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    Información biográfica

  1. A Puerto Rico (A Tomás Carrión)
  2. Alta mar
  3. Amanecer
  4. Anhelos
  5. Barcarola
  6. Bendito sea el diablo
  7. Carnaval
  8. Desafío
  9. Dora Panchita
  10. El drama del olvido
  11. El negro
  12. El patito feo
  13. Germinal
  14. Hambre azul
  15. La cuesta del asomante
  16. La hija del viejo Pancho
  17. La luna durmió conmigo
  18. La mujer puertorriqueña
  19. La negra (A Félix Matos Bernier)
  20. Leche de la cabra negra
  21. Linda rubia
  22. Madrugada
  23. Medianoche
  24. Mediodía
  25. Muerta
  26. Ojos negros
  27. Pancho Ibero
  28. Parió la luna
  29. Retornelo
  30. Treno de mar
  31. Valle de Collores
  32. Vida criolla




  33. Información biográfica

      Nombre: Luis Lloréns Torres
      Lugar y fecha nacimiento: Juana Díaz (Puerto Rico), 14 de mayo de 1876
      Lugar y fecha defunción: Santurce (Puerto Rico), 16 de junio de 1944 (68 años)

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      A Puerto Rico (A Tomás Carrión)

        La América fue tuya. Fue tuya en la corona
        Embrujada de plumas del cacique Agüeybana,
        Que traía el misterio de una noche de siglos
        Y quemóse en el rayo de sol de una mañana.

        El África fue tuya. Fue tuya en las esclavas
        Que el surco roturaron, al sol canicular.
        Tenían la piel negra y España les dio un beso
        Y las volvió criollas de luz crepuscular.

        También fue tuya España. Y fue San Juan la joya,
        Que aquella madre vieja y madre todavía,
        Prendió de tu recuerdo como un brillante al aire

        Sobre el aro de oro que ciñe la bahía.
        ¿Y el Yanki de alto cuerpo y alma infantil quizás?
        ¡El Yanki no fue tuyo ni lo será jamás!

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      Alta mar

        Para asomarme, desde mi alma, al mundo
        Ábrete y serás tú la única puerta.
        Ábrete en un amor tan ultrahumano
        Que se salga del caso de la tierra.

        Ábrete en el temblor de la mirada
        Que más en tu alma que en tus ojos tiembla,
        Y en el rocío de sangre de lucero
        Que te untas en los labios cuando besas.

        Ábrete en el incendio del dorado
        Enjambre que en tus rizos se desmiela,
        Y en las dos zarcas aves que en la paja
        De tus pestañas a sonar se echan.

        Ábrete en un amor tan ultrahumano,
        Que haga polvo el cristal de tus caderas,
        Y que tan dulce el corazón me endulce,
        Que al morirme lo piquen las abejas.

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      Amanecer

        Guíñale al sol la cabaña.
        El río es brazo que se pierde
        Por entre la manga verde
        Que cuelga de la montaña.
        El yerbazal se desbaña.
        La luz babea la colina.
        Y más que el veloz caballo,
        Hiere la paz campesina
        La puñalada honda y fina
        Del cantío de mi gallo.

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      Anhelos

        Oh, los anhelos de mi amor insanos.
        Quiero empañar tus límpidos cristales
        Y ver palidecer esos corales
        Sobre las perlas de tu boca ufanos.

        Quiero que llore, herida en sus arcanos,
        Tu fuente de rosados manantiales
        Y que tiemble en tus tiernos maizales
        La panoja rindiéndome sus granos.

        Yo quiero ser tu vórtice y tu freno;
        En el oleaje de tu amor, la roca;
        Noche en el sol de tu mirar sereno;

        Sol en la noche que tu trenza evoca;
        Serpiente en los nidales de tu seno;
        Y abeja en los panales de tu boca.

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      Barcarola

        Déjame, niña, bogar,
        En el esquife de un verso,
        Por el oleaje perverso
        De tus pupilas de mar.
        Quiero en ellas desafiar
        Las rachas de tu ilusión,
        Y que una ola de pasión
        Me envuelva en sus espirales,
        Me ahogue entre sus cristales.
        Y me hunda en tu corazón.

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      Bendito sea el diablo

        Bendito sea el Diablo, que me amarra
        Al rojo de su capa y de su pluma,
        Y mis sentidos en amor sahúma,
        Y en fuego de dolor los achicharra.

        Brinda una flor en su espumosa jarra
        Y una mujer surgiendo de la espuma,
        Que urden el iris de belleza suma
        En que se enciende el arco de su garra.

        No importa si la flor es venenosa
        O es el infierno la mujer hermosa
        En cuya tentación he de caer.

        Bendito sea el Diablo que me tienta,
        Si siempre ante mis ojos se presenta
        Con una flor y en forma de mujer.

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      Carnaval

        Bella ficción de reinas y de reyes...
        Oh, carnaval, alegre carnaval,
        Que unces tus yuntas de mejores bueyes
        Y aras la carne en el vaivén del vals.

        Arado quo revuelcas corazones,
        En surcos de dolor y de placer,
        Y arrancas las raíces y tocones,
        Que dejaron las siembras del ayer.

        Queda, desnuda, la cachonda era,
        Apta para la nueva primavera,
        Que vaticina el grito del amor.

        Grito y clarín de la fecunda guerra
        En que hasta las lombrices de la tierra
        Sueñan el sueño de la flor.

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      Desafío

        Gallo que los tiene azules,
        Es el que los sueños míos
        Ensueñan en desafios
        Que el campo tiñan de gules.
        Que su plumaje de tules
        La lid desfleque y desfibre.
        Y que cuando cante y vibre,
        Al lanzarse a la pelea,
        Su canto de plata sea:
        ¡Viva Puerto Rico libre!

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      Dora Panchita

        A doña Panchita el sol
        La hizo de carne trigueña.
        El sol la hizo buena moza.
        El sol la hizo buena hembra.

        Le puso negro el cabello;
        Negras las pupilas negras;
        Le puso dulces los labios;
        Le puso dulce la lengua.

        Dicen que dicen que doña Panchita
        Novia es del sol tropical que la besa.
        Dicen que dicen que doña Panchita
        Siente que hierve la sangre en sus venas.

        Dicen que dicen que doña Panchita
        Ha de pecar bajo el sol que la quema.
        Dicen que dicen que si ella pecara
        Culpa sería del sol de su tierra.

        Las flores perfuman.
        Los pájaros vuelan.
        Y doña Panchita
        Es hija de Eva.

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      El drama del olvido

        El -La historia de nuestro amor,
        Que aún sahúma tu memoria,
        Fue breve como la historia
        De la abeja con la flor.

        Prisionera de la flor,
        La abeja sabe libar
        En su cárcel de azahar.

        Y cuando liba la esencia,
        Recobra su independencia
        Y se vuelve al colmenar.

        Ella -Te di el libro de mi vida,
        Para que tú lo leyeras,
        Y en sus páginas primeras
        Te deslumbraste en seguida.

        Tu curiosidad herida
        Quiso el final conocer.

        Y hoy lo cierras sin saber
        Que entre sus hojas extremas
        Hay los más bellos poemas
        Que dejaste sin leer.

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      El negro

        Niño, de noche lanzábame a la selva,
        Acompañado del negro viejo de la hacienda,
        Y cruzábamos juntos la manigua espesa.
        Yo sentía el silencioso pisar de las fieras

        Y el aliento tibio de sus bocas abiertas.
        Pero el negro a mi lado era una fuerza
        Que con sus brazos desgajaba las ceibas
        Y con sus ojos se tragaba las tinieblas.

        Ya hombre, también a la selva del mundo fui
        Y entre hombres y mujeres de todas las razas viví.
        Y también su pisar silencioso sentí.

        Y tuve miedo, como de niño... pero no huí...
        Porque en mi propia sombra siempre vi
        Al negro viejo siempre cerca de mí.

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      El patito feo

        No se si danés o ruso,
        Genial cuentista relata
        Que en el nido de una pata
        La hembra de un cisne puso.
        Y ahorrando las frases de uso
        En los cuentos eruditos,
        Diz que sin más requisitos,
        En el trigésimo día,
        La pata saco su cría
        De diez y nueve patitos.

        Según este cuento breve,
        Creció el rebaño pigmeo
        Llamando "patito feo"
        Al patito diez y nueve.
        ¡El pobre! Siempre la nieve
        Lo encontró fuera del ala.
        Y siempre erró en la antesala
        De sus diez y ocho hermanos
        Que dejábanle sin granos
        Las espigas de la tala.

        Vagando por la campiña
        La palmípeda cuadrilla
        Al fin llegó hasta la orilla
        De la fuente en la montaña.
        ¡Qué sensación tan extraña
        Y a la par tan complaciente
        La que le onduló en la mente
        Al llamado Feo Pato
        Cuando miró su retrato
        En el vidrio de la fuente!

        Surgió entonces de la umbría
        Un collar de cisnes blancos
        En cuyos sendosos flancos
        La espuma se emblanquecía.
        (Aquí, al autor, que dormía
        Cuando este cuento soñó,
        Dicen que lo despertó
        La emoción de la belleza.
        Y aquí sigue, o aquí empieza,
        Lo que tras él soñé yo).

        Cisne azul la raza hispana
        Puso un huevo, ciega y sorda,
        En el nido de la gorda
        Pata norteamericana.
        Y ya, desde mi ventana,
        Los norteños patos veo,
        De hosco pico fariseo,
        Que al cisne de Puerto Rico,
        De azul pluma y rojo pico
        Lo llaman "patito feo".

        Pueblo que cisne naciste,
        Mira y sonríe, ante el mote,
        Con sonrisa de Quijote
        Y con su mirada triste;
        Que a la luz del sol que viste
        Del alba tu campo y tu mar,
        Cuando quieras contemplar
        Que es de cisne tu figura,
        Mírate en el agua pura
        De la fuente de tu hogar.

        Con flama de tu real sello,
        Mi cisne de Puerto Rico,
        La lumbre roja del pico
        Prendes izada en el bello
        Candelabro de tu cuello.
        Y azul del celeste tul,
        En que une la Cruz del Sur
        Sus cinco brillantes galas,
        Es el que pinta en tus alas
        Tu firme triángulo azul.

        Oro latino se asoma
        A tu faz y en tu faz brilla.
        Lo fundió en siglos Castilla.
        Y antes de Castilla, Roma.
        Lo hirvió el pueblo de Mahoma
        En sus fraguas sarracenas.
        Y antes de Roma, en Atenas,
        Los Homero y los Esquilos
        Hilaron de ensueños el hilo
        De la hebra azul de tus venas.

        En tu historia y religión
        Tus claros timbres están;
        Que fuiste el más alto afán
        De Juan Ponce de León.
        Mírate, con corazón,
        En tu origen caballero,
        En tu hablar latinoibero,
        En la fe de tus altares,
        Y en la sangre audaz que en Lares
        Regó Manolo el Leñero.

        Veinte cisnes como tú
        Nacieron contigo hermanos
        En los virreinos hermanos
        De Méjico y el Perú.
        Bajo el cielo de tisú
        De la antillana región,
        Los tres cisnes de Colon,
        Las tres cluecas carabelas,
        Fueron las aves abuelas
        En tan maña incubación.

        Alma de la patria mía,
        Cisne azul puertorriqueño,
        Si quieres vivir el sueño
        De tu honor y tu hidalguía,
        Escucha la voz bravía
        De tu independencia santa
        Cuando al cielo la levanta
        El huracán del Caribe
        Que con sus rayos la escribe
        Y con sus truenos la canta.

        Ya surgieron de la espuma
        Los veinte cisnes azules
        En cuyos picos de gules
        Se deslera la bruma.
        A ellos su plumaje suma
        El cisne de mi relato.
        Porque ha visto su retrato
        En los veinte cisnes bellos.
        Porque quiere estar con ellos,
        Porque no quiere ser pato.

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      Germinal

        ¿Qué me dicen desplegadas las nubes,
        Esas nubes de tus tristes ojeras?
        ¿Qué me dicen tus mejillas tan pálidas,
        Esas curvas de tus nobles caderas?

        ¿Qué me dicen tus mejillas tan pálidas,
        Tus dos cisnes ahuecando su encaje,
        Tus nostalgias, tus volubles anhelos
        Y el descuido maternal de tu traje?

        ¡Oh!, yo escucho, cuando tocas a risa,
        Un allegro que del cielo me avisa,
        Y vislumbro, cuando el llanto te anega

        En los lagos de tus ojos en calma,
        Las estelas de la nao de mi alma
        Que en el cosmos de tu sangre navega.

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      Hambre azul

        Ensueño que estoy cenando
        Y que tu espalda es mi mesa,
        Acostada su blancura,
        Como en la playa te viera
        Nadando sobre la ola
        O echada sobre la arena.

        Mesa desnuda, sin nada
        De mantel ni servilletas;
        Azucarada, olorosa,
        Pintada de miel de abeja
        Libada en los azahares
        De la luna y las estrellas.

        Mesa que en silencio siente,
        Y en silencio canta y reza,
        Y no dice una palabra,
        Y dice toda la ciencia;
        Abeja que pica el cielo;
        Luna que escarba la tierra.

        Ave que raya el enigma
        Y con las alas abiertas,
        Por los siglos de los siglos,
        De la nada al todo vuela,
        Y nada sabe de nada,
        Y todo lo sacramenta
        Con el óleo de los huevos
        Que en sus curvas cacarea
        En las ondas de los nidos.

        Mesa doctora en belleza,
        En la ciencia de la gracia
        Y en la gracia de la ciencia;
        Y mesa, en fin, que en sus vuelos
        Sabe repechar la cuesta
        Que va de Newton a Dante,
        Del número a la quimera,
        El infinito camino que hay
        Entre el cielo y la tierra.

        Chorro de café que hirviendo
        Brinca de la cafetera,
        Se ve caer el rizado
        Chorro negro de tu trenza
        Sobre la espumosa leche
        De la taza que se vuelca
        Y se derrama en tu nuca
        Y por tus hombros se riega.

        ¿Que la plata de tus nalgas
        Me brindará en sus bandejas?
        En una, que rumbe y raje
        El ronco ron de la tierra;
        Mientras la otra se me finge
        Digna de ser la bandeja
        De la petenera copa
        De Jerez de la Frontera.

        Y en la planicie del talle,
        Que es el centro de la mesa,
        El pan de Dios se me ofrece
        Al hambre azul que me incendia.
        Al comerlo, así le grito
        A la multitud de afuera:

        No soy yo quien mata el hambre
        Esta noche en esta mesa;
        No, hermanos; es nuestra especie
        La que se cena esta cena;
        Toda nuestra especie humana
        En su hambre de ser eterna.

      Arriba

      La cuesta del asomante

        Deja, jibarita blanca,
        Deja que el jíbaro cante
        Y que a medianoche suba
        La Cuesta del Asomante.

        Deja que el jíbaro cante,
        Que le cante a otro querer,
        Y que subiendo la cuesta,
        Lo coja el amanecer.

        Pa ca tas, pa ca tas, pa ca tas
        Pa ca tas, pa ca tas, pa ca tas

        Arriba, caballo, mi caballo blanco,
        Arriba, caballo, mi caballo prieto;
        Mi caballo blanco,
        Mi caballo prieto;

        Que arriba está el pasto, la verde sabana,
        Y arriba está el agua, el blanco arroyuelo;
        La verde sabana,
        El blanco arroyuelo.

        Deja que el jíbaro cante
        Y que a medianoche suba
        La Cuesta del Asomante.

        Pa ca tas, pa ca tas, pa ca tas,
        Pa ca tas, pa ca tas, pa ca tas

        Y al fin mi caballo blanco,
        Y al fin mi caballo prieto,
        La Cuesta del Asomante
        Al galope van subiendo.

        -Pa ca tas, pa ca tas, pa ca tas
        Mis caballos de la noche,
        Pa ca tas, pa ca tas, pa ca tas...-
        Mis caballos estrelleros.
        -Pa ca tas, pa ca tas, pa ca tas-
        Que agua y pasto de Dios tienenv -Las flores de los senderos
        Y las aguas de los ríos
        En que se caen los luceros-
        Y así se comen las flores
        Y así se beben los luceros.

        Deja, mi jíbara blanca,
        Que le cante a otro querer,
        Y que subiendo la cuesta,
        -Pa ca tas, pa ca tas, pa ca tas-
        Me coja el amanecer.

      Arriba

      La hija del viejo Pancho

        Cuando canta en la enramada
        Mi buen gallo canagüey
        Y se cuela en el batey
        El frío de la madrugada;
        Cuando la mansa bueyada
        Se despierta en el corral,
        Y los becerros berrear
        Se oyen debajo del rancho,
        Y la hija del viejo Pancho
        Va las vacas a ordeñar
        Entonces viene a mi hamaca
        Un olor como de selva
        Que no sé si está en la yerba
        O en las crines de las jacas
        O en las ubres de las vacas
        O en el estiércol del rancho
        Todo tiene un hondo y ancho
        Olor a felicidad;
        Y ese olor quien me lo da
        Es la hija del viejo Pancho.

      Arriba

      La luna durmió conmigo

        Esta noche la luna no quiere que yo duerma.
        Esta noche la luna saltó por la ventana.
        Y, novia que se quita su ropa de azahares,
        Toda ella desnuda, se ha metido en mi cama.

        Viene de lejos, viene de detrás de las nubes,
        Oreada de sol y plateada de agua.
        Viene que huele a besos: quizá, esta misma noche,
        La enamoró el lucero galán de la mañana.

        Viene que sabe a selva: tal vez, en el camino,
        La curva de su cola rozó con la montaña.
        Viene recién bañada: acaso, bajo el bosque,
        Al vadear el arroyo, se bañó en la cascada.

        Viene a dormir conmigo, a que la goce y bese,
        Y a cantar la mentira de que a mí solo me ama.
        Y como yo, al oírla, por vengarme, le digo
        "Mi amor es como el tuyo", ella se ha puesto pálida.

        Ella se ha puesto pálida, y al besarme la boca,
        Me ilumina las sienes el temblor de sus lágrimas.
        Ahora ya sé que ella, la que en suntuosas noches
        Da su cuerpo desnudo, a mí me ha dado el alma.

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      La mujer puertorriqueña

        La mujer puertorriqueña
        Mujer de la tierra mía.
        Venus y a un tiempo María
        De la India Occidental.
        Vengo a cantar la poesía
        De tu gracia tropical.
        Mujer de carne de flor.
        Dueña del manso cordero.
        Digna de que un ruiseñor,
        Bajo el claro de un lucero,
        Te cante un canto de amor.
        Eres bella entre las bellas
        Lo mismo cuando el sol gira
        Sobre tus carnes doncellas,
        Que cuando el cielo te mira
        Con sus mil ojos de estrellas.
        Ondulas como la llama
        Dormida en el pebetero
        Cuando a través de la rama
        El resplandor del lucero
        Baja y te besa en la cama.
        Siembra lirios en tu piel
        La luz plata de tus ojos.
        Y la copa de un clavel,
        Llena de sangre y de miel,
        Se rompe en tus labios rojos.
        Encendido de azahares,
        Su palio el cielo te envía.
        Y se abre, ante tus altares,
        Como una piel, la bahía
        Atigrada de manglares.
        Te ofrece nuestra laguna,
        Ebria de naves ausentes,
        El abanico aceituna
        Que hunde en las noches de luna
        Su varillaje de puentes.
        La isla te brinda un caney,
        Y por baño una cascada,
        Y por patio y por batey
        La más aterciopelada
        De sus vegas de Cayey.
        Cuando desgreña sus brumas
        La Cabeza de San Juan,
        Engorguerada de espumas,
        Es el cabo un capitán
        Inclinándote sus plumas.
        Para ti se hacen panales
        Las flores de las montaña.
        Y en el llano las centrales
        Queman su incienso de caña
        Cual si fueran catedrales.
        El rico manto esmeralda
        Del cafetal presumido
        Lo luce el monte en su falda
        Y cuando está florecido
        Lo cuelga sobre tu espalda.
        Para velar tu atavío,
        Envolviéndote en cendales
        Hechos de espuma del río,
        Rompe todos sus cristales
        El Salto de Comerío.
        En Cabo Rojo se excava
        Y se busca para ti
        El más ardiente rubí
        Cuajado de sangre brava
        Del pirata Cofresí.
        Y los gnomos, que te dan
        A beber agua encantada,
        Cuecen tu cena y tu pan
        En la roja llamarada
        Del árbol de flamboyán.
        Los magos de la poesía
        Te filtran esencias nuevas.
        Yo te filtro el alma mía,
        Para que tú te la bebas
        En una hoja de yautía.
        No hay una sola mañana
        En que al saltar tú del lecho
        No encuentres la rosa grana
        Que yo pongo en tu ventana
        Para perfumar tu pecho.
        Y el aura que hacia ti gira,
        Aura de noche de luna
        Que en tu regazo suspira,
        Siempre te besa con una
        De las trovas de mi lira.
        Día y noche, mi jactancia,
        De poeta y caballero,
        Inclina ante tu elegancia
        La varonil arrogancia
        De mi capa y mi sombrero.
        Mi musa quiere ser hada,
        Para servirte, mondada,
        La naranja de la luna,
        En la lujosa y plateada
        Bandeja de la laguna.
        Quiero, en etérea asención,
        Dejando en el cielo huellas,
        Retar y vencer a Orión,
        Y traerme el cinturón
        Ensangrentado de estrellas.
        Con la Cruz del Sur, anhelo
        Realizar la maravilla
        De desclavarla del cielo
        Para ponerla de horquilla
        En la noche de tu pelo.
        Y en el mar azul turquí,
        Donde naufragó la Atlanta,
        Bajar al fondo y de allí
        Volver con el pez que canta
        Para que te cante a ti.
        Porque tu amor no se abraza
        Al escudo de Tío Sam.
        Tú eres reina de la raza,
        Digna de entrar a la plaza
        Por la Puerta de San Juan.
        Digna de que en la bahía
        Te haga honores militares
        La heroica marinería
        Que supo romper los mares
        En la nao Santa María.
        Digna de que Don Juan Ponce,
        Don Juan Ponce de León,
        En su estatua, se desgonce,
        Cual si aún dentro del bronce
        Le latiera el corazón.
        Digna de que otro Cortés,
        En otra epopeya ibérica,
        Queme las naos otra vez,
        Por conquistar otra América
        Para ponerla a tus pies.
        Quién me diera la realeza
        De los homéricos reyes,
        Para incendiar la maleza
        Y echar al fuego cien bueyes
        En honor a tu belleza.
        Y porque atruene los mares
        El grito que da en la selva
        El fruto de tus ijares,
        Quiero que al nacer lo envuelvas
        En la bandera de Lares.

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      La negra (A Félix Matos Bernier)

        Bajo el manto de sombras de la primera noche,
        La mano de Elohím, ahíta en el derroche
        De la bíblica luz del fiat omnifulgente,
        Te amasó con la piel hosca de la serpiente.

        Puso en tu tez la tinta del cuero del moroco
        Y en tus dientes la espuma de la leche del coco.
        Dio a tu seno prestigios de montañesa fuente
        Y a tus muslos textura de caoba incrujiente.

        Virgen, cuando la carne te tiembla en la cadera,
        Remedas la potranca que piafa en la pradera.
        Madre, el divino chorro que tu pecho desgarra,
        Rueda como un guarismo de luz en la pizarra.

        Oh tú, digna de aquel ebrio de inspiración
        Cántico de los cánticos del rey Salomón.

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      Leche de la cabra negra

        Como medialuna blanca
        En la medianoche negra,
        Tu blanca piel es la lumbre
        Que aluza mi hosca tristeza.

        Tu piel le reza de noche
        A la noche de la sierra
        La letanía de la espuma
        Del salto de agua en las piedras.

        Y a los luceros les trova
        La más blanca cantarela:
        La de la leche de ensueño
        De la errante azul camella
        Panda en la travesía
        Entre la luna y la tierra.

        Es la carne de tu cuerpo
        Carne de nuez cocotera,
        Cuajo de recién cuajado
        Queso de hoja de Isabela,
        Nieve de Blanca de Nieve,
        Y blanco vellón de oveja.
        Alas de garzota blanca
        Son tus brazos y tus piernas.

        Y eres toda ensueño blanco:
        Leche de la azul camella.

        Luna y blanca, blanca
        Y luna novia en traje do azucena:
        Novia desnuda en la noche:
        Blanca la carne de soda,
        Blanca la cola de espuma
        Y blanco el velo de niebla.
        Flor rociada de rocío
        Y llena de luna llena.
        Flor que se desnuda
        Para que la gocen las estrellas.

        Blanca sal. Azúcar blanca.
        Cal. Cal viva en la cantera.
        Polvo de almidón de yuca.
        Polvo de arroz de Valencia.
        Caracol de limpio nácar.
        Vaso de horchata de almendra.
        Huevo del cisne del cielo.

        Leche do la cabra negra:
        De la cabra de la noche
        Que en la inmensidad berrea,
        Paciendo sobre los astros,
        Y Dios le sopla las tetas
        Que se hinchan de infinito
        Y en vialácteas se deslechan.

        Toda eres claro do luna:
        La luna en tu carne riela.
        Y toda, blanca via láctea:
        Leche de la cabra negra.

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      Linda rubia

        Linda rubia: las otras lindas rubias
        Saben que tú eres la más rubia entre ellas.
        ¿De qué áureos medievales, de qué onzas
        De virreinos en flor, de qué monedas,
        Por el roce de siglos derretidas,
        Se amontonan en tus bucles y tus trenzas
        La melcocha de oro en que embalsada
        Salta en rizos de sol tu caballera?
        Orfebres gnomos de encantadas grutas,
        Forjando magias de metal con ella,
        Para ti harán dos lunas, dos zarcillos,
        Y para mí dos soles, dos espuelas,
        Que alumbren los caminos de la noche
        Y ricen de temblor las madreselvas,
        Cuando salgamos a correr ensueños,
        Montada tú a las ancas de mi yegua,
        Repica que repica repicando
        Pa-ca-tás pa-ca-tás sobre las piedras,
        Encendida de espumas la alazana,
        Encendidas de sangre las espuelas,
        Encendida la noche de luceros
        Y encendida la ruta de quimeras...

        Linda rubia: las otras lindas rubias
        Saben que tú eres la más zarca entre ellas.
        En sueños hice medallón dorado
        Con las dos medialunas de tus cejas;
        Marco de mi retrato en miniatura,
        Que vi en tus ojos de color turquesa
        Que las azules alas le robaron
        A la azul mariposa de la huerta;
        A la azul mariposa de azul alba
        En que el sol madrugó turnio de ojeras;
        A la azul mariposa que en la rosa
        Lograste al fin hacerla prisionera.

        Linda rubia: las otras lindas rubias
        Envidian la blancura de tus perlas.
        Tus labios, los dos cárdenos gusanos,
        Que tu lengua de miel aterciopela
        Unidos en los picos y en las colas
        En apretado amor de macho y hembra,
        Circundan tu nidada de marfiles,
        Tus dos triunfales arcos en hileras,
        Que hízolos Dios para que fuesen dientes
        Y que una noche se volvieron perlas,
        Una noche de orgía en el Olimpo,
        De rumba y bacanal, la noche lesbia
        De la luna desnuda y tú desnuda,
        En que borracha tú y borracha ella,
        Le pegaste un mordisco en las mejillas
        Empolvadas de polvo de luciérnagas,
        Y así bañaste en lumbre tus marfiles
        Que se volvieron luminosas perlas.

        Linda rubia: las otras lindas rubias
        El lujo de tus nácares ensueñan.
        Nácares que en tus dedos acumulan
        La impalpabilidad con que la abeja
        Liba el glóbulo intáctil de rocío
        Sin que su etérea levedad la sienta.
        Besos de vaporosos colibríes
        Que rozan sin rozar las astromelias.
        Nácares de las uñas de tus dedos
        Que palpan sin palpar mi cabellera.
        Como las de las playas de los mares,
        Uñas de las minúsculas almejas
        Que por entre las púdicas enaguas,
        En que la espuma se desriza en seda,
        Rascan las blancas nalgas de las olas
        Que a retozar se tienden en la arena.

        Linda rubia: las otras lindas rubias
        Saben que tú eres la más blanca entre ellas.
        Tú eres la luna medialuna blanca
        En mis suntuosas noches de bohemia,
        En las aristocráticas orgías
        -Vinos de mieles de Afrodita y Leda-
        Y hasta en las náuseas del amor rendido
        Que vomita su alcohol en las tinieblas.
        La medialuna es Venus de los cielos
        Y tú eres medialuna de la tierra.
        En tu falda de plata, Medialuna,
        Voy a besar el oro de una estrella.

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      Madrugada

        Ya está el lucero del alba
        Encimita del palmar,
        Como horquilla de cristal
        En el moño de una palma.
        Hacia él vuela mi alma,
        Buscándote en el vacío.
        Si también de tu bohío
        Lo estuvieras tú mirando,
        Ahora se estarían besando
        Tu pensamiento y el mío.

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      Medianoche

        A la orilla del camino
        Que en la sierra se encarama,
        Mi gallo duerme en la rama
        De viejo laurel sabino.
        Le corre ardor masculino
        Desde el pico hasta la hiel.
        Y en la rama de laurel,
        La luna que lo ilumina
        Es como blanca gallina
        Que abre un ala sobre él.

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      Mediodía

        Mi gallo ama el bosque umbrío
        De la verde cordillera
        Y la caricia casera
        De la hamaca en el bohío.
        Cuando lanza su cantío,
        Es por su tierra y su amada.
        Galán de capa y espada,
        Es el donjuán de la fronda,
        Que bajo la fronda, ronda
        Con su capa colorada.

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      Muerta

        Cuando yo más la queria,
        Se fue para el camposanto.
        Toda la sal de mi llanto
        No sazona el alma mía.
        En mi choza ya vacía,
        El ave del luto arrulla.
        Y el can del recuerdo aúlla
        Las veces que en ansias locas
        Por ir en pos de otras bocas
        Dejé de besar la suya.

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      Ojos negros

        ¡Ojos tuyos! Ojos negros, que el amor los enfurece.
        Pupilas que se dilatan ante la azul inmensidad.
        Astros donde la luz se ennegrece
        Para que haya estrellas en la claridad.

        Viajeros en que el polvo de la Vía Láctea florece,
        Porque vienen jadeantes de la eternidad.
        Cosmos en que a un tiempo amanece y anochece,
        Violadores de la física de la Divinidad.

        Cimas que la seda de los párpados cubre de nieblas.
        Noches que son luz anegada en tinieblas.
        Días que son tinieblas inundadas de luz.

        Ojos que son clavos que en ti me sujetan como en una cruz.
        Y ojos consonantes, que al mirarme han rimado
        Su más dulce y armonioso pareado.

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      Pancho Ibero

        ¡Pancho Ibero! Tronco de honda raíz ibérica
        Y encarnación de la América española.
        Una ola te trajo a las playas de América.
        ¡Pancho Ibero! ¡Bendita sea la ola!

        Tramas la dictadura, pero armas la revolución;
        Que eres a un tiempo pulpero y soñador.
        Y sabes llevar con arte el clac
        Pero prefieres tu sombrero de Panamá.

        Y mientras el Tío Sam en su águila cabalga
        Acaricias de tu cóndor las alas
        Y afilas en la piedra el cuchillo y la azada;

        Porque una noche sueñas en la Vía Láctea
        Y otra noche en la res que en la pampa destazas...
        Que no en vano nos vienes de Quijote y de Panza.

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      Parió la luna

        Altamar del Mar Caribe.
        Noche azul. Blanca goleta.
        Una voz grita en la noche:

        -¡Marineros! ¡A cubierta!

        Es el aullido del lobo
        Capitán de la velera.
        Aúlla porque ha parido
        Su novia la luna nueva.

        Y todos ven el lucero
        Que en el azul va tras ella:
        Ven el corderito blanco
        Detrás de la blanca oveja.

        El piloto de la nave,
        Que a la baranda se acerca,
        Al ver el mar, todo espuma,
        Canta con voz de poeta:

        -En sus azules hamacas
        Mece el mar sus azucenas.
        Y entredice el sobrecargo:

        -Es que las marinas yeguas
        Van al escape y sus crines
        Se vuelven sartas de perlas.

        Y otra vez aúlla el lobo
        Capitán de la goleta:

        -No son espumas de olas,
        Ni albas crines, ni azucenas:
        Es que en el mar cae la leche
        Del pecho que saca afuera,
        Porque ha parido un lucero,
        Mi novia la luna nueva.

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      Retornelo

        La golondrina mansa del recuerdo
        Se ha posado en mi torre de poeta.
        Viene de las difuntas lejanías...
        Del lado allá de las aradas sendas...

        Del sequedal escueto del olvido...
        De ti, La amada de una noche bella...

        ¡Aquella noche!... La montaña. El valle...
        La echadez de la casa solariega,
        Serenamente asida y aclocada
        Sobre las siete vacas de la hacienda...

        La sedante humedad de la mullida
        Alfombra de cojitre y hojas secas
        Bajo el parido cafetal del fundo
        Combado en la hinchazón de la ladera..

        El mudo cucuyear de los bohíos
        Pegados a los pechos de la sierra...

        Los misteriosos untos de la noche:
        Quietud, silencio, soledad, tinieblas,
        Imprimando los tintes de la hora...
        Cielo arriba, La bruma cenicienta
        Acochando los rucios recentales
        Que se maman La miel de las estrellas...

        Abajo, en el zigzag de La quebrada,
        El arroyuelo de agua montañesa
        Rozando melodías al cimbrearse
        En arcos de violín sobre las peñas...

        La vieja letanía del camino,
        Rezada en el rosario de sus piedras,
        En el ora pro nobis del que parte
        Y el miserere nobis del que llega...

        El efusivo perro que atizaba
        La risa de su cola zalamera,
        Trasegando en la taza de tu mano
        La humedad de su hocico y de su lengua...

        La herida ave de lejana copla
        Que venía volando en una décima
        Y murió al arribar en nuestro abrazo
        Y en nuestro abrazo la apretamos muerta...

        Y la invasora abeja del deseo
        Zumbando en el panal de tu inocencia...
        Y el beso que rozó mudo tus labios
        Y estalló en la más honda de tus venas.

        Todo el poema de la noche virgen
        En que te amé bajo sus gasas trémulas,
        La golondrina mansa del recuerdo
        Lo abre hoy en mi torre de poeta
        Y revuela en la torre un azul soplo
        Que la destelaraña y la despierta...

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      Treno de mar

        Una novia en la playa...
        Una vela en el mar...

        Los péndulos de hojas,
        Que cuelgan del cocal,
        Tararean, ean, ean,
        La Oración del Jamás.

        Las gaviotas se cimbran
        En el vuelo fugaz
        Con que las lleva al nido
        La luz crepuscular.

        Rojas brasas las rocas
        Queman la flor de sal,
        Que polvoreó sobre ellas
        La salobre humedad.

        Errante nube tiende
        Su pañolón de holán,
        Con que Dios en el cielo
        Limpia el azul cristal.

        No hay espuma en la lenta
        Onda que viene y va.
        Ni la brisa sahúma
        La desmayada paz.

        Lloran, bajo la tarde,
        Su triste soledad,
        Una novia en la playa
        Y una vela en el mar.

      Arriba

      Valle de Collores

        Cuando salí de Collores,
        Fue en una jaquita baya
        Por un sendero entre mayas
        Arropás de cundiamores.
        Adiós, malezas y flores
        De la barranca del río,
        Y mis noches del bohío,
        Y aquella apacible calma,
        Y los viejos de mi alma,
        Y los hermanitos míos.

        Qué pena la que sentía,
        Cuando hacia atrás yo miraba,
        Y una casa se alejaba,
        Y esa casa era la mía.
        La última vez que volvía
        Los ojos, vi el blanco vuelo
        De aquel maternal pañuelo
        Empapado con el zumo
        Del dolor. Más allá, humo
        Esfumándose en el cielo.

        La campestre floración
        Era triste, opaca, mustia.
        Y todo, como una angustia,
        Me apretaba el corazón.
        La jaca, a su discreción,
        Iba a paso perezoso.
        Zumbaba el viento, oloroso
        A madreselvas y a pinos.
        Y las ceibas del camino
        Parecían sauces llorosos.

        No recuerdo cómo fue
        (Aquí la memoria pierdo).
        Mas en mi oro de recuerdos,
        Recuerdo que al fin llegué:
        La urbe, el teatro, el café,
        La plaza, el parque, la acera...
        Y en una novia hechicera,
        Hallé el ramaje encendido,
        Donde colgué el primer nido
        De mi primera quimera.

        Después, en pos de ideales.
        Entonces, me hirió la envidia.
        Y la calumnia y la insidia
        Y el odio de los mortales.
        Y urdiendo sueños triunfales,
        Vi otra vez el blanco vuelo
        De aquel maternal pañuelo
        Empapado con el zumo
        Del dolor. Lo demás, humo
        Esfumándose en el cielo.

        Ay, la gloria es sueño vano.
        Y el placer, tan solo viento.
        Y la riqueza, tormento.
        Y el poder, hosco gusano.
        Ay, si estuviera en mis manos
        Borrar mis triunfos mayores,
        Y a mi bohío de Collores
        Volver en la jaca baya
        Por el sendero entre mayas
        Arropás de cundiamores.

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      Vida criolla

        Ay, qué lindo es mi bohío
        Y qué alegre es mi palmar
        Y qué fresco el platanar
        De la orillita del río.
        Qué sabroso es tener frío
        Y un buen cigarro encender.
        Qué dicha no conocer
        De letras ni astronomia.
        Y qué buena hembra la mía
        Cuando se deja querer.

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