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    Información biográfica

  1. ¿Acaso no imaginas?
  2. Aventura
  3. Cabeza de un fauno
  4. Combate de Hércules y del río Aquelo
  5. El aguinaldo de los huérfanos
  6. El ángel y el niño
  7. El aparador
  8. El barco ebrio
  9. El mal
  10. La durmiente del valle
  11. Lilio
  12. Los cuervos
  13. Los despavoridos
  14. Mi bohemia
  15. Ofelia
  16. Sensación
  17. Sueño de invierno




  18. Información biográfica

      Nombre: Jean Nicolas Arthur Rimbaud
      Lugar y fecha nacimiento: Charleville-Mézières (Francia), 20 de octubre de 1854
      Lugar y fecha defunción: Marsella (Francia), 10 de noviembre de 1891 (37 años)

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      ¿Acaso no imaginas?

        ¿Acaso no imaginas por qué de amor me muero?
        La flor me dice: "¡Hola!" "¡Buenos días!", el ave.
        Llegó la primavera, la dulzura del ángel.
        ¡No adivinas acaso por qué de embriaguez hiervo!
        Dulce ángel de mi cuna, ángel de mi abuelita,
        ¿No adivinas acaso que me transformo en ave
        Que mi lira palpita y que mis alas baten
        Como una golondrina?

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      Aventura

        I

        Con diecisiete años, no puedes ser formal.
        -¡Una tarde, te asqueas de jarra y limonada,
        De los cafés ruidosos con lustros deslumbrantes!
        -Y te vas por los tilos verdes de la alameda.

        ¡Qué bien huelen los tilos en las tardes de junio!
        El aire es tan suave que hay que bajar los párpados;
        Y el viento rumoroso -la ciudad no está lejos-
        Trae aromas de vides y aromas de cerveza.

        II

        De pronto puede verse en el cielo un harapo
        De azul mar, que la rama de un arbolito enmarca
        Y que una estrella hiere, fatal, mientras se funde
        Con temblores muy dulces, pequeñita y tan blanca...

        ¡Diecisiete años! ¡Noche de junio! -Te emborrachas.
        La savia es un champán que sube a tu cabeza...
        Divagas; y presientes en los labios un beso
        Que palpita en la boca, como un animalito.

        III

        Loca, Robinsonea tu alma por las novelas,
        -Cuando en la claridad de un pálido farol
        Pasa una señorita de encantador aspecto,
        A la sombra del cuello horrible de su padre.

        Y como cree que eres inmensamente ingenuo,
        A la par que sus botas trotan por las aceras,
        Se vuelve, alerta y, con un gesto expresivo...
        -Y en tus labios, entonces, muere una cavatina...

        IV

        Estás enamorado. Alquilado hasta agosto.
        Estás enamorado. Se ríe de tus versos
        Tus amigos se van, estás insoportable.
        -¡Y una tarde, tu encanto, se digna, ya, escribirte...!

        Y esa tarde... te vuelves al café luminoso,
        Pides de nuevo jarras llenas de limonadas...
        -Con diecisiete años no puedes ser formal,
        Cuando los tilos verdes coronan la alameda.

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      Cabeza de un fauno

        En el follaje, estuche verde que el oro dora,
        En el follaje, incierto y cuajado de flores
        Que florecen magníficas, donde un beso mora,
        Nervioso, mientras rasga los bordados primores,

        Un asustado fauno arquea su entrecejo,
        Mordiendo con sus dientes blancos las flores rojas.
        Moreno, tinto en sangre, igual que un vino añejo,
        Su labio estalla en risas perdido por las hojas.

        Y cuando, cual ardilla, por la fronda se espanta,
        Prendida de las ramas su risa se estremece;
        Y vemos, asustado por el pinzón que canta,
        Cómo El Beso de oro del Bosque se adormece.

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      Combate de Hércules y del río Aquelo

        Antaño, el Aquelo de aguas henchidas salió de su vasto lecho;
        Tumultuoso irrumpió por los valles en cuesta envolviendo en sus aguas los rebaños y el adorno de las mieses doradas.
        Caen las casas de los hombres derruidas y los campos que se extienden a lo ancho van siendo abandonados;
        La Ninfa ha dejado su valle
        Los coros de los faunos se han callado:
        Todos contemplaban el furioso río.
        Alcides, al oír sus quejas, se compadeció de ellos:
        Para frenar los furores del río lanza a las aguas crecidas su enorme cuerpo,
        Expulsa con sus brazos las oleadas que espumean
        Y las devuelve domadas a su lecho.
        La ola del río vencido se estremece con rabia.
        Al instante, el dios del río adopta la forma de una serpiente:
        Silba, chirría y retuerce su torso amoratado
        Y con su terrible cola golpea las esponjosas orillas.
        Entonces, Alcides se abalanza, con sus robustos brazos, le rodea el cuello, lo aprieta, lo destroza con sus potentes músculos,
        Y, volteando el tronco de un árbol lo lanza sobre él, dejándolo moribundo sobre la negra arena
        Y alzándose furioso, le brama:

        ¿Te atreves a desafiar los músculos hercúleos, imprudente, no sabes que crecieron en estos juegos -ya, cuando aún niño, estaba en mi primera cuna-:
        Ignoras que he vencido a los dos dragones?

        Pero la vergüenza estimula al dios del río y la gloria de su nombre derrumbado, en su corazón oprimido por el dolor, se resiste;
        Sus fieros ojos brillan con un fuego ardiente,
        Su terrible frente armada surge desgarrando el viento;
        Muge, y tiemblan los aires ante su horrendo mugido.
        Mas el hijo de Alcmena se ríe de esta lucha furiosa...
        Vuela, coge y zarandea los miembros temblorosos y los esparce por el suelo:
        Aplasta con la rodilla el cuello que cruje
        Y aprieta con un nudo vigoroso la garganta palpitante, hasta que exhala estertores.
        Y entonces, Alcides, arrogante, mientras aplasta al monstruo, le arranca de la frente ensangrentada un cuerno -prueba de su victoria.
        Al verlo, los Faunos, los coros de las Dríades y las hermanas de las Ninfas
        Cuyas riquezas y refugios natales el vencedor había vengado se acercan hasta donde estaba, recostado perezosamente a la sombra de un roble,
        Evocando en su alegre espíritu los triunfos pasados.
        Su alegre tropel lo rodea y corona su frente con múltiples flores y lo adorna con verdes guirnaldas.
        Todos, entonces, cogen, como si fueran una sola mano, el cuerno que junto a él yacía,
        Llenando el despojo cruento de ubérrimas manzanas y de perfumadas flores.

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      El aguinaldo de los huérfanos

        I

        El cuarto es una umbría; levemente se oye
        El bisbiseo triste y suave de dos niños.
        Sus cabezas se inclinan, llenas aún de sueños
        Bajo al blanco dosel que tiembla, al ser alzado.
        En la calle, los pájaros, se apiñan, frioleros:
        Bajo el gris de los cielos, sus alas se entumecen;
        Y envuelto en su cortejo de bruma, el Año Nuevo,
        Arrastrando los pliegues de su manto de nieves,
        Sonríe entre sollozos, y canta estremecido...

        II

        Mientras tanto, los niños, bajo el dosel flotante,
        Hablan bajito como en las noches oscuras.
        Escuchan, a lo lejos, algo como un murmullo...
        Y tiemblan al oír la voz clara y dorada
        Del timbre matinal que lanza y lanza aún
        Su estribillo metálico bajo el globo de vidrio...
        -Pero el cuarto está helado... podemos ver, tiradas
        En el suelo, las prendas de luto, en tomo al lecho:
        ¡El cierzo, áspero y crudo, gimiendo en el umbral
        Invade con su aliento mohíno la morada!
        Sentimos que algo falta, en la casa, en los niños...
        ¿Ya no existe una madre para estos pequeños,
        Una madre con risa fresca y mirada airosa?
        ¿Se ha olvidado, de noche, sola y casi dormida
        De encender esa llama que la ceniza esconde,
        De echar sobre sus cuerpos el plumón y la lana,
        Pidiéndoles perdón, antes de abandonarlos?
        ¿No ha previsto que el frío hiere la madrugada,
        Que el cierzo del invierno acecha en el umbral?
        -¡La esperanza materna, es la cálida alfombra,
        Es el nido mullido, en el que los chiquillos,
        Cual pájaros hermosos que acunan el follaje
        Duermen, acurrucados, sus dulces sueños blancos!...
        -Pero este es como un nido, sin plumas, sin tibieza,
        En el que los pequeños tienen frío y no duermen,
        Miedosos, sólo un nido que el cierzo ha congelado...

        III

        Ya lo habéis comprendido: es que no tienen madre
        ¡Sin madre está el hogar! -y, ¡qué lejos el padre!...
        Una vieja criada se está ocupando de ellos;
        Y en la casona helada, los niños están solos.
        Huérfanos de cuatro años... de pronto en su cabeza

        Se despierta, riendo, un recuerdo que asciende:
        Algo como un rosario desgranado al rezar.
        -¡Mañana deslumbrante, mañana de aguinaldos!
        Cada uno, de noche, soñaba con los suyos,
        En un extraño sueño, poblado de juguetes
        Dulces vestidos de oro, joyas resplandecientes,
        Bailando en torbellinos una danza sonora,
        Bajo el dosel ocultos, y, luego, desvelados.
        Se despertaban pronto y, alegres, se marchaban,
        Con los labios golosos, frotándose los párpados,
        Y el pelo alborotado en torno a la cabeza,
        Con los ojos brillantes de los días festivos,
        Rozando con las plantas desnudas la tarima,
        A la alcoba paterna: llamaban despacito...
        ¡Entraban!... y en pijama... ¡todo eran parabienes,
        Besos como en guirnaldas y libre algarabía!

        IV

        ¡Tenían tanto encanto las palabras ya dichas!
        -Pero cómo ha cambiado la casa de otros tiempos:
        El fuego chispeaba, claro, en la chimenea,
        Alumbrando a raudales el viejo cuarto oscuro;
        Y los rojos reflejos lanzados por las llamas
        Jugaban en rodales por los muebles lacados...
        -¡Cerrado y sin su llave estaba el gran armario!
        Muchas veces, miraban la puerta parda y negra...
        ¡Sin llave!... ¿no es extraño?... y soñaban, mirando,
        En todos los misterios dormidos en su seno,
        Creyendo oír, lejano, en el ojo entreabierto,
        Un ruido hondo y confuso, como alegre susurro...
        -La alcoba de los padres, hoy está tan vacía:
        Ningún rojo reflejo brilla bajo la puerta;
        Ya no hay padres, ni fuego, ni llaves sustraídas;
        ¡Así pues, ya no hay besos ni agradables sorpresas!
        Qué triste les va a ser el día de Año Nuevo.
        -Y, absortos, mientras cae del azul de sus ojos,
        Lentamente, en silencio, una lágrima amarga,
        Murmuran: "¿Cuándo, ¡ay!, volverá nuestra madre?"

        ****

        Ahora, los pequeños duermen tan tristemente
        Que al verlos pensaríais que lloran mientras duermen,
        Con los ojos hinchados y el soplo jadeante.
        ¡Los niños pequeñitos son seres tan sensibles!
        Pero el ángel que vela junto a las cunas llega
        Para secar sus ojos, y de esta pesadilla
        Nace un alegre sueño, un sueño tan alegre
        Que sus labios cerrados piensan, al sonreír...
        -Y sueñan que, apoyados en sus brazos llenitos,
        Igual que al despertarse, adelantan su cara
        Mirando en derredor con mirar distraído,
        Creyéndose dormidos en paraísos rosas.
        Canta en la chimenea alegremente el fuego...
        Un cielo azul y hermoso entra por la ventana;
        El mundo se despierta y se embriaga de luces...
        Y la tierra, desnuda, y alegre, al revivir,
        Tiembla henchida de gozo con los besos del sol...
        Y en el caserón viejo todo es tibio y rojizo:
        Los vestidos oscuros ya no cubren en el suelo,

        El cierzo ya no grita, dormido en el umbral...
        ¡Diríase que un hada ha invadido las cosas!
        -Los niños han gritado, alegres... allí, mira...
        Junto al lecho materno, en un fulgor rosado,
        Allí, sobre la alfombra, un objeto destella...
        Son unos medallones de plata, blancos, negros,
        De nácar y azabache, con luces rutilantes:
        Son dos marquitos negros con un festón de vidrio,
        Y en letras de oro brilla un grito: "¡A NUESTRA MADRE!"

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      El ángel y el niño

        El nuevo año ha consumido ya la luz del primer día;
        Luz tan agradable para los niños, tanto tiempo esperada y tan pronto olvidada,
        Y, envuelto en sueño y risa, el niño adormecido se ha callado...
        Está acostado en su cuna de plumas; y el sonajero ruidoso calla, junto a él, en el suelo.
        Lo recuerda y tiene un sueño feliz:
        Tras los regalos de su madre, recibe los de los habitantes del cielo.
        Su boca se entreabre, sonriente, y parece que sus labios entornados invocan a Dios.
        Junto a su cabeza, un ángel aparece inclinado:
        Espía los susurros de un corazón inocente y, como colgado de su propia imagen,
        Contempla esta cara celestial: admira sus mejillas, su frente serena, los gozos de su alma,
        Esta flor que no ha tocado el mediodía:
        "¡Niño que a mí te pareces, vente al cielo conmigo! Entra en la morada divina;
        Habita el palacio que has visto en tu sueño;
        ¡Eres digno! ¡Que la tierra no se quede ya con un hijo del cielo!
        Aquí abajo, no podemos fiarnos de nadie; los mortales no acarician nunca con dicha sincera;
        Incluso del olor de la flor brota un algo amargo;
        Y los corazones agitados sólo gozan de alegrías tristes;
        Nunca la alegría reconforta sin nubes y una lágrima luce en la risa que duda.
        ¿Acaso tu frente pura tiene que ajarse en esta vida amarga, las preocupaciones turbar los llantos de tus ojos color cielo y la sombra del ciprés dispersar las rosas de tu cara?
        ¡No ocurrirá! Te llevaré conmigo a las tierras celestes,
        Para que unas tu voz al concierto de los habitantes del cielo.
        Velarás por los hombres que se han quedado aquí abajo.
        ¡Vamos! Una Divinidad rompe los lazos que te atan a la vida.
        ¡Y que tu madre no se vele con lúgubre luto;
        Que no mire tu féretro con ojos diferentes de los que miraban tu cuna;
        Que abandone el entrecejo triste y que tus funerales no entristezcan su cara,
        Sino que lance azucenas a brazadas,
        Pues para un ser puro su último día es el más bello!"

        De pronto acerca, leve, su ala a la boca rosada...
        Y lo siega, sin que se entere, acogiendo en sus alas azul cielo el alma del niño,
        Llevándolo a las altas regiones, con un blando aleteo.

        Ahora, el lecho guarda sólo unos miembros empalidecidos, en los que aún hay belleza,
        Pero ya no hay un hálito que los alimente y les dé vida.
        Murió... Mas en sus labios, que los besos perfuman aún, se muere la risa,
        Y ronda el nombre de su madre;
        Y según se muere, se acuerda de los regalos del año que nace.
        Se diría que sus ojos se cierran, pesados, con un sueño tranquilo.
        Pero este sueño, más que nuevo honor de un mortal,
        Rodea su frente de una luz celeste desconocida,
        Atestiguando que ya no es hijo de la tierra, sino criatura del Cielo.
        ¡Oh! Con qué lágrimas la madre llora a su muerto
        ¡Cómo inunda el querido sepulcro con el llanto que mana!
        Mas, cada vez que cierra los ojos para un dulce sueño,
        Le aparece, en el umbral rosa del cielo, un ángel pequeñito que disfruta llamando a la dulce madre que sonríe al que sonríe.
        De pronto, resbalando en el aire, en torno a la madre extrañada, revolotea con sus alas de nieve
        Y a sus labios delicados une sus labios divinos.

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      El aparador

        Un gran aparador tallado -el roble oscuro
        Emana la bondad de los viejos, tan viejo;
        Está abierto, y su fondo vierte, cual vino añejo,
        Oscuras y obsesivas oleadas de aromas.

        Repleto, es un barullo de viejas antiguallas,
        Sábanas perfumadas y amarillas, trapitos
        De mujeres y niños, arrugados encajes,
        Toquillas de la abuela con pintados dragones.

        En él encontraríamos medallones y mechas
        De pelo blanco o rubio, retratos, flores secas
        Cuyo olor al olor de los frutos se mezcla.

        ¡Oh, viejo aparador, cuantas historias sabes!
        Y quisieras contarlas, por eso, incierto, crujes
        Cuando tus puertas negras lentamente se abren.

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      El barco ebrio

        Según iba bajando por Ríos impasibles,
        Me sentí abandonado por los hombres que sirgan:
        Pieles Rojas gritones les habían flechado,
        Tras clavarlos desnudos a postes de colores.

        Iba, sin preocuparme de carga y de equipaje,
        Con mi trigo de Flandes y mi algodón inglés.
        Cuando al morir mis guías, se acabó el alboroto:
        Los Ríos me han llevado, libre, adonde quería.

        En el vaivén ruidoso de la marea airada,
        El invierno pasado, sordo, como los niños,
        Corrí. Y las Penínsulas, al largar sus amarras,
        No conocieron nunca zafarrancho mayor.

        La galerna bendijo mi despertar marino,
        Más ligero que un corcho por las olas bailé
        –Olas que, eternas, rolan los cuerpos de sus víctimas–
        Diez noches, olvidando el faro y su ojo estúpido.

        Agua verde más dulce que las manzanas ácidas
        En la boca de un niño mi casco ha penetrado,
        Y rodales azules de vino y vomitonas
        Me lavó, trastocando el ancla y el timón.

        Desde entonces me baño inmerso en el Poema
        Del Mar, infusión de astros y vía lactescente,
        Sorbiendo el cielo verde, por donde flota a veces,
        Pecio arrobado y pálido, un muerto pensativo.

        Y donde, de repente, al teñir los azules,
        Ritmos, delirios lentos, bajo el fulgor del día,
        Más fuertes que el alcohol, más amplios que las liras,
        Fermentan los rubores amargos del amor.

        Sé de cielos que estallan en rayos, sé de trombas,
        Resacas y corrientes; sé de noches... del Alba
        Exaltada como una bandada de palomas.
        ¡Y, a veces, yo sí he visto lo que alguien creyó ver!

        He visto el sol poniente, tinto de horrores místicos,
        Alumbrando con lentos cuajarones violetas,
        Que recuerdan a actores de dramas muy antiguos,
        Las olas, que a lo lejos, despliegan sus latidos.

        Soñé la noche verde de nieves deslumbradas,
        Beso que asciende, lento, a los ojos del mar,
        El circular de savias inauditas, y azul
        Y glauco, el despertar de fósforos canoros.

        Seguí durante meses, semejante al rebaño
        Histérico, la ola que asalta el farallón,
        Sin pensar que la luz del pie de las Marías
        Pueda embridar el morro de asmáticos Océanos.

        ¡He chocado, creedme, con Floridas de fábula,
        Donde ojos de pantera con piel de hombre desposan
        Las flores! ¡Y arco iris, tendidos como riendas
        Para glaucos rebaños, bajo el confín marino!

        ¡He visto fermentar marjales imponentes,
        Nasas donde se pudre, en juncos, Leviatán!
        ¡Derrubios de las olas, en medio de bonanzas,
        Horizontes que se hunden, como las cataratas.
        ¡Hielos, soles de plata, aguas de nácar, cielos
        de brasa! Hórridos pecios engolfados en simas,
        Donde enormes serpientes comidas por las chinches
        Caen, desde los árboles corvos de negro aroma!

        Quisiera haber mostrado a los niños doradas
        De agua azul, esos peces de oro, peces que cantan.
        –Espumas como flores mecieron mis derivas
        Y vientos inefables me alaron al pasar.

        A veces, mártir laso de polos y de zonas,
        El mar, cuyo sollozo suavizaba el vaivén,
        Me ofrecía sus flores de umbría, gualdas bocas,
        Y yacía, de hinojos, igual que una mujer.

        Isla que balancea en sus orillas gritos
        Y cagadas de pájaros chillones de ojos rubios
        Bogaba, mientras por mis frágiles amarras
        Bajaban, regolfando, ahogados a dormir.

        Y yo, barco perdido bajo cabellos de abras,
        Lanzado por la tromba en el éter sin pájaros,
        Yo, a quien los guardacostas o las naves del Hansa
        No le hubieran salvado el casco ebrio de agua,

        Libre, humeante, herido por brumas violetas,
        Yo, que horadaba el cielo rojizo, como un muro
        Del que brotan –jalea exquisita que gusta
        Al gran poeta– líquenes de sol, mocos de azur,

        Que corría estampado de lúnulas eléctricas,
        Tabla loca escoltada por hipocampos negros,
        Cuando julio derrumba en ardientes embudos,
        A grandes latigazos, cielos ultramarinos,

        Que temblaba, al oír, gimiendo en lejanía,
        Bramar los Behemots y, los densos Malstrones,
        Eterno tejedor de quietudes azules,
        Yo, añoraba la Europa de las viejas murallas

        ¡He visto archipiélagos siderales, con islas
        Cuyo cielo en delirio se abre para el que boga:
        –¿Son las noches sin fondo, donde exiliado duermes,
        Millón de aves de oro, ¡oh futuro Vigor!?

        ¡En fin, mucho he llorado! El Alba es lastimosa.
        Toda luna es atroz y todo sol amargo:
        Áspero, el amor me hinchó de calmas ebrias.
        ¡Que mi quilla reviente! ¡Que me pierda en el mar!

        Si deseo alguna agua de Europa, está en la charca
        Negra y fría, en la que en tardes perfumadas,
        Un niño, acurrucado en sus tristezas, suelta
        Un barco leve cual mariposa de mayo.

        Ya no puedo, ¡oleada!, inmerso en tus molicies,
        Usurparle su estela al barco algodonero,
        Ni traspasar la gloria de banderas y flámulas
        Ni nadar, ante el ojo horrible del pontón.

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      El mal

        Mientras que los gargajos rojos de la metralla
        Silban surcando el cielo azul, día tras día,
        Y que, escarlata o verdes, cerca del rey que ríe
        Se hunden batallones que el fuego incendia en masa;

        Mientras que una locura desenfrenada aplasta
        Y convierte en mantillo humeante a mil hombres;
        ¡Pobres muertos! sumidos en estío, en la yerba,
        En tu gozo, Natura, que santa los creaste,

        Existe un Dios que ríe en los adamascados
        Del altar, al incienso, a los cálices de oro,
        Que acunado en Hosannas dulcemente se duerme.

        Pero se sobresalta, cuando madres uncidas
        A la angustia y que lloran bajo sus cofias negras
        Le ofrecen un ochavo envuelto en su pañuelo.

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      La durmiente del valle

        Un hoyo de verdor, por el que canta un río
        Enganchando, a lo loco, por la yerba, jirones
        De plata; donde el sol de la montaña altiva
        Brilla: una vaguada que crece en musgo y luz.

        Un soldado, sin casco y con la boca abierta,
        Bañada por el berro fresco y azul su nuca,
        Duerme, tendido, bajo las nubes, en la yerba,
        Pálido, en su lecho, sobre el que llueve el sol.

        Con sus pies entre gladios duerme y sonríe como
        Sonríe un niño enfermo; sin duda está soñando:
        Natura, acúnalo con calor: tiene frío.

        Su nariz ya no late con el olor del campo;
        Duerme en el sol; su mano sobre el pecho tranquilo;
        Con dos boquetes rojos en el lado derecho.

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      Lilio

        ¡Oh columpios! ¡Oh lilios! ¡Clisobombas de plata! ¡Que esquivais los trabajos y despreciais las hambres! ¡El amor detergente de la aurora os delata Y dulzuras de cielo os pringan los estambres!

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      Los cuervos

        Señor, cuando los prados están fríos
        Y cuando en las aldeas abatidas
        El ángelus lentísimo acallado,
        Sobre el campo desnudo dé sus flores
        Haz que caigan del cielo, tan queridos,
        Los cuervos deliciosos.

        ¡Hueste extraña de gritos justicieros
        El cierzo se ha metido en vuestros nidos!
        A orilla de los ríos amarillos,
        Por la senda de los viejos calvarios,
        Y en el fondo del hoyo y de la fosa,
        Dispersaos, uníos.

        A millares, por los campos de Francia,
        Donde duermen nuestros muertos de antaño,
        Dad vueltas y dad vueltas, en invierno,
        Para que el caminante, al ir, recuerde.
        ¡Sed pregoneros del deber!, ¡Oh nuestros
        Negros pájaros fúnebres!

        Santos del cielo, en la cima del roble,
        Mástil perdido en la noche encantada,
        Dejad la curruca de la primavera
        Para aquel que en el bosque encadena,
        Bajo la yerba que impide la huida,
        La funesta derrota.

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      Los despavoridos

        Negros en la nieve y en la bruma,
        Frente al gran tragaluz que se alumbra
        Con su culo en corro,

        De hinojos, cinco niños con hambre
        Miran cómo el panadero hace
        Una hogaza de oro...

        Ven girar al brazo fuerte y blanco
        En la masa gris que va horneando
        En la boca clara,

        Y escuchan cómo el rico pan cuece;
        Y el panadero, de risa alegre
        Su tonada canta

        Se apiñan frente al tragaluz rojo,
        Quietos, para recibir su soplo
        Cálido cual seno;

        Y cuando, al dar las doce, el pan sale
        Pulido, torneado y curruscante,
        De un rubio moreno,

        Cuando, bajo las vigas ahumadas,
        Las cortezas olorosas cantan,
        Como canta el grillo,

        Cuando sopla esa boca caliente
        La vida... con el alma alegre
        Cobijada en pingos,

        Se dan cuenta de lo bien que viven...
        ¡Pobres niños que la escarcha viste!
        -Todos tan juntitos,

        Apretando su hociquillo rosa
        A las rejas; cantan cualquier cosa
        Por los orificios,

        Quedos, quedos -como una plegaria...
        Inclinados hacia la luz clara
        De este nuevo cielo,

        Tan tensos, que estallan los calzones:
        Y sus blancas camisas de pobres
        Tiemblan en el cierzo.

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      Mi bohemia

        Me iba, con los puños en mis bolsillos rotos...
        Mi chaleco también se volvía ideal,
        Andando, al cielo raso, ¡Musa, te era tan fiel!
        ¡Cuántos grandes amores, ay ay ay, me he soñado!

        Mi único pantalón era un enorme siete.
        –Pulgarcito que sueña, desgranaba a mi paso
        Rimas. Y mi posada era la Osa Mayor.
        –Mis estrellas temblaban con un dulce frufrú.

        Y yo las escuchaba, al borde del camino
        Cuando caen las tardes de septiembre, sintiendo
        El rocío en mi frente, como un vino de vida.

        Y rimando, perdido, por las sombras fantásticas,
        Tensaba los cordones, como si fueran liras,
        De mis zapatos rotos, junto a mi corazón.

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      Ofelia

        I

        En las aguas profundas que acunan las estrellas,
        Blanca y cándida, Ofelia flota como un gran lilio,
        Flota tan lentamente, recostada en sus velos...
        Cuando tocan a muerte en el bosque lejano.

        Hace ya miles de años que la pálida Ofelia
        Pasa, fantasma blanco por el gran río negro;
        Más de mil años ya que su suave locura
        Murmura su tonada en el aire nocturno.

        El viento, cual corola, sus senos acaricia
        Y despliega, acunado, su velamen azul;
        Los sauces temblorosos lloran contra sus hombros
        Y por su frente en sueños, la espadaña se pliega.

        Los rizados nenúfares suspiran a su lado,
        Mientras ella despierta, en el dormido aliso,
        Un nido del que surge un mínimo temblor...
        Y un canto, en oros, cae del cielo misterioso.

        II

        ¡Oh tristísima Ofelia, bella como la nieve,
        Muerta cuando eras niña, llevada por el río!
        Y es que los fríos vientos que caen de Noruega
        Te habían susurrado la adusta libertad.

        Y es que un arcano soplo, al blandir tu melena,
        En tu mente transpuesta metió voces extrañas;
        Y es que tu corazón escuchaba el lamento
        De la Naturaleza -son de árboles y noches.

        Y es que la voz del mar, como inmenso jadeo
        Rompió tu corazón manso y tierno de niña;
        Y es que un día de abril, un bello infante pálido,
        Un loco miserioso, a tus pies se sentó.

        Cielo, Amor, Libertad: ¡qué sueño, oh pobre Loca!
        Te fundías en él como nieve en el fuego;
        Tus visiones, enormes, ahogaban tu palabra.
        -Y el terrible Infinito espantó tu ojo azul.

        III

        Y el poeta nos dice que en la noche estrellada
        Vienes a recoger las flores que cortaste,
        Y que ha visto en el agua, recostada en sus velos,
        A la cándida Ofelia flotar, como un gran lis.

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      Sensación

        Iré, cuando la tarde cante, azul, en verano,
        Herido por el trigo, a pisar la pradera;
        Soñador, sentiré su frescor en mis plantas
        Y dejaré que el viento me bañe la cabeza.

        Sin hablar, sin pensar, iré por los senderos:
        Pero el amor sin límites me crecerá en el alma.
        Me iré lejos, dichoso, como con una chica,
        Por los campos, tan lejos como el gitano vaga.

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      Sueño de invierno

        En invierno nos iremos, sobre cojines azules,
        En un vagoncito rosa.
        Tan a gusto, cuando un nido de besos locos se duerme
        En cada blando rincón.

        Cerrarás los ojos para no mirar por los cristales
        La noche y sus negras muecas,
        Los monstruos amenazantes, lobos negros, negros diablos
        Como muchedumbre atroz.

        Después sentirás en la mejilla un arañazo...
        Y un beso te correrá, como una araña alocada,
        Alocado por el cuello.

        Y me dirás: "¡Busca, busca!", inclinando la cabeza.
        -Pero, ¡cuánto tardaremos en encontrar ese bicho
        Que viaja y viaja sin meta...!

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