Juan Abel Echeverría

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    Información biográfica

  1. A Julio Zaldumbide
  2. Ave María a mi hermana Mercedes
  3. El árbol
  4. El avión



  5. Información biográfica
      Nombre: Juan Abel Echeverría
      Lugar y fecha nacimiento: Ecuador, 1853
      Lugar y fecha defunción: Ecuador, 1939 (86 años)
      Ocupación: Profesor y poeta.
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      A Julio Zaldumbide
        (Al poeta Julio Zaldumbide Gangotena....)

        ¡Pasó... como un lucero en su carrera,
        Alumbrando del arte el puro cielo...!
        ¡Pasó... regando flores en el suelo,
        Como pasa gentil la primavera...!

        ¡Pasó... abrazado a su arpa lastimera
        Cantando, como el ángel del consuelo,
        Por temperar el hondo, humano duelo,
        En su ascensión a la eternal esfera...

        Luz de verdad, de la belleza flores
        Y armonías del bien fueron su vida,
        ¡Nido que abandonaron ruiseñores...!

        ¡Mas los cándidos rayos de la Gloria,
        Que en su tumba se deja ver erguida,
        Salvan de olvido su inmortal memoria!
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      Ave María a mi hermana Mercedes
        Ora, niña. Cantó ya entre las ruinas
        El himno de la tarde el solitario;
        Y envuelto en sombra el pardo campanario
        Dio el toque de silencio y oración.
        Murió ya el día, se enlutó la tierra;
        La golondrina vuelve a su techumbre;
        Y del ocaso a la rojiza lumbre
        Se recoge devoto el corazón.

        Todos rezan: los niños dulcemente
        Con la envidiable fe de la inocencia;
        El hombre con la hiel de la experiencia;
        La virgen con el fuego de su amor.
        Y en el hogar los respetuosos hijos,
        Al hermano agrupándose el hermano,
        Se prosternan al pie del padre anciano
        Y él los bendice en nombre del Señor.

        Ora, amor mío: cuando así te miro,
        De hinojos puesta sobre el duro suelo,
        Me pareces un ángel que su vuelo
        Va hasta el Edén, tranquilo a remontar.
        Feliz, entonces, con tu gloria canto,
        Te sigo en la ilusión de mi deseo;
        Mas, si vuelvo la faz y aquí te veo,
        Una lágrima entúrbiame el mirar.

        ¡Si ahuyentar el dolor de la existencia
        De tu inocente corazón pudiera,
        Y la estrella de paz siempre luciera,
        En tu serena frente angelical...!
        ¡Ah, si pudiera yo, pobre ángel mío,
        Verter mi sangre y darte la ventura;
        Blanda encontrara la honda sepultura,
        Y bendijera de mi vida el mal!

        Tú ignoras -y lo ignores siempre, niña-,
        Del mundo las amargas decepciones;
        Mas yo, ¡ay de mí! conozco sus pasiones,
        Y su falsía y sus quimeras sé...
        Mas ¡tú lo puedes...! Con tu puro ruego
        Virtuoso porvenir de Dios alcanza;
        Pídele santo amor, firme esperanza
        Y, como el sol, ardiente y viva fe.

        Ora, niña, por mí; cuando tu labio
        Murmura fervoroso una plegaria,
        Envía Dios a mi alma solitaria
        Un rayo de esperanza seductor;
        El ángel de tu guarda casto beso
        Da a tu tranquila, pudorosa frente,
        Y por la escala de Jacob, luciente,
        Tu ruego sube al trono del Señor.

        Cuando el árbol al roce de la brisa
        Parece sollozar en la llanura,
        Y el arroyo cruzando la espesura
        Con la hoja seca murmurando va;
        Cuando un rumor solemne, prolongado,
        Melancólico y tenue en lo alto suena,
        Y de profunda inspiración se llena
        El alma ante el eterno Jehová;

        Di, ¿no oyes, niña, en esas vagas notas
        La voz con que también naturaleza
        Ora, velando su gentil belleza
        De la neblina con el leve tul?
        Por eso se hunde en meditar profundo
        El espíritu al rayo tembloroso
        De la luna, que alumbra el majestuoso
        Templo de Dios en el inmenso azul.

        Y reverente el ángel de la tierra
        Se prosterna al decir "¡Ave María!"
        ¡Silencio...! ¡Majestad...! ¡En poesía
        De los cielos se baña el corazón...!
        En tanto el sueño vuela taciturno
        Por el confín lejano del oriente,
        Y repiten las grutas tristemente
        Del bronce la postrera vibración.

        Y la Virgen de vírgenes sonriendo,
        Mientras repites otra Ave María,
        Se goza, te bendice, hermana mía,
        Y apresta una corona a tu alba sien.
        ¡Ah, que esa bendición descienda a tu alma,
        Como al jardín el bienhechor rocío,
        Y a coronarte vueles, ángel mío,
        Con flores inmortales del Edén!

        Y cuando un día me recuerdes, triste,
        A las preces del órgano que llora,
        Al resonar esta solemne hora,
        ¡Póstrate y alza tu oración por mí!
        Presto mi "adiós" oirás... guarda mi pecho
        Un germen de dolor, un mal profundo,
        Que no lo puede sofocar el mundo,
        ¡Porque todo en el mundo es baladí...!

        ¿Perdonarás entonces, padre mío,
        De mi fogosa vida a la memoria
        Si sólo ofrece mi doliente historia
        Las penas que te dio mi juventud?
        ¡Sí, y a mi tumba, dolorido anciano,
        Irás a bendecirme cariñoso,
        Y el ángel guardador de mi reposo
        Consolará tu triste senectud!
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      El árbol
        Árbol de flores vestido,
        De cantoras aves solió,
        Auras bullendo en la copa,
        Al pie cantando el arroyo.

        Le ornó el alba con diamantes,
        El mediodía con oro,
        La tarde le dio su estrella,
        La noche amor y reposo.

        Cubriose el suelo de luto,
        Retumbaron truenos roncos.
        ¡Brilló la lumbre del rayo
        Y el árbol humeó en despojos!

        ¡Ay, mitad del alma mía!
        ¡Ay, mitad que ausente lloro!
        ¡Lástima de la llanura,
        Quedó el malherido tronco!
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      El avión
        Águila real que en el cenit admiro,
        Pasmo del genio creador, invento
        Que en ti llevas, como alma, el pensamiento,
        Que al éter te lanzó con raudo giro;

        Lumbre de ciencias en tus alas miro,
        Que te hacen navegar señor del viento,
        Y eres bajo el cerúleo firmamento,
        Cruz de nácar en fondo de zafiro.

        Se encumbra, al par de ti, la inteligencia,
        Y al corazón agita tu presencia,
        Con temblor de ansias y bullir de anhelos,

        Y en éxtasis el alma, a lo infinito
        Vuela de adoración su ardiente grito:
        ¡Gloria a Dios en la altura de los cielos!
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