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    Información biográfica

  1. A la luna
  2. Al cumplir mis 36 años
  3. Camina bella
  4. Canción del corsario
  5. Cuando nos separamos
  6. El corsario
  7. Estancias a un aire indostático
  8. Estrofas para música. Ninguna de las hijas de la belleza
  9. Estrofas para música. No digo, no esbozo
  10. Hubo un tiempo, ¿recuerdas?
  11. La destrucción de Senaquerib
  12. La gacela salvaje
  13. La lágrima
  14. La partida
  15. La peregrinación de Childe Harold VIII
  16. La peregrinación de Childe Harold IX
  17. No volveremos a vagar
  18. Oscuridad
  19. Poema de amor
  20. Sin título
  21. Soneto a Chillón
  22. Te vi llorar




    Información biográfica

      Nombre: George Gordon Byron
      Lugar y fecha nacimiento: Dover, Kent (Inglaterra), 22 de enero de 1788
      Lugar y fecha defunción: Missolonghi, Aetolia-Acarnania (Grecia), 19 de abril de 1824 (36 años)

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      A la luna

        ¡Sol del que triste vela,
        Astro de cumbre fría,
        Cuyos trémulos rayos de noche
        Para mostrar sombras sólo brillan!

        ¡Oh, cuánto se asemeja
        De la pasada dicha
        Al pálido recuerdo que del alma
        Sólo hace ver la soledad sombría!

        Reflejo de una llama
        Oculta o ya extinguida,
        Llena la mente pero no la enciende;
        Vive en el alma pero no la anima.

        Descubre, como tú, sombras
        Que esmalta o acaricia
        Y, como a ti, tan solo la contempla
        El dolor mudo en ferviente vigilia.

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      Al cumplir mis 36 años

        ¡Calma, corazón, ten calma!
        ¿A qué lates, si no abates
        Ya ni alegras a otra alma?
        ¿A qué lates?

        Mi vida, verde parral,
        Dio ya su fruto y su flor,
        Amarillea, otoñal,
        Sin amor.

        ¡Mas no pongamos mal ceño!
        ¡No pensemos, no pensemos!
        Démonos al alto empeño
        Que tenemos.

        Mira: armas, banderas, campo
        De batalla, y la victoria,
        Y Grecia. ¿No vale un lampo
        De esta gloria?

        ¡Despierta! A Hélade no toques,
        Ya Hélade despierta está.
        Invócate a ti. No invoques
        Más alla.

        Viejo volcán enfriado
        Es mi llama; al firmamento
        Alza su ardor apagado.
        ¡Ah momento!

        Temor y esperanza mueren.
        Dolor y placer huyeron.
        Ni me curan ni me hieren.
        No son. Fueron.

        ¿A qué vivir, correr suerte,
        Si la juventud tu sien
        Ya no adorna? He aquí tu
        Muerte.

        Y está bien.
        Tras tanta palabra dicha,
        El silencio. Es lo mejor.
        En el silencio, ¿no hay dicha?
        Y hay valor.

        Lo que tantos han hallado
        Buscar ahora para ti:
        Una tumba de soldado.
        Y hela aquí.

        Todo cansa, todo pasa.
        Una mirada hacia atrás,
        Y marchémonos a casa.
        Allí hay paz.

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      Camina bella

        Camina bella, como la noche
        De climas despejados y de cielos estrellados,
        Y todo lo mejor de la oscuridad y de la luz
        Resplandece en su aspecto y en sus ojos,
        Se reúne en su aspecto y en sus ojos:
        Enriquecida así por esa tierna luz
        Que el cielo niega al vulgar día.

        Una sombra de más, un rayo de menos,
        Hubieran mermado la gracia inefable
        Que se agita en cada trenza suya de negro brillo,
        O ilumina suavemente su rostro,
        Donde dulces pensamientos expresan
        Qué pura, qué adorable es su morada.

        Y en esa mejilla, y sobre esa frente,
        Son tan suaves, tan tranquilas y a la vez tan elocuentes
        Las sonrisas que vencen, los matices que iluminan
        Y hablan de días vividos con felicidad.
        Una mente en paz con todo,
        ¡Un corazón lleno de puro amor!

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      Canción del corsario

        En su fondo mi alma lleva un tierno secreto
        Solitario y perdido, que yace reposado;
        Mas a veces, mi pecho al tuyo respondiendo,
        Como antes vibra y tiembla de amor, desesperado.

        Ardiendo en lenta llama, eterna pero oculta,
        Hay en su centro a modo de fúnebre velón,
        Pero su luz parece no haber brillado nunca:
        Ni alumbra ni combate mi negra situación.

        ¡No me olvides!... Si un día pasaras por mi tumba,
        Tu pensamiento un punto reclina en mí, perdido...
        La pena que mi pecho no arrostrara, la única,
        Es pensar que en el tuyo pudiera hallar olvido.

        Escucha, locas, tímidas, mis últimas palabras-
        La virtud a los muertos no niega ese favor-;
        Dame... cuanto pedí. Dedícame una lágrima,
        ¡La sola recompensa en pago de tu amor!...

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      Cuando nos separamos

        Cuando nos separamos
        En silencio y entre lágrimas,
        Con el corazón medio roto,
        Para distanciarnos por años,
        Tu mejilla se tornó pálida y fría,
        Y aún más frío se volvió tu beso;
        Ciertamente aquella hora predijo
        El dolor de este momento.

        El rocío de la mañana
        Se hundió gélido en mi frente,
        Y lo sentí como el anuncio
        De lo que siento hoy.
        Todos tus votos están rotos,
        Y ligera es tu fama.
        Escucho decir tu nombre,
        Y comparto su vergüenza.

        Te nombran frente a mí,
        Un toque oscuro en mi oído.
        Un estremecimiento viene a mí
        ¿Por qué te quise tanto?
        No saben que te conocí
        Aquellos que te conocen tan bien.
        Por mucho, mucho tiempo he de arrepentirme de ti,
        Demasiado hondo es el dolor para poder expresarlo.

        En secreto nos encontramos
        En silencio me lamento,
        De que tu corazón pudiese olvidar,
        Tu espíritu engañar.
        Si llegara a encontrarte
        Tras estos largos años,
        ¿Cómo habría de saludarte?
        ¡En silencio y entre lágrimas!

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      El corsario

        Del negro abismo de la mar profunda
        Sobre las pardas ondas turbulentas,
        Son nuestros pensamientos como él, grandes;
        Es nuestro corazón libre, cual ellas.
        Do blanda brisa halagadora expire,
        Do gruesas olas espumando inquietas
        Su furor quiebren en inmóvil roca,
        Hed nuestro hogar y nuestro imperio. En esa
        No medida extensión, de playa a playa,
        Todo se humilla a nuestra roja enseña.
        Lo mismo que en la lucha en el reposo
        Agitada y feliz nuestra existencia,
        Hoy en el riesgo, en el festín mañana,
        Brinda a nuestra ansiedad delicias nuevas.
        ¿Quién describir pudiera nuestros goces?
        ¡Oh!, no eres tú, que la molicie enerva,
        Siervo de los deleites, que temblaras
        De las montañas de olas en la incierta,
        Móvil cumbre; ni tú, noble orgulloso,
        Del hastío sumido en la indolencia,
        A quien ya el sueño bienhechor no halaga,
        A quien ya los placeres no deleitan.
        Sólo el infatigable peregrino
        De esos caminos líquidos sin huellas,
        Cuyo audaz corazón, templado al riesgo,
        Al sordo rebramar de la tormenta
        Palpitando arrogante, hasta la fiebre
        Del delirio frenético en sus venas
        Sintiese hervir la sangre enardecida,
        Nuestros rudos placeres comprendiera.
        Do el cobarde ve el riesgo, él ve la gloria,
        Y sólo por luchar la lucha anhela
        El pirata feliz, rey de los mares.
        Cuando ya el débil desmayado tiembla,
        Se conmueve él, apenas... se conmueve
        Al sentir que en su pecho se despierta
        Osada la esperanza, que atrevida
        Su corazón para el peligro templa.
        ¿Qué es a nosotros la temida muerte
        Como el rival odioso también muera?
        ¡Qué es la muerte! La muerte es el reposo...
        Cobarde, eterno, aborrecible... ¡Sea!
        Serenos aguardémosla. Apuremos
        La vida de la vida, y después venga
        Fiebre traidora o descubierto acero
        Implacable a romper su débil hebra.
        Cobardes otros, de vejez avaros,
        Revuélquense en el lecho que envenena
        Dolencia inmunda, y el impuro ambiente
        Con flaco pecho aspiren y fallezcan
        Luchando con la muerte... ¡Oh, no a nosotros
        Fúnebre lecho de agonía lenta;
        ¡Césped fresco es mejor...! Y mientras su alma
        Sollozo tras sollozo tarda quiebra
        Los nudos de la vida, de un impulso
        Sus ligaduras rompe y se liberta
        Osado nuestro espíritu. Sus restos
        Del blanco mármol de su tumba estrecha,
        Grabado por el mismo que su muerte
        Hipócrita anhelaba, se envanezcan:
        Cuando sepulte el mar nuestro cadáver
        Le bastará una lágrima sincera,
        ¡Una lágrima sola! Henchido el vaso
        Del alegre festín en la ancha mesa
        Honra de nuestros bravos la memoria.
        Corto epitafio su valor celebra
        Cuando en el día augusto del peligro,
        Al repartir el vencedor la presa,
        Recuerdo de dolor su frente anubla
        Y con voz ronca que insegura tiembla:
        "¡Cuán felices, exclama, nuestra dicha
        Los valientes que han muerto compartieran!"
        Así grito salvaje en sordo acento
        Repite el eco en las cortadas peñas
        Del islote escarpado del Corsario,
        Do del vivac se apagan las hogueras;
        Y en alegre cantar sus agrias notas
        De los piratas al oído suenan.
        En pintorescos grupos esparcidos
        De fresca playa en la dorada arena,
        Aguzan unos sus puñales; otros
        Alegres ríen, bulliciosos juegan,
        O sus fieles alfanjes desnudando
        Indiferentes, sin afán, contemplan
        La sangre que los mancha. Precavidos
        Otros, con mano previsora pliegan
        Las anchas velas del bajel osado,
        O el negro flanco recomponen; mientras
        Pensativos algunos por la orilla,
        De las olas al son, lentos pasean.
        A quien aguija de inquietud oculta
        El afán incesante, allá en las quiebras
        De las ásperas rocas, lazos tiende
        A las marinas aves, o al sol seca
        La red humedecida; y en la mancha
        Que del mar en los límites blanquea,
        Con los ojos de la ávida esperanza
        Del incauto bajel mira las velas.
        De cien noches de horror y de combate
        Los lances con placer todos recuerdan.
        Y de luchar ansiosos se preguntan:
        "¿En dónde buscaremos nuevas presas?"
        ¿Dónde? ¿Qué les importa? Ya lo sabe,
        Y basta, el capitán. Fiel obediencia
        Es su único deber: saben que nunca
        Les faltará el botín, y más no anhelan.
        ¿Y quién es ese capitán? Su nombre
        Pronuncian en voz baja y lo respetan
        Cuantos habitan las hermosas playas
        Que aquellas olas complacidas besan:
        Y más no saben, ni saber más quieren
        Les basta un gesto, una mirada. Apenas
        Oyen su voz. De sus banquetes rudos
        No anima el regocijo su presencia.
        Mas, ¿cómo ante la gloria de sus triunfos
        Acusar sus desdenes? Jamás llenan
        Para él la roja copa: indiferente
        La mira y a sus labios no la acerca;
        Y es su sobrio manjar, que desdeñara
        El más grosero de su banda, y fue
        A ermitaño frugal ración escasa,
        Secas raíces de silvestres yerbas,
        Rústico pan y los jugosos frutos
        Que brinda el árbol en sus ramas tiernas.
        El impuro placer de los sentidos
        Desdeñoso su espíritu desprecia,
        ¿Será que su energía no domada
        De esa abstinencia misma se alimenta?
        "Pronto a la mar". -Y el mar surcan sus naves.
        "A aquella playa el rumbo". -Y allá vuelan.
        "¡Sus!, ¡a las armas!". -¡Y el botín es suyo!
        Así a su voz, que imperativa ordena,
        Sigue la acción; y todos obedecen,
        Y su oculta intención nadie penetra.
        Si suena escrutadora una palabra,
        Una mirada de desprecio muestra
        De su temida indignación un rayo:
        No sabe dar su orgullo otra respuesta (...)

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      Estancias a un aire indostático

        ¡Oh tú, mi triste y solitaria almohada!,
        Tráeme dulces sueños para preservar mi corazón del quebranto,
        A cambio de las lágrimas que sobre ti derramé despierto;
        No me dejes morir hasta que vuelva sobre esas olas.

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      Estrofas para música. Ninguna de las hijas de la belleza

        Ninguna de las hijas de la belleza
        Tiene la magia que tú tienes;
        Y es para mí tu dulce voz
        Como música en el agua:
        Como si su sonido hiciera
        Detenerse al encantado océano,
        Resplandecen las olas en su quietud
        Y parecen soñar los sosegados vientos.

        Y la luna de la medianoche teje
        Sobre el mar su brillante cadena;
        Su pecho palpita suavemente
        Como un niño dormido:
        Así el espíritu se inclina ante ti,
        Para escucharte, para adorarte;
        Con la emoción suave y profunda
        De las olas de un mar de Verano.

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      Estrofas para música

        No digo, no esbozo, no respiro tu nombre,
        Hay pesar en el sonido, habría culpa en la fama;
        Pero la lágrima que ahora arde en mi mejilla puede dar cuenta
        Del profundo pensamiento que habita en este silencio del corazón.

        Demasiado cortas para nuestra pasión, demasiado largas para nuestra paz
        Fueron aquellas horas, ¿podrá algún día cesar su alegría o su amargura?
        Nos arrepentimos, abjuramos, deseamos romper nuestras cadenas;
        Debemos separarnos, debemos volar para unirlas otra vez.

        ¡Oh!, tuya sea la alegría y mía sea la culpa,
        Perdóname, adorada, abandóname si lo deseas;
        Pero el corazón que porto expiará sin haber sido rebajado,
        Y los hombres no lo quebrarán, hagas lo que hagas tú.

        Y firme ante el altivo, pero humilde ante ti,
        Habrá de ser mi alma en su más amarga oscuridad;
        Y nuestros días serán más rápidos y nuestros momentos más dulces
        Contigo a mi lado que con el mundo a nuestros pies.

        Una visión de tu dolor, una imagen de tu amor,
        Habrá de cambiarme o confirmarme, de castigar o reprobar;
        Y los sin-corazón podrán maravillarse de tanto a lo que renunciamos,
        Pero tu labio no habrá de responder a ellos sino al mío.

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      Hubo un tiempo, ¿recuerdas?

        Hubo un tiempo ¿recuerdas? Su memoria
        Vivirá en nuestro pecho eternamente
        Ambos sentimos un cariño ardiente;
        El mismo que todavía me arrastra a ti.

        ¡Ay!, desde el día en que por vez primera
        Eterno amor mi labio te ha jurado,
        Y pesares mi vida han desgarrado,
        Pesares que no puedes tú sufrir.

        Desde entonces el triste pensamiento
        De tu olvido falaz en mi agonía:
        Olvido de un amor todo armonía,
        Fugitivo en su yerto corazón.

        Y sin embargo, celestial consuelo
        Llega a inundar mi espíritu agobiado,
        Hoy que tu dulce voz ha despertado
        Recuerdos, ¡ay!, de un tiempo que pasó.

        Aunque jamás tu corazón de hielo
        Palpite en mi presencia estremecido,
        Me es grato recordar que no has podido
        Nunca olvidar nuestro primer amor.

        Y si pretendes con tenaz empeño
        Seguir indiferente tu camino
        Obedece la voz de tu destino
        Que odiarme puedes, olvidarme no.

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      La destrucción de Senaquerib

        Bajaron los asirios como al redil el lobo :
        Brillaban sus cohortes con el oro y la púrpura ;
        Sus lanzas fulguraban como en el mar luceros,
        Como en tu onda azul, Galilea escondida.

        Tal las ramas del bosque en el estío verde,
        La hueste y sus banderas traspasó en el ocaso:
        Tal las ramas del bosque cuando sopla el otoño,
        Yacía marchitada la hueste, al otro día.

        Pues voló entre las ráfagas el Angel de la Muerte
        Y tocó con su aliento, pasando, al enemigo:
        Los ojos del durmiente fríos, yertos, quedaron,
        Palpitó el corazón, quedó inmóvil ya siempre.

        Y allí estaba el corcel, la nariz muy abierta,
        Mas ya no respiraba con su aliento de orgullo:
        Al jadear, su espuma quedó en el césped, blanca,
        Fría como las gotas de las olas bravías.


        Y allí estaba el jinete, contorsionado y pálido,
        Con rocío en la frente y herrumbre en la armadura,
        Y las tiendas calladas y solas las banderas,
        Levantadas las lanzas y el clarín silencioso.

        Y las viudas de Asur con gran voz se lamentan
        Y el templo de Baal ve quebrarse sus ídolos,
        Y el poder del Gentil, que no abatió la espada,
        Al mirarle el Señor se fundió como nieve.

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      La gacela salvaje

        La gacela salvaje en montes de Judea
        Puede brincar aún, alborozada,
        Puede abrevarse en esas aguas vivas
        Que en la sagrada tierra brotan siempre;
        Puede alzar el pie leve y con ardientes ojos
        Mirar, en un transporte de indómita alegría.

        Pies ágiles también y ojos más encendidos
        Aquí tuvo Judea en otros tiempos,
        Y en el lugar del ya perdido gozo,
        Más bellos habitantes hubo un día.
        Ondulan en el Líbano los cedros, mas se fueron
        Las hijas de Judea, aún más majestuosas.

        Más bendita la palma de esos llanos
        Que de Israel la dispersada estirpe,
        Pues echa aquí raíces y se queda,
        Graciosa y solitaria:
        Ya su suelo natal no deja nunca
        Y no podrá vivir en otras tierras.

        Mas nosotros vagamos, agostados,
        Para morir muy lejos:
        Donde están las cenizas de los padres
        Nunca descansarán nuestras cenizas;
        Ya ni un solo sillar le queda a nuestro templo
        Y en trono de Salem se ha sentado la Burla.

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      La lágrima

        Cuando el amor o la amistad debieran
        A la ternura despertar el alma,
        Y ésta debiera aparecer sincera
        En la mirada,
        Podrán los labios engañar fingiendo
        Una sonrisa seductora y falsa;
        Pero la prueba de emoción se muestra
        En una lágrima.

        Una sonrisa puede ser a veces
        Un artificio que el temor disfraza;
        Con ella puede revestirse el odio
        Que nos engaña;
        Mas yo prefiero para mí un suspiro
        Cuando los ojos, expresión del alma,
        Por un momento miro obscurecerse
        Con una lágrima.

        El hombre surca el ignorado Océano
        Con el soplo del viento que lo arrastra,
        En medio de las olas bramadoras que se levantan;
        Se inclina...
        Y en las olas procelosas
        Que amenazantes a su nave avanzan,
        Mira el abismo, y sus aguas turbias
        Mezcla una lágrima.

        En la carrera de la noble gloria,
        El valeroso capitán se afana
        Por ganar con su muerte una corona
        En las batallas;
        Pero levanta al que postró en el suelo
        Y sus heridas compasivo baña,
        Una por una, en el sangriento campo,
        Con una lágrima.

        Y cuando vuelve, henchido de ese orgullo
        Que hace latir el pecho que avasalla;
        Cuando teñida en enemiga sangre
        Cuelga su espada,
        La recompensan todas sus fatigas
        Al abrazar a su consorte amada
        Y al darle un beso en sus mejillas húmedas
        Con una lágrima.

        Dulce mansión de mi niñez perdida,
        Donde la franqueza y la amistad gozaba;
        Donde en medio de amor vi deslizarse
        Las horas rápidas;
        Yo te dejé con un hondo sentimiento,
        Volví hacia ti mis últimas miradas,
        Y apenas puede percibir tus torres
        Tras una lágrima.

        Aunque no puedo repetir, como antes,
        Mi juramento a mi María cara,
        A la que fuera para mí otro tiempo
        Fuego del alma,
        Tengo presentes los felices días
        En que, niños aún, tanto me amaba,
        Cuando ella contestaba a mis promesas
        Con una lágrima.

        ¿En otros brazos puede ser dichosa?
        ¿Tiene el recuerdo de su edad pasada?
        Mi corazón respetará ese nombre
        Que tanto amaba.
        Y dije adiós a mi esperanza loca,
        Con una lágrima.

        Cuando al imperio de la eterna noche
        Tome su vuelo para siempre mi alma;
        Cuando mi cuerpo exánime repose
        Bajo una lápida,
        Si por ventura os acercáis un día
        Donde mi triste sepultura se halla,
        Humedeced siquiera mis cenizas
        Con una lágrima.

        Yo no apetezco mármol... monumento
        Que la ambición la vanidad levanta;
        Manto suntuoso con que el necio orgullo
        Cubre su nada;
        No darán sus emblemas a mi nombre
        El falso orgullo ni la gloria vana;
        Lo que yo quiero, lo que pido sólo,
        Es una lágrima.

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      La partida

        ¡Todo acabó! La vela temblorosa
        Se despliega a la brisa del mar
        Y yo dejo esta playa tan querida
        Donde se queda una mujer hermosa,
        ¡Ay!, la única mujer que puedo amar.
        Si pudiera ser hoy lo que antes era,
        Y mi frente abatida reclinar
        En ese seno que por mí latiera,
        Quizá no abandonara esta ribera
        Y a la única mujer que puedo amar.

        Hace tiempo que no he visto aquellos ojos
        Que fueron mi alegría y mi pesar;
        Los amo, a pesar de sus enojos,
        Pero abandono Albión, tierra de abrojos,
        Y a la única mujer que puedo amar.

        Y rompiendo las olas de los mares,
        A tierra extraña, patria iré a buscar;
        Mas no hallaré consuelo a mis pesares,
        Y pensaré desde extranjeros lares
        En la única mujer que puedo amar.

        Como una viuda tórtola doliente
        Mi corazón abandonado está,
        Porque en medio de la turba indiferente
        Jamás encuentro la mirada ardiente
        De la única mujer que puedo amar.

        Jamás el infeliz halla consuelo
        Ausente del amor y la amistad,
        Y yo, proscrito en extranjero suelo,
        Remedio no hallaré para mi duelo
        Lejos de la única mujer que puedo amar.

        Mujeres más hermosas he encontrado,
        Mas no han hecho mi seno palpitar,
        Que el corazón ya estaba consagrado
        A la fe de otro objeto idolatrado,
        A la única mujer que puedo amar.
        Adiós, en fin. Oculto en mi retiro,
        En el ausente nadie ha de pensar;
        Ni un solo recuerdo, ni un suspiro
        Me dará la mujer por quien deliro,
        ¡Ay!, la única mujer que puedo amar.

        Comparando el pasado y el presente,
        El corazón se me rompe de pesar,
        Pero yo sufro con serena frente
        Y mi pecho palpita eternamente
        Por la única mujer que puedo amar.
        Su nombre es el secreto de mi vida
        Que el mundo para siempre ignorará,
        Y la causa fatal de mi partida
        La sabrá sólo la mujer querida,
        ¡Ay!, la única mujer que puedo amar.

        ¡Adiós! Quisiera verla, mas me acuerdo
        Que todo para siempre ha de acabar;
        La patria y el amor, todo lo pierdo
        Pero llevo el dulcísimo recuerdo
        De la única mujer que puedo amar.
        ¡Todo acabó! La vela temblorosa
        Se despliega a la brisa del mar,
        Y yo dejo esta playa tan querida
        En donde queda una mujer hermosa,
        ¡Ay!, la única mujer que puedo amar.

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      La peregrinación de Childe Harold VIII

        Muchas veces, y cuando su alegría
        Era más exaltada, se veía la angustia
        Planear sobre la frente de Childe-Harold
        Cual un raro relámpago: diríase
        Que el recuerdo de una lucha mortal
        O de un amor infeliz le traicionaba.
        Pero nadie había aclarado este misterio,
        Pues su alma no era abierta e ingenua,
        Que encontrara consuelo en confiar sus penas,
        Para nada quería la compañía de amigos
        Que le consolaran o con él se afligieran
        Ante una desgracia inevitable.

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      La peregrinación de Childe Harold IX

        Así, en el fondo, nadie le quería,
        Aunque reuniera en su mesa y en sus salones
        Invitados llegados de cerca o de lejos,
        A quienes conocía como aduladores
        De sus días de fiesta, parásitos
        Sin corazón del festín ofrecido,
        Nadie le amaba, ni aun sus amantes,
        Pues la mujer sólo ama el lujo y el poder,
        Y cuando se desvanece, el amor
        Levanta el vuelo; como la mariposa
        Nocturna, la hermosura se deja
        Atraer por cuanto brilla y Mammón
        Triunfa donde el querubín fracasa.

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      No volveremos a vagar

        Así es, no volveremos a vagar
        Tan tarde en la noche,
        Aunque el corazón siga amando
        Y la luna conserve el mismo brillo.

        Pues así como la espada gasta su vaina,
        Y el alma consume el pecho,
        También el corazón debe detenerse a respirar,
        E incluso el amor mismo debe descansar.

        Aunque la noche fue hecha para amar
        Y los días vuelven demasiado pronto,
        Aún así no volveremos a vagar
        Bajo la luz de la luna.

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      Oscuridad

        Tuve un sueño que no era del todo un sueño.
        El brillante sol se apagaba, y los astros
        Vagaban apagándose por el espacio eterno,
        Sin rayos, sin rutas, y la helada tierra
        Oscilaba ciega y oscureciéndose en un cielo sin luna.
        La mañana llegó, y se fue, y llegó, y no trajo consigo el día,
        Y los hombres olvidaron sus pasiones ante el terror
        De esta desolación, y todos los corazones
        Se congelaron en una plegaria egoísta por luz,
        Y vivieron junto a hogueras, y los tronos,
        Los palacios de los reyes coronados, las chozas,
        Las viviendas de todas las cosas que habitaban,
        Fueron quemadas en los fogones, las ciudades se consumieron,
        Y los hombres se reunieron en torno a sus ardientes casas
        Para verse de nuevo las caras unos a otros.

        Felices eran aquellos que vivían dentro del ojo
        De los volcanes y su antorcha montañosa,
        Una temerosa esperanza era todo lo que el mundo contenía;
        Se prendió fuego a los bosques, pero hora tras hora
        Fueron cayendo y apagándose, y los crujientes troncos
        Se extinguieron con un estrépito y todo quedó negro.

        Las frentes de los hombres, a la luz sin esperanza
        Tenían un aspecto no terreno cuando de pronto
        Haces de luz caían sobre ellos; algunos se tendían
        Y escondían sus ojos y lloraban; otros descansaban
        Sus barbillas en sus manos apretadas y sonreían;
        Y otros iban rápido de aquí para allá y alimentaban
        Sus piras funerarias con combustible y miraban hacia arriba,
        Suplicando con loca inquietud al sordo cielo,
        El sudario de un mundo pasado, y entonces otra vez
        Con maldiciones se arrojaban sobre el polvo,
        Y rechinaban sus dientes y aullaban; las aves silvestres chillaban
        Y, aterrorizadas, revoloteaban sobre el suelo,
        Y agitaban sus inútiles alas; los brutos más salvajes
        Venían dóciles y trémulos; y las víboras se arrastraron
        Y se enroscaron escondiéndose entre la multitud,
        Siseando, pero sin picar, y fueron muertas para servir de alimento.

        Y la guerra, que por un momento se había ido,
        Se sació otra vez; una comida se compraba
        Con sangre, y cada uno se hartó resentido y solo
        Atiborrándose en la penumbra: no quedaba ya amor.
        Toda la tierra era un solo pensamiento y ese era la muerte
        Inmediata y sin gloria; y el dolor agudo
        Del hambre se instaló en todas las entrañas, hombres
        Morían y sus huesos no tenían tumba, y tampoco su carne;
        El magro por el magro fue devorado,
        Y aún los perros asaltaron a sus amos, todos salvo uno,
        Y aquel fue fiel a un cadáver, y mantuvo
        A raya a las aves y las bestias y los débiles hombres,
        Hasta que el hambre se apoderó de ellos o los muertos que caían
        Tentaron sus delgadas quijadas; él no se buscó comida,
        Sino que con un gemido piadoso y perpetuo
        Y un corto grito desolado -lamiendo la mano
        Que no respondió con una caricia-, murió.

        Poco a poco la multitud fue muriendo de hambre; pero dos hombres
        De una enorme ciudad sobrevivieron,
        Y eran enemigos; se encontraron junto
        A las agonizantes brasas de un altar
        Donde se había apilado una masa de cosas santas
        Para un fin impío; hurgaron
        Y -temblando-, revolvieron con sus manos delgadas y esqueléticas
        En las débiles cenizas, y sus débiles alientos
        Soplaron por un poco de vida e hicieron una llama
        Que era una ridícula; entonces levantaron
        Sus ojos al verla palidecer, y observaron
        El aspecto del otro, miraron y gritaron, y murieron;
        De puro espanto mutuo murieron,
        Sin saber quién era aquel sobre cuya frente
        La hambruna había escrito "enemigo".

        El mundo estaba vacío,
        Lo populoso y lo poderoso eran una masa
        Sin estaciones, sin hierba, sin árboles, sin hombres, sin vida;
        Una masa de muerte, un caos de dura arcilla.
        Los ríos, lagos, y océanos estaban quietos,
        Y nada se movía en sus silenciosos abismos;
        Los barcos sin marinos yacían pudriéndose en el mar,
        Y sus mástiles bajaban poco a poco; cuando caían
        Dormían en el abismo sin un vaivén.
        Las olas estaban muertas; las mareas estaban en sus tumbas,
        Antes ya había expirado su señora, la luna;
        Los vientos se marchitaron en el aire estancado,
        Y las nubes perecieron;
        La oscuridad no necesitaba de su ayuda,
        Ella era el universo.

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      Poema de amor

        Hace ya mucho tiempo que contemplé esa mirada
        Que me traía felicidad o tristeza;
        Y yo me he esforzado, pero en vano,
        No debo pensarlo ya nunca más.

        (...)

        Y cruzaré la blanca espuma y buscaré
        Un hogar extranjero; hasta que olvide
        Un falso y hermoso rostro
        Nunca encontraré un lugar donde descansar;
        No puedo eludir mis propios pensamientos,
        Pero siempre amo, y amo sólo a una.

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      Sin título

        Cuando al imperio de la eterna noche
        Tome su vuelo para siempre mi alma;
        Cuando mi cuerpo exánime repose
        Bajo una lápida,
        Si por ventura os acercáis un día
        Donde mi triste sepultura se halla
        Humedeced siquiera mis cenizas
        Con una lágrima.

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      Soneto a Chillón

      Nota.- El castillo de Chillón se encuentra junto al lago Ginebra, y Byron lo visitó junto a Shelley en 1816; François Bonnivard estuvo prisionero en el castillo en el siglo XVI.

        ¡Espíritu eterno de la mente sin cadenas!
        ¡Libertad! Más brillante resultas en las mazmorras,
        Pues allí tu única morada es el corazón,
        El corazón al que sólo el amor por ti puede atar.

        Y cuando tus hijos son enviados a los grilletes,
        A los grilletes y al húmedo sótano de penumbra sin día,
        Su país vence con su martirio,
        Y el nombre de la libertad halla alas en el viento.

        ¡Chillón! Tu prisión es sagrado lugar,
        Y tu triste suelo un altar, pues fue hollado
        Hasta que sus pasos dejaron una huella
        Gastada, como si tu pavimento fuese un prado,
        Por Bonnivard, ¡que no se borre ninguna de esas marcas!
        Pues ellas claman a Dios contra la tiranía.

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      Te vi llorar

        ¡Te vi llorar! Tu lágrima, bien mío,
        En tu pupila azul brillaba inquieta,
        Como la blanca gota de rocío
        Sobre el tallo gentil de la violeta.

        ¡Te vi reír! Y un fecundo mayo,
        Las rosas deshojadas por la brisa
        No pudieron copiar en su desmayo
        La inefable expresión de tu sonrisa.

        Así como las nubes en el cielo
        Del sol reciben una luz tan bella,
        Que la noche no borra con su velo,
        Ni eclipsa con su luz la clara estrella.

        Tu sonrisa transmite la ventura
        Al alma triste, y tu mirada incierta,
        Deja una dulce claridad tan pura
        Que llega al corazón después de muerta.

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