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    Información biográfica

  1. El cielo es de ceniza
  2. El puñal entra en el corazón
  3. El silencio redondo de la noche
  4. Esta guirnalda, pronto, que me muero
  5. Hay una raíz amarga
  6. He cerrado mi balcón
  7. La luna gira en el cielo
  8. La luna vino a la fragua
  9. La muchacha dorada
  10. La noche no quiere venir
  11. La rosa no buscaba la aurora
  12. Los caballos negros son
  13. Muerto se quedó en la calle
  14. Nadie comprendía el perfume
  15. Ni tú ni yo estamos en disposición
  16. No te lleves tu recuerdo
  17. Noche arriba los dos con luna llena
  18. Pero que todos sepan que no he muerto
  19. Por las arboledas del Tamarit
  20. ¿Qué es aquello que reluce?
  21. Quiero bajar al pozo
  22. Quiero dormir el sueño de las manzanas
  23. Sobre el monte pelado
  24. Tierra seca, tierra quieta
  25. Tú nunca entenderás lo que te quiero
  26. Unas palabras
  27. Verde, que te quiero verde
  28. Verte desnuda es recordar la tierra
  29. Vestidas con mantos negros
  30. Y yo me la llevé al río
  31. Yo no quiero más que una mano
  32. Yo quiero que el agua se quede sin cauce


        Información biográfica

          Nombre: Federico García Lorca
          Lugar y fecha nacimiento: Fuente Vaqueros, Granada (España), 5 de junio de 1898
          Lugar y fecha defunción: Víznar, Granada (España), 18 de agosto de 1936 (38 años)

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          El cielo es de ceniza

            El cielo es de ceniza.
            Los árboles son blancos,
            Y son negros carbones
            Los rastrojos quemados.
            Tiene sangre reseca
            La herida del ocaso,
            Y el papel incoloro
            Del monte está arrugado.
            El polvo del camino
            Se esconde en los barrancos,
            Están las fuentes turbias
            Y quietos los remansos.
            Suena en un gris rojizo
            La esquila del rebaño,
            Y la noria materna
            Acabó su rosario.

            El cielo es de ceniza,
            Los árboles son blancos.

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          El puñal entra en el corazón

            El puñal
            Entra en el corazón,
            Como la reja del arado
            En el yermo.

            No.

            No me lo claves.

            No.

            El puñal,
            Como un rayo de sol,
            Incendia las terribles
            Hondonadas.

            No.

            No me lo claves.

            No.

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          El silencio redondo de la noche

            El silencio redondo de la noche
            Sobre el pentagrama
            Del infinito.

            Yo me salgo desnudo a la calle,
            Maduro de versos
            Perdidos.
            Lo negro, acribillado
            Por el canto del grillo,
            Tiene ese fuego fatuo,
            Muerto,
            Del sonido.
            Esa luz musical
            Que percibe
            El espíritu.

            Los esqueletos de mil mariposas
            Duermen en mi recinto.

            Hay una juventud de brisas locas
            Sobre el río.

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          ¡Esta guirnalda! ¡Pronto! ¡Que me muero!

            ¡Esta guirnalda! ¡Pronto! ¡Que me muero!
            ¡Teje deprisa! ¡Canta! ¡Gime! ¡Canta!
            Que la sombra me enturbia la garganta
            Y otra vez viene y mil la luz de enero.
            Entre lo que me quieres y te quiero,
            Aire de estrellas y temblor de planta,
            Espesura de anémonas levanta
            Con oscuro gemir un año entero.
            Goza el fresco paisaje de mi herida,
            Quiebra juncos y arroyos delicados.
            Bebe en muslo de miel sangre vertida.
            Pero, ¡pronto!, que unidos, enlazados,
            Boca rota de amor y alma mordida,
            El tiempo nos encuentre destrozados.

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          Hay una raíz amarga

            Hay una raíz amarga
            Y un mundo de mil terrazas.

            Ni la mano más pequeña
            Quiebra la puerta del agua.

            ¿Dónde vas, a dónde, dónde?
            Hay un cielo de mil ventanas
            -Batalla de abejas lívidas-
            Y hay una raíz amarga.

            Amarga.

            Duele en la planta del pie
            El interior de la cara,
            Y duele en el tronco fresco
            De noche recién cortada.

            ¡Amor, enemigo mío,
            Muerde tu raíz amarga!

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          He cerrado mi balcón

            He cerrado mi balcón
            Porque no quiero oír el llanto
            Pero por detrás de los grises muros
            No se oye otra cosa que el llanto.

            Hay muy pocos ángeles que canten,
            Hay muy pocos perros que ladren,
            Mis violines caben en la palma de mi mano.

            Pero el llanto es un perro inmenso,
            El llanto es un ángel inmenso,
            El llanto es un violín inmenso,
            Las lágrimas amordazan al viento,
            No se oye otra cosa que el llanto.

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          La luna gira en el cielo

            La luna gira en el cielo
            Sobre las sierras sin agua
            Mientras el verano siembra
            Rumores de tigre y llama.
            Por encima de los techos
            Nervios de metal sonaban.
            Aire rizado venía
            Con los balidos de lana.
            La sierra se ofrece llena
            De heridas cicatrizadas,
            O estremecida de agudos
            Cauterios de luces blancas.

            Thamar estaba soñando
            Pájaros en su garganta
            Al son de panderos fríos
            Y cítaras enlunadas.
            Su desnudo en el alero,
            Agudo norte de palma,
            Pide copos a su vientre
            Y granizo a sus espaldas.
            Thamar estaba cantando
            Desnuda por la terraza.
            Alrededor de sus pies,
            Cinco palomas heladas.
            Amnón, delgado y concreto,
            En la torre la miraba,
            Llenas las ingles de espuma
            Y oscilaciones la barba.
            Su desnudo iluminado
            Se tendía en la terraza,
            Con un rumor entre dientes
            De flecha recién clavada.
            Amnón estaba mirando
            La luna redonda y baja,
            Y vio en la luna los pechos
            Durísimos de su hermana.

            Amnón a las tres y media
            Se tendió sobre la cama.
            Toda la alcoba sufría
            Con sus ojos llenos de alas.
            La luz, maciza, sepulta
            Pueblos en la arena parda,
            O descubre transitorio
            Coral de rosas y dalias.
            Linfa de pozo oprimida
            Brota silencio en las jarras.
            En el musgo de los troncos
            La cobra tendida canta.
            Amnón gime por la tela
            Fresquísima de la cama.
            Yedra del escalofrío
            Cubre su carne quemada.
            Thamar entró silenciosa
            En la alcoba silenciada,
            Color de vena y Danubio,
            Turbia de huellas lejanas.
            Thamar, bórrame los ojos
            Con tu fija madrugada.
            Mis hilos de sangre tejen
            Volantes sobre tu falda.
            Déjame tranquila, hermano.
            Son tus besos en mi espalda
            Avispas y vientecillos
            En doble enjambre de flautas.
            Thamar, en tus pechos altos
            Hay dos peces que me llaman,
            Y en las yemas de tus dedos
            Rumor de rosa encerrada.

            Los cien caballos del rey
            En el patio relinchaban.
            Sol en cubos resistía
            La delgadez de la parra.
            Ya la coge del cabello,
            Ya la camisa le rasga.
            Corales tibios dibujan
            Arroyos en rubio mapa.

            ¡Oh, qué gritos se sentían
            Por encima de las casas!
            Qué espesura de puñales
            Y túnicas desgarradas.
            Por las escaleras tristes
            Esclavos suben y bajan.
            Émbolos y muslos juegan
            Bajo las nubes paradas.
            Alrededor de Thamar
            Gritan vírgenes gitanas
            Y otras recogen las gotas
            De su flor martirizada.
            Paños blancos enrojecen
            En las alcobas cerradas.
            Rumores de tibia aurora
            Pámpanos y peces cambian.

            Violador enfurecido,
            Amnón huye con su jaca.
            Negros le dirigen flechas
            En los muros y atalayas.
            Y cuando los cuatro cascos
            Eran cuatro resonancias,
            David con unas tijeras cortó
            Las cuerdas del arpa.

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          La luna vino a la fragua

            La luna vino a la fragua
            Con su polisón de nardos.
            El niño la mira, mira.
            El niño la está mirando.
            En el aire conmovido
            Mueve la luna sus brazos
            Y enseña, lúbrica y pura,
            Sus senos de duro estaño.
            -Huye luna, luna, luna.
            Si vinieran los gitanos,
            Harían con tu corazón
            Collares y anillos blancos.
            -Niño, déjame que baile.
            Cuando vengan los gitanos,
            Te encontrarán sobre el yunque
            Con los ojillos cerrados.

            -Huye luna, luna, luna,
            Que ya siento sus caballos.
            -Niño, déjame, no pises
            Mi blancor almidonado.
            El jinete se acercaba
            Tocando el tambor del llano.
            Dentro de la fragua el niño
            Tiene los ojos cerrados.

            Por el olivar venían,
            Bronce y sueño, los gitanos.
            Las cabezas levantadas
            Y los ojos entornados.

            Cómo canta la zumaya,
            ¡Ay, cómo canta en el árbol!
            Por el cielo va la luna
            Con un niño de la mano.

            Dentro de la fragua lloran
            Dando gritos, los gitanos.
            El aire la vela, vela.
            El aire la está velando.

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          La muchacha dorada

            La muchacha dorada
            Se bañaba en el agua
            Y el agua se doraba.

            Las algas y las ramas
            En sombra la asombraban,
            Y el ruiseñor cantaba
            Por la muchacha blanca.

            Vino la noche clara,
            Turbia de plata mala,
            Con peladas montañas
            Bajo la brisa parda.

            La muchacha mojada
            Era blanca en el agua
            Y el agua, llamara.

            Vino el alba sin mancha,
            Con mil caras de vacas,
            Yerta y amortajada
            Con heladas guirnaldas.

            La muchacha de lágrimas
            Se bañaba entre llamas,
            Y el ruiseñor lloraba
            Con las alas quemadas.

            La muchacha dorada
            Era una blanca garra
            Y el agua la doraba.

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          La noche no quiere venir

            La noche no quiere venir
            Para que tú no vengas
            Ni yo pueda ir.

            Pero yo iré,
            Aunque un sol de alacranes me coma la sien.

            Pero tú no vendrás
            Con la lengua quemada por la lluvia de sal.

            El día no quiere venir
            Para que tú no vengas,
            Ni yo pueda ir.
            Pero yo iré
            Entregando a los sapos mi mordido clavel.

            Pero tú vendrás
            Por las turbias cloacas de la oscuridad.

            Ni la noche ni el día quieren venir
            Para que por ti muera
            Y tú mueras por mí.

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          La rosa no buscaba la aurora

            La rosa
            No buscaba la aurora:
            Casi eterna en su ramo,
            Buscaba otra cosa.

            La rosa
            No buscaba ni ciencia ni sombra:
            Confín de carne y sueño,
            Buscaba otra cosa.

            La rosa
            No buscaba la rosa.
            Inmóvil por el cielo
            Buscaba otra cosa.

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          Los caballos negros son

            Los caballos negros son.
            Las herraduras son negras.
            Sobre las capas relucen
            Manchas de tinta y de cera.
            Tienen, por eso no lloran,
            De plomo las calaveras.
            Con el alma de charol
            Vienen por la carretera.
            Jorobados y nocturnos,
            Por donde animan ordenan
            Silencios de goma oscura
            Y miedos de fina arena.
            Pasan, si quieren pasar,
            Y ocultan en la cabeza
            Una vaga astronomía
            De pistolas inconcretas.
            ¡Oh, ciudad de los gitanos!
            En las esquinas, banderas.
            La luna y la calabaza
            Con las guindas en conserva.
            ¡Oh, ciudad de los gitanos!
            Ciudad de dolor y almizcle,
            Con las torres de canela.
            Cuando llegaba la noche,
            Noche que noche nochera,
            Los gitanos en sus fraguas
            Forjaban soles y flechas.
            Un caballo mal herido
            Llamaba a todas las puertas.
            Gallos de vidrios cantaban
            Por Jerez de la Frontera.
            El viento vuelve desnudo
            La esquina de la sorpresa,
            En la noche platinoche,
            Noche que noche nochera.

            La Virgen y San José
            Perdieron sus castañuelas,
            Y buscan a los gitanos
            Para ver si las encuentran.
            La Virgen viene vestida
            Con un traje de alcaldesa,
            De papel de chocolate
            Con los collares de almendras.
            San José mueve los brazos
            Bajo una capa de seda.
            Detrás va Pedro Domecq
            Con tres sultanes de Persia.
            La media luna soñaba
            Un éxtasis de cigüeña.
            Estandartes y faroles
            Invaden las azoteas.
            Por los espejos sollozan
            Bailarinas sin caderas.
            Agua sombra, sombra y agua
            Por Jerez de la Frontera.

            ¡Oh, ciudad de los gitanos!
            En las esquinas, banderas.
            Apaga tus verdes luces
            Que viene la benemérita.

            ¡Oh, ciudad de los gitanos!
            ¿Quién te vio y no te recuerda?
            Dejadla lejos del mar,
            Sin peines para sus crenchas.

            Avanzan de dos en fondo
            A la ciudad de la fiesta.
            Un rumor de siemprevivas
            Invade las cartucheras.
            Avanzan de dos en fondo.
            Doble nocturno de tela.
            El cielo se les antoja
            Una vitrina de espuelas.

            La ciudad, libre de miedo,
            Multiplicaba sus puertas.
            Cuarenta guardias civiles
            Entraron a saco por ellas.
            Los relojes se pararon,
            Y el coñac de las botellas
            Se disfrazó de noviembre
            Para no infundir sospechas.
            Un vuelo de gritos largos
            Se levantó en las veletas.
            Los sables cortaron las brisas
            Que los cascos atropellan.
            Por las calles de penumbra
            Huyen las gitanas viejas
            Con caballos dormidos
            Y las orzas de moneda.
            Por las calles empinadas
            Suben las capas siniestras,
            Dejando detrás fugaces
            Remolinos de tijeras.
            En el portal de Belén
            Los gitanos se congregan.
            San José, lleno de heridas,
            Amortaja a una doncella.
            Tercos fusiles agudos
            Por toda la noche suenan.
            La Virgen cura a los niños
            Con salivilla de estrella.
            Pero la Guardia Civil
            Avanza sembrando hogueras,
            Donde joven y desnuda
            La imagen se quema.
            Rosa la de los Camborios
            Gime sentada en su puerta
            Con sus dos pechos cortados
            Puestos en una bandeja.
            Y otras muchachas corrían
            Perseguidas por sus trenzas,
            En un aire donde estallan
            Rosas de pólvora negra.
            Cuando todos los tejados
            Eran surcos en la tierra,
            El alba meció sus hombros
            En largo perfil de piedra.

            ¡Oh, ciudad de los gitanos!
            La Guardia Civil se aleja
            Por un túnel de silencio
            Mientras las llamas te cercan.
            ¡Oh, ciudad de los gitanos!
            ¿Quién te vio y no te recuerda?
            Que te busquen en mi frente.
            Juego de luna y arena.

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          Muerto se quedó en la calle

            Muerto se quedó en la calle
            Con un puñal en el pecho.
            No lo conocía nadie.
            ¡Cómo temblaba el farol,
            Madre!
            ¡Cómo temblaba el farolito
            De la calle!
            Era madrugada. Nadie
            Pudo asomarse a sus ojos
            Abiertos al duro aire.
            Qué muerto se quedó en la calle
            Qué con un puñal en el pecho
            Y que no lo conocía nadie.

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          Nadie comprendía el perfume

            Nadie comprendía el perfume
            De la oscura magnolia de tu vientre.
            Nadie sabía que martirizabas
            Un colibrí de amor entre los dientes.

            Mil caballitos persas se dormían
            En la plaza con luna de tu frente,
            Mientras que yo enlazaba cuatro noches
            Tu cintura, enemiga de la nieve.

            Entre yeso y jazmínes, tu mirada
            Era un pálido ramo de simientes.
            Yo busqué, para darte, por mi pecho
            Las letras de marfil que dicen siempre,

            Siempre, siempre: jardín de mi agonía,
            Tu cuerpo fugitivo para siempre,
            La sangre de tus venas en mi boca,
            Tu boca ya sin luz para mi muerte.

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          Ni tú ni yo estamos en disposición

            Ni tú ni yo estamos
            En disposición
            De encontrarnos.
            Tú por lo que ya sabes.
            ¡Yo la he querido tanto!
            Sigue esa veredita.
            En las manos
            Tengo los agujeros
            De los clavos.
            ¿No ves cómo me estoy
            Desangrando?
            No mires nunca atrás,
            Vete despacio
            Y reza como yo
            A San Cayetano,
            Que ni tú ni yo estamos
            En disposición
            De encontrarnos.

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          No te lleves tu recuerdo

            No te lleves tu recuerdo.
            Déjalo solo en mi pecho.

            Temblor de blanco cerezo
            En el martirio de enero.

            Me separa de los muertos
            Un muro de malos sueños.

            Doy pena de lirio fresco
            Para un corazón de yeso.

            Toda la noche en el huerto
            Mis ojos, como dos perros.

            Toda la noche, corriendo
            Los membrillos de veneno.

            Algunas veces el viento
            Es un tulipán de miedo.

            Es un tulipán enfermo,
            La madrugada de invierno.

            Un muro de malos sueños
            Me separa de los muertos.

            La niebla cubre en silencio
            El valle gris de tu cuerpo.

            Por el arco del encuentro
            La cicuta está creciendo.

            Pero deja tu recuerdo
            Déjalo solo en mi pecho.

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          Noche arriba los dos con luna llena

            Noche arriba los dos con luna llena,
            Yo me puse a llorar y tú reías.
            Tu desdén era un dios, las quejas mías
            Momentos y palomas en cadena.
            Noche abajo los dos. Cristal de pena,
            Llorabas tú por hondas lejanías.
            Mi dolor era un grupo de agonías
            Sobre tu débil corazón de arena.
            La aurora nos unió sobre la cama,
            Las bocas puestas sobre el chorro helado
            De una sangre sin fin que se derrama.
            Y el sol entró por el balcón cerrado
            Y el coral de la vida abrió su rama
            Sobre mi corazón amortajado.

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          Pero que todos sepan que no he muerto

            Pero que todos sepan que no he muerto;
            Que hay un establo de oro en mis labios;
            Que soy el pequeño amigo del viento oeste;
            Que soy la sombra inmensa de mis lágrimas.

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          Por las arboledas del Tamarit

            Por las arboledas del Tamarit
            Han venido los perros de plomo
            A esperar que se caigan los ramos,
            A esperar que se quiebren ellos solos.

            El Tamarit tiene un manzano
            Con una manzana de sollozos.
            Un ruiseñor apaga los suspiros
            Y un faisán los ahuyenta por el polvo.

            Pero los ramos son alegres,
            Los ramos son como nosotros.
            No piensan en la lluvia y se han dormido,
            Como si fueran árboles, de pronto.

            Sentados con el agua en las rodillas
            Dos valles esperaban al otoño.
            La penumbra con paso de elefante
            Empujaba las ramas y los troncos.

            Por las arboledas de Tamarit
            Hay muchos niños de velado rostro
            A esperar que se caigan mis ramos,
            A esperar que se quiebren ellos solos.

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          ¿Qué es aquello que reluce?

            -¿Qué es aquello que reluce
            Por los altos corredores?
            -Cierra la puerta, hijo mío;
            Acaban de dar las once.

            -En mis ojos, sin querer,
            Relumbran cuatro faroles.
            -Será que la gente aquella
            Estará fregando el cobre.

            Ajo de agónica plata
            La luna menguante pone
            Cabelleras amarillas
            A las amarillas torres.

            La noche llama temblando
            Al cristal de los balcones,
            Perseguida por los mil
            Perros que no la conocen,
            Y un olor de vino y ámbar
            Viene de los corredores.

            Brisas de caña mojada
            Y rumor de viejas voces
            Resonaban por el arco
            Roto de la medianoche
            Bueyes y rosas dormían.
            Sólo por los corredores
            Las cuatro luces clamaban
            Con el furor de San Jorge.
            Tristes mujeres del valle
            Bajaban su sangre de hombre,
            Tranquila de flor cortada
            Y amarga de muslo joven.
            Viejas mujeres del río
            Lloraban al pie del monte
            Un minuto intransitable
            De cabelleras y nombres.
            Fachadas de cal ponían
            Cuadrada y blanca la noche.
            Serafines y gitanos
            Tocaban acordeones.

            -Madre, cuando yo me muera,
            Que se enteren los señores.
            Pon telegramas azules
            Que vayan del sur al norte.
            Siete gritos, siete sangres,
            Siete adormideras dobles
            Quedaron opacas lunas
            En los oscuros salones.
            Lleno de manos cortadas
            Y coronitas de flores,
            El mar de los juramentos
            Resonaba no sé dónde.
            Y el cielo daba portazos
            Al brusco rumor del bosque,
            Mientras clamaban las luces
            En los altos corredores.

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          Quiero bajar al pozo

            Quiero bajar al pozo,
            Quiero subir los muros de Granada,
            Para mirar el corazón pasado
            Por el punzón oscuro de las aguas.

            El niño herido gemía
            Con una corona de escarcha.

            Estanques, aljibes y fuentes
            Levantaban al aire sus espadas.

            ¡Ay, qué furia de amor, qué hiriente filo,
            Qué nocturno rumor, qué muerte blanca!
            ¡Qué desiertos de luz iban hundiendo
            Los arenales de la madrugada!

            El niño estaba solo
            Con la ciudad dormida en la garganta.
            Un surtidor que viene de los sueños
            Lo defiende del hambre de las algas.

            El niño y su agonía, frente a frente,
            Eran dos verdes lluvias enlazadas.

            El niño se tendía por la tierra
            Y su agonía se curvaba.

            Quiero bajar al pozo,
            Quiero morir mi muerte a bocanadas,
            Quiero llenar mi corazón de musgo,
            Para ver al herido por el agua.

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          Quiero dormir el sueño de las manzanas

            Quiero dormir el sueño de las manzanas
            Alejarme del tumulto de los cementerios.
            Quiero dormir el sueño de aquel niño
            Que quería cortarse el corazón en alta mar.

            No quiero que me repitan que los muertos no pierden la sangre;
            Que la boca podrida sigue pidiendo agua.
            No quiero enterarme de los martirios que da la hierba,
            Ni de la luna con boca de serpiente
            Que trabaja antes del amanecer.
            Quiero dormir un rato,
            Un rato, un minuto, un siglo;
            Pero que todos sepan que no he muerto;
            Que haya un establo de oro en mis labios;
            Que soy un pequeño amigo del viento oeste;
            Que soy la sombra inmensa de mis lágrimas.

            Cúbreme por la aurora con un velo,
            Porque me arrojará puñados de hormigas,
            Y moja con agua dura mis zapatos
            Para que resbale la pinza de su alacrán.

            Porque quiero dormir el sueño de las manzanas
            Para aprender un llanto que me limpie de tierra;
            Porque quiero vivir con aquel niño oscuro
            Que quería cortarse el corazón en alta mar.

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          Sobre el monte pelado

            Sobre el monte pelado,
            Un calvario.
            Agua clara
            Y olivos centenarios.
            Por las callejas
            Hombres embozados,
            Y en las torres
            Veletas girando.
            Eternamente
            Girando.
            ¡Oh, pueblo perdido,
            En la Andalucía del llanto!

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          Tierra seca, tierra quieta

            Tierra seca,
            Tierra quieta
            De noches
            Inmensas.

            (Viento en el olivar,
            Viento en la sierra.)

            Tierra
            Vieja
            Del candil
            Y la pena.
            Tierra
            De las hondas cisternas.
            Tierra
            De la muerte sin ojos
            Y las flechas.

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          Tú nunca entenderás lo que te quiero

            Tú nunca entenderás lo que te quiero
            Porque duermes en mí y estás dormido.
            Yo te oculto llorando perseguido
            Por una voz de penetrante acero.
            Norma que agita igual carne y lucero
            Traspasa ya mi pecho dolorido
            Y las turbias palabras han mordido
            Las alas de tu espíritu severo.
            Grupo de gente salta en los jardines
            Esperando tu cuerpo y mi agonía
            En caballos de luz y verdes crines.
            Pero sigue durmiendo, vida mía.
            ¡Oye, mi sangre rota en los violines!
            ¡Mira que nos acechan todavía!

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          Unas palabras

            Ofrezco en este libro, todo ardor juvenil y tortura,
            Y ambición sin medida, la imagen exacta de mis días
            De adolescencia y juventud, esos días que enlazan el instante
            De hoy con mi misma infancia reciente.
            En estas páginas desordenadas va el reflejo fiel de
            Mi corazón y de mi espíritu, teñido del matiz que les prestara,
            Al poseerlo, la vida palpitante en torno recién nacida para mi mirada.
            Sé hermana el nacimiento de cada una de estas poesías que tienes
            En tus manos, lector, al propio nacer de un brote nuevo del
            Árbol músico de mi vida en flor. Ruindad fuera el menospreciar
            De esta obra que tan enlazada está a mi propia vida.

            Sobre su incorrección, sobre su limitación segura, tendrá este libro la
            Virtud, entre otras muchas que yo advertido, de recordarme en todo
            Instante mi infancia apasionada correteando desnuda por las
            Praderas de una vega sobre un fondo de serranías.

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          Verde, que te quiero verde

            Verde, que te quiero verde.
            Verde viento. Verdes ramas.
            El barco sobre la mar
            Y el caballo en la montaña.
            Con la sombra en la cintura
            Ella sueña en su baranda,
            Verde carne, pelo verde,
            Con ojos de fría plata.
            Verde que te quiero verde.

            Bajo la luna gitana,
            Las cosas la están mirando
            Y ella no puede mirarlas.

            Verde, que te quiero verde.
            Grandes estrellas de escarcha
            Vienen con el pez de sombra
            Que abre el camino del alba.
            La higuera frota su viento
            Con la lija de sus ramas,
            Y el monte, gato garduño,
            Eriza sus pitas agrias.
            Pero, ¿quién vendrá? ¿Y por dónde?
            Ella sigue en su baranda,
            Verde carne, pelo verde,
            Sonando en la mar amarga.

            -Compadre, quiero cambiar
            Mi caballo por su casa,
            Mi montaña por su espejo,
            Mi cuchillo por su manta.
            Compadre, vengo sangrando,
            Desde los puertos de Cabra.
            -Si yo pudiera, mocito,
            Este trato se cerraba.
            Pero yo ya no soy yo
            Ni mi casa es ya mi casa.
            -Compadre, quiero morir
            Decentemente en mi cama.
            De acero, si puede ser,
            Con las sábanas de Holanda.
            ¿No ves la herida que tengo
            Desde el pecho a la garganta?
            -Trescientas rosas morenas
            Lleva tu pechera blanca.
            Tu sangre rezuma y huele
            Alrededor de tu faja.
            Pero yo ya no soy yo,
            Ni mi casa es ya mi casa.
            -Dejadme subir al menos
            Hasta las altas barandas,
            ¡Dejadme subir!, dejadme,
            Hasta las verdes barandas.
            Barandales de la luna
            Por donde retumba el agua.

            Ya suben los dos compadres
            Hacia las altas barandas.
            Dejando un rastro de sangre.
            Dejando un rastro de lágrimas.
            Temblaban en los tejados
            Farolillos de hojalata.
            Mil panderos de cristal
            Herían la madrugada.

            Verde, que te quiero verde,
            Verde viento, verdes ramas.
            Los dos compadres subieron.
            El largo viento dejaba
            En la boca un raro gusto
            De hiel, de menta y de albahaca.
            -¡Compadre! ¿Dónde está, dime,
            Dónde está tu niña amarga?
            ¡Cuántas veces te esperó!
            ¡Cuántas veces te esperara,
            Cara fresca, negro pelo,
            En esta verde baranda!
            Sobre el rostro del aljibe
            Se mecía la gitana.

            Verde carne, pelo verde,
            Con ojos de fría plata.
            Un carámbano de luna
            La sostiene sobre el agua.
            La noche se puso íntima
            Como una pequeña plaza.
            Guardias civiles borrachos
            En la puerta golpeaban.
            Verde, que te quiero verde.
            Verde viento. Verdes ramas.
            El barco sobre la mar.
            Y el caballo en la montaña.

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          Verte desnuda es recordar la tierra

            Verte desnuda es recordar la tierra.
            La tierra lisa, limpia de caballos.
            La tierra sin un junco, forma pura
            Cerrada al porvenir: confín de plata.

            Verte desnuda es comprender el ansia
            De la lluvia que busca el débil talle,
            O la fiebre del mar de inmenso rostro
            Sin encontrar la luz de su mejilla.

            La sangre sonará por las alcobas
            Y vendrá con espadas fulgurantes,
            Pero tú no sabrás dónde se ocultan
            El corazón de sapo o la violeta.

            Tu vientre es una lucha de raíces,
            Tus labios son un alba sin contorno.
            Bajo las rosas tibias de la cama
            Los muertos gimen esperando turno.

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          Vestida con mantos negros

            Vestida con mantos negros
            Piensa que el mundo es chiquito
            Y el corazón es inmenso.

            Vestida con mantos negros.

            Piensa que el suspiro tierno
            Y el grito, desaparecen
            En la corriente del viento.

            Vestida con mantos negros.

            Se dejó el balcón abierto
            Y el alba por el balcón
            Desembocó todo el cielo.

            ¡Ay ay ay ay ay ay,
            Qué vestida con mantos negros!

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          Y que yo me la llevé al río

            Y que yo me la llevé al río
            Creyendo que era mozuela,
            Pero tenía marido.
            Fue la noche de Santiago
            Y casi por compromiso.

            Fue la noche de Santiago
            Y casi por compromiso.
            Se apagaron los faroles
            Y se encendieron los grillos.
            En las últimas esquinas
            Toqué sus pechos dormidos,
            Y se me abrieron de pronto
            Como ramos de jacintos.
            El almidón de su enagua
            Me sonaba en el oído
            Como una pieza de seda
            Rasgada por diez cuchillos.
            Sin luz de plata en sus copas
            Los árboles han crecido,
            Y un horizonte de perros
            Ladra muy lejos del río.

            Pasadas las zarzamoras,
            Los juncos y los espinos,
            Bajo su mata de pelo
            Hice un hoyo sobre el limo.
            Yo me quité la corbata.
            Ella se quitó el vestido.
            Yo, el cinturón con revólver.
            Ella, sus cuatro corpiños.
            Ni nardos ni caracolas
            Tienen el cutis tan fino,
            Ni los cristales con luna
            Relumbran con ese brillo.
            Sus muslos se me escapaban
            Como peces sorprendidos,
            La mitad llenos de lumbre,
            La mitad llenos de frío.
            Aquella noche corrí
            El mejor de los caminos,
            Montado en potra de nácar
            Sin bridas y sin estribos.
            No quiero decir, por hombre,
            Las cosas que ella me dijo.
            La luz del entendimiento
            Me hace ser muy comedido.
            Sucia de besos y arena,
            Yo me la llevé del río.
            Con el aire se batían
            Las espadas de los lirios.

            Me porté como quien soy.
            Como un gitano legítimo.
            La regalé un costurero
            Grande, de raso pajizo,
            Y no quise enamorarme
            Porque teniendo marido
            Me dijo que era mozuela
            Cuando la llevaba al río.

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          Yo no quiero más que una mano

            Yo no quiero más que una mano,
            Una mano herida, si es posible.
            Yo no quiero más que una mano,
            Aunque pase mil noches sin lecho.

            Sería un pálido lirio de cal,
            Sería una paloma amarrada a mi corazón,
            Sería el guardián que en la noche de mi tránsito
            Prohibiera en absoluto la entrada a la luna.

            Yo no quiero más que una mano
            Para los diarios aceites y la sábana blanca de mi agonía.

            Yo no quiero más que esa mano
            Para tener un ala de mi muerte.

            Lo demás todo pasa.
            Rubor sin nombre ya, astro perpetuo.
            Lo demás es lo otro; viento triste,
            Mientras las hojas huyen en bandadas.

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          Yo quiero que el agua se quede sin cauce

            Yo quiero que el agua se quede sin cauce,
            Yo quiero que el viento se quede sin valles.

            Quiero que la noche se quede sin ojos
            Y mi corazón sin flor del oro;

            Que los bueyes hablen con las grandes hojas
            Y que la lombriz se muera de sombra;

            Que brillen los dientes de la calavera
            Y los amarillos inunden la seda.

            Puedo ver el duelo de la noche herida
            Luchando enroscada con el mediodía.

            Resiste un ocaso de verde veneno
            Y los arcos rotos donde sufre el tiempo.

            Pero no ilumines tu limpio desnudo
            Como un negro cactus abierto en los juncos.

            Déjame en un ansia de oscuros planetas,
            Pero no me enseñes tu cintura fresca.

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