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    Información biográfica

  1. A Felisa (el día de su casamiento)
  2. A unos ojos
  3. Canción
  4. Contradicciones
  5. Doloras
  6. El amar y el querer
  7. El busto de nieve
  8. El gaitero de Gijón
  9. El reino de los beodos
  10. El tren expreso; Canto I, la noche
  11. El tren expreso; Canto II, el día
  12. El tren expreso; Canto III, el crepúsculo
  13. Humorada
  14. Inspiración nocturna
  15. La niña y la mariposa
  16. La opinión
  17. La rueda del amor
  18. Los dos miedos
  19. Los progresos del amor
  20. Más cerca de mí te siento
  21. Porvenir de las almas
  22. ¿Quién supiera escribir?
  23. Soneto
  24. Tu boca
  25. Velas de amor

      Información biográfica

        Nombre: Ramón de Campoamor y Campoosorio
        Lugar y fecha nacimiento: Navia, Asturias (España), 24 de septiembre de 1817
        Lugar y fecha defunción: Madrid (España), 11 de febrero de 1901 (83 años)

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        A Felisa (el día de su casamiento)

          Aunque a la aurora temores,
          Y al mismo sol dés enojos,
          Te sientan con mil primores
          La languidez en los ojos,
          Y en el cabello las flores.

          Muestran tantas maravillas
          Los diamantes en tu cuello,
          Las rosas en tus mejillas,
          Que con real ornato brillas
          Desde la planta al cabello.

          Y aunque arreo tan brillante
          Dé a tu belleza decoro,
          ¡Ay, que en tu lindo semblante
          Oculta cada diamante,
          Bella Felisa, un tesoro!

          Vertiendo dulce sonrisa,
          No ocultes los ojos bellos,
          Porque te dirán con risa
          Que ya leyeron, Felisa,
          Tus pensamientos en ellos.

          Embebecida y errante
          Vagas con planta insegura,
          Cual si escucharas amante
          El céfiro susurrante
          Que entre tus bucles murmura.

          Ya sé que en este momento
          Las niñas en dulce calma
          Oyen, con turbado intento,
          Cosas que murmura el viento
          Y escucha gozosa el alma.

          Ya sé que el cielo abandonan
          Los ángeles, y que hermosos
          De luz su frente coronan,
          Y dobles himnos entonan,
          De su hermosura envidiosos.

          Sé que en sus ojos se encantan,
          Y que en torno se revuelven;
          Acentos de amor levantan;
          Las llaman hermosas; cantan;
          Besan su faz, y se vuelven.

          Y en ese instante de gloria,
          Con recuerdos seductores,
          Ya sé que por su memoria
          Pasa la amorosa historia
          De sus pasados amores.

          Por eso. Felisa, errante
          Vagas con planta insegura,
          Cual si escucharas amante
          El céfiro susurrante
          Que entre tus bucles murmura.

          Dime si tal vez, hermosa,
          En esa ilusión tranquila
          Probando estás amorosa
          La dulce miel que destila
          El dulce nombre de esposa.

          Di si en tus ojos se encienden
          Los ángeles; si contento
          Te causa tal vez su acento;
          Y si mirándote, tienden
          Las blancas alas al viento.

          Di si recuerdas, Felisa,
          Las canciones que sonaron
          En tu calle, y que apagaron;
          ¡Que por Dios, qué bien aprisa
          Siendo tan dulces, pasaron!

          Ya no escucharás cual antes,
          Allá en las noches serenas,
          Sobre los aires flotantes,
          Las sabrosas cantilenas
          De los rendidos amantes.

          Que os es muy grato a las bellas
          Al son del arpa importuna
          Oír amantes querellas,
          Ya al brillo de las estrellas
          Ya al resplandor de la luna.

          Y os place ver derramados
          Cantos de amor por los cielos,
          Porque causen acordados
          A otras hermosuras celos,
          Y a otros galanes cuidados.

          Y oís las trovas de amores,
          En vuestro lecho adormidas,
          Como los vagos rumores
          Que hacen al ondear las flores,
          De vuestras rejas prendidas.

          Y al despertar, con empeños
          Tal vez pensáis que, halagüeños
          Os dan, cantando, placeres,
          Esos dulcísimos seres
          Con quien platicáis en sueños.

          Mas ¡ah, que ya se apagaron
          Aquellos cantos, Felisa,
          Que en tu alabanza sonaron!
          Y por Dios, qué bien aprisa,
          Siendo tan dulces, pasaron.

          Pasaron los amadores,
          Llevando sus falsas llamas;
          Tiempo es que libre de azores
          Trate, Felisa, de amores
          La tórtola entre las ramas.

          Ya no escucharás, cual antes,
          Allá en las noches serenas,
          Sobre los aires flotantes,
          Las sabrosas cantilenas
          De los rendidos amantes.

          Las rosas que con pasión
          Hoy te prendiste galana,
          Las últimas rosas son
          Que columpió en tu balcón
          La brisa de la mañana.

          Si ya con plácidas glosas
          Tu pecho nunca se embriaga,
          Aún hay canciones gustosas,
          Con que a las tiernas esposas
          El aura nocturna halaga.

          Si trovas no están rompiendo
          Tus sueños, como hasta aquí,
          Los romperá el dulce estruendo
          De algún pecho que gimiendo
          Esté, Felisa, por ti.

          Y unos sones muy callados
          Oirás cruzar por los cielos,
          Sin que causen, acordados,
          Ni a otras hermosuras celos,
          Ni a otros amantes cuidados.

          Y a cada momento, hermosa,
          En grata ilusión tranquila,
          Podrás probar amorosa
          La dulce miel que destila
          El dulce nombre de esposa.

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        A unos ojos

          Más dulces habéis de ser,
          Si me volvéis a mirar,
          Porque es malicia, a mi ver,
          Siendo fuente de placer,
          Causarme tanto pesar.

          De seso me tiene ajeno
          El que en suerte tan cruel
          Sea ese mirar sereno
          Sólo para mí veneno,
          Siendo para otros miel.

          Si crueles os mostráis,
          Porque no queréis que os quiera,
          Fieros por demás estáis,
          Pues si amándoos me matáis,
          Si no os amara muriera.

          Si amando os puedo ofender,
          Venganza podéis tomar,
          Porque es fuerza os haga ver
          Que o no os dejo de querer,
          O me acabáis de matar.

          Si es la venganza medida
          Por mi amor, a tal rigor
          El alma siento rendida,
          Porque es muy poco una vida
          Para vengar tanto amor.

          Porque con él igualdad
          Guardar ningún otro puede;
          Es tanta su intensidad,
          Que pienso, ¡ay de mí!, que excede
          Vuestra misma crueldad.

          ¡Son, por Dios, crudos azares
          Que me den vuestros desdenes
          Ciento a ciento los pesares,
          Pudiendo darme a millares,
          Sin los pesares, los bienes!

          Y me es doblado tormento
          Y el dolor más importuno,
          El ver que mostráis contento
          En ser crudos para uno,
          Siendo blandos para ciento.

          Y es injusto por demás
          Que tengáis ojos serenos
          A los que de amor ajenos,
          Os aman menos, en más,
          Y a mí que amo más, en menos.

          Y es, a la par que mortal,
          Vuestro lánguido desdén
          ¡Tan dulce, tan celestial!
          Que siempre reviste el mal
          Con las lisonjas del bien.

          ¡Oh, si vuestra luz querida
          Para alivio de mi suerte
          Fuese mi bella homicida!
          ¡Quién no cambiara su vida
          Por tan dulcísima muerte!

          Y sólo de angustias lleno,
          Me es más que todo cruel,
          El que ese mirar sereno,
          Sea para mí veneno,
          Siendo para todos miel.

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        Canción

          A la memoria de las víctimas del dos de mayo de 1808.

          El sol sus alas replegó luciente,
          Y la noche callada el manto oscuro
          En luengo cerco derramó sombría.
          Vierten los astros su fulgor doliente,
          Y entre las sombras se destaca puro,
          Remedo incierto de la luz del día.
          ¡Tal de la suerte mía
          La luz brilla insegura
          Entre la niebla oscura!

          Ahora, pues, bajo el nocturno manto
          Muestras daré de mi desdicha extrema;
          Y cual presagio del famoso canto
          Que a alzar me impele inspiración suprema,
          ¡Rompa el acerbo llanto
          Que mis entrañas reprimido quema!

          Auras, volad, y de fragancia henchidas
          Templad el fuego que mi frente abrasa,
          Mansa flotando en invisible giro.
          Entre las nubes, con fragor hendidas,
          Su virgen luz, cual transparente gasa,
          Mece la luna que extasiado admiro.
          Me parece que miro
          A sus tibios reflejos
          Vagar allá a lo lejos
          Cual húmedo vapor de hedionda tumba,
          De Napoleón la sombra venerada;
          Y cuando ronco el aquilón retumba
          La vaga esfera de la luz turbada,
          ¡Me parece que zumba
          En torrente de sangre desatada!

          ¡Sombra execrable! Maldecida sombra
          Que levantó para asentar su trono
          De humanos cuerpos funeral montaña
          El manto azul del cielo por alfombra
          Creyó tender en su rabioso encono,
          Y ahogó rugiendo su impotente saña.
          Soldados, dijo, España
          Nuestra esclava se vea,
          Un muro en ella sea
          De insepultos cadáveres alzado
          Que llene de terror a las naciones.
          Luego a rumor del tambor doblado
          Se alzó el muro, rodaron tus pendones,
          Y en él viste apilado
          El magnífico tren de tus legiones.

          Al ver su oprobio aterrador el Sena
          Turbio en las rocas con sonoro estruendo
          Bate furioso la revuelta frente,
          Cual herida serpiente que la arena
          Escarba airada, y con silbar horrendo
          En vano aguza el venenoso diente.
          ¡Tirano, muge hirviente,
          Cuán cara fue a la Francia
          Tu funesta arrogancia!
          Y al repetir este rumor, tonante
          La última esfera de los cielos toca,
          Y embravecido, hinchado, ondisonante,
          Con cuanto encuentra sin concierto choca
          Y se arrastra bramante
          Con brusco murmurar de roca en roca.

          ¡Ay!, del cañón al fúnebre estampido
          Que el bronco trueno imita, cuando alado,
          Asorda el aire en revoltoso vuelo;
          Y al revolar del humo esparcido
          Que en las alas del aura reclinado
          Viste de luto el encendido cielo;
          Aferradas al suelo
          Las víctimas gloriosas,
          Que ha poco victoriosas
          Independencia y libertad gritaron,
          Se vieron sin defensas maniatadas.
          Y al ¡ay! de muerte que después lanzaron,
          Sus cadenas, de púrpura manchadas,
          A la faz arrojaron
          Del sangriento Murat pulverizadas.

          Contra vuestro poder la tiranía
          En vano desató su furia brava,
          Que al sentir vuestro esfuerzo soberano,
          La vil corona, que adornó algún día
          Con una flor cada nación esclava,
          Se marchitó en las sienes del tirano.
          Todo el linaje humano
          Su carroza triunfante
          Iba a hollar rechinante,
          Cuando opusisteis a su fiera saña
          Vuestro ardor cabe el lento Manzanares,
          A sus huestes gritando: ¡Gente extraña,
          Dad un adiós a vuestros patrios lares;
          Sólo saldréis de España
          Surgiendo el fondo de sangrientos mares!

          ¡Salve, cenizas! ¡Salve, oh ricas prendas!
          Que humedezca dejad, restos sagrados,
          Con lloro estéril vuestras frías losas.
          Jamás os faltarán verdes ofrendas,
          O no tendrán en sus floridos prados
          Ni laureles abril ni mayo rosas.
          ¡Perdón, sombras gloriosas
          Si mi lira naciente
          No os canta dignamente!
          Con el llanto sus cuerdas empapadas
          Sordas vibran confusa melodía.
          ¡Si no fuisteis por mí, sombras amadas,
          Loadas con dulcísima armonía,
          Al menos sí cantadas
          Con toda la efusión del alma mía!

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        Contradicciones

          Se halla con su amante Rosa
          A solas en un jardín,
          Y ya a su empresa amorosa
          Iba tocando a su fin,
          Cuando ella entre la arboleda
          Trasluce el grupo encantado
          En que, en cisne transformado,
          Ama Júpiter a Leda;
          Y encendida de rubor,
          Viendo el grupo repugnante,
          Se alza, rechaza al amante,
          Y exclama huyendo: ¡Qué horror!
          Corrida del mal ejemplo,
          Entra a rezar en un templo;
          Mas al ver Rosa el ardor
          Con que el altar mayor
          Una Virgen de Murillo
          Besa a un niño encantador,
          Volvió en su pecho sencillo
          La llama a arder del amor.
          ¿Será una ley natural,
          Como afirma no sé quién,
          Que por contraste fatal
          Lleva un mal ejemplo al bien
          Y un ejemplo bueno al mal?

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        Doloras

          Amor y gloria

          ¡Sobre arena y sobre viento
          Lo ha fundado el cielo todo!
          Lo mismo el mundo del lodo
          Que el mundo del sentimiento.
          De amor y gloria el cimiento
          Sólo aire y arena son.
          ¡Torres con que la ilusión
          Mundo y corazones llena;
          Las del mundo sois arena,
          Y aire las del corazón!

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        El amar y el querer

          A la infiel más infiel de las hermosas
          Un hombre la quería y yo la amaba;
          Y ella a un tiempo a los dos nos encantaba
          Con la miel de sus frases engañosas.

          Mientras él, con sus flores venenosas,
          Queriéndola, su aliento emponzoñaba,
          Yo de ella ante los pies, que idolatraba,
          Acabadas de abrir echaba rosas.

          De su favor ya en vano el aire arrecia;
          Mintió a los dos, y sufrirá el castigo
          Que uno le da por vil y otro por necia.

          No hallará paz con él, ni bien conmigo
          Él, que sólo la quiso, la desprecia;
          Yo, que tanto la amaba, la maldigo.

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        El busto de nieve

          De amor tentado un penitente un día
          Con nieve un busto de mujer formaba,
          Y el cuerpo al busto con furor juntaba,
          Templando el fuego que en su pecho ardía.

          Cuanto más con el busto el cuerpo unía,
          Más la nieve con fuego se mezclaba,
          Y de aquel santo el corazón se helaba,
          Y el busto de mujer se deshacía.

          En tus luchas ¡oh amor, de quien reniego!
          Siempre se unen el invierno y el estío,
          Y si uno ama sin fe, quiere otro ciego.

          Así te pasa a ti, corazón mío,
          Que uniendo ella su nieve con tu fuego,
          Por matar de calor, mueres de frío.

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        El gaitero de Gijón

          A su sobrina Guillermina Campoamor Domínguez.

          I

          Ya se está el baile arreglando.
          Y el gaitero, ¿dónde está?
          "Está a su madre enterrando,
          Pero enseguida vendrá".
          "Y, ¿vendrá?" "Pues, ¿qué ha de hacer?"
          Vedle con la gaita pero
          ¡Cómo traerá el corazón
          El gaitero,
          El gaitero de Gijón!

          II

          ¡Pobre! Al pensar en su casa
          Toda dicha se ha perdido,
          Un llanto oculto le abrasa,
          Que es cual plomo derretido.
          Mas, como ganan sus manos
          El pan para sus hermanos,
          En gracia del panadero
          Toca con resignación
          El gaitero,
          El gaitero de Gijón.

          III

          No vio una madre más bella
          La nación del sol poniente
          Pero ya una losa de ella
          Le separa eternamente.
          ¡Gime y toca! ¡Horror sublime!
          Mas, cuando entre dientes gime,
          No bala como un cordero,
          Pues ruge como un león
          El gaitero,
          El gaitero de Gijón.

          IV

          La niña más bailadora,
          "¡Aprisa! -le dice-, ¡aprisa!"
          Y el gaitero sopla y llora,
          Poniendo cara de risa.
          Y al mirar que de esta suerte
          Llora a un tiempo y los divierte,
          ¡Silban como Zoilo a Homero,
          Algunos sin compasión,
          Al gaitero,
          Al gaitero de Gijón!

          V

          Dice el triste en su agonía,
          Entre soplar y soplar:
          "¡Madre mía, madre mía!
          ¡Cómo alivia el suspirar!"
          Y es que en sus entrañas zumba
          La voz que apagó la tumba;
          ¡Voz que, pese al mundo entero,
          Siempre la oirá el corazón
          Del gaitero,
          Del gaitero de Gijón!

          VI

          Decid, lectoras, conmigo:
          ¡Cuánto gaitero hay así!
          ¿Preguntáis por quién lo digo?
          Por vos lo digo y por mí.
          ¿No veis que al hacer, lectoras,
          Doloras y más doloras,
          Mientras yo de pena muero
          Vos las recitáis al son
          Del gaitero,
          Del gaitero de Gijón?

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        El reino de los beodos

          Tuvo un reino una vez tantos beodos,
          Que se puede decir que lo eran todos,
          En el cual por ley justa se previno:
          Ninguno cate el vino.
          Con júbilo el más loco
          Aplaudióse la ley, por costar poco:
          Acatarla después ya es otro paso;
          Pero en fin, es el caso
          Que la dieron un sesgo muy distinto,
          Creyendo que vedaba sólo el tinto,
          Y del modo más franco
          Se achisparon después con vino blanco.
          Extrañado que el pueblo no la entienda.
          El Senado a la ley pone una enmienda,
          Y a aquello de: Ninguno cate el vino,
          Añadió, blanco, al parecer, con tino.
          Respetando la enmienda el populacho,
          Volvió con vino tinto a estar borracho,
          Creyendo por instinto, ¡mas qué instinto!
          Que el privado en tal caso no era el tinto.
          Corrido ya el Senado,
          En la segunda enmienda, de contado
          Ninguno cate el vino,
          Sea blanco, sea tinto, les previno;
          Y el pueblo, por salir del nuevo atranco,
          Con vino tinto entonces mezcló el blanco;
          Hallando otra evasión de esta manera,
          Pues ni blanco ni tinto entonces era.
          Tercera vez burlado,
          "No es eso, no señor", dijo el Senado;
          "O el pueblo es muy zoquete, o muy ladino:
          Se prohíbe mezclar vino con vino"
          Mas, ¡cuánto un pueblo rebelado fragua!
          ¿Creéis que luego lo mezcló con agua?
          Dejando entonces el Senado el puesto,
          De ese modo al cesar dio un manifiesto:
          La ley es red, en la que siempre se halla
          Descompuesta una malla,
          Por donde el ruin que en su razón no fía,
          Se evade suspicaz, ¡qué bien decía!
          Y en lo demás colijo
          Que debiera decir, si no lo dijo:
          Jamás la ley enfrena
          Al que a su infamia su malicia iguala:
          Si se ha de obedecer, la mala es buena;
          Mas si se ha de eludir, la buena es mala.

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        El tren expreso; Canto I, la noche

          Al Ingeniero de Caminos, el célebre escritor D. José de Echegaray, su admirador y amigo.

          I

          Habiéndome robado el albedrío
          Un amor tan infausto como mío,
          Ya recobrados la quietud y el seso,
          Volvía de París en tren expreso;
          Y cuando estaba ajeno de cuidado,
          Como un pobre viajero fatigado,
          Para pasar bien cómodo la noche
          Muellemente acostado,
          Al arrancar el tren subió a mi coche,
          Seguida de una anciana,
          Una joven hermosa,
          Alta, rubia, delgada y muy graciosa,
          Digna de ser morena y sevillana.

          II

          Luego, a una voz de mando
          Por algún héroe de las artes dada,
          Empezó el tren a trepidar, andando
          Con un trajín de fiera encadenada.
          Al dejar la estación, lanzó un gemido
          La máquina, que libre se veía,
          Y corriendo al principio solapada
          Cual la sierpe que sale de su nido,
          Ya al claro resplandor de las estrellas,
          Por los campos, rugiendo, parecía
          Un león con melena de centellas.

          III

          Cuando miraba atento
          Aquel tren que corría como el viento,
          Con sonrisa impregnada de amargura
          Me preguntó la joven con dulzura:
          "¿Sois español?" Y su armonioso acento,
          Tan armonioso y puro, que aún ahora
          El recordarlo sólo me embelesa,
          "Soy español" -la dije-, "¿y vos, señora?"
          "Yo", dijo, "soy francesa".
          "Podéis" -la repliqué con arrogancia-,
          "La hermosura alabar de vuestro suelo,
          Pues creo, como hay Dios, que es vuestra Francia
          Un país tan hermoso como el cielo".
          "Verdad que es el país de mis amores,
          El país del ingenio y de la guerra;
          Pero en cambio" -me dijo-, "es vuestra tierra
          La patria del honor y de las flores:
          No os podéis figurar cuánto me extraña
          Que, al ver sus resplandores,
          El sol de vuestra España
          No tenga, como el de Asia, adoradores".
          Y después de halagarnos obsequiosos
          Del patrio amor el puro sentimiento,
          Entrambos nos quedamos silenciosos
          Como heridos de un mismo pensamiento.

          IV

          Caminar entre sombras es lo mismo
          Que dar vueltas por sendas mal seguras
          En el fondo sin fondo de un abismo.
          Juntando a la verdad mil conjeturas,
          Veía allá a lo lejos, desde el coche,
          Agitarse sin fin cosas oscuras,
          Y en torno, cien especies de negruras
          Tomadas de cien partes de la noche.
          ¡Calor de fragua a un lado, al otro frío!
          ¡Lamentos de la máquina espantosos
          Que agregan el terror y el desvarío
          A todos estos limbos misteriosos!
          ¡Las rocas que parecen esqueletos!
          ¡Las nubes con extrañas abrasadas!
          ¡Luces tristes! ¡Tinieblas alumbradas!
          ¡El horror que hace grandes los objetos!
          ¡Claridad espectral de la neblina!
          ¡Juegos de llama y humo indescriptibles!
          ¡Unos grupos de bruma blanquecina
          Esparcidos por dedos invisibles!
          ¡Masas informes... límites inciertos!
          ¡Montes que se hunden! ¡Árboles que crecen!
          ¡Horizontes lejanos que parecen
          Vagas costas del reino de los muertos!
          ¡Sombra, humareda, confusión y nieblas!
          ¡Acá lo turbio... allá lo indiscernible
          Y entre el humo del tren y las tinieblas,
          Aquí una cosa negra, allí otra horrible!

          V

          ¡Cosa rara! Entretanto,
          Al lado de mujer tan seductora
          No podía dormir, siendo yo un santo
          Que duerme, cuando no ama, a cualquier hora.
          Mil veces intenté quedar dormido,
          Mas fue inútil empeño:
          Admiraba a la joven, y es sabido
          Que a mí la admiración me quita el sueño.
          Yo estaba inquieto, y ella,
          Sin echar sobre mí mirada alguna,
          Abrió la ventanilla de su lado
          Y, como un ser prendado de la luna,
          Miró al cielo azulado;
          Preguntó, por hablar, qué hora sería,
          Y al ver correr cada fugaz estrella,
          "Ved un alma que pasa", me decía.

          VI

          "¿Vais muy lejos?", con voz ya conmovida
          Le pregunté a mi joven compañera.
          "Muy lejos" -contestó-, "¡voy decidida
          A morir a un lugar de la frontera!"
          Y se quedó pensando en lo futuro,
          Su mirada en el aire distraída
          Cual se mira en la noche un sitio oscuro
          Donde fue una visión desvanecida.
          "¿No os habréis divertido?",
          La repliqué galante,
          "La ciudad seductora
          En donde todo amante
          Deja recuerdos y se trae olvido?"
          "¿Lo traéis vos?" -me dijo con tristeza-.
          "Todo en París lo hace olvidar, señora"
          Le contesté, "la moda y la riqueza.
          Yo me vine a París desesperado,
          Por no ver en Madrid a cierta ingrata".
          "Pues yo vine" -exclamó-, "y hallé casado
          A un hombre ingrato a quién amé soltero"
          "Tengo un rencor"- le dije-, "que me mata"
          "Yo una pena" -me dijo-, "que me muero"
          Y al recuerdo infeliz de aquel ingrato,
          Siendo su mente espejo de mi mente,
          Quedándose en silencio un grande rato
          Pasó una larga historia por su frente.

          VII

          Como el tren no corría, que volaba,
          Era tan vivo el viento, era tan frío,
          Que el aire parecía que cortaba:
          Así el lector no extrañará que, tierno,
          Cuidase de su bien más que del mío,
          Pues hacía un gran frío, tan gran frío,
          Que echó al lobo del bosque aquel invierno.
          Y cuando ella, doliente,
          Con el cuerpo aterido,
          "Tengo frío", me dijo dulcemente
          Con voz que, más que voz, era un balido,
          Me acerqué a contemplar su hermosa frente,
          Y os juro, por el cielo,
          Que, a aquel reflejo de la luz escaso,
          La joven parecía hecha de raso,
          De nácar, de jazmín y terciopelo;
          Y creyendo invadidos por el hielo
          Aquellos pies tan lindos,
          Desdoblando mi manta zamorana,
          Que tenía más borlas, verde y grana
          Que todos los cerezos y los guindos
          Que en Zamora se crían,
          Cual si fuese una madre cuidadosa,
          Con la cabeza ya vertiginosa,
          La tapé aquellos pies, que bien podrían
          Ocultarse en el cáliz de la rosa.

          VIII

          ¡De la sombra y el fuego al claroscuro
          Brotaban perspectivas espantosas,
          Y me hacía el efecto de un conjuro
          Al reverberar en cada muro
          De las sombras las danzas misteriosas!
          ¡La joven que acostada traslucía
          Con su aspecto ideal, su aire sencillo,
          Y que, más que mujer, me parecía
          Un ángel de Rafael o de Murillo!
          ¡Sus manos por las venas serpenteadas
          Que la fiebre abultaba y encendía,
          Hermosas manos, que a tener cruzadas
          Por la oración habitual tendía.
          ¡Sus ojos, siempre abiertos, aunque a oscuras,
          Mirando al mundo de las cosas puras!
          ¡Su blanca faz de palidez cubierta!
          ¡Aquel cuerpo a que daban sus posturas
          La celestial fijeza de una muerta!
          Las fajas tenebrosas
          Del techo, que irradiaba tristemente
          Aquella luz de cueva submarina;
          Y esa continua sucesión de cosas
          Que así en el corazón como en la mente
          Acaban por formar una neblina!
          ¡Del tren expreso la infernal balumba!
          ¡La claridad de cueva que salía
          Del techo de aquel coche, que tenía
          La forma de la tapa de una tumba!
          ¡La visión triste y bella
          De sublime concierto
          De todo aquel horrible desconcierto,
          Me hacía traslucir en torno de ella
          Algo vivo rondando un algo muerto!

          IX

          De pronto, atronadora,
          Entre un humo que surcan llamaradas,
          Despide la feroz locomotora
          Un torrente de notas aflautadas,
          Para anunciar, al despertar la aurora,
          Una estación que en feria convertía
          El vulgo con su eterna gritería,
          La cual, susurradora y esplendente,
          Con las luces del gas brillaba enfrente;
          Y al llegar, un gemido
          Lanzando prolongado y lastimero,
          El tren en la estación entró seguido
          Cual si entrase un reptil a su agujero.

        Arriba

        El tren expreso; Canto II, el día

          I

          Y continuando la infeliz historia,
          Que aún vaga como un sueño en mi memoria,
          Veo al fin, a la luz de la alborada,
          Que el rubio de oro de su pelo brilla
          Cual la paja de trigo calcinada
          Por agosto en los campos de Castilla.
          Y con semblante cariñoso y serio,
          Y una expresión del todo religiosa,
          Como llevando a cabo algún misterio,
          Después de un "¡Ay, Dios mío!"
          Me dijo, señalando un cementerio:
          "¡Los que duermen allí no tienen frío!"

          II

          El humo, en ondulante movimiento,
          Dividiéndose a un lado y a otro lado,
          Se tiende por el viento
          Cual la crin de un caballo desbocado.
          Ayer era otra fauna, hoy otra flora;
          Verdura y aridez, calor y frío;
          Andar tantos kilómetros por hora
          Causa al alma el mareo del vacío;
          Pues salvando el abismo, el llano, el monte.
          Con un ciego correr que al rayo excede,
          En loco desvarío
          Sucede un horizonte a otro horizonte
          Y una estación a otra estación sucede.

          III

          Más ciego cada vez por su hermosura
          De la mujer aquella,
          Al fin la hablé con la mayor ternura,
          A pesar de mis muchos desengaños;
          Porque al viajar en tren con una bella
          Va, aunque un poco al azar y a la ventura,
          Muy deprisa el amor a los treinta años.

          "¿Y, a dónde vais ahora?",
          Pregunté a la viajera.
          "Marcho, olvidada por mi amor primero",
          Me respondió sincera,
          "A esperar el olvido un año entero".
          "Pero, ¿y después?" -le pregunté-, "señora"
          "Después" -me contestó-, "¡lo que Dios quiera!".

          IV

          Y porque así sus penas distraía,
          Las mías le conté con alegría
          Y un cuento amontoné sobre otro cuento,
          Mientras ella, abstrayéndose, veía
          Las gradaciones de color que hacía
          La luz descomponiéndose en el viento.
          Y haciendo yo castillos en el aire,
          O, como dicen ellos, en España,
          La referí, no sé si con donaire,
          Cuentos de Homero y de Maricastaña.
          En mis cuadros risueños,
          Pintando mucho amor y mucha pena,
          Como el que tiene la cabeza llena
          De heroínas francesas y de ensueños,
          Había cada llama
          Capaz de poner fuego al mundo entero;
          Y no faltaba nunca un caballero
          Que, por gustar solícito a su dama,
          La sirviese, siendo héroe, de escudero.
          Y ya de un nuevo amor en los umbrales,
          Cual si fuese el aliento nuestro idioma,
          Más bien que con la voz, con las señales,
          Esta verdad tan grande como un templo
          La convertí en axioma:
          Que para dos que se aman tiernamente,
          Ella y yo, por ejemplo,
          Es cosa ya olvidada por sabida
          Que un árbol, una piedra y una fuente
          Pueden ser el edén de nuestra vida.

          V

          Como en amor es credo,
          O artículo de fe que yo proclamo,
          Que en este mundo de pasión y olvido,
          O se oye conjugar el verbo te amo,
          O la vida mejor no importa un bledo;
          Aunque entonces, como hombre arrepentido,
          Al ver una mujer me daba miedo,
          Más bien desesperado que atrevido,
          "Y, ¿un nuevo amor" -le pregunté amoroso-,
          "No os haría olvidar viejos amores?"
          Mas ella, sin dar tregua a sus dolores,
          Contestó con acento cariñoso:
          "La tierra está cansada de dar flores;
          Necesito algún año de reposo".

          VI

          Marcha el tren tan seguido, tan seguido,
          Como aquel que patina por el hielo,
          Y en confusión extraña,
          Parecen confundidos tierra y cielo,
          Monte la nube, y nube la montaña,
          Pues cruza de horizonte en horizonte
          Por la cumbre y el llano,
          Ya la cresta granítica de un monte,
          Ya la elástica turba del pantano;
          Ya entrando por el hueco
          De algún túnel que horada las montañas,
          A cada horrible grito
          Que lanzando va el tren, responde el eco,
          Y hace vibrar los muros de granito,
          Estremeciendo al mundo en sus entrañas;
          Y dejando aquí un pozo, allí una sierra,
          Nubes arriba, movimiento abajo,
          En laberinto tal, cuesta trabajo
          Creer en la existencia de la tierra.

          VII

          Las cosas que miramos
          Se vuelven hacia atrás en el instante
          Que nosotros pasamos;
          Y, conforme va el tren hacia adelante,
          Parece que desandan lo que andamos;
          Y a sus puestos volviéndose, huyen y huyen
          En raudo movimiento
          Los postes del telégrafo, clavados
          En fila a los costados del camino,
          Y, como gota a gota, fluyen, fluyen,
          Uno, dos, tres y cuatro, veinte y ciento,
          Y formando confuso y ceniciento
          El humo con luz un remolino,
          No distinguen los ojos deslumbrados
          Si aquello es sueño, tromba o torbellino.

          VIII

          ¡Oh mil veces bendita
          La inmensa fuerza de la mente humana
          Que así el ramblizo como el monte allana,
          Y al mundo echando su nivel, lo mismo
          Los picos de las rocas decapita
          Que levanta la tierra,
          Formando un terraplén sobre un abismo
          Que llena con pedazos de una sierra!
          ¡Dignas son, vive Dios, estas hazañas,
          No conocidas antes,
          Del poderoso anhelo
          De los grandes gigantes
          Que, en su ambición, para escalar el cielo
          Un tiempo amontonaron las montañas!

          IX

          Corría en tanto el tren con tal premura
          Que el monte abandonó por la ladera,
          La colina dejó por la llanura,
          Y la llanura, en fin, por la ribera;
          Y al descender a un llano,
          Sitio infeliz de la estación postrera,
          Le dije con amor: "¿Sería en vano
          Que amaros pretendiera?
          ¿Sería como un niño que quisiera
          Alcanzar a la luna con la mano?"
          Y contestó con lívido semblante:
          "No sé lo que seré más adelante,
          Cuando ya soy vuestra mejor amiga.
          Yo me llamo Constancia y soy constante;
          ¿Qué más queréis" -me preguntó-, "que os diga?"
          Y, bajando el andén, de angustia llena,
          Con prudencia fingió que distraía
          Su inconsolable pena
          Con la gente que entraba y que salía,
          Pues la estación del pueblo parecía
          La loca dispersión de una colmena.

          X

          Y con dolor profundo,
          Mirándome a la faz, desencajada
          Cual mira a su doctor un moribundo,
          Siguió: "Yo os juro, cual mujer honrada,
          Que el hombre que me dio con tanto celo
          Un poco de valor contra el engaño,
          O aquí me encontrará dentro de un año,
          O allí..." -me dijo, señalando el cielo-.
          Y enjugando después con el pañuelo
          Algo de espuma de color de rosa
          Que asomaba a sus labios amarillos,
          El tren (cual la serpiente que, escamosa,
          Queriendo hacer que marcha, y no marchando,
          Ni marcha ni reposa)
          Mueve y remueve, ondeando y más ondeando,
          De su cuerpo flexible los anillos;
          Y al tiempo en que ella y yo, la mano alzando,
          Volvimos, saludando, la cabeza,
          La máquina un incendio vomitando,
          Grande en su horror y horrible en su belleza,
          El tren llevó hacia sí pieza por pieza,
          Vibró con furia y lo arrastró silbando.

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        El tren expreso; Canto III, el crepúsculo

          I

          Cuando un año después, hora por hora,
          Hacia Francia volvía
          Echando alegre sobre el cuerpo mío
          Mi manta de alamares de Zamora,
          Porque a un tiempo sentía,
          Como el año anterior, día por día,
          Mucho amor, mucho viento y mucho frío,
          Al minuto final del año entero
          A la cita acudí cual caballero
          Que va alumbrando por su buena estrella;
          Mas al llegar a la estación aquella
          Que no quiero nombrar, porque no quiero,
          Una tos de ataúd sonó a mi lado,
          Que salía del pecho de una anciana
          Con cara de dolor y negro traje.
          Me vio, gimió, lloró, corrió a mi lado,
          Y echándome un papel por la ventana:
          "Tomad" -me dijo-, "y continuad el viaje".
          Y cual si fuese una hechicera vana
          Que después de un conjuro, en la alta noche
          Quedase entre la sombra confundida,
          La mujer, más que vieja, envejecida,
          De mi presencia huyó con ligereza
          Cual niebla entre la luz desvanecida,
          Al punto en que, llegando con presteza
          Echó por la ventana de mi coche
          Esta carta tan llena de tristeza,
          Que he leído más veces en mi vida
          Que cabellos contiene mi cabeza.

          II

          "Mi carta, que es feliz, pues va a buscaros,
          Cuenta os dará de la memoria mía.
          Aquel fantasma soy que, por gustaros,
          Juró estar viva a vuestro lado un día.
          "Cuando lleve esta carta a vuestro oído
          El eco de mi amor y mis dolores,
          El cuerpo en que mi espíritu ha vivido
          Ya durmiendo estará bajo las flores.
          "Por no dar fin a la ventura mía,
          La escribo larga, casi interminable.
          ¡Mi agonía es la bárbara agonía
          Del que quiere evitar lo inevitable!
          "Hundiéndose al morir sobre mi frente
          El palacio ideal de mi quimera,
          De todo mi pasado, solamente
          Esta pena que os doy borrar quisiera.
          "Me rebelo a morir, pero es preciso
          ¡El triste vive y el dichoso muere!
          ¡Cuando quise morir, Dios no lo quiso;
          Hoy que quiero vivir, Dios no lo quiere!
          "¡Os amo, sí! Dejadme que habladora
          Me repita esta voz tan repetida;
          Que las cosas más íntimas ahora
          Se escapan de mis labios con mi vida.
          "Hasta furiosa, a mí que ya no existo,
          La idea de los celos me importuna;
          ¡Juradme que esos ojos que me han visto
          Nunca el rostro verán de otra ninguna!
          "Y si aquella mujer de aquella historia
          Vuelve a formar de nuevo vuestro encanto,
          Aunque os ame, gemid en mi memoria;
          ¡Yo os hubiera también amado tanto!
          "Mas tal vez allá arriba nos veremos,
          Después de esta existencia pasajera,
          Cuando los dos, como en el tren, lleguemos
          De vuestra vida a la estación postrera.
          "¡Ya me siento morir! El cielo os guarde.
          Cuidad, siempre que nazca o muera el día,
          De mirar al lucero de la tarde,
          Esa estrella que siempre ha sido mía.
          "Pues yo desde ella os estaré mirando;
          Y como el bien con la virtud se labra,
          Para verme mejor, yo haré, rezando,
          Que Dios de par en par el cielo os abra.
          "¡Nunca olvidéis a esta infeliz amante
          Que os cita, cuando os deja, para el cielo!
          ¡Si es verdad que me amasteis un instante,
          Llorad, porque eso sirve de consuelo!
          "¡Oh Padre de las almas pecadoras!
          ¡Conceded el perdón al alma mía!
          ¡Amé mucho, Señor, y muchas horas;
          Mas sufrí por más tiempo todavía!
          "¡Adiós, adiós! Como hablo delirando,
          No sé decir lo que deciros quiero.
          Yo sólo sé de mí que estoy llorando,
          Que sufro, que os amaba y que me muero".

          III

          Al ver de esta manera
          Trocado el curso de mi vida entera
          En un sueño tan breve,
          De pronto se quedó, de negro que era,
          Mi cabello más blanco que la nieve.
          De dolor traspasado
          Por la más grande herida
          Que a un corazón jamás ha destrozado
          En la inmensa batalla de la vida,
          Ahogado de tristeza,
          A la anciana busqué desesperado;
          Mas fue esperanza vana,
          Pues, lo mismo que un ciego, deslumbrado,
          Ni pude ver la anciana,
          Ni respirar del aire la pureza,
          Por más que abrí cien veces la ventana
          Decidido a tirarme de cabeza.
          Cuando, por fin, sintiéndome agobiado
          De mi desdicha al peso
          Y encerrado en el coche maldecía
          Como si fuese en el infierno preso,
          Al año de venir, día por día,
          Con mi grande inquietud y poco seso,
          Sin alma y como inútil mercancía,
          Me volvió hasta París el tren expreso.

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        Humorada

          Háblame más y más, que tus acentos
          Me saquen de este abismo;
          El día en que no salga de mí mismo,
          Se me van a comer los pensamientos.

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        Inspiración nocturna

          Por el éter resbala melancólica
          La luna, y en mi frente se refleja;
          A su brillo argentado se asemeja
          El color de mi faz.
          De la brisa nocturna el ala rápida
          Sutil bate mi rubia cabellera,
          Como las hojas de gentil palmera,
          Balancea fugaz.

          Oscuridad, silencio, aspecto tétrico
          Muestra la noche tácita al ser mío,
          Sólo me afecta de un lejano río
          El parlero rumor;
          Que, llevado en las alas de aire trémulo,
          Se parece, en su plácido murmullo,
          Al compasado y pavoroso arrullo
          Del eterno sopor.

          Cual volubles vapores, sombras fáciles
          Antepuestos al sol ocasionaran,
          E invisibles, aéreos, se espaciaran
          Entre la claridad;
          Así veo cruzar seres fantásticos
          De la luna a los pálidos reflejos,
          Y vagando se pierden allá lejos
          Entre la oscuridad.

          De vibrátil campana al son profético
          Exánime ha zumbado en mis oídos
          Y débiles temblaron mis sentidos
          A su fúnebre son.
          ¡Y pocos mostrarán sus ojos húmedos
          A ese sonido que en el viento espira
          Pues su divina voz no les inspira
          Santa meditación!

          Todos duermen, menos yo,
          Todo en el mundo reposa,
          La campana enmudeció
          El aura sobre la rosa
          Tranquila se adormeció.
          Sordo el río susurrando
          Me acompaña solamente,
          Y con su murmullo blando
          Me hace acordar inocente
          Que el tiempo se va pasando.
          Pero vano mi pensar
          Se pierde allá con su ruido
          Los dos iremos a dar
          Yo al seno del eterno olvido
          Y él al seno de la mar.
          Pues, con sonoros despeños,
          Va rodando su cristal
          Por entre prados risueños,
          Cual la vida del mortal
          Que se desliza entre sueños.
          Están plácidos olores
          El viento aromatizando,
          Los condensados vapores
          Se posan, perlas formando,
          En el cáliz de las flores.
          El claro río que abruma,
          Con sus aguas transparentes,
          La yerba que le perfuma,
          La matiza con bullentes
          Globos de nevada espuma.
          Y como ancho se dilata,
          Todo el estrellado coro
          En su cristal se retrata.
          Parecen lágrimas de oro
          Embutidas sobre plata.
          Mas ya la aurora cercana
          Asoma su frente hermosa
          Entre celajes de grana,
          Y traza sendas de rosa
          Del sol a la luz temprana.
          Despiértase el aura leve
          Al brillar sus lumbres rojas,
          Y a su movimiento breve
          Tiemblan las húmedas hojas
          Del árbol que ondeante mueve.
          La flor su botón rompió,
          Y al sol que nuevo amanece
          Y que la vivificó,
          En holocausto le ofrece
          Las perlas que recogió.
          Todo vuelve a florecer,
          Todo al ver el sol se aviva,
          Mas la noche ha de volver...
          Y en aquesta alternativa
          Todo camina al no ser.

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        La niña y la mariposa

          Va una mariposa bella
          Volando de rosa en rosa,
          Y de una en otra afanosa
          Corre una niña tras ella.

          Su curso, alegre y festiva,
          Sigue con pueril afán,
          Y con airoso ademán
          La mariposa se esquiva.

          A veces con loco intento
          Quiere hacer presa en sus galas,
          Y, en vez de tocar sus alas,
          Toca las alas del viento.

          Y su empeño duplicando,
          Cuanto más corre afanosa,
          Más le da la mariposa
          Va su inocencia burlando.

          La ciñe en rápido giro,
          Y al ir a cogerla esbelta,
          Por cada vez que se suelta,
          Suelta la niña un suspiro.

          Mas, sin ceder en su anhelo,
          Presta una, y la otra ligera,
          Ni una acorta su carrera,
          Ni la otra amaina su vuelo.

          Y vagan embebecidas,
          Sin sentir indiferentes
          Ni el son de las claras fuentes,
          Ni el de las auras perdidas.

          Ni los pájaros que espantan,
          Entre las ramas divisan,
          Ni ven las flores que pisan,
          Ni oyen las aves que cantan.

          Y mientras éstas cantando
          Siguen con plácido estruendo,
          La niña sigue corriendo,
          La mariposa volando.

          Amaina el vuelo sereno,
          Mariposa,
          De quien es albergue el seno
          De la rosa.
          ¿Por qué en tal dulce ocasión
          Vas sin tino
          Huyendo así la prisión
          De lazo tan peregrino?

          Reina de las blandas flores,
          Sus enojos
          No temas, ni los ardores
          De sus ojos,
          Porque ese puro arrebol
          Que enamora,
          Si es luciente como el sol,
          Es tierno como la aurora.

          Entre mil palmas no hay talle
          Más galano,
          Ni azucena en todo el valle
          Cual su mano.
          No oirás de su voz divina
          La dulzura,
          Ni el ruiseñor que trina,
          Ni el raudal que murmura.

          Aprende el aura a ser leve
          De su planta,
          Y, para formar con nieve
          Su garganta.
          Le dio el cisne el atavío
          De su pluma,
          Lumbre la aurora, y el río
          Su plata, cristal y espuma.

          No sigas más la inconstante
          Mariposa,
          Enamorada y errante
          Niña hermosa,
          Que al fin vendrá a ser cautiva
          De tu llama,
          Si aún amorosa, aunque esquiva,
          La luz de los cielos ama.

          Y aunque aspira de mil flores
          La fragancia,
          No imites en tus amores
          Su inconstancia;
          Que al fin de tanto vagar,
          Suele, hermosa,
          Entre las flores hallar
          La yerba más venenosa.

          Imita sólo su vuelo,
          Pues serena,
          Jamás niña toca el cielo,
          Ni la arena.
          Quien se humilla o sin razón
          Subir quiere,
          Muere a manos de un halcón
          Si a las de un áspid no muere.

          Mas ¡ay!, que vas en pos de ella
          Vagarosa,
          Sin escuchar mi querella,
          Niña hermosa.
          Sigues con presteza tanta
          Tu contento,
          Que así encomiendas tu planta,
          Como mi súplica, al viento.

          Y en tan inocente afán,
          Como su gusto entretienen,
          Así vagabundas vienen,
          Y así vagabundas van.

          A veces en su embeleso
          La mariposa, al pasar,
          Suele fugaz estampar
          Sobre su mejilla un beso.

          Y rauda su vuelo alzando,
          La niña de ángel blasona,
          Al trazar una corona
          Sobre su frente girando.

          Y siguen acordemente
          La mariposa en sus giros,
          La niña con sus suspiros,
          Con sus rumores la fuente.

          Vagan los aires suaves
          Formando dobles acentos,
          Y al grato son de los vientos,
          Siguen cantando las aves.

          Y entre tanta melodía,
          Tanta corriente murmura,
          Que es todo el aire frescura,
          Aroma, luz y armonía.

          Y susurrando congojas
          Prosiguen mintiendo quejas,
          En el pénsil las abejas,
          Y en la enramada las hojas.

          Y tiernas flores hollando,
          Y frescas auras batiendo,
          La niña sigue corriendo,
          La mariposa volando.

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        La opinión

          ¡Pobre Carolina mía,
          Nunca la podré olvidar!
          Ved lo que el mundo decía
          Viendo el féretro pasar:
          Un clérigo: ¡Empiece el canto!
          El doctor: ¡Cesó de sufrir!
          El padre: ¡Me ahoga el llanto!
          La madre: ¡Quiero morir!
          Un muchacho: ¡Qué adornada!
          Un joven: ¡Era muy bella!
          Una moza: ¡Desgraciada!
          Una vieja: ¡Feliz ella!
          ¡Duerme en paz! -dicen los buenos-.
          Un filósofo: ¡Uno menos!
          Un poeta: ¡Un ángel más!

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        La rueda del amor

          Aquellas niñas hermosas
          Que en suma beldad conformes,
          Teniendo la tez cual nieve,
          Tengan los ojos cual soles,
          Y el alma sintiendo, tiernas,
          Herida de mal de amores,
          Tanto les falte de esquivas,
          Cuanto de bellas les sobre,
          Salgan al campo conmigo
          Ricas de gracias, adonde
          Favor al mayo risueño
          Las brinden, con gracias dobles,
          Corrientes aguas los valles,
          Frescos doseles los bosques,
          Con su verdura los campos
          Y con su esencia las flores.
          Oiréis sonar encontrados,
          Y aunque encontrados, acordes,
          Los enamorados trinos
          De músicos ruiseñores,
          Cuando en sentidos acentos
          Mustias las tórtolas lloren,
          Dando en su vuelo a los aires
          Matices, plumas y sones.
          Venid, y hagamos la rueda
          Llamada de los amores
          Que al aprenderla de niño,
          No la olvidé desde entonces.
          Las ricas flores hollando,
          Y el aire hendiendo veloces,
          El aire con los cabellos,
          Y con las plantas las flores.
          Las blancas manos asiendo,
          Y tan blancas, que las cortes
          Nunca tan nítidas manos
          Dan a sus reyes en dote,
          En torno agitad festivas
          Los aires murmuradores;
          Que yo vendaré mis ojos,
          Haciendo del día noche.
          Volad, palomas; que osado
          Yo espantaré los halcones,
          Si alguna vez para heriros
          Muestran sus garras feroces.
          Volad, que a la que esta rama,
          Pasando furtiva, toque,
          Con la venda de mis ojos
          Habrá de nublar sus soles.

          ¡Oh, que triste es nuestros ojos
          Cubrir de sombras informes,
          Y no sentir de los vuestros
          Los penetrantes arpones,
          Ni ver con ansias mortales
          De vuestra faz los colores,
          Ni sobre el aura, al tenderlos,
          De vuestro talles los cortes!
          Niñas, corred; que aún no escucho
          Con plácidas emociones
          De vuestras ropas flotantes
          Los sutilísimos roces;
          Y aunque me pesa en el alma,
          No siento los corazones
          Que muellemente se agitan
          Bajo esos pechos de bronce.
          Volad, palomas; que osado
          Yo espantaré los halcones,
          Si alguna vez para heriros
          Muestran sus garras feroces.
          Volad, que a la que esta rama
          Pasando furtiva, toque,
          Con la venda de mis ojos
          Tendrá que nublar sus soles.

          Mas, ¿cómo sin dar amante
          A vuestro enojo ocasiones,
          Huis, dejándome solo,
          Sin advertirme por dónde,
          Tal que siquiera dejasteis,
          Pasando como ilusiones,
          Ni removida la arena,
          Ni destroncadas las flores?
          Sin duda en mágico vuelo,
          Como celestes visiones,
          Entre la grama y los aires
          Os deslizasteis veloces,
          Huyendo mi fe constante,
          Pues vuestros pechos traidores
          Tienen el aire por guía,
          Y la inconstancia por norte.
          ¡Una y mil veces mal haya
          Quien de vuestras invenciones
          Amante se fía, y de ellas
          La falsedad no conoce!
          Y más que en tanto a la sombra
          De esos altísimos robles
          Maldiga yo vuestro agrado,
          Y mis desagrados llore;
          Vosotras entretenidas
          Mirad las aguas que corren;
          Que bien está vuestra fe
          Con su inconstancia conforme,
          Pues no hay onda que no agiten
          A cualquier viento que sople,
          Ni conchas que no remuevan
          Ni árbol ni flor que no mojen,
          Ni campos que no dibujen,
          Ni imágenes que no borren,
          Ni risas que no deshagan,
          Ni círculos que no formen.

          Mas luego que el sol sus rayos
          Extienda en el horizonte,
          Haciendo en las nubes iris
          Tocando el mar de colores;
          Y luego que en regia pompa
          Parezcan a sus fulgores;
          Y mares de sombra los valles,
          Y mares de luz los montes,
          Vendréis a buscar frescura
          Cuando el calor os agobie,
          Y me tendréis que encontrar,
          Aunque no queráis entonces,
          Y yo a la sombra tendido
          De estos altísimos robles,
          No os he de dejar el puesto,
          Por más que tierno os adore,
          Ni miraré enamorado
          De vuestra faz los colores,
          Ni sobre el aura, al tenderlos,
          De vuestros talles los cortes;
          Y no vendaré mis ojos,
          Más que en no hacerlo os enoje,
          Y hasta ahogaré mis suspiros,
          Aunque con ellos me ahogue.

          Haré todo esto digo,
          Y más que veréis entonces,
          Y a fe de amante lo juro
          Por esas aguas que corren.

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        Los dos miedos

          I

          Al comenzar la noche de aquel día,
          Ella, lejos de mí,
          "¿Por qué te acercas tanto? -me decía-,
          ¡Tengo miedo de ti!"

          II

          Y, después que la noche hubo pasado,
          Dijo, cerca de mí:
          "¿Por qué te alejas tanto de mi lado?
          ¡Tengo miedo sin ti!"

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        Los progresos del amor

          Así un esposo le escribió a su esposa:
          "O vienes o me voy. ¡Te amo de modo
          Que es imposible que yo viva, hermosa,
          Un mes lejos de ti!
          ¡Mi amor es tan profundo, tan profundo,
          Que te prefiero a todo, a todo!"
          Y ella exclamó: "¡No hay nada en este mundo
          Que él quiera como a mí!"

          Mas pasan unos meses, y la escribe:
          "¡Qué hermoso debe estar nuestro hijo amado!
          ¡Sólo él, él sólo en mis entrañas vive!
          Pienso en él más que en ti,
          Su cuna se pondrá junto a mi cama.
          No hay cielo para mí más que a su lado".
          Y ella prorrumpe: "¡Es que, el ingrato, ya ama
          Al hijo más que a mí!"

          Después de algunos años le escribía:
          "Espérame. Ya sabes lo que quiero:
          Mucho orden, mucha paz y economía.
          ¿Estás? Yo soy así.
          Cierra el coche: me espanta el reumatismo;
          Avísale que voy al cocinero".
          Y ella pensó: "¡Se quiere ya a sí mismo
          Más que al hijo y a mí!"

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        Más cerca de mí te siento

          ¡Ay! ¡Ay!
          Más cerca de mí te siento
          Cuando más huyo de ti,
          Pues tu imagen es en mí,
          Es en mí,
          Sombra de mi pensamiento,
          Sombra de mi pensamiento.
          ¡Ay! Vuélvemelo a decir,
          Vuélvemelo a decir
          Pues embelesado ayer
          Te escuchaba sin oír
          Y te miraba sin ver,
          Y te miraba sin ver. ¡Ay!

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        Porvenir de las almas

          Para A. R. en la muerte de su hija.

          Si de vuestra hija fue estrella
          Dar tan niña el alma a Dios,
          ¡Ay, feliz mil veces vos!
          ¡Dichosa mil veces ella!
          Pues ya huella
          Las celestiales alturas,
          No halle en vos nunca lugar
          El pesar,
          Porque para almas tan puras
          "Morir es resucitar".

          ¿Para qué lloráis perdida
          Esa prenda de amor tierno,
          Si por un lugar "eterno"
          Dejó un lugar de "partida"?
          Si es la vida
          Caos de dudas y penas,
          ¿Quién la muerte, al que bien quiere,
          No prefiere,
          Si el que vive, vive apenas,
          "Y resucita el que muere?"

          Siempre, llena de consuelo,
          Viendo a un ser puro sin vida,
          La multitud, de fe henchida,
          Prorrumpe:- ¡Ángeles al cielo!-
          Ni, ¿a qué duelo
          Es mostrar, cuando la carga
          De la existencia maldita
          Dios nos quita,
          Si tras de una vida amarga,
          "Muriendo se resucita"?

          No dé a vuestra alma afligida
          La más leve pesadumbre
          Esa negra incertidumbre
          Del más allá de la vida.
          Si es mentida
          La fe de ulterior solaz,
          Al menos, los que viviendo
          Van gimiendo,
          En otro mundo de paz
          "Resucitarán muriendo".

          Ya habita, aunque el desconsuelo
          Os haga implacable guerra,
          Un triste menos la tierra,
          Y un dichoso más el cielo.
          De su vuelo
          Iréis vos, muriendo, en pos,
          Si a Dios dais en implorar
          Sin cesar,
          Pues para justos cual vos
          "Morir es resucitar".

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        ¿Quién supiera escribir?

          I

          Escribidme una carta, señor cura.
          Ya sé para quién es.
          ¿Sabéis quién es, porque una noche oscura
          Nos visteis juntos? Pues.

          Perdonad; mas no extraño ese tropiezo
          La noche la ocasión
          Dadme pluma y papel. Gracias; empiezo:
          Mi querido Ramón:

          ¿Querido? Pero, en fin, ya lo habéis puesto
          Si no queréis. ¡Sí, sí!
          Qué triste estoy! ¿No es eso? Por supuesto
          ¡Qué triste estoy sin ti!

          Una congoja, al empezar, me viene
          ¿Cómo sabéis mi mal?
          Para un viejo, una niña siempre tiene
          El pecho de cristal.

          ¿Qué es sin ti el mundo? Un valle de amargura.
          ¿Y contigo? Un edén.
          Haced la letra clara, señor cura;
          Que lo entienda eso bien.

          El beso aquel que de marchar a punto
          Te di, ¿cómo sabéis?
          Cuándo se va y se viene y se está junto,
          Siempre no os afrentéis.

          Y si volver tu afecto no procura,
          Tanto me harás sufrir
          ¿Sufrir y nada más? No, señor cura,
          ¡Que me voy a morir!

          ¿Morir? ¿Sabéis que es ofender al cielo?
          Pues, sí señor, ¡morir!
          Yo no pongo morir. ¡Qué hombre de hielo!
          ¡Quién supiera escribir!

          II

          ¡Señor rector, señor rector!, en vano
          Me queréis complacer,
          Si no encarnan los signos de la mano
          Todo el ser de mi ser.

          Escribidle, por Dios, que el alma mía
          Ya en mí no quiere estar;
          Que la pena no me ahoga cada día
          Porque puedo llorar.

          Que mis labios las rosas de su aliento,
          No se saben abrir;
          Que olvidan de la risa el movimiento
          A fuerza de sentir.

          Que mis ojos, que él tiene por tan bellos,
          Cargados con mi afán,
          Como no tienen quién se mire en ellos,
          Cerrados siempre están.

          Que es, de cuantos tormentos he sufrido,
          La ausencia el más atroz;
          Que es un perpetuo sueño de mi oído
          El eco de su voz.

          Que siendo por su causa, el alma mía
          ¡Goza tanto en sufrir!
          Dios mío, ¡cuántas cosas le diría
          Si supiera escribir!

          III. Epílogo

          Pues señor, ¡bravo amor! Copio y concluyo;
          A don Ramón, en fin,
          Que es inútil saber para esto arguyo
          Ni el griego ni el latín.

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        Soneto

          De amor tentado un penitente un día
          Con nieve un busto de mujer formaba,
          Y el cuerpo al busto con furor juntaba,
          Templando el fuego que en su pecho ardía.

          Cuanto más con el busto el cuerpo unía,
          Mas la nieve con fuego se mezclaba,
          Y de aquel santo el corazón se helaba,
          Y el busto de mujer se deshacía.

          En tus luchas, ¡oh amor de quien reniego!
          Siempre se une el invierno y el estío,
          Y si uno ama sin fe, quiere otro ciego.

          Así te pasa a ti, corazón mío,
          Que uniendo ella su nieve con tu fuego,
          Por matar de calor, mueres de frío.

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        Tu boca

          Para formar tan hermosa
          Esa boca angelical,
          Hubo competencia igual
          Entre el clavel y la rosa,
          La púrpura y el coral.

          Mintiendo sombras del bien,
          En ella el mal se divisa,
          Por lo que juntos se ven
          Ya la apacible sonrisa,
          Ya el enojoso desdén.

          Y en los senos abrasados
          Engendra con doble holganza,
          O con tormentos doblados,
          Cada risa una esperanza,
          Cada desdén mil cuidados.

          Cual las conchas orientales
          En tu boca, y por vencerlas
          Muestra en riquezas iguales,
          Cuando desdeña, corales,
          Y cuando sonríe, perlas.

          Y si con sombras de bien
          Tal vez el mal se divisa,
          Es porque en ella se ven
          Guardar la miel de su risa
          Las flechas de su desdén.

          Si a mí su rigor alcanza,
          Al ver su hermosura, siente
          El corazón doble holganza;
          Y aunque un desdén me atormente,
          Déme una risa esperanza.

          ¡Bien haya la dulce boca,
          Que sólo sus frescos labios
          El aura pasando toca;
          Que haciendo el ámbar agravios,
          Su miel a gustar provoca!

          ¡Oh, bien haya cuando ufana
          Dando enojos a la rosa,
          Muestra su cerco de grana,
          Fresca como la mañana,
          Como el azahar olorosa!

          Y si acaso dulcemente
          Suelta plácida congojas,
          Ya es el rumor del ambiente,
          Ya el susurro de las hojas,
          Ya el murmurar de la fuente.

          Si alegres sones respira,
          Las aves del prado encanta;
          Y si a vencerlas aspira,
          Con las que gimen, suspira;
          Con las que gorjean, canta.

          Tu miel, aroma y colores,
          Rinde en amante oblación,
          Flor, ante cuyos primores,
          Mustias e inútiles flores
          Las flores del valle son.

          El néctar más regalado
          Deja que de amores loco
          Beba en tu labio abrasado;
          Para una abeja es sobrado
          Lo que para muchas poco.

          ¡Mas ah!, que vertiendo quejas,
          Me esquivas tu dulce miel;
          En vano de una te alejas
          Si ves que miles de abejas
          Poblando van el vergel.

          ¡Ay de la rosa encarnada,
          Que en su seno de carmín
          Niega a una abeja la entrada!
          Tantas la acosan al fin,
          Que queda sin miel y ajada.

          ¡Ay de las cándidas flores,
          Si alzan su capullo tierno
          Del estío a los ardores!
          ¡Ay del panal, si el invierno
          Lo hiela con sus rigores!

          Dame los gustos sin tasa,
          Pues ves que el sol estival
          Las tiernas flores abrasa;
          Mira que amarga el panal
          Cuando de sazón se pasa.

          Ríndete a mí placentera:
          No te rindas con agravios
          De abejas la turba fiera:
          Que herir esos dulces labios
          Herirme en el alma fuera.

          De ese tesoro las llaves
          Dame, y sus dones ardientes
          Libaré en besos suaves,
          Sin que lo canten las aves,
          Ni lo murmuren las fuentes.

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        Velas de amor

          Velas de amor en golfos de ternura
          Vuela mi pobre corazón al viento
          Y encuentra, en lo que alcanza, su tormento,
          Y espera, en lo que no halla, su ventura,

          Viviendo en esta humana sepultura
          Engañar el pesar es mi contento,
          Y este cilicio atroz del pensamiento
          No halla un linde entre el genio y la locura.

          ¡Ay!, en la vida ruin que al loco embarga,
          Y que al cuerdo infeliz de horror consterna,
          Dulce en el nombre, en realidad amarga,

          Sólo el dolor con el dolor alterna,
          Y si al contarla a días es muy larga,
          Midiéndola por horas es eterna.

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