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    Información biográfica

  1. A ti
  2. A un pesimista
  3. Al oído del lector
  4. Crepúsculo
  5. Crisálidas
  6. Edenia
  7. Enfermedades de la niñez
  8. Estrellas fijas
  9. Estrellas que entre lo sombrío
  10. Gutiérrez Nájera
  11. Humo
  12. Idilio
  13. Juntos los dos
  14. La calavera
  15. Las noches del hogar
  16. Las voces silenciosas
  17. Muertos
  18. Nocturno
  19. Notas perdidas
  20. Sinfonía color de fresa con leche
  21. Sonetos negros
  22. Triste
  23. Vejeces




    Información biográfica

      Nombre: José Asunción Salustiano Facundo Silva Gómez
      Lugar y fecha nacimiento: Bogotá (Colombia), 27 de noviembre de 1865
      Lugar y fecha defunción: Bogotá (Colombia), 23 de mayo de 1896 (30 años)

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      A ti

        Tú no lo sabes... mas yo he soñado
        Entre mis sueños color de armiño,
        Horas de dicha con tus amores,
        Besos ardientes, quedos suspiros
        Cuando la tarde tiñe de oro
        Esos espacios que juntos vimos,
        Cuando mi alma su vuelo emprende
        A las regiones de lo infinito
        Aunque me olvides, aunque no me ames
        Aunque me odies, ¡sueño contigo!

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      A un pesimista

        Hay demasiada sombra en tus visiones,
        Algo tiene de plácido la vida,
        No todo en la existencia es una herida
        Donde brote la sangre a borbotones.
        La lucha tiene sombra, y las pasiones
        Agonizantes, la ternura huida,
        Todo lo amado que al pasar se olvida
        Es fuente de angustiosas decepciones.
        Pero, ¿por qué dudar, si aún ofrecen
        En el remoto porvenir oscuro
        Calmas hondas y vívidos cariños
        La ternura profunda, el beso puro
        Y manos de mujer, que amantes mecen
        Las cunas sonrosadas de los niños?

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      Al oído del lector

        No fue pasión aquello,
        Fue una ternura vaga
        Lo que inspiran los niños enfermizos,
        Los tiempos idos y las noches pálidas.
        El espíritu sólo
        Al conmoverse canta:
        Cuando el amor lo agita poderoso
        Tiembla, medita, se recoge y calla.
        Pasión hubiera sido
        En verdad; estas páginas
        En otro tiempo más feliz escritas
        No tuvieran estrofas sino lágrimas.

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      Crepúsculo

        Junto a la cuna aún no está encendida
        La lámpara tibia, que alegra y reposa,
        Y se filtra opaca, por entre cortinas
        De la tarde triste la luz azulosa.
        Los niños cansados suspenden los juegos,
        De la calle vienen extraños ruidos,
        En estos momentos, en todos los cuartos,
        Se van despertando los duendes dormidos.
        La sombra que sube por los cortinajes,
        Para los hermosos oyentes pueriles,
        Se puebla y se llena con los personajes
        De los tenebrosos cuentos infantiles.
        Flota en ella el pobre Rin Rin Renacuajo,
        Corre y huye el triste Ratoncito Pérez,
        Y la entenebrece la forma del trágico
        Barba Azul, que mata sus siete mujeres.
        En unas distancias enormes e ignotas,
        Que por los rincones oscuros suscita,
        Andan por los prados el Gato con Botas,
        Y el Lobo que marcha con Caperucita.
        Y, ágil caballero, cruzando la selva,
        Do vibra el ladrido fúnebre de un gozque,
        A escape tendido va el Príncipe Rubio
        A ver a la Hermosa Durmiente del Bosque.

        Del infantil grupo se levanta leve
        Argentada y pura, una vocecilla,
        Que comienza: "Entonces se fueron al baile
        Y dejaron sola a la Cenicentilla,
        Se quedó la pobre triste en la cocina,
        De llanto de pena nublados los ojos,
        Mirando los juegos extraños que hacían
        En las sombras negras los carbones rojos.
        Pero vino el Hada que era su madrina,
        Le trajo un vestido de encaje y crespones,
        Le hizo un coche de oro de una calabaza,
        Convirtió en caballos unos seis ratones,
        Le dio un ramo enorme de magnolias húmedas,
        Unos zapaticos de vidrio, brillantes,
        Y de un solo golpe de la vara mágica
        Las cenizas grises convirtió en diamantes".

        Con atento oído las niñas la escuchan,
        Las muñecas duermen, en la blanda alfombra
        Medio abandonadas, y en el aposento
        La luz disminuye, se aumenta la sombra.

        ¡Fantásticos cuentos de duendes y hadas,
        Llenos de paisajes y de sugestiones,
        Que abrís a lo lejos amplias perspectivas
        A las infantiles imaginaciones!
        Cuentos que nacisteis en ignotos tiempos
        Y que vais, volando, por entre lo oscuro,
        Desde los potentes Aryos primitivos,
        Hasta las enclenques razas del futuro.
        Cuentos que repiten sencillas nodrizas
        Muy paso, a los niños, cuando no se duermen,
        Y que en sí atesoran del sueño poético
        El íntimo encanto, la esencia y el germen.
        Cuentos más durables que las convicciones
        De graves filósofos y sabias escuelas,
        Y que rodeasteis con vuestras ficciones,
        Las cunas doradas de las bisabuelas.
        ¡Fantásticos cuentos de duendes y hadas
        Que pobláis los sueños confusos del niño,
        El tiempo os sepulta por siempre en el alma
        Y el hombre os evoca, con hondo cariño!

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      Crisálidas

        Cuando enferma la niña todavía
        Salió cierta mañana
        Y recorrió, con inseguro paso
        La vecina montaña,
        Trajo, entre un ramo de silvestres flores
        Oculta una crisálida,
        Que en su aposento colocó, muy cerca
        De la camita blanca.

        Unos días después, en el momento
        En que ella expiraba,
        Y todos la veían, con los ojos
        Nublados por las lágrimas,
        En el instante en que murió, sentimos
        Leve rumor de alas
        Y vimos escapar, tender al vuelo
        Por la antigua ventana
        Que da sobre el jardín, una pequeña
        Mariposa dorada.

        La prisión, ya vacía, del insecto
        Busqué con vista rápida;
        Al verla vi de la difunta niña
        La frente mustia y pálida,
        Y pensé, si al dejar su cárcel triste
        La mariposa alada,
        La luz encuentra y el espacio inmenso,
        Y las campestres auras,
        Al dejar la prisión que las encierra,
        ¿Qué encontrarán las almas?

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      Edenia

        Melancólica y dulce cual la huella
        Que un sol poniente deja en el azul
        Cuando baña a lo lejos los espacios
        Con los últimos rayos de su luz
        Mientras tiende la noche por los cielos
        De la penumbra el misterioso tul.
        Suave como el canto que el poeta
        En un suspiro involuntario da,
        Pura como las flores entreabiertas
        De la selva en la agreste oscuridad
        Do detenido en las musgosas ramas
        No filtra un rayo de la luz solar.
        Mujer, toda mujer ardiente, casta
        Alumbrada con luz de lo ideal...
        Radiante de virtud y de belleza
        Como mi alma la llegó a soñar,
        En sus sueños de cándida ternura,
        ¿Así la encontrará?

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      Enfermedades de la niñez

        A una boca vendida,
        A una infame boca,
        Cuando sintió el impulso que en la vida
        A locuras supremas nos provoca,
        Dio el primer beso, hambriento de ternura
        En los labios sin fuerza, sin frescura.
        No fue como Romeo
        Al besar a Julieta;
        El cuerpo que estrechó cuando el deseo
        Ardiente aguijoneó su carne inquieta,
        Fue el cuerpo vil de vieja cortesana,
        Juana incansable de la tropa humana.
        Y el éxtasis divino
        Que soñó con delicia
        Lo dejó melancólico y mohíno
        Al terminar la lúbrica caricia.
        Del amor no sintió la intensa magia
        Y consiguió... una buena blenorragia.

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      Estrellas fijas

        Cuando ya de la vida
        El alma tenga, con el cuerpo, rota,
        Y duerma en el sepulcro
        Esa noche, más larga que las otras,
        Mis ojos, que en recuerdo
        Del infinito eterno de las cosas,
        Guardaron sólo, como de un ensueño,
        La tibia luz de tus miradas hondas,
        Al ir descomponiéndose
        Entre la oscura fosa,
        Verán, en lo ignorado de la muerte,
        Tus ojos... destacándose en las sombras.

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      Estrellas que entre lo sombrío

        Estrellas que entre lo sombrío,
        De lo ignorado y de lo inmenso,
        Asemejáis en el vacío,
        Jirones pálidos de incienso,
        Nebulosas que ardéis tan lejos
        En el infinito que aterra
        Que sólo alcanzan los reflejos
        De vuestra luz hasta la tierra,
        Astros que en abismos ignotos
        Derramáis resplandores vagos,
        Constelaciones que en remotos
        Tiempos adoraron los Magos,
        Millones de mundos lejanos,
        Flores de fantástico broche,
        Islas claras en los océanos,
        Sin fin, ni fondo de la noche,
        Estrellas, luces pensativas
        Estrellas, pupilas inciertas
        ¿Por qué os calláis si estáis vivas
        Y por que alumbráis si estáis muertas?

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      Gutiérrez Nájera

        Regresar fatigado del trabajo
        De la diaria faena
        E ir a mirarse en lo hondo retratado
        De sus pupilas negras
        Cerca del rico piano; mientras vaga
        Sobre las blancas teclas
        Su mano de marfil -soñar despierto
        Felicidad eterna.
        A la luz de la lámpara brillante
        Ver las rubias cabezas
        De los risueños niños -de infantiles
        Ilusiones llenos.
        La mirada tender sobre la cuna
        Que cual flor entreabierta
        Entre sus hojas perfumadas guarda
        Una existencia nueva
        ¡Oh cuadro del hogar! Oh perspectiva
        Cariñosa y risueña,
        Cuando en el paso por el falso mundo
        Ancha herida sangrienta,
        El desengaño abrió, cuando sentimos
        Caer mustias y secas
        De la primera juventud las rosas,
        Qué mortal no desea
        Dejar en tu silencio venturoso
        Deslizar la existencia
        Y guardar lo divino y delicado
        Que el alma herida encierra
        En tu seno feliz; como la concha
        Lejos de las tormentas
        Guarda en el fondo del movible océano
        Las nacaradas perlas.

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      Humo

        De Th. Gautier.

        Bajo los árboles viejos
        Cuya sombra el suelo baña
        Miro perdida a lo lejos
        Una pequeña cabaña.
        Todo en quietud allí vese,
        La ventana no está abierta
        Y el musgo grisoso crece
        Sobre el umbral de la puerta.
        Cual tibio aliento aromado
        Que el frío condensa en nube
        Humo tenue y azulado
        En espiral de ella sube.
        Del alma que allí reposa
        Noticias a Dios le lleva
        El humo que de la choza
        En espirales se eleva.

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      Idilio

        -Ella lo idolatró y él la adoraba...
        -¿Se casaron al fin?
        -No, señor, ella se casó con otro.
        -¿Y murió de sufrir?
        -No, señor, de un aborto.
        -¿Y él, el pobre, puso a su vida fin?
        -No, señor, se casó seis meses antes del matrimonio de ella, y es feliz.

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      Juntos los dos

        Juntos los dos reímos cierto día...
        ¡Ay, y reímos tanto
        Que toda aquella risa bulliciosa
        Se tornó pronto en llanto!
        Después, juntos los dos, alguna noche,
        Reímos mucho, tanto,
        Que quedó como huella de las lágrimas
        Un misterioso encanto.
        Nacen hondos suspiros, de la orgía
        Entre las copas cálidas
        Y en el agua salobre de los mares,
        Se forjan perlas pálidas.

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      La calavera

        En el derruido muro
        De la huerta del convento,
        En un agujero oscuro
        Donde, al pasar, silba el viento,
        Y, como una dolorida
        Queja a las piedras arranca,
        Hay, en el fondo, escondida
        Una calavera blanca.
        De algún fraile soñador
        De vida ejemplar y bella
        Y dedicada al Señor,
        En el mundo única huella.
        Abre los ojos, sin fondo,
        Como a visiones extrañas,
        Y del vacío en lo hondo
        Forjan telas las arañas.
        Húmedo musgo grisoso
        Recubre la antigua grieta,
        Donde, en supremo reposo,
        Descansa ignorada y quieta.
        Pero hasta aquella escondida
        Mansión la brisa ligera
        Lleva murmullos de vida
        Y olores de primavera.
        Golondrinas, que en sus marchas
        Dejaron el patrio río,
        Huyendo de las escarchas,
        De las brumas y del frío,
        Cuando la luz del Poniente
        Filtra por el hondo hueco
        Y hace parecer viviente
        El cráneo rígido y seco,
        Desde las negras ruinas,
        Alzan sosegado vuelo,
        En sus vueltas peregrinas
        Tocan las ramas y el suelo,
        Como buscando en el prado,
        Ya por la tarde, sombrío,
        El espíritu elevado
        Que habitó el cráneo vacío.

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      Las noches del hogar

        Amo las dichas del hogar sencillo
        Apetezco su plácido cariño
        Yo quiero que descanse en mis rodillas
        La rubia cabecita de algún niño.

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      Las voces silenciosas

        ¡Oh voces silenciosas de los muertos!
        Cuando la hora muda
        Y vestida de fúnebres crespones,
        Desfilar haga ante mis turbios ojos
        Sus fantasmas inciertos,
        Sus pálidas visiones...
        ¡Oh voces silenciosas de los muertos!
        En la hora que aterra
        No me llaméis hacia el pasado oscuro,
        Donde el camino de la vida cruza
        Los valles de la tierra.
        ¡Oh voces silenciosas de los muertos!
        Llamadme hacia la altura
        Donde el camino de los astros corta
        La gélida negrura;
        Hacia la playa donde el alma arriba,
        Llamadme entonces, voces silenciosas,
        ¡Hacia arriba!, ¡hacia arriba!

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      Muertos

        En los húmedos bosques, en otoño,
        Al llegar de los fríos, cuando rojas,
        Vuelan sobre los musgos y las ramas
        En torbellinos, las marchitas hojas,
        La niebla al extenderse en el vacío
        Le da al paisaje mustio un tono incierto
        Y el follaje do huyó la savia ardiente
        Tiene un adiós para el verano muerto
        Y un color opaco y triste
        Como el recuerdo borroso
        De lo que fue y ya no existe.
        En los antiguos cuartos hay armarios
        Que en el rincón más íntimo y discreto,
        De pasadas locuras y pasiones
        Guardan, con un aroma de secreto,
        Viejas cartas de amor, ya desteñidas
        Que obligan a evocar tiempos mejores,
        Y ramilletes negros y marchitos,
        Que son como cadáveres de flores
        Y tienen un olor triste
        Como el recuerdo borroso
        De lo que fue y ya no existe.
        Y en las almas amantes cuando piensan
        En perdidos afectos y ternuras
        Que de la soledad de ignotos días
        No vendrán a endulzar horas futuras,
        Hay el hondo cansancio que en la lucha,
        Acaba de matar a los heridos,
        Vago como el color del bosque mustio
        Como el olor de los perfumes idos,
        Y el cansancio aquel es triste
        Como el recuerdo borroso
        De lo que fue y ya no existe.

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      Nocturno

        Una noche,
        Una noche toda llena de perfumes, de murmullos y de música de alas,
        Una noche,
        En que ardían, en la sombra nupcial y húmeda, las luciérnagas fantásticas,
        A mi lado, lentamente, contra mí ceñida, toda, muda y pálida
        Como si un presentimiento de amarguras infinitas
        Hasta el fondo más secreto de tus fibras te agitara,
        Por la senda que atraviesa la llanura florecida
        Caminabas,
        Y la Luna llena
        Por los cielos azulosos, infinitos y profundos esparcía su luz blanca,
        Y tu sombra,
        Fina y lánguida,
        Y mi sombra
        Por los rayos de la Luna proyectadas,
        Sobre las arenas tristes
        De la senda se juntaban
        Y eran una
        Y eran una
        ¡Y eran una sola sombra larga!
        ¡Y eran una sola sombra larga!
        ¡Y eran una sola sombra larga!
        Esta noche
        Solo el alma
        Llena de las infinitas amarguras y agonías de tu muerte,
        Separado de ti misma, por la sombra, por el tiempo y la distancia,
        Por el infinito negro
        Donde nuestra voz no alcanza,
        Solo y mudo
        Por la senda caminaba,
        Y se oían los ladridos de los perros a la Luna,
        A la Luna pálida,
        Y el chillido
        De las ranas.
        Sentí frío; ¡era el frío que tenían en tu alcoba
        Tus mejillas y tus sienes y tus manos adoradas,
        Entre las blancuras níveas
        De las mortuorias sábanas.
        Era el frío del sepulcro, era el frío de la muerte,
        Era el frío de la nada...
        Y mi sombra
        Por los rayos de la Luna proyectada,
        Iba sola
        Iba sola
        ¡Iba sola por la estepa solitaria!
        Y tu sombra esbelta y ágil,
        Fina y lánguida,
        Como en esa noche tibia de la muerta primavera,
        Como en esa noche llena de perfumes, de murmullos y de músicas de alas,
        Se acercó y marchó con ella,
        Se acercó y marchó con ella,
        Se acercó y marchó con ella... ¡Oh las sombras enlazadas!
        ¡Oh las sombras de los cuerpos que se juntan con las sombras de las almas!
        ¡Oh las sombras que se buscan y se juntan en las noches de negruras y de lágrimas!

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      Notas perdidas

        I

        Es media noche. Duerme el mundo ahora
        Bajo el ala de niebla del silencio
        Vagos rayos de luna
        Y el fulgor incierto
        De lámpara velada
        Alumbran su aposento.
        En las teclas del piano
        Vagan aún sus marfilinos dedos,
        Errante la mirada
        Dice algo que no alcanza el pensamiento.
        ¡Cómo perfuma el aire el blanco ramo
        Marchito en el florero,
        Cuán suave es el suspiro
        Que vaga entre sus labios entreabiertos!

        ¡Adriana! ¡Adriana! De tan dulces horas
        Guardarán el secreto
        Tu estancia, el rayo de la luna, el vago
        Ruido de tus besos,
        La noche silenciosa,
        Y en mi alma el recuerdo!

        II

        Si en vosotras algún día
        Se fijan sus ojos bellos,
        ¡Pobres estrofas! Habladle
        Con rumor suave y ledo
        Como notas de una música
        Que oímos ha mucho tiempo,
        Y que impregnada de aromas
        Torna en las alas del viento.
        Alzada cual leve brisa
        Besad sus blondos cabellos
        Y penetrad en su alma
        Y en los espacios perdeos
        Como en la santa capilla
        Las espirales de incienso!

        III

        Como recuerdo de su amor sincero,
        Recuerdo dulce y único
        De aquel amor suave y melancólico
        Cual la luz del crepúsculo,
        Guardo en un cofrecito plateado
        Unas rosas de musgo
        Las contemplo en mis horas de alegría,
        Las beso cuando sufro,
        ¡Aún guardan el perfume penetrante
        De los cabellos suyos!

        Cuando bajo la tierra muda y fría
        Duerma, lejos del mundo,
        Cuando el ramaje de movible sauce
        Cobije mi sepulcro,
        Sobre la piedra que mis restos vele
        Poned el ramo mustio!

        IV

        La noche en que al dulce beso
        Del amor, se abrió su alma
        Caminando lentamente
        Iba, en mi brazo apoyada.
        No había Luna. Las estrellas
        Vertían su luz escasa,
        Y sobre el cielo profundo
        Nuestros ojos contemplaban
        Como una bruma ligera,
        La brillante vía láctea,
        Suspiró. Con voz muy queda
        Dime -le dije-, ¡te cansas!
        Alzó la hermosa cabeza,
        Se iluminó su mirada
        Y murmuró. Mira, dicen
        Que es grande, inmensa la vaga
        Bruma que brilla a lo lejos
        Como una niebla de plata,
        Que la forman otros mundos
        Que están a inmensa distancia,
        Que la luz solar invierte
        Siglos en atravesarla,
        Y si Dios quisiera un día
        A ti y a mí darnos alas,
        ¡Esa distancia infinita
        Feliz contigo cruzara!
        Bajo la noble cabeza
        Desvió la viva mirada
        Y dijo paso; de nuevo
        Me preguntabas "te cansas".

        V

        ¡Pobre! Junto del hombre aquel, su vida
        Fue como un rayo del estivo sol,
        Que se pierde en un caos de neblinas
        Sin forma ni color.

        Las veces en que, en horas de tristeza,
        Las sombras de otros tiempos evocó
        Y el recuerdo feliz y sonriente
        De su primer amor,
        Las veces en que al beso de la pena
        Quizá lanzó un ¡ay!, y murmuró
        Cabe la cuna del dormido niño
        Una dulce canción,
        Las veces en que en luchas interiores
        Del sentimiento el grito sofocó
        Como el humilde aroma de las rosas
        Lo sabe sólo Dios.

        VI

        Encontrarás poesía
        Dijo entonces, sonriendo
        En el recinto sagrado
        De los cristianos templos,
        En los lugares que nunca
        Humanos pies recorrieron,
        En los bosques seculares
        Donde se oculta el silencio,
        En los murmullos sonoros
        De las ondas y del viento,
        En la voz de los follajes
        Del amor en los recuerdos,
        De las niñas de quince años
        En los blancos aposentos,
        En las tristezas profundas
        Como el Cristo
        En las noches estrelladas,
        ¡Jamás en los malos versos!

        VII

        Como tú sobre la dura
        Roca nativa, parásita
        También he visto en la vida
        Sobre las rocas más áridas
        Criaturas tristes y buenas
        Embellecer...

        VIII

        ¡La visteis! Dulce y serena
        Su faz retrata su calma
        Y aunque de visiones llena
        Aún está virgen su alma.
        Tiene la piel suave y pura
        Cual las hojas de las lilas,
        Ensueños de honda ternura
        Rebosan en sus pupilas.
        Pequeño y la forma arqueada
        El pie nervioso y breve
        Y pálida y hoyuelada
        La blanca mano de nieve.
        La mirada traviesa
        Con lumbre vívida brilla
        Bajo de la blonda espesa
        De la española mantilla.
        Y al meditar en sus besos
        Perdiéndose en sus miradas
        Se sueñan locos excesos
        De frescas carnes rosadas.
        Su alegre estancia risueña
        Medio-templo, medio-nido,
        Conversa al alma que sueña
        Con un lenguaje escondido.
        Hacia sus grandes ventanas
        Que velan leves cortinas
        Tienden las oscuras ramas
        Las madreselvas vecinas.
        De noche mis pensamientos
        Allí van -ruido importuno
        En las alas de los vientos
        Con los rayos de la Luna.
        Y al penetrar, a la mesa
        Vuelan -do lee o delira-
        O hacia el Cristo al cual le reza,
        O al espejo do se mira.
        Y cual una visión vana
        Que evaporándose crece
        Se salen por la ventana
        Cuando la aurora amanece.

        IX

        ¡Bajad a la pobre niña,
        Bajadla con mano trémula,
        Y con cuidadoso esmero
        Entre la fosa ponedla
        Y arrojad sobre su tumba
        Frías puñadas de tierra!
        Aún sobre sus labios rojos
        La sonrisa postrimera,
        Tan joven y tan hermosa
        Y descansa helada, yerta,
        Y está marchito el tesoro
        De su dulce adolescencia.
        Bajad a la pobre niña,
        ¡Bajadla con mano trémula
        Y con cuidadoso esmero
        Entre la fosa ponedla
        Y arrojad sobre su tumba
        Frías puñadas de tierra!
        Cavad ahora otra fosa,
        Cavadla con mano trémula,
        De la sonriente niña
        Del triste sepulcro cerca,
        Para que lejos del mundo
        Su sueño postrero duerman
        Mis recuerdos de cariño
        Y mis memorias más tiernas.
        Bajadlos desde mi alma.

      Arriba

      Sinfonía color de fresa con leche

        A los colibríes decadentes
        ¡Rítmica reina lírica! Con venusinos
        Cantos de sol y rosa, de mirra y laca
        Y polícromos cromos de tonos mil
        Oye los constelados versos mirrinos,
        Escúchame esta historia rubendaríaca,
        De la Princesa verde y el paje Abril,
        Rubio y sutil.
        El bizantino esmalte do irisa el rayo
        Las purpuradas gemas; que enflora Junio
        Si Helios recorre el cielo de azul edén,
        Es lilial albura que esboza Mayo
        En una noche diáfana de plenilunio
        Cuando las crisodinas nieblas se ven
        ¡A tutiplén!
        En las vívidas márgenes que espuma el Cauca
        Áureo pico, ala ebúrnea, currucuquea
        De sedeñas verduras bajo el dosel
        Do las perladas ondas se esfuma glauca
        ¿Es paloma, es estrella o azul idea?
        Labra el emblema heráldico de áureo broquel,
        Róseo rondel.
        Vibran sagradas liras que ensueña Psiquis
        Son argentados cisnes hadas y gnomos
        Y edenales olores, lirio y jazmín
        Y vuelan entelechias y tiquismiquis
        De corales, tritones, memos y momos
        Del horizonte lírico nieve y carmín
        Hasta el confín.
        Liliales manos vírgenes al son aplauden
        Y se englaucan los líquidos y cabrillean
        Con medievales himnos al abedul,
        Desde arriba Orión, Venus, que Secchis lauden
        Miran como pupilas que centellean
        Por los abismos húmedos del negro tul
        Del cielo azul.
        Tras de las cordilleras sombras, la blanca
        Selene, entre las nubes ópalo y tetras
        Surge como argentífero tulipán
        Y por entre lo negro que se espernanca
        Huyen los bizantinos de nuestras letras
        Hasta el Babel Bizancio, do llegarán
        Con grande afán.
        ¡Rítmica Reina lírica! Con venusinos
        Cantos de Sol y rosa, de mirra y laca
        Y polícromos cromos de tonos mil,
        Estos son los caóticos versos mirrinos
        Esta es la descendencia rubendaríaca,
        De la Princesa verde y el paje Abril,
        Rubio y sutil.

      Arriba

      Sonetos negros

        I

        Tiene instantes de intensas amarguras
        La sed de idolatrar que el hombre agita,
        Del supremo Señor la faz bendita
        Ya no ríe del cielo en las alturas.

        Qué poco logras, Fe, cuando aseguras
        Término a su ansiedad, que es infinita
        Y otra vida después do resucita
        Y halla, en un mundo mejor, horas más puras.

        Sin columna de luz, que en el desierto
        Guíe su paso a punto conocido,
        Continúa el cruel peregrinaje,

        Para encontrar en el futuro incierto
        Las soledades hondas del olvido
        Tras las fatigas del penoso viaje.

        II

        ¿El pensamiento humano? No sonrías
        Si al llegar, las nociones verdaderas
        A polvo imperceptible de Quimeras
        Reducen tu ilusión, con manos frías.

        Deja las peligrosas fantasías
        Y busca en perfumadas primaveras
        Todo el supremo bienestar, que esperas
        Del Cielo que prometes o que ansías.

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      Triste

        Cuando al quererlo la suerte
        Se mezclan a nuestras vidas,
        De la ausencia o de la muerte,
        Las penas desconocidas,

        Y, envueltos en el misterio
        Van, con rapidez que asombra,
        Amigos al cementerio,
        Ilusiones a la sombra,

        La intensa voz de ternura
        Que vibra en el alma amante
        Como entre la noche oscura
        Una campana distante,

        Saca recuerdo perdidos
        De angustias y desengaños
        Que tienen ocultos nidos
        En las ruinas de los años,

        Y que al cruzar aleteando
        Por el espacio sombrío
        Van en el ser derramando
        Sueños de angustia y de frío

        Hasta que alguna lejana,
        Idea consoladora,
        Que irradia en el alma humana
        Como con lumbre de aurora,

        En su lenguaje difuso
        Entabla con nuestros duelos
        El gran diálogo confuso
        De las tumbas y los cielos.

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      Vejeces

        Las cosas viejas, tristes, desteñidas,
        Sin voz y sin color, saben secretos
        De las épocas muertas, de las vidas
        Que ya nadie conserva en la memoria,
        Y a veces a los hombres, cuando inquietos
        Las miran y las palpan, con extrañas
        Voces de agonizante dicen, paso,
        Casi al oído, alguna rara historia
        Que tiene oscuridad de telarañas,
        Son de laúd, y suavidad de raso.
        ¡Colores de anticuada miniatura,
        Hoy, de algún mueble en el cajón, dormida;
        Cincelado puñal; carta borrosa,
        Tabla en que se deshace la pintura
        Por el tiempo y el polvo ennegrecida;
        Histórico blasón, donde se pierde
        La divisa latina, presuntuosa,
        Medio borrada por el liquen verde;
        Misales de las viejas sacristías;
        De otros siglos fantásticos espejos
        Que en el azogue de las lunas frías
        Guardáis de lo pasado los reflejos;
        Arca, en un tiempo de ducados llena,
        Crucifijo que tanto moribundo,
        Humedeció con lágrimas de pena
        Y besó con amor grave y profundo;
        Negro sillón de Córdoba; alacena
        Que guardaba un tesoro peregrino
        Y donde anida la polilla sola;
        Sortija que adornaste el dedo fino
        De algún hidalgo de espadín y gola;
        Mayúsculas del viejo pergamino;
        Batista tenue que a vainilla hueles;
        Seda que te deshaces en la trama
        Confusa de los ricos brocateles;
        Arpa olvidada que al sonar te quejas;
        Barrotes que formáis un monograma
        Incomprensible en las antiguas rejas,
        El vulgo os huye, el soñador os ama
        Y en vuestra muda sociedad reclama
        Las confidencias de las cosas viejas.
        El pasado perfuma los ensueños
        Con esencias fantásticas y añejas
        Y nos lleva a lugares halagüeños
        En épocas distantes y mejores,
        Por eso a los poetas soñadores,
        Les son dulces, gratísimas y caras,
        Las crónicas, historias y consejas,
        Las formas, los estilos, los colores
        Las sugestiones místicas y raras
        Y los perfumes de las cosas viejas.

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