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    Información biográfica

  1. A mi buitre
  2. Al amor de la lumbre
  3. Castilla
  4. De vuelta a casa
  5. Dime qué dices, mar
  6. Dolor común
  7. Dormirse en el olvido del recuerdo
  8. En horas de insomnio
  9. En un cementerio de lugar castellano
  10. Es una antorcha
  11. Hasta que se me fue no he descubierto
  12. Hay ojos que miran, hay ojos que sueñan
  13. Horas serenas del ocaso breve
  14. La luna y la rosa
  15. La mar ciñe a la noche su regazo
  16. La oración del ateo
  17. Luciérnaga celeste
  18. Me destierro a la memoria
  19. Morir soñando
  20. Nuestro secreto
  21. ¿Por qué esos lirios que los hielos matan?
  22. ¿Qué es tu vida, alma mía?
  23. Si tú y yo, Teresa mía, nunca
  24. Te da en la frente el sol de la mañana
  25. Veré por ti




    Información biográfica

      Nombre: Miguel de Unamuno y Jugo
      Lugar y fecha nacimiento: Bilbao, Vizcaya (España), 29 de septiembre de 1864
      Lugar y fecha defunción: Salamanca (España), 31 de diciembre de 1936 (72 años)

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      A mi buitre

        Este buitre voraz de ceño torvo
        Que me devora las entrañas fiero
        Y es mi único constante compañero
        Labra mis penas con su pico corvo.

        El día en que le toque el postrer sorbo
        Apurar de mi negra sangre, quiero
        Que me dejéis con él solo y señero
        Un momento, sin nadie como estorbo.

        Pues quiero, triunfo haciendo mi agonía
        Mientras él mi último despojo traga,
        Sorprender en sus ojos la sombría

        Mirada al ver la suerte que le amaga
        Sin esta presa en que satisfacía
        El hambre atroz que nunca se le apaga.

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      Al amor de la lumbre

        Dulcissime vanus Homems.

        Al amor de la lumbre cuya llama
        Como una cresta de la mar ondea.
        Se oye fuera la lluvia que gotea
        Sobre los chopos. Previsora el ama

        Supo ordenar se me temple la cama
        Con sahumerio. En tanto la Odisea
        Montes y valles de mi pecho orea
        De sus ficciones con la rica trama

        Preparándome el sueño. Del castaño
        Que más de cien generaciones de hoja
        Criara y vio morir, cabe el escaño

        Abrasándose el tronco con su roja
        Brasa me reconforta. ¡Dulce engaño
        La ballesta de mi inquietud afloja!

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      Castilla

        Tú me levantas, tierra de Castilla,
        En la rugosa palma de tu mano,
        Al cielo que te enciende y te refresca,
        Al cielo, tu amo,

        Tierra nervuda, enjuta, despejada,
        Madre de corazones y de brazos,
        Toma el presente en ti viejos colores
        Del noble antaño.

        Con la pradera cóncava del cielo
        Lindan en torno tus desnudos campos,
        Tiene en ti cuna el sol y en ti sepulcro
        Y en ti santuario.

        Es todo cima tu extensión redonda
        Y en ti me siento al cielo levantado,
        Aire de cumbre es el que se respira
        Aquí, en tus páramos.

        ¡Ara gigante, tierra castellana,
        A ese tu aire soltaré mis cantos,
        Si te son dignos bajarán al mundo
        Desde lo alto!

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      De vuelta a casa

        Desde mi cielo a despedirme llegas
        Fino orvallo que lentamente bañas
        Los robledos que visten las montañas
        De mi tierra, y los maíces de sus vegas.

        Compadeciendo mi secura, riegas
        Montes y valles, los de mis entrañas,
        Y con tu bruma el horizonte empañas
        De mi sino, y así en la fe me anegas.

        Madre Vizcaya, voy desde tus brazos
        Verdes, jugosos, a Castilla enjuta,
        Donde fieles me aguardan los abrazos

        De costumbre, que el hombre no disfruta
        De libertad si no es preso en los lazos
        De amor, compañero de la ruta.

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      Dime qué dices, mar

        ¡Dime qué dices, mar, qué dices, dime!
        Pero no me lo digas; tus cantares
        Son, con el coro de tus varios mares,
        Una voz sola que cantando gime.

        Ese mero gemido nos redime
        De la letra fatal, y sus pesares,
        Bajo el oleaje de nuestros azares,
        El secreto secreto nos oprime.

        La sinrazón de nuestra suerte abona,
        Calla la culpa y danos el castigo;
        La vida al que nació no le perdona;

        De esta enorme injusticia sé testigo,
        Que así mi canto con tu canto entona,
        Y no me digas lo que no te digo.

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      Dolor común

        Cállate, corazón, son tus pesares
        De los que no deben decirse, deja
        Se pudran en tu seno; si te aqueja
        Un dolor de ti solo no acíbares

        A los demás la paz de sus hogares
        Con importuno grito. Esa tu queja,
        Siendo egoísta como es, refleja
        Tu vanidad no más. Nunca separes

        Tu dolor del común dolor humano,
        Busca el íntimo aquel en que radica
        La hermandad que te liga con tu hermano,

        El que agranda la mente y no la achica;
        Solitario y carnal es siempre vano;
        Sólo el dolor común nos santifica.

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      Dormirse en el olvido del recuerdo

        ¡Dormirse en el olvido del recuerdo,
        En el recuerdo del olvido,
        Y que en el claustro maternal me pierdo
        Y que en él desnazco perdido!

        ¡Tú, mi bendito porvenir pasado,
        Mañana eterno en el ayer;
        Tú, todo lo que fue ya eternizado,
        Mi madre, mi hija, mi mujer!

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      En horas de insomnio

        Me voy de aquí, no quiero más oírme;
        De mi voz toda voz suéname a eco,
        Ya falta así de confesor, si peco
        Se me escapa el poder arrepentirme.

        No hallo fuera de mí en que me afirme
        Nada de humano y me resulto hueco;
        Si esta cárcel por otra al fin no trueco
        En mi vacío acabaré de hundirme.

        Oh triste soledad, la del engaño
        De creerse en humana compañía
        Moviéndose entre espejos, ermitaño.

        He ido muriendo hasta llegar al día
        En que espejo de espejos, soy me extraño
        A mí mismo y descubro no vivía.

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      En un cementerio de lugar castellano

        Corral de muertos, entre pobres tapias,
        Hechas también de barro,
        Pobre corral donde la hoz no siega,
        Sólo una cruz, en el desierto campo
        Señala tu destino.
        Junto a esas tapias buscan el amparo
        Del hostigo del cierzo las ovejas
        Al pasar trashumantes en rebaño,
        Y en ellas rompen de la vana historia,
        Como las olas, los rumores vanos.
        Como un islote en junio,
        Te ciñe el mar dorado
        De las espigas que a la brisa ondean,
        Y canta sobre ti la alondra el canto
        De la cosecha.
        Cuando baja en la lluvia el cielo al campo
        Baja también sobre la santa hierba
        Donde la hoz no corta,
        De tu rincón, ¡pobre corral de muertos!,
        Y sienten en sus huesos el reclamo
        Del riego de la vida.
        Salvan tus cercas de mampuesto y barro
        Las aladas semillas,
        O te las llevan con piedad los pájaros,
        Y crecen escondidas amapolas,
        Clavelinas, magarzas, brezos, cardos,
        Entre arrumbadas cruces,
        No más que de las aves libres pasto.
        Cavan tan sólo en tu maleza brava,
        Corral sagrado,
        Para de un alma que sufrió en el mundo
        Sembrar el grano;
        Luego sobre esa siembra
        ¡Barbecho largo!
        Cerca de ti el camino de los vivos,
        No como tú, con tapias, no cercado,
        Por donde van y vienen,
        Ya riendo o llorando,
        ¡Rompiendo con sus risas o sus lloros
        El silencio inmortal de tu cercado!
        Después que lento el sol tomó ya tierra,
        Y sube al cielo el páramo
        A la hora del recuerdo,
        Al toque de oraciones y descanso,
        La tosca cruz de piedra
        De tus tapias de barro
        Queda, como un guardián que nunca duerme,
        De la campiña el sueño vigilando.
        No hay cruz sobre la iglesia de los vivos,
        En torno de la cual duerme el poblado;
        La cruz, cual perro fiel, ampara el sueño
        De los muertos al cielo acorralados.
        ¡Y desde el cielo de la noche, Cristo,
        El Pastor Soberano,
        Con infinitos ojos centelleantes,
        Recuenta las ovejas del rebaño!
        ¡Pobre corral de muertos entre tapias
        Hechas del mismo barro,
        Sólo una cruz distingue tu destino
        En la desierta soledad del campo!

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      Es una antorcha

        Es una antorcha al aire esta palmera,
        Verde llama que busca al sol desnudo
        Para beberle sangre; en cada nudo
        De su tronco cuajó una primavera.

        Sin bretes ni eslabones, altanera
        Y erguida, pisa el yermo seco y rudo;
        Para la miel del cielo es un embudo
        La copa de sus venas, sin madera.

        No se retuerce ni se quiebra al suelo;
        No hay sombra en su follaje; es luz cuajada
        Que en ofrenda de amor se alarga al cielo;

        La sangre de un volcán que enamorada
        Del padre sol se revistió de anhelo
        Y se ofrece, columna, a su morada.

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      Hasta que se me fue no he descubierto

        Hasta que se me fue no he descubierto
        Todo lo que la quise;
        Yo creía quererla; no sabía
        Lo que es de amor morirse.
        Era como algo mío entonces, era
        Costumbre... que se dice...;
        Pero hoy soy suyo yo, soy de la muerte
        A quien nadie resiste.

        Al irse nació en mí... ¡no!, que en torturas
        En ella nací al írseme;
        Lo que creí yo sueño era la vela;
        He nacido al morirme.

        Por fin ya sé quién soy... no lo sabía...
        ¿Lo sé? ¿Quién sabe en este mundo triste?
        ¿Hay quién sepa lo que es saber y entienda
        Lo que la nada dice?

        Mi madre nació en mí en aquel día
        Que se me fue Teresa... Madre, dime
        De dónde vine, adónde voy perdido,
        Por qué al amor me diste...

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      Hay ojos que miran, hay ojos que sueñan

        Hay ojos que miran, -hay ojos que sueñan,
        Hay ojos que llaman, -hay ojos que esperan,
        Hay ojos que ríen -risa placentera,
        Hay ojos que lloran -con llanto de pena,
        Unos hacia adentro -otros hacia fuera.

        Son como las flores -que cría la tierra.
        Mas tus ojos verdes, -mi eterna Teresa,
        Los que están haciendo -tu mano de hierba,
        Me miran, me sueñan, -me llaman, me esperan,
        Me ríen rientes -risa placentera,
        Me lloran llorosos -con llanto de pena,
        Desde tierra adentro, -desde tierra afuera.

        En tus ojos nazco, -tus ojos me crean,
        Vivo yo en tus ojos -el sol de mi esfera,
        En tus ojos muero, -mi casa y vereda,
        Tus ojos mi tumba, -tus ojos mi tierra.

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      Horas serenas del ocaso breve

        Horas serenas del ocaso breve,
        Cuando la mar se abraza con el cielo
        Y se despiertas el inmortal anhelo
        Que al fundirse la lumbre, la lumbre bebe.


        Copos perdidos de encendida nieve,
        Las estrellas se posan en el suelo
        De la noche celeste, y su consuelo
        Nos dan piadosas con su brillo leve.

        Como en concha sutil perla perdida,
        Lágrima de las olas gemebundas,
        Entre el cielo y la mar sobrecogida

        El alma cuaja luces moribundas
        Y recoge en el lecho de su vida
        El poso de sus penas más profundas.

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      La luna y la rosa

        En el silencio estrellado
        La Luna daba a la rosa
        Y el aroma de la noche
        Le henchía ?sedienta boca?
        El paladar del espíritu,
        Que adurmiendo su congoja
        Se abría al cielo nocturno
        De Dios y su Madre toda...
        Toda cabellos tranquilos,
        La Luna, tranquila y sola,
        Acariciaba a la Tierra
        Con sus cabellos de rosa
        Silvestre, blanca, escondida...
        La Tierra, desde sus rocas,
        Exhalaba sus entrañas
        Fundidas de amor, su aroma...
        Entre las zarzas, su nido,
        Era otra luna la rosa,
        Toda cabellos cuajados
        En la cuna, su corola;
        Las cabelleras mejidas
        De la Luna y de la rosa
        Y en el crisol de la noche
        Fundidas en una sola...
        En el silencio estrellado
        La Luna daba a la rosa
        Mientras la rosa se daba
        A la Luna, quieta y sola.

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      La mar ciñe a la noche su regazo

        La mar ciñe a la noche en su regazo
        Y la noche a la mar; la luna, ausente;
        Se besan en los ojos y en la frente;
        Los besos dejan misterioso trazo.

        Derrítense después en un abrazo,
        Tiritan las estrellas con ardiente
        Pasión de mero amor, y el alma siente
        Que noche y mar se enredan en su lazo.

        Y se baña en la oscura lejanía
        De su germen eterno, de su origen,
        Cuando con ella Dios amanecía,

        Y aunque los necios sabios leyes fijen,
        Ve la piedad del alma la anarquía
        Y que leyes no son las que nos rigen.

        Horas serenas del ocaso breve,
        Cuando la mar se abraza con el cielo
        Y se despierta el inmortal anhelo
        Que al fundirse la lumbre, lumbre bebe.

        Copos perdidos de encendida nieve,
        Las estrellas se posan en el suelo
        De la noche celeste, y su consuelo
        Nos dan piadosas con su brillo leve.

        Como en concha sutil perla perdida,
        Lágrima de las olas gemebundas,
        Entre el cielo y la mar sobrecogida

        El alma cuaja luces moribundas
        Y recoge en el lecho de su vida
        El poso de sus penas más profundas.

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      Luciérnaga celeste

        Luciérnaga celeste, humilde estrella
        De navegante guía: la Boquilla
        De la Bocina que a hurtadillas brilla,
        Violeta de luz, pobre centella

        Del hogar del espacio; ínfima huella
        Del paso del Señor; gran maravilla
        Que broche del vencejo en la gavilla
        De mies de soles, sólo ella los sella.

        Era al girar del universo quicio
        Basado en nuestra tierra; fiel contraste
        Del Hombre Dios y de su sacrificio.

        Copérnico, Copérnico, robaste
        A la fe humana su más alto oficio
        Y diste así con su esperanza al traste.
        ¿Por qué esos lirios que los hielos matan?

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      Me destierro a la memoria

        Me destierro a la memoria,
        Voy a vivir del recuerdo.
        Buscadme, si me os pierdo,
        En el yermo de la historia,

        Que es enfermedad la vida
        Y muero viviendo enfermo.
        Me voy, pues, me voy al yermo
        Donde la muerte me olvida.

        Y os llevo conmigo, hermanos,
        Para poblar mi desierto.
        Cuando me creáis más muerto
        Retemblaré en vuestras manos.

        Aquí os dejo mi alma-libro,
        Hombre-mundo verdadero.
        Cuando vibres todo entero.

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      Morir soñando

        Au fait, se disait-il a lui-même, il parait que
        mon destin est de mourir en rêvant.
        Stendhal, Le Rouge et le Noir, LXX, "La tranquillité"

        Morir soñando, sí, mas si se sueña
        Morir, la muerte es sueño; una ventana
        Hacia el vacío; no soñar; nirvana;
        Del tiempo al fin la eternidad se adueña.

        Vivir el día de hoy bajo la enseña
        Del ayer deshaciéndose en mañana;
        Vivir encadenado a la desgana
        ¿Es acaso vivir?, ¿y esto qué enseña?

        ¿Soñar la muerte no es matar el sueño?
        ¿Vivir el sueño no es matar la vida?
        ¿A qué poner en ello tanto empeño?:

        ¿Aprender lo que al punto al fin se olvida
        Escudriñando el implacable ceño
        -Cielo desierto- del eterno Dueño?
        Soy yo, lector, que en ti vibro.

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      Nuestro secreto

        No me preguntes más, es mi secreto,
        Secreto para mí terrible y santo;
        Ante él me velo con un negro manto
        De luto de piedad; no rompo el seto

        Que cierra su recinto, me someto
        De mi vida al misterio, el desencanto
        Huyendo del saber y a Dios levanto
        Con mis ojos mi pecho siempre inquieto.

        Hay del alma en el fondo oscura sima
        Y en ella hay un fatídico recodo
        Que es nefando franquear; allá en la cima

        Brilla el sol que hace polvo al sucio lodo;
        Alza los ojos y tu pecho anima;
        Conócete, mortal, mas no del todo.

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      ¿Por qué esos lirios que los hielos matan?

        ¿Por qué esas rosas a que agosta el sol?
        ¿Por qué esos pajarillos que sin vuelo
        Se mueren en plumón?

        ¿Por qué derrocha el cielo tantas vidas
        Que no son de otras nuevas eslabón?
        ¿Por qué fue dique de tu sangre pura
        Tu pobre corazón?

        ¿Por qué no se mezclaron nuestras sangres
        Del amor en la santa comunión?
        ¿Por qué tú y yo, Teresa de mi alma
        No dimos granazón?

        ¿Por qué, Teresa, y para qué nacimos?
        ¿Por qué y para qué fuimos los dos?
        ¿Por qué y para qué es todo nada?
        ¿Por qué nos hizo Dios?

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      La oración del ateo

        Oye mi ruego Tú, Dios que no existes,
        Y en tu nada recoge estas mis quejas,
        Tú que a los pobres hombres nunca dejas
        Sin consuelo de engaño. No resistes

        A nuestro ruego y nuestro anhelo vistes.
        Cuando Tú de mi mente más te alejas,
        Más recuerdo las plácidas consejas
        Con que mi ama endulzóme noches tristes.

        ¡Qué grande eres, mi Dios! Eres tan grande
        Que no eres sino Idea; es muy angosta
        La realidad por mucho que se expande

        Para abarcarte. Sufro yo a tu costa,
        Dios no existente, pues si Tú existieras
        Existiría yo también de veras.

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      ¿Qué es tu vida, alma mía?

        ¿Qué es tu vida, alma mía?, ¿cuál tu pago?,
        ¡Lluvia en el lago!
        ¿Qué es tu vida, alma mía, tu costumbre?
        ¡Viento en la cumbre!

        ¿Cómo tu vida, mi alma, se renueva?,
        ¡Sombra en la cueva!,
        ¡Lluvia en el lago!,
        ¡Viento en la cumbre!,
        ¡Sombra en la cueva!

        Lágrimas es la lluvia desde el cielo,
        Y es el viento sollozo sin partida,
        Pesar, la sombra sin ningún consuelo,
        Y lluvia y viento y sombra hacen la vida.

      Arriba

      Si tú y yo, Teresa mía, nunca

        Si tú y yo, Teresa mía, nunca
        Nos hubiéramos visto,
        Nos hubiéramos muerto sin saberlo:
        No habríamos vivido.

        Tú sabes que morirse, vida mía,
        Pero tienes sentido
        De que vives en mí, y viva aguardas
        Que a ti torne yo vivo.

        Por el amor supimos de la muerte;
        Por el amor supimos
        Que se muere; sabemos que se vive
        Cuando llega el morirnos.

        Vivir es solamente, vida mía,
        Saber que se ha vivido,
        Es morirse a sabiendas dando gracias
        A Dios de haber nacido.

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      Te da en la frente el sol de la mañana

        Te da en la frente el sol de la mañana
        Recién nacido, pálida doncella,
        Misteriosa visión, fugaz estrella,
        Que te derrites en la luz. Hermana

        De la que nace cuando la campana
        Tocando a la oración doliente sella
        La fatiga de un día más, la mella
        Que sume el alma en la mortal desgana.

        El alba y el ocaso cruzan manos,
        Y así, a la silla de la reina, al día
        Ya la noche, rendidos soberanos,

        Los llevan a enterrar. Triste sería
        Que al despertar de nuestros sueños varios
        Luz y sombra lucharán a porfía.

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      Veré por ti

        "Me desconozco", dices; mas mira, ten por cierto
        Que a conocerse empieza el hombre cuando clama
        "Me desconozco", y llora;
        Entonces a sus ojos el corazón abierto
        Descubre de su vida la verdadera trama;
        Entonces es su aurora.

        No, nadie se conoce, hasta que no le toca
        La luz de un alma hermana que de lo eterno llega
        Y el fondo le ilumina;
        Tus íntimos sentires florecen en mi boca,
        Tu vista está en mis ojos, mira por mí, mi ciega,
        Mira por mí y camina.

        "Estoy ciega", me dices; apóyate en mi brazo
        Y alumbra con tus ojos nuestra escabrosa senda
        Perdida en lo futuro;
        Veré por ti, confía; tu vista es este lazo
        Que a ti me ató, mis ojos son para ti la prenda
        De un caminar seguro.

        ¿Qué importa que los tuyos no vean el camino,
        Si dan luz a los míos y me lo alumbran todo
        Con su tranquila lumbre?
        Apóyate en mis hombros, confíate al Destino,
        Veré por ti, mi ciega, te apartaré del lodo,
        Te llevaré a la cumbre.

        Y allí, en la luz envuelta, se te abrirán los ojos,
        Verás cómo esta senda tras de nosotros lejos,
        Se pierde en lontananza
        Y en ella de esta vida los míseros despojos,
        Y abrírsenos radiante del cielo a los reflejos
        Lo que es hoy esperanza.

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