Novalis

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    Información biográfica

  1. Himnos a la noche I (Trad. de Holay Martínez)
  2. Himnos a la noche II (Trad. de Holay Martínez)
  3. Himnos a la noche III (Trad. de Holay Martínez)
  4. Himnos a la noche IV (Trad. de Holay Martínez)
  5. Himnos a la noche V (Trad. de Holay Martínez)
  6. Himnos a la noche VI (Trad. de Holay Martínez)


Información biográfica
    Nombre: Philipp Freiherr von Hardenberg
    Seudónimo: Novalis
    Lugar y fecha de nacimiento: Electorado de Sajonia, Alemania, 2 de mayo de 1772
    Lugar y fecha de defunción: Weißenfels, Electorado de Sajonia, Alemania, 25 de marzo de 1801 (28 años)
    Ocupación: Ingeniero civil, filósofo, místico, escritor, poeta
    Movimiento: Romanticismo
Fue representante del Romanticismo alemán temprano, bajo el el seudónimo Novalis. Sus obras más conocidas son Himnos a la Noche y los conjuntos de fragmentos Polen y Fe y amor.

Fuente: [Novalis] en Wikipedia.org

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    Himnos a la noche I
      (Traducción de Holay Martínez)

      ¿Qué ser vivo, dotado de sentidos, no ama,
      Por encima de todas las maravillas del espacio que lo envuelve,
      A la que todo lo alegra, la Luz
      –Con sus colores, sus rayos y sus ondas; su dulce omnipresencia–,
      Cuando ella es el alba que despunta?
      Como el más profundo aliento de la vida
      La respira el mundo gigantesco de los astros,
      Que flotan, en danza sin reposo, por sus mares azules,
      La respira la piedra, centelleante y en eterno reposo,
      La respira la planta, meditativa, sorbiendo la vida de la Tierra,
      Y el salvaje y ardiente animal multiforme,
      Pero, más que todos ellos, la respira el egregio Extranjero,
      De ojos pensativos y andar flotante,
      De labios dulcemente cerrados y llenos de música.
      Lo mismo que un rey de la Naturaleza terrestre,
      La Luz concita todas las fuerzas a cambios innúmeros,
      Ata y desata vínculos sin fin, envuelve todo ser de la Tierra con su imagen celeste.
      Su sola presencia abre la maravilla de los imperios del mundo.

      Pero me vuelvo hacia el valle,
      A la sacra, indecible, misteriosa Noche.
      Lejos yace el mundo –sumido en una profunda gruta–
      Desierta y solitaria es su estancia.
      Por las cuerdas del pecho sopla profunda tristeza.
      En gotas de rocío quiero hundirme y mezclarme con la ceniza.
      –Lejanías del recuerdo, deseos de la juventud, sueños de la niñez,
      Breves alegrías de una larga vida,
      Vanas esperanzas se acercan en grises ropajes,
      Como niebla del atardecer tras la puesta del Sol–.
      En otros espacios abrió la Luz sus bulliciosas tiendas.
      ¿No tenía que volver con sus hijos,
      Con los que esperaban su retorno con la fe de la inocencia?

      ¿Qué es lo que, de repente, tan lleno de presagios, brota
      En el fondo del corazón y sorbe la brisa suave de la melancolía?
      ¿Te complaces también en nosotros, Noche obscura?
      ¿Qué es lo que ocultas bajo tu manto, que, con fuerza invisible, toca mi alma?
      Un bálsamo precioso destila de tu mano,
      Como de un haz de adormideras.
      Por ti levantan el vuelo las pesadas alas del espíritu.
      Obscuramente, inefablemente nos sentimos movidos
      –Alegre y asustado, veo ante mí un rostro grave,
      Un rostro que dulce y piadoso se inclina hacia mí,
      Y, entre la infinita maraña de sus rizos,
      Reconozco la dulce juventud de la Madre–.
      ¡Qué pobre y pequeña me parece ahora la Luz!
      ¡Qué alegre y bendita la despedida del día!
      Así, sólo porque la Noche aleja de ti a tus servidores,
      Por esto sólo sembraste en las inmensidades del espacio las esferas luminosas,
      Para que pregonaran tu omnipotencia –tu regreso– durante el tiempo de tu ausencia.
      Más celestes que aquellas centelleantes estrellas
      Nos parecen los ojos infinitos que abrió la Noche en nosotros.
      Más lejos ven ellos que los ojos blancos y pálidos de aquellos incontables ejércitos
      –Sin necesitar la Luz,
      Ellos penetran las honduras de un espíritu que ama–
      Y esto llena de indecible delicia un espacio más alto.
      Gloria a la Reina del mundo,
      A la gran anunciadora de Universos sagrados,
      A la tuteladora del Amor dichoso
      –Ella te envía hacia mí, tierna amada, dulce y amable Sol de la Noche–
      Ahora permanezco despierto
      –Porque soy Tuyo y soy Mío–

      Tú me has anunciado la Noche: ella es ahora mi vida
      –Tú me has hecho hombre–
      Que el ardor del espíritu devore mi cuerpo,
      Que, convertido en aire, me una y me disuelva contigo íntimamente
      Y así va a ser eterna nuestra Noche de bodas.
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    Himnos a la noche II
      (Traducción de Holay Martínez)

      ¿Tiene que volver siempre la mañana?
      ¿No acabará jamás el poder de la Tierra?
      Siniestra agitación devora las alas de la Noche que llega.
      ¿No va a arder jamás para siempre la víctima secreta del Amor?
      Los días de la Luz están contados;
      Pero fuera del tiempo y del espacio está el imperio de la Noche.
      –El Sueño dura eternamente. Sagrado Sueño.–
      No escatimes la felicidad
      A los que en esta jornada terrena se han consagrado a la Noche.
      Solamente los locos te desconocen, y no saben del Sueño,
      De esta sombra que tu, compasiva,
      En aquel crepúsculo de la verdadera Noche
      Arrojas sobre nosotros.
      Ellos no te sienten en las doradas aguas de las uvas,
      En el maravilloso aceite del almendro
      Y en el pardo jugo de la adormidera.
      Ellos no saben que tú eres
      La que envuelves los pechos de la tierna muchacha
      Y conviertes su seno en un cielo,
      Ellos ni barruntan siquiera
      Que tú,
      Viniendo de antiguas historias,
      Sales a nuestro encuentro abriéndonos el Cielo
      Y trayendo la llave de las moradas de los bienaventurados,
      De los silenciosos mensajeros de infinitos misterios.
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    Himnos a la noche III
      (Traducción de Holay Martínez)

      Antaño,
      Cuando yo derramaba amargas lágrimas;
      Cuando, disuelto en dolor, se desvanecía mi esperanza;
      Cuando estaba en la estéril colina,
      Que, en angosto y obscuro lugar albergaba la imagen de mí
      –Solo, como jamás estuvo nunca un solitario,
      Hostigado por un miedo indecible–
      Sin fuerzas, pensamiento de la miseria sólo.
      Cuando entonces buscaba auxilio por un lado y por otro
      –Avanzar no podía, retroceder tampoco–
      Y un anhelo infinito me ataba a la vida apagada que huía:
      Entonces, de horizontes lejanos azules
      –De las cimas de mi antigua beatitud–,
      Llegó un escalofrío de crepúsculo,
      Y, de repente, se rompió el vínculo del nacimiento,
      Se rompieron las cadenas de la Luz.
      Huyó la maravilla de la Tierra, y huyó con ella mi tristeza
      –La melancolía se fundió en un mundo nuevo, insondable
      Ebriedad de la Noche, Sueño del Cielo–,
      Tú viniste sobre mí
      El paisaje se fue levantando dulcemente;
      Sobre el paisaje, suspendido en el aire, flotaba mi espíritu,
      Libre de ataduras, nacido de nuevo.
      En nube de polvo se convirtió la colina,
      A través de la nube vi los rasgos glorificados de la Amada
      –En sus ojos descansaba la eternidad–.
      Cogí sus manos. y las lágrimas se hicieron un vínculo
      Centelleante, indestructible.
      Pasaron milenios huyendo a la lejanía, como huracanes.
      Apoyado en su hombro lloré;
      Lloré lágrimas de encanto para la nueva vida.
      –Fue el primero, el único Sueño.–
      Y desde entonces,
      Desde entonces sólo,
      Siento una fe eterna. una inmutable confianza en el Cielo de la Noche,
      Y en la Luz de este Cielo: la Amada.
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    Himnos a la noche IV
      (Traducción de Holay Martínez)

      Ahora sé cuándo será la última mañana
      –Cuándo la Luz dejará de ahuyentar la Noche y el Amor–
      Cuándo el sueño será eterno y será solamente Una Visión inagotable,
      Un Sueño.
      Celeste cansancio siento en mí:
      Larga y fatigosa fue mi peregrinación al Santo Sepulcro, pesada, la cruz.
      La ola cristalina,
      Al sentido ordinario imperceptible,
      Brota en el obscuro seno de la colina,
      A sus pies rompe la terrestre corriente,
      Quien ha gustado de ella,
      Quien ha estado en el monte que separa los dos reinos
      Y ha mirado al otro lado, al mundo nuevo, a la morada de la Noche
      –En verdad–, éste ya no regresa a la agitación del mundo,
      Al país en el que anida la Luz en eterna inquietud.

      Arriba se construyen cabañas, cabañas de paz,
      Anhela y ama, mira al otro lado,
      Hasta que la más esperada de todas las horas le hace descender
      Y le lleva al lugar donde mana la fuente,
      Sobre él flota lo terreno,

      Las tormentas lo llevan de nuevo a la cumbre,
      Pero lo que el toque del Amor santificó
      Fluye disuelto por ocultas galerías,
      Al reino del más allá,
      Donde, como perfumes,
      Se mezcla con los amados que duermen en lo eterno.

      Todavía despiertas,
      Viva Luz,
      Al cansado y le llamas al trabajo
      –Me infundes alegre vida–
      Pero tu seducción no es capaz de sacarme
      Del musgoso monumento del recuerdo.
      Con placer moveré mis manos laboriosas,
      Miraré a todas partes adonde tú me llames
      –Glorificaré la gran magnificencia de tu brillo–,
      Iré en pos, incansable, del hermoso entramado de tus obras de arte
      –Contemplaré la sabia andadura de tu inmenso y luciente reloj–,
      Escudriñaré el equilibrio de las fuerzas
      Que rigen el maravilloso juego de los espacios, innúmeros, con sus tiempos.
      Pero mi corazón, en secreto,
      Permanece fiel a la Noche,
      Y fiel a su hijo, el Amor creador.
      ¿Puedes tú ofrecerme un corazón eternamente fiel?
      ¿Tiene tu Sol ojos amorosos que me reconozcan?
      ¿Puede mi mano ansiosa alcanzar tus estrellas?
      ¿Me van a devolver ellas el tierno apretón y una palabra amable?
      ¿Eres tu quien la ha adornado con colores y un leve contorno,
      O fue Ella la que ha dado a tus galas un sentido más alto y más dulce?
      ¿Qué deleite, qué placer ofrece tu Vida
      Que suscite y levante los éxtasis de la muerte?
      ¿No lleva todo lo que nos entusiasma el color de la Noche?
      Ella te lleva a ti como una madre y tú le debes a ella todo tu esplendor.
      Tú te hubieras disuelto en ti misma,
      Te hubieras evaporado en los espacios infinitos,
      Si ella no te hubiera sostenido,
      No te hubiera ceñido con sus lazos para que naciera en ti el calor
      Y para que, con tus llamas, engendraras el mundo.
      En verdad, yo existía antes de que tú existieras,
      La Madre me mandó, con mis hermanos,
      A que poblara el mundo,
      A que lo santificara por el Amor,
      Para que el Universo se convirtiera
      En un monumento de eterna contemplación
      –Me mandó a que plantara en él flores inmarcesibles–.
      Pero aún no maduraron estos divinos pensamientos.
      –Son pocas todavía las huellas de nuestra revelación.–
      Un día tu reloj marcará el fin de los tiempos,
      Cuando tú seas una como nosotros,
      Y, desbordante de anhelo y de fervor,
      Te apagues y te mueras.
      En mí siento llegar el fin de tu agitación
      –Celeste libertad, bienaventurado regreso–.
      Mis terribles dolores me hacen ver que estás lejos todavía de nuestra patria;
      Veo que te resistes al Cielo, magnífico y antiguo.
      Pero es inútil tu furia y tu delirio.
      He aquí, levantada, la Cruz, la Cruz que jamás arderá
      –Victorioso estandarte de nuestro linaje–.

      Camino al otro lado,
      Y sé que cada pena
      Va a ser el aguijón
      De un placer infinito.
      Todavía algún tiempo,
      Y seré liberado,
      Yaceré embriagado
      En brazos del Amor.
      La vida infinita
      Bulle dentro de mí:
      De lo alto yo miro,
      Me asomo hacia ti.
      En aquella colina
      Tu brillo palidece,
      Y una sombra te ofrece
      Una fresca corona.
      ¡Oh, Bienamada, aspira
      Mi ser todo hacia ti;
      Así podré amar,
      Así podré morir.
      Ya siento de la muerte
      Olas de juventud:
      En bálsamo y en éter
      Mi sangre se convierte.
      Vivo durante el día
      Lleno de fe y de valor,
      Y por la Noche muero
      Presa de un santo ardor.
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    Himnos a la noche V
      (Traducción de Holay Martínez)

      Sobre los amplios linajes del hombre reinaba,
      Hace siglos, con mudo poder,
      Un destino de hierro:
      Pesada, obscura venda envolvía su alma temerosa.
      La tierra era infinita, morada y patria de los dioses.
      Desde la eternidad estuvo en pie su misteriosa arquitectura.
      Sobre los rojos montes de Oriente, en el sagrado seno de la mar,
      Moraba el Sol, la Luz viva que todo lo inflama.
      Un viejo gigante llevaba en sus hombros el mundo feliz.

      Encerrados bajo las montañas yacían los hijos primeros de la madre Tierra.
      Impotentes en su furor destructor contra la nueva y magnífica estirpe de Dios
      Y la de sus allegados, los hombres alegres.
      La sima obscura y verde del mar, el seno de una diosa.
      En las grutas cristalinas retozaba un pueblo próspero y feliz.
      Ríos y árboles, animales y flores tenían sentido humano.
      Dulce era el vino, servido por la plenitud visible de los jóvenes,
      Un dios en las uvas,
      Una diosa, amante y maternal,
      Creciendo hacia el cielo en plenitud y el oro de la espiga,
      La sagrada ebriedad del Amor, un dulce culto a la más bella de las diosas,
      Eterna, polícroma fiesta de los hijos del cielo y de los moradores de la Tierra,
      Pasaba, rumorosa, la vida,
      Como una primavera, a través de los siglos.
      Todas las generaciones veneraban con fervor infantil la tierna llama,
      La llama de mil formas, como lo supremo del mundo.
      Un pensamiento sólo fue, una espantosa imagen vista en sueños.

      Terrible se acercó a la alegre mesa,
      Y envolvió el alma en salvaje pavor;
      Ni los dioses supieron consolar
      El pecho acongojado de tristeza.
      Por sendas misteriosas llegó el Mal;
      A su furor fue inútil toda súplica,
      Era la muerte, que el bello festín
      Interrumpía con dolor y lágrimas.

      Entonces, separado para siempre
      De lo que alegra aquí el corazón,
      Lejos de los amigos, que en la Tierra
      Sufren nostalgia y dolores sin fin,
      Parecía que el muerto conocía
      Sólo un pesado sueño, una lucha impotente.
      La ola de la alegría se rompió
      Contra la roca de un tedio infinito.

      Espíritu osado y ardiente sentido,
      El hombre embelleció la horrible larva;
      Un tierno adolescente apaga la Luz y duerme,
      Dulce Tierra, como viento en el arpa,
      El recuerdo se funde en los ríos de sombra,
      La poesía cantó así nuestra triste pobreza,
      Pero quedaba el misterio de la Noche eterna,
      El grave signo de un poder lejano.

      A su fin se inclinaba el viejo mundo.
      Se marchitaba el jardín de delicias de la joven estirpe
      –Arriba, al libre espacio, al espacio desierto, aspiraban los hombres subir,
      Los que ya no eran niños, los que iban creciendo hacia su edad madura.
      Huyeron los dioses, con todo su séquito.
      Sola y sin vida estaba la Naturaleza.
      Con cadena de hierro ató el árido número y la exacta medida.
      Como en polvo y en brisas se deshizo
      En obscuras palabras la inmensa floración de la vida.
      Había huido la fe que conjura y la compañera de los dioses,
      La que todo lo muda, la que todo lo hermana:
      La Fantasía.
      Frío y hostil soplaba un viento del Norte sobre el campo aterido,
      Y el país del ensueño, la patria entumecida por el frío, se levantó hacia el éter.
      Las lejanías del cielo se llenaron de mundos de Luz.
      Al profundo santuario, a los altos espacios del espíritu,
      Se retiró con sus fuerzas el alma del mundo,
      Para reinar allí hasta que despuntara la aurora de la gloria del mundo.
      La Luz ya no fue más la mansión de los dioses,
      Con el velo de la Noche se cubrieron.
      Y la Noche fue el gran seno de la revelación,
      A él regresaron los dioses, en él se durmieron,
      Para resurgir, en nuevas y magníficas figuras, ante el mundo transfigurado.
      En el pueblo, despreciado por todos, madurado temprano,
      Extraño tercamente a la beata inocencia de su juventud,
      Apareció, con rostro nunca visto, el mundo nuevo
      –En la poética cueva de la pobreza–.
      Un Hijo de la primera Virgen y Madre,
      De un misterioso abrazo el infinito fruto.
      Rico en flor y en presagios, el saber de Oriente
      Reconoció el primero el comienzo de los nuevos tiempos.
      Una estrella le señaló el camino que llevaba a la humilde cuna del Rey.
      En nombre del Gran Futuro le rindieron vasallaje:
      Esplendor y perfume, maravillas supremas de la Naturaleza.
      Solitario, el corazón celestial se desplegó en un cáliz de omnipotente Amor,
      Vuelto su rostro al gran rostro del Padre,
      Recostado en el pecho, rico en presagios y dulces esperanzas, de la Madre
      Amorosamente grave.
      Con ardor que diviniza,
      Los proféticos ojos del Niño en flor
      Contemplaban los días futuros; miraba
      A sus amados, los retoños de su estirpe divina,
      Sin temer por el destino terrestre de sus días.
      Muy pronto, extrañamente conmovidos por un íntimo Amor,
      Se reunieron en torno a él los espíritus ingenuos y sencillos.
      Como flores,
      Germinaba una nueva y extraña vida a la vera del Niño.
      Insondables palabras, el más alegre de los mensajes, caían,
      Como centellas de un espíritu divino, de sus labios amables.
      De costas lejanas,
      Bajo el cielo sereno y alegre de Héllade
      Llegó a Palestina un cantor, y entregó su corazón entero al Niño del Milagro:

      Tú eres el adolescente que desde hace tiempo
      Estás pensando, sobre nuestras tumbas:
      Un signo de consuelo en las tinieblas
      –Alegre comenzar de un nuevo hombre–.
      Lo que nos hunde en profunda tristeza
      En un dulce anhelar se nos lleva:
      La Muerte nos anuncia eterna Vida,
      Tú eres la Muerte, y sólo Tú nos salvas.

      Lleno de alegría,
      Partió el cantor hacia Indostán
      –Ebrio su corazón de dulce Amor–;
      Y esparció la noticia con ardientes canciones bajo aquel dulce cielo,
      Y miles de corazones se inclinaron hacia él,
      Y el alegre mensaje en mil ramas creció.
      El cantor se marchó,
      Y la vida preciosa fue víctima pronto de la honda caída del hombre.
      Murió en sus años mozos,
      Arrancado del mundo que amaba,
      De su madre, llorosa, y los amigos, medroso.
      El negro cáliz de indecibles dolores
      Tuvieron que apurar sus labios amorosos.
      Entre angustias terribles llegaba la hora del parto del mundo nuevo.
      Libró duro combate con el espanto de la vieja muerte,
      –Grande era el peso del viejo mundo sobre él–.
      Una vez más volvió a mirar a su madre con afecto
      –Y llegó entonces la mano que libera,
      La dulce mano del eterno Amor–,
      Y se durmió en la eternidad.
      Por unos días, unos pocos tan sólo,
      Cayó un profundo velo sobre el mar rugiente y la convulsa Tierra
      –Mil lágrimas lloraron los amados–,
      Cayó el sello del misterio
      –Espíritus celestes levantaron la piedra,
      La vieja losa de la obscura tumba–.
      Junto al durmiente
      –Moldeados dulcemente por sus sueños–
      Estaban sentados ángeles.
      En nuevo esplendor divino despertado
      Ascendió a las alturas de aquel mundo nacido de nuevo,
      Con sus propias manos sepultó el viejo cadáver en la huesa que había abandonado
      Y, con mano omnipotente, colocó sobre ella una losa que ningún poder levanta.

      Tus amados aún lloran lágrimas de alegría, lágrimas de emoción, de gratitud infinita,
      Junto a tu sepulcro –sobrecogidos de alegría, te ven aún resucitar–
      Y se ven a sí mismos resucitar contigo;
      Te ven llorar, con dulce fervor, en el pecho feliz de la Madre;
      Pasear, grave, con los amigos;
      Decir palabras que parecen arrancadas del Árbol de la Vida;
      Te ven correr anhelante a los brazos del Padre,
      Llevando contigo la nueva Humanidad,
      El cáliz inagotable del dorado Futuro.
      La Madre corrió pronto hacia ti –en triunfo celeste–.
      Ella fue la primera que estuvo contigo en la nueva patria.
      Largo tiempo transcurrió desde entonces,
      Y en creciente esplendor se agitó tu nueva creación
      –Y miles de hombres siguieron tus pasos:
      Dolores y angustias, la fe y la añoranza les llevaron confiados tras ti–
      Contigo y la Virgen celeste caminan por el reino del Amor
      –Servidores del templo de la muerte divina, tuyos para la Eternidad–.

      Se levantó la losa.
      –Resucitó la Humanidad.–
      Tuyos por siempre somos,
      No sentimos ya lazos.
      Huye la amarga pena
      Ante el cáliz de Oro,
      Vida y Tierra cedieron
      En la última Cena.

      La muerte llama a bodas.
      –Con Luz arden las lámparas.–
      Las vírgenes ya esperan
      –No va a faltar aceite–.
      Resuene el horizonte
      Del cortejo que llega,
      Nos hablen las estrellas
      Con voz y acento humanos.

      A ti, mil corazones,
      María, se levantan.
      En esta vida en sombras
      Te buscan sólo a ti.
      La salud de ti esperan
      Con gozo y esperanza,
      Si tú, Santa María,
      A tu pecho les llevas.

      Cuántos se consumieron
      En amargos tormentos,
      Y, huyendo de este mundo,
      Volvieron hacia ti,
      Ellos son nuestro auxilio
      En penas y amarguras,
      Vamos ahora a ellos,
      Para ser allí eternos.

      Nadie que crea y ame
      Llorará ante una tumba:
      El Amor, dulce bien,
      Nadie le robará.
      –Su nostalgia mitiga
      La ebriedad de la Noche.–
      Fieles hijos del Cielo
      Velan su corazón.

      Con tal consuelo avanza
      La vida hacia lo eterno;
      Un fuego interno ensancha
      Y da Luz a nuestra alma;
      Una lluvia de estrellas
      Se hace vino de vida,
      Beberemos e él
      Y seremos estrellas.

      El Amor se prodiga:
      Ya no hay separación.
      La vida, llena, ondea
      Como un mar infinito;
      Una Noche de gozo
      –Un eterno poema–
      Y el Sol, el Sol de todos,
      Será el rostro de Dios.
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    Himnos a la noche VI
      (Traducción de Holay Martínez)

      Descendamos al seno de la Tierra,
      Dejemos los imperios de la Luz;
      El golpe y el furor de los dolores
      Son la alegre señal de la partida.
      Veloces, en angosta embarcación,
      A la orilla del Cielo llegaremos.

      Loada sea la Noche eterna;
      Sea loado el Sueño sin fin.
      El día, con su Sol, nos calentó,
      Una larga aflicción nos marchitó.
      Dejó ya de atraernos lo lejano,
      Queremos ir a la casa del Padre.

      ¿Qué haremos, pues, en este mundo,
      Llenos de Amor y de fidelidad?
      El hombre abandonó todo lo viejo;
      Ahora va a estar solo y afligido.
      Quien amó con piedad el mundo pasado
      No sabrá ya qué hacer en este mundo.

      Los tiempos en que aún nuestros sentidos
      Ardían luminosos como llamas;
      Los tiempos en que el hombre conocía
      El rostro y la mano de su padre;
      En que algunos, sencillos y profundos,
      Conservaban la impronta de la Imagen.

      Los tiempos en que aún, ricos en flores,
      Resplandecían antiguos linajes;
      Los tiempos en que niños, por el Cielo,
      Buscaban los tormentos y la muerte;
      Y aunque reinara también la alegría,
      Algún corazón se rompía de Amor.

      Tiempos en que, en ardor de juventud,
      El mismo Dios se revelaba al hombre
      Y consagraba con Amor y arrojo
      Su dulce vida a una temprana muerte,
      Sin rechazar angustias y dolores,
      Tan sólo por estar a nuestro lado.

      Medrosos y nostálgicos los vemos,
      Velados por las sombras de la Noche;
      Jamás en este mundo temporal
      Se calmará la sed que nos abrasa.
      Debemos regresar a nuestra patria,
      Allí encontraremos este bendito tiempo.

      ¿Qué es lo que nos retiene aún aquí?
      Los amados descansan hace tiempo.
      En su tumba termina nuestra vida;
      Miedo y dolor invaden nuestra alma.
      Ya no tenemos nada que buscar
      –Harto está el corazón–, vacío el mundo.

      De un modo misterioso e infinito,
      Un dulce escalofrío nos anega,
      Como si de profundas lejanías
      Llegara el eco de nuestra tristeza:
      ¿Será que los amados nos recuerdan
      Y nos mandan su aliento de añoranza?

      Bajemos a encontrar la dulce Amada,
      A Jesús, el Amado, descendamos.
      No temáis ya: el crepúsculo florece
      Para todos los que aman, para los afligidos.
      Un sueño rompe nuestras ataduras
      Y nos sumerge en el seno del Padre.
    Arriba

Sor Juana Inés de la Cruz

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    Información biográfica

  1. A una rosa
  2. Amor inoportuno
  3. Ante la ausencia
  4. Contiene una fantasía contenta con amor decente
  5. Continúa el mismo asunto y aún le expresaa con más viva elegancia
  6. De amor, puesto antes en sujeto indigno, es enmienda blasonar del arrepentimiento
  7. De una reflexión cuerda con que mitiga el dolor de una pasión
  8. Día de Comunión
  9. En que da moral censura a una rosa, y en ella a sus semejantes
  10. En que satisfaga un recelo con la retórica de un llanto
  11. Excusándose
  12. Expresa los efectos del amor divino
  13. La sentencia del justo
  14. Letras para cantar
  15. Muestra se debe escoger antes que exponerse a los ultrajes de la vejez
  16. Nacimiento de Cristo
  17. Oración traducida del latín
  18. Procura desmentir los elogios que a un retrato de la poetisa inscribió la verdad, que llama pasión
  19. Prosigue el mismo asunto y determina que prevalezca la razón contra el gusto
  20. Que consuela a un celoso epilogando la serie de los amores
  21. Quéjase de la suerte: insinúa su aversión a los vicios, y justifica su divertimento a las musas
  22. Redondillas
  23. Resuelve la cuestión de cuál sea pesar más molesto en encontradas correspondencias: amar o aborrecer
  24. Sentimientos de ausente
  25. Teme que su afecto parezca


Información biográfica
    Nombre: Juana Inés de Asbaje y Ramírez de Santillana
    Lugar y fecha nacimiento: San Miguel Nepantla, Nueva España (actualmente México), 12 de noviembre de 1651
    Lugar y fecha defunción: Ciudad de México, Nueva España (actualmente México), 17 de abril de 1695 (43 años)
    Nacionalidad: Novohispana
    Ocupación: Religiosa de la Orden de San Jerónimo, escritora, poeta
    Movimiento: Barroco

    Fuente: [Sor Juana Inés de la Cruz] en Wikipedia.org
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    A una rosa
      Rosa divina, que en gentil cultura
      Eres con tu fragante sutileza
      Magisterio purpúreo en la belleza,
      Enseñanza nevada a la hermosura.

      Amago de la humana arquitectura,
      Ejemplo de la vana gentileza,
      En cuyo ser unió naturaleza
      La cuna alegre y triste sepultura.

      ¡Cuán altiva en tu pompa, presumida
      Soberbia, el riesgo de morir desdeñas,
      Y luego desmayada y encogida.

      De tu caduco ser das mustias señas!
      Con que con docta muerte y necia vida,
      Viviendo engañas y muriendo enseñas.
    Arriba

    Amor inoportuno
      Dos dudas en qué escoger
      Tengo, y no sé a cual prefiera,
      Pues vos sentís que no quiera
      Y yo sintiera querer.

      Con que si a cualquiera lado
      Quiero inclinarme, es forzoso
      Quedando el uno gustoso
      Que otro quede disgustado

      Si daros gusto me ordena
      La obligación, es injusto
      Que por daros a vos gusto
      Haya yo de tener pena.

      Y no juzgo que habrá quien
      Apruebe sentencia tal,
      Como que me trate mal
      Por trataros a vos bien.

      Mas por otra parte siento
      Que es también mucho rigor
      Que lo que os debo en amor
      Pague en aborrecimiento.

      Y aún irracional parece
      Este rigor, pues se infiere,
      Si aborrezco a quien me quiere
      ¿Qué haré con quien aborrezco?

      No sé cómo despacharos,
      Pues hallo al determinarme
      Que amaros es disgustarme
      Y no amaros disgustaros;

      Pero dar un medio justo
      En estas dudas pretendo,
      Pues no queriendo, os ofendo,
      Y queriéndoos me disgusto.

      Y sea esta la sentencia,
      Porque no os podáis quejar,
      Que entre aborrecer y amar
      Se parta la diferencia,

      De modo que entre el rigor
      Y el llegar a querer bien,
      Ni vos encontréis desdén
      Ni yo pueda encontrar amor.

      Esto el discurso aconseja,
      Pues con esta conveniencia
      Ni yo quedo con violencia
      Ni vos os partís con queja.

      Y que estaremos infiero
      Gustosos con lo que ofrezco;
      Vos de ver que no aborrezco,
      Yo de saber que no quiero.

      Sólo este medio es bastante
      A ajustarnos, si os contenta,
      Que vos me logréis atenta
      Sin que yo pase a lo amante,

      Y así quedo en mi entender
      Esta vez bien con los dos;
      Con agradecer, con vos;
      Conmigo, con no querer.

      Que aunque a nadie llega a darse
      En este gusto cumplido,
      Ver que es igual el partido
      Servirá de resignarse.
    Arriba

    Ante la ausencia
      Divino dueño mío,
      Si al tiempo de partirme
      Tiene mi amante pecho
      Alientos de quejarse,
      Oye mis penas, mira mis males.

      Aliéntese el dolor,
      Si puede lamentarse,
      Y a la vista de perderte
      Mi corazón exhale
      Llanto a la tierra, quejas al aire.

      Apenas tus favores
      Quisieron coronarme,
      Dichoso más que todos,
      Felices como nadie,
      Cuando los gustos fueron pesares.

      Sin duda el ser dichoso
      Es la culpa más grave,
      Pues mi fortuna adversa
      Dispone que la pague
      Con que a mis ojos tus luces falten,

      ¡Ay, dura ley de ausencia!
      ¿Quién podrá derogarte,
      Ai a donde yo no quiero
      Me llevas, sin llevarme,
      Con alma muerta, vivo cadáver?

      ¿Será de tus favores
      Sólo el corazón cárcel
      Por ser aún el silencio
      Si quiero que los guarde,
      Custodio indigno, sigilo frágil?

      Y puesto que me ausento,
      Por el último vale
      Te prometo rendido
      Mi amor y fe constante,
      Siempre quererte, nunca olvidarte.
    Arriba

    Contiene una fantasía contenta con amor decente
      Deténte, sombra de mi bien esquivo,
      Imagen del hechizo que más quiero,
      Bella ilusión por quien alegre muero,
      Dulce ficción por quien penosa vivo.

      Si al imán de tus gracias atractivo
      Sirve mi pecho de obediente acero,
      ¿Para qué me enamoras lisonjero,
      Si has de burlarme luego fugitivo?

      Mas blasonar no puedes satisfecho
      De que triunfa de mí tu tiranía;
      Que aunque dejas burlado el lazo estrecho

      Que tu forma fantástica ceñía,
      Poco importa burlar brazos y pecho
      Si te labra prisión mi fantasía
    Arriba

    Continúa el mismo asunto y aún le expresaa con más viva elegancia
      Feliciano me adora y le aborrezco;
      Lisardo me aborrece y yo le adoro;
      Por quien no me apetece, ingrato lloro,
      Y al que me llora tierno, no apetezco:

      A quien más me desdora, el alma ofrezco;
      A quien me ofrece víctimas, desdoro;
      Desprecio al que enriquece mi decoro
      Y al que le hace desprecios enriquezco;

      Si con mi ofensa al uno reconvengo,
      Me reconviene el otro a mí ofendido
      Y al padecer de todos modos vengo;

      Pues ambos atormentan mi sentido;
      Aqueste con pedir lo que no tengo
      Y aquel con no tener lo que le pido.
    Arriba

    De amor, puesto antes en sujeto indigno, es enmienda blasonar del arrepentimiento
      Cuando mi error y tu vileza veo,
      Contemplo, Silvio, de mi amor errado,
      Cuán grave es la malicia del pecado,
      Cuán violenta la fuerza de un deseo.

      A mi misma memoria apenas creo
      Que pudiese caber en mi cuidado
      La última línea de lo despreciado,
      El término final de un mal empleo.

      Yo bien quisiera, cuando llego a verte,
      Viendo mi infame amor poder negarlo;
      Mas luego la razón justa me advierte

      Que sólo me remedia en publicarlo;
      Porque del gran delito de quererte
      Sólo es bastante pena confesarlo.
    Arriba

    De una reflexión cuerda con que mitiga el dolor de una pasión
      Con el dolor de la mortal herida,
      De un agravio de amor me lamentaba,
      Y por ver si la muerte se llegaba
      Procuraba que fuese más crecida.

      Toda en el mal el alma divertida,
      Pena por pena su dolor sumaba,
      Y en cada circunstancia ponderaba
      Que sobraban mil muertes a una vida.

      Y cuando, al golpe de uno y otro tiro
      Rendido el corazón, daba penoso
      Señas de dar el último suspiro,

      No sé con qué destino prodigioso
      Volví a mi acuerdo y dije: ¿qué me admiro?
      ¿Quién en amor ha sido más dichoso?
    Arriba

    Día de Comunión
      Amante dulce del alma,
      Bien soberano a que aspiro,
      Tú que sabes las ofensas
      Castigar a beneficios;
      Divino imán en que adoro
      Hoy que tan propicio os miro
      Que me animas a la osadía
      De poder llamaros mío;
      Hoy, que en unión amorosa,
      Pareció a vuestro cariño,
      Que si no estabais en mí
      Era poco estar conmigo;
      Hoy, que para examinar
      El afecto con que os sirvo,
      Al corazón en persona
      Habéis entrado vos mismo,
      Pregunto ¿es amor o celos
      Tan cuidadoso escrutinio?
      Que quien lo registra todo
      Da de sospechar indicios.
      Mas ¡ay, bárbara ignorante,
      Y que de errores he dicho,
      Como si el estorbo humano
      Obstara al lince divino!
      Para ver los corazones
      No es menester asistirlos;
      Que para vos son patentes
      Las entrañas del abismo.
      Con una intuición presente
      Tenéis en vuestro registro,
      El infinito pasado,
      Hasta el presente finito;
      Luego no necesitabais,
      Para ver el pecho mío,
      Si lo estáis mirando sabio,
      Entrar a mirarlo fino;
      Luego es amor, no celos,
      Lo que en vos miro.
    Arriba

    En que da moral censura a una rosa, y en ella a sus semejantes
      Rosa divina que en gentil cultura
      Eres, con tu fragante sutileza,
      Magisterio purpúreo en la belleza,
      Enseñanza nevada a la hermosura.

      Amago de la humana arquitectura,
      Ejemplo de la vana gentileza,
      En cuyo ser unió naturaleza
      La cuna alegre y triste sepultura.

      ¡Cuán altiva en tu pompa, presumida,
      Soberbia, el riesgo de morir desdeñas,
      Y luego desmayada y encogida

      De tu caduco ser das mustias señas,
      Con que con docta muerte y necia vida,
      Viviendo engañas y muriendo enseñas!
    Arriba

    En que satisfaga un recelo con la retórica de un llanto
      Esta tarde, mi bien, cuando te hablaba,
      Como en tu rostro y en tus acciones veía
      Que con palabras no te persuadía,
      Que el corazón me vieses deseaba.

      Y Amor, que mis intentos ayudaba,
      Venció lo que imposible parecía,
      Pues entre el llanto que el dolor vertía,
      El corazón deshecho destilaba.

      Baste ya de rigores, mi bien, baste,
      No te atormenten más celos tiranos,
      Ni el vil recelo tu quietud contraste

      Con sombras necias, con indicios vanos:
      Pues ya en líquido humor viste y tocaste
      Mi corazón deshecho entre tus manos.
    Arriba

    Excusándose de un silencio
      Pedirte, señora, quiero
      De mi silencio perdón,
      Si lo que ha sido atención,
      Le hace parecer grosero.

      Y no me podrás culpar
      Si hasta aquí mi proceder,
      Por ocuparse en querer
      Se ha olvidado de explicar.

      Que en mi amorosa pasión
      No fue descuido ni mengua
      Quitar el uso a la lengua
      Por dárselo al corazón.

      Ni de explicarme dejaba,
      Que como la pasión mía
      Acá en el alma te hablaba

      Y en esta idea notable
      Dichosamente vivía;
      Porque en mi mano tenía
      El fingirte favorable.

      Con traza tan peregrina
      Vivió mi esperanza vana
      Pues te puedo hacer humana
      Concibiéndote divina.

      ¡Oh, cuán loco llegué a verme
      En tus dichosos amores,
      Que aún fingidos tus favores
      Pudieron enloquecerme!

      ¡Oh, cuán loco llegué a verme
      En tus dichosos amores,
      Que aún fingidos tus favores
      Pudieron enloquecerme!

      ¡Oh, cómo en tu Sol hermoso
      Mi ardiente afecto encendido,
      Por cebarse en lo lúcido,
      Olvidó lo peligroso!

      Perdona, si atrevimiento
      Fue atreverme a tu ardor puro;
      Que no hay Sagrado seguro
      De culpas de pensamiento.

      De esta manera engañaba
      La loca esperanza mía,
      Y dentro de mí tenía
      Todo el bien que deseaba.

      Mas ya tu precepto grave
      Rompe mi silencio mudo;
      Que él solamente ser pudo
      De mi respeto la llave.

      Y aunque el amar tu belleza
      Es delito sin disculpa,
      Castíguense la culpa
      Primero que la tibieza.

      No quieras, pues, rigurosa,
      Que estando ya declarada,
      Sea de veras desdichada
      Quien fue de burlas dichosa.

      Si culpas mi desacato,
      Culpa también tu licencia;
      Que si es mala mi obediencia,
      No fue justo tu mandato.

      Y si es culpable mi intento,
      Será mi afecto preciso;
      Porque es amarte un delito
      De que nunca me arrepiento.

      Esto en mis afectos halló,
      Y más, que explicar no sé;
      Mas tú, de lo que callé,
      Inferirás lo que callo.
    Arriba

    Expresa los efectos del amor divino
      Traigo conmigo un cuidado
      Y tan esquivo que creo
      Que aunque sé sentirlo tanto,
      Aún yo misma no lo siento.

      Es amor, pero es amor
      Que faltándole lo ciego,
      Los ojos que tiene son
      Para darle más tormento.

      El término no es a quo,
      Que causa el pesar, que veo,
      Que siendo el término el bien
      Todo el dolor es el medio.

      Si es lícito y aún debido
      Este cariño que tengo
      ¿Por qué me han de dar castigo
      Porque pago lo que debo?

      ¡Oh cuánta fineza, oh cuántos
      Cariños he visto tiernos!
      Que amor que se tiene en Dios
      Es calidad sin opuestos.

      De lo lícito no puede
      Hacer contrarios conceptos
      Con que es amor que al olvido
      No puede vivir expuesto.

      Yo me acuerdo ¡oh nunca fuera!
      Que he querido en otro tiempo
      Lo que pasó de locura
      Y lo que excedió de extremo.

      Más como era amor bastardo
      Y de contrarios compuesto,
      Fue fácil desvanecerse
      De achaque de su ser mesmo.

      Mas ahora ¡ay de mí! Está
      Tan en su natural centro,
      Que la virtud y razón
      Son quien aviva su incendio.

      Quien tal oyere dirá
      Que si es así ¿por qué peno?
      Más mi corazón ansioso
      Dirá que por eso mesmo.

      ¡Oh humana flaqueza nuestra,
      Adonde el más puro afecto
      Aún no sabe desnudarse
      Del natural sentimiento!

      Tan precisa es la apetencia
      Que a ser amados tenemos,
      Que aún sabiendo que no sirve
      Nunca dejarla sabemos.

      Que corresponda a mi amor
      Nada añade, mas no puedo
      Por más que lo solicito
      Dejar yo de apetecerlo.

      Si es delito, ya lo digo;
      Si es culpa, ya lo confieso,
      Mas no puedo arrepentirme
      Por más que hacerlo pretendo.

      Bien ha visto quien penetra
      Lo interior de mis secretos
      Que yo misma estoy formando
      Los dolores que padezco.

      Bien sabe que soy yo misma
      Verdugo de mis deseos,
      Pues muertos entre mis ansias,
      Tienen sepulcro en mi pecho.

      Muero ¿quién lo creerá?, a manos
      De la cosa que más quiero,
      Y el motivo de matarme
      Es el amor que le tengo.

      Así alimentando triste
      La vida con el veneno,
      La misma muerte que vivo,
      Es la vida con que muero.

      Pero, valor, corazón,
      Porque en tan dulce tormento,
      En medio de cualquier suerte
      No dejar de amar protesto.

      II

      Mientras la gracia me excita
      Por elevarse a la esfera,
      Más me abate a lo profundo
      El peso de mis miserias.

      La virtud y la costumbre
      En el corazón pelean
      Y el corazón agoniza
      En tanto que lidian ellas.

      Y aunque es la virtud tan fuerte,
      Temo que tal vez la venzan.
      Que es muy grande la costumbre
      Y está la virtud muy tierna.

      Obscurécense el discurso
      Entre confusas tinieblas
      Pues ¿quién podrá darme luz
      Si está la razón a ciegas?

      De mí misma soy verdugo
      Y soy cárcel de mí mesma.
      ¿Quién vio que pena y penante
      Una propia cosa sean?

      Hago disgusto a lo mismo
      Que más agradar quisiera;
      Y del disgusto que doy,
      En mí resulta la pena.

      Amo a Dios y siento en Dios,
      Y hace mi voluntad mesma
      De lo que es alivio, cruz;
      Del mismo puerto, tormenta.

      Padezca, pues Dios lo manda,
      Mas de tal manera sea
      Que si son penas las culpas,
      Que no sean culpas las penas.
    Arriba

    La sentencia del justo
      Firma Pilatos la que juzga ajena
      Sentencia, y es la suya. ¡Oh caso fuerte!
      ¿Quién creerá que firmando ajena muerte
      El mismo juez en ella se condena?

      La ambición de sí tanto le enajena
      Que con el vil temor ciego no advierte
      Que carga sobre sí la infausta suerte,
      Quien al Justo sentencia a injusta pena.

      Jueces del mundo, detened la mano,
      Aún no firméis, mirad si son violencias
      Las que os pueden mover de odio inhumano;

      Examinad primero las conciencias,
      Mirad no haga el Juez recto y soberano
      Que en la ajena firméis vuestras sentencias.
    Arriba

    Letras para cantar
      Hirió blandamente el aire
      Con su dulce voz Narcisa,
      Y él le repitió los ecos
      Por boca de las heridas.

      De los celestiales Ejes
      El rápido curso fija,
      Y en los Elementos cesa
      La discordia nunca unida.

      Al dulce imán de su voz
      Quisieran, por asistirla,
      Firmamento ser el Móvil,
      El Sol ser estrella fija.

      Tan bella, sobre canora,
      Que el amor dudoso admira,
      Si se deben sus arpones
      A sus ecos, o a su vista.

      Porque tan confusamente
      Hiere, que no se averigua,
      si está en la voz la hermosura,
      O en los ojos la armonía.

      Homicidas sus facciones
      El mortal cambio ejercitan;
      Voces, que alteran los ojos
      Rayos que el labio fulmina.

      Quién podrá vivir seguro,
      Si su hermosura Divina
      Con los ojos y las voces
      Duplicadas armas vibra.

      El Mar la admira Sirena,
      Y con sus marinas Ninfas
      Le da en lenguas de las Aguas
      Alabanzas cristalinas:
      Pero Fabio que es el blanco
      Adonde las flecha tira,
      Así le dijo, culpando
      De superfluas sus heridas:
      No dupliques las armas,
      Bella homicida,
      Que está ociosa la muerte
      Donde no hay vida.
    Arriba

    Muestra se debe escoger antes que exponerse a los ultrajes de la vejez
      Miró Celia una rosa que en el prado
      Ostentaba feliz la pompa vana
      Y con afeites de carmín y grana
      Bañaba alegre el rostro delicado;

      Y dijo: Goza, sin temor del hado,
      El curso breve de tu edad lozana,
      Pues no podrá la muerte de mañana
      Quitarte lo que hubieres hoy gozado.

      Y aunque llega la muerte presurosa
      Y tu fragante vida se te aleja,
      No sientas el morir tan bella y moza:

      Mira que la experiencia te aconseja
      Que es fortuna morirte siendo hermosa
      Y no ver el ultraje de ser vieja.
    Arriba

    Nacimiento de Cristo
      De la más fragante rosa
      Nació la abeja más bella,
      A quien el limpio rocío
      Dio purísima materia.

      Nace, pues, y apenas nace,
      Cuando en la misma moneda,
      Lo que en perlas recibió
      Empieza a pagar en perlas.

      Que llora el alba, no es mucho
      Que es costumbre en su belleza;
      Mas ¿quién hay que no se admire
      De que el sol lágrimas vierta?

      Si es por secundar la rosa,
      Es ociosa diligencia,
      Pues no es menester rocío
      Después de nacer la abeja.

      Y más cuando en la clausura
      De su virginal pureza
      Ni antecedente haber pudo,
      Ni puede haber quien suceda,

      ¿Pues a qué fin es el llanto,
      Que dulcemente riega?
      Quien no puede dar más fruto
      ¿Qué importa que estéril sea?

      Mas ay, que la abeja tiene
      Tan íntima dependencia
      Siempre con la rosa, que
      Depende su vida de ella;

      Pues dándole néctar puro,
      Que sus fragancias engendran,
      No sólo antes le concibe
      Pero después le alimenta.

      Hijo y madre, en tan divinas
      Peregrinas competencias,
      Ninguno queda deudor,
      Y ambos obligados quedan.

      La abeja paga el rocío
      De que la rosa la engendra,
      Y ella vuelve a retornarle con
      Lo mismo que la engendra.

      Ayudando el uno al otro
      Con mutua correspondencia,
      La abeja a la flor fecunda,
      Y ella a la abeja sustenta.

      Pues si por eso es el llanto,
      Llore Jesús, norabuena,
      Que lo que expende en rocío
      Cobrará después en néctar.
    Arriba

    Oración traducida del latín
      Ante tus ojos benditos
      Las culpas manifestamos,
      Y las heridas mostramos,
      Que hicieron nuestros delitos.

      Si el mal, que hemos cometido,
      Viene a ser considerado,
      Menor es lo tolerado,
      Mayor es lo merecido.

      La conciencia nos condena,
      No hallando en ella disculpa,
      Que respecto de la culpa,
      Es muy liviana la pena.

      Del pecado el duro azar
      Sentimos, que padecemos
      Y nunca enmendar queremos
      La costumbre de pecar.

      Cuando en tus azotes suda
      Sangre la naturaleza,
      Se rinde nuestra flaqueza,
      Y la maldad no se muda.

      Cuando el pecado mancilla
      La mente con fiera herida,
      Padece el alma afligida,
      Y la cerviz no se humilla.

      La vida suelta la rienda
      En su acostumbrado error,
      Suspira por el dolor,
      Y en el obrar no se enmienda.

      Puestos entre dos extremos,
      En cualquiera peligramos;
      Si esperas, no la enmendamos;
      Si te vengas, nos perdemos.

      De la aflicción el quebranto
      Nos obliga a la contricción
      Y en pasando la aflicción,
      Se olvida también el llanto.

      Cuando tu castigo empieza
      Promete el temor humano;
      Y en suspendiendo la mano,
      No se cumple la promesa.

      Cuando nos hieres, clamamos
      Que el perdón nos des, que puedes,
      Y así que nos lo concedes.
      Otra vez te provocamos.

      Tienes a la humana gente
      Convicta en su confesión,
      Que si no le das perdón,
      La acabarás justamente.

      Concede al humilde ruego
      Sin mérito a quien criaste,
      Tú que de nada formas
      A quien te rogará luego.
    Arriba

    Procura desmentir los elogios que a un retrato de la poetisa inscribió la verdad, que llama pasión
      Este que ves, engaño colorido,
      Que, del arte ostentando los primores,
      Con falsos silogismos de colores
      Es cauteloso engaño del sentido;

      Este en quien la lisonja ha pretendido
      Excusar de los años los horrores
      Y venciendo del tiempo los rigores
      Triunfar de la vejez y del olvido:

      Es un vano artificio del cuidado;
      Es una flor al viento delicada;
      Es un resguardo inútil para el hado;

      Es una necia diligencia errada;
      Es un afán caduco, y, bien mirado,
      Es cadáver, es polvo, es sombra, es nada.
    Arriba

    Prosigue el mismo asunto y determina que prevalezca la razón contra el gusto
      Al que ingrato me deja, busco amante;
      Al que amante me sigue, dejo ingrata;
      Constante adoro a quien mi amor maltrata;
      Maltrato a quien mi amor busca constante.

      Al que trato de amor, hallo diamante,
      Y soy diamante al que de amor me trata;
      Triunfante quiero ver al que me mata,
      Y mato al que me quiere ver triunfante.

      Si a este pago, padece mi deseo;
      Si ruego a aquel, mi pundonor enojo:
      De entrambos modos infeliz me veo.

      Pero yo, por mejor partido, escojo
      De quien no quiero, ser violento empleo,
      Que, de quien no me quiere, vil despojo.
    Arriba

    Que consuela a un celoso epilogando la serie de los amores
      Amor empieza por desasosiego,
      Solicitud, ardores y desvelos;
      Crece con riesgos, lances y recelos;
      Susténtase de llantos y de ruego.

      Doctrínanle tibiezas y despego,
      Conserva el ser entre engañosos velos,
      Hasta que con agravios o con celos
      Apaga con sus lágrimas su fuego.

      Su principio, su medio y fin es éste:
      ¿Pues por qué, Alcino, sientes el desvío
      De Celia, que otro tiempo bien te quiso?

      ¿Qué razón hay de que dolor te cueste?
      Pues no te engañó amor, Alcino mío,
      Sino que llegó el término preciso.
    Arriba

    Quéjase de la suerte: insinúa su aversión a los vicios, y justifica su divertimento a las musas
      ¿En perseguirme, mundo, qué interesas?
      ¿En qué te ofendo, cuando sólo intento
      Poner bellezas en mi entendimiento
      Y no mi entendimiento en las bellezas?

      Yo no estimo tesoros ni riquezas,
      Y así, siempre me causa más contento
      Poner riquezas en mi entendimiento
      Que no mi entendimiento en las riquezas.

      Y no estimo hermosura que vencida
      Es despojo civil de las edades
      Ni riqueza me agrada fementida,

      Teniendo por mejor en mis verdades
      Consumir vanidades de la vida
      Que consumir la vida en vanidades.
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    Redondillas
      Hombres necios que acusáis
      A la mujer sin razón,
      Sin ver que sois la ocasión
      De lo mismo que culpáis:

      Si con ansia sin igual
      Solicitáis su desdén,
      ¿Por qué queréis que obren bien
      Si las incitáis al mal?

      Cambatís su resistencia
      Y luego, con gravedad,
      Decís que fue liviandad
      Lo que hizo la diligencia.

      Parecer quiere el denuedo
      De vuestro parecer loco
      El niño que pone el coco
      Y luego le tiene miedo.

      Queréis, con presunción necia,
      Hallar a la que buscáis,
      Para pretendida, Thais,
      Y en la posesión, Lucrecia.

      ¿Qué humor puede ser más raro
      Que el que, falto de consejo,
      Él mismo empaña el espejo,
      Y siente que no esté claro?

      Con el favor y desdén
      Tenéis condición igual,
      Quejándoos, si os tratan mal,
      Burlándoos, si os quieren bien.

      Siempre tan necios andáis
      Que, con desigual nivel,
      A una culpáis por crüel
      Y a otra por fácil culpáis.

      ¿Pues como ha de estar templada
      La que vuestro amor pretende,
      Si la que es ingrata, ofende,
      Y la que es fácil, enfada?

      Mas, entre el enfado y pena
      Que vuestro gusto refiere,
      Bien haya la que no os quiere
      Y quejaos en hora buena.

      Dan vuestras amantes penas
      A sus libertades alas,
      Y después de hacerlas malas
      Las queréis hallar muy buenas.

      ¿Cuál mayor culpa ha tenido
      En una pasión errada:
      La que cae de rogada,
      O el que ruega de caído?

      ¿O cuál es más de culpar,
      Aunque cualquiera mal haga:
      La que peca por la paga,
      O el que paga por pecar?

      Pues ¿para qué os espantáis
      De la culpa que tenéis?
      Queredlas cual las hacéis
      O hacedlas cual las buscáis.

      Dejad de solicitar,
      Y después, con más razón,
      Acusaréis la afición
      De la que os fuere a rogar.

      Bien con muchas armas fundo
      Que lidia vuestra arrogancia,
      Pues en promesa e instancia
      Juntáis diablo, carne y mundo.
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    Resuelve la cuestión de cuál sea pesar más molesto en encontradas correspondencias: amar o aborrecer
      Que no me quiera Fabio al verse amado
      Es dolor sin igual, en mi sentido;
      Mas que me quiera Silvio aborrecido
      Es menor mal, mas no menor enfado.

      ¿Qué sufrimiento no estará cansado,
      Si siempre le resuenan al oído,
      Tras la vana arrogancia de un querido,
      El cansado gemir de un desdeñado?

      Si de Silvio me cansa el rendimiento,
      A Fabio canso con estar rendida:
      Si de éste busco el agradecimiento,

      A mí me busca el otro agradecida:
      Por activa y pasiva es mi tormento,
      Pues padezco en querer y ser querida.
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    Sentimientos de ausente
      Amado dueño mío,
      Escucha un rato mis cansadas quejas,
      Pues del viento las fío,
      Que breve las conduzca a tus orejas,
      Si no se desvanece el triste acento
      Como mis esperanzas en el viento.

      Óyeme con los ojos,
      Ya que están tan distantes los oídos,
      Y de ausentes enojos
      En ecos de mi pluma mis gemidos;
      Y ya que a ti no llega mi voz ruda,
      Óyeme sordo, pues me quejo muda.

      Si del campo te agradas,
      Goza de sus frescuras venturosas
      Sin que aquestas cansadas
      Lágrimas te detengan enfadosas;
      Que en él verás, si atento te entretienes
      Ejemplo de mis males y mis bienes.

      Si al arroyo parlero
      Ves, galán de las flores en el prado,
      Que amante y lisonjero
      A cuantas mira intima su cuidado,
      En su corriente mi dolor te avisa
      Que a costa de mi llanto tiene risa.

      Si ves que triste llora
      Su esperanza marchita, en ramo verde,
      Tórtola gemidora,
      En él y en ella mi dolor te acuerde,
      Que imitan con verdor y con lamento,
      Él mi esperanza y ella mi tormento.

      Si la flor delicada,
      Si la peña, que altiva no consiente
      Del tiempo ser hollada,
      Ambas me imitan, aunque variamente,
      Ya con fragilidad, ya con dureza,
      Mi dicha aquella y esta mi firmeza.

      Si ves el ciervo herido
      Que baja por el monte, acelerado
      Buscando dolorido
      Alivio del mal en un arroyo helado,
      Y sediento al cristal se precipita,
      No en el alivio en el dolor me imita,

      Si la liebre encogida
      Huye medrosa de los galgos fieros,
      Y por salvar la vida
      No deja estampa de los pies ligeros,
      Tal mi esperanza en dudas y recelos
      Se ve acosa de villanos celos.

      Si ves el cielo claro,
      Tal es la sencillez del alma mía;
      Y si, de luz avaro,
      De tinieblas emboza el claro día,
      es con su oscuridad y su inclemencia,
      imagen de mi vida en esta ausencia.

      Así que, Fabio amado
      Saber puede mis males sin costarte
      La noticia cuidado,
      Pues puedes de los campos informarte;
      Y pues yo a todo mi dolor ajusto,
      Saber mi pena sin dejar tu gusto.
      Mas ¿cuándo ¡ay gloria mía!
      Mereceré gozar tu luz serena?

      ¿Cuándo llegará el día
      Que pongas dulce fin a tanta pena?
      ¿Cuándo veré tus ojos, dulce encanto,
      Y de los míos quitarás el llanto?

      ¿Cuándo tu voz sonora
      Herirá mis oídos delicada,
      Y el alma que te adora,
      De inundación de gozos anegada,
      A recibirte con amante prisa
      Saldrá a los ojos desatada en risa?

      ¿Cuándo tu luz hermosa
      Revestirá de gloria mis sentidos?
      ¿Y cuándo yo dichosa,
      Mis suspiros daré por bien perdidos,
      Teniendo en poco el precio de mi llanto?
      Que tanto ha de penar quien goza tanto.

      ¿Cuándo de tu apacible
      Rostro alegre veré el semblante afable,
      Y aquel bien indecible
      A toda humana pluma inexplicable?
      Que mal se ceñirá a lo definido
      Lo que no cabe en todo lo sentido.

      Ven, pues, mi prenda amada,
      Que ya fallece mi cansada vida
      De esta ausencia pesada;
      Ven, pues, que mientras tarda tu venida,
      Aunque me cueste su verdor enojos,
      Regaré mi esperanza con mis ojos.
    Arriba

    Teme que su afecto parezca
      Señora, si la belleza
      Que en vos llego a contemplar
      Es bastante a conquistar
      La más inculta dureza,

      ¿Por qué hacéis que el sacrificio
      Que debo a vuestra luz pura
      Debiéndose a la hermosura
      Se atribuya al beneficio?

      Cuando es bien que glorias cante,
      De ser vos, quien me ha rendido,
      ¿Queréis que lo agradecido
      Se equivoque con lo amante?

      Vuestro favor me condena
      A otra especie de desdicha,
      Pues me quitáis con la dicha
      El mérito de la pena.

      Si no es que dais a entender
      Que favor tan singular,
      Aunque se puede lograr,
      No se puede merecer.

      Con razón, pues la hermosura
      Aún llegada a poseerse,
      Si llega a merecerse,
      Dejará de ser ventura.

      Que estar un digno cuidado
      Con razón correspondido,
      Es premio de lo servido,
      Y no dicha de lo amado.

      Que dicha se ha de llamar
      Sólo la que, a mi entender,
      Ni se puede merecer,
      Ni se pretende alcanzar.

      Ya que este favor excede
      Tanto a todos, al lograrse,
      Que no sólo no pagarse,
      Más ni agradecer se puede.

      Pues desde el dichoso día
      Que vuestra belleza vi,
      Tal del todo me rendí,
      Que no me quedó acción mía.

      Con lo cual, señora, muestro,
      y a decir mi amor se atreve,
      Que nadie pagaros debe,
      Que vos honréis lo que es vuestro.

      Bien sé que es atrevimiento
      Pero el amor es testigo
      Que no sé lo que me digo
      Por saber lo que me siento.

      Y en fin, perdonad por Dios,
      Señora, que os hable así,
      Que si yo estuviera en mí
      No estuvierais en mí vos.

      Sólo quiero suplicaros
      Que de mí recibáis hoy,
      No sólo el alma que os doy,
      Mas la que quisiera daros.
    Arriba

Luis Lloréns Torres

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    Información biográfica

  1. A Puerto Rico (A Tomás Carrión)
  2. Alta mar
  3. Amanecer
  4. Anhelos
  5. Barcarola
  6. Bendito sea el diablo
  7. Carnaval
  8. Desafío
  9. Dora Panchita
  10. El drama del olvido
  11. El negro
  12. El patito feo
  13. Germinal
  14. Hambre azul
  15. La cuesta del asomante
  16. La hija del viejo Pancho
  17. La luna durmió conmigo
  18. La mujer puertorriqueña
  19. La negra (A Félix Matos Bernier)
  20. Leche de la cabra negra
  21. Linda rubia
  22. Madrugada
  23. Medianoche
  24. Mediodía
  25. Muerta
  26. Ojos negros
  27. Pancho Ibero
  28. Parió la luna
  29. Retornelo
  30. Treno de mar
  31. Valle de Collores
  32. Vida criolla


Información biográfica
    Nombre: Luis Lloréns Torres
    Lugar y fecha nacimiento: Juana Díaz, Puerto Rico, 14 de mayo de 1876
    Lugar y fecha defunción: Santurce, Puerto Rico, 16 de junio de 1944 (68 años)
    Ocupación: Jurista, doctor en Filosofía, escritor, dramaturgo, periodista, poeta

    Fuente: [Luis Lloréns Torres] en Wikipedia.org
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    A Puerto Rico (A Tomás Carrión)
      La América fue tuya. Fue tuya en la corona
      Embrujada de plumas del cacique Agüeybana,
      Que traía el misterio de una noche de siglos
      Y quemóse en el rayo de sol de una mañana.

      El África fue tuya. Fue tuya en las esclavas
      Que el surco roturaron, al sol canicular.
      Tenían la piel negra y España les dio un beso
      Y las volvió criollas de luz crepuscular.

      También fue tuya España. Y fue San Juan la joya,
      Que aquella madre vieja y madre todavía,
      Prendió de tu recuerdo como un brillante al aire

      Sobre el aro de oro que ciñe la bahía.
      ¿Y el Yanki de alto cuerpo y alma infantil quizás?
      ¡El Yanki no fue tuyo ni lo será jamás!
    Arriba

    Alta mar
      Para asomarme, desde mi alma, al mundo
      Ábrete y serás tú la única puerta.
      Ábrete en un amor tan ultrahumano
      Que se salga del caso de la tierra.

      Ábrete en el temblor de la mirada
      Que más en tu alma que en tus ojos tiembla,
      Y en el rocío de sangre de lucero
      Que te untas en los labios cuando besas.

      Ábrete en el incendio del dorado
      Enjambre que en tus rizos se desmiela,
      Y en las dos zarcas aves que en la paja
      De tus pestañas a sonar se echan.

      Ábrete en un amor tan ultrahumano,
      Que haga polvo el cristal de tus caderas,
      Y que tan dulce el corazón me endulce,
      Que al morirme lo piquen las abejas.
    Arriba

    Amanecer
      Guíñale al sol la cabaña.
      El río es brazo que se pierde
      Por entre la manga verde
      Que cuelga de la montaña.
      El yerbazal se desbaña.
      La luz babea la colina.
      Y más que el veloz caballo,
      Hiere la paz campesina
      La puñalada honda y fina
      Del cantío de mi gallo.
    Arriba

    Anhelos
      Oh, los anhelos de mi amor insanos.
      Quiero empañar tus límpidos cristales
      Y ver palidecer esos corales
      Sobre las perlas de tu boca ufanos.

      Quiero que llore, herida en sus arcanos,
      Tu fuente de rosados manantiales
      Y que tiemble en tus tiernos maizales
      La panoja rindiéndome sus granos.

      Yo quiero ser tu vórtice y tu freno;
      En el oleaje de tu amor, la roca;
      Noche en el sol de tu mirar sereno;

      Sol en la noche que tu trenza evoca;
      Serpiente en los nidales de tu seno;
      Y abeja en los panales de tu boca.
    Arriba

    Barcarola
      Déjame, niña, bogar,
      En el esquife de un verso,
      Por el oleaje perverso
      De tus pupilas de mar.
      Quiero en ellas desafiar
      Las rachas de tu ilusión,
      Y que una ola de pasión
      Me envuelva en sus espirales,
      Me ahogue entre sus cristales.
      Y me hunda en tu corazón.
    Arriba

    Bendito sea el diablo
      Bendito sea el Diablo, que me amarra
      Al rojo de su capa y de su pluma,
      Y mis sentidos en amor sahúma,
      Y en fuego de dolor los achicharra.

      Brinda una flor en su espumosa jarra
      Y una mujer surgiendo de la espuma,
      Que urden el iris de belleza suma
      En que se enciende el arco de su garra.

      No importa si la flor es venenosa
      O es el infierno la mujer hermosa
      En cuya tentación he de caer.

      Bendito sea el Diablo que me tienta,
      Si siempre ante mis ojos se presenta
      Con una flor y en forma de mujer.
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    Carnaval
      Bella ficción de reinas y de reyes...
      Oh, carnaval, alegre carnaval,
      Que unces tus yuntas de mejores bueyes
      Y aras la carne en el vaivén del vals.

      Arado quo revuelcas corazones,
      En surcos de dolor y de placer,
      Y arrancas las raíces y tocones,
      Que dejaron las siembras del ayer.

      Queda, desnuda, la cachonda era,
      Apta para la nueva primavera,
      Que vaticina el grito del amor.

      Grito y clarín de la fecunda guerra
      En que hasta las lombrices de la tierra
      Sueñan el sueño de la flor.
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    Desafío
      Gallo que los tiene azules,
      Es el que los sueños míos
      Ensueñan en desafios
      Que el campo tiñan de gules.
      Que su plumaje de tules
      La lid desfleque y desfibre.
      Y que cuando cante y vibre,
      Al lanzarse a la pelea,
      Su canto de plata sea:
      ¡Viva Puerto Rico libre!
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    Dora Panchita
      A doña Panchita el sol
      La hizo de carne trigueña.
      El sol la hizo buena moza.
      El sol la hizo buena hembra.

      Le puso negro el cabello;
      Negras las pupilas negras;
      Le puso dulces los labios;
      Le puso dulce la lengua.

      Dicen que dicen que doña Panchita
      Novia es del sol tropical que la besa.
      Dicen que dicen que doña Panchita
      Siente que hierve la sangre en sus venas.

      Dicen que dicen que doña Panchita
      Ha de pecar bajo el sol que la quema.
      Dicen que dicen que si ella pecara
      Culpa sería del sol de su tierra.

      Las flores perfuman.
      Los pájaros vuelan.
      Y doña Panchita
      Es hija de Eva.
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    El drama del olvido
      El -La historia de nuestro amor,
      Que aún sahúma tu memoria,
      Fue breve como la historia
      De la abeja con la flor.

      Prisionera de la flor,
      La abeja sabe libar
      En su cárcel de azahar.

      Y cuando liba la esencia,
      Recobra su independencia
      Y se vuelve al colmenar.

      Ella -Te di el libro de mi vida,
      Para que tú lo leyeras,
      Y en sus páginas primeras
      Te deslumbraste en seguida.

      Tu curiosidad herida
      Quiso el final conocer.

      Y hoy lo cierras sin saber
      Que entre sus hojas extremas
      Hay los más bellos poemas
      Que dejaste sin leer.
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    El negro
      Niño, de noche lanzábame a la selva,
      Acompañado del negro viejo de la hacienda,
      Y cruzábamos juntos la manigua espesa.
      Yo sentía el silencioso pisar de las fieras

      Y el aliento tibio de sus bocas abiertas.
      Pero el negro a mi lado era una fuerza
      Que con sus brazos desgajaba las ceibas
      Y con sus ojos se tragaba las tinieblas.

      Ya hombre, también a la selva del mundo fui
      Y entre hombres y mujeres de todas las razas viví.
      Y también su pisar silencioso sentí.

      Y tuve miedo, como de niño... pero no huí...
      Porque en mi propia sombra siempre vi
      Al negro viejo siempre cerca de mí.
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    El patito feo
      No se si danés o ruso,
      Genial cuentista relata
      Que en el nido de una pata
      La hembra de un cisne puso.
      Y ahorrando las frases de uso
      En los cuentos eruditos,
      Diz que sin más requisitos,
      En el trigésimo día,
      La pata saco su cría
      De diez y nueve patitos.

      Según este cuento breve,
      Creció el rebaño pigmeo
      Llamando "patito feo"
      Al patito diez y nueve.
      ¡El pobre! Siempre la nieve
      Lo encontró fuera del ala.
      Y siempre erró en la antesala
      De sus diez y ocho hermanos
      Que dejábanle sin granos
      Las espigas de la tala.

      Vagando por la campiña
      La palmípeda cuadrilla
      Al fin llegó hasta la orilla
      De la fuente en la montaña.
      ¡Qué sensación tan extraña
      Y a la par tan complaciente
      La que le onduló en la mente
      Al llamado Feo Pato
      Cuando miró su retrato
      En el vidrio de la fuente!

      Surgió entonces de la umbría
      Un collar de cisnes blancos
      En cuyos sendosos flancos
      La espuma se emblanquecía.
      (Aquí, al autor, que dormía
      Cuando este cuento soñó,
      Dicen que lo despertó
      La emoción de la belleza.
      Y aquí sigue, o aquí empieza,
      Lo que tras él soñé yo).

      Cisne azul la raza hispana
      Puso un huevo, ciega y sorda,
      En el nido de la gorda
      Pata norteamericana.
      Y ya, desde mi ventana,
      Los norteños patos veo,
      De hosco pico fariseo,
      Que al cisne de Puerto Rico,
      De azul pluma y rojo pico
      Lo llaman "patito feo".

      Pueblo que cisne naciste,
      Mira y sonríe, ante el mote,
      Con sonrisa de Quijote
      Y con su mirada triste;
      Que a la luz del sol que viste
      Del alba tu campo y tu mar,
      Cuando quieras contemplar
      Que es de cisne tu figura,
      Mírate en el agua pura
      De la fuente de tu hogar.

      Con flama de tu real sello,
      Mi cisne de Puerto Rico,
      La lumbre roja del pico
      Prendes izada en el bello
      Candelabro de tu cuello.
      Y azul del celeste tul,
      En que une la Cruz del Sur
      Sus cinco brillantes galas,
      Es el que pinta en tus alas
      Tu firme triángulo azul.

      Oro latino se asoma
      A tu faz y en tu faz brilla.
      Lo fundió en siglos Castilla.
      Y antes de Castilla, Roma.
      Lo hirvió el pueblo de Mahoma
      En sus fraguas sarracenas.
      Y antes de Roma, en Atenas,
      Los Homero y los Esquilos
      Hilaron de ensueños el hilo
      De la hebra azul de tus venas.

      En tu historia y religión
      Tus claros timbres están;
      Que fuiste el más alto afán
      De Juan Ponce de León.
      Mírate, con corazón,
      En tu origen caballero,
      En tu hablar latinoibero,
      En la fe de tus altares,
      Y en la sangre audaz que en Lares
      Regó Manolo el Leñero.

      Veinte cisnes como tú
      Nacieron contigo hermanos
      En los virreinos hermanos
      De Méjico y el Perú.
      Bajo el cielo de tisú
      De la antillana región,
      Los tres cisnes de Colon,
      Las tres cluecas carabelas,
      Fueron las aves abuelas
      En tan maña incubación.

      Alma de la patria mía,
      Cisne azul puertorriqueño,
      Si quieres vivir el sueño
      De tu honor y tu hidalguía,
      Escucha la voz bravía
      De tu independencia santa
      Cuando al cielo la levanta
      El huracán del Caribe
      Que con sus rayos la escribe
      Y con sus truenos la canta.

      Ya surgieron de la espuma
      Los veinte cisnes azules
      En cuyos picos de gules
      Se deslera la bruma.
      A ellos su plumaje suma
      El cisne de mi relato.
      Porque ha visto su retrato
      En los veinte cisnes bellos.
      Porque quiere estar con ellos,
      Porque no quiere ser pato.
    Arriba

    Germinal
      ¿Qué me dicen desplegadas las nubes,
      Esas nubes de tus tristes ojeras?
      ¿Qué me dicen tus mejillas tan pálidas,
      Esas curvas de tus nobles caderas?

      ¿Qué me dicen tus mejillas tan pálidas,
      Tus dos cisnes ahuecando su encaje,
      Tus nostalgias, tus volubles anhelos
      Y el descuido maternal de tu traje?

      ¡Oh!, yo escucho, cuando tocas a risa,
      Un allegro que del cielo me avisa,
      Y vislumbro, cuando el llanto te anega

      En los lagos de tus ojos en calma,
      Las estelas de la nao de mi alma
      Que en el cosmos de tu sangre navega.
    Arriba

    Hambre azul
      Ensueño que estoy cenando
      Y que tu espalda es mi mesa,
      Acostada su blancura,
      Como en la playa te viera
      Nadando sobre la ola
      O echada sobre la arena.

      Mesa desnuda, sin nada
      De mantel ni servilletas;
      Azucarada, olorosa,
      Pintada de miel de abeja
      Libada en los azahares
      De la luna y las estrellas.

      Mesa que en silencio siente,
      Y en silencio canta y reza,
      Y no dice una palabra,
      Y dice toda la ciencia;
      Abeja que pica el cielo;
      Luna que escarba la tierra.

      Ave que raya el enigma
      Y con las alas abiertas,
      Por los siglos de los siglos,
      De la nada al todo vuela,
      Y nada sabe de nada,
      Y todo lo sacramenta
      Con el óleo de los huevos
      Que en sus curvas cacarea
      En las ondas de los nidos.

      Mesa doctora en belleza,
      En la ciencia de la gracia
      Y en la gracia de la ciencia;
      Y mesa, en fin, que en sus vuelos
      Sabe repechar la cuesta
      Que va de Newton a Dante,
      Del número a la quimera,
      El infinito camino que hay
      Entre el cielo y la tierra.

      Chorro de café que hirviendo
      Brinca de la cafetera,
      Se ve caer el rizado
      Chorro negro de tu trenza
      Sobre la espumosa leche
      De la taza que se vuelca
      Y se derrama en tu nuca
      Y por tus hombros se riega.

      ¿Que la plata de tus nalgas
      Me brindará en sus bandejas?
      En una, que rumbe y raje
      El ronco ron de la tierra;
      Mientras la otra se me finge
      Digna de ser la bandeja
      De la petenera copa
      De Jerez de la Frontera.

      Y en la planicie del talle,
      Que es el centro de la mesa,
      El pan de Dios se me ofrece
      Al hambre azul que me incendia.
      Al comerlo, así le grito
      A la multitud de afuera:

      No soy yo quien mata el hambre
      Esta noche en esta mesa;
      No, hermanos; es nuestra especie
      La que se cena esta cena;
      Toda nuestra especie humana
      En su hambre de ser eterna.
    Arriba

    La cuesta del asomante
      Deja, jibarita blanca,
      Deja que el jíbaro cante
      Y que a medianoche suba
      La Cuesta del Asomante.

      Deja que el jíbaro cante,
      Que le cante a otro querer,
      Y que subiendo la cuesta,
      Lo coja el amanecer.

      Pa ca tas, pa ca tas, pa ca tas
      Pa ca tas, pa ca tas, pa ca tas

      Arriba, caballo, mi caballo blanco,
      Arriba, caballo, mi caballo prieto;
      Mi caballo blanco,
      Mi caballo prieto;

      Que arriba está el pasto, la verde sabana,
      Y arriba está el agua, el blanco arroyuelo;
      La verde sabana,
      El blanco arroyuelo.

      Deja que el jíbaro cante
      Y que a medianoche suba
      La Cuesta del Asomante.

      Pa ca tas, pa ca tas, pa ca tas,
      Pa ca tas, pa ca tas, pa ca tas

      Y al fin mi caballo blanco,
      Y al fin mi caballo prieto,
      La Cuesta del Asomante
      Al galope van subiendo.

      -Pa ca tas, pa ca tas, pa ca tas
      Mis caballos de la noche,
      Pa ca tas, pa ca tas, pa ca tas...-
      Mis caballos estrelleros.
      -Pa ca tas, pa ca tas, pa ca tas-
      Que agua y pasto de Dios tienenv -Las flores de los senderos
      Y las aguas de los ríos
      En que se caen los luceros-
      Y así se comen las flores
      Y así se beben los luceros.

      Deja, mi jíbara blanca,
      Que le cante a otro querer,
      Y que subiendo la cuesta,
      -Pa ca tas, pa ca tas, pa ca tas-
      Me coja el amanecer.
    Arriba

    La hija del viejo Pancho
      Cuando canta en la enramada
      Mi buen gallo canagüey
      Y se cuela en el batey
      El frío de la madrugada;
      Cuando la mansa bueyada
      Se despierta en el corral,
      Y los becerros berrear
      Se oyen debajo del rancho,
      Y la hija del viejo Pancho
      Va las vacas a ordeñar
      Entonces viene a mi hamaca
      Un olor como de selva
      Que no sé si está en la yerba
      O en las crines de las jacas
      O en las ubres de las vacas
      O en el estiércol del rancho
      Todo tiene un hondo y ancho
      Olor a felicidad;
      Y ese olor quien me lo da
      Es la hija del viejo Pancho.
    Arriba

    La luna durmió conmigo
      Esta noche la luna no quiere que yo duerma.
      Esta noche la luna saltó por la ventana.
      Y, novia que se quita su ropa de azahares,
      Toda ella desnuda, se ha metido en mi cama.

      Viene de lejos, viene de detrás de las nubes,
      Oreada de sol y plateada de agua.
      Viene que huele a besos: quizá, esta misma noche,
      La enamoró el lucero galán de la mañana.

      Viene que sabe a selva: tal vez, en el camino,
      La curva de su cola rozó con la montaña.
      Viene recién bañada: acaso, bajo el bosque,
      Al vadear el arroyo, se bañó en la cascada.

      Viene a dormir conmigo, a que la goce y bese,
      Y a cantar la mentira de que a mí solo me ama.
      Y como yo, al oírla, por vengarme, le digo
      "Mi amor es como el tuyo", ella se ha puesto pálida.

      Ella se ha puesto pálida, y al besarme la boca,
      Me ilumina las sienes el temblor de sus lágrimas.
      Ahora ya sé que ella, la que en suntuosas noches
      Da su cuerpo desnudo, a mí me ha dado el alma.
    Arriba

    La mujer puertorriqueña
      La mujer puertorriqueña
      Mujer de la tierra mía.
      Venus y a un tiempo María
      De la India Occidental.
      Vengo a cantar la poesía
      De tu gracia tropical.
      Mujer de carne de flor.
      Dueña del manso cordero.
      Digna de que un ruiseñor,
      Bajo el claro de un lucero,
      Te cante un canto de amor.
      Eres bella entre las bellas
      Lo mismo cuando el sol gira
      Sobre tus carnes doncellas,
      Que cuando el cielo te mira
      Con sus mil ojos de estrellas.
      Ondulas como la llama
      Dormida en el pebetero
      Cuando a través de la rama
      El resplandor del lucero
      Baja y te besa en la cama.
      Siembra lirios en tu piel
      La luz plata de tus ojos.
      Y la copa de un clavel,
      Llena de sangre y de miel,
      Se rompe en tus labios rojos.
      Encendido de azahares,
      Su palio el cielo te envía.
      Y se abre, ante tus altares,
      Como una piel, la bahía
      Atigrada de manglares.
      Te ofrece nuestra laguna,
      Ebria de naves ausentes,
      El abanico aceituna
      Que hunde en las noches de luna
      Su varillaje de puentes.
      La isla te brinda un caney,
      Y por baño una cascada,
      Y por patio y por batey
      La más aterciopelada
      De sus vegas de Cayey.
      Cuando desgreña sus brumas
      La Cabeza de San Juan,
      Engorguerada de espumas,
      Es el cabo un capitán
      Inclinándote sus plumas.
      Para ti se hacen panales
      Las flores de las montaña.
      Y en el llano las centrales
      Queman su incienso de caña
      Cual si fueran catedrales.
      El rico manto esmeralda
      Del cafetal presumido
      Lo luce el monte en su falda
      Y cuando está florecido
      Lo cuelga sobre tu espalda.
      Para velar tu atavío,
      Envolviéndote en cendales
      Hechos de espuma del río,
      Rompe todos sus cristales
      El Salto de Comerío.
      En Cabo Rojo se excava
      Y se busca para ti
      El más ardiente rubí
      Cuajado de sangre brava
      Del pirata Cofresí.
      Y los gnomos, que te dan
      A beber agua encantada,
      Cuecen tu cena y tu pan
      En la roja llamarada
      Del árbol de flamboyán.
      Los magos de la poesía
      Te filtran esencias nuevas.
      Yo te filtro el alma mía,
      Para que tú te la bebas
      En una hoja de yautía.
      No hay una sola mañana
      En que al saltar tú del lecho
      No encuentres la rosa grana
      Que yo pongo en tu ventana
      Para perfumar tu pecho.
      Y el aura que hacia ti gira,
      Aura de noche de luna
      Que en tu regazo suspira,
      Siempre te besa con una
      De las trovas de mi lira.
      Día y noche, mi jactancia,
      De poeta y caballero,
      Inclina ante tu elegancia
      La varonil arrogancia
      De mi capa y mi sombrero.
      Mi musa quiere ser hada,
      Para servirte, mondada,
      La naranja de la luna,
      En la lujosa y plateada
      Bandeja de la laguna.
      Quiero, en etérea asención,
      Dejando en el cielo huellas,
      Retar y vencer a Orión,
      Y traerme el cinturón
      Ensangrentado de estrellas.
      Con la Cruz del Sur, anhelo
      Realizar la maravilla
      De desclavarla del cielo
      Para ponerla de horquilla
      En la noche de tu pelo.
      Y en el mar azul turquí,
      Donde naufragó la Atlanta,
      Bajar al fondo y de allí
      Volver con el pez que canta
      Para que te cante a ti.
      Porque tu amor no se abraza
      Al escudo de Tío Sam.
      Tú eres reina de la raza,
      Digna de entrar a la plaza
      Por la Puerta de San Juan.
      Digna de que en la bahía
      Te haga honores militares
      La heroica marinería
      Que supo romper los mares
      En la nao Santa María.
      Digna de que Don Juan Ponce,
      Don Juan Ponce de León,
      En su estatua, se desgonce,
      Cual si aún dentro del bronce
      Le latiera el corazón.
      Digna de que otro Cortés,
      En otra epopeya ibérica,
      Queme las naos otra vez,
      Por conquistar otra América
      Para ponerla a tus pies.
      Quién me diera la realeza
      De los homéricos reyes,
      Para incendiar la maleza
      Y echar al fuego cien bueyes
      En honor a tu belleza.
      Y porque atruene los mares
      El grito que da en la selva
      El fruto de tus ijares,
      Quiero que al nacer lo envuelvas
      En la bandera de Lares.
    Arriba

    La negra (A Félix Matos Bernier)
      Bajo el manto de sombras de la primera noche,
      La mano de Elohím, ahíta en el derroche
      De la bíblica luz del fiat omnifulgente,
      Te amasó con la piel hosca de la serpiente.

      Puso en tu tez la tinta del cuero del moroco
      Y en tus dientes la espuma de la leche del coco.
      Dio a tu seno prestigios de montañesa fuente
      Y a tus muslos textura de caoba incrujiente.

      Virgen, cuando la carne te tiembla en la cadera,
      Remedas la potranca que piafa en la pradera.
      Madre, el divino chorro que tu pecho desgarra,
      Rueda como un guarismo de luz en la pizarra.

      Oh tú, digna de aquel ebrio de inspiración
      Cántico de los cánticos del rey Salomón.
    Arriba

    Leche de la cabra negra
      Como medialuna blanca
      En la medianoche negra,
      Tu blanca piel es la lumbre
      Que aluza mi hosca tristeza.

      Tu piel le reza de noche
      A la noche de la sierra
      La letanía de la espuma
      Del salto de agua en las piedras.

      Y a los luceros les trova
      La más blanca cantarela:
      La de la leche de ensueño
      De la errante azul camella
      Panda en la travesía
      Entre la luna y la tierra.

      Es la carne de tu cuerpo
      Carne de nuez cocotera,
      Cuajo de recién cuajado
      Queso de hoja de Isabela,
      Nieve de Blanca de Nieve,
      Y blanco vellón de oveja.
      Alas de garzota blanca
      Son tus brazos y tus piernas.

      Y eres toda ensueño blanco:
      Leche de la azul camella.

      Luna y blanca, blanca
      Y luna novia en traje do azucena:
      Novia desnuda en la noche:
      Blanca la carne de soda,
      Blanca la cola de espuma
      Y blanco el velo de niebla.
      Flor rociada de rocío
      Y llena de luna llena.
      Flor que se desnuda
      Para que la gocen las estrellas.

      Blanca sal. Azúcar blanca.
      Cal. Cal viva en la cantera.
      Polvo de almidón de yuca.
      Polvo de arroz de Valencia.
      Caracol de limpio nácar.
      Vaso de horchata de almendra.
      Huevo del cisne del cielo.

      Leche do la cabra negra:
      De la cabra de la noche
      Que en la inmensidad berrea,
      Paciendo sobre los astros,
      Y Dios le sopla las tetas
      Que se hinchan de infinito
      Y en vialácteas se deslechan.

      Toda eres claro do luna:
      La luna en tu carne riela.
      Y toda, blanca via láctea:
      Leche de la cabra negra.
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    Linda rubia
      Linda rubia: las otras lindas rubias
      Saben que tú eres la más rubia entre ellas.
      ¿De qué áureos medievales, de qué onzas
      De virreinos en flor, de qué monedas,
      Por el roce de siglos derretidas,
      Se amontonan en tus bucles y tus trenzas
      La melcocha de oro en que embalsada
      Salta en rizos de sol tu caballera?
      Orfebres gnomos de encantadas grutas,
      Forjando magias de metal con ella,
      Para ti harán dos lunas, dos zarcillos,
      Y para mí dos soles, dos espuelas,
      Que alumbren los caminos de la noche
      Y ricen de temblor las madreselvas,
      Cuando salgamos a correr ensueños,
      Montada tú a las ancas de mi yegua,
      Repica que repica repicando
      Pa-ca-tás pa-ca-tás sobre las piedras,
      Encendida de espumas la alazana,
      Encendidas de sangre las espuelas,
      Encendida la noche de luceros
      Y encendida la ruta de quimeras...

      Linda rubia: las otras lindas rubias
      Saben que tú eres la más zarca entre ellas.
      En sueños hice medallón dorado
      Con las dos medialunas de tus cejas;
      Marco de mi retrato en miniatura,
      Que vi en tus ojos de color turquesa
      Que las azules alas le robaron
      A la azul mariposa de la huerta;
      A la azul mariposa de azul alba
      En que el sol madrugó turnio de ojeras;
      A la azul mariposa que en la rosa
      Lograste al fin hacerla prisionera.

      Linda rubia: las otras lindas rubias
      Envidian la blancura de tus perlas.
      Tus labios, los dos cárdenos gusanos,
      Que tu lengua de miel aterciopela
      Unidos en los picos y en las colas
      En apretado amor de macho y hembra,
      Circundan tu nidada de marfiles,
      Tus dos triunfales arcos en hileras,
      Que hízolos Dios para que fuesen dientes
      Y que una noche se volvieron perlas,
      Una noche de orgía en el Olimpo,
      De rumba y bacanal, la noche lesbia
      De la luna desnuda y tú desnuda,
      En que borracha tú y borracha ella,
      Le pegaste un mordisco en las mejillas
      Empolvadas de polvo de luciérnagas,
      Y así bañaste en lumbre tus marfiles
      Que se volvieron luminosas perlas.

      Linda rubia: las otras lindas rubias
      El lujo de tus nácares ensueñan.
      Nácares que en tus dedos acumulan
      La impalpabilidad con que la abeja
      Liba el glóbulo intáctil de rocío
      Sin que su etérea levedad la sienta.
      Besos de vaporosos colibríes
      Que rozan sin rozar las astromelias.
      Nácares de las uñas de tus dedos
      Que palpan sin palpar mi cabellera.
      Como las de las playas de los mares,
      Uñas de las minúsculas almejas
      Que por entre las púdicas enaguas,
      En que la espuma se desriza en seda,
      Rascan las blancas nalgas de las olas
      Que a retozar se tienden en la arena.

      Linda rubia: las otras lindas rubias
      Saben que tú eres la más blanca entre ellas.
      Tú eres la luna medialuna blanca
      En mis suntuosas noches de bohemia,
      En las aristocráticas orgías
      -Vinos de mieles de Afrodita y Leda-
      Y hasta en las náuseas del amor rendido
      Que vomita su alcohol en las tinieblas.
      La medialuna es Venus de los cielos
      Y tú eres medialuna de la tierra.
      En tu falda de plata, Medialuna,
      Voy a besar el oro de una estrella.
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    Madrugada
      Ya está el lucero del alba
      Encimita del palmar,
      Como horquilla de cristal
      En el moño de una palma.
      Hacia él vuela mi alma,
      Buscándote en el vacío.
      Si también de tu bohío
      Lo estuvieras tú mirando,
      Ahora se estarían besando
      Tu pensamiento y el mío.
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    Medianoche
      A la orilla del camino
      Que en la sierra se encarama,
      Mi gallo duerme en la rama
      De viejo laurel sabino.
      Le corre ardor masculino
      Desde el pico hasta la hiel.
      Y en la rama de laurel,
      La luna que lo ilumina
      Es como blanca gallina
      Que abre un ala sobre él.
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    Mediodía
      Mi gallo ama el bosque umbrío
      De la verde cordillera
      Y la caricia casera
      De la hamaca en el bohío.
      Cuando lanza su cantío,
      Es por su tierra y su amada.
      Galán de capa y espada,
      Es el donjuán de la fronda,
      Que bajo la fronda, ronda
      Con su capa colorada.
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    Muerta
      Cuando yo más la queria,
      Se fue para el camposanto.
      Toda la sal de mi llanto
      No sazona el alma mía.
      En mi choza ya vacía,
      El ave del luto arrulla.
      Y el can del recuerdo aúlla
      Las veces que en ansias locas
      Por ir en pos de otras bocas
      Dejé de besar la suya.
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    Ojos negros
      ¡Ojos tuyos! Ojos negros, que el amor los enfurece.
      Pupilas que se dilatan ante la azul inmensidad.
      Astros donde la luz se ennegrece
      Para que haya estrellas en la claridad.

      Viajeros en que el polvo de la Vía Láctea florece,
      Porque vienen jadeantes de la eternidad.
      Cosmos en que a un tiempo amanece y anochece,
      Violadores de la física de la Divinidad.

      Cimas que la seda de los párpados cubre de nieblas.
      Noches que son luz anegada en tinieblas.
      Días que son tinieblas inundadas de luz.

      Ojos que son clavos que en ti me sujetan como en una cruz.
      Y ojos consonantes, que al mirarme han rimado
      Su más dulce y armonioso pareado.
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    Pancho Ibero
      ¡Pancho Ibero! Tronco de honda raíz ibérica
      Y encarnación de la América española.
      Una ola te trajo a las playas de América.
      ¡Pancho Ibero! ¡Bendita sea la ola!

      Tramas la dictadura, pero armas la revolución;
      Que eres a un tiempo pulpero y soñador.
      Y sabes llevar con arte el clac
      Pero prefieres tu sombrero de Panamá.

      Y mientras el Tío Sam en su águila cabalga
      Acaricias de tu cóndor las alas
      Y afilas en la piedra el cuchillo y la azada;

      Porque una noche sueñas en la Vía Láctea
      Y otra noche en la res que en la pampa destazas...
      Que no en vano nos vienes de Quijote y de Panza.
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    Parió la luna
      Altamar del Mar Caribe.
      Noche azul. Blanca goleta.
      Una voz grita en la noche:

      -¡Marineros! ¡A cubierta!

      Es el aullido del lobo
      Capitán de la velera.
      Aúlla porque ha parido
      Su novia la luna nueva.

      Y todos ven el lucero
      Que en el azul va tras ella:
      Ven el corderito blanco
      Detrás de la blanca oveja.

      El piloto de la nave,
      Que a la baranda se acerca,
      Al ver el mar, todo espuma,
      Canta con voz de poeta:

      -En sus azules hamacas
      Mece el mar sus azucenas.
      Y entredice el sobrecargo:

      -Es que las marinas yeguas
      Van al escape y sus crines
      Se vuelven sartas de perlas.

      Y otra vez aúlla el lobo
      Capitán de la goleta:

      -No son espumas de olas,
      Ni albas crines, ni azucenas:
      Es que en el mar cae la leche
      Del pecho que saca afuera,
      Porque ha parido un lucero,
      Mi novia la luna nueva.
    Arriba

    Retornelo
      La golondrina mansa del recuerdo
      Se ha posado en mi torre de poeta.
      Viene de las difuntas lejanías...
      Del lado allá de las aradas sendas...

      Del sequedal escueto del olvido...
      De ti, La amada de una noche bella...

      ¡Aquella noche!... La montaña. El valle...
      La echadez de la casa solariega,
      Serenamente asida y aclocada
      Sobre las siete vacas de la hacienda...

      La sedante humedad de la mullida
      Alfombra de cojitre y hojas secas
      Bajo el parido cafetal del fundo
      Combado en la hinchazón de la ladera..

      El mudo cucuyear de los bohíos
      Pegados a los pechos de la sierra...

      Los misteriosos untos de la noche:
      Quietud, silencio, soledad, tinieblas,
      Imprimando los tintes de la hora...
      Cielo arriba, La bruma cenicienta
      Acochando los rucios recentales
      Que se maman La miel de las estrellas...

      Abajo, en el zigzag de La quebrada,
      El arroyuelo de agua montañesa
      Rozando melodías al cimbrearse
      En arcos de violín sobre las peñas...

      La vieja letanía del camino,
      Rezada en el rosario de sus piedras,
      En el ora pro nobis del que parte
      Y el miserere nobis del que llega...

      El efusivo perro que atizaba
      La risa de su cola zalamera,
      Trasegando en la taza de tu mano
      La humedad de su hocico y de su lengua...

      La herida ave de lejana copla
      Que venía volando en una décima
      Y murió al arribar en nuestro abrazo
      Y en nuestro abrazo la apretamos muerta...

      Y la invasora abeja del deseo
      Zumbando en el panal de tu inocencia...
      Y el beso que rozó mudo tus labios
      Y estalló en la más honda de tus venas.

      Todo el poema de la noche virgen
      En que te amé bajo sus gasas trémulas,
      La golondrina mansa del recuerdo
      Lo abre hoy en mi torre de poeta
      Y revuela en la torre un azul soplo
      Que la destelaraña y la despierta...
    Arriba

    Treno de mar
      Una novia en la playa...
      Una vela en el mar...

      Los péndulos de hojas,
      Que cuelgan del cocal,
      Tararean, ean, ean,
      La Oración del Jamás.

      Las gaviotas se cimbran
      En el vuelo fugaz
      Con que las lleva al nido
      La luz crepuscular.

      Rojas brasas las rocas
      Queman la flor de sal,
      Que polvoreó sobre ellas
      La salobre humedad.

      Errante nube tiende
      Su pañolón de holán,
      Con que Dios en el cielo
      Limpia el azul cristal.

      No hay espuma en la lenta
      Onda que viene y va.
      Ni la brisa sahúma
      La desmayada paz.

      Lloran, bajo la tarde,
      Su triste soledad,
      Una novia en la playa
      Y una vela en el mar.
    Arriba

    Valle de Collores
      Cuando salí de Collores,
      Fue en una jaquita baya
      Por un sendero entre mayas
      Arropás de cundiamores.
      Adiós, malezas y flores
      De la barranca del río,
      Y mis noches del bohío,
      Y aquella apacible calma,
      Y los viejos de mi alma,
      Y los hermanitos míos.

      Qué pena la que sentía,
      Cuando hacia atrás yo miraba,
      Y una casa se alejaba,
      Y esa casa era la mía.
      La última vez que volvía
      Los ojos, vi el blanco vuelo
      De aquel maternal pañuelo
      Empapado con el zumo
      Del dolor. Más allá, humo
      Esfumándose en el cielo.

      La campestre floración
      Era triste, opaca, mustia.
      Y todo, como una angustia,
      Me apretaba el corazón.
      La jaca, a su discreción,
      Iba a paso perezoso.
      Zumbaba el viento, oloroso
      A madreselvas y a pinos.
      Y las ceibas del camino
      Parecían sauces llorosos.

      No recuerdo cómo fue
      (Aquí la memoria pierdo).
      Mas en mi oro de recuerdos,
      Recuerdo que al fin llegué:
      La urbe, el teatro, el café,
      La plaza, el parque, la acera...
      Y en una novia hechicera,
      Hallé el ramaje encendido,
      Donde colgué el primer nido
      De mi primera quimera.

      Después, en pos de ideales.
      Entonces, me hirió la envidia.
      Y la calumnia y la insidia
      Y el odio de los mortales.
      Y urdiendo sueños triunfales,
      Vi otra vez el blanco vuelo
      De aquel maternal pañuelo
      Empapado con el zumo
      Del dolor. Lo demás, humo
      Esfumándose en el cielo.

      Ay, la gloria es sueño vano.
      Y el placer, tan solo viento.
      Y la riqueza, tormento.
      Y el poder, hosco gusano.
      Ay, si estuviera en mis manos
      Borrar mis triunfos mayores,
      Y a mi bohío de Collores
      Volver en la jaca baya
      Por el sendero entre mayas
      Arropás de cundiamores.
    Arriba

    Vida criolla
      Ay, qué lindo es mi bohío
      Y qué alegre es mi palmar
      Y qué fresco el platanar
      De la orillita del río.
      Qué sabroso es tener frío
      Y un buen cigarro encender.
      Qué dicha no conocer
      De letras ni astronomia.
      Y qué buena hembra la mía
      Cuando se deja querer.
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