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    Información biográfica

  1. A una mujer
  2. Alborada
  3. Ayer al anochecer
  4. Booz dormido
  5. Canción I
  6. Canción II
  7. Canción III
  8. El hombre y la mujer
  9. El triunfo
  10. En el huerto
  11. La belleza y la muerte son dos cosas profundas
  12. La oración por todos
  13. La tumba y la rosa
  14. Lise
  15. Los nidos
  16. Noche de junio
  17. Nunca insultéis a la mujer caída
  18. Océano Nox
  19. Para ti de la colina he cortado esta flor
  20. Plenitud
  21. Puesto que este mundo existe
  22. Quien no ama no vive
  23. Si pudiéramos ir
  24. Te deseo primero que ames
  25. ¡Ven! En la pradera en flor




    Información biográfica

      Nombre: Victor-Marie Hugo
      Lugar y fecha nacimiento: Besançon (Francia), 26 de febrero de 1802
      Lugar y fecha defunción: París (Francia), 22 de mayo de 1885 (83 años)

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      A una mujer

        ¡Niña!, si yo fuera rey daría mi reino,
        Mi trono, mi cetro y mi pueblo arrodillado,
        Mi corona de oro, mis piscinas de pórfido,
        Y mis flotas, para las que no bastaría el mar,
        Por una mirada tuya.

        Si yo fuera Dios, la tierra y las olas,
        Los ángeles, los demonios sujetos a mi ley.
        Y el profundo caos de profunda entraña,
        La eternidad, el espacio, los cielos, los mundos
        ¡Daría por un beso tuyo!

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      Alborada

        Ya brilla la aurora fantástica, incierta,
        Velada en su manto de rico tisú.
        ¿Por qué, niña hermosa, no se abre tu puerta?
        ¿Por qué cuando el alba las flores despierta
        Durmiendo estás tú?
        Llamando a tu puerta, diciendo está el día:
        "Yo soy la esperanza que ahuyenta el dolor".
        El ave te dice: "Yo soy la armonía".
        Y yo, suspirando, te digo: "Alma mía,
        Yo soy el amor".

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      Ayer al anochecer

        Las sombras descendían, los pájaros callaban,
        La luna desplegaba su nacarado holán.
        La noche era de oro, los astros nos miraban
        Y el viento nos traía la esencia del galán.

        El cielo azul tenía cambiantes de topacio,
        La tierra oscura cabello de bálsamo sutil;
        Tus ojos más destellos que todo aquel espacio,
        Tu juventud más ámbar que todo aquel abril.

        Aquella era la hora solemne en que me inspiro,
        En que del alma brota el cántico nupcial,
        El cántico inefable del beso y del suspiro,
        El cántico más dulce del idilio triunfal.

        De súbito atraído quizá por una estrella,
        Volviste al éter puro tu rostro soñador...
        Y dije a los luceros: "¡Verted el cielo en ella!"
        Y dije a tus pupilas: "¡Verted en mí el amor!"

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      Booz dormido

        1

        Booz se había acostado, rendido de fatiga;
        Todo el día había trabajado sus tierras
        Y luego preparado su lecho en el lugar de siempre;
        Booz dormía junto a los celemines llenos de trigo.

        Ese anciano poseía campos de trigo y de cebada;
        Y, aunque rico, era justo;
        No había lodo en el agua de su molino;
        Ni infierno en el fuego de su fragua.

        Su barba era plateada como arroyo de abril.
        Su gavilla no era avara ni tenía odio;

        Cuando veía pasar alguna pobre espigadora:
        "Deja caer a propósito espigas" -decía.

        Caminaba puro ese hombre, lejos de los senderos desviados,
        Vestido de cándida probidad y lino blanco;
        Y, sus sacos de grano siempre, como fuentes públicas,
        Del lado de los pobres se derramaban.

        Booz era buen amo y fiel pariente;
        Aunque ahorrador, era generoso;
        Las mujeres le miraban más que a un joven,
        Pues el joven es hermoso, pero el anciano es grande.

        El anciano que vuelve hacia la fuente primera,
        Entra en los días eternos y sale de los días cambiantes;
        Se ve llama en los ojos de los jóvenes,
        Pero en el ojo del anciano se ve luz.

        2

        Así pues Booz en la noche, dormía entre los suyos.
        Cerca de las hacinas que se hubiesen tomado por ruinas,
        Los segadores acostados formaban grupos oscuros:
        Y esto ocurría en tiempos muy antiguos.

        Las tribus de Israel tenían por jefe un juez;
        La tierra donde el hombre erraba bajo la tienda, inquieto
        Por las huellas de los pies del gigante que veía,
        Estaba mojada aún y blanda del diluvio.

        3

        Así como dormía Jacob, como dormía Judith,
        Booz, con los ojos cerrados, yacía bajo la enramada;
        Entonces, habiéndose entreabierto la puerta del cielo
        Por encima de su cabeza, fue bajando un sueño.

        Y ese sueño era tal que Booz vio un roble
        Que, salido de su vientre, iba hasta el cielo azul;
        Una raza trepaba como una larga cadena;
        Un rey cantaba abajo, arriba moría un dios.

        Y Booz murmuraba con la voz del alma:
        "¿Cómo podría ser que eso viniese de mí?
        La cifra de mis años ha pasado los ochenta,
        Y no tengo hijos y ya no tengo mujer.

        Hace ya mucho que aquella con quien dormía,
        ¡Oh Señor! Dejó mi lecho por el vuestro;
        Y estamos todavía tan mezclados el uno al otro,
        Ella semi viva, semi muerto yo.

        Nacería de mí una raza, ¿cómo creerlo?
        ¿Cómo podría ser que tenga hijos?
        Cuando de joven se tienen mañanas triunfantes,
        El día sale de la noche como de una victoria;

        Pero de viejo, uno tiembla como el árbol en invierno;
        Viudo estoy, estoy solo, sobre mí cae la noche,
        E inclino, ¡oh Dios mío!, mi alma hacia la tumba,
        Como un buey sediento inclina su cabeza hacia el agua".

        Así hablaba Booz en el sueño y el éxtasis,
        Volviendo hacia Dios sus ojos anegados por el sueño;
        El cedro no siente una rosa en su base,
        Y él no sentía una mujer a sus pies.

        4

        Mientras dormía, Ruth, una Moabita,
        Se había recostado a los pies de Booz, con el seno desnudo,
        Esperando no se sabe qué rayo desconocido
        Cuando viniera del despertar la súbita luz.

        Booz no sabía que una mujer estaba ahí,
        Y Ruth no sabía lo que Dios quería de ella.

        Un fresco perfume salía de los ramos de asfodelas;
        Los vientos de la noche flotaban sobre Galgalá.
        La sombra era nupcial, augusta y solemne;
        Allí, tal vez, oscuramente, los ángeles volaban,
        A veces, se veía pasar en la noche,
        Algo azul semejante a un ala.

        La respiración de Booz durmiendo
        Se mezclaba con el ruido sordo de los arroyos sobre el musgo.
        Era un mes en que la naturaleza es dulce,
        Y hay lirios en la cima de las colinas.

        Ruth soñaba y Booz dormía; la hierba era negra;
        Los cencerros del ganado palpitaban vagamente;
        Una inmensa bondad caía del firmamento;
        Era la hora tranquila en que los leones van a beber.

        Todo reposaba en Ur y en Jerimadet;
        Los astros esmaltaban el cielo profundo y sombrío;
        El cuarto creciente fino y claro entre esas flores de la sombra
        Brillaba en Occidente, y Ruth se preguntaba,

        Inmóvil, entreabriendo los ojos bajo sus velos,
        Qué dios, qué segador del eterno verano,
        Había dejado caer negligentemente al irse
        Esa hoz de oro en los campos de estrellas.

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      Canción I

        Nace el alba y tu puerta está cerrada
        Hermosa mía, ¿a qué dormir?
        ¿Si se despierta la rosa,
        No vas a despertar tú?

        Mi lindo encanto
        Escucha ya,
        A tu amante que canta
        Y también llora.

        Todo llama a tu puerta bendita.
        Dice la aurora: "yo soy el día".
        Dice el pájaro: "yo la armonía".
        Y mi corazón: "yo el amor".

        Mi lindo encanto
        Escucha ya,
        A tu amante que canta
        Y también llora.

        Te adoro, ángel, te amo mujer
        Dios que me completó contigo
        Creó mi amor para tu alma.
        Y mis ojos para tu belleza.

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      Canción II

        Si nada de mí queréis,
        ¿Por qué os acercáis a mí?
        Y si así me enloquecéis,
        ¿Por qué me miráis así?
        Si nada de mí queréis,
        ¿Por qué os acercáis a mí?

        Si nada intentáis decir,
        ¿Por qué mi mano apretáis?
        Del hermoso porvenir,
        De la dicha en que soñáis,
        Si nada intentáis decir,
        ¿Por qué mi mano apretáis?

        Si queréis que aquí no esté,
        ¿Por qué pasáis por aquí?
        Sois mi afán y sois mi fe;
        Tiemblo al veros ¡ay de mí!
        Si queréis que aquí no esté,
        ¿Por qué pasáis por aquí?

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      Canción III

        Si ya la mañana sonríe en el valle,
        ¿Por qué no has abierto tu cáliz de flor?
        ¿Por qué estás dormida, cuando ha despertado
        La blanca gardenia que estaba en botón?

        ¿Será tan profundo tu sueño que no oigas
        Que todo a tus puertas te canta a una voz:
        Mi espíritu ardiente y el ave del cielo,
        La fresca corola y el rayo del sol?

        La rosa te dice: "¡yo soy el perfume!"
        El día te dice: "¡yo soy la ilusión!"
        La alondra te dice: "¡yo soy el gorjeo!"
        Y mi alma te dice: "¡yo soy el amor!"

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      En el huerto

        Por cerezas garrafales
        Íbamos juntos al huerto.
        Con sus brazos de alabastro
        Escalaba los cerezos,
        Y montábase en las ramas,
        Que se doblaban al peso.
        Yo subía detrás de ella
        Y mis ojos indiscretos
        Su blanca pierna seguían,
        Y ella cantando y riendo,
        Les decía con sus ojos
        A los míos: -¡Estad quietos!
        Luego hacia mí se inclinaba,
        En los dientes ya trayendo
        Suspendida una cereza;
        Y yo mi boca de fuego
        Sobre su boca posaba;
        Y ella, siempre sonriendo,
        Me dejaba la cereza
        Y se llevaba mi beso.

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      La belleza y la muerte son dos cosas profundas

        La belleza y la muerte son dos cosas profundas,
        Con tal parte de sombra y de azul que diríanse
        Dos hermanas terribles a la par que fecundas,
        Con el mismo secreto, con idéntico enigma.
        Oh mujeres, oh voces, oh miradas, cabellos,
        Trenzas rubias, brillad, yo me muero, tened
        Luz, amor, sed las perlas que el mar mezcla a sus aguas,
        Aves hechas de luz en los bosques sombríos.
        Más cercanos, Judith, están nuestros destinos
        De lo que se supone al ver nuestros dos rostros;
        El abismo divino aparece en tus ojos.
        Y yo siento la sima estrellada en el alma;
        Mas del cielo los dos sé que estamos muy cerca,
        Tú porque eres hermosa, yo porque soy muy viejo.

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      La oración por todos
        Ve a rezar, hija mía. Ya es la hora
        De la conciencia y del pensar profundo
        Cesó el trabajo afanador y al mundo
        La sombra va a colgar su pabellón.

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      La tumba y la rosa

        La tumba dijo a la rosa:
        -¿Dime qué haces, flor preciosa,
        De Lo que llora el alba en ti?

        La rosa dijo a la tumba:
        -De cuanto en ti se derrumba,
        Sima horrenda, ¿qué haces, di?

        Y la rosa: -¡Tumba oscura
        De cada lágrima pura
        Yo un perfume hago veloz.

        Y la tumba: -¡Rosa ciega!
        De cada alma que me llega
        Yo hago un ángel para Dios.

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      Lise

        Yo tenía doce años; dieciséis ella al menos.
        Alguien que era mayor cuando yo era pequeño.
        Al caer de la tarde, para hablarle a mis anchas,
        Esperaba el momento en que se iba su madre;
        Luego con una silla me acercaba a su silla,
        Al caer de la tarde, para hablarle a mis anchas.
        ¡Cuánta flor la de aquellas primaveras marchitas,
        Cuánta hoguera sin fuego, cuánta tumba cerrada!
        ¿Quién se acuerda de aquellos corazones de antaño?
        ¿Quién se acuerda de rosas florecidas ayer?
        Yo sé que ella me amaba. Yo la amaba también.
        Fuimos dos niños puros, dos perfumes, dos luces.
        Ángel, hada y princesa la hizo Dios. Dado que era
        Ya persona mayor, yo le hacía preguntas
        De manera incesante por el solo placer
        De decirle: ¿por qué?, y recuerdo que a veces,
        Temerosa, evitaba la mirada pletórica
        De mis sueños, y entonces se quedaba abstraída.
        Yo quería lucir mi saber infantil,
        La pelota, mis juegos y mis ágiles trompos;
        Me sentía orgulloso de aprender mi latín;
        Le enseñaba mi Fedro, mi Virgilio, la vida
        Era un reto, imposible que algo me hiciera daño;
        Puesto que era mi padre general, presumía.
        Las mujeres también necesitan leer
        En la iglesia en latín, deletreando y soñando;
        Y yo le traducía algún que otro versículo,
        Inclinándome así sobre su libro abierto.
        El domingo, en las vísperas, desplegar su ala blanca
        Sobre nuestras cabezas yo veía a los ángeles.
        De mí siempre decía: ¡Todavía es un niño!
        Yo solía llamarla mademoiselle Lise.
        Y a menudo en la iglesia, ante un salmo difícil,
        Me inclinaba feliz sobre su libro abierto.
        Y hasta un día, ¡Dios mío, Tú lo viste!, mis labios
        Hechos fuego rozaron sus mejillas en flor.
        Juveniles amores, que duraron tan poco,
        Sois el alba de nuestro corazón, hechizad
        A aquellos niños que fuimos con un éxtasis único.
        Y al caer de la tarde, cuando llega el dolor,
        Consolad nuestras almas -deslumbradas aún-
        Juveniles amores que duraron tan poco.

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      Los nidos

        Cuando el soplo de abril abre las flores,
        Buscan las golondrinas
        De la vieja torre las agrestes ruinas;
        Los pardos ruiseñores
        Buscando van, bien mío,
        El bosque más sombrío,
        Para esconder a todos su morada
        En los frondosos ramos.
        Y nosotros también, en el tumulto
        De la inmensa ciudad, hogar oculto
        Anhelantes buscamos,
        Donde jamás oblicua una mirada
        Llegue como un insulto;
        Y preferimos las desiertas calles
        Donde la turba inquieta
        En tropel no se agrupa; y en los valles
        Las sendas del pastor y del poeta;
        Y en la selva el rincón desconocido
        Donde no llegan del mundo los rumores.
        Como esconden los pájaros su nido,
        Vamos allí a ocultar nuestros amores.

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      Noche de junio

        Muere el día en verano. De sus flores cubierto,
        Vierte el campo a lo lejos un perfume embriagante.
        Con los ojos cerrados y el oído entreabierto,
        Dormimos en un sueño más claro y fascinante.

        Es más grata la sombra y el lucero es más puro.
        Una luz imprecisa los espacios colora,
        Y el alba dulce y pálida, esperando su hora,
        Vaga toda la noche al pie del cielo oscuro.

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      Nunca insultéis a la mujer caída

        Nunca insultéis a la mujer caída
        Nadie sabe qué peso le agobió,
        Ni cuántas luchas soportó en la vida,
        Hasta que al fin cayó.
        ¿Quién no ha visto mujeres sin aliento
        Asirse con afán a la virtud
        Y resistir el duro viento del vicio
        Con serena actitud?
        Gota de agua pendiente de una rama
        Que el viento agita y hace estremecer;
        ¡Perla que el cáliz de la flor derrama
        Y se convierte en lodo al caer!
        Pero aún puede la gota peregrina
        Su perdida pureza recobrar,
        Y resurgir del polvo, cristalina,
        Y ante la luz brillar.
        Dejad amar a la mujer caída,
        Dejad al polvo su vital calor,
        Porque todo recobra nueva vida
        Con nueva luz y amor.

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      Océano Nox

        ¡Ay!, ¡cuántos capitanes y cuántos marineros
        Que buscaron, alegres, distantes derroteros,
        Se eclipsaron un día tras el confín lejano!
        Cuántos "ay" se perdieron, dura y triste fortuna,
        En este mar sin fondo, entre sombras sin luna,
        Y hoy duermen para siempre bajo el ciego océano.

        ¡Cuántos pilotos muertos con sus tripulaciones!
        Las hojas de sus vidas robaron los tifones
        Y esparciolas un soplo en las ondas gigantes.
        Nadie sabrá su muerte en este abismo amargo.
        Al pasar, cada ola de un botín se hizo cargo:
        Una cogió el esquife y otra los tripulantes.

        Se ignora vuestra suerte, oh cabezas perdidas
        Que rodáis por las negras regiones escondidas
        Golpeando vuestras frentes contra escollos ignotos.
        ¡Cuántos padres vivían de un sueño solamente
        Y en las playas murieron esperando al ausente
        Que no regresó nunca de los mares remotos!

        En las veladas hablan a veces de vosotros.
        Sentados en las anclas, unos fuman y otros
        Enlazan vuestros nombres -ya de sombra cubierta-
        A risas, a canciones, a historias divertidas,
        O a los besos robados a vuestras prometidas,
        ¡Mientras dormís vosotros entre las algas yertos!

        Preguntan: "¿Dónde se hallan? ¿Triunfaron? ¿Son felices?
        ¿Nos dejaron por otros más fértiles países?"
        Después, vuestro recuerdo mismo queda perdido.
        Se traga el mar el cuerpo y el nombre la memoria.
        Sombras sobre las sombras acumula la historia
        Y sobre el negro océano se extiende el negro olvido.

        Pronto queda el recuerdo totalmente borrado.
        ¿No tiene uno su barca, no tiene otro su arado?
        Tan sólo vuestras viudas, en noches de ciclones,
        Aún hablan de vosotros -ya de esperar cansadas-
        Moviendo así las tristes cenizas apagadas
        De sus hogares muertos y de sus corazones.

        Y cuando al fin la tumba los párpados les cierra,
        Nada os recuerda, nada, ni una piedra en la tierra
        Del cementerio aldeano donde el eco responde,
        Ni un ciprés amarillo que el otoño marchita,
        Ni la canción monótona que un mendigo musita
        Bajo un puente ya en ruinas que su dolor esconde.

        ¿En dónde están los náufragos de las noches oscuras?
        ¡Sabéis vosotras, olas, siniestras aventuras,
        Olas que en vano imploran las madres de rodillas!
        ¡Las contáis cuando avanza la marea ascendente
        Y esto es lo que os da aquella voz amarga y doliente
        Con que lloráis de noche golpeando en las orillas!

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      Para ti de la colina he cortado esta flor

        Para ti de la colina he cortado esta flor
        En la costa escarpada que hacia el mar desciende
        Y que sólo las águilas conocen y frecuentan.
        En la roca agrietada, solitaria ella crecía.
        Los costados de la triste cima de sombra
        La bañaban y yo veía donde el sol ya no estaba,
        Como un arco brillante y rojo de victoria,
        La noche oscura hacía un pórtico de nubes.
        A lo lejos flotaban pequeños navíos.
        En el fondo del valle unos techos temían
        Llamar la atención brillando demasiado.
        Para ti, mi amada, he cortado esta flor.
        Es pálida y no tiene su corola perfume,
        Su raíz no atrapó en la cima del monte
        Sino el olor amargo de las algas marinas;
        Mas dije: "pobre flor, desde lo alto de esta cima
        Debieras descender hacia el abismo inmenso
        Adonde van las algas, las nubes y los barcos,
        Pero muere en su pecho, abismo aún más profundo,
        Marchítate en su seno, donde palpita un mundo.
        El cielo que te creó para perder tus pétalos
        Te destinó a la mar y yo te entrego al amor".
        El viento levantaba las olas, y el día ya no era
        Sino un destello pálido, lentamente borrado.
        ¡Ay, cuánta tristeza había en mis pensamientos
        Mientras el negro precipicio penetraba mi alma
        Con el frío estremecimiento del ocaso!

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      Plenitud

        Puesto que apliqué mis labios a tu copa llena aún,
        Y puse entre tus manos mi pálida frente;
        Puesto que alguna vez pude respirar el dulce aliento
        De tu alma, perfume escondido en la sombra.

        Puesto que me fue concedido escuchar de ti
        Las palabras en que se derrama el corazón misterioso;
        Ya que he visto llorar, ya que he visto sonreír,
        Tu boca sobre mi boca, tus ojos en mis ojos.

        Ya que he visto brillar sobre mi cabeza ilusionada
        Un rayo de tu estrella, ¡ay!, siempre velada.
        Ya que he visto caer en las ondas de mi vida
        Un pétalo de rosa arrancado a tus días,

        Puedo decir ahora a los veloces años:
        ¡Pasad! ¡Seguid pasando! ¡Yo no envejeceré más!
        Idos todos con todas nuestras flores marchitas,
        Tengo en mi álbum una flor que nadie puede cortar.

        Vuestras alas, al rozarlo, no podrán derramar
        El vaso en que ahora bebo y que tengo bien lleno.
        Mi alma tiene más fuego que vosotros ceniza.
        Mi corazón tiene más amor que vosotros olvido.

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      Puesto que este mundo existe

        Puesto que este mundo existe, más nos vale tolerarlo.
        Que a los seres, sin enojo, considerarlos sepamos.
        Este hombre es el burgués del siglo en el cual vivimos.
        Vendedor en otros tiempos de sebos y de jabones,
        Es ahora rico y tiene prados, viñedos y bosques.
        Al pueblo llano aborrece, tampoco ama a los nobles;
        Pues es hijo de un portero, en estos tiempos afirma
        Que es inútil descender de familia de alta alcurnia.
        Es severo. Es virtuoso. Y forma parte también,
        -En diciembre pisan siempre buenas alfombras sus pies-,
        Del gran partido del orden y de la gente de bien.
        Odia a los enamorados y a quien es inteligente;
        Es un poco pedigüeño, usurero algunas veces;
        Al progreso llama santo y pura a la libertad,
        Del derecho de naciones va proclamando: "¡Ni hablar!",
        Del sentido común tosco de Sancho Panza hace alarde
        Y dejaría morir en la miseria a Cervantes;
        Por Boileau admiración siente, a las criadas pellizca,
        Y después de revolcarse en la paja con Juanita,
        Clama que son inmorales novelas y folletines.
        A la misa a la que acude cada domingo del año,
        Lleva a Jesús bajo el brazo en un breviario dorado,
        El pesebre, el calvario y también el Dies Illa.
        -No es que crea, entre nosotros, todas esas tonterías,
        Nos dice- Y si él asiste es por causa de su nombre,
        Para que el pueblo vil crea viendo creer a este hombre,
        Porque hay que entontecer a esta gente que está hambrienta,
        Porque algún que otro buen Dios hace falta a fin de cuentas.
        "¡Haced sitio!", el sacristán da un golpe y él aparece,
        En un banco reservado su tripa sublime extiende,
        Orgulloso de sentir que con esta devoción,
        Al pueblo tiene sujeto y de Dios es protector.

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      Quien no ama no vive

        Quienquiera que fueres, óyeme:
        Si con ávidas miradas
        Nunca tú a la luz del véspero
        Has seguido las pisadas,
        El andar suave y rítmico
        De una celeste visión;

        O tal vez un velo cándido,
        Cual meteoro esplendente,
        Que pasa, y en sombras fúnebres
        Ocúltase de repente,
        Dejando de luz purísima
        Un rastro en el corazón;

        Si sólo porque en imágenes
        Te la reveló el poeta,
        La dicha conoces íntima,
        La felicidad secreta,
        Del que árbitro se alza único
        De otro enamorado ser;

        Del que más nocturnas lámparas
        No ve, ni otros soles claros,
        Ni lleva en revuelto piélago
        Más luz de estrellas ni faros
        Que aquella que vierten mágica
        Los ojos de una mujer;

        Si el fin de sarao espléndido
        Nunca tú aguardaste afuera,
        Embozado, mudo, tétrico
        Mientras en la alta vidriera
        Reflejos se cruzan pálidos
        Del voluptuoso vaivén,

        Para ver si como ráfaga
        Luminosa a la salida,
        Con un sonreír benévolo
        Te vuelve esperanza y vida
        Joven beldad de ojos lánguidos,
        Orlada en flores la sien.

        Si celoso tú y colérico
        No has visto una blanca mano
        Usurpada, en fiesta pública,
        Por la de galán profano,
        Y el seno que adoras, próximo
        A otro pecho, palpitar;

        Ni has devorado los ímpetus
        De reconcentrada ira,
        Rodar viendo el valse impúdico
        Que deshoja, mientras gira
        En vertiginoso círculo,
        Flores y niñas al par;

        Si con la luz del crepúsculo
        No has bajado las colinas,
        Henchida sintiendo el ánima
        De emociones mil divinas,
        Ni a lo largo de los álamos
        Grato el pasear te fue;

        Si en tanto que en la alta bóveda
        Un astro y otro relumbra,
        Dos corazones simpáticos
        No gozasteis la penumbra,
        Hablando palabras místicas,
        Baja la voz, tardo el pie;

        Si nunca al roce magnético
        Temblaste de ángel soñado;
        Si nunca un "Te amo" dulcísimo,
        Tímidamente exhalado,
        Quedó sonando en tu espíritu
        Cual perenne vibración;

        Si no has mirado con lástima
        Al hombre sediento de oro,
        Para el que en vano munífico
        Brinda el amor su tesoro,
        Y de regio cetro y púrpura
        No tuviste compasión;

        Si en medio de noche lóbrega
        Cuando todo duerme y calla,
        Y ella goza sueño plácido,
        Contigo mismo en batalla
        No te desataste en lágrimas
        Con un despecho infantil;

        Si enloquecido o sonámbulo
        No la has llamado mil veces,
        Quizá mezclando frenético
        Las blasfemias a las preces,
        También a la muerte, mísero,
        Invocando veces mil;

        Si una mirada benéfica
        No has sentido que desciende
        A tu seno, como súbito
        Lampo que las sombras hiende
        Y ver nos hace beatífica
        Región de serena luz;

        O tal vez el ceño gélido
        Sufriendo de la que adoras,
        No desfalleciste exánime,
        Misterios de amor ignoras;
        Ni tú has probado sus éxtasis
        Ni tú has llevado su cruz.

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      Si pudiéramos ir

        Él decía a su amada: "Si pudiéramos ir
        Los dos juntos, el alma rebosante de fe,
        Con fulgores extraños en el fiel corazón,
        Ebrios de éxtasis dulces y de melancolía,
        Hasta hacer que se rompan los mil nudos con que ata
        La ciudad nuestra vida; si nos fuera posible
        Salir de este París triste y loco, huiríamos;
        No sé a dónde, a cualquier ignorado lugar;
        Lejos de vanos ruidos, de los odios y envidias,
        A buscar un rincón donde crece la hierba,
        Donde hay árboles y hay una casa chiquita
        Con sus flores y un poco de silencio, y también
        Soledad, y en la altura cielo azul y la música
        De algún pájaro que se ha posado en las tejas,
        Y un alivio de sombra, ¿crees que acaso podemos
        Tener necesidad de otra cosa en el mundo?".

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      El hombre y la mujer

        El hombre es la más elevada de las criaturas;
        La mujer es el más sublime de los ideales.
        Dios hizo para el hombre un trono,
        Para la mujer un altar.
        El trono exalta,
        El altar santifica.
        El hombre es el cerebro,
        La mujer el corazón,
        El cerebro fabrica la luz,
        El corazón produce el amor.
        La luz fecunda, el amor resucita.
        El hombre es fuerte por la razón,
        La mujer invencible por las lágrimas.
        La razón convence,
        Las lágrimas conmueven.
        El hombre es capaz de todos los heroísmos;
        La mujer de todos los martirios.
        El heroísmo ennoblece,
        El martirio sublima.
        El hombre tiene la supremacía,
        La mujer la preferencia.
        La supremacía significa la fuerza,
        La preferencia representa el derecho.
        El hombre es un genio,
        La mujer es un ángel.
        El genio es inconmensurable,
        El ángel indefinible.
        La aspiración del hombre es la suprema gloria,
        La aspiración de la mujer es la virtud extrema.
        La gloria hace todo lo grande,
        La virtud hace todo lo divino.
        El hombre es un código,
        La mujer un evangelio.
        El código corrige,
        El evangelio perfecciona.
        El hombre piensa,
        La mujer sueña.
        Pensar es tener en el cráneo una larva,
        Soñar es tener en la frente una aureola.
        El hombre es un océano, la mujer es un lago.
        El océano tiene la perla que adorna,
        El lago la poesía que deslumbra.
        El hombre es el águila que vuela,
        La mujer es el ruiseñor que canta.
        Volar es dominar el espacio,
        Cantar es conquistar el alma.
        El hombre es un templo,
        La mujer es el sagrario.
        Ante el templo nos descubrimos,
        Ante el sagrario nos arrodillamos.
        En fin:
        El hombre está colocado donde termina la tierra;
        La mujer donde comienza el cielo.

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      El triunfo

        Estaba despeinada y con los pies desnudos
        Al borde del estanque y en medio del juncal.
        Creí ver una ninfa, y con acento dulce:
        "¿Quieres venir al bosque?", le pregunté al pasar.

        Lanzóme la mirada suprema que fulgura
        En la beldad vencida que cede a la pasión;
        Y yo le dije: "Vamos; es la época en que se ama:
        ¿Quieres seguirme al fondo del naranjal en flor?"

        Secó las plantas húmedas en el mullido césped,
        Fijó en mí las pupilas por la segunda vez,
        Y luego la traviesa quedóse pensativa...
        ¡Qué canto el de las aves en el momento aquel!

        ¡Con qué ternura la onda besaba la ribera!
        De súbito la joven se dirigió hacia mí,
        Riendo con malicia por entre los cabellos
        Flotantes y esparcidos sobre la faz gentil.

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      Te deseo primero que ames

        Te deseo primero que ames y que,
        Amando, también seas amado.
        Y que, de no ser así, seas breve en olvidar
        Y que después de olvidar no guardes rencores.
        Deseo, pues, que no sea así, pero que si es,
        Sepas ser sin desesperar.
        Te deseo también que tengas amigos y que,
        Incluso malos e inconsecuentes, sean valientes y fieles,
        Y que por lo menos haya uno en quien puedas confiar sin dudar.
        Y porque la vida es así, te deseo también que tengas
        Enemigos. Ni muchos ni pocos, en la medida exacta para que,
        Algunas veces, te cuestiones tus propias certezas.
        Y que entre ellos, haya por lo menos uno que sea justo,
        Para que no te sientas demasiado seguro.
        Te deseo además que seas útil, mas no insustituible.
        Y que en los momentos malos, cuando no quede nada más,
        Esa utilidad sea suficiente para mantenerte en pie.
        Igualmente te deseo que seas tolerante;
        No con los que se equivocan poco, porque eso es fácil,
        Sino con los que se equivocan mucho e irremediablemente,
        Y que haciendo buen uso de esa tolerancia,
        Sirvas de ejemplo a otros.
        Te deseo que siendo joven no madures demasiado deprisa,
        Y que ya maduro, no insistas en rejuvenecer,
        Y que siendo viejo no te dediques al desespero.
        Porque cada edad tiene su placer y su dolor
        Y es necesario dejar que fluyan entre nosotros.
        Te deseo de paso que seas triste,
        No todo el año sino apenas un día.
        Pero que en ese día descubras que la risa diaria es buena,
        Que la risa habitual es sosa y la risa constante es malsana.
        Te deseo que descubras, con urgencia máxima,
        Por encima y a pesar de todo, que existen
        Y que te rodean seres oprimidos
        Tratados con injusticia, y personas infelices.
        Te deseo que acaricies un gato, alimentes un pájaro
        Y oigas a un jilguero erguir triunfante su canto matinal,
        Porque de esta manera te sentirás bien por nada.
        Deseo también que plantes una semilla,
        Por más minúscula que sea, y la acompañes en su crecimiento,
        Para que descubras de cuántas vidas está hecho un árbol.
        Te deseo, además, que tengas dinero,
        Porque es necesario ser práctico.
        Y que por lo menos una vez por año pongas algo
        De ese dinero enfrente de ti y digas: "Esto es mío",
        Sólo para que quede claro quién es el dueño de quién.
        Te deseo también que ninguno de tus afectos muera
        Pero que, si muere alguno, puedas llorar sin lamentarte
        Y sufrir sin sentirte culpable.
        Te deseo por fin que, siendo hombre, tengas una buena mujer,
        Y que, siendo mujer, tengas un buen hombre
        Mañana y al día siguiente, y que cuando estéis exhaustos
        Y sonrientes, aún sobre amor para empezar de nuevo.
        Si todas estas cosas llegaran a pasar,
        No tengo nada más que desearte.

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      ¡Ven! En la pradera en flor

        ¡Ven! En la pradera en flor,
        Suena una flauta invisible...
        El canto más apacible
        Es el canto del pastor.

        Un hálito fresco y suave
        Riza la onda de cristal...
        La música más jovial
        Es la música del ave.

        ¡Que la sombra del dolor
        No nuble tu faz radiante!
        El himno más palpitante
        Es el himno del amor.

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