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    Información biográfica

  1. Blasón
  2. De viaje
  3. El idilio de los volcanes
  4. El romance de la felicidad
  5. La canción del camino
  6. La magnolia
  7. La tristeza del inca
  8. Los caballos de los conquistadores
  9. Los volcanes
  10. Nocturno de la copla callejera
  11. Nostalgia
  12. Notas del alma indígena
  13. Orquídeas




    Información biográfica

      Nombre: José Santos Chocano Gastañodi
      Lugar y fecha nacimiento: Lima (Perú), 14 de mayo de 1875
      Lugar y fecha defunción: Santiago (Chile), 13 de julio de 1934 (59 años)

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      Blasón

        Soy el cantor de América autóctono y salvaje:
        Mi lira tiene un alma, mi canto un ideal.
        Mi verso no se mece colgado de un ramaje
        Con vaivén pausado de hamaca tropical.

        Cuando me siento inca, le rindo vasallaje
        Al Sol, que me da el cetro de su poder real;
        Cuando me siento hispano y evoco el coloniaje
        Parecen mis estrofas trompetas de cristal.

        Mi fantasía viene de un abolengo moro:
        Los Andes son de plata, pero el león de oro,
        Y las dos castas fundo con épico fragor.

        La sangre es española e incaico es el latido;
        Y de no ser poeta, quizá yo hubiera sido
        Un blanco aventurero o un indio emperador.

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      De viaje

        Ave de paso,
        Fugaz viajera desconocida:
        Fue sólo un sueño, sólo un capricho, sólo un acaso;
        Duró un instante de los que llenan toda una vida.

        No era la gloria del paganismo,
        No era el encanto de la hermosura plástica y recia:
        Era algo vago, nube de incienso, luz de idealismo.
        No era la Grecia:
        ¡Era la Roma del cristianismo!
        Alrededor era de sus dos ojos ¡oh, qué ojos esos!
        Que las fracciones de su semblante desvanecidas
        Fingían trazos de un pincel tenue, mojado en besos,
        Reviviendo sueños pasados y glorias idas.

        Ida es la gloria de sus encantos,
        Pasado el sueño de su sonrisa.

        Yo lentamente sigo la ruta de mis quebrantos;
        ¡Ella ha fugado como un perfume sobre la brisa!
        Quizás ya nunca nos encontremos;
        Quizás ya nunca veré a mi errante desconocida;
        Quizás la misma barca de amores empujaremos,
        Ella de un lado, yo de otro lado, como dos remos,
        ¡Toda la vida bogando juntos y separados toda la vida!

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      El idilio de los volcanes

        El Ixtlacíhuatl traza la figura yacente
        De una mujer dormida bajo el Sol.
        El Popocatépetl flamea en los siglos
        Como una apocalíptica visión;
        Y estos dos volcanes solemnes
        Tienen una historia de amor,
        Digna de ser cantada en las compilaciones
        De una extraordinaria canción.

        Ixtacíhuatl -hace miles de años-
        Fue la princesa más parecida a una flor,
        Que en la tribu de los viejos caciques
        Del más gentil capitán se enamoró.
        El padre augustamente abrió los labios
        Y díjole al capitán seductor
        Que si tornaba un día con la cabeza
        Del cacique enemigo clavada en su lanzón,
        Encontraría preparados, a un tiempo mismo,
        El festín de su triunfo y el lecho de su amor.

        Y Popocatépetl fuese a la guerra
        Con esta esperanza en el corazón:
        Domó las rebeldías de las selvas obstinadas,
        El motín de los riscos contra su paso vencedor,
        La osadía despeñada de los torrentes,
        La acechanza de los pantanos en traición;
        Y contra cientos y cientos de soldados,
        Por años gallardamente combatió.

        Al fin tornó a tribu (y la cabeza
        Del cacique enemigo sangraba en su lanzón).
        Halló el festín del triunfo preparado,
        Pero no así el lecho de su amor;
        En vez de lecho encontró el túmulo
        En que su novia, dormida bajo el Sol,
        Esperaba en su frente el beso póstumo
        De la boca que nunca en la vida besó.

        Y Popocatépetl quebró en sus rodillas
        El haz de flechas; y, en una sola voz,
        Conjuró la sombra de sus antepasados
        Contra la crueldad de su impasible Dios.
        Era la vida suya, muy suya,
        Porque contra la muerte ganó:
        Tenía el triunfo, la riqueza, el poderío,
        Pero no tenía el amor.

        Entonces hizo que veinte mil esclavos
        Alzaran un gran túmulo ante el Sol
        Amontonó diez cumbres
        En una escalinata como alucinación;
        Tomó en sus brazos a la mujer amada,
        Y él mismo sobre el túmulo la colocó;
        Luego encendió una antorcha, y, para siempre,
        Quedóse en pie alumbrando el sarcófago de su dolor.

        Duerme en paz, Ixtacíhuatl, nunca los tiempos
        Borrarán los perfiles de tu expresión.
        Vela en paz. Popocatépetl: nunca los huracanes
        Apagarán tu antorcha, eterna como el amor.

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      El romance de la felicidad

        Felicidad: yo te he encontrado
        Más de una vez en mi camino;
        Pero al tender hacia ti el ruego
        De mis dos manos has huido,
        Dejando en ellas, solamente,
        Cual una dádiva, cautivo
        Algún mechón de tus cabellos
        O algún jirón de tus vestidos.

        Tanto mejor fuera no haberte
        Hallado nunca en mi camino.
        Por ser tu dueño, siento a veces
        Que no soy dueño de mí mismo...
        Toda esperanza es un engaño;
        Todo deseo es un martirio...

        Felicidad: te vi de cerca;
        Pero no pude hablar contigo.

        Ya voy sintiéndome cansado...
        Cuando en la orilla del camino
        Me siento a ver pasar a muchos
        Que hacia ti vayan cual yo he ido,
        Tal vez te atraiga mi reposo,
        Mi displicente escepticismo,
        Mi resignada indiferencia,
        Mi corazón firme y tranquilo;
        Y, paso a paso, a mí te acerques,
        Sin que yo llegue a percibirlo,
        Y, al fin, sentándote a mi lado,
        Hablarme empieces: -Buen amigo...

        ¿Será mejor el no buscarte?
        ¿Será mejor el ser altivo
        En la desgracia y no sentirse
        Juguete vil de tus caprichos?

        Yo sólo sé que cuantas veces
        Con más afán te he perseguido,
        Más fácilmente, hacia más lejos,
        Más desdeñosa huir te he visto.
        Yo sólo sé que cuantas veces
        Tornó perfil un sueño mío,
        Felicidad, te vi de cerca,
        Pero no pude hablar contigo.

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      La canción del camino

        Era un camino negro.
        La noche estaba loca de relámpagos. Yo iba
        En mi potro salvaje
        Por la montañosa andina.
        Los chasquidos alegres de los cascos,
        Como masticaciones de monstruosas mandíbulas
        Destrozaban los vidrios invisibles
        De las charcas dormidas.
        Tres millones de insectos
        Formaban una como rabiosa inarmonía.

        Súbito, allá a lo lejos,
        Por entre aquella mole doliente y pensativa
        De la selva,
        Vi un puñado de luces como un tropel de avispas.

        ¡La posada! El nervioso
        Látigo persignó la carne viva
        De mi caballo, que rasgó los aires
        Con un largo relincho de alegría.

        Y como si la selva
        Comprendiese todo, se quedó muda y fría.

        Y hasta mí llegó, entonces,
        Una voz clara y fina
        De mujer que cantaba. Cantaba. Era su canto
        Una lenta, muy lenta melodía:
        Algo como un suspiro que se alarga
        Y se alarga y se alarga y no termina.

        Entre el hondo silencio de la noche,
        Y a través del reposo de la montaña,
        Oíanse los acordes
        De aquel canto sencillo de una música íntima,
        Como si fuesen voces que llegaran
        Desde la otra vida...

        Sofrené mi caballo;
        Y me puse a escuchar lo que decía:

        -Todos llegan de noche,
        Todos se van de día.

        Y, formándole dúo,
        Otra voz femenina
        Completó así la endecha
        Con ternura infinita:

        -El amor es tan sólo una posada
        En mitad del camino de la vida.

        Y las dos voces, luego,
        A la vez repitieron con amargura rítmica:

        -Todos llegan de noche,
        Y todos se van de día.

        Entonces yo bajé de mi caballo
        Y me acosté en la orilla
        De una charca.

        Y fijo en ese canto que venía
        A través del misterio de la selva,
        Fui cerrando los ojos al sueño y la fatiga.

        Y me dormí, arrullado; y, desde entonces,
        Cuando cruzo las selvas por rutas no sabidas,
        Jamás busco reposo en las posadas;
        Y duermo al aire libre mi sueño y mi fatiga,
        Porque recuerdo siempre
        Aquel canto sencillo de una música íntima:

        -Todos llegan de noche,
        Todos se van de día
        El amor es tan sólo una posada
        En mitad del camino de la vida.

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      La magnolia

        En el bosque, de aromas y de músicas lleno,
        La magnolia florece delicada y ligera,
        Cual vellón que en las zarpas enredado estuviera,
        O cual copo de espuma sobre lago sereno.

        Es un ánfora digna de un artífice heleno,
        Un marmóreo prodigio de la Clásica Era:
        Y destaca su fina redondez a manera
        De una dama que luce descotado su seno.

        No se sabe si es perla, ni se sabe si es llanto.
        Hay entre ella y la luna cierta historia de encanto,
        En la que una paloma pierde acaso la vida:

        Porque es pura y es blanca y es graciosa y es leve,
        Como un rayo de luna que se cuaja en la nieve,
        O como una paloma que se queda dormida.

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      La tristeza del inca

        Este era un inca triste de soñadora frente,
        De ojos siempre dormidos y sonrisa de hiel,
        Que recorrió su imperio, buscando inútilmente
        A una doncella hermosa y enamorada de él.

        Por distraer sus penas, el inca dio en guerrero;
        Puso a su tropa en marcha y el broquel requirió;
        Fue sembrando despojos sobre cada sendero
        Y las nieves más altas con su sangre manchó.

        Tal sus flechas cruzaron inviolables regiones,
        En que apenas los ríos se atrevían a entrar;
        Y tal fue, derramando sus heroicas legiones:
        De la selva a los andes de los andes al mar.

        Fue gastando las flechas que tenía en su aljaba,
        Una vez y otra y otra, de región en región,
        Porque cuando salía victorioso, lograba
        Levantar la cabeza, pero no el corazón.

        Y cansado de tanto levantar la cabeza,
        Celebró bailes magnos y banquetes sin fin,
        Pero no logra nada disipar su tristeza,
        Ni la sangre del choque, ni el licor del festín.

        Nada entraba en el fondo de su espíritu oculto:
        Ni las cándidas ñustas de dignástico rol,
        Ni los cirios de Quito, consagradas al culto,
        Ni del Cuzco, tampoco, los vestales del Sol.

        Fue llamado el más viejo sacerdote; adivina
        Este mal que me aqueja y el remedio del mal;
        Dijo al gran sacerdote, con voz trémula y fina,
        Aquel joven monarca, displicente y sensual.

        ¡Ay señor! -dijo el viejo sacerdote-,
        Tus penas remediarse no pueden; tu pasión es mortal.
        La mujer que has ideado tiene añil en las venas
        Un trigal en los bucles y en la boca un coral.

        ¡Ay señor!, ciertos días vendrán hombres muy blancos,
        Ha de oírse en los bosques el marcial caracol:
        Cataratas de sangre colmarán los barrancos,
        Y entrarán otros dioses en el Templo del Sol.

        La mujer que has ideado pertenece a tal raza,
        Vanamente la buscas en tu innúmera grey,
        Y servirte no pueden oración ni amenaza,
        Porque tiene otra sangre, otro dios y otro rey.

        Cuando el rito sagrado le mandó optar esposa,
        Hizo astillas el cetro con vibrante dolor,
        Y aquel joven monarca se enterró en una fosa
        Y pensando en la rubia fue muriendo de amor.

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      Los caballos de los conquistadores

        ¡Los caballos eran fuertes!
        ¡Los caballos eran ágiles!
        Sus pescuezos eran finos y sus ancas
        Relucientes y sus cascos musicales.

        ¡Los caballos eran fuertes!
        ¡Los caballos eran ágiles!

        ¡No! No han sido los guerreros solamente,
        De corazas y penachos y tizonas y estandartes,
        Los que hicieron la conquista
        De las selvas y los Andes:

        Los caballos andaluces, cuyos nervios
        Tienen chispas de la raza voladora de los árabes,
        Estamparon sus gloriosas herraduras
        En los secos pedregales,
        En los húmedos pantanos,
        En los ríos resonantes,
        En las nieves silenciosas,
        En las pampas, en las sierras, en los bosques y en los valles.

        ¡Los caballos eran fuertes!
        ¡Los caballos eran ágiles!

        Un caballo fue el primero,
        En los tórridos manglares,
        Cuando el grupo de Balboa caminaba
        Despertando las dormidas soledades,
        Que de pronto dio el aviso
        Del Pacífico Océano, porque ráfagas de aire
        Al olfato le trajeron
        Las salinas humedades;

        Y el caballo de Quesada, que en la cumbre
        Se detuvo viendo, en lo hondo de los valles,
        El fuetazo de un torrente
        Como el gesto de una cólera salvaje,
        Saludo con un relincho
        La sabana interminable...
        Y bajó con fácil trote,
        Los peldaños de los Andes,
        Cual por unas milenarias escaleras
        Que crujían bajo el golpe de los cascos musicales...

        ¡Los caballos eran fuertes!
        ¡Los caballos eran ágiles!

        Y aquel otro, de ancho tórax,
        Que la testa pone en alto
        Cual queriendo ser más grande,
        En que Hernán Cortés un día
        Caballero sobre estribos rutilantes,
        Desde México hasta Honduras
        Mide leguas y semanas entre rocas y boscajes,
        Es más digno de los lauros
        Que los potros que galopan
        En los cánticos triunfales
        Con que Píndaro celebra
        Las olímpicas disputas
        Entre el vuelo de los carros y la fuga de los aires.

        Y es más digno todavía
        De las odas inmortales
        El caballo con que Soto, diestramente,
        Y tejiendo las cabriolas como él sabe,
        Causa asombro, pone espanto, roba fuerzas,
        Y entre el coro de los indios,
        Sin que nadie haga un gesto de reproche,
        Llega al trono de Atahualpa y salpica con espumas
        Las insignias imperiales.

        ¡Los caballos eran fuertes!
        ¡Los caballos eran ágiles!

        El caballo del beduino
        Que se traga soledades.
        El caballo milagroso de San Jorge,
        Que tritura con sus cascos los dragones infernales.
        El de César en las Galias.
        El de Aníbal en los Alpes.
        El Centauro de las clásicas leyendas,
        Mitad potro, mitad hombre,
        Que galopa sin cansarse,
        Y que sueña sin dormirse,
        Y que flecha los luceros,
        Y que corre como el aire,
        Todos tienen menos alma, menos fuerza, menos sangre,
        Que los épicos caballos andaluces
        En las tierras de la Atlántida salvaje,
        Soportando las fatigas,
        Las espuelas y las hambres,
        Bajo el peso de las férreas armaduras,
        Cual desfile de heroísmos,
        Coronados entre el fleco de los anchos estandartes
        Con la gloria de Babieca y el dolor de Rocinante.

        En mitad de los fragores del combate,
        Los caballos con sus pechos arrollaban
        A los indios, y seguían adelante.
        Y, así, a veces, a los gritos de "¡Santiago!",
        Entre el humo y el fulgor de los metales,
        Se veía que pasaba, como un sueño,
        El caballo del apóstol a galope por los aires.

        ¡Los caballos eran fuertes!
        ¡Los caballos eran ágiles!

        Se diría una epopeya
        De caballos singulares
        Que a manera de hipogrifos desolados
        O cual río que se cuelga de los Andes,
        Llegan todos sudorosos, empolvados, jadeantes,
        De unas tierras nunca vistas,
        A otras tierras conquistables.
        Y de súbito espantados por un cuerno
        Que se hincha con soplido de huracanes,
        Dan nerviosos un soplido tan profundo,
        Que parece que quisiera perpetuarse.
        Y en las pampas y confines
        Ven las tristes lejanías
        Y remontan las edades
        Y se sienten atraídos
        Por los nuevos horizontes:
        Se aglomeran, piafan, soplan, y se pierden al escape.

        Detrás de ellos, una nube,
        Que es la nube de la gloria,
        Se levanta por los aires.

        ¡Los caballos eran fuertes!
        ¡Los caballos eran ágiles!

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      Los volcanes

        Cada volcán levanta su figura,
        Cual si de pronto, ante la faz del cielo,
        Suspendiesen el ángulo de un vuelo
        Dos dedos invisibles de la altura.

        La cresta es blanca y como blanca pura:
        La entraña hierve en inflamado anhelo;
        Y sobre el horno aquel contrasta el hielo,
        Cual sobre una pasión un alma dura.

        Los volcanes son túmulos de piedra,
        Pero a sus pies los valles que florecen
        Fingen alfombras de irisada yedra;

        Y por eso, entre campos de colores,
        Al destacarse en el azul, parecen
        Cestas volcadas derramando flores.

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      Nocturno de la copla callejera

        Tiempo ha quemé mis naves
        Como el conquistador,
        Y me lancé al trajín de la aventura
        De un corazón en otro corazón;
        Pero...
        Confieso yo
        Que he tenido también mi noche triste.
        ¡Oh noche triste en que llorando estoy!

        ¡Oh noche en que, vagando
        Por los barrios oscuros de aspecto evocador,
        Donde en casas humildes sueña el romanticismo
        De vírgenes enfermas de Luna y de canción,
        Me ha interrumpido el paso
        Una copla escapada por el hueco traidor
        De una ventana, a sólo
        Clavárseme a mitad del corazón.

        Y la copla a mí vino
        Lanzada, entre el rezongo de un viejo acordeón,
        Por algún mozalbete presumido
        Según era el descaro de su engolada voz.

        No me llegó la copla redondeada;
        No me llegó,
        Sino algo en que ponía su miel un primer beso
        O en que abría su rosa quizá un primer rubor.
        Pero...

        Ay de mí, si estoy
        Seguro del final que en lo más hondo
        Su envenenada punta me clavó.
        Tales palabras
        Son:
        -"Pienso en aquel que te quiso
        Antes de quererte yo".

        Ya que lejos de ti, siéntote acaso
        Más adentro que nunca de mi amor,
        Ha venido esta copla destemplada
        A destemplar también mi corazón:
        Yo no he sido el primer hombre que amaste.
        No he sido, no,
        Amor primero de mujer ninguna,
        No he despertado en nadie la primera emoción,
        No he probado la miel de un primer beso,
        Ni abrí la rosa de un primer rubor...

        ¿Comprendes tú qué sangre
        Lloro en mi noche triste? ¿Comprendes qué canción
        Es la que me sugiere aquella copla
        Venida a mí quizá como la voz
        Que detuvo, camino de Damasco,
        También a un pecador?

        La primera mujer que amé en la vida,
        Al oír que la amaba, colérica me huyó;
        La segunda mujer, sonrisas tuvo
        Para mí que antes tuvo para otros tal vez, y luego adiós.

        Díjome desde lo alto de un navío
        En que de mí por siempre se alejó;
        La tercera mujer no pudo nunca,
        Desde su ostentación
        De estrella, percatarse
        De mi apasionamiento de pastor;

        Una me dio una cita en cierta noche
        En que, para burlarme, se murió;
        Otra me dijo con los ojos algo
        Que todavía descifrando estoy,
        Porque en ningunos ojos volví a hallar tal mirada,
        Con que piadosamente me ha de ver quizá hoy Dios.

        Después... téngolo dicho:
        He quemado mis naves como el conquistador
        Y me he entrado también a sangre y fuego
        De un corazón a otro corazón;
        Y en esta noche triste,
        Tengo un orgullo sabio, porque no he sido yo
        Amor primero de mujer ninguna,
        Pero el último sí, ¡seguro estoy!

        Y, así, como amor último que he sido,
        De más de una mujer, pienso en tu amor;
        Y pensando en la copla callejera,
        La hago decir con todo mi orgullo indoespañol:

        ¡Pienso en aquel que te quiera
        Después de quererte yo!

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      Nostalgia

        Hace ya diez años
        Que recorro el mundo.
        ¡He vivido poco!
        ¡Me he cansado mucho!

        Quien vive deprisa no vive de veras:
        Quien no hecha raíces no puede dar fruto.

        Ser río que corre, ser nube que pasa,
        Sin dejar recuerdos ni rastro ninguno,
        Es triste, y más triste para el que se siente
        Nube en lo elevado, río en lo profundo.

        Quisiera ser árbol, mejor que ser ave,
        Quisiera ser leño, mejor que ser humo,
        Y al viaje que cansa
        Prefiero el terruño:
        La ciudad nativa con sus campanarios,
        Arcaicos balcones, portales vetustos
        Y calles estrechas, como si las casas
        Tampoco quisieran separarse mucho...

        Estoy en la orilla
        De un sendero abrupto.
        Miro la serpiente de la carretera
        Que en cada montaña da vueltas a un nudo;
        Y entonces comprendo que el camino es largo,
        Que el terreno es brusco,
        Que la cuesta es ardua,
        Que el paisaje mustio...

        ¡Señor!, ya me canso de viajar, ya siento
        Nostalgia, ya ansío descansar muy junto
        De los míos... Todos rodearán mi asiento
        Para que diga mis penas y triunfos;
        Y yo, a la manera del que recorriera
        Un álbum de cromos, contaré con gusto
        Las mil y una noches de mis aventuras
        Y acabaré con esta frase de infortunio:

        ¡He vivido poco! ¡Me he cansado mucho!

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      Notas del alma indígena

        ¡Quién sabe!

        Indio que asomas a la puerta
        De esta tu rústica mansión:
        ¿Para mi sed no tienes agua?
        ¿Para mi frío cobertor?
        ¿Parco maíz para mi hambre?
        ¿Para mi sueño mal rincón?
        ¿Breve quietud para mi andanza?
        -¡Quién sabe, señor!

        Indio que labras con fatiga
        Tierras que de otros dueños son:
        ¿Ignoras tú que deben tuyas
        Ser, por tu sangre y tu sudor?
        ¿Ignoras tú que audaz codicia,
        Siglos atrás, te las quitó?
        ¿Ignoras tú que eres el amo?
        -¡Quién sabe, señor!

        Indio de frente taciturna
        Y de pupilas sin fulgor:
        ¿Qué pensamiento es el que escondes
        En tu enigmática expresión?
        ¿Qué es lo que buscas en tu vida?
        ¿Qué es lo que imploras a tu Dios?
        ¿Qué es lo que sueña tu silencio?
        -¡Quién sabe, señor!

        ¡Oh raza antigua y misteriosa
        De impenetrable corazón,
        Que sin gozar ves la alegría
        Y sin sufrir ves el dolor:
        Eres augusta como el Ande,
        El grande Océano y el Sol!

        Ese tu gesto que parece
        Como de vil resignación,
        Es de una sabia indiferencia
        Y de un orgullo sin rencor.

        Corre en mis venas sangre tuya,
        Y, por tal sangre, si mi Dios
        Me interrogase qué prefiero
        -Cruz o laurel, espina o flor,
        Beso que apague mis suspiros
        O hiel que colme mi canción-,
        Responderíale dudando:
        -¡Quién sabe, señor!

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      Orquídeas

        Ánforas de cristal, airosas galas
        De enigmáticas formas sorprendentes,
        Diademas propias de apolíneas frentes,
        Adornos dignos de fastuosas salas.

        En los nudos de un tronco hacen escalas;
        Y ensortijan sus tallos de serpientes,
        Hasta quedar en la altitud pendientes,
        A manera de pájaros sin alas.

        Tristes como cabezas pensativas,
        Brotan ellas, sin torpes ligaduras
        De tirana raíz, libres y altivas;

        Porque también, con lo mezquino en guerra,
        Quieren vivir, como las almas puras,
        Sin un solo contacto con la tierra.

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