Dolores Veintimilla

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    Información biográfica

  1. A Carmen
  2. A la misma amiga
  3. A mis enemigos
  4. A un reloj
  5. Anhelo
  6. Aspiración
  7. Desencanto
  8. La noche y mi dolor
  9. Quejas
  10. Sufrimiento


Información biográfica
    Nombre: Ignacia María de los Dolores Veintimilla de Galindo y Carrión
    Lugar y fecha nacimiento: Quito, Ecuador, 12 de julio de 1829
    Lugar y fecha defunción: Cuenca, Ecuador, 23 de mayo de 1857 (27 años)
    Ocupación: Escritora, ensayista, poeta
    Movimiento: Romanticismo

    Fuente: [Dolores Veintimilla] en Wikipedia.org
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    A Carmen
      (Remitiéndole un jazmín del Cabo)

      Menos bella que tú, Carmela mía,
      Vaya esa flor a ornar tu cabellera;
      Yo misma la he cogido en la pradera
      Y cariñosa mi alma te la envía.
      Cuando seca y marchita caiga un día
      No la arrojes, por Dios, a la ribera:
      Guárdala cual memoria lisonjera
      De la dulce amistad que nos unía.
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    A la misma amiga
      Ninfa del Guayas
      Encantador,
      De tus abriles
      En el albor,
      Cuando regreses
      A la mansión,
      Donde te espera
      Todo el amor
      De los que hoy ruegan
      Por ti al Señor;
      Cuando más tarde
      Vengan en pos
      De los placeres
      Que apuras hoy,
      Los tiernos goces
      Y la emoción
      Con que las madres
      Amamos, ¡oh!
      A los pedazos
      Del corazón;
      No olvides, Carmen,
      ¡No olvides, no!
      A tu Dolores
      Por otro amor.
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    A mis enemigos
      ¿Qué os hice yo, mujer desventurada
      Que en mi rostro, traidores, escupís
      De la infame calumnia la ponzoña
      Y así matáis a mi alma juvenil?

      ¿Qué sombra os puede hacer una insensata
      Que arroja de los vientos al confín
      Los lamentos de su alma atribulada
      Y el llanto de sus ojos, ¡ay de mí!

      Envidiáis, envidiáis que sus aromas
      Le dé a las brisas mansas el jazmín?
      Envidiáis que los pájaros entonen
      Sus himnos cuando el sol viene a lucir?

      No! no os burléis de mí sino del cielo...
      Que, al hacerme tan triste e infeliz,
      Me dio para endulzar mi desventura
      De ardiente inspiración rayo gentil.

      Por qué, por qué queréis que yo sofoque
      Lo que en mi pensamiento osa vivir?
      ¿Por qué matáis para la dicha mi alma?
      ¿Por qué ¡cobardes a traición! me herís?

      No dan respeto la mujer, la esposa,
      La madre amante a vuestra lengua vil...
      Me marcáis con el sello de la impura...
      ¡Ay! ¡Nada, nada respetáis en mí!
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    A un reloj
      Con tu acompasado son
      Marcando vas inclemente
      De mi pobre corazón
      La violenta pulsación...
      ¡Dichosa quien no te siente!

      Funesto, funesto bien
      Haces reloj... La venida
      Marcas del ser a la vida,
      Y así impasible también
      La hora de la partida.
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    Anhelo
      ¡Oh! ¿Dónde está ese mundo que soñé
      Allá en los años de mi edad primera?
      ¿Dónde ese mundo que mi mente orló
      De blancas flores?... Todo fue quimera!

      Hoy de mí misma nada me ha quedado,
      Pasaron ya mis horas de ventura,
      Y sólo tengo un corazón llagado
      Y un alma ahogada en llanto y amargura.

      ¿Por qué tan pronto la ilusión pasó?
      ¿Por qué en quebranto se trocó mi risa
      Y mi sueño fugaz se disipó
      Cual leve nube al soplo de la brisa...?

      Vuelve a mis ojos óptica ilusión,
      Vuelve, esperanza, a amenizar mi vida,
      Vuelve, amistad, sublime inspiración...
      Yo quiero dicha aún cuando sea mentida.
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    Aspiración
      Yo no quiero ventura ni gloria,
      Sólo quiero mi llanto verter:
      Que en mi mente la cruda memoria
      Sólo tengo de cruel padecer.

      Cual espectro doliente y lloroso
      Sola quiero en el mundo vagar,
      Y en mi pecho, cual nunca ardoroso,
      Sólo quiero tu imagen llevar.

      Yo no quiero del sol luminoso
      Sus espléndidos rayos mirar,
      Mas yo quiero un lugar tenebroso
      Do contigo pudiera habitar.

      Si del mundo un imperio se hiciera,
      Que encerrara tesoros sin cuento;
      Si este imperio a mis pies se pusiera,
      Lo cambiara por verte un momento.

      Si ángel fuera a quien templos y altares
      En mi culto se alzaran tal vez,
      Con tormentos cambiara eternales
      Por estar un instante a tus pies.
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    Desencanto
      ¿Por qué mi mente con tenaz porfía
      Mi voluntad combate; y obstinada,
      Tristes recuerdos de la infancia mía
      Ofrece a mi memoria infortunada?
      ¿Por qué se cambia el esplendente día
      En mustia sombra del dolor velada,
      Y a la sonrisa de inocente calma
      Sucede el llanto y la ansiedad de mi alma?

      Las puras flores que mi cien orlaron
      De mi frente fugaz se desprendieron,
      Y cual sombra levísima pasaron
      En pos llevando el bien que me ofrecieron.
      Sólo las horas del dolor quedaron;
      Las horas del placer nunca volvieron,
      Y de mi vida en el perdido encanto
      Sólo me queda por herencia el llanto.

      Yo era en mi infancia alegre y venturosa
      Como la flor que el céfiro acaricia,
      Fascinada cual blanda mariposa
      Que incauta goza en férvida delicia;
      Pero la humana turba revoltosa
      Mi corazón hirió con su injusticia
      Y véome triste, en la mitad del mundo,
      Víctima infausta de un dolor profundo.
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    La noche y mi dolor
      El negro manto que la noche umbría
      Tiende en el mundo a descansar convida,
      Su cuerpo extiende ya en la tierra fría
      Cansado el pobre y su dolor olvida.

      También el rico en su mullida cama
      Duerme soñando avaro sus riquezas,
      Duerme el guerrero y en su ensueño exclama:
      "Soy invencible y grandes mis proezas."

      Duerme el pastor feliz en su cabaña
      Y el marino tranquilo en su bajel;
      A este no altera la ambición ni saña
      El mar no inquieta el reposar de aquel.

      Duerme la fiera en lóbrega espesura,
      Duerme el ave en las ramas guarecida,
      Duerme el reptil en su morada impura,
      Como el insecto en su mansión florida.

      Duerme el viento... la brisa silenciosa
      Gime apenas las flores cariciando;
      Todo entre sombras a la par reposa,
      Aquí durmiendo, más allá soñando.

      Tú, dulce amiga, que tal vez un día
      Al contemplar la luna misteriosa,
      Exaltabas tu ardiente fantasía
      Derramando una lágrima amorosa.

      Duerme también tranquila y descansada
      Cual marino calmada la tormenta,
      Así olvidando la inquietud pasada
      Mientras tu amiga su dolor lamenta.

      Déjame que hoy en soledad contemple
      De mi vida las flores deshojadas;
      Hoy no hay mentira que mi dolor temple,
      Murieron ya mis fábulas soñadas.
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    Quejas
      ¡Y amarle pude! Al sol de la existencia 
      Se abría apenas soñadora el alma...
      Perdió mi pobre corazón su calma
      Desde el fatal instante en que le hallé!
      Sus palabras sonaron en mi oído
      Como música blanda y deliciosa;
      Subió a mi rostro el tinte de la rosa;
      Como la hoja en el árbol, vacilé.

      Su imagen en el sueño me acosaba,
      Siempre halagüeña, siempre enamorada:
      Mil veces sorprendiste, madre amada,
      En mi boca un suspiro abrasador.
      Y era él quien arrancaba de mi pecho,
      Él, la fascinación de mis sentidos;
      Él, ideal de mis sueños más queridos;
      Él, mi primero, mi ferviente amor.

      Sin él, para mí, el campo placentero
      En vez de flores me obsequiaba abrojos:
      Sin él eran sombríos a mis ojos
      Del sol los rayos en el mes de Abril.
      Vivía de su vida apasionada;
      Era el centro de mi alma el amor suyo;
      Era mi aspiración, era mi orgullo...
      ¿Por qué tan presto me olvidara el vil?

      No es mío ya su amor, que a otra prefiere:
      Sus caricias son frías como el hielo,
      Es mentira su fe, finge desvelo;
      ¡Mas no me engañará con su ficción!...
      ¡Y amarle pude delirante, loca!
      No, mi altivez no sufre su maltrato;
      Y si a olvidar no alcanzas al ingrato
      Te arrancaré del pecho, corazón!
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    Sufrimiento
      Pasaste, edad hermosa
      En que rizó el ambiente
      Las hebras del cabello por mi frente
      Que hoy anubla la pena congojosa.
      Pasaste, edad de rosa,
      De los felices años,
      Y contigo mis gratas ilusiones...
      Quedan en su lugar los desengaños
      Que brotó el huracán de las pasiones.

      Entonces ¡ay!, entonces, madre mía,
      Tus labios enjugaban
      Lágrimas infantiles que surcaban
      Mis purpúreas mejillas... y en el día
      ¡Ay de mí!, no estás cerca para verlas...
      ¡Son del color alquitaradas perlas...!

      ¡Madre! ¡Madre! No sepa la amargura
      Que aqueja el corazón de tus Dolores,
      Saber mi desventura
      Fuera aumentar tan solo los rigores
      Con que en ti la desgracia audaz se encona.
      ¡En mi nombre mi sino me pusiste!
      ¡Sino, madre, bien triste!
      Mi corona nupcial está en corona
      De espinas ya cambiada...
      ¡Es tu Dolores, ay, tan desdichada!
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