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    Información biográfica

  1. El andarín de la noche
  2. El bote viejo
  3. El caballo
  4. El cuarto cerrado
  5. El dolor de la noche
  6. El dominó
  7. El estanque
  8. La luz de Varsovia
  9. La muerta de marfil
  10. La niña de la lámpara azul
  11. La pensativa
  12. La ronda de espadas
  13. La sangre
  14. La tarda
  15. Las bodas vienesas
  16. Las torres
  17. Lied I
  18. Lied III
  19. Lied IV
  20. Lied V
  21. Los ángeles tranquilos
  22. Los delfines
  23. Los muertos
  24. Los reyes rojos
  25. Marcha fúnebre de una marionnette
  26. Nocturno
  27. Peregrín cazador de figuras
  28. Reverie




    Información biográfica

      Nombre: José María Eguren
      Lugar y fecha nacimiento: Lima (Perú), 7 de julio de 1874
      Lugar y fecha defunción: Lima (Perú), 19 de abril de 1942 (67 años)

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      El andarín de la noche

        El oscuro andarín de la noche
        Detiene el paso junto a la torre,
        Y al centinela
        Le anuncia roja, cercana la guerra.

        Le dice al viejo de la cabaña
        Que hay batidores en la sabana;
        Sordas linternas
        En los juncales y oscuras sendas.

        A las ciudades capitolinas
        Va el pregonero de la desdicha;
        Y en la tiniebla
        Del extramuro, tardo se aleja.

        En la batalla cayó la torre;
        Siguieron ruinas, desolaciones;
        Canes sombríos
        Buscan los muertos en los caminos.

        Suenan los bombos y las trompetas
        Y las picotas y las cadenas;
        Y nadie ha visto, por el confín;
        Nadie recuerda
        Al andarín.

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      El bote viejo

        Bajo brillante niebla,
        De saladas actinias cubierto,
        Amaneció en la playa,
        Un bote viejo.

        Con arena, se mira
        La banda de sus bateleros,
        Y en la quilla verdosos
        Calafateos.

        Bote triste, yacente,
        Por los moluscos horadado;
        Ha venido de ignotos
        Muelles amargos.

        Apareció en la bruma
        Y en la armonía de la aurora;
        Trajo de los rompientes
        Doradas conchas.

        A sus bancos remeros,
        A sus amarillentas sogas,
        Viene los cormoranes
        Y las gaviotas.

        Los pintorescos niños,
        Cuando dormita la marea
        Lo llenan de cordajes
        Y de banderas.

        Los novios, en la tarde,
        En su alta quilla se recuestan;
        Y a los vientos marinos,
        De amor se besan.

        Mas el bote ruinoso
        De las arenas del estuario,
        Ansía los distantes
        Muelles dorados.

        Y en la profunda noche,
        En fino tumbo abrillantado,
        Partió el bote muriente
        A los botes lejanos.

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      El caballo

        Viene por las calles,
        A la luna parva,
        Un caballo muerto
        En antigua batalla.

        Sus cascos sombríos...
        Trépida, resbala;
        Da un hosco relincho,
        Con sus voces lejanas.

        En la plúmbea esquina
        De la barricada,
        Con ojos vacíos
        Y con horror, se para.

        Más tarde se escuchan
        Sus lentas pisadas,
        Por vías desiertas
        Y por ruinosas plazas.

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      El cuarto cerrado

        Mis ojos han visto
        El cuarto cerrado;
        Cual inmóviles labios su puerta
        Está silenciado,
        Su oblonga ventana, como un ojo abierto,
        Vidrioso me mira;
        Como un ojo triste,
        Con mirada que nunca retira
        Como un ojo muerto.
        Por la grieta salen
        Las emanaciones
        Frías y morbosas;
        ¡Ay, las humedades como pesarosas
        Fluyen a la acera:
        Como si de lágrimas,
        El cuarto cerrado un pozo tuviera!
        Los hechos fatales
        Nos oculta en su frío reposo...
        ¡Cuarto enmudecido!
        ¡Cuarto tenebroso
        Con sus penas habrá atardecido
        Cuántas juventudes!
        ¡Oh, cuántas bellezas habrá despedido!
        ¡Cuántas agonías!
        ¡Cuántos ataúdes!
        Su camino siguieron los años,
        Los días;
        Galantes engaños
        Y placenterías;
        En el cuarto fatal, aterido,
        Todo ha terminado;
        Hoy sus sombras el ánima oprimen:
        ¡Y está como un crimen
        El cuarto cerrado!

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      El dolor de la noche

        Cuando tiembla la noche tardía
        En los arenales y los campos negros,
        Se oyen voces dolientes, lejanas,
        Detrás de los cerros.
        ¡Es el canto del bosque perdido,
        Con la gama antigua de silvestres notas,
        O el gemir del turbón ignorado,
        Por vegas y sombras!
        ¡O el distante clamor de las fieras
        Que en las pampas brunas
        Y en las lomas y campos eriales
        Envían al hombre sus iras nocturnas!
        ¡El coro que sube remoto a los cielos
        Será de la muerte la roja palabra
        O el clamor de ciudad brilladora
        Que se hunde, se apaga!
        ¡El rondó que triste
        Las pendientes dormidas circunda:
        El grito del odio será de los montes,
        Será de las tumbas!
        Cuando se obscurecen las bromas erguidas
        En los arenales y los campos negros,
        Cómo suena el dolor de la noche
        ¡Detrás de los cerros!

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      El dominó

        Alumbraron en la mesa los candiles,
        Moviéronse solos los aguamaniles,
        Y un dominó vacío, pero animado,
        Mientras ríe por la calle la verbena,
        Se sienta iluminado,
        Y principia la cena.

        Su claro antifaz de un amarillo frío
        Da los espantos en derredor sombrío
        Esta noche de insondables maravillas,
        Y tiende vagas, lucífugas señales
        A los vasos, las sillas
        Los ausentes comensales.

        Y luego en horror que nacarado flota,
        Por la alta noche de voluntad ignota,
        En la luz olvida manjares dorados,
        Ronronea una oración culpable, llena
        De acentos desolados,
        Y abandona la cena.

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      El estanque

        ¡El verde estanque de la hacienda,
        Rey del jardín amable,
        Está en olvido
        Miserable!
        En las lejanas, bellas horas
        Eran sus linfas cantadoras,
        Eran granates y auroras,
        A campánulas y jazmínes
        Iban insectos mandarines
        Con lamparillas purpuradas,
        Insectos cantarines
        Con las músicas coloreadas;
        Mas, del jardín, en la belleza
        Mora siempre arcana tristeza:
        Como la noche impenetrable,
        Como la ruina miserable.
        Temblaba Vésper en los cielos,
        Gemían búhos paralelos
        Y, de tarde, la enramada
        Tenía vieja luz dorada;
        Era la hora entristecida
        Como planta por nieve herida;
        Como el insecto agonizante
        Sobre hojas secas navegante.
        Clara, la niña bullidora,
        Corrió a bañarse en linfa mora,
        Para ir luego a la fiesta
        De la heredad vecina;
        Ya a su oído llegaba orquesta
        De violín, piano y ocarina.
        Brilló un momento, anaranjada,
        Entre la sombra perfumada,
        Con las primeras sensaciones
        Del sarao de orquestaciones.
        ¡Oh!, en la linfa funesta y honda
        Fue a bañarse la virgen blonda;
        De los amores encendida,
        La mirada llena de vida...
        ¡El verde estanque de la hacienda,
        Rey del jardín amable,
        Hoy es derrumbe
        Miserable!

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      La luz de Varsovia

        Y en la racha que sube a los techos
        Se pierden, al punto, las mudas señales,
        Y al compás alegre de enanos deshechos
        Se elevan divinos los cantos nupciales.

        Y en la bruma de la pesadilla
        Se ahogan luceros azules y raros,
        Y, al punto, se extiende como nubecilla
        El mago misterio de los ojos claros.

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      La muerta de marfil

        Contemplé, en la mañana,
        La tumba de una niña;
        En el sauce lloroso gemía tramontana,
        Desolando la amena, brilladora campiña.
        Desde el túmulo frío, de verdes oquedades,
        Volaba el pensamiento
        Hacia la núbil áurea, bella de otras edades,
        Ceñida de contento.
        Al ver oscuras flores,
        Libélulas moradas, junto a la losa abierta,
        Pensé en el jardín claro, en el jardín de amores,
        De la beldad despierta.
        Como sombría nube, al ver la tumba rara,
        De un fluvión mortecino en la arena y el hielo,
        Pensé en la rubia aurora de juventud que amara
        La niña, flor de cielo.
        Por el lloroso sauce, lilial música de ella,
        Modula el aura sola en el panteón de olvido.
        Murió canora y bella;
        Y están sus restos blancos como el marfil pulido.

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      La niña de la lámpara azul

        En el pasadizo nebuloso
        Calcula mágico sueño de Estambul,
        Su perfil presenta destelloso
        La niña de la lámpara azul.

        Ágil y risueña se insinúa,
        Y su llama seductora brilla,
        Tiembla en su cabello la garúa
        De la playa de la maravilla.

        Con voz infantil y melodiosa
        El fresco aroma de abedul,
        Habla de una vida milagrosa
        La niña de la lámpara azul.

        Con cálidos ojos de dulzura
        Y besos de amor matutino,
        Me ofrece la bella criatura
        Un mágico y celeste camino.

        De encantación en un derroche,
        Hiende leda, vaporoso tul;
        Y me guía a través de la noche
        La niña de la lámpara azul.

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      La pensativa

        En los jardines otoñales,
        Bajo palmeras virginales,
        Miré pasar muda y esquiva
        La pensativa.

        La vi en azul de la mañana,
        Con su mirada tan lejana;
        Que en el misterio se perdía
        De la borrosa celestía.

        La vi en rosados barandales
        Donde lucía sus briales;
        Y su faz bella vespertina
        Era un pesar en la neblina.

        Luego marchaba silenciosa
        A la penumbra candorosa;
        Y un triste orgullo la encendía,
        ¿Qué pensaría?

        ¡Oh, su semblante nacarado
        Con la inocencia y el pecado!
        ¡Oh, sus miradas peregrinas
        De las llanuras mortecinas!

        Era beldad hechizadora;
        Era el dolor que nunca llora;
        ¿Sin la virtud y la ironía
        Qué sentiría?

        En la serena madrugada,
        La vi volver apesarada,
        Rumbo al poniente, muda, esquiva,
        ¡La pensativa!

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      La ronda de espadas

        Por las avenidas
        De miedo cercadas,
        Brilla en la noche de azules oscuros,
        La ronda de espadas.

        Duermen los postigos,
        Las viejas aldabas;
        Y se escuchan borrosas de canes
        Las músicas bravas.

        Ya los extramuros
        Y las arruinadas
        Callejuelas, vibrante ha pasado
        La ronda de espadas.

        Y en los cafetines
        Que el humo amortaja,
        Al sentirla el tahúr de la noche,
        Cierra la baraja.

        Por las avenidas
        Morunas, talladas,
        Viene lenta, sonora, creciente
        La ronda de espadas.

        Tras las celosías,
        Esperan las damas,
        Paladines que traigan de amores
        Las puntas de llamas.

        Bajo los balcones
        Do están encantadas,
        Se detiene con súbito ruido
        La ronda de espadas.

        Tristísima noche
        De nubes extrañas:
        ¡Ay, de acero las hojas lucientes
        Se toman guadañas!

        ¡Tristísima noche
        De las encantadas!

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      La sangre

        El mustio peregrino
        Vió en el monte una huella de sangre:
        La sigue pensativo
        En los recuerdos claros de su tarde.

        El triste, paso a paso,
        La ve en la ciudad, dormida, blanca,
        Junto a los cadalsos,
        Y al morir de ciegas atalayas.

        El curvo peregrino
        Transita por bosques adorantes
        Y los reinos malditos,
        Y siempre mira las rojas señales.

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      La tarda

        Despunta por la rambla amarillenta,
        Donde el puma se acobarda;
        Viene de lágrimas exenta
        La Tarda.

        Ella del esqueleto madre
        Al puente baja inescuchada,
        Y antes que el rondín ladre
        A la alborada
        Lanza ronca carcajada.

        Y con sus epitalamios rojos,
        Sus vacíos ojos
        Y su extraña belleza,
        Pasa sin ver por la senda bravía,
        Sin ver que hoy me he muerto de tristeza
        Y de monotonía.

        Va a la ciudad, que duerme parda,
        Por la muerta avenida,
        Sin ver el dolor, distraída,
        La Tarda.

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      Las bodas vienesas

        En la casa de las bagatelas,
        Vi un mágico verde de rostro cenceño,
        Y las cincidelas
        Vistosas le cubren la barba de sueño.

        Dos infantes oblongos deliran
        Y al cielo levantan sus rápidas manos,
        Y dos rubias gigantes suspiran,
        Y el coro preludian cretinos ancianos.

        Que es la hora de la maravilla;
        La música rompe de canes y leones
        Y bajo chinesca pantalla amarilla
        Se tuercen guineos con sus acordeones.

        Y al compás de los címbalos suaves,
        Del hijo del Rino comienzan las bodas;
        Con sus basquiñas enormes y graves
        Preséntase mustias las primeras beodas.

        Y margraves de añeja Germania,
        Y el rútilo extraño de blonda melena,
        Y llega con flores azules de insania
        La bárbara y dulce princesa de Viena.

        Y al dulzor de las virgíneas camelias
        Van pos del cortejo la banda macrobia,
        Y rígidas, fuertes, las tías Amelias;
        Y luego cojeando, cojeando la novia.

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      Las torres

        Brunas lejanías...
        Batallan las torres
        Presentando
        Siluetas enormes.

        Áureas lejanas...
        Las torres monarcas
        Se confunden
        En sus iras llamas.

        Rojas lejanías...
        Se hieren las torres;
        Purpurados
        Se oyen sus clamores.

        Negras lejanías...
        Horas cenicientas
        Se oscurecen,
        ¡Ay!, las torres muertas.

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      Lied I

        Era el alba,
        Cuando las gotas de sangre en el olmo
        Exhalaban tristísima luz.

        Los amores
        De la chinesca tarde fenecieron
        Nublados en la música azul.

        Vagas rosas
        Ocultan en ensueño blanquecino
        Señales de muriente dolor.

        Y tus ojos
        El fantasma de la noche olvidaron,
        Abiertos a la joven canción.

        Es el alba;
        Hay una sangre bermeja en el olmo
        Y un rencor doliente en el jardín.

        Gime el bosque,
        Y en la bruma hay rostros desconocidos
        Que contemplan el árbol morir.

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      Lied III

        En la costa brava
        Suena la campana,
        Llamando a los antiguos
        Bajales sumergidos.

        Y como tamiz celeste
        Y el luminar de hielo,
        Pasan tristemente
        Los bajales muertos.

        Carcomidos, flavos,
        Se acercan bajando...
        Y por las luces dejan
        Oscuras estelas.

        Con su lenguaje incierto,
        Parece que sollozan,
        A la voz de invierno,
        Preterida historia.

        En la costa brava
        Suena la campana
        Y se vuelven las naves
        Al panteón de los mares.

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      Lied IV

        La noche pasaba,
        Y al terror de las nébulas, sus ojos
        Inefables reían de tristeza.

        La muda palabra
        En la mansión culpable se veía,
        Como del Dios antiguo la sentencia.

        La funesta falta
        Descubrieron los canes, olfateando
        En el viento la sombra de la muerta.

        La bella cantaba,
        Y el florete durmióse en la armería
        Sangrando la piedad de la inocencia.

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      Lied V

        La canción del adormido cielo
        Dejó dulces pesares;
        Yo quisiera dar vida a esa canción
        Que tiene tanto de ti.

        Ha caído la tarde sobre el musgo
        Del cerco inglés,
        Con aire de otro tiempo musical.

        El murmurio de la última fiesta
        Ha dejado colores tristes y suaves
        Cual de primaveras oscuras
        Y listones perlinos.

        Y las dolidas notas
        Han traído la melancolía
        De las sombras galantes
        Al dar sus adioses sobre la playa.

        La celestía de tus ojos dulces
        Tiene un pesar de canto,
        Que el alma nunca olvidará.

        El ángel de los sueños te ha besado
        Para dejarte amor sentido y musical
        Y cuyos sones de tristeza
        Llegan al alma mía,
        Como celestes miradas
        En esta niebla de profunda soledad.

        ¡Es la canción simbólica
        Como un jazmín de sueño,
        Que tuviera tus ojos y tu corazón!
        ¡Yo quisiera dar vida a esta canción!

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      Los ángeles tranquilos

        Pasó el vendaval; ahora,
        Con perlas y berilos,
        Cantan la soledad aurora
        Los ángeles tranquilos.

        Modulan canciones santas
        En dulces bandolines;
        Viendo caídas las hojosas plantas
        De campos y jardines.

        Mientras sol en la neblina
        Vibra sus oropeles,
        Besan la muerte blanquecina
        En los Saharas crueles.

        Se alejan de madrugada,
        Con perlas y berilos,
        Y con la luz del cielo en la mirada
        Los ángeles tranquilos.

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      Los delfines

        Es la noche de la triste remembranza;
        En amplio salón cuadrado,
        De amarillo iluminado,
        A la hora de maitines
        Principia la angustiosa contradanza
        De los difuntos delfines.
        Tienen ricos medallones
        Terciopelos y listones;
        Por nobleza, por tersura
        Son cual de Van Dyck pintura;
        Mas, conservan un esbozo,
        Una llama de tristura
        Como el primo, como el último sollozo.
        Es profunda la agonía
        De su eterna simetría;
        Ora avanzan en las fugas y compases
        Como péndulos tenaces
        De la última alegría.
        Un saber innominado,
        Abatidor de la infancia,
        Sufrir los hace, sufrir por el pecado
        De la nativa elegancia.
        Y por misteriosos fines,
        Dentro del salón de la desdicha nocturna,
        Se enajenan los delfines
        En su danza taciturna.

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      Los muertos

        Los nevados muertos,
        Bajo triste cielo,
        Van por la avenida
        Doliente que nunca termina.

        Van con mustias formas
        Entre las auras silenciosas:
        Y de la muerte dan el frío
        A sauces y lirios.

        Lentos brillan blancos
        Por el camino desolado;
        Y añoran las fiestas del día
        Y los amores de la vida.

        Al caminar, los muertos una
        Esperanza buscan:
        Y miran sólo la guadaña,
        La triste sombra ensimismada.

        En yerma noche de las brumas
        Y en el penar y la pavura,
        Van los lejanos caminantes
        Por la avenida interminable.

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      Los reyes rojos

        Desde la aurora
        Combaten los reyes rojos,
        Con lanza de oro.

        Por verde bosque
        Y en los purpurinos cerros
        Vibra su ceño.

        Falcones reyes
        Batallan en lejanías
        De oro azulinas.

        Por la luz cadmio,
        Airadas se ven pequeñas
        Sus formas negras.

        Viene la noche
        Y firmes combaten foscos
        Los reyes rojos.

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      Marcha fúnebre de una marionnette

        Suena trompa del infante con aguda melodía...
        La farándula ha llegado a la reina Fantasía;
        Y en las luces otoñales se levanta plañidera
        La carroza plañidera.

        Pasan luego, a la sordina, peregrinos y lacayos
        Y con sus caparazones los acéfalos caballos;
        Van azul melancolía
        La muñeca. ¡No hagáis ruido!;
        Se diría, se diría
        Que la pobre se ha dormido.

        Vienen túmidos y erguidos palaciegos borgoñones
        Y los siguen arlequines con estrechos pantalones.
        Ya monótona en litera
        Va la reina de madera;
        Y Paquita siente anhelo de reír y de bailar,
        Flotó breve la cadencia de la murria y la añoranza;
        Suena el pífano campestre con los aires de la danza.

        ¡Pobre, pobre marionnette que la van a sepultar!
        Con silente poesía
        Va un grotesco Rey de Hungría
        Y los siguen los alanos;
        Así toda la jauría
        Con los viejos cortesanos.
        Y en tristor a la distancia
        Vuelan goces de la infancia,
        Los amores incipientes, los que nunca han de durar.

        ¡Pobrecita la muñeca que la van a sepultar!
        Melancólico el zorcico se prolonga en la mañana,
        La penumbra se difunde por el monte y la llanura,
        Marionnette deliciosa va a llegar a la temprana sepultura.

        En la trocha aúlla el lobo
        Cuando gime el melodioso paro bobo.
        Tembló el cuerno de la infancia con aguda melodía
        Y la dicha tempranera a la tumba llega ahora
        Con funesta poesía
        Y Paquita danza y llora.

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      Nocturno

        De Occidente la luz matizada
        Se borra, se borra;
        En el fondo del valle se inclina
        La pálida sombra.

        Los insectos que pasan la bruma
        Se mecen y flotan,
        Y en su largo mareo golpean
        Las húmedas hojas.

        Por el tronco ya sube, ya sube
        La nítida tropa
        De las larvas que, en ramas desnudas,
        Se acuestan medrosas.

        En las ramas de fusca alameda
        Que ciñen las rocas,
        Bengalíes se mecen dormidos,
        Soñando sus trovas.

        Ya descansan los rubios silvanos
        Que en punas y costas,
        Con sus besos las blancas mejillas
        Abrazan y doran.

        En el lecho mullido la inquieta
        Fanciulla reposa,
        Y muy grave su dulce, risueño
        Semblante se torna.

        Que así viene la noche trayendo
        Sus causas ignotas;
        Así envuelve con mística niebla
        Las ánimas todas.

        Y las cosas, los hombres domina
        La parda señora,
        De brumosos cabellos flotantes
        Y negra corona.

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      Peregrín cazador de figuras

        En el mirador de la fantasía,
        Al brillar del perfume
        Tembloroso de armonía;

        En la noche que llamas consume;
        Cuando duerme el ánade implume,

        Los órficos insectos se abruman
        Y luciérnagas fuman;
        Cuando lucen los silfos galones, entorcho
        Y vuelan mariposas de corcho
        O los rubios vampiros cecean,
        O las firmes jorobas campean;
        Por la noche de los matices,
        De ojos muertos y largas narices;
        En el mirador distante,
        Por las llanuras;

        Peregrín cazador de figuras
        Con ojos de diamante
        Mira desde las ciegas alturas.

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      Reverie

        Y soñé, de un templete bajaban
        Dos dulces bellezas matinales;
        Y oí melancólicas hablaban
        De las nobles dichas forestales.
        Las vi en el blasón de la poterna
        Azulinas y casi borradas
        Despierto años después, la cisterna
        Las mecía medio retratadas.
        Y al fin las divisé lastimosas
        Por los caminos y por las abras;
        Y hablaban las bellas melodiosas;
        Pero no se oían sus palabras.
        Así, su memoria me traía
        Las baladas de Mendelssohn claras;
        Pero ni Beethoven poseía
        La tristísima luz de esas caras.

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