Charles Baudelaire. Parte I (Poemas 1-100)

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    Información biográfica

    Las Flores del Mal. Parte I (1-100)
    Las Flores del Mal. Parte II (101-126)

    Las Flores del Mal. Spleen e Ideal
  1. Bendición (Trad. de Eduardo Marquina)
  2. El albatros (Trad. de Eduardo Marquina)
  3. Elevación (Trad. de Eduardo Marquina)
  4. Correspondencias (Trad. de Eduardo Marquina)
  5. (Yo amo el recuerdo...) (Trad. de Eduardo Marquina)
  6. Los faros (Trad. de Eduardo Marquina)
  7. La musa enferma (Trad. de Eduardo Marquina)
  8. La musa venal (Trad. de Eduardo Marquina)
  9. El mal monje (Trad. de Eduardo Marquina)
  10. El enemigo (Trad. de Eduardo Marquina)
  11. El de la mala suerte (Trad. de Eduardo Marquina)
  12. La vida anterior (Trad. de Eduardo Marquina)
  13. Caravana de gitanos (Trad. de Eduardo Marquina)
  14. El hombre y el mar (Trad. de Eduardo Marquina)
  15. Don Juan en los infiernos (Trad. de Eduardo Marquina)
  16. Castigo del orgullo (Trad. de Eduardo Marquina)
  17. La belleza (Trad. de Eduardo Marquina)
  18. El ideal (Trad. de Eduardo Marquina)
  19. La giganta (Trad. de Eduardo Marquina)
  20. La máscara (Trad. de Eduardo Marquina)
  21. Himno a la belleza (Trad. de Eduardo Marquina)
  22. Perfume exótico (Trad. de Eduardo Marquina)
  23. La cabellera (Trad. de Eduardo Marquina)
  24. (Yo te adoro...) (Trad. de Eduardo Marquina)
  25. (Tú pondrías al universo entero...) (Trad. de Eduardo Marquina)
  26. Sed non satiata (Trad. de Eduardo Marquina)
  27. (Con su vestimenta...) (Trad. de Eduardo Marquina)
  28. La serpiente que danza (Trad. de Eduardo Marquina)
  29. Una carroña (Trad. de Eduardo Marquina)
  30. De profundis clamavi (Trad. de Eduardo Marquina)
  31. El vampiro (Trad. de Eduardo Marquina)
  32. (Una noche...) (Trad. de Eduardo Marquina)
  33. Remordimiento póstumo (Trad. de Eduardo Marquina)
  34. El gato (Trad. de Eduardo Marquina)
  35. Duellum (Trad. de Eduardo Marquina)
  36. El balcón (Trad. de Eduardo Marquina)
  37. El poseso (Trad. de Eduardo Marquina)
  38. Un fantasma (Trad. de Eduardo Marquina)
  39. (Yo te doy estos versos...) (Trad. de Eduardo Marquina)
  40. Semper eadem (Trad. de Eduardo Marquina)
  41. Todo integra (Trad. de Eduardo Marquina)
  42. (Qué dirás esta noche...) (Trad. de Eduardo Marquina)
  43. La antorcha viviente (Trad. de Eduardo Marquina)
  44. Reversibilidad (Trad. de Eduardo Marquina)
  45. Confesión (Trad. de Eduardo Marquina)
  46. El alba espiritual (Trad. de Eduardo Marquina)
  47. Armonía de la tarde (Trad. de Eduardo Marquina)
  48. El frasco (Trad. de Eduardo Marquina)
  49. El veneno (Trad. de Eduardo Marquina)
  50. Cielo encapotado (Trad. de Eduardo Marquina)
  51. El gato (Trad. de Eduardo Marquina)
  52. El hermoso navío (Trad. de Eduardo Marquina)
  53. La invitación al viaje (Trad. de Eduardo Marquina)
  54. Lo irreparable (Trad. de Eduardo Marquina)
  55. Plática (Trad. de Eduardo Marquina)
  56. Canto de otoño (Trad. de Eduardo Marquina)
  57. A una Madona (Trad. de Eduardo Marquina)
  58. Canción de la tarde (Trad. de Eduardo Marquina)
  59. Sisina (Trad. de Eduardo Marquina)
  60. Franciscae Meae Laudes (Trad. de Eduardo Marquina)
  61. A una dama criolla (Trad. de Eduardo Marquina)
  62. Moesta et errabunda (Trad. de Eduardo Marquina)
  63. El espectro (Trad. de Eduardo Marquina)
  64. Soneto otoñal (Trad. de Eduardo Marquina)
  65. Tristezas de la Luna (Trad. de Eduardo Marquina)
  66. Los gatos (Trad. de Eduardo Marquina)
  67. Los buhos (Trad. de Eduardo Marquina)
  68. La pipa (Trad. de Eduardo Marquina)
  69. La música (Trad. de Eduardo Marquina)
  70. Sepultura (Trad. de Eduardo Marquina)
  71. Un grabado fantástico (Trad. de Eduardo Marquina)
  72. El muerto alegre (Trad. de Eduardo Marquina)
  73. El tonel del odio (Trad. de Eduardo Marquina)
  74. La campana rajada (Trad. de Eduardo Marquina)
  75. Spleen (Trad. de Eduardo Marquina)
  76. Spleen (Trad. de Eduardo Marquina)
  77. Spleen (Trad. de Eduardo Marquina)
  78. Spleen (Trad. de Eduardo Marquina)
  79. Obsesión (Trad. de Eduardo Marquina)
  80. El gusto de la nada (Trad. de Eduardo Marquina)
  81. Alquimia del dolor (Trad. de Eduardo Marquina)
  82. Horror simpático (Trad. de Eduardo Marquina)
  83. El Heotontimorumenos (Trad. de Eduardo Marquina)
  84. Lo irremediable (Trad. de Eduardo Marquina)
  85. El reloj (Trad. de Eduardo Marquina)

  86. Las Flores del Mal. Cuadros parisienses
  87. Paisaje (Trad. de Eduardo Marquina)
  88. El sol (Trad. de Eduardo Marquina)
  89. A una mendiga pelirroja (Trad. de Eduardo Marquina)
  90. El cisne (Trad. de Eduardo Marquina)
  91. Los siete ancianos (Trad. de Eduardo Marquina)
  92. Las viejecitas (Trad. de Eduardo Marquina)
  93. Los ciegos (Trad. de Eduardo Marquina)
  94. A una transeúnte (Trad. de Eduardo Marquina)
  95. El esqueleto labrador (Trad. de Eduardo Marquina)
  96. Crepúsculo vespertino (Trad. de Eduardo Marquina)
  97. El juego (Trad. de Eduardo Marquina)
  98. Danza macabra (Trad. de Eduardo Marquina)
  99. El amor de la mentira (Trad. de Eduardo Marquina)
  100. (Yo no he olvidado...) (Trad. de Eduardo Marquina)
  101. (A la criada...) (Trad. de Eduardo Marquina)



  102. Información biográfica
      Nombre: Charles Pierre Baudelaire
      Lugar y fecha nacimiento: París, Francia, 9 de abril de 1821
      Lugar y fecha defunción: París, Francia, 31 de agosto de 1867 (46 años)
      Ocupación: Escritor, ensayista, poeta, crítico de arte y traductor.
      Movimiento: Romanticismo, Parnasianismo, Simbolismo.

      Sus dos obras más notables son Las flores del mal y Los paraísos artificiales.
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      Las flores del mal. 1. Bendición
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        Cuando, por un decreto de las potencias supremas,
        El Poeta aparece en este mundo hastiado,
        Su madre espantada y llena de blasfemias
        Crispa sus puños hacia Dios, que de ella se apiada:

        —"¡Ah! ¡no haber parido todo un nudo de víboras,
        Antes que amamantar esta irrisión!
        ¡Maldita sea la noche de placeres efímeros
        En que mi vientre concibió mi expiación!

        Puesto que tú me has escogido entre todas las mujeres
        Para ser el asco de mí triste marido,
        Y como yo no puedo arrojar a las llamas,
        Como una esquela de amor, este monstruo esmirriado,

        ¡Yo haré rebotar tu odio que me agobia
        Sobre el instrumento maldito de tus perversidades,
        Y he de retorcer tan bien este árbol miserable,
        Que no podrán retoñar sus brotes apestados!"

        Ella vuelve a tragar la espuma de su odio,
        Y, no comprendiendo los designios eternos,
        Ella misma prepara en el fondo de la Gehena
        Las hogueras consagradas a los crímenes maternos.

        Sin embargo, bajo la tutela invisible de un Ángel,
        El Niño desheredado se embriaga de sol,
        Y en todo cuanto bebe y en todo cuanto come,
        Encuentra la ambrosia y el néctar bermejo.

        El juega con el viento, conversa con la nube,
        Y se embriaga cantando el camino de la cruz;
        Y el Espíritu que le sigue en su peregrinaje
        Llora al verle alegre cual pájaro de los bosques.

        Todos aquellos que él quiere lo observan con temor,
        O bien, enardeciéndose con su tranquilidad,
        Buscan al que sabrá arrancarle una queja,
        Y hacen sobre El el ensayo de su ferocidad.

        En el pan y el vino destinados a su boca
        Mezclan la ceniza con los impuros escupitajos;
        Con hipocresía arrojan lo que él toca,
        Y se acusan de haber puesto sus pies sobre sus pasos.

        Su mujer va clamando en las plazas públicas:
        "Puesto que él me encuentra bastante bella para adorarme,
        Yo desempeñaré el cometido de los ídolos antiguos,
        Y como ellos yo quiero hacerme redorar;

        ¡Y me embriagaré de nardo, de incienso, de mirra,
        De genuflexiones, de viandas y de vinos,
        Para saber si yo puedo de un corazón que me admira
        Usurpar riendo los homenajes divinos!

        Y, cuando me hastíe de estas farsas impías,
        Posaré sobre él mi frágil y fuerte mano;
        Y mis uñas, parecidas a garras de arpías,
        Sabrán hasta su corazón abrirse un camino.

        Como un pájaro muy joven que tiembla y que palpita,
        Yo arrancaré ese corazón enrojecido de su seno,
        Y, para saciar mi bestia favorita,
        ¡Yo se lo arrojaré al suelo con desdén!"

        Hacia el Cielo, donde su mirada alcanza un trono espléndido,
        El Poeta sereno eleva sus brazos piadosos,
        Y los amplios destellos de su espíritu lúcido
        Le ocultan el aspecto de los pueblos furiosos:

        —"Bendito seas, mi Dios, que dais el sufrimiento
        Como divino remedio a nuestras impurezas
        Y cual la mejor y la más pura esencia
        ¡Que prepara los fuertes para las santas voluptuosidades!

        Yo sé que reservarás un lugar para el Poeta
        En las filas bienaventuradas de las Santas Legiones,
        Y que lo invitarás para la eterna fiesta
        De los Tronos, de las Virtudes, de las Dominaciones.

        Yo sé que el dolor es la nobleza única
        Donde no morderán jamás la tierra y los infiernos,
        Y que es menester para trenzar mi corona mística
        Imponer todos los tiempos y todos los universos.

        Pero las joyas perdidas de la antigua Palmira,
        Los metales desconocidos, las perlas del mar,
        Por vuestra mano engarsados, no serían suficientes
        Para esa hermosa Diadema resplandeciente y diáfana;

        Porque no será hecho más que de pura luz,
        Tomada en el hogar santo de los rayos primitivos,
        Y del que los ojos mortales, en su esplendor entero,
        ¡No son sino espejos oscurecidos y dolientes!"
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      Las flores del mal. 2. El albatros
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        Frecuentemente, para divertirse, los tripulantes
        Capturan albatros, enormes pájaros de los mares,
        Que siguen, indolentes compañeros de viaje,
        Al navío deslizándose sobre los abismos amargos.

        Apenas los han depositado sobre la cubierta,
        Esos reyes del azur, torpes y temidos,
        Dejan lastimosamente sus grandes alas blancas
        Como remos arrastrar a sus costados.

        Ese viajero alado, ¡cuan torpe y flojo es!
        Él, no ha mucho tan bello, ¡qué cómico y feo!
        ¡Uno tortura su pico con una pipa,
        El otro remeda, cojeando, del inválido el vuelo!

        El Poeta se asemeja al príncipe de las nubes
        Que frecuenta la tempestad y se ríe del arquero;
        Exiliado sobre el suelo en medio de la grita,
        Sus alas de gigante le impiden marchar.
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      Las flores del mal. 3. Elevación
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        Por encima de los lagos, por encima de los valles,
        De las montañas, de los bosques, de las nubes, de los mares,
        Allende el sol, allende lo etéreo,
        Allende los confines de las esferas estrelladas,

        Mi espíritu, tú me mueves con agilidad,
        Y, como un buen nadador que desfallece en la onda,
        Tú surcas alegremente la inmensidad profunda
        Con una indecible y mácula voluptuosidad.

        ¡Vuela muy lejos de esas miasmas mórbidas,
        Ve a purificarte en el aire superior,
        Y bebe, como un puro y divino licor,
        La luminosidad que colma los espacios límpidos!

        Detrás del tedio y los grandes pesares
        Que abruman con su peso la existencia brumosa,
        Dichoso aquel que puede con ala vigorosa
        Arrojarse hacia los campos luminosos y serenos;

        ¡Aquel cuyos pensamientos, cual alondras,
        Hacia los cielos matutinos tienden un libre vuelo!
        ¡Que se cierna sobre la vida, y alcance sin esfuerzo
        El lenguaje de las flores y de las cosas mudas!
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      Las flores del mal. 4. Correspondencias
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        La Natura es un templo donde vividos pilares
        Dejan, a veces, brotar confusas palabras;
        El hombre pasa a través de bosques de símbolos
        que lo observan con miradas familiares.

        Como prolongados ecos que de lejos se confunden
        En una tenebrosa y profunda unidad,
        Vasta como la noche y como la claridad,
        Los perfumes, los colores y los sonidos se responden.

        Hay perfumes frescos como carnes de niños,
        Suaves cual los oboes, verdes como las praderas,
        Y otros, corrompidos, ricos y triunfantes,

        Que tienen la expansión de cosas infinitas,
        Como el ámbar, el almizcle, el benjuí y el incienso,
        Que cantan los transportes del espíritu y de los sentidos.
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      Las flores del mal. 5. (Yo amo el recuerdo...)
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        Yo amo el recuerdo de esas épocas desnudas,
        En que Febo se complacía en dorar las estatuas,
        Cuando el hombre y la mujer en su agilidad
        Gozaban sin mentira y sin ansiedad,
        Y, el cielo amoroso acariciándoles el lomo,
        Desplegaban la salud de su noble máquina.
        Cibeles, entonces, fértil en frutos generosos,
        No estimaba sus redes un peso muy oneroso,
        Pero, loba de corazón henchido de ternuras vulgares,
        Amamantaba al universo con sus pezones morenos.
        El hombre, elegante, robusto y fuerte, tenía el derecho
        De mostrarse orgulloso de las beldades que le llamaban su rey;
        ¡Frutos puros de todo ultraje y vírgenes de grietas,
        Cuya carne lisa y firme atraía las mordeduras!

        El Poeta actualmente, cuando quiere concebir
        Estas nativas grandezas, en los lugares donde se dejan ver
        La desnudez del hombre y de la mujer,
        Siente un frío tenebroso envolver su alma
        Ante este negro cuadro lleno de espanto.
        ¡Oh, monstruosidades llorando su vestimenta!
        ¡Oh, ridículos troncos! ¡torsos dignos de máscaras!
        ¡Oh, pobres cuerpos retorcidos, flacos, ventrudos o fláccidos,
        Que el dios Utilitario, implacable y sereno,
        Niños, los fajó en sus pañales de bronce!
        ¡Y vosotras, mujeres, ¡ah!, pálidas cual cirios
        Que roe y que nutre el libertinaje, y vosotras, vírgenes,
        Del vicio materno arrastrando la herencia.
        Y todas las fealdades de la fecundidad!

        Nosotros tenemos, es verdad, naciones corrompidas,
        De los pueblos antiguos, bellezas ignoradas:
        Rostros corroídos por los chancros del corazón,
        Y como quien diría bellezas de la languidez,
        Pero estas invenciones de nuestras musas tardías
        No impedirán jamás a las razas enfermizas
        Rendir a la juventud un homenaje profundo,
        —¡A la santa juventud, al aire simple, a la dulce frente,
        A la mirada límpida y clara como un agua corriente,
        Y que va derramando sobre todo, indiferente
        Como el azul del cielo, los pájaros y las flores,
        Sus perfumes, sus cánticos y sus dulces colores!
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      Las flores del mal. 6. Los faros
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        Rubens, río de olvido, jardín de la pereza,
        Almohada de carne fresca donde no se puede amar,
        Pero donde la vida afluye y se agita sin cesar,
        Como el aire en el cielo y la mar en el mar;

        Leonardo da Vinci, espejo profundo y sombrío,
        Donde los ángeles encantadores, con dulce sonrisa
        Toda llena de misterio, aparecen en la sombra
        De los ventisqueros y los pinos que cierran su paisaje;

        Rembrandt, triste hospital lleno de murmullos,
        Y por un gran crucifijo decorado solamente,
        Donde la plegaria llorosa se exhala de las inmundicias,
        Y de un rayo invernal atravesado bruscamente;

        Miguel Ángel, lugar impreciso do vénse los Hércules
        Mezclarse a los Cristos, y elevarse muy erguidos
        Fantasmas pujantes que en los crepúsculos
        Desgarran su sudario estirando sus dedos;

        Cóleras de boxeador, impudicias de fauno,
        Tú que supiste recoger la belleza de los granujas,
        Gran corazón henchido de orgullo, hombre débil y amarillo,
        Puget, melancólico emperador de los forzados;

        Watteau, este carnaval en el que no pocos corazones ilustres,
        Como mariposas, flotan relucientes,
        Decoraciones frescas y leves iluminadas por lámparas
        Que vierten la locura en este baile vertiginoso;

        Goya, pesadilla llena de cosas desconocidas,
        Fetos que se hacen cocer en medio de los sabats,
        Viejas ante el espejo y niñas todas desnudas,
        Para tentar los demonios ajustando bien sus medias;

        Delacroix, lago de sangre obsedido por malvados ángeles,
        Sombreado por un bosque de pinos siempre verde,
        Donde, bajo un cielo triste, fanfarrias extrañas
        Pasan, cual un suspiro ahogado de Weber;

        ¡Estas maldiciones, estas blasfemias, estos lamentos,
        Estos éxtasis, estos gritos, estos llantos, estos Te Deum,
        Son un eco repetido por mil laberintos;
        Es para los corazones mortales un divino opio!

        Es un grito repetido por mil centinelas,
        ¡Una orden transmitida por mil portavoces.
        Es un faro encendido sobre mil ciudadelas,
        Un clamor de cazadores perdidos en los inmensos bosques!

        ¡Porque verdaderamente, Señor, el mejor testimonio
        Que podemos dar de nuestra dignidad
        Es este ardiente sollozo que rueda de edad en edad
        Y viene a morir al borde de vuestra eternidad!
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      Las flores del mal. 7. La musa enferma
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        Mi pobre Musa, ¡ah! ¿Qué tienes, pues, esta mañana?
        Tus ojos vacíos están colmados de visiones nocturnas,
        Y veo una y otra vez reflejados sobre tu tez
        La locura y el horror, fríos y taciturnos.

        El súcubo verdoso y el rosado duende,
        ¿Te han vertido el miedo y el amor de sus urnas?
        La pesadilla con un puño despótico y rebelde;
        ¿Te ha ahogado en el fondo de un fabuloso Minturno?

        Yo quisiera que exhalando el perfume de la salud
        Tu seno de pensamientos fuertes fuera siempre frecuentado,
        Y que tu sangre cristiana corriera en oleadas rítmicas,
        Como los sones numerosos de las sílabas antiguas,
        Donde reinan vez a vez el padre de las canciones,
        Febo, y el gran Pan, el señor de las mieses.
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      Las flores del mal. 8. La musa venal
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        Oh, musa de mi corazón, amante de los palacios,
        ¿Tendrás tú, cuando Enero suelte sus Bóreas,
        Durante los negros tedios de las nevadas veladas,
        Un tizón para calentar tus dos pies violáceos?

        ¿Reanimarás, pues, tus hombros marmóreos
        En los nocturnos rayos que atraviesan los postigos?
        Sintiendo tu bolsa tan seca como tu paladar,
        ¿Recogerás tú el oro de las bóvedas azúreas?

        Necesitas, para ganar tu pan de cada día,
        Como un monaguillo, manejar el incensario,
        Entonar Te Deum en el que nada crees,

        O, saltimbanqui en ayunas, desplegar tus encantos
        Y tu risa humedecida de lágrimas invisibles,
        Para dilatar las carcajadas de la vulgaridad.
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      Las flores del mal. 9. El mal monje
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        Los claustros antiguos sobre sus amplios muros
        Despliegan en cuadros la santa Verdad,
        Cuyo efecto, caldeando las piadosas entrañas.
        Atempera la frialdad de su austeridad.

        En días que de Cristo florecían las semillas,
        Más de un ilustre monje, hoy poco citado,
        Tomando por taller el campo santo,
        Glorificaba la Muerte con simplicidad.

        —Mi alma es una tumba que, pésimo cenobita,
        Desde la eternidad recorro y habito;
        Nada embellece los muros de este claustro odioso.

        ¡Oh, monje holgazán! ¿Cuándo sabré yo hacer
        Del espectáculo vivido de mi triste miseria
        El trabajo de mis manos y el amor de mis ojos?
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      Las flores del mal. 10. El enemigo
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        Mi juventud no fue sino una tenebrosa borrasca,
        Atravesada aquí y allá por brillantes soles;
        El trueno y la lluvia han hecho tal desastre,
        Que restan en mi jardín muy pocos frutos bermejos.

        He aquí que he llegado al otoño de las ideas,
        Y que es preciso emplear la pala y los rastrillos
        Para acomodar de nuevo las tierras inundadas,
        Donde el agua horada hoyos grandes como tumbas.

        Y ¿quién sabe si las flores nuevas con que sueño
        Encontrarán en este suelo lavado como una playa
        El místico alimento que haría su vigor?

        — ¡Oh, dolor! ¡Oh, dolor! ¡El Tiempo devora la vida,
        Y el oscuro Enemigo que nos roe el corazón
        Con la sangre que perdemos crece y se fortifica!
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      Las flores del mal. 11. El de la mala suerte
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        ¡Para levantar un peso tan abrumador,
        Sísifo, sería menester tu coraje!
        Por más que se ponga amor en la obra,
        El Arte es largo y el Tiempo es corto.

        Lejos de las sepulturas célebres,
        Hacia un cementerio aislado,
        Mi corazón, cual un tambor enlutado,
        Va, tocando marchas fúnebres.

        —Más de una joya duerme amortajada
        En las tinieblas y el olvido,
        Muy lejos de azadones y de sondas;

        Más de una flor despliega con pesar
        Su perfume dulce como un secreto
        En las soledades profundas.
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      Las flores del mal. 12. La vida anterior
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        Yo he vivido largo tiempo bajo amplios pórticos
        Que los soles marinos teñían con mil fuegos,
        Y que sus grandes pilares, erectos y majestuosos,
        Hacían que en la noche, parecieran grutas basálticas.

        Las olas, arrollando las imágenes de los cielos,
        Mezclaban de manera solemne y mística
        Los omnipotentes acordes de su rica música
        A los colores del poniente reflejados por mis ojos.

        Fue allí donde viví durante las voluptuosas calmas,
        En medio del azur, de las ondas, de los esplendores
        Y de los esclavos desnudos, impregnados de olores,

        Que me refrescaban la frente con las palmas,
        Y cuyo único afán era profundizar
        El secreto doloroso que me hacía languidecer.
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      Las flores del mal. 13. Caravana de gitanos
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        La tribu profética, de pupilas ardientes
        Ayer se ha puesto en marcha, cargando sus pequeños
        Sobre sus espaldas, o entregando a sus fieros apetitos
        El tesoro siempre listo de sus senos pendientes.

        Los hombres van a pie bajo sus armas lucientes
        A lo largo de los carromatos, donde los suyos se acurrucan,
        Paseando por el cielo sus ojos apesadumbrados
        Por el nostálgico pesar de las quimeras ausentes.

        Desde el fondo de su reducto arenoso, el grillo,
        Mirándolos pasar, redobla su canción;
        Cibeles, que los ama, aumenta sus verdores,

        Hace brotar el manantial y florecer el desierto
        Ante estos viajeros, para los que está abierto
        El imperio familiar de las tinieblas futuras.
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      Las flores del mal. 14. El hombre y el mar
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        ¡Hombre libre, siempre adorarás el mar!
        El mar es tu espejo; contemplas tu alma
        En el desarrollo infinito de su oleaje,
        Y tu espíritu no es un abismo menos amargo.

        Te complaces hundiéndote en el seno de tu imagen;
        La abarcas con ojos y brazos, y tu corazón
        Se distrae algunas veces de su propio rumor
        Al ruido de esta queja indomable y salvaje.

        Ambos sois tenebrosos y discretos:
        Hombre, nadie ha sondeado el fondo de tus abismos,
        ¡Oh, mar, nadie conoce tus tesoros íntimos,
        Tan celosos sois de guardar vuestros secretos!

        Y empero, he aquí los siglos innúmeros
        En que os combatís sin piedad ni remordimiento,
        Tanto amáis la carnicería y la muerte,
        ¡Oh, luchadores eternos, oh, hermanos implacables!
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      Las flores del mal. 15. Don Juan en los infiernos
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        Cuando Don Juan descendió hacia la onda subterránea
        Y hubo dado su óbolo a Caronte,
        Un sombrío mendigo, la mirada fiera como Antístenes,
        Con brazo vengativo y fuerte empuñó cada remo.

        Mostrando sus senos fláccidos y sus ropas abiertas,
        Las mujeres se retorcían bajo el negro firmamento,
        Y, como un gran rebaño de víctimas ofrendadas,
        En pos de él arrastraban un prolongado mugido.

        Sganarelle riendo le reclama su paga,
        Mientras que Don Luis, con un dedo tembloroso
        Mostraba a todos los muertos, errante en las riberas,
        El hijo audaz que se burló de su frente nevada.

        Estremeciéndose bajo sus lutos, la casta y magra Elvira,
        Cerca del esposo pérfido y que fue su amante,
        Parecía reclamarle una suprema sonrisa
        En la que brillara la dulzura de su primer juramento.

        Erguido en su armadura, un gigante de piedra
        Permanecía en la barra y cortaba la onda negra;
        Pero el sereno héroe, apoyado en su espadón,
        Contemplaba la estela y sin dignarse ver nada.
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      Las flores del mal. 16. Castigo del orgullo
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        En los tiempos maravillosos en que la Teología
        Florecía con la máxima savia y energía,
        Se cuenta que un día un doctor de los más grandes,
        —Luego de haber forzado los corazones indiferentes;
        Y haberlos conmovido en sus profundidades negras;
        Después de haber franqueado hacia las celestes glorias
        Caminos singulares para él mismo ignorados,
        Donde sólo los Espíritus puros quizás habían llegado—,
        Cual un hombre encaramado muy alto, presa de pánico,
        Exclamó, transportado por un orgullo satánico:
        "¡Jesús, pequeño Jesús! ¡te he impulsado tan alto!
        Pero, si yo hubiera querido atacarte a despecho
        De la armadura, tu vergüenza igualaría a tu gloria,
        Y tú no serías más que un feto irrisorio!"

        Inmediatamente su razón desapareció.
        El brillo de ese sol con un crespón se cubrió;
        Todo el caos rodó en esa inteligencia,
        Templo en otro tiempo viviente, pleno de orden y de opulencia,
        Bajo las bóvedas del cual tanta pompa había lucido.
        El silencio y la noche se instalaron en él,
        Como en una bodega cuya llave se ha perdido.
        Desde entonces se pareció a las bestias callejeras,
        Y, cuando se marchó sin ver nada, a través
        De los campos, sin distinguir los estíos de los inviernos,
        Sucio, inútil y feo como una cosa usada,
        Fue de los niños el júbilo y la irrisión.
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      Las flores del mal. 17. La belleza
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        Soy hermosa, ¡oh, mortales! cual un sueño de piedra,
        Y mi pecho, en el que cada uno se ha magullado a su vez,
        Está hecho para inspirar al poeta un amor
        Eterno y mudo así como la materia.

        Tengo mi trono en el azar cual una esfinge incomprendida;
        Uno un corazón de nieve a la blancura de los cisnes;
        Aborrezco el movimiento que desplaza las líneas,
        Y jamás lloro y jamás río.

        Los poetas, ante mis ampulosas actitudes,
        Que parezco copiar de los más altivos monumentos,
        consumirán sus días en austeros estudios;

        Porque tengo, para fascinar a esos dóciles amantes,
        Puros espejos que tornan todas las cosas más bellas:
        ¡Mis ojos, mis grandes ojos, los de los fulgores eternos!
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      Las flores del mal. 18. El ideal
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        No serán jamás esas beldades de viñetas,
        Productos averiados, nacidos de un siglo bribón,
        Esos pies con borceguíes, esos dedos con castañuelas,
        Los que logren satisfacer un corazón como el mío.

        Le dejo a Gavarni, poeta de clorosis,
        Su tropel gorjeante de beldades de hospital,
        Porque no puedo hallar entre esas pálidas rosas
        Una flor que se parezca a mi rojo ideal.

        Lo que necesita este corazón profundo como un abismo,
        Eres tú, Lady Macbeth, alma poderosa en el crimen,
        Sueño de Esquilo abierto al clima de los austros;

        ¡Oh bien tú, Noche inmensa, hija de Miguel Ángel,
        Que tuerces plácidamente en una pose extraña
        Tus gracias concebidas para bocas de Titanes!
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      Las flores del mal. 19. La giganta
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        Cuando Natura en su inspiración pujante
        Concebía cada día hijos monstruosos,
        Me hubiera placido vivir cerca de una joven giganta,
        Como a los pies de una reina un gato voluptuoso.

        Me hubiera agradado ver su cuerpo florecer con su alma
        Y crecer libremente en sus terribles juegos;
        Adivinar si su corazón cobija una sombría llama
        En las húmedas brumas que flotan en sus ojos;

        Recorrer a mi gusto sus magníficas formas;
        Arrastrarme en la pendiente de sus rodillas enormes,
        Y a veces, en estío, cuando los soles malsanos,

        Laxa, la hacen tenderse a través de la campiña,
        Dormir despreocupadamente a la sombra de sus senos,
        Como una plácida aldea al pie de una montaña.
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      Las flores del mal. 20. La máscara
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        Estatua alegórica según el gusto del Renacimiento
        A Ernest Christophe, Estatuario.

        Contemplemos este tesoro de gracias florentinas;
        En la ondulación de este cuerpo musculoso
        La Elegancia y la Fuerza abundan, hermanas Divinas.
        Esta mujer, trozo verdaderamente milagroso,
        Divinamente robusta, adorablemente delgada,
        Está hecha para reinar sobre lechos suntuosos,
        Y encantar los ocios de un pontífice o de un príncipe.

        —Por eso, contemplo esa sonrisa, fina y voluptuosa
        En que la fatuidad pasea su éxtasis;
        Esa prolongada mirada taimada, lánguida y burlona;
        Ese rostro delicado, realzado por la gasa,
        Del que cada rasgo nos dice con aire vencedor:
        "¡La Voluptuosidad me llama y el Amor me corona!"
        A este ser dotado de tanta majestad
        —¡Ved que encanto excitante la gentileza le otorga!
        Aproximémonos, y giremos en torno a su belleza.

        ¡Oh, blasfemia del arte! ¡Oh, sorpresa fatal!
        ¡La mujer de cuerpo divino, prometiendo la ventura,
        Por lo alto termina en un monstruo bicéfalo!

        —¡Pero, no! Sólo es una máscara, un decorado engañoso,
        Este rostro iluminado por una exquisita mueca,
        Y, mira, aquí, crispada atrozmente,
        La verdadera cabeza, y el sincero rostro
        Vuelto al abrigo de la cara que miente.
        ¡Pobre gran belleza! ¡El magnífico río
        De tus lágrimas vuélcase en mi corazón receloso;
        Tu mentira me embriaga, y mi alma se abreva
        En los raudales que el Dolor hace brotar de tus ojos!

        —Pero, ¿por qué llora ella? Ella, beldad perfecta
        Que pondría a sus plantas al género humano vencido,
        ¿Qué mal misterioso corroe su flanco de atleta?

        — ¡Ella llora, insensata, porque ella ha vivido!
        ¡Y porque vive! Pero, lo que ella deplora
        Sobre todo, lo que la hace temblar hasta las rodillas,
        Es que mañana, ¡ah! ¡tendrá que vivir todavía!
        ¡Mañana, pasado mañana y siempre! — ¡Como nosotros!
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      Las flores del mal. 21. Himno a la belleza
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        ¿Vienes del cielo profundo o surges del abismo,
        Oh, Belleza? Tu mirada infernal y divina,
        Vuelca confusamente el beneficio y el crimen,
        Y se puede, por eso, compararte con el vino.

        Tú contienes en tu mirada el ocaso y la aurora;
        Tú esparces perfumes como una tarde tempestuosa;
        Tus besos son un filtro y tu boca un ánfora
        Que tornan al héroe flojo y al niño valiente.

        ¿Surges tú del abismo negro o desciendes de los astros?
        El Destino encantado sigue tus faldas como un perro;
        Tú siembras al azar la alegría y los desastres,
        Y gobiernas todo y no respondes de nada,

        Tú marchas sobre muertos, Belleza, de los que te burlas;
        De tus joyas el Horror no es lo menos encantador,
        Y la Muerte, entre tus más caros dijes,
        Sobre tu vientre orgulloso danza amorosamente.

        El efímero deslumbrado marcha hacia ti, candela,
        Crepita, arde y dice: ¡Bendigamos esta antorcha!
        El enamorado, jadeante, inclinado sobre su bella
        Tiene el aspecto de un moribundo acariciando su tumba.

        Que procedas del cielo o del infierno, qué importa,
        ¡Oh, Belleza! ¡monstruo enorme, horroroso, ingenuo!
        Si tu mirada, tu sonrisa, tu pie me abren la puerta
        De un infinito que amo y jamás he conocido?

        De Satán o de Dios ¿qué importa? Ángel o Sirena,
        ¿Qué importa si, tornas —hada con ojos de terciopelo,
        Ritmo, perfume, fulgor ¡oh, mi única reina!—
        El universo menos horrible y los instantes menos pesados?
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      Las flores del mal. 22. Perfume exótico
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        Cuando, los dos ojos cerrados, en una cálida tarde otoñal,
        Yo aspiro el aroma de tu seno ardiente,
        Veo deslizarse riberas dichosas
        Que deslumbran los rayos de un sol monótono;

        Una isla perezosa en que la naturaleza da
        Árboles singulares y frutos sabrosos;
        Hombres cuyo cuerpo es delgado y vigoroso
        Y mujeres cuya mirada por su franqueza sorprende.

        Guiado por tu perfume hacia deleitosos climas,
        Yo diviso un puerto lleno de velas y mástiles
        Todavía fatigados por la onda marina,

        Mientras el perfume de los verdes tamarindos,
        Que circula en el aire y satura mi olfato,
        Se mezcla en mi alma con el canto de los marineros.
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      Las flores del mal. 23. La cabellera
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        ¡Oh, vellón, rizándose hasta la nuca!
        ¡Oh, bucles, ¡Oh, perfume saturado de indolencia!
        ¡Éxtasis! ¡Para poblar esta tarde la alcoba oscura
        Con los recuerdos adormecidos en esta cabellera
        Yo la quiero agitar en el aire como un pañuelo!

        ¡La lánguida Asia y la ardiente África,
        Todo un mundo lejano, ausente, casi difunto,
        Vive en tus profundidades, selva aromática!
        Así como otros espíritus bogan sobre la música,
        El mío, ¡oh, mi amor! flota sobre tu perfume.

        Yo acudiré allá donde el árbol y el hombre, llenos de savia,
        Desfallecen largamente bajo el ardor de los climas;
        Fuertes trenzas, ¡Sed la ola que me arrebata!
        Tú contienes, mar de ébano, un deslumbrante sueño
        De velas, de remeros, de llamas y de mástiles:

        Un puerto ruidoso en el que mi alma puede beber
        A raudales el perfume, el sonido y el color;
        En el que los navíos, deslizándose en el oro y en la seda,
        Abren sus amplios brazos para abarcar la gloria
        De un cielo puro en el que palpita el eterno calor.

        Sumergiré mi cabeza anhelante de embriaguez,
        En este negro océano donde el otro está encerrado;
        Y mi espíritu sutil que el rolido acaricia
        Sabrá encontrarte ¡oh fecunda pereza!
        ¡Infinitos arrullos del ocio embalsamado!

        Cabellos azules, pabellón de tinieblas tendidas,
        Me volvéis el azur del cielo inmenso y redondo;
        Sobre los bordes aterciopelados de tus crenchas retorcidas
        Me embriago ardientemente con los olores confundidos
        Del aceite de coco, del almizcle y la brea.

        ¡Hace tiempo! ¡Siempre! ¡Mi mano en tus crines pesadas
        Sembrará el rubí, la perla y el zafiro,
        A fin de que a mi deseo jamás seas sorda!
        ¿No eres tú el oasis donde sueño, y la calabaza
        De la que yo sorbo a largos tragos el vino del recuerdo?
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      Las flores del mal. 24. (Yo te adoro...)
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        Yo te adoro al igual que la bóveda nocturna,
        Oh, vaso de tristeza, oh gran taciturna,
        Y te amo lo mismo, bella, cuando tú me huyes,
        Y cuando me pareces, ornamento de mis noches,
        Más irónicamente acumular las leguas
        Que separan mis brazos de las inmensidades azules.

        Me adelanto al ataque, y trepo en los asaltos,
        Como alrededor de un cadáver un coro de gusanos,
        Y quiero ¡oh, bestia implacable y cruel!
        Hasta esta frialdad por la que me eres más bella!
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      Las flores del mal. 25. (Tú pondrías al universo entero...)
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        Meterías al universo entero en tu calleja,
        ¡Mujer impura! El hastío torna tu alma cruel.
        Para ejercitar tus dientes en este juego singular,
        Necesitas cada día un corazón en el pesebre.
        Tus ojos, iluminados cual tiendas
        Y tejos llameantes en los festejos públicos,
        Utilizan insolentemente un poder prestado,
        Sin conocer jamás la ley de su belleza.

        ¡Máquina ciega y sorda, en crueldades fecunda!
        Salutífero instrumento, bebedor de la sangre del mundo,
        ¿Cómo no tienes vergüenza y cómo no has visto,
        Ante todos los espejos, palidecer tus atractivos?
        La grandeza de este mal en que te crees sabia
        ¿No te ha hecho nunca retroceder de espanto,
        Cuando la natura, grande en sus designios ocultos,
        De ti se sirve, ¡oh mujer! ¡oh reina de los pecados!
        —De ti, vil animal—, para amasar un genio?

        ¡Oh, fangosa grandeza! ¡sublime ignominia!
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      Las flores del mal. 26. Sed non satiata
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        Extravagante deidad, oscura como las noches,
        Con perfume mezclado de almizcle y de habano,
        Obra de algún obi, el Fausto de la sabana,
        Hechicera con ijares de ébano, engendro de negras mediasnoches,

        Yo prefiero a la constancia, al opio, a las noches,
        El elixir de tu boca donde el amor se pavonea;
        Cuando hacia ti mis deseos parten en caravana,
        Tus ojos son la cisterna donde beben mis hastíos.

        Por esos dos grandes ojos negros, tragaluces de tu alma,
        ¡Oh, demonio sin piedad! vierte sobre mí menos fuego;
        Que no soy el Estigio para abrazarte nueve veces,

        ¡Ay! y no puedo, Megera libertina,
        Para quebrar tu coraje y dejarte en las últimas,
        En el infierno de tu lecho volverme Proserpina.
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      Las flores del mal. 27. (Con su vestimenta...)
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        Con su vestimenta ondulante y nacarada,
        Hasta cuando camina, se creería que ella danza,
        Como esas largas serpientes que los juglares sagrados
        En el extremo de sus bastones agitan con cadencia.

        Como las arenas sombrías y el azur de los desiertos,
        Insensibles ambos al humano sufrimiento,
        Como las prolongadas redes de las olas de los mares,
        Ella se desenvuelve con indiferencia.

        Sus ojos pulidos están hechos de minerales encantos,
        Y en esta naturaleza extraña y simbólica
        Donde el ángel inviolado se mezcla a la esfinge antigua,

        Donde todo no es más que oro, acero, luz y diamantes,
        Resplandece eternamente, cual un astro inútil,
        La fría majestad de la mujer estéril.
      Arriba

      Las flores del mal. 28. La serpiente que danza
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        ¡Cómo me agrada ver, querida indolente,
        De tu cuerpo tan bello,
        Como una estofa vacilante,
        Reverberar la piel!

        Sobre tu cabellera profunda,
        De acres perfumes,
        Mar oloroso y vagabundo
        De olas azules y sombrías,

        Cual un navío que se despierta
        Al viento matutino,
        Mi alma soñadora apareja
        Para un horizonte lejano.

        Tus ojos, en los que no se revela
        Nada dulce ni amargo,
        Son dos joyas frías en las que se mezcla
        El oro con el hierro.

        Al verte marchar cadenciosa,
        Bella en tu abandono,
        Se diría una sierpe que danza
        En el extremo de un bastón.

        Bajo el fardo de tu pereza
        Tu cabeza de niño
        Se balancea con la molicie
        de un joven elefante.

        Y tu cuerpo se inclina y se estira
        Cual un fino navío
        Que rola bordeando y sumerge
        Sus vergas en el agua.

        Como un oleaje engrosado por la fusión
        De los glaciares rugientes,
        Cuando el agua de tu boca sube
        Al borde de tus dientes,

        Yo creo beber un vino de Bohemia
        Amargo y vencedor,
        ¡Un cielo líquido que esparce
        Estrellas en mi corazón!
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      Las flores del mal. 29. Una carroña
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        Recuerdas el objeto que vimos, mi alma,
        Aquella hermosa mañana de estío tan apacible;
        A la vuelta de un sendero, una carroña infame
        Sobre un lecho sembrado de guijarros,

        Las piernas al aire, como una hembra lúbrica,
        Ardiente y exudando los venenos,
        Abría de una manera despreocupada y cínica
        Su vientre lleno de exhalaciones.

        El sol dardeaba sobre aquella podredumbre,
        Como si fuera a cocerla a punto,
        Y restituir centuplicado a la gran Natura,
        Todo cuanto ella había juntado;

        Y el cielo contemplaba la osamenta soberbia
        Como una flor expandirse.
        La pestilencia era tan fuerte, que sobre la hierba
        Tú creíste desvanecerte.

        Las moscas bordoneaban sobre ese vientre podrido,
        Del que salían negros batallones
        De larvas, que corrían cual un espeso líquido
        A lo largo de aquellos vivientes harapos.

        Todo aquello descendía, subía como una marea,
        O se volcaba centelleando;
        Hubiérase dicho que el cuerpo,
        inflado por un soplo indefinido,
        Vivía multiplicándose.

        Y este mundo producía una extraña música,
        Como el agua corriente y el viento,
        O el grano que un cosechador con movimiento rítmico,
        Agita y revuelve en su harnero.

        Las formas se borraron y no fueron sino un sueño,
        Un esbozo lento en concretarse,
        Sobre la tela olvidada, y que el artista acaba
        Solamente para el recuerdo.

        Detrás de las rocas una perra inquieta
        Nos vigilaba con mirada airada,
        Espiando el momento de recuperar del esqueleto
        El trozo que ella había aflojado.

        —Y sin embargo, tú serás semejante a esa basura,
        A esa horrible infección,
        Estrella de mis ojos, sol de mi natura,
        ¡Tú, mi ángel y mi pasión!

        ¡Sí! así estarás, oh reina de las gracias,
        Después de los últimos sacramentos,
        Cuando vayas, bajo la hierba y las floraciones crasas,
        A enmollecerte entre las osamentas.

        ¡Entonces, ¡oh mi belleza! Dile a la gusanera
        Que te consumirán a besos,
        Que yo he conservado la forma y la esencia divina
        De mis amores descompuestos!
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      Las flores del mal. 30. De profundis clamavi
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        Imploro tu piedad, Tú, el único que yo amo,
        Desde el fondo del abismo oscuro donde mi corazón ha caído.

        Es un universo triste de horizonte plúmbeo,
        Donde flotan en la noche el horror y la blasfemia;

        Un sol sin calor se cierne por encima seis meses,
        Y los otros seis la noche cubre la tierra;
        Es un lugar más desnudo que la tierra polar;
        — ¡Ni bestias, ni arroyos, ni verdor, ni bosques!

        Pues bien, no hay horror en el mundo que supere
        La fría crueldad de este sol de hielo
        Y esta inmensa noche semejante al viejo Caos;

        Envidio la suerte de los más viles animales
        Que pueden sumergirse en un sueño estúpido,
        ¡A tal punto la madeja del tiempo lentamente se devana!
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      Las flores del mal. 31. El vampiro
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        Tú que, como una cuchillada,
        En mi corazón doliente has entrado;
        Tú que, fuerte como un tropel
        De demonios, llegas, loca y adornada,

        De mi espíritu humillado
        Haces tu lecho y tu imperio,
        —Infame a quien estoy ligado,
        Como el forzado a la cadena,

        Como al juego el jugador empedernido,
        Como a la botella el borracho,
        Como a los gusanos la carroña,
        — ¡Maldita, maldita seas!

        He implorado a la espada rápida
        La conquista de mi libertad,
        Y he dicho al veneno pérfido
        Que socorriera mi cobardía.

        ¡Ah! El veneno y la espada
        Me han desdeñado y me han dicho:
        "Tú no eres digno de que te arranquen
        De tu esclavitud maldita,

        ¡Imbécil! — de su imperio
        Si nuestros esfuerzos te libraran,
        Tus besos resucitarían
        El cadáver de tu vampiro!"
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      Las flores del mal. 32. (Una noche...)
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        Una noche que estaba junto a una horrible judía,
        Como a la vera de un cadáver, un cadáver tendido,
        Me dediqué a pensar, cerca de aquel cuerpo vendido,
        En la triste belleza de la que mi deseo se priva.

        Me representé su majestad nativa,
        Su mirada de vigor y de gracias armada,
        Sus cabellos que le forman un casco perfumado,
        Y cuyo recuerdo para el amor me reanima.

        Porque yo hubiera con fervor besado tu noble cuerpo,
        Y desde tus pies frescos hasta tus negras trenzas
        Desplegado el tesoro de las profundas caricias,

        Si, cualquier noche, con lágrimas derramadas sin esfuerzo,
        Pudieras solamente, ¡oh reina de crueldad!
        Oscurecer el esplendor de tus frías pupilas.
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      Las flores del mal. 33. Remordimiento póstumo
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        Cuando tú duermas, mi bella tenebrosa,
        En el fondo de un mausoleo construido en mármol negro,
        Y cuando no tengas por alcoba y morada
        Más que una bóveda lluviosa y una fosa vacía;

        Cuando la piedra, oprimiendo tu pecho miedosa
        Y tus caderas que atemperaba un deleitoso abandono,
        Impida a tu corazón latir y querer,
        Y a tus pies correr su carrera aventurera,

        La tumba, confidente de mi ensueño infinito
        (Porque la tumba siempre interpretará al poeta),
        Durante esas interminables noches de las que el sueño está proscrito,

        Te dirá: "¿De qué te sirve, cortesana imperfecta,
        No haber conocido lo que lloran los muertos?"
        —Y el gusano roerá tu piel como un remordimiento.
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      Las flores del mal. 34. El gato
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        Ven, mi hermoso gato, cabe mi corazón amoroso;
        Retén las garras de tu pata,
        Y déjame sumergir en tus bellos ojos,
        Mezclados de metal y de ágata.

        Cuando mis dedos acarician complacidos
        Tu cabeza y tu lomo elástico,
        Y mi mano se embriaga con el placer
        De palpar tu cuerpo eléctrico,

        Veo a mi mujer en espíritu. Su mirada,
        como la tuya, amable bestia,
        Profunda y fría, corta e hiende como un dardo,

        Y, de los pies hasta la cabeza,
        Un aire sutil, un peligroso perfume,
        Flotan alrededor de su cuerpo moreno.
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      Las flores del mal. 35. Duellum
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        Dos guerreros se han precipitado uno sobre el otro; sus armas
        Han salpicado el aire con destellos y sangre.
        Estos juegos, estos tintineos del hierro son el estrépito
        De una juventud víctima del amor plañidero.

        ¡Las espadas se han quebrado! como nuestra juventud,
        ¡Mi querida! Pero los dientes, las uñas aceradas,
        Vengan pronto la espada y la daga traidora.
        — ¡Oh, furor de los corazones maduros por el amor ulcerados!

        En el barranco frecuentado por panteras y onzas
        Nuestros héroes, agarrándose malamente, han rodado,
        Y su piel florecerá la aridez de las zarzas.

        — ¡Este abismo, es el infierno, por nuestros amigos habitado!
        ¡Rodemos hacia él, sin remordimientos, amazona inhumana,
        A fin de eternizar el ardor de nuestro odio!
      Arriba

      Las flores del mal. 36. El balcón
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        Madre de los recuerdos, amante de las amantes,
        ¡Oh, tú, todos mis placeres! ¡Oh tú, todos mis deberes!
        Tú me recordarás la belleza de las caricias,
        La dulzura del hogar y el encanto de las noches,
        ¡Madre de los recuerdos, amante de las amantes!

        ¡Las veladas iluminadas por el ardor del carbón,
        Y las tardes en el balcón, veladas de vapores rosados.
        ¡Cuan dulce me era tu seno! y tu corazón ¡qué caro!
        Nos hemos dicho con frecuencia imperecederas cosas
        En las veladas iluminadas por el ardor del carbón.

        ¡Qué hermosos son los soles en las cálidas tardes!
        ¡Qué profundo el espacio! ¡Qué potente el corazón!
        Inclinándome hacia ti, reina de las adoradas,
        Yo creía respirar el perfume de tu sangre.
        ¡Qué hermosos son los soles en cálidas tardes!

        La noche se apaciguaba como en un claustro,
        Y mis ojos en la oscuridad barruntaban tus pupilas,
        Y yo bebía tu aliento, ¡oh dulzura! ¡oh veneno!
        Y tus pies se adormecían en mis manos fraternales.
        La noche se apaciguaba como en un claustro.

        Yo sé del arte de evocar los minutos dichosos,
        Y volví a ver mi pasado agazapado en tus rodillas.
        Porque ¿a qué buscar tus bellezas lánguidas
        Fuera de tu querido cuerpo y de tu corazón tan dulce?
        ¡Yo sé del arte de evocar los minutos dichosos!

        Esos juramentos, esos perfumes, esos besos infinitos,
        ¿Renacerán de un abismo vedado a nuestras sondas,
        Como suben al cielo los soles rejuvenecidos
        Luego de lavarse en el fondo de los mares profundos?
        — ¡Oh, juramentos! ¡Oh, perfumes! ¡Oh, besos infinitos!
      Arriba

      Las flores del mal. 37. El poseso
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        El sol se ha cubierto con un crespón. Como él,
        ¡Oh, Luna de mi vida! arrópate de sombra;
        Duerme o fuma a tu agrado; permanece muda, sombría,
        Y húndete íntegra en el abismo del Hastío;

        ¡Te amo así! Sin embargo, si hoy tú deseas,
        Como un astro eclipsado que sale de la penumbra,
        Pavonearte en los lugares que la Locura obstruye,
        ¡Está bien! Delicioso puñal, ¡surge de tu vaina!

        ¡Ilumina tu pupila a la llama de los candelabros!
        ¡Ilumina el deseo en las miradas de los rústicos!
        Todo lo tuyo para mí es placer, morboso o petulante;

        Sé lo que quieras, noche negra, roja aurora;
        No hay una fibra en todo mi cuerpo palpitante
        Que no exclame: ¡Oh mi querido Belcebú, te adoro!
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      Las flores del mal. 38. Un fantasma
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905

        1. Las tinieblas

        En las cavernas de insondable tristeza
        Donde el Destino ya me ha relegado;
        Donde jamás penetra un rayo rosado y alegre;
        Donde, sólo, con la Noche, áspera huéspeda,

        Yo soy como un pintor que un Dios burlón
        Condena a pintar, ¡ah! sobre las tinieblas;
        Oh, cocinero de apetitos fúnebres,
        Yo hago hervir y como mi corazón,

        Por instantes brilla, se extiende, y se exhibe
        Un espectro hecho de gracia y de esplendor.
        En un soñador paso oriental,

        Cuando alcanza su total grandeza,
        Yo reconozco a mi bella visita:
        ¡Es Ella! Negra y, no obstante, luminosa.

        2. El perfume

        Lector, ¿alguna vez has respirado
        Con embriaguez y lenta golosina
        El grano de incienso que satura una iglesia,
        O de un "sachet" el almizcle inveterado?

        ¡Encanto profundo, mágico, con que nos embriaga
        En el presente el pasado revivido!
        Así el amante sobre un cuerpo adorado
        Del recuerdo recoge la flor exquisita.

        De sus cabellos elásticos y pesados,
        Viviente "sachet", incensario de la alcoba,
        Un aroma subía, salvaje y fiero,

        Y de sus ropas, muselina o terciopelo,
        Todas impregnadas de su juventud pura,
        Se desprendía un perfume de piel.

        3. El marco

        Así como un bello marco agrega a la pintura,
        Bien que ella sea de un pincel muy alabado,
        Yo no sé qué de extraño y de encantado
        Al distanciarla de la inmensa natura,

        Así, joyas, muebles, metales, dorados,
        Se adaptaban precisos a su rara belleza;
        Nada ofuscaba su perfecta claridad,
        Y todo parecía servirle de marco.

        Hasta se hubiera dicho a veces que ella creía
        Que todo quería amarla; pues ahogaba
        Su desnudez voluptuosamente

        En los besos de la seda y de la lencería,
        Y, lenta o brusca, en cada movimiento
        Mostraba la gracia infantil de un simio.

        4. El retrato

        La Enfermedad y la Muerte producen cenizas
        De todo el fuego que por nosotros arde.
        De aquellos grandes ojos tan fervientes y tan tiernos,
        De aquella boca en la que mi corazón se ahogó,

        De aquellos besos pujantes cual un dictamen,
        De aquellos transportes más vivos que los rayos,
        ¿Qué resta? ¡Es horrendo! ¡oh, mi alma mía!
        Nada más que un diseño muy pálido, con tres trazos,

        Que, como yo, muere en la soledad,
        Y que el Tiempo, injurioso anciano,
        Cada día frota con su ala ruda...

        Negro asesino de la Vida y del Arte,
        ¡Tú no matarás jamás en mi memoria
        Aquella que fue mi placer y mi gloria!
      Arriba

      Las flores del mal. 39. (Yo te doy estos versos...)
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        Yo te doy estos versos a fin de que, si mi nombre
        Aborda afortunadamente las épocas lejanas,
        Y hace soñar una noche los cerebros humanos,
        Navío favorecido por un gran aquilón,

        Tu memoria, semejante a las fábulas inciertas,
        Fatiga al lector como un tímpano,
        Y por un fraternal y místico eslabón
        Queda como pendiente de mis rimas altivas;

        Ser maldito a quien, del abismo profundo
        Hasta lo más alto del cielo, nada, fuera de mí, responde;
        —¡Oh tú que, como una sombra de rastro efímero,

        Hollas con un paso leve y una mirada serena
        Los estúpidos mortales que te han juzgado amarga,
        Estatua con ojos de jade, gran ángel con la frente de bronce!
      Arriba

      Las flores del mal. 40. Semper eadem
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        "¿De dónde os viene, decís, esta tristeza extraña,
        Trepando como el mar sobre el peñón negro y desnudo?"
        —Cuando nuestro corazón ha hecho una vez su vendimia,
        ¡Vivir es un mal! Es un secreto de todos conocido,

        Un dolor muy simple y nada misterioso,
        Y, como vuestra alegría, brillante para todos.
        Deja de buscar, entonces, ¡Oh, bella curiosa!
        Y, por más que vuestra voz sea dulce, ¡callad! ¡callaos!

        ¡Callad, ignorante! ¡Alma siempre arrebatada!
        ¡Boca de risa infantil! Más aún que la Vida,
        La Muerte nos retiene casi siempre con lazos sutiles.
        ¡Dejad, dejad mi corazón embriagarse de una mentira,
        Sumergirse en vuestros bellos ojos como en un hermoso sueño,
        Y dormitar mucho tiempo a la sombra de vuestras pestañas!
      Arriba

      Las flores del mal. 41. Todo integra
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        El Demonio, en mi altillo,
        Esta mañana vino a verme,
        Y, tratando de cogerme en falta,
        Me ha dicho: "Yo quisiera saber,

        Entre todas las hermosas cosas
        De que está hecho su encanto,
        Entre los objetos negros o rosados
        Que componen su cuerpo encantador,

        Cuál es el más dulce." —¡Oh, mi alma!
        Tú respondiste al Aborrecido:
        Puesto que en Ella todo está dictaminado,
        Nada puede ser preferido.

        Cuando todo me encanta, yo ignoro
        Si alguna cosa me seduce,
        Ella deslumbra como la Aurora
        Y consuela como la Noche;

        Y la armonía es harto exquisita,
        Que gobierna todo su bello cuerpo,
        Para que la impotencia analice
        Anotando los numerosos acordes.

        ¡Oh, metamorfosis mística
        De todos mis sentidos fundidos en uno!
        ¡Su aliento produce la música,
        Así como su voz hace el perfume!
      Arriba

      Las flores del mal. 42. (Qué dirás esta noche...)
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        ¿Qué dirás esta noche, pobre alma solitaria,
        Qué dirás, corazón mío, corazón otrora marchito,
        A la hermosísima, a la buenísima, a la carísima,
        Cuya divina mirada de pronto te ha reflorecido?

        —Emplearemos nuestro orgullo entonando sus loas,
        Nada vale la dulzura de su autoridad;
        Su carne espiritual tiene el perfume de los Ángeles,
        Y su mirada nos reviste con un manto de claridad.

        Que así sea la noche y en la soledad,
        Que así sea en la calle y entre la multitud,
        Su fantasma en el aire danza como una antorcha.

        A veces él habla y dice: "Soy bella y ordeno
        Que por el amor mío no améis más que lo Bello;
        Yo soy el Ángel guardián, la Musa y la Madona".
      Arriba

      Las flores del mal. 43. La antorcha viviente
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        Marchan ante mí, estos Ojos llenos de luces,
        Que un Ángel sapientísimo sin duda ha imantado;
        Avanzan, esos divinos hermanos que son mis hermanos,
        Sacudiendo ante mis ojos sus fuegos diamantinos.

        Salvándome de toda trampa y de todo pecado grave,
        Conducen mis pasos por la ruta de lo Bello;
        Son mis servidores y yo soy su esclavo;
        Todo mi ser obedece a esa viviente antorcha.

        Encantadores ojos, brilláis con el fulgor místico
        Que tienen los cirios ardiendo en pleno día; el sol
        Enrojece, pero no extingue su llama fantástica;

        Ellos celebran la Muerte, vosotros cantáis el Despertar;
        ¡Vosotros marcháis entonando el despertar de mi alma,
        Astros de los cuales ningún sol puede marchitar la llama!
      Arriba

      Las flores del mal. 44. Reversibilidad
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        Ángel lleno de alegría, ¿conoces la angustia,
        La vergüenza, los remordimientos, los sollozos, las molestias,
        Y los vagos terrores de esas horribles noches
        Que oprimen el corazón como un papel estrujado?
        Ángel lleno de alegría, ¿conoces la angustia?

        Ángel lleno de bondad, ¿conoces el odio,
        Los puños crispados, en la sombra y las lágrimas de hiel,
        Cuando la venganza bate su infernal llamado,
        Y de nuestras facultades se hace la capitana?
        Ángel lleno de bondad, ¿conoces el odio?

        Ángel lleno de salud, ¿conoces las fiebres,
        Que a lo largo de los murallones pálidos del hospicio,
        Como exiliados, se marchan arrastrando los pasos,
        Buscando el raro sol y moviendo los labios?
        Ángel pleno de salud, ¿conoces las fiebres?

        Ángel lleno de belleza, ¿conoces las arrugas,
        Y el miedo de envejecer, y este horrendo tormento
        De leer el secreto horror de la abnegación
        En los ojos donde largo tiempo bebieron nuestros ojos ávidos?
        Ángel lleno de belleza, ¿conoces las arrugas?

        Ángel lleno de ventura, de alegría y de luces,
        David moribundo habría pedido la salvación
        A las emanaciones de tu cuerpo encantado;
        Pero, de ti yo no imploro, ángel, más que tus plegarias,
        ¡Ángel lleno de ventura, de alegría y de luces!
      Arriba

      Las flores del mal. 45. Confesión
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        Una vez, una sola, amable y dulce mujer,
        En mi brazo tu brazo pulido
        Se apoyó (sobre el fondo tenebroso de mi alma
        Este recuerdo no ha palidecido);

        Era tarde; cual una medalla nueva
        La luna llena se mostraba,
        Y la solemnidad de la noche, como un río,
        Sobre París durmiente corría.

        Y a lo largo de las casas, bajo las puertas cocheras,
        Los gatos pasaban furtivamente,
        El oído en acecho, o bien, como sombras queridas.
        Nos acompañaban lentamente.

        De pronto, en medio de la intimidad libre
        Abierta a la pálida claridad,
        De ti, rico y sonoro instrumento donde no vibra
        Más que la radiante alegría,

        De ti, clara y alegre cual una fanfarria
        En la mañana chispeante,
        Una nota llorosa, una nota discordante,
        Se escapó vacilando

        Como un niño endeble, horrible, sombrío, inmundo,
        Del que su familia se avergonzara,
        Y que, durante mucho tiempo, para ocultarlo al mundo,
        En una cueva lo tuviera en secreto.

        Pobre ángel, ella entonó, su nota chillona:
        "Nada aquí abajo es cierto,
        Y siempre, por más que se acicale,
        Se traiciona el egoísmo humano;

        "Es duro oficio el de ser bella mujer,
        Y es el trabajo banal
        De la bailarina loca y fría que se pasma
        En una sonrisa maquinal;

        "Construir sobre los corazones es una cosa necia;
        Que todo vacila, amor y belleza,
        Hasta que el Olvido los arroja en su capacho,
        ¡Para volverlos a la Eternidad!"

        Con frecuencia he evocado esta luna encantada,
        Este silencio y esta languidez,
        Y esta confidencia horrible murmurada
        En el confesionario del corazón.
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      Las flores del mal. 46. El alba espiritual
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        Cuando entre los disolutos el alba blanca y bermeja
        Se asocia con el Ideal roedor,
        Por obra de un misterio vengador
        En el bruto adormecido un ángel se despierta.

        De los Cielos Espirituales el inaccesible azur,
        Para el hombre abatido que aún sueña y sufre,
        Se abre y se hunde con la atracción del abismo.
        Así, cara Diosa, Ser lúcido y puro,

        Sobre los restos humeantes de estúpidas orgías
        Tu recuerdo más claro, más rosado, más encantador,
        Ante mis ojos agrandados voltigea incesante

        El sol ha oscurecido la llama de las bujías;
        ¡Así, siempre vencedor, tu fantasma se parece,
        Alma resplandeciente, al sol inmortal!
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      Las flores del mal. 47. Armonía de la tarde
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        He aquí que llega el tiempo en que vibrante en su tallo
        Cada flor se evapora cual un incensario;
        Los sonidos y los perfumes giran en el aire de la tarde,
        ¡Vals melancólico y lánguido vértigo!

        Cada flor se evapora cual un incensario;
        El violín vibra como un corazón afligido;
        ¡Vals melancólico y lánguido vértigo!
        El cielo está triste y bello como un gran altar.

        El violín vibra como un corazón afligido,
        ¡Un corazón tierno que odia la nada vasta y negra!
        El cielo está triste y bello como un gran altar;
        El sol se ha ahogado en su sangre coagulada.

        Un corazón tierno, que odia la nada vasta y negra,
        ¡Del pasado luminoso recobra todo vestigio!
        El sol se ha ahogado en su sangre coagulada...
        ¡Tu recuerdo en mí luce como una custodia!
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      Las flores del mal. 48. El frasco
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        Hay fuertes perfumes para los que toda materia
        Es porosa. Se diría que penetran el vaso.
        Al abrir un cofrecillo llegado del Oriente
        Cuya cerradura rechina y se resiste chirriando,

        O bien en una casa desierta en algún armario
        Lleno del acre olor del tiempo, polvoriento y negro,
        A veces encontramos un viejo frasco que se recuerda
        Del que surge vivísima un alma que resucita.

        Mil pensamientos dormían, crisálidas fúnebres,
        Temblando dulcemente en las pesadas tinieblas,
        Que entreabren su ala y toman su impulso,
        Teñidas de azur, salpicadas de rosa, laminadas de oro.

        He aquí el recuerdo embriagador que revolotea
        En el aire turbado; los ojos se cierran: el Vértigo
        Agarra el alma vencida y la arroja a dos manos
        Hacia un abismo oscurecido de miasmas humanas;

        La derriba al borde de un abismo secular,
        Donde, Lázaro oloroso desgarrando un sudario,
        Se mueve en su despertar el cadáver espectral
        De un viejo amor rancio, encantador y sepulcral.

        Así, cuando yo esté perdido en la memoria
        De los hombres, en el rincón de un siniestro armario
        guando me hayan arrojado, viejo frasco desolado,
        Decrépito, polvoriento, sucio, abyecto, viscoso, rajado,

        ¡Yo seré tu ataúd, amable pestilencia!
        El testigo de tu fuerza y de tu virulencia,
        ¡Caro veneno preparado por los ángeles! licor
        Que me corroe, ¡Oh, la vida y la muerte de mi corazón!
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      Las flores del mal. 49. El veneno
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        El vino sabe revestir el más sórdido antro
        De un lujo milagroso,
        Y hace surgir más de un pórtico fabuloso
        En el oro de su vapor rojizo,
        Como un sol poniéndose en un cielo nebuloso.

        El opio agranda lo que no tiene límites,
        Prolonga lo ilimitado,
        Profundiza el tiempo, socava la voluptuosidad,
        Y de placeres negros y melancólicos
        Colma el alma más allá de su capacidad.

        Todo eso no vale el veneno que destila
        De tus ojos, de tus ojos verdes,
        Lagos donde mi alma tiembla y se ve al revés...
        Mis sueños acuden en tropel
        Para refrescarse en esos abismos amargos.

        Todo esto no vale el terrible prodigio
        De tu saliva que muerde,
        Que sume en el olvido mi alma sin remordimiento,
        ¡Y, arrastrando el vértigo,
        La rueda desfalleciente en las riberas de la muerte!
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      Las flores del mal. 50. Cielo encapotado
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        Se diría tu mirar por un vapor cubierto;
        Tu pupila misteriosa (¿es azul, gris o verde?)
        Alternativamente tierna, soñadora, cruel,
        Refleja la indolencia y la palidez del cielo.

        Tú recuerdas esos días blancos, tibios y velados,
        Que hacen fundirse en lágrimas los corazones hechizados,
        Cuando, agitados por un mal desconocido que los tuerce,
        Los nervios demasiado despiertos se burlan del espíritu que duerme.

        Te asemejas a veces a esos bellos horizontes
        Que iluminan los soles de las brumosas estaciones...
        ¡Cómo resplandeces, paisaje humedecido
        Que inflaman los rayos cayendo de un cielo encapotado!

        ¡Oh, mujer peligrosa, oh seductores climas!
        ¿Adoraré también tu nieve y tu escarcha,
        Y, lograré extraer del implacable invierno
        Placeres más agudos que el hielo y el hierro?
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      Las flores del mal. 51. El gato
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        I

        En mi cerebro se pasea,
        Como en su morada,
        Un hermoso gato, fuerte, suave y encantador.
        Cuando maúlla, casi no se le escucha,

        A tal punto su timbre es tierno y discreto;
        Pero, aunque, su voz se suavice o gruña,
        Ella es siempre rica y profunda:
        Allí está su encanto y su secreto.

        Esta voz, que brota y que filtra,
        En mi fondo más tenebroso,
        Me colma cual un verso cadencioso
        Y me regocija como un filtro.

        Ella adormece los más crueles males
        Y contiene todos los éxtasis;
        Para decir las más largas frases,
        Ella no necesita de palabras.

        No, no hay arco que muerda
        Sobre mi corazón, perfecto instrumento,
        Y haga más noblemente
        Cantar su más vibrante cuerda.

        Que tu voz, gato misterioso,
        Gato seráfico, gato extraño,
        En que todo es, cual en un ángel,
        ¡Tan sutil como armonioso!

        II

        De su piel blonda y oscura
        Brota un perfume tan dulce, que una noche
        Yo quedé embalsamado, por haberlo
        Acariciado una vez, nada más que una.

        Es el espíritu familiar del lugar;
        Él juzga, él preside, él inspira
        Todas las cosas en su imperio;
        ¿No será un hada, Dios?

        Cuando mis ojos, hacia este gato amado
        Atraídos como por un imán,
        Se vuelven dócilmente
        Y me contemplo en mí mismo,

        Veo con asombro
        El fuego de sus pupilas pálidas,
        Claros fanales, vividos ópalos,
        Que me contemplan fijamente.
      Arriba

      Las flores del mal. 52. El hermoso navío
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        Yo deseo relatarte, ¡oh, voluptuosa hechicera!
        Los diversos atractivos que engalanan tu juventud;
        Pintar quiero tu belleza,
        Donde la infancia se alía con la madurez.

        Cuando barres el aire con tus faldas amplias,
        Produces el efecto de un hermoso navío haciéndose a la mar,
        Desplegado el velamen, y que va rolando
        Siguiendo un ritmo dulce, y perezoso, y lento.

        Sobre tu cuello largo y torneado, sobre tus hombros opulentos,
        Tu cabeza se pavonea con extrañas gracias;
        Con un aire plácido y triunfal
        Atraviesas tu camino, majestuosa criatura.

        Yo te quiero relatar, ¡oh, voluptuosa hechicera!
        Los diversos atractivos que engalanan tu juventud;
        Pintarte quiero tu belleza,
        Donde la infancia se alía a la madurez.

        Tu pecho que se adelanta y que realza el muaré,
        Tu seno triunfante es una bella armadura
        Cuyos paneles combados y claros
        Como los escudos atajan los dardos;

        ¡Escudos provocadores, armados de puntas rosadas!
        Armario de dulces secretos, lleno de buenas cosas,
        De vinos, perfumes, licores
        ¡Que harían delirar los cerebros y los corazones!

        Cuando vas barriendo el aire con tu falda amplia,
        Produces el efecto de un hermoso navío haciéndose a la mar,
        Desplegado el velamen, y que va rolando
        Siguiendo un ritmo dulce, y perezoso, y lento.

        Tus nobles piernas, bajo los volados que ellas impulsan,
        Atormentan los deseos oscuros, y los acucian,
        Como dos hechiceros que hacen
        Girar un filtro negro en un vaso profundo.

        Tus brazos, que se burlarían de precoces Hércules,
        Son de las boas relucientes los sólidos émulos,
        Hechos para estrechar obstinadamente,
        Como para estampar en tu corazón, tu amante.

        Sobre tu cuello largo y torneado, sobre tus hombros opulentos,
        Tu cabeza se pavonea con extrañas gracias;
        Con un aire plácido y triunfal
        Atraviesas tu camino, majestuosa criatura.
      Arriba

      Las flores del mal. 53. La invitación al viaje
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        Mi niña, mi hermana,
        ¡Piensa en la dulzura
        De vivir allá juntos!
        Amar libremente,
        ¡Amar y morir
        En el país que a ti se parece!
        Los soles llorosos
        De esos cielos encapotados
        Para mi espíritu tienen la seducción
        Tan misteriosa
        De tus traicioneros ojos,
        Brillando a través de sus lágrimas.

        Allá, todo es orden y belleza,
        Lujo, calma y voluptuosidad.

        Muebles relucientes,
        Pulidos por los años,
        Decorarían nuestra alcoba;
        Las más raras flores
        Mezclando sus olores
        Al vago aroma del ámbar
        Los ricos artesonados,
        Los espejos profundos,
        El esplendor oriental,
        Todo allí hablaría
        Al alma en secreto
        Su dulce lengua natal.

        Allá, todo es orden y belleza,
        Lujo, calma y voluptuosidad.

        Mira en esos canales
        Dormir los barcos
        Cuyo humor es vagabundo;
        Es para saciar
        Tu menor deseo
        Que vienen desde el cabo del mundo.
        —Los soles en el ocaso
        Recubren los campos,
        Los canales, la ciudad entera,
        De jacinto y de oro;
        El mundo se adormece
        En una cálida luz

        Allá, todo es orden y belleza,
        Lujo, calma y voluptuosidad.
      Arriba

      Las flores del mal. 54. Lo irreparable
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        ¿Podemos ahogar el viejo, el prolongado Remordimiento,
        Que vive, se agita y se retuerce,
        Y se nutre de nosotros como el gusano de los muertos,
        Como de la encina la oruga?
        ¿Podernos ahogar el implacable Remordimiento?

        ¿En qué filtro filtro, en qué vino, en qué tisana,
        Ahogaremos este viejo enemigo,
        Paciente como la hormiga?
        Destructor y goloso como la cortesana,
        ¿En qué filtro? —¿En qué vino?— ¿en qué tisana?

        Dilo, bella hechicera, ¡oh! di, si tú lo sabes,
        A este espíritu colmado de angustia
        Y semejante al moribundo que aplastan los heridos,
        Que el casco del caballo holla,
        Dilo, bella hechicera, ¡oh! di, si tú lo sabes,

        A este agonizante que el lobo ya olfatea
        Y que atisba el cuervo,
        ¡A este soldado fatigado! si es preciso que desespere
        De tener su cruz y su tumba;
        ¡Este pobre agonizante que el lobo ya olfatea!

        ¿Podemos iluminar un cielo cenagoso y negro?
        ¿Podemos desgarrar las tinieblas
        Más densas que la paz, sin mañana y sin noche,
        Sin astros, sin relámpagos fúnebres?
        ¿Podemos iluminar un cielo cenagoso y negro?

        La Esperanza que brillaba en las ventanas del Albergue
        Se apagó, ¡ha muerto para siempre!
        Sin luna y sin destellos, ¿dónde encontrarán albergue
        Los mártires de un camino malo?
        ¡El Diablo ha apagado todo en las ventanas del Albergue!

        Adorable hechicera, ¿amas los condenados?
        Di, ¿conoces lo irremisible?
        ¿Conoces el Remordimiento, el de los rasgos envenenados,
        Para el que nuestro corazón sirve de blanco?
        Adorable hechicera, ¿amas los condenados?

        Lo Irreparable roe con su diente maldito
        Nuestra alma, lastimoso monumento,
        Y con frecuencia ataca, como la termita,
        Por la base el edificio.
        ¡Lo Irreparable roe con su diente maldito!

        —Yo he visto algunas veces, en el foro de un escenario trivial
        Que inflamaba la orquesta sonora,
        Un hada encender en un cielo infernal
        Una milagrosa aurora;
        Y yo he visto algunas veces, en el foro de un escenario trivial
        Un ser que sólo siendo luz, oro y gasa,
        Derribar al enorme Satán;
        Pero mi corazón, al que jamás visita el éxtasis,
        ¡Es un escenario donde se aguarda
        Siempre, siempre en vano, el Ser de las alas de gasa!
      Arriba

      Las flores del mal. 55. Plática
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        ¡Eres un hermoso cielo de otoño, claro y rosado!
        Pero la tristeza en mí sube como el mar,
        Y deja, al refluir, sobre mi labio moroso
        El recuerdo penetrante de su limo amargo.

        —Tu mano se desliza en vano sobre mi pecho que se pasma;
        Lo que ella busca, amiga, es un lugar saqueado
        Por la garra y el diente feroz de la mujer.
        No busques más mi corazón; las bestias lo han devorado.

        Mi corazón es un palacio mancillado por el tumulto;
        ¡En él se embriagan, se matan, se arrancan los cabellos!
        —¡Un perfume flota alrededor de tu garganta desnuda!...

        ¡Oh, Belleza, duro flagelo de las almas, tú lo quieres!
        ¡Con tus ojos de fuego, brillante como orgías!,
        ¡Calcinas estos jirones que han desdeñado las bestias!
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      Las flores del mal. 56. Canto de otoño
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        I

        Pronto nos hundiremos en las frías tinieblas;
        ¡Adiós, viva claridad de nuestros menguados estíos!
        Escucho ya caer con resonancias fúnebres
        La leña retumbante sobre el empedrado de los patios.

        Todo el invierno va a penetrar en mí ser: cólera,
        Odio, estremecimientos, horror, trabajo duro y forzado,
        Y, como el sol en su infierno polar,
        Mi corazón no será más que un bloque rojo y helado.

        Escucho temblando cada leño que cae;
        El patíbulo que erigen no tiene eco más sordo.
        Mi espíritu se asemeja a la torre que sucumbe
        Bajo la arremetida del ariete infatigable y pesado.

        Me parece que, mecido por este chocar monótono,
        Clavarán con gran prisa en alguna parte un ataúd,
        ¿Para quién? —Ayer era verano; ¡he aquí el otoño!
        Este ruido misterioso repercute como un adiós.

        II

        De tu lánguida mirada amo la luz verdosa,
        Dulce beldad; pero hoy todo me es amargo,
        Y nada, ni tu amor, ni tu alcoba, ni el hogar,
        Valen para mí lo que el sol radiante sobre el mar.

        Y sin embargo, ámame, ¡corazón tierno! sé maternal
        Hasta para un ingrato, aún para un perverso;
        Amante o hermana, sé la dulzura efímera
        De un glorioso otoño o de un sol poniente.

        ¡Breve tarea! La tumba aguarda; ¡Está ávida!
        ¡Ah! Déjame, mi frente posada sobre tus rodillas,
        gustar, añorando el estío blanco y tórrido,
        Del otoño el destello amarillo y dulce!
      Arriba

      Las flores del mal. 57. A una Madona
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        Yo quiero erigir para ti, Madona, mi amante,
        Un altar subterráneo en el fondo de mi angustia,
        Y cavar en el rincón más negro de mi corazón,
        Lejos del deseo mundanal y de la mirada burlona,
        Un nicho de azur y de oro todo esmaltado,
        Donde tú te erigirás, Estatua maravillosa.
        Con mis Versos pulidos, enmallados por un puro metal
        Sabiamente constelado de rimas de cristal,
        Yo haré para tu cabeza una enorme Corona;
        Y de mis Celos, oh Mortal Madona,
        Yo sabré cortarte un Manto, de manera
        Bárbara, tieso y pesado, y forrado de sospechas,
        Que, como una garita, encerrará tus encantos;
        No de Perlas bordado, ¡sino de todas mis Lágrimas!
        Tu Ropa, será mi deseo, trémulo,
        Ondulante, mi Deseo que sube y que desciende,
        En las cimas meciéndose, en los valles reposando,
        Y reviste con un beso todo tu cuerpo blanco y rosado.
        Yo te haré de mi Respeto, hermosos Escarpines
        De raso, para tus pies Divinos humillados,
        Que, aprisionándolos en un muelle abrazo,
        Cual un molde fiel conservarán la impronta.
        Si yo no puedo, malgrado todo mi arte diligente,
        Por Peana tallar una Pluma de plata,
        Pondré la Serpiente que me muerde las entrañas
        Bajo tus talones, a fin de que tú pises y te mofes,
        Reina victoriosa y fecunda en redenciones,
        Este monstruo hinchado de odio y de salivazos.
        Tú verás mis Pensamientos, alineados como los Cirios
        Ante el altar florido de la Reina de las Vírgenes,
        Estrellando el cielorraso pintado de azul,
        Mirándote siempre con ojos de fuego;
        Y como todo en mí te quiere y te admira,
        Todo se hará Benjuí, Incienso, Olíbano, Mirra,
        Y sin cesar hacia ti, cumbre blanca y nevada,
        En Vapores ascenderá mi Espíritu tempestuoso.
        Finalmente, para completar tu papel de María,
        Y para mezclar el amor con la barbarie,
        ¡Negra Voluptuosidad! de los siete Pecados capitales,
        Verdugo lleno de remordimientos, yo haré siete Puñales
        Bien afilados, y, como un juglar insensible,
        Tomando lo más profundo de tu amor por blanco,
        ¡Yo los plantaré a todos en tu Corazón jadeante,
        En tu Corazón sollozante, en tu Corazón sangrante!
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      Las flores del mal. 58. Canción de la tarde
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        Aunque tus cejas malas
        Te infunden un aire extraño
        Que no es digno de un ángel,
        Hechicera de los ojos atrayentes,

        ¡Yo te adoro!, ¡oh, mi frívola,
        Mi terrible pasión!
        Con la devoción
        del sacerdote por su ídolo.

        El desierto y la floresta
        Embalsaman tus trenzas rústicas.
        Tu cabeza tiene las actitudes
        Del enigma y del secreto.

        Sobre tu carne el perfume vaga
        Como alrededor del incensario;
        Tú encantas como la noche,
        Ninfa tenebrosa y cálida.

        ¡Ah! los filtros más fuertes
        Nada valen para tu pereza,
        ¡Y tú conoces la caricia
        Que hace revivir a los muertos!

        Tus caderas están enamoradas
        De tus hombros y de tus senos,
        Y tú enardeces los cojines
        Con tus actitudes lánguidas.

        Algunas veces, para aplacar
        Tu rabia misteriosa,
        Tú prodigas, seria,
        La mordedura y el beso;

        Tú me desgarras, mi morena,
        Con una risa burlona,
        Y luego pones sobre mi corazón
        Tu mirada suave como la luna.

        Bajo tus escarpines de satín,
        Bajo tus encantadores pies de seda,
        Yo, yo deposito mi inmensa alegría,
        Mi genio y mi destino,

        Mi alma por ti curada,
        ¡Por ti, luz y color!
        Explosión de calor
        ¡En mi negra Siberia!
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      Las flores del mal. 59. Sisina
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        ¡Imaginaos a Diana en galante cabalgata,
        Recorriendo los bosques o batiendo los zarzales,
        Cabellos y pecho al viento, embriagándose de ruido,
        Soberbia y desafiando a los mejores jinetes!

        ¿Has visto a Turingia, amante de la carnicería,
        Incitando al asalto a un pueblo descalzo,
        Las mejillas y la mirada ardientes, encarnando su personaje,
        Y trepando, sable en mano, las reales escaleras?

        ¡Tal la Sisina! Pero, la dulce guerrera
        Tiene el alma tan caritativa como asesina;
        Su coraje, enloquecido de pólvora y de tambores,

        Ante los suplicantes sabe abatir las armas,
        Y su corazón, azotado por la llama, tiene siempre,
        Para el que se muestra digno, un receptáculo de lágrimas.
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      Las flores del mal. 60. Franciscae Meae Laudes
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        Novis te cantabo chordis,
        O novelletum quod ludís
        In solitudine cordis.

        Esto sertis implicata,
        O femina delicata,
        Per quam solvuntur peccata!

        Sicut beneficum Lethe,
        Hauriam oscula de te,
        Quae imbuta es magnete.

        Quum vitiorum tempestas
        Turbabat omnes semitas,
        Apparuisti, deitas,

        Velut stella salutaris
        In naufragiis amaris...
        Suspendam cor tuis aris!

        Piscina plena virtutis,
        Fons aeternae juventutis,
        Labris vocem redde mutis!

        Quod erat spurcum, cremasti;
        Quod rudius, exaequasti;
        Quod debile, confirmasti!

        In fame mea taberna,
        In nocte mea lucerna,
        Recte me semper guberna.

        Adde nunc vires viribus,
        Dulce balneum suavibus
        Unguentatum odoribus!

        Meos circa lumbos mica,
        O castitatis lorica,
        Aqua tincta seraphica;

        Patera gemmis corusca,
        Pañis salsus, mollis esca,
        Divinum vinum, Francisca!
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      A una dama criolla
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        En el país perfumado que el sol acaricia,
        Yo he conocido, bajo un dosel de árboles empurpurados
        Y palmeras de las que llueve sobre los ojos la pereza,
        A una dama criolla de encantos ignorados.

        Su tez es pálida; la morena encantadora
        Tiene en el cuello un noble amaneramiento;
        Alta y esbelta, al marchar como una cazadora,
        Su sonrisa es tranquila y sus ojos arrogantes.

        Si fueras, Señora, al verdadero país de la gloria,
        Sobre las riberas del Sena o del verde Loire,
        Beldad digna de ornar las antiguas moradas,

        Harías, en el recogimiento umbríos refugios,
        Germinar mil sonetos en los corazones de los poetas
        Que tus grandes ojos someterían más esclavos que tus negros.
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      Moesta et errabunda
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        Dime, ¿a veces, tu corazón no vuela, Ágata,
        Lejos del negro océano de la inmunda ciudad,
        Hacia otro océano donde el resplandor estalla,
        Azul, claro, profundo, como la virginidad?
        Dime, ¿a veces, tu corazón no vuela, Ágata?

        ¡La mar, la mar inmensa, consuela nuestros desvelos!
        ¿Qué demonio ha dotado a la mar, ronca cantante
        Que acompaña el inmenso órgano de los vientos gruñidores,
        De esta función sublime de canción de cuna?
        ¡La mar, la mar inmensa, consuela nuestros desvelos!

        ¡Llévame, vagón! ¡Llévame, fragata!
        ¡Lejos! ¡lejos! ¡aquí el lodo formado está por nuestras lágrimas!
        —¿Es verdad que, a veces, el triste corazón de Ágata
        Dice: "Lejos de los remordimientos, de los crímenes, de los dolores,
        Llévame, vagón; llévame, fragata"?

        ¡Cuan lejos estás, paraíso perfumado!
        Donde bajo un claro azur todo no es más que amor y alegría,
        Donde lo que se ama es digno de ser amado,
        ¡Dónde, en la voluptuosidad pura el corazón se ahoga!
        ¡Cuan lejos estás, paraíso perfumado!

        Pero, el verde paraíso de los amores infantiles,
        Las carreras, las canciones, los besos, los ramilletes,
        Los violines vibrando detrás de las colinas,
        Con los jarros de vino, de noche, entre las frondas,
        —Pero, el verde paraíso de los amores infantiles,

        El inocente paraíso, lleno de placeres furtivos,
        ¿Está más lejos que la India y que la China?
        ¿Podemos recordarlo con gritos lastimeros
        Y animar aún con una voz argentina,
        El inocente paraíso lleno de placeres furtivos?
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      El espectro
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        Como los ángeles, con ojo furtivo,
        Yo volveré a tu alcoba
        Y hasta ti me deslizaré sin ruido
        Entre las sombras de la noche;

        Y te daré, mi morena,
        Besos fríos como la luna
        Y caricias de serpiente
        Alrededor de una fosa rampante.

        Cuando llegue la mañana lívida,
        Tú encontrarás mi lugar vacío,
        En el que hasta en la noche hará frío.

        Como otros para la ternura,
        Sobre tu vida y sobre tu juventud,
        Yo, yo quiero reinar por el terror.
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      Soneto otoñal
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        Ellos me dicen, tus ojos, claros como el cristal:
        "Para ti, caprichoso amante, ¿Cuál es, pues, mi mérito?"
        —¡Eres encantador, y callas! Mi corazón, que todo irrita,
        Excepto el candor del antiguo animal,

        No quiere mostrarte su secreto infernal,
        Mecedora cuya mano a largos sueños me invita,
        Ni su negra leyenda con el fuego escrita.
        ¡Yo odio la pasión y el espíritu me hace mal!

        Amémonos dulcemente. El amor en su guarida,
        Tenebroso, emboscado, tiende su arco fatal.
        Yo conozco los artilugios de su viejo arsenal:

        ¡Crimen, horror y locura! — ¡Oh, pálida margarita!
        Como yo, ¿no eres tú un sol otoñal,
        Oh, mi blanquísima, oh, mi frigidísima Margarita?
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      Tristezas de la Luna
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        Esta noche, la luna sueña con más pereza;
        Tal como una beldad, sobre numerosos cojines,
        Que con mano distraída y leve acaricia
        Antes de dormirse, el contorno de sus senos,

        Sobre el dorso satinado de las muelles eminencias,
        Desfalleciente, ella se entrega a largos espasmos,
        Y pasea sus miradas sobre las imágenes blancas
        Que trepan hasta el azur como floraciones.

        Cuando, a veces, sobre este globo, en su languidez ociosa,
        Ella deja escapar una lágrima furtiva,
        Un poeta piadoso, enemigo del sueño,

        En la cavidad de su mano coge esta lágrima pálida,
        Con reflejos irisados, como un fragmento de ópalo,
        Y la coloca en su corazón lejos de las miradas del sol.
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      Los gatos
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        Los amantes fervorosos y los sabios austeros
        Gustan por igual, en su madurez,
        De los gatos fuertes y dulces, orgullo de la casa,
        Que como ellos son friolentos y como ellos sedentarios.

        Amigos de la ciencia y de la voluptuosidad,
        Buscan él silencio y el horror de las tinieblas;
        El Erebo se hubiera apoderado de ellos para sus correrías fúnebres,
        Si hubieran podido ante la esclavitud inclinar su arrogancia.

        Adoptan al soñar las nobles actitudes
        De las grandes esfinges tendidas en el fondo de las soledades,
        Que parecen dormirse en un sueño sin fin;

        Sus grupas fecundas están llenas de chispas mágicas,
        Y fragmentos de oro, cual arenas finas,
        Chispean vagamente en sus místicas pupilas.
      Arriba

      Los buhos
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        Bajo los techos negros que los abrigan,
        Los búhos se mantienen alineados,
        Como dioses extraños,
        Clavando su mirada roja. Meditan.

        Sin moverse se mantendrán
        Hasta la hora melancólica
        En que, empujando el sol oblicuo,
        Las tinieblas se establezcan.

        Su actitud, por sabia, enseña
        Que es preciso en este mundo que tema
        El tumulto y el movimiento;

        El hombre embriagado por la sombra que pasa
        Lleva siempre el castigo
        De haber querido cambiar de sitio.
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      La pipa
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        Yo soy la pipa de un autor;
        Se comprueba, al contemplar mi rostro
        De abisinio o de cafre,
        Que mi dueño es un gran fumador.

        Cuando está colmado de dolor,
        Yo humeo como la casucha
        Donde se prepara la comida
        Para el regreso del labrador.

        Yo envuelvo y arrullo su alma
        En la red móvil y azul
        Que asciende de mi boca encendida,

        Y envuelvo un poderoso dictamen
        Que encanta su corazón y cura
        De fatigas a su espíritu.
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      La música
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        ¡La música frecuentemente me coge como un mar!
        Hacia mi pálida estrella,
        Bajo un techado de brumas o en la vastedad etérea,
        Yo me hago a la vela;

        El pecho saliente y los pulmones hinchados
        Como velamen,
        Yo trepo al lomo de las olas amontonadas
        Que la noche me vela;

        Siento vibrar en mí todas las pasiones
        De un navío que sufre;
        El buen viento, la tempestad y sus convulsiones

        Sobre el inmenso abismo
        Me mecen. ¡Otras veces, calma chicha, gran espejo
        De mi desesperación!
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      Sepultura
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        Si en una noche pesada y sombría
        Un buen cristiano, por caridad,
        Detrás de unos viejos escombros
        Entierra vuestro cuerpo alabado,

        A la hora en que las castas estrellas
        Cierran sus ojos abrumados,
        La araña en ellos hará sus telas,
        Y la víbora sus crías;

        Escucharéis durante todo el año
        sobre vuestra cabeza condenada
        Los aullidos lamentables de los lobos

        Y de las brujas famélicas,
        El retozar de los viejos lúbricos.
        Y las conspiraciones de los negros rateros.
      Arriba

      Un grabado fantástico
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        Este espectro singular no tiene otro aderezo,
        Grotescamente plantado sobre su frente de esqueleto,
        Que una diadema horrible y carnavalesca.
        Sin espuelas, sin fusta, acosa un caballo,
        Fantasma como él, rocín apocalíptico,
        Que babea por el belfo como un epiléptico.
        A través del espacio se precipitan juntos,
        Y hollan el infinito con un casco atrevido.
        El jinete pasea su sable que flamea
        Sobre las multitudes innumeras que su montura tritura,
        Y recorre, cual un príncipe inspeccionando su palacio,
        El cementerio inmenso y frío, sin horizonte,
        En el que yacen, bajo la luz de un sol blanco y opaco,
        Los pueblos de la historia antigua y moderna.
      Arriba

      El muerto alegre
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        En una tierra crasa y llena de caracoles
        Yo mismo quiero cavar una fosa profunda,
        Donde pueda holgadamente tender mis viejos huesos
        Y dormir en el olvido como un tiburón en la onda.

        Yo odio los testamentos y yo odio las tumbas;
        Antes que implorar una lágrima del mundo
        Viviente, preferiría invitar a los cuervos
        A sangrar todas las puntas de mi osamenta inmunda.

        ¡Oh, gusanos! negros compañeros sin orejas y sin ojos,
        Ved cómo hasta vosotros llega un muerto libre y alegre;
        Filosóficos vividores, hijos de la podredumbre,

        A través de mi ruina pasad sin remordimientos,
        Y decidme si hay aún alguna tortura
        Para este viejo cuerpo sin alma ¡y muerto entre los muertos!
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      El tonel del odio
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        El Odio es el tonel de las pálidas Danaides;
        La Venganza consternada con brazos rojos y fuertes
        Se ha complacido en precipitar en sus tinieblas vacías
        Grandes cubos colmados de sangre y de lágrimas de los muertos,

        El Demonio hace hoyos secretos en esos abismos,
        Por donde huirían mil años de sudores y esfuerzos,
        Aunque ella lograra reanimar sus víctimas,
        Y para oprimirlas resucitar sus cuerpos.

        El Odio es un beodo en el fondo de una taberna,
        Que siente siempre la sed nacer del licor
        Y multiplicarse como la hidra de Lerna.

        —Mas los bebedores felices conocen a su vencedor,
        Y el Odio es consagrado a la suerte lamentable
        De no poder jamás dormirse bajo la mesa.
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      La campana rajada
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        Es amargo y dulce, durante las noches de invierno,
        Escuchar, cabe, el fuego que palpita y humea,
        Los recuerdos lejanos lentamente elevarse
        Al ruido de los carrillones que cantan en la bruma.

        Bienaventurada la campana de garganta vigorosa
        Que, malgrado su vejez, alerta y saludable,
        Arroja fielmente su grito religioso,
        ¡Tal como un veterano velando bajo la tienda!

        Yo, tengo el alma rajada, y cuando en su tedio
        Ella quiere de sus canciones poblar el frío de las noches,
        Ocurre con frecuencia que su voz debilitada

        Parece el rudo estertor de un herido olvidado
        Al borde de un lago de sangre, bajo un montón de muertos,
        Y que muere, sin moverse, entre inmensos esfuerzos.
      Arriba

      Spleen
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        Pluvioso, irritado contra la ciudad entera,
        De su urna, en grandes oleadas vierte un frío tenebroso
        Sobre los pálidos habitantes del vecino cementerio
        Y la mortandad sobre los arrabales brumosos.

        Mi gato sobre el ladrillo buscando una litera
        Agita sin reposo su cuerpo flaco y sarnoso;
        El alma de un viejo poeta vaga en la gotera
        Con la triste voz de un fantasma friolento.

        El bordón se lamenta, y el leño ahumado
        Acompaña en falsete al péndulo acatarrado,
        Mientras que en un mazo de naipes lleno de sucios olores,

        Herencia fatal de una vieja hidrópica,
        El hermoso valet de coeur y la dama de pique
        Charlan siniestramente de sus amores difuntos.
      Arriba

      Spleen
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        Yo tengo más recuerdos que si tuviera mil años.

        Un gran mueble de cajones atiborrado de facturas,
        De versos, de dulces esquelas, de procesos, de romances,
        Con abundantes cabellos enredados en recibos,
        Oculta menos secretos que mi triste cerebro.
        Es una pirámide, una inmensa cueva,
        Que contiene más muertos que la fosa común.
        —Yo soy un cementerio aborrecido de la luna,
        Donde, como remordimientos, se arrastran largos gusanos
        Que se encarnizan siempre sobre mis muertos más queridos.
        Yo soy un viejo gabinete lleno de rosas marchitas,
        Donde yace toda una maraña de modas anticuadas,
        Donde los pasteles plañideros y los pálidos Boucher,
        Solos, exhalan el olor de un frasco destapado.

        Nada iguala en longitud a las cojas jornadas,
        Cuando bajo los pesados flecos de las nevadas épocas
        El hastío, fruto de la melancólica incuria,
        Adquiere las proporciones de la inmortalidad.
        —Desde ya tú no eres más, ¡oh, materia viviente!
        Que una peña rodeada de un vago espanto,
        Adormecida en el fondo de un Sahara brumoso;
        Una vieja esfinge ignorada del mundo indiferente,
        Olvidada sobre el mapa, y cuyo humor huraño
        No canta más que a los rayos del sol poniente.
      Arriba

      Spleen
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        Yo soy como el rey de un país lluvioso,
        Rico, pero impotente, joven y no obstante antiquísimo,
        Que, de sus preceptores despreciando las reverencias,
        Se hastía con sus perros como con otras bestias.
        Nada puede distraerle, ni caza, ni halcón,
        Ni su pueblo muriendo ante su balcón.
        Del bufón favorito la grotesca balada
        No distrae más la frente de este cruel enfermo;
        Su lecho flordelisado se transforma en tumba,
        Y las azafatas, para las que todo príncipe es bello,
        No saben más encontrar el impúdico tocado
        Para arrancar una sonrisa a este joven esqueleto.
        El sabio que le hace el oro jamás ha podido
        De su ser extirpar el elemento corrompido,
        Y en esos baños de sangre que de los romanos proceden,
        Y de los que de sus lejanos días los poderosos se recuerdan,
        No ha sabido recalentar este cadáver alelado
        Por el que corre, en lugar de sangre, el agua verde del Leteo.
      Arriba

      Spleen
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        Cuando el cielo bajo y pesado como tapadera
        Sobre el espíritu gemebundo presa de prolongados tedios,
        Y del horizonte, abarcando todo el círculo,
        Nos vierte un día negro más triste que las noches;

        Cuando la tierra se cambia en un calabozo húmedo,
        Donde la Esperanza, como un murciélago,
        Se marcha batiendo los muros con su ala tímida
        Y golpeándose la cabeza en los cielorrasos podridos;

        Cuando la lluvia, desplegando sus enormes regueros
        De una inmensa prisión imita los barrotes,
        Y una multitud muda de infames arañas
        Acude para tender sus redes en el fondo de nuestros cerebros,

        Las campanas, de pronto, saltan enfurecidas
        Y lanzan hacia el cielo su horrible aullido,
        Cual espíritus errabundos y sin patria
        Poniéndose a gemir porfiadamente.

        —Y largos cortejos fúnebres, sin tambores ni música,
        Desfilan lentamente por mi alma; la Esperanza
        Vencida, llora, y la Angustia atroz, despótica,
        Sobre mi cráneo prosternado planta su bandera negra.
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      Obsesión
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        Grandes bosques, me espantáis como catedrales;
        Aulláis como el órgano; y en nuestros corazones malditos,
        Estancias de eterno duelo donde vibran viejos estertores,
        Responden a los ecos de vuestros De profundis.

        ¡Yo te odio, Océano! tus saltos y tus tumultos,
        Mi espíritu en él los recobra. Esta risa amarga
        Del hombre vencido, lleno de sollozos y de insultos,
        Yo la escucho en la risa enorme del mar.

        ¡Cómo me agradarías, oh noche! ¡Sin estas estrellas
        Cuya luz habla un lenguaje conocido!
        ¡Porque yo busco el vacío, y el negro, y el desnudo!

        Pero, las tinieblas son ellas mismas las telas
        donde viven, brotando de mis ojos por millares,
        Los seres desaparecidos de las miradas familiares.
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      El gusto de la nada
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        Melancólico espíritu, en otros tiempos enamorado de la lucha,
        La Esperanza, cuya espuela acuciaba tu ardor,
        ¡No quiere más montarte! Acuéstate sin pudor,
        Viejo caballo cuyos cascos en cada obstáculo chocan.

        Resígnate, corazón mío; duerme tu sueño de bruto.

        Espíritu vencido, ¡despeado! Para ti, viejo merodeador,
        El amor no tiene más gusto, no más que la disputa,
        ¡Adiós, pues, cantos del cobre y suspiros de la flauta!
        ¡Placeres, no tentéis más un corazón sombrío y embustero!

        ¡La Primavera adorable ha perdido su perfume!

        Y el Tiempo me engulle minuto tras minuto,
        Como la nieve inmensa un cuerpo ya tieso;
        Yo contemplo desde lo alto el globo en su redondez
        Y no busco más el abrigo de una choza.

        Avalancha, ¿quieres arrastrarme en tu caída?
      Arriba

      Alquimia del dolor
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        El Uno te ilumina con su ardor,
        El otro en ti te pone su duelo, ¡Natura!
        El que dice a uno: ¡Sepultura!
        Dice al otro: ¡Vida y esplendor!

        Hermes desconocido que me asistes
        Y que siempre me intimidas,
        Tú me haces al igual de Midas,
        El más triste de los alquimistas;

        Por ti yo cambio el oro en hierro
        Y el paraíso en infierno;
        En el sudario de las nubes

        Descubro un cadáver querido,
        Y sobre las celestes riberas
        Levanto grandes sarcófagos.
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      Horror simpático
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        De este cielo extravagante y lívido,
        Atormentado como tu destino,
        ¿Qué pensamientos en tu alma vacía
        Descienden? Responde, libertino.

        —Insaciablemente, ávido
        De lo oscuro y lo incierto,
        Yo no gemiré como Ovidio
        Arrojado del paraíso latino.

        Cielos desgarrados como arenales
        En vosotros se contempla mi orgullo;
        Vuestras amplias nubes enlutadas

        Son los carros fúnebres de mis sueños,
        Y vuestros fulgores son el reflejo
        Del Infierno donde mi corazón se complace.
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      El Heotontimorumenos
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        Para J.G.F.

        Yo te golpearé sin cólera
        Y sin odio, como un leñador,
        ¡Como Moisés la roca!
        Y haré de tus párpados,

        Para abrevar mi Sahara,
        Brotar las aguas del sufrimiento.
        Mi deseo preñado de esperanza
        Sobre tus lágrimas saladas flotará

        Como un navío que zarpa,
        Y en mi corazón que embriagarán
        ¡Tus queridos sollozos resonarán
        Como un tambor que bate a la carga!

        ¿No soy yo un falso acorde
        En la divina sinfonía,
        Gracias a la voraz Ironía
        Que me sacude y me muerde?

        ¡Ella está en mi garganta, la grita!
        ¡Es toda mi sangre, este veneno negro!
        ¡Yo soy el siniestro espejo
        Donde la furia se contempla!

        ¡Yo soy la herida y el cuchillo!
        ¡Yo soy la bofetada y la mejilla!
        ¡Yo soy los miembros y la rueda,
        Y la víctima y el verdugo!

        Yo soy de mí corazón el vampiro,
        —Uno de esos grandes abandonados
        A la risa eterna condenados,
        ¡Y que no pueden más sonreír!
      Arriba

      Lo irremediable
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        I

        Una Idea, una Forma, un Ser
        Surgido del azur y caído
        En una Estigia cenagosa y plomiza
        Donde ninguna mirada del Cielo penetra;

        Un Ángel, imprudente viajero
        Que ha tentado el amor de lo informe,
        En el fondo de una pesadilla enorme
        Debatiéndose como un nadador,

        Y luchando, ¡angustias fúnebres!
        Contra un gigantesco remolino
        Que va cantando como los locos
        Y pirueteando en las tinieblas;

        Un desdichado hechizado
        En sus tanteos fútiles,
        Para huir de un lugar lleno de reptiles,
        Buscando la luz y la clave;

        Un condenado descendiendo sin lámpara
        Al borde de un abismo cuyo olor
        Traiciona la húmeda profundidad,
        De eternas escaleras sin peldaños,

        Donde velan monstruos viscosos
        Cuyos enormes ojos fosforescentes
        Hacen una noche más negra todavía
        Dejándoles visibles sólo a ellos;

        Un navío apresado en el polo,
        Como en una trampa de cristal,
        Buscando por qué estrecho fatal
        Ha caído en aquel calabozo;

        —Emblemas nítidos, cuadro perfecto
        De una fortuna irremediable,
        ¡Qué hace pensar que el Diablo
        Realiza siempre bien cuanto él hace!

        II

        ¡Coloquio sombrío y límpido
        De un corazón convertido en su espejo!
        Pozo de la Verdad, claro y negro,
        Donde tiembla una estrella lívida,

        Un faro irónico, infernal,
        Antorcha de gracias satánicas,
        Consuelo y gloria únicos,
        —¡La conciencia en el Mal!
      Arriba

      El reloj
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        ¡Reloj! ¡Divinidad siniestra, horrible, impasible,
        Cuyo dedo nos amenaza y nos dice: ¡Recuerda!
        Los vibrantes Dolores en tu corazón lleno de terror
        Se plantarán pronto como en un blanco;

        El Placer vaporoso huirá hacia el horizonte
        Tal como una sílfide hacia el fondo del pasillo;
        Cada instante te devora un trozo de la delicia
        Acordada a cada hombre para toda su estancia.

        Tres mil seiscientas veces por hora, el Segundero
        Murmura: ¡Recuerda! —Rápido, con su voz
        De insecto, Ahora dice: ¡Yo soy Antaño,
        Y yo he bombeado tu vida con mi trompa inmunda!

        ¡Remember! ¡Recuerda! pródigo Esto memorl
        (Mi garganta de metal habla todas las lenguas.)
        ¡Los minutos, muerte juguetona, son gangas
        Que no hay que dejar sin extraer el oro!

        ¡Recuerda! que el Tiempo es un jugador ávido
        Que gana sin trampear, ¡en todo golpe! es la ley.
        El día declina; la noche aumenta: ¡recuerda!
        El abismo tiene siempre sed; la clepsidra se vacía.

        Luego sonará la hora en que el Divino Azar,
        Donde la augusta Virtud, tu esposa todavía virgen,
        Donde el Arrepentimiento mismo (¡oh, el postrer refugio!)
        Donde todo te dirá: ¡Muere, viejo flojo! ¡es muy tarde!"
      Arriba

      Paisaje
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        Yo quiero, para componer castamente mis églogas,
        Acostarme cerca del cielo, como los astrólogos,
        Y vecino de los campanarios, escuchar soñando
        Sus himnos solemnes arrastrados por el viento.
        Las dos manos bajo el mentón, desde lo alto de la bohardilla,

        Yo veré el taller que canta y que charla;
        Las chimeneas, los campanarios, esos mástiles de la cité,
        Y los amplios cielos que hacen soñar con la eternidad.

        Es grato, a través de las brumas, ver nacer
        Las estrellas en el azur, la lámpara en la ventana,
        Los vahos del carbón trepar al firmamento
        Y la luna volcar su pálido encantamiento.
        Yo veré las primaveras, los estíos, los otoños,
        Y cuando llegue el invierno de las nieves monótonas,
        Cerraré por todas partes portezuelas y postigos
        Para edificar en la noche mis feéricos palacios.
        Entonces soñaré con horizontes azulados,
        Jardines, surtidores llevando en los alabastros,
        Besos, pájaros cantando noche y día,
        Y todo cuanto el Idilio tiene de más infantil.
        El Motín, atronando vanamente en mi ventana,
        No hará levantar mi frente de mi pupitre;
        Porque estaré sumergido en esta voluptuosidad
        De evocar la Primavera con mi voluntad,
        Extraer un sol de mi corazón, y hacer
        De mis pensamientos ardientes una tibia atmósfera.
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      El sol
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        A lo largo del viejo suburbio, donde penden en las casuchas
        Las persianas, abrigo de secretas lujurias,
        Cuando el sol cruel cae con trazos redoblados
        Sobre la ciudad y los campos, sobre los techos y los trigales,
        Yo acudo a ejercitarme solo en mi fantástica esgrima,
        Husmeando en todos los rincones las sorpresas de la rima.
        Tropezando sobre las palabras como sobre los adoquines.
        Chocando a veces con versos hace tiempo soñados.

        Este padre nutricio, enemigo de las clorosis,
        Despierta en los campos los versos como las rosas;
        Hace evaporarse las preocupaciones hacia el cielo,
        Y colma los cerebros y las colmenas de miel.
        Es él quien rejuvenece a los que empuñan muletas
        Y los torna alegres y dulces como muchachas jóvenes,
        Y ordena a los sembrados crecer y madurar
        ¡En el corazón inmortal que siempre quiere florecer!

        Cuando, igual que un poeta, desciende en las ciudades,
        Ennoblece el destino de las cosas más viles,
        Introduciéndose cual rey, sin ruido y sin lacayos,
        En todos los hospitales y en todos los palacios.
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      A una mendiga pelirroja
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        Blanca muchacha de los cabellos rojizos,
        Cuyo vestido por los agujeros
        Deja ver la pobreza
        Y la belleza,

        Para mí, poeta enclenque,
        Tu joven cuerpo enfermizo,
        Lleno de pecas,
        Tiene su dulzura.

        Tú llevas más galantemente
        Que una reina de romance
        Sus coturnos de terciopelo
        Tus zuecos burdos.

        En lugar de un harapo muy corto,
        Un soberbio traje de corte
        Arrastra con pliegues rumorosos y largos
        Sobre tus talones;

        En lugar de medias agujereadas,
        Para los ojos taimados
        Sobre tu pierna un puñal de oro
        Reluce todavía;

        Nudos mal ajustados
        Desnudan para nuestros pecados
        Tus dos hermosos senos, radiantes
        Como dos ojos;

        Que para desnudarte
        Tus brazos se hacen rogar
        Y expulsan con golpes vivaces
        Los dedos traviesos,

        Perlas del más bello oriente,
        Sonetos del maestro Belleau
        Por tus galantes engrillados
        Sin cesar ofrecidos

        Chusma de rimadores
        Dedicándote sus primores
        Y contemplando tu zapato
        Bajo la escalera,

        Más de un paje enamorado del azar,
        Más que un señor y más que un Ronsard
        ¡Espiaban por diversión
        Tu fresco escondrijo!

        Tú contabas en tus lechos
        Más besos que lises
        Y ordenabas bajo tus leyes
        ¡Más de un Valois!

        —Empero tú vas mendigando
        Algún viejo mendrugo yaciendo
        En el umbral de cualquier Véfour
        De la encrucijada;

        Tú vas curioseando por debajo
        Joyas de veintinueve sueldos
        Que yo no puedo, ¡oh, perdón!
        Regalarte.

        ¡Ve, pues, sin otro adorno,
        Perfumes, perlas, diamante,
        Que tu magra desnudez!
        ¡Oh, mi belleza!
      Arriba

      El cisne
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        A Víctor Hugo.

        I

        ¡Andrómaca, pienso en ti! Este riacho,
        Pobre y triste espejo donde antaño resplandeció
        La inmensa majestad de vuestros dolores de viuda,
        Este Simoïs mentiroso que con vuestras lágrimas crece,

        Ha fecundado de pronto mi memoria fértil,
        Cuando yo atravesaba el nuevo Carrousel.
        El viejo París terminó (la forma de una ciudad
        Cambia más rápido, ¡ah!, que el corazón de un mortal);

        Yo no veo sino con el espíritu todo este caserío,
        Este montón de capiteles esbozados y los fustes,
        Las hierbas, los grandes bloques verdecidos por el agua de las charcas,
        Y brillando en las ventanas, el bric-a-bras confuso.
        Allí se mostraba antaño una casa de fieras;
        Allá yo vi, una mañana, en la hora en que bajo los cielos
        Fríos y claros el Trabajo se despierta, en que la basura
        Empuja un sombrío huracán en el aire silencioso,

        Un cisne que se había evadido de su jaula,
        Y, con sus patas palmípedas frotando el empedrado seco,
        Sobre el suelo' áspero arrastraba su blanco plumaje.
        Cerca de un arroyo sin agua la bestia abriendo el pico

        Bañaba nerviosamente sus alas en el polvo,
        Y decía, el corazón lleno de su bello lago natal:
        "Agua, ¿Cuándo lloverás? ¿Cuándo tronarás, rayo?"
        Yo veo este desdichado, mito extraño y fatal,

        Hacia el cielo algunas veces, como el hombre de Ovidio,
        Hacia el cielo irónico y cruelmente azul,
        Sobre su cuello convulsivo tender su cabeza ávida,
        ¡Como si dirigiera reproches a Dios!

        II

        ¡París cambia! ¡pero, nada en mi melancolía
        Se ha movido! palacios nuevos, andamiajes, bloques,
        Viejos arrabales, todo para mí vuélvese alegoría,
        Y mis caros recuerdos son más pesados que rocas.

        También ante este Louvre una imagen me oprime:
        Y pienso en mi gran cisne, con sus gestos locos,
        Como los exiliados, ridículo y sublime,
        ¡Y roído por un deseo sin tregua! y luego en vos,

        Andrómaca, de los brazos de un gran esposo caída,
        Vil rebaño, bajo la mano del soberbio Pirro,
        Cabe una tumba vacía en éxtasis doblegado;
        Viuda de Héctor, ¡ah! ¡y mujer de Heleno!

        Yo pienso en la negra, enflaquecida y tísica,
        Chapaleando en el lodo, y buscando, la mirada huraña,
        Los cocoteros ausentes del África soberbia
        Detrás de la muralla inmensa de neblina;

        En cualquiera que ha perdido lo que no se encuentra
        ¡Jamás, jamás! ¡en los que beben lágrimas!
        ¡Y maman del Dolor cual de una buena loba!
        ¡En los flacos huérfanos secándose cual flores!

        También en la selva donde mi espíritu se exilia
        ¡Un viejo Recuerdo resuena con la plenitud del cuerno!
        Pienso en los marineros olvidados en una isla,
        ¡En los cautivos, en los vencidos!... ¡y en muchos otros todavía!
      Arriba

      Los siete ancianos
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        A Víctor Hugo.

        Hormigueante ciudad, llena de sueños,
        Donde el espectro en pleno día agarra al transeúnte!
        Los misterios rezuman por todas partes como las savias
        En los canales estrechos del coloso poderoso.

        Una mañana, mientras que en la triste calle
        Las casas, cuya altura prolonga la bruma,
        Simulaban los dos muelles de un río crecido,
        Y que, decoración semejante al alma del actor,

        Una niebla sucia y amarilla inundaba tanto el espacio,
        Yo seguía, refrenando mis nervios cual un héroe
        Y discutiendo con mi alma ya cansada,
        El suburbio sacudido por las pesadas carretas.

        De pronto, un anciano cuyos guiñapos amarillos
        Imitaban el color de este cielo lluvioso,
        Y de los que el aspecto había hecho llover las limosnas,
        Sin la maldad que lucía en sus ojos,

        Se me apareció. Se hubiera dicho su pupila empapada
        En la hiel; su mirada agudizando la escarcha,
        Y su barba de largas guedejas, afilada como una espada,
        Se proyectaba, parecida a la de Judas.

        No estaba encorvado, sino quebrado, su espinazo
        Hacía con su pierna imperfecto ángulo recto,
        Si bien su bastón, completando su estampa,
        Le imprimía el talante y el paso torpe

        De un cuadrúpedo enfermo o de un judío de tres patas.
        En la nieve y el barro avanzaba atascándose,
        Cual si aplastara muertos bajo sus chanclos,
        Hostil al universo más bien que indiferente.

        Su semejante le seguía: barbas, ojos, dorso, bastón, guiñapos,
        Ningún rasgo distinguía, del mismo infierno llegado,
        Este jumento centenario, y estos espectros barrocos
        Marchaban con el mismo peso hacia un final desconocido.

        ¿A qué complot infame estaba yo expuesto,
        O qué perverso azar así me humillaba?
        ¡Porque yo conté siete veces, de minuto en minuto,
        Este siniestro anciano que se multiplicaba!

        Que aquel que se burla de mi inquietud,
        Y que no se ha sentido alcanzado por un estremecimiento fraternal,
        Si bien que, pese a tanta decrepitud,
        ¡Estos siete monstruos horribles tenían el aire eterno!

        ¿Hubiera yo, sin morir, contemplado el octavo,
        Sosias inexorable, irónico y fatal,
        Repugnante Fénix, hijo y padre de sí mismo?
        —Más volví las espaldas al cortejo infernal.

        ¡Exasperado como un ebrio que viera doble,
        Retorné, cerré mi puerta, espantado,
        Enfermo y pasmado, el espíritu afiebrado y turbado,
        Herido por el misterio y por el absurdo!

        Vanamente mi razón quería empuñar el timón;
        La tempestad jugando derrotaba mis esfuerzos,
        ¡Y mi alma danzaba, danzaba, vieja gabarra
        Sin mástiles, sobre un mar monstruoso y sin riberas!
      Arriba

      Las viejecitas
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        A Víctor Hugo.

        I

        En los pliegues sinuosos de las viejas capitales,
        Donde todo, hasta el horror, vuelve a los sortilegios,
        Espío, obediente a mis humores fatales,
        Los seres singulares, decrépitos y encantadores.

        Estos monstruos dislocados fueron antaño mujeres
        ¡Eponina o Lais! Monstruos rotos, jorobados
        O torcidos, ¡amémoslos! son todavía almas
        Bajo faldas agujereadas y bajo fríos trapos.

        Trepan, flagelados por el cierzo inicuo,
        Estremeciéndose al rodar estrepitoso de los ómnibus,
        Y apretando contra su flanco, cual si fueran reliquias,
        Un saquito bordado de flores o de arabescos;

        Trotan, muy parecidos a marionetas;
        Se arrastran, como hacen las bestias heridas,
        O bailan, sin querer bailar, pobres campanillas
        De las que cuelga un Demonio sin piedad. Destrozados

        Como están, tienen ojos taladrantes cual una barrena,
        Brillantes como esos agujeros en los que el agua duerme en la noche;
        Tienen los ojos divinos de la tierna niña
        Que se maravilla y ríe a todo cuanto reluce.

        —¿Habéis observado que muchos féretros de viejas
        Son casi tan pequeños como el de un niño?
        La Muerte sabia deposita en esas cajas iguales
        Un símbolo de un sabor caprichoso y cautivante,

        Y cuando entreveo un fantasma débil
        Atravesando de París el hormigueante cuadro,
        Me parece siempre que este ser frágil
        Se marcha muy dulcemente hacia una nueva cuna;

        A menos que, meditando sobre la geometría,
        Yo no busque, en el aspecto de esos miembros discordes,
        Cuántas veces es preciso que el obrero varíe
        La forma de la caja donde se meten todos esos cuerpos.

        —Esos ojos son pozos abiertos por un millón de lágrimas,
        Crisoles que un metal enfriado recubre con pajuelas...
        ¡Esos ojos misteriosos tienen invencibles encantos
        Para aquel que el austero Infortunio amamanta!

        II

        De Frascati difunta Vestal enamorada;
        Sacerdotisa de Talía, ¡ah!, de la que el apuntador
        Enterrado sabe el nombre; célebre evaporada
        Que Tívole antaño sombreaba en su flor,
        ¡Todas me embriagan! Pero, entre esos seres débiles
        Los hay que, haciendo del dolor una miel,
        Han dicho al Sacrificio que les prestaba sus alas:
        Hipógrifo poderoso, ¡llévame hasta el cielo!

        La una, por su patria en la desdicha ejercitada,
        La otra, que el esposo sobrecargó de dolores,
        La otra, por su hijo Madona traspasada,
        ¡Todas habrían podido formar un río con sus lágrimas!

        III

        ¡Ah! ¡Cómo he seguido a esas viejecitas!
        Una, entre otras, a la hora en que el sol poniente
        Ensangrienta el cielo con heridas bermejas,
        Pensativa, se sentaba apartada sobre un banco,

        Para escuchar uno de esos conciertos, ricos en cobre
        Con los que los soldados, a veces, inundan nuestros jardines,
        Y que, en esas tardes de oro en las que nos sentimos revivir,
        Vierten cierto heroísmo en el corazón de los ciudadanos.

        Aquélla, erecta aún, altiva y oliendo a la regla,
        Aspirando ávidamente ese canto vivido y guerrero;
        Su mirada, a veces, se abría como el ojo de una vieja águila;
        ¡Su frente de mármol parecía hecha para el laurel!

        IV

        Tal como camináis, estoicas y sin quejas,
        A través del caos de vivientes ciudades,
        madres de sangrante corazón, cortesanas o santas,
        De las que, antaño, los nombres por todos eran citados.

        Vosotras que fuisteis la gracia o que fuisteis la gloria,
        ¡Nadie os reconoce! Un beodo incivil
        Os enrostra al pasar un amor irrisorio;
        Sobre vuestros talones brinca un niño flojo y vil.

        Avergonzadas de existir, sombras encogidas,
        medrosas, agobiadas, costeáis los muros;
        Y nadie os saluda, ¡extraños destinos!
        ¡Despojos de humanidad para la eternidad maduros!

        Pero yo, yo que de lejos tiernamente os espío,
        La mirada inquieta, fija sobre vuestros pasos vacilantes,
        Como si yo fuera vuestro padre, ¡oh, maravilla!
        Saboreo sin que lo sepáis placeres clandestinos:

        Veo expandirse vuestras pasiones novicias;
        Sombríos o luminosos, veo vuestros días perdidos;
        ¡Mi corazón multiplicado disfruta de todos vuestros vicios!
        ¡Mi alma resplandece de todas vuestras virtudes!

        ¡Ruinas! ¡Mi familia! ¡oh, cerebros congéneres!
        ¡Yo cada noche os hago una solemne despedida!
        ¿Dónde estaréis mañana, Evas octogenarias,
        Sobre las que pesa la garra horrorosa de Dios?
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      Los ciegos
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        ¡Contémplalos, alma mía; son realmente horrendos!
        Parecidos a maniquíes; vagamente ridículos;
        Terribles, singulares como los sonámbulos;
        Asestando, no se sabe dónde, sus globos tenebrosos.

        Sus ojos, de donde la divina chispa ha partido.
        Como si miraran a lo lejos, permanecen elevados
        Hacia el cielo; no se les ve jamás hacia los suelos
        Inclinar soñadores su cabeza abrumada.

        Atraviesan así el negror ilimitado,
        Este hermano del silencio eterno. ¡Oh, ciudad!
        Mientras que alrededor nuestro, tú cantas, ríes y bramas,

        Prendada del placer hasta la atrocidad,
        ¡Mira! ¡Yo me arrastro también! Pero, más que ellos, ofuscado,
        Pregunto: ¿Qué buscan en el Cielo, todos estos ciegos?
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      A una transeúnte
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        La calle, aturdida, aullaba a mi alrededor.
        Alta, delgada, de luto ,con dolor majestuoso,
        Pasó una mujer a mi lado, con mano fastuosa
        Alzaba y mecía lo mismo festón que dobladillo;

        Ágil y noble pasó, con piernas de estatua.
        Mi alma no cesaba de beber de sus pupilas,
        Cielo lívido con gérmenes tormentosos,
        La dulzura que fascina y el placer que mata.

        Un relámpago... ¡Y ya la noche! — Belleza fugitiva,
        Mirada que me hizo renacer,
        ¿Es que no te veré más sino en la eternidad?

        Desde ya, ¡lejos de aquí! ¡Demasiado tarde! ¡Quizás nunca!
        Ignoro de donde vienes, y no sabes a donde voy,
        ¡Oh, tú!, a quien hubiese amado, ¡oh, tú que lo supiste!
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      El esqueleto labrador
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        I

        En las láminas de anatomía
        Que yacen en estos muelles polvorientos,
        Donde tanto libro cadavérico
        Duerme como una antigua momia,

        Dibujos a los cuales la gravedad
        Y el saber de un viejo artista,
        Por más que el tema sea triste,
        Han comunicado la Belleza,

        Se ven, lo que hace más completos
        Esos misteriosos horrores,
        Cavando como labradores,
        Desollados y Esqueletos.

        II

        De este terreno que escarbáis,
        Labriegos resignados y lúgubres,
        Con todo el esfuerzo de vuestras vértebras,
        O de vuestros músculos descarnados,

        Decid, ¿qué cosecha extraña,
        Forzados salidos del osario,
        Arrancasteis y de qué granjero
        Habéis llenado el granero?

        ¿Queréis (¡con un destino harto duro,
        Espantoso y claro emblema!)
        Mostrar que en la fosa misma
        El sueño prometido no es seguro;

        Que alrededor nuestro la Nada es traidora;
        Que todo, hasta la Muerte, nos mientes,
        Y que sempiternamente,
        ¡Ah! necesitaremos quizá

        En algún país desconocido
        Cavar la tierra áspera
        Y hundir una pesada pala
        Bajo nuestro pie sangriento y desnudo?
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      Crepúsculo vespertino
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        He aquí la noche encantadora, amiga del criminal;
        Llega como un cómplice, a paso de lobo; el cielo
        Se cierra lentamente cual una gran alcoba,
        Y el hombre impaciente se cambia en bestia salvaje.

        ¡Oh noche!, amable noche, deseada por aquel
        Cuyos brazos, sin mentir, pueden decir: ¡Hoy
        Hemos trabajado! — Es la noche la que alivia
        Los espíritus que devora un dolor salvaje,
        El sabio obstinado cuya frente se abruma,
        Y el obrero encorvado que recobra su lecho.

        Mientras tanto demonios malignos en la atmósfera
        Se despiertan pesadamente, cual hombres de negocios,
        Y golpean al volar los postigos y el altillo.
        A través de las luces que atormenta el viento
        La Prostitución se enciende en las calles;
        Como un hormiguero ella abre sus salidas;
        Por todas partes traza un oculto camino,
        Cual el enemigo que intenta un asalto;
        Ella se agita en el seno de la ciudad de fango
        Como un gusano que roba al Hombre lo que ha comido.

        Se escuchan aquí y allí las cocinas silbar,
        Los teatros chillar, las orquestas roncar;
        Las mesas redondas, en las que el juego hace las delicias,
        Llénanse de rameras y de estafadores, sus cómplices,

        Y los ladrones, que no tienen tregua ni merced,
        Pronto han de comenzar su trabajo, ellos también,
        Y forzar suavemente las puertas y las cajas
        Para vivir unos días y vestir a sus amantes.

        ¡Recógete, alma mía, en este grave instante,
        Y cierra tu oído a este rugido.
        Esta es la hora en que los dolores de los enfermos se agudizan!
        La Noche sombría les agarra la garganta; concluyen
        Su destino y van hacia la fosa común;
        El hospital se llena de sus suspiros. — Más de uno
        No llegará jamás en busca de la sopa perfumada,
        Al rincón del hogar, de noche, junto a un alma amada.

        Todavía la mayoría de ellos, jamás han conocido
        La Dulzura del hogar, ¡Jamás han vivido!
      Arriba

      El juego
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        En los sillones marchitos, cortesanas viejas,
        Pálidas, las cejas pintadas, la mirada zalamera y fatal,
        Coqueteando y haciendo de sus magras orejas
        Caer un tintineo de piedra y de metal;

        Alrededor de verdes tapetes, rostros sin labio,
        Labios pálidos, mandíbulas desdentadas,
        Y dedos convulsionados por una infernal fiebre,
        Hurgando el bolsillo o el seno palpitante;

        Bajo sucios cielorrasos una fila de pálidas arañas
        Y enormes quinqués proyectando sus fulgores
        Sobre frentes tenebrosas de poetas ilustres
        Que acuden a derrochar sus sangrientos sudores;

        He aquí el negro cuadro que en un sueño nocturno
        Vi desarrollarse bajo mi mirada perspicaz.
        Yo mismo, en un rincón del antro taciturno,
        Me vi apoyado, frío, mudo, ansioso,

        Envidiando de esas gentes la pasión tenaz,
        De aquellas viejas rameras la fúnebre alegría,
        ¡Y todos gallardamente ante mí traficando,
        El uno con su viejo honor, la otra con su belleza!

        ¡Y mi corazón se horrorizó contemplando a tanto infeliz
        Acudiendo con fervor hacia el abismo abierto,
        Y que, ebrio de sangre, preferiría en suma
        El dolor a la muerte y el infierno a la nada!
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      Danza macabra
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        Para Ernesto Christophe.

        Como un viviente, arrogante de su noble estatura,
        Con su gran ramillete, su pañuelo y sus guantes,
        Ella tiene la indolencia y la desenvoltura
        De una coqueta flaca de porte extravagante.

        ¿Se vio alguna vez en el baile un talle más delgado?
        Su vestido exagerado, en su real amplitud,
        Se vuelca abundantemente sobre un pie seco que oprime
        Un zapato adornado, bello cual una flor.

        El frunce que juega al borde de las clavículas,
        Cual arroyo lascivo frotándose en el peñasco,
        Defiende púdicamente de las chanzas ridículas
        Los fúnebres encantos que ella sabe ocultar,

        Sus ojos profundos están hechos de vacío y de tinieblas,
        Y su cráneo, con flores artísticamente peinado,
        Oscila lánguidamente sobre sus frágiles vértebras,
        ¡Oh, encanto de un fantasma locamente emperifollado!

        Algunos te tomarán por una caricatura,
        Sin comprender, amantes ebrios de carne,
        La elegancia sin nombre de tu humana armadura.
        ¡Tú respondes, gran esqueleto, a mi gusto más caro!

        ¿Vienes a turbar, con tu imponente mueca,
        La fiesta de la Vida? o ¿algún viejo deseo,
        Acicateando aún tu viviente esqueleto,
        Te impulsa, crédula, al aquelarre del Placer?

        ¿Con el cantar de los violines, y las llamas de las bujías,
        Esperas expulsar tu pesadilla burlona,
        Y vienes a implorar al torrente de las orgías
        Que refresque el infierno encendido en tu corazón?

        ¡Inagotable pozo de necedad y de errores!
        ¡Del antiguo dolor eterno alambique!
        A través del retorcido enrejado de tus costillas
        Yo veo, todavía errante, el insaciable áspid.

        A la verdad, temo que tu coquetería
        No alcance un precio digno de sus esfuerzos;
        ¿Quién, entre esos corazones mortales, alcanza la burla?
        ¡Los sortilegios del horror sólo embriagan a los fuertes!

        El abismo de tus ojos, pleno de horribles pensamientos,
        Exhala el vértigo, y los bailarines prudentes
        No contemplarán sin amargas náuseas
        La sonrisa eterna de tus treinta y dos dientes.

        Empero, ¿quién no ha estrechado entre sus brazos un esqueleto,
        Y quién no se ha nutrido de cosas sepulcrales?
        ¿Qué importa el perfume, el vestido o el tocado?
        El que hace ascos demuestra que se cree bello.

        Bayadera sin nariz, irresistible trotona,
        Diles, pues, a estos bailarines que se hacen los ofuscados:
        "Arrogantes galanes, pese al arte de los polvos y del colorete,
        ¡Exhaláis todos la muerte! ¡Oh, esqueletos almizclados!

        ¡Antinos marchitos, dandis de rostro glabre,
        Cadáveres barnizados, lovelaces canosos,
        El alboroto universal de la danza macabra
        Os arrastra hacia lugares desconocidos!

        Desde los muelles fríos del Sena a los bordes ardientes del Ganges,
        El tropel mortal salta y se pasma, sin ver
        La trompeta del Ángel en un agujero del techo
        Siniestramente boquiabierto cual un negro trabuco.

        En todo clima, bajo todo sol, la Muerte te admira
        En tus contorsiones, risible Humanidad,
        Y a menudo, como tú, perfumándose de mirra,
        Mezcla su ironía a tu insensatez!"
      Arriba

      El amor de la mentira
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        Cuando te veo pasar, ¡oh!, mi querida, indolente,
        Al cantar de los instrumentos que se rompe en el cielo raso
        Suspendiendo tu andar armonioso y lento,
        Y paseando el hastío de tu mirar profundo;

        Cuando contemplo bajo la luz del gas que la colora,
        Tu frente pálida, embellecida por morbosa atracción,
        Donde las antorchas nocturnas encienden una aurora,
        Y tus ojos atraen cual los de un retrato,

        Yo me digo: ¡Qué hermosa es! y ¡qué singularmente fresca!
        El recuerdo macizo, real e imponente torre,
        La corona, y su corazón cual un melocotón magullado,
        Está maduro, como su cuerpo, para el sabio amor.

        ¿Eres el fruto otoñal de sabores soberanos?
        ¿Eres la urna fúnebre aguardando algunas lágrimas,
        Perfume que hace soñar con oasis lejanos,
        Almohada acariciante, o canastillo de flores?

        Yo sé que hay miradas, de las más melancólicas,
        Que no recelan jamás secretos preciosos;
        Hermosos alhajeros sin joyas, medallones sin reliquias,
        Más vacíos, más profundos que vosotros mismos, ¡oh Cielos!

        ¿Pero, no basta que tú seas la apariencia,
        Para regocijar un corazón que rehuye la verdad?
        ¿Qué importa tu torpeza o tu indiferencia?
        Máscara o adorno, ¡salud! Yo adoro tu beldad.
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      (Yo no he olvidado...)
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        Yo no he olvidado, vecina a la ciudad,
        Nuestra blanca morada, pequeña pero tranquila;
        Su Pomona de yeso y su vieja Venus
        En un bosquecillo insignificante ocultando sus miembros desnudos,

        Y el sol, en la tarde, refulgente y soberbio,
        Que, detrás del cristal en que se quebraba su gavilla,
        Parecía, ojo inmenso abierto en el cielo curioso,
        Contemplar vuestras cenas largas y silenciosas,
        Derramando generosamente sus bellos reflejos de cirio
        Sobre el mantel frugal y las cortinas de sarga.
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      (A la criada...)
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        A la criada de la que con toda el alma estabais celosa
        Y que duerme su sueño bajo un humilde césped,
        Debiéramos, sin embargo, llevarle algunas flores.
        Los muertos, los pobres muertos, tienen grandes dolores,
        Y cuando Octubre sopla, talador de viejos árboles,
        Su viento melancólico alrededor de sus mármoles,
        En verdad, deben encontrar los vivos harto ingratos,
        Durmiendo, como lo hacen, cálidamente entre sus sábanas,
        Mientras que, devorados por negras ensoñaciones,
        Sin compañero de lecho, sin gratas conversaciones,
        Viejos esqueletos helados consumidos por el gusano,
        Sienten escurrirse las nieves del invierno
        Y el siglo transcurrir, sin que amigos ni familia
        Reemplacen los jirones que penden de su verja.
        Cuando el leño silba y canta, si en la tarde,
        Tranquila, en el sillón yo la veía sentarse,
        Si, en una noche azul y fría de diciembre,
        Yo la encontraba acurrucada en un rincón de mi cuarto,
        Grave, y viniendo del fondo de su lecho eterno
        Incubar el niño crecido bajo su mirada maternal,
        ¿Qué podría responder yo a esta alma piadosa,
        Viendo caer las lágrimas de su pupila hueca?
      Arriba