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    Información biográfica

  1. A la corregidora
  2. A Salvador Díaz Mirón
  3. A un triste
  4. Ama aprisa
  5. Carta abierta
  6. De blanco
  7. Efímeras
  8. El hada verde (Canción del bohemio)
  9. El primer capítulo
  10. En un abanico I
  11. En un abanico II
  12. Epigrama
  13. Frente a frente
  14. Hojas secas
  15. Invitación al amor
  16. La duquesa Job
  17. La misa de las flores
  18. La serenata de Schubert
  19. Las novias pasadas son copas vacías
  20. Madre naturaleza
  21. Mariposas
  22. Mis enlutadas
  23. Non omnis moriar
  24. Ondas muertas
  25. Otro epigrama
  26. Para el álbum
  27. Para el corpiño
  28. Para entonces
  29. Pax animae (Después de leer a dos poetas)
  30. Por la ventana
  31. Resucitarán
  32. Si tú murieras
  33. Siempre a ti
  34. Última necat




    Información biográfica

      Nombre: Manuel Gutiérrez Nájera
      Alias: Duque de Job
      Lugar y fecha nacimiento: México D.F. (México), 22 de diciembre de 1859
      Lugar y fecha defunción: México D.F. (México), 3 de febrero de 1895

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      A la corregidora

        Al viejo primate, las nubes de incienso;
        Al héroe, los himnos; a Dios, el inmenso
        De bosques y mares solemne rumor;
        Al púgil que vence, la copa murrina;
        Al mártir, las palmas; y a ti —la heroína—
        Las hojas de acanto y el trébol en flor.

        Hay versos de oro y hay notas de plata;
        Mas busco, señora, la estrofa escarlata
        Que sea toda sangre, la estrofa oriental:
        Y húmedas, vivas, calientes y rojas,
        A mí se me tienden las trémulas hojas
        Que en gráciles redes columpia el rosal.

        ¡Brotad, nuevas flores! ¡Surgid a la vida!
        ¡Despliega tus alas, gardenia entumida!
        ¡Botones, abríos! ¡Oh mirtos, arded!
        ¡Lucid, amapolas, los ricos briales!
        ¡Exhúberas rosas, los pérsicos chales
        De sedas joyantes al aire tended!

        ¿Oís un murmullo que, débil, remeda
        El frote friolento de cauda de seda
        En mármoles tersos o limpio marfil?
        ¿Oís?... ¡Es la savia fecunda que asciende,
        Que hincha los tallos y rompe y enciende
        Los rojos capullos del príncipe Abril!

        ¡Oh noble señora! La tierra te canta
        El salmo de vida, y a ti se levanta
        El germen despierto y el núbil botón,
        El lirio gallardo de cáliz erecto,
        Y fúlgido, leve, vibrando, el insecto
        Que rasga impaciente su blanda prisión.

        La casta azucena, cual tímida monja,
        Inciensa tus aras; la dalia se esponja
        Como ave impaciente que quiere volar;
        Y astuta, prendiendo su encaje a la piedra,
        En corvos festones circunda la yedra,
        Celosa y constante, señora, tu altar.

        El chorro del agua con ímpetu rudo,
        En alto su acero, brillante y desnudo,
        Bruñido su casco, rizado el airón,
        Y el iris por banda, buscándote salta
        Cual joven amante que brinca a la alta
        Velada cornisa de abierto balcón.

        Venid a la fronda que os brinda hospedaje
        ¡Oh pájaros raudos de rico plumaje!
        Los nidos aguardan: ¡venid y cantad!
        Cantad a la alondra que dijo al guerrero
        El alba anunciando: ¡Desnuda tu acero,
        Despierta a los tuyos... es hora... marchad!

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      A Salvador Díaz Mirón

        Tienes en tu laúd cuerdas de oro
        Que el soplo del espíritu estremece,
        Y tu genio, como un alto sicomoro,
        Entre borrascas y huracanes crece.

        No te brinda la musa sus favores
        Entre mirtos y rojas amapolas:
        Cuando quieres gozar de sus amores
        La acechas, la sorprendes y la violas.

        Tu verso no es el sonrosado efebo
        Que en la caliente alcoba se afemina:
        Vigoroso como Hércules mancebo
        Acomete, conquista y extermina.

        El mar es como tú: con su ruido
        De tus estrofas la cadencia iguala;
        Refleja el cielo cuando está dormido
        Y en sus momentos de furor lo escala.

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      A un triste

        ¿Por qué de amor la barca voladora
        Con ágil mano detener no quieres,
        Y esquivo menosprecias los placeres
        De Venus, la impasible vencedora?

        A no volver los años juveniles
        Huyen como saetas disparadas
        Por mano de invisible Sagitario;
        Triste vejez, como ladrón nocturno,
        Sorpréndenos sin guarda ni defensa,
        Y con la extremidad de su arma inmensa,
        La copa del placer vuelca Saturno.

        ¡Aprovecha el minuto y el instante!
        Hoy te ofrece rendida la hermosura
        De sus hechizos el gentil tesoro,
        Y llamándote ufana en la espesura,
        Suelta Pomona sus cabellos de oro.

        En la popa del barco empavesado
        Que navega veloz rumbo a Citeres,
        De los amigos del clamor te nombra
        Mientras, tendidas en la egipcia alfombra,
        Sus crótalos agitan las mujeres.

        Deja, por fin, la solitaria playa,
        Y coronado de fragantes flores
        Descansa en la barquilla de las diosas.
        ¿Qué importa lo fugaz de los amores?
        ¡También expiran jóvenes las rosas!

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      Ama aprisa

        Mientras ufana la risa
        De tus labios no se aleje,
        Si quieres que te aconseje
        ¡Ama aprisa!

        Con raudo mariposeo
        Se va de ésta a aquella flor,
        En las alas del deseo
        Libando el licor hibleo
        Del amor.

        ¡Seres y cosas felices
        Jamás tuvieron raíces!
        Se ven marchitas las rosas
        Y mustias las margaritas…

        ¡Pero no se ven marchitas
        Ni alondras ni mariposas!
        Con gentileza y donaire
        Se paran en donde quieren,
        Y cuando al cabo se mueren
        Su libre tumba es el aire.

        ¡Sé como ellas
        Mientras tu destino rijas!...
        Por verse en el cielo fijas
        Están tristes las estrellas.

        Ama a cuantas
        Te quieran también amar,
        Porque siendo tantas, tantas
        ¡No las podrás recordar!

        ¡Ama al vuelo!...
        Que sólo las almas malas
        Están prendidas al suelo:
        ¡Todo lo que sube al cielo
        Tiene alas!

        Hoy, aquí; mañana, allá;
        Sin locura ni pasión
        Como quien de paso va
        Y seguro de que está
        En casa su corazón;
        Haz la amorosa comedia
        O la comedia divina…
        ¡Mas córtala si declina
        En tragedia!

        ¡Todo en risa, todo en risa!
        ¡Todo entre galán y dama!
        Sin amar a todas ama…
        Pero aprisa, muy aprisa.
        Que así, yendo sin cesar
        De esta flor a aquella flor,
        Cuando te quiera buscar
        No te encontrará el dolor.
        Mas ¡ay!, que en esta infinita
        Mudanza eterna del alma
        Todo nuestro ser agita
        Sed insaciable de calma.
        Sé para el amor travieso
        En labios de hermosas locas,
        Y allí conoce las bocas…
        ¡Pero no conoce el beso!
        En las breñas del camino
        Se queda el alma cansada,
        Como túnica de lino
        Por las zarzas desgarrada.

        Noche helada
        Cae al campo solitario,
        Como las noches del polo,
        Y envuelto en ese sudario
        Queda el espíritu solo.

        Quiso Dios
        Que abran las almas el vuelo;
        Más sólo llegan al cielo
        Las que van de dos en dos.

        Las otras vagan errantes,
        En el espacio perdidas…
        Pero, muertos o inconstantes,
        Ya no vendrán los amantes
        De esas blancas prometidas.
        Busca, busca a la mujer
        Que da paz al pecho herido,
        Y en llegándola a tener,
        Forma un nido.

        ¡Los pájaros son muy sabios!
        Huye la risa de prisa,
        Y cuando se va la risa
        ¡Qué secos quedan los labios!
        No vuelan las ilusiones
        Ni ostentan sus ricas galas
        Sino teniendo par alas
        Dos alas de corazones.

        Haz pues lo que te aconsejo;
        Como la hermosa un espejo,
        Así el alma busca ansiosa
        Otra alma tierna y amada,
        Y sólo se mira hermosa
        Si en ella está retratada.

        Intranquilo cazador
        Que marchas entre las flores,
        Sabe que huyen los amores
        Y que es eterno el amor.
        Y mientras para él no existe,
        Pierde el mirto su follaje
        Y aparece enfermo y triste;
        Mas ya verás cual se viste
        En mayo, con rojo encaje.

        Impacientes las palomas
        Vuelan por valles y lomas
        De libres hacienda alarde
        Con caprichoso volar,
        Pero cuando cae la tarde,
        Regresan al palomar.

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      Carta abierta

        Tiene el amor su código, señora,
        Y en él mi crimen pago con la vida.
        Así es mi corazón: ama una hora,
        Es amado después y luego olvida.

        En este tren expreso en que viajamos,
        Aman siempre el vapor los corazones,
        Que así como el trayecto que cruzamos
        Tiene el alma también sus estaciones.

        ¿Quién detiene en su giro a la veleta?
        ¿Quién a sus plantas encadena el viento?
        ¿Dónde se halla el Alcides que sujeta
        Al Ícaro inmortal del pensamiento?

        Amor... Cada alborada que amanece
        De nuestros sueños en la bruma vaga,
        Se derrama en los aires, crece, crece,
        Y cuando vamos a mirar se apaga.

        Soñamos con amor, y nos agita
        La volcánica lava del deseo:
        Matamos nuestro amor, y resucita
        Con las múltiples formas de Proteo.

        Hoy es una mujer que nos adora;
        Mañana una mujer que nos desdeña,
        Y mientras más por el amor se llora,
        Con más ahínco en el amor se sueña.

        Así es el hombre! Tántalo que tiene
        La sed del ideal, la poesía:
        Una mujer a su camino viene
        Y exclama el corazón: ¡Esa es la mía!

        Es suya esa mujer, los goces nacen,
        La ve, la palpa, sus mejillas besa...
        Las alas del querube se deshacen
        Y exclama el corazón: ¡No! ¡No era ésa!

        No dañan las escarchas del invierno
        Al árbol que sin hojas ha quedado,
        Así el amor, para que viva eterno,
        Tiene que ser por fuerza desgraciado.

        Tú, sí, dolor, los sueños eternizas;
        Tú, sólo tú, de la creación monarca;
        Tú que formar supiste con cenizas
        La escultórica Laura de Petrarca.

        ¡Qué estéril es la dicha! Si su nido
        Al Taso hubiera abierto tentadora,
        ¡Cómo se hubiera al fin desvanecido
        La pálida silueta de Leonora!

        ¡Amor es un laúd, es una lira
        Que vibra en el espacio y enmudece.
        Amor es una Ofelia que suspira...
        No la queráis tocar... ¡Se desvanece!

        Ya veis, señora, que si el crimen mío
        Fue el querellaros una vez de amores,
        Me ha sorprendido de la noche el frío
        Sin una estufa en que abrigar mis flores.

        Como es muy triste el sol en el ocaso
        El apurar la dicha me da miedo.
        Sois hermosa y feliz, me amáis acaso...
        Os quisiera querer, pero no puedo.

        Busco las dichas del hogar sencillas,
        Para eso guardo mi postrer cariño,
        Yo quiero que descanse en mis rodillas
        La rubia cabecita de algún niño.

        Dejad que busque luz para mi noche,
        Si la pasión con sus fulgores pierdo,
        Y no arrojéis la gota del reproche
        En el sublime néctar del recuerdo.

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      De blanco

        ¿Qué cosa más blanca que cándido lirio?
        ¿Qué cosa más pura que místico cirio?
        ¿Qué cosa más casta que tierno azahar?
        ¿Qué cosa más virgen que leve neblina?
        ¿Qué cosa más santa que el ara divina
        De gótico altar?

        De blancas palomas el aire se puebla;
        Con túnica blanca tejida de niebla,
        Se envuelve a lo lejos feudal torreón;
        Erguida en el huerto la trémula acacia
        Al soplo del viento sacude con gracia
        Su níveo pompón.

        ¿No ves en el monte la nieve que albea?
        La torre muy blanca domina la aldea,
        Las tiernas ovejas triscando se van;
        De cisnes intactos el lago se llena,
        Columpia su copa la enhiesta azucena
        Y su ánfora inmensa levanta el volcán.

        Entremos al templo: la hostia fulgura;
        De nieve parecen las canas del cura
        Vestido con alba de lino sutil;
        Cien niñas hermosas ocupan las bancas
        Y todas vestidas con túnicas blancas
        En ramos ofrecen las flores de abril.

        Subamos al coro: la virgen propicia
        Escucha los rezos de casta novicia
        Y el cristo de mármol expira en la cruz;
        Sin mancha se yerguen las velas de cera,
        De encaje es la tenue cortina ligera
        Que ya transparenta del alba la luz.

        Bajemos al campo: tumulto de plumas
        Parece el arroyo de blancas espumas
        Que quieren, cantando, correr y saltar;
        Su airosa mantilla de fresca neblina
        Terció la montaña; la vela latina
        De barca ligera se pierde en el mar.

        Ya salta del lecho la joven hermosa
        Y el agua refresca sus hombros de diosa,
        Sus brazos ebúrneos, su cuello gentil.
        Cantando y risueña se ciñe la enagua,
        Y trémulas brillan las gotas del agua
        En su árabe peine de blanco marfil.

        ¡Oh mármol! ¡Oh nieves! ¡Oh inmensa blancura
        Que esparces doquiera tu casta hermosura!
        ¡Oh tímida virgen! ¡Oh casta vestal!
        Tú estás en la estatua de eterna belleza;
        De tu hábito blanco nació la pureza
        ¡Al ángel das alas, sudario al mortal!

        Tú cubres al niño que llega a la vida,
        Coronas las sienes de fiel prometida,
        Al paje revistes de rico tisú.
        ¡Qué blancos son, reinas, los mantos de armiño!
        ¡Qué blanca es, oh madres, la cuna del niño!
        ¡Qué blanca, mi amada, qué blanca eres tú!

        En sueños ufanos de amores contemplo
        Alzarse muy blancas las torres de un templo
        Y oculto entre lirios abrirse un hogar;
        Y el velo de novia prenderse a tu frente
        Cual nube de gasa que cae lentamente
        Y viene en tus hombros su encaje a posar.

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      Efímeras

        Idos, dulces ruiseñores:
        Quedó la selva callada,
        Y a su ventana, entre flores,
        No sale mi enamorada.

        Notas, salid de puntillas;
        Está la niñita enferma...
        Mientras duerma en mis rodillas,
        Dejad ¡oh notas!, que duerma.

        Luna que en marco de plata
        Su rostro copiabas antes,
        Si hoy tu cristal lo retrata
        Acaso, luna, la espantes.

        Al pie de su lecho queda
        Y aguarda a que buena esté,
        Coqueto escarpín de seda
        Que oprime su blanco pie.

        Guarda tu perfume, rosa;
        Guarda tus rayos, lucero,
        Para decir a mi hermosa,
        Cuando sane, que la quiero.

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      El hada verde (Canción del bohemio)

        ¡En tus abismos, negros y rojos,
        Fiebre implacable mi alma se pierde,
        Y en tus abismos miro los ojos,
        Los verdes ojos del hada verde!

        Es nuestra musa glauca y sombría,
        La copa rompe, la lira quiebra,
        Y a nuestro cuello se enrosca impía
        Como culebra!

        Llega y nos dice: —¡Soy el olvido,
        Yo tus dolores aliviaré!
        Y entre sus brazos, siempre dormido,
        Yace Musset.

        ¡Oh, musa verde! Tú la que flotas
        En nuestras vidas enardecidas,
        Tú la que absorbes, tú la que agotas
        Almas y vidas.

        En las pupilas concupiscencia;
        Juego en la mesa donde se pierde
        Con el dinero, vida y conciencia,
        En nuestras copas, eres demencia
        ¡Oh, musa verde!

        Son ojos verdes los que buscamos,
        Verde el tapete donde jugué,
        Verdes absintios los que apuramos,
        Y verde el sauce que colocamos
        En tu sepulcro, pobre Musset.

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      El primer capítulo

        Cuando a la sala entré, la luz tenías
        Del velador tras la bombilla opaca,
        Y hundida muellemente en la butaca
        Con languidez artística leías.

        Cerraste el libro al verme, nos hablamos,
        Con gracia seductora sonreíste,
        Los pliegues de tu traje recogiste
        Y los dos frente a frente nos sentamos.

        Era blanca la bata que hasta el cuello
        En sus ondas flotantes te arropaba,
        Y blanca aquella rosa que ostentaba,
        En sus bucles soberbios, tu cabello.

        ¡Cómo de aquellos ojos la negrura
        Y tu morena y oriental belleza
        Contrastaban, bien, con la frescura
        De tus húmedos labios de cereza!

        ¡Cómo aquel rizo que en ligeras ondas
        Encrespadas, rozándolo, el ambiente,
        Caía apartado de tus trenzas blondas
        Sobre el mármol corintio de tu frente!

        A veces tu cabeza sacudiendo,
        Los indóciles bucles recogías,
        Y la bata, al moverse, desprendiendo,
        Tu opalina garganta descubrías.

        El pie, pequeño y tímido escondido,
        Cuando tu cuerpo mórbido ondulaba,
        Impaciente rozando tu vestido
        La punta delgadísima asomaba.

        El ancha manga al levantarse suelta,
        Mal detenida por inquieto lazo,
        Dejaba adivinar la forma esbelta
        Y el cutis satinado de tu brazo.

        Luego ocultabas, púdica, la breve
        Planta que se asomaba tentadora;
        Y era entonces tu rostro cual la nieve
        Teñida por los besos de la aurora.

        Imperceptibles tintas nacaradas
        Rodeaban tus párpados: tranquilas,
        Las sedosas pestañas entornadas
        Ocultaban tus púdicas pupilas.

        Como nardos cuajados de rocío
        Que estremecen los vientos de las tardes
        Tus hombros con ligero escalofrío
        Tras el linón velábanse cobardes.

        Tibia estaba la pieza; blanca y bella.
        La luna en el espejo se veía;
        Era digna de ti la noche aquella,
        ¡Tantos luceros en el cielo había!

        Era una de esas noches en que suele
        La turba aletear de los amores,
        En medio de una atmósfera que huele
        A nidos frescos y recientes flores.

        Noches en que modulan un arrullo
        Los mares y los bosques y las cuevas,
        En que se abren, rompiendo su capullo,
        Los sueños castos y las flores nuevas.

        Noches en que el espíritu adormido
        En los limbos del sueño queda preso,
        En que se escapa el pájaro del nido
        Y de los labios trémulos el beso.

        Yo estaba junto a ti, yo, que te adoro;
        Las estrellas lanzábanse tranquilas;
        Brotaban en el cielo lirios de oro,
        Y yo miraba al cielo en tus pupilas.

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      En un abanico I

        Pobre verso condenado
        A mirar tus labios rojos
        Y en la lumbre de tus ojos
        Quererse siempre abrasar;
        Colibrí del que se aleja
        El mirto que lo provoca,
        Y ve de cerca tu boca,
        Y no la puede besar.

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      En un abanico II

        Ala que en ebúrneos mimbres
        Mecerán dedos pequeños,
        Columpia cuando te cimbres
        ¡Muchos sueños, muchos sueños!

        Y sostenlos en el aire,
        Ya que leve el sueño es,
        Con la gracia y el donaire
        De abanico japonés.

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      Epigrama

        El tesorero Espinosa
        Ha fabricado una casa,
        Y así se explica la cosa:
        La tesorería, escasa,
        Y ésta es casa de Espinosa.

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      Frente a frente

        Oigo el crujir de tu traje,
        Turba tu paso el silencio,
        Pasas mis hombros rozando
        Y yo a tu lado me siento.
        Eres la misma: tu talle,
        Como las palmas, esbelto,
        Negros y ardientes los ojos,
        Blondo y rizado el cabello.
        Blando acaricia mi rostro
        Como un suspiro tu aliento;
        Me hablas como antes me hablabas,
        Yo te respondo muy quedo,
        Y algunas veces tus manos
        Entre mis manos estrecho.
        Nada ha cambiado: tus ojos
        Siempre me miran serenos,
        Como a un hermano me buscas,
        Como a una hermana te encuentro.
        Nada ha cambiado: la luna
        Deslizando su reflejo
        A través de las cortinas
        De los balcones abiertos;
        Allí el piano en que tocas,
        Allí el velador chinesco,
        Y allí tu sombra, mi vida,
        En el cristal del espejo.
        Todo lo mismo: te miro,
        Pero al mirarte no tiemblo,
        Cuando me hablas te escucho,
        Cuando me miras no sueño.
        Todo lo mismo: pero algo
        Dentro de mi alma se ha muerto.
        ¿Por qué no sufro como antes?
        ¿Por qué, mi bien, no te quiero?

        Estoy muy triste: si vieras,
        Desde que ya no te quiero
        Siempre que escucho campanas
        Digo que tocan a muerto.
        Tú no me amabas, pero algo
        Daba esperanza a mi pecho,
        Y cuando yo me dormía
        Tú me besabas durmiendo.
        Ya no te miro como antes,
        Ya por las noches no sueño,
        Ni te esconden vaporosas
        Las cortinas de mi lecho.
        Antes de noche venías
        Destrenzando tu cabello,
        Blanca tu bata flotante,
        Tiernos tus ojos de cielo;
        Lámpara opaca en la mano,
        Negro collar en el cuello,
        Dulce sonrisa en los labios
        Y un azahar en el pecho.
        Hoy, no me agito si te hablo
        Ni te contemplo si duermo,
        Ya no se esconde tu imagen
        En las cortinas del techo.

        Ayer, vi a a un niño en la cuna;
        Estaba el niño durmiendo,
        Sus manecitas muy blancas,
        Muy rizado su cabello.
        No sé por qué, pero al verle
        Vino otra vez tu recuerdo,
        Y al pensar que no me amaste,
        Sollozando le di un beso.
        Luego, por no despertarle,
        Me alejé quedo, muy quedo.
        ¡Qué triste que estaba el alma!
        ¡Qué triste que estaba el cielo!
        Volví a mi casa llorando,
        Me arrojé luego en el lecho;
        Todo estaba solitario,
        Todo muy negro ¡muy negro!
        Como una tumba mi alcoba,
        La tarde tenue muriendo,
        Mi corazón con el frío
        De los hogares desiertos.
        Busqué la flor que me diste
        Una mañana en tu huerto
        Y con mis manos convulsas
        La apreté contra mi pecho;
        Miré luego en torno mío
        Y la sombra me dio miedo...
        Perdóname, si, perdóname,
        No te quiero, ¡no te quiero!

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      Hojas secas

        ¡En vano fue buscar otros amores!
        ¡En vano fue correr tras los placeres,
        Que es el placer un áspid entre flores,
        Y son copos de nieve las mujeres!

        Entre mi alma y las sombras del olvido
        Existe el valladar de su memoria:
        Que nunca olvida el pájaro su nido
        Ni los esclavos del amor su historia.

        Con otras ilusiones engañarme
        Quise, y entre perfumes adormirme.
        ¡Y vino el desengaño a despertarme,
        Y vino su memoria para herirme!

        ¡Ay, mi pobre alma, cuál te destrozaron
        Y con cuánta inclemencia te vendieron!
        Tú quisiste amar, ¡y te mataron!
        Tú quisiste ser buena, ¡y te perdieron!

        ¡Tanto amor y después olvido tanto!
        ¡Tanta esperanza convertida en humo!
        Con razón en el fuego de mi llanto
        Como nieve a la lumbre me consumo.

        ¡Cómo olvidarla, si es la vida mía!
        ¡Cómo olvidarla, si por ella muero!
        ¡Si es mi existencia lúgubre agonía,
        Y con todo mi espíritu la quiero!

        En holocausto dila mi existencia,
        La di un amor purísimo y eterno,
        Y ella en cambio, manchando mi conciencia,
        En pago del edén, diome el infierno.

        ¡Y mientras más me olvida, más la adoro!
        ¡Y mientras más me hiere, más la miro!
        ¡Y allá dentro del alma siempre lloro,
        Y allá dentro del alma siempre expiro!

        El eterno llorar: tal es mi suerte;
        Nací para sufrir y para amarla.
        ¡Sólo el hacha cortante de la muerte
        Podrá de mis recuerdos arrancarla!

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      Invitación al amor

        ¿Por qué, señora, con severa mano
        Cerráis el camarín de los amores,
        Si hay notas de cristal en el piano
        Y en los jarrones de alabastro flores?

        ¿Por qué cerrar la habitación secreta
        Y atar las rojas alas del deseo
        A la hora misteriosa en que Julieta
        Oyó crujir la escala de Romeo?

        ¿Habré sido tal vez en vuestra vida
        Rápida exhalación, perfume vago,
        Sombra de un ave que en veloz huida
        Se desvanece sin rugar el lago?

        ¿Nada os habló de nuestro amor perdido
        Ni el lirio azul ni la camelia roja,
        Ni la fuente de mármol esculpido
        Que vuestras verdes parietarias moja?

        ¿Nada os habló de mí? Ni los carmines
        Que os salen, si me veis, a la mejilla,
        Ni vuestra alcoba azul, ni los cojines
        Que dibujan, hundidos, mi rodilla ?

        ¿No oía la voz del viento que se estrella
        De vuestra reja en los calados bronces?
        Muy negra está la noche... como aquella
        y desierta la calle... como entonces.

        ¡Ah! Vuestro labio sin piedad mentía,
        No ha muerto aún nuestra pasión, señora;
        No cantan las alondras todavía,
        Ni se estremece en el cristal la aurora.

        Vano temor, escrúpulo cobarde,
        Nuestras almas desune y nos aleja.
        Dejad me, pues, que silencioso aguarde
        Y que os vele de pie junto a la reja.

        Permitid que tenaz y enamorado
        Contemple vuestro cuerpo de sultana
        Y admire por sombra recatado
        Vuestro cutis de tersa porcelana.

        Dejadme ver, inquietas y curiosas,
        Vuestras pupilas a través del velo,
        Y que me hablen de amor como a las rosas
        Les hablan las estrellas desde el cielo.

        No, no es verdad que nuestro amor ha muerto,
        Por más que la borrasca nos desuna.
        El niño vive aún, está despierto
        Y nos tiende los brazos en la cuna.

        Todo cual antes en la quieta alcoba
        Mi vuelta aguarda y esperando queda:
        Desde la obscura puerta de caoba
        Hasta el sitial de purpurina seda.

        Todo os habla de mí: la tersa fuente,
        Los cortinajes blancos y rojizos,
        Hasta el peine de nácar transparente
        Que detiene en la nuca vuestros rizos.

        Todo secretas pláticas entabla
        Y cuenta nuestras citas amorosas.
        Todo, señora, de mi amor os habla
        Con la muda elocuencia de las cosas.

        Es inútil huir; la noche cierra;
        Tiende la sombra su callado velo;
        Los pájaros se juntan en la tierra
        Los astros se buscan en el cielo.

        ¿Por qué luchar cuando el amor suave
        Cantan los nidos y la estrella helada,
        Si tenéis, al andar, algo de ave
        Y mucho de lucero en la mirada?

        El parque humedecido por las lluvias,
        El agua que aromó vuestros cabellos,
        Las brisas frescas y las hebras rubias
        Que tiemblan de pasión en vuestro cuello.

        Todo, perfume, claridad o nido,
        Os habla de mi amor y nos alienta,
        Hasta las cintas del corsé ceñido
        Que mis esquelas de pasión calienta.

        Todo me aguarda aún: la muelle alfombra,
        La puerta franca, el cortinaje espeso;
        En un rincón del canapé, la sombra,
        Y en vuestros labios de carmín, el beso.

        No queráis resistir; los sueños míos
        Conocen vuestros íntimos pesares,
        Y vos venís a mí como los ríos
        Corren a confundirse con los mares.

        ¿Por qué la soledad en torno vuestro?
        ¿Por qué dejar el comenzado viaje?
        ¿Por qué la pena y el color siniestro,
        De vuestro negro y ondulante traje?

        Todo para ayudaros se conjura:
        Las ondas melancólicas suspiran...
        Los niños duermen y los astros miran.

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      La duquesa Job

        En dulce charla de sobremesa,
        Mientras devoro fresa tras fresa,
        Y abajo ronca tu perro Bob,
        Te haré el retrato de la duquesa
        Que adora a veces el duque Job.

        No es la condesa de Villasana
        Caricatura, ni la poblana
        De enagua roja, que Prieto amó;
        No es la criadita de pies nudosos,
        Ni la que sueña con los gomosos
        Y con los gallos de Micoló.

        Mi duquesita, la que me adora,
        No tiene humos de gran señora:
        Es la griseta de Paul de Kock.
        No baila Boston, y desconoce
        De las carreras el alto goce
        Y los placeres del five o'clock.

        Pero ni el sueño de algún poeta,
        Ni los querubes que vio Jacob,
        Fueron tan bellos cual la coqueta
        De ojitos verdes, rubia griseta,
        Que adora a veces el duque Job.

        Si pisa alfombras no es en su casa;
        Si por Plateros alegre pasa
        Y la saluda Madame Marnat,
        No es, sin disputa, porque la vista;
        Sí porque a casa de otra modista
        Desde temprano rápida va.

        No tiene alhajas mi duquesita,
        Pero es tan guapa y es tan bonita,
        Y tiene un cuerpo tan v'lan, tan pschutt;
        De tal manera trasciende a Francia
        Que no la igualan en elegancia
        Ni las clientes de Hélène Kossut.

        Desde las puertas de la Sorpresa
        Hasta la esquina del Jockey Club,
        No hay española, yanqui o francesa,
        Ni más bonita, ni más traviesa
        Que la duquesa del duque Job.

        ¡Cómo resuena su taconeo
        En las baldosas! ¡Con qué meneo
        Luce su talle de tentación!
        ¡Con qué airecito de aristocracia
        Mira a los hombres, y con qué gracia
        Frunce los labios —¡Mimí Pinson!

        Si alguien la alcanza, si la requiebra,
        Ella, ligera como una cebra,
        Sigue camino del almacén;
        Pero, ¡ay del tuno si alarga el brazo!
        ¡Nadie se salva del sombrillazo
        Que le descarga sobre la sien!

        ¡No hay en el mundo mujer más linda!
        Pie de andaluza, boca de guinda,
        Esprit rociado de Veuve Clicquot;
        Talle de avispa, cutis de ala,
        Ojos traviesos de colegiala
        Como los ojos de Louise Théo.

        Ágil, nerviosa, blanca, delgada,
        Media de seda bien restirada,
        Gola de encaje, corsé de ¡crac!,
        Nariz pequeña, garbosa, cuca,
        Y palpitantes sobre la nuca
        Rizos tan rubios como el coñac.

        Sus ojos verdes bailan el tango;
        Nada hay más bello que el arremango
        Provocativo de su nariz.
        Por ser tan joven y tan bonita,
        Cual mi sedosa, blanca gatita,
        Diera sus pajes la emperatriz.

        ¡Ah tú no has visto cuando se peina,
        Sobre sus hombros de rosa reina
        Caer los rizos en profusión!
        Tú no has oído que alegre canta,
        Mientras sus brazos y su garganta
        De fresca espuma cubre el jabón.

        ¡Y los domingos! ¡Con qué alegría,
        Oye en su lecho bullir el día
        Y hasta las nueve quieta se está!
        ¡Cuál se acurruca la perezosa,
        Bajo la colcha color de rosa,
        Mientras a misa la criada va!

        La breve cofia de blanco encaje
        Cubre sus rizos, el limpio traje
        Aguarda encima del canapé;
        Altas, lustrosas y pequeñitas,
        Sus puntas muestran las dos botitas,
        Abandonadas del catre al pie.

        Después, ligera, del lecho brinca.
        ¡Oh quién la viera cuando se hinca
        Blanca y esbelta sobre el colchón!
        ¿Qué valen junto de tanta gracia
        Las niñas ricas, la aristocracia,
        Ni mis amigas del cotillón?

        Toco; se viste; me abre; almorzamos;
        Con apetito los dos tomamos
        Un par de huevos y un buen biftec,
        Media botella de rico vino,
        Y en coche juntos, vamos camino
        Del pintoresco Chapultepec.

        Desde las puertas de la Sorpresa
        Hasta la esquina del Jockey Club,
        No hay española, yanqui o francesa,
        Ni más bonita ni más traviesa
        Que la duquesa del duque Job.

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      La misa de las flores

        Que fais-tu là? me dit Virgile
        Maître, je mets Pégase au vert.
        Víctor Hugo

        Boileau se queda en el aula
        Y Voltaire en la ciudad.
        ¡Musa, al campo! ¡Abre la jaula!
        ¡Señores versos, entrad!

        Alce la oda en el bosque
        Su deslumbrante oriflama;
        Que la sátira se enrosque
        Y que brinque el epigrama.

        Beba el madrigal coqueto
        En los lirios vino blanco,
        Y pensativo el soneto
        Descanse en rústico banco.

        Tenue, frígido remusgo
        Entre los alcores sopla.
        ¡Cuántas perlas en el musgo
        Hay para tu cuello, copla!

        Despierta, perezosilla,
        Despierta, que viene el alba…
        Para hacerte una sombrilla
        Cortó Robín esta malva.

        Deja tu alcoba: el jazmín
        No en blando reposo olvides,
        Que te aguarda tu escarpín,
        Tu pequeño nomeolvides.

        La persiana de cristal
        Que anoche tejió la escarcha
        En tu cámara nupcial,
        Rompe de un soplo ¡y en marcha!

        Ya no triste soliloquia
        El nocturno ruiseñor,
        Y el gorrión madrugador
        Llama a misa en la parroquia.

        Vamos al templo. Hoy es fiesta.
        Tulipán dirá el sermón;
        En la misa, gran orquesta;
        Y en la tarde, procesión.

        Palomas y codornices,
        Con hojitas de azahares
        Remiendan sobrepellices
        Y componen los altares.

        Un pobre topo, el más mandria
        Y apocado, barre el coro.
        ¡Hoy va a cantar la calandria,
        La calandria de voz de oro!

        Será el zenzontle, tenor;
        Jilguero, primer violín;
        Y maestro director
        El arrogante clarín.

        La pila de agua bendita
        Que está en el rincón umbrío,
        Es silvestre margarita
        Llena de fresco rocío.

        El candelabro mayor
        Es una hermosa araucaria,
        Y aquel altar, siempre en flor,
        Es de santa pasionaria.

        Mil cazoletas de almendro
        Perfuman el tabernáculo;
        Ya viene con mitra y báculo
        Monseñor el rododendro.

        Van los breves aretillos
        Repicando cascabeles,
        Y detrás, rojos claveles
        Vestidos de monaguillos.

        Doble sarta de corales
        Parecen: mira al monago
        Que marcha entre dos ciriales
        Y alza la cruz de Santiago.

        Otro, guapo y petimetre
        Va con acetre e hisopo,
        Y el hisopo de su acetre
        Es un pompón de heliotropo.

        Del coro bajo en las rejas,
        Absortas en sus plegarias,
        Se agrupan las trinitarias,
        Que tienen caras de viejas.

        ¿No miras los blancos cirios
        De plateadas escamas?
        Son encarrujados lirios,
        Y de mirto son las llamas.

        A la camelia patricia
        Ya la azalea pizpireta
        Ve la azucena novicia
        Con sus ojos de violeta.

        En un sitial la dahalia
        Como priora se esponja,
        Mientras la tórtola monja
        Entra de sayo y sandalia.

        Abajo, frescas irídeas
        Cubren la arena del piso,
        Y forman árido friso
        En los muros las orquídeas.

        ¿No oíste parar un coche?
        Es del alcalde. ¡Qué gruesa
        Va la señora alcaldesa
        Con su dondiego de noche!

        En cambio ¡qué jubilosas,
        Qué frescas y qué elegantes
        Están las jóvenes rosas!
        ¡Qué indevotos sus amantes!

        Aquél que de negro viste,
        El de las grandes ojeras,
        Es un pensamiento triste...
        ¡Sufre mucho! ¡Si supieras!…

        Mas ¡silencio! ¡De rodillas!
        Ya el monago de roquete
        Girar hace el rehilete
        De azulinas campanillas.

        Parece el altar brillante
        Ascua de plata inflamada.
        ¡Ya levanta el oficiante
        La gardenia inmaculada!

        Luego, una ráfaga fría
        Súbita baja del coro
        Y apaga la luz que ardía
        En el gran trébol de oro.

        Los rojos mirtos, prendidos
        En los cirios, azulean,
        Se retuercen, parpadean
        Y quédanse al fin dormidos.

        Sus pábilos en hilera
        Simulan negro rosario;
        Por la torcida escalera
        Baja el cuervo al santuario.

        Frente al sagrario se hinca,
        El agudo pico tiende
        Y, lámpara azul, se enciende,
        Tremulante, la pervinca.

        Salgamos: la muda selva
        Derrama dulce beleño,
        Y esparce la madreselva
        Su apacible olor de sueño.

        Cierran las flores sus broches
        Calla la breve campana:
        Flores nuevas, buenas noches;
        Musa azul, hasta mañana.

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      La serenata de Schubert

        ¡Oh, qué dulce canción! Límpida brota
        Esparciendo sus blandas armonías,
        Y parece que lleva en cada nota
        Muchas tristezas y ternuras mías.
        ¡Así hablara mi alma... si pudiera!
        Así dentro del seno,
        Se quejan, nunca oídos, mis dolores.
        Así, en mis luchas, de congoja lleno,
        Digo a la vida: —¡Déjame ser bueno!
        ¡Así solllozan todos mis amores!

        ¿De quién es esa voz? Parece alzarse
        Junto del lago azul, noche quieta,
        Subir por el espacio, y desgranarse
        Al tocar el cristal de la ventana
        Que entreabre la novia del poeta...
        ¿No la oís como dice: —Hasta mañana?
        ¡Hasta mañana, amor! El bosque espeso
        Cruza, cantando, el venturoso amante,
        Y el eco vago de su voz distante
        Decir parece: "¡Hasta mañana, beso!"

        ¿Por qué es preciso que la dicha acabe?
        ¿Por qué la novia queda en la ventana
        Y a la nota que dice: ¡hasta mañana!
        El corazón responde: ¿quién lo sabe?

        ¡Cuántos cisnes jugando en la laguna!
        ¡Qué azules brincan las traviesas olas!
        En el sereno ambiente ¡cuánta luna!
        Mas las almas ¡qué tristes y qué solas!
        En las ondas de plata
        De la atmósfera tibia y transparente,
        Como una Ofelia náufraga y doliente,
        Va flotando la tierna serenata...
        Hay ternura y dolor en ese canto,
        Y tiene esa amorosa despedida
        La transparencia nítida del llanto
        ¡Y la inmensa tristeza de la vida!

        ¿Qué tienen esas notas? ¿Por qué lloran?
        Parecen ilusiones que se alejan...
        Sueños amantes que piedad imploran,
        Y como niños huérfanos ¡se quejan!
        Bien sabe el trovador cuán inhumana
        Para todos los buenos es la suerte...
        Que la dicha es de ayer... y que «mañana»
        Es el dolor, la oscuridad ¡la muerte!
        El alma se compunge y estremece
        Al oír esas notas sollozadas...
        ¡Sentimos, recordamos, y parece
        Que surgen muchas cosas olvidadas!

        Un peinador muy blanco y un piano.
        Noche de luna y de silencio afuera...
        Un volumen de versos en mi mano
        Y en el aire, y en todo ¡primavera!
        ¡Qué olor de rosas frescas! En la alfombra
        ¡Qué claridad de luna! ¡qué reflejos!
        ¡Cuántos besos dormidos en la sombra,
        Y la muerte, la pálida, qué lejos!
        En torno al velador, niños jugando...
        La anciana, que en silencio nos veía...
        Schubert en su piano sollozando,
        Y en mi libro, Musset con su Lucía.
        ¡Cuántos sueños en mi alma y en tu alma!
        ¡Cuántos hermosos versos! ¡cuántas flores!
        En tu hogar apacible ¡cuánta calma!
        Y en mi pecho ¡qué inmensa sed de amores!

        ¡Y todo ya muy lejos! ¡todo ido!
        ¿En dónde está la rubia soñadora?
        ¡Hay muchas aves muertas en el nido,
        Y vierte muchas lágrimas la aurora!
        Todo lo vuelvo a ver, ¡pero no existe!
        Todo ha pasado ahora, ¡y no lo creo!
        Todo está silencioso, todo triste...
        ¡Y todo alegre, como entonces, veo!
        Esta es la casa, ¡su ventana aquélla!
        Ése, el sillón en que bordar solía...
        La reja verde... y la apacible estrella
        Que mis nocturnas pláticas oía.
        Bajo el cedro robusto y arrogante
        Que allí domina la calleja oscura,
        Por la primera vez y palpitante
        Estreché con mis brazos, su cintura.
        ¡Todo presente en mi memoria queda!
        La casa blanca, y el follaje espeso...
        El lago azul... el huerto... la arboleda,
        Donde nos dimos, sin pensarlo, un beso.
        Y te busco, cual antes te buscaba,
        Y me parece oírte entre las flores
        Cuando la arena del jardín rozaba
        El percal de tus blancos peinadores!

        ¡Y nada existe ya! Calló el piano...
        Cerraste, virgencita, la ventana...
        Y oprimiendo mi mano con tu mano,
        Me dijiste también: ¡hasta mañana!
        ¡Hasta mañana! Y el amor risueño
        No pudo en tu camino detenerte!...
        Y lo que tú pensaste que era el sueño,
        Fue sueño, pero inmenso: ¡el de la muerte!

        ¡Ya nunca volveréis, noches de plata
        Ni unirán en mi alma su armonía,
        Schubert, con su doliente serenata
        Y el pálido Musset con su Lucía!

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      Las novias pasadas son copas vacías

        Las novias pasadas son copas vacías;
        En ella pusimos un poco de amor;
        El néctar tomamos, huyeron los días...
        ¡Traed otras copas con nuevo licor!

        Champán son las rubias de cutis de azalea;
        Borgoña los labios de vivo carmín;
        Los ojos oscuros son vino de Italia,
        Los verdes y claros son vino del Rhin.

        Las bocas de grana son húmedas fresas;
        Las negras pupilas escancian café;
        Son ojos azules las llamas traviesas
        Que trémulas corren como almas del té.

        La copa se apura, la dicha se agota;
        De un sorbo tomamos mujer y licor...
        Dejemos las copas... Si queda una gota,
        ¡Que beba el lacato las heces del amor!

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      Madre naturaleza

        Madre, madre, cansado y soñoliento
        Quiero pronto volver a tu regazo;
        Besar tu seno, respirar tu aliento
        Y sentir la indolencia de tu abrazo.

        Tú no cambias, ni mudas, ni envejeces;
        En ti se encuentra la virtud perdida,
        Y tentadora y joven apareces
        En las grandes tristezas de la vida.

        Con ansia inmensa que mi ser consume
        Quiero apoyar las sienes en tu pecho,
        Tal como el niño que la nieve entume
        Busca el calor de su mullido lecho.

        !Aire! ¡Más luz! ¡Una planicie verde
        Y un horizonte azul que la limite,
        Sombra para llorar cuando recuerde,
        Cielo para creer cuando medite!

        Abre, por fin, hospedadora muda,
        Tus vastas y tranquilas soledades
        Y deja que mi espíritu sacuda
        El tedio abrumador de las ciudades.

        No más continuo batallar; ya brota
        Sangre humeante de mi abierta herida
        Y quedo inerme, con la espada rota,
        En la terrible lucha por la vida.

        Acude madre, y antes que perezca
        Y bajo el peso, del dolor sucumba,
        O abre tus senos, y que el musgo crezca
        Sobre la humilde tierra de mi tumba.

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      Mariposas

        Ora blancas cual copos de nieve,
        Ora negras, azules o rojas,
        En miríadas esmaltan el aire
        Y en los pétalos frescos retozan.
        Leves saltan del cáliz abierto
        Como prófugas almas de rosas,
        Y con gracia gentil se columpian
        En sus verdes hamacas de hojas.
        Una chispa de luz les da vida
        Y una gota al caer las ahoga,
        Aparecen al claro del día
        Y ya muertas las halla la sombra.

        ¿Quién conoce sus nidos ocultos?
        ¿En qué sitio de noche reposan?
        Las coquetas no tienen morada...
        Las volubles no tienen alcoba...
        Nacen, aman, y brillan y mueren
        En el aire, al morir se transforman,
        Y se van, sin dejarnos su huella,
        Cual de tenue llovizna las gotas.
        Tal vez unas en flores se truecan
        Y llamadas al cielo las otras,
        Con millones de alitas compactas
        El arco-iris espléndido forman.
        Vagabundas, ¿en dónde está el nido?
        Sultanita, ¿qué harén te aprisiona?
        ¿A qué amante prefieres, coqueta?
        ¿En qué tumba dormís, mariposas?

        ¡Así vuelan y pasan y expiran
        Las quimeras de amor y de gloria,
        Esas alas brillantes del alma,
        Ora blancas, azules o rojas!
        ¿Quién conoce en qué sitio os perdisteis,
        Ilusiones que sois mariposas?
        ¡Cuán ligero voló vuestro enjambre
        Al caer en el alma la sombra!

        Tú, la blanca, ¿por qué ya no vienes?
        ¿No eras fresco azahar de mi novia?
        Te formé con un grumo del cirio
        Que de niño llevé a la parroquia;
        Eres casta, creyente, sencilla
        Y al posarte temblando en mi boca
        Murmurabas, heraldo de goces,
        ¡Ya está cerca tu noche de bodas!

        Ya no viene la blanca la buena.
        Ya no viene tampoco la roja,
        La que en sangre teñí, beso vivo,
        Al morder unos labios de rosa.
        Ni la azul que me dijo: ¡Poeta!
        Ni la de oro, promesa de gloria.
        ¡Ha caído la tarde en el alma!
        ¡Es de noche... ya no hay mariposas!

        Encended ese cirio amarillo...
        Ya vendrán en tumulto las otras,
        Las que tienen las alas muy negras
        Y se acercan en fúnebre ronda.
        Compañeras, la pieza está sola;
        Si por mi alma os habéis enlutado
        ¡Venid pronto, venid, mariposas!

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      Mis enlutadas

        Descienden taciturnas las tristezas
        Al fondo de mi alma,
        Y entumecidas, haraposas brujas,
        Con uñas negras
        Mi vida escarban.

        De sangre es el color de sus pupilas,
        De nieve son sus lágrimas,
        Hondo pavor me infunden... Yo las amo
        Por ser las solas
        Que me acompañan.

        Aguárdolas ansioso, si el trabajo
        De ellas me separa,
        Y búscolas en medio del bullicio,
        Y son constantes
        Y nunca tardan.

        En las fiestas, a ratos se me pierden
        O se ponen la máscara,
        Pero luego las hallo, y así dicen:
        —¡Ven con nosotras!
        ¡Vamos a casa!

        Suelen dejarme cuando sonriendo
        Mis pobres esperanzas
        Como enfermitas, ya convalecientes,
        Salen alegres
        A la ventana.

        Corridas huyen, pero vuelven luego
        Y por la puerta falsa
        Entran trayendo como nuevo huésped
        Alguna triste,
        Lívida hermana.

        Ábrese a recibirlas la infinita
        Tiniebla de mi alma,
        Y van prendiendo en ella mis recuerdos
        Cual tristes cirios
        De cera pálida.

        Entre esas luces, rígido tendido,
        Mi espíritu descansa;
        Y las tristezas, revolando en torno,
        Lentas salmodias,
        Rezan y cantan.

        Escudriñan del húmedo aposento
        Rincones y covachas,
        El escondrijo do guardé cuitado
        Todas mis culpas,
        Todas mis faltas.

        Y hurgando mudas, como hambrientas lobas
        Las encuentran, las sacan,
        Y volviendo a mi lecho mortuorio
        Me las enseñan
        Y dicen: Habla.

        En lo profundo de mi ser bucean,
        Pescadoras de lágrimas,
        Y vuelven mudas con las negras conchas
        En donde brillan
        Gotas heladas.

        A veces me revuelvo contra ellas
        Y las muerdo con rabia,
        Como la niña desvalida y mártir
        Muerde a la harpía
        Que la maltrata.

        Pero enseguida, viéndose impotente,
        Mi cólera se aplaca.
        ¿Qué culpa tienen, pobres hijas mías,
        Si yo las hice
        Con sangre y alma?

        Venid, tristezas de pupila turbia,
        Venid, mis enlutadas,
        Las que viajáis por la infinita sombra,
        Donde está todo
        Lo que se ama.

        Vosotras no engañáis; venid, tristezas,
        ¡Oh mis criaturas blancas,
        Abandonadas por la madre impía,
        Tan embustera,
        Por la esperanza!

        Venid y habladme de las cosas idas,
        De las tumbas que callan,
        De muertos buenos y de ingratos vivos...
        Voy con vosotras,
        Vamos a casa.

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      Non omnis moriar

        ¡No moriré del todo, amiga mía!
        De mi ondulante espíritu disperso
        Algo en la urna diáfana del verso
        Piadosa guardará la poesía.

        ¡No moriré del todo! Cuando herido
        Caiga a los golpes del dolor humano,
        Ligera tú, del campo entenebrido
        Levantarás al moribundo hermano.

        Tal vez entonces por la boca inerme
        Que muda aspira la infinita calma,
        Oigas la voz de todo lo que duerme
        ¡Con los ojos abiertos de mi alma!

        Hondos recuerdos de fugaces días,
        Ternezas tristes que suspiran solas;
        Pálidas, enfermizas alegrías
        Sollozando al compás de las violas...

        Todo lo que medroso oculta el hombre
        Se escapará, vibrante, del poeta,
        En áureo ritmo de oración secreta
        Que invoque en cada cláusula tu nombre.

        Y acaso adviertas que de modo extraño
        Suenan mis versos en tu oído atento,
        Y en el cristal, que con mi soplo empaño,
        Mires aparecer mi pensamiento.

        Al ver entonces lo que yo soñaba,
        Dirás de mi errabunda poesía:
        Era triste, vulgar lo que cantaba...
        Mas, ¡qué canción tan bella la que oía!

        Y porque alzo en tu recuerdo notas
        Del coro universal, vívido y almo;
        Y porque brillan lágrimas ignotas
        En el amargo cáliz de mi salmo;

        Porque existe la Santa Poesía
        Y en ella irradias tú, mientras disperso
        Átomo de mi ser esconda el verso
        ¡No moriré del todo, amiga mía!

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      Ondas muertas

        En la sombra debajo de tierra,
        Donde nunca llegó la mirada,
        Se deslizan en curso infinito
        Silenciosas corrientes de agua.
        Las primeras, al fin, sorprendidas
        Por el hierro que rocas taladra,
        En inmenso penacho de espumas
        Hervorosas y límpidas saltan.
        Mas las otras, en densa tiniebla,
        Retorciéndose siempre resbalan
        Sin hallar la salida que buscan,
        A perpetuo correr condenadas.

        A la mar se encaminan los ríos
        Y en su espejo movible de plata
        Van copiando los astros del cielo
        O los pálidos tintes del alba:
        Ellos tienen cendales de flores,
        En su seno las ninfas se bañan,
        Fecundizan los fértiles valles,
        Y sus ondas son de agua que canta.

        En la fuente de mármoles níveos,
        Juguetona y traviesa es el agua
        Como niña que en regio palacio
        Sus collares de perlas desgrana;
        Ya cual flecha bruñida se eleva,
        Ya en abierto abanico se alza,
        De diamantes salpica las hojas
        O se duerme cantando en voz baja.

        En el mar soberano las olas
        Los peñascos abruptos asaltan;
        Al moverse, la tierra conmueven
        Y en tumulto los cielos escalan.
        Allí es vida y es fuerza invencible,
        Allí es reina colérica el agua,
        Como igual con los cielos combate
        Y con dioses y monstruos batalla.

        ¡Cuán distinta la negra corriente
        A perpetua prisión condenada,
        La que vive debajo de tierra
        Do ni yertos cadáveres bajan!
        La que nunca la luz ha sentido,
        La que nunca solloza ni canta,
        Esa muda que nadie conoce,
        Esa ciega que tienen esclava.

        Como ella, de nadie sabidas,
        Como ella, de sombras cercadas,
        Sois vosotras también, las oscuras
        Silenciosas corrientes de mi alma.
        ¿Quién jamás conoció vuestro curso?
        ¡Nadie a veros benévolo baja!
        Y muy hondo, muy hondo se extienden
        Vuestras olas cautivas que callan.

        Y si paso os abrieran, saldríais,
        Como chorro bullente de agua,
        Que en columna rabiosa de espuma
        Sobre pinos y cedros se alza.
        Pero nunca jamás, prisioneras,
        Sentiréis de la luz la mirada:
        ¡Seguid siempre rodando en la sombra,
        Silenciosas corrientes del alma!

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      Otro epigrama

        Publica El Siglo una cosa
        En verso pluscuamperfecto,
        Y viene firmada: "Sosa"
        Y en efecto, en efecto.

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      Para el álbum

        El verso es ave: busca entumecido
        Follaje espeso y resplandores rojos.
        ¿Qué nido más caliente que tu nido?
        ¿Qué sol más luminoso que tus ojos?

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      Para el corpiño

        Las campánulas hermosas
        ¿Sabes tú qué significan?
        Son campanas que repican
        En las nupcias de las rosas.
        —Las campánulas hermosas
        Son campanas que repican.

        ¿Ves qué rojas son las fresas?
        Y más rojas si las besas.
        ¿Por qué es rojo su color?
        Esas fresas tan suaves,
        Son la sangre de las aves
        Que asesina el cazador.

        Las violetas pudorosas,
        En sus hojas escondidas,
        Las violetas misteriosas
        Son luciérnagas dormidas.
        ¿Ves mil luces cintilantes
        Tan brillantes cual coquetas,
        Nunca fijas, siempre errantes?
        ¡Es que vuelan las violetas!

        La amapola ya es casada;
        Cada mirto es un herido;
        La gardenia inmaculada
        En la blanca desposada
        Esperando al prometido.

        Cuando flores tú me pides
        Y te mando nomeolvides,
        Y esas flores pequeñitas
        Que mi casto amor prefiere,
        A las blancas margaritas
        Les preguntan: "¿No lo quiere?"

        ¡Nomeolvides! Frescas flores
        Le prodigan sus aromas
        Y en tus hombros seductores
        Se detienen las palomas.

        ¡No hay invierno! ¡No hay tristeza!
        Con amor, Naturaleza
        Todo agita, todo mueve...,
        Luz difunde, siembra vidas...
        ¿Ves los copos de la nieve?
        ¡Son palomas entumidas!

        Tiene un alma cuanto es bello;
        Los diamentes,
        Son los trémulos amantes
        De tu cuello.

        La azucena que te envío
        Es novicia que profesa,
        Y en tu boca es una fresa
        Empapada de rocío.

        Buenos dioses tutelares
        ¡Dadme ramos de azahares!
        Si me muero, dormir quiero
        Bajo flores compasivas...
        ¡Si me muero, si me muero,
        Dadme muchas siemprevivas!

      Arriba

      Para entonces

        Quiero morir cuando decline el día,
        En alta mar y con la cara al cielo;
        Donde parezca sueño la agonía,
        Y el alma, un ave que remonta el vuelo.

        No escuchar en los últimos instantes,
        Ya con el cielo y con el mar a solas,
        Más voces ni plegarias sollozantes
        Que el majestuoso tumbo de las olas.

        Morir cuando la luz, triste, retira
        Sus áureas redes de la onda verde,
        Y ser como ese sol que lento expira:
        Algo muy luminoso que se pierde.

        Morir, y joven: antes que destruya
        El tiempo aleve la gentil corona;
        Cuando la vida dice aún: "Soy tuya",
        Aunque sepamos bien que nos traiciona.

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      Pax animae (Después de leer a dos poetas)

        ¡Ni una palabra de dolor blasfemo!
        Sé altivo, sé gallardo en la caída
        ¡Y ve, poeta, con desdén supremo
        Todas las injusticias de la vida!

        No busques la constancia en los amores,
        No pidas nada eterno a los mortales,
        Y haz, artista, con todos tus dolores,
        Excelsos monumentos sepulcrales.

        En mármol blanco tus estatuas labra,
        Castas en la actitud, aunque desnudas,
        Y que duerma en sus labios la palabra
        Y se muestren muy tristes... ¡pero mudas!

        ¡El nombre! ¡Débil vibración sonora
        Que dura apenas un instante! ¡El nombre!...
        ¡Ídolo torpe que el iluso adora!
        ¡Última y triste vanidad del hombre!

        ¿A qué pedir justicia ni clemencia
        —Si las niegan los propios compañeros—
        A la glacial y muda indiferencia
        De los desconocidos venideros?

        ¿A qué pedir la compasión tardía
        De los extraños que la sombra esconde?
        ¡Duermen los ecos en la selva umbría
        Y nadie, nadie a nuestra voz responde!

        En esta vida el único consuelo
        Es acordarse de las horas bellas
        Y alzar los ojos para ver el cielo...
        Cuando el cielo está azul o tiene estrellas.

        Huir del mar y en el dormido lago
        Disfrutar de las ondas el reposo...
        Dormir, soñar... el sueño, nuestro mago
        ¡Es un sublime y santo mentiroso!

        ¡Ay! Es verdad que en el honrado pecho
        Pide venganza la reciente herida...
        Pero perdona el mal que te hayan hecho.
        ¡Todos están enfermos de la vida!

        Los mismos que de flores se coronan,
        Para el dolor, para la muerte nacen.
        Si los que tú más amas te traicionan
        ¡Perdónalos, no saben lo que hacen!

        Acaso esos instintos heredaron
        Y son los inconscientes vengadores
        De razas o de estirpes que pasaron
        Acumulando todos los rencores.

        ¿Eres acaso el juez? ¿El impecable?
        ¿Tú la justicia y la piedad reúnes?
        ¿Quién no es fugitivo responsable
        De alguno o muchos crímenes impunes?

        ¿Quién no ha mentido amor y profanado
        De un alma virgen el sagrario augusto?
        ¿Quién está cierto de no haber matado?
        ¿Quién puede ser el justiciero, el justo?

        ¡Lástimas y perdón para los vivos!
        Y así, de amor y mansedumbre llenos,
        Seremos cariñosos, compasivos...
        ¡Y alguna vez, acaso, acaso buenos!

        ¿Padeces? Busca a la gentil amante,
        A la impasible e inmortal belleza,
        Y ve apoyado, como Lear errante,
        En tu joven Cordelia: la tristeza.

        Mira: se aleja perezoso el día...
        ¡Qué bueno es descansar! El bosque oscuro
        Nos arrulla con lánguida armonía...
        El agua es virgen. El ambiente es puro.

        La luz, cansada, sus pupilas cierra;
        Se escuchan melancólicos rumores,
        Y la noche, al bajar, dice a la tierra:
        —Vamos, ya está... Ya duérmete, no llores.

        Recordar... Perdonar... Haber amado...
        Ser dichoso un instante, haber creído...
        Y luego... reclinarse fatigado
        En el hombro de nieve del olvido.

        Sentir eternamente la ternura
        Que en nuestros pechos jóvenes palpita,
        Y recibir, si llega, la ventura,
        Como a hermosa que viene de visita.

        Siempre escondido lo que más amamos,
        Siempre en los labios el perdón risueño;
        Hasta que al fin ¡oh tierra! a ti vayamos
        Con la invencible laxitud del sueño.

        Esa ha de ser la vida del que piensa
        En lo fugaz de todo lo que mira,
        Y se detiene, sabio, ante la inmensa
        Extensión de tus mares, ¡oh Mentira!

        Corta las flores, mientras haya flores,
        Perdona las espinas a las rosas...
        ¡También se van y vuelan los dolores
        Como turbas de negras mariposas!

        Ama y perdona. Con valor resiste
        Lo injusto, lo villano, lo cobarde...
        ¡Hermosamente pensativa y triste
        Está al caer la silenciosa tarde!

        Cuando el dolor mi espíritu sombrea
        Busco en las cimas claridad y calma
        ¡Y una infinita compasión albea
        En las heladas cumbres de mi alma!

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      Por la ventana

        Prostituir al amor... llegar artero,
        De noche, entre las sombras recatado
        Esquivando los pasos y, mañero,
        La faz hundida y el embozo alzado.

        Tender la escala; con la vista alerta
        Trepar por la pared que se desgrana,
        Y a donde todos entran por la puerta,
        Entrar como ladrón, por la ventana.

        Apagada la luz, hablando quedo,
        Temerosos, convulsos, vergonzantes,
        Sintiendo juntos el amor y el miedo
        Contar con avaricia los instantes.

        Querer que calle hasta el reloj pausado
        Que cuelga en la pared, alto y sombrío;
        Ser joven, ser amante, ser amado,
        Y, estando juntos, tiritar de frío.

        Sentir el hielo que en las venas cunde
        Cuando los nervios crispa el sobresalto;
        Y maldecir a luna si difunde
        Su delatora luz desde lo alto.

        Buscar lo más oscuro de la alcoba,
        Y ver con vago miedo las junturas
        Por donde entra la luz, como quien roba
        Cobarde, vil, con antifaz y a oscuras.

        Y temblar de pavor, si ladra el perro,
        Y si las ondas de la fuente gimen;
        De lo que es aire, sol, hacer encierro;
        De lo que es un derecho, hacer un crimen.

        Besar con miedo, sin rumor, aprisa,
        Ir siempre de puntillas por la alfombra,
        Y si al cristal hizo crujir la brisa,
        Temblar, pensando que una voz nos nombra.

        Cuando canta la alondra, retirarse
        Atravesando la desierta sala,
        Y suspenso en el aire deslizarse,
        Como vil bandolero, por la escala.

        Haber envenenado una existencia,
        Convertido en dolores el contento
        Y, huésped sepulcral de la conciencia,
        Albergar un tenaz remordimiento.

        Ver encenderse su mejilla roja
        Temiendo acaso que el pavor la venza,
        Y al hablarle mirar que se sonroja
        Y que baja los ojos de vergüenza.

        Ese no es el amor: amor robado
        Que se viste de falso monedero;
        Ese no es el amor que yo he soñado,
        Y si ese es el amor, yo no lo quiero.

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      Resucitarán

        Los pájaros que en sus nidos
        Mueren, ¿a dónde van?
        ¿Y en que lugar escondidos
        Están, muertos o dormidos,
        Los besos que no se dan?

        Nacen, y al punto traviesos
        Hallar la salida quieren;
        ¡Pero como nacen presos
        Se enferman pronto mis besos
        Y, apenas nacen, se mueren!

        En vano con raudo giro
        Éste a mis labios llegó.
        Si lejos los tuyos miro...
        ¿Sabes lo que es un suspiro?
        ¡Un beso que no se dio!

        ¡Que labios tan carceleros!
        Con cadenas y cerrojos
        Los aprisionan severos,
        Y apenas los prisioneros
        Se me asoman a los ojos.

        ¡Pronto rompe la cadena
        De tan injusta prisión,
        Y no mueran más de pena,
        Que ya está de besos llena
        La tumba del corazón!

        ¿Qué son las bocas? Son nidos.
        ¿Y los besos? ¡Aves locas!
        Por eso, apenas nacidos,
        De sus nidos aburridos
        Salen buscando otras bocas.

        ¿Por qué en cárcel sepulcral
        Se trueca el nido del ave?
        ¿Por qué los tratas tan mal,
        Si tus labios de coral
        Son los que tienen la llave?

        —Besos que apenas despiertos
        Volar del nido queréis
        A sus labios entreabiertos,
        En vuestra tumba, mis muertos,
        Dice: ¡Resucitaréis!

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      Si tú murieras

        Anoche, mientras fijos tus ojos me miraban
        Y tus convulsas manos mis manos estrechaban,
        Tu tez palideció.
        ¿Qué hicieras —me dijiste— si en esta noche misma
        Tu luz se disipara, si se rompiera el prisma,
        Si me muriera yo?

        ¡Ah! Deja las tristezas al nido abandonado,
        Las sombras a la noche, los dardos al soldado,
        Los cuervos al ciprés.
        No pienses en lo triste que sigiloso llega;
        Los mirtos te coronan, y el arroyuelo juega
        Con tus desnudos pies.

        La juventud nos canta, nos ciñe, nos rodea;
        Es grana en tus mejillas; en tu cerebro, idea,
        Y entre tus rizos, flor;
        Tenemos en nosotros dos fuerzas poderosas,
        Que triunfan de los hombres y triunfan de las cosas:
        ¡La vida y el amor!

        Comparte con mi alma tus penas y dolores,
        Te doy mis sueños de oro, mis versos y mis flores
        A cambio de tu cruz.
        ¿Por qué temer los años si tienes la hermosura;
        La noche si eres blanca; la muerte si eres pura;
        La sombra si eres luz?

        Seré, si tú lo quieres, el resistente escudo
        Que del dolor defienda tu corazón desnudo;
        Y si eres girasol,
        Seré la parte oscura que en hondo desconsuelo
        Sin ver jamás los astros se inclina siempre al suelo;
        Tú, la que mira al sol.

        La muerte está muy lejos; anciana y errabunda,
        Evita los senderos que el rubio sol fecunda,
        Y por la sombra va;
        Camina sobre nieve, por rutas silenciosas,
        Huyendo de los astros y huyendo de las rosas;
        ¡La muerte no vendrá!

        La vida, sonriendo, nos deja sus tesoros.
        ¡Abre tus negros ojos, tus labios y tus poros
        Al aire del amor!
        Como la madre monda las frutas para el niño,
        Dios quita de tu vida, cercada de cariño,
        Las penas y el dolor.

        Ahora todo canta, perfuma o ilumina;
        Ahora todo copia tu faz alabastrina,
        Y se parece a ti;
        Aspiro los perfumes que brotan de tu trenza,
        Y lo que en tu alma apenas como ilusión comienza,
        Es voluntad en mí.

        ¡Ah! Deja las tristezas al nido abandonado,
        Las sombras a la noche, los dardos al soldado;
        lLos cuervos al ciprés.
        No pienses en lo triste que sigiloso llega;
        Los mirtos te coronan, y el arroyuelo juega
        Con tus desnudos pies.

      Arriba

      Siempre a ti

        A ti, tan sólo a ti, canta mi lira:
        Ahogar quiero la voz de mi garganta,
        Pero es en vano, que por ti suspira,
        Y trémula de amor tu nombre canta.

        Perdona, sí, mi sueño y mi delirio;
        Perdona tanto amor, tanta ternura;
        Mi alma expira en los brazos del martirio
        Y canta, como el cisne, su amargura.

        Bien sé que tú no escuchas mis querellas,
        Bien sé que tú a mi amor llamas quimeras,
        Y con tus plantas inclemente huellas
        La casta flor de mi pasión primera.

        Comprendo que tu amor que tanto anhelo
        Es sueño de mi loca fantasía,
        Porque nunca el gusano llega al cielo,
        Nunca se une la noche con el día.

        Yo sé que la desgracia me acompaña
        Y sé que tu existencia es de ventura;
        Ninguna nube tu horizonte empaña
        Y yo bebo la hiel de la amargura.

        Mas, ¿qué quieres que haga, dicha mía,
        Si el triste corazón nunca te olvida,
        Si en ti piensa mi loca fantasía
        Y enlazada a la tuya está mi vida?

        ¡La voluntad! ¡Palabra mentirosa!
        ¡Quimérico poder del albedrío!
        Yo siento que me impulsa poderosa
        La mano helada del destino impío.

        Si mientras lucho más por olvidarte
        Crece más de mi amor el ansia fuerte
        ¡Si aunque yo no lo quiera he de adorarte!
        ¡Si te he de amar, mi bien, hasta la muerte!

        El llanto amargo que por ti derramo
        Crece de mi amor el vivo fuego.
        Mientras más me desprecias, más te amo;
        Mientras más me desdeñas, más te ruego.

        Bien sé que con mi amor te causo enojos,
        Sé también que tú nunca has de quererme,
        Y que jamás tus celestiales ojos
        Amorosos y tiernos han de verme.

        Mas no por eso de mi amor la llama
        Se extingue como chispa pasajera.
        De tu desdén el rayo más la inflama
        Y se convierte en espantosa hoguera.

        Que no es mi amor ligero sentimiento
        Que dura sólo lo que dura un día,
        La esencia es de mi propio pensamiento
        Y el ambiente vital del alma mía.

        ¡Si pudiera olvidarte! ¡Si pudiera
        Borrar del pensamiento tu memoria,
        Ha largo tiempo que arrancado hubiera
        La página más triste de mi historia!

        ¡Mas no! ¡Si yo jamás quiero olvidarte,
        Aunque me cause tu desdén dolores!
        ¡Yo siempre quiero con locura amarte,
        Y morir cuando mueran mis amores!

        Yo no quiero las sombras del olvido
        Del alma que muere fúnebre sudario;
        Por más que el corazón solloce herido,
        Quiero tocar la cumbre del calvario.

        Despréciame; aborrece, si lo quieres,
        Este amor que encendiste, vida mía,
        El triste corazón que siempre hieres
        Morirá bendiciendo su agonía.

        Por eso siempre a ti vuela mi acento,
        Por eso el alma con amor te nombra;
        Quiero regar tus huellas con mi llanto,
        Y quiero darte mi alma por alfombra.

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      Última necat

        ¡Huyen los años como raudas naves!
        ¡Rápidos huyen! Infecunda Parca
        Pálida espera. La salobre Estigia
        Calla dormida.

        ¡Voladores años!
        ¡Dado me fuera detener convulso,
        Horas fugaces, vuestra blanca veste!
        Pasan las dichas y temblando llegan
        Mudos inviernos...

        Las fragantes rosas
        Mustias se vuelven, y el enhiesto cáliz
        Cae de la mano. Pensativa el alba
        Baja del monte. Los placeres todos
        Duermen rendidos...

        En mis brazos flojos
        Cintia descansa.

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