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    Información biográfica

  1. Abstracción
  2. Antes de que a los golpes (XXXVIII)
  3. Aún
  4. Ave gris
  5. Blanco velo que al mármol importuna (LXI)
  6. Boda negra
  7. Candor
  8. Cruzó como un relámpago (XVI)
  9. Cuando lejos, muy lejos (CXXIV)
  10. Dicen que entre las tumbas del camposanto (XXXVI)
  11. Dulce veneno
  12. Ego sum
  13. El cóndor viejo
  14. El gran crimen
  15. En el salón
  16. En las tardes brumosas del invierno (IV)
  17. ¿En qué piensas?
  18. Es medianoche (XXV)
  19. Flores negras
  20. Guardo en mi pecho un trono (LVIII)
  21. ¿Has contemplado? (VIII)
  22. Humana
  23. Huyeron las golondrinas
  24. Idilio eterno
  25. La gran tristeza
  26. Ley implacable
  27. Los besos en los ojos
  28. Madrigal
  29. Monotonías
  30. No os enorgullezcáis (XXII)
  31. ¡Oh muerte!
  32. ¡Oh Patria!
  33. Oye, tus ojos tan profundas huellas dejaron (LXII)
  34. Oyendo está tus rumores (III)
  35. ¿Oyes? La lluvia cae (LX)
  36. Pasa ya
  37. Pordioseros de amor
  38. ¿Quién oye?
  39. Resurrecciones
  40. Reto
  41. Si la noche se lleva, en su fúnebre manto
  42. Soneto
  43. Soneto rondel
  44. Tanto me odias (L)
  45. Te di el perdón (XIII)
  46. Todas las noches te veo (LXXXVI)
  47. Tú no sabes amar (X)
  48. Tus ojos
  49. ¿Ves esa vieja?
  50. Visión
  51. Y no temblé al mirarla
  52. Yo soy como esas olas gigantescas (LXIII)



    Información biográfica

      Nombre: Julio Flórez Roa
      Lugar y fecha nacimiento: Chiquinquirá, Boyacá (Colombia), 22 de mayo de 1867
      Lugar y fecha defunción: Usiacurí, Atlántico (Colombia), 7 de febrero de 1923 (55 años)
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      Abstracción

        A veces melancólico me hundo
        En mi noche de escombros y miserias,
        Y caigo en un silencio tan profundo
        Que escucho hasta el latir de mis arterias.
        Más aún: oigo el paso de la vida
        Por la sorda caverna de mi cráneo
        Como un rumor de arroyo sin salida,
        Como un rumor de río subterráneo.
        Entonces presa de pavor y yerto
        Como un cadáver, mudo y pensativo,
        En mi abstracción a descifrar no acierto
        Si es que dormido estoy o estoy despierto,
        Si un muerto soy que sueña que está vivo
        O un vivo soy que sueña que está muerto.
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      Antes de que a los golpes

        (XXXVIII de Gotas de Ajenjo)
        Antes de que a los golpes
        Del pesar yo sucumba,
        Dejar haré una grieta
        Pequeñita en mi tumba.
        Para que tú, por ella,
        Te asomes, y tus ojos
        Alumbren mis helados
        Y lívidos despojos.
        ¡Y para que por ella
        Puedas verter tu llanto
        Sobre el cadáver mustio
        De este ser que amas tanto!
        Y para que le digas
        Al solitario muerto:
        ¡De nadie seré nunca!
        ¡Sólo de ti!
        ¿No es cierto
        Que así dirás? Entonces
        ¡Oh, mi dulce adorada!
        Escucharás adentro
        Una gran carcajada!
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      Aún

        Mil veces me engañó; más de mil veces
        Abrió en mi corazón sangrienta herida;
        De los celos, la copa desabrida,
        Me hizo beber hasta agotar las heces.
        Fue en mi vida, con todos sus dobleces,
        La causa de mi angustia no extinguida
        Aunque, ¡pobre de mí!, toda la vida
        Su mentiroso amor pagué con creces.
        Los tiempos han pasado; ya su boca
        No me da sus caricias, no me abrasa
        El fuego de sus ósculos de loca;
        Y sin embargo mi pasión persiste
        Pues, cuando a veces por mi senda pasa,
        ¡Me alejo mudo, cabizbajo y triste!
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      Ave gris

        De la pared la escala suspendida
        Y al pie de la pared tú y yo, mi vida.
        En la triste y desierta
        Soledad de los ámbitos azules,
        Como una novia muerta,
        La blanca luna entre nevados tules.
        Silencio, ni un ruido,
        Mudo el viento en los árboles dormido.
        Tú, mustia y temblorosa
        Como el pétalo casi desprendido
        Del cáliz de una rosa.
        Después las explosiones
        Del amor, tanto tiempo comprimido,
        En nuestros anhelantes corazones.
        El vértigo. ¡Los éxtasis profundos
        Debajo de la noche y de los mundos!
        Luego un ave que cruza
        El aire, que nos mira y lanza un grito:
        Una enorme lechuza,
        Que se pierde en el lóbrego infinito.
        Tú, que huyes asustada;
        Yo, que subo la escala y luego nada.
        Hoy ha cambiado todo,
        ¡Oh niña, y de qué modo!
        El espantoso olvido,
        Como pájaro lúgubre e inquieto,
        En la noche de tu alma se ha cernido.
        Sabes que soy discreto
        Y que nunca hablaré de tu secreto.
        Mas, no sabes, ignoras
        Cuán amargas y tristes son mis horas.
        No sabes que me río
        Y que me estoy muriendo, ¡a pesar mío!
        Mas no importa; que cante
        De alegría tu nuevo y dulce amante.
        De tu honor ostentando los tesoros
        Hoy por la senda de tu amado cruzas,
        Porque sabes muy bien que hablan los loros
        Pero no las lechuzas.
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      Blanco velo que al mármol importuna
        (LXI de Gotas de Ajenjo)
        Blanco velo que al mármol importuna,
        Flota sobre la frente inmaculada
        Y tersa de la virgen desposada,
        Como un vago crepúsculo de luna.
        Sutil como las gasas de la cuna
        De la niñez que duerme sosegada,
        Y luego cual la niebla aletargada
        Sobre el glauco cristal de la laguna.
        ¡Calma, oh novia, tu ardor, calma tu anhelo,
        Y expira, antes que alumbre el nuevo día
        Marchita tu inocencia, flor de cielo!
        ¡Y en vez de aquella toca tan sombría
        Que ponen a las muertas, aquel velo
        Lleva intacto a la tumba negra y fría!
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      Boda negra

        Oye la historia que contóme un día
        El viejo enterrador de la comarca:
        Era un amante a quien por suerte impía
        Su dulce bien le arrebató la parca.
        Todas las noches iba al cementerio
        A visitar la tumba de la hermosa;
        La gente murmuraba con misterio:
        Es un muerto escapado de la fosa.
        En una horrenda noche hizo pedazos
        El mármol de la tumba abandonada,
        Cavó la tierra y se llevó en los brazos
        El rígido esqueleto de la amada.
        Y allá en la oscura habitación sombría,
        De un cirio fúnebre a la llama incierta,
        Dejó a su lado la osamenta fría
        Y celebró sus bodas con la muerta.
        Ató con cintas los desnudos huesos,
        El yerto cráneo coronó de flores,
        La horrible boca le cubrió de besos
        Y le contó sonriendo sus amores.
        Llevó a la novia al tálamo mullido,
        Se acostó junto a ella enamorado,
        Y para siempre se quedó dormido
        Al esqueleto rígido abrazado.
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      Candor

        Azul azul azul estaba el cielo.
        El hálito quemaste del estío
        Comenzaba a dorar el terciopelo
        Del prado, en donde se remansa el río.
        A lo lejos, el humo de un bohío,
        Tal de una novia el intocado velo,
        Se alza hasta perderse en el vacío
        Con un ondulante y silencioso vuelo.
        De pronto me dijiste: "el amor mío
        Es puro y blando, así como ese río
        Que rueda allá sobre el lejano suelo".
        Y me miraste al terminar, tranquila,
        Con el alma asomada a tu pupila.
        Y estaba azul tu alma como el cielo.
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      Cruzó como un relámpago el vacío

        (XVI de Gotas de Ajenjo)
        Cruzó como un relámpago el vacío,
        Bajo el trémulo palio de las frondas;
        Y cayó, de cabeza, en pleno río,
        Destrozando el espejo de las ondas.
        Tres veces resurgió su cuerpo impuro
        Su cuerpo encenegado en la molicie
        Y otras tantas hundióse en el oscuro
        Fondo, bajo la rota superficie.
        Después flotó el cadáver en el agua,
        En donde el sol, al expirar, ponía
        El último reflejo de su fragua.
        ¡Y el cadáver se fue con las abiertas
        Pupilas asombradas: lo seguía
        Un callado cortejo de hojas muertas!
        ¡Agucé mis ternuras hasta vivir de hinojos
        A sus plantas, en éxtasis: tal fue mi idolatría
        Sin ver más luz que el lampo divino de sus ojos,
        Ni ansiar más gloria que una: llamarla mía, mía.
        Un pescador la extrajo del agua el otro día.
        La vi Y entonces tuve frenéticos antojos
        De ceñirme a su yerta carne por si podía
        Animar el turgente mármol de sus despojos.
        Me contuvo un amigo, el más amado: un hombre
        Cuyo nombre me callo porque no importa el nombre.
        No te enloquezcas, dijo, ya que no fuiste experto:
        Esa mujer que serte constante y fiel juraba,
        Te engañaba conmigo, y, oye: Nos engañaba
        Con otro ¡y por ese otro, es por quien ella ha muerto!
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      Cuando lejos, muy lejos

        (CXXIV de Gotas de Ajenjo)
        Cuando lejos, muy lejos, en hondos mares,
        En lo mucho que sufro pienses a solas,
        Si exhalas un suspiro por mis pesares,
        Mándame ese suspiro sobre las olas.
        Cuando el sol, con sus rayos, desde el oriente,
        Rasgue las blondas gasas de las neblinas,
        Si una oración murmuras por el ausente,
        Deja que me la traigan las golondrinas.
        Cuando pierda la tarde sus tristes galas,
        Y en cenizas se tornen las nubes rojas,
        Mándame un beso ardiente sobre las alas
        De las brisas que juegan entre las hojas.
        ¡Que yo, cuando la noche tienda su manto,
        Yo, que llevo en el alma sus mudas huellas,
        Te enviaré, con mis quejas, un dulce canto
        En la luz temblorosa de las estrellas!
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      Dicen que entre las tumbas del camposanto

        (XXXVI de Gotas de Ajenjo)
        Dicen que entre las tumbas del camposanto
        Suelen incorporarse los pobres muertos,
        Y a través de las grietas del calicanto,
        Ver con los ojos turbios, tristes y yertos,
        Si alguien llega a sus tumbas vertiendo llanto.
        ¡Ay!, cuántos esqueletos sus cuencas frías
        Pondrán tras de las grietas que hay en sus fosas,
        Y esperarán en vano, días y días
        Que alguien llegue y mitigue sus espantosas,
        Sus eternas y amargas melancolías.
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      Dulce veneno
        Luego me dijo: "Aún cuando mi alma anhele
        La virtud y odie la maldad y el vicio,
        Ya ves, mi triste corazón se duele,
        Al contemplar el hondo precipicio
        A donde el Hado sin cesar me impele.
        Con mi carga de amor y desconsuelo
        Voy a un próximo fin, paso entre paso,
        Rueda mi llanto hasta mojar el suelo
        Y miro dulcemente hacia mi ocaso
        Al ver la muda impavidez del cielo.
        ¡Ah, si acortar pudiera la jornada!
        ¡Es tan dura y tan grande mi fatiga,
        Mi senda tan oscura y desolada,
        Que quisiera morir! Hoy nada, nada
        Fuera de ti, mi desazón mitiga.
        Y yo te estoy matando. ¡Oh sí! Mis besos
        Te envenenan en largo paroxismo
        Quedas tras tus eróticos excesos;
        Cuando en mi boca están tus labios presos,
        Tu boca está en la boca de un abismo".
        Yo exclamé: "¿Morir quieres? En el seno
        Tú, mi cabeza, al expirar, coloca;
        Y después, si es verdad que es un veneno
        De tu boca la miel, yo también peno,
        Mátame con la miel que hay en tu boca".
        Colgóse entonces de mi cuello, hermosa,
        Transfigurada y, llena de ternura,
        Puso en mi labio el suyo, hecho de rosa
        Y en una tregua larga y silenciosa
        Lloramos de dolor y de ventura.
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      Ego sum

        Es esta la imagen fría
        De un poeta extravagante,
        Que sin fuerzas de gigante
        Soñó ser gigante un día;
        Pero que tras lucha impía
        Mustio y rendido cayó,
        Pues apenas consiguió
        Avivar más su deseo,
        Y ser tan solo un pigmeo
        Que aún sueña en lo que soñó.
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      El cóndor viejo

        A Rafael Pombo.
        I

        En una roca de la sierra umbría
        Vive un cóndor ya viejo y desplumado,
        Que contempla la bóveda vacía
        Con tan honda y tenaz melancolía,
        Cual si estuviese allí petrificado.
        Ya no puede volar y cuando empieza
        La blanca nube a coronar la altura,
        Envidioso la mira y con tristeza
        Inclina taciturno la cabeza
        Sobre su roca inconmovible y dura.
        II

        Sirve de escarnio a los demás cóndores
        Que anidan en las cumbres de granito,
        Y que, del hondo espacio triunfadores,
        Bañan su cuello en mares de colores
        Al desgarrar la aurora el infinito.
        En la noche, en los hondos agujeros
        De su peñón, donde las brisas suaves
        Se refugian, él sueña cosas graves:
        Ya, que eleva en el aire los corderos,
        Ya, que agarra en las nubes a las aves.
        III

        Mas se mira las alas compungido
        Y no halla en ellas ni siquiera rastro
        De aquel tiempo en que hubiera hasta podido
        Colgar su enorme y silencioso nido
        De las rubias pestañas de los astros;
        Cuando, al lanzarse en inauditos vuelos
        Rozaba con el arco de sus plumas
        Los bruñidos cristales de los hielos,
        Al hundirse en el polvo de las brumas
        Bajo el zafiro inmenso de los cielos;
        IV

        Cuando, el rugir del rey de los titanes,
        El hondo mar que eterna rabia alienta,
        Llegaba a los ignívomos volcanes
        Por sentir estertores de tormenta
        Y escuchar aleteos de huracanes,
        Cuando, ávido de luz, a ambientes puros,
        Del Sol siguiendo el luminoso paso,
        Desde los altos peñascales duros
        Iba a alumbrar sus ojos verdioscuros
        En los rojos incendios del ocaso.
        V

        Yo conozco un poeta desplumado
        Como el cóndor aquel, cuya presencia
        Es un mísero escombro del pasado
        ¡Ya no puede volar! Hoy vive atado
        A la roca fatal de la impotencia.
        Eso pensé de ti; mas hoy que he visto
        Que tú, viejo cóndor, con rudo aliento,
        Subes aún rasgando el firmamento,
        Presa del más atroz remordimiento.
        VI

        El mismo eres de ayer. La artera bala
        Que cierto cazador disparó un día
        Contra ti, no logró romperte el ala;
        No eres momia ambulante todavía;
        ¡Tu espíritu inmortal vigor exhala!
        Perdóname poeta, si atrevido
        Quise herirte también; fúlgidos rastros
        Nos dejas al volar; ¡no estás vencido!
        ¡Puedes aún colgar tu enorme nido
        De las rubias pestañas de los astros!
      Arriba

      El gran crimen

        Su pupila brilló como una brasa
        En la tiniebla de su rostro.
        Ella,
        Como tras de una nube nívea estrella,
        Parecía irradiar bajo la gasa
        De su túnica grácil:
        Era una
        Melancólica anémona
        Entre una malla de fulgor de luna:
        Un lánguido asfodelo
        Que empezaba a dormir era.. ¡Desdémona!
        Frágil y blanca, ante la noche: ¡Otelo!
        El Sultán de los cielos implacables,
        El demonio divino
        Del odio y del amor, sus formidables
        Ojos negros pasea
        Por el inmóvil cuerpo venusino
        De su amada
        ¡Su faz relampaguea
        Como un carbonizado torbellino,
        Como una tempestad sorda y obscura!
        ¡Ah, yo soy como Dios, que siempre hiere
        Donde más ama! con dolor murmura
        Y acerca su puñal a la blancura
        De aquella carne casta, y grita ¡Muere!
        ¡Y hunde, hasta la dorada empuñadura,
        La fina hoja que a su mano adhiere!.
        ¡Ni un ay! La sangre corre. Otelo llora:
        Y parece ante Otelo
        Aquella muerta, un témpano de hielo
        Que nada en los carmines de una aurora.
        ¿Mayor crimen concibes?
        ¡Oh, qué execrable hora!
        Era inocente. ¿Y tú? Ya ves: ¡tú vives!
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      En el salón

        En tu melena, de la noche habita,
        Temblaba una opulenta margarita
        Como un astro fragante entre la sombra;
        De pronto, con tristeza,
        Doblaste la cabeza
        Y rodó la la alta flor sobre la alfombra.
        Sin verla, diste un paso
        Y la flor destrozaste blandamente
        Con tu escarpín de refulgente raso.
        Yo, que aquello miraba, de repente
        Con angustia infinita,
        Al ver que la tortura deliciosa
        Se alargaba de aquella flor hermosa,
        Con voz que estrangulaba mi garganta
        Dije a la flor ya exánime y marchita:
        ¡Quién fuera tú... dichosa margarita,
        Para morir así... bajo su planta!
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      En las tardes brumosas del invierno

        (IV de Gotas de Ajenjo)
        En las tardes brumosas del invierno,
        Cuando el sol taciturno, paso a paso
        Va cayendo en las sombras del ocaso
        Como envuelto en las llamas de un infierno,
        Abro las mustias alas y me cierno
        Por la infinita bóveda al acaso,
        Falto de luz y de vigor escaso,
        Presa de las nostalgias de lo eterno.
        Y subo, subo, y cuando el ojo mío
        Descubre entre los velos de la noche
        Mi supremo ideal, en el vacío.
        Una mano brutal mis olas cierra
        Y caigo sin un ay, sin un reproche,
        Sobre el fangal inmundo de la tierra.
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      ¿En qué piensas?

        Dime: cuando en la noche taciturna,
        La frente escondes en tu mano blanca,
        Y oyes la triste voz de la nocturna
        Brisa que el polen de la flor arranca;
        Cuando se fijan tus brillantes ojos
        En la plomiza clámide del cielo...
        Y mustia asoma entre tus labios rojos
        Una sonrisa fría como el hielo;
        Cuando en el marco gris de tu ventana
        Lánguida apoyas tu cabeza rubia...
        Y miras con tristeza en la cercana
        Calle, rodar las gotas de la lluvia;
        Dime: cuando en la noche te despiertas
        Y hundes el codo en la almohada y lloras...
        Y abres entre las sombras las inciertas
        Pupilas como el sol abrasadoras;
        ¿En qué piensas? ¿en qué? ¡pobre ángel mío!
        Piensas en nuestro amor despedazado
        Ya, como el junco al ímpetu bravío
        Del torrente que salta desbordado?
        ¿Piensas tal vez en las azules tardes
        En que a la luz de tu mirada ardiente,
        Mis ojos indecisos y cobardes
        Posáronse en el mármol de tu frente?
        ¿O piensas en la hojosa enredadera
        Bajo la cual un tiempo te veía
        Peinar tu ensortijada cabellera,
        Al abrirse los párpados del día?
        ¡Quién sabe! No lo sé, pero imagino
        Que en esas horas de aparente calma,
        Percibes mucha sombra en tu camino,
        ¡Sientes muchas tristezas en el alma!
        Mas otro amante extinguirá tu frío,
        Yo sé que tu pesar no será eterno;
        Mañana vivirás en pleno estío...
        Y yo, con mi dolor... ¡en pleno invierno!
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      Es medianoche

        (XXV de Gotas de Ajenjo)
        Es medianoche. En medio del recinto
        Está solo el cadáver de la hermosa
        Y en la pared, desmantelada y fría,
        De su cara proyéctase la sombra.
        El seductor se acerca, y en los labios
        Del cadáver aquel su labio posa;
        Y en la pared, sobre la sombra aquella,
        Hace lo mismo su callada sombra.
        Y murmura: Quizás mañana mismo,
        Cuando yo ruede a la profunda fosa,
        Como en esa pared en el infierno
        Se besarán nuestras malditas sombras.
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      Flores negras

        Oye: bajo las ruinas de mis pasiones,
        Y en el fondo de esta alma que ya no alegras,
        Entre polvo de ensueños y de ilusiones
        Yacen entumecidas mis flores negras.
        Ellas son el recuerdo de aquellas horas
        En que presa en mis brazos te adormecías,
        Mientras yo suspiraba por las auroras
        De tus ojos, auroras que no eran mías.
        Ellas son mis dolores, capullos hechos,
        Los intensos dolores que en mis entrañas
        Sepultan sus raíces, cual los helechos
        En las húmedas grietas de las montañas.
        Ellas son tus desdenes y tus reproches
        Ocultos en esta alma que ya no alegras;
        Son, por eso, tan negras como las noches
        De los gélidos polos, mis flores negras.
        Guarda, pues, este triste y débil manojo,
        Que te ofrezco de aquellas flores sombrías;
        Guárdalo, nada temas, es un despojo
        Del jardín de mis hondas melancolías.
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      Guardo en mi pecho un trono

        (LVIII de Gotas de Ajenjo)
        Guardo en mi pecho un trono
        Para la madre mía:
        Que aunque ella me dio el ser, yo la perdono
        Porque no supo el daño que me hacía.
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      ¿Has contemplado, a lo lejos?

        (VIII de Gotas de Ajenjo)
        ¿Has contemplado, a lo lejos,
        Al sol que, paso a paso,
        Va descendiendo al ocaso
        Con su manto de reflejos,
        Cómo por lúgubres huellas
        Deja, en su triunfal descenso,
        Cubierto el espacio inmenso
        De crespones y de estrellas?
        Así, niña, es el amor:
        Como el sol, paso entre paso,
        Cuando desciende a su ocaso
        Y no da luz ni calor,
        En el corazón herido,
        Nos deja, en triste quebranto,
        Por astros, gotas de llanto,
        Y por tinieblas, olvido!
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      Humana

        Hermosa y sana, en el pasado estío,
        Murmuraba en mi oído, sin espanto:
        "Yo quisiera morirme, amado mío;
        Más que el mundo me gusta el camposanto".
        Y de fiebre voraz bajo el imperio,
        Moribunda ayer tarde, me decía:
        "No me dejes llevar al cementerio...
        Yo no quiero morirme todavía".
        ¡Oh Señor... y qué frágiles nacimos!
        ¡Y qué variables somos y seremos!
        ¡Si la tumba está lejos... la pedimos!
        ¡Pero si cerca está...no la queremos!
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      Huyeron las golondrinas

        (VI de Gotas de Ajenjo)
        Huyeron las golondrinas
        De tus alegres balcones;
        Ya en la selva no hay canciones
        Sino lluvias y neblinas.
        Me da el pesar sus espinas
        Sólo porque a otras regiones
        Huyeron las golondrinas
        De tus alegres balcones.
        Insondables aflicciones
        Se posan entre las ruinas
        De mis ya muertas pasiones.
        ¡Ay, que con las golondrinas
        Huyeron mis ilusiones!
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      Idilio eterno
        Ruge el mar, se encrespa y se agiganta;
        La luna, ave de luz, prepara el vuelo
        Y en el momento en que la faz levanta,
        Da un beso al mar, y se remonta al cielo.
        Y aquel monstruo indomable, que respira
        Tempestades, y sube y baja y crece,
        Al sentir aquel ósculo, suspira...
        Y en su cárcel de rocas... se estremece!
        Hace siglos de siglos que, de lejos,
        Tiemblan de amor en noches estivales;
        Ella le da sus límpidos reflejos,
        Él le ofrece sus perlas y corales.
        Con orgullo se expresan sus amores
        Estos viejos amantes afligidos;
        Ella le dice "¡te amo!" en sus fulgores,
        Y él responde "¡te adoro!" en sus rugidos.
        Ella lo aduerme con su lumbre pura,
        Y el mar la arrulla con su eterno grito
        Y le cuenta su afán y su amargura
        Con una voz que truena en lo infinito.
        Ella, pálida y triste, lo oye y sube
        Le habla de amor en su celeste idioma,
        Y, velando la faz tras de la nube,
        Le oculta el duelo que a su frente asoma.
        Comprende que su amor es imposible,
        Que el mar la acopia en su convulso seno,
        Y se contempla en el cristal movible
        Del monstruo azul, en que retumba el trueno.
        Y, al descender tras de la sierra fría,
        Le grita el mar: "¡en tu fulgor me abraso!"
        ¡No desciendas tan pronto, estrella mía!
        ¡Estrella de mi amor, detén el paso!
        ¡Un instante mitiga mi amargura,
        Ya que en tu lumbre sideral me bañas!
        ¡No te alejes! ¿No ves tu imagen pura,
        Brillar en el azul de mis entrañas?
        Y ella exclama, en su loco desvarío:
        "¡Por doquiera la muerte me circunda!
        ¡Detenerme no puedo monstruo mío!
        ¡Compadece a tu pobre moribunda!
        ¡Mi último beso de pasión te envío;
        Mi postrer lampo a tu semblante junto!".
        Y en las hondas tinieblas del vacío,
        Hecha cadáver se desploma al punto.
        Entonces, el mar, de un polo al otro polo,
        Al encrespar sus olas plañideras,
        Inmenso, triste, desvalido y solo,
        Cubre con sus sollozos las riberas.
        Y al contemplar los luminosos rastros
        Del alba luna en el oscuro velo,
        Tiemblan, de envidia y de dolor, los astros
        En la profunda soledad del cielo.
        ¡Todo calla!... El mar duerme, y no importuna
        Con sus gritos salvajes de reproche;
        ¡y sueña que se besa con la luna
        En el tálamo negro de la noche!
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      La gran tristeza
        Una inmensa agua gris, inmóvil, muerta,
        Sobre un lúgubre páramo tendida;
        A trechos, de algas lívidas cubierta;
        Ni un árbol, ni una flor, todo sin vida,
        ¡Todo sin alma en la extensión desierta!
        Un punto blanco sobre el agua muda,
        Sobre aquella agua de esplendor desnuda,
        Se ve brillar en el confín lejano:
        Es una garza inconsolable, viuda,
        Que emerge como un lirio del pantano.
        Entre aquella agua, y en lo más distante,
        ¿Esa ave taciturna en qué medita?
        ¡No ha sacudido el ala un solo instante,
        Y allí parece un vivo interrogante
        Que interroga a la bóveda infinita!
        Ave triste, responde: Alguna tarde
        En que rasgabas el azul de enero
        Con tu amante feliz, haciendo alarde
        De tu blancura, ¿el cazador cobarde
        Hirió de muerte al dulce compañero?
        ¿O fue que al pie del saucedal frondoso,
        Donde con él soñabas y dormías,
        Al recio empuje de huracán furioso,
        Rodó en las sombras el alado esposo
        Sobre las secas hojarascas frías?
        ¿O fue que huyó el ingrato, abandonando
        Nido y amor, por otras compañeras,
        Y tú, cansada de buscarlo, amando
        Como siempre, lo esperas sollozando,
        O perdida la fe... ya no lo esperas?
        Dime: ¿Bajo la nada de los cielos,
        Alguna noche la tormenta impía
        Cayó sobre el juncal, y entre los velos
        De la niebla, sin vida tus polluelos
        Flotaron sobre el agua... al otro día?
        ¿Por qué ocultas ahora la cabeza
        En el rincón del ala entumecida?
        ¡Oh, cuán solos estamos! Ve, ya empieza
        A anochecer: ¡Qué igual es nuestra vida!...
        ¡Nuestra desolación! ¡Nuestra tristeza!
        ¿Por qué callas? La tarde expira, llueve,
        Y la lluvia tenaz deslustra y moja
        Tu acolchado plumón de raso y nieve.
        ¡Huérfano soy!...
        ¡La garza no se mueve...
        Y el sol ha muerto entre su fragua roja!
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      Ley implacable

        ¡Ay! ¿Cómo quieres que tu madre encuentre
        En este mundo bienhechora calma,
        Si le desgarras, al nacer, el vientre,
        Y le desgarras, al morir, el alma?
        Y esa madre infeliz, ¿cómo a porfía
        Quiere darte, en el mundo, horas serenas,
        Si en la leche fetal con que te cría,
        Bebes tú todo el zumo de sus penas? ¿Cómo quieres, mortal, que en la existencia
        Tu esposa guarde fiel tus atributos
        Si tú mismo, al robarle la inocencia,
        Le enseñas el deleite de los brutos?
        Hombre, eres pasto de un rencor violento:
        Al mal te empujan invisibles manos;
        Vives, y te devora el sufrimiento;
        Mueres, y te devoran los gusanos.
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      Los besos en los ojos

        ¿Y los ojos? Son ánforas repletas
        De luz espiritual, ventanas puras
        De cuyo marco penden las violentas
        De las ojeras místicas y oscuras.
        Los ojos son los faros de la vida,
        Son los cristales donde amor asoma
        Su faz como una rama florecida
        Hecha de lumbre y de celeste aroma.
        Los besos en los ojos, todo beso
        Que en los ojos se da, se da en el alma;
        Beso dulce, castísimo. Por eso
        Cuando tras de besar tus labios rojos
        Quiero infundir a mis sentidos calma
        Pongo a soñar mis labios en tus ojos.
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      Madrigal
        ¿Me quieres? ¡Que tu acento me lo diga
        Ante aquel sol que muere en el ocaso!
        Tú, que mitigas mi pesar... ¡mitiga
        Esta fiebre voraz en que me abraso!
        Tembló su labio y balbució: ¡Lo juro!
        Sus tachonadas puertas entreabría
        La muda noche en la extensión vacía:
        Y en mi espíritu lóbrego y oscuro...
        En aquel mismo instante amanecía!
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      Monotonías
        I

        Se están poniendo tristes
        Las tardes de verano;
        Ya no se ve en los cielos
        Siquiera un arrebol.
        Y está desierto el bosque
        Y está marchito el llano
        ¡Qué triste va muriendo
        Tras de la sierra el sol!
        Es que tras de la bruma,
        Que el horizonte cierra,
        El blanco apoya
        La frente en su bordón.
        Mas, ¿qué importa ese frío
        De cielo, mar y tierra,
        Si fuego, amor y abrigo
        Te da mi corazón?
        II

        Oye, el cierzo rasguña la vidriera:
        Llegó el invierno al fin pero el estío
        Surge en mi amante corazón; afuera
        Cae la lluvia, el cielo está sombrío.
        Mas, no importa, bien mío,
        Porque en mi corazón hay una hoguera
        Que te dará calor si sientes frío.
        III

        ¡Mientras que tú me inundas
        En la onda fragante de tu aliento,
        Oye, el ala del viento
        Arrebata las hojas moribundas!
        Pero ese viento helado
        No llegará hasta ti, ni la llovizna
        Tu cuerpo mojará, ni ese nublado,
        Que el triste cielo de la tarde tizna,
        Te quitarán la luz: corto es el trecho
        Que nos separa. ¡Ven! La chimenea
        Fría está ni una brasa.
        ¡Ven! La cabeza pon sobre mi pecho:
        Así más cerca que tus ojos vea
        Mientras el soplo del invierno pasa
        ¡Oh, que este invierno interminable sea!
      Arriba

      No os enorgullezcáis

        (XXII de Gotas de Ajenjo)
        No os enorgullezcáis, niñas hermosas,
        Porque líneas tenéis esculturales:
        Vuestras carnes se pudren, y, en las fosas,
        Todos los esqueletos son iguales.
      Arriba

      ¡Oh muerte!
        Amad la muerte, amadla. Ella procura
        El supremo descanso, ella nos guía
        En el camino del silencio, es fría
        Pero buena; ella mata la amargura.
        Ella es la maga de la sombra es pura
        Y eterna y todos la llamáis impía.
        ¿Por qué? ¿Porque nos besa en la agonía,
        Y un tálamo nos da en la sepultura?
        La muerte es la ceniza de la llama;
        Es el "no ser" de lo que vibra; muda
        Ante el placer o el infortunio, ama:
        El sueño, matador de los dolores;
        La calma, que del daño nos escuda,
        Y la tierra que es madre de las flores.
      Arriba

      ¡Oh Patria!
        "Allá... tras esas brumas soñolientas
        De múltiple color... está mi patria"
        "Un mar inmenso de rugientes olas
        La áurea cabeza sin cesar le baña,
        Y el más ciclópeo de los ríos todos
        Es escabel de sus preciosas plantas.
        El Pacífico azul, por occidente
        Lame las curvas de su flanco y canta;
        El Magdalena turbio, caudaloso,
        Conduce la riqueza a sus comarcas,
        Y el océano Atlante, confidente,
        Le anuncia la grandeza de sus aguas"
        Todos me interrumpieron:
        —Dinos cómo es tu Patria—
        Entonces les hablé de tus tesoros:
        Del oro que dormita en tus entrañas,
        De tus cielos radiantes y profundos,
        De tus cumbres riscosas y nevadas,
        De tus lagos, tus huertos y tus flores
        Y de tus frondosísimas montañas.
        Les hablé de tus aves y reptiles,
        De tus hórridas fieras y tus pampas,
        De tus muelles arroyos cristalinos,
        De tus ricos filones de esmeraldas,
        De la mole opulenta del Tolima
        Y del ronco fragor del Tequendama.
        Les hablé de tus sabios y poetas.
        De las rojas batallas
        Que por tu libertad ensangrentaron
        Valles y riscos y llanuras y aguas.
        Les hablé de tus héroes: de Ricaurte,
        El sublime suicida que a las altas
        Regiones que a lo eterno en una nube
        De humo y en el estruendo de una salva
        Gigantesca, voló... por darte vida
        Y asegurar tu libertad, oh Patria.
        ¿Y tú la quieres? —me dijeron todos—.
        Y yo les respondí: —"¡Cómo no amarla!
        Si allí nací, si mi niñez tranquila
        Rodó en su seno como fuente clara;
        Si allí mi loca juventud fue viva
        Y ardiente llamarada.
        Si allí los huesos de mis padres duermen
        En una eterna y silenciosa calma,
        Si allí brilla mi gloria como brilla
        El rocío en las hierbas y en las ramas;
        Si en su suelo están todas mis raíces;
        Si allí dejé mi corazón... mi amada!"
        Entonces todos exclamaron: —"Dinos...
        Y esa tierra feliz... ¿cómo se llama?"
        Colombia —dije, y me contuve luego...
        Sentí la quemadura de una lágrima...
        Mas el pensar que han sido mis pasiones vena
        Doliente de tu cuerpo, oh Patria,
        Y que mi voz se acuna en tus caminos
        Hecha canción y rebeldía de alas,
        Sacudí cabizbajo mi pañuelo;
        Sequé mi pobre lágrima;
        Conformé mi agonía de la ausencia,
        Les dije adiós... y proseguí la marcha.
      Arriba

      Oye, tus ojos tan profundas huellas dejaron

        (LXII de Gotas de Ajenjo)
        Oye, tus ojos tan profundas huellas
        Dejaron para siempre en mis entrañas,
        Que en las noches tranquilas
        Suelo mirar absorto las estrellas
        Sobre la cresta azul de las montañas,
        Tan solo porque en ellas
        Me parece que miro tus pupilas
        Rodar tras de la red de tus pestañas.
        Presa, entonces, de trágica agonía,
        Pierdo toda mi calma,
        Y hasta el fondo del alma
        Torno azorado la mirada mía;
        Y al contemplar de tus desdén los rastros,
        Por no ver más tus ojos, bien quisiera,
        Con ira de pantera,
        Rasgar los cielos y extinguir los astros.
      Arriba

      Oyendo está tus rumores

        (III de Gotas de Ajenjo)
        Oyendo está tus rumores
        Allá abajo el ángel mío;
        Corre y llévale estas flores
        Que deshojo en tus hervores
        Corre, corre, manso río.
        Corre y dile que la adoro,
        Que estoy pálido y sombrío,
        Que por sus desdenes lloro,
        Y dile que es mi tesoro;
        Pero, corre, manso río.
        Mas si no oye mi quebranto,
        Si desdeña el amor mío,
        Entonces llévale el llanto
        Que estoy vertiendo hace tanto
        Sobre tus ondas ¡oh, río!
      Arriba

      ¿Oyes? La lluvia cae

        (LX de Gotas de Ajenjo)
        ¿Oyes? La lluvia cae. Tengo frío.
        La noche tiembla. El cierzo hace pedazos
        Las ramas de los árboles. El río
        Muge rabioso. Estréchame en tus brazos.
        Posa tu boca en el semblante mío.
        ¿Ya no me quieres? ¡Abre, tengo frío!
        ¿Por qué has tardado tanto? ¡Tengo sueño!
        Sufro. La vida me atormenta. Agudas
        Me hinca las uñas con brutal empeño
        La zarpa del dolor mas tú me escudas.
        ¡Entra, oh Muerte adorada! ¡Sé mi dueño!
        Quiero dormir contigo. Tengo sueño.
      Arriba

      ¡Pasa ya!

        Errante nube que pasas
        Por el cielo, ¿a dónde vas?
        ¡Al sur! Si a mi patria llegas,
        Y ves a mi amada, dile
        Que no la olvido jamás.
        Desátate en densa lluvia
        Sobre su jardín, y ve
        Si están mustias por mi ausencia,
        Si sus flores están tristes,
        Y diles que volveré.
        Errante nube que pasas,
        ¿De dónde vienes? De allá
        ¿Viste a mi amada? ¡Con otro!
        ¿Viste sus flores? ¡Alegres!
        ¡Nube negra, pasa ya!
      Arriba

      Pordioseros de amor

        Mis ojos son dos mendigos
        Que van hambrientos de luz
        Mirando hacia un hondo cielo
        Sin astros y sin azul.
        Hoy han tocado a tu puerta,
        Si eres compasiva tú,
        ¡Enséñales tus pupilas
        Llenas de sol y de azul
        Y dales una mirada
        Una limosna de luz!
        Mis labios son dos mendigos
        Que están sedientos de miel
        Porque en la vida apuraron
        La amargura hasta la hez.
        Hoy han llamado a tu puerta;
        ¿Quieres hacerles un bien?
        ¡Enséñales la sonrisa
        De tus labios de clavel,
        Y dales un beso un beso
        Como limosna de miel!
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      ¿Quién oye?

        De noche, bajo el cielo desolado,
        Pienso en tu amor y pienso en tu abandono,
        ¡Y miro en mi interior deshecho el trono
        Que te alcé como a un ídolo sagrado!
        ¡Al ver mi porvenir despedazado
        Por tu infidelidad, crece mi encono!
        Mas, como sé que sufres, te perdono...
        ¡Oh, tú jamás me hubieras perdonado!
        Mis lágrimas, en trémulo derroche,
        Ruedan al fin, y luego, en inaudito
        Arranque, a Dios elevo mi reproche...
        ¡Pero se pierde entre el negror mi grito
        Y sólo escucho, en medio de la noche,
        Del silencio el monólogo infinito!
      Arriba

      Resurrecciones

        Algo se muere en mí todos los días;
        La hora que se aleja me arrebata,
        Del tiempo en insonora catarata,
        Salud, amor, ensueños y alegrías.
        Al evocar las ilusiones mías, Pienso:
        "¡Yo, no soy yo!" ¿Por qué, insensata,
        La misma vida con su soplo mata
        Mi antiguo ser, tras lentas agonías?
        Soy un extraño ante mis propios ojos,
        Un nuevo soñador, un peregrino
        Que ayer pisaba flores y hoy... abrojos.
        Y en todo instante, es tal mi desconcierto,
        Que, ante mi muerte próxima, imagino
        Que muchas veces en la vida... he muerto.
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      Reto
        Si porque a tus plantas ruedo
        Como un ilota rendido
        Y una mirada te pido
        Con temor, casi con miedo;
        Si porque ante ti me quedo
        Estático de emoción,
        Sintiendo que el corazón
        Se va en mi pecho a romper,
        Piensas que siempre he de ser
        Esclavo de mi pasión.
        Te equivocas, te equivocas,
        Fresco y fragante capullo
        Yo quebrantaré tu orgullo
        Como el minero las rocas.
        Si a la lucha me provocas,
        Dispuesto estoy a luchar:
        Tú eres espuma, yo mar
        Que en sus cóleras confía.
        ¿Me haces llorar? Algún día
        Yo también te haré llorar.
        Te haré llorar; y después
        De que tú también rendida,
        Me ofrezcas toda tu vida
        Perdón pidiendo, a mis pies,
        Como mi cólera es
        Formidable en sus accesos,
        ¿Sabes tú lo que haré en esos
        Instantes de indignación?
        Arrancarte el corazón
        Para comérmelo a besos.
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      Si la noche se lleva, en su fúnebre manto

        Si la noche se lleva,
        En su fúnebre manto,
        La humedad de mis lágrimas
        Y el rumor de mi canto.
        Y si el día se lleva,
        Cuando abandona el mundo,
        Los amargos sollozos
        De mi pecho profundo.
        ¿Por qué se irán las noches
        Por qué se irán los días
        Sin llevarse una sola
        De mis melancolías?
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      Soneto

        Toma mi cuerpo, madre, te lo entrego
        Ensangrentado como me lo diste;
        Sólo que a ti va ahora mudo y ciego,
        Menos lloroso, sí, pero más triste.
        Gracias, madre; fue hermoso, tuvo suerte,
        El mejor vino y el amor más loco
        Gozó en la lucha pero poco a poco
        Lo echó el asco en los brazos de la muerte.
        Dale un gran beso de perdón; no llores,
        No vayas a llorar; agradecida
        Pronto lo estrechará la madre Tierra.
        ¡Tú y ella, mis dos madres, mis amores!
        ¡Alégrate: la vida, la gran vida
        Comienza en toda tumba que se cierra!
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      Soneto rondel

        Cantaba el ruiseñor su serenata.
        En el nocturno piélago se hundía
        Detrás de la imponente serranía
        La luna como góndola de plata.
        Cantaba el ruiseñor su melodía.
        En mi mente el recuerdo de la ingrata
        Mujer que en llanto mi dolor desata,
        Como un rayo de sol resplandecía.
        Cantaba el ruiseñor bajo la umbría.
        Así como la niebla se delata
        Se dilataba mi melancolía.
        Y en tanto que por la mujer ingrata
        En llanto mi dolor se deshacía,
        Cantaba el ruiseñor su serenata.
      Arriba

      Tanto me odias
        (L de Gotas de Ajenjo)
        Tanto me odias, me aborreces tanto,
        Que pienso que algún día
        Irás al camposanto
        A hollar la hierba de la tumba mía.
        Ojalá, nada importa que furiosa
        Pises allí sobre mi cuerpo helado:
        Con tu pie, diminuto y delicado,
        Perfumarías la hierba de mi fosa.
        ¿Sabes lo que me aterra
        De la muerte y me espanta?
        No estar a flor de tierra,
        Entonces, ¡ay!, para besar tu planta.
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      Te di el perdón

        (XIII de Gotas de Ajenjo)
        Te di el perdón y te alargué mi mano;
        Tú me juraste redimirte, al verte
        Libre de mal, y lejos de la muerte
        Y de la podre del comercio humano.
        Te salvé del abismo, del insano
        Foco en que te podrías como inerte
        Piltrafa en feria; trastoqué tu suerte,
        Sin ambición, sin interés liviano.
        ¿Y has caído de nuevo en el pantano;
        Y a pedirme perdón vienes ahora?
        ¿Y otra vez vienes a jurar en vano?
        ¡No más disculpas de ocasión murmures!
        ¡Llora, sí, llora mucho! ¡Llora, llora!
        Y ven si quieres, pero nada jures.
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      Todas las noches te veo
        (LXXXVI de Gotas de Ajenjo)
        ¡Todas las noches te veo
        Y hablo contigo y te toco
        Y te abrazo como un loco,
        Te acaricio y te poseo!
        Sin embargo, estás cautiva
        En una tumba desierta
        ¿Qué me importa que estés muerta,
        Si en mis sueños estás viva?
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      Tú no sabes amar

        (X de Gotas de Ajenjo)
        Tú no sabes amar: ¿acaso intentas
        Darme calor con tu mirada triste?
        El amor nada vale sin tormentas,
        Sin tempestades el amor no existe.
        Y sin embargo, ¿dices que me amas?
        No, no es amor lo que hacia mí te mueve;
        El Amor es un sol hecho de llama,
        Y en los soles jamás cuaja la nieve.
        ¡El amor es volcán, es rayo, es lumbre,
        Y debe ser devorador, intenso,
        Debe ser huracán, debe ser cumbre
        Debe alzarse hasta Dios como el incienso!
        Pero tú piensas que el amor es frío;
        Que ha de asomar en ojos siempre yertos,
        Con tu anémico amor anda, bien mío,
        Anda al osario a enamorar los muertos.
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      Tus ojos
        I

        Ojos indefinibles, ojos grandes,
        Como el cielo y el mar hondos y puros
        Ojos como las selvas de los Andes;
        Misteriosos, fantásticos y oscuros.
        II

        Ojos en cuyas místicas ojeras
        Se ve el rastro de incógnitos pesares,
        Cual se ve en la aridez de las riberas
        La huella de las ondas de los mares.
        III

        Miradme con amor, eternamente,
        Ojos de melancólicas pupilas,
        Ojos que semejáis bajo su frente,
        Pozos de aguas profundas y tranquilas.
        IV

        Miradme con amor, ojos divinos,
        Que adornáis como soles su cabeza,
        Y encima de sus labios purpurinos,
        Parecéis dos abismos de tristeza.
        V

        Miradme con amor, fúlgidos ojos,
        Y cuando muera yo, que os amo tanto
        Verted sobre mis lívidos despojos,
        El dulce manantial de vuestro llanto.
      Arriba

      ¿Ves esa vieja?
        ¿Ves esa vieja escuálida y horrible?
        Pues oye; aunque parézcate imposible,
        Fue la mujer más bella entre las bellas;
        El clavel envidió sus labios rojos,
        Y ante la luz de sus divinos ojos
        Vacilaron el sol y las estrellas.
        Y hoy, ¿quién puede quererla? ¿Quién un beso
        Podrá dejar en su semblante impreso?
        ¡Yo!, me dijo el extraño que me oía
        Yo que por ella en la existencia lucho,
        Que soy feliz cuando su voz escucho
        ¡Esa vieja es la hermosa madre mía!
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      Visión
        ¿Eres un imposible? ¿Una quimera?
        ¿Un sueño hecho carne, hermosa y viva?
        ¿Una explosión de luz? Responde, esquiva
        Maga en quien encarnó la primavera.
        Tu frente es lirio, tu pupila hoguera,
        Tu boca flor en donde nadie liba
        La miel que entre sus pétalos cautiva
        Al colibrí de la pasión espera.
        ¿Por qué sin tregua por tu amor suspiro,
        Si no habré de alcanzar ese trofeo?
        ¿Por qué llenas el aire que respiro?
        En todas partes te halla mi deseo:
        Los ojos abro y por doquier te miro;
        Cierro los ojos y entre mí te veo.
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      Y no temblé al mirarla

        Todo nos llega tarde... ¡hasta la muerte!
        Nunca se satisface ni alcanza
        La dulce posesión de una esperanza
        Cuando el deseo acósanos más fuerte.
        Todo puede llegar: pero se advierte
        Que todo llega tarde: la bonanza,
        Después de la tragedia: la alabanza
        Cuando ya está la inspiración inerte.
        La justicia nos muestra su balanza
        Cuando su siglos en la Historia vierte
        El Tiempo mudo que en el orbe avanza;
        Y la gloria, esa ninfa de la suerte,
        Sólo en las sepulturas danza.
        Todo nos llega tarde... ¡hasta la muerte!
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      Yo soy como esas olas gigantescas

        (LXIII de Gotas de Ajenjo)
        Yo soy como esas olas gigantescas
        Que, sobre el lomo enorme
        Del monstruo azul, se agitan y retuercen,
        Y van rodando sin saber a dónde.
        Yo soy como esas negras tempestades
        Que obscurecen el orbe,
        Y como inmensas furias desgreñadas
        Lloran mientras, los ámbitos recorren.
        Yo soy como esos rudos huracanes
        Que, en las obscuras noches,
        Lanzan hondos quejidos lastimeros
        En las arcadas de los anchos bosques.
        Yo no sé qué pesares espantosos
        El corazón me roen,
        Y a un mismo tiempo el alma me engrandecen
        Y hacen que grite y me retuerza y llore.
        Y, sin embargo, ante el alegre mundo
        Que mi mal no conoce,
        Río y me apropio la frialdad que ostentan
        Las estatuas de bronce.
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