Numa Pompilio Llona

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    Información biográfica

  1. A don Fernando Velarde
  2. Desde mi estancia
  3. Desolación. El poeta y el siglo
  4. Doce años después
  5. Los arqueros negros
  6. Noche de dolor en las montañas


Información biográfica
    Nombre: Numa Pompilio Llona y Echeverri
    Lugar y fecha nacimiento: Guayaquil, Ecuador, 1832
    Lugar y fecha defunción: Guayaquil, Ecuador, 4 de abril de 1907 (75 años)
    Ocupación: Periodista, filósofo, escritor, poeta

    Fuente: [Numa Pompilio Llona] en Wikipedia.org
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    A don Fernando Velarde
      ¡No te amedrente el ponzoñoso dardo
      De turba vil, que con rencor bastardo
      Te provoca y te insulta!; ¡firme lidia!...
      ¡Porque jamás vio el mundo, oh noble bardo,
      Fuego sin humo, gloria sin envidia!
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    Desde mi estancia
      Al eminente crítico y poeta argentino don Calixto Oyuela.

      Mi ventana, que se abre a la campiña
      Do se extiende fantástico paisaje,
      Cubre del huerto trepadora viña
      Con la tupida red de su ramaje;

      Entre su fronda, hasta la oscura estancia
      Filtra su blanca luz la luna llena
      Que, alumbrando los campos a distancia,
      Surge en el cielo fúlgida y serena;

      Dando tregua a misérrimas congojas,
      Contemplo yo, de la penumbra opaca,
      El arabesco de las negras hojas
      Que en argentado fondo se destaca;

      De la cumbre de próxima montaña
      Desciende el aura y el follaje agita;
      ¡Y siento entonces emoción extraña,
      Ansiedad soñadora e infinita!...

      ¡Afuera, allá, las mágicas florestas,
      Dormidos valles, encantados montes!...
      ¡Y esos hierros, y ramas interpuestas
      Ante aquellos grandiosos horizontes!...

      De la terrena cárcel tras la reja,
      Mira así el alma con dolor profundo
      El infinito que su luz refleja
      En los oscuros ámbitos del mundo;

      ¡Y así contempla en la penumbra hundida,
      El lejano ideal de su ventura,
      Por entre las malezas de la vida,
      Donde, a veces, de lo alto descendida,
      La divina pasión sólo murmura!
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    Desolación. El poeta y el siglo
      A don Fernando Velarde.

      ¿Cómo cantar, cuando llorosa gime,
      Sin esperanza y sin amor, el alma;
      Y por doquiera, con horror, la oprime
      De los sepulcros la siniestra calma?

      ¿Cuando de los espíritus el vuelo
      Ata doliente, universal marasmo;
      Y, con sus alas azotando el suelo,
      Palpita moribundo el Entusiasmo?

      ¿Cuando, si un generoso pensamiento
      Surge en el alma y su dolor halaga,
      Del piélago sin fin del desaliento,
      En las ondas inmóviles naufraga?

      ¿Cómo cantar, cuando al audaz poeta
      Al mundo cierra con desdén su oído;
      Y el noble acento de su Musa inquieta
      Muere en la vasta soledad perdido?

      ¿Cuando la envidia, que aún las tumbas hoza,
      Con torvos ojos pálida le espía;
      Y sus entrañas a traición destroza,
      Y escarnece el dolor de su agonía?

      ¿Cuando la turba de plagiarios viles
      A sus cantos se lanza jadeante,
      Revolcando en su lodo, cual reptiles,
      Su corazón sangriento y palpitante?

      ¿Cuando su canto ardiente y sobrehumano
      Amalgama y confunde el vulgo idiota
      Con las míseras rimas, donde en vano
      Mezquino vate su impotencia agota?

      ¿Cuando, si el noble y dolorido bardo
      Su alma descubre rota y destrozada,
      En su honda herida revolviendo el dardo,
      Le arroja el vulgo imbécil carcajada?

      ¿Cómo cantar, cuando en la sed de fama
      La generosa juventud no arde;
      Ni el santo fuego del honor la inflama,
      Ni hace de heroica abnegación alarde?

      ¿Cuando de Patria y Libertad los nombres
      En ningún corazón encuentran eco,
      Cual se apagan los gritos de los hombres
      De los sepulcros en el hondo hueco?

      ¿Cuando, al amor, ya sordas las mujeres
      Y al brillo indiferentes de la gloria,
      Corren en pos de frívolos placeres
      Y ansiosas buscan la mundana escoria?

      ¿Cuando el justo derrama inútil lloro
      Y bate el vicio triunfadoras palmas,
      Y, entre el aplauso universal, el oro
      Es el sol refulgente de las almas?

      ¿Cuando, como Proteo, a cada hora
      Nuevas formas reviste el egoísmo;
      Y en los áridos pechos sólo mora
      Estéril duda, fúnebre ateísmo?...

      ¡Ay, cuando en torno el ojo atribulado
      Descubre sólo corrupción, miseria!
      ¡Y doquier, al espíritu humillado
      Huella con pie triunfante la materia!...

      ¡Oh!, en tan inmensa postración, el vate
      Su turbulenta inspiración acalla;
      La llama extingue que en su pecho late
      Y en los sepulcros se reclina, y ¡calla!

      ¡Y nada, nada su silencio amargo
      Un solo instante a interrumpir alcanza,
      Ni a turbar el horror de su letargo,
      Ni a encender en su pecho la esperanza!...

      ¡Ay!, yo he palpado el corazón humano;
      Y muerto ¡para siempre! le encontré...
      ¡Muerto!... ¡Rompamos, generoso hermano,
      Nuestro laúd con iracundo pie!
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    Doce años después
      ¡Todo se ha transformado en los lugares
      Que hoy recorro doliente y solitario,
      Y que fueron un tiempo el escenario
      Del drama de mi dicha y mis pesares!

      Del corazón los ídolos y altares
      Juntos cubre del tiempo ya el sudario;
      ¡Todo lo disipó su curso vario...
      Como el viento la espuma de esos mares!

      ¡Ay, en tan vasta ruina y tal mudanza,
      Sólo inmóvil mi espíritu subsiste,
      Huérfano del amor y la esperanza!

      ¡Y fiel a sus dulcísimas memorias,
      Pensativo contempla, y mudo y triste,
      La tumba de sus sueños y sus glorias!
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    Los arqueros negros
      Tras el hombro el carcaj: un pie adelante;
      Con el brazo fortísimo membrudo
      Tendiendo el arco; y, con mirar sañudo,
      Inclinado el etiópico semblante,

      Así, en hilera, el batallón gigante
      De dolores me acecha torvo y mudo;
      Y sus saetas clava en mi desnudo
      Ensangrentado pecho palpitante!...

      ¡Mas no de tus flecheros me acobardo
      Ante el airado ejército sombrío;
      Sus golpes todos desdeñoso aguardo!...

      ¡Manda a tu hueste herirme, oh Hado impío,
      Hasta que lancen su postrero dardo!
      Hasta que se halle su carcaj vacío.
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    Noche de dolor en las montañas
      A don Juan Valera.

      Rugió la tempestad; y yo, entretanto,
      Del monte al pie, la faz sobre la palma
      Vertiendo acerbo inextinguible llanto,
      Quedé en su pena, adormecida mi alma;
      Cuando cesó el sopor de mi quebranto,
      Limpio estaba el azul, el viento en calma...
      ¡Y con asombro y amargura y duelo,
      Alcé mi rostro a contemplar el cielo!...

      Sirio radiante sin cesar lucía;
      Saturno, inmóvil, del cenit miraba
      La vida universal... La Láctea Vía,
      Que con luz taciturna centellaba
      Y al orbe en ancho círculo envolvía
      De brillantes escamas, semejaba
      La infinita, simbólica serpiente
      Que se está devorando eternamente...

      ¡Cuánto silencio! ¡Oh Dios! ¡Cuánto reposo!
      ¡Y cuán honda y fatal indiferencia!
      ¡Cuán extraño ese todo prodigioso
      Es del hombre a la mísera presencia!...
      ¡Al comprenderlo, un pasmo doloroso
      Penetra y acongoja la conciencia,
      Y en sus abismos íntimos clarea
      Una tremenda e implacable idea!

      Gira el mundo en el vasto firmamento
      Con pompa augusta y majestad suprema,
      Y se agita, en acorde movimiento,
      De los astros sin fin el gran sistema...
      ¡Y el hombre pasa, alzando su lamento,
      Y de su propio ser con el problema!
      ¡Sufre y muere!... ¡y no turba su caída
      El perpetuo banquete de la vida!

      Ser inmenso encerrado en su egoísmo
      Parece el universo soberano,
      O un colosal y ciego mecanismo
      Que gira sin cesar; ¡y el ser humano
      -El que, entre todos, siéntese a sí mismo-,
      La arista deleznable, el leve grano,
      Que va a saciar, sin que eludirlo pueda,
      La actividad de la gigante rueda!

      ¡Un resorte es, tal vez, de aquella vasta
      Maravillosa máquina divina,
      Mas resorte que sufre!, ¡que se gasta,
      Y que siente su próxima ruina!
      ¡Ser cuya triste pequeñez contrasta
      Con su instinto que a lo alto se encamina!
      ¡Que vive un día en cautiverio infando,
      Eterna vida y libertad soñando!

      ¡Vive! ¡en su mente el doloroso drama
      Llevando de sus propios pensamientos;
      Conjunto extraño, mísera amalgama
      De opuestos y encontrados elementos;
      Mezcla de sombra y de celeste llama;
      Antítesis de todos los momentos;
      Híbrido ser; en medio a cuanto existe,
      De la fatalidad víctima triste!

      Como el príncipe aquel infortunado
      De los extraños cuentos orientales,
      Que, en su inferior mitad petrificado,
      Lloraba inmóvil sus eternos males;
      A la inerte materia encadenado
      El hombre, así, por vínculos fatales,
      De las regiones ínfimas del suelo
      ¡Ansioso mira y suspirando el cielo!

      Más dichosos, del ángel puro y fuerte
      No oprime el barro la sustancia aérea; 
      La inmóvil planta, el mineral inerte,
      Son insensible estúpida materia;
      Siente el bruto los males de su suerte,
      ¡Pero no a su dolor y a su miseria
      Da una perpetua y céntuple existencia
      El cristal refractor de la conciencia!

      Sólo él, que se llama el rey egregio
      De la vasta creación puesto en la cumbre,
      Sólo él recibe el alto privilegio
      De la razón, con que su noche alumbre;
      Él tiene el pensamiento, signo regio
      Que en su frente refulge, interna lumbre,
      Del Universo misterioso espejo,
      Y de su propio ser sombra y reflejo.

      El sol, de eterna majestad vestido,
      Que nace en calma allá en el océano,
      Cuando, como de amor estremecido,
      Palpita y se alza su cerúleo llano;
      Cuando bullente mar de oro fundido
      Su faz semeja; y su vapor liviano
      Flota en los aires, y escalando el monte,
      Desvanece el perfil del horizonte;

      Cuando, en las altas cúspides quebrados,
      Hieren los dardos de oro las montañas...
      Y de los hondos valles y collados
      El humo se alza ya de las cabañas;
      Y el distante mugir de los ganados
      Se oye, y la voz de montes y campañas;
      ¡Y de la tierra la anchurosa escena
      De luz, de vida y de rumor se llena!

      Los espumosos rápidos torrentes
      Que, de los montes rudos y sombríos
      Relumbrando en las ásperas vertientes,
      Bajan al valle; los sonoros ríos
      Que, en caprichosos giros refulgentes,
      Por entre bosques, pueblos y plantíos,
      Se pierden en confusa lontananza...
      ¡Como un sueño de amor y de esperanza!

      La hora augusta, callada y ardorosa
      Del meridiano universal sosiego,
      Cuando la Tierra extática reposa
      Bajo su blanca túnica de fuego...
      Las sombras de la tarde misteriosa;
      De la campana el clamoroso ruego,
      Mientras el sol se oculta paso a paso
      En las pompas sublimes del ocaso;

      Del labrador alegre los cantares,
      Que, más feliz que próceres y reyes,
      De la diurna faena a sus hogares
      Al paso vuelve de sus tardos bueyes;
      Las voces de las granjas y lagares;
      El tropel y balido de las greyes
      Que en silencio al redil el pastor guía,
      A las vislumbres últimas del día;

      Venus que asoma rutilante y pura
      Del dudoso crepúsculo entre el velo;
      La muchedumbre de astros que fulgura
      En el profundo cóncavo del cielo,
      Mientras cubre aún la tierra sombra oscura.
      ¡Y el alma siente indefinible anhelo
      Bajo esa inmensa y trémula techumbre
      De viva, ardiente y fulgorosa lumbre!

      ¡La aparición de la triunfante luna
      En el azul más claro del vacío,
      Que con serenos rayos la laguna
      Argenta y la montaña y selva y río...
      La misteriosa oscuridad que aduna
      Tal vez la noche en su recinto umbrío,
      Mientras del mar en la tiniebla oculto
      ¡Resuenan los gemidos y el tumulto!...

      Las nebulosas noches en que vela
      El firmamento sombra vaporosa,
      Cuando la luna trémula riela
      En la mar alterada y tenebrosa,
      Y su argentada rutilante estela
      Sigue el vaivén del onda silenciosa...
      ¡Y en el alma se eleva, conmovida,
      Como el recuerdo de otra augusta vida!

      ¡Las montañas inmobles y severas
      Que se reflejan en el hondo lago,
      Cuyo luciente espejo auras ligeras
      Tan sólo agitan, en amante halago;
      Sus ondas que en las plácidas riberas
      Lentas expiran con murmullo vago;
      Los nevados que elevan a lo lejos
      Sus cúpulas de fúlgidos reflejos!...

      Los azulados pálidos albores
      De la aurora en los valles indecisa;
      El amante susurro de las flores
      Que el soplo inclina de la fresca brisa;
      De la escondida frente los rumores;
      De los cielos la fúlgida sonrisa;
      La blanca nube que en su fondo rueda;
      La tórtola que gime en la arboleda...

      Del panorama espléndido del mundo
      Cada aspecto magnífico y diverso,
      Cada acento sonoro o gemebundo
      Del himno augusto en la creación disperso,
      De un sentimiento incógnito y profundo
      Llenan su corazón; y al universo
      Estrecha su alma con gigante abrazo,
      ¡Y unirse quiere en perdurable lazo!

      ¡Perpetuamente contemplar quisiera
      De la tierra y los cielos la hermosura;
      Y, siguiendo en su rápida carrera
      A la gloria e inmortal natura,
      Al revolver de la celeste esfera,
      En éxtasis de amor y de ventura,
      Del éter por las vastas soledades
      Atravesar con ella las edades!

      ¡De la ley de la muerte vencedora,
      Gozar quisiera de inexhausta vida,
      Sin noche, sin ocaso y sin aurora,
      Sin término, ni valla, ni medida!
      ¡Y la infinita sed que la devora
      Así saciando, al universo unida,
      Su espíritu fundiéndose en su esencia,
      Abismarse en la cósmica existencia!...

      ¡Que es la vasta creación, con los fulgores
      De sus eternos astros, con la orquesta
      De sus seres, y cantos y rumores...
      El coro inmenso, la perpetua fiesta
      Entre la cual, la humanidad, de flores
      Marcha ceñida, y a morir dispuesta!
      ¡Ifigenia inocente y resignada
      Ante ignota deidad sacrificada!

      ¡Comprende que es inútil su esperanza!
      ¡Que -blanco de la cólera tremenda
      Del destino implacable o la venganza,
      O ante su altar propiciatorio ofrenda-,
      Por fuerza oculta arrebatado avanza
      Gimiendo el hombre en la terrestre senda,
      A cuyo fin le espera silenciosa
      La universal y sempiterna fosa!...

      ¡Oh indecible dolor!... ¡Oh desventura
      Eterna, inevitable e infinita!
      ¡Contradicción fatal! ¡Ley de amargura
      A nuestra raza mísera prescrita!...
      Si por doquier a la infeliz criatura
      Su propia y triste condición limita,
      ¿Por qué esta sed que nos devora interna
      De amor, de vida y venturanza eterna?

      ¿Por qué esta ansia de espíritu gigante
      Puesta en un ser efímero y mezquino?
      ¿Por qué este anhelo inmenso e incesante
      De lo eterno, inmortal y lo divino,
      Si el sueño irrevocable de un instante
      Sólo es la vida que le dio el destino;
      Niebla que en el azul del firmamento
      Veloz agrupa y desvanece el viento?

      ¡No! Armada de la séptuple coraza
      De firme voluntad el alma fuerte,
      El golpe esperarás con que amenaza
      Tu inerme seno la infalible muerte,
      ¡Oh, tú, de Adán desventurada raza,
      Hija desheredada de la suerte!
      ¡Y le opondrás la calma y la grandeza
      De tu heroica invencible fortaleza!

      De la enemiga tribu prisionero
      Y próximo a sufrir muerte cruenta,
      Atado al tronco el índico guerrero
      Las breves horas de su vida cuenta; 
      Inmóvil, silencioso y altanero,
      No a sus contrarios apiadar intenta;
      Su suerte acepta; y de la turba impía
      Desdeñoso la saña desafía;

      En lo pasado engólfase su mente
      Largo tiempo, al rumor que en la enramada
      Forma el viento que le habla tristemente
      De su selva, su choza y de su amada...
      Levanta, alabo, la inclinada frente;
      Centellante recorre su mirada
      De sus verdugos el salvaje coro...
      ¡Y al fin entona un cántico sonoro!

      ¡Un cántico de muerte y de victoria!
      ¡Himno a la vez triunfal y plañidero!
      Que toda encierra la sangrienta historia
      De sus luchas de guerra en el sendero.
      ¡Apoteosis de su propia gloria!
      ¡Consolación de su suplicio fiero!
      En su labio crispado al fin expira...
      ¡Y el cuerpo entrega a la inflamada pira!

      Así ¡oh tú, alma generosa y fuerte
      Que el soplo alienta de viril potencia!
      Aceptar debes de la adversa suerte
      La injusta cuanto bárbara sentencia;
      El aspecto cercano de la muerte
      Mirarás con estoica indiferencia;
      ¡Y, al morir, sin flaqueza y sin quebranto,
      Entonarás tu funerario canto!

      Y en él dirás: de tus fugaces años,
      Las luchas, los cuidados y dolores,
      Incertidumbres, dudas, desengaños...
      De la instable fortuna los rigores;
      De la callada edad los lentos daños;
      De los seres más caros y mejores
      La inesperada eterna despedida,
      Que extingue la mitad de nuestra vida.

      De invisibles contrarios el asedio
      En la terrestre encarnizada guerra;
      La ponzoña letal y sin remedio
      Que allá en su fondo nuestra copa encierra;
      La creciente congoja y hondo tedio
      En nuestro triste viaje por la tierra...
      ¡Y aquel amargo y desdeñoso acento,
      Muriendo, arrojarás al firmamento!

      ¡Del propio crimen que nosotros, reo
      Sufriendo atroz suplicio en la alta roca,
      No, de Jove, el antiguo Prometeo
      Con viles ruegos la piedad invoca;
      Encadenado el torso giganteo,
      Cerró el silencio del desdén su boca;
      Mas, sublime, lanzó, con frente enhiesta,
      A la eterna justicia su protesta!

      ¡Sí!, que, al morir, elévese a lo menos
      El grito de la mísera criatura,
      Y traspasando los etéreos senos,
      Allá resuene en la celeste altura;
      Que en los espacios mudos y serenos
      Eterno vibre su eco de amargura...
      ¡Y que después deshágase y sucumba,
      Y en polvo caiga en ignorada tumba!
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