Carolina Coronado

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    Información biográfica

  1. A una gota de rocío
  2. ¡Cómo, Señor, no he de tenerte miedo!
  3. El amor de los amores
  4. Gloria del sentimiento
  5. La rosa blanca
  6. Libertad
  7. Nada resta de ti
  8. ¡Oh, cuál te adoro!



  9. Información biográfica
      Nombre: Carolina Coronado Romero de Tejada
      Lugar y fecha nacimiento: Almendralejo, España, 20 de diciembre de 1820
      Lugar y fecha defunción: Lisboa, Portugal, 15 de enero de 1911 (90 años)
      Ocupación: Escritora.
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      A una gota de rocío
        Lágrima viva de la fresca aurora,
        A quien la mustia flor la vida debe,
        Y el prado ansioso entre el follaje embebe;
        Gota que el sol con sus reflejos dora;

        Que en la tez de las flores seductora
        Mecida por el céfiro más leve,
        Mezclas de grana tu color de nieve
        Y de nieve su grana encantadora:

        Ven a mezclarte con mi triste lloro,
        Y a consumirte en mi mejilla ardiente;
        Que acaso correrán más dulcemente

        Las lágrimas amargas que devoro...
        Mas, ¡qué fuera una gota de rocío
        Perdida entre el raudal del llanto mío!
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      ¡Cómo, Señor, no he de tenerte miedo!
        Yo te olvidaba ya; ni una alabanza
        A la gloriosa bóveda te envía
        La cantora sin fe; sin confianza
        Enmudece, Señor, el alma mía;
        Horas de ingratitud donde no alcanza
        El reflejo inmortal de tu poesía,
        Duermo, cuando mi sueño indiferente
        Viene a romper tu cólera imponente.
        "De tus seres de amor, vaga doncella,
        ¿Cuál de ellos quieres que a mi voz sucumba?
        ¿Qué faz querida borrará mi huella?
        ¿Qué ser amado lanzará a la tumba?
        ¿Tu padre morirá? ¿Tu madre bella?"
        Dices, y el eco de tu voz retumba
        Dentro de mí, Señor: "Todo lo puedo."
        Todo lo puedes, sí; ¡Tú eres el miedo!
        Cubre la sombra de la muerte el mundo
        Cuando tu ceño muestras indignado,
        Y yo he visto a mi padre moribundo
        Con la sombra mortal de ese nublado:
        Señor, al verte contra mí iracundo
        Entonces tu poder he recordado;
        Entonces fue el clamor, el rezo, el lloro:
        Entonces fue el saber cuánto te adoro.
        Tú juegas con las vidas desdichadas,
        Tú al borde del abismo las suspendes,
        Y al vernos a tu cólera aterrados,
        De súplicas y lágrimas te ofendes;
        Tú no quieres plegarias arrancadas
        Al espanto, Señor, tú nos comprendes;
        Sabes que el labio tu alabanza niega,
        Y si ruega, Señor, por miedo ruega.
        Tú no cediste a mi medroso ruego,
        Tú perdonaste la oscilante vida,
        Porque en tu libro de radiante fuego
        La indeleble sentencia está esculpida;
        Pero salvaste de su infiel sosiego
        A la memoria ingrata que te olvida...
        ¡Frágil memoria que tu nombre pierde
        Y el miedo haya de ser quien lo recuerde!
        Ni tu sol, ni tu luna, ni tus flores,
        Ni me inspiró tu lluvia del estío,
        Ni penetrar lograron tus favores
        En este corazón cerrado y frío:
        Insensata dejé que otros cantores
        Elevaran a ti su acento pío
        Como el insecto inútil que dormita
        Mientras que el ruiseñor canta y se agita.
        No te cantaba cuando en calma el cielo
        Ornado de celaje transparente
        Brillaba puro: en tanto que su vuelo
        Sereno detenía el claro ambiente
        No te cantó mi espíritu de hielo:
        Mas rugió la tormenta de repente,
        Con tu rayo amagaste al ser amado
        Y de miedo, Señor, te he recordado.
        ¡Míseras oraciones y cantares
        Que a impulso del temor rompen conmigo!
        No más que en las desdichas y pesares
        Te llamo grande y te apellido amigo:
        Sólo cuando te ruego que me ampares
        Dulces palabras con amor te digo;
        Sólo cuando vivir sin ti no puedo,
        "Señor, exclamo, ven, que tengo miedo."
        ¿Pero me escuchas tú? ¿Pero respondes?
        ¿No me desdeñas porque indigna clamo?
        ¿Tu cariñosa gracia no me escondes
        Porque te olvido en paz y en guerra te amo?
        ¡Ay! No el cruel remordimiento ahondes;
        No rechaces mi voz cuando te llamo;
        Si tanto puedes tú, yo nada puedo;
        No es pecado, Señor, que tenga miedo.
        Tú vives entre bóvedas de lumbre
        De los soles que giran al ruido,
        Y yo sin que su fuego me deslumbre
        No puedo ver al sol medio escondido;
        Tú de siglos y siglos pesadumbre
        Eterna llevas, –yo nada he vivido–
        Tú me puedes hundir –yo nada puedo–
        ¿Cómo, Señor, no he de tenerte miedo?
        Tiembla del hombre el corazón valiente,
        Tiembla el pueblo que audaz te desafía,
        La fanática raza del Oriente
        Y la raza sin fe del Mediodía;
        ¡Muy temible serás cuando el viviente
        De tan lejana edad, Señor, temía
        Y en tanto siglos de gentil denuedo
        No ha podido vencer, Señor, su miedo!
        Tú eres el miedo que despide llamas,
        Tú eres el miedo que el diluvio riegas,
        Y tiene miedo el mundo a quien inflamas,
        Y tiene miedo el mundo a quien anegas;
        Si tu poder conoces y nos amas,
        Cuando los rayos del furor despliegas
        Y acobardada ante tus iras quedo,
        No te enojes, Señor, si tengo miedo.
        Puedes quitarnos los amados seres,
        Nuestra alegría convertir en llanto,
        Mudar en desventura los placeres,
        Y trocar en gemidos nuestro canto:
        Señor, tan grande y poderoso eres,
        Es tan inmenso tu gobierno santo
        Que a tu amenaza amedrentada cedo
        Y te digo ¡Señor, tú eres el miedo!
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      El amor de los amores
        I

        ¿Cómo te llamaré para que entiendas
        Que me dirijo a ti? ¡Dulce amor mío!
        Cuando lleguen al mundo las ofrendas
        Que desde oculta soledad te envío?...
        A ti, sin nombre para mí en la tierra
        ¿Cómo te llamaré con aquel nombre,
        Tan claro, que no pueda ningún hombre
        Confundirlo, al cruzar por esta sierra?
        ¿Cómo sabrás que enamorada vivo
        Siempre de ti, que me lamento sola
        Del Gévora que pasa fugitivo
        Mirando relucir ola tras ola?
        Aquí estoy aguardando en una peña
        A que venga el que adora el alma mía;
        ¿Por qué no ha de venir, si es tan risueña
        La gruta que formé por si venía?
        ¿Qué tristeza ha de haber donde hay zarzales
        Todos en flor, y acacias olorosas,
        Y cayendo en el agua blancas rosas,
        Y entre la espuma lirios virginales?
        Y, ¿por qué de mi vista has de esconderte;
        Por qué no has de venir si yo te llamo?
        ¡Porque quiero mirarte, quiero verte
        Y tengo que decirte que te amo!
        ¿Quién nos ha de mirar por estas vegas
        Como vengas al pie de las encinas,
        Si no hay más que palomas campesinas
        Que están también con sus amores ciegas?
        Pero si quieres esperar la luna,
        Escondida estaré entre la zarza-rosa,
        Y si vienes con planta cautelosa
        No nos podrá sentir paloma alguna.
        Y no temas si alguna se despierta,
        Que si te logro ver, de gozo muero,
        Y aunque después lo cante al mundo entero,
        ¿Qué han de decir los vivos de una muerta?

        II

        Como lirio del sol descolorido
        Ya de tanto llorar tengo el semblante,
        Y cuando venga mi gallardo amante,
        Se pondrá al contemplarlo entristecido.
        Siempre en pos de mi amor voy por la tierra
        Y creyendo encontrarle en las alturas,
        Con el naciente sol trepo a la sierra;
        Con la noche desciendo a las llanuras,
        Y hallo al hambriento lobo en mi camino
        Y al toro que me mira, que me espera;
        En vano grita el pobre campesino
        "No cruces por la noche la ribera."
        En la sierra de rocas erizada,
        Del valle entre los árboles y flores,
        En la ribera sola y apartada
        He esperado el amor de mis amores.
        A cada instante lavo mis mejillas
        Del claro manantial en la corriente,
        Y le vuelvo a esperar más impaciente
        Cruzando con afán las dos orillas.
        A la gruta te llaman mis amores;
        Mira que ya se va la primavera
        Y se marchitan las lozanas flores
        Que traje para ti de la ribera.
        Si estás entre las zarzas escondido
        Y por verme llorar no me respondes,
        Ya sabes que he llorado y he gemido,
        Y yo no sé, mi amor, por qué te escondes.
        Tú pensarás, tal vez, desdeñosa
        Por no enlazar mi mano con tu mano
        Huiré, si te me acercas, por el llano
        Y a los pastores llamaré medrosa.
        Pero te engañas, porque yo te quiero
        Con delirio tan ciego y tan ardiente,
        Que un beso te iba a dar sobre la frente
        Cuando me dieras el adiós postrero.

        III

        Dejaba apenas la inocente cuna
        Cuando una hermosa noche en la pradera
        Los juegos suspendí por ver la luna
        Y en sus rayos te vi, la vez primera.
        Otra tarde después, cruzando el monte,
        Vi venir la tormenta de repente,
        Y por segunda vez, más vivamente
        Alumbró tu mirada el horizonte.
        Quise luego embarcarme por el río,
        Y hallé que el son del agua que gemía
        Como la luz, mi corazón hería
        Y dejaba temblando el pecho mío.
        Me acordé de la luna y la centella
        Y entonces conocí que eran iguales
        Lo que sentí escuchando a los raudales,
        Lo que sentí mirando a la luz bella.
        Vago, sin forma, sin color, sin nombre,
        Espíritu de luz y agua formado,
        Tú de mi corazón eras amado
        Sin recordar en tu figura al hombre.
        Ángel eres, tal vez, a quien no veo
        Ni lograré, jamás, ver en la tierra,
        Pero sin verte en tu existencia creo,
        Y en adorarte mi placer se encierra.
        Por eso entre los vientos bramadores
        Salgo a cantar por el desierto valle,
        Pues aunque en el desierto no te halle,
        Ya sé que escuchas mi canción de amores
        Y, ¿quién sabe si al fin tu luz errante
        Desciende con el rayo de la luna,
        Y tan sola otra vez, tan sola una,
        Volveré a contemplar tu faz amante?
        Mas, si no te he de ver, la selva dejo,
        Abandono por siempre estos lugares,
        Y peregrina voy hasta los mares.
        A ver si te retratas en su espejo.

        IV

        He venido a escuchar los amadores
        Por ver si entre sus ecos logro oírte,
        Porque te quiero hablar para decirte
        Que eres siempre el amor de mis amores.
        Tú ya sabes, mi bien, que yo te adoro
        Desde que tienen vida mis entrañas,
        Y vertiendo por ti mares de lloro
        Me cansé de esperarte en las montañas.
        La gruta que formé para el estío
        La arrebató la ráfaga de octubre...
        ¿Qué he de hacer allí sola al pie del río
        Que todo el valle con sus aguas cubre?
        Y ¡oh Dios!, quién sabe si de ti me alejo
        Conforme el valle solitario huyo,
        Si no suena jamás un eco tuyo
        Ni brilla de tus ojos un reflejo.
        Por la tierra ¡ay de mí! desconocida,
        Como el Gévora, acaso, arrebatada
        Dejo mi bosque y a la mar airada
        A impulso de este amor corro atrevida.
        Mas si te encuentro a orilla de los mares
        Cesaron para siempre mis temores
        Porque puedo decirte en mis cantares
        Que tú eres el amor de mis amores.

        V

        Aquí tu barca está sobre la arena:
        Desierta miro la extensión marina:
        Te llamo sin censar con tu bocina
        Y no pareces a calmar mi pena.
        Aquí estoy en la barca triste y sola
        Aguardando a mi amado noche y día;
        Llega a mis pies la espuma de la ola,
        Y huye otra vez, cual la esperanza mía.
        ¡Blanca y ligera espuma transparente,
        Ilusión, esperanza, desvarío,
        Como hielas mis pies con tu rocío,
        El desencanto hiela nuestra mente!
        Tampoco es el mar donde él mora,
        Ni en la tierra ni el mar mi amor existe
        ¡Ay!, dime si en la tierra te escondiste
        O si dentro del mar estás ahora.
        Porque es mucho dolor que siempre ignores
        Que yo te quiero ver, que yo te llamo
        Sólo para decirte que te amo,
        ¡Que eres siempre el amor de mis amores!

        VI

        Pero te llamo yo, ¡dulce amor mío!
        Como si fueras tú mortal viviente,
        Cuando sólo eres luz, eres ambiente,
        Eres aroma, eres vapor del río.
        Eres la sombra de la nube errante,
        Eres el son del árbol que se mueve,
        Y aunque a adorarte el corazón se atreve,
        Tú solo en la ilusión eres mi amante.
        Hoy me engañas también como otras veces;
        Tú eres la imagen que el delirio crea,
        Fantasma del vapor que me rodea
        Que con el fuego de mi aliento creces.
        Mi amor, el tierno amor por el que lloro
        Eres tan solo tú, ¡señor Dios mío!
        Si te busco y te llamo, es desvarío
        De lo mucho que sufro y que te adoro.
        Yo nunca te veré, porque no tienes
        Ser humano, ni forma, ni presencia:
        Yo siempre te amaré, porque en esencia
        A el alma mía como amante vienes.
        Nunca en tu frente sellará mi boca
        El beso que al ambiente le regalo;
        Siempre el suspiro que a tu amor exhalo
        Vendrá a quebrarse en la insensible roca.
        Pero cansada de penar la vida,
        Cuando se apague el fuego del sentido,
        Por el amor tan puro que he tenido
        Tú me darás la gloria prometida.
        Y entonces al ceñir la eterna palma,
        Que ciñen tus esposas en el cielo,
        El beso celestial, que darte anhelo,
        Llena de gloria te dará mi alma.
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      Gloria del sentimiento
        ¡Qué hermoso es Dios, qué hermosa su cabeza!
        ¡Qué gallardo su andar, su voz qué suave!
        Rasgos los cielos son de su belleza,
        Pasos los siglos de su marcha grave;
        La voz de la inmortal naturaleza
        De sus conciertos la sonora clave,
        Su acento arroba, su mirar abrasa,
        Tiembla el mundo a sus huellas cuando pasa.
        Yo me enamoro dél: pobre doncella
        A la ardiente pasión esclavizada,
        La sangre a mi cerebro se atropella
        A su paso, a su canto, a su mirada;
        Medito y me consumo con la estrella,
        Por el trueno me siento subyugada,
        Y al ver al tiempo transcurrir ligero
        Sufro, lo lloro, clamo, desespero.
        Seres tranquilos vi sobre la tierra
        Que esta ansiedad febril nunca padecen,
        Ni están con los espíritus en guerra,
        Ni en éxtasis de amor se desvanecen:
        Cuatro páginas ¡ay!, su libro encierra;
        Nacen, medran, se nutren, envejecen,
        Y como nada amaron ni sintieron
        Nunca se mueren porque no vivieron.
        Repose en paz el corazón helado
        Yo quiero ver lucir tu sol ardiente,
        Vagar tras de tu voz por el collado,
        Beber tu aspiración en el ambiente:
        ¡Quiero mirar tu ceño en el nublado,
        Tu sonrisa en la luna transparente,
        En las corrientes aguas tu armonía
        Y tus halagos en el alma mía!...
        Ese es el solo bien del sentimiento,
        La sola dicha de la triste alma,
        La sola gloria del mayor talento,
        Del martirio mayor la sola palma;
        Llevar por adorarte el sufrimiento,
        Por comprenderte renunciar la calma,
        De la pasión en el delirio ciego
        Ser desgraciada por sentir su fuego.
        Sé que al cantarte en mi ilusión suspensa
        La trova que mi boca te improvisa,
        De los pueblos tendrá por recompensa
        Desdeñosa y sarcástica sonrisa:
        Su atmósfera pesada, oscura y densa
        No dejará volar tan dulce brisa,
        Pero en el valle puro en que la exhalo
        Sirve a las soledades de regalo.
      Arriba

      La rosa blanca
        ¿Cuál de las hijas del verano ardiente,
        Cándida rosa, iguala a tu hermosura,
        La suavísima tez y la frescura
        Que brotan de tu faz resplandeciente?

        La sonrosada luz de alba naciente
        No muestra al desplegarse más dulzura,
        Ni el ala de los cisnes la blancura
        Que el peregrino cerco de tu frente.

        Así, gloria del huerto, en el pomposo
        Ramo descuellas desde verde asiento;
        Cuando llevado sobre el manso viento

        A tu argentino cáliz oloroso
        Roba su aroma insecto licencioso,
        Y el puro esmalte empaña con su aliento.
      Arriba

      Libertad
        Risueños están los mozos,
        Gozosos están los viejos
        Porque dicen, compañeras,
        Que hay libertad para el pueblo.

        Todo es la turba cantares,
        Los campanarios estruendo,
        Los balcones luminarias,
        Y las plazuelas festejos.

        Gran novedad en las leyes,
        Que, os juro que no comprendo,
        Ocurre cuando a los hombres
        En tal regocijo vemos.

        Muchos bienes se preparan,
        Dicen los doctos al reino,
        Si en ello los hombres ganan
        Yo, por los hombres, me alegro;

        Mas, por nosotras, las hembras,
        Ni lo aplaudo, ni lo siento,
        Pues aunque leyes se muden
        Para nosotras no hay fueros.

        ¡Libertad! ¿Qué nos importa?
        ¿Qué ganamos, qué tendremos?
        ¿Un encierro por tribuna
        Y una aguja por derecho?

        ¡Libertad! ¿De qué nos vale?
        Si son los tiranos nuestros
        No el yugo de los monarcas,
        El yugo de nuestro sexo.

        ¡Libertad! ¿Pues no es sarcasmo
        El que nos hacen sangriento
        Con repetir ese grito
        Delante de nuestros hierros?

        ¡Libertad! ¡Ay! Para el llanto
        Tuvímosla en todos tiempos;
        Con los déspotas lloramos,
        Con tributos lloraremos;

        Que, humanos y generosos
        Estos hombres, como aquellos,
        A sancionar nuestras penas
        En todo siglo están prestos.

        Los mozos están ufanos,
        Gozosos están los viejos,
        Igualdad hay en la patria,
        Libertad hay en el reino.

        Pero, os digo, compañeras,
        Que la ley es sola de ellos,
        Que las hembras no se cuentan
        Ni hay Nación para este sexo.

        Por eso aunque los escucho
        Ni me aplaudo ni lo siento;
        Si pierden ¡Dios se lo pague!
        Y si ganan ¡buen provecho!
      Arriba

      Nada resta de ti
        Nada resta de ti... te hundió el abismo.
        Te tragaron los monstruos de los mares.
        No quedan en los fúnebres lugares
        Ni los huesos siquiera de ti mismo.
        Fácil de comprender, amante Alberto,
        Es que perdieras en el mar la vida,
        Mas no comprende el alma dolorida
        Cómo yo vivo cuando tú ya has muerto.
        ¡Darnos la vida a mí y a ti la muerte,
        Darnos a ti la paz y a mí la guerra,
        Dejarte a ti en el mar y a mí en la tierra
        Es la maldad más grande de la suerte!
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      ¡Oh, cuál te adoro!
        ¡Oh, cuál te adoro! Con la luz del día
        Tu nombre invoco apasionada y triste,
        Y cuando el cielo en sombras se reviste
        Aún te llama exaltada el alma mía.

        Tú eres el tiempo que mis horas guía,
        Tú eres la idea que a mi mente asiste,
        Porque en ti se concentra cuanto existe,
        Mi pasión, mi esperanza, mi poesía.

        No hay canto que igualar pueda a tu acento
        Cuando tu amor me cuentas y deliras
        Revelando la fe de tu contento;

        Tiemblo a tu voz y tiemblo si me miras,
        Y quisiera exhalar mi último aliento
        Abrasada en el aire que respiras.
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