Charles Baudelaire. Parte II (Poemas 101-126)

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    Información biográfica

    Las Flores del Mal. Parte I (1-100)
    Las Flores del Mal. Parte II (101-126)

    Las Flores del Mal. Cuadros parisienses
  1. Brumas y lluvias (Trad. de Eduardo Marquina)
  2. Sueño parisiense (Trad. de Eduardo Marquina)
  3. El crepúsculo matutino (Trad. de Eduardo Marquina)

  4. Las Flores del Mal. El vino
  5. El alma del vino (Trad. de Eduardo Marquina)
  6. El vino de los traperos (Trad. de Eduardo Marquina)
  7. El vino del asesino (Trad. de Eduardo Marquina)
  8. El vino del solitario (Trad. de Eduardo Marquina)
  9. El vino de los amantes (Trad. de Eduardo Marquina)

  10. Las Flores del Mal. Flores del mal
  11. La destrucción (Trad. de Eduardo Marquina)
  12. Un mártir (Trad. de Eduardo Marquina)
  13. Mujeres condenadas (Trad. de Eduardo Marquina)
  14. Las dos buenas hermanas (Trad. de Eduardo Marquina)
  15. La fuente de sangre (Trad. de Eduardo Marquina)
  16. Alegoría (Trad. de Eduardo Marquina)
  17. La Beatriz (Trad. de Eduardo Marquina)
  18. Un viaje a Citerea (Trad. de Eduardo Marquina)
  19. El cupido y el cráneo (Trad. de Eduardo Marquina)

  20. Las Flores del Mal. Rebelión
  21. El reniego de San Pedro (Trad. de Eduardo Marquina)
  22. Abel y Caín (Trad. de Eduardo Marquina)
  23. Las letanías de Satán (Trad. de Eduardo Marquina)

  24. Las Flores del Mal. La muerte
  25. La muerte de los amantes (Trad. de Eduardo Marquina)
  26. La muerte de los pobres (Trad. de Eduardo Marquina)
  27. La muerte de los artistas (Trad. de Eduardo Marquina)
  28. El final de la jornada (Trad. de Eduardo Marquina)
  29. El sueño de un curioso (Trad. de Eduardo Marquina)
  30. El viaje (Trad. de Eduardo Marquina)



  31. Información biográfica
      Nombre: Charles Pierre Baudelaire
      Lugar y fecha nacimiento: París, Francia, 9 de abril de 1821
      Lugar y fecha defunción: París, Francia, 31 de agosto de 1867 (46 años)
      Ocupación: Escritor, ensayista, poeta, crítico de arte y traductor.
      Movimiento: Romanticismo, Parnasianismo, Simbolismo.

      Sus dos obras más notables son Las flores del mal y Los paraísos artificiales.
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      Brumas y lluvias
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        ¡Oh, finales de otoño, inviernos, primaveras cubiertas de lodo,
        Adormecedoras estaciones! yo os amo y os elogio
        Por envolver así mí corazón y mi cerebro
        Con una mortaja vaporosa y en una tumba baldía.

        En esta inmensa llanura donde el austro frío sopla,
        Donde en las interminables noches la veleta enronquece,
        Mi alma mejor que en la época del tibio reverdecer
        Desplegará ampliamente sus alas de cuervo.

        Nada es más dulce para el corazón lleno de cosas fúnebres,
        Y sobre el cual desde hace tiempo desciende la escarcha,
        ¡Oh, blanquecinas estaciones, reinas de nuestros climas!,

        Que el aspecto permanente de vuestras pálidas tinieblas,
        —Si no es en una noche sin luna, uno junto al otro,
        El dolor adormecido sobre un lecho cualquiera.
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      Sueño parisiense
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        I

        De aquel terrible paisaje,
        Tal que jamás un mortal vio,
        Esta mañana todavía la imagen,
        Vaga y lejana, me arrebataba.

        ¡El sueño estaba lleno de milagros!
        Por un capricho singular
        Yo había desterrado del espectáculo
        El vegetal singular,

        Y, pintor orgulloso de mi genio,
        saboreaba en mi cuadro
        La embriagante monotonía
        Del metal, del mármol y del agua.

        Babel de escaleras y de arcadas,
        Era un palacio infinito,
        Lleno de fuentes y cascadas
        Volcando el oro mate o bruñido;

        Y cataratas pesadas,
        Como cortinas de cristal,
        Pendían, deslumbrantes,
        De las murallas de metal.

        No de árboles, sino de columnatas,
        Los dormidos estanques nos rodeaban,
        Donde gigantescas náyades,
        Como mujeres, se contemplaban.

        Napas de agua derramábanse, azules
        Entre malecones rosados y verdes,
        A lo largo de millones de leguas,
        Hacia el confín del universo;

        ¡Eran piedras inauditas
        Y oleadas mágicas; eran
        Inmensos espejos deslumbrantes
        Por todo cuanto ellos reflejaban!

        Indolentes y taciturnos,
        Los Ganges, en el firmamento,
        Volcaban el tesoro de sus urnas
        En abismos de diamante.

        Arquitecto de mis hechizos,
        Yo hacía, a mi capricho,
        Bajo un túnel de pedrerías
        Pasar un océano domado;
        Y todo, aun el color negro,
        Parecía límpido, claro, irisado;
        El líquido engastaba su gloria
        En el destello cristalizado.

        ¡Ningún astro, desde luego, nada de vestigios
        De sol, ni siquiera en lo bajo del cielo,
        Para iluminar estos prodigios,
        Que brillaban con su propio fuego!

        Y sobre estas movientes maravillas
        Cerníase (¡terrible novedad!
        ¡Todo para la vista, nada para los oídos!)
        Un silencio de eternidad.

        II

        Al reabrir mis ojos llameantes
        He visto el horror de mi rincón,
        Y sentí, penetrando en mi alma,
        La punta de las preocupaciones malditas;

        El péndulo de los acentos fúnebres
        Sonaba brutalmente el mediodía,
        Y el cielo volcaba tinieblas
        Sobre el triste mundo adormilado.
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      El crepúsculo matutino
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        La diana cantaba en los patios de los cuarteles,
        Y el viento de la mañana soplaba sobre las linternas.

        Era la hora en que el enjambre de los sueños malignos
        Tuerce sobre sus almohadas los atezados adolescentes;
        Cuando, cual un ojo sangriento que palpita y se menea,
        La lámpara en el amanecer es una mancha roja;
        Cuando el alma, bajo el peso del cuerpo rudo y pesado,
        Imita los combates de la lámpara y del día.
        Como un rostro en llanto que las brisas enjugan,
        El aire está lleno del escalofrío de las cosas que se fugan,
        Y el hombre está fatigado de escribir y la mujer de amar,

        Las casas, aquí y allá, comienzan a humear,
        Las hembras de placer, el párpado lívido,
        Boca abierta, dormían con su sueño estúpido;
        Las pordioseras, arrastrando sus senos fláccidos y fríos,
        Soplaban sobre sus tizones y soplaban sobre sus dedos.
        Era la hora en que, entre el frío y la roñería
        Se agravan los dolores de las mujeres yacientes;
        Cual un sollozo cortado por un vómito espumoso
        El canto del gallo, a lo lejos, rasgaba el aire brumoso;
        Un mar de nieblas bañaba los edificios,
        Y los agonizantes en el fondo de los hospicios
        Exhalaban su postrer estertor en hipos desiguales.
        Los libertinos regresaban, destrozados por sus esfuerzos.

        La aurora tiritante, vestida de rosa y verde,
        Avanzaba lentamente sobre el Sena desierto,
        Y la sombra de París, frotándose los ojos,
        Empuñaba sus herramientas, anciano laborioso.
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      El alma del vino
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        Una noche, el alma del vino cantó en las botellas:
        "¡Hombre, hacia ti elevo, ¡oh! querido desheredado,
        Bajo mi prisión de vidrio y mis lacres bermejos,
        Una canción colmada de luz y de fraternidad!

        Sobre la colina en llamas, yo sé cuánto se requiere
        De pena, de sudor y de sol abrasador
        Para engendrar mi vida y para infundirme el alma;
        Mas, no seré ni ingrato ni dañino,

        Pues que experimento un regocijo inmenso cuando caigo
        En el gaznate de un hombre consumido por su labor,
        Y su cálido pecho es una dulce tumba
        En la cual me siento mucho mejor que en mis frías bodegas.

        ¿Oyes resonar las canciones dominicales
        Y la esperanza que gorjea en mi pecho palpitante?
        Los codos sobre la mesa y arremangado,
        Tú me glorificarás y te sentirás contento;

        Yo iluminaré los ojos de tu mujer arrebatada;
        A tu hijo le volveré su fuerza y sus colores
        Y seré para ese frágil atleta de la vida
        El ungüento que fortalece los músculos de los luchadores.

        En ti yo caeré, vegetal ambrosia,
        Grano precioso arrojado por el eterno Sembrador,
        Para que de nuestro amor nazca la poesía
        Que brotará hacia Dios cual una rara flor!"
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      El vino de los traperos
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        Frecuentemente, al claro fulgor de un reverbero
        Del cual bate el viento la llama y atormenta el vidrio,
        En el corazón de un antiguo arrabal, laberinto fangoso
        Donde la humanidad bulle en fermentos tempestuosos,

        Se ve un trapero que llega, meneando la cabeza,
        Tropezando, y arrimándose a los muros como un poeta,
        Y, sin cuidarse de los polizontes, sus sombras negras
        Expande todo su corazón en gloriosos proyectos.

        Formula juramentos, dicta leyes sublimes,
        Aterra los malvados, redime las víctimas,
        Y bajo el firmamento cual un dosel suspendido,
        Se embriaga con los esplendores de su propia virtud.

        Sí, esta gente hostigada por miserias domésticas,
        Molidos por el trabajo y atormentados por la edad,
        Derrengados y doblándose bajo un montón de basuras,
        Vómitos confusos del enorme París,

        Retornan, perfumados de un olor de toneles,
        Seguidos de compañeros, encanecidos en las batallas,
        Cuyos mostachos penden como las viejas banderas.
        Los pendones, las flores y los arcos triunfales

        Iérguense ante ellos, ¡solemne sortilegio!
        ¡Y en la ensordecedora y luminosa orgía
        Clarines, sol, aclamaciones y tambores,
        Tráenle la gloria al pueblo ebrio de amor!

        Es así como a través de la Humanidad frívola
        El vino arrastra el oro, deslumbrante Pactolo;
        Por la garganta del hombre canta sus proezas
        Y reina por sus dones así como los verdaderos reyes.

        Para ahogar el rencor y acunar la indolencia
        De todos estos viejos malditos que mueren en silencio,
        Dios, tocado por los remordimientos, había hecho el sueño;
        ¡El hombre agregó el Vino, hijo sagrado del Sol!
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      El vino del asesino
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        Mi mujer está muerta, ¡soy libre!
        Puedo, pues, beber hasta el hartazgo.
        Cuando regresaba sin un sueldo,
        Sus gritos me desgarraban los nervios.

        Tanto como un rey soy dichoso;
        El aire es puro, el cielo admirable...
        ¡Teníamos un verano semejante
        Cuando me enamoré!

        La horrible sed que me desgarra
        Tendría necesidad para saciarse
        De tanto vino como puede contener
        Su tumba; — lo que no es poco decir:

        La he echado al fondo de un pozo,
        Y hasta he arrojado sobre ella
        todas las piedras del brocal.
        —¡La olvidaré si puedo!

        En nombre de los juramentos de ternura,
        De los que nadie nos puede desligar,
        Y para reconciliarnos
        Como en los buenos tiempos de nuestra embriaguez,

        Le imploré una cita,
        Por la noche, en un camino oscuro.
        ¡Ella acudió! —¡loca criatura!
        ¡Somos todos más o menos locos!

        Estaba todavía bonita,
        ¡Si bien muy cansada! Y yo,
        ¡Yo la quería mucho! He aquí porque
        Le dije: ¡Deja esta existencia!

        Nadie puede comprenderme. Uno solo
        Entre estos borrachos estúpidos
        ¿Pensó en sus noches morbosas
        Hacer del vino una mortaja?

        Esta crápula invulnerable
        Como las máquinas de hierro
        Jamás, ni en verano ni en invierno,
        Ha conocido el amor verdadero,

        ¡Con sus negros encantos,
        Su cortejo infernal de clamores,
        Sus frascos de veneno, sus lágrimas,
        Su estrépito de cadena y de osamentas!

        —¡Heme aquí, libre y solitario!
        Estaré esta noche borracho perdido;
        Entonces, sin miedo y sin remordimiento,
        Me echaré en el suelo,

        ¡Y dormiré como un perro!
        El carretón de pesadas ruedas
        Cargado de piedras y de barro,
        El vagón desenfrenado puede quizá

        Aplastar mi cabeza culpable
        O cortarme por la mitad,
        ¡Yo me río, tanto como de Dios,
        Del Diablo o de la Santa Mesa!
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      El vino del solitario
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        La mirada singular de una mujer galante
        Que se desliza hacia nosotros como el rayo blanco
        Que la luna ondulante envía al lago tembloroso,
        Cuando en él quiere bañar su belleza indolente;

        El último escudo de la talega en los dedos de un jugador;
        Un beso libertino de la flaca Adelina;
        Los sones de una música enervante y mimosa,
        Semejante al grito lejano del humano dolor,

        Todo eso no vale nada, ¡oh! botella profunda,
        Los bálsamos penetrantes que tu panza fecunda
        Guarda, piadosa para el corazón sediento del poeta;

        ¡Tu le viertes la esperanza, la juventud y la vida,
        —Y el orgullo, este tesoro de toda miseria,
        Que nos vuelve triunfantes y semejantes a los dioses.
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      El vino de los amantes
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        ¡Hoy el espacio muestra todo su esplendor!
        Sin freno, sin espuelas, sin bridas.
        ¡Partamos, cabalgando sobre el vino
        Hacia un cielo mágico y divino!

        Cual dos ángeles a los cuales tortura
        Una implacable calentura,
        En el azul diáfano de la mañana
        ¡Sigamos hacia el espejismo lejano!

        Muellemente mecidos sobre las alas
        Del torbellino inteligente,
        En un delirio paralelo,

        ¡Hermana mía, uno al lado del otro, navegando,
        Huiremos sin reposo ni treguas
        Hacia el paraíso de mis sueños!
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      La destrucción
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        Incesante a mi vera se agita el Demonio;
        Flota alrededor mío como un aire impalpable;
        Lo aspiro y lo siento que quema mis pulmones
        Y los llena de un deseo eterno y culpable.

        A veces toma, sabiendo mi gran amor al Arte,
        La forma de la más seductora de las mujeres,
        Y, bajo especiosos pretextos de tedio,
        Habitúa mis labios a filtros infames.

        Me conduce así, lejos de la mirada de Dios,
        Jadeante y destrozado por la fatiga, en medio
        De las llanuras del Hastío, profundas y desiertas,

        Y despliega ante mis ojos llenos de confusión
        Vestimentas mancilladas, heridas abiertas,
        ¡Y el aparejo sangriento de la Destrucción!
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      Un mártir
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        En medio de los frascos, de las telas recamadas
        Y de los muebles voluptuosos,
        Mármoles, cuadros, ropas perfumadas
        Se arrastran en pliegues suntuosos,

        En una alcoba tibia donde, como en un invernáculo,
        El aire es peligroso y fatal,
        Donde los ramilletes moribundos en sus féretros de vidrio
        Exhalan su suspiro final,

        Un cadáver sin cabeza derrama, cual un río,
        Sobre la almohada desalterada
        Una sangre roja y vivida con la que la tela se abreva
        Con la avidez de un prado.

        Semejante a las visiones pálidas que engendran la sombra
        Y que nos encadenan los ojos,
        La cabeza, con el montón de sus crines oscuras
        Y de sus joyas preciosas,

        Sobre el velador, como una ranúncula,
        Reposa; y, vacía de pensamientos,
        Una mirada vaga y pálida como un crepúsculo
        Se escapa de sus ojos revulsivos.

        Sobre el lecho, el tronco desnudo sin escrúpulos exhibe
        En el más completo abandono
        El secreto esplendor y la belleza fatal
        De que la natura le hizo don;

        Una media rosada, bordada de oro, en la pierna,
        Como un recuerdo ha quedado;
        La liga, cual un ojo secreto que fulgura,
        Clava una mirada diamantina.

        El singular aspecto de esta soledad
        Y de un gran retrato lánguido,
        Con ojos provocadores como su actitud,
        Revela un amor tenebroso,

        Un júbilo culpable y festejos extraños
        Llenos de besos infernales,
        Con los que se regocija el enjambre de ángeles malos
        Flotando en los pliegues de los cortinados;

        Y empero, al contemplar la delgadez elegante
        Del hombro de contorno anguloso,
        La cadera un poco puntiaguda y la cintura airosa
        Cual un reptil irritado,

        ¡Ella es aún muy joven! —Su alma exasperada
        Y sus sentimientos por el hastío mordidos,
        ¿Estuvieron entreabiertos a la jauría alterada
        Los deseos errantes y perdidos?

        El hombre vengativo, viviente, que tú no has podido,
        Malgrado tanto amor, saciar,
        ¿Colmó sobre tu carne inerte y complaciente
        La inmensidad de su deseo?

        ¡Responde, cadáver impuro! y por tus trenzas rígidas
        Levantándote con un brazo febriciente,
        Dime, cabeza horrenda, sobre tus dientes fríos,
        ¿No estampó él su suprema despedida?

        —Lejos del mundo burlón, lejos de la multitud impura,
        Lejos de los magistrados curiosos,
        Duerme en paz, duerme en paz, extraña criatura,
        En tu tumba misteriosa;

        Tu esposo corre por el mundo y tu forma inmortal
        Vela cerca suyo cuando él duerme;
        Tanto como tú sin duda él te será fiel
        Y constante hasta la muerte.
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      Mujeres condenadas
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        Como bestias meditabundas sobre la arena tumbadas,
        Ellas vuelven sus miradas hacia el horizonte del mar,
        Y sus pies se buscan y sus manos entrelazadas
        Tienen suaves languideces y escalofríos amargos.

        Las unas, corazones gustosos de las largas confidencias,
        En el fondo de bosquecillos donde brotan los arroyos,
        Van deletreando el amor de tímidas infancias
        Y cincelan la corteza verde de los tiernos arbustos;

        Otras, cual religiosas, caminan lentas y graves,
        A través de las rocas llenas de apariciones,
        Donde San Antonio ha visto surgir como de las lavas
        Los pechos desnudos y purpúreos de sus tentaciones;

        Las hay, a la lumbre de resinas crepitantes,
        Que en la cavidad muda de los viejos antros paganos
        Te apelan en auxilio de sus fiebres aullantes,
        ¡Oh, Baco, adormecedor de remordimientos pasados!

        Y otras hay, cuya garganta gusta de los escapularios,
        Que, barruntando una fusta bajo sus largas vestimentas,
        Mezclan, en el bosque sombrío y las noches solitarias,
        La espuma del placer con las lágrimas de los tormentos.

        ¡Oh vírgenes, oh demonios, oh monstruos, oh mártires,
        De la realidad, grandes espíritus desdeñosos,
        Buscadoras del infinito, devotas y sátiras,
        Ora llenas de gritos, ora llenas de lágrimas,

        Vosotras que hasta vuestro infierno mi alma ha perseguido,
        Pobres hermanas mías, yo os amo tanto como os compadezco,
        Por vuestros tristes dolores, vuestra sed insaciable,
        ¡Y las urnas de amor del que vuestros corazones desbordan!
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      Las dos buenas hermanas
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        La Licencia y la Muerte son dos gentiles rameras,
        Pródigas de besos y ricas en salud,
        Cuyo vientre siempre virgen y cubierto de andrajos
        En la incesante labor jamás ha procreado.

        Al poeta siniestro, enemigo de las familias,
        Favorito del infierno, cortesano mal rentado,
        Tumbas y lupanares muestran bajo sus atractivos
        Un lecho que el remordimiento jamás ha frecuentado

        Y la tumba y la alcoba, en blasfemias fecundas
        Nos ofrendan, vez a vez, como dos buenas hermanas,
        Terribles placeres y horrendas dulzuras.

        ¿Cuándo quieres enterrarme, Licencia, la de los brazos inmundos?
        ¡Oh, Muerte! ¿Cuándo vendrás, su rival en atractivos,
        Para mezclar sus mirtos infectos con tus negros cipreses?
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      La fuente de sangre
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        Me parece a veces que mi sangre corre a raudales,
        Cual una fuente con rítmicos sollozos.
        La escucho bien que corre con un prolongado murmullo,
        Pero, me palpo en vano para encontrar la herida.

        A través de la ciudad, como en un campo cercado,
        Se marcha, transformando los adoquines en islotes,
        Saciando la sed de cada criatura,
        Y en todas partes colorando de rojo la natura.

        He implorado frecuentemente a los vinos capitosos
        Adormecieran sólo un día el terror que me consume;
        ¡Qué el vino hace ver más claro y afina más el oído!

        He buscado en el amor un sueño olvidadizo;
        Mas el amor no es para mí sino un colchón de agujas
        ¡Hecho para dar de beber a esas crueles mujeres!
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      Alegoría
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        Es una mujer hermosa y de rica prestancia,
        Que deja en el vino arrastrar su cabellera.
        Las zarpas del amor, los venenos del garito,
        Todo se desliza y embota en el granito de su piel.

        Ella se ríe de la Muerte y burla del Libertinaje,
        Esos monstruos cuya mano, que siempre araña y rasga,
        En sus juegos dañinos y, sin embargo, respetada
        De su cuerpo firme y erecto la ruda majestad.
        Camina como diosa y reposa cual sultana;
        Pone en el placer la fe mahometana,
        Y con sus brazos abiertos, que abarcan sus pechos,
        Atrae las miradas de los seres humanos.
        Ella cree, ella sabe, esta virgen infecunda,
        Y, por consiguiente, necesaria para la marcha del mundo,
        Que la belleza del cuerpo es un sublime don
        Que de toda infamia arranca el perdón.
        Ignora el Infierno tanto como el Purgatorio,
        Y cuando la hora llegue de entrar en la Noche negra,
        Ella mirará el rostro de la Muerte,
        Como a un recién nacido, —sin odio y sin remordimiento.
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      La Beatriz
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        En las tierras cenicientas, calcinadas, sin verdor,
        Como yo me lamentara un día a la Natura,
        Mientras mi pensamiento vagaba al azar,
        Agucé lentamente sobre mi corazón el puñal,
        Y vi en pleno mediodía descender sobre mi cabeza
        La nube fúnebre y pesada de una tempestad,
        Que llevaba un tropel de demonios viciosos,
        Parecidos a enanos crueles y curiosos.
        A considerarme fríamente se pusieron
        Y, como viandantes sobre un loco que admiran,
        Los escuché reír y cuchichear entre ellos,
        Cambiando muchas señas y guiñadas.

        —"Contemplemos complacidos esta caricatura
        Y esta sombra de Hamlet imitando su postura,
        La mirada indecisa y los cabellos al viento.
        ¿No inspira gran piedad ver a este buen compañero,
        Este vagabundo, este histrión vacante, este bribón,
        Porque sabe desempeñar artísticamente su rol,
        Empeñarse en atraer con la canción de sus dolores
        Las águilas, los grillos, los arroyos y las flores,
        Y hasta a nosotros, autores de estos viejos papeles,
        Recitarnos aullando sus tiradas públicas?"

        Habría podido (mi orgullo alto cual los montes
        Domina la nube y el grito de los demonios)
        Desviar simplemente mi testa soberana,
        Si no hubiera visto entre su tropel, obscena,
        ¡Crimen que no hizo vacilar al sol!
        La reina de mi corazón, la de mirada incomparable,
        Que se reía con ellos de mi sombría angustia
        Y les hacía, a veces, alguna sucia caricia.
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      Un viaje a Citerea
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        Mi corazón, como un pájaro, voltigeaba gozoso
        Y planeaba libremente alrededor de las jarcias;
        El navío rolaba bajo un cielo sin nubes,
        Cual un ángel embriagado de un sol radiante.

        ¿Qué isla es ésta, triste y negra? —Es Citerea,
        Nos dicen, país celebrado en las canciones,
        El dorado banal de todos los galanes en el pasado.
        Mirad, después de todo, no es sino un pobre erial.

        —¡Isla de los dulces secretos y de los regocijos del corazón!
        De la antigua Venus, soberbio fantasma
        Sobre tus aguas ciérnese un como aroma,
        Que satura los espíritus de amor y languidez.

        Bella isla de los mirtos verdes, plena de flores abiertas,
        Venerada eternamente por toda nación,
        Donde los suspiros de los corazones en adoración
        Envuelven como incienso sobre un rosedal

        Donde el arrullo eterno de una torcaz
        -Citerea no era sino un lugar de los más áridos,
        Un desierto rocoso turbado por gritos agrios.
        ¡Yo, empero, vislumbraba un objeto singular!

        No era aquello un templo sobre las umbrías laderas,
        Al cual la joven sacerdotisa, enamorada de las flores,
        Acudía, encendido el cuerpo por secretos ardores,
        Entreabriendo su túnica las brisas pasajeras;

        Pero, he aquí que rozando la costa, más de cerca
        Para turbar los pájaros con nuestras velas blancas,
        Vimos que era una horca de tres ramas,
        Destacándose negra sobre el cielo, como un ciprés.

        Feroces pájaros posados sobre su cebo
        Destruían con saña un ahorcado ya maduro,
        Cada uno hundiendo, cual instrumento, su pico impuro
        En todos los rincones sangrientos de aquella carroña;

        Los ojos eran dos agujeros, y del vientre desfondado
        Los intestinos pesados caíanle sobre los muslos,
        Y sus verdugos, ahítos de horribles delicias,
        A picotazos lo habían absolutamente castrado.

        Bajo los pies, un tropel de celosos cuadrúpedos,
        El hocico levantado, husmeaban y rondaban;
        Una bestia más grande en medio se agitaba
        Como un verdugo rodeado de ayudantes.

        Habitante de Citerea, hijo de un cielo tan bello,
        Silenciosamente tu soportabas estos insultos
        En expiación de tus infames cultos
        Y de los pecados que te ha vedado el sepulcro.

        Ridículo colgado, ¡tus dolores son los míos!
        Sentí, ante el aspecto de tus miembros flotantes,
        Como una náusea, subir hasta mis dientes,
        El caudal de hiel de mis dolores pasados;

        Ante ti, pobre diablo, inolvidable,
        He sentido todos los picos y todas las quijadas
        De los cuervos lancinantes y de las panteras negras
        Que, en su tiempo, tanto gustaron de triturar mi carne.

        —El cielo estaba encantador, la mar serena;
        Para mí todo era negro y sangriento desde entonces.
        ¡Ah! y tenía, como en un sudario espeso,
        El corazón amortajado en esta alegoría.

        En tu isla, ¡oh, Venus! no he hallado erguido
        Mas que un patíbulo simbólico del cual pendía mi imagen...
        —¡Ah! ¡Señor! ¡Concédeme la fuerza y el coraje
        De contemplar mi corazón y mi cuerpo sin repugnancia!
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      El cupido y el cráneo
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        Cupido está sentado sobre el cráneo
        De la Humanidad,
        Y sobre este trono el profano,
        Con risa desvergonzada,

        Sopla alegremente burbujas redondas
        Que suben en el aire,
        Como para alcanzar los mundos
        En el fondo del éter.

        El globo luminoso y frágil
        Toma un gran impulso,
        Estalla y escupe su alma sutil
        Como un sueño dorado.

        Escucho al cráneo, en cada burbuja
        Rogar y gemir:
        —"Este juego feroz y ridículo,
        ¿Cuándo debe concluir?

        Porque lo que tu boca cruel
        Desparrama en el aire,
        Monstruo asesino, es mi cerebro,
        ¡Mi sangre y mi carne!"
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      El reniego de San Pedro
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        ¿Qué es lo que Dios hace, entonces, de esta oleada de anatemas
        Que sube todos los días hacia sus caros Serafines?
        ¿Cómo un tirano ahíto de manjares y de vinos,
        Se adormece al suave rumor de nuestras horrendas blasfemias?

        Los sollozos de los mártires y de los ajusticiados,
        Son, sin duda, una embriagadora sinfonía,
        Puesto que, malgrado la sangre que su voluptuosidad cuesta,
        ¡Los cielos todavía no están saciados del todo!

        —¡Ah, Jesús! ¡Recuérdate del Huerto de los Olivos!
        En tu candidez prosternado, rogabas
        A Aquel que en su cielo reía del ruido de los clavos
        Que innobles verdugos hundían en tus carnes vivas,

        Cuando viste escupir sobre tu divinidad
        La crápula del cuerpo de guardia y de la servidumbre,
        Y cuando sentiste incrustarse las espinas,
        En tu cráneo donde vivía la inmensa Humanidad;

        Cuando de tu cuerpo roto la pesadez horrible
        Alargaba tus dos brazos distendidos, que tu sangre
        Y tu sudor manaba de tu frente palidecida,
        Cuando tú fuiste ante todos colgado como un blanco.

        ¿Recordabas, acaso, aquellos días tan brillantes, y tan hermosos
        En que llegaste para cumplir la eterna promesa,
        Cuando atravesaste, montado sobre una mansa mula
        Caminos colmados de flores y de follaje,

        En que el corazón henchido de esperanzas y de valentía,
        Azotaste sin rodeos a todos aquellos mercaderes viles?
        ¿Cuando fuiste tú, finalmente, el amo? El remordimiento,
        ¿No ha penetrado en tu flanco mucho antes que la lanza?

        —Por cierto, en cuanto a mi, saldré satisfecho
        De un mundo donde la acción no es la hermana del ensueño;
        ¡Pueda yo empuñar la espada y perecer por la espada!
        San Pedro ha renegado de Jesús... ¡Hizo bien!
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      Abel y Caín
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        I

        Raza de Abel, duerme, bebe y come;
        Dios te sonríe complaciente.

        Raza de Caín, en el fango
        Arrástrate y muere miserablemente.

        ¡Raza de Abel, tu sacrificio
        Halaga la nariz de Serafín!

        Raza de Caín, tu suplicio,
        ¿Tendrá alguna vez fin?

        Raza de Abel, ve tus sembrados
        Y tus ganados crecer;

        Raza de Caín, tus entrañas
        Aúllan hambrientas como un viejo can.

        Raza de Abel, calienta tu vientre
        En el hogar patriarcal;

        Raza de Caín, en tu antro
        Tiembla de frío, ¡pobre chacal!

        ¡Raza de Abel, ama y pulula!
        Tu oro también procrea.

        Raza de Caín, corazón ardiente,
        Guárdate de esos grandes apetitos.

        ¡Raza de Abel, tú creces y paces
        Como las mariquitas de los bosques!

        Raza de Caín, sobre los caminos
        Arrastra tu prole hasta acorralarla.

        II

        ¡Ah, raza de Abel, tu carroña
        Abonará el suelo humeante!

        Raza de Caín, tu quehacer
        No se cumple suficientemente;

        Raza de Abel, he aquí tu vergüenza:
        ¡El hierro vencido por el venablo!

        ¡Raza de Caín, al cielo trepa,
        Y sobre la tierra arroja a Dios!
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      Las letanías de Satán
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        ¡Oh tú!, el más sabio y el más hermoso de los Ángeles,
        Dios traicionado por la suerte y privado de alabanzas,

        ¡Oh, Satán, apiádate de mi larga miseria!

        ¡Oh, Príncipe del exilio al cual se ha agraviado,
        Y que, vencido, siempre te yergues más fuerte!

        ¡Oh, Satán, apiádate de mi larga miseria!

        Tú que sabes todo, gran rey de las cosas subterráneas,
        Curandero familiar de las angustias humanas,

        ¡Oh, Satán, apiádate de mi larga miseria!

        Tú que, aun a los leprosos, a los parias malditos
        Enseñas por el amor el gusto del Paraíso,

        ¡Oh, Satán, apiádate de mi larga miseria!

        ¡Oh, tú, que de la muerte, tu vieja y fuerte amante,
        Engendras la Esperanza, —una loca encantadora!

        ¡Oh, Satán, apiádate de mi larga miseria!

        Tú que infundes al proscripto esa mirada serena y altiva
        Que condena todo un pueblo alrededor de un patíbulo,

        ¡Oh, Satán, apiádate de mi larga miseria!

        Tú que sabes en qué rincones de las tierras envidiosas
        El Dios celoso oculta las piedras preciosas,

        ¡Oh, Satán, apiádate de mi larga miseria!

        Tú, cuya clara mirada conoce los profundos arsenales
        Donde duerme sepultado el pueblo de los metales,

        ¡Oh, Satán, apiádate de mi larga miseria!

        Tú, cuya larga mano oculta los precipicios
        Al sonámbulo errante en el borde de los edificios,

        ¡Oh, Satán, apiádate de mi larga miseria!

        Tú que, mágicamente, ablandas los viejos huesos
        Del borracho retardado hollado por los caballos,

        ¡Oh, Satán, apiádate de mi larga miseria!

        Tú que, para consolar al hombre débil que sufre,
        Nos enseñas a mezclar el salitre y el azufre,

        ¡Oh, Satán, apiádate de mi larga miseria!

        Tú que pones tu impronta, ¡oh!, cómplice sutil,
        Sobre la frente del Creso implacable y vil,

        ¡Oh, Satán, apiádate de mi larga miseria!

        Tú que pones en los ojos y el corazón de las rameras
        El culto de la llaga y el amor de los andrajos,

        ¡Oh, Satán, apiádate de mi larga miseria!

        Báculo de los exiliados, lámpara de los inventores,
        Confesor de los ahorcados y de los conspiradores,

        ¡Oh, Satán, apiádate de mi larga miseria!

        Padre adoptivo de los que en su negra cólera
        Del paraíso terrestre arrojó Dios Padre,

        ¡Oh, Satán, apiádate de mi larga miseria!

        Plegaria

        ¡Gloria y alabanza a ti, Satán, en las alturas
        Del Cielo, donde tú reinas, y en las profundidades
        Del Infierno, donde, vencido, sueñas en silencio!
        Haz que mi alma un día, bajo el Árbol de la Ciencia,
        Cerca de ti repose, a la hora en que sobre tu frente
        Como un Templo nuevo sus ramas se desplieguen!
      Arriba

      La muerte de los amantes
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        Tendremos lechos llenos de olores tenues,
        Divanes profundos como tumbas,
        Y extrañas flores sobre vasares,
        Abiertas para nosotros bajo cielos más hermosos.

        Aprovechando a porfía sus calores postreros,
        Nuestros dos corazones serán dos grandes antorchas,
        Que reflejarán sus dobles destellos
        En nuestros dos espíritus, estos espejos gemelos.

        Una tarde hecha de rosa y de azul rústico,
        Cambiaremos nosotros un destello único,
        Cual un largo sollozo preñado de adioses;

        Y más tarde un Ángel, entreabriendo las puertas,
        Acudirá para reanimar, fiel y jubiloso,
        Los espejos empañados y las antorchas muertas.
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      La muerte de los pobres
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        Es la Muerte que consuela, ¡ah! y que hace vivir;
        Es el objeto de la vida, y es la sola esperanza
        Que, como un elixir, nos sostiene y nos embriaga,
        y nos da ánimos para avanzar hasta el final;

        A través de la borrasca, y la nieve y la escarcha,
        Es la claridad vibrante en nuestro horizonte negro,
        Es el albergue famoso inscripto sobre el libro,
        Donde se podrá comer, y dormir, y sentarse;

        Es un Ángel que sostiene entre sus dedos magnéticos
        El sueño y el don de los ensueños extáticos,
        Y que rehace el lecho de las gentes pobres y desnudas;

        Es la gloria de los Dioses, es el granero místico,
        Es la bolsa del pobre y su patria vieja,
        ¡Es el pórtico abierto sobre los Cielos desconocidos!
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      La muerte de los artistas
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        ¿Cuántas veces tendré que sacudir mis cascabeles
        Y besar tu frente ruin, triste caricatura?
        Para acertar en el blanco, de mística natura,
        ¿Cuántos? ¡Oh carcaj mío! ¿Cuántos venablos perderé?

        ¡Consumiremos nuestra alma en sutiles complots,
        Y derribaremos más de una pesada armadura,
        Antes de contemplar la gran Criatura
        De la cual el informal deseo nos llena de sollozos!

        Los hay que jamás han conocido su ídolo,
        Y estos escultores condenados y señalados por una afrenta,
        Que van martillándose el pecho y la frente,

        No tienen más que una esperanza ¡extraño y sombrío Capitolio!
        Y es que la Muerte cerniéndose como un nuevo sol
        ¡Hará desplegarse a las flores de su cerebro!
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      El final de la jornada
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        Bajo una luz descolorida
        Corre, danza y se tuerce sin razón
        La Vida, impudente y vocinglera,
        Así, en cuanto en el horizonte

        La noche voluptuosa sube,
        Sosegándolo todo, hasta el hambre,
        Borrándolo todo, hasta la vergüenza,
        El Poeta se dice: "¡Finalmente!"

        Mi espíritu, como mis vértebras,
        Implora ardiente el reposo;
        El corazón lleno de pensamientos fúnebres,

        Voy a tenderme de espaldas
        Envolviéndome en vuestros cortinados,
        "¡Oh, refrescantes tinieblas!"
      Arriba

      El sueño de un curioso
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        ¿Conoces, como yo, el dolor sabroso?,
        Y de ti haces decir: "¡Oh, que hombre singular!"
        -Iba yo a morir. Era aquello en mi alma amorosa,
        Deseo mezclado al horror, un mal particular;

        Angustia y viva esperanza, sin humor ficticio.
        Cuanto más se vaciaba la fatal ampolleta,
        Más áspera y deliciosa era mi tortura;
        Todo mi corazón se desprendía del mundo familiar.

        Me sentía cual el niño ávido del espectáculo,
        Aborreciendo el telón como se odia un obstáculo...
        Finalmente la verdad fría se reveló:

        Estaba yo muerto, inesperadamente, y la famosa aurora
        Me envolvía.— Y, ¿qué? Entonces, ¿no es más que esto?
        La cortina se había alzado y yo esperaba todavía.
      Arriba

      El viaje
        (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

        I

        Para el niño, enamorado de mapas y estampas,
        El universo es igual a su vasto apetito.
        ¡Ah! ¡Cuan grande es el mundo a la claridad de las lámparas!
        ¡Para las miradas del recuerdo, el mundo qué pequeño!

        Una mañana zarpamos, la mente inflamada,
        El corazón desbordante de rencor y de amargos deseos,
        Y nos marchamos, siguiendo el ritmo de la onda
        Meciendo nuestro infinito sobre el confín de los mares.

        Algunos, dichosos al huir de una patria infame;
        Otros, del horror de sus orígenes, y unos contados,
        Astrólogos sumergidos en los ojos de una mujer,
        La Circe tiránica de los peligrosos perfumes.

        Para no convertirse en bestias, se embriagan
        De espacio y de luz, y de cielos incendiados;
        El hielo que los muerde, los soles que los broncean,
        Borran lentamente la huella de los besos.

        Pero los verdaderos viajeros son los únicos que parten
        Por partir; corazones ligeros, semejantes a los globos,
        De su fatalidad jamás ellos se apartan,
        Y, sin saber por qué, dicen siempre: ¡Vamos!

        ¡Son aquellos cuyos deseos tienen forma de nubes,
        Y que como el conscripto, sueñan con el cañón,
        En intensas voluptuosidades, mutables, desconocidas,
        Y de las que el espíritu humano jamás ha conocido el nombre!

        II

        Imitamos ¡horror! al trompo y la pelota
        En su danza y sus saltos; hasta en nuestros sueños
        La Curiosidad nos atormenta y nos envuelve,
        Como un Ángel cruel que fustigará soles.

        ¡Singular fortuna en la que el final se desplaza,
        Y no estando en parte alguna, puede hallarse por doquier!
        ¡Donde el Hombre, que jamás la esperanza abandona,
        Para lograr el reposo corre siempre como un loco!

        Nuestra alma es nave de tres palos buscando su Icaria;
        Una voz resuena en el puente: "¡Atención!"
        Una voz desde la cofa, ardiente y loca, clama:
        "¡Amor... gloria... felicidad!" ¡Infierno! ¡Es un escollo!

        Cada islote señalado por el vigía
        Es un El dorado prometido por el Destino;
        La imaginación, que acucia su orgía
        No halla más que un arrecife al amanecer.

        ¡Oh, el infeliz enamorado de tierras quiméricas!
        ¿Habrá que engrillar y arrojar al mar,
        A este marinero borracho, inventor de Américas
        Para el cual el espejismo toma el remolino más amargo?

        Como el viejo vagabundo, chapaleando en el lodo
        Sueña, husmeando en el aire, brillantes paraísos;
        Su mirada hechizada descubre una Capúa
        En cuanto lugar la candela alumbra un tugurio.

        III

        ¡Asombrosos viajeros! ¡Qué nobles relatos
        Leemos en vuestros ojos profundos como los mares!
        Mostradnos los joyeros de vuestras ricas memorias,
        Esas alhajas maravillosas, hechas de astros y de éter.

        ¡Deseamos viajar sin vapor y sin velas!
        Para ahuyentar el tedio de nuestras prisiones,
        Haced desfilar nuestros espíritus, tensos como un lienzo,
        Vuestros recuerdos enmarcados por horizontes.

        Decid, ¿qué habéis visto?

        IV

        "Hemos visto astros
        Y olas; hemos visto playas además;
        Y, malgrado muchos choques e imprevistos desastres,
        Nos hemos hastiado, a menudo, como aquí.

        El esplendor del sol sobre el mar violáceo,
        El esplendor de las ciudades en el sol poniente,
        Encendían en nuestros corazones el impulso inquietante
        De sumergirnos en el cielo con su reflejo fascinante.

        Las más ricas ciudades, los más amplios paisajes,
        Jamás contenían el atractivo misterioso
        De aquellos que el azar forma con las nubes.
        ¡Y siempre el deseo nos tornaba inquietos!

        —El gozo acrecienta del deseo la fuerza.
        ¡Deseo, viejo árbol, al cual el placer sirviéndole de abono,
        Entretanto acrecienta y endurece tu corteza,
        Tus ramas quieren ver el sol de más cerca!

        ¿Crecerás siempre, gran árbol, más vivaz
        Que el ciprés? —Sin embargo, nosotros, con cuidado,
        Recogimos algunos croquis para vuestro álbum voraz,
        ¡Hermanos que encontráis bello todo cuanto viene de lejos!

        Hemos saludado ídolos engañosos;
        Tronos constelados de joyas luminosas;
        Palacios adornados cuya feérica pompa
        Sería para vuestros banqueros un sueño ruinoso;

        Vestimentas que son para la vista una embriaguez;
        Mujeres cuyos dientes y las uñas están pintados,
        Y juglares sabios que la serpiente acaricia."

        V

        Y después, y después. ¿Todavía, qué más?

        VI

        "¡Oh, cerebros infantiles!"

        Para no olvidar el tema capital,
        Hemos visto en todas partes, y sin haberlo buscado,
        Desde arriba hasta abajo la escala fatal,
        El espectáculo enojoso del inmortal pecado:

        La mujer, esclava vil, orgullosa y estúpida,
        Sin reír extasiándose y adorándose sin repugnancia;
        El hombre, tirano goloso, lascivo, duro y ávido,
        Esclavo de la esclava y arroyo en la cloaca;

        El verdugo que goza, el mártir que solloza;
        La fiesta que sazona y perfuma la sangre;
        El veneno del poder enervando al déspota,
        Y el pueblo amoroso del látigo embrutecedor;

        Muchas religiones semejantes a la nuestra,
        Todas escalando el cielo; la Santidad,
        Cual un lecho de plumas donde un refinado se revuelca,
        En los clavos y la cerda, buscando la voluptuosidad;

        La Humanidad habladora, ebria de su genialidad,
        Y enloquecida, hoy como lo estaba ayer,
        Clamando a Dios, en su furibunda agonía:
        "¡Oh, mi semejante, oh mi señor, yo te maldigo!"

        Y los menos necios, atrevidos amantes de la Demencia,
        Huyendo del gran rebaño acorralado por el Destino,
        Refugiándose en el opio inconmensurable!
        —Tal es del globo entero el eterno boletín."

        VII

        ¡Amargo sabor, aquel que se extrae del viaje!
        El mundo, monótono y pequeño, en el presente,
        Ayer, mañana, siempre, nos hace ver nuestra imagen;
        Un oasis de horror en un desierto de tedio!

        ¿Es menester partir? ¿Quedarse? Si te puedes quedar, quédate;
        Parte, si es menester. Uno corre, el otro se oculta
        Para engañar ese enemigo vigilante y funesto,
        ¡El Tiempo! El pertenece, a los corredores sin respiro,

        Como el Judío Errante y como los apóstoles,
        A quien nada basta, ni vagón ni navío,
        Para huir de este retiro infame; y aun hay otros
        Que saben matarlo sin abandonar su cuna.

        Cuando, finalmente, él ponga su planta sobre nuestro espinazo,
        Podremos esperar y clamar: ¡Adelante!
        Lo mismo que otras veces, cuando zarpamos para la China,
        Con la mirada hacia lo lejos y los cabellos al viento,

        Nos embarcaremos sobre el mar de las Tinieblas
        Con el corazón gozoso del joven pasajero.
        Escucháis esas voces, embelesadoras y fúnebres,
        Que cantan: "¡Por aquí! vosotros que queréis saborear

        ¡El Loto perfumado! Es aquí donde se cosechan
        Los frutos milagrosos que vuestro corazón apetece;
        Acudid a embriagaros con la dulzura extraña
        De esta siesta que jamás tiene fin!"

        Por el acento familiar barruntamos al espectro;
        Nuestros Pilades, allá, nos tienden sus brazos.
        "¡Para refrescar tu corazón boga hacia tu Electra!"
        Dice aquella a la que en otros días besábamos las rodillas.

        VIII

        ¡Oh, Muerte, venerable capitana, ya es tiempo! ¡Levemos el ancla!
        Esta tierra nos hastía, ¡oh, Muerte! ¡Aparejemos!
        ¡Si el cielo y la mar están negros como la tinta,
        Nuestros corazones, a los que tú conoces, están radiantes!

        ¡Viértenos tu veneno para que nos reconforte!
        Este fuego tanto nos abraza el cerebro, que queremos
        Sumergirnos en el fondo del abismo, Infierno o Cielo, ¿qué importa?
        ¡Hasta el fondo de lo Desconocido, para encontrar lo nuevo!
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