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    Información biográfica

  1. Canto IX. Último canto de Safo
  2. Canto X. El primer amor
  3. Canto XII. El infinito (Versión I)
  4. Canto XII. El infinito (Versión II)
  5. Canto XIV. A la Luna
  6. Canto XVI. La vida solitaria
  7. Canto XVIII. A su dama
  8. Canto XX. La resurrección
  9. Canto XXI. A Silvia
  10. Canto XXII. Los recuerdos
  11. Canto XXIV. La calma después de la tormenta
  12. Canto XXV. El sábado en la aldea
  13. Canto XXVI. El pensamiento dominante
  14. Canto XXVIII. A sí mismo
  15. Canto XXX. Sobre un antiguo bajorrelieve sepulcral
  16. Canto XXXIII. El ocaso de la Luna
  17. Canto XXXV. Imitación
  18. Canto XXXVI. Pasatiempo
  19. Canto XXXVII. Fragmento
  20. Canto XXXVIII. Fragmento
  21. Canto XLI. Del griego de Simonedes




    Información biográfica

      Nombre: Giacomo Taldegardo Francesco di Sales Saverio Pietro Leopardi
      Lugar y fecha nacimiento: Recanati, Macerata (Italia), 29 de junio de 1798
      Lugar y fecha defunción: Nápoles, Campania (Italia), 14 de junio de 1837 (38 años)

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      Canto I. A Italia

        ¡Italia mía! Miro muros, arcos,
        Columnas, simulacros, las caídas
        Torres de nuestros padres;
        Mas no encuentro la gloria,
        Ni el hierro y los laureles que abrumaban
        A nuestros ascendientes. Hoy, inerme
        El seno muestras y la sien desnuda;
        ¡Cielos! ¡Cuántas heridas!
        ¡Qué mortal lividez! Oh, cual te veo,
        ¡Bellísima mujer!, al cielo digo
        Y al mundo: ¿quién la puso
        En tal miseria? Y por mayor afrenta
        Duras cadenas cíñenle los brazos.
        Así, suelto el cabello, el velo roto
        Yace en tierra doliente y olvidada,
        Y la faz escondida
        En el regazo, llora.
        ¡Llora, Italia infeliz!, justo es que llores,
        Tú, que a todos venciste
        En las dichas al par que en los dolores.

        Si dos fuentes vertieran tus pupilas,
        Nunca pudiera el llanto
        Igualarse a tu mal y a tu vergüenza:
        Que de señora descendiste a esclava.
        ¿Quién recuerda tu historia
        Que, contemplando tu esplendor pasado,
        No diga: su grandeza ya no existe?
        ¿Por qué?, ¿por qué?, ¿dó están la antigua fuerza,
        Las armas, el valor y la constancia?
        ¿Quién te robó tu acero?
        ¿Quién te entregó?, ¿qué dolo, qué artificio,
        O qué poder tan grande
        Te arrancaron el manto y la diadema?
        ¿Cómo caíste y cuándo
        De tanta altura a tan profundo abismo?
        ¿Nadie lidia por ti? ¿No te defiende
        Hijo ninguno? ¡Al arma!, ¡al arma!, solo
        Entraré en lucha, rendiré la vida
        Y que mi sangre sea
        Fuego a nuestra nación adormecida.

        ¿Dó tus hijos están? Oigo son de armas,
        Y de carros, y voces, y timbales;
        En extrañas regiones
        Luchan tus descendientes.
        Escucha, Italia, escucha. ¿No divisas
        Un fluctuar de infantes y caballos,
        Y polvo y humo, y fulgurar de aceros,
        Cual rayo entre las sombras?
        ¿No te animas?, ¿las trémulas miradas
        Por qué no fijas en la incierta lucha?
        ¿Por quién, allá, combate
        La ítala juventud? ¡Númenes sacros!
        ¡Sirven a otra nación nuestros aceros!
        ¡Mísero el hombre que rindió la vida
        No por el patrio nido y por la amada
        Esposa e hijos caros,
        Mas por extraña gente,
        Y que morir no puede, balbuciendo:
        ¡Alma tierra natía!
        ¡Tú me diste el vivir: yo te lo ofrendo!

        Venturosa la edad en que corrían
        A morir por la patria
        Los animosos pueblos en legiones,
        ¡Y tu siempre glorioso y venerando,
        Oh tesálico estrecho,
        Do la Persia y el Hado menos fuertes
        Fueron qué pocas almas generosas!

        Fínjome que los troncos y las piedras
        Y el mar y la montaña, al pasajero
        Con indistintas voces
        Aún narran cómo la legión invicta
        Cubrió el lugar sangriento
        De cuerpos a la Grecia consagrados,
        Feroz y vil entonces
        Jerjes cruzaba el Helesponto en fuga,
        Ludibrio a nuestros nietos más lejanos,
        En la cima de Antela, do muriendo
        Burló a la muerte la legión divina,
        Simónides se alzaba
        Mirando el cielo, el campo y la marina.

        Y bañado de lágrimas el rostro,
        Ansioso el pecho, el paso vacilante,
        Empuñaba la lira:
        "¡Oh felices vosotros
        Que el pecho disteis a enemiga lanza,
        En homenaje a la que os dio la vida!
        Os honra Grecia y os admira el mundo.
        En medio de los azares,
        ¿Qué amor movió las juveniles mentes
        Y a temprano morir llevaros pudo?
        ¿Cómo tan dulce, oh hijos,
        Os fue la hora final, que sonriendo
        Fuisteis al trance lamentable y duro?
        ¡Dijérase que al baile y no a la muerte
        Ibais vosotros, o a festín glorioso,
        Y en cambio, os esperaban
        El orco y la onda muerta!
        Ni visteis a la esposa y al querido
        Hijo, cuando en la playa
        Sin un beso moristeis, ni un gemido.

        "Mas no del Persa sin horrendo duelo,
        E inacabable angustia:
        Como león en medio de un rebaño,
        La res asalta y le desgarra el lomo
        Con la potente zarpa,
        Y a otras los flancos y los muslos muerde,
        Tal, en medio de los persas, se encendía
        La rabia en los helenos corazones.
        Mira en tierra caballo y caballero;
        Obstáculo a la fuga
        Los carros son y derribadas tiendas;
        De los suyos al frente
        Huye el tirano, desgreñado y mustio,
        Y bañados y tintos
        En la sangre del bárbaro los griegos,
        Motivo al persa de infinito llanto,
        Vencidos por sus llagas, desfallecen
        Y uno sobre otro mueren. ¡Viva! ¡Viva!
        ¡Oh felices vosotros
        Mientras la humanidad hable o escriba!

        "Primero, de los cielos desprendidos,
        Cayendo al mar, estallarán los astros
        Que el amor y la gloria
        Que conquistasteis, mengüen.
        Vuestra tumba es un ara. Aquí la madre
        Vendrá a mostrar al párvulo la hermosa
        Huella de vuestra sangre. Yo, postrado
        ¡Héroes! sobre este suelo,
        El césped beso y las desnudas rocas,
        Que alabadas serán eternamente
        Del uno al otro polo.
        ¡Ah! ¡Si yo aquí yaciera y si regado
        Hubiera con mi sangre esta alma tierra!
        Mas si mi suerte es otra y no permite
        Que por la Grecia los murientes ojos,
        Cierre en la lid cruenta,
        Que a lo menos la intacta
        Fama del vate que os cantó, perdure
        Y el numen le conceda
        Tanto durar cuanto la vuestra dure".

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      Canto IX. Último canto de Safo

        Plácida noche y pudoroso rayo
        De la luna que muere; y tú que naces
        Sobre la roca, entre la muda selva,
        Nuncio del día; ¡oh caras, deleitosas
        Apariencias, mientras desconocía
        El hado y la pasión! ; ya no sonríe
        Dulce visión al desolado afecto.
        Sólo se aviva nuestro gozo insólito
        Cuando en el éter líquido girando
        Va, y por los campos trepidantes, la ola
        Polvorienta del noto, y cuando el carro,
        Grave carro de Júpiter, divide,
        Sobre nuestra cabeza, el aire oscuro.
        Nos place, por barrancos y hondos valles,
        Nadar entre el turbión, y ver la fuga
        De espantados rebaños, y del río
        En la insegura orilla
        La vencedora ira de la onda.

        Bello tu manto es, divino cielo;
        Bella tú, húmeda tierra. ¡Ay!, de esta inmensa
        Beldad parte ninguna concedieron
        Los dioses y la suerte despiadada
        A la mísera Safo. En tus soberbios
        Reinos, Natura, esclavo y grave huésped
        Y amante despreciada soy, y en vano
        En tus graciosas formas, suplicante
        Fijo los ojos. Para mí no ríen
        La abierta playa ni de etérea puerta
        El matutino albor; no me saludan
        El canto de pintados pajarillos
        Ni el murmullo del haya; ya la sombra
        Del inclinado sauce, donde corre
        Del candoroso arroyo el puro seno,
        A mi lúbrico pie la ondeante linfa
        Esquiva desdeñosa
        Y huye de las riberas perfumadas.

        ¿Qué pecado, qué exceso tan nefando
        Manchó mi nacimiento, que tan torvos
        Se me mostraron cielos y fortuna?
        ¿En qué pequé de niña, cuando ignara
        De maldad es la vida, que privada
        De juventud, y desflorado, el huso
        De la inflexible Parca retorcía
        Mi oscuro hilo vital? Incautas voces
        Tu labio esparce; el destinado evento
        Rige arcano poder. Arcano es todo
        Menos nuestro dolor. Prole olvidada,
        Para el llanto nacemos, y el motivo
        Sólo los dioses saben. ¡Oh esperanzas
        De la más verde edad! A la apariencia
        El Padre dio en el mundo eterno reino;
        Y por grandes que sean las empresas,
        Docto el canto o la lira,
        No luce la virtud en feo manto.

        Moriremos. Caído el velo indigno,
        Desnuda el alma bajará al averno,
        Y el crudo fallo enmendará del ciego
        Dispensador de eventos. Tú, que hondo
        Amor y fe me inspiras, por quien vano
        Furor me oprime de áspero deseo,
        Vive feliz, si puede en este mundo
        Feliz alguien vivir. Por mí no vierte
        El suave licor del vaso avaro
        Jove, después que el sueño y los engaños
        De mi niñez murieron. Los alegres
        Días de juventud rápidos pasan.
        Quedan los males, la vejez, la sombra
        De la gélida muerte. Así, de tantos
        Gratos errores y esperadas palmas,
        Resta el Tártaro; y va el osado ingenio
        A la tenaria diosa,
        La oscura noche y la silente orilla.

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      Canto X. El primer amor

        Vuelve a mi mente el día en que el combate
        Sentí de amor por vez primera, y dije:
        "¡Ay de mí, si es amor, cómo acongoja!"

        Con los ojos clavados en la tierra,
        Yo contemplaba a aquella que, inocente,
        Mi corazón hizo vibrar primero.

        ¡Ay amor, y cuán mal me gobernaste!
        ¿Por qué tan dulce amor debió consigo
        Llevar tanto dolor, tanto deseo,

        Y ni sereno, ni íntegro y sencillo,
        Mas lleno de lamentos y de afanes,
        Bajó a mi corazón tanto deleite?

        Y dime, tierno corazón, ¿qué espanto,
        Qué angustia era la tuya al pensamiento
        Junto al cual era hastío todo goce?;

        El pensamiento aquel, que, lisonjero,
        Se te ofreció en la noche, cuando todo
        Quieto en el hemisferio aparecía.

        Tú, infeliz venturoso e intranquilo,
        Me fatigabas el costado sobre
        El lecho, fuertemente palpitando.

        Y cuando triste, exhausto y afanoso,
        Yo los ojos cerraba, delirante
        Como por fiebre, el sueño no acudía.

        ¡Oh, qué viva surgía en las tinieblas
        La imagen dulce, y los cerrados ojos
        La contemplaban bajo de los párpados!

        ¡Qué latidos suavísimos sentía
        Recorrerme los huesos, qué confusos,
        Mudables pensamientos en el alma

        Alzábanse, lo mismo que en las copas
        De antigua selva el céfiro soplando
        Arranca un largo y trémulo murmullo!

        Mientras callaba, sin luchar, ¿qué hiciste,
        ¡Oh corazón!, cuando partía aquella
        Por quien pensando y palpitando vivo?

        Me sentía quemado lentamente
        Por la llama de amor, cuando la brisa
        Que la avivaba se extinguió de pronto.

        El nuevo día me encontró sin sueño,
        Y al corcel que debía dejarme solo
        Piafar oía ante el paterno albergue.

        Y yo, tímido, quieto e inexperto,
        En el balcón oscuro, inútilmente
        Aguzaba la vista y el oído

        Esperando escuchar la voz que de unos
        Labios debía salir por vez postrera;
        Aquella voz que el cielo ¡ay!, me vedaba.

        ¡Cuántas veces el vacilante oído
        Plebeya voz hirió, y heló mis venas
        E hizo latir el corazón con fuerza!

        Y cuando al corazón bajó el acento
        De aquella voz amada, y se escucharon
        De carros y caballos los rumores,

        Me quedé ciego, me encogí en el lecho
        Palpitando, y, cerrados ya los ojos,
        Oprimí el corazón entre mi mano.

        Luego, arrastrando las rodillas trémulas
        Por la callada estancia, tontamente,
        Decía: "¿Qué dolor puede ya herirme?"

        Amarguísimo entonces, el recuerdo
        Se me emplazó en el pecho, y se oprimía
        A toda voz, ante cualquier semblante.

        Largo dolor mi mente iba minando,
        Cual lluvia que al caer del vasto Olimpo
        Melancólicamente, el campo baña.

        No sabía de ti, garzón de nueve
        Y nueve soles, a llorar nacido,
        Cuando en mí hiciste la primera prueba.

        Y el placer desdeñando, no me era
        Grato el reír de un astro, ni el silencio
        De la aurora, ni el verdecer del prado.

        También faltaba el ansia de la gloria
        Del pecho, al que inflamar tanto solía,
        Pues la borró el amor por la belleza.

        Desatendí el estudio acostumbrado
        Y lo creía vano, porque vano
        Cualquier otro deseo imaginaba.

        ¿Cómo pude cambiar de tal manera
        Y que un amor borrara otros amores?
        En verdad, ¡ay de mí!, cuán vanos somos.

        Mi corazón tan solo me placía,
        Y de un perenne razonar esclavo
        Espiaba el dolor que lo embargaba.

        La vista fija en tierra o abstraída,
        Insoportable me era ver un rostro
        Fugitivo, ya fuese hermoso o feo,

        Pues temía turbar la inmaculada,
        Cándida imagen en mi mente fija,
        Cual la onda del lago turba el aire.

        Y aquel no haber gozado plenamente
        -Que de arrepentimiento llena mi alma
        Y el placer que pasó cambia en veneno-

        En los huidos días, a mi mente
        Estimula; que de vergüenza el duro
        Freno mi corazón ya no sujeta.

        Juro a los cielos y a las nobles almas
        Que nunca un bajo anhelo entró en mi pecho,
        Que ardí en un fuego inmaculado y puro.

        Vive aquel fuego aún, vive el afecto,
        Alienta en mi pensar la bella imagen
        De quien, si no celestes, otros goces
        Jamás tuve, y sólo ella satisface.

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      Canto XII. El infinito (Versión I)

        Amé siempre esta colina,
        Y el cerco que me impide ver
        Más allá del horizonte.
        Mirando a lo lejos los espacios ilimitados,
        Los sobrehumanos silencios y su profunda quietud,
        Me encuentro con mis pensamientos,
        Y mi corazón no se asusta.
        Escucho los silbidos del viento sobre los campos,
        Y en medio del infinito silencio tanteo mi voz:
        Me subyuga lo eterno, las estaciones muertas,
        La realidad presente y todos sus sonidos.
        Así, a través de esta inmensidad se ahoga mi pensamiento:
        Y naufrago dulcemente en este mar.

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      Canto XII. El infinito (Versión II)

        Siempre querido me fue este yermo cerro
        Y este cerco que tanta parte
        A la mirada excluye del último horizonte.
        Mas, sentado y mirando interminables
        Espacios de allá lejos, sobrehumanos
        Silencios y su hondísima quietud,
        Me quedo ensimismado hasta que casi
        El corazón no teme. Y como el viento
        Cuyo tráfago escucho entre las hojas, a este
        Silencio sin fin esta voz
        Voy comparando, y pienso en lo eterno
        Y en las muertas estaciones y en la viva presente,
        Y sus sonidos. Así a través de esta
        Inmensidad se anega el pensamiento mío;
        Y naufragar en este mar me es dulce.

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      Canto XIV. A la luna

        Oh tú, graciosa luna, bien recuerdo
        Que sobre esta colina, ahora hace un año,
        Angustiado venía a contemplarte:
        Y tú te alzabas sobre aquel boscaje
        Como ahora, que todo lo iluminas.
        Mas trémulo y nublado por el llanto
        Que asomaba a mis párpados, tu rostro
        Se ofrecía a mis ojos, pues doliente
        Era mi vida: y aún lo es, no cambia,
        Oh mi luna querida. Y aún me alegra
        El recordar y el renovar el tiempo
        De mi dolor. ¡Oh, qué dichoso es
        En la edad juvenil, cuando aún tan larga
        Es la esperanza y breve la memoria,
        El recordar las cosas ya pasadas,
        Aún tristes, y aunque duren las fatigas!

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      Canto XV. El sueño

        Era el alba, y detrás de los postigos
        Por el balcón el Sol insinuaba
        La luz primera en mi cerrada alcoba;
        Cuando en el tiempo que es más leve el sueño
        Y más suave cubre las pupilas,
        Junto a mí vino, y me miró a la cara
        El simulacro de la que primero
        El amor me enseñó y me dejó el llanto.
        No parecía muerta sino triste,
        Con semblante infeliz. Con la derecha
        Cogiendo mi cabeza y suspirando
        "¿Vives –me dijo– y guardas de nosotros
        Algún recuerdo?" Respondí: "¿De dónde
        Y cómo vienes, oh belleza? ¡Ah cuánto,
        Cuánto pené por ti: yo no pensaba
        Que pudieras saberlo, y esto hacía
        Aún más desconsolado mi dolor.
        ¿Pero vas a dejarme una vez más?
        Lo temo mucho. Di, ¿qué te ha ocurrido?
        ¿Eres tú la de ayer? ¿Y qué te aflige
        Eternamente?". "Ofusca la olvidanza
        Tu pensamiento, y lo confunde el sueño
        -Dijo-. Estoy muerta, y hace muchas lunas
        Me viste por postrera vez". Inmenso
        Dolor el pecho me oprimió al oírlo.
        Y prosiguió: "Morí en la flor del tiempo,
        Cuando la vida es más hermosa, y antes
        Que el corazón comprenda que son vanas
        Las esperanzas. El mortal enfermo
        Desea fácilmente a quien le libra
        De afanes; mas la muerte sin consuelo
        Llega a la juventud, y es duro el hado
        De la esperanza extinta bajo tierra.

        Vano es saber lo que a los inexpertos
        De la vida natura les esconde,
        Y al saber inmaduro en mucho gana
        El dolor ciego." "Oh cara, oh sin ventura,
        Calla, calla -le dije- pues el pecho
        Tu voz me rompe. ¿Así pues, estás muerta,
        Oh mi dilecta; y yo estoy vivo? ¿El cielo
        Ordenó pues que aquel sudor extremo
        Este cuerpo tan tierno y tan querido
        Probar debiera, y para mí quedaran
        Enteros mis despojos? ¡Cuántas veces,
        Al pensar que no vives y que nunca
        Te volveré a encontrar en este mundo,
        No lo puedo creer! Ay, ay, ¿qué es esto
        Llamado muerte? ¡Si hoy por experiencia
        Lo supiese e inerme la cabeza
        Sustrajera a los odios del destino!
        Soy joven, mas se pierde y se consume
        Mi juventud igual que la vejez
        Que aún está lejos, pero que me espanta.
        Pero de la vejez poco difiere
        De mis años la flor". "Los dos nacimos
        -Dijo- para llorar; a nuestra vida
        La dicha no rió; y se gozó el cielo
        Con nuestras penas". "Si de llanto el párpado
        -Añadí- y mi semblante emblanquecido
        Por tu partida ahora, y si de angustia
        Llevo el pecho cargado, di, ¿de amor
        Ascua alguna, o piedad alguna vez
        Hacia el mísero amante ardió en tu pecho
        Cuando vivías? Yo desesperando
        Y esperando pasaba día y noche
        Entonces; y hoy se cansa en vanas dudas
        Mi mente. Que si al menos una vez
        Dolor sentiste de mi negra vida
        Dímelo, te lo pido, y me socorra
        El recordar, pues de futuro privan
        A nuestros días”, y ella: "Oh desdichado,
        Consuélate. Yo de piedad avara
        En vida no te fui, ni ahora lo soy,
        Mísera yo también. No tengas queja
        De esta desgraciadísima muchacha".
        "Por nuestra desventura y el amor
        Que me oprime -exclamé- por el querido
        Nombre de juventud, y la perdida
        Esperanza, permíteme, oh amada,
        Que tu derecha toque". Y con un gesto
        Triste y suave me la dio, y al tiempo
        Que de besos la cubro, y de afanosa
        Dulzura palpitando a mi anhelante
        Seno la aprieto, de sudor hervían
        Pecho y rostro, la voz se me cortaba,
        Y vacilaba el día ante mis ojos.
        Cuando ella tiernamente su mirada
        Fijó en la mía, "¿Olvidas, oh querido,
        -Dijo- que estoy desnuda de belleza?
        Y tú de amor en vano, oh desdichado,
        Tiemblas y ardes, y ahora, al fin, adiós,
        Nuestros cuerpos y mentes se separan
        Eternamente. Para mí no vives
        Y nunca vivirás. Ya rompió el hado
        Tu fe jurada". Entonces con angustia
        Yendo a llorar, y delirando, henchidas
        Las pupilas de llanto sin consuelo,
        Dejé el sueño. Mas ella sin embargo
        Quedó en mis ojos. Y en el rayo incierto
        Del Sol me pareció seguirla viendo.

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      Canto XVI. La vida solitaria

        La lluvia matinal, cuando las alas
        Batiendo, salta alegre la gallina
        En la cerrada estancia, y el labriego
        Sale al balcón, y la naciente aurora
        Vibra su rayo trémulo, esmaltando
        Las transparentes gotas, en mi albergue
        Dulcemente llamando, me despierta.
        Salgo, y la leve nubecilla, el canto
        Primero de las aves, la aura grata
        Y de las playas la quietud bendigo.
        Harto os he conocido, infaustos muros
        De la ciudad, en donde el odio sigue
        Y acompaña al dolor: ¡que en la desgracia
        Vivo y he de morir, quizás en breve!
        Un resto de piedad tienes, Natura,
        Para mí en estos sitios, ¡ay!, un tiempo
        Más compasivos a mi mal. Tú apartas
        Del triste la mirada, y desdeñando
        Los dolores y afanes, a la reina
        Felicidad te humillas. El que sufre
        No halla en cielo ni tierra amiga mano,
        Ni otro refugio encontrará que el hierro.

        Tal vez me asiento en solitaria parte,
        Sobre una altura que domina un lago
        Coronado de plantas taciturnas;
        Allí, cuando al cenit radiante asciende
        El sol, refleja su tranquila imagen,
        Y ni hoja o yerba se conmueve al viento;
        No se ve ni se siente a la redonda
        Encresparse las olas; ni su canto
        Entonar la cigarra; ni las plumas
        El pájaro agitar entre las hojas,
        O retozar la mariposa leve.
        Calma profunda envuelve aquella orilla,
        Donde yo, inmóvil, reposando, casi
        Del mundo odioso y de mi ser me olvido;
        Y pienso que mis miembros se desatan,
        Que se extingue el sentir y que mi antigua
        Calma con la del sitio se confunde.

        ¡Amor, amor! Ha tiempo abandonaste
        Este mi corazón, que antes ardía
        Hasta abrasar. Con su aterida mano
        Oprimióle el pesar, y en duro hielo
        En la flor de mis años convirtióse.
        Acuérdome del tiempo en que viniste
        A habitar en mi pecho. Era aquel dulce
        E irrevocable tiempo, cuando se abre
        Al ojo juvenil la triste escena
        Del mundo, cual soñado paraíso.
        El tierno corazón ledo palpita
        De virgen esperanza y de deseos,
        Y se lanza a la acción, como pudiera
        Al juego y a la danza. Mas tan pronto
        Como pude entreverte, la fortuna
        Mi existencia rompió, y a mis pupilas
        Tocó por suerte sempiterno lloro.
        Si alguna vez por los abiertos campos
        En la callada aurora, o cuando brillan,
        Al sol techos, collados y llanuras
        Miro de hermosa jovenzuela el rostro;
        Si alguna vez, en la serena calma
        De estiva noche, el paso vagabundo,
        De la ciudad en derredor guiando,
        La hosca tierra contemplo, y de afanosa
        Niña, que activa nocturnal faena,
        Oigo sonar en la apartada estancia
        El canto melodioso, se conmueve
        Mi corazón de piedra; pero torna
        Pronto el férreo sopor que es ¡ay!, extraña
        Toda suave emoción al pecho mío.

        Oh cara Luna a cuya luz tranquila
        Danzan las liebres en el bosque, dando
        Enojo al cazador, que a la mañana
        Halla intrincadas las falaces huellas
        Que del cubil lo alejan: ¡salve, oh reina
        Benigna de las noches! Importuno
        Entra tu rayo por selvosos riscos
        O en ruinoso edificio, iluminando
        El puñal del ladrón, que escucha atento
        Fragor de ruedas y de cascos duros
        Y rumor de pisadas en la vía,
        Y saliendo de pronto, con estruendo
        De armas y roncas voces, y el ceñudo
        Aspecto, hiela al tímido viandante
        A quien desnudo y semivivo, deja
        Entre las piedras. Importuno baja
        También tu blanco rayo a las ciudades
        Sobre el vil corruptor que se desliza
        De los muros al pie, y en las espesas
        Sombras se oculta, y párase y se asusta
        De la luz que difunden los abiertos
        Balcones. Importuno a los malvados,
        A mí siempre benigno, tu semblante
        Aquí será, do sólo me descubres
        Risueñas cuestas y espaciosos campos.
        En otro tiempo, lleno de inocencia,
        Tus bellos rayos acusar solía,
        Cuando me denunciaban de los hombres
        A la mirada, en la ciudad, o cuando
        Ver me dejaban el humano aspecto.
        Ora los celebraré, ya te mire
        Envolverte entre nubes, ya serena
        Dominadora del etéreo campo,
        Esta morada mísera contemples.
        A menudo verásme, solo y mudo,
        Errar por bosques y por verdes ribas,
        O yacer en la yerba, satisfecho,
        Si aún el poder de suspirar me queda.

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      Canto XVIII. A su dama

        Cara beldad que, ausente,
        Amor me inspiras, o escondiendo el rostro
        Salvo que el alma ardiente
        En el sueño tu sombra no sorprenda,
        O en el campo en que esplenda
        Más claro el día y la creación más pura,
        ¿Acaso el inocente Siglo de Oro
        Colmaste ventura,
        Y eres en esta vida alado espíritu,
        U ocultándote ahora suerte avara
        Para futuras horas te prepara?

        Poder mirarte viva
        Mi corazón no espera,
        Sino en el día en que desnuda y sola
        Por nueva ruta a peregrina esfera
        Marche mi alma. En el albor primero
        De mi jornada incierta y tenebrosa,
        Te imaginé viajera,
        Por el árido mundo. Mas no hay cosa
        Que aquí se te asemeje, y aunque alguna
        Recordase tu rostro, nunca fuera
        En actos y en palabras tan hermosa.

        Entre tantos dolores
        Como a la vida humana ofrece el hado,
        Si verdadera y cual te pinta el alma
        Te amase algún mortal, para él sería
        El vivir más preciado.
        Bien claro veo que tu amor me haría,
        Cual en los verdes años, todavía
        Ansiar gloria y virtud. En vano el cielo
        Esquivo se mostrara a mis afanes;
        Que al lado tuyo este mortal camino
        Fuera un sueño divino.

        Por los valles, que escuchan
        Del laborioso agricultor el canto,
        Y donde me lamento mientras huye,
        El ilusorio y juvenil encanto,
        Y por las cumbres en que evoco y lloro
        Los deseos sin fruto y de mi vida
        La perdida esperanza, en ti pensando
        Comienzo a palpitar. ¡Ah si pudiera,
        En el ambiente tétrico y nefando
        Del siglo, conservar tu imagen pura!
        ¡Ella sola endulzara mi amargura!

        Si tú de las ideas eternales,
        Eres una, de aquellas que de formas
        Sensibles no vistió la eterna ciencia
        Ni entre caducos restos
        Soportan el dolor, de la existencia,
        O si acaso en el cielo donde giras
        Otra tierra te acoge entre sus mundos,
        Y más bella que el Sol próxima estrella
        Te alumbra, y más benigno éter aspiras,
        Desde aquí, donde llora aquel que vive,
        De ignoto amante la canción recibe.

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      Canto XX. La resurrección

        Yo imaginé que, íntegro,
        En mis años floridos
        El dulce afán faltaba
        De la primera edad;
        El afán, el ternísimo
        Latir del hondo pecho,
        Todo lo que en el mundo
        Hace grato el vivir.

        ¡Cuántas quejas y lágrimas
        Vertí en el nuevo estado,
        Cuando en mi pecho frío
        Hasta el dolor faltó!
        Faltó el latido sólito,
        Faltó el amor incluso,
        Y endurecido el pecho
        Cesó de suspirar.

        Y lamenté lo exánime,
        Desnudo de mi vida,
        La tierra desolada
        Que el hielo recubrió;
        Yermo el día; la tácita
        Noche oscura más sola;
        La luna y las estrellas
        Se ocultan para mí.

        Causa de aquellas lágrimas
        Era el afecto antiguo:
        Aún en lo hondo del pecho
        Vivía el corazón.
        Pedía sus imágenes
        La fantasía exhausta,
        Y la tristeza mía
        Era dolor aún.

        A poco hasta aquel último
        Dolor también moría,
        Y ya de lamentarme
        Fui del todo incapaz.
        Postrado, loco, atónito,
        No demandé consuelo;
        El corazón, perdido,
        Muerto, se abandonó.

        ¡Qué fui! ¡Qué cambiadísimo
        Está aquél que de ardores,
        De errores tan dichosos
        Su alma alimentó!
        La golondrina rápida
        De mi ventana en torno
        Cantando al nuevo día,
        No me causó placer,

        Ni en el otoño pálido
        En solitaria aldea
        La vespertina esquila,
        El fugitivo Sol.
        Brillar en vano el véspero
        Vi por mudos caminos;
        En vano el triste canto
        Del ruiseñor oí.

        Esos ojos dulcísimos,
        Furtivos y errabundos,
        De amadores gentiles
        Dulce amor inmortal,
        Y esa mano que, cándida,
        Se abandona en mi mano,
        Disipar no pudieron
        Mi penoso sopor.

        De todo goce huérfano,
        Triste, mas no aturdido,
        Y plácido mi estado,
        Serena era mi faz.
        Hubiera ansiado el término
        De la existencia mía,
        Mas muerto era el deseo
        Del laso corazón.

        Como en la edad decrépita
        Que avanza vil, desnuda,
        El abril conducía
        De mis años así;
        Pasaron ya los plácidos
        Días, corazón mío,
        Que, breves y fugaces,
        El cielo me otorgó.

        ¿Quién de la grave, incólume
        Paz me despierta ahora?
        ¿Qué virtud nueva es esta,
        Esta que siento en mí?
        Movimientos, imágenes,
        Latidos, dulces yerros,
        ¿Para ellos cerrado
        Mi corazón está?

        ¿Sois acaso la única
        Luz de la vida mía,
        Los afectos perdidos
        En la edad juvenil?
        Si el cielo, o verdes márgenes,
        Dondequiera que mire,
        Todo dolor me inspira,
        Todo placer me da.

        Bosques, playas, montículos
        Conmigo a vivir tornan;
        Con el mar y la fuente
        Habla mi corazón.
        ¿Qué me torna las lágrimas
        Después de tanto olvido?
        ¿Cómo el mundo aparece
        Cambiado a mi mirar?

        ¿Es la esperanza, oh mísero
        Corazón, que sonríe?
        ¡Ay, de esperanza el rostro
        Nunca volveré a ver!
        Los engaños dulcísimos
        Me dio naturaleza.
        Adormeció mis ansias
        La ingénita virtud.

        No pudieron vencérmela
        Ni el hado ni las cuitas,
        Ni con su vista impura
        La infausta realidad.
        Con sus dulces imágenes
        Ella no está de acuerdo;
        Que la natura es sorda,
        No tiene compasión.

        Que no es del bien solícita,
        Mas sólo de la vida;
        Sólo el dolor le importa
        E ignora lo demás.
        Sé que no encuentra el mísero
        Piedad entre los hombres,
        Y que, huyendo, se burla
        Todo mortal de él.

        Ignora la vil época,
        La virtud y el ingenio;
        Que falta al digno estudio
        La inútil gloria aún.
        Vosotros, ojos trémulos,
        Tú, rayo sobrehumano,
        Lucís inútilmente,
        No brilláis con amor.

        Ningún ignoto e íntimo
        Amor brilla en vosotros;
        No guarda una centella
        El blanco pecho en sí.
        De otros los ternísimos
        Cuidados pone en juego,
        Y de un fuego celeste
        Desprecio es la merced.

        En mí ya siento vívido
        El conocido engaño;
        De sus propios latidos
        Se asombra el corazón.
        De ti sólo esta última
        Energía procede;
        Viene cualquier consuelo
        Solamente de ti.

        Siento que falta al ánima
        Alta, gentil y pura,
        La natura, la suerte,
        El mundo y la beldad.
        Mas si tú vives, mísero,
        Si no cedes al hado,
        No llames inclemente
        A aquel que te creó.

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      Canto XXI. A Silvia

        ¿Todavía recuerdas
        De tu vida mortal, Silvia, aquel tiempo,
        En el que la beldad resplandecía
        En tus ojos huidizos y rientes,
        Y alegre y pensativa, los umbrales
        Juveniles cruzabas?

        Resonaban las calmas
        Estancias, y las calles
        Vecinas con tu canto inagotable,
        Mientras a las labores femeniles
        Te sentabas, dichosa
        De aquel vago futuro de tus sueños.
        Era el mayo oloroso: y tú solías
        Pasar el día así.

        Yo los gratos estudios
        Tal vez dejando los sudados pliegos,
        Que mi temprana edad
        Gastaban y de mí la mejor parte,
        En los balcones del hogar paterno
        Escuchaba el sonido de tu voz
        Y tu mano ligera
        Recorriendo la tela fatigosa.
        Miraba el cielo calmo,
        Los dorados caminos y los huertos,
        Y allá el lejano mar, y allá los montes.
        Lengua mortal no dice
        Lo que mi alma sentía.

        ¡Qué dulces pensamientos
        Que esperanzas, qué pálpitos, oh Silvia!
        ¡Cómo la vida humana
        Y el hado contemplábamos!
        Cuando recuerdo tantas ilusiones,
        Me abruma un sentimiento
        Acerbo y sin consuelo,
        Y me vuelve a doler mi desventura.
        Oh tú, naturaleza,
        ¿Por qué no das después
        Lo que un día prometes? ¿Por qué tanto
        Engañas a tus hijos?
        Antes que el frío arideciera el prado,
        De extraña enfermedad presa y vencida,
        Moriste, oh mi ternura, sin que vieras
        Las flores de tu edad;
        No alegraba tu alma
        El dulce elogio de las negras trenzas
        O de tu vista esquiva y amorosa,
        Ni contigo en las fiestas las amigas
        De amoríos hablaban.

        También murieron pronto
        Mis dulces esperanzas: a mis años
        También les negó el hado
        La juventud. ¡Ah, cómo,
        Cómo pasaste, cara compañera
        De mi primera edad,
        Mi llorada ilusión!

        ¿Es este el mundo aquel? ¿Estas las obras,
        El amor, los sucesos, los placeres
        De los que tanto entre los dos hablábamos?
        ¿Esta es la suerte de la raza humana?
        Al llegar la verdad
        Tú, mísera, caíste: y con la mano
        La fría muerte y la desnuda tumba
        De lejos señalabas.

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      Canto XXII. Los recuerdos

        No pensé, bellas luces de la Osa,
        Aún volver, cual solía, a contemplaros
        Sobre el jardín paterno titilantes,
        Y a hablaros acodado en la ventana
        De esta morada en que habité de niño,
        Y donde vi el final de mi alegría.
        ¡Cuántas quimeras, cuántas fantasías
        Creó antaño en mi mente vuestra vista
        Y los astros vecinos! Por entonces,
        Taciturno, sentado sobre el césped,
        Me pasaba gran parte de la noche
        Mirando el cielo, y escuchando el canto
        De la rana remota en la campiña.
        Y erraba la luciérnaga en los setos
        Y en el parterre, al viento susurrando
        Las sendas perfumadas, los cipreses,
        En el bosque; y oía alternas voces
        Bajo el techo paterno, y el tranquilo
        Quehacer de los criados, ¡y qué sueños,
        Qué pensamientos me inspiró la vista
        De aquel lejano mar, de los azules
        Montes que veo, y que cruzar un día
        Pensaba, arcanos mundos, dicha arcana
        Fingiendo a mi vivir! De mi destino
        Ignorante, y de todas cuantas veces
        Esta vida desnuda y dolorosa
        Trocado a gusto hubiera con la muerte.

        No supo el corazón que condenado
        Sería a consumir el verde tiempo
        En mi pueblo salvaje, entre una gente
        Zafia y vil, a la cual extraños nombres,
        Si no causa de risas y de mofa,
        Son doctrina y saber; que me odia y huye,
        No por envidia, pues que no me tiene
        Por superior a ella, pero piensa
        Que así me considero, aunque por fuera
        No doy a nadie nunca muestras de ello.
        Aquí paso los años, solo, oculto,
        Sin vida y sin amor; y entre malévolos,
        En huraño a la fuerza me convierto,
        De piedad y virtudes me despojo,
        Y con desprecio a los humanos miro,
        Por la grey que me cerca; y mientras, vuela
        El tiempo juvenil, aún más querido
        Que el laurel y la fama, que la pura
        Luz matinal, y el respirar: te pierdo
        Sin una dicha, inútilmente, en este
        Inhumano lugar, entre las cuitas,
        ¡Oh, única flor en esta vida yerma!

        Viene el viento trayendo el son de la hora
        De la torre del pueblo. Sosegaba
        Este son, lo recuerdo, siendo niño,
        Mis noches, cuando en vela me tenían
        Mis asiduos terrores en lo oscuro,
        Y deseaba el alba. Aquí no hay nada
        Que vea o sienta, donde alguna imagen
        No vuelva, o brote algún recuerdo dulce.
        Dulce por sí; mas con dolor se infiltra
        La idea del presente, un vano anhelo
        Del pasado, aunque triste, y el decirme:
        "Yo fui". La galería vuelta al último
        Rayo del día; los pintados muros,
        Los fingidos rebaños, y el naciente
        Sol sobre el campo a solas, en mis ojos
        Mil deleites pusieron, cuando al lado
        Mi error me hablaba poderoso, siempre,
        Doquier me hallase. En estas viejas salas,
        Al claror de la nieve, en torno a estas
        Amplias ventanas al silbar del viento,
        Resonaron los gozos, y mis voces
        Joviales, cuando el agrio y el indigno
        Misterio de las cosas de dulzura
        Lleno se muestra; entera, sin mancilla
        El mozo, cual amante aún inexperto,
        Va a su engañosa vida cortejando,
        Y celeste beldad fingiendo admira.

        ¡Oh esperanzas aquellas; tierno engaño
        De mi primera edad! Siempre, al hablar,
        Vuelvo a vosotras; que, aunque pase el tiempo,
        Y aunque cambie de afectos y de ideas,
        No sé olvidaros. Sé que son fantasmas
        La gloria y el honor; placer y bienes
        Mero deseo; estéril es la vida,
        Miseria inútil. Y si bien vacíos
        Están mis años, si desierto, oscuro
        Es mi estado mortal, poco me quita,
        Bien veo, la fortuna. Mas, a veces,
        Os recuerdo, mis viejas esperanzas,
        Y aquel querido imaginar primero;
        Luego contemplo mi vivir tan mísero
        Y tan doliente, y que la muerte es eso
        Que con tanta esperanza hoy se me acerca;
        Siento el pecho oprimido, que no sé
        De mi destino en nada consolarme,
        Y cuando al fin esta invocada muerte
        Esté a mi lado, y ya se acerque el fin
        De mi desdicha; cuando en valle extraño
        Se convierta la tierra, y de mis ojos
        El futuro se escape, estad seguras
        De que os recordaré: y que suspirar
        Me hará esta imagen, y el haber vivido
        En vano será amargo, y la dulzura
        Del fatal día aliviará mis cuitas.

        Ya en el primer tumulto juvenil
        De contentos, de angustias y deseos,
        Llamé a la muerte en muchas ocasiones,
        Y largo rato me senté en la fuente
        Pensando en acabar dentro de su agua
        Mi esperanza y dolor. Luego, por ciega
        Enfermedad mi vida peligrando,
        Lloré mi juventud, y de mis pobres
        Días la flor caída antes de tiempo,
        Y sentado a altas horas en mi lecho
        Consciente muchas veces, dolorido,
        Bajo la débil lámpara rimando,
        Lamenté, con la noche y el silencio,
        Mi alma fugitiva, y a mí mismo
        Exhausto me canté fúnebres cantos.

        ¿Quién puede recordaros sin suspiros,
        Juventud que llegabas nueva, días
        Hermosos, inefables, cuando al hombre
        Extasiado sonríen las doncellas
        Por vez primera; toda cosa en torno
        Pugna por sonreír; calla la envidia,
        Aún dormida o tal vez benigna; y casi
        (Inusitada maravilla) el mundo
        Su diestra mano tiende generosa,
        Excusa sus errores, y festeja
        Su entrar nuevo en la vida, y se le inclina
        Mostrando que por amo lo recibe?
        ¡Días fugaces que como el relámpago
        Se desvanecen! ¿Y un mortal ajeno
        Habrá de desventura, si pasada
        Esta hermosa estación, si el tiempo bueno,
        Su mocedad, ay mocedad, se extingue?

        ¡Oh Nerina! ¿Y de ti no escucho acaso
        Hablar a estos lugares? ¿De mi mente
        Acaso te caíste? ¿Dónde has ido,
        Que aquí de ti tan solo la memoria,
        Dulzura mía, encuentro? No te ve
        Esta tierra natal: esta ventana
        En que hablarme solías, y que ahora
        Triste luce a la luz de las estrellas,
        Está desierta. ¿Dónde estás? ¿No escucho
        Sonar tu voz, igual que en aquel día
        Cuando me hacía algún lejano acento
        De tu labio, al llegarme, emblanquecer
        El rostro? En otros tiempos. Ya se fueron
        Tus días, dulce amor. Pasaste. A otros
        Hoy les toca pasar por esta tierra
        Y habitar estas lomas perfumadas.
        Mas rápida pasaste; y como un sueño
        Fue tu vida. Danzabas; en la frente
        Te lucía la dicha, y en los ojos
        El confiado imaginar, el brillo
        De juventud, cuando sopló el destino,
        Y yaciste. ¡Ay, Nerina! El viejo amor
        Reina en mi pecho. Si es que a una tertulia
        O a alguna fiesta voy, para mí mismo
        Digo: ¡oh Nerina!, ya no te aderezas,
        Ya no acudes a fiestas ni a tertulias.
        Si vuelve mayo, y ramos y cantares
        Los novios les van dando a las muchachas,
        Digo: Nerina, para ti no vuelve
        Nunca la primavera, amor no vuelve.
        Cada día sereno o florecido
        Prado que miro, o gozo que yo siento
        Digo: Nerina ya no goza; el aire
        Y los campos no ve. ¡Pasaste, eterno
        Mi suspirar! ¡Pasaste! Y compañera
        Será ya de mis sueños, de mi tierno
        Sentir, de las queridas y las tristes
        Emociones, la amarga remembranza.

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      Canto XXIV. La calma después de la tormenta

        Pasó ya la tormenta;
        Los pájaros gorjean; la gallina
        Ha tornado al camino
        Y vuelve a cacarear. Sereno el cielo
        Surge a Poniente, sobre la montaña;
        Despéjanse los campos
        Y aparece en el valle el claro río.
        Todo pecho se alegra; en todas partes
        Renacen los rumores;
        El trabajo prosigue.
        A contemplar el cielo, el artesano,
        Obra en mano, cantando,
        Asómase a la puerta;
        Sale la joven a coger el agua
        De la reciente lluvia;
        Repite el verdulero
        De camino en camino
        El cotidiano grito.
        He ahí el Sol que retorna y que sonríe
        Por pueblos y colinas. Los balcones
        Y las terrazas abre la familia ;
        En el sendero escúchase a lo lejos
        Tintinear de esquilas; cruje el carro
        Del viajero que sigue su camino.

        Todo pecho se alegra.
        ¿Cuándo tan dulce y grata
        Es como ahora la vida?
        Con tanto amor, el hombre,
        ¿Cuándo se da a su estudio,
        Torna al trabajo, o nueva cosa emprende?
        ¿Cuándo se acuerda menos de sus males?
        Placer, de afanes hijo;
        Vano goce, que es fruto
        Del pasado temor, donde temblaba
        De espanto ante la muerte
        El que odiaba la vida;
        Donde, en largo tormento,
        Fría, callada y pálida,
        Palpitaba la gente, contemplando
        Desplomarse sobre ella
        Viento, rayos y nubes.

        Naturaleza afable,
        Las dádivas son estas,
        Son estos los deleites
        Que ofreces al mortal. Salir de penas
        Goce es para nosotros.
        Penas derramas largamente; el duelo
        Espontáneo surge, y los placeres
        Que por milagro algunas veces nacen
        De los afanes, son gran suerte. ¡Humana
        Prole cara a los dioses! Feliz casi
        Si descansar te dejan
        De algún dolor; dichosa
        Si la muerte te cura de ellos todos.

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      Canto XXV. El sábado en la aldea

        A la puesta del Sol, la alegre niña
        Torna de la campiña
        Con su haz de yerba y el florido ramo
        En que lucen al par violeta y rosa,
        Y que, inocente, apresta
        Para adornar gozosa
        Pecho y cabellos al llegar la fiesta.
        A par con la vecina
        Siéntase a hilar en el umbral la anciana
        Volviendo el rostro al astro que declina,
        Y se transporta a la estación lejana
        Cuando, aún fresca doncella,
        Danzaba al terminarse la semana,
        Con sus amigas de la edad más bella.
        El aire se obscurece,
        Se matizan de azul los horizontes,
        Y descienden las sombras de los montes
        Cuando la luna cándida aparece.
        La torre de la villa
        La fiesta anuncia, y sus alegres sones
        Bajan a confortar los corazones.
        Sobre la plaza la vivaz cuadrilla
        De rapaces gritando
        Y aquí y allí saltando,
        Alza rumor que anima y alboroza;
        Mientras silbando el labrador regresa
        Y sentado a su mesa
        Con el descanso que prevé, se goza.

        Cuando el silencio con la sombra crece
        Y toda luz fenece,
        Oigo el martillo que tenaz golpea
        En el taller, do el oficial se afana
        Por dejar terminada la tarea
        Antes de que despunte la mañana.

        Este es de la semana
        El más hermoso y el postrero día.
        Mañana tornarán fastidio y pena,
        Y a la habitual faena
        Cada cual volverá como solía.

        ¡Jovencillo gracioso!
        Tu dulce edad florida
        Es como un día de alborozo lleno,
        Día claro y sereno,
        Que precede a la fiesta de tu vida.
        ¡Goza, gózalo pues! Edad de flores,
        Suave estación es esta:
        Nada más te diré; pero no llores
        Si se retarda tu anhelada fiesta.

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      Canto XXVI. El pensamiento dominante

        Poderoso, dulcísimo
        Dominador de mi profunda mente;
        Terrible, más querido
        Don del cielo; consorte
        De mis lúgubres días,
        Pensamiento que siempre ante mí tornas.

        De tu natura arcana,
        ¿Quién no habla? Su influjo entre nosotros,
        ¿Quién no siente? Mas siempre
        Que al decir sus efectos
        La humana lengua el sentir propio excita,
        Nuevo parece por lo que razona.

        ¡Cuán desierta mi mente
        Quedó desde el instante
        En que tú la escogiste por morada!
        Raudos como el relámpago, de en torno
        Todos mis pensamientos
        Se alejaron. Lo mismo que una torre
        En solitario campo,
        Estás solo, gigante, en medio de ella.

        ¡En qué, fuera de ti, se han convertido
        Las obras terrenales,
        Toda la vida entera ante mis ojos!
        ¡Qué intolerable hastío
        El ocio acostumbrado,
        La del vano placer, vana esperanza,
        Al lado de ese gozo,
        Gozo celeste que de ti procede!

        Como desde las rocas
        Del Apenino abrupto
        A un campo verde que lejano ríe
        Los ojos vuelve ansioso el peregrino,
        Tal yo del rudo y seco
        Mundano conversar, ávidamente
        Regreso a ti como a un jardín ameno
        Y restauro a tu lado mis sentidos.

        Me parece increíble
        Que la vida infeliz y el necio mundo
        Durante tanto tiempo
        Sin ti haya soportado;
        Entender no consigo
        Que por otros deseos
        De ti distintos haya quien suspire.

        Jamás desde el momento
        En que entender la vida lograr pude
        Turbó mi pecho el miedo de la muerte.
        Hoy me parece un juego
        La que el inepto mundo,
        Loando a veces, aborrece y teme,
        Necesidad extrema;
        Y si acaso el peligro se presenta,
        Arrostro sonriendo su amenaza.

        Siempre al cobarde, al alma
        Miserable y abyecta
        Desprecié. Y hoy cualquier acción indigna
        Me hiere los sentidos;
        Desdén siente mi alma
        Por todo ejemplo de vileza humana.
        A esta edad orgullosa
        Que se nutre de huecas esperanzas
        Y ama lo vano y la virtud combate,
        Que clama por lo útil
        Y no ve que la vida
        Por eso en más inútil se convierte,
        Superior yo me creo.
        Me burlo del humano juicio; al vulgo
        Que el bello pensamiento
        Desdeña, pisoteo con desprecio.

        Ante aquello que inspiras,
        ¿Qué otro afecto no cede?
        Más aún, ¿qué otro afecto
        Asiento tiene aquí entre los mortales?
        Avaricia, desdén, odio, soberbia,
        Ansias de honor, de mando,
        ¿Qué son sino caprichos
        Comparados con él? Sólo un afecto
        Vive en nosotros; uno,
        Poderoso, que dieron
        Eternas leyes al humano pecho.

        Valor no tiene, ni razón la vida,
        Sino por él, que para el hombre es todo;
        Sola disculpa al hado
        Que al mortal en la tierra
        Puso para sufrir sin otro fruto;
        Sólo por quien a veces,
        No la estúpida gente, al alma digna
        La vida es más hermosa que la muerte.

        Por alcanzar tu gozo, pensamiento,
        Probar humanas ansias
        Y sufrir muchos años
        Esta vida mortal, no ha sido indigno;
        Volvería de nuevo,
        Experto como soy de nuestros males,
        Hacia tu meta a recorrer la senda;
        Que tras la arena y tras la viperina
        Picada, tan cansado
        Por el mortal desierto
        Nunca llegué hasta ti que nuestras penas
        Vencer no lo creyera un bien muy alto.

        ¡Oh qué mundo, qué nueva
        Inmensidad, que Edén aquel a donde
        Frecuentemente tu sublime hechizo
        Me elevó, donde errando
        Bajo luces distintas de las habituales,
        Mi terrenal estado
        Y toda realidad echo en olvido!
        Tales son, imagino,
        Los sueños de los dioses. ¡Ay! Un sueño
        Que en parte la verdad realza, eres
        Tú, dulce pensamiento;
        Sueño y error. Mas tu naturaleza,
        Entre gratos errores,
        Divina es; tan viva y poderosa
        Que junto a la verdad, tenaz, perdura
        Y a menudo se iguala,
        Disipándose sólo con la muerte.

        Tú, pensamiento mío, tú tan solo,
        Vital para mis días,
        Causa dilecta de infinitas ansias,
        Conmigo morirás cuando me muera;
        Dentro del alma las señales siento
        De que tú por señor me fuiste dado.
        Otros dulces engaños
        La realidad solía
        Desvanecer. Cuando de nuevo vuelvo
        A contemplar a aquella
        De quien contigo vivo razonando,
        Crece aquel gran deleite,
        Crece el delirio por el que respiro.

        ¡Angélica hermosura!
        Cualquier hermoso rostro me parece
        Casi fingida imagen
        Que a tu rostro imitó. Tú, sola fuente
        De toda donosura;
        Tú, la sola belleza verdadera.

        Desde que pude verte,
        ¿De mi solicitud último objeto
        No fuiste tú? ¿Cuánto pasó del día
        Sin que pensara en ti? En los sueños míos,
        Tu soberana imagen,
        ¿Cuántas veces faltó? Bella cual sueño,
        Aparición angélica,
        En la terrena estancia,
        En la altura de todo el universo,
        ¿Qué espero yo, qué pido
        Que sea más bello que los ojos tuyos,
        Que sea más dulce que tu pensamiento?

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      Canto XXVII. Amor y muerte

        El amado del cielo muere joven.
        Menandro

        Hermanos a la vez creó la suerte
        Al amor y a la muerte.
        Otras cosas tan bellas
        En el mundo no habrá ni en las estrellas.
        Nacen de aquel los bienes,
        Los placeres mayores
        Que en el mar de la vida el hombre halla;
        Y todos los colores,
        Todo mal borra ella.
        Bellísima doncella,
        De dulce ver, no como
        Se la imagina la cobarde gente,
        Al tierno amor le hace
        Compañía frecuente,
        Y el camino mortal juntos recorren
        Y a todo corazón más sabio
        Que el herido de amor, ni que la vida
        Infausta más desprecie,
        Ni que por otro dueño
        Como por este los peligros busque;
        Donde tu llama prende,
        Amor, nace el aliento
        O se despierta; y su saber en obras,
        No, como suele, en pensamiento vano,
        Muestra el linaje humano.

        Cuando encendidamente
        Nace dentro del alma
        Un afecto amoroso,
        Juntamente con él un misterioso
        Lánguido anhelo de morir se siente;
        Cómo, no sé; mas esta es la primera
        Señal del verdadero amor potente.
        Quizás a la vista entonces
        Espanta este desierto; acaso espera
        El mortal que ha de hallar inhabitable
        La tierra sin aquella
        Nueva, sola, infinita
        Felicidad que su pensar figura;
        Mas presintiendo el corazón por ella
        Terrible tempestad, quietud ansía
        Y refugio apetece,
        Ante el fiero deseo
        Que en torno ruge y todo lo oscurece.

        Cuando lo envuelve todo
        La formidable fuerza
        Y fulmina en el alma afán constante,
        ¡Cuántas veces te implora
        Con intenso deseo,
        Oh dulce muerte, el dolorido amante!
        ¡Cuántas veces, oh, cuántas a la noche
        O al alba abandonándose rendido
        Juzgó gran dicha que jamás pudiera
        Despertar de su sueño
        Ni ver la luz amarga nuevamente!
        Y al son a veces de la triste esquila,
        Del canto que conduce
        A los que mueren al eterno olvido,
        Con suspiros ardientes
        De lo íntimo del pecho envidia tuvo
        De aquel que bajo tierra a habitar iba.
        Hasta la tosca plebe,
        El labriego, que ignora
        Toda virtud que del saber deriva,
        Hasta la joven tímida y esquiva,
        Que de la muerte al nombre
        Sentía sus cabellos erizarse,
        Contemplan ya la tumba y el sudario
        Con un mirar de fortaleza lleno,
        Y en hierro y en veneno
        Meditan largamente,
        Y aún en su indocta mente
        La gentileza del morir comprenden.
        Tanto a la muerte inclina
        De amor la disciplina. Y es frecuente
        Que la interna pasión llegue a tal punto
        Que la fuerza vital no se sostenga,
        Y ceda el cuerpo frágil
        A la terrible lucha, y de esta suerte
        Por fraterno poder triunfe la muerte,
        O tanto instigue amor en lo profundo
        Del corazón que el tosco campesino
        Y la tierna doncella
        Con mano violenta
        Su carne juvenil den a la tierra.
        Ríe entonces el mundo,
        Al que el cielo vejez y paz consienta.

        Al ferviente, al dichoso,
        Al animoso ingenio
        Conceda el hado alguno de vosotros,
        Dulces dueños, amigos
        Del humano linaje,
        Cuyo poder no hay quien aventaje
        En el mundo, pues sólo la potencia
        Del hado es superior a vuestra esencia.
        Y tú, a quien ya desde mis verdes años
        Honrando siempre invoco,
        Bella muerte, piadosa
        Tan solo tú de la aflicción terrena,
        Si celebrada fuiste
        Alguna vez por mí, si del mezquino
        Vulgo la ofensa a tu esplendor divino
        Enmendar un día quise,
        No tardes más, mis ruegos
        Vehementes escucha,
        ¡Cierra mis ojos tristes
        Para siempre a la luz, reina del tiempo!
        Me hallarás ciertamente, a cualquier hora
        En que tus alas hacia mí despliegues,
        Levantada la frente, apercibido,
        Resistiendo al destino;
        La mano que al herirme se colora
        Con mi sangre inocente
        No he de colmar de elogios
        Ni bendecir, cual hace
        Por antigua ruindad la humana gente;
        Toda vana esperanza en que se engañan
        Como niños los hombres,
        Todo necio consuelo
        Desecharé, y a nadie en tiempo alguno,
        ¡Oh muerte!, he de aguardar sino a ti sola;
        Tan solo el día esperaré sereno
        En que decline adormecido el rostro
        En tu virgíneo seno.

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      Canto XXVIII. A sí mismo

        Reposarás por siempre,
        Cansado corazón! Murió el engaño
        Que eterno imaginé. Murió. Y advierto
        Que en mí, de lisonjeras ilusiones
        Con la esperanza, aun el anhelo ha muerto.
        Para siempre reposa;
        Basta de palpitar. No existe cosa
        Digna de tus latidos; ni la tierra
        Un suspiro merece: afán y tedio
        Es la vida, no más, y fango el mundo.
        Cálmate, y desespera
        La última vez: a nuestra raza el Hado
        Sólo otorgó el morir. Por tanto, altivo,
        Desdeña tu existencia y la natura
        Y la potencia dura
        Que con oculto modo
        Sobre la ruina universal impera,
        Y la infinita vanidad del todo.

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      Canto XXX. Sobre un antiguo bajorrelieve sepulcral

        Sobre un antiguo bajorrelieve sepulcral,
        Donde una joven muerta está representada
        En el momento de partir, despidiéndose de los suyos.

        ¿Dónde vas? ¿Quién te llama
        Lejos de los que quieres,
        Bellísima doncella?
        ¿Sola, peregrinando, el patrio techo
        Abandonas tan pronto? ¿A estos umbrales
        Regresarás? ¿Alegrarás un día
        A estos que hoy te están llorando en torno?

        Secos los ojos, de animoso porte,
        Afligida te encuentras, sin embargo.
        Si grato o no el camino, si el retiro
        Adonde vas es triste
        O alegre, por tu aspecto
        Grave, mal se adivina. ¡Ay! No podría
        Asegurar, ni acaso lo comprende
        El mundo aún, si en disfavor del cielo
        Estás, o ser llamada
        Afortunada o mísera tú debes.

        Muerte te llama, al comenzar del día
        Su último instante. Al nido que abandonas
        No volverás. La vista
        De tu familia dejas
        Por siempre. Está ese sitio
        Al que vas bajo tierra;
        Allí residirás eternamente.
        Feliz eres tal vez; mas quien contempla
        Tu destino, pensando en sí, suspira.

        Mejor era, imagino,
        No ver la luz. Pero nacida cuando
        Regiamente se extiende la belleza
        Por los miembros y el rostro,
        Y empieza todo el mundo
        A inclinarse ante ella desde lejos;
        Al abrirse la flor de la esperanza,
        Y mucho antes que en la alegre frente
        La lúgubre verdad relampaguee,
        Como el vapor que se condensa en nube
        Bajo formas fugaces a lo lejos
        Disipándose apenas ha nacido,
        Y cambiar el futuro
        Por el silencio oscuro de la tumba,
        Esto, si al intelecto
        Feliz parece, invade
        De compasión el pecho al más constante.

        Madre dura y llorada
        Desde el nacer de la familia humana,
        Natura, pavorosa maravilla,
        Que por matar engendras y amamantas,
        Si es un daño la muerte
        Prematura, di, ¿cómo la permites
        En estos inocentes?
        Si es un bien, ¿por qué aciaga
        Sobre todos los males
        Al que parte y al que con vida queda
        Haces inconsolable la partida?

        Mísera dondequiera
        Que mire, que se vuelva o que se acoja
        Esta sensible prole.
        Quisiste que engañosa
        Fuese aún de la vida
        La joven esperanza; de ansias llena
        La onda del tiempo; al mal único amparo
        La muerte, y este signo ineludible,
        Esta ley inmutable
        Pusiste al curso humano. ¡Ay! ¿Por qué al menos,
        Tras los arduos caminos, no nos diste
        Una meta gozosa? Pero ella
        Que por suerte futura
        Siempre al vivir llevamos ante el alma;
        Ella, a quien nuestros daños
        Tan solo la consuelan,
        Vela con paños negros,
        Ciñe de triste sombra,
        Y, espantoso a la vista,
        Más temible que el mar parece el puerto.

        Si desventura es este
        Morir que tú destinas
        A aquellos que, inocentes y sin culpa,
        Sin quererlo, abandonas a la vida,
        La suerte del que muere es preferible
        A la de aquel que siente
        Morir a los que ama. Que si es cierto,
        Como creo seguro,
        Que desdicha es la vida
        Y una gracia el morir, ¿quién, pues, podría
        Desear que a los suyos
        El instante postrero les llegara,
        Y quedar al fin solo
        Y fuera de sí mismo,
        Y ver desde el umbral cómo se aleja
        La persona querida
        Junto a quien ha pasado tantos años,
        Y decirle el adiós sin esperanza
        De encontrarla de nuevo
        Por la senda del mundo,
        Y luego, solitario, abandonado,
        Mirando en torno los usuales sitios,
        Recordar la perdida compañía?
        ¿Cómo, ¡ay! , cómo, natura, no te importa
        Arrancar de los brazos
        Del amigo al amigo,
        Del hermano al hermano,
        De los hijos al padre,
        De la amante a la amada, y, muerto uno,
        Al otro conservar? ¿Cómo pudiste
        Hacernos necesario
        El dolor de que, amando, sobreviva
        Al mortal el mortal? Pero natura
        Jamás en sus acciones
        De nuestro mal o nuestro bien se cuida.

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      Canto XXXI. Retrato de una bella mujer esculpido en su monumento sepulcral

        Tal fuiste: hoy bajo tierra
        Polvo, esqueleto eres. Sobre el fango,
        Inmóvilmente colocado en vano,
        Mudo, mirando de la edad el vuelo,
        Está, de la memoria
        Y del dolor custodio, el simulacro
        De la muerta hermosura. La mirada
        Dulce, que hacía temblar si, como ahora,
        Se fijaban en otro; el labio, donde
        El placer derramábase
        Cual de urna llena; el cuello, circuido
        Ya de deseo; la amorosa mano,
        Que a menudo, al posarse,
        Sintió helada la mano que oprimía,
        Y el seno, ante el que todos
        Se tornaban visiblemente pálidos,
        Fueron un tiempo; huesos
        Y fango eres ahora;
        Visión tan triste oculta hoy una piedra.

        A eso reduce el hado
        A aquello que creímos la más viva
        Imagen celestial. Misterio eterno
        De nuestra vida. Inenarrable fuente
        De excelsos pensamientos y sentires,
        Hoy triunfa la belleza,
        Y parece, cual llama
        De natura inmortal en este yermo,
        De altísimos destinos,
        De afortunados reinos y áureos mundos
        Esperanza segura
        Dar al mortal estado;
        Mañana leve fuerza
        En abyecto, soez y abominable
        Trocará a lo que tuvo
        Casi angélico aspecto,
        Y también de las mentes
        Desaparece aquello
        Que admirable concepto suscitaba.

        Deseos infinitos
        Y soberbias visiones
        Crea en el pensamiento
        Por natural virtud, docta armonía,
        Y por un deleitoso mar, arcano
        Yerra el humano espíritu
        Como por divertirse
        Osado nadador por el océano;
        Mas si un discorde acento
        Hiere el oído, en nada
        Se torna aquel Edén en un instante.

        Natura humana, ¿cómo,
        Si polvo y sombra eres,
        Si eres frágil y vil, sientes tan alto?
        Si gentil todavía,
        ¿Por qué el más digno de tu pensamiento
        Es así de liviano
        Y origen de razones despreciables?

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      Canto XXXIII. El ocaso de la Luna

        Como en noche callada,
        Sobre el campo argentado y la laguna,
        Donde aletea el céfiro
        Y mil aspectos vagos
        Y objetos engañosos
        Fingen lejanas sombras
        En las ondas tranquilas,
        En setos, lomas, villas y ramajes,
        Junto al confín del cielo,
        Tras de los Alpes o del Apenino
        O del Tirreno en lo hondo,
        Cae la luna, y el mundo palidece;
        Las sombras huyen, y una
        Oscuridad envuelve monte y valle;
        Ciega la noche queda,
        Y, cantando con triste melodía,
        La última luz del fugitivo astro
        Que fue su guía hasta ahora
        Saluda el carretero en su camino,

        Así también se aleja
        Y la vida abandona
        La juventud. En fuga
        Van sombras y ficciones
        De agradables engaños; se disipa
        La lejana esperanza
        En que mortal natura se sustenta.
        Abandonada, oscura
        Queda la vida. En ella la mirada
        Pone en vano el confuso caminante,
        En busca de un sendero que le lleve
        A una meta; y comprende
        Que en la mansión humana
        En un extraño ya se ha convertido.

        Harto alegre y dichosa
        Nuestra mísera suerte
        Pareciera, si el juvenil estado,
        En donde un goce es fruto de mil penas.
        Durase todo el curso de la vida.
        Dulcísimo decreto
        El que a todo animal condena a muerte,
        Si en medio del camino
        No surgiesen dolores
        Aun más terribles que la muerte misma.
        De mentes inmortales
        Hallazgo digno, extremo
        De todo mal, fue para los eternos
        La vejez, donde se halla
        Intacta el ansia, la esperanza extinta,
        Secas las fuentes del placer, las penas
        Son mayores siempre, sin hallar ventura.

        Llanuras y colinas,
        Caído el esplendor que al occidente
        El velo de la noche plateaba,
        Huérfanas largo tiempo
        No quedaréis, que por el otro lado
        Pronto veréis el cielo
        De nuevo clarear, surgir la aurora,
        Y el Sol apareciendo detrás de ella
        Y fulgurando en torno
        Con poderosos rayos,
        De lúcidos torrentes
        Os bañará, ya los etéreos campos.
        Mas la vida mortal, cuando se extingue
        La hermosa juventud, no se ilumina
        Jamás con otras luces ni otra aurora.
        Viuda será hasta el fin; oscura noche
        Que a las otras edades
        Marcan los dioses como sepulturas.

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      Canto XXXV. Imitación

        Lejos del propio ramo,
        Pobre boja delicada,
        ¿Adónde vas? Del haya
        Allá donde nací, me arrancó el viento.
        Él, retornando, al vuelo
        Del bosque a la campiña,
        Del valle a la montaña me conduce.
        Con él, perpetuamente,
        Voy peregrina, y lo demás ignoro.
        Voy donde todo va,
        Donde naturalmente
        Va la hoja de rosa
        Y la hoja del laurel.

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      Canto XXXVI. Pasatiempo

        Cuando muchacho vine
        A entrar en disciplina con las musas.
        Una de ellas cogióme de la mano
        Y durante aquel día
        En torno me condujo
        Para ver su oficina.
        Me mostró uno por uno
        Los útiles del arte,
        Y el distinto servicio
        A que cada uno de ellos
        Se emplea en el trabajo
        De la prosa y el verso.
        Yo lo miraba, y dije:
        "Musa, ¿y la lima?" Y contestó la diosa:
        "La lima se gastó; ya no la usamos".
        Y yo: "Mas rehacerla
        Es preciso, ya que es tan necesaria" .
        Y contestó: "Así es, mas falta tiempo".

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      Canto XXXVII. Fragmento

        ALCETA:

        Oye, Meliso: he de contarte un sueño
        De esta noche, que vuelve a mi memoria
        Al contemplar la Luna. Yo me hallaba
        En la ventana que da al prado, a lo alto
        Mirando, y he aquí que de improviso
        La Luna se desprende, y me parece
        Que cuanto en su caer va aproximándose
        Tanto crece a la vista; en fin, que vino
        A dar de golpe en medio del prado; y era
        Tan grande como un cántaro, y de chispas
        Vomitaba una niebla, que chirriaba
        Cual carbón encendido que en el agua
        Se sumerge y se extingue. De este modo,
        La Luna, como he dicho, sobre el campo
        Se apagó poco a poco, ennegreciéndose,
        Y alrededor las yerbas humeaban.
        Vi entonces que en el cielo había quedado
        Un vislumbre, una huella o bien un nicho
        Donde ella fue arrancada, de manera
        Que me helé de terror, y aún me estremezco.

        MELISO:

        Y bien has de temer, que fácil cosa
        Fuera caer la Luna entre tu campo.

        ALCETA:

        ¿Quién lo sabe? ¿No vemos en verano
        Las estrellas caer?

        MELISO:

        Tantas estrellas
        Hay, que no importa que una u otra caiga,
        Si mil han de quedar. Pero la Luna
        Está sola en el cielo, y de ninguno
        Nunca caer fue vista sino en sueños.

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      Canto XXXVIII. Fragmento

        Aquí, vagando del umbral en torno,
        La lluvia y la tormenta invoco en vano,
        Para que la retenga en mi morada.

        Bramaba el huracán en la floresta
        Y el trueno retumbaba entre las nubes,
        Antes de que el alba iluminase el cielo.

        ¡Oh amadas nubes, cielo, tierra, plantas!,
        Parte mi amor: piedad, si en este mundo
        Piedad existe para un triste amante.

        ¡Despierta, torbellino, y trata ahora
        De envolverme, oh turbión, hasta el momento
        Que en otra tierra el Sol renueve el día!

        Se aclara el cielo, cesa el viento, duermen
        Las hojas y la yerba, y, deslumbrado,
        De llanto el crudo Sol llena mis ojos.

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      Canto XLI. Del griego de Simonedes

        Que humana cosa dura poco tiempo
        Es máxima muy cierta,
        Dice el viejo de Quíos,
        Que la misma natura
        Tienen el hombre y las hojas.
        Mas esta voz muy pocos
        Oyen. A la esperanza inquieta, hija
        De juveniles pechos,
        Todos le dan asilo.
        Mientras rojas las flores
        De nuestra edad acerba
        Son, el alma orgullosa
        Cien dulces pensamientos nutre en vano,
        Ni muerte espera, ni vejez; ninguna
        Dolencia al hombre sano preocupa.
        Mas tonto es quien no mira
        Cuán presto juventud emprende el vuelo.
        Y cómo de la cuna
        Cercano está el sepulcro.
        Tú, que el pie pondrás pronto
        En el fatal camino
        De la sede plutónica,
        A los goces presentes
        Tu breve edad confía.

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