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    Información biográfica

  1. A Jarifa
  2. A la muerte de Torrijos y sus compañeros
  3. A un ruiseñor
  4. A una estrella
  5. A ***, dedicándole estas poesías
  6. Canción de la muerte
  7. Canción del pirata
  8. Canta en la noche
  9. Canto a Teresa
  10. El canto del cosaco
  11. El mendigo
  12. El Pelayo
  13. El reo de muerte
  14. El verdugo
  15. Elegía a la patria
  16. ¡Guerra!
  17. Himno a la inmortalidad
  18. Himno al sol
  19. La cautiva
  20. La desesperación
  21. Las quejas de su amor
  22. Octava real
  23. Soneto


      Información biográfica

        Nombre: José Ignacio Javier Oriol Encarnación de Espronceda y Delgado
        Lugar y fecha nacimiento: Pajares de la Vega, Extremadura (España), 25 de marzo de 1808
        Lugar y fecha defunción: Madrid (España), 23 de mayo de 1842 (34 años)

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        A Jarifa

          Trae, Jarifa, trae tu mano,
          Ven y pósala en mi frente,
          Que en un mar de lava hirviente
          Mi cabeza siento arder.
          Ven y junta con mis labios
          Esos labios que me irritan,
          Donde aún los besos palpitan
          De tus amantes de ayer.

          ¿Qué la virtud, la pureza?
          ¿Qué la verdad y el cariño?
          Mentida ilusión de niño,
          Que halagó mi juventud.
          Dadme vino: en él se ahoguen
          Mis recuerdos; aturdida
          Sin sentir huya la vida;
          Paz me traiga el ataúd.

          El sudor mi rostro quema,
          Y en ardiente sangre rojos
          Brillan inciertos mis ojos,
          Se me salta el corazón.
          Huye, mujer; te detesto,
          Siento tu mano en la mía,
          Y tu mano siento fría,
          Y tus besos hielos son.

          ¡Siempre igual! Necias mujeres,
          Inventad otras caricias,
          Otro mundo, otras delicias,
          O maldito sea el placer.
          Vuestros besos son mentira,
          Mentira vuestra ternura:
          Es fealdad vuestra hermosura,
          Vuestro gozo es padecer.
          Yo quiero amor, quiero gloria,
          Quiero un deleite divino,
          Como en mi mente imagino,
          Como en el mundo no hay;
          Y es la luz de aquel lucero
          Que engañó mi fantasía,
          Fuego fatuo, falso guía
          Que errante y ciego me tray.

          ¿Por qué murió para el placer mi alma,
          Y vive aún para el dolor impío?
          ¿Por qué si yazgo en indolente calma,
          Siento, en lugar de paz, árido hastío?

          ¿Por qué este inquieto, abrasador deseo?
          ¿Por qué este sentimiento extraño y vago,
          Que yo mismo conozco un devaneo,
          Y busco aún su seductor halago?

          ¿Por qué aún fingirme amores y placeres
          Que cierto estoy de que serán mentira?
          ¿Por qué en pos de fantásticas mujeres
          Necio tal vez mi corazón delira,

          Si luego, en vez de prados y de flores,
          Halla desiertos áridos y abrojos,
          Y en sus sandios o lúbricos amores
          Fastidio sólo encontrará y enojos?

          Yo me arrojé cual rápido cometa,
          En alas de mi ardiente fantasía:
          Doquier mi arrebatada mente inquieta,
          Dichas y triunfos encontrar creía.

          Yo me lancé con atrevido vuelo
          Fuera del mundo en la región etérea,
          Y hallé la duda, y el radiante cielo
          Vi convertirse en ilusión aérea.

          Luego en la tierra la virtud, la gloria,
          Busqué con ansia y delirante amor,
          Y hediondo polvo y deleznable escoria
          Mi fatigado espíritu encontró.

          Mujeres vi de virginal limpieza
          Entre albas nubes de celeste lumbre;
          Yo las toqué, y en humo su pureza
          Trocarse vi, y en lodo y podredumbre.

          Y encontré mi ilusión desvanecida
          Y eterno e insaciable mi deseo:
          Palpé la realidad y odié la vida;
          Sólo en la paz de los sepulcros creo.

          Y busco aún y busco codicioso,
          Y aún deleites el alma finge y quiere:
          Pregunto y un acento pavoroso
          "¡Ay! -me responde-, desespera y muere.

          Muere, infeliz: la vida es un tormento,
          Un engaño el placer; no hay en la tierra
          Paz para ti, ni dicha, ni contento,
          Sino eterna ambición y eterna guerra.

          Que así castiga Dios el alma osada,
          Que aspira loca, en su delirio insano,
          De la verdad para el mortal velada
          A descubrir el insondable arcano".

          ¡Oh!, cesa; no, yo no quiero
          Ver más, ni saber ya nada:
          Harta mi alma y postrada,
          Sólo anhela descansar.

          En mí muera el sentimiento,
          Pues ya murió mi ventura,
          Ni el placer ni la tristura
          Vuelvan mi pecho a turbar.

          Pasad, pasad en óptica ilusoria
          Y otras jóvenes almas engañad:
          Nacaradas imágenes de gloria,
          Coronas de oro y de laurel, pasad.

          Pasad, pasad mujeres voluptuosas,
          Con danza y algazara en confusión;
          Pasad como visiones vaporosas
          Sin conmover ni herir mi corazón.

          Y aturdan mi revuelta fantasía
          Los brindis y el estruendo del festín,
          Y huya la noche y me sorprenda el día
          En un letargo estúpido y sin fin.

          Ven, Jarifa; tú has sufrido
          Como yo; tú nunca lloras;
          Mas ¡ay triste!, que no ignoras
          Cuán amarga es mi aflicción.
          Una misma es nuestra pena,
          En vano el llanto contienes.
          Tú también, como yo, tienes
          Desgarrado el corazón.

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        A la muerte de Torrijos y sus compañeros

          Helos allí: junto a la mar bravía
          Cadáveres están, ¡ay!, los que fueron
          Honra del libre, y con su muerte dieron
          Almas al cielo, a España nombradía.

          Ansia de patria y libertad henchía
          Sus nobles pechos que jamás temieron,
          Y las costas de Málaga los vieron
          Cual sol de gloria en desdichado día.

          Españoles, llorad; mas vuestro llanto
          Lágrimas de dolor y sangre sean,
          Sangre que ahogue a siervos y opresores,

          Y los viles tiranos, con espanto,
          Siempre delante amenazando vean
          Alzarse sus espectros vengadores.

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        A un ruiseñor

          Canta en la noche, canta en la mañana,
          Ruiseñor, en el bosque tus amores;
          Canta, que llorará cuando tú llores
          El alba perlas en la flor temprana.

          Teñido el cielo de amaranta y grana,
          La brisa de la tarde entre las flores
          Suspirará también a los rigores
          De tu amor triste y tu esperanza vana.

          Y en la noche serena, al puro rayo
          De la callada luna, tus cantares
          Los ecos sonarán del bosque umbrío.

          Y vertiendo dulcísimo desmayo,
          Cual bálsamo suave en mis pesares,
          Endulzará tu acento el labio mío.

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        A una estrella

          ¿Quién eres tú, lucero misterioso,
          Tímido y triste entre luceros mil,
          Que cuando miro tu esplendor dudoso,
          Turbado siento el corazón latir?
          ¿Es acaso tu luz recuerdo triste
          De otro antiguo perdido resplandor,
          Cuando engañado como yo creíste
          Eterna tu ventura que pasó?
          Tal vez con sueños de oro la esperanza
          Acarició tu pura juventud,
          Y gloria y paz y amor y venturanza
          Vertió en el mundo tu primera luz.
          Y al primer triunfo del amor primero
          Que embalsamó en aromas el Edén,
          Luciste acaso, mágico lucero,
          Protector del misterio y del placer.
          Y era tu luz voluptuosa y tierna
          La que entre flores resbalando allí
          Inspiraba en el alma un ansia eterna
          De amor perpetuo y de placer sin fin.
          Mas ¡ay!, que luego el bien y la alegría
          En llanto y desventura se trocó:
          Tu esplendor empañó niebla sombría;
          Sólo un recuerdo al corazón quedó.
          Y ahora melancólico me miras
          Y tu rayo es un dardo del pesar
          Si amor aún al corazón inspiras,
          Es un amor sin esperanza ya.

          ¡Ay lucero!, yo te vi
          Resplandecer en mi frente,
          Cuando palpitar sentí
          Mi corazón dulcemente
          Con amante frenesí.

          Tu faz entonces lucía
          Con más brillante fulgor,
          Mientras yo me prometía
          Que jamás se apagaría
          Para mí tu resplandor.

          ¿Quién aquel brillo radiante
          ¡Oh lucero!, te robó,
          Que oscureció tu semblante,
          Y a mi pecho arrebató
          La dicha en aquel instante?

          ¿O acaso tú siempre así
          Brillaste y en mi ilusión
          Yo aquel esplendor te di
          Que amaba mi corazón,
          Lucero, cuando te vi?

          Una mujer adoré
          Que imaginaría yo un cielo;
          Mi gloria en ella cifré,
          Y de un luminoso velo
          En mi ilusión la adorné.

          Y tú fuiste la aureola
          Que iluminaba su frente,
          Cual los aires arrebola
          El fúlgido sol naciente,
          Y el puro azul tornasola.

          Y astro de dicha y amores,
          Se deslizaba mi vida
          A la luz de tus fulgores,
          Por fácil senda florida,
          Bajo un cielo de colores.

          Tantas dulces alegrías,
          Tantos mágicos ensueños
          ¿Dónde fueron?
          Tan alegres fantasías,
          Deleites tan halagüeños,
          ¿Qué se hicieron?

          Huyeron con mi ilusión
          Para nunca más tornar,
          Y pasaron,
          Y sólo en mi corazón
          Recuerdos, llanto y pesar
          ¡Ay!, dejaron.

          ¡Ah lucero!, tú perdiste
          También tu puro fulgor,
          Y lloraste;
          También como yo sufriste,
          Y el crudo arpón del dolor
          ¡Ay!, probaste.

          ¡Infeliz! ¿Por qué volví
          De mis sueños de ventura
          Para hallar
          Luto y tinieblas en ti,
          Y lágrimas de amargura
          Que enjugar?

          Pero tú conmigo lloras,
          Que eres el ángel caído
          Del dolor,
          Y piedad llorando imploras,
          Y recuerdas tu perdido
          Resplandor.

          Lucero, si mi quebranto
          Oyes, y sufres cual yo,
          ¡Ay!, juntemos
          Nuestras quejas, nuestro llanto:
          Pues nuestra gloria pasó,
          Juntos lloremos.

          Mas hoy miro tu luz casi apagada,
          Y un vago padecer mi pecho siente:
          Que está mi alma de sufrir cansada,
          Seca ya de las lágrimas la fuente.

          ¡Quién sabe!... tú recobrarás acaso
          Otra vez tu pasado resplandor,
          A ti tal vez te anunciará tu ocaso
          Un oriente más puro que el del sol.

          A mí tan solo penas y amargura
          Me quedan en el valle de la vida;
          Como un sueño pasó mi infancia pura,
          Se agosta ya mi juventud florida.

          Astro sé tú de candidez y amores
          Para el que luz te preste en su ilusión,
          Y ornado el porvenir de blancas flores,
          Sienta latir de amor su corazón.

          Yo indiferente sigo mi camino
          A merced de los vientos y la mar,
          Y entregado, en los brazos del destino,
          Ni me importa salvarme o zozobrar.

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        A ***, dedicándole estas poesías

          Marchitas ya las juveniles flores,
          Nublado el sol de la esperanza mía,
          Hora tras hora cuento y mi agonía
          Crece, y mi ansiedad y mis dolores.

          Sobre terso cristal ricos colores
          Pinta alegre tal vez mi fantasía,
          Cuando la triste realidad sombría
          Mancha el cristal y empaña sus fulgores.

          Los ojos vuelvo en su incesante anhelo,
          Y gira en torno indiferente el mundo,
          Y en torno gira indiferente el cielo.

          A ti las quejas de mi mal profundo,
          Hermosa sin ventura, yo te envío:
          Mis versos son tu corazón y el mío.

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        Canción de la muerte

          Débil mortal no te asuste
          Mi oscuridad ni mi nombre;
          En mi seno encuentra el hombre
          Un término a su pesar.
          Yo, compasiva, te ofrezco
          Lejos del mundo un asilo,
          Donde a mi sombra tranquilo
          Para siempre duerma en paz.

          Isla yo soy del reposo
          En medio el mar de la vida,
          Y el marinero allí olvida
          La tormenta que pasó;
          Allí convidan al sueño
          Aguas puras sin murmullo,
          Allí se duerme al arrullo
          De una brisa sin rumor.

          Soy melancólico sauce
          Que su ramaje doliente
          Inclina sobre la frente
          Que arrugara el padecer,
          Y aduerme al hombre, y sus sienes
          Con fresco jugo rocía
          Mientras el ala sombría
          Bate el olvido sobre él.

          Soy la virgen misteriosa
          De los últimos amores,
          Y ofrezco un lecho de flores,
          Sin espina ni dolor,
          Y amante doy mi cariño
          Sin vanidad ni falsía;
          No doy placer ni alegría,
          Más es eterno mi amor.

          En mí la ciencia enmudece,
          En mí concluye la duda
          Y árida, clara, desnuda,
          Enseño yo la verdad;
          Y de la vida y la muerte
          Al sabio muestro el arcano
          Cuando al fin abre mi mano
          La puerta a la eternidad.

          Ven y tu ardiente cabeza
          Entre mis manos reposa;
          Tu sueño, madre amorosa;
          Eterno regalaré;
          Ven y yace para siempre
          En blanca cama mullida,
          Donde el silencio convida
          Al reposo y al no ser.

          Deja que inquieten al hombre
          Que loco al mundo se lanza;
          Mentiras de la esperanza,
          Recuerdos del bien que huyó;
          Mentiras son sus amores,
          Mentiras son sus victorias,
          Y son mentiras sus glorias,
          Y mentira su ilusión.

          Cierre mi mano piadosa
          Tus ojos al blanco sueño,
          Y empape suave beleño
          Tus lágrimas de dolor.
          Yo calmaré tu quebranto
          Y tus dolientes gemidos,
          Apagando los latidos
          De tu herido corazón.

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        Canción del pirata

          Con diez cañones por banda,
          Viento en popa a toda vela,
          No corta el mar, sino vuela,
          Un velero bergantín:
          Bajel pirata que llaman,
          Por su bravura el Temido,
          En todo mar conocido
          Del uno al otro confín.

          La luna en el mar riela,
          En la lona gime el viento,
          Y alza en blando movimiento
          Olas de plata y azul;
          Y ve el capitán pirata,
          Cantando alegre en la popa,
          Asia a un lado; al otro, Europa;
          Y allá, a su frente, Estambul.

          Navega, velero mío,
          Sin temor;
          Que ni enemigo navío,
          Ni tormenta, ni bonanza,
          Tu rumbo a torcer alcanza,
          Ni a sujetar tu valor.

          Veinte presas
          Hemos hecho
          A despecho
          Del inglés,
          Y han rendido
          Cien naciones
          Sus pendones
          A mis pies.

          Que es mi barco mi tesoro,
          Que es mi Dios la libertad,
          Mi ley la fuerza y el viento,
          Mi única patria la mar.

          Allá muevan feroz guerra
          Ciegos reyes
          Por un palmo más de tierra;
          Que yo tengo aquí por mío
          Cuanto abarca el mar bravío,
          A quien nadie impuso leyes.

          Y no hay playa
          Sea cualquiera,
          Ni bandera
          De esplendor
          Que no sienta
          Mi derecho
          Y de pecho
          A mi valor.

          Que es mi barco mi tesoro
          A la voz de ¡Barco viene!
          Es de ver
          Cómo vira y se previene
          A todo trapo escapar;
          Que yo soy el rey del mar,
          Y mi furia es de temer.

          En las presas
          Yo divido
          Lo cogido
          Por igual;
          Sólo quiero
          Por riqueza
          La belleza
          Sin rival.

          Que es mi barco mi tesoro
          ¡Sentenciado estoy a muerte!
          Yo me río;
          No me abandone la suerte
          Y al mismo que me condena
          Colgaré de alguna antena,
          Quizá en su propio navío.

          Y si caigo,
          ¿Qué es la vida?
          Por perdida
          Ya la di,
          Cuando el yugo
          Del esclavo
          Como un bravo
          Sacudí.

          Que es mi barco mi tesoro
          Son mi música mejor
          Aquilones;
          El estrépito y temblor
          De los cables sacudidos,
          Del negro mar los bramidos
          Y el rugir de mis cañones.

          Y del trueno
          Al son violento
          Y del viento
          Al rebramar
          Yo me duermo
          Sosegado,
          Arrullado
          Por la mar.

          Que es mi barco mi tesoro,
          Que es mi Dios la libertad,
          Mi ley la fuerza y el viento,
          Mi única patria la mar.

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        Canta en la noche

          Canta en la noche, canta en la mañana,
          Ruiseñor, en el bosque tus amores;
          Canta, que llorará cuando tú llores
          El alba perlas en la flor temprana.

          Teñido el cielo de amaranto y grana,
          La brisa de la tarde entre las flores
          Suspirará también a los rigores
          De tu amor triste y tu esperanza vana.

          Y en la noche serena, al puro rayo
          De la callada luna, tus cantares
          Los ecos sonarán del bosque umbrío.

          Y vertiendo dulcísimo desmayo,
          Cual bálsamo suave en mis pesares,
          Endulzará tu acento el labio mío.

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        Canto a Teresa (fragmento)

          ¡Oh, Teresa! ¡Oh, dolor! Lágrimas mías
          ¡Ah!, ¿dónde estáis, que no corréis a mares?
          ¿Por qué, por qué como en mejores días
          No consoláis vosotras mis pesares?
          ¡Oh, los que no sabéis las agonías
          De un corazón que penas a millares,
          ¡Ay!, desgarraron y que ya no llora,
          ¡Piedad tened de mi tormento ahora!
          ¡Oh, dichosos mil veces, sí, dichosos
          Los que podéis llorar y ay, sin ventura
          De mí, que entre suspiros angustiosos
          Ahogar me siento en mi infernal tortura!
          ¡Refuércese entre nudos dolorosos
          Mi corazón, gimiento de amargura!
          También tu corazón, hecho pavesa,
          ¡Ay!, llegó a no llorar, ¡pobre Teresa!
          ¿Quién pensará jamás, Teresa mía,
          Que fuera eterno manantial de llanto
          Tanto inocente amor, tanta alegría,
          Tantas delicias y delirio tanto?
          ¿Quién pensara jamás llegase un día
          En que perdido el celestial encanto
          Y caída la venda de los ojos,
          Cuanto diera placer causara enojos?

          ¡Pobre Teresa! ¡Al recordarle siento
          Un pesar tan intenso...! Embarga impío
          Mi quebrantada voz mi sentimiento,
          Y suspira tu nombre el labio mío;
          Para allí su carrera el pensamiento,
          Hiela mi corazón punzante frío,
          Ante mis ojos la funesta losa
          Donde, vil polvo, tu beldad reposa.

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        El canto del cosaco

          ¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Hurra!
          La Europa os brinda espléndido botín:
          Sangrienta charca sus campiñas sean,
          De los grajos su ejército festín.

          ¡Hurra! ¡a caballo, hijos de la niebla!
          Suelta la rienda, a combatir volad:
          ¿Veis esas tierras fértiles?, las puebla
          Gente opulenta, afeminada ya.

          Casas, palacios, campos y jardines,
          Todo es hermoso y refulgente allí:
          Son sus hembras celestes serafines,
          Su sol alumbra un cielo de zafir.

          ¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Hurra!
          La Europa os brinda espléndido botín:
          Sangrienta charca sus campiñas sean,
          De los grajos su ejército festín.

          Nuestros sean su oro y sus placeres,
          Gocemos de ese campo y ese sol;
          Son sus soldados menos que mujeres,
          Sus reyes viles mercaderes son.

          Vedlos huir para esconder su oro,
          Vedlos cobardes lágrimas verter...
          ¡Hurra! volad: sus cuerpos, su tesoro
          Huellen nuestros caballos con sus pies.
          ¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Hurra!
          La Europa os brinda espléndido botín:
          Sangrienta charca sus campiñas sean,
          De los grajos su ejército festín.

          Dictará allí nuestro capricho leyes,
          Nuestras casas alcázares serán,
          Los cetros y coronas de los reyes
          Cual juguetes de niños rodarán.
          ¡Hurra! ¡volad! a hartar nuestros deseos:
          Las más hermosas nos darán su amor,
          Y no hallarán nuestros semblantes feos,
          Que siempre brilla hermoso el vencedor.
          ¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Hurra!
          La Europa os brinda espléndido botín:
          Sangrienta charca sus campiñas sean,
          De los grajos su ejército festín.

          Desgarraremos la vencida Europa
          Cual tigres que devoran su ración;
          En sangre empaparemos nuestra ropa
          Cual rojo manto de imperial señor.
          Nuestros nobles caballos relinchando
          Regias habitaciones morarán;
          Cien esclavos, sus frentes inclinando,
          Al mover nuestros ojos temblarán.
          ¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Hurra!
          La Europa os brinda espléndido botín:
          Sangrienta charca sus campiñas sean,
          De los grajos su ejército festín.

          Venid, volad, guerreros del desierto,
          Como nubes en negra confusión,
          Todo suelto el bridón, el ojo incierto,
          Todos atropellándose en montón.
          Id en la espesa niebla confundidos,
          Cual tromba que arrebata el huracán,
          Cual témpanos de hielo endurecidos
          Por entre rocas despeñados van.
          ¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Hurra!
          La Europa os brinda espléndido botín:
          Sangrienta charca sus campiñas sean,
          De los grajos su ejército festín.

          Nuestros padres un tiempo caminaron
          Hasta llegar a una imperial ciudad;
          Un sol más puro es fama que encontraron,
          Y palacios de oro y de cristal.
          Vadearon el Tibre sus bridones,
          Yerta a sus pies la tierra enmudeció;
          Su sueño con fantásticas canciones
          La fada de los triunfos arrulló.
          ¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Hurra!
          La Europa os brinda espléndido botín:
          Sangrienta charca sus campiñas sean,
          De los grajos su ejército festín.

          ¡Qué! ¿No sentís la lanza estremecerse,
          Hambrienta en vuestras manos de matar?
          ¿No veis entre la niebla aparecerse
          Visiones mil que el parabién nos dan?
          Escudo de esas míseras naciones
          Era ese muro que abatido fue;
          La gloria de Polonia y sus blasones
          En humo y sangre convertidos ved.
          ¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Hurra!
          La Europa os brinda espléndido botín:
          Sangrienta charca sus campiñas sean,
          De los grajos su ejército festín.

          ¿Quién en dolor trocó sus alegrías?
          ¿Quién sus hijos triunfante encadenó?
          ¿Quién puso fin a sus gloriosos días?
          ¿Quién en su propia sangre los ahogó?
          ¡Hurra, cosacos! ¡Gloria al más valiente!
          Esos hombres de Europa nos verán:
          ¡Hurra! nuestros caballos en su frente
          Hondas sus herraduras marcarán.
          ¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Hurra!
          La Europa os brinda espléndido botín:
          Sangrienta charca sus campiñas sean,
          De los grajos su ejército festín.

          A cada bote de la lanza ruda,
          A cada escape en la abrasada lid,
          La sangrienta ración de carne cruda
          Bajo la silla sentiréis hervir.
          Y allá después en templos suntuosos,
          Sirviéndonos de mesa algún altar,
          Nuestra sed calmarán vinos sabrosos,
          Hartará nuestra hambre blanco pan.
          ¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Hurra!
          La Europa os brinda espléndido botín:
          Sangrienta charca sus campiñas sean,
          De los grajos su ejército festín.

          Y nuestras madres nos verán triunfantes,
          Y a esa caduca Europa a nuestros pies,
          Y acudirán de gozo palpitantes
          En cada hijo a contemplar un rey.
          Nuestros hijos sabrán nuestras acciones,
          Las coronas de Europa heredarán,
          Y a conquistar también otras regiones
          El caballo y la lanza aprestarán.
          ¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Hurra!
          La Europa os brinda espléndido botín:
          Sangrienta charca sus campiñas sean,
          De los grajos su ejército festín.

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        El mendigo

          Mío es el mundo: como el aire libre,
          Otros trabajan porque coma yo;
          Todos se ablandan si doliente pido
          Una limosna por amor de Dios.

          El palacio, la cabaña
          Son mi asilo,
          Si del ábrego el furor
          Troncha el roble en la montaña,
          O que inunda la campaña
          El torrente asolador.

          Y a la hoguera
          Me hacen lado
          Los pastores
          Con amor.
          Y sin pena
          Y descuidado
          De su cena
          Ceno yo,
          O en la rica
          Chimenea,
          Que recrea
          Con su olor,
          Me regalo
          Codicioso
          Del banquete
          Suntuoso
          Con las sobras
          De un señor.

          Y me digo: el viento brama,
          Caiga furioso turbión;
          Que al son que cruje de la seca leña,
          Libre me duermo sin rencor ni amor.
          Mío es el mundo como el aire libre...

          Todos son mis bienhechores,
          Y por todos
          A Dios ruego con fervor;
          De villanos y señores
          Yo recibo los favores
          Sin estima y sin amor.

          Ni pregunto
          Quiénes sean,
          Ni me obligo
          A agradecer;
          Que mis rezos
          Si desean,
          Dar limosna
          Es un deber.
          Y es pecado
          La riqueza:
          La pobreza
          Santidad:
          Dios a veces
          Es mendigo,
          Y al avaro
          Da castigo,
          Que le niegue
          Caridad.

          Yo soy pobre y se lastiman
          Todos al verme plañir,
          Sin ver son mías sus riquezas todas,
          Qué mina inagotable es el pedir.
          Mío es el mundo: como el aire libre...

          Mal revuelto y andrajoso,
          Entre harapos
          Del lujo sátira soy,
          Y con mi aspecto asqueroso
          Me vengo del poderoso,
          Y a donde va, tras él voy.

          Y a la hermosa
          Que respira
          Cien perfumes,
          Gala, amor,
          La persigo
          Hasta que mira,
          Y me gozo
          Cuando aspira
          Mi punzante
          Mal olor.
          Y las fiestas
          Y el contento
          Con mi acento
          Turbo yo,
          Y en la bulla
          Y la alegría
          Interrumpen
          La armonía
          Mis harapos
          Y mi voz:

          Mostrando cuán cerca habitan
          El gozo y el padecer,
          Que no hay placer sin lágrimas, ni pena
          Que no traspire en medio del placer.
          Mío es el mundo; como el aire libre...

          Y para mí no hay mañana,
          Ni hay ayer;
          Olvido el bien como el mal,
          Nada me aflige ni afana;
          Me es igual para mañana
          Un palacio, un hospital.

          Vivo ajeno
          De memorias,
          De cuidados
          Libre estoy;
          Busquen otros
          Oro y glorias,
          Yo no pienso
          Sino en hoy.
          Y do quiera
          Vayan leyes,
          Quiten reyes,
          Reyes den;
          Yo soy pobre,
          Y al mendigo,
          Por el miedo
          Del castigo,
          Todos hacen
          Siempre bien.

          Y un asilo donde quiera
          Y un lecho en el hospital
          Siempre hallaré, y un hoyo donde caiga
          Mi cuerpo miserable al espirar.

          Mío es el mundo: como el aire libre,
          Otros trabajan porque coma yo;
          Todos se ablandan, si doliente pido
          Una limosna por amor de Dios.

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        El Pelayo

          (Fragmento primero)

          I

          De los pasados siglos la memoria
          Trae a mi alma inspiración divina,
          Que las tinieblas de la antigua historia
          Con sus fulgentes rayos ilumina:
          Virtud contemplo, libertad y gloria,
          Crímenes, sangre, asolación, ruina,
          Rasgando el velo de la edad mi mente,
          Que osada vuela a la remota gente.

          II

          Tornan los siglos a emprender su giro
          De la sublime eternidad saliendo,
          Y antiguas gentes y ciudades miro
          Súbito ante mi vista apareciendo:
          De ellos a par en mi ilusión respiro,
          Oigo del pueblo el bullicioso estruendo,
          Y lleno el pecho de agradable susto,
          Contemplo el brillo del palacio augusto.

          III

          Al blando son de la armoniosa lira
          Oigo la voz de alegres trovadores,
          El aura siento que fragancia respira,
          Y al eco escucho murmurando amores;
          Al sol contemplo que a occidente gira
          Reverberando fúlgidos colores,
          De la corte del godo poderío
          Se alza orgullosa sobre el áureo río.

          IV

          Toledo, que de mágicos jardines
          Cercada, eleva su muralla altiva
          No guardada de fuertes paladines,
          Ornada sí de juventud festiva:
          Allí entregado a espléndidos festines,
          Rodrigo alegre y descuidado liba
          Copas de néctar de fragancia pura,
          Al deleite brindando y la hermosura.

          V

          Allí con ojos lánguidos respira
          Dulce placer, beldad voluptuosa,
          Y aroma exhala, si feliz suspira,
          Del puro labio de encarnada rosa,
          Rodrigo en ella codicioso mira
          La que a su amor se muestra desdeñosa,
          Que más que todas es cándida y linda,
          La dulce, bella, celestial Florinda.

          VI

          El ruido crece del festín en tanto,
          Y el grato néctar al deleite llama;
          Su pecho inunda deleitoso encanto,
          Y el fuego impuro del amor le inflama:
          Ebrio Rodrigo, desceñido el manto
          Alza la mano trémula, derrama
          El áureo vaso, y atrevido sella
          Dulce beso en el rostro a la doncella.

          VII

          Todo es placer: de su mansión de rosa
          La primavera cándida desciende,
          Y en el regazo de la tierra ansiosa
          El fuego animador de vida enciende:
          Templa del mar la furia procelosa,
          El viento en calma plácido suspende,
          Y derrama la aurora en sus albores
          Luz regalada y regaladas flores.

          VIII

          Abre la flor naciente el lindo seno,
          Y recibiendo el encendido
          En la esmeralda del otero ameno
          Vierte su dulce olor, gloria del mayo
          Pasa el arroyo plácido y sereno,
          Solícito besándola al soslayo;
          Ella en vivos colores se ilumina
          Y al dulce beso la cabeza inclina.

          IX

          Y en el pénsil do con rosada frente
          El halagüeño abril pasa riendo,
          A la sombra de un árbol eminente
          Está la juventud danzas tejiendo;
          Cual a la margen de la herbosa fuente
          Canta, blando laúd diestro tañendo,
          Y cual del baile y del cantor se aleja,
          Y a su dulce beldad tierno se queja.

          X

          Allí Rodrigo con incierta huella
          Lascivo sigue a la fatal Florinda;
          Ciego, arrastrado de ominosa estrella,
          Intenta audaz que a su furor se rinda.
          No oye ¡infeliz!, su mísera querella;
          La ve humilde a sus pies, la ve más linda,
          Y con lascivos ojos, con desdoro
          Mancha la hermosa flor de su decoro.

          XI

          En tanto encubre pavorosa nube
          El cielo en antes trasparente y terso,
          Y relumbra la espada del querube,
          Ministro del Señor del universo;
          Que ya la voz de la inocencia sube
          Que en llanto el gozo trocará al perverso,
          Y a la luz del relámpago se muestra
          Del rayo armada la divina diestra.

          XII

          Súbito un trueno retumbar se siente:
          "¡Himnos, vivas al rey!, la danza siga,
          Y nuestra dicha y júbilo acreciente
          El mutuo amor que nuestras almas liga".
          Tal grita aquella juventud demente,
          Y al rey ensalza que Jehová castiga.
          "¡Himnos, vivas al rey!". Súbito un rayo
          Heló sus pechos con mortal desmayo.

          XIII

          Envuelto en noche tenebrosa el mundo,
          Las densas nubes agitando, ondean
          Con sus olas los genios del profundo,
          Que con cárdeno surco centellean;
          Y al ronco trueno, al eco tremebundo
          De los opuestos vientos que pelean,
          Se oye la voz de la celeste saña:
          "¡Ay, Rodrigo infeliz! ¡Ay, triste España!".

          XIV

          Todo despareció: lóbrego luto
          Reina y silencio do el placer ardía,
          Do el mísero monarca disoluto
          En vil torpeza y embriaguez yacía.
          Guerra y desolación el triste fruto
          Al fin será de su lascivia impía,
          Y horrenda esclavitud: Rodrigo en tanto
          Verterá entre sus hembras débil llanto.

          XV

          ¡Maldición, maldición! Yertas las flores,
          Del huracán violento arrebatadas,
          El alegre pénsil de los amores
          Verá sus hojas por doquier sembradas;
          La música, el banquete, los favores
          Dulces de amor, las danzas animadas,
          El canto de las damas y galanes
          Trocados miro en lágrimas y afanes.

          XVI

          Tal otro tiempo en la soberbia cena
          Donde mofaba de Jehová el impío,
          Ya la medida al sufrimiento llena,
          Rebosó de ira caudaloso río;
          Y el rey asirio con amarga pena
          Vio en el muro de mármol con sombrío
          Fuego animarse escrito sobrehumano,
          Trazado allí por invisible mano.

        Arriba

        El reo de muerte

          I

          Reclinado sobre el suelo
          Con lenta amarga agonía,
          Pensando en el triste día
          Que pronto amanecerá;
          En silencio gime el reo
          Y el fatal momento espera
          En que el sol por vez postrera
          En su frente lucirá.

          Un altar y un crucifijo
          Y la enlutada capilla,
          Lánguida vela amarilla
          Tiñe en su luz funeral,
          Y junto al mísero reo,
          Medio encubierto el semblante
          Se oye al fraile agonizante
          En son confuso rezar.

          El rostro levanta el triste
          Y alza los ojos al cielo,
          Tal vez eleva en su duelo
          La súplica de piedad.
          ¡Una lágrima!, ¿es acaso
          De temor o de amargura?
          ¡Ay, a aumentar su tristura
          Vino un recuerdo quizá!

          Es un joven, y la vida
          Llena de sueños de oro,
          Pasó ya, cuando aún el lloro
          De la niñez no enjugó
          El recuerdo es de la infancia,
          ¡Y su madre que le llora,
          Para morir así ahora
          Con tanto amor le crió!

          Y a par que sin esperanza
          Ve ya la muerte en acecho,
          Su corazón en su pecho
          Siente con fuerza latir;
          Al tiempo que mira al fraile
          Que en paz ya duerme a su lado,
          Y que, ya viejo y postrado
          Le habrá de sobrevivir.

          ¿Mas qué rumor a deshora
          Rompe el silencio? Resuena
          Una alegre cantilena
          Y una guitarra a la par,
          Y de gritos y botellas
          Que se chocan el sonido,
          Y el amoroso estallido
          De los besos y el danzar.
          Y también pronto en son triste
          Lúgubre voz sonará:
          ¡Para hacer bien por el alma
          Del que van a ajusticiar!

          Y la voz de los borrachos,
          Y sus brindis, sus quimeras,
          Y el cantar de las rameras,
          Y el desorden bacanal
          En la lúgubre capilla
          Penetran, y carcajadas,
          Cual de lejos arrojadas
          De la mansión infemal.
          Y también pronto en son triste
          Lúgubre voz sonará:
          ¡Para hacer bien por el alma
          Del que van a ajusticiar!

          ¡Maldición!, al eco infausto,
          El sentenciado maldijo
          La madre que como a hijo
          A sus pechos le crió;
          Y maldijo el mundo todo,
          Maldijo su suerte impía,
          Maldijo el aciago día
          Y la hora en que nació.

          II

          Serena la luna
          Alumbra en el cielo,
          Domina en el suelo
          Profunda quietud;
          Ni voces se escuchan,
          Ni ronco ladrido,
          Ni tierno quejido
          De amante laúd.

          Madrid yace envuelto en sueño,
          Todo al silencio convida,
          Y el hombre duerme y no cuida
          Del hombre que va a espirar;
          Si tal vez piensa en mañana,
          Ni una vez piensa siquiera
          En el mísero que espera
          Para morir, despertar:
          Que sin pena ni cuidado
          Los hombres oyen gritar:
          ¡Para hacer bien por el alma
          Del que van a ajusticiar!

          ¡Y el juez también en su lecho
          Duerme en paz! ¡y su dinero
          El verdugo, placentero,
          Entre sueños cuenta ya!
          Tan sólo rompe el silencio
          En la sangrienta plazuela
          El hombre del mal que vela
          Un cadalso a levantar.

          Loca y confusa la encendida mente,
          Sueños de angustia y fiebre y devaneo,
          El alma envuelven del confuso reo,
          Que inclina al pecho la abatida frente.

          Y en sueños
          Confunde
          La muerte,
          La vida:
          Recuerda
          Y olvida,
          Suspira,
          Respira
          Con hórrido afán.

          Y en un mundo de tinieblas
          Vaga y siente miedo y frío,
          Y en su horrible desvarío
          Palpa en su cuello el dogal:
          Y cuanto más forcejea,
          Cuanto más lucha y porfía,
          Tanto más en su agonía
          Aprieta el nudo fatal.
          Y oye ruido, voces, gentes,
          Y aquella voz que dirá:
          ¡Para hacer bien por el alma
          Del que van a ajusticiar!

          O ya libre se contempla,
          Y el aire puro respira,
          Y oye de amor que suspira
          La mujer que a un tiempo amó,
          Bella y dulce cual solía,
          Tierna flor de primavera,
          El amor de la pradera
          Que el abril galán mimó.

          Y gozoso a verla vuela,
          Y alcanzarla intenta en vano,
          Que al tender la ansiosa mano
          Su esperanza a realizar,
          Su ilusión la desvanece
          De repente el sueño impío,
          Y halla un cuerpo mudo y frío
          Y un cadalso en su lugar:
          Y oye a su lado en son triste
          Lúgubre voz resonar:
          ¡Para hacer bien por el alma
          Del que van a ajusticiar!

        Arriba

        El verdugo

          De los hombres lanzado al desprecio,
          De su crimen la víctima fui,
          Y se evitan de odiarse a sí mismos,
          Fulminando sus odios en mí.
          Y su rencor
          Al poner en mi mano, me hicieron
          Su vengador;
          Y se dijeron
          "Que nuestra vergüenza común caiga en él;
          Se marque en su frente nuestra maldición;
          Su pan amasado con sangre y con hiel,
          Su escudo con armas de eterno baldón
          Sean la herencia
          Que legue al hijo,
          El que maldijo
          La sociedad".
          ¡Y de mí huyeron,
          De sus culpas el manto me echaron,
          Y mi llanto y mi voz escucharon
          Sin piedad!

          Al que a muerte condena le ensalzan...
          ¿Quién al hombre del hombre hizo juez?
          ¿Que no es hombre ni siente el verdugo
          Imaginan los hombres tal vez?
          ¡Y ellos no ven
          Que yo soy de la imagen divina
          Copia también!
          Y cual dañina
          Fiera a que arrojan un triste animal
          Que ya entre sus dientes se siente crujir,
          Así a mí, instrumento del genio del mal,
          Me arrojan el hombre que traen a morir.
          Y ellos son justos,
          Yo soy maldito;
          Yo sin delito
          Soy criminal:
          Mirad al hombre
          Que me paga una muerte; el dinero
          Me echa al suelo con rostro altanero,
          ¡A mí, su igual!

          El tormento que quiebra los huesos
          Y del reo el histérico ¡ay!,
          Y el crujir de los nervios rompidos
          Bajo el golpe del hacha que cae,
          Son mi placer.
          Y al rumor que en las piedras rodando
          Hace, al caer,
          Del triste saltando
          La hirviente cabeza de sangre en un mar,
          Allí entre el bullicio del pueblo feroz
          Mi frente serena contemplan brillar,
          Tremenda, radiante con júbilo atroz
          Que de los hombres
          En mí respira
          Toda la ira,
          Todo el rencor:
          Que a mí pasaron
          La crueldad de sus almas impía,
          Y al cumplir su venganza y la mía
          Gozo en mi horror.

          Ya más alto que el grande que altivo
          Con sus plantas hollara la ley
          Al verdugo los pueblos miraron,
          Y mecido en los hombros de un rey:
          Y en él se hartó,
          Embriagado de gozo aquel día
          Cuando espiró;
          Y su alegría
          Su esposa y sus hijos pudieron notar,
          Que en vez de la densa tiniebla de horror,
          Miraron la risa su labio amargar,
          Lanzando sus ojos fatal resplandor.
          Que el verdugo
          Con su encono
          Sobre el trono
          Se asentó:
          Y aquel pueblo
          Que tan alto le alzara bramando,
          Otro rey de venganzas, temblando,
          En él miró.

          En mí vive la historia del mundo
          Que el destino con sangre escribió,
          Y en sus páginas rojas Dios mismo
          Mi figura imponente grabó.
          La eternidad
          Ha tragado cien siglos y ciento,
          Y la maldad
          Su monumento
          En mí todavía contempla existir;
          Y en vano es que el hombre do brota la luz
          Con viento de orgullo pretenda subir:
          ¡Preside el verdugo los siglos aún!
          Y cada gota
          Que me ensangrienta,
          Del hombre ostenta
          Un crimen más.
          Y yo aún existo,
          Fiel recuerdo de edades pasadas,
          A quien siguen cien sombras airadas
          Siempre detrás.

          ¡Oh!, ¿por qué te ha engendrado el verdugo,
          Tú, hijo mío, tan puro y gentil?
          En tu boca la gracia de un ángel
          Presta gracia a tu risa infantil.
          !Ay!, tu candor,
          Tu inocencia, tu dulce hermosura
          Me inspira horror.
          ¡Oh!, ¿tu ternura,
          Mujer, a qué gastas con ese infeliz?
          ¡Oh!, muéstrate madre piadosa con él;
          Ahógale y piensa será así feliz.
          ¿Qué importa que el mundo te llame cruel?
          ¿Mi vil oficio
          Querrás que siga,
          Que te maldiga
          Tal vez querrás?
          ¡Piensa que un día
          Al que hoy miras jugar inocente,
          Maldecido cual yo y delincuente
          También verás!

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        Elegía a la patria

          ¡Cuán solitaria la nación que un día
          Poblara inmensa gente!
          ¡La nación cuyo imperio se extendía
          Del ocaso al oriente!

          Lágrimas viertes, infeliz ahora,
          Soberana del mundo,
          ¡Y nadie de tu faz encantadora
          Borra el dolor profundo!

          Oscuridad y luto tenebroso
          En ti vertió la muerte,
          Y en su furor el déspota sañoso
          Se complació en tu suerte.

          No perdonó lo hermoso, patria mía;
          Cayó el joven guerrero,
          Cayó el anciano, y la segur impía
          Manejó placentero.

          So la rabia cayó la virgen pura
          Del déspota sombrío,
          Como eclipsa la rosa su hermosura
          En el sol del estío.

          ¡Oh vosotros, del mundo, habitadores!,
          Contemplad mi tormento:
          ¿Igualarse podrán ¡ah!, qué dolores
          Al dolor que yo siento?

          Yo, desterrado de la patria mía,
          De una patria que adoro,
          Perdida miro su primer valía,
          Y sus desgracias lloro.

          Hijos espurios y el fatal tirano
          Sus hijos han perdido,
          Y en campo de dolor su fértil llano
          Tienen ¡ay!, convertido.

          Tendió sus brazos la agitada España,
          Sus hijos implorando;
          Sus hijos fueron, mas traidora saña
          Desbarató su bando.

          ¿Qué se hicieron tus muros torreados?
          ¡Oh mi patria querida!
          ¿Dónde fueron tus héroes esforzados,
          Tu espada no vencida?

          ¡Ay!, de tus hijos en la humilde frente
          Está el rubor grabado:
          A sus ojos caídos tristemente
          El llanto está agolpado.

          Un tiempo España fue: cien héroes fueron
          En tiempos de ventura,
          Y las naciones tímidas la vieron
          Vistosa en hermosura.

          Cual cedro que en el Líbano se ostenta,
          Su frente se elevaba;
          Como el trueno a la virgen amedrenta,
          Su voz las aterraba.

          Mas ora, como piedra en el desierto,
          Yaces desamparada,
          Y el justo desgraciado vaga incierto
          Allá en tierra apartada.

          Cubren su antigua pompa y poderío
          Pobre yerba y arena,
          Y el enemigo que tembló a su brío
          Burla y goza en su pena.

          Vírgenes, destrenzad la cabellera
          Y dadla al vago viento:
          Acompañad con arpa lastimera
          Mi lúgubre lamento.

          Desterrados, ¡oh Dios!, de nuestros lares,
          Lloremos duelo tanto:
          ¿Quién calmará, ¡oh España!, tus pesares?,
          ¿Quién secará tu llanto?

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        ¡Guerra!

          ¿Oís?, es el cañón. Mi pecho hirviendo
          El cántico de guerra entonará,
          Y al eco ronco del cañón venciendo,
          La lira del poeta sonará.

          El pueblo ved que la orgullosa frente
          Levanta ya del polvo en que yacía,
          Arrogante en valor, omnipotente,
          Terror de la insolente tiranía.
          Rumor de voces siento,
          Y al aire miro deslumbrar espadas,
          Y desplegar banderas;
          Y retumban al son las escarpadas
          Rocas del Pirineo;
          Y retiemblan los muros
          De la opulenta Cádiz, y el deseo
          Crece en los pechos de vencer lidiando;
          Brilla en los rostros* el marcial contento,
          Y dondequiera generoso acento
          Se alza de patria y libertad tronando.

          Al grito de la patria
          Volemos, compañeros,
          Blandamos los aceros
          Que intrépida nos da.
          A par en nuestros brazos
          Ufanos la ensalcemos
          Y al mundo proclamemos:
          "España es libre ya".
          ¡Mirad, mirad en sangre,
          Y lágrimas teñidos
          Reír los forajidos,
          Gozar en su dolor!
          ¡Oh!, fin tan sólo ponga
          Su muerte a la contienda,
          Y cada golpe encienda
          Aún más nuestro rencor.
          ¡Oh siempre dulce patria
          Al alma generosa!
          ¡Oh siempre portentosa
          Magia de libertad!
          Tus ínclitos pendones
          Que el español tremola,
          Un rayo tornasola
          Del iris de la paz.
          En medio del estruendo
          Del bronce pavoroso,
          Tu grito prodigioso
          Se escucha resonar.
          Tu grito que las almas
          Inunda de alegría,
          Tu nombre que a esa impía
          Caterva hace temblar.
          ¿Quién hay, ¡oh compañeros!,
          Que al bélico redoble
          No sienta el pecho noble
          Con júbilo latir?
          Mirad centelleantes
          Cual nuncios ya de gloria,
          Reflejos de victoria
          Las armas despedir.

          ¡Al arma!, ¡al arma!, ¡mueran los carlistas!
          Y al mar se lancen con bramido horrendo
          De la infiel sangre caudalosos ríos,
          Y atónito contemple el océano
          Sus olas combatidas
          Con la traidora sangre enrojecidas.

          Truene el cañón: el cántico de guerra,
          Pueblos ya libres, con placer alzad:
          Ved, ya desciende a la oprimida tierra,
          Los hierros a romper, la libertad.

        Arriba

        Himno a la inmortalidad

          ¡Salve llama creadora del mundo,
          Lengua ardiente de eterno saber,
          Pero germen, principio fecundo
          Que encadenas la muerte a tus pies!

          Tú la inerte materia espoleas,
          Tú la ordenas juntarse a vivir,
          Tú su lodo modelas, y creas
          Miles de seres de formas sin fin.

          Desbarata tus obras en vano
          Vencedora la muerte tal vez;
          De sus restos levanta tu mano
          Nuevas obras triunfante otra vez.

          Tú la hoguera del sol alimentas,
          Tú revistes los cielos de azul,
          Tú la luna en las sombras de argentas,
          Tú coronas la aurora de luz.

          Gratos ecos al bosque sombrío,
          Verde pompa a los árboles das,
          Melancólica música al río,
          Ronco grito a las olas del mar.

          Tú el aroma en las flores exhalas,
          En los valles suspiras de amor,
          Tú murmuras del aura en las alas,
          En el Bóreas retumba tu voz.

          Tú derramas el oro en la tierra
          En arroyos de hirviente metal;
          Tú abrillantas la perla que encierra
          En su abismo profundo la mar.

          Tú las cárdenas nubes extiendes
          Negro manto que agita Aquilón;
          Con tu aliento los aires enciendes,
          Tus rugidos infunden pavor.

          Tú eres pura simiente de vida,
          Manantial sempiterno del bien;
          Luz del mismo Hacedor desprendida,
          Juventud y hermosura es tu ser.

          Tú eres fuerza secreta que el mundo
          En sus ejes impulsa a rodar,
          Sentimiento armonioso y profundo
          De los orbes que anima tu faz.

          De tus obras los siglos que vuelan
          Incansables artífices son,
          Del espíritu ardiente cincelan
          Y embellecen la estrecha prisión.

          Tú en violento, veloz torbellino,
          Los empujas enérgica, y van;
          Y adelante en tu raudo camino
          A otros siglos ordenas llegar.

          Hombre débil, levanta la frente,
          Pon tu labio en su eterno raudal;
          Tú serás como el sol en Oriente,
          Tú serás, como el mundo, inmortal.

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        Himno al sol

          Para y óyeme, ¡oh sol! yo te saludo
          Y extático ante ti me atrevo a hablarte:
          Ardiente como tú mi fantasía,
          Arrebatada en ansia de admirarte
          Intrépidas a ti sus alas guía.
          ¡Ojalá que mi acento poderoso,
          Sublime resonando,
          Del trueno pavoroso
          La temerosa voz sobrepujando,
          ¡Oh sol! ¡A ti llegara
          Y en medio de tu curso te parara!
          ¡Ah! Si la llama que mi mente alumbra
          Diera también su ardor a mis sentidos;
          Al rayo vencedor que los deslumbra,
          Los anhelantes ojos alzaría,
          Y en tu semblante fúlgido atrevidos,
          Mirando sin cesar, los fijaría.
          ¡Cuánto siempre te amé, sol refulgente!
          ¡Con qué sencillo anhelo,
          Siendo niño inocente,
          Seguirte ansiaba en el tendido cielo,
          Y extático te vía
          Y en contemplar tu luz me embebecía!
          De los dorados límites de Oriente
          Que ciñe el rico en perlas Océano,
          Al término sombroso de Occidente,
          Las orlas de tu ardiente vestidura
          Tiendes en pompa, augusto soberano,
          Y el mundo bañas en tu lumbre pura,
          Vívido lanzas de tu frente el día,
          Y, alma y vida del mundo,
          Tu disco en paz majestuoso envía
          Plácido ardor fecundo,
          Y te elevas triunfante,
          Corona de los orbes centellante.
          Tranquilo subes del cénit dorado
          Al regio trono en la mitad del cielo,
          De vivas llamas y esplendor ornado,
          Y reprimes tu vuelo:
          Y desde allí tu fúlgida carrera
          Rápido precipitas,
          Y tu rica encendida cabellera
          En el seno del mar trémula agitas,
          Y tu esplendor se oculta,
          Y el ya pasado día
          Con otros mil la eternidad sepulta.
          ¡Cuántos siglos sin fin, cuántos has visto
          En su abismo insondable desplomarse!
          ¡Cuánta pompa, grandeza y poderío
          De imperios populosos disiparse!
          ¿Qué fueron ante ti? Del bosque umbrío
          Secas y leves hojas desprendidas,
          Que en círculos se mecen,
          Y al furor de Aquilón desaparecen.
          Libre tú de la cólera divina,
          Viste anegarse el universo entero,
          Cuando las hojas por Jehová lanzadas,
          Impelidas del brazo justiciero
          Y a mares por los vientos despeñadas,
          Bramó la tempestad; retumbó en torno
          El ronco trueno y con temblor crujieron
          Los ejes de diamante de la tierra;
          Montes y campos fueron
          Alborotado mar, tumba del hombre.
          Se estremeció el profundo;
          Y entonces tú, como señor del mundo,
          Sobre la tempestad tu trono alzabas,
          Vestido de tinieblas,
          Y tu faz engreías,
          Y a otros mundos en paz resplandecías,
          Y otra vez nuevos siglos
          Viste llegar, huir, desvanecerse
          En remolino eterno, cual las olas
          Llegan, se agolpan y huyen de Océano,
          Y tornan otra vez a sucederse;
          Mientras inmutable tú, solo y radiante
          ¡Oh sol!, siempre te elevas,
          Y edades mil y mil huellas triunfante.
          ¿Y habrás de ser eterno, inextinguible,
          Sin que nunca jamás tu inmensa hoguera
          Pierda su resplandor, siempre incansable,
          Audaz siguiendo tu inmortal carrera,
          Hundirse las edades contemplando
          Y solo, eterno, perenal, sublime,
          Monarca poderoso, dominando?
          No; que también la muerte,
          Si de lejos te sigue,
          No menos anhelante te persigue.
          ¿Quién sabe si tal vez pobre destello
          Eres tú de otro sol que otro universo
          ¡Mayor que el nuestro un día
          Con doble resplandor esclarecía!
          Goza tu juventud y tu hermosura,
          ¡Oh sol!, que cuando el pavoroso día
          Llegue que el orbe estalle y se desprenda
          De la potente mano
          Del Padre soberano,
          Y allá a la eternidad también descienda,
          Deshecho en mil pedazos, destrozado
          Y en piélagos de fuego
          Envuelto para siempre y sepultado;
          De cien tormentas al horrible estruendo,
          En tinieblas sin fin tu llama pura
          Entonces morirá, noche sombría
          Cubrirá eterna la celeste cumbre:
          Ni aún quedará reliquia de tu lumbre!

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        La cautiva

          Ya el sol esconde sus rayos,
          El mundo en sombras se vela,
          El ave a su nido vuela.
          Busca asilo el trovador.

          Todo calla: en pobre cama
          Duerme el pastor venturoso:
          En su lecho suntuoso
          Se agita insomne el señor.

          Se agita; mas, ¡ay! reposa
          Al fin en su patrio suelo;
          No llora en mísero duelo
          La libertad que perdió.

          Los campos ve que a su infancia
          Horas dieron de contento,
          Su oído halaga el acento
          Del país donde nació.

          No gime ilustre cautivo
          Entre doradas cadenas,
          Que si bien de encanto llenas,
          Al cabo cadenas son.

          Si acaso, triste lamenta,
          En torno ve a sus amigos,
          Que, de su pena testigos,
          Consuelan su corazón.

          La arrogante erguida palma
          Que en el desierto florece,
          Al viajero sombra ofrece,
          Descanso y grato manjar.

          Y, aunque sola, allí es querida
          Del árabe errante y fiero,
          Que siempre va placentero
          A su sombra a reposar.

          Mas, ¡ay triste!, yo cautiva,
          Huérfana y sola suspiro,
          El clima extraño respiro,
          Y amo a un extraño también.

          No hallan mis ojos mi patria;
          Humo han sido mis amores;
          Nadie calma mis dolores
          Y en celos me siento arder.

          ¡Ah! ¿Llorar? ¿Llorar? No puedo
          Ni ceder a mi tristura,
          Ni consuelo en mi amargura
          Podré jamás encontrar.

          Supe amar como ninguna,
          Supe amar correspondida;
          Despreciada, aborrecida,
          ¿No sabré también odiar?

          ¡Adiós, patria!, ¡adiós, amores!
          La infeliz Zoraida ahora
          Sólo venganzas implora,
          Ya condenada a morir.

          No soy ya del castellano
          La sumisa enamorada:
          Soy la cautiva cansada
          Ya de dejarse oprimir.

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        La desesperación

          (Atribuido a José de Espronceda)

          Me gusta ver el cielo
          Con negros nubarrones
          Y oír los aquilones
          Horrísonos bramar,
          Me gusta ver la noche
          Sin luna y sin estrellas,
          Y sólo las centellas
          La tierra iluminar.

          Me agrada un cementerio
          De muertos bien relleno,
          Manando sangre y cieno
          Que impida el respirar,
          Y allí un sepulturero
          De tétrica mirada
          Con mano despiadada
          Los cráneos machacar.

          Me alegra ver la bomba
          Caer mansa del cielo,
          E inmóvil en el suelo,
          Sin mecha al parecer,
          Y luego embravecida
          Que estalla y que se agita
          Y rayos mil vomita
          Y muertos por doquier.

          Que el trueno me despierte
          Con su ronco estampido,
          Y al mundo adormecido
          Le haga estremecer,
          Que rayos cada instante
          Caigan sobre él sin cuento,
          Que se hunda el firmamento
          Me agrada mucho ver.

          La llama de un incendio
          Que corra devorando
          Y muertos apilando
          Quisiera yo encender;
          Tostarse allí un anciano,
          Volverse todo tea,
          Y oír como chirrea
          ¡Qué gusto!, ¡qué placer!

          Me gusta una campiña
          De nieve tapizada,
          De flores despojada,
          Sin fruto, sin verdor,
          Ni pájaros que canten,
          Ni sol haya que alumbre
          Y sólo se vislumbre
          La muerte en derredor.

          Allá, en sombrío monte,
          Solar desmantelado,
          Me place en sumo grado
          La luna al reflejar,
          Moverse las veletas
          Con áspero chirrido
          Igual al alarido
          Que anuncia el expirar.

          Me gusta que al averno
          Lleven a los mortales
          Y allí todos los males
          Les hagan padecer;
          Les abran las entrañas,
          Les rasguen los tendones,
          Rompan los corazones
          Sin de ayer caso hacer.

          Insólita avenida
          Que inunda fértil vega,
          De cumbre en cumbre llega,
          Y arrasa por doquier;
          Se lleva los ganados
          Y las vides sin pausa,
          Y estragos miles causa,
          ¡Qué gusto!, ¡qué placer!

          Las voces y las risas,
          El juego, las botellas,
          En torno de las bellas
          Alegres apurar;
          Y en sus lascivas bocas,
          Con voluptuoso halago,
          Un beso a cada trago
          Alegres estampar.

          Romper después las copas,
          Los platos, las barajas,
          Y abiertas las navajas,
          Buscando el corazón;
          Oír luego los brindis
          Mezclados con quejidos
          Que lanzan los heridos
          En llanto y confusión.

          Me alegra oír al uno
          Pedir a voces vino,
          Mientras que su vecino
          Se cae en un rincón;
          Y que otros ya borrachos,
          En trino desusado,
          Cantan al dios vendado
          Impúdica canción.

          Me agradan las queridas
          Tendidas en los lechos,
          Sin chales en los pechos
          Y flojo el cinturón,
          Mostrando sus encantos,
          Sin orden el cabello,
          Al aire el muslo bello
          ¡Qué gozo!, ¡qué ilusión!

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        Las quejas de su amor

          Bellísisma parece
          Al vástago prendida,
          Gallarda y encendida
          De abril la linda flor;
          Empero muy más bella
          La virgen ruborosa
          Se muestra, al dar llorosa
          Las quejas de su amor.

          Suave es el acento
          De dulce amante lira,
          Si al blando son suspira
          De noche el trovador;
          Pero aún es más suave
          La voz de la hermosura
          Si dice con ternura
          Las quejas de su amor.

          Grato es en noche umbría
          Al triste caminante
          Del alma radiante
          Mirar el resplandor;
          Empero es aun más grato
          El alma enamorada
          Oír de su adorada
          Las quejas de su amor.

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        Octava real

          El estandarte ved que en Ceriñola
          El gran Gonzalo desplegó triunfante,
          La noble enseña ilustre y española
          Que al indio domeñó y al mar de Atlante;
          Regio pendón que al aire se tremola,
          Don de Cristina, enseña relumbrante,
          Verla podremos en la lid reñida
          Rasgada sí, pero jamás vencida.

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        Soneto

          Fresca, lozana, pura y olorosa,
          Gala y adorno del pénsil florido,
          Gallarda puesta sobre el ramo erguido,
          Fragancia esparce la naciente rosa.

          Mas si el ardiente sol lumbre enojosa
          Vibra, del can en llamas encendido,
          El dulce aroma y el color perdido,
          Sus hojas lleva el aura presurosa.

          Así brilló un momento mi ventura
          En alas del amor, y hermosa nube
          Fingí tal vez de gloria y de alegría.

          Mas ¡ay!, que el bien trocóse en amargura,
          Y deshojada por los aires sube
          La dulce flor de la esperanza mía.

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       Rimbaud, Arthur
       Rojas, Gonzalo
       Rojas, Jorge
       Romero, Elvio
       Ruy Sánchez, Alberto
       Sabines, Jaime
       Salinas, Pedro
       Santos Chocano, José
       Shakespeare, William
       Shelley, Percy Bysshe
       Silva, José Asunción
       Storni, Alfonsina
       Swann, Matilde Alba
       Symons, Julian
       Teillier, Jorge
       Tennyson, Alfred
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       Torres Bodet, Jaime
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