solemne admonición.
        ¡Se desprenden esos dobles lúgubres y funerarios
        De los altos campanarios
        En fúnebre vibración;
        En esos dobles alienta algún espíritu irónico
        Que a cada nota que zumba,
        Con agrio gesto sardónico
        Rueda implacable y derrumba
        Y oprime con todo el peso de la piedra de una tumba
        El humano corazón!
        ¡Quienes tañen las campanas de los toques funerales
        No son pobres campaneros, no son sencillos mortales,
        Son espectros sepulcrales!
        ¡Y es el Rey de los espectros quien toca con más tesón!
        Pausado, implacable, lento
        Su toque a cada momento
        Resuena como un lamento
        Pregonando la hora única
        En extraña rima rúnica,
        Y parece que sintiera intenso placer diabólico
        En este toque simbólico
        De muerte y desolación.
        —Din dan, din don—,
        —Din dan, din don—,
        Dobla, dobla el son monótono, dobla el toque funeral,
        Y el Rey espectro su gozo
        Refina en este sollozo,
        En este intenso suspiro
        Que en su giro
        Remeda el doble augural
        Que va recordando al hombre de su existencia el final.
        El toque sigue y no cesa
        Y vibra en el alma opresa
        Sordamente como un cuerpo que cayera en una huesa...
        —¡Din dan, din don—,
        Resuena en el corazón,
        —Din dan, din don—,
        De la campana que dobla el lento y lúgubre son!
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      Los Espíritus de los Muertos
        (Traducción de Alberto Lasplaces)

        Tu alma se encontrará sola, cautiva de los negros pensamientos de la gris piedra tumbal; ninguna persona te inquietará en tus horas de recogimiento.

        Quédate silenciosamente en esa soledad que no es abandono,—porque los espíritus de los muertos que existieron antes que tú en la vida, te alcanzarán y te rodearán en la muerte,—y la sombra proyectada sobre tu cara obedecerá a su voluntad; por lo tanto, permanece tranquilo.

        Aunque serena, la noche fruncirá su ceño, y las estrellas, de lo alto de sus tronos celestes, no bajarán más sus miradas con un resplandor parecido al de la esperanza que se concede a los mortales; pero sus órbitas rojas, desprovistas de todo rayo, serán para tu corazón marchito como una quemadura, como una fiebre que querrá unirse a ti para siempre.

        Ahora, te visitan pensamientos que no ahuyentarás jamás; ahora surgen ante ti visiones que no se desvanecerán jamás; jamás ellas dejarán tu espíritu, pero se fijarán como gotas de rocío sobre la hierba.

        La brisa,—esa respiración de Dios,—reposa inmóvil, y la bruma que se extiende como una sombra sobre la colina,—como una sombra cuyo velo no se ha desgarrado todavía,—resulta así un símbolo y un signo. Como logra permanecer suspendida a los árboles, ese es el misterio de los misterios!
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      Para Annie
        (Traducción de Alberto Lasplaces)

        ¡Gracias a Dios! la crisis, el mal ha pasado y la lánguida enfermedad ha desaparecido por fin, y la fiebre llamada «vivir» está vencida.

        Tristemente, sé que estoy desposeído de mi fuerza, y no muevo un músculo mientras estoy tendido, todo a lo largo. Pero, ¿qué importa? Siento que voy mejor paulatinamente.

        Y reposo tan tranquilamente, en el presente, en mi lecho, que a contemplarme se me creería muerto, y podría estremecer al que me viera, creyéndome muerto.

        Las lamentaciones y los gemidos, los suspiros y las lágrimas son apaciguadas entre tanto por esta horrible palpitación de mi corazón; ¡ah, esta horrible palpitación!

        La incomodidad,—el disgusto—el cruel sufrimiento—han cesado con la fiebre que enloquecía mi cerebro, con la fiebre llamada «vivir» que consumía mi cerebro.

        Y de todos los tormentos, aquel que más tortura ha cesado: el terrible tormento de la sed por la corriente oscura de una pasión maldita. He bebido de un agua que apaga toda sed.

        He bebido de un agua que corre con sonido arrullador, de una fuente subterránea pero poco profunda, de una caverna que no está muy lejos, bajo tierra.

        ¡Ah! que no sea dicho jamás: mi cuarto está obscuro, mi lecho es estrecho; porque jamás ningún hombre durmió en lecho igual—y para dormir verdaderamente, es en un lecho como éste en el que hay que acostarse.

        Mi alma tantalizada reposa dulcemente aquí, olvidando, sin recordarlas jamás, sus rosas, sus antiguas ansias de mirtos y de rosas.

        Pues ahora, mientras reposa tan tranquilamente, imagina a su alrededor, una más santa fragancia de pensamientos, una fragancia de romero mezclado a pensamientos, a sabor callejero y al de los bellos y rígidos pensamientos.

        Y así yace ella, dichosamente sumergida en recuerdos perennes de la constancia y de la belleza de Annie, anegada en un beso a las trenzas de Annie.

        Tiernamente me abraza, apasionadamente me acaricia. Y entonces caigo dulcemente adormecido sobre su seno, profundamente adormido del cielo de su seno.

        Y así reposo tan tranquilamente en mi lecho—conociendo su amor—que me creéis muerto. Y así reposo, tan serenamente en mi lecho,—con su amor en mi corazón,—que me creéis muerto, que os estremecéis al verme, creyéndome muerto.

        Pero mi corazón es más brillante que todas las estrellas del cielo, porque brilla para Annie, abrasado por la luz del amor de mi Annie, por el recuerdo de los bellos ojos luminosos de mi Annie....
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      Ulalume
        (Traducción de Carlos Arturo Torres)

        I

        Los cielos cenicientos y sombríos,
        Crespas las hojas, lívidas y mustias,
        Y era una noche del doliente octubre
        Del tiempo inmemorial entre las brumas,
        Era en las tristes márgenes del Auber,
        El lago tenebroso de aguas mudas,
        Ante los bosques tétricos del Weir,
        La región espectral de la pavura.

        II

        A solas con mi alma, recorría
        Avenida titánica y obscura
        De fúnebres cipreses... con mi alma,
        Con Psiquis, alma que al misterio turba...
        Era la edad del corazón volcánico
        Como las llamas del Yanek sulfúreas,
        Como las lavas del Yanek que brotan
        Allá del polo en la región nocturna.

        III

        Pocas palabras nos dijimos, era
        Como una confidencia íntima y muda;
        Palabras serias, pensamientos graves
        Que la memoria para siempre turban;
        No recordamos que era el triste octubre,
        Que era la noche (¡noche infausta y única
        No recordamos la región del Auber
        Que tanto conoció mi desventura,
        Ni el bosque fantasmático del Weir,
        La región espectral de la pavura.

        IV

        Y cuando la noche ya avanza
        De estrellas al vago tremer,
        Al fin de la obscura avenida
        Un lánguido rayo se ve,
        Fulgor diamantino que anuncia
        De fúnebre velo al través,
        Que emerge de nube fantástica
        La Luna, la blanca Astarté.

        V

        Y yo dije a mi alma: «Más que Diana
        Ardiente, aquella misteriosa Luna
        Rueda al través de un éter de suspiros;
        Lágrimas de su faz una por una
        Caen donde el gusano nunca muere.
        Para mostrarnos la celeste ruta
        Y el alma imperio de la paz Letea
        Atrás dejó al león en las alturas,
        Del león las estrellas traspasando,
        Del león a despecho, ora nos busca
        Y sus miradas límpidas y dulces
        Son las miradas que el amor anuncian.»

        VI

        Mas Psiquis dijo señalando al Cielo:
        «La palidez de ese astro me conturba;
        Pronto, huyamos de aquí, pronto, es preciso.»
        Y de sus alas recogió las plumas
        Con intenso terror, y sollozando,
        Presa de pronto de invencible angustia
        Plegó las alas, hasta el polvo frío
        Lentas dejando descender las plumas.

        VII

        Y yo le dije: «Tu terror es vano,
        Sigamos esa luz trémula y pura,
        Que nos bañen sus rayos cristalinos,
        Sus rayos sibilinos que ya auguran
        E irradian la belleza y la esperanza.
        Mira: la senda de los cielos busca;
        Sigamos sin temor sus limpios rayos
        Que ellos a playa llevarán segura,
        Sigamos esa luz limpia y tranquila
        A través de la bóveda cerúlea.

        VIII

        Tranquilicé a mi Psiquis, y besándola,
        De su mente aparté las inquietudes
        Y sus zozobras disipé profundas,
        Y convencerla que siguiera pude.
        Llegamos hasta el fin; ¡ojalá nunca
        Llegara! Al fin de la avenida lúgubre
        Nos detuvo la puerta de una tumba
        (¡Oh, triste noche del lejano octubre!
        Nos detuvo la losa de una tumba,
        De legendario monumento fúnebre.
        ¡Oh, hermana!—dije—¿Qué inscripción confusa
        En la sellada losa se descubre?
        Respondióme: «Ulalume», esta es su tumba,
        ¡La tumba de tu pálida Ulalume!

        IX

        Quedó mi corazón como ese Cielo
        Ceniciento, como esas hojas mustias,
        Como esas hojas yertas y crispadas...
        ¡Ay! pensé: el mismo octubre fue, sin duda
        Fue en esa misma noche cuando vine
        Al través del horror y de la bruma
        Aquí trayendo mi doliente carga...
        ¡Oh, noche infausta, infausta cual ninguna!
        ¡Oh! ¿Qué infernal espíritu me trajo
        A esta región fatal de la tristura?
        Bien reconozco el mudo lago de Auber,
        Y esta comarca que el horror anubla,
        Y el bosque fantasmático de Weir,
        La región espectral de la pavura!
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