Luis Lloréns Torres

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    Información biográfica

  1. A Puerto Rico (A Tomás Carrión)
  2. Alta mar
  3. Amanecer
  4. Anhelos
  5. Barcarola
  6. Bendito sea el diablo
  7. Carnaval
  8. Desafío
  9. Dora Panchita
  10. El drama del olvido
  11. El negro
  12. El patito feo
  13. Germinal
  14. Hambre azul
  15. La cuesta del asomante
  16. La hija del viejo Pancho
  17. La luna durmió conmigo
  18. La mujer puertorriqueña
  19. La negra (A Félix Matos Bernier)
  20. Leche de la cabra negra
  21. Linda rubia
  22. Madrugada
  23. Medianoche
  24. Mediodía
  25. Muerta
  26. Ojos negros
  27. Pancho Ibero
  28. Parió la luna
  29. Retornelo
  30. Treno de mar
  31. Valle de Collores
  32. Vida criolla


Información biográfica
    Nombre: Luis Lloréns Torres
    Lugar y fecha nacimiento: Juana Díaz, Puerto Rico, 14 de mayo de 1876
    Lugar y fecha defunción: Santurce, Puerto Rico, 16 de junio de 1944 (68 años)
    Ocupación: Jurista, doctor en Filosofía, escritor, dramaturgo, periodista, poeta

    Fuente: [Luis Lloréns Torres] en Wikipedia.org
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    A Puerto Rico (A Tomás Carrión)
      La América fue tuya. Fue tuya en la corona
      Embrujada de plumas del cacique Agüeybana,
      Que traía el misterio de una noche de siglos
      Y quemóse en el rayo de sol de una mañana.

      El África fue tuya. Fue tuya en las esclavas
      Que el surco roturaron, al sol canicular.
      Tenían la piel negra y España les dio un beso
      Y las volvió criollas de luz crepuscular.

      También fue tuya España. Y fue San Juan la joya,
      Que aquella madre vieja y madre todavía,
      Prendió de tu recuerdo como un brillante al aire

      Sobre el aro de oro que ciñe la bahía.
      ¿Y el Yanki de alto cuerpo y alma infantil quizás?
      ¡El Yanki no fue tuyo ni lo será jamás!
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    Alta mar
      Para asomarme, desde mi alma, al mundo
      Ábrete y serás tú la única puerta.
      Ábrete en un amor tan ultrahumano
      Que se salga del caso de la tierra.

      Ábrete en el temblor de la mirada
      Que más en tu alma que en tus ojos tiembla,
      Y en el rocío de sangre de lucero
      Que te untas en los labios cuando besas.

      Ábrete en el incendio del dorado
      Enjambre que en tus rizos se desmiela,
      Y en las dos zarcas aves que en la paja
      De tus pestañas a sonar se echan.

      Ábrete en un amor tan ultrahumano,
      Que haga polvo el cristal de tus caderas,
      Y que tan dulce el corazón me endulce,
      Que al morirme lo piquen las abejas.
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    Amanecer
      Guíñale al sol la cabaña.
      El río es brazo que se pierde
      Por entre la manga verde
      Que cuelga de la montaña.
      El yerbazal se desbaña.
      La luz babea la colina.
      Y más que el veloz caballo,
      Hiere la paz campesina
      La puñalada honda y fina
      Del cantío de mi gallo.
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    Anhelos
      Oh, los anhelos de mi amor insanos.
      Quiero empañar tus límpidos cristales
      Y ver palidecer esos corales
      Sobre las perlas de tu boca ufanos.

      Quiero que llore, herida en sus arcanos,
      Tu fuente de rosados manantiales
      Y que tiemble en tus tiernos maizales
      La panoja rindiéndome sus granos.

      Yo quiero ser tu vórtice y tu freno;
      En el oleaje de tu amor, la roca;
      Noche en el sol de tu mirar sereno;

      Sol en la noche que tu trenza evoca;
      Serpiente en los nidales de tu seno;
      Y abeja en los panales de tu boca.
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    Barcarola
      Déjame, niña, bogar,
      En el esquife de un verso,
      Por el oleaje perverso
      De tus pupilas de mar.
      Quiero en ellas desafiar
      Las rachas de tu ilusión,
      Y que una ola de pasión
      Me envuelva en sus espirales,
      Me ahogue entre sus cristales.
      Y me hunda en tu corazón.
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    Bendito sea el diablo
      Bendito sea el Diablo, que me amarra
      Al rojo de su capa y de su pluma,
      Y mis sentidos en amor sahúma,
      Y en fuego de dolor los achicharra.

      Brinda una flor en su espumosa jarra
      Y una mujer surgiendo de la espuma,
      Que urden el iris de belleza suma
      En que se enciende el arco de su garra.

      No importa si la flor es venenosa
      O es el infierno la mujer hermosa
      En cuya tentación he de caer.

      Bendito sea el Diablo que me tienta,
      Si siempre ante mis ojos se presenta
      Con una flor y en forma de mujer.
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    Carnaval
      Bella ficción de reinas y de reyes...
      Oh, carnaval, alegre carnaval,
      Que unces tus yuntas de mejores bueyes
      Y aras la carne en el vaivén del vals.

      Arado quo revuelcas corazones,
      En surcos de dolor y de placer,
      Y arrancas las raíces y tocones,
      Que dejaron las siembras del ayer.

      Queda, desnuda, la cachonda era,
      Apta para la nueva primavera,
      Que vaticina el grito del amor.

      Grito y clarín de la fecunda guerra
      En que hasta las lombrices de la tierra
      Sueñan el sueño de la flor.
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    Desafío
      Gallo que los tiene azules,
      Es el que los sueños míos
      Ensueñan en desafios
      Que el campo tiñan de gules.
      Que su plumaje de tules
      La lid desfleque y desfibre.
      Y que cuando cante y vibre,
      Al lanzarse a la pelea,
      Su canto de plata sea:
      ¡Viva Puerto Rico libre!
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    Dora Panchita
      A doña Panchita el sol
      La hizo de carne trigueña.
      El sol la hizo buena moza.
      El sol la hizo buena hembra.

      Le puso negro el cabello;
      Negras las pupilas negras;
      Le puso dulces los labios;
      Le puso dulce la lengua.

      Dicen que dicen que doña Panchita
      Novia es del sol tropical que la besa.
      Dicen que dicen que doña Panchita
      Siente que hierve la sangre en sus venas.

      Dicen que dicen que doña Panchita
      Ha de pecar bajo el sol que la quema.
      Dicen que dicen que si ella pecara
      Culpa sería del sol de su tierra.

      Las flores perfuman.
      Los pájaros vuelan.
      Y doña Panchita
      Es hija de Eva.
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    El drama del olvido
      El -La historia de nuestro amor,
      Que aún sahúma tu memoria,
      Fue breve como la historia
      De la abeja con la flor.

      Prisionera de la flor,
      La abeja sabe libar
      En su cárcel de azahar.

      Y cuando liba la esencia,
      Recobra su independencia
      Y se vuelve al colmenar.

      Ella -Te di el libro de mi vida,
      Para que tú lo leyeras,
      Y en sus páginas primeras
      Te deslumbraste en seguida.

      Tu curiosidad herida
      Quiso el final conocer.

      Y hoy lo cierras sin saber
      Que entre sus hojas extremas
      Hay los más bellos poemas
      Que dejaste sin leer.
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    El negro
      Niño, de noche lanzábame a la selva,
      Acompañado del negro viejo de la hacienda,
      Y cruzábamos juntos la manigua espesa.
      Yo sentía el silencioso pisar de las fieras

      Y el aliento tibio de sus bocas abiertas.
      Pero el negro a mi lado era una fuerza
      Que con sus brazos desgajaba las ceibas
      Y con sus ojos se tragaba las tinieblas.

      Ya hombre, también a la selva del mundo fui
      Y entre hombres y mujeres de todas las razas viví.
      Y también su pisar silencioso sentí.

      Y tuve miedo, como de niño... pero no huí...
      Porque en mi propia sombra siempre vi
      Al negro viejo siempre cerca de mí.
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    El patito feo
      No se si danés o ruso,
      Genial cuentista relata
      Que en el nido de una pata
      La hembra de un cisne puso.
      Y ahorrando las frases de uso
      En los cuentos eruditos,
      Diz que sin más requisitos,
      En el trigésimo día,
      La pata saco su cría
      De diez y nueve patitos.

      Según este cuento breve,
      Creció el rebaño pigmeo
      Llamando "patito feo"
      Al patito diez y nueve.
      ¡El pobre! Siempre la nieve
      Lo encontró fuera del ala.
      Y siempre erró en la antesala
      De sus diez y ocho hermanos
      Que dejábanle sin granos
      Las espigas de la tala.

      Vagando por la campiña
      La palmípeda cuadrilla
      Al fin llegó hasta la orilla
      De la fuente en la montaña.
      ¡Qué sensación tan extraña
      Y a la par tan complaciente
      La que le onduló en la mente
      Al llamado Feo Pato
      Cuando miró su retrato
      En el vidrio de la fuente!

      Surgió entonces de la umbría
      Un collar de cisnes blancos
      En cuyos sendosos flancos
      La espuma se emblanquecía.
      (Aquí, al autor, que dormía
      Cuando este cuento soñó,
      Dicen que lo despertó
      La emoción de la belleza.
      Y aquí sigue, o aquí empieza,
      Lo que tras él soñé yo).

      Cisne azul la raza hispana
      Puso un huevo, ciega y sorda,
      En el nido de la gorda
      Pata norteamericana.
      Y ya, desde mi ventana,
      Los norteños patos veo,
      De hosco pico fariseo,
      Que al cisne de Puerto Rico,
      De azul pluma y rojo pico
      Lo llaman "patito feo".

      Pueblo que cisne naciste,
      Mira y sonríe, ante el mote,
      Con sonrisa de Quijote
      Y con su mirada triste;
      Que a la luz del sol que viste
      Del alba tu campo y tu mar,
      Cuando quieras contemplar
      Que es de cisne tu figura,
      Mírate en el agua pura
      De la fuente de tu hogar.

      Con flama de tu real sello,
      Mi cisne de Puerto Rico,
      La lumbre roja del pico
      Prendes izada en el bello
      Candelabro de tu cuello.
      Y azul del celeste tul,
      En que une la Cruz del Sur
      Sus cinco brillantes galas,
      Es el que pinta en tus alas
      Tu firme triángulo azul.

      Oro latino se asoma
      A tu faz y en tu faz brilla.
      Lo fundió en siglos Castilla.
      Y antes de Castilla, Roma.
      Lo hirvió el pueblo de Mahoma
      En sus fraguas sarracenas.
      Y antes de Roma, en Atenas,
      Los Homero y los Esquilos
      Hilaron de ensueños el hilo
      De la hebra azul de tus venas.

      En tu historia y religión
      Tus claros timbres están;
      Que fuiste el más alto afán
      De Juan Ponce de León.
      Mírate, con corazón,
      En tu origen caballero,
      En tu hablar latinoibero,
      En la fe de tus altares,
      Y en la sangre audaz que en Lares
      Regó Manolo el Leñero.

      Veinte cisnes como tú
      Nacieron contigo hermanos
      En los virreinos hermanos
      De Méjico y el Perú.
      Bajo el cielo de tisú
      De la antillana región,
      Los tres cisnes de Colon,
      Las tres cluecas carabelas,
      Fueron las aves abuelas
      En tan maña incubación.

      Alma de la patria mía,
      Cisne azul puertorriqueño,
      Si quieres vivir el sueño
      De tu honor y tu hidalguía,
      Escucha la voz bravía
      De tu independencia santa
      Cuando al cielo la levanta
      El huracán del Caribe
      Que con sus rayos la escribe
      Y con sus truenos la canta.

      Ya surgieron de la espuma
      Los veinte cisnes azules
      En cuyos picos de gules
      Se deslera la bruma.
      A ellos su plumaje suma
      El cisne de mi relato.
      Porque ha visto su retrato
      En los veinte cisnes bellos.
      Porque quiere estar con ellos,
      Porque no quiere ser pato.
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    Germinal
      ¿Qué me dicen desplegadas las nubes,
      Esas nubes de tus tristes ojeras?
      ¿Qué me dicen tus mejillas tan pálidas,
      Esas curvas de tus nobles caderas?

      ¿Qué me dicen tus mejillas tan pálidas,
      Tus dos cisnes ahuecando su encaje,
      Tus nostalgias, tus volubles anhelos
      Y el descuido maternal de tu traje?

      ¡Oh!, yo escucho, cuando tocas a risa,
      Un allegro que del cielo me avisa,
      Y vislumbro, cuando el llanto te anega

      En los lagos de tus ojos en calma,
      Las estelas de la nao de mi alma
      Que en el cosmos de tu sangre navega.
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    Hambre azul
      Ensueño que estoy cenando
      Y que tu espalda es mi mesa,
      Acostada su blancura,
      Como en la playa te viera
      Nadando sobre la ola
      O echada sobre la arena.

      Mesa desnuda, sin nada
      De mantel ni servilletas;
      Azucarada, olorosa,
      Pintada de miel de abeja
      Libada en los azahares
      De la luna y las estrellas.

      Mesa que en silencio siente,
      Y en silencio canta y reza,
      Y no dice una palabra,
      Y dice toda la ciencia;
      Abeja que pica el cielo;
      Luna que escarba la tierra.

      Ave que raya el enigma
      Y con las alas abiertas,
      Por los siglos de los siglos,
      De la nada al todo vuela,
      Y nada sabe de nada,
      Y todo lo sacramenta
      Con el óleo de los huevos
      Que en sus curvas cacarea
      En las ondas de los nidos.

      Mesa doctora en belleza,
      En la ciencia de la gracia
      Y en la gracia de la ciencia;
      Y mesa, en fin, que en sus vuelos
      Sabe repechar la cuesta
      Que va de Newton a Dante,
      Del número a la quimera,
      El infinito camino que hay
      Entre el cielo y la tierra.

      Chorro de café que hirviendo
      Brinca de la cafetera,
      Se ve caer el rizado
      Chorro negro de tu trenza
      Sobre la espumosa leche
      De la taza que se vuelca
      Y se derrama en tu nuca
      Y por tus hombros se riega.

      ¿Que la plata de tus nalgas
      Me brindará en sus bandejas?
      En una, que rumbe y raje
      El ronco ron de la tierra;
      Mientras la otra se me finge
      Digna de ser la bandeja
      De la petenera copa
      De Jerez de la Frontera.

      Y en la planicie del talle,
      Que es el centro de la mesa,
      El pan de Dios se me ofrece
      Al hambre azul que me incendia.
      Al comerlo, así le grito
      A la multitud de afuera:

      No soy yo quien mata el hambre
      Esta noche en esta mesa;
      No, hermanos; es nuestra especie
      La que se cena esta cena;
      Toda nuestra especie humana
      En su hambre de ser eterna.
    Arriba

    La cuesta del asomante
      Deja, jibarita blanca,
      Deja que el jíbaro cante
      Y que a medianoche suba
      La Cuesta del Asomante.

      Deja que el jíbaro cante,
      Que le cante a otro querer,
      Y que subiendo la cuesta,
      Lo coja el amanecer.

      Pa ca tas, pa ca tas, pa ca tas
      Pa ca tas, pa ca tas, pa ca tas

      Arriba, caballo, mi caballo blanco,
      Arriba, caballo, mi caballo prieto;
      Mi caballo blanco,
      Mi caballo prieto;

      Que arriba está el pasto, la verde sabana,
      Y arriba está el agua, el blanco arroyuelo;
      La verde sabana,
      El blanco arroyuelo.

      Deja que el jíbaro cante
      Y que a medianoche suba
      La Cuesta del Asomante.

      Pa ca tas, pa ca tas, pa ca tas,
      Pa ca tas, pa ca tas, pa ca tas

      Y al fin mi caballo blanco,
      Y al fin mi caballo prieto,
      La Cuesta del Asomante
      Al galope van subiendo.

      -Pa ca tas, pa ca tas, pa ca tas
      Mis caballos de la noche,
      Pa ca tas, pa ca tas, pa ca tas...-
      Mis caballos estrelleros.
      -Pa ca tas, pa ca tas, pa ca tas-
      Que agua y pasto de Dios tienenv -Las flores de los senderos
      Y las aguas de los ríos
      En que se caen los luceros-
      Y así se comen las flores
      Y así se beben los luceros.

      Deja, mi jíbara blanca,
      Que le cante a otro querer,
      Y que subiendo la cuesta,
      -Pa ca tas, pa ca tas, pa ca tas-
      Me coja el amanecer.
    Arriba

    La hija del viejo Pancho
      Cuando canta en la enramada
      Mi buen gallo canagüey
      Y se cuela en el batey
      El frío de la madrugada;
      Cuando la mansa bueyada
      Se despierta en el corral,
      Y los becerros berrear
      Se oyen debajo del rancho,
      Y la hija del viejo Pancho
      Va las vacas a ordeñar
      Entonces viene a mi hamaca
      Un olor como de selva
      Que no sé si está en la yerba
      O en las crines de las jacas
      O en las ubres de las vacas
      O en el estiércol del rancho
      Todo tiene un hondo y ancho
      Olor a felicidad;
      Y ese olor quien me lo da
      Es la hija del viejo Pancho.
    Arriba

    La luna durmió conmigo
      Esta noche la luna no quiere que yo duerma.
      Esta noche la luna saltó por la ventana.
      Y, novia que se quita su ropa de azahares,
      Toda ella desnuda, se ha metido en mi cama.

      Viene de lejos, viene de detrás de las nubes,
      Oreada de sol y plateada de agua.
      Viene que huele a besos: quizá, esta misma noche,
      La enamoró el lucero galán de la mañana.

      Viene que sabe a selva: tal vez, en el camino,
      La curva de su cola rozó con la montaña.
      Viene recién bañada: acaso, bajo el bosque,
      Al vadear el arroyo, se bañó en la cascada.

      Viene a dormir conmigo, a que la goce y bese,
      Y a cantar la mentira de que a mí solo me ama.
      Y como yo, al oírla, por vengarme, le digo
      "Mi amor es como el tuyo", ella se ha puesto pálida.

      Ella se ha puesto pálida, y al besarme la boca,
      Me ilumina las sienes el temblor de sus lágrimas.
      Ahora ya sé que ella, la que en suntuosas noches
      Da su cuerpo desnudo, a mí me ha dado el alma.
    Arriba

    La mujer puertorriqueña
      La mujer puertorriqueña
      Mujer de la tierra mía.
      Venus y a un tiempo María
      De la India Occidental.
      Vengo a cantar la poesía
      De tu gracia tropical.
      Mujer de carne de flor.
      Dueña del manso cordero.
      Digna de que un ruiseñor,
      Bajo el claro de un lucero,
      Te cante un canto de amor.
      Eres bella entre las bellas
      Lo mismo cuando el sol gira
      Sobre tus carnes doncellas,
      Que cuando el cielo te mira
      Con sus mil ojos de estrellas.
      Ondulas como la llama
      Dormida en el pebetero
      Cuando a través de la rama
      El resplandor del lucero
      Baja y te besa en la cama.
      Siembra lirios en tu piel
      La luz plata de tus ojos.
      Y la copa de un clavel,
      Llena de sangre y de miel,
      Se rompe en tus labios rojos.
      Encendido de azahares,
      Su palio el cielo te envía.
      Y se abre, ante tus altares,
      Como una piel, la bahía
      Atigrada de manglares.
      Te ofrece nuestra laguna,
      Ebria de naves ausentes,
      El abanico aceituna
      Que hunde en las noches de luna
      Su varillaje de puentes.
      La isla te brinda un caney,
      Y por baño una cascada,
      Y por patio y por batey
      La más aterciopelada
      De sus vegas de Cayey.
      Cuando desgreña sus brumas
      La Cabeza de San Juan,
      Engorguerada de espumas,
      Es el cabo un capitán
      Inclinándote sus plumas.
      Para ti se hacen panales
      Las flores de las montaña.
      Y en el llano las centrales
      Queman su incienso de caña
      Cual si fueran catedrales.
      El rico manto esmeralda
      Del cafetal presumido
      Lo luce el monte en su falda
      Y cuando está florecido
      Lo cuelga sobre tu espalda.
      Para velar tu atavío,
      Envolviéndote en cendales
      Hechos de espuma del río,
      Rompe todos sus cristales
      El Salto de Comerío.
      En Cabo Rojo se excava
      Y se busca para ti
      El más ardiente rubí
      Cuajado de sangre brava
      Del pirata Cofresí.
      Y los gnomos, que te dan
      A beber agua encantada,
      Cuecen tu cena y tu pan
      En la roja llamarada
      Del árbol de flamboyán.
      Los magos de la poesía
      Te filtran esencias nuevas.
      Yo te filtro el alma mía,
      Para que tú te la bebas
      En una hoja de yautía.
      No hay una sola mañana
      En que al saltar tú del lecho
      No encuentres la rosa grana
      Que yo pongo en tu ventana
      Para perfumar tu pecho.
      Y el aura que hacia ti gira,
      Aura de noche de luna
      Que en tu regazo suspira,
      Siempre te besa con una
      De las trovas de mi lira.
      Día y noche, mi jactancia,
      De poeta y caballero,
      Inclina ante tu elegancia
      La varonil arrogancia
      De mi capa y mi sombrero.
      Mi musa quiere ser hada,
      Para servirte, mondada,
      La naranja de la luna,
      En la lujosa y plateada
      Bandeja de la laguna.
      Quiero, en etérea asención,
      Dejando en el cielo huellas,
      Retar y vencer a Orión,
      Y traerme el cinturón
      Ensangrentado de estrellas.
      Con la Cruz del Sur, anhelo
      Realizar la maravilla
      De desclavarla del cielo
      Para ponerla de horquilla
      En la noche de tu pelo.
      Y en el mar azul turquí,
      Donde naufragó la Atlanta,
      Bajar al fondo y de allí
      Volver con el pez que canta
      Para que te cante a ti.
      Porque tu amor no se abraza
      Al escudo de Tío Sam.
      Tú eres reina de la raza,
      Digna de entrar a la plaza
      Por la Puerta de San Juan.
      Digna de que en la bahía
      Te haga honores militares
      La heroica marinería
      Que supo romper los mares
      En la nao Santa María.
      Digna de que Don Juan Ponce,
      Don Juan Ponce de León,
      En su estatua, se desgonce,
      Cual si aún dentro del bronce
      Le latiera el corazón.
      Digna de que otro Cortés,
      En otra epopeya ibérica,
      Queme las naos otra vez,
      Por conquistar otra América
      Para ponerla a tus pies.
      Quién me diera la realeza
      De los homéricos reyes,
      Para incendiar la maleza
      Y echar al fuego cien bueyes
      En honor a tu belleza.
      Y porque atruene los mares
      El grito que da en la selva
      El fruto de tus ijares,
      Quiero que al nacer lo envuelvas
      En la bandera de Lares.
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    La negra (A Félix Matos Bernier)
      Bajo el manto de sombras de la primera noche,
      La mano de Elohím, ahíta en el derroche
      De la bíblica luz del fiat omnifulgente,
      Te amasó con la piel hosca de la serpiente.

      Puso en tu tez la tinta del cuero del moroco
      Y en tus dientes la espuma de la leche del coco.
      Dio a tu seno prestigios de montañesa fuente
      Y a tus muslos textura de caoba incrujiente.

      Virgen, cuando la carne te tiembla en la cadera,
      Remedas la potranca que piafa en la pradera.
      Madre, el divino chorro que tu pecho desgarra,
      Rueda como un guarismo de luz en la pizarra.

      Oh tú, digna de aquel ebrio de inspiración
      Cántico de los cánticos del rey Salomón.
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    Leche de la cabra negra
      Como medialuna blanca
      En la medianoche negra,
      Tu blanca piel es la lumbre
      Que aluza mi hosca tristeza.

      Tu piel le reza de noche
      A la noche de la sierra
      La letanía de la espuma
      Del salto de agua en las piedras.

      Y a los luceros les trova
      La más blanca cantarela:
      La de la leche de ensueño
      De la errante azul camella
      Panda en la travesía
      Entre la luna y la tierra.

      Es la carne de tu cuerpo
      Carne de nuez cocotera,
      Cuajo de recién cuajado
      Queso de hoja de Isabela,
      Nieve de Blanca de Nieve,
      Y blanco vellón de oveja.
      Alas de garzota blanca
      Son tus brazos y tus piernas.

      Y eres toda ensueño blanco:
      Leche de la azul camella.

      Luna y blanca, blanca
      Y luna novia en traje do azucena:
      Novia desnuda en la noche:
      Blanca la carne de soda,
      Blanca la cola de espuma
      Y blanco el velo de niebla.
      Flor rociada de rocío
      Y llena de luna llena.
      Flor que se desnuda
      Para que la gocen las estrellas.

      Blanca sal. Azúcar blanca.
      Cal. Cal viva en la cantera.
      Polvo de almidón de yuca.
      Polvo de arroz de Valencia.
      Caracol de limpio nácar.
      Vaso de horchata de almendra.
      Huevo del cisne del cielo.

      Leche do la cabra negra:
      De la cabra de la noche
      Que en la inmensidad berrea,
      Paciendo sobre los astros,
      Y Dios le sopla las tetas
      Que se hinchan de infinito
      Y en vialácteas se deslechan.

      Toda eres claro do luna:
      La luna en tu carne riela.
      Y toda, blanca via láctea:
      Leche de la cabra negra.
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    Linda rubia
      Linda rubia: las otras lindas rubias
      Saben que tú eres la más rubia entre ellas.
      ¿De qué áureos medievales, de qué onzas
      De virreinos en flor, de qué monedas,
      Por el roce de siglos derretidas,
      Se amontonan en tus bucles y tus trenzas
      La melcocha de oro en que embalsada
      Salta en rizos de sol tu caballera?
      Orfebres gnomos de encantadas grutas,
      Forjando magias de metal con ella,
      Para ti harán dos lunas, dos zarcillos,
      Y para mí dos soles, dos espuelas,
      Que alumbren los caminos de la noche
      Y ricen de temblor las madreselvas,
      Cuando salgamos a correr ensueños,
      Montada tú a las ancas de mi yegua,
      Repica que repica repicando
      Pa-ca-tás pa-ca-tás sobre las piedras,
      Encendida de espumas la alazana,
      Encendidas de sangre las espuelas,
      Encendida la noche de luceros
      Y encendida la ruta de quimeras...

      Linda rubia: las otras lindas rubias
      Saben que tú eres la más zarca entre ellas.
      En sueños hice medallón dorado
      Con las dos medialunas de tus cejas;
      Marco de mi retrato en miniatura,
      Que vi en tus ojos de color turquesa
      Que las azules alas le robaron
      A la azul mariposa de la huerta;
      A la azul mariposa de azul alba
      En que el sol madrugó turnio de ojeras;
      A la azul mariposa que en la rosa
      Lograste al fin hacerla prisionera.

      Linda rubia: las otras lindas rubias
      Envidian la blancura de tus perlas.
      Tus labios, los dos cárdenos gusanos,
      Que tu lengua de miel aterciopela
      Unidos en los picos y en las colas
      En apretado amor de macho y hembra,
      Circundan tu nidada de marfiles,
      Tus dos triunfales arcos en hileras,
      Que hízolos Dios para que fuesen dientes
      Y que una noche se volvieron perlas,
      Una noche de orgía en el Olimpo,
      De rumba y bacanal, la noche lesbia
      De la luna desnuda y tú desnuda,
      En que borracha tú y borracha ella,
      Le pegaste un mordisco en las mejillas
      Empolvadas de polvo de luciérnagas,
      Y así bañaste en lumbre tus marfiles
      Que se volvieron luminosas perlas.

      Linda rubia: las otras lindas rubias
      El lujo de tus nácares ensueñan.
      Nácares que en tus dedos acumulan
      La impalpabilidad con que la abeja
      Liba el glóbulo intáctil de rocío
      Sin que su etérea levedad la sienta.
      Besos de vaporosos colibríes
      Que rozan sin rozar las astromelias.
      Nácares de las uñas de tus dedos
      Que palpan sin palpar mi cabellera.
      Como las de las playas de los mares,
      Uñas de las minúsculas almejas
      Que por entre las púdicas enaguas,
      En que la espuma se desriza en seda,
      Rascan las blancas nalgas de las olas
      Que a retozar se tienden en la arena.

      Linda rubia: las otras lindas rubias
      Saben que tú eres la más blanca entre ellas.
      Tú eres la luna medialuna blanca
      En mis suntuosas noches de bohemia,
      En las aristocráticas orgías
      -Vinos de mieles de Afrodita y Leda-
      Y hasta en las náuseas del amor rendido
      Que vomita su alcohol en las tinieblas.
      La medialuna es Venus de los cielos
      Y tú eres medialuna de la tierra.
      En tu falda de plata, Medialuna,
      Voy a besar el oro de una estrella.
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    Madrugada
      Ya está el lucero del alba
      Encimita del palmar,
      Como horquilla de cristal
      En el moño de una palma.
      Hacia él vuela mi alma,
      Buscándote en el vacío.
      Si también de tu bohío
      Lo estuvieras tú mirando,
      Ahora se estarían besando
      Tu pensamiento y el mío.
    Arriba

    Medianoche
      A la orilla del camino
      Que en la sierra se encarama,
      Mi gallo duerme en la rama
      De viejo laurel sabino.
      Le corre ardor masculino
      Desde el pico hasta la hiel.
      Y en la rama de laurel,
      La luna que lo ilumina
      Es como blanca gallina
      Que abre un ala sobre él.
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    Mediodía
      Mi gallo ama el bosque umbrío
      De la verde cordillera
      Y la caricia casera
      De la hamaca en el bohío.
      Cuando lanza su cantío,
      Es por su tierra y su amada.
      Galán de capa y espada,
      Es el donjuán de la fronda,
      Que bajo la fronda, ronda
      Con su capa colorada.
    Arriba

    Muerta
      Cuando yo más la queria,
      Se fue para el camposanto.
      Toda la sal de mi llanto
      No sazona el alma mía.
      En mi choza ya vacía,
      El ave del luto arrulla.
      Y el can del recuerdo aúlla
      Las veces que en ansias locas
      Por ir en pos de otras bocas
      Dejé de besar la suya.
    Arriba

    Ojos negros
      ¡Ojos tuyos! Ojos negros, que el amor los enfurece.
      Pupilas que se dilatan ante la azul inmensidad.
      Astros donde la luz se ennegrece
      Para que haya estrellas en la claridad.

      Viajeros en que el polvo de la Vía Láctea florece,
      Porque vienen jadeantes de la eternidad.
      Cosmos en que a un tiempo amanece y anochece,
      Violadores de la física de la Divinidad.

      Cimas que la seda de los párpados cubre de nieblas.
      Noches que son luz anegada en tinieblas.
      Días que son tinieblas inundadas de luz.

      Ojos que son clavos que en ti me sujetan como en una cruz.
      Y ojos consonantes, que al mirarme han rimado
      Su más dulce y armonioso pareado.
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    Pancho Ibero
      ¡Pancho Ibero! Tronco de honda raíz ibérica
      Y encarnación de la América española.
      Una ola te trajo a las playas de América.
      ¡Pancho Ibero! ¡Bendita sea la ola!

      Tramas la dictadura, pero armas la revolución;
      Que eres a un tiempo pulpero y soñador.
      Y sabes llevar con arte el clac
      Pero prefieres tu sombrero de Panamá.

      Y mientras el Tío Sam en su águila cabalga
      Acaricias de tu cóndor las alas
      Y afilas en la piedra el cuchillo y la azada;

      Porque una noche sueñas en la Vía Láctea
      Y otra noche en la res que en la pampa destazas...
      Que no en vano nos vienes de Quijote y de Panza.
    Arriba

    Parió la luna
      Altamar del Mar Caribe.
      Noche azul. Blanca goleta.
      Una voz grita en la noche:

      -¡Marineros! ¡A cubierta!

      Es el aullido del lobo
      Capitán de la velera.
      Aúlla porque ha parido
      Su novia la luna nueva.

      Y todos ven el lucero
      Que en el azul va tras ella:
      Ven el corderito blanco
      Detrás de la blanca oveja.

      El piloto de la nave,
      Que a la baranda se acerca,
      Al ver el mar, todo espuma,
      Canta con voz de poeta:

      -En sus azules hamacas
      Mece el mar sus azucenas.
      Y entredice el sobrecargo:

      -Es que las marinas yeguas
      Van al escape y sus crines
      Se vuelven sartas de perlas.

      Y otra vez aúlla el lobo
      Capitán de la goleta:

      -No son espumas de olas,
      Ni albas crines, ni azucenas:
      Es que en el mar cae la leche
      Del pecho que saca afuera,
      Porque ha parido un lucero,
      Mi novia la luna nueva.
    Arriba

    Retornelo
      La golondrina mansa del recuerdo
      Se ha posado en mi torre de poeta.
      Viene de las difuntas lejanías...
      Del lado allá de las aradas sendas...

      Del sequedal escueto del olvido...
      De ti, La amada de una noche bella...

      ¡Aquella noche!... La montaña. El valle...
      La echadez de la casa solariega,
      Serenamente asida y aclocada
      Sobre las siete vacas de la hacienda...

      La sedante humedad de la mullida
      Alfombra de cojitre y hojas secas
      Bajo el parido cafetal del fundo
      Combado en la hinchazón de la ladera..

      El mudo cucuyear de los bohíos
      Pegados a los pechos de la sierra...

      Los misteriosos untos de la noche:
      Quietud, silencio, soledad, tinieblas,
      Imprimando los tintes de la hora...
      Cielo arriba, La bruma cenicienta
      Acochando los rucios recentales
      Que se maman La miel de las estrellas...

      Abajo, en el zigzag de La quebrada,
      El arroyuelo de agua montañesa
      Rozando melodías al cimbrearse
      En arcos de violín sobre las peñas...

      La vieja letanía del camino,
      Rezada en el rosario de sus piedras,
      En el ora pro nobis del que parte
      Y el miserere nobis del que llega...

      El efusivo perro que atizaba
      La risa de su cola zalamera,
      Trasegando en la taza de tu mano
      La humedad de su hocico y de su lengua...

      La herida ave de lejana copla
      Que venía volando en una décima
      Y murió al arribar en nuestro abrazo
      Y en nuestro abrazo la apretamos muerta...

      Y la invasora abeja del deseo
      Zumbando en el panal de tu inocencia...
      Y el beso que rozó mudo tus labios
      Y estalló en la más honda de tus venas.

      Todo el poema de la noche virgen
      En que te amé bajo sus gasas trémulas,
      La golondrina mansa del recuerdo
      Lo abre hoy en mi torre de poeta
      Y revuela en la torre un azul soplo
      Que la destelaraña y la despierta...
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    Treno de mar
      Una novia en la playa...
      Una vela en el mar...

      Los péndulos de hojas,
      Que cuelgan del cocal,
      Tararean, ean, ean,
      La Oración del Jamás.

      Las gaviotas se cimbran
      En el vuelo fugaz
      Con que las lleva al nido
      La luz crepuscular.

      Rojas brasas las rocas
      Queman la flor de sal,
      Que polvoreó sobre ellas
      La salobre humedad.

      Errante nube tiende
      Su pañolón de holán,
      Con que Dios en el cielo
      Limpia el azul cristal.

      No hay espuma en la lenta
      Onda que viene y va.
      Ni la brisa sahúma
      La desmayada paz.

      Lloran, bajo la tarde,
      Su triste soledad,
      Una novia en la playa
      Y una vela en el mar.
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    Valle de Collores
      Cuando salí de Collores,
      Fue en una jaquita baya
      Por un sendero entre mayas
      Arropás de cundiamores.
      Adiós, malezas y flores
      De la barranca del río,
      Y mis noches del bohío,
      Y aquella apacible calma,
      Y los viejos de mi alma,
      Y los hermanitos míos.

      Qué pena la que sentía,
      Cuando hacia atrás yo miraba,
      Y una casa se alejaba,
      Y esa casa era la mía.
      La última vez que volvía
      Los ojos, vi el blanco vuelo
      De aquel maternal pañuelo
      Empapado con el zumo
      Del dolor. Más allá, humo
      Esfumándose en el cielo.

      La campestre floración
      Era triste, opaca, mustia.
      Y todo, como una angustia,
      Me apretaba el corazón.
      La jaca, a su discreción,
      Iba a paso perezoso.
      Zumbaba el viento, oloroso
      A madreselvas y a pinos.
      Y las ceibas del camino
      Parecían sauces llorosos.

      No recuerdo cómo fue
      (Aquí la memoria pierdo).
      Mas en mi oro de recuerdos,
      Recuerdo que al fin llegué:
      La urbe, el teatro, el café,
      La plaza, el parque, la acera...
      Y en una novia hechicera,
      Hallé el ramaje encendido,
      Donde colgué el primer nido
      De mi primera quimera.

      Después, en pos de ideales.
      Entonces, me hirió la envidia.
      Y la calumnia y la insidia
      Y el odio de los mortales.
      Y urdiendo sueños triunfales,
      Vi otra vez el blanco vuelo
      De aquel maternal pañuelo
      Empapado con el zumo
      Del dolor. Lo demás, humo
      Esfumándose en el cielo.

      Ay, la gloria es sueño vano.
      Y el placer, tan solo viento.
      Y la riqueza, tormento.
      Y el poder, hosco gusano.
      Ay, si estuviera en mis manos
      Borrar mis triunfos mayores,
      Y a mi bohío de Collores
      Volver en la jaca baya
      Por el sendero entre mayas
      Arropás de cundiamores.
    Arriba

    Vida criolla
      Ay, qué lindo es mi bohío
      Y qué alegre es mi palmar
      Y qué fresco el platanar
      De la orillita del río.
      Qué sabroso es tener frío
      Y un buen cigarro encender.
      Qué dicha no conocer
      De letras ni astronomia.
      Y qué buena hembra la mía
      Cuando se deja querer.
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Arthur Rimbaud

.
    Información biográfica

  1. Barco ebrio (Trad. de Mauricio Bacarisse)
  2. El aguinaldo de los huérfanos
  3. El ángel y el niño
  4. Las espulgadoras (Trad. de Mauricio Bacarisse)
  5. Los boquiabiertos (Trad. de Mauricio Bacarisse)
  6. Los sentados (Trad. de Mauricio Bacarisse)
  7. Oración de la tarde (Trad. de Mauricio Bacarisse)


Información biográfica
    Nombre: Jean Nicolas Arthur Rimbaud
    Lugar y fecha nacimiento: Charleville-Mézières, Francia, 20 de octubre de 1854
    Lugar y fecha defunción: Marsella, Francia, 10 de noviembre de 1891 (37 años)
    Ocupación: Escritor, poeta
    Movimiento: Simbolismo, Decadentismo, Parnasianismo

    Fuente: [Arthur Rimbaud] en Wikipedia.org
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    Barco ebrio
      (Traducción de Mauricio Bacarisse)

      Yo sentí al descender los impasibles Ríos
      Que ya no me sirgaban mis conductores rudos;
      De blanco a pieles-rojas chillones y bravíos
      Sirvieron en los postes, clavados y desnudos.

      Por las tripulaciones nunca tuve interés
      Y cuando terminó la cruel algarabía,
      A mí, barco de trigo y de algodón inglés,
      Me dejaron los Ríos ir a donde quería.

      Bogué en un cabrilleante furor de marejadas
      Más sordo e insensible que meollo de infantes
      Y las viejas Penínsulas por el mar desgajadas
      No han sufrido vaivenes más recios y triunfantes.

      La tempestad bendijo mi despertar marino.
      Diez noches he bailado más leve que un tapón
      Sobre olas que a las víctimas abrían el camino,
      Sin lamentar la necia mirada de un farón.

      Cual para el niño poma modorra, regodeo
      Fue para el agua verde este casco de pino;
      Dispersando el timón y perdiendo el arpeo
      Me lavó de inmundicias y de manchas de vino.

      Desde entonces me baña el poema del mar
      Lactascente, infundido de astros; muchas veces,
      Devorando lo azul, en él se va pasar
      Un pensativo ahogado de turbias palideces.

      Algo tiñe la azul inmensidad y delira
      En ritmos lentos, bajo el diurno resplandor.
      Más fuerte que el alcohol, más vasta que una lira
      Fermenta la amargura de las pecas de amor.

      He visto las resacas, la tormenta sonora,
      Las corrientes, las mangas -y de todo sé el nombre-;
      Cual vuelo de palomas a la exaltada aurora,
      Y alguna vez he visto lo que cree ver el hombre.

      Yo he visto al sol manchado de místicos horrores,
      Alumbrando cuajados violáceos sedimentos.
      Cual en dramas remotos los reflujos actores
      Lanzaban en un vuelo sus estremecimientos.

      Soñé en la noche verde de espuma y nieve ahita
      -En los ojos del mar, lentos besos de amor-
      Y en la circulación de la savia inaudita
      Que arrastra áureo y azul, al fósforo cantor.

      Asaltando arrecifes, un mes tras otro mes,
      Seguí a la marejada histérica y vesánica,
      Sin creer que las Marías con sus fúlgidos pies
      Cortaran el resuello a la jeta oceánica.

      ¡No sabéis... ! Di con muchas increíbles Floridas,
      Con ojos de panteras y con pieles humanas
      Mezclábanse arcos-iris, tendidos como bridas,
      Al rebaño marino de las verdosas lanas.

      He visto fermentar las enormes lagunas
      En cuyas espadañas se pudre un Leviatán
      Y he visto, con bonanza, desplomándose algunas
      Cataratas remotas que a los abismos van...

      Vi el sol de plata, el nácar del mar, el cielo ardiente,
      Horrores encallados en las pardas bahías
      Y mucha retorcida y gigante serpiente
      Cayendo de los árboles, con fragancias sombrías.

      Quisiera yo enseñar a un niño esas doradas
      De la onda azul, pescados cantores, rutilantes...
      Me bendijo la espuma al salir de las radas
      Y el inefable viento me elevó por instantes...

      Fui mártir de los polos y las zonas hastiado,
      El sollozo del mar dulcificó mi arfada;
      Con flores amarillas ventosas fui obsequiado,
      Y me quedé como una mujer arrodillada.

      Igual que una península llevaba las disputas
      Y el fimo de chillonas aves de ojos melados,
      Y mientras yo bogaba, de entre jarcias enjutas
      Bajaban a dormir, de espaldas, los ahogados.

      Y yo, barco perdido entre la cabellera
      De ensenadas, al éter echado por la racha,
      No merecí el remolque de anseáticas veleras
      Ni de los monitores, nave de agua borracha.

      Humeante, libre, ornado de neblinas violetas
      Segué el cielo rojizo con brío de segur
      Llevando -almíbar grato a los buenos poetas-
      Mis líquenes de sol y mis mocos de azur.

      Las lúnulas eléctricas me fueron recubriendo,
      Almadía, escoltada por negros hipocampos.
      Las ardientes canículas golpearon abatiendo
      En trombas, a los cielos de ultramarinos lampos.

      Yo que temblé al oír a través latitudes
      El rugir de los Behemots y los Maelstroms en celo,
      Eterno navegante de azuladas quietudes,
      Por los muelles de Europa ahora estoy sin consuelo.

      Yo vi los archipiélagos siderales que el hondo
      Y delirante cielo abren al bogador.
      ¿Te recoges tú y duermes en las noches sin fondo,
      Millón de aves de oro, venidero Vigor?

      El acre amor me ha henchido de embriagador letargo.
      Lloré mucho. Las albas son siempre lacerantes.
      Toda luna es atroz y todo sol amargo.
      ¡Que se rompa mi quilla y vaya al mar cuanto antes!

      Si yo ansío algún agua de Europa es la del charco
      Negro y frío en el cual, al caer la tarde rosa,
      En cuclillas y triste, un niño suelta un barco
      Endeble y delicado como una mariposa.

      Ya nunca más podré, olas acariciantes,
      Aventajar a otros transportes de algodón,
      Ni cruzando el orgullo de banderas flameantes
      Nadar junto a los ojos horribles de un pontón.
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    El aguinaldo de los huérfanos
      I

      El cuarto es una umbría; levemente se oye
      El bisbiseo triste y suave de dos niños.
      Sus cabezas se inclinan, llenas aún de sueños
      Bajo al blanco dosel que tiembla, al ser alzado.
      En la calle, los pájaros, se apiñan, frioleros:
      Bajo el gris de los cielos, sus alas se entumecen;
      Y envuelto en su cortejo de bruma, el Año Nuevo,
      Arrastrando los pliegues de su manto de nieves,
      Sonríe entre sollozos, y canta estremecido...

      II

      Mientras tanto, los niños, bajo el dosel flotante,
      Hablan bajito como en las noches oscuras.
      Escuchan, a lo lejos, algo como un murmullo...
      Y tiemblan al oír la voz clara y dorada
      Del timbre matinal que lanza y lanza aún
      Su estribillo metálico bajo el globo de vidrio...
      -Pero el cuarto está helado... podemos ver, tiradas
      En el suelo, las prendas de luto, en tomo al lecho:
      ¡El cierzo, áspero y crudo, gimiendo en el umbral
      Invade con su aliento mohíno la morada!
      Sentimos que algo falta, en la casa, en los niños...
      ¿Ya no existe una madre para estos pequeños,
      Una madre con risa fresca y mirada airosa?
      ¿Se ha olvidado, de noche, sola y casi dormida
      De encender esa llama que la ceniza esconde,
      De echar sobre sus cuerpos el plumón y la lana,
      Pidiéndoles perdón, antes de abandonarlos?
      ¿No ha previsto que el frío hiere la madrugada,
      Que el cierzo del invierno acecha en el umbral?
      -¡La esperanza materna es la cálida alfombra,
      Es el nido mullido, en el que los chiquillos,
      Cual pájaros hermosos que acunan el follaje
      Duermen, acurrucados, sus dulces sueños blancos!...
      -Pero este es como un nido, sin plumas, sin tibieza,
      En el que los pequeños tienen frío y no duermen,
      Miedosos, sólo un nido que el cierzo ha congelado...

      III

      Ya lo habéis comprendido: es que no tienen madre
      ¡Sin madre está el hogar! Y, ¡qué lejos el padre!...
      Una vieja criada se está ocupando de ellos;
      Y en la casona helada, los niños están solos.
      Huérfanos de cuatro años... de pronto en su cabeza
      Se despierta, riendo, un recuerdo que asciende:
      Algo como un rosario desgranado al rezar.
      -¡Mañana deslumbrante, mañana de aguinaldos!
      Cada uno, de noche, soñaba con los suyos,
      En un extraño sueño, poblado de juguetes
      Dulces vestidos de oro, joyas resplandecientes,
      Bailando en torbellinos una danza sonora,
      Bajo el dosel ocultos, y, luego, desvelados.
      Se despertaban pronto y, alegres, se marchaban,
      Con los labios golosos, frotándose los párpados,
      Y el pelo alborotado en torno a la cabeza,
      Con los ojos brillantes de los días festivos,
      Rozando con las plantas desnudas la tarima,
      A la alcoba paterna: llamaban despacito...
      ¡Entraban!... y en pijama... ¡todo eran parabienes,
      Besos como en guirnaldas y libre algarabía!

      IV

      ¡Tenían tanto encanto las palabras ya dichas!
      -Pero cómo ha cambiado la casa de otros tiempos:
      El fuego chispeaba, claro, en la chimenea,
      Alumbrando a raudales el viejo cuarto oscuro;
      Y los rojos reflejos lanzados por las llamas
      Jugaban en rodales por los muebles lacados...
      -¡Cerrado y sin su llave estaba el gran armario!
      Muchas veces, miraban la puerta parda y negra...
      ¡Sin llave!... ¿no es extraño?... y soñaban, mirando,
      En todos los misterios dormidos en su seno,
      Creyendo oír, lejano, en el ojo entreabierto,
      Un ruido hondo y confuso, como alegre susurro...
      -La alcoba de los padres, hoy está tan vacía:
      Ningún rojo reflejo brilla bajo la puerta;
      Ya no hay padres, ni fuego, ni llaves sustraídas;
      ¡Así pues, ya no hay besos ni agradables sorpresas!
      Qué triste les va a ser el día de Año Nuevo.
      -Y, absortos, mientras cae del azul de sus ojos,
      Lentamente, en silencio, una lágrima amarga,
      Murmuran: "¿Cuándo, ¡ay!, volverá nuestra madre?"

      Ahora, los pequeños duermen tan tristemente
      Que al verlos pensaríais que lloran mientras duermen,
      Con los ojos hinchados y el soplo jadeante.
      ¡Los niños pequeñitos son seres tan sensibles!
      Pero el ángel que vela junto a las cunas llega
      Para secar sus ojos, y de esta pesadilla
      Nace un alegre sueño, un sueño tan alegre
      Que sus labios cerrados piensan, al sonreír...
      -Y sueñan que, apoyados en sus brazos llenitos,
      Igual que al despertarse, adelantan su cara
      Mirando en derredor con mirar distraído,
      Creyéndose dormidos en paraísos rosas.
      Canta en la chimenea alegremente el fuego...
      Un cielo azul y hermoso entra por la ventana;
      El mundo se despierta y se embriaga de luces...
      Y la tierra, desnuda, y alegre, al revivir,
      Tiembla henchida de gozo con los besos del sol...
      Y en el caserón viejo todo es tibio y rojizo:
      Los vestidos oscuros ya no cubren en el suelo,
      El cierzo ya no grita, dormido en el umbral...
      ¡Diríase que un hada ha invadido las cosas!
      -Los niños han gritado, alegres... allí, mira...
      Junto al lecho materno, en un fulgor rosado,
      Allí, sobre la alfombra, un objeto destella...
      Son unos medallones de plata, blancos, negros,
      De nácar y azabache, con luces rutilantes:
      Son dos marquitos negros con un festón de vidrio,
      Y en letras de oro brilla un grito: "¡A nuestra madre!"
    Arriba

    El ángel y el niño
      El nuevo año ha consumido ya la luz del primer día;
      Luz tan agradable para los niños, tanto tiempo esperada y tan pronto olvidada,
      Y, envuelto en sueño y risa, el niño adormecido se ha callado...
      Está acostado en su cuna de plumas; y el sonajero ruidoso calla, junto a él, en el suelo.
      Lo recuerda y tiene un sueño feliz:
      Tras los regalos de su madre, recibe los de los habitantes del cielo.
      Su boca se entreabre, sonriente, y parece que sus labios entornados invocan a Dios.
      Junto a su cabeza, un ángel aparece inclinado:
      Espía los susurros de un corazón inocente y, como colgado de su propia imagen,
      Contempla esta cara celestial: admira sus mejillas, su frente serena, los gozos de su alma,
      Esta flor que no ha tocado el mediodía:
      "¡Niño que a mí te pareces, vente al cielo conmigo! Entra en la morada divina;
      Habita el palacio que has visto en tu sueño;
      ¡Eres digno! ¡Que la tierra no se quede ya con un hijo del cielo!
      Aquí abajo, no podemos fiarnos de nadie; los mortales no acarician nunca con dicha sincera;
      Incluso del olor de la flor brota un algo amargo;
      Y los corazones agitados sólo gozan de alegrías tristes;
      Nunca la alegría reconforta sin nubes y una lágrima luce en la risa que duda.
      ¿Acaso tu frente pura tiene que ajarse en esta vida amarga, las preocupaciones turbar los llantos de tus ojos color cielo y la sombra del ciprés dispersar las rosas de tu cara?
      ¡No ocurrirá! Te llevaré conmigo a las tierras celestes,
      Para que unas tu voz al concierto de los habitantes del cielo.
      Velarás por los hombres que se han quedado aquí abajo.
      ¡Vamos! Una Divinidad rompe los lazos que te atan a la vida.
      ¡Y que tu madre no se vele con lúgubre luto;
      Que no mire tu féretro con ojos diferentes de los que miraban tu cuna;
      Que abandone el entrecejo triste y que tus funerales no entristezcan su cara,
      Sino que lance azucenas a brazadas,
      Pues para un ser puro su último día es el más bello!"

      De pronto acerca, leve, su ala a la boca rosada...
      Y lo siega, sin que se entere, acogiendo en sus alas azul cielo el alma del niño,
      Llevándolo a las altas regiones, con un blando aleteo.

      Ahora, el lecho guarda sólo unos miembros empalidecidos, en los que aún hay belleza,
      Pero ya no hay un hálito que los alimente y les dé vida.
      Murió... Mas en sus labios, que los besos perfuman aún, se muere la risa,
      Y ronda el nombre de su madre;
      Y según se muere, se acuerda de los regalos del año que nace.
      Se diría que sus ojos se cierran, pesados, con un sueño tranquilo.
      Pero este sueño, más que nuevo honor de un mortal,
      Rodea su frente de una luz celeste desconocida,
      Atestiguando que ya no es hijo de la tierra, sino criatura del Cielo.
      ¡Oh, con qué lágrimas la madre llora a su muerto!
      ¡Cómo inunda el querido sepulcro con el llanto que mana!
      Mas, cada vez que cierra los ojos para un dulce sueño,
      Le aparece, en el umbral rosa del cielo, un ángel pequeñito que disfruta llamando a la dulce madre que sonríe al que sonríe.
      De pronto, resbalando en el aire, en torno a la madre extrañada, revolotea con sus alas de nieve,
      Y a sus labios delicados une sus labios divinos.
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    Las espulgadoras
      (Traducción de Mauricio Bacarisse)

      Cuando la infantil frente en su roja tormenta
      Implora el blanco enjambre de los sueños borrosos,
      Sus dos hermanas llegan y cada una ostenta
      Las uñas argentinas de sus dedos graciosos.

      Sientan al niño enfrente de una ventana abierta,
      Al aire azul que baña las abundantes flores
      Y por su pelamesa de rocío cubierta
      Pasan sus dedos crueles, finos, encantadores.

      Y sus respiraciones furiosas y furtivas
      Con la miel de sus rosas le rozan sin cesar.
      Solamente su soplo interrumpen salivas
      Chupadas por los labios o ganas de besar.

      De las negras pestañas escucha las cadencias
      En las pausas fragantes y, eléctricos y flojos,
      Siente que dan los dedos con grises indolencias
      Entre las regias uñas la muerte a los piojos.

      Da el vino de la dulce Pereza su delicia
      Con acordes de harmónica que puede delirar
      Y el niño siente, al lento compás de la caricia,
      Cómo nacen y mueren las ganas de llorar.
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    Los boquiabiertos
      (Traducción de Mauricio Bacarisse)

      Niños mendigos. Ha nevado.
      Al tragaluz iluminado
      Los pobres van

      Porque les trae al retortero
      El ver cómo hace el panadero
      El rubio pan.

      Miran la masa gris en torno
      Del brazo blanco que del horno
      Es auxiliar.

      El panadero el buen pan cuece,
      La sonrisa en su boca mece
      Algún cantar.

      Apretaditos, ni uno alienta
      Junto al ventano que calienta
      Como un regazo.

      Cuando al hacer una ensaimada
      Saca el pan áureo de la hornada
      El fuerte brazo,

      Cuando al cobijo del ahumado
      Techo, el cuscurro perfumado
      Canta muy bajo

      Y a ellos les llega la vaharada
      Está su alma deslumbrada
      Bajo el andrajo.

      Sienten que aquello da la vida
      Bajo la escarcha a su aterida
      Faz de angelotes;

      Sus hociquitos como rosas
      Entre las rejas dicen cosas
      A los barrotes.

      Y tanto rezan sus plegarias
      Al entrever las luminarias
      Del cielo abierto,

      Que desgarran sus pantalones
      Y hace que tiemblen sus faldones
      El aire yerto.
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    Los sentados
      (Traducción de Mauricio Bacarisse)

      Picados de viruelas, cubiertos de verrugas,
      Con sus verdes ojeras, sus dedos sarmentosos,
      La coronilla ornada de costras y de arrugas
      Cual las eflorescencias de los muros ruinosos.

      En idilio epiléptico han logrado injertar
      Su osamenta a los grandes esqueletos oscuros
      De las sillas; ni un día han podido apartar
      Los pies de los barrotes raquíticos y duros.

      Con el temblor doliente de sapos que tiritan,
      Los vejetes están al asiento trenzados,
      Junto al balcón en donde las nieves se marchitan
      O entra el sol que los pone tan apergaminados.

      Y con ellos los sórdidos sillones condescienden;
      Cede la paja sucia cuando alguno se sienta;
      Las almas de los idos días de sol se encienden
      En las trenzas de espigas donde el grano fermenta.

      Y sus dedos pianistas van ensayando a solas,
      Debajo del asiento, redobles de tambor,
      Mientras oyen gotear las tristes barcarolas
      Y sus chollas oscilan con balances de amor.

      ¡No hagáis que se levanten! Sucede algo espantoso;
      Se yerguen y enfurruñan cual gatos acosados,
      Y entreabre sus omóplatos el berrinche rabioso
      Que infla sus pantalones con frunces ahuecados.

      En la paredes dan con sus cabezas mondas
      Y arrastran los torcidos monstruosos piececillos.
      Llevan unos botones como pupilas hondas
      Que fascinan las nuestras en los negros pasillos.

      Invisible, su mano se complace, homicida.
      Se filtra en su mirada el veneno feroz
      De los ojos pacientes de la perra tundida,
      Y trasudamos, víctimas en el aprieto atroz.

      Se vuelven a sentar; con los puños crispados
      Piensan en los que llegan y el reposo les quitan,
      Y bajo los mentones secos y desmedrados
      Los racimos de amígdalas se inflaman y se agitan.

      Y al cerrar sus viseras el austero letargo,
      En el ensueño abrasan sillas embarazadas
      Y ven proles o crías de asientos a lo largo
      De mesas de despacho por ellas rodeadas.

      Flores de tinta escupen comas igual que células
      De polen, y los mecen tiernas y acurrucadas,
      Cual fila de gladiolos a un vuelo de libélulas
      -Y excitanles espigas aristadas.
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    Oración de la tarde
      (Traducción de Mauricio Bacarisse)

      Como a un ángel que afeitan, vivo siempre sentado,
      Empuñando algún vaso de profundas estrías;
      Doblado el hipogastrio, miro cómo han zarpado
      Del puerto de mi pipa tenues escampavías...

      Cual cálida inmundicia que un palomar ha hollado,
      Me abrasan dulcemente múltiples fantasías
      Y es mi corazón triste, árbol ensangrentado
      Por los jaldes resinas doradas y sombrías.

      Cuando agoto mis sueños de bebedor asiduo
      De cuarenta cuartillos, sin ningún sobresalto
      Me recojo y expulso el ácido residuo.

      Tierno como el Señor del cedro y los hisopos,
      Meo hacia el cielo oscuro, muy lejos y muy alto,
      Con venia y beneplácito de los heliotropos.
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Jorge Isaacs

.
    Información biográfica

  1. Después de la victoria
  2. Duerme
  3. En la noche callada
  4. La tumba de Belisario
  5. La tumba del soldado
  6. Las hadas
  7. Río Moro
  8. Soñé
  9. Ten piedad de mí
  10. Ve, pensamiento


Información biográfica
    Nombre: Jorge Ricardo Isaacs Ferrer
    Lugar y fecha nacimiento: Cali, República de la Nueva Granada, 1 de abril de 1837
    Lugar y fecha defunción: Ibagué, Colombia, 17 de abril de 1895 (58 años)
    Nacionalidad: Colombiana
    Ocupación: Periodista, escritor, poeta
    Movimiento: Romanticismo

    Fuente: [Jorge Isaacs] en Wikipedia.org
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    Después de la victoria
      I

      Con albas ropas, lívida, impalpable,
      En alta noche se acercó a mi lecho:
      Estremecido, la esperé en los brazos;
      Inmóvil, sorda, me miró en silencio.

      Hirióme su mirada negra y fría...
      Sentí en la frente como helado aliento;
      Y las manos de mármol en mis sienes,
      A los míos juntó sus labios yertos.

      II

      La hoguera del vivac agonizante:
      Olor de sangre... Fatigados duermen:
      Infla las lonas de la tienda el viento:
      De centinelas, voces a los lejos...

      ¡Largo vivir!... ¡La gloria!... ¿Quién laureles
      Y caricias tendrá para mí en premio?
      ¿Gloria sin ti?... ¡Dichosos los que yacen
      En la llanura ensangrentada muertos!
    Arriba

    Duerme
      -No duermas, suplicante me decía escúchame... despierta-.
      Cuando haciendo cojín de su regazo,
      Soñándome besarla, me dormía.

      Más tarde, ¡horror! En convulsivo abrazo
      La oprimí al corazón... rígida y yerta!
      En vano la besé –no sonreía;
      En vano la llamaba –no me oía;
      ¡La llamo en su sepulcro y no despierta!
    Arriba

    En la noche callada
      ¡Ay, cuántas veces en las lentas horas
      De la noche callada, antes que el sueño
      Venga a cerrar mis párpados, recorre
      Mi memoria tenaz los bellos días
      De lloros y de risas infantiles
      A que siguieron tan hermosos años!
      Sus palabras de amor entonces oigo,
      Sus votos de constancia... no cumplidos,
      Y vuelvo a ver la luz de esa mirada
      Que hundióse en el Ocaso de la vida
      Para ya no lucir... ¡ay, para siempre!
      ¡Ay! Cuántas veces los amigos caros
      Al corazón desde la infancia unidos,
      Que ya no existen... mi memoria evoca,
      Y hallo en torno de mí sólo sus tumbas,
      A do bajaron, como al soplo frío
      Del invierno, las hojas macilentas...
      Imagínome entonces que recorro
      Un salón de banquete ya desierto,
      Do algunas luces oscilando mueren...
      Donde se ven aquí y allá dispersas
      Las guirnaldas marchitas... Lo han dejado
      Todos, excepto yo; y así en la vida
      ¡Ay, cuántas veces me contemplo solo!
    Arriba

    La tumba de Belisario
      ¡Y dejamos su tumba para siempre
      En el jaral de la marina selva,
      Sola con los mugidos de los vientos
      Y el fragor de la mar en la ribera!
      Aquel postrer adiós que no responden
      Los mudos labios ni las manos yertas,
      Ahogó mis sollozos... y la fosa
      Lentamente colmó la extraña tierra.
      Después, envueltos en nocturnas sombras,
      Infló el terral las temblorosas velas,
      Y al fulgor de los pálidos relámpagos
      Hicimos rumbo hacia la mar inmensa.
      ¡Cómo responden al gemir del alma
      Ecos y gritos de las olas negras
      Que al viento arrojan sus penachos níveos
      Y en las rompientes iracundas truenan!
      ¡Cuán distantes las cumbres de los montes
      En los albores de la luna llena!
      ¡Qué lejano el desierto pavoroso
      Donde su tumba solitaria queda!
      ¡Compañero leal, valiente amigo!
      ¿Qué dar en galardón y recompensa
      De tu heroico y terrible sacrificio
      A los seres amados que te esperan?
      Ahora ostentará plácida noche.

      En las verdes llanuras del Combeima
      La veste salpicada de vampiros,
      Su nimbo azul de fúlgidas estrellas.
      Las brisas jugarán en los follajes
      Que tu cabaña en el otero cercan...
      Allí del hijo amado hablan gozosos...
      Son sus pasos... Es él, que salvo llega...
      Y duermes ya en la tumba que te dimos
      En el jaral de la marina selva,
      Sólo con los mugidos de los vientos
      Y el retumbo del mar en la ribera.
    Arriba

    La tumba del soldado
      El vencedor ejército la cumbre
      Salvó de la montaña,
      Y en el ya solitario campamento
      Que de vívida luz la tarde baña,
      Del negro terranova,
      Compañero jovial del regimiento
      Resuenan los aullidos
      Por los ecos del valle repetidos.
      Llora sobre la tumba del soldado,
      Y bajo aquella cruz de tosco leño
      Lame el césped aún ensangrentado
      Y aguarda el fin de tan profundo sueño.
      Meses después, los buitres de la sierra
      Rondaban todavía
      El valle, campo de batalla un día.
      Las cruces de las tumbas ya por tierra...
      Ni un recuerdo ni un nombre...
      Oh no: sobre la tumba del soldado,
      Del negro terranova
      Cesaron los aullidos,
      Mas del noble animal allí han quedado
      Los huesos sobre el césped esparcidos.
    Arriba

    Las hadas
      Soñé vagar por bosques de palmeras
      Cuyos blondos plumajes, al hundir
      Su disco el Sol en las lejanas sierras,
      Cruzaban resplandores de rubí.

      Del terso lago se tiñó de rosa
      La superficie límpida y azul,
      Y a sus orillas garzas y palomas
      Posábanse en los sauces y bambús.

      Muda la tarde ante la noche muda
      Las gasas de su manto recogió;
      Del indo mar dormido en las espumas
      La luna hallóla y a sus pies el sol.

      Ven conmigo a vagar bajo las selvas
      Donde las Hadas templan mi laúd;
      Ellas me han dicho que conmigo sueñas,
      Que me harán inmortal si me amas tú.
    Arriba

    Río Moro
      Tu incesante rumor vine escuchando
      Desde la cumbre de lejana sierra;
      Los ecos de los montes repetían
      Tu trueno en sus recónditas cavernas.
      Juzgué por ellos tu raudal, fingíme
      Tras vaporoso velo tu belleza,
      Y ya sobre tu espuma suspendido,
      Gozo en ahogar mi voz en tu bramido.
      ¡Qué mísera ficción! Quizá en mis sueños
      He recorrido tus hermosas playas,
      En esas horas en que el cuerpo muere
      Y adora a Dios en su creación el alma;
      Que sólo dejan en la mente débil
      Pálidas tintas y memorias vagas
      Pero te encuentro grande y majestuoso,
      Rey ponderado del desierto hermoso.
      Bajo el techo de musgos y de pancas,
      Abrigo del viajero solitario,
      El rudo y fatigoso movimiento
      De tus ondas veloces contemplando,
      Del fondo de las selvas me traían
      Las auras tus perfumes ignorados,
      Mezcla del azahar y del canelo,
      Gratos aromas de mi patrio suelo.
      Entonces una lágrima rebelde
      Humedeció mi pálida mejilla,
      Dulce como esas que a los ojos piden
      Caros recuerdos de felices días
      Elocuente, si hay lágrimas que encierren
      La historia dolorosa de una vida;
      Aquí llevóla indiferente el río,
      Murió como las gotas de rocío.
      Eres hermoso en tu furor: del monte
      Lanzado en tu carrera tortuosa,
      Vas sacudiendo la melena cana
      Que los peñascos de granito azota;
      Y detenido, de coraje tiemblas,
      Columpiando al pasar la selva añosa.
      Las nieblas del abismo son tu aliento
      Que en leyes copos despedaza el viento.
      ¿De dó vienes así desconocido
      Con tu lujo y misterios? ¿Gente indiana
      Hacia el Oriente tus orillas puebla
      En verdes bosques y llanuras vastas,
      Cuyo límite azul borran las nubes
      Que en el confín del horizonte vagan?
      Dime, ¿esas tribus que do naces moran,
      Viven felices o miseria lloran?
      Pienso que a orillas del raudal velado
      Por grupos de jazmines y palmeras,
      Púdica virgen de esmeraldas ciñe
      Su negra y abundante cabellera;
      Y acaso el homicidio sangre humana
      A los cristales de tus linfas mezcla,
      Y al odio y al amor indiferente
      Confunde sus despojos tu corriente.
      Vi al pescador de los lejanos valles
      Tus peñas escalando silencioso,
      La guarida buscando de la nutria
      Y el pez luciente con escamas de oro
      Contóme hazañas de su vida errante
      Sentado de mi hoguera sobre el tronco;
      Le vi dormir el sueño de la cuna,
      Y envidié su inocencia y su fortuna.
      La fúnebre viragua repetía
      Sus trinos que saludan al invierno,
      Y luces de topacio y de diamante
      Te daba del relámpago el reflejo;
      En las cavernas tu rumor ahogando
      Tristes gemidos modulaba el viento
      Así admiré tu pompa y hermosura
      Entre las sombras de la noche oscura.
      Viajero de regiones ignoradas,
      ¡Ay! Ni una sola de tus ondas crespas
      A encontrar volveré, ni de mis pasos
      En tus orillas durará la huella.
      Más celosa que el tiempo que convierte
      Ricas ciudades en llanuras yermas,
      Guarda Natura su secreto al hombre
      Y do escribirle osó, borra su nombre.
      Como burbujas en tu manto llevas,
      Irán los soles sobre ti pasando,
      Y te hallarán los de futuros siglos
      Como hoy- undoso, trasparente y raudo.
      No existirá ni la ceniza entonces
      De mí, que rey de la creación me llamo,
      Y si guarda mi nombre el mármol frío,
      Lo hollará con desdén el hombre impío.
      Más felices las flores de tu orilla,
      Nacen, al aire su perfume exhalan,
      Marchitas ya, se mecen en la espuma,
      Y mil, más bellas, sus capullos rasgan
      Más felices tus ondas, al Océano
      Van a gemir en extranjeras playas;
      Y yo con mi ambición pobre y proscrito,
      De mi raza... infeliz purgo el delito.
    Arriba

    Soñé
      He soñado feliz que a tu morada
      Llévome en alta noche amor vehemente;
      Creí aspirar el delicioso ambiente
      De moribunda lámpara velada.

      Sobre muelles cojines reclinada,
      Dormir fingías voluptuosamente,
      Los cabellos de ébano reluciente
      Sobre el níveo ropaje destrenzaba.

      Trémulo de emoción, tus labios rojos
      Oprimí con mis labios abrasados...
      Pudorosa y amante sonreíste;

      No bajes, por piedad, los dulces ojos,
      Brillen por el placer iluminadas
      Haciendo alegre mi existencia triste.
    Arriba

    Ten piedad de mí
      ¡Señor! Si en sus miradas encendiste
      Este fuego inmortal que me devora
      Y en su boca fragante y seductora
      Sonrisas de tus ángeles pusiste;

      Si de tez de azucena la vestiste
      Y negros bucles; si su voz canora,
      De los sueños de mi alma arrulladora,
      Ni a las palomas de tu selva diste,

      Perdona el gran dolor de mi agonía
      Y déjame también buscar olvido
      En las tinieblas de la tumba fría.

      Olvidarla en la tierra no he podido.
      ¿Cómo esperar podré si ya no es mía?
      ¿Cómo vivir, Señor, si la he perdido?
    Arriba

    Ve, pensamiento
      Como las brisas
      De aroma llenas
      De aquellas tardes
      Siempre tan bellas,
      Que ora doliente
      Mi alma recuerda,
      Ve, pensamiento,
      Ve libre y vuela
      Por los collados
      Y las florestas
      Donde pasara
      Mi edad primera.
      En las montañas
      Hay azucenas,
      ¡Ay! ¡Que no nacen
      Ya para ella!
      Como a las cumbres
      Volubles nieblas
      Las matutinas
      Auras elevan,
      Ve, pensamiento,
      Ve libre y vuela
      Por do en cascadas
      El Zabaletas
      Baja formando
      Húmedas vegas.
      Ve, pensamiento,
      Ve libre y vuela
      Por los jardines
      Do amante espíela;
      Do en las auroras,
      De rosas frescas
      Llenar su falda
      La vi risueña...
      ¡Edén perdido!
      ¡Santa inocencia!
      ¡Ángel de un día
      Sobre la tierra!
      Ve, pensamiento,
      Ve libre y vuela,
      Como los vientos
      Que el césped riegan
      Con azahares
      Y rosas muertas...
      ¡Que ya no adornan
      Sus negras trenzas!
      Mi hogar ruinoso
      Cárabos pueblan:
      Por las techumbres
      Rotas, penetra
      Luz de la luna,
      Luz macilenta...
      Como los cierzos
      En noches negras
      Sobre esos muros
      Gimen y vuelan,
      Despedazando
      Su airón de hiedras,
      Ve, pensamiento,
      Ve libre y vuela
      Sobre el sepulcro
      Do la maleza
      Cubre la losa
      Ya cenicienta
      Que sollozantes
      Mis labios besan.
      Llama en su tumba,
      Llama en la puerta
      Que en mi camino
      La muerte cierra;
      Mas si a tus ruegos
      Sorda la encuentras...
      Dolor que matas,
      ¡Bendito seas!
    Arriba

Rafael Pombo

.
    Información biográfica

  1. A intacta
  2. Amor y ausencia
  3. Barcarola
  4. Cucufato y su gato
  5. De noche
  6. Decíamos ayer
  7. Desespereción
  8. Edda / I. Mi amor
  9. Edda / II. Despecho
  10. El gato bandido
  11. El niño y la mariposa
  12. El renacuajo paseador
  13. El último instante
  14. Elvira Tracy
  15. En el Niágara
  16. Estrofa
  17. Éxtasis
  18. La hora de tinieblas
  19. La pobre viejecita
  20. La tormenta de verano
  21. Los filibusteros
  22. Mi tipo
  23. Mirringa Mirronga
  24. Noche de diciembre
  25. Pastorcita
  26. Preludio de primavera
  27. Siempre
  28. Simón el bobito
  29. Súplica
  30. Torbellino a misa
  31. Un beso
  32. Vals
  33. Valsando


Información biográfica
    Nombre: José Rafael de Pombo Rebolledo
    Lugar y fecha nacimiento: Bogotá (República de la Nueva Granada), 7 de noviembre de 1833
    Lugar y fecha defunción: Bogotá (Colombia), 5 de mayo de 1912 (78 años)
    Ocupación: Escritor, poeta
    Movimiento: Romanticismo

    Fuente: [Rafael Pombo] en Wikipedia.org
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    A intacta
      ¿No sientes tú que tu exquisita boca
      Pide otra boca que se estampe en ella,
      Y un mirar que incendiador destella
      La bomba de los ósculos provoca?

      ¿Que para cárcel de tu pecho es poca
      Esa malla que mórbido atropella;
      Y en fin, que cuando Dios te hizo tan bella
      No dijo: "Esto se mira y no se toca"?

      ¿No sientes que tú misma no te sientes
      En todo tu sabor mientras no expriman
      En ti tu rico jugo extraños dientes?

      ¿Y que aguardas los brazos que te opriman
      Tal como inerte y mudo aguarda el piano
      De ágil virtuoso la potente mano?
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    Amor y ausencia
      ¡Qué dulce sabe el amor
      Tras el dolor de la ausencia
      Cuando hay fiel correspondencia
      Entre amada y amador!

      Cuando, en su separación,
      Cual la amante aguja esclava
      Del Norte, siempre apuntaba,
      Uno al otro corazón;

      Cuando el sol que alumbra el día,
      ¡Día de eterno desearse!
      Tan sólo para buscarse
      Al uno y otro servía,

      Y la enamorada bella
      Soñaba sueños de miel
      Con su amado, y jamás él
      Soñaba sino con ella.

      Cuando sordos los oídos
      Y los ojos con ceguera,
      Cuando de su amor no fuera
      Les hablaba sin sentidos.

      Y querrían que hasta el viento,
      En todo tiempo y lugar
      Les hablara sin cesar
      De su único pensamiento...

      Y la más preciosa estrella
      Y el más bello ángel de Dios
      Era feo para los dos,
      Porque no era ni él ni ella.

      Porque fuera de su amor,
      No había mundo ni vida
      Y era hermosura perdida
      Cuanto más hizo el Señor.

      No vuelvas ni a mi memoria
      ¡O infierno del mal ausente!
      Con razón dice el creyente
      Que ver a Dios es la gloria:

      Que el infinito consuelo
      Que siento al volverte a ver,
      Me dice cuál ha de ser
      El de ver al Dios del Cielo.

      ¡Oh Dios! Hasta en tu rigor
      Reconozco tu clemencia.
      Por tu bondad es la ausencia
      Resurrección del amor.

      ¡Tú no sabes, vida mía,
      Cuán bella te encuentro ahora
      Y cómo te ama y te adora
      El que apenas te quería!

      Como el campo al redimido
      Bajo de un cielo esplendente,
      O como al convaleciente
      El bocado apetecido.
    Arriba

    Barcarola
      Al rayo de la luna,
      Fanal de mi fortuna,
      Que boga por el río
      Ligero de ola en ola,
      Te cantaré, bien mío,
      Mi dulce barcarola.

      Al golpe de los remos
      Durmamos y soñemos
      Que vamos por el río
      Bogando de ola en ola
      Cantándote, amor mío,
      Mi dulce barcarola.

      ¡Qué sueño más precioso
      Que en este tiempo hermoso
      Por este mismo río
      Bogando de ola en ola,
      Cantándote, bien mío,
      Tu dulce barcarola!

      O escucha: no cantemos,
      Durmamos o soñemos,
      Que al verte al lado mío
      Enamorada y sola...
      Siguió cantando el río
      Mi dulce barcarola.
    Arriba

    Cucufato y su gato
      Quiso el niño Cutufato
      Divertirse con un gato;
      Le ató piedras al pescuezo,
      Y riéndose el impío
      Desde lo alto de un cerezo
      Lo echó al río.

      Por la noche se acostó;
      Todo el mundo se durmió,
      Y entró a verlo un visitante
      El espectro de un amigo,
      Que le dijo: ¡Hola! Al instante
      ¡Ven conmigo!

      Perdió el habla; ni un saludo
      Cutufato hacerle pudo.
      Tiritando y sin resuello
      Se ocultó bajo la almohada;
      Mas salió, de una tirada
      Del cabello

      Resistido estaba el chico;
      Pero el otro callandico,
      Con la cola haciendo un nudo
      De una pierna lo amarró,
      Y, ¡qué horror!, casi desnudo
      Lo arrastró.

      Y voló con él al río,
      Con un tiempo oscuro y frío,
      Y colgándolo a manera
      De un ramito de cereza
      Lo echó al agua horrenda y fiera
      De cabeza

      ¡Oh! ¡Qué grande se hizo el gato!
      ¡Qué chiquito el Cutufato!
      ¡Y qué caro al bribonzuelo
      Su barbarie le costó!
      Mas fue un sueño, y en el suelo
      Despertó.
    Arriba

    De noche
      No ya mi corazón desasosiegan
      Las mágicas visiones de otros días.
      ¡Oh Patria! ¡Oh casa! ¡Oh sacras musas mías!
      ... ¡Silencio! Unas no son, otras me niegan.

      Los gajos del pomar ya no doblegan
      Para mí sus purpúreas ambrosías;
      Y del rumor de ajenas alegrías
      Sólo ecos melancólicos me llegan.

      Dios lo hizo así. Las quejas, el reproche
      Son ceguedad. ¡Feliz el que consulta
      Oráculos más altos que su dueño!

      Es la Vejez viajera de la noche;
      Y al paso que la tierra se le oculta,
      Ábrese amigo a su mirada el cielo.
    Arriba

    Decíamos ayer
      Sobre tema de Ella Wheeler, dedicado a mi amigo C. M. S.

      Como Fray Luis tras de su largo encierro
      "Decíamos ayer...", también digamos.
      ¿Han pasado años? En la cuenta hay yerro,
      O nosotros con ellos no pasamos.

      Donde ayer lo dejamos, dulce dueño.
      Recomencemos. Recogiendo amantes.
      Los rotos hilos del antiguo sueño.
      Sigamos arrullándolo como antes.

      Respetuosa apartemos la mirada
      De tumbas que haya entre partida y vuelta.
      Y si hubiere una lágrima ya helada
      Ruede al calor del corazón disuelta.

      Olvidemos la herrumbre que en el oro
      De la rica ilusión depuso el llanto,
      Y los hielos que pálido, inodoro
      Dejaron el jardín que amamos tanto.

      Olvidemos el hado que hizo injusto
      De nuestros corazones su juguete,
      Y regalemos la orfandad del gusto
      Con el añejo néctar del banquete.

      ¡No es tarde, es tiempo! Olvida la ígnea huella
      Que al arador pesar cruzó en frente.
      Para mis ojos tú siempre eres bella
      Yo para ti soy llama siempre ardiente:

      Llama que hoy mismo a mi pupila fría
      Surge desde el recóndito santuario
      Pese a la nieve que en mi sien rocía
      El invierno precoz del solitario.

      Mírame en estos ojos que tu imagen
      Estáticos copiaron tantas veces.
      Allí estas tú, sin lágrimas que te ajen
      Ni tiempo que interponga sus dobleces.

      Búscame sólo allí, que yo entretanto
      En los tiernos abismos de tus ojos
      Torno a encontrar mi disipado encanto,
      La juventud que te ofrendé de hinojos.

      ¡Mi juventud!, espléndida al intenso
      Reverberar de tu alma ingenua y pura,
      Con brisas de verano por incienso,
      Y por palma de triunfo tu hermosura.

      ¡Mi juventud!, por título divino
      Espigadora en todo lo creado;
      Nauta en persecución del vellocino
      De cuanto fuese de tu culto agrado.

      Islas de luz del cielo, margaritas
      De colgantes jardines y hondos mares,
      Néctar de espirituales sibaritas,
      Soplos de Dios a humanos luminares:

      Las miradas del sabio más profundas
      Y del tal vez más sabio anacoreta;
      Las perlas de Arte, hijas de amor fecundas;
      La suma voz de todo gran poeta.

      Esas trombas de lírica armonía,
      Infiernos de pasión divinizados,
      En que nos arrebatan a porfía
      Todos los embelesos conjurados:

      Auras de aquella cima do confluyen
      Hermosura y Verdad, pareja santa,
      Y las dos una misma constituyen,
      Y espíritu de amor sus nupcias canta.

      Buscar palabra al silencioso drama
      De la contemplación, mística guerra
      Entre Dios, Padre amante que reclama
      Al eterno extranjero de la tierra;

      Y esta madre de muerte, inmensa y bella
      Venus que al por nos nutre y nos devora,
      Y presintiendo que escapamos de ella
      Con tanto hechizo nos abraza y llora.

      Leer amor en tanta ruda espina
      Que escarnece a la fe y angustia al bueno.
      Mostrar flores del alma en la ruina,
      Luz en la oscuridad, oro en el cieno.

      La flor de cuanto existe, oro celeste,
      Único que halagando tu alma noble
      Brindara en vago esparcimiento agreste
      A nuestro doble ser regalo doble;

      Tal era mi tributo. Una confianza,
      Una sonrisa, una palabra tuya,
      Retorno abrumador, que en mi balanza
      Dios, no un mortal, será quien retribuya.

      Pero todo en redor, la limpia esfera,
      El bosque, el viento, el pajarillo amable
      Semejaba, en tu obsequio, que quisiera
      Pagar por mí la dádiva impagable.

      Aún veo sobre el carbón de tus pupilas
      El arrebol fascinador de ocaso;
      Veo la vacada, escucho las esquilas:
      Va entrando en su redil paso entre paso.

      Escucha, recelosa de la sombra,
      La blanda codorniz que al nido llama
      Y al sentirnos parece que te nombra
      Y que por verte se empinó en la rama.

      Escúchate a ti misma entre el concento
      De aquella fiesta universal de amores,
      Cuando nos coronaba el firmamento
      Ciñéndonos de púrpura y de flores.

      Esas flores murieron. Pero, ¿has muerto
      Tú, fragancia inmortal del alma mía?
      Años y años pasaron. Pero, ¿es cierto
      O es visión que existimos todavía?

      Juntos aquí como esa tarde estamos,
      Y el mismo cielo es ara suntuosa
      De aquel amor que entonces nos juramos
      Y hoy, en los mismos dos, arde y rebosa.

      Ahí está el campo, el mirador collado,
      El pasmoso horizonte, el sol propicio;
      La cúpula y el templo no han variado.
      Vuelva el glorificante sacrificio.

      ¿Y no ha herido tal vez tu fantasía
      Que aquella tarde insólita, imponente,
      Fue sólo misteriosa profecía
      De este misteriosísimo presente...?

      En aquel himno universal, un dejo
      Percibí melancólico; y al fondo
      De una lágrima tuya vi el bosquejo
      Del duelo que hoy en lo pasado escondo.

      Pasó... Pero esa tarde en su misterio
      Citó para otra tarde nuestra vida.
      Y hela aquí. El alma recobró su imperio
      Del sol abrasador a la caída.

      ¡La tarde!, la hora del perfecto aroma,
      La hora de fe, de intimidad perfecta,
      Cuando Dios sobre el sol que se desploma
      El infinito incógnito proyecta.

      Cuanto es ya el suelo en fuego y tintes falto,
      Es de ardiente el espíritu y profundo;
      Y abiertas las esclusas de lo alto
      Flotamos como en brisas de otro mundo.

      Ve cómo el blanco Véspero fulgura,
      Pasando intacto el arrebol sangriento.
      ¡Es la Amistad!, la roca firme y pura
      Que sirve a nuestro amor de hondo cimiento.

      Nadie dejó de amar si amó de veras.
      Cuando en árido tronco te encarnices
      Con la segur, tal vez lo regeneras
      Si son como las nuestras sus raíces.

      Y antes te sonará más dulcemente
      Templada en el raudal de los gemidos,
      La antigua voz que murmuraba ardiente
      La música de mi alma en tus oídos.

      ¿Han pasado años?... Puede ser. ¿Quién halla
      Que el Tiempo sólo arrumbe o dañe o borre?
      ¡Cuánta espina embotó! ¡Qué de iras calla!
      ¡Su olvido a cuántos míseros socorre!

      Para los dos el ministerio suyo
      Fue de ungido de Dios y extremo amigo.
      Te veo sagrada, y sacro cuanto es tuyo,
      Y como de un cristal al casto abrigo.

      En torno a ti, y a cuanto es tuyo, encuentro
      Halo de luz, atmósfera de santo;
      Como al santuario a visitarte hoy entro
      Y algo hay solemne en tu adorable encanto.

      ¡Dulce es sentir que hay almas, y que aman!
      Su amor... inerme el tiempo para ellas...
      Las vuelve, al Dios que férvidas aclaman,
      Como Él las hizo... jóvenes y bellas.

      Han pasado años, sí... ¡por fin pasaron!
      ¡Rudo tropel que atravesó el camino!
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    Desespereción
      Mal viajero, mis ojos buscan y ala posada.
      Al comenzar apenas la terrenal jornada
      Estoy cansado ya.

      Ni espero, ni deseo mejorar de camino,
      Sólo quiero acabar, mal o bien mi destino,
      Y a pasar más allá.

      No ha sido el alma mía creada para el mundo,
      Me separa su abismo, cada vez más profundo.
      Estoy de más aquí.

      Y de todos los bienes que depara la suerte,
      Sean bienes o sean males, solamente la muerte
      Fuera un mal para mí.

      ¡Basta, triste comedia de esperanza y paciencia,
      Hipócrita alegría, estólida prudencia,
      Máscara de dolor!

      No trato de hacer frases ni de reunir vocablos,
      Sino de preguntarte por qué, para qué diablos
      Me creaste, oh Señor.
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    Edda / I. Mi amor
      Era mi vida el lóbrego vacío;
      Era mi corazón la estéril nada;
      Pero me viste tú, dulce amor mío,
      Y creóme un universo tu mirada.

      A ese golpe mis ojos encontraron
      Bella la tierra, el ánima divina;
      Mundos de sentimientos en mí botaron
      Y fue tu sombra el sol que me ilumina.

      Si esto es amor, ¡oh joven! yo te amo,
      Y si esto es gratitud, yo te bendigo;
      Yo mi adorado, mi señor te llamo,
      Que otras te den el título de amigo.
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    Edda / II. Despecho
      Te amé como la gran naturaleza
      Ama el abrazo matinal del sol;
      Cual la huérfana el nombre de su padre,
      Cual la virtud la bendición de Dios.

      Tú para mí eras todo, el cielo, el mundo,
      Los sueños, las creencias, el hogar.
      Faltando tú, vivir era imposible;
      Contigo, amada, inconcebible el mal.

      ¡Ah! Qué feliz soñaba ser un día
      Cuando "mi esposo" te llamara yo;
      Sin más ya que anhelar sobre la tierra,
      Mío al fin tu anhelado corazón.

      ¡Por ti adorada, para ti nacida,
      Hermosa y buena, y sólo para ti!
      Haciéndote el dichoso de dichosos,
      Y aún más dichosa viéndote feliz.

      Viendo en tu amor mecerse mi existencia
      Cual nubecilla blanca en cielo azul;
      Esposa el más claro de los hombres;
      ¡Madre por ti, de hijos como tú!

      ¡Oh recuerdos benditos, oh maldita
      Fúnebre realidad! ¡Oh Dios cruel,
      Por qué nos prometiste tanta dicha
      Para venir a darnos tanta hiel!

      No, Dios no puede ser; tú solo fuiste.
      ¿Quién, quién te dio la dicha de los dos
      Para abismarla así cual niño estúpido
      Y como un niño lamentarla hoy?

      Era acaso ridículo juguete,
      Insecto vil que se arrastró a tus pies,
      Una mujer que alzándote a los cielos...
      Los cielos se vengaron, ¡blasfemé!
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    El gato bandido
      Michín dijo a su mamá:
      "Voy a volverme Pateta,
      Y el que a impedirlo se meta
      En el acto morirá.
      Ya le he robado a papá
      Daga y pistolas; ya estoy
      Armado y listo; y me voy
      A robar y matar gente,
      Y nunca más (¡ten presente!)
      Verás a Michín desde hoy".
      Yéndose al monte, encontró
      A un gallo por el camino,
      Y dijo: "A ver qué tal tino
      Para matar tengo yo".
      Puesto en facha disparó,
      Retumba el monte al estallo,
      Michín maltrátase un callo
      Y se chamusca el bigote;
      Pero tronchado el cogote,
      Cayó de redondo el gallo.
      Luego a robar se encarama,
      Tentado de la gazuza,
      Al nido de una lechuza
      Que en furia al verlo se inflama,
      Mas se le rompe la rama,
      Vuelan chambergo y puñal,
      Y al son de silba infernal
      Que taladra los oídos
      Cae dando vueltas y aullidos
      El prófugo criminal.
      Repuesto de su caída
      Ve otro gato, y da el asalto
      "¡Tocayito, haga usted alto!
      ¡Déme la bolsa o la vida!"
      El otro no se intimida
      Y antes grita: "¡Alto el ladrón!"
      Tira el pillo, hace explosión
      El arma por la culata,
      Y casi se desbarata
      Michín de la contusión.
      Topando armado otro día
      A un perro, gran bandolero,
      Se le acercó el marrullero
      Con cariño y cortesía:
      "Camarada, le decía,
      Celebremos nuestra alianza";
      Y así fue: diéronse chanza,
      Baile y brandy, hasta que al fin
      Cayó rendido Michín
      Y se rascaba la panza.
      "Compañero", dijo el perro,
      "Debemos juntar caudales
      Y asegurar los reales
      Haciéndoles un entierro".
      Hubo al contar cierto yerro
      Y grita y gresca se armó,
      Hasta que el perro empuñó
      A dos manos el garrote:
      Zumba, cae, y el amigote
      Medio muerto se tendió.
      Con la fresca matinal
      Michín recobró el sentido
      Y se halló manco, impedido,
      Tuerto, hambriento y sin un
      Real.

      Y en tanto que su rival
      Va ladrando a carcajadas,
      Con orejas agachadas
      Y con el rabo entre piernas,
      Michín llora en voces tiernas
      Todas sus barrabasadas.
      Recoge su sombrerito,
      Y bajo un sol que lo abrasa,
      Paso a paso vuelve a casa
      Con aire humilde y contrito.
      "Confieso mi gran delito
      Y purgarlo es menester",
      Dice a la madre "Has de ver
      Que nunca más seré malo,
      ¡Oh mamita!Dame palo
      ¡Pero dame qué comer!"
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    El niño y la mariposa
      Mariposa,
      Vagarosa
      Rica en tinte y en donaire
      ¿Qué haces tú de rosa en rosa?
      ¿De qué vives en el aire?

      Yo, de flores
      Y de olores,
      Y de espumas de la fuente,
      Y del sol resplandeciente
      Que me viste de colores.

      ¿Me regalas
      Tus dos alas?
      ¡Son tan lindas! ¡Te las pido!
      Deja que orne mi vestido
      Con la pompa de tus galas.

      Tú, niñito
      Tan bonito,
      Tú que tienes tanto traje,
      ¿Por qué quieres un ropaje
      Que me ha dado Dios bendito?

      ¿De qué alitas
      Necesitas
      Si no vuelas cual yo vuelo?
      ¿Qué me resta bajo el cielo
      Si mi todo me lo quitas?

      Días sin cuento
      De contento
      El Señor a ti me envía;
      Mas mi vida es un solo día,
      No me lo hagas de tormento.

      ¿Te divierte
      Dar la muerte
      A una pobre mariposa?
      ¡Ay¡ Quizás sobre una rosa
      Me hallarás muy pronto inerte.

      Oyó el niño
      Con cariño
      Esta queja de amargura,
      Y una gota de miel pura
      Le ofreció con dulce guiño.

      Ella, ansiosa,
      Vuela y posa
      En su palma sonrosada,
      Y allí mismo, ya saciada,
      Y de gozo temblorosa,
      Expiró la mariposa.
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    El renacuajo paseador
      El hijo de rana, Rinrín renacuajo
      Salió esta mañana muy tieso y muy majo
      Con pantalón corto, corbata a la moda
      Sombrero encintado y chupa de boda.

      -¡Muchacho, no salgas!- le grita mamá
      Pero él hace un gesto y orondo se va.

      Halló en el camino, a un ratón vecino
      Y le dijo: -¡Amigo!- venga usted conmigo,
      Visitemos juntos a doña ratona
      Y habrá francachela y habrá comilona.

      A poco llegaron, y avanza ratón,
      Estírase el cuello, coge el aldabón,
      Da dos o tres golpes, preguntan: ¿quién es?
      -Yo doña ratona, beso a usted los pies.

      -¿Está usted en casa? -Sí señor, sí estoy,
      Y celebro mucho ver a ustedes hoy;
      Estaba en mi oficio, hilando algodón,
      Pero eso no importa; bienvenidos son.

      Se hicieron la venia, se dieron la mano,
      Y dice Ratico, que es más veterano:
      Mi amigo el de verde rabia de calor,
      Démele cerveza, hágame el favor.

      Y en tanto que el pillo consume la jarra
      Mandó la señora traer la guitarra
      Y a renacuajo le pide que cante
      Versitos alegres, tonada elegante.

      -¡Ay! De mil amores lo hiciera, señora,
      Pero es imposible darle gusto ahora,
      Que tengo el gaznate más seco que estopa
      Y me aprieta mucho esta nueva ropa.

      -Lo siento infinito, responde tía rata,
      Aflójese un poco chaleco y corbata,
      Y yo mientras tanto les voy a cantar
      Una cancioncita muy particular.

      Mas estando en esta brillante función
      De baile y cerveza, guitarra y canción,
      La gata y sus gatos salvan el umbral,
      Y vuélvese aquello el juicio final.

      Doña gata vieja trinchó por la oreja
      Al niño Ratico maullándole: ¡Hola!
      Y los niños gatos a la vieja rata
      Uno por la pata y otro por la cola.

      Don Renacuajito mirando este asalto
      Tomó su sombrero, dio un tremendo salto
      Y abriendo la puerta con mano y narices,
      Se fue dando a todos noches muy felices.

      Y siguió saltando tan alto y aprisa,
      Que perdió el sombrero, rasgó la camisa,
      Se coló en la boca de un pato tragón
      Y éste se lo embucha de un solo estirón.

      Y así concluyeron, uno, dos y tres
      Ratón y Ratona, y el Rana después;
      Los gatos comieron y el pato cenó,
      ¡Y mamá Ranita solita quedó!
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    El último instante
      Si sólo un instante resta
      A nuestro amor desgraciado,
      Y si ese instante ha llegado
      Para nunca más volver.

      ¡Deja, por Dios, este instante
      Que te acaricie y te adore,
      Que dé amor y angustia llore,
      Y que llore de placer!

      Postrer vez tus blandas formas
      Sobre mi amante regazo,
      Tu cuello sobre mi brazo
      Y el otro en torno de ti.

      Locos, atónitos, ebrios,
      En delicioso desmayo,
      Pidamos que venga un rayo
      A refundirnos así.

      ¡Al negro umbral de un infierno
      De sufrimiento infinito,
      Den nuestras almas un grito
      De inmensa felicidad!

      Que nunca nieguen que amaron,
      Que un paraíso perdieron:
      ¡Soñaron cuanto quisieron,
      Y ese sueño fue verdad!

      ¡Venga un beso! Y sea más dulce
      Que aquel primer dulce beso,
      Y el mismo ardiente embeleso
      Timbre en tu mágica voz.

      Gocemos cual dos que ausentes
      Tornan al fin a abrazarse,
      No cual dos que al separase
      Se dan el último adiós.

      ¿Último? No, amada mía,
      Que el corazón con que te amo
      Fiel a ti como a su amo
      El perro del montañés

      Del naufragio de la vida
      Me rescatará triunfante
      Para que venga anhelante
      A deponerlo a tus pies.

      ¿Último? No, que a despecho
      Del envidioso destino,
      No ha de faltarme camino
      Para volver hasta ti;

      Ave de amor que anidaste,
      Yo sabré tender el vuelo
      Tras del ángel hasta el Cielo,
      Tras de la mujer aquí.

      Mas mientras llega la hora
      Del recuerdo y de la ausencia
      Y unida con tu existencia
      Veo mi existencia correr;

      ¡Deja, por Dios, este instante
      Que te acaricie y te adore,
      Que de amor y angustia llore,
      Y que llore de placer!
    Arriba

    Elvira Tracy
      ¡He aquí del año el más hermoso día,
      Digno del paraíso! ¡Es el temprano
      Saludo que el otoño nos envía;
      Son los adioses que nos da el verano!

      Ondas de luz purísima abrillantan
      La blanca alcoba de la dulce Elvira;
      Los pajarillos cariñosos cantan,
      El perfumado céfiro suspira.

      He allí su tocador: aún se estremece
      Cual de su virgen forma al tacto blando.
      He allí a la madre de Jesús: parece
      Estar sus oraciones escuchando.

      ¡Un féretro en el centro, un paño, un Cristo!
      ¡Un cadáver! ¡Gran Dios!... ¡Elvira!... ¡Es ella!
      Alegremente linda ayer la he visto.
      ¿Y hoy? Hela allí... ¡Solamente bella!

      ¡No ha muerto: duerme! ¡Vedla sonreída!
      Ayer, en esta alcoba deliciosa,
      Feliz soñaba el sueño de la vida;
      ¡Hoy sueña el de una vida aún más dichosa:

      Ya de la rosa el tinte pudibundo
      Murió en su faz; pero en augusta calma
      La ilumina un reflejo de otro mundo
      Que al morir se entreabrió para su alma.

      Ya para los sentidos no se enciende
      La efímera beldad de arcilla impura:
      Mas, tras de ella, el espíritu sorprende
      La santa eternidad de otra hermosura.

      Cumplió quince años; ¡ay, edad festiva,
      Mas misteriosa y rara; edad traidora!
      ¡Cuando es la niña para el hombre esquiva,
      Y a los ángeles férvida enamora!

      ¡Pobre madre! ¡Del hombre la guardaste,
      Pero esconderla a su ángel no supiste!
      ¡La vio, se amaron, nada sospechaste
      Y en el impensado instante la perdiste!

      Vio al expirar a su ángel adorado
      Y abrió los ojos al fulgor del cielo,
      Y dijo: -El sacrificio ha terminado.
      ¡Ven vámonos a casa!- y tendió el vuelo.

      ¡Por eso luce tan hermoso el día
      Indiferente al llanto que nos cuesta!
      Hoy hay boda en el cielo; él se gloria:
      ¡La patria de la novia está de fiesta!
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    En el Niágara
      (Contemplación)

      Dedicada en prenda de respetuosa admiración
      Y de profundo reconocimiento
      A la señora María Juana Christie de Serrano

      ¡Ahí estás otra vez...! El mismo hechizo
      Que años ha conocí, monstruo de gracia,
      Blanco, fascinador, enorme, augusto,
      Sultán de los torrentes,
      Muelle y sereno en tu sin par pujanza.
      ¡Ahí estás siemprem el Niágara! Perenne
      En tu extático trance, en ese vértigo
      De voluntad tremenda, sin cansarte
      Nunca de ti, ni el hombre de admirarte.

      ¡Cómo cansarse! La belleza activa,
      La siempre viva, porque siempre pura,
      No puede fatigar. Hija perfecta
      Sin medio humano, del excelso fiat
      Que perpetuaron leyes inviolables
      En su incesante acción; mimada hermana
      Del firmamento, de la luz, del aire;
      Huésped no expulsado del Edén perdido;
      Esta hermosura es creación constante
      Y original, donde trasciende el soplo
      De su autor soberano. Algo nos dice
      Que allí está Dios: el néctar de embeleso
      Y de reparación que a un tiempo mana.
      Al contemplarla en nuestro fondo bullen
      Los dormitados gérmenes divinos,
      Cual hierve al sol el ánima viviente
      De la naturaleza; y surge ansioso
      El amor de familia, el de la eterna
      E indisoluble y como al mar la gota
      Emancipada al fin de térreos lazos,
      Como del pecho de la madre el niño,
      Mudos de íntimo gozo nos prendemos
      En comunión de eternidad con ella.

      ¿Podrá Dios fatigar? ¡Ah! En lo que hastía
      Hay encanto letal, triste principio
      De inercia, hostil a Dios, germen de muerte,
      Gangrena de las almas secuestradas
      De su raudal vivífico...

      Mas, ¿dónde mi mente descendió?
      Llámala al punto,
      ¡Oh Niágara! Y en ti la imagen vea
      De las almas triunfantes; mire al héroe
      Sublime en su martirio; al genio mire
      Sereno en la conciencia de su fuerza.
      Distráeme, diviérteme, museo
      De cataratas, fábrica de nubes;
      Mar desfondado al peso de tus ondas;
      Columnas que un omnipotente Alcides
      Descolgó del Olimpo, entre dos vastos
      Mediterráneos piélagos de un mundo.

      Sigues, gigante excéntrico, gozando
      Tu solitaria, inmemorial locura,
      Digna de un Dios. Descadenada sueltas
      Del valle por la rápida pendiente
      Tu oceánica mole, y poseído
      dDel rapto a que impetuoso te abandonas
      Ebrio del regocijo de tu fuerza,
      No adviertes que ya el hombre ha sorprendido
      Este retozo de titán, violando
      La agreste soledad, y que en tus bordes
      La hormiga semidiós bulle y se empina
      A medirse contigo... ¡Ah, qué te importa!
      No cabes en la tierra, y de un arranque
      Vas a tomar por lecho el océano.

      De los más lejos términos del globo
      A visitarte viene y a elevarse
      Con tu contemplación, reconociéndote
      Sin rival hermosura. En tus orillas
      Un sentimiento en lenguas mil proclamas
      La grandeza de Dios y el inocente
      Triunfo de la inmortal naturaleza.
      Heredia te tributa entusiasmado
      El Niágara de su alma, pavoroso
      Muy más que el de tus ondas; el activo
      Cíclope anglosajón, probando al mundo
      Que es digno amo de ti, con puente aéreo
      Salva tu abismo inmenso, y por su mano
      Te da su abrazo atlético de hierro
      Esto que el hombre (insecto de un instante
      Y atolondrado por su instante) llama
      La civilización. El cielo mismo
      Tiende a tus pies esos divanes de ángeles,
      Nácar del firmamento, y oponiendo
      A un puente, mil; al arte de los hombres
      El del Señor, suspende caprichoso,
      Cual la sonrisa de la paz del alma
      Entre los estertores del que muere,
      Su iris tranquilo en medio a tu desastre.

      Basta para tu gloria, insigne muestra
      Del manantial de las bellezas; ara
      De la perpetua admiración del hombre.
      Yo, nada podré darte, aunque aspirara
      A unir mi nombre a tu famoso nombre;
      Que soy la misma sombra que otro día
      A tus umbrales se asomó impasible.
      Fantasma evanescente que en silencio
      Va atravesando entre tu niebla fría...
      Si al estruendo volcánico, profundo
      De tu derrumbamiento, cimbra en torno
      La tierra estremecida, el viento llora
      Y aún tu cuenca de piedra conmovida,
      Sonora te responde; ¡ay! entretanto
      Sordo mi corazón no te percibe
      Ni en mi alma hierve el frenesí del canto.

      Pero, ¿qué a ti, si el mismo de aquel día
      Ahí estás, en tu pompa y magno aliento,
      Como yo aquí, perenne en mi aislamiento
      Y en su tedio infinito el alma mía?
      Hoy te recorren otra vez mis ojos,
      Mustios y melancólicos como antes.

      Divino anfiteatro
      Do entre un misterio de borrasca y nieblas
      Luchan, cual en eterna pesadilla,
      Monstruos de roca y amazonas de agua.
      En mí no hay lucha, no; y en tu presencia,
      Más que tu alta beldad, me maravilla
      Mi absorta postración, mi indiferencia.

      Ese lago de leche que dormido
      Yace a tus pies; esas tendidas hojas
      De cuajada esmeralda, opacas, turbias,
      Manto marino que tu cauce vela,
      Cuyas inertes, aplanadas olas
      Atónitas al golpe, ignoran dónde
      Seguir corriendo; ese ancho remolino
      Que abajo las aguarda, y retorciéndose
      Al empuje del mar que los violenta
      Yérguese al centro, y cual pausada boa
      En silencio fatal se enrosca, y nunca
      Suelta la presa que atrayente arrolla
      Allí más bien estoy; ese el mar muerto
      De mi existencia, y el designio arcano
      Que en giro estéril me aletarga y me hunde.

      ¿Dónde, oh Heredia, tu terror? Lo anhelo
      Y no puedo encontrarlo. ¡Ah! No serías
      Tan infeliz cuando esto te aterraba.
      Si aquí la dicha palidece y tiembla,
      Aquí por fín respira
      La desesperación: sobre estos bordes
      Alza ella sus altares; de ese abismo
      En el tartáreo fondo
      A voluptuosidades infernales
      Un genio tentador la está llamando...
      No, nada alcanza a dar pavor en toda
      La alma naturaleza; el mal más grave
      Que hace, es un bien: servirnos una tumba,
      Un lecho al fatigado. Ella es un niño,
      Siempre inocente, y candorosa, y dulce,
      Podriza; en fin que la bondad del cielo
      concedió al hombre...
      El hombre, ese es el monstruo
      (Bien lo supiste, Heredia) ese es el áspid
      Cuyo contacto me estremece; el áspid
      Que cuerpo y alma pérfido emponzoña.

      Sempiterno Satán de ajenas vidas
      Y aún de la propia; turbador de tanto
      Terrenal paraíso que Natura
      Brinda obsequiosa, y de cualquiera escena
      De orden y paz, beldad que a su memoria
      Presentará la aborrecida imagen
      Del malogrado bienestar celeste.
      El hombre, injerto atroz de ángel y diablo,
      Enemigo mortal de cuanto asciende
      La escala etérea en descollante copia
      De la Divinidad. ¡Aporte, oh monstruo!
      ¡Aquí Naturaleza! Yo, a la vista
      De este río de truenos – fulgurante
      Cometa de Las aguas – no querría
      Sino abrazarme de él, como aquel iris
      Que en su columna espléndida serpea.
      Y como él, ni sentido, ni sensible
      Desaparecer... eres tan grande, oh Niágara,
      Es tan irresistible tu embeleso,
      Tu majestad, que el infortunio humano,
      A no haber otro dios, te adoraría;
      Dios de la blanda muerte, a quien en vano
      Jamás acudiría
      A descargar su insoportable peso...

      -¿Perdón, oh madre mía,
      Mártir idolatrada! Hoy es la fecha
      En que allá en nuestro hogar, alegre un tiempo,
      Tu nombre festejábamos. ¡Imploro
      De hinojos tu perdón! No es culpa tuya
      Deberte yo tan miserable vida.
      Hoy me salvas de nuevo; hoy, por ti sola,
      Por tu ternura infatigable, ardiente,
      Tu hijo infeliz se inmola,
      Se inmola, sí, viviendo nuevamente..

      Aquí, al salir del templo, venir usan
      Los desposados. Su segundo templo,
      Su ara de amor es ésta; aquí se sienten
      Como fuera del mundo, y ya en los brazos
      De ese Dios, todo amor, todo clemencia,
      Que los bendijo; y al más bello y puro
      Torrente arrojan el jazmín primero
      De su fresca guirnalda...
      ¡Duerme, duerme
      Casta y dulce visión! Duerme al arrullo
      Del mismo padre Niágara que un día
      Recién nacida te arrulló*, y no ha mucho
      Recién feliz te prometió arrullarte.

      Duerme, y al par que a tus guirnaldas llegue
      El perdurable réquiem que él te canta.
      Llegue a tu alma mi oración profunda,
      Llegue mi bendición a tu memoria.
      Bendita porque amaste; más bendita
      Por no ser ya mujer, porque moriste,
      Y desapareciste, y descansaste,
      Y descansó mi espíritu en tu fosa.

      Todo acabó, perfectamente todo,
      Como el Señor lo quiso... Hoy el ausente
      Regresa al fin cerca de ti. Bien cerca
      Estamos otra vez: tú en tu sepulcro
      Muerta, es verdad... y yo quizá más muerto
      Que tú, sobreviviéndome a mí mismo...

      ¡Silencio, paz! No turbarán mis voces
      A la que fue; más fácil turbarían,
      Niágara, tu tremendo arrobamiento.
      En ti parece que comienza el mundo
      Soltándose de manos del Eterno
      Para emprender su curso sempiterno
      Por el éter profundo
      Eres el cielo que a cubrir la tierra
      Desciendes, y velada en blancas nubes
      La majestad de Dios baja contigo.

      Siempre nuevo, brillante, en movimiento
      Siempre fecundo, poderoso y fuerte
      Como el vivo raudal de hirviente savia
      Que de los pechos deslumbrantes brota
      De la madre común naturaleza,
      Despliegas tu grandeza en tu caída,
      Y alzas de aquel abismo al firmamento
      El himno de la fuerza y de la vida.
      Mas para mí la vida es un sarcasmo,
      Mi mundo ha concluido
      Mi alma es hoy incapaz del entusiasmo
      Y al quererte cantar, mi canto fuera
      Del despecho el rugido,
      O un de profundis de cansancio y muerte.

      Por variar de tedio únicamente.
      A contemplarte, Niágara, he venido;
      Y al volverte la espalda indiferente
      Limpio de tu vapor mi helada frente
      Y te pago tu olvido con olvido.
    Arriba

    Estrofa
      Dicen que impreso en las pupilas queda
      Los ojos del muerto el matador,
      Estoy muerto, no sé,
      Mas no hay quien pueda los míos borrar.
      Que se lo veda corazón
      La imagen de mi amor.
    Arriba

    Éxtasis
      ¡Gran noche!... ¡Tanta majestad me aterra
      Tanta sublimidad me causa espanto!
      Dios cobija el misterio de la tierra
      Con el misterio augusto de su manto.

      Al son de aquella mística armonía
      La inmensa tierra extático contemplo
      Como un cadáver, lívida, sombría,
      Bajo la santa bóveda del templo.

      Esta sublime paz que me estremece
      Este silencio asombrador, profundo,
      Más bien que una hora mundanal, parece
      La víspera imponente de otro mundo.

      Como una tregua entre la culpa inerme
      Y el rayo que se apronta a fulminarla,
      Cuando la pobre humanidad se duerme
      Dios desciende en secreto a visitarla.
    Arriba

    La hora de tinieblas
      I.

      ¡Oh, qué misterio espantoso
      Es este de la existencia!
      ¡Revélame algo, conciencia!
      ¡Háblame, Dios poderoso!
      Hay no se qué pavoroso
      En el ser de nuestro ser.
      ¿Por qué vine yo a nacer?
      ¿Quién a padecer me obliga?
      ¿Quién dio esa ley enemiga
      De ser para padecer?

      II.

      Si en la nada estaba yo,
      ¿Por qué salí de la nada
      A execrar la hora menguada
      En que mi vida empezó?
      Y una vez que se cumplió
      Ese prodigio funesto,
      ¿Por qué el mismo que lo ha impuesto
      De él no me viene a librar?
      ¿Y he de tener que cargar
      Un bien contra el cual protesto?

      III.

      ¡Alma! Si vienes del Cielo,
      Si allá viviste otra vida,
      Si eres imagen cumplida
      Del Soberano Modelo,
      ¿Cómo has perdido en el suelo
      La fe de tu original?
      ¿Cómo en tu lengua inmortal
      No explicas al hombre rudo
      Este fatídico nudo,
      Entre un Dios y un animal?

      IV.

      O si es que antes no existe,
      Y al abrir del mundo al sol
      Tu divino girasol,
      Gemela del polvo fuiste,
      ¿Qué crimen obrar pudiste?
      ¿Do, contra quien, cómo y cuándo
      Que estuviese a Dios clamando
      Que al hondo valle en que estás
      Surgieses tú, nada más
      Que para expiarlo llorando?

      V.

      Pues cuanto ha sido y será
      De Dios reside en la mente
      Tanto infortunio presente
      ¿No lo contemplaba ya?
      Y, ¿por qué, si en él está
      Del bien la fuente suprema
      Lanzó esa voz o anatema
      Que hizo súbito existir
      Un mundo en que oye gemir
      Y un hombre que de él blasfema?

      VI.

      ¿Cómo de un bien infinito
      Surge un infinito mal,
      De lo justo, lo fatal,
      De lo sabio, lo fortuito?
      ¿Por qué está de Dios proscrito
      El que antes no le ofendió,
      T por qué se le formó
      Para enloquecerlo así
      De un alma que dice si
      Y un cuerpo que dice no?

      VII.

      ¿Por qué estoy en donde estoy
      Con esta vida que tengo
      Sin saber de dónde vengo
      Sin saber a dónde voy;
      Con traidora libertad
      E inteligencia engañosa,
      Ciego a merced de horrorosa
      Desatada tempestad?
    Arriba

    La pobre viejecita
      Érase una viejecita
      Sin nadita que comer
      Sino carnes, frutas, dulces,
      Tortas, huevos, pan y pez.

      Bebía caldo, chocolate,
      Leche, vino, té y café,
      Y la pobre no encontraba
      Qué comer ni qué beber.

      Y esta vieja no tenía
      Ni un ranchito en que vivir
      Fuera de una casa grande
      Con su huerta y su jardín.

      Nadie, nadie la cuidaba
      Sino Andrés y Juan y Gil
      Y ocho criados y dos pajes
      De librea y corbatín.

      Nunca tuvo en qué sentarse
      Sino sillas y sofás
      Con banquitos y cojines
      Y resorte al espaldar.

      Ni otra cama que una grande
      Más dorada que un altar,
      Con colchón de blanda pluma,
      Mucha seda y mucho olán.

      Y esta pobre viejecita
      Cada año, hasta su fin,
      Tuvo un año más de vieja
      Y uno menos que vivir.

      Y al mirarse en el espejo
      La espantaba siempre allí
      Otra vieja de antiparras,
      Papalina y peluquín.

      Y esta pobre viejecita
      No tenía que vestir
      Sino trajes de mil cortes
      Y de telas mil y mil.

      Y a no ser por sus zapatos,
      Chanclas, botas y escarpín,
      Descalcita por el suelo
      Anduviera la infeliz.

      Apetito nunca tuvo
      Acabando de comer,
      Ni gozó salud completa
      Cuando no se hallaba bien.

      Se murió del mal de arrugas,
      Ya encorvada como un tres,
      Y jamás volvió a quejarse
      Ni de hambre ni de sed.

      Y esta pobre viejecita
      Al morir no dejó más
      Que onzas, joyas, tierras, casas,
      Ocho gatos y un turpial.

      Duerma en paz, y Dios permita
      Que logremos disfrutar
      Las pobrezas de esa pobre
      Y morir del mismo mal.
    Arriba

    La tormenta de verano
      Al terrado subí buscando en donde
      Asistir a la espléndida tormenta,
      Fiesta lustral que ansiaba la sedienta
      Tierra en la faz mustia y abatida fronde.

      Préndese el cielo. Pálida se esconde
      La noche. El trueno asordador revienta,
      Y en toda la ancha esfera turbulenta,
      Estruendo a estruendo y luz a luz responde.

      Palestra de titánica porfía
      Turbiones y relámpagos destella,
      Y ruge y truena en bárbara armonía.

      Rasga el rayo honda grieta, clara y bella
      En la cuarteada bóveda sombría,
      Y vislúmbrase a Dios a través della.
    Arriba

    Los filibusteros
      Venid a conquistarnos, vosotros, heces pútridas
      De las venales cárceles del libre Septentrión;
      Venid, venid, apóstoles de la sin par república
      Con el hachón del bárbaro y el rifle del ladrón.
      Venid, venid, en nombre de Franklin y de Washington,
      Bandidos que la horca con asco rechazó;
      Venid a buscar títulos de Hernanes y de Césares
      Descamisados prófugos sin leyes y sin Dios.
      Venid hambrientos pájaros a entretejer con crímenes
      El nido para el águila que precediendo vais;
      Venid, infecto vómito de la extranjera crápula,
      Con la misión beatífica de americanizar.
      Venid, dignos profetas, campeones beneméritos
      De vuestra sacratísima divina esclavitud;
      Venid, héroes de industria, presente filantrópico
      Del Septentrión prospérrimo a su pupilo el Sud.
      Venid, robustos vástagos del tronco anglosajónico
      Disforme, inmenso, atlético, gigante, colosal,
      De entrambos mundos árbitro y su infalible oráculo,
      Colmo primero y último de perfección cabal.
      Él os confió su lábaro y su creador espíritu,
      Y para un nuevo Génesis pleno poder os dio
      Mostrando entre los trópicos a vuestros ojos ávidos
      Un trono sin un déspota, un cielo sin un Dios.
      Y os dijo : "Ved meciéndose entre los dos océanos
      Ese turbante mágico de un oriental Señor(1),
      Cuajado de diamantes, rubíes, perlas, záfiros
      Macizo de oro y plata reverberando al sol.
      Esa es la ardiente zona de la buscada América,
      De la India el amoroso, fecundo corazón,
      Del cinto de la tierra el broche opulentísimo,
      Promesa de un futuro de plenitud y amor.
      Es el jardín robado de la pagana fábula,
      El por Adán perdido y hallado por Colón,
      De un épico avariento el sueño mitológico,
      Arca repleta siempre y abierta a la ambición.
      Allí despliega el cielo magnificencia insólita
      Y es la tierra su virgen en esplendor nupcial,
      Y el hombre, de placeres en un banquete opíparo
      Es feliz porque vive, no necesita más.
      Allí el poeta duerme sobre la inútil cítara,
      Y si vigila o sueña no sabe distinguir:
      ¿Qué son bajo ese cielo sus invenciones pálidas
      Si es el mayor poeta naturaleza allí?
      De leche y miel cargados allí veréis los árboles,
      Y con cortezas de oro sus troncos blanquear,
      Y oro doquier, depónenlo hasta los mismos pájaros
      Y se alza en archipiélagos sobre el azul del mar(2).
      Volad a esa áurea cuna colgada entre los trópicos
      Do el porvenir del mundo se mece infante ya;
      Entrad con el ropaje de inofensivos huéspedes
      Llevando el rifle cómodo y el pérfido puñal.
      Espiad la hora propicia, y a una señal del águila
      La empresa de exterminio sin lástima empezad,
      Y sobre los cadáveres del posesor estúpido,
      La Roma del futuro en nuestra pro fundad".
      ¡Avante pues, apóstoles del código novísimo
      Que al código de Cristo sustituyó el sajón!
      ¡Proseguid honorables, dignísimos diplómatas
      Del hado manifiesto del mundo de Colón!
      ¡Avante bandoleros! La pobre Centro América,
      Cadáver que dejaron veinte años de furor,
      Os va a enseñar qué vale cierta palabra mágica
      Y oiréis por vez primera vosotros esa voz.
      ¡Honor! Esta palabra levantó más de un Lázaro;
      Con ella un hombre, él solo a siete mil venció;
      Por ella los puñales que fratricida cólera
      Manchara, saldrán limpios de vuestro corazón.
      ¡Entrad! Ya del naranjo tras la fragante atmósfera,
      Cual su hálito pestífero el whisky os anunció.
      ¡Bebed! El que os inspira conforte vuestro espíritu;
      Él es vuestro entusiasmo, él es vuestro valor.
      Seguid, y a sangre y fuego talad cinco repúblicas...
      Dad al infierno escándalo, a Satanás horror...
      Mas, ¡ay!, pueda yo un día contemplar dos cadáveres
      Cartago y sus piratas, vosotros y La Unión.
      Para lavar el mundo, cloaca hirviente y fétida,
      Volcó el Diluvio encima la cólera de Dios:
      Que os lave uno de sangre, y en su pureza prístina
      Surja flotando el arca que Washington firmó.
    Arriba

    Mi tipo
      La belleza en la mujer
      No es cuestión del Padre Astete,
      Y en que el tal molde la mete
      Muy bobos nos quiere hacer.

      Tal vez querrá colocar,
      Dos o tres hijas tarascas,
      O de amorosas borrascas
      A un hijo alegrón salvar.

      Mas yo entiendo la cuestión
      Como estrictamente estética,
      Y no ha de tachar de herética
      Ni un Santo mi solución:

      Que la norma en la belleza
      Es variable y contingente,
      Porque cada cual la siente
      Según su naturaleza.

      La insípida el tonto adora,
      El sabio la intelectual,
      Y cada hombre su ideal
      Halla en donde se enamora.

      Yo, por hoy libre y vacante,
      Diera el voto a una morena,
      Forma esbelta pero llena,
      Con faz correcta y picante.

      Ingenua expresión de niña
      Con ojos de horno que quemen,
      Y labios de esos que tremen
      Como provocando a riña.

      Belleza meridional
      De alma y línea decidida:
      No esa inerte y desabrida
      De corderito pascual.

      Acaramelada tez
      Más bien que batido blanco.
      Tipo ardiente, activo y franco
      No de angélica insulsez.

      Candor de cielo en el rostro
      Con un infierno inconsciente,
      Algo que encante y que tiente,
      Querub con visos de monstruo.

      De monstruo que me devore
      Y que a la vez me arrebate,
      Que adorándome me mate
      E insultándome me adore.

      Quiero una beldad dramática
      No una sílfide de idilio,
      Una Dido de Virgilio
      Más que una Ofelia linfática.

      No una lánguida pasiva,
      Igual, pintada hermosura,
      Sino agridulce en ternura
      Y gratamente agresiva.

      Y sin jugar del vocablo,
      Diré que mi musa, en fin,
      Ha de ser un serafín
      Salpicadito de diablo.
    Arriba

    Mirringa Mirronga
      Mirringa Mirronga, la gata candonga
      Va a dar un convite jugando escondite,
      Y quiere que todos los gatos y gatas
      No almuercen ratones ni cenen con ratas.
      "A ver mis anteojos, y pluma y tintero,
      Y vamos poniendo las cartas primero.
      Que vengan las Fuñas y las Fanfarriñas,
      Y Ñoño y Marroño y Tompo y sus niñas.
      "Ahora veamos qué tal la alacena.
      Hay pollo y pescado, ¡la cosa está buena!
      Y hay tortas y pollos y carnes sin grasa.
      ¡Qué amable señora la dueña de casa!
      "Venid mis michitos Mirrín y Mirrón.
      Id volando al cuarto de mamá Fogón
      Por ocho escudillas y cuatro bandejas
      Que no estén rajadas, ni rotas ni viejas.
      "Venid mis michitos Mirrón y Mirrín,
      Traed la canasta y el dindirindín,
      ¡Y Zape, al mercado! Que faltan lechugas
      Y nabos y coles y arroz y tortuga.
      "Decid a mi amita que tengo visita,
      Que no venga a verme, no sea que se enferme
      Que mañana mismo devuelvo sus platos,
      Que agradezco mucho y están muy baratos.
      "¡Cuidado, patitas, si el suelo me embarran
      ¡Que quiten el polvo, que frieguen, que barran
      ¡Las flores, la mesa, la sopa!... ¡Tilín!
      Ya llega la gente. ¡Jesús, qué trajín!"
      Llegaron en coche ya entrada la noche
      Señores y damas, con muchas zalemas,
      En grande uniforme, de cola y de guante,
      Con cuellos muy tiesos y frac elegante.
      Al cerrar la puerta Mirriña la tuerta
      En una cabriola se mordió la cola,
      Mas olió el tocino y dijo "¡Miaao!
      ¡Este es un banquete de pipiripao!"
      Con muy buenos modos sentáronse todos,
      Tomaron la sopa y alzaron la copa;
      El pescado frito estaba exquisito
      Y el pavo sin hueso era un embeleso.
      De todo les brinda Mirringa Mirronga:
      "¿Le sirvo pechuga?" "Como usted disponga,
      Y yo a usted pescado, que está delicado".
      –"Pues tanto le peta, no gaste etiqueta:
      "Repita sin miedo". Y él dice: "Concedo".
      Mas, ¡ay!, que una espina se le atasca indina,
      Y Ñoña la hermosa que es habilidosa
      Metiéndole el fuelle le dice: "¡Resuelle!"
      Mirriña a Cuca le golpeó en la nuca
      Y pasó al instante la espina del diantre,
      Sirvieron los postres y luego el café,
      Y empezó la danza bailando un minué.
      Hubo vals, lanceros y polka y mazurca,
      Y Tompo que estaba con máxima turca,
      Enreda en las uñas el traje de Ñoña
      Y ambos van al suelo y ella se desmoña.
      Maullaron de risa todos los danzantes
      Y siguió el jaleo más alegre que antes,
      Y gritó Mirringa: "¡Ya cerré la puerta!
      ¡Mientras no amanezca, ninguno deserta!"
      Pero, ¡qué desgracia!, entró doña Engracia
      Y armó un gatuperio un poquito serio
      Dándoles chorizo de tío Pegadizo
      Para que hagan cenas con tortas ajenas.
    Arriba

    Noche de diciembre
      Noche como esta, y contemplada a solas
      No la puede sufrir mi corazón:
      Da un dolor de hermosura irresistible,
      Un miedo profundísimo de Dios.

      Ven a partir conmigo lo que siento,
      Esto que abrumador desborda de mí;
      Ven a nacerme finito lo infinito
      Y a encarnar el angélico festín.

      ¡Mira ese cielo!... es demasiado cielo
      Para el ojo de insecto de un mortal,
      Refléjame en tus ojos un fragmento
      Que yo alcance a medir y a sondear.

      Un cielo que responda a mi delirio
      Sin hacerme sentir mi pequeñez:
      Un cielo mío que me esté mirando
      Y que tan sólo a mí mirando esté.

      Esas estrellas... ¡Ay, brillan tan lejos!
      Con tus pupilas tráemelas aquí
      Donde yo pueda en mi avidez tocarlas
      Y apurar su seráfico elixir.

      Hay un silencio en esta inmensa noche
      Que no es silencio, es místico disfraz
      De un concierto inmortal. Por escucharlo,
      Mudo como la muerte el orbe está.

      Déjame oírlo, enamorada mía
      Al través de tu ardiente corazón:
      Sólo el amor transporta a nuestro mundo
      Las notas de la música de Dios.

      Él es la clave de la ciencia eterna,
      La invisible cadena creatriz
      Que une al hombre con Dios y con sus obras
      Y Adán a Cristo, y el principio al fin.

      De aquel hervor de luz está manando
      El rocío del alma. Ebrio de amor
      Y de delicia tiembla el firmamento,
      Inunda el creador la creación.

      ¡Si, el Creador! Cuya grandeza misma
      Es la que nos impide verlo aquí,
      Pero que, como atmósfera de gracia
      Se hace entretanto por doquier sentir...
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    Pastorcita
      Pastorcita perdió sus ovejas
      ¡Y quién sabe por dónde andarán!
      -No te enfades, que oyeron tus quejas
      Y ellas mismas bien pronto vendrán.

      Y no vendrán solas, que traerán sus colas,
      Y ovejas y colas gran fiesta darán.
      Pastorcita se queda dormida,
      Y soñando las oye balar.

      Se despierta y las llama enseguida,
      Y engañada se tiende a llorar.
      No llores, pastora, que niña que llora
      Bien pronto la oímos reír y cantar.

      Levantóse contenta, esperando
      Que ha de verlas bien presto quizás;
      Y las vio; mas dio un grito observando
      Que dejaron las colas detrás.

      Ay mis ovejitas, ¡pobres raboncitas!
      ¿Dónde están mis colas? ¿No las veré más?
      Pero andando con todo el rebaño
      Otro grito una tarde soltó,
      Cuando un gajo de un viejo castaño
      Cargadito de colas halló.

      Secándose al viento, dos, tres, hasta ciento,
      Allí unas tras otra ¡colgadas las vio!
      Dio un suspiro y un golpe en la frente,
      Y ensayó cuanto pudo inventar,
      Miel, costura, variado ingrediente,
      Para tanto rabón remendar;
      Buscó la colita de cada ovejita
      Y al verlas como antes se puso a bailar.
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    Preludio de primavera
      Ya viene la galana primavera
      Con su séquito de aves y flores,
      Anunciando a la lívida pradera
      Blando engramado y música de amores.

      Deja ¡oh amiga! el nido acostumbrado
      Enfrente de la inútil chimenea;
      Ve a mirar el sol resucitado
      Y el milagro de luz que nos rodea.

      Deja ese hogar, nuestra invención mezquina:
      Ven a este cielo, al inmortal brasero;
      Con el amor de Dios nos ilumina
      Y abrasa como padre al mundo entero.

      Ven a este mirador, ven y presencia
      La primera entrevista cariñosa
      Tras largo tedio y dolorosa ausencia
      Del rubio sol y su morena esposa;

      Ella no ha desceñido todavía
      Su sayal melancólico de duelo,
      Y en su primera sonrisa de alegría
      Con llanto de dolor empapa el suelo.

      No esperaba tan pronto al tierno amante,
      Y recelosa en su contento llora,
      Y parece decirle sollozante:
      ¿Por qué si te has de ir vienes ahora?

      Ya se oye palpitar bajo esa nieve
      Tu noble pecho maternal, Natura,
      Y el sol palpita enamorado y bebe
      El llanto postrimer de tu amargura.

      "¡Oh, que brisa tan dulce! –va diciendo-.
      "Yo traeré miel cáliz de las flores;
      "Y a su rico festín ya irán viniendo
      Mis veraneros huéspedes cantores"

      ¡Qué luz tan deliciosa! Es cada rayo,
      Larga mirada intensa de cariño,
      Sacude el cuerpo su letal desmayo
      Y el corazón se siente otra vez niño.

      Esta es la luz que rompe generosa
      Sus cadenas de hielo a los torrentes
      Y devuelve su plática armoniosa
      Y su alba espuma a las dormidas fuentes.

      Esta es la luz que pinta los jardines
      Y en ricas tintas la creación retoca;
      La que devuelve al rostro los carmines
      Y las francas sonrisas a la boca.

      Múdanse el cierzo el ábrego enojosos
      Y andan auras y céfiros triscando
      Como enjambre de niños bulliciosos
      Que salen de su escuela retozando.

      Naturaleza entera estremecida
      Comienza a preludiar la grande orquesta,
      Y hospitalaria a todos nos convida
      A disfrutar su regalada fiesta.

      Y todos le responden, toda casa
      Ábrese al sol bebiéndolo a torrentes,
      Y cada boca al céfiro que pasa,
      Y al cielo azul los ojos y las frentes.

      Al fin soltó su garra áspera y fría
      Al concentrado y taciturno invierno
      Y entran en comunión de simpatía
      Nuestro mundo interior y el mundo externo.
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    Siempre
      Bien puede su hojarasca y polvo y hielo
      Acumular los años sobre ti;
      Mi corazón sacude el turbio velo,
      Y siempre te hallo, ¡oh dádiva del cielo!
      Fresca y radiante en mí.

      Porque a mí te envió Él, y yo he guardado
      Tu mejor luz en ánfora inmortal,
      Porque a cosas de Dios morir no es dado,
      Y eres tú claro espíritu encarnado
      En diáfano cristal.

      No hay flor cuyo matiz no degenere
      Al pasajero sol que la esmaltó.
      Tan sólo propia luz firmeza espere:
      La perla de la mar se apoca y muere;
      Las de los cielos, no.

      Nuestra querida estrella leve gasa
      O negro temporal veló tal vez;
      Que a ella el furor que el golfo arrasa
      Parece cada nubarrón que pasa
      Doblar la brillantez.

      La copa del banquete postrimera
      Deja el gusto encantado. En tu vergel
      Mi hora sonó de juventud postrera;
      Y el ángel me hallará, cuando yo muera,
      Saboreando tu miel.

      La tarde de la vida, árida y fosca,
      Pide un hogar con su genial calor.
      Si él falta, huraño el corazón se embosca
      Y la memoria en torno a sí se enrosca
      Cual serpiente en sopor.

      Así, vuelta la espalda a lo presente,
      Que, sin el ser por quien vivir sentí,
      Es noria vil, bullicio impertinente,
      Torno a buscar mi sol, mi cara fuente,
      Mi cielo, urna de ti.

      Voy para atrás, pisada por pisada,
      Recogiendo el rumor de nuestros pies,
      Repensando un silencio, una mirada,
      Un toque, un gesto... tanto que fue nada
      Y que diamante hoy es.

      Oculta, como en mágica alcancía,
      Guardé felicidad para los dos,
      Y cuando una vez fue lo es todavía,
      Que el sol del alma no es el sol de un día,
      Ni es el tiempo, es de Dios.

      Cierta, como la dicha antes de su hora,
      Es esta: y tierna cual pasado bien
      Que en escondida soledad se llora;
      Sacra como deidad que la fe adora
      Y ojos de éxtasis ven.

      Hora, hora mismo, en alta noche oscura
      Mi aurora boreal, surges aquí.
      Hay resplandor, hay brisa de hermosura;
      Alzo a ver y hallo tu mirada pura
      Vertiendo tu alma en mí.

      Y ya no media esa impaciencia ingrata,
      Ese exceso de luz que impide ver
      Y que, al gustar el bien, nos lo arrebata,
      La sal de la amargura hoy aquilata
      El néctar del placer.

      ¡Ah! Cuando osen a ti dardos y afrentas,
      Cuando te odies tú misma en tu dolor,
      Cuando apagada y lóbrega te sientas
      Abre mi corazón. Allí te ostentas
      En todo tu esplendor.

      ¿Dónde esta él? Donde tu estés. Bien sabes
      Que fue, por fiel a ti, conmigo infiel.
      Ábrelo, que en tu voz están sus llaves;
      Pero, al mirarte en su cristal, no laves
      Lo que escribiste en él.
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    Simón el bobito
      Simón el bobito llamó al pastelero:
      ¡A ver los pasteles, los quiero probar!
      -Sí, repuso el otro, pero antes yo quiero
      Ver ese cuartillo con que has de pagar.
      Buscó en los bolsillos el buen Simoncito
      Y dijo: ¡De veras! No tengo ni unito.

      A Simón el bobito le gusta el pescado
      Y quiere volverse también pescador,
      Y pasa las horas sentado, sentado,
      Pescando en el balde de mamá Leonor.

      Hizo Simoncito un pastel de nieve
      Y a asar en las brasas hambriento lo echó,
      Pero el pastelito se deshizo en breve,
      Y apagó las brasas y nada comió.

      Simón vio unos cardos cargando viruelas
      Y dijo: -¡qué bueno! las voy a coger.
      Pero peor que agujas y puntas de espuelas
      Le hicieron brincar y silbar y morder.

      Se lavó con negro de embolar zapatos
      Porque su mamita no le dio jabón,
      Y cuando cazaban ratones los gatos
      Espantaba al gato gritando: ¡ratón!

      Ordeñando un día la vaca pintada
      Le apretó la cola en vez del pezón;
      Y ¡aquí de la vaca! le dio tal patada
      Que como un trompito bailó don Simón.

      Y cayó montado sobre la ternera
      Y doña ternera se enojó también
      Y ahí va otro brinco y otra pateadera
      Y dos revolcadas en un santiamén.

      Se montó en un burro que halló en el mercado
      Y a cazar venados alegre partió,
      Voló por las calles sin ver un venado,
      Rodó por las piedras y el asno se huyó.

      A comprar un lomo lo envió taita Lucio,
      Y él lo trajo a casa con gran precaución
      Colgado del rabo de un caballo rucio
      Para que llegase limpio y sabrosón.

      Empezando apenas a cuajarse el hielo
      Simón el bobito se fue a patinar,
      Cuando de repente se le rompe el suelo
      Y grita: ¡Me ahogo! ¡Vénganme a sacar!

      Trepándose a un árbol a robarse un nido,
      La pobre casita de un mirlo cantor,
      Desgájase el árbol, Simón da un chillido,
      Y cayó en un pozo de pésimo olor.

      Ve un pato, le apunta, descarga el trabuco:
      Y volviendo a casa le dijo a papá:
      Taita yo no puedo matar pajaruco
      Porque cuando tiro se espanta y se va.

      Viendo una salsera llena de mostaza
      Se tomó un buen trago creyéndola miel,
      Y estuvo rabiando y echando babaza
      Con tamaña lengua y ojos de clavel.

      Vio un montón de tierra que estorbaba el paso
      Y unos preguntaban ¿Qué haremos aquí?
      Bobos -dijo el niño resolviendo el caso-
      Que abran un grande hoyo y la echen allí

      Lo enviaron por agua, y él fue volandito
      Llevando el cedazo para echarla en él
      Así que la traiga el buen Simoncito
      Seguirá su historia pintoresca y fiel.
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    Súplica
      Va entre sombras y luz mi pensamiento,
      Va entre amor y dolor mi corazón:
      Verte, es mi bien; no verte, mi tormento;
      Y el verte es ¡ay! para decirte ¡adiós!

      ¡Ser feliz lo que dura una mirada!
      Ser nuestro amor secreto de los dos,
      ¡Y no poder el alma enamorada
      Ir a ti en alas de mi triste adiós!

      ¡Ser mío tu corazón, y amando tanto
      Darme sólo un relámpago de amor!
      De ese incesante enamorado canto
      ¡Sólo escuchar la nota del adiós!

      Mi bien, si me amas tú, si me adivinas
      Responde a las tinieblas a mi voz:
      Cíñeme así de flores o de espinas,
      ¡Pero dame algo mas que un triste adiós!
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    Torbellino a misa
      I

      Ande la rueda
      Del torbellino
      Tray-la-ra-lá.

      Es la rueda del destino;
      El que se queda se queda;
      ¡Pronto el vecino
      Me alcanzará!
      Tray-la-ra-lá.

      Privilegio no se alegra
      En torbellino de amor.

      El primero es el que llega
      Y el que llega es el mejor.
      Siga el que pueda
      Mi remolino.
      Tray-la-ra-lá.

      ¡Bien venido el que ya vino!
      ¡Bien quedado el que se queda!
      Y ni un comino
      Se me dará
      Tray-la-ra-lá.

      Sepa que juega el que juega
      El torbellino de amor.
      El que pasa, se relega;
      A un pícaro, otro mayor.

      II

      ¡Y ande la rueda
      Del torbellino!
      Si alguien se enreda
      Abra camino,
      Y como seda
      Venga el vecino.
      Tray-la-ra-lá.

      Pero en la rueda
      Del torbellino
      Sepa el que vino
      Que el que se va,
      Pronto lo hereda
      Quien seguir pueda
      Mi remolino
      Tray-la-ra-lá.

      ¡Y ande la rueda
      Del torbellino!
      No retroceda
      Ni el más ladino.
      Que igual moneda
      Se pagará.
      Tray-la-ra-lá.

      Nadie interceda
      Por el vecino,
      Que en esta rueda
      No hay San Padrino;
      Y si mohíno uno queda,
      Muerda un pepino
      Y por do vino
      Se marchará.
      Tray-la-ra-lá.

      Quede el que queda
      Siempre que pueda,
      O retroceda
      De su camino.
      Tray-la-ra-lá.

      Que esta es la rueda
      De mi destino
      Y ni un comino
      Se me dará.
      Tray-la-ra-lá.

      III

      Siga la rueda
      Del torbellino,
      Que en la arboleda
      Ya rueda el trino
      Del gurrumino
      Curruculá:
      El adivino
      Del matutino
      Sol asesino
      Del torbellino
      Cuando en lo fino
      Ya entrando va.
      Tray-la-ra-lá.

      IV

      Ya el alba ufana
      Sabrosa mana
      Su fresco aroma
      De mejorana;
      Y la paloma
      Dice al palomo:
      Piquito romo
      Curruculá.

      Ya en los candiles
      Luces febriles
      Ora levantan
      La llamarada,
      Ora se espantan
      De la alborada
      Torbellinada
      Que andando va;
      Y una guiñada
      De enamorada
      Como embriagada
      La luz no da.
      Curruculá.

      ¡Y ande la rueda
      Del torbellino
      Que no la exceda
      La de un molino!
      ¡Ande, y suceda
      Lo que suceda,
      Que esta es la rueda
      De amor dañino
      Y todo indino
      La pagará!
      Tray-la-ra-lá.

      ¡Ande el molino
      Pueda o no pueda,
      Que con su rueda
      Me engolosino!
      ¡Qué polvareda,
      Qué remolino.
      Loca humareda
      De amor y vino,
      Lampos de seda,
      Trombas de lino,
      Ya el pie se enreda,
      Ya pierdo el tino,
      Ya no hay vereda,
      Ya es desatino!
      Rueda que rueda
      Cada vecino
      Con la que queda
      Por su camino,
      Y nadie sabe
      Por donde va.
      Tray-la-ra-lá.

      Y canta el ave
      Tierna y suave
      ¡Curruculá,
      Curruculá!
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    Un beso
      Nube con nube fulminante choca:
      ¡Esa es la tempestad!
      Estréllanse una boca y otra boca:
      ¡Esa es la muerte
      O es la felicidad!
      ¡Dame un beso, alma mía! De esa suerte
      Yo ansío en tus brazos desposar la muerte
      Con la felicidad.
    Arriba

    Vals
      ¡Más y más rápida
      Vuele la música!
      ¡Más y más agiles
      Giren los pies!

      En abrazo íntimo
      Locos lancémonos
      A la vorágine
      De la embriaguez.

      Amantes hálitos
      Pueblan la atmósfera,
      Y al rico estrépito
      Cimbra el salón.

      Y de cien lámparas
      Los prismas trémulos
      Arpas eólicas
      Vibrando son.

      Diamantes príncipes
      Se eclipsan pálidos
      Al ojo fébrido
      De la beldad.

      Y en lunas vénetas
      Hierve a relámpagos
      De oro y de púrpura,
      Su claridad.

      Del valse al ímpetu
      Formas angélicas
      Despiden ráfagas
      De tentación:

      Las telas púdicas
      Forman un vórtice
      Que causa vértigos
      Al corazón.
      Cometas fúlgidos,
      ¡Cuántos espíritus
      En vuestras órbitas
      Girando van!
      Vuestra periódica
      vuelta balsámica
      Mil ojos tímidos
      Ansiando están.
    Arriba

    Valsando
      Casta madonna del siglo trece,
      En fondo de oro la blanca luna;
      Un cielo inmenso, sin mancha alguna,
      Que al que lo mira rejuvenece,
      Y en su éter puro nos desvanece,
      Dando alas de ángel al corazón;

      Y en mis oídos vibrando el rápido
      Vals embriagante de aquellos días
      En que girando loca de júbilo
      Entre mis brazos amanecías,
      Y negra hallábamos el alba hermosa
      Que con tus tintas de perla y rosa
      Nos daba el toque de dispersión.

      En esta noche, bajo este cielo,
      A sus compases inflamadores,
      Que alegre mi alma levanta el vuelo
      Y torna al cielo de sus amores,
      Y ya percibe tu aura de flores,
      Y el dulce peso...
    Arriba