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    Información biográfica

  1. A la muy querida, a la muy bella
  2. A la que es demasiado alegre
  3. A la que pasa
  4. Alegoría
  5. Correspondencias
  6. De esos ojos tan tiernos y fervientes
  7. El albatros
  8. El balcón
  9. El enemigo
  10. El extranjero
  11. El hombre y la mar
  12. El reloj
  13. El vino de los amantes
  14. El yo pecador del artista
  15. El perfume
  16. El vampiro
  17. Embriáguense
  18. Invitación al viaje
  19. La belleza
  20. La desesperación de la anciana
  21. La destrucción
  22. La estéril
  23. La fuente de sangre
  24. La pipa
  25. La serpiente que danza
  26. Los gatos
  27. Madrigal triste
  28. ¿Qué dirás esta noche?
  29. Recogimiento
  30. Remordimiento póstumo
  31. Soneto de otoño
  32. Spleen
  33. Te adoro igual
  34. Últimos suspiros de un parnasiano
  35. Un hemisferio en una cabellera
  36. Ven a mi pecho, alma sorda y cruel
  37. ¿Vienes del cielo profundo o sales del abismo




    Información biográfica

      Nombre: Charles Pierre Baudelaire
      Lugar y fecha nacimiento: París (Francia), 9 de abril de 1821
      Lugar y fecha defunción: París (Francia), 31 de agosto de 1867 (46 años)

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      A la muy querida, a la muy bella

        A la muy querida, a la muy bella
        Que llena mi corazón de claridad,
        Al ángel, al ídolo inmortal,
        ¡Salud en la inmortalidad!

        Ella se extiende en mi vida
        Como un aire impregnado de sal,
        Y en mi alma no saciada
        Derrama el sabor de lo eterno.

        Saquito siempre fresco que perfuma
        La atmósfera de un reducto querido,
        Incensario olvidado que echa humo
        En secreto a través de la noche,

        ¿Cómo -amor incorruptible-
        Definirte con acierto?
        ¡Grano de almizcle que yaces, invisible,
        En el fondo de mi eternidad!

        A la muy buena, a la muy bella,
        Que constituye mi alegría y mi salud,
        Al ángel, al ídolo inmortal,
        ¡Salud en la inmortalidad!

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      A la que es demasiado alegre

        Tu cabeza, tu gesto, tu aire
        Como un bello paisaje, son bellos;
        Juguetea en tu cara la risa
        Cual fresco viento en claro cielo.

        El triste paseante al que rozas
        Se deslumbra por la lozanía
        Que brota como un resplandor
        De tus espaldas y tus brazos.

        El destelleante colorido
        De que salpicas tus tocados
        Hace pensar a los poetas
        En un vivo ballet de flores.

        Tus locos trajes son emblema
        De tu espíritu abigarrado;
        Loca que me has enloquecido,
        Tanto como te odio te amo.

        Frecuentemente en el jardín
        Por donde arrastro mi ironía,
        Como una ironía he sentido
        Que el sol desgarraba mi pecho;

        Y el verdor y la primavera
        Tanto hirieron mi corazón,
        Que castigué sobre una flor
        La osadía de la naturaleza.

        Así, yo quisiera una noche,
        Cuando la hora del placer llega,
        Trepar sin ruido, como un cobarde,
        A los tesoros que te adornan,

        A fin de castigar tu carne,
        De magullar tu seno absuelto
        Y abrir a tu atónito flanco
        Una larga y profunda herida.

        Y, ¡vertiginosa dulzura!
        A través de esos nuevos labios,
        Más deslumbrantes y más bellos,
        Mi veneno inocularte, hermana.

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      A la que pasa

        La avenida estridente en torno de mí aullaba.
        Alta, esbelta, de luto, en pena majestuosa,
        Pasó aquella muchacha. Con su mano fastuosa
        Casi apartó las puntas del velo que llevaba.

        Ágil y ennoblecida por sus piernas de diosa,
        Me hizo beber crispado, en un gesto demente,
        En sus ojos el cielo y el huracán latente;
        El dulzor que fascina y el placer que destroza.

        Relámpago en tinieblas, fugitiva belleza,
        Por tu brusca mirada me siento renacido.
        ¿Volveré acaso a verte? ¿Serás eterno olvido?

        ¿Jamás, lejos, mañana?, pregunto con tristeza.
        Nunca estaremos juntos. Ignoro a dónde irías.
        Sé que te hubiera amado. Tú también lo sabías.

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      Alegoría

        Esta es una mujer de rotunda cadera
        Que permite en el vino mojar su cabellera.
        Las garras del amor, las mismas del granito.
        Se ríe de la muerte y la depravación,
        Y, a pesar de su fuerte poder de destrucción,
        Las dos han respetado hasta ahora, en verdad,
        De su cuerpo alto y firme la altiva majestad.

        Anda como una diosa y tiende sultana,
        Siente por el placer fe mahometana.
        Y cuando abre los brazos, sus pechos soberanos
        Demanda la mirada de todos los humanos.

        Ella sabe, ella sabe, ¡oh doncella infecunda!,
        Necesaria, no obstante a la caterva inmunda,
        Que la beldad del cuerpo es un sublime don
        Que de cualquier infamia asegura el perdón.

        Ella ignora el infierno y purgatorio ignora,
        Y mirará por eso, cuando le llegue la hora,
        La cara de la muerte en un tan duro momento,
        Como un niño: sin odio, sin remordimiento.

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      Correspondencias

        La Creación es un templo de pilares vivientes
        Que a veces salir dejan sus palabras confusas;
        El hombre lo atraviesa entre bosques de símbolos
        Que lo contemplan con miradas familiares.

        Como los largos ecos que de lejos se mezclan
        Con una tenebrosa y profunda unidad,
        Vasta como la luz, como la noche vasta,
        Se responden sonidos, colores y perfumes.

        Hay perfumes tan frescos como carnes de niños,
        Dulces tal como oboes, verdes cual las praderas
        Y hay otros, corrompidos, ricos y triunfantes,
        Que tienen la expansión de cosas infinitas,
        Como el almizcle, el ámbar, el benjuí y el incienso,
        Que cantan los transportes de sentidos y espíritu.

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      De estos ojos tan tiernos y fervientes

        De estos ojos tan tiernos y fervientes,
        De la boca que ahogó mi corazón,
        De esos besos poderosos como bálsamo,
        De esos éxtasis más vivos que los puros rayos
        ¿Qué ha quedado? Es horrible, ¡oh, alma mía!

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      El albatros

        Por divertirse a veces suelen los marineros
        Cazar a los albatros, aves de envergadura,
        Que siguen, en su rumbo indolentes viajeros,
        Al barco que se mece sobre la amarga hondura.

        Apenas son echados en la cubierta ardiente,
        Esos reyes del cielo, torpes y avergonzados,
        Sus grandes alas blancas abaten tristemente
        Como remos que arrastran a sus cuerpos pegados.

        ¡Este viajero alado, oh qué inseguro y chico!
        ¡Hace poco tan bello, qué débil y grotesco!
        ¡Uno con una pipa le ha chamuscado el pico,
        Imita otro su vuelo con renqueo burlesco!

        El poeta es semejante al príncipe del cielo
        Que puede huir las flechas y el rayo frecuentar;
        Entre mofas y risas exiliado en el suelo,
        Sus alas de gigante le impiden caminar.

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      El balcón

        ¡Madre de los recuerdos! ¡Reina de los amantes!
        Eres todo mi gozo, ¡todo mi yugo eres!
        En ti revivirán los íntimos instantes
        Y el sabor del hogar en los atardeceres,
        Madre de los recuerdos, ¡reina de los amantes!

        Las noches que doraba la crepitante lumbre,
        Las noches del balcón entre un vaho de rosas,
        Cuán dulce tu regazo, de ardiente mansedumbre
        Y el frecuente decirnos inolvidables cosas
        En noches que doraba la crepitante lumbre.

        ¡Oh cuán bellos los soles de las tibias veladas!
        ¡Qué profundo el espacio! ¡Qué cordial poderío!
        Inclinado hacia ti, reina de las amadas,
        Respiraba el perfume de tu cuerpo bravío.
        ¡Oh cuán bellos los soles de las tibias veladas!

        En redor espesaba la noche su negrura
        Y entre ella adivinaban mis ojos tus pupilas,
        Yo libaba tu aliento. ¡Oh veneno!, ¡oh dulzura!
        Y tus pies dormitaban en mis manos tranquilas,
        Y en redor espesaba la noche su negrura.

        ¡Es de artistas fijar los minutos del gozo
        Remirando el ayer sumido en tus rodillas!
        ¿A qué vano buscar encanto langoroso,
        De tu cuerpo y tu alma sino en las maravillas?
        Es de artistas fijar los minutos del gozo.

        Juramentos, aromas, besos innumerables:
        Renacerán del vórtice vedado a nuestras sondas
        Como soles que suben a cielos inefables
        Después de sumergidos en las amargas ondas
        ¡Oh aromas, juramentos!, ¡oh besos incontables!

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      El enemigo

        Mi juventud fue sólo tenebrosa tormenta,
        Por rutilantes soles cruzada acá y allá;
        Relámpagos y lluvias la hicieron tan violenta,
        Que en mi jardín hay pocos frutos dorados ya.

        De las ideas hoy al otoño he llegado,
        Y rastrillos y pala ahora debo emplear
        Para igualar de nuevo el terreno inundado,
        Donde el agua agujeros cual tumbas fue a cavar.

        ¿Quién sabe si las flores nuevas que en sueño anhelo
        Hallarán como playas en el regado suelo
        El místico alimento que les diera vigor?

        ¡Dolor!, ¡dolor! ¡El tiempo, ay, devora la vida,
        Y el oscuro enemigo que roe nuestro interior
        Con nuestra propia sangre crece y se consolida!

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      El extranjero

        -¿A quién quieres más, hombre enigmático, dime, a tu padre, a tu madre, a tu hermana o a tu hermano?
        -Ni padre, ni madre, ni hermana, ni hermano tengo.
        -¿A tus amigos?
        -Empleáis una palabra cuyo sentido, hasta hoy, no he llegado a conocer.
        -¿A tu patria?
        -Ignoro en qué latitud está situada.
        -¿A la belleza?
        -Bien la querría, ya que es diosa e inmortal.
        -¿Al oro?
        -Lo aborrezco lo mismo que aborrecéis vosotros a Dios.
        -Pues ¿a quién quieres, extraordinario extranjero?
        -Quiero a las nubes... a las nubes que pasan... por allá.... ¡a las nubes maravillosas!

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      El hombre y la mar

        ¡Para siempre, hombre libre, a la mar tú amarás!
        Es tu espejo la mar; mira, contempla tu alma
        En el vaivén sin fin de su oleada calma,
        Y tan hondo tu espíritu y amargo sentirás.

        Sumergirte en el fondo de tu imagen te dejas;
        Con tus ojos y brazos la estrechas, y tu ardor
        Se distrae por momentos de su propio rumor
        Al salvaje e indomable resonar de sus quejas.

        Oscuros a la vez ambos sois y discretos:
        Hombre, nadie sondeó el fondo de tus simas,
        Tus íntimas riquezas, oh mar, a nadie arrimas,
        ¡Con tan celoso afán calláis vuestros secretos!

        Y en tanto van pasando los siglos incontables
        Sin piedad ni aflicción vosotros os sitiáis,
        De tal modo la muerte y la matanza amáis,
        ¡Oh eternos combatientes, oh hermanos implacables!

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      El reloj

        Los chinos ven la hora en los ojos de los gatos. Cierto día, un misionero que se paseaba por un arrabal de Nankin advirtió que se le había olvidado el reloj, y le preguntó a un chiquillo qué hora era.

        El chicuelo del celeste Imperio vaciló al pronto; luego, volviendo sobre sí, contestó: "Voy a decírselo." Pocos instantes después presentóse de nuevo, trayendo un gatazo, y mirándole, como suele decirse, a lo blanco de los ojos, afirmó, sin titubear: "Todavía no son las doce en punto." Y así era en verdad.

        Yo, si me inclino hacia la hermosa felina, la bien nombrada, que es a un tiempo mismo honor de su sexo, orgullo de mi corazón y perfume de mi espíritu, ya sea de noche, ya de día, en luz o en sombra opaca, en el fondo de sus ojos adorables veo siempre con claridad la hora, siempre la misma, una hora vasta, solemne, grande como el espacio, sin división de minutos ni segundos, una hora inmóvil que no está marcada en los relojes, y es, sin embargo, leve como un suspiro, rápida como una ojeada.

        Si algún importuno viniera a molestarme mientras la mirada mía reposa en tan deliciosa esfera; si algún genio malo e intolerante, si algún demonio del contratiempo viniese a decirme: "¿Qué miras con tal cuidado? ¿Qué buscas en los ojos de esa criatura? ¿Ves en ellos la hora, mortal pródigo y holgazán?" Yo, sin vacilar, contestaría: "Sí; veo en ellos la hora. ¡Es la Eternidad!"

        ¿Verdad, señora, que este es un madrigal ciertamente meritorio y tan enfático como vos misma? Por descontado, tanto placer tuve en bordar esta galantería presuntuosa, que nada, en cambio, he de pediros.

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      El vino de los amantes

        ¡Hoy es espléndido el espacio!
        Sin freno, ni espuelas, ni brida,
        Partamos a lomos del vino
        Hacia un cielo divino y mágico.

        Cual dos ángeles torturados
        Por implacable calentura
        En el cristal azul del alba
        Sigamos tras el espejismo.

        Balanceándonos sobre el ala
        Del torbellino inteligente,
        En un delirio paralelo,

        Hermana, navegando juntos,
        Huiremos sin reposo o tregua
        Al paraíso de mis sueños.

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      El yo pecador del artista

        ¡Cuán penetrante es el final del día en otoño! ¡Ay! ¡Penetrante hasta el dolor! Pues hay en él ciertas sensaciones deliciosas, no por vagas menos intensas; y no hay punta más acerada que la de lo infinito.

        ¡Delicia grande la de ahogar la mirada en lo inmenso del cielo y del mar! ¡Soledad, silencio, castidad incomparable de lo cerúleo! Una vela chica, temblorosa en el horizonte, imitadora, en su pequeñez y aislamiento, de mi existencia irremediable, melodía monótona de la marejada, todo eso que piensa por mí, o yo por ello -ya que en la grandeza de la divagación el yo presto se pierde-; piensa, digo, pero musical y pintorescamente, sin argucias, sin silogismos, sin deducciones.

        Tales pensamientos, no obstante, ya salgan de mí, ya surjan de las cosas, presto cobran demasiada intensidad. La energía en el placer crea malestar y sufrimiento positivo. Mis nervios, harto tirantes, no dan más que vibraciones chillonas, dolorosas.

        Y ahora la profundidad del cielo me consterna; me exaspera su limpidez. La insensibilidad del mar, lo inmutable del espectáculo me subleva... ¡Ay! ¿Es fuerza eternamente sufrir, o huir de lo bello eternamente? ¡Naturaleza encantadora, despiadada, rival siempre victoriosa, déjame! ¡No tientes más a mis deseos y a mi orgullo! El estudio de la belleza es un duelo en que el artista da gritos de terror antes de caer vencido.

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      El perfume

        Lector: ¿Alguna vez, por suerte has respirado
        Con morosa embriaguez, con avidez golosa
        El incienso que invade la nave silenciosa,
        O el pomo que de ámbar un tiempo fue colmado?

        ¡Oh mágico, profundo portento alucinado,
        Presencia revivida de evocación brumosa,
        Cuando sobre su cuerpo puedo aspirar la rosa
        De la sepulta imagen, del recuerdo adorado!

        Selváticos efluvios se propagan al vuelo
        Del espeso y elástico madejón de su pelo,
        Como un incensario que sahuma la alcoba.

        Y de las muselinas y el terciopelo oscuro
        De los trajes, de todo, fluye, en hálito puro,
        Negro aroma gemelo del lecho de caoba.

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      El vampiro

        Tú que, como una cuchillada;
        Entraste en mi dolorido corazón.
        Tú que, como un repugnante tropel
        De demonios, viniste loca y adornada,

        Para hacer de mi espíritu humillado
        Tu lecho y tu dominio.
        ¡Infame a quien estoy ligado
        Como el forzado a su cadena!,

        Como al juego el jugador empedernido,
        Como el borracho a la botella,
        Como a la carroña los gusanos.
        -¡Maldita, maldita seas tú!

        Supliqué a la rápida espada
        Que conquistara mi libertad
        Y supliqué al pérfido veneno
        Que sacudiera mi ruindad.

        ¡Ay!, el veneno y la espada.
        Me desdeñaron diciéndome:
        -No eres digno de que se te libere
        De tu esclavitud maldita.

        -¡Imbécil! -Si de su dominio
        Te libraron nuestros esfuerzos,
        Tus besos resucitarían
        El cadáver de tu vampiro.

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      Embriáguense

        Hay que estar ebrio siempre. Todo reside en eso: esta es la única cuestión. Para no sentir el horrible peso del tiempo que nos rompe las espaldas y nos hace inclinar hacia la tierra, hay que embriagarse sin descanso.

        Pero, ¿de qué? De vino, de poesía o de virtud, como mejor les parezca. Pero embriáguense.

        Y si a veces, sobre las gradas de un palacio, sobre la verde hierba de una zanja, en la soledad huraña de su cuarto, la ebriedad ya atenuada o desaparecida ustedes se despiertan pregunten al viento, a la ola, a la estrella, al pájaro, al reloj, a todo lo que huye, a todo lo que gime, a todo lo que rueda, a todo lo que canta, a todo lo que habla, pregúntenle qué hora es; y el viento, la ola, la estrella, el pájaro, el reloj, contestarán:

        "¡Es hora de embriagarse!"

        Para no ser los esclavos martirizados del tiempo,
        ¡Embriáguense, embriáguense sin cesar!
        De vino, de poesía o de virtud, como mejor les parezca.

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      Invitación al viaje

        Mi hermana, mi ser,
        Sueña en el placer
        De juntar las vidas en tierra distante;
        Y en un lento amar,
        Amando expirar
        En aquel país a ti semejante.
        Los húmedos soles
        De sus arreboles
        Mi alma conturban con el mismo encanto
        De tus agoreros
        Ojos traicioneros
        Cuando resplandecen a través del llanto.

        Allá todo es rítmico, hermoso
        Y sereno esplendor voluptuoso.

        Pulieron los años
        Suntuosos escaños
        Que serán la muelle pompa de la estancia
        Donde los olores
        De exóticas flores
        Vagan entre una ambarina fragancia.
        La rica techumbre,
        La ilímite lumbre
        Que dan los espejos con magia oriental,
        Hablarán con voces
        De incógnitos goces
        Al alma en su dulce lenguaje natal.

        Allá todo es rítmico, hermoso
        Y sereno esplendor voluptuoso.
        Mira en las orillas
        Las dormidas quillas
        De innúmera ruta, de sino errabundo:
        Siervas de tu anhelo,
        Su marino vuelo
        Tendieron de todos los puertos del mundo.
        Ponentinos lampos
        Revisten los campos,
        La senda, la orilla. Cárdeno capuz
        De oro y jacinto,
        Por el orbe extinto
        Difunde la tarde su cálida luz.
        Allá todo es rítmico, hermoso
        Y sereno esplendor voluptuoso.

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      La belleza

        Bella soy, ¡oh mortales!, como un sueño de piedra,
        Y mi seno, que a todos siempre ha martirizado,
        Para inspirar amor a los poetas medra
        A la materia igual, inmortal y callado.

        En el azul impero, incomprendida esfinge;
        Al blancor de los cisnes uno un corazón frío;
        Detesto el movimiento que a las líneas refringe,
        Y nunca lloro como jamás tampoco río.

        Los poetas, al ver mis grandes ademanes,
        Que parecen prestados de altivos edificios,
        Consumirán sus días en austeros afanes;

        Pues, para fascinar a amantes tan propicios,
        Tengo puros espejos que hacen las cosas bellas:
        ¡Mis ojos, tan profundos, como eternas centellas!

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      La desesperación de la anciana

        La viejecilla arrugada sentíase llena de regocijo al ver a la linda criatura festejada por todos, a quien todos querían agradar; aquel lindo ser tan frágil como ella, viejecita, y como ella también sin dientes ni cabellos.

        Y se le acercó para hacerle fiestas y gestos agradables.

        Pero el niño, espantado, forcejeaba al acariciarlo la pobre mujer decrépita, llenando la casa con sus aullidos.

        Entonces la viejecilla se retiró a su soledad eterna, y lloraba en un rincón, diciendo: "¡Ay! Ya pasó para nosotras, hembras viejas, desventuradas, el tiempo de agradar aún a los inocentes; ¡y hasta causamos horror a los niños pequeños cuando vamos a darles cariño!"

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      La destrucción

        El demonio a mi lado acecha en tentaciones;
        Como un aire impalpable lo siento en torno a mí;
        Lo respiro, lo siento quemando mis pulmones
        De un culpable deseo con que, en vano, porfío.

        Toma a veces la forma, sabiendo que amo el arte,
        De la más seductora de todas las mujeres;
        Con pretextos y antojos que no echo a mala parte
        Acostumbra mis labios a nefandos placeres.

        Cada vez más, me aleja de la dulce mirada
        De Dios, dejando mi alma jadeante, fatigada
        En medio de las negras llanuras del hastío.

        Y pone ante mis ojos, llenos de confesiones,
        Heridas entreabiertas, espantosas visiones...
        La destrucción preside este corazón mío.

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      La estéril

        Con su veste ondulante, de visos nacarados
        -Aún cuando camina parece que danzara-
        Cual ágiles serpientes que en la mágica vara
        Y en cadencias concitan los juglares sagrados;

        Como la arena fosca y el azul inclemente
        -Una y otro impasibles ante el dolor humano;
        Como la red sin fondo del artero océano,
        Va desplegando ella su mirar indolente.

        Tersos, fingen sus ojos un metal agorero
        -Amalgama de oro, gemas, lampos de acero-
        Suma del ángel puro y la esfinge profunda,

        Y en su naturaleza simbólica y extraña
        Esplende para siempre, con su inútil entraña,
        La fría majestad de la hembra infecunda.

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      La fuente de sangre

        Creo sentir, a veces que mi sangre en torrente
        Se me escapa en sollozos lo mismo que una fuente.
        Oigo perfectamente su queja dolorida,
        Pero me palpo en vano para encontrar la herida.

        Corre como si fuera regando un descampado,
        Y en curiosos islotes convierte el empedrado,
        Apagando la sed que hay en toda criatura
        Y tiñendo doquiera de rojo la natura.

        A menudo también del vino he demandado
        Que aplaque por un día mi terror. ¡Pero el vino
        Torna el mirar más claro y el oído más fino!

        Tampoco en el amor el olvido he encontrado:
        Ha sido para mí un lecho de alfileres,
        Hecho para saciar la sed de las mujeres.

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      La pipa

        Soy la pipa de un escritor:
        Dice bien claro mi pergeño
        De cafre, que tengo por dueño
        Un refinado fumador.

        Al agobio de su labor
        Se agita mi flabel risueño
        Igual que el penacho hogareño
        A la vuelta del labrador.

        Mecer su corazón yo gusto
        En el móvil azul arbusto
        Nacido en mi boca de fuego.

        Y extiendo con mi beso ardiente
        Sobre su espíritu doliente
        Unción de encanto y sosiego.

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      La serpiente que danza

        Cuánto gozo al mirar, dulce indolente,
        Tu corpóreo esplendor
        Como si fueran seda iridiscente
        Tu piel y su fulgor.

        Y sobre tu profunda cabellera
        De un ácido aromar
        -Cual un mar errabundo, sin ribera,
        En azul ondular;

        Como bajel que despertó del sueño
        Al viento matinal,
        Lanzo mi alma en soñador empeño
        Hacia el piélago astral.

        En tu mirada que nada revela
        De dulzura ni hiel,
        Mezcla de oro y hierro se congela
        Para el doble joyel.

        Mirando la cadencia con que avanzas
        Bella de lasitud,
        Dijéranse las serpentinas danzas
        Al ritmo del laúd.

        Agobiada de un fardo de molicie
        Tu cabeza infantil
        Se balancea como en la planicie
        Una leona febril.

        Y tu cuerpo se inclina y se distiende
        Como un ebrio bajel,
        Y va de borda en borda mientras hiende
        Las aguas su proel.

        Cual la onda engrosada por las fuentes
        Del rugidor glaciar ,
        Cuando asoman al filo de tus dientes
        Espuma y pleamar,

        Creo beber un vino -sangre y llama,
        Sima y elevación-,
        Un vino que me inunda, que me inflama
        De astros el corazón.

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      Los gatos

        Los amantes fervientes y los sabios austeros
        Adoran por igual, en su estación madura,
        Al orgullo de casa, la fuerza y la dulzura
        De los gatos, tal ellos sedentarios, frioleros.

        Amigos de la ciencia y la sensualidad,
        Al horror de tinieblas y al silencio se guían;
        Los fúnebres corceles del Erebo serían,
        Si pudieran al látigo ceder su majestad.

        Adoptan cuando sueñan las nobles actitudes
        De alargadas esfinges, que en vastas latitudes
        Solitarias se duermen en un sueño inmutable;

        Mágicas chispas yerguen sus espaldas tranquilas,
        Y partículas de oro, como arena agradable,
        Estrellan vagamente sus místicas pupilas.

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      Madrigal triste

        ¿Qué me importa que seas casta? Sé bella y triste.
        Las lágrimas aumentan de tu faz el encanto.
        Reverdece el paisaje de la fuente al quebranto;
        La tormenta a las flores de frescura reviste.

        Eres más la que amo si la melancolía
        Consterna tu mirada; si en lago de negrura
        Tu corazón naufraga; si el ayer su pavura
        Tiende sobre tus horas como nube sombría.

        Eres la bien amada si tu pupila vierte
        -Tibia como la sangre- su raudal; si aunque blanda
        Mi caricia te arrulle, lenta y ruda se agranda
        Tu angustia con el trémulo presagio de la muerte.

        ¡Oh voluptuosidades profundas y divinas!
        ¡Salmo de los deleites entonado en sollozos!
        Tus ojos, como perlas, son fuegos misteriosos
        Con que las interiores penumbras iluminas.

        Tu corazón es fragua; la pasión insepulta
        Como ascua inextinta, dispersa su destello;
        Y bajo la celeste blancura de tu cuello
        Un poco de satánica rebeldía se oculta.

        Pero en tanto, adorada, que no pueblen tus sueños
        Pesadillas sin término, reflejos avernales,
        Y en lívidas visiones de azufre mil puñales
        Tajen tu carne ebria de filtros y beleños,

        Y a todas las quimeras pávida esclavizada
        El augurio funesto mires a cada paso,
        Y convulsa te acojas al letárgico abrazo
        Del tedio irresistible que anuncia la alborada.

        Tú no podrás, oh sierva que me impones tu ley
        Y a tu amor me encadenas perversa y temblorosa,
        Decirme desde el antro de la noche morbosa,
        Con el alma en un grito: "yo soy tú mismo, ¡oh rey!"

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      ¿Qué dirás esta noche, pobre alma solitaria?

        ¿Qué dirás esta noche, pobre alma solitaria?
        ¿Qué dirás, corazón marchito hace tan poco,
        A la bella, a la buena, a la adorada
        Bajo cuya mirada floreciste de nuevo?

        El orgullo emplearemos en cantar sus alabanzas;
        Nada iguala el encanto de su poder sobre ti,
        Su carne espiritual tiene divino perfume,
        Y nos visten con purísimas ropas sus ojos.

        En medio de la noche y de la soledad,
        O a través las calles, de gentío rodeado,
        Danza como una antorcha su fantasma en el aire.

        A veces habla y dice: "Yo soy la bella y ordeno
        Que, por amor a mí, no améis sino lo bello;
        Soy el ángel guardián, la musa y la madona".

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      Recogimiento

        Cálmate, dolor mío, y tu angustia serena.
        Anhelabas la noche. Ya desciende. Aquí está.
        Una atmósfera oscura cubre a París. Traerá
        A unos cuantos la paz, a otros muchos la pena.

        Mientras la muchedumbre que se rinde al placer
        ­Su verdugo inclemente­ por las calles anhela
        Cazar remordimientos bajo la fiesta en vela,
        Tú, dolor, ven a mí. Dame la mano al ver

        Que es posible escaparse de los ya muertos años
        Con sus antiguos trajes en el balcón celeste.
        Ya brotan, como salen del mar, los desengaños,

        Cuando el sol, bajo un arco, se muere en lontananza.
        Ahora, tal un sudario que desciende del este.
        Observa, mi dolor: la inmensa noche avanza.

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      Remordimiento póstumo

        Cuando duermas por siempre, mi amada tenebrosa,
        Tendida bajo el mármol de negro monumento
        Y por tibia morada y por solo aposento
        Tengas, no más, el antro húmedo de la fosa;

        Cuando oprima la piedra tu carne temblorosa,
        Y le robe a tus flancos su dulce rendimiento,
        Acallará por siempre tu corazón violento,
        Detendrá para siempre tu andanza vagarosa.

        La tumba, confidente de mi anhelo infinito
        (Compasivo refugio del poeta maldito)
        A tu insomnio sin alba dirá con gritos vanos:

        "Cortesana imperfecta -¿de qué puede valerte
        Denegarle a la vida lo que hoy llora la muerte?"
        Mientras -¡pesar tardío!- te roen los gusanos.

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      Soneto de otoño

        Me preguntan tus ojos, claros como el cristal,
        Para ti, extraño amante, ¿cuál es mi atractivo?
        -¡Sé encantadora y cállate! Mi corazón, al que todo irrita
        Excepto el candor del animal primitivo,

        No quiere descubrirte su secreto infernal.
        Berceuse cuya mano al dulce sueño invita,
        Ni su negra leyenda escrita con llamas.
        ¡Odio la pasión y el ingenio me duele!

        Amémonos con dulzura. El amor en su garita,
        Tenebroso, emboscado, blande su arco cruel.
        Conozco las armas de su perfecto arsenal.

        ¡Crimen, horror y locura! ¡Oh, pálida margarita!
        ¿Acaso, como yo, no eres tú un sueño otoñal,
        También tú, mi tan fría y pálida Margarita?

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      Spleen

        Yo soy como ese rey de aquel país lluvioso,
        Rico pero impotente, joven aunque achacoso,
        Que, despreciando halagos de sus cien concejales,
        Con sus perros se aburre y demás animales.
        Nada puede alegrarle, ni cazar, ni su halcón,
        Ni su pueblo muriéndose enfrente del balcón.
        La grotesca balada del bufón favorito
        No distrae la frente de este enfermo maldito;
        En cripta se convierte su lecho blasonado,
        Y las damas, que a cada príncipe hallan de agrado,
        No saben ya encontrar qué vestido indiscreto
        Logrará una sonrisa del joven esqueleto.
        El sabio que le acuña el oro no ha podido
        Extirpar de su ser el humor corrompido,
        Y en los baños de sangre que hacían los romanos,
        Que a menudo recuerdan los viejos soberanos,
        Reavivar tal cadáver él tampoco ha sabido
        Pues tiene en vez de sangre verde agua de olvido.

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      Te adoro igual

        Te adoro igual que a la bóveda nocturna,
        ¡Oh vaso de tristeza, gran taciturna!
        Y te amo tanto más, bella, cuanto más me huyes;
        Y cuanto más me pareces encanto de mis noches,
        Irónicamente aumentar la distancia
        Que separa mis brazos de la inmensidad azul.
        Avanzo en los ataques y trepo en los asaltos
        Como junto a un cadáver un coro de gusanos,
        Y amo tiernamente, bestia implacable y cruel,
        Incluso tu frialdad, que aumenta tu belleza.

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      Últimos suspiros de un parnasiano

        Klop, klip, klop, klop, klip, klop.
        Desgranando gota a gota su rítmico sollozo,
        En los pilones de la fuente donde el agua duerme inmóvil,
        Un surtidor es el único en turbar la plácida y tranquila noche.

        ¡Qué silencio! Se diría que este globo aletargado
        Sobre aterciopeladas olas hacia el infinito se desliza.
        Allá en lo alto, a miles de millones de lenguas acribillando el
        Espacio,
        Peregrinos ahítos de las azules soledades,
        Ajenos a los mártires que sobre sus flancos pululan,
        Enredando sin fin su orbe indolentes,
        -Oasis de miseria o cadáveres de mundos-
        Las doradas esferas circulan errantes de concierto.
        ¡Alma mía, olvidemos todo! Soltemos las riendas de oro
        A las contemplaciones que su vuelo despliegan,
        Las estrofas en mi seno permanecen alicaídas...

        ¡Por qué razón someterlas a un metro rebelde!
        Nada quiero saber, el vértigo enervante
        Me arrulla en los pliegues de su abismo movedizo...
        Me fundo dulcemente... Estoy muerto, nada... ni siquiera la certeza
        De oír el surtidor puntuar gota a gota
        El eterno silencio de un rítmico sollozo.
        Klop, klip, klop, klop, klip, klop...

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      Un hemisferio en una cabellera

        Déjame respirar mucho tiempo, mucho tiempo, el olor de tus cabellos; sumergir en ellos el rostro, como hombre sediento en agua de manantial, y agitarlos con mi mano, como pañuelo odorífero, para sacudir recuerdos al aire.

        ¡Si pudieras saber todo lo que veo! ¡Todo lo que siento! ¡Todo lo que oigo en tus cabellos! Mi alma viaja en el perfume como el alma de los demás hombres en la música.

        Tus cabellos contienen todo un ensueño, lleno de velámenes y de mástiles; contienen vastos mares, cuyos monzones me llevan a climas de encanto, en que el espacio es más azul y más profundo, en que la atmósfera está perfumada por los frutos, por las hojas y por la piel humana.

        En el océano de tu cabellera entreveo un puerto en que pululan cantares melancólicos, hombres vigorosos de toda nación y navíos de toda forma, que recortan sus arquitecturas finas y complicadas en un cielo inmenso en que se repantinga el eterno calor.

        En las caricias de tu cabellera vuelvo a encontrar las languideces de las largas horas pasadas en un diván, en la cámara de un hermoso navío, mecidas por el balanceo imperceptible del puerto, entre macetas y jarros refrescantes.

        En el ardiente hogar de tu cabellera respiro el olor del tabaco mezclado con opio y azúcar; en la noche de tu cabellera veo resplandecer lo infinito del azul tropical; en las orillas vellosas de tu cabellera me emborracho con los olores combinados del algodón, del almizcle y del aceite de coco.

        Déjame morder mucho tiempo tus trenzas, pesadas y negras. Cuando mordisqueo tus cabellos elásticos y rebeldes, me parece que como recuerdos.

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      Ven a mi pecho, alma sorda y cruel

        Ven a mi pecho, alma sorda y cruel,
        Tigre adorado, monstruo de aire indolente,
        Quiero enterrar mis temblorosos dedos
        En la espesura de tu abundante crin,
        Sepultar mi cabeza dolorida
        En tu falda colmada de perfume
        Y respirar, como ajada flor,
        El relente de mi amor extinto.

        ¡Quiero dormir!, ¡dormir más que vivir!
        En un sueño -como la muerte- dulce,
        Estamparé mis besos sin descanso
        Por tu cuerpo pulido como el cobre.
        Para ahogar mis sollozos apagados
        Sólo preciso tu profundo lecho,
        El poderoso olvido habita entre tus labios
        Y fluye de tus besos el Leteo.

        Mi destino, desde ahora mi delicia,
        Como un predestinado seguiré,
        Condenado inocente, mártir dócil
        Cuyo fervor crece en el suplicio.
        Para ahogar mi rencor apuraré
        El nepentes y la cicuta amada
        Del pezón delicioso que corona este seno
        En el que nunca hubo un corazón.

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      ¿Vienes del cielo profundo o sales del abismo?

        ¿Vienes del cielo profundo o sales del abismo,
        Oh belleza? Tu mirada, infernal y divina,
        Vierte confusamente la buena acción y el crimen,
        Y puedo por eso compararte al vino.

        Contienes en tus ojos el ocaso y la aurora,
        Esparces perfumes como una tarde de tormenta,
        Tus besos son un filtro y tu boca un ánfora
        Que vuelven cobarde al héroe y valiente al niño.

        ¿Sales del negro abismo o bajas de los astros?
        El destino hechizado te sigue como un perro;
        Siembras al azar gozos y desastres,
        Y gobiernas todo sin responder a nada.

        Marchas sobre los muertos, belleza, de los que te burlas;
        De todas tus joyas, el horror no es la menos encantadora,
        Y el asesinato, entre tus más queridos colgantes,
        Sobre tu vientre baila orgullosamente.

        La efímera deslumbrada vuela hacia ti, candela,
        Crepita, arde y dice: ¡Bendigamos esta antorcha!
        El amante jadeando inclinado sobre su bella
        Parece un moribundo acariciando su tumba.

        ¿Qué importa que tú vengas del cielo o del infierno,
        ¡Oh belleza! ¡Monstruo enorme, espantoso, ingenuo!
        Si tus ojos, tu sonrisa, tus pies, me abren la puerta
        De un infinito al que amo y nunca he conocido?

        De Satán o de Dios, ¿qué importa?, ángel o sirena,
        ¿Qué importa, si tú haces -hada de ojos de terciopelo
        Ritmo, perfume, fulgor, oh mi única reina-
        Menos horrible el universo y menos pesado cada instante?

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