Manuel del Palacio

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    Información biográfica

  1. A mi hija María
  2. A Victor Hugo
  3. Amor oculto
  4. El fraile
  5. En el álbum de Maria C. Larravide
  6. Eusebio Blasco y el Gil Blas
  7. Jerez y Rhin
  8. La flor de mi esperanza
  9. Madrigal



  10. Información biográfica
      Nombre: Manuel del Palacio y Simó
      Lugar y fecha nacimiento: Lérida, España, 24 de diciembre de 1831
      Lugar y fecha defunción: Madrid, España, 1906 (74 años)
      Ocupación: Periodista y poeta.
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      A mi hija María
        Al pronunciar tu nombre, hija querida,
        Puros están mis labios y mi alma,
        Pasadas las tormentas de la vida
        Miro ya al Cielo con serena calma.
        De cuanto amé y creí con fe y empeño
        Sólo dos cosas en mi pecho abrigo:
        Mi amor al bien, que fue mi primer sueño,
        Mi amor a ti, que morirá contigo.
        Rendido alguna vez, jamás postrado,
        Crucé del mundo la escabrosa senda,
        Alta la sien, el pensamiento honrado,
        No dócil al error, y sí a la enmienda.
        Nunca esperé ni aplauso ni memoria
        Ni demandé favor a la fortuna,
        Los pobres lauros que debí a la gloria
        Todos los arrojé sobre tu cuna.
        Si de la edad venciendo los agravios
        Eres, cual ángel hoy, mujer un día,
        Oirás, contada por ajenos labios
        Una historia infeliz, esa es la mía.
        Aspirar a lo grande y ser pequeño,
        Amar la libertad y no gozarla,
        Tener tan solo la razón por dueño
        Y al capricho del mundo encadenarla;
        Vivir sujeto al afrentoso lazo
        Que teje a veces la maldad triunfante,
        Y ver unidos en estrecho abrazo
        El odio ruin y la ambición gigante.
        Tal fue mi vida, tal será la tuya,
        Y, ¡ay de ti si tu aliento desfallece!
        Cuando mi noche terrenal concluya,
        ¡Cuando tu aurora celestial empiece!
        Verás con miedo como yo con ira
        Tomar el vicio de virtud el nombre,
        Aplaudir la verdad a la mentira,
        Hacer el hombre su escabel del hombre.
        Verás de amor cubiertos con el velo
        La torpe liviandad o el vino amaño,
        Herencia del dolor, el desconsuelo,
        Herencia del placer, el desengaño.
        Si esto sucede, si la duda impía
        Osa empañar tu corazón siquiera,
        Abre este libro entonces, hija mía,
        Donde cayó mi lágrima postrera.
        Abrelo, sí, y al recorrer sus hojas
        En que pintarte quiso mi deseo
        De los muertos placeres las congojas
        Y de la vida el loco devaneo.
        Piensa no existe entre sus hojas una
        Que un consejo no guarde provechoso,
        Y que es buen consejo una fortuna
        Que no suele tener el poderoso.
        Piensa que con la fe todo se allana,
        Que con la caridad todo se puede,
        Que hay flor que al huracán resiste ufana
        Y al blando soplo de la brisa cede.
        Sentir, amar, creer; aquí se encierra
        Todo el secreto de la humana vida;
        Quien cumple esta misión sobre la tierra
        Puede esperar en calma su partida.
        ¡Por eso yo con efusión te estrecho
        Hija del alma, te coloco al lado,
        Y me duermo tranquilo y satisfecho
        Como el atleta de luchar cansado!
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      A Victor Hugo
        Con el siglo nació, y el siglo llena;
        Los genios le arrullaron en su cuna,
        Y esclava de su voz fue la tribuna,
        Y sus héroes asombro de la escena.

        Cuando su lira con amor resuena,
        Más dulce que su lira no hay ninguna;
        Cuando al poder maldice o la fortuna,
        Cual desbordado mar ruge y atruena.

        ¡Mártir y salvador, verdugo y reo,
        Diéronle, para honrar su ejecutoria,
        Tasso el laurel, la roca Prometeo:

        Y del carro triunfal de la victoria
        Cayó, tocando en tierra como Anteo
        Para alzarse inmortal... como su gloria!
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      Amor oculto
        Ya de mi amor la confesión sincera
        Oyeron tus calladas celosías,
        Y fue testigo de las ansias mías
        La luna, de los tristes compañera.

        Tu nombre dice el ave placentera
        A quien visito yo todos los días,
        Y alegran mis soñadas alegrías
        El valle, el monte, la comarca entera.

        Sólo tú mi secreto no conoces,
        Por más que el alma con latido ardiente
        Sin yo quererlo te lo diga a voces;

        Y acaso has de ignorarlo eternamente,
        Como las ondas de la mar veloces
        La ofrenda ignoran que les da la fuente.
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      El fraile
        En el ruinoso claustro bizantino
        Iba a sentarme a declinar el día,
        A pie cruzando el áspero camino
        Que conduce del pueblo a la abadía.
        Todo allí soledad, todo misterio;
        Del monte en el declive ameno valle,
        Y vecino a la iglesia el cementerio,
        De altos cipreses tras angosta calle.
        Aquel antiguo claustro, aquella calma,
        Aquel cielo tan puro y transparente,
        Hablaban a mis ojos y a mi alma
        De algo que no se explica y que se siente.
        Alguna vez el eco repetido
        Por la cintrada bóveda del coro
        Traía murmurando hasta mi oído
        El rezo triste y el cantar sonoro;
        Y alguna vez también pálido y mudo,
        Y hombre, que un fantasma parecía,
        Contestaba impasible a mi saludo,
        Y del templo en la sombra se perdía.
        ¿Quién era? Al mundo y a la vida extraño,
        Prófugo del hogar, de nombre incierto,
        ¿Qué crimen, qué dolor, qué desengaño
        Lloraba en aquel árido desierto?
        Bajo su tersa y despejada frente,
        De su pupila azul en los fulgores,
        Irradiaban los sueños de la mente,
        Ricos de luz, de encanto y de colores.
        ¿Quién sabe si en la celda sumergido,
        Cuando todo en silencio reposabas
        Con el orgullo de Luzbel caído,
        Su túnica de Neso desgarraba?
        ¿Tal vez un mártir del amor sería,
        Que al tibio rayo de la luna bella,
        De su amada el espectro evocaría,
        La fe negando a Dios que puso en ella?
        ¿O de oculto pesar víctima triste,
        Acaso maldiciendo su destino,
        De una felicidad que aquí no existe,
        Buscaba en las tinieblas el camino?
        No lo sé; de su imagen solitaria,
        Siempre severa y misteriosa y fría
        Sólo el perfil recuerdo y la plegaria,
        Que más se adivinaba que se oía:
        Y tampoco olvidé que muchas veces,
        Del sitio impresionado y del momento,
        Al rumor de sus pasos y sus preces
        Despertó mi dormido pensamiento...
        Y pensé en mi interior: esa sentencia
        Que el hombre sufre y que se impone él mismo,
        ¿Es ley a que obedece su conciencia,
        O imposición fatal de su egoísmo?
        ¿Puede el humano ser, suprema hechura
        De un divino o Hacedor, fuente de vida,
        Renunciando a su noble investidura,
        Realizar los intentos del suicida?
        No de estéril piedad, de amor fecundo
        Se nutren los hambrientos corazones;
        Y hacen más falta ejemplos en el mundo
        Que en el cielo cantares y oraciones.
        Bálsamo del dolor es la esperanza,
        Y, afirme cuanto quiera la pereza,
        Del bien y la virtud en la balanza,
        Pesa más el que instruye que el que reza.
        Más alto que el incienso, cuya nube
        Se borra condensada en el ambiente,
        Hasta el trono inmortal vibrando sube
        El suspiro del pobre y del doliente.
        Corregir al iluso y al culpable,
        Aliviar al enfermo y al cuitado,
        Ese es el culto a Dios más agradable,
        Ese el deber del justo y del honrado.
        Fraile, no envidio tu serena calma;
        Yo amo al par las espinas y las flores;
        La vida es un combate, y de la palma
        Nunca dignos serán los desertores.
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      En el álbum de Maria C. Larravide
        El cisne que navega
        Por el dormido lago;
        El ruiseñor que entona
        De noche su cantar;
        La tórtola que gime
        Cruzando el aire vago;
        La estrella que aparece,
        La brisa al susurrar,
        No tienen el aroma,
        La luz, la poesía,
        La gracia, la frescura,
        La dulce languidez
        Que el cielo ha derramado
        Simpática María,
        Sobre tus negros ojos
        Y tu rosada tez.
        El lirio dio a tu aliento
        Su embriagadora esencia;
        La palma a tu cintura
        Prestó la ondulación;
        Y hay en tu risa el grato
        Candor de la inocencia,
        Junto al volcán interno
        Que abrasa el corazón.
        Feliz una y mil veces
        Aquel que logre un día
        Los ojos en ti fijos
        Y el alma fija en ti,
        Decirte una palabra,
        Una tan sólo: "¡Mía!"
        Y en tus amables labios
        Beber el dulce: "¡Sí!"
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      Eusebio Blasco y el Gil Blas
        Todos éramos jóvenes,
        Él era casi niño,
        Aragonés y rubio,
        Delgado y enfermizo.
        Inquieto de carácter
        Y al par alegre y vivo,
        Los chistes en su boca
        Brotaban a porrillo;
        Siendo en él el ingenio
        Muy superior al juicio,
        Cosa en que otros mayores
        También nos distinguimos.
        ¡Qué redacción aquella!
        Siempre el petate listo
        Para ir al Saladero
        O para andar a tiros.
        En casa y en la calle
        Cercados por esbirros,
        Y habiéndonos a veces
        De tú con los Ministros.
        Y pese a las denuncias
        Las multas y los líos,
        Rivera tan afable,
        Tan culto Federico,
        Roberto tan idólatra
        De clérigos y obispos,
        Y Blasco tan contento
        Y Juan y yo lo mismo.
        Aquel era entusiasmo,
        Y aquello eran peligros,
        Y censurar sin tregua
        Lo humano y lo divino.
        Hoy del sagrado fuego
        Quedan sólo residuos,
        Y dos viejos vestales
        Del templo derruido
        Que a recordar sus glorias
        Se juntan en el Suizo.
        Allí, Eusebio, se suele
        Llorar por los amigos
        Que logran el descanso
        Tras batallar prolijo:
        Allí con el recuerdo
        Renuévase el cariño,
        Y yo, que todavía
        Culto al pasado rindo,
        Yo, que fui en gratas horas
        De tu niñez testigo,
        Al lamentar tu ausencia
        Por ti y por mí suspiro;
        ¡Que eran tus años pocos
        Al lado de los míos!
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      Jerez y Rhin
        Para curarme el esplín
        Los tomo más de una vez:
        ¡Rico vino es el Jerez!
        ¡Buena bebida es el Rhin!
        Los dos, usados con calma,
        Dan, triunfando del dolor,
        Al cuerpo nuevo vigor,
        Nueva juventud al alma.
        Y ambos, en igual porfía,
        Después de darnos solaz,
        Brindan al que duerme, paz,
        Y al que trabaja, alegría.
        Hay quien con mala intención
        Ponerlos quisiera en guerra:
        ¿Por qué? Cada uno en su tierra
        Cumpla su grata misión.
        Todo el que sabe beber
        Sabe también, cuando menos,
        Que mezclar dos vinos buenos
        Es echarlos a perder.
        Y nunca olvidarse debe,
        Pues anda en libros escrito,
        Que el vino más exquisito
        Se enturbia cuando se mueve.
        Queden, pues, quietos los dos,
        Y pasada la embriaguez,
        Bebamos Rhin y Jerez
        En paz y en gracia de Dios.
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      La flor de mi esperanza
        Yo vi en una mañana
        Serena y deliciosa,
        Brillar en la pradera fresca rosa
        Espléndida y galana.
        Sus hojas de colores
        Al albo Sol herían,
        Era la reina de las otras flores,
        Era la flor de la esperanza mía.

        Las amorosas brisas la mecieron
        Llenando de perfume su capullo,
        Vida y color la dieron,
        Yo lozana la vi del prado orgullo;
        Mis ayes de quebranto
        Sólo ella cariñosa comprendía,
        ¡Cuántas veces mi llanto
        Regó la flor de la esperanza mía!

        Yo la conté mis sueños,
        La historia le expliqué de mis amores,
        Ella feliz rio de mis ensueños,
        Y lloró desgraciada mis dolores.

        Yo la adoré de niño,
        Sobre mi corazón la puse un día;
        Imán de mi cariño
        Llamé la flor de la esperanza mía.

        Ella creció en mi seno
        Gallarda, seductora,
        Y yo de gozo y de ventura lleno
        La alimenté en mi seno hora tras hora.
        Mas huyó la ventura,
        Y ella tambien huyó con mi alegría,
        El viento del dolor y la amargura
        Secó la flor de la esperanza mía.

        Purísimos raudales,
        Que la visteis erguida a vuestro lado
        Reflejar en los límpidos cristales
        Su color nacarado:
        Si viendo sus despojos
        Recordáis su belleza y lozanía,
        ¡Llorad, cual lloran mis dolientes ojos
        La pobre flor de la esperanza mía!
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      Madrigal
        Me miraste, alma mía,
        Y fue tal mi alegría
        Y es mi pasión tan loca,
        Que sentir me parece todavía
        El beso de tus ojos en mi boca.
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