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    Información biográfica

  1. Bordas de hielo
  2. ¡Cuídate, España, de tu propia España!
  3. Epístola a los transeúntes
  4. España, aparta de mí este cáliz
  5. Este piano viaja para adentro
  6. Hay un lugar
  7. Los heraldos negros
  8. Los nueve monstruos
  9. Madre, voy mañana a Santiago
  10. Masa
  11. Me desvinculo del mar
  12. Murmurado en inquietud
  13. Piedra negra sobre una piedra blanca
  14. Se acabó el extraño




    Información biográfica

      Nombre: César Abraham Vallejo Mendoza
      Lugar y fecha nacimiento: Santiago de Chuco (Perú), 16 de marzo de 1892
      Lugar y fecha defunción: París (Francia), 15 de abril de 1938 (46 años)

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      Bordas de hielo

        Vengo a verte pasar todos los días,
        Vaporcito encantado siempre lejos
        Tus ojos son dos rubios capitanes;
        Tu labio es un brevísimo pañuelo
        Rojo que ondea en un adiós de sangre.

        Vengo a verte pasar; hasta que un día,
        Embriagada de tiempo y de crueldad,
        Vaporcito encantado siempre lejos,
        La estrella de la tarde partirá.

        Las jarcias; vientos que traicionan;
        Vientos de mujer que pasó
        Tus fríos capitanes darán orden;
        Y quien habrá partido seré yo.

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      ¡Cuídate, España, de tu propia España!

        ¡Cuídate, España, de tu propia España!
        ¡Cuídate de la hoz sin el martillo,
        Cuídate del martillo sin la hoz!
        ¡Cuídate de la víctima a pesar suyo,
        Del verdugo a pesar suyo
        Y del indiferente a pesar suyo!
        ¡Cuídate del que, antes de que cante el gallo,
        Negárate tres veces,
        Y del que te negó, después, tres veces!
        ¡Cuídate de las calaveras sin las tibias,
        Y de las tibias sin las calaveras!
        ¡Cuídate de los nuevos poderosos!
        ¡Cuídate del que come tus cadáveres,
        Del que devora muertos a tus vivos!
        ¡Cuídate del leal ciento por ciento!
        ¡Cuídate del cielo más acá del aire
        Y cuídate del aire más allá del cielo!
        ¡Cuídate de los que te aman!
        ¡Cuídate de tus héroes!
        ¡Cuídate de tus muertos!
        ¡Cuídate de la república!
        ¡Cuídate del futuro!

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      Epístola a los transeúntes

        Reanudo mi día de conejo
        Mi noche de elefante en
        Descanso.

        Y, entre mí, digo:
        Esta es mi inmensidad en
        Bruto, a cántaros
        Este es mi grato peso,
        Que me buscará abajo para
        Pájaro
        Este es mi brazo
        Que por su cuenta rehusó ser ala,
        Estas son mis sagradas escrituras,
        Estos mis alarmados campeñones.

        Lúgubre isla me alumbrará continental,
        Mientras el capitolio se apoye en mi íntimo
        Derrumbe
        Y la asamblea en lanzas clausure mi desfile.

        Pero cuando yo muera
        De vida y no de tiempo,
        Cuando lleguen a dos mis dos maletas,
        Este ha de ser mi estómago en que cupo mi
        Lámpara en pedazos,
        Esta aquella cabeza que expió los tormentos del
        Círculo en mis pasos,
        Estos esos gusanos que el corazón contó por
        Unidades,
        Este ha de ser mi cuerpo solidario
        Por el que vela el alma individual;
        Este ha de ser mi ombligo en que maté mis piojos natos,
        Esta mi cosa cosa, mi cosa tremebunda.

        En tanto, convulsiva, ásperamente
        Convalece mi freno,
        Sufriendo como sufro del lenguaje directo
        Del león;
        Y, puesto que he existido entre dos potestades
        De ladrillo,
        Convalezco yo mismo, sonriendo de mis labios.

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      España, aparta de mí este cáliz

        Niños del mundo,
        Si cae España -digo, es un decir-
        Si cae
        Del cielo abajo su antebrazo que asen,
        En cabestro, dos láminas terrestres;
        Niños, ¡qué edad la de las sienes cóncavas!
        ¡Qué temprano en el sol lo que os decía!
        ¡Qué pronto en vuestro pecho el ruido anciano!
        ¡Qué viejo vuestro 2 en el cuaderno!

        ¡Niños del mundo, está
        La madre España con su vientre a cuestas;
        Está nuestra maestra con sus férulas,
        Está madre y maestra,
        Cruz y madera, porque os dio la altura,
        Vértigo y división y suma, niños;
        Está con ella, padres procesales!

        Si cae -digo, es un decir- si cae
        España, de la tierra para abajo,
        Niños, ¡cómo vais a cesar de crecer!
        ¡Cómo va a castigar el año al mes!
        ¡Cómo van a quedarse en diez los dientes,
        En palote el diptongo, la medalla en llanto!
        ¡Cómo va el corderillo a continuar
        Atado por la pata al gran tintero!
        ¡Cómo vais a bajar las gradas del alfabeto
        Hasta la letra en que nació la pena!

        Niños,
        Hijos de los guerreros, entretanto,
        Bajad la voz, que España está ahora mismo repartiendo
        La energía entre el reino animal,
        Las florecillas, los cometas y los hombres.
        ¡Bajad la voz, que está
        Con su rigor, que es grande, sin saber
        Qué hacer, y está en su mano
        La calavera hablando y habla y habla,
        La calavera, aquella de la trenza,
        La calavera, aquella de la vida!

        ¡Bajad la voz, os digo;
        Bajad la voz, el canto de las sílabas, el llanto
        De la materia y el rumor menor de las pirámides, y aún
        El de las sienes que andan con dos piedras!
        ¡Bajad el aliento, y si
        El antebrazo baja,
        Si las férulas suenan, si es la noche,
        Si el cielo cabe en dos limbos terrestres,
        Si hay ruido en el sonido de las puertas,
        Si tardo,
        Si no veis a nadie, si os asustan
        Los lápices sin punta; si la madre
        España cae -digo, es un decir-
        Salid, niños del mundo, ¡id a buscarla!

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      Este piano viaja para adentro

        Este piano viaja para adentro,
        Viaja a saltos alegres.
        Luego medita en ferrado reposo,
        Clavado con diez horizontes.

        Adelanta. Arrástrase bajo túneles,
        Más allá, bajo túneles de dolor,
        Bajo vértebras que fligan naturalmente.

        Otras veces van sus trompas,
        Lentas ansias amarillas de vivir,
        Van de eclipse,
        Y se espulgan pesadillas insectiles,
        Ya muertas para el trueno, heraldo de los génesis.

        Piano oscuro, ¿a quién atisbas
        Con tu sordera que me oye,
        Con tu mudez que me asorda?

        Oh, pulso misterioso.

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      Hay un lugar

        Hay un lugar que yo me sé
        En este mundo nada menos,
        A donde nunca llegaremos.

        Donde, aún si nuestro pie
        Llegase a dar por un instante
        Será, en verdad, como no estarse.

        Es ese sitio que se ve
        A cada rato en esta vida,
        Andando, andando de uno en fila.

        Más acá de mí mismo y de
        Mi par de yemas, lo he entrevisto
        Siempre lejos de los destinos.

        Ya podéis iros a pie
        O a puro sentimiento en pelo,
        Que a él no arriban ni los sellos.

        El horizonte color té
        Se muere por colonizarle
        Para su gran cualquiera parte.

        Mas el lugar que yo me sé,
        En este mundo, nada menos,
        Hombreado va con los reversos.

        -Cerrad aquella puerta que
        Está entreabierta en las entrañas
        De ese espejo. -¿Está?- No; su hermana.

        -No se puede cerrar. No se
        Puede llegar nunca a aquel sitio
        Do van en rama los pestillos.

        Tal es el lugar que yo me sé.

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      Los heraldos negros

        Hay golpes en la vida, tan fuertes. ¡Yo no sé!
        Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
        La resaca de todo lo sufrido
        Se empozara en el alma. ¡Yo no sé!

        Son pocos, pero son; abren zanjas oscuras
        En el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
        Serán tal vez los potros de bárbaros atilas;
        O los heraldos negros que nos manda la muerte.

        Son las caídas hondas de los Cristos del alma,
        De alguna fe adorable que el destino blasfema.
        Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
        De algún pan que en la puerta del horno se nos quema.

        Y el hombre pobre, ¡pobre!, vuelve los ojos, como
        Cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
        Vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
        Se empoza, como charco de culpa, en la mirada.

        Hay golpes en la vida, tan fuertes, ¡yo no sé!

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      Los nueve monstruos

        Desgraciadamente,
        El dolor crece en el mundo a cada rato,
        Crece a treinta minutos por segundo, paso a paso,
        Y la naturaleza del dolor, es el dolor dos veces
        Y la condición del martirio, carnívora voraz,
        Es el dolor dos veces
        Y la función de la yerba purísima, el dolor
        Dos veces
        Y el bien de ser, dolernos doblemente.

        Jamás, hombres humanos,
        Hubo tanto dolor en el pecho, en la solapa, en la cartera,
        En el vaso, en la carnicería, en la aritmética
        Jamás tanto cariño doloroso,
        Jamás tan cerca arremetió lo lejos,
        Jamás el fuego nunca
        Jugó mejor su rol de frío muerto.
        Jamás, señor ministro de salud, fue la salud
        Más mortal
        Y la migraña extrajo tanta frente de la frente
        Y el mueble tuvo, en su cajón, dolor,
        El corazón, en su cajón, dolor,
        La lagartija, en su cajón, dolor.

        Crece la desdicha, hermanos hombres,
        Más pronto que la máquina, a diez máquinas, y crece
        Con la res de Rousseau, con nuestras barbas;
        Crece el mal por razones que ignoramos
        Y es una inundación con propios líquidos,
        Con propio barro y propia nube sólida
        Invierte el sufrimiento posiciones, da función
        En que el humor acuoso es vertical
        Al pavimento,
        El ojo es visto y esta oreja oída,
        Y esta oreja da nueve campanadas a la hora
        Del rayo, y nueve carcajadas
        A la hora del trigo, y nueve sones hembras
        A la hora del llanto, y nueve cánticos
        A la hora del hambre y nueve truenos
        Y nueve látigos, menos un grito.

        El dolor nos agarra, hermanos hombres,
        Por detrás de perfil,
        Y nos aloca en los cinemas,
        Nos clava en los gramófonos,
        Nos desclava en los lechos, cae perpendicularmente
        A nuestros boletos, a nuestras cartas;
        Y es muy grave sufrir, puede uno orar
        Pues de resultas
        Del dolor, hay algunos
        Que nacen, otros crecen, otros mueren,
        Y otros que nacen y no mueren, otros
        Que sin haber nacido mueren, y otros
        Que no nacen ni mueren (son los más)
        Y también de resultas
        Del sufrimiento, estoy triste
        Hasta la cabeza, y más triste hasta el tobillo,
        De ver al pan crucificado, al nabo
        Ensangrentado,
        Llorando a la cebolla,
        Al cereal, en general, harina,
        A la sal hecha polvo, al agua huyendo,
        Al vino, un ecce-homo,
        Tan pálida a la nieve, al sol tan ardido.
        ¡Cómo, hermanos humanos,
        No deciros que ya no puedo y
        Ya no puedo con tanto cajón,
        Tanto minuto, tanta
        Lagartija y tanta
        Inversión, tanto lejos y tanta sed de sed!
        Señor ministro de salud, ¿qué hacer?
        ¡Ah!, desgraciadamente, hombres humanos,
        Hay, hermanos, muchísimo que hacer.

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      Madre, voy mañana a Santiago

        Madre, voy mañana a Santiago,
        A mojarme en tu bendición y en tu llanto.
        Acomodando estoy mis desengaños y el rosado
        De llaga de mis falsos trajines.

        Me esperará tu arco de asombro,
        Las tonsuradas columnas de tus ansias
        Que se acaban la vida. Me esperará el patio,
        El corredor de abajo con sus tondos y repulgos
        De fiesta. Me esperará mi sillón ayo,
        Aquel buen quijarudo trasto de dinástico
        Cuero, que para no más rezongando a las nalgas
        Tataranietas, la correa a correhuela.

        Estoy cribando mis cariños más puros.
        Estoy ojeando, no oyes jadear la sonda
        No oyes tascas dinas
        Estoy plasmando tu fórmula de amor
        Para todos los huesos de este suelo.
        Oh, si se dispusieran los tácidos volantes
        Para todas las cintas más distantes,
        Para todas las citas más distintas.

        Así, muerta inmortal. Así.
        Bajo los dobles arcos de tu sangre, por donde
        Hay que pasar tan de puntillas, que hasta mi padre
        Para ir por allí,
        Humildóse hasta menos de la mitad del hombre,
        Hasta ser el primer pequeño que tuviste.

        Así, muerta inmortal.
        Entre la columnata de tus huesos
        Que no puede caer ni a lloros,
        Y a cuyo lado ni el destino pudo entrometer
        Ni un solo dedo suyo.

        Así, muerta inmortal.

        Así.

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      Masa

        Al fin de la batalla,
        Y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre
        Y le dijo: "No mueras, te amo tanto"
        Pero el cadáver ¡ay!, siguió muriendo.

        Se le acercaron dos y repitiéronle:
        "No nos dejes! ¡Valor! ¡Vuelve a la vida!"
        Pero el cadáver ¡ay!, siguió muriendo.

        Acudieron a él veinte, cien, mil, quinientos mil,
        Clamando: "¡Tanto amor, y no poder nada contra la muerte!"
        Pero el cadáver ¡ay!, siguió muriendo.

        Le rodearon millones de individuos,
        Con un ruego común: "¡Quédate, hermano!"
        Pero el cadáver ¡ay!, siguió muriendo.

        Entonces, todos los hombres de la tierra
        Le rodearon; les vio el cadáver triste, emocionado;
        Incorporóse lentamente,
        Abrazó al primer hombre; echóse a andar.

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      Me desvinculo del mar

        Me desvinculo del mar
        Cuando vienen las aguas a mí.

        Salgamos siempre. Saboreemos
        La canción estupenda, la canción dicha
        Por los labios inferiores del deseo.
        Oh prodigiosa doncellez.
        Pasa la brisa sin sal.

        A lo lejos husmeo los tuétanos
        Oyendo el tanteo profundo, a la caza
        De teclas de resaca.

        Y si así diéramos las narices
        En el absurdo,
        Nos cubriremos con el oro de no tener nada,
        Y empollaremos el ala aún no nacida
        De la noche, hermana
        De esta ala huérfana del día,
        Que a fuerza de ser una ya no es ala.

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      Murmurado en inquietud

        Murmurado en inquietud, cruzo,
        El traje largo de sentir, los lunes
        De la verdad.
        Nadie me busca ni me reconoce,
        Y hasta yo he olvidado
        De quién seré.

        Cierta guardarropía, sólo ella, nos sabrá
        A todos en las blancas hojas
        De las partidas.

        Esa guardarropía, ella sola,
        Al volver de cada facción,
        De cada candelabro
        Ciego de nacimiento.

        Tampoco yo descubro a nadie, bajo
        Este mantillo que iridice los lunes
        De la razón;
        Y no hago más que sonreír a cada púa
        De las verjas, en la loca búsqueda
        Del conocido.

        Buena guardarropía, ábreme
        Tus blancas hojas:
        Quiero reconocer siquiera al 1,
        Quiero el punto de apoyo, quiero
        Saber de estar siquiera.

        En los bastidores donde nos vestimos,
        No hay, no hay nadie: hojas tan solo
        De par en par.

        Y siempre los trajes descolgándose
        Por si propios, de perchas
        Como ductores índices grotescos,
        Y partiendo sin cuerpos, vacantes,
        Hasta el matiz prudente
        De un gran caldo de alas con causas
        Y lindes fritas.
        ¡Y hasta el hueso!

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      Piedra negra sobre una piedra blanca

        Me moriré en París con aguacero,
        Un día del cual tengo ya el recuerdo.
        Me moriré en París -y no me corro-
        Tal vez un jueves, como es hoy de otoño.

        Jueves será, porque hoy, jueves que proso
        Estos versos, los húmeros me he puesto
        A la mala y,
        Jamás como hoy, me he vuelto,
        Con todo mi camino, a verme solo.

        César Vallejo ha muerto, le pegaban
        Todos sin que él les haga nada;
        Le daban duro con un palo y duro.

        También con una soga; son testigos
        Los días jueves y los huesos húmeros,
        La soledad, la lluvia, los caminos.

      Arriba

      Se acabó el extraño

        Se acabó el extraño, con quien, tarde
        La noche, regresabas parla y parla.
        Ya no habrá quién me aguarde,
        Dispuesto mi lugar, bueno lo malo.

        Se acabó la calurosa tarde;
        Tu gran bahía y tu clamor; la charla
        Con tu madre acabada
        Que nos brindaba un té lleno de tarde.

        Se acabó todo al fin: las vacaciones,
        Tu obediencia de pechos, tu manera
        De pedirme que no me vaya fuera.

        Y se acabó el diminutivo, para
        Mi mayoría en el dolor sin fin,
        Y nuestro haber nacido así sin causa.

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