Juan de Dios Peza

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    Información biográfica

  1. A México
  2. A mis hijas
  3. Bebé
  4. César en casa
  5. Confidencias a una estrella
  6. El cuento de Margot
  7. En cada corazón arde una llama
  8. En las ruinas de Mitla
  9. En mi barrio
  10. Este era un rey
  11. Fusiles y muñecas
  12. Mi mejor lauro
  13. Mi padre
  14. Nieve de estío
  15. Post-umbra
  16. Reír llorando
  17. Sin sobre
  18. Un consejo de familia


  19. Información biográfica
      Nombre: Juan de Dios Peza
      Lugar y fecha nacimiento: México D.F., 29 de junio de 1852
      Lugar y fecha defunción: México D.F., 16 de marzo de 1910 (57 años)
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      A México
        En las últimas desgracias de España.

        Allá del revuelto mar
        Tras los secos arenales,
        Donde sus limpios cristales
        Las ondas van a estrellar,
        Donde en lucha singular
        Disputando a la Fortuna
        Las ciudades una a una,
        De sus guerreros el brío,
        Mostraron su poderío
        La cruz y la media luna;

        En esa tierra encantada,
        Que esconde, en perpetuo Abril,
        Las lágrimas de Boabdil
        En las vegas de Granada;
        Donde el ave enamorada
        Repite entre los vergeles
        El canto de los gomeles,
        Y cuelga su frágil nido
        Del minarete prendido
        Entre ojivas y caireles;

        Donde soñados ultrajes
        Vengaron fieros zegríes,
        Regando los alelíes,
        Con sangre de abencerrajes;
        Donde entre muros de encajes
        Y torres de filigrana,
        Lloró la hermosa sultana
        Amorosos sentimientos
        A los rítmicos acentos
        De una trova castellana;

        Allá donde nueva luz
        Alumbró, limpia y serena,
        Sobre la morisca almena
        El símbolo de la cruz;
        En ese suelo andaluz,
        Cuyos cármenes hollando,
        Y en otro mundo soñando,
        Cruzaron en su corcel
        La magnánima Isabel
        Y el católico Fernando.

        En esa región que encierra
        Tantos recuerdos de gloria;
        En ese altar de la Historia;
        En ese edén de la tierra;
        No el azote de la guerra
        Infunde duelo y pavor,
        Ni causa fiero dolor
        Que mira asombrado el mundo
        El negro contagio inmundo;
        Allí otra plaga mayor.

        Surgen allí tempestades
        Del suelo entre las entrañas,
        Y vacilan las montañas,
        Y se arrasan las ciudades
        Escombros y soledades
        Son el cortijo y la aldea;
        La muerte se enseñorea,
        Y, en medio de tanta ruina,
        Se ve cual llama divina
        La Caridad que flamea.

        Con sordo bramido el duelo
        Todo lo enluta y recorre;
        Yace la maciza torre
        En pedazos sobre el suelo.
        Salvarse forma el anhelo
        De los espantados seres,
        Y hombres, niños y mujeres
        Las crispadas manos juntan,
        Y viendo al cielo preguntan.
        "Dinos Dios, ¿por qué nos hieres?"

        Recordando en sus delitos
        Las bíblicas amenazas,
        Van por las calles y plazas
        Confesándolos a gritos.
        Los corazones precitos
        Se niegan a palpitar
        Y todos ven transformar
        Al golpe del terremoto,
        El abismo el verde soto,
        Y en escombros el hogar.

        Se abate el pesado muro
        Que adornó silvestre yedra
        Y brotan de cada piedra
        Una oración y un conjuro.
        No hay un asilo seguro;
        Ciérnese el ángel del mal;
        Cada fosa sepulcral
        Ábrese ante fuerza extraña,
        Y parece que en España
        Comienza el juicio final.

        Y entre la nube sombría
        Que el denso polvo levanta,
        El coro terrible espanta
        De los gritos de agonía.
        Y entre aquella vocería,
        Con rostro desencajado,
        El padre busca espantado,
        Con ayes desgarradores
        El nido de sus amores,
        Entre escombros sepultado.

        Convulsa, pálida, errante,
        Sobre el suelo que se agita
        La madre se precipita
        Por la angustia delirante;
        Vuela en pos del hijo amante;
        El rostro al abismo asoma
        Lo llama llorando, y toma
        Por voz del hijo querido,
        La que acompaña al crujido
        De un techo que se desploma.

        En repentina orfandad,
        Trémulas las manos tienden
        Los niños, que no comprenden
        Su espantosa soledad.
        Tan solo la caridad
        Velará después por ellos,
        Curando con sus destellos
        Su miseria y su aflicción:
        ¡Cómo no amarlos, si son
        Tan inocentes, tan bellos!

        ¿Qué pecho no se conmueve
        Ante cuadro tan sombrío,
        Que el corazón más bravío
        A contemplar no se atreve?
        Ante el infortunio aleve
        ¿Quién no es noble?, ¿quién no es bueno?
        ¿Quién de piedad no está lleno,
        Cuando es la virtud mayor,
        Aún más que el propio dolor,
        Sentir el dolor ajeno?

        Manda ¡oh, noble patria mía!
        La ofrenda de tus piedades
        A las hoy tristes ciudades
        De la hermosa Andalucía.
        No es favor, es hidalguía;
        Es deber, no vanidad.
        Llamen otro Caridad
        Estos óbolos del hombre,
        Tienen nombre, sólo un nombre;
        Se llaman Fraternidad.

        Con tierno entusiasmo santo,
        Mezcla ¡oh, patria amante y buena!
        Esa pena con tu pena,
        Ese llanto con tu llanto.
        Si al mirar ese quebranto,
        Tu triste historia repasas,
        Verás que angustias no escasas
        Pasó, entre llantos prolijos,
        Por amparar a tus hijos
        Bartolomé de las Casas.
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      A mis hijas
        Mi tristeza es un mar; tiene su bruma
        Que envuelve densa mis amargos días;
        Sus olas son de lágrimas; mi pluma
        Está empapada en ellas, hijas mías.
        Vosotras sois las inocentes flores
        Nacidas de ese mar en la ribera;
        La sorda tempestad de mis dolores
        Sirve de arrullo a vuestra edad primera.
        Nací para luchar; sereno y fuerte
        Cobro vigor en el combate rudo;
        Cuando pague mi audacia con la muerte,
        Caeré cual gladiador sobre mi escudo.

        Llevenme así a vosotras; de los hombres
        Ni desdeño el poder ni el odio temo;
        Pongo todo mi honor en vuestros nombres
        Y toda el alma en vuestro amor supremo.
        Para salir al mundo vais de prisa.
        ¡Ojalá que esa vez nunca llegara!
        Pues hay que ahogar el llanto con la risa,
        Para mirar al mundo cara a cara.

        No me imitéis a mí: yo me consuelo
        Con abrir más los bordes de mi herida;
        Imitad en lo noble a vuestro abuelo:
        ¡Sol de virtud que iluminó mi vida!

        Orad y perdonad; siempre es inmensa
        Después de la oración la interna calma,
        Y el ser que sabe perdonar la ofensa
        Sabe llevar a Dios dentro del alma.

        Sea vuestro pecho de bondades nido,
        No ambicionéis lo que ninguno alcanza,
        Coronad el perdón con el olvido
        Y la austera virtud con la esperanza.

        Sin dar culto a los frívolos placeres
        Que la pureza vuestra frente ciña,
        Buscad alma de niña en las mujeres
        Y buscad alma de ángel en la niña.

        Nadie nace a la infamia condenado,
        Nadie hereda la culpa de un delito,
        Nunca para ser siervas del pecado
        Os disculpéis clamando: estaba escrito.

        ¡Existir es luchar! No es infelice
        Quien, luchando, de espinas se corona;
        Abajo, todo esfuerzo se maldice,
        Arriba, toda culpa se perdona.

        Se apaga la ilusión cual lumbre fatua
        Y la hermosura es flor que se marchita;
        La mujer sin piedad es una estatua
        Dañosa al mundo y del hogar proscrita.

        No fijéis en el mal vuestras pupilas
        Que víbora es el mal que todo enferma,
        Y haced el bien para dormir tranquilas
        Cuando yo triste en el sepulcro duerma.

        Nunca me han importado en este suelo
        Renombre, aplausos, oropeles, gloria:
        Procurar vuestro bien, tal es mi anhelo;
        Amaros y sufrir tal es mi historia.

        Cuando el sol de mi vida tenga ocaso
        Recordad mis consejos con ternura,
        Y en cada pensamiento, en cada paso,
        Buscad a Dios tras de la inmensa altura.

        Yo anhelo que, al morir, por premio santo,
        Tengan de vuestro amor en los excesos:
        Las flores de mi tumba vuestro llanto,
        Las piedras de mi tumba vuestros besos.
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      Bebé
        Cuenta Bebé dos meses no cumplidos,
        Pero burlando al tiempo y sus reveses,
        Como todos los niños bien nacidos
        Parece un señorón de 20 meses.

        Rubio, y con ojos como dos luceros
        Lo vi con traje de color de grana
        En un escaparate de Plateros
        Un domingo de Pascua en la mañana.

        Iban conmigo Concha y Margarita
        Y al mirar las dos, ambas gritaron:
        "¡Mira padre, qué cara tan bonita!"
        Y trémulas de gozo me miraron.

        ¿Quién al ver que en sus hijas se subleva
        La ambición de adueñarse de un muñeco,
        No se siente vencido cuando lleva
        Dos duros en la bolsa del chaleco?

        Ha vencido -pensé- si está comprado,
        Y como es natural tiene otros dueños
        Mis hijas perderán el encantado
        Palacio de sus mágicos ensueños.

        Pero movido el paternal cariño,
        Entré a la tienda a realizar su antojo,
        Y dije al vendedor: "Quiero ese niño
        De crenchas blondas y vestido rojo".

        Abrió entonces la alcoba de cristales
        Tomó a Bebé, lo puso entre mis manos,
        Y convirtió a mis hijas en rivales
        Porque el amor divide a los hermanos.

        "Para mí" -Concha me gritó importuna-,
        "Para mí" -me gritaba Margarita-,
        Y yo les grité al fin: "para ninguna"
        Con la seca aridez de un cenobita.

        Reinó un silencio entre las dos profundo,
        Y yo recordé entonces conturbado
        Este axioma tristísimo del mundo:
        "Ser rival es odiar y ser odiado".

        Y así pensé: no debo en corazones
        Que de la vida llaman a la puerta,
        Encender con el celo esas pasiones,
        Que el odio atiza y el rencor despierta.

        La historia del amor con dos premisas,
        Iguala a la mujer y no os asombre;
        ¡Un muñeco en la edad de las sonrisas,
        Y en la edad de las lágrimas, un hombre!
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      César en casa
        Juan, aquel militar de tres abriles,
        Que con gorra y fusil sueña en ser hombre,
        Y que ha sido en sus guerras infantiles
        Un glorioso heredero de mi nombre;

        Ayer, por tregua al belicoso juego,
        Dejando en un rincón la espada quieta,
        Tomó por voluntad, no a sangre y fuego,
        Mi mesa de escribir y mi gaveta.

        Allí guardo un laurel, y viene al caso
        Repetir lo que saben mis testigos:
        Esa corona de oropel y raso
        La debo, no a la gloria, a mis amigos.

        Con sus manos pequeñas y traviesas,
        Desató el niño, de la verde guía,
        El lazo tricolor en que hay impresas
        Frases que él no descifra todavía.

        Con la atención de un ser que se emociona
        Miró las hojas con extraño gesto,
        Y poniendo en mis manos la corona,
        Me preguntó con intención: -"¿Qué es esto?"

        -"Esto es -repuse- el lauro que promete
        La gloria al genio que en su luz inunda...
        -"¿Y por qué lo tienes?" -Por juguete,
        Le respondió mi convicción profunda.

        Viendo la forma oval, pronto el objeto
        Descubre el niño, de la noble gala;
        Se la ciñe, faltándome al respeto
        Y hecho un héroe se aleja por la sala.

        ¡Qué hermosa dualidad! Gloria y cariño
        Con su inocente acción enlazó ufano,
        Pues con el lauro semejaba el niño
        Un diminuto emperador romano.

        Hasta creí que de su faz severa
        Irradiaban celestes resplandores,
        Y que anhelaba en su imperial litera
        Ir al Circo a buscar los gladiadores.

        Con su nuevo disfraz quedé asombrado
        (No extrañéis en un padre estos asombros),
        Y corrí por un trapo colorado
        Que puse y extendí sobre sus hombros.

        Mirelo así con cándido embeleso,
        Me transformé en su esclavo humilde y rudo,
        Y -"¡Ave César!- le dije, dame un beso,
        ¡Yo que muero de penas, te saludo!"

        -"¿César?"- me preguntó lleno de susto
        Y yo sintiendo que su amor me abrasa,
        -"¡César!" -le respondí- "César Augusto
        De mi honor, de mi honra y de mi casa."

        Quitele el manto, le volví la espada,
        Recogí mi corona de poeta,
        Y la guardé, deshecha y empolvada,
        En el fondo sin luz de mi gaveta.
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      Confidencias a una estrella
        Sigue, sigue blanca estrella,
        Por el cielo en que naciste,
        Sin dejar ninguna huella...
        Siempre te hallaré más bella,
        Siempre te hallaré más triste.

        Hoy vengo con mi dolor,
        Cual antes feliz venía;
        Mas ya nunca, astro de amor,
        Ceñirás con tu fulgor
        Ni su frente ni la mía.

        Tú cruzas por ese cielo,
        Dando con tu luz la calma;
        Yo cruzo por este suelo,
        Llevando en mi desconsuelo
        Lena de sombras el alma.

        Dame, dame tu luz bella;
        Que en esta alma sin amor,
        Tú sorprenderás estrella,
        En cada nube una huella,
        Y en cada huella un dolor.

        Tú que has escuchado el canto
        De mi primera pasión,
        Acompaña mi quebranto,
        Y alumbra el amargo llanto
        Que brota del corazón.

        ¡Horas del primer cariño!
        Tú las miraste lucir,
        Cuando ante tu luz de armiño,
        La niña en brazos del niño
        Soñaba en el porvenir.

        ¡Dulce amor! ¡Grata ciencia!
        ¡Blanca luz! ¡Delirio ardiente!
        ¿Por qué huyes de la existencia,
        Cuando una dura experiencia
        Va marchitando la frente?

        ¡Aquellos goces extraños,
        Aquel esperar en Dios,
        Sin recoger desengaños,
        Aquel pasar de los años
        Sin perturbar a los dos!

        Todo, todo, blanca estrella,
        Tu tibia luz alumbró;
        ¡Edad de sueños aquella,
        Envidiable, dulce, bella,
        Que para siempre huyó!

        Celia, al expirar el día,
        Por estos sitios vendrá,
        Ya no como antes venía,
        Que aquella alma que fue mía,
        Pertenece a otra alma ya.

        Antes ¡ay, cuánto embeleso!
        Sollozando de placer,
        Dejaba en mi frente un beso;
        Por eso, estrella, por eso
        No quiero volverla a ver.

        Ahora, dulce y cariñosa,
        En otro sus ojos fijos,
        Tendrá su boca amorosa
        La majestad de la esposa
        Para besar a sus hijos.

        Con tus rayos blanquecinos
        Alumbra siempre su hogar;
        Aparta nuestros caminos,
        Y ¡ay! que sus ojos divinos
        No aprendan nunca a llorar.

        Si sigues, tú, blanca estrella,
        Por el cielo en que naciste,
        Sin dejar ninguna huella...
        Siempre te hallaré más bella,
        Siempre me verás mas triste.
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      El cuento de Margot
        Vamos, Margot, repíteme esa historia
        Que estabas refiriéndole a María,
        Ya vi que te la sabes de memoria
        Y debes enseñármela, hija mía.

        -La sé porque yo misma la compuse.
        -¿Y así no me la dices? Anda, ingrata.
        -¡Tengo compuestas diez! -¡Cómo! -repuse-,
        ¿Te has vuelto a los seis años literata?

        -¡No, literata no! Pero hago cuentos...
        -No temas que tal gusto te reproche.
        -Al ver a mis hermanos tan contentos
        Yo les compongo un cuento en cada noche.

        -¿Y cómo dice el que contando estabas?
        -Es muy triste, papá, ¿qué no lo oíste?
        -Sólo oí que lloraban y llorabas.
        -¡Ah sí, todos lloramos!, ¡es muy triste!

        Imagínate un niño abandonado
        De grandes ojos de viveza llenos,
        Rubio, risueño, gordo y colorado
        Como mi hermano Juan, ni más ni menos.

        Figúrate una noche larga y fría,
        De muda soledad, sin luz alguna,
        Y ese niño muriendo, en agonía,
        Encima de la acera, no en la cuna.

        -¿En las heladas lozas? -Sí, en la acera.
        Es decir, en la calle... ¡Qué amargura!
        -Hubo alguien que pasando lo creyera
        Un olvidado cesto de basura.

        Yo pasaba, lo vi, bajé mis brazos
        Queriendo darle maternal abrigo
        Y envuelto en un pañal hecho pedazos
        Lo alcé a mi pecho y lo llevé conmigo.

        Lloraba tanto y tanto el angelito
        Que ya estaban sus párpados muy rojos...
        Y a cada nueva queja, a cada grito
        El alma me sacaba por los ojos.

        Me lo llevé a mi cama: entre plumones
        Lo hice dormir caliente y sosegado...
        ¡Cómo hubo en este mundo corazones
        Capaces de dejarlo abandonado!

        ¡Ay! Yo sé por mi libro de lectura
        Que estudio en mis mayores regocijos,
        Que ni los tigres en la selva oscura
        Dejan abandonados a sus hijos.

        ¡Pobrecito! Yo sé su mal profundo,
        Le curo como madre toda pena;
        Parece que este niño en este mundo
        No es hijo de mujer sino de hiena.

        De mi colchón en el caliente hueco
        Duerme para que en lágrimas no estalle;
        Y, llorando, Margot mostró el muñeco
        Que en cierta noche se encontró en la calle.
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      En cada corazón arde una llama
        En cada corazón arde una llama,
        Si aún vive la ilusión y amor impera,
        Pero en mi corazón desde que te ama
        Sin que viva ilusión, arde una hoguera.

        Oye esta confesión; te amo con miedo,
        Con el miedo del alma a tu hermosura,
        Y te traigo a mis sueños y no puedo
        Llevarte más allá de mi amargura.

        ¿Sabes lo que es vivir como yo vivo?
        ¿Sabes lo que es llorar sin fe ni calma?
        ¿Mientras se muere el corazón cautivo
        Y en la cruz del dolor expira el alma?

        Eres al corazón lo que a las ruinas
        Son los rayos del sol esplendoroso,
        Donde el reptil se arropa en las esquinas
        Y se avergüenza el sol del ser hermoso.

        Nunca podrás amarme aunque yo quiera,
        Porque lo exige así mi suerte impía,
        Y si esa misma suerte nos uniera
        Tú fueras desgraciada por ser mía.

        Deja que te contemple y que te adore,
        Y que escuche tu voz y que te admire,
        Aunque al decirte adiós, con risas llore,
        Y al volvernos a ver llore y suspire.

        Yo no quiero enlazar a mi destino
        Tu dulce juventud de horas tranquilas,
        Ni he de dar otro sol a mi camino
        Que los soles que guardan tus pupilas.

        Enternézcame siempre tu belleza
        Aunque no me des nunca tus amores,
        Y no adornes con flores tu cabeza
        Pues me encelan los besos de las flores.

        Siempre rubios, finísimos y bellos,
        Madejas de oro, en céltica guirnalda,
        Caigan flotando libres tus cabellos,
        Como un manto de reina por tu espalda.

        Es cielo azul el que mi amor desea,
        La flor que más me encanta es siempre hermosa,
        Que en tu talle gentil yo siempre vea
        Tu veste tropical de azul y rosa.

        Mírame con tus ojos adormidos,
        Sonriéndote graciosa y dulcemente,
        Y avergüenza y maldice a mis sentidos
        Mostrándome el rubor sobre tu frente.

        ¿Yo nunca seré tuyo? ¡Ay, ese día
        Oscureciera al sol duelo profundo!
        Mas para ser feliz sobre este mundo
        Bástame amarte sin llamarte mía.
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      En las ruinas de Mitla
        Maravillas de otra edad;
        Prodigios de lo pasado;
        Páginas que no ha estudiado
        La indolente humanidad.
        ¿Por qué vuestra majestad
        Causa entusiasmo y pavor?
        Porque de tanto esplendor
        Y de tantas muertas galas,
        Están batiendo las alas
        Los siglos en derredor.

        Muda historia de granito
        Que erguida en pie te mantienes,
        ¿Qué nos escondes? ¿Qué tienes
        Por otras razas escrito?
        Cada inmenso monolito,
        Del arte eximio trabajo,
        ¿Quién lo labró? ¿Quién lo trajo
        A do nadie lo derriba?
        Lo saben, Dios allá arriba;
        La soledad aquí abajo.

        Cada obelisco de pie
        Me dice en muda arrogancia:
        Tú eres dudas e ignorancia,
        Yo soy el arte y la fe,
        Semejan de lo que fue
        Los muros viejos guardianes...
        ¡Qué sacrificios! ¡Qué afanes
        Revela lo que contemplo!
        Labrado está cada templo
        No por hombres, por titanes.

        En nuestros tiempos, ¿qué son
        Los ritos, usos y leyes,
        De sacerdotes y reyes
        Que aquí hicieron oración?
        Una hermosa tradición
        Cuya antigüedad arredra;
        Ruinas que viste la yedra
        Y que adorna el jaramago:
        ¡La epopeya del estrago
        Escrita en versos de piedra!

        Del palacio la grandeza;
        Del templo la pompa extraña;
        La azul y abrupta montaña
        Convertida en fortaleza;
        Todo respira tristeza,
        Olvido, luto, orfandad;
        ¡Aún del sol la claridad
        Se torna opaca y medrosa
        En la puerta misteriosa
        De la negra eternidad!

        Despojo de lo ignorado,
        Busca un trono la hoja seca
        En la multitud greca
        Del frontón desportillado.
        Al penate derribado
        La ortiga encubre y escuda;
        Ya socavó mano ruda
        La perdurable muralla,
        Viajero: medita y calla...
        ¡Lo insondable nos saluda!

        Sabio audaz, no inquieras nada,
        Que no sabrás más que yo;
        Aquí una raza vivió
        Heroica y civilizada;
        Extinta o degenerada,
        Sin renombre y sin poder,
        De su misterioso ser
        Aquí el esplendor se esconde
        Y aquí sólo Dios responde
        ¡Y dios no ha de responder!
      Arriba

      En mi barrio
        Sobre la rota ventana antigua
        Con tosco alféizar, con puerta exigua,
        Que hacia la oscura callejada,
        Pasmando al vulgo como estantigua
        Tallada en piedra la santa está.

        Borró la lluvia los mil colores
        Que hubo en su manto y en su dosel;
        Y recordando tiempos mejores,
        Guarda amarillas y secas flores
        De las verbenas del tiempo aquel.

        El polvo cubre sus aureolas,
        Las telarañas visten su faz,
        Nadie a sus plantas riega amapolas,
        Y ve la santa las calles solas,
        La casa triste, la gente en paz.

        Por muchos años allí prendido,
        Único adorno del tosco altar,
        Flota un guiñapo descolorido,
        Piadosa ofrenda que no ha caído
        De las desgracias al hondo mar.

        A arrebatarlo nadie se atreve,
        Símbolo antiguo de gran piedad,
        Mira del tiempo la marcha breve;
        Y cuando el aire lo empuja y mueve
        Dice a los años: "Pasad, pasad."

        ¡Pobre guiñapo que el aire enreda!
        ¡Qué amarga y muda lección me da!
        La vida pasa y el mundo rueda,
        Y siempre hay algo que se nos queda
        De tanto y tanto que se nos va.

        Tras esa virgen oscura piedra
        Que a nadie inspira santo fervor,
        Todo el pasado surge y me arredra;
        Escombros míos, yo soy la yedra;
        ¡Nidos desiertos, yo fui el amor!

        Altas paredes desportilladas
        Cuyos sillares sin musgo vi,
        ¡Cuántas memorias tenéis guardadas!
        Níveas corinas, jaulas doradas,
        Tiestos azules... ¡no estáis aquí!

        En mi azarosa vida revuelta
        Fue de esta casa dueño y señor,
        ¿Do está la ninfa, de crencha suelta,
        De grandes ojos, blanca y esbelta,
        Que fue mi encanto, mi fe, mi amor?

        ¡Oh mundo ingrato, cuántos reveses
        En ti he sufrido! La tempestad
        Todos mis campos dejó sin mieses...
        La niña duerme bajo cipreses,
        Su sueño arrulla la eternidad.

        ¡Todo ha pasado! ¡Todo ha caído!
        Sólo en mi pecho queda la fe,
        Como el guiñapo descolorido
        Que a la escultura flota prendido...
        ¡Todo se ha muerto! ¡Todo se fue!

        Pero, ¡qué amarga, profunda huella
        Llevo en mi pecho! ¡Cuán triste estoy!
        La fe radiante como una estrella,
        La casa alegre, la niña bella,
        El perro amigo... ¿dónde están hoy?

        ¡Oh calle sola, vetusta casa!
        ¡Angostas puertas de aquel balcón!
        Si todo muere, si todo pasa
        ¿Por qué esta fiebre que el pecho abrasa
        No ha consumido mi corazón?

        Ya no hay macetas llenas de flores
        Que convirtieran en un pensil
        Azotehuelas y corredores...
        Ya no se escuchan frases de amores,
        Ni hay golondrinas del mes de abril.

        Frente a la casa la cruz cristiana
        Del mismo templo donde rezó,
        Las mismas misas de la mañana,
        La misma torre con la campana
        Que entre mis brazos la despertó.

        Vetusta casa, mansión desierta,
        Mírame solo volviendo a ti...
        Arrodillado beso tu puerta
        Creyendo loco que aquella muerta
        Adentro espera pensando en mí.
      Arriba

      Este era un rey
        Ven, mi Juan, y toma asiento
        En la mejor de tus sillas;
        Siéntate aquí, en mis rodillas,
        Y presta atención a un cuento.

        Así estás bien, eso es,
        Muy cómodo, muy ufano,
        Pero ten quieta esa mano;
        Vamos, sosiega esos pies.

        Este era un rey... me maltrata
        El bigote ese cariño,
        Este era un rey... vamos niño,
        Que me rompes la corbata.

        Si vieras con qué placer
        Ese rey... ¡Jesús!, ¡qué has hecho!
        ¿Lo ves? ¡En medio del pecho
        Me has clavado un alfiler!

        ¿Y mi dolor te da risa?
        Escucha y tenme respeto:
        Este era un rey... deja quieto
        El cuello de mi camisa.

        Oír atento es la ley
        Que a cumplir aquí te obligo...
        Deja mi reloj... prosigo.
        Atención: Este era un rey...

        Me da tormentos crueles
        Tu movilidad, chicuelo,
        ¿Ves? Has regado en el suelo
        Mi dinero y mis papeles.

        Responde: ¿me has de escuchar?
        Este era un rey... ¡qué locura!
        Me tiene en grande tortura
        Que te muevas sin parar.

        Mas ¿ya estás quieto? Sí, sí
        Al fin cesa mi tormento...
        Este era un rey, oye el cuento
        Inventado para ti.

        Y agrega el niño, que es ducho
        En tramar cuentos a fe:
        "Este era un rey..." ya lo sé
        Porque lo repites mucho.

        Y me gusta el cuentecito
        Y mira ya lo aprendí:
        "Este era un rey, ¿no es así?
        "¡Qué bonito! ¡Qué bonito!"

        Y de besos me da un ciento,
        Y pienso al ver sus cariños:
        Los cuentos para los niños,
        No requieren argumento.

        Basta con entender
        Su espíritu de tal modo
        Que nos puedan hacer todo
        Lo que nos quieran hacer.

        Con lenguaje grato o rudo
        Un niño, sin hacer caso,
        Va dejando paso a paso
        A su narrador desnudo.

        Infeliz del que se escama
        Con esas dulces locuras:
        ¡Si estriba en sus travesuras
        El argumento del drama!

        ¡Oh Juan! Me alegra y me agrada
        Tu movilidad tan terca;
        Te cuento por verte cerca
        Y no por contarte nada.

        Y bendigo mi fortuna,
        Y oye el cuento y lo sabrás;
        "Era un rey a quien jamás
        Le sucedió cosa alguna".
      Arriba

      Fusiles y muñecas
        Juan y Margot, dos ángeles hermanos
        Que embellecen mi hogar con sus cariños
        Se entretienen con juegos tan humanos
        Que parecen personas desde niños.

        Mientras Juan, de tres años, es soldado
        Y monta en una caña endeble y hueca,
        Besa Margot con labios de granado
        Los labios de cartón de su muñeca.

        Lucen los dos sus inocentes galas,
        Y alegres sueñan en tan dulces lazos;
        Él, que cruza sereno entre las balas;
        Ella, que arrulla un niño entre sus brazos.

        Puesto al hombro el fusil de hoja de lata,
        El kepis de papel sobre la frente,
        Alienta el niño en su inocencia grata
        El orgullo viril de ser valiente.

        Quizá piensa, en sus juegos infantiles,
        Que en este mundo que su afán recrea,
        Son como el suyo todos los fusiles
        Con que la torpe humanidad pelea.

        Que pesan poco, que sin odios lucen,
        Que es igual el más débil el más fuerte,
        Y que, si se disparan, no producen
        Humo, fragor, consternación y muerte.

        ¡Oh, misteriosa condición humana!
        Siempre lo opuesto buscas en la tierra;
        Ya delira Margot por ser anciana,
        Y Juan, que vive en paz, ama la guerra.

        Mirándoles jugar me aflijo y callo:
        ¿Cuál será sobre el mundo su fortuna?
        Sueña el niño con armas y caballo,
        La niña con velar junto a la cuna.

        El uno corre de entusiasmo ciego,
        La niña arrulla a su muñeca inerme,
        Y mientas grita el uno: "¡Fuego, fuego!"
        La otra murmura triste: "Duerme, duerme."

        A mi lado ante juegos tan extraños
        Concha, la primogénita, me mira:
        ¡Es toda una persona de seis años
        Que charla, que comenta y que suspira!

        ¿Por qué inclina su lánguida cabeza
        Mientras deshoja inquieta algunas flores?
        ¿Será la que ha heredado mi tristeza?
        ¿Será la que comprende mis dolores?

        Cuando me rindo del dolor al peso,
        Cuando la negra duda me avasalla,
        Se me cuelga del cuello, me da un beso,
        Se le saltan las lágrimas y calla.

        Suelta sus trenzas claras y sedosas,
        Y oprimiendo mi mano entre sus manos,
        Parece que medita en muchas cosas
        Al mirar cómo juegan sus hermanos.

        Margot, que canta en madre transformada,
        Y arrulla a un hijo que jamás se queja,
        Ni tiene que llorar desengañada,
        Ni el hijo crece, ni se vuelve vieja.

        Y este guerrero audaz de tres abriles
        Que ya se finge apuesto caballero,
        No logra en sus campañas infantiles
        Manchar con sangre y lágrimas su acero.

        ¡Inocencia! ¡Niñez! ¡Dichosos nombres!
        Amo tus goces, busco tus cariños;
        ¡Cómo han de ser los sueños de los hombres
        Más dulces que los sueños de los niños!

        ¡Oh, mis hijos! No quiera la fortuna
        Turbar jamás vuestra inocente calma,
        No dejéis esa espada ni esa cuna:
        ¡Cuando son de verdad, matan el alma!
      Arriba

      Mi mejor lauro
        Con sus seis primaveras muy ufana,
        Quebrando con sus pies las hojas secas,
        Me recitó en el campo una mañana
        Mi hija mayor: "Fusiles y muñecas".

        Repitiendo mis versos no sabía
        Que colmaba el mayor de mis antojos;
        No me culpéis si oyéndola sentía,
        Lágrimas en el alma y en los ojos.

        ¡Bien! Exclamé, mi niña me interpreta
        Mejor que todos aunque a nadie cuadre;
        Yo juzgarla creí como poeta,
        Y la estaba juzgando como padre.

        Llegó la estrofa aquella en que la nombro
        Y bajando hacia el suelo la mirada,
        Vi de pronto ponerse, con asombro,
        Su faz, más que una fresa, colorada.

        ¿Qué tienes? -pregunté-, ¿por qué haces eso?
        ¿Por qué ya nada de tu labio escucho?
        Y ella me respondió, dándome un beso:
        -Me callo aquí, porque te quiero mucho.

        Nada valdrá tan cándida respuesta
        Para el que en altas concepciones fijo,
        Medir no pueda, en ocasión cual esta,
        A donde alcanza el corazón de un hijo.

        Puedo deciros la verdad desnuda:
        Como en mis versos comprendió mi duelo,
        Por no hacerme sufrir quedose muda,
        Por no verme llorar, miraba al suelo.

        Yo, alabando el poder de su memoria,
        Comprendí, perdonadme lo indiscreto,
        Que los mejores lauros de la gloria
        Son los que se cosechan en secreto.

        Vale más a mis ojos, siempre fijos
        En la eterna verdad, no en falsos nombres,
        La lágrima arrancada por mis hijos
        Que todos los aplausos de los hombres.

        Negó a mi numen su fulgor el genio,
        En el drama veraz de mis dolores
        El fondo de mi hogar es el proscenio
        Y mi padre y mis hijos los lectores.

        No busco un lauro que mi frente ciña
        Ni pide aplausos mi laúd ingrato;
        Pero... ¿por qué me olvido de la niña
        Que suspendió turbada su relato?

        Pronto volvió su faz a estar serena
        Y a brillar en sus labios la sonrisa,
        Porque el placer lo mismo que la pena
        Pasan sobre los niños muy de prisa.

        -Tus versos voy a continuar diciendo-
        Y con más firme voz soltose hablando;
        ¡Inocente! Los dijo sonriendo
        Y entonces yo los escuché llorando.

        Al terminar, sintiendo hecho pedazos
        Por el dolor mi corazón ardiente,
        Me interrogó cruzándose de brazos
        Y mirándome el rostro frente a frente.

        -¡Ay! Dime padre, cuando tú escribiste
        Los mismos versos que de oírme acabas,
        ¿Por qué estabas mirándome tan triste?
        Al mirarnos jugar, ¿en qué pensabas?

        Y ¿por qué -respondí- tan preguntona
        Indagas los misterios de mi lira?
        -Porque soy, tú lo has dicho, una persona
        Que charla, que comenta, y que suspira.

        -¡Brava razón! ¡Confórmame con eso!
        ¿No eres la que, si el duelo me avasalla,
        Se me cuelga del cuello, me da un beso,
        Se le saltan las lágrimas y calla?

        -¡Yo soy! ¡Yo soy! Me contestó orgullosa,
        Y haciéndome olvidar penas y agravios,
        Se me colgó del cuello cariñosa,
        Cerró sus ojos y besó mis labios.

        Corrió alegre después tras otros niños
        Quebrando con sus pies las hojas secas
        Y dejándome besos y cariños
        En premio de "Fusiles y muñecas".
      Arriba

      Mi padre
        Yo tengo en el hogar un soberano,
        Único a quien venera el alma mía;
        Es su corona su cabello cano,
        La honra su ley y la virtud su guía.

        En lentas horas de miseria y duelo,
        Lleno de firme y varonil constancia,
        Guarda la fe con que me habló del cielo
        En las horas primeras de mi infancia.

        La amarga proscripción y la tristeza
        En su alma abrieron incurable herida;
        Es un anciano, y lleva en su cabeza
        El polvo del camino de la vida.

        Ve del mundo las fieras tempestades,
        De la suerte las horas desgraciadas,
        Y pasa, como cristo el Tiberiades,
        De pie sobre las ondas encrespadas.

        Seca su llanto, calla sus dolores,
        Y sólo en el deber sus ojos fijos,
        Recoge espinas y derrama flores
        Sobre la senda que trazó a sus hijos.

        Me ha dicho: "A quien es bueno, la amargura
        Jamás en llanto sus mejillas moja:
        En el mundo la flor de la ventura
        Al más ligero soplo se deshoja.

        Haz el bien sin temer al sacrificio,
        El hombre ha de luchar sereno y fuerte,
        Y halla quien odia la maldad y el vicio
        Un tálamo de rosas en la muerte.

        Si eres pobre confórmate y sé bueno;
        Si eres rico protege al desgraciado,
        Y lo mismo en tu hogar que en el ajeno
        Guarda tu honor para vivir honrado.

        Ama la libertad, libre es el hombre
        Y su juez más severo es la conciencia;
        Tanto como tu honor guarda tu nombre,
        Pues mi nombre y mi honor forman tu herencia."

        Este código augusto, en mi alma pudo
        Desde que lo escuché, quedar grabado;
        En todas las tormentas fue mi escudo,
        De todas las borrascas me ha salvado.

        Mi padre tiene en su mirar sereno
        Reflejo fiel de su conciencia honrada;
        ¡Cuánto consejo cariñoso y bueno
        Sorprendo en el fulgor de su mirada!

        La nobleza del alma es su nobleza;
        La gloria del deber forma su gloria;
        Es pobre, pero encierra su pobreza
        La página más grande de su historia.

        Siendo el culto de mi alma su cariño,
        La suerte quiso que al honrar su nombre,
        Fuera el amor que me inspiró de niño
        La más sagrada inspiración del hombre.

        Quiera el cielo que el canto que me inspira
        Siempre sus ojos con amor lo vean,
        Y de todos los versos de mi lira
        Estos los dignos de su nombre sean.
      Arriba

      Nieve de estío
        Como la historia del amor me aparta
        De las sombras que empañan mi fortuna,
        Yo de esa historia recogí esta carta
        Que he leído a los rayos de la luna.

        Yo soy una mujer muy caprichosa
        Y que me juzgue a tu conciencia dejo,
        Para poder saber si estoy hermosa
        Recurro a la franqueza de mi espejo.

        Hoy, después que te vi por la mañana,
        Al consultar mi espejo alegremente,
        Como un hilo de plata vi una cana
        Perdida entre los rizos de mi frente.

        Abrí para arrancarla mis cabellos
        Sintiendo en mi alma dolorosas luchas,
        Y cuál fue mi sorpresa, al ver en ellos
        Esa cana crecer con otras muchas.

        ¿Por qué se pone mi cabello cano?
        ¿Por qué está mi cabeza envejecida?
        ¿Por qué cubro mis flores tan temprano
        Con las primeras nieves de la vida?

        No lo sé. Yo soy tuya, yo te adoro,
        Con fe sagrada, con el alma entera;
        Pero sin esperanza sufro y lloro;
        ¿Tiene también el llanto primavera?

        Cada noche soñando un nuevo encanto
        Vuelvo a la realidad desesperada;
        Soy joven, en verdad, mas sufro tanto
        Que siento ya mi juventud cansada.

        Cuando pienso en lo mucho que te quiero
        Y llego a imaginar que no me quieres,
        Tiemblo de celos y de orgullo muero;
        (Perdóname, así somos las mujeres).

        He cortado con mano cuidadosa
        Esos cabellos blancos que te envío;
        Son las primeras nieves de una rosa
        Que imaginabas llena de rocío.

        Tú me has dicho: "De todos tus hechizos,
        Lo que más me cautiva y enajena,
        Es la negra cascada de tus rizos
        Cayendo en torno a tu faz morena".

        Y yo, que aprendo todo lo que dices,
        Puesto que me haces tan feliz con ello,
        He pasado mis horas más felices
        Mirando cuán rizado es mi cabello.

        Mas hoy, no elevo dolorosa queja,
        Porque de ti no temo desengaños;
        Mis canas te dirán que ya está vieja
        Una mujer que cuenta veintiún años.

        ¿Serán para tu amor mis canas nieve?
        Ni a suponerlo en mis delirios llego.
        ¿Quién a negarme sin piedad se atreve
        Que es una nieve que brotó del fuego?

        ¿Lo niegan los principios de la ciencia
        Y una antítesis loca se parece?
        Pues es una verdad de la experiencia:
        Cabeza que se quema se emblanquece.

        Amar con fuego y existir sin calma;
        Soñar sin esperanza de ventura,
        Dar todo el corazón, dar toda el alma
        En un amor que es germen de amargura.

        Buscar la dicha llena de tristeza
        Sin dejar que sea tuyo el hado impío,
        Llena de blancas hebras mi cabeza
        Y trae una vejez: la del hastío.

        Enemiga de necias presunciones
        Cada cana que brota me la arranco,
        Y aunque empañe tus gratas ilusiones
        Te mando, ya lo ves, un rizo blanco.

        ¿Lo guardarás? Es prenda de alta estima
        Y es volcán este amor a que me entrego;
        Tiene el volcán sus nieves en la cima,
        Pero circula en sus entrañas fuego.
      Arriba

      Post-Umbra
        Con letras ya borradas por los años,
        En un papel que el tiempo ha carcomido,
        Símbolo de pasados desengaños,
        Guardo una carta que selló el olvido.

        La escribió una mujer joven y bella.
        ¿Descubriré su nombre? ¡No, no quiero!
        Pues siempre he sido, por mi buena estrella,
        Para todas las damas, caballero.

        ¿Qué ser alguna vez no esperó en vano
        Algo que si se frustra, mortifica?
        Misterios que al papel lleva la mano,
        El tiempo los descubre y los publica.

        Aquellos que juzgaronme felice,
        En amores, que halagan mi amor propio,
        Aprendan de memoria lo que dice
        La triste historia que a la letra copio:

        "Dicen que las mujeres sólo lloran
        Cuando quieren fingir hondos pesares;
        Los que tan falsa máxima atesoran,
        Muy torpes deben ser, o muy vulgares.

        Si cayera mi llanto hasta las hojas
        Donde temblando está la mano mía,
        Para poder decirte mis congojas
        Con lágrimas mi carta escribiría.

        Mas si el llanto es tan claro que no pinta,
        Y hay que usar de otra tinta más obscura,
        La negra escogeré, porque es la tinta
        Donde más se refleja mi amargura.

        Aunque no soy para sonar esquiva,
        Sé que para soñar nací despierta.
        Me he sentido morir, y aún estoy viva;
        Tengo ansias de vivir, y ya estoy muerta.

        Me acosan de dolor fieros vestigios,
        ¡Qué amargas son las lágrimas primeras!
        Pesan sobre mi vida veinte siglos,
        Y apenas cumplo veinte primaveras.

        En esta horrible lucha en que batallo,
        Aun cuando débil, tu consuelo imploro,
        Quiero decir que lloro y me lo callo,
        Y más risueña estoy cuanto más lloro.

        ¿Por qué te conocí? Cuando temblando
        De pasión, sólo entonces no mentida,
        Me llegaste a decir: "Te estoy amando
        Con un amor que es vida de mi vida".

        ¿Qué te respondí yo? Bajé la frente,
        Triste y convulsa te estreché la mano,
        Porque un amor que nace tan vehemente
        Es natural que muera muy temprano.

        Tus versos para mí conmovedores,
        Los juzgué flores puras y divinas,
        Olvidando, insensata, que las flores
        Todo lo pierden menos las espinas.

        Yo, que como mujer soy vanidosa,
        Me vi feliz creyéndome adorada,
        Sin ver que la ilusión es una rosa,
        Que vive solamente una alborada.

        ¡Cuántos de los crepúsculos que admiras
        Pasamos entre dulces vaguedades;
        Las verdades juzgándolas mentiras
        Las mentiras creyéndolas verdades!

        Me hablabas de tu amor, y absorta y loca,
        Me imaginaba estar dentro de un cielo,
        Y al contemplar mis ojos y mi boca,
        Tu misma sombra me causaba celo.

        Al verme embelesada, al escucharte,
        Clamaste, aprovechando mi embeleso:
        "Déjame arrodillar para adorarte";
        Y al verte de rodillas te di un beso.

        Te besé con arrojo, no se asombre
        Un alma escrupulosa y timorata;
        La insensatez no es culpa. Besé a un hombre
        Porque toda pasión es insensata.

        Debo aquí confesar que un beso ardiente,
        Aunque robe la dicha y el sosiego,
        Es el placer más grande que se siente
        Cuando se tiene un corazón de fuego.

        Cuando toqué tus labios fue preciso
        Soñar que aquel placer se hiciera eterno.
        Mujeres: es el beso un paraíso
        Por donde entramos muchas al infierno.

        Después de aquella vez, en otras muchas,
        Apasionado tú, yo enternecida,
        Quedaste vencedor en esas luchas
        Tan dulces en la aurora de la vida.

        ¡Cuántas promesas, cuántos devaneos!
        El grande amor con el desdén se paga:
        Toda llama que avivan los deseos
        Pronto encuentra la nieve que la apaga.

        Te quisiera culpar y no me atrevo,
        Es, después de gozar, justo el hastío;
        Yo que soy un cadáver que me muevo,
        Del amor de mi madre desconfío.

        Me engañaste y no te hago ni un reproche,
        Era tu voluntad y fue mi anhelo;
        Reza, dice mi madre, en cada noche;
        Y tengo miedo de invocar al cielo.

        Pronto voy a morir; esa es mi suerte;
        ¿Quién se opone a las leyes del destino?
        Aunque es camino oscuro el de la muerte,
        ¿Quién no llega a cruzar ese camino?

        En él te encontraré; todo derrumba
        El tiempo, y tú caerás bajo su peso;
        Tengo que devolverte en ultratumba
        Todo el mal que me diste con un beso.

        Mostrar a Dios podremos nuestra historia
        En aquella región quizá sombría.
        ¿Mañana he de vivir en tu memoria?
        Adiós... adiós... hasta el terrible día."

        Leí estas líneas y en eterna ausencia
        Esa cita fatal vivo esperando...
        Y sintiendo la noche en mi conciencia,
        Guardé la carta y me quedé llorando.
      Arriba

      Reír llorando
        Viendo a Garrick, actor de la Inglaterra,
        El pueblo al aplaudirlo le decía:
        "Eres el más gracioso de la tierra y el más feliz",
        Y el cómico reía.

        Víctimas del spleen los altos lores,
        En sus noches más negras y pesadas,
        Iban a ver al rey de los actores
        Y cambiaban su spleen en carcajadas.

        Una vez ante un médico famoso,
        Llegose un hombre de mirar sombrío:
        -Sufro -le dijo- un mal tan espantoso
        Como esta palidez del rostro mío.

        Nada me causa encanto ni atractivo;
        No me importan mi nombre ni mi suerte;
        En un eterno spleen muriendo vivo,
        Y es mi única pasión la de la muerte.

        -Viajad y os distraeréis. -Tanto he viajado.
        -Las lecturas buscad -Tanto he leído.
        -Que os ame una mujer -¡Si soy amado!
        -Un título adquirid -Noble he nacido.

        -¿Pobre seréis quizá? -Tengo riquezas.
        - ¿De lisonjas gustáis? -¡Tantas escucho!
        -¿Que tenéis de familia? -Mis tristezas.
        -¿Vais a los cementerios? -Mucho, mucho.

        -¿De vuestra vida actual tenéis testigos?
        -Sí, mas no dejo que me impongan yugos;
        Yo les llamo a los muertos mis amigos;
        Y les llamo a los vivos mis verdugos.

        -Me deja -agrega el médico- perplejo
        Vuestro mal, y no debo acobardaros;
        Tomad hoy por receta este consejo:
        Sólo viendo a Garrick podéis curaros.

        -¿A Garrick? -Sí, a Garrick... La más remisa
        Y austera sociedad lo busca ansiosa;
        Todo aquel que lo ve muere de risa;
        ¡Tiene una gracia artística asombrosa!

        -Y a mí me hará reír? -¡Ah sí, os lo juro!;
        Él, sí, nada más él...
        Mas, ¿qué os inquieta?...
        -Así -dijo el enfermo- no me curo;
        ¡Yo soy Garrick! Cambiadme la receta.

        ¡Cúantos hay que, cansados de la vida,
        Enfermos de pesar, muertos de tedio,
        Hacen reír como el autor suicida
        Sin encontrar para su mal remedio!

        ¡Ay, cuántas veces al reír se llora!
        ¡Nadie en lo alegre de la risa fíe,
        Porque en los seres que el dolor devora
        El alma llora cuando el rostro ríe!

        Si se muere la fe, si huye la calma,
        Si sólo abrojos nuestras plantas pisa
        Lanza a la faz la tempestad del alma
        Un relámpago triste: la sonrisa.

        El carnaval del mundo engaña tanto;
        Que las vidas son breves mascaradas;
        Aquí aprendemos a reír con llanto
        Y también a llorar con carcajadas.
      Arriba

      Sin sobre
        Abro tu carta y reconozco ufano
        Tu letra fácil, tu dicción hermosa;
        Tú la trazaste con tu propia mano
        Pues el papel trasciende a tuberosa.

        Al escribirla estabas intranquila
        Y ya estoy sospechando tus desvelos
        Los médicos me han dicho que vacila
        El pulso con la fiebre de los celos.

        Veo tus líneas torcidas, descuidadas,
        Y esto halaga mis propios pareceres
        Porque sé que no estando enamoradas
        Nunca escriben sin falsa las mujeres.

        ¡Con el arrojo de tus veinte abriles,
        Has escrito un aumento que me mata!
        Siempre ha sido en las cartas femeniles
        Importante o terrible la postdata.

        "No me vuelvas a ver. Ya no te quiero",
        Esto me dices con desdén profundo:
        Yo traduzco: "Ven pronto, que me muero",
        De algo me sirve conocer el mundo.

        Dices que consolando tu tristeza
        Vas al campo a llorar penas de amores
        Así podrá tener Naturaleza
        Coronas de diamantes en las flores.

        Pero no viertas llanto por tus penas
        Que siempre se evaporan bajo el cielo;
        Las lluvias del desierto en las arenas
        Y el llanto, entre las blondas del pañuelo.

        Las horas de silencio son tan largas,
        Que comprendo la angustia con que gimes;
        Las verdades del alma son amargas,
        Y las mentiras del amor, sublimes.

        Inquieres con tesón si a cada instante
        Busco tu imagen o su culto pierdo,
        ¿Dónde está, niña cándida, el amante
        Que diga en estas cosas: "No me acuerdo"?

        Quien convertir pretenda de improviso
        El amor terrenal en culto eterno,
        Necesita labrar un Paraíso
        Sobre la obscura cima del infierno.

        ¿Ves ese Sol que llena de alegría
        El cielo, el mar, el bosque y las llanuras?
        Él trae a los mortales cada día
        Nuevas dichas y nuevas amarguras.

        Cada alma tiene libro que atesora
        Sus efectos en él, sin vano alarde;
        ¡Cuánto nombre se agrega en cada aurora!
        ¡Cuánto nombre se borra en cada tarde!

        ¿Quién sabe por qué anhela lo que anhela?
        ¿Quién será siempre el mismo, siendo humano?
        Dicha, amor, esperanza, todo vuela
        Sobre ese amargo y turbulento océano.

        Y así preguntas con afán sincero:
        "¿Por qué me quieres?..." Voy a responderte:
        Yo te quiero mujer porque te quiero;
        No tengo otra razón para quererte.

        ¿Tú te conformarás con tal respuesta,
        Que de mi propio corazón recibo?
        Tal vez la encuentre sin razón; pero esta
        Es la única razón porque te escribo.

        Que yo no vuelva a verte... me propones
        Y aunque mi mente vacilante queda,
        En vista de tu sexo y tus razones
        Allá iré lo más pronto que pueda.
      Arriba

      Un consejo de familia
        ¿Quién en la miseria y el amor concilia?
        Esto más que un problema es un misterio.
        Para hablar de un asunto que es tan serio,
        Hubo ayer un consejo de familia.

        Hizo de presidente del concejo
        Un hombrecito al que la edad agobia,
        Y que además del chiste de ser viejo,
        Es, nada menos, padre de mi novia.

        A su lado, y en cómoda poltrona,
        Con franco y natural desembarazo,
        Estaba una señora setentona
        Con un perro faldero en el regazo.

        Y en derredor, con rostros muy severos,
        Prontos a discutir y meter baza,
        Estaban cual prudentes consejeros
        Seis a siete visitas de la casa.

        Y entre todos, causando maravilla,
        De gracia y juventud, rico tesoro,
        Como un ángel, sentada en una silla
        Estaba la mujer a quien adoro.

        Con que, vamos a ver, dijo indiscreta
        La madre, por anciana impertinente,
        ¿Es verdad que eres novia de un poeta?
        ¿Sueñas con los laureles de su frente?

        -Puesto que lo sabéis -dijo la niña-
        No lo puedo negar: le quiero mucho.
        -Mereces -dijo el padre- que te riña.
        Y la anciana exclamó: -¡Cielos!, ¡qué escucho!

        ¡Blasfemia intolerable que me irrita!
        -¡Habráse visto niña descarada!
        Dijo en tono burlón una visita
        Pegándose en la frente una palmada.

        -Los versos nada más son oropeles.
        Dijo la anciana en tono reposado,
        Y apuesto que no sirven sus laureles
        Ni para sazonar el estofado.

        ¡Un novio soñador y sin dinero!
        Hija, esto sí que nadie lo perdona;
        Ya que tiene corona y no sombrero,
        Fuera mejor usara su corona.

        -Los hombres -dijo el padre- son perversos
        Pero más los poetas de hoy en día.
        Quizá te piense alimentar con versos,
        Y eso vas a comer, ¡pobre hija mía!

        -O, quién sabe -agregó con triste acento
        Una visita, al parecer piadosa-
        Si se irán a poblar el firmamento
        O a vivir en el cáliz de una rosa.

        -Puede ser -interrumpe otra persona-
        Que intente levantar, llegado el caso,
        A orillas de la fuente de Helicona,
        Un palacio en las faldas de Parnaso.

        El regalo de boda, amigo mío,
        Tendrá joyas riquísimas y bellas
        Junto a un collar de perlas del rocío,
        El manto azul del cielo y sus estrellas.

        Envidia te tendrán los serafines,
        Pues tendrás, deleitando tu hermosura,
        Una alfombra de nardos y jazmines
        Y un ruiseñor que cante en la espesura.

        El marido feliz te dará un beso
        Diciendo: ¡Tengo un ángel por esposa!
        ¿Y a la hora de comer? ¡Quién piensa en eso!
        ¡Para el poeta la comida es prosa!

        Un coro de estridentes carcajadas
        Satíricas, terribles, infernales,
        Convirtió las mejillas en granadas
        Al ángel de mis sueños celestiales.

        -¿Conque piensas seguir esos amores,
        Tú, la más infeliz de las mujeres,
        Piensas con el aroma de las flores
        Vivir entre la dicha y los placeres?

        ¿A qué alta sociedad, hija querida
        Te llevará ese amor del cual abusas?
        ¡Ha de ser muy monótona la vida,
        Sin tener más visitas que las musas!

        Otra risa estalló, ¡bendita risa!
        Entonces ella abandonó su asiento,
        Y con grave ademán y muy deprisa
        Salió, sin vacilar, del aposento.

        Llamaronla mil veces, pero ella,
        Espléndida, graciosa, soberana,
        Como asoma en los cielos una estrella
        El rostro fue a asomar a la ventana.

        -Ven -me dijo- mitad del alma mía.
        Dicen que amarte es prueba de torpeza,
        Que por pobre te olvide, ¡qué ironía!
        Que te deje por pobre, ¡qué tristeza!

        Como no te comprenden, ya por eso
        Destruir mis amores se concilia.
        Yo siempre seré tuya: dame un beso;
        ¡Se ha lucido el consejo de familia!
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