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Charles Baudelaire. Parte II (Poemas 101-126)

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    Información biográfica

    Las Flores del Mal. Parte I (1-100)
    Las Flores del Mal. Parte II (101-126)

    Las Flores del Mal. Cuadros parisienses
  1. Brumas y lluvias (Trad. de Eduardo Marquina)
  2. Sueño parisiense (Trad. de Eduardo Marquina)
  3. El crepúsculo matutino (Trad. de Eduardo Marquina)

  4. Las Flores del Mal. El vino
  5. El alma del vino (Trad. de Eduardo Marquina)
  6. El vino de los traperos (Trad. de Eduardo Marquina)
  7. El vino del asesino (Trad. de Eduardo Marquina)
  8. El vino del solitario (Trad. de Eduardo Marquina)
  9. El vino de los amantes (Trad. de Eduardo Marquina)

  10. Las Flores del Mal. Flores del mal
  11. La destrucción (Trad. de Eduardo Marquina)
  12. Un mártir (Trad. de Eduardo Marquina)
  13. Mujeres condenadas (Trad. de Eduardo Marquina)
  14. Las dos buenas hermanas (Trad. de Eduardo Marquina)
  15. La fuente de sangre (Trad. de Eduardo Marquina)
  16. Alegoría (Trad. de Eduardo Marquina)
  17. La Beatriz (Trad. de Eduardo Marquina)
  18. Un viaje a Citerea (Trad. de Eduardo Marquina)
  19. El cupido y el cráneo (Trad. de Eduardo Marquina)

  20. Las Flores del Mal. Rebelión
  21. El reniego de San Pedro (Trad. de Eduardo Marquina)
  22. Abel y Caín (Trad. de Eduardo Marquina)
  23. Las letanías de Satán (Trad. de Eduardo Marquina)

  24. Las Flores del Mal. La muerte
  25. La muerte de los amantes (Trad. de Eduardo Marquina)
  26. La muerte de los pobres (Trad. de Eduardo Marquina)
  27. La muerte de los artistas (Trad. de Eduardo Marquina)
  28. El final de la jornada (Trad. de Eduardo Marquina)
  29. El sueño de un curioso (Trad. de Eduardo Marquina)
  30. El viaje (Trad. de Eduardo Marquina)


Información biográfica
    Nombre: Charles Pierre Baudelaire
    Lugar y fecha nacimiento: París, Francia, 9 de abril de 1821
    Lugar y fecha defunción: París, Francia, 31 de agosto de 1867 (46 años)
    Ocupación: Crítico de arte, traductor, escritor, ensayista, poeta
    Movimiento: Romanticismo, Parnasianismo, Simbolismo
Sus dos obras más notables son Las flores del mal y Los paraísos artificiales.

Fuente: [Charles Baudelaire] en Wikipedia.org

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    Brumas y lluvias
      (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

      ¡Oh, finales de otoño, inviernos, primaveras cubiertas de lodo,
      Adormecedoras estaciones! yo os amo y os elogio
      Por envolver así mí corazón y mi cerebro
      Con una mortaja vaporosa y en una tumba baldía.

      En esta inmensa llanura donde el austro frío sopla,
      Donde en las interminables noches la veleta enronquece,
      Mi alma mejor que en la época del tibio reverdecer
      Desplegará ampliamente sus alas de cuervo.

      Nada es más dulce para el corazón lleno de cosas fúnebres,
      Y sobre el cual desde hace tiempo desciende la escarcha,
      ¡Oh, blanquecinas estaciones, reinas de nuestros climas!,

      Que el aspecto permanente de vuestras pálidas tinieblas,
      —Si no es en una noche sin luna, uno junto al otro,
      El dolor adormecido sobre un lecho cualquiera.
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    Sueño parisiense
      (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

      I

      De aquel terrible paisaje,
      Tal que jamás un mortal vio,
      Esta mañana todavía la imagen,
      Vaga y lejana, me arrebataba.

      ¡El sueño estaba lleno de milagros!
      Por un capricho singular
      Yo había desterrado del espectáculo
      El vegetal singular,

      Y, pintor orgulloso de mi genio,
      saboreaba en mi cuadro
      La embriagante monotonía
      Del metal, del mármol y del agua.

      Babel de escaleras y de arcadas,
      Era un palacio infinito,
      Lleno de fuentes y cascadas
      Volcando el oro mate o bruñido;

      Y cataratas pesadas,
      Como cortinas de cristal,
      Pendían, deslumbrantes,
      De las murallas de metal.

      No de árboles, sino de columnatas,
      Los dormidos estanques nos rodeaban,
      Donde gigantescas náyades,
      Como mujeres, se contemplaban.

      Napas de agua derramábanse, azules
      Entre malecones rosados y verdes,
      A lo largo de millones de leguas,
      Hacia el confín del universo;

      ¡Eran piedras inauditas
      Y oleadas mágicas; eran
      Inmensos espejos deslumbrantes
      Por todo cuanto ellos reflejaban!

      Indolentes y taciturnos,
      Los Ganges, en el firmamento,
      Volcaban el tesoro de sus urnas
      En abismos de diamante.

      Arquitecto de mis hechizos,
      Yo hacía, a mi capricho,
      Bajo un túnel de pedrerías
      Pasar un océano domado;
      Y todo, aun el color negro,
      Parecía límpido, claro, irisado;
      El líquido engastaba su gloria
      En el destello cristalizado.

      ¡Ningún astro, desde luego, nada de vestigios
      De sol, ni siquiera en lo bajo del cielo,
      Para iluminar estos prodigios,
      Que brillaban con su propio fuego!

      Y sobre estas movientes maravillas
      Cerníase (¡terrible novedad!
      ¡Todo para la vista, nada para los oídos!)
      Un silencio de eternidad.

      II

      Al reabrir mis ojos llameantes
      He visto el horror de mi rincón,
      Y sentí, penetrando en mi alma,
      La punta de las preocupaciones malditas;

      El péndulo de los acentos fúnebres
      Sonaba brutalmente el mediodía,
      Y el cielo volcaba tinieblas
      Sobre el triste mundo adormilado.
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    El crepúsculo matutino
      (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

      La diana cantaba en los patios de los cuarteles,
      Y el viento de la mañana soplaba sobre las linternas.

      Era la hora en que el enjambre de los sueños malignos
      Tuerce sobre sus almohadas los atezados adolescentes;
      Cuando, cual un ojo sangriento que palpita y se menea,
      La lámpara en el amanecer es una mancha roja;
      Cuando el alma, bajo el peso del cuerpo rudo y pesado,
      Imita los combates de la lámpara y del día.
      Como un rostro en llanto que las brisas enjugan,
      El aire está lleno del escalofrío de las cosas que se fugan,
      Y el hombre está fatigado de escribir y la mujer de amar,

      Las casas, aquí y allá, comienzan a humear,
      Las hembras de placer, el párpado lívido,
      Boca abierta, dormían con su sueño estúpido;
      Las pordioseras, arrastrando sus senos fláccidos y fríos,
      Soplaban sobre sus tizones y soplaban sobre sus dedos.
      Era la hora en que, entre el frío y la roñería
      Se agravan los dolores de las mujeres yacientes;
      Cual un sollozo cortado por un vómito espumoso
      El canto del gallo, a lo lejos, rasgaba el aire brumoso;
      Un mar de nieblas bañaba los edificios,
      Y los agonizantes en el fondo de los hospicios
      Exhalaban su postrer estertor en hipos desiguales.
      Los libertinos regresaban, destrozados por sus esfuerzos.

      La aurora tiritante, vestida de rosa y verde,
      Avanzaba lentamente sobre el Sena desierto,
      Y la sombra de París, frotándose los ojos,
      Empuñaba sus herramientas, anciano laborioso.
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    El alma del vino
      (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

      Una noche, el alma del vino cantó en las botellas:
      "¡Hombre, hacia ti elevo, ¡oh! querido desheredado,
      Bajo mi prisión de vidrio y mis lacres bermejos,
      Una canción colmada de luz y de fraternidad!

      Sobre la colina en llamas, yo sé cuánto se requiere
      De pena, de sudor y de sol abrasador
      Para engendrar mi vida y para infundirme el alma;
      Mas, no seré ni ingrato ni dañino,

      Pues que experimento un regocijo inmenso cuando caigo
      En el gaznate de un hombre consumido por su labor,
      Y su cálido pecho es una dulce tumba
      En la cual me siento mucho mejor que en mis frías bodegas.

      ¿Oyes resonar las canciones dominicales
      Y la esperanza que gorjea en mi pecho palpitante?
      Los codos sobre la mesa y arremangado,
      Tú me glorificarás y te sentirás contento;

      Yo iluminaré los ojos de tu mujer arrebatada;
      A tu hijo le volveré su fuerza y sus colores
      Y seré para ese frágil atleta de la vida
      El ungüento que fortalece los músculos de los luchadores.

      En ti yo caeré, vegetal ambrosia,
      Grano precioso arrojado por el eterno Sembrador,
      Para que de nuestro amor nazca la poesía
      Que brotará hacia Dios cual una rara flor!"
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    El vino de los traperos
      (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

      Frecuentemente, al claro fulgor de un reverbero
      Del cual bate el viento la llama y atormenta el vidrio,
      En el corazón de un antiguo arrabal, laberinto fangoso
      Donde la humanidad bulle en fermentos tempestuosos,

      Se ve un trapero que llega, meneando la cabeza,
      Tropezando, y arrimándose a los muros como un poeta,
      Y, sin cuidarse de los polizontes, sus sombras negras
      Expande todo su corazón en gloriosos proyectos.

      Formula juramentos, dicta leyes sublimes,
      Aterra los malvados, redime las víctimas,
      Y bajo el firmamento cual un dosel suspendido,
      Se embriaga con los esplendores de su propia virtud.

      Sí, esta gente hostigada por miserias domésticas,
      Molidos por el trabajo y atormentados por la edad,
      Derrengados y doblándose bajo un montón de basuras,
      Vómitos confusos del enorme París,

      Retornan, perfumados de un olor de toneles,
      Seguidos de compañeros, encanecidos en las batallas,
      Cuyos mostachos penden como las viejas banderas.
      Los pendones, las flores y los arcos triunfales

      Iérguense ante ellos, ¡solemne sortilegio!
      ¡Y en la ensordecedora y luminosa orgía
      Clarines, sol, aclamaciones y tambores,
      Tráenle la gloria al pueblo ebrio de amor!

      Es así como a través de la Humanidad frívola
      El vino arrastra el oro, deslumbrante Pactolo;
      Por la garganta del hombre canta sus proezas
      Y reina por sus dones así como los verdaderos reyes.

      Para ahogar el rencor y acunar la indolencia
      De todos estos viejos malditos que mueren en silencio,
      Dios, tocado por los remordimientos, había hecho el sueño;
      ¡El hombre agregó el Vino, hijo sagrado del Sol!
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    El vino del asesino
      (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

      Mi mujer está muerta, ¡soy libre!
      Puedo, pues, beber hasta el hartazgo.
      Cuando regresaba sin un sueldo,
      Sus gritos me desgarraban los nervios.

      Tanto como un rey soy dichoso;
      El aire es puro, el cielo admirable...
      ¡Teníamos un verano semejante
      Cuando me enamoré!

      La horrible sed que me desgarra
      Tendría necesidad para saciarse
      De tanto vino como puede contener
      Su tumba; — lo que no es poco decir:

      La he echado al fondo de un pozo,
      Y hasta he arrojado sobre ella
      todas las piedras del brocal.
      —¡La olvidaré si puedo!

      En nombre de los juramentos de ternura,
      De los que nadie nos puede desligar,
      Y para reconciliarnos
      Como en los buenos tiempos de nuestra embriaguez,

      Le imploré una cita,
      Por la noche, en un camino oscuro.
      ¡Ella acudió! —¡loca criatura!
      ¡Somos todos más o menos locos!

      Estaba todavía bonita,
      ¡Si bien muy cansada! Y yo,
      ¡Yo la quería mucho! He aquí porque
      Le dije: ¡Deja esta existencia!

      Nadie puede comprenderme. Uno solo
      Entre estos borrachos estúpidos
      ¿Pensó en sus noches morbosas
      Hacer del vino una mortaja?

      Esta crápula invulnerable
      Como las máquinas de hierro
      Jamás, ni en verano ni en invierno,
      Ha conocido el amor verdadero,

      ¡Con sus negros encantos,
      Su cortejo infernal de clamores,
      Sus frascos de veneno, sus lágrimas,
      Su estrépito de cadena y de osamentas!

      —¡Heme aquí, libre y solitario!
      Estaré esta noche borracho perdido;
      Entonces, sin miedo y sin remordimiento,
      Me echaré en el suelo,

      ¡Y dormiré como un perro!
      El carretón de pesadas ruedas
      Cargado de piedras y de barro,
      El vagón desenfrenado puede quizá

      Aplastar mi cabeza culpable
      O cortarme por la mitad,
      ¡Yo me río, tanto como de Dios,
      Del Diablo o de la Santa Mesa!
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    El vino del solitario
      (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

      La mirada singular de una mujer galante
      Que se desliza hacia nosotros como el rayo blanco
      Que la luna ondulante envía al lago tembloroso,
      Cuando en él quiere bañar su belleza indolente;

      El último escudo de la talega en los dedos de un jugador;
      Un beso libertino de la flaca Adelina;
      Los sones de una música enervante y mimosa,
      Semejante al grito lejano del humano dolor,

      Todo eso no vale nada, ¡oh! botella profunda,
      Los bálsamos penetrantes que tu panza fecunda
      Guarda, piadosa para el corazón sediento del poeta;

      ¡Tu le viertes la esperanza, la juventud y la vida,
      —Y el orgullo, este tesoro de toda miseria,
      Que nos vuelve triunfantes y semejantes a los dioses.
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    El vino de los amantes
      (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

      ¡Hoy el espacio muestra todo su esplendor!
      Sin freno, sin espuelas, sin bridas.
      ¡Partamos, cabalgando sobre el vino
      Hacia un cielo mágico y divino!

      Cual dos ángeles a los cuales tortura
      Una implacable calentura,
      En el azul diáfano de la mañana
      ¡Sigamos hacia el espejismo lejano!

      Muellemente mecidos sobre las alas
      Del torbellino inteligente,
      En un delirio paralelo,

      ¡Hermana mía, uno al lado del otro, navegando,
      Huiremos sin reposo ni treguas
      Hacia el paraíso de mis sueños!
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    La destrucción
      (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

      Incesante a mi vera se agita el Demonio;
      Flota alrededor mío como un aire impalpable;
      Lo aspiro y lo siento que quema mis pulmones
      Y los llena de un deseo eterno y culpable.

      A veces toma, sabiendo mi gran amor al Arte,
      La forma de la más seductora de las mujeres,
      Y, bajo especiosos pretextos de tedio,
      Habitúa mis labios a filtros infames.

      Me conduce así, lejos de la mirada de Dios,
      Jadeante y destrozado por la fatiga, en medio
      De las llanuras del Hastío, profundas y desiertas,

      Y despliega ante mis ojos llenos de confusión
      Vestimentas mancilladas, heridas abiertas,
      ¡Y el aparejo sangriento de la Destrucción!
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    Un mártir
      (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

      En medio de los frascos, de las telas recamadas
      Y de los muebles voluptuosos,
      Mármoles, cuadros, ropas perfumadas
      Se arrastran en pliegues suntuosos,

      En una alcoba tibia donde, como en un invernáculo,
      El aire es peligroso y fatal,
      Donde los ramilletes moribundos en sus féretros de vidrio
      Exhalan su suspiro final,

      Un cadáver sin cabeza derrama, cual un río,
      Sobre la almohada desalterada
      Una sangre roja y vivida con la que la tela se abreva
      Con la avidez de un prado.

      Semejante a las visiones pálidas que engendran la sombra
      Y que nos encadenan los ojos,
      La cabeza, con el montón de sus crines oscuras
      Y de sus joyas preciosas,

      Sobre el velador, como una ranúncula,
      Reposa; y, vacía de pensamientos,
      Una mirada vaga y pálida como un crepúsculo
      Se escapa de sus ojos revulsivos.

      Sobre el lecho, el tronco desnudo sin escrúpulos exhibe
      En el más completo abandono
      El secreto esplendor y la belleza fatal
      De que la natura le hizo don;

      Una media rosada, bordada de oro, en la pierna,
      Como un recuerdo ha quedado;
      La liga, cual un ojo secreto que fulgura,
      Clava una mirada diamantina.

      El singular aspecto de esta soledad
      Y de un gran retrato lánguido,
      Con ojos provocadores como su actitud,
      Revela un amor tenebroso,

      Un júbilo culpable y festejos extraños
      Llenos de besos infernales,
      Con los que se regocija el enjambre de ángeles malos
      Flotando en los pliegues de los cortinados;

      Y empero, al contemplar la delgadez elegante
      Del hombro de contorno anguloso,
      La cadera un poco puntiaguda y la cintura airosa
      Cual un reptil irritado,

      ¡Ella es aún muy joven! —Su alma exasperada
      Y sus sentimientos por el hastío mordidos,
      ¿Estuvieron entreabiertos a la jauría alterada
      Los deseos errantes y perdidos?

      El hombre vengativo, viviente, que tú no has podido,
      Malgrado tanto amor, saciar,
      ¿Colmó sobre tu carne inerte y complaciente
      La inmensidad de su deseo?

      ¡Responde, cadáver impuro! y por tus trenzas rígidas
      Levantándote con un brazo febriciente,
      Dime, cabeza horrenda, sobre tus dientes fríos,
      ¿No estampó él su suprema despedida?

      —Lejos del mundo burlón, lejos de la multitud impura,
      Lejos de los magistrados curiosos,
      Duerme en paz, duerme en paz, extraña criatura,
      En tu tumba misteriosa;

      Tu esposo corre por el mundo y tu forma inmortal
      Vela cerca suyo cuando él duerme;
      Tanto como tú sin duda él te será fiel
      Y constante hasta la muerte.
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    Mujeres condenadas
      (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

      Como bestias meditabundas sobre la arena tumbadas,
      Ellas vuelven sus miradas hacia el horizonte del mar,
      Y sus pies se buscan y sus manos entrelazadas
      Tienen suaves languideces y escalofríos amargos.

      Las unas, corazones gustosos de las largas confidencias,
      En el fondo de bosquecillos donde brotan los arroyos,
      Van deletreando el amor de tímidas infancias
      Y cincelan la corteza verde de los tiernos arbustos;

      Otras, cual religiosas, caminan lentas y graves,
      A través de las rocas llenas de apariciones,
      Donde San Antonio ha visto surgir como de las lavas
      Los pechos desnudos y purpúreos de sus tentaciones;

      Las hay, a la lumbre de resinas crepitantes,
      Que en la cavidad muda de los viejos antros paganos
      Te apelan en auxilio de sus fiebres aullantes,
      ¡Oh, Baco, adormecedor de remordimientos pasados!

      Y otras hay, cuya garganta gusta de los escapularios,
      Que, barruntando una fusta bajo sus largas vestimentas,
      Mezclan, en el bosque sombrío y las noches solitarias,
      La espuma del placer con las lágrimas de los tormentos.

      ¡Oh vírgenes, oh demonios, oh monstruos, oh mártires,
      De la realidad, grandes espíritus desdeñosos,
      Buscadoras del infinito, devotas y sátiras,
      Ora llenas de gritos, ora llenas de lágrimas,

      Vosotras que hasta vuestro infierno mi alma ha perseguido,
      Pobres hermanas mías, yo os amo tanto como os compadezco,
      Por vuestros tristes dolores, vuestra sed insaciable,
      ¡Y las urnas de amor del que vuestros corazones desbordan!
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    Las dos buenas hermanas
      (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

      La Licencia y la Muerte son dos gentiles rameras,
      Pródigas de besos y ricas en salud,
      Cuyo vientre siempre virgen y cubierto de andrajos
      En la incesante labor jamás ha procreado.

      Al poeta siniestro, enemigo de las familias,
      Favorito del infierno, cortesano mal rentado,
      Tumbas y lupanares muestran bajo sus atractivos
      Un lecho que el remordimiento jamás ha frecuentado

      Y la tumba y la alcoba, en blasfemias fecundas
      Nos ofrendan, vez a vez, como dos buenas hermanas,
      Terribles placeres y horrendas dulzuras.

      ¿Cuándo quieres enterrarme, Licencia, la de los brazos inmundos?
      ¡Oh, Muerte! ¿Cuándo vendrás, su rival en atractivos,
      Para mezclar sus mirtos infectos con tus negros cipreses?
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    La fuente de sangre
      (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

      Me parece a veces que mi sangre corre a raudales,
      Cual una fuente con rítmicos sollozos.
      La escucho bien que corre con un prolongado murmullo,
      Pero, me palpo en vano para encontrar la herida.

      A través de la ciudad, como en un campo cercado,
      Se marcha, transformando los adoquines en islotes,
      Saciando la sed de cada criatura,
      Y en todas partes colorando de rojo la natura.

      He implorado frecuentemente a los vinos capitosos
      Adormecieran sólo un día el terror que me consume;
      ¡Qué el vino hace ver más claro y afina más el oído!

      He buscado en el amor un sueño olvidadizo;
      Mas el amor no es para mí sino un colchón de agujas
      ¡Hecho para dar de beber a esas crueles mujeres!
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    Alegoría
      (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

      Es una mujer hermosa y de rica prestancia,
      Que deja en el vino arrastrar su cabellera.
      Las zarpas del amor, los venenos del garito,
      Todo se desliza y embota en el granito de su piel.

      Ella se ríe de la Muerte y burla del Libertinaje,
      Esos monstruos cuya mano, que siempre araña y rasga,
      En sus juegos dañinos y, sin embargo, respetada
      De su cuerpo firme y erecto la ruda majestad.
      Camina como diosa y reposa cual sultana;
      Pone en el placer la fe mahometana,
      Y con sus brazos abiertos, que abarcan sus pechos,
      Atrae las miradas de los seres humanos.
      Ella cree, ella sabe, esta virgen infecunda,
      Y, por consiguiente, necesaria para la marcha del mundo,
      Que la belleza del cuerpo es un sublime don
      Que de toda infamia arranca el perdón.
      Ignora el Infierno tanto como el Purgatorio,
      Y cuando la hora llegue de entrar en la Noche negra,
      Ella mirará el rostro de la Muerte,
      Como a un recién nacido, —sin odio y sin remordimiento.
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    La Beatriz
      (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

      En las tierras cenicientas, calcinadas, sin verdor,
      Como yo me lamentara un día a la Natura,
      Mientras mi pensamiento vagaba al azar,
      Agucé lentamente sobre mi corazón el puñal,
      Y vi en pleno mediodía descender sobre mi cabeza
      La nube fúnebre y pesada de una tempestad,
      Que llevaba un tropel de demonios viciosos,
      Parecidos a enanos crueles y curiosos.
      A considerarme fríamente se pusieron
      Y, como viandantes sobre un loco que admiran,
      Los escuché reír y cuchichear entre ellos,
      Cambiando muchas señas y guiñadas.

      —"Contemplemos complacidos esta caricatura
      Y esta sombra de Hamlet imitando su postura,
      La mirada indecisa y los cabellos al viento.
      ¿No inspira gran piedad ver a este buen compañero,
      Este vagabundo, este histrión vacante, este bribón,
      Porque sabe desempeñar artísticamente su rol,
      Empeñarse en atraer con la canción de sus dolores
      Las águilas, los grillos, los arroyos y las flores,
      Y hasta a nosotros, autores de estos viejos papeles,
      Recitarnos aullando sus tiradas públicas?"

      Habría podido (mi orgullo alto cual los montes
      Domina la nube y el grito de los demonios)
      Desviar simplemente mi testa soberana,
      Si no hubiera visto entre su tropel, obscena,
      ¡Crimen que no hizo vacilar al sol!
      La reina de mi corazón, la de mirada incomparable,
      Que se reía con ellos de mi sombría angustia
      Y les hacía, a veces, alguna sucia caricia.
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    Un viaje a Citerea
      (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

      Mi corazón, como un pájaro, voltigeaba gozoso
      Y planeaba libremente alrededor de las jarcias;
      El navío rolaba bajo un cielo sin nubes,
      Cual un ángel embriagado de un sol radiante.

      ¿Qué isla es ésta, triste y negra? —Es Citerea,
      Nos dicen, país celebrado en las canciones,
      El dorado banal de todos los galanes en el pasado.
      Mirad, después de todo, no es sino un pobre erial.

      —¡Isla de los dulces secretos y de los regocijos del corazón!
      De la antigua Venus, soberbio fantasma
      Sobre tus aguas ciérnese un como aroma,
      Que satura los espíritus de amor y languidez.

      Bella isla de los mirtos verdes, plena de flores abiertas,
      Venerada eternamente por toda nación,
      Donde los suspiros de los corazones en adoración
      Envuelven como incienso sobre un rosedal

      Donde el arrullo eterno de una torcaz
      -Citerea no era sino un lugar de los más áridos,
      Un desierto rocoso turbado por gritos agrios.
      ¡Yo, empero, vislumbraba un objeto singular!

      No era aquello un templo sobre las umbrías laderas,
      Al cual la joven sacerdotisa, enamorada de las flores,
      Acudía, encendido el cuerpo por secretos ardores,
      Entreabriendo su túnica las brisas pasajeras;

      Pero, he aquí que rozando la costa, más de cerca
      Para turbar los pájaros con nuestras velas blancas,
      Vimos que era una horca de tres ramas,
      Destacándose negra sobre el cielo, como un ciprés.

      Feroces pájaros posados sobre su cebo
      Destruían con saña un ahorcado ya maduro,
      Cada uno hundiendo, cual instrumento, su pico impuro
      En todos los rincones sangrientos de aquella carroña;

      Los ojos eran dos agujeros, y del vientre desfondado
      Los intestinos pesados caíanle sobre los muslos,
      Y sus verdugos, ahítos de horribles delicias,
      A picotazos lo habían absolutamente castrado.

      Bajo los pies, un tropel de celosos cuadrúpedos,
      El hocico levantado, husmeaban y rondaban;
      Una bestia más grande en medio se agitaba
      Como un verdugo rodeado de ayudantes.

      Habitante de Citerea, hijo de un cielo tan bello,
      Silenciosamente tu soportabas estos insultos
      En expiación de tus infames cultos
      Y de los pecados que te ha vedado el sepulcro.

      Ridículo colgado, ¡tus dolores son los míos!
      Sentí, ante el aspecto de tus miembros flotantes,
      Como una náusea, subir hasta mis dientes,
      El caudal de hiel de mis dolores pasados;

      Ante ti, pobre diablo, inolvidable,
      He sentido todos los picos y todas las quijadas
      De los cuervos lancinantes y de las panteras negras
      Que, en su tiempo, tanto gustaron de triturar mi carne.

      —El cielo estaba encantador, la mar serena;
      Para mí todo era negro y sangriento desde entonces.
      ¡Ah! y tenía, como en un sudario espeso,
      El corazón amortajado en esta alegoría.

      En tu isla, ¡oh, Venus! no he hallado erguido
      Mas que un patíbulo simbólico del cual pendía mi imagen...
      —¡Ah! ¡Señor! ¡Concédeme la fuerza y el coraje
      De contemplar mi corazón y mi cuerpo sin repugnancia!
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    El cupido y el cráneo
      (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

      Cupido está sentado sobre el cráneo
      De la Humanidad,
      Y sobre este trono el profano,
      Con risa desvergonzada,

      Sopla alegremente burbujas redondas
      Que suben en el aire,
      Como para alcanzar los mundos
      En el fondo del éter.

      El globo luminoso y frágil
      Toma un gran impulso,
      Estalla y escupe su alma sutil
      Como un sueño dorado.

      Escucho al cráneo, en cada burbuja
      Rogar y gemir:
      —"Este juego feroz y ridículo,
      ¿Cuándo debe concluir?

      Porque lo que tu boca cruel
      Desparrama en el aire,
      Monstruo asesino, es mi cerebro,
      ¡Mi sangre y mi carne!"
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    El reniego de San Pedro
      (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

      ¿Qué es lo que Dios hace, entonces, de esta oleada de anatemas
      Que sube todos los días hacia sus caros Serafines?
      ¿Cómo un tirano ahíto de manjares y de vinos,
      Se adormece al suave rumor de nuestras horrendas blasfemias?

      Los sollozos de los mártires y de los ajusticiados,
      Son, sin duda, una embriagadora sinfonía,
      Puesto que, malgrado la sangre que su voluptuosidad cuesta,
      ¡Los cielos todavía no están saciados del todo!

      —¡Ah, Jesús! ¡Recuérdate del Huerto de los Olivos!
      En tu candidez prosternado, rogabas
      A Aquel que en su cielo reía del ruido de los clavos
      Que innobles verdugos hundían en tus carnes vivas,

      Cuando viste escupir sobre tu divinidad
      La crápula del cuerpo de guardia y de la servidumbre,
      Y cuando sentiste incrustarse las espinas,
      En tu cráneo donde vivía la inmensa Humanidad;

      Cuando de tu cuerpo roto la pesadez horrible
      Alargaba tus dos brazos distendidos, que tu sangre
      Y tu sudor manaba de tu frente palidecida,
      Cuando tú fuiste ante todos colgado como un blanco.

      ¿Recordabas, acaso, aquellos días tan brillantes, y tan hermosos
      En que llegaste para cumplir la eterna promesa,
      Cuando atravesaste, montado sobre una mansa mula
      Caminos colmados de flores y de follaje,

      En que el corazón henchido de esperanzas y de valentía,
      Azotaste sin rodeos a todos aquellos mercaderes viles?
      ¿Cuando fuiste tú, finalmente, el amo? El remordimiento,
      ¿No ha penetrado en tu flanco mucho antes que la lanza?

      —Por cierto, en cuanto a mi, saldré satisfecho
      De un mundo donde la acción no es la hermana del ensueño;
      ¡Pueda yo empuñar la espada y perecer por la espada!
      San Pedro ha renegado de Jesús... ¡Hizo bien!
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    Abel y Caín
      (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

      I

      Raza de Abel, duerme, bebe y come;
      Dios te sonríe complaciente.

      Raza de Caín, en el fango
      Arrástrate y muere miserablemente.

      ¡Raza de Abel, tu sacrificio
      Halaga la nariz de Serafín!

      Raza de Caín, tu suplicio,
      ¿Tendrá alguna vez fin?

      Raza de Abel, ve tus sembrados
      Y tus ganados crecer;

      Raza de Caín, tus entrañas
      Aúllan hambrientas como un viejo can.

      Raza de Abel, calienta tu vientre
      En el hogar patriarcal;

      Raza de Caín, en tu antro
      Tiembla de frío, ¡pobre chacal!

      ¡Raza de Abel, ama y pulula!
      Tu oro también procrea.

      Raza de Caín, corazón ardiente,
      Guárdate de esos grandes apetitos.

      ¡Raza de Abel, tú creces y paces
      Como las mariquitas de los bosques!

      Raza de Caín, sobre los caminos
      Arrastra tu prole hasta acorralarla.

      II

      ¡Ah, raza de Abel, tu carroña
      Abonará el suelo humeante!

      Raza de Caín, tu quehacer
      No se cumple suficientemente;

      Raza de Abel, he aquí tu vergüenza:
      ¡El hierro vencido por el venablo!

      ¡Raza de Caín, al cielo trepa,
      Y sobre la tierra arroja a Dios!
    Arriba

    Las letanías de Satán
      (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

      ¡Oh tú!, el más sabio y el más hermoso de los Ángeles,
      Dios traicionado por la suerte y privado de alabanzas,

      ¡Oh, Satán, apiádate de mi larga miseria!

      ¡Oh, Príncipe del exilio al cual se ha agraviado,
      Y que, vencido, siempre te yergues más fuerte!

      ¡Oh, Satán, apiádate de mi larga miseria!

      Tú que sabes todo, gran rey de las cosas subterráneas,
      Curandero familiar de las angustias humanas,

      ¡Oh, Satán, apiádate de mi larga miseria!

      Tú que, aun a los leprosos, a los parias malditos
      Enseñas por el amor el gusto del Paraíso,

      ¡Oh, Satán, apiádate de mi larga miseria!

      ¡Oh, tú, que de la muerte, tu vieja y fuerte amante,
      Engendras la Esperanza, —una loca encantadora!

      ¡Oh, Satán, apiádate de mi larga miseria!

      Tú que infundes al proscripto esa mirada serena y altiva
      Que condena todo un pueblo alrededor de un patíbulo,

      ¡Oh, Satán, apiádate de mi larga miseria!

      Tú que sabes en qué rincones de las tierras envidiosas
      El Dios celoso oculta las piedras preciosas,

      ¡Oh, Satán, apiádate de mi larga miseria!

      Tú, cuya clara mirada conoce los profundos arsenales
      Donde duerme sepultado el pueblo de los metales,

      ¡Oh, Satán, apiádate de mi larga miseria!

      Tú, cuya larga mano oculta los precipicios
      Al sonámbulo errante en el borde de los edificios,

      ¡Oh, Satán, apiádate de mi larga miseria!

      Tú que, mágicamente, ablandas los viejos huesos
      Del borracho retardado hollado por los caballos,

      ¡Oh, Satán, apiádate de mi larga miseria!

      Tú que, para consolar al hombre débil que sufre,
      Nos enseñas a mezclar el salitre y el azufre,

      ¡Oh, Satán, apiádate de mi larga miseria!

      Tú que pones tu impronta, ¡oh!, cómplice sutil,
      Sobre la frente del Creso implacable y vil,

      ¡Oh, Satán, apiádate de mi larga miseria!

      Tú que pones en los ojos y el corazón de las rameras
      El culto de la llaga y el amor de los andrajos,

      ¡Oh, Satán, apiádate de mi larga miseria!

      Báculo de los exiliados, lámpara de los inventores,
      Confesor de los ahorcados y de los conspiradores,

      ¡Oh, Satán, apiádate de mi larga miseria!

      Padre adoptivo de los que en su negra cólera
      Del paraíso terrestre arrojó Dios Padre,

      ¡Oh, Satán, apiádate de mi larga miseria!

      Plegaria

      ¡Gloria y alabanza a ti, Satán, en las alturas
      Del Cielo, donde tú reinas, y en las profundidades
      Del Infierno, donde, vencido, sueñas en silencio!
      Haz que mi alma un día, bajo el Árbol de la Ciencia,
      Cerca de ti repose, a la hora en que sobre tu frente
      Como un Templo nuevo sus ramas se desplieguen!
    Arriba

    La muerte de los amantes
      (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

      Tendremos lechos llenos de olores tenues,
      Divanes profundos como tumbas,
      Y extrañas flores sobre vasares,
      Abiertas para nosotros bajo cielos más hermosos.

      Aprovechando a porfía sus calores postreros,
      Nuestros dos corazones serán dos grandes antorchas,
      Que reflejarán sus dobles destellos
      En nuestros dos espíritus, estos espejos gemelos.

      Una tarde hecha de rosa y de azul rústico,
      Cambiaremos nosotros un destello único,
      Cual un largo sollozo preñado de adioses;

      Y más tarde un Ángel, entreabriendo las puertas,
      Acudirá para reanimar, fiel y jubiloso,
      Los espejos empañados y las antorchas muertas.
    Arriba

    La muerte de los pobres
      (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

      Es la Muerte que consuela, ¡ah! y que hace vivir;
      Es el objeto de la vida, y es la sola esperanza
      Que, como un elixir, nos sostiene y nos embriaga,
      y nos da ánimos para avanzar hasta el final;

      A través de la borrasca, y la nieve y la escarcha,
      Es la claridad vibrante en nuestro horizonte negro,
      Es el albergue famoso inscripto sobre el libro,
      Donde se podrá comer, y dormir, y sentarse;

      Es un Ángel que sostiene entre sus dedos magnéticos
      El sueño y el don de los ensueños extáticos,
      Y que rehace el lecho de las gentes pobres y desnudas;

      Es la gloria de los Dioses, es el granero místico,
      Es la bolsa del pobre y su patria vieja,
      ¡Es el pórtico abierto sobre los Cielos desconocidos!
    Arriba

    La muerte de los artistas
      (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

      ¿Cuántas veces tendré que sacudir mis cascabeles
      Y besar tu frente ruin, triste caricatura?
      Para acertar en el blanco, de mística natura,
      ¿Cuántos? ¡Oh carcaj mío! ¿Cuántos venablos perderé?

      ¡Consumiremos nuestra alma en sutiles complots,
      Y derribaremos más de una pesada armadura,
      Antes de contemplar la gran Criatura
      De la cual el informal deseo nos llena de sollozos!

      Los hay que jamás han conocido su ídolo,
      Y estos escultores condenados y señalados por una afrenta,
      Que van martillándose el pecho y la frente,

      No tienen más que una esperanza ¡extraño y sombrío Capitolio!
      Y es que la Muerte cerniéndose como un nuevo sol
      ¡Hará desplegarse a las flores de su cerebro!
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    El final de la jornada
      (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

      Bajo una luz descolorida
      Corre, danza y se tuerce sin razón
      La Vida, impudente y vocinglera,
      Así, en cuanto en el horizonte

      La noche voluptuosa sube,
      Sosegándolo todo, hasta el hambre,
      Borrándolo todo, hasta la vergüenza,
      El Poeta se dice: "¡Finalmente!"

      Mi espíritu, como mis vértebras,
      Implora ardiente el reposo;
      El corazón lleno de pensamientos fúnebres,

      Voy a tenderme de espaldas
      Envolviéndome en vuestros cortinados,
      "¡Oh, refrescantes tinieblas!"
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    El sueño de un curioso
      (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

      ¿Conoces, como yo, el dolor sabroso?,
      Y de ti haces decir: "¡Oh, que hombre singular!"
      -Iba yo a morir. Era aquello en mi alma amorosa,
      Deseo mezclado al horror, un mal particular;

      Angustia y viva esperanza, sin humor ficticio.
      Cuanto más se vaciaba la fatal ampolleta,
      Más áspera y deliciosa era mi tortura;
      Todo mi corazón se desprendía del mundo familiar.

      Me sentía cual el niño ávido del espectáculo,
      Aborreciendo el telón como se odia un obstáculo...
      Finalmente la verdad fría se reveló:

      Estaba yo muerto, inesperadamente, y la famosa aurora
      Me envolvía.— Y, ¿qué? Entonces, ¿no es más que esto?
      La cortina se había alzado y yo esperaba todavía.
    Arriba

    El viaje
      (Traducción de Eduardo Marquina, 1905)

      I

      Para el niño, enamorado de mapas y estampas,
      El universo es igual a su vasto apetito.
      ¡Ah! ¡Cuan grande es el mundo a la claridad de las lámparas!
      ¡Para las miradas del recuerdo, el mundo qué pequeño!

      Una mañana zarpamos, la mente inflamada,
      El corazón desbordante de rencor y de amargos deseos,
      Y nos marchamos, siguiendo el ritmo de la onda
      Meciendo nuestro infinito sobre el confín de los mares.

      Algunos, dichosos al huir de una patria infame;
      Otros, del horror de sus orígenes, y unos contados,
      Astrólogos sumergidos en los ojos de una mujer,
      La Circe tiránica de los peligrosos perfumes.

      Para no convertirse en bestias, se embriagan
      De espacio y de luz, y de cielos incendiados;
      El hielo que los muerde, los soles que los broncean,
      Borran lentamente la huella de los besos.

      Pero los verdaderos viajeros son los únicos que parten
      Por partir; corazones ligeros, semejantes a los globos,
      De su fatalidad jamás ellos se apartan,
      Y, sin saber por qué, dicen siempre: ¡Vamos!

      ¡Son aquellos cuyos deseos tienen forma de nubes,
      Y que como el conscripto, sueñan con el cañón,
      En intensas voluptuosidades, mutables, desconocidas,
      Y de las que el espíritu humano jamás ha conocido el nombre!

      II

      Imitamos ¡horror! al trompo y la pelota
      En su danza y sus saltos; hasta en nuestros sueños
      La Curiosidad nos atormenta y nos envuelve,
      Como un Ángel cruel que fustigará soles.

      ¡Singular fortuna en la que el final se desplaza,
      Y no estando en parte alguna, puede hallarse por doquier!
      ¡Donde el Hombre, que jamás la esperanza abandona,
      Para lograr el reposo corre siempre como un loco!

      Nuestra alma es nave de tres palos buscando su Icaria;
      Una voz resuena en el puente: "¡Atención!"
      Una voz desde la cofa, ardiente y loca, clama:
      "¡Amor... gloria... felicidad!" ¡Infierno! ¡Es un escollo!

      Cada islote señalado por el vigía
      Es un El dorado prometido por el Destino;
      La imaginación, que acucia su orgía
      No halla más que un arrecife al amanecer.

      ¡Oh, el infeliz enamorado de tierras quiméricas!
      ¿Habrá que engrillar y arrojar al mar,
      A este marinero borracho, inventor de Américas
      Para el cual el espejismo toma el remolino más amargo?

      Como el viejo vagabundo, chapaleando en el lodo
      Sueña, husmeando en el aire, brillantes paraísos;
      Su mirada hechizada descubre una Capúa
      En cuanto lugar la candela alumbra un tugurio.

      III

      ¡Asombrosos viajeros! ¡Qué nobles relatos
      Leemos en vuestros ojos profundos como los mares!
      Mostradnos los joyeros de vuestras ricas memorias,
      Esas alhajas maravillosas, hechas de astros y de éter.

      ¡Deseamos viajar sin vapor y sin velas!
      Para ahuyentar el tedio de nuestras prisiones,
      Haced desfilar nuestros espíritus, tensos como un lienzo,
      Vuestros recuerdos enmarcados por horizontes.

      Decid, ¿qué habéis visto?

      IV

      "Hemos visto astros
      Y olas; hemos visto playas además;
      Y, malgrado muchos choques e imprevistos desastres,
      Nos hemos hastiado, a menudo, como aquí.

      El esplendor del sol sobre el mar violáceo,
      El esplendor de las ciudades en el sol poniente,
      Encendían en nuestros corazones el impulso inquietante
      De sumergirnos en el cielo con su reflejo fascinante.

      Las más ricas ciudades, los más amplios paisajes,
      Jamás contenían el atractivo misterioso
      De aquellos que el azar forma con las nubes.
      ¡Y siempre el deseo nos tornaba inquietos!

      —El gozo acrecienta del deseo la fuerza.
      ¡Deseo, viejo árbol, al cual el placer sirviéndole de abono,
      Entretanto acrecienta y endurece tu corteza,
      Tus ramas quieren ver el sol de más cerca!

      ¿Crecerás siempre, gran árbol, más vivaz
      Que el ciprés? —Sin embargo, nosotros, con cuidado,
      Recogimos algunos croquis para vuestro álbum voraz,
      ¡Hermanos que encontráis bello todo cuanto viene de lejos!

      Hemos saludado ídolos engañosos;
      Tronos constelados de joyas luminosas;
      Palacios adornados cuya feérica pompa
      Sería para vuestros banqueros un sueño ruinoso;

      Vestimentas que son para la vista una embriaguez;
      Mujeres cuyos dientes y las uñas están pintados,
      Y juglares sabios que la serpiente acaricia."

      V

      Y después, y después. ¿Todavía, qué más?

      VI

      "¡Oh, cerebros infantiles!"

      Para no olvidar el tema capital,
      Hemos visto en todas partes, y sin haberlo buscado,
      Desde arriba hasta abajo la escala fatal,
      El espectáculo enojoso del inmortal pecado:

      La mujer, esclava vil, orgullosa y estúpida,
      Sin reír extasiándose y adorándose sin repugnancia;
      El hombre, tirano goloso, lascivo, duro y ávido,
      Esclavo de la esclava y arroyo en la cloaca;

      El verdugo que goza, el mártir que solloza;
      La fiesta que sazona y perfuma la sangre;
      El veneno del poder enervando al déspota,
      Y el pueblo amoroso del látigo embrutecedor;

      Muchas religiones semejantes a la nuestra,
      Todas escalando el cielo; la Santidad,
      Cual un lecho de plumas donde un refinado se revuelca,
      En los clavos y la cerda, buscando la voluptuosidad;

      La Humanidad habladora, ebria de su genialidad,
      Y enloquecida, hoy como lo estaba ayer,
      Clamando a Dios, en su furibunda agonía:
      "¡Oh, mi semejante, oh mi señor, yo te maldigo!"

      Y los menos necios, atrevidos amantes de la Demencia,
      Huyendo del gran rebaño acorralado por el Destino,
      Refugiándose en el opio inconmensurable!
      —Tal es del globo entero el eterno boletín."

      VII

      ¡Amargo sabor, aquel que se extrae del viaje!
      El mundo, monótono y pequeño, en el presente,
      Ayer, mañana, siempre, nos hace ver nuestra imagen;
      Un oasis de horror en un desierto de tedio!

      ¿Es menester partir? ¿Quedarse? Si te puedes quedar, quédate;
      Parte, si es menester. Uno corre, el otro se oculta
      Para engañar ese enemigo vigilante y funesto,
      ¡El Tiempo! El pertenece, a los corredores sin respiro,

      Como el Judío Errante y como los apóstoles,
      A quien nada basta, ni vagón ni navío,
      Para huir de este retiro infame; y aun hay otros
      Que saben matarlo sin abandonar su cuna.

      Cuando, finalmente, él ponga su planta sobre nuestro espinazo,
      Podremos esperar y clamar: ¡Adelante!
      Lo mismo que otras veces, cuando zarpamos para la China,
      Con la mirada hacia lo lejos y los cabellos al viento,

      Nos embarcaremos sobre el mar de las Tinieblas
      Con el corazón gozoso del joven pasajero.
      Escucháis esas voces, embelesadoras y fúnebres,
      Que cantan: "¡Por aquí! vosotros que queréis saborear

      ¡El Loto perfumado! Es aquí donde se cosechan
      Los frutos milagrosos que vuestro corazón apetece;
      Acudid a embriagaros con la dulzura extraña
      De esta siesta que jamás tiene fin!"

      Por el acento familiar barruntamos al espectro;
      Nuestros Pilades, allá, nos tienden sus brazos.
      "¡Para refrescar tu corazón boga hacia tu Electra!"
      Dice aquella a la que en otros días besábamos las rodillas.

      VIII

      ¡Oh, Muerte, venerable capitana, ya es tiempo! ¡Levemos el ancla!
      Esta tierra nos hastía, ¡oh, Muerte! ¡Aparejemos!
      ¡Si el cielo y la mar están negros como la tinta,
      Nuestros corazones, a los que tú conoces, están radiantes!

      ¡Viértenos tu veneno para que nos reconforte!
      Este fuego tanto nos abraza el cerebro, que queremos
      Sumergirnos en el fondo del abismo, Infierno o Cielo, ¿qué importa?
      ¡Hasta el fondo de lo Desconocido, para encontrar lo nuevo!
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Jean Reboul

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    Información biográfica

  1. El ángel y el niño (Trad. de Miguel Antonio Caro)


Información biográfica
    Nombre: Jean Reboul
    Lugar y fecha nacimiento: Nimes, Francia, 23 de enero de 1796
    Lugar y fecha defunción: Nimes, Francia, 28 de mayo de 1864 (68 años)
    Ocupación: Diputado, Presidente de la Académie de Nimes, poeta
El ángel y el niño, publicado en 1828, y El último día le aseguraron su lugar honorable entre los poetas franceses.

Fuente: [Jean Reboul] en Wikipedia.org

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    El ángel y el niño
      (Traducción de Miguel Antonio Caro incluida en el libro Traducciones poéticas, 1889)

      Radioso un ángel del cielo
      Sobre una cuna inclinado
      Mirábase retratado
      Como en límpido arroyuelo.

      "¡Ven —dice— inocente niño!
      No eres para el mundo, no;
      Somos iguales, y yo
      Te ofrezco y pido cariño.

      "Nunca el alma en lo terreno
      Halló cumplida ventura:
      Tiene la miel su amargura
      Y las flores su veneno.

      "Nadie con tranquilidad
      Gozó de fiesta mundana:
      Hoy todo ríe; mañana
      Rugirá la tempestad.

      "¿Y habrán de nublar enojos
      Esa tu cándida frente?
      ¿Vendrá a empañar llanto ardiente
      El limpio azul de tus ojos?

      "¡Oh, no! Volemos los dos
      Sobre campos de zafir;
      Lo que habías de vivir
      Va a perdonártelo Dios.

      "Nadie por ti lutos vista;
      Y todos tu alejamiento
      Miren cual renacimiento,
      O cual feliz reconquista.

      "No haya faz triste, ni sello
      Sepulcral que duelo arguya;
      Que en edad como la tuya
      El día último es más bello."

      Tal sobre la cuna dijo
      Ángel amoroso y blando,
      Y fuese, fuese volando
      ¡Ay madre!, tu hijo murió.
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Alphonse de Lamartine

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    Información biográfica

  1. El lago (Trad. de Miguel Antonio Caro)
  2. El Occidente (Trad. de Miguel Antonio Caro)
  3. Ischia (Trad. de Miguel Antonio Caro)
  4. La mariposa (Trad. de Miguel Antonio Caro)
  5. Memorias de los muertos (Trad. de Miguel Antonio Caro)


Información biográfica
    Nombre: Alphonse Marie Louise Prat de Lamartine
    Lugar y fecha nacimiento: Mâcon, Francia, 21 de octubre de 1790
    Lugar y fecha defunción: París, Francia, 28 de febrero de 1869 (78 años)
    Ocupación: Político, escritor, poeta; miembro de la Academia francesa
    Movimiento: Romanticismo

    Fuente: [Alphonse de Lamartine] en Wikipedia.org
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    El lago
      (Traducción de Miguel Antonio Caro incluida en el libro Traducciones poéticas, 1889)

      ¿Y en afán incesante, el rumbo incierto,
      Hacia otra, y otra, más lejana grilla,
      Rodando iremos sobre el mar desierto,
      Sin que un instante en apacible puerto
      Repose nuestra quilla?

      ¡Oh lago, un año se ha cumplido apenas;
      Y héme aquí solitario! ¡Sus pisadas
      No volverá a estampar en tus arenas
      La que desde esta roca, ayer, serenas
      Fijó en ti sus miradas!

      Y así cual ora, entonces resonabas;
      Mugiendo estás como en aquellos días,
      Contra estas peñas tu furor desbravas,
      Y con la blanca espuma el musgo lavas
      Donde sus pies lamías.

      Era una tarde. En éxtasis supremo
      Íbamos ella y yo bogando a solas,
      Y bajo el cielo azul, de extremo a extremo,
      Más no se oía que el batir del remo
      Sobre las blandas olas.

      Y al piélago dormido, al mudo viento
      Cautivó de repente voz divina;
      Jamás hombre soñó tan dulce acento
      Como el que oyó arrobada en tal momento
      La esfera cristalina:

      Suspende el ala rápida,
      No turbes nuestros éxtasis,
      ¡Oh, tiempo volador!
      Gozar por siempre déjanos
      Estos instantes mágicos
      Que aquí nos brinda amor.

      ¿Cuántos no piden míseros
      De la esperanza el bálsamo
      A tu correr fugaz?
      Ve, y sus dolores íntimos
      Alivia tu benéfico;
      ¡Deja al dichoso en paz!

      Mas ¡ay!, con vana súplica
      Ruego a esta noche plácida
      Que lento mueva el pie.
      Rueda muda la bóveda,
      Y en el oriente pálido
      Odioso albor se ve.

      Todo, todo es efímero;
      Veloces precipítanse
      Las horas, ¡ay de mí!
      ¡Mas entre tanto, amémonos,
      En el oasis místico
      Que amor nos brinda aquí!

      ¡Ay!, en tanto que el mal acerbo dura,
      El tiempo, que a su vista se adormece,
      A robarnos la dicha se apresura;
      Y el momento que encierra más dulzura,
      Huye y desaparece.

      ¿Y nunca ha de volver lo que ha pasado?
      ¿Aquello que se fue quedó perdido,
      Y para siempre lo sepulta el hado
      En mudo seno, en insondable vado,
      En sempiterno olvido?

      ¿Y ni aún habremos de guardar sus huellas?
      ¿A do van las delicias que devoras,
      Qué haces, profunda Eternidad, de aquellas
      Que descendieron a tu abismo, bellas
      Y fugitivas horas?

      ¡Oh lago!, ¡grutas!, ¡rocas!, ¡selva umbría!,
      Pues os perdona el tiempo, o la primera
      Beldad os restituye, la hermosura
      De esa noche guardad. ¡Salva, oh Natura,
      Su recuerdo siquiera!

      ¡Perenne viva aquel recuerdo, oh lago,
      En tu recinto; en las suaves frondas
      Que te circundan con riente halago;
      En estas rocas que con torvo amago
      Penden sobre tus ondas!

      ¡Viva en los ecos que de orilla a orilla
      Responden; en el céfiro que vuela
      Y hojosa copa susurrante humilla;
      En la alba luna que en el éter brilla
      Y en tu cristal riela!

      ¡Y el fresco aroma que tu ambiente espira,
      Tu oleaje, adormido o resonante,
      Cuanto aquí se oye, cuanto aquí se admira,
      Todo a la vez, cual misteriosa lira,
      Mi amor recuerde y cante!
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    El Occidente
      (Traducción de Miguel Antonio Caro incluida en el libro Traducciones poéticas, 1889)

      Calmó el piélago undoso, como el hervor desmaya
      De agua que el fuego enciende, si el fuego se enfrió;
      El onda, aún humeante, desanegó la playa,
      Y a dormir en su lecho la mar se recogió.

      Y de una nube en otra rodando el astro augusto,
      Suspenso y ya sin rayos mostrose, y lento fue
      Sumergiendo en las ondas el sanguinoso busto,
      Como barco incendiado que zozobrar se ve.

      Y la mitad del cielo palideció, y la brisa
      Sobre la Tela inmóvil cesó de resonar;
      Avanzose la noche, y en su sombra indecisa
      Todo se fue perdiendo en cielo y tierra al par.

      Y, así como Natura, palideció mi alma;
      Todo eco de la tierra calló dentro de mí,
      Y yo, en silencio, a solas, en religiosa calma
      Oraba, y daba gracias, canté, lloré, gemí.

      Y abierta vi en ocaso tronera llameante,
      Y en áureas oleadas glorioso resplandor,
      Y vi nubes de púrpura cual pabellón flotante
      Que inextinguible hoguera cubriese en derredor.

      Y vientos, nubes, ondas, cuanto Natura cría,
      Hacia el arco de fuego moverse vi en tropel,
      Cual si todos los seres, morir sintiendo el día,
      Corriesen, temerosos de perecer con él.

      Vi hacia allá el polvo seco volar; sobre la onda
      Flotando en albos copos la espuma contemplé;
      Y, allá también tendiendo mi triste, errante y honda
      Mirada, vertí lágrimas, no sé decir porqué.

      Y despareció todo. Mi espíritu vacío
      Quedó, sintiendo entorno desierta inmensidad,
      Y un pensamiento entonces se alzó aislado y sombrío,
      Cual pirámide en medio de vasta soledad.

      Luz, ¿adónde caminas? ¿Do van nubes y vientos,
      El polvo de la tierra, la espuma de la mar?
      Vagas miradas mías, internos sentimientos,
      ¿A dónde vamos todos, decidme, a descansar?

      ¡A ti, Ser de los seres, de quien sombra es apenas
      El sol, y soplo breve cuanto se mueve aquí!
      ¡Flujo y reflujo eterno de oleadas siempre llenas,
      Todo, de ti saliendo, torna a abismarse en ti!
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    Ischia
      (Traducción de Miguel Antonio Caro incluida en el libro Traducciones poéticas, 1889)

      Muere en ocaso el luminar del día;
      Asciende en tanto a la región del cielo
      Cándida Febe en silencioso vuelo,
      Y orna la frente de la noche umbría
      Con transparente velo.

      Por los etéreos ámbitos se extiende
      El albor ondeante, que ilumina
      Como río de fuego la colina,
      En los riscos se quiebra, en la onda esplende,
      Y los valles domina.

      De las playas el mar enamorado
      Calma el fragor de tempestad y guerra,
      Islas y golfos en sus brazos cierra,
      Y espira húmedo aliento regalado
      Que refresca la tierra.

      Verle fascina: avanza, retrocede,
      Férvido y blando, sin hallar reposo,
      Cual delirante arrebatado esposo

      Sigue a la virgen, que resiste y cede
      A su ímpetu ardoroso.

      Como suspiro de adormido infante
      Dulce rumor dilátase doquiera:
      ¿Eco es tal vez de la celeste esfera?
      ¿Voz de las aguas?, ¿o gemido amante
      Que exhaló la ribera?

      ¿Le oís? Se alza, y desciende, y vago gira,
      Y extínguese. De dicha en el exceso
      Humano corazón quéjase opreso;
      También Natura así de amor suspira
      Del placer bajo el peso.

      Gozad, mortales, del raudal de vida
      Que brota en ondas y desborda lleno:
      Os guía el astro del amor sereno,
      Y Noche placidísima os convida
      A su místico seno.

      ¿No ves la luz que tiembla en la colina
      Cual faro amigo? Próvido encendiola
      Amor. Allí, cual lánguida amapola,
      A su amado esperando, el cuerpo inclina
      La fiel amante sola.

      Y los ojos levanta humedecidos,
      Que copian el azul del firmamento;
      Y recorriendo el músico instrumento
      Con mano errante, mágicos sonidos
      Da al apacible viento.

      Ven, ora que en los espacios
      Domina silencio grande;
      Ven, y respiremos juntos
      El ambiente de la tarde.

      ¡Cuán fresco se siente! Apenas
      Blanca deja divisarse
      La vela que al pescador
      En paz a la orilla trae.

      Desde el momento en que tú
      La barca a la mar fiaste,
      A todas horas mi vista
      Persigue tu leño errante,

      Como tímida paloma
      Que desde el nido, fugace
      Ve el ala del compañero,
      Que fúlgida el aura bate.

      Cuando a la sombra bogabas
      De esta playa, oí suave
      Dilatado por las brisas
      El eco de tus cantares.

      Y si en la costa las olas
      Resonaron espumantes,
      Yo encomendaba tu nombre
      A la estrella de los mares.

      En su hogar la solitaria
      Lámpara encendió tu amante,
      Y su oración fervorosa
      Enfrenó las tempestades.

      Nada hay bajo el cielo ahora
      Que no se aduerma o no ame:
      En el campo soñolientas
      Cierran las flores sus cálices.

      Reclínanse en la ribera
      Mansas las ondas; la madre
      Natura, entrando la noche,
      Como aletargada yace.

      Para nosotros de musgo
      Se han tapizado los valles;
      El pámpano revoltoso
      Gira en pliegues ondeantes;

      Y el aliento de las olas
      Orea los naranjales,
      Y mis cabellos perfuma
      Con las flores que deshace.

      Ven, y gozando de aquestas
      Apacibles claridades,
      Bajo el jazmín entonemos
      Las canciones que tú sabes;

      Hasta la hora en que la luna
      Más hacia Miseno avance,
      Y palidezca, al herirla
      Los fulgores matinales.

      Así canta; su voz tal vez espira,
      Y con las notas que el laúd exhala
      Al revolante céfiro regala,
      Que ya en ecos dulcísimos suspira.
      Ya mudo pliega el ala.

      El que ahora, en que todo a amar convida,
      Bajo ese astro encantado, de repente
      La imagen bella que fingió su mente
      Hallase ante sus ojos convertida
      En realidad viviente;

      El que a la par con ella, en los estrados
      Que forma el musgo, al pie del sicomoro,
      Al arrullo del piélago sonoro,
      Derrámase en suspiros abrasados
      De su amor el tesoro;

      El que aspirase el ámbar de su boca,
      Se mirara en sus ojos, y sintiera
      Que en ondas su profusa cabellera
      Baja, y su frente y sus mejillas toca
      Suave y lisonjera;

      El que del tiempo, aquí, la ley tirana
      Burlase, embebecido en la porfía
      De amar, la noche entera, entero el día,
      ¿Sería ese un mortal?, ¿o en forma humana
      Un inmortal sería?

      Y aquí tú y yo también, ¡mitad del alma!
      En esta fresca orilla, en este nido

      Paradisiaco, al rayo adormecido
      Del astro elíseo, de la mar en calma
      Al plácido ruido,

      Aquí tú y yo la vista regalamos;
      Aquí en inagotables manantiales
      Bebimos, y de esferas celestiales
      El vivífico ambiente respiramos...
      Y somos ¡ay!, mortales.
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    La mariposa
      (Traducción de Miguel Antonio Caro incluida en el libro Traducciones poéticas, 1889)

      Nacer en primavera
      Y efímera morir como la rosa;
      Cual céfiro ligera
      Empaparse en esencia deliciosa
      Y en el diáfano azul que la embriaga
      Nadar tímida y vaga;

      Mecerse en una flor abierta apenas,
      De el ala sacudir el oro fino,
      Y luego alzando el vuelo
      Perderse en las serenas
      Regiones de la luz; tal tu destino,
      ¡Oh, alada mariposa!
      Tal de los hombres el inquieto anhelo;
      Volando acá y allá, nunca reposa,
      Y remóntase al cielo.
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    Memorias de los muertos
      (Traducción de Miguel Antonio Caro incluida en el libro Traducciones poéticas, 1889)

      Ved cómo a la tierra va
      Hoja tras hoja cayendo;
      Cómo la brisa gimiendo
      De los valles se alza ya.
      Ved la golondrina allá
      Rasando en veloz huida
      La faz del lago dormida;
      Ved al rapaz de la choza
      Entresacar de la broza
      Leña del árbol caída.

      Ya el boscaje no estremece
      La fuente con sordos ecos;
      En desabrigados huecos
      Muda el ave se guarece:
      No bien el sol aparece,
      A sepultarse camina;
      Anochecida neblina
      Le emboza, y de cuando en cuando
      Anunciase, despertando
      Con luz enferma y mezquina.

      Auras no alienta la aurora
      Ni matiza sus celajes;
      Entre mustios cortinajes
      Muere la tarde incolora.
      En la mar inmensa ahora
      Ni un esquife se refleja;
      Campo agostado semeja,
      Y sobre la sorda playa
      Sombría la onda desmaya
      Y parece que se queja.

      No halla purpúreo tomillo
      La ovejuela en el collado;
      Roba el zarzal erizado
      Su vellón al corderillo;
      Ni de agreste caramillo
      Voz que melódica trina
      Músico zagal afina
      Recogiendo su rebaño.

      ¡Así marchítase el año!
      ¡Así la vida declina!

      Al furor del vendaval,
      ¿Qué hay que no ceda y sucumba?
      Siento venir de la tumba
      También un cierzo invernal,
      A cuyo soplo glacial
      Hombres caen ciento a ciento.
      La reina del firmamento
      Así sus plumas renueva,
      Y las que pierde, las lleva
      Como inútiles, el viento.

      En esta misma estación
      Os vi pálidos ayer
      ¡Oh dulces frutos!, caer
      Sin llegar a granazón.
      Mozo, a una generación
      Solitario sobrevivo;
      Y cuando el recuerdo avivo
      De seres que tanto amo,
      Con muda intención los llamo
      Y miro allá pensativo.

      Su tumba está en la colina,
      La senda conozco bien.
      ¿Mas yacen ellos también?
      ¿Allí su esencia divina
      Torna el ave peregrina?

      Que cruza espacios desiertos;
      Otra vez a nuestros puertos
      Barcos vendrán que zarparon;
      ¡Y la línea que salvaron
      Nunca repasan los muertos!

      ¡Ah!, mientras frío mortal
      Todo infunde; mientras cruje
      Árida rama, al empuje
      De la ráfaga otoñal;
      Mientras rueda funeral
      Son de campana profundo
      En tinieblas, yo errabundo
      Por el bosque avanzo a solas,
      Y en rumor de vientos y olas
      Oigo la voz de otro mundo.

      Si mal los sentidos lentos
      Esa voz perciben vaga,
      A el alma en secreto halaga
      Con más íntimos acentos.
      Envuelven mil pensamientos
      En la noche a el alma mía,
      Remolinando a porfía
      Cual hojas que el Boreas ronco
      Secas restituye al tronco
      A quien dieron lozanía.

      Ya es la madre bendecida
      Que a sus hijos busca errantes,
      Y entre sus brazos, cual antes,
      A descansar los convida.
      Su boca el beso no olvida;
      Seno que nido les fue
      Latir por ellos se ve;
      Su sonrisa vela el llanto;
      Y habla su mirada: "¿Tanto
      Os aman cual yo os amé?"

      Ya es una novia, una flor,
      Que, aún intacta su hermosura,
      Fue trasplantada a la altura
      Siempre pensando en su amor.
      Siente en el cielo el dolor
      De la ausencia, y vuelve atrás
      Suspirando: "¿A dónde vas
      Entre tinieblas perdido?
      Nunca de ti me despido;
      ¡No me abandones jamás!"

      Ora un amigo que el cielo
      Nos dio, cuya compañía
      Fuese en nuestras dudas guía
      Y en nuestra aflicción consuelo:
      Perdimosle, y ya en el suelo
      Calor no hallamos ni abrigo;
      Mas él, "Doquiera te sigo;
      Si tu corazón se llena,
      El alborozo o la pena
      ¿Quién compartirá contigo?"

      Ora el genitor amante
      Que grave al partir nos nombra,
      O de una hermana la sombra
      Que en silencio va adelante.
      A todos, hace un instante,
      Atados en lazo estrecho
      Nos abrigó un mismo techo;
      Y hoy ¡cuan lejos del hogar
      La frente han ido a posar
      En frío y desierto lecho!

      Con ellos el niño tierno
      Cuya cuna está vacía,
      Que inerte a la tumba fría
      Cayó del seno materno.
      Cuantos en descanso eterno
      Yacen, desde el polvo helado
      De aquel asilo sagrado
      Tal vez murmuran dolientes:
      "¿Y vosotros los vivientes
      Ya nos habéis olvidado?"

      De olvido no os quejéis, ¡oh manes caros!
      ¡Oh dulces prendas de entrañable amor!
      Quien se olvide de sí, podrá olvidaros;
      Para quien tenga lágrimas, lloraros
      Es la dicha mayor.

      En el oscuro viaje de la vida
      Abre horizontes la pasada edad;
      El alma, en dos porciones dividida,
      Tras los sepulcros ve su más querida,
      Su más bella mitad.

      Si los que en vida nos amaron tanto
      También hermanos en la ausencia son,
      Por ellos ¡oh Señor, tres veces santo!
      ¡Dios suyo y de sus padres!, va con llanto
      A ti nuestra oración.

      Siempre te amaron en sus breves días;
      Imploraron tu gracia desde aquí,
      Bendijeron tu mano cuando herías...
      Tú, promesa inmortal, ¿engañarías
      Al que ha esperado en ti?

      ¡Ay!, ¿nace su silencio de desvío?
      ¿Olvidaron el valle del dolor?
      ¿Cesan de amarnos?... ¡Pensamiento impío!
      ¿No amarnos ellos desde allá, Dios mío,
      Si tú eres todo amor?

      Mas si hoy nos descubriesen su colmada
      Felicidad, la posesión de Dios,
      Querríamos con ala arrebatada,
      Anticipando el fin de la jornada,
      Volar de ellos en pos.

      ¿Qué astro sobre sus párpados reabiertos
      Piadoso vierte bienhechora luz?
      ¿Flotan aún sobre la tierra inciertos?
      ¿O islas de ese Océano habitan, puertos
      De eterna beatitud?

      ¿Embóbense en la lumbre soberana,
      Y los nombres dulcísimos que ayer
      Les dábamos, de madre, esposa, hermana,
      Perdieron ya, y a invocación humana
      No habrán de responder?

      Eres justo, Señor; y si en tu gloria
      Por siempre nos hubiesen de olvidar,
      También de nuestro pecho la memoria
      Borrarías, y a imagen ilusoria
      No alzáramos altar.

      Parte les diste en nuestro bien terreno,
      Parte en su dicha tu bondad nos dé;
      Anéguense sus almas en tu seno,
      ¡Mas guarden siempre de nosotros lleno
      Lugar que nuestro fue!

      Tiende sobre ellos manto de clemencia;
      Pecaron; mas tu gracia es amplio don.
      De dolor y de amor fue su existencia:
      El dolor reconquista la inocencia;
      Amor sella el perdón.

      En la terrenal morada,
      Cual nosotros, criaturas
      Fueron débiles y oscuras;
      Hombres, en fin, polvo, nada.
      Si descubre tu mirada
      En su vida algún error,
      No con vara de rigor
      Quieras medir su flaqueza;
      ¡Mira en ellos tu grandeza,
      Y perdónalos, Señor!

      Si tu protección retiras,
      ¿Quién permanece? Las rocas
      Átomos son si las tocas,
      Sombra la luz si la miras.
      A un amago de tus iras
      Las puertas del firmamento
      Retemblaron; si a tu acento
      Acude inocencia alada,
      Cubre su faz sonrojada
      En tu santo acatamiento.

      Tú sólo bastarte puedes
      ¡Dios eternal!, a ti mismo;
      Mas de tu amor el abismo
      Acrecientan tus mercedes.
      Un destello al sol concedes,
      Y sigue a un día otro día;
      Al tiempo, que edades cría,
      Prestaste fecundidad,
      Y él a la honda eternidad
      Siglos y siglos envía.

      ¡Señor! de edades oscuras
      Otras sacas florecientes,
      Y a tu vista son presentes
      Las pasadas y futuras.
      Inmutable tú fulguras,
      Y a par de tu ciencia arcana
      ¡Oh, cuán estulta, cuán vana
      Fábrica labran los hombres,
      Con los raquíticos nombres
      Ayer, ahora y mañana!

      ¡Oh Padre!, ¡oh fuente de vida!
      ¡Centro de toda virtud!
      No tomes tu excelsitud,
      Cuando juzgues, por medida:
      Si tu hechura desvalida
      Comparece en tu presencia,
      El peso de tu clemencia,
      Toda, en la balanza pon,
      ¡Y resplandezca el perdón
      Cual segunda omnipotencia!
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Marceline Desbordes-Valmore

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    Información biográfica

  1. Los sollozos (Trad. de Mauricio Bacarisse)
  2. Una carta de mujer (Trad. de Mauricio Bacarisse)


Información biográfica
    Nombre: Marceline Desbordes-Valmore
    Lugar y fecha nacimiento: Douai, Francia, 20 de junio de 1786
    Lugar y fecha defunción: París, Francia, 23 de julio de 1859 (73 años)
    Ocupación: Actriz, cantante, poeta
    Movimiento: Romanticismo
Su poesía es conocida por ser oscura, depresiva y sin complacencias estéticas. Es la única mujer incluida en una de las secciones del famoso libro Los poetas malditos de Paul Verlaine. Una copia de sus poesías fue encontrada en la biblioteca personal de Friedrich Nietzsche.

Fuente: [Marceline Desbordes-Valmore] en Wikipedia.org

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    Los sollozos
      (Traducción de Mauricio Bacarisse, 1921)

      ¡El infierno está aquí! El otro no me asusta.
      Empero, el purgatorio mi corazón disgusta.

      De él me han hablado mucho y su nombre funesto
      En mi corazón débil ha encontrado su puesto.

      Cuando la ola de días va agostando mi flor,
      El purgatorio veo al perder el color.

      ¡Si es cierto lo que dicen, es preciso ir allí,
      Dios de toda existencia, para llegar a ti!

      Allí habrá que bajar, sin más luna ni luz
      Que el peso del temor y del amor la cruz.

      Para oír cómo gimen las almas condenadas
      Sin poderles decir "¡Estáis ya perdonadas!"

      ¡Dolor de los dolores; no poder agotar
      Los sollozos que intentan por doquiera brotar!

      De noche tropezar en celdas intranquilas
      Que ningún alba tiñe con sus claras pupilas.

      Ni poder decir al Señor incomprendido:
      "¡Ay, Salvador de mi alma!, ¿es que aún no has venido?"

      Me escondo; tengo miedo de tener miedo y frío,
      Como el ave caída teme por su albedrío.

      A un recuerdo mis brazos vuelvo a abrir tristemente,
      Y mi alma más cercana el purgatorio siente.

      Sueño que estoy en él, tras la muerte llevada,
      Como una esclava indócil, al fin de la jornada,

      Cubriendo con las manos el semblante abatido,
      Pisando el corazón, por tierra malherido.

      Allí voy; precediéndome, mi llegada proclamo
      Y no oso desear nada de lo que amo.

      Y este corazón mío no tendrá más dulzura
      Que los lejanos ecos de su antigua ventura.

      Cielos, ¿a dónde iré
      Sin pies para huir?
      ¿A dónde llamaré
      Sin llave para abrir?

      Mientras el fallo eterno rechace mi plegaria
      No arderá ante mis ojos ninguna luminaria.

      No he de ver más escenas mundanas y horrorosas
      Que abatan mis humildes miradas dolorosas.

      ¡No gozaré del sol! ¿Por qué?... La luz querida
      Para el mal en la tierra, empero, está encendida.

      Ve el culpable que a la horca su delito conduce
      El saludo del orbe que se divierte y luce.

      ¡En los aires no hay pájaros! ¡No hay fuego en el hogar!
      ¡Y ni un Ave María reza el aura al pasar!

      Para el junco del lago no hay un soplo viviente
      Ni aire para que exista un átomo viviente.

      Ni el zumo de las frutas que ofrecen su frescura
      Al ingrato, tendré en mi sed y calentura.

      Del corazón ausente que me hará padecer
      Acumularé el llanto que no puedo verter.

      Cielos, ¿a dónde iré
      Sin pies para huir?
      ¿A dónde llamaré
      Sin llave para abrir?

      ¡No más recuerdos de esos que me embargan de llanto,
      Tan vivos, que viviera yo siempre de su encanto!

      ¡No más familia dulce, sentada en el umbral,
      Que bendice cantando el sueño patriarcal!

      ¡Ni más voz adorada, cuya gracia invencible
      Hasta la Nada absurda tornaría sensible!

      No más libros divinos desde el cielo exfoliados,
      Conciertos para el alma por la vista escuchados.

      Y no osando morir tampoco oso vivir
      Ni buscar en la muerte quién me ha de redimir.

      ¿Por qué hay sobre las cunas, padres, la flor de un hijo
      Si al árbol y al arbusto siempre el cielo maldijo?

      Cielos, ¿a dónde iré
      Sin pies para huir?
      ¿A dónde llamaré
      Sin llave para abrir?

      ¡Bajo la cruz se inclina el alma prosternada,
      Del dolor de nacer con morir castigada!

      Mas no tengo en la muerte si me siento expirar
      Ni una lejana voz que aconseje esperar.

      ¡Si en el cielo apagado alguna estrella pálida
      Esta melancolía besara con luz cálida!

      ¡Si bajo las sombrías bóvedas del horror
      Viera cómo me ven dos ojos con amor!

      ¡Ay, sería mi madre, intrépida y bendita,
      Que bajaría a ver a su hija precita!

      ¡Sí; mi madre podría al Dios justo ablandar
      Y ella me sacaría del horrible lugar!

      De la esperanza joven alzara el fuerte viento
      Al fruto derribado por tanto sufrimiento.

      Sentiría sus brazos, dulces, fuertes y hermosos,
      Arrastrarme, abrazada con ímpetus briosos.

      El aire auxiliaría a mis alas nacientes
      Como a las golondrinas libres e independientes.

      Huiría para siempre, pues mi madre al partir
      Viva me llevaría hacia lo porvenir.

      Mas antes de pasar las mortales fronteras
      Otras almas quisiéramos tener por compañeras.

      Y en aquel campo fúnebre en que dejaba flores
      Y el aroma que exhalan los llantos de dolores

      Caeríamos, solícitas, entusiastas y ardientes,
      Gritando "¡Acompañadnos!" a las almas dolientes.

      "¿Venís hacia el estío en que ha de retoñar
      El amor en que no hay que morir ni llorar?

      ¡Con Dios y sus palomas venid en santos vuelos!
      ¡Dejad vuestros sudarios; no hay tumbas en los cielos!

      ¡El sepulcro está roto por la eterna pasión!
      ¡Mi madre nos concibe en la eterna mansión!"
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    Una carta de mujer
      (Traducción de Mauricio Bacarisse, 1921)

      Te escribo, aunque ya sé que ninguna mujer
      Debe escribir;
      Lo hago, para que lejos en mi alma puedas leer
      Cómo al partir.

      No he de trazar un signo que en ti mejor grabado
      No exista ya.
      De quien se ama, el vocablo cien veces pronunciado
      Nuevo será.

      La dicha sea contigo; yo sólo he de esperar,
      Y aunque distante,
      Yo me siento ir a ti para ver y escuchar
      Tu paso errante.

      ¡Jamás la golondrina al cruzar el sendero
      Pueda apartarte!
      Será mi fiel cariño que pasará ligero
      Para rozarte...

      Tú te vas, como todo se va... Su éxodo emprenden
      La luz, la flor;
      El estío te sigue; las tormentas sorprenden,
      Mi triste amor.

      De esperanza y zozobra suspira mientras tanto
      El que no ve...
      Repartámoslo bien: a mí me queda el llanto,
      A ti la fe.

      Yo no quiero que sufras, que está muy arraigado
      Mi amor por ti.
      Quien desea dolores para el ser adorado
      Guarda odio para sí.
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André Chénier

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    Información biográfica

  1. A Versalles (Trad. de Miguel Antonio Caro)
  2. La joven cautiva (Trad. de Miguel Antonio Caro)


Información biográfica
    Nombre: André Chénier
    Lugar y fecha nacimiento: Estambul, Turquía, 30 de octubre de 1762
    Lugar y fecha defunción: París, Francia, 25 de julio​ de 1794 (31 años)
    Nacionalidad: Francesa
    Ocupación: Escritor, poeta
    Movimiento: Neoclasicismo, Romanticismo
Nacido en Gálata (Estambul); con tres años regresó a Francia. Murió ejecutado durante el periodo del Terror de la Revolución francesa acusado de "crímenes contra el Estado". Su poesía sensual y emotiva le convirtió en uno de los precursores del Romanticismo.

Fuente: [André Chénier] en Wikipedia.org

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    A Versalles
      (Traducción de Miguel Antonio Caro incluida en el libro Traducciones poéticas, 1889)

      ¡Oh pórticos! ¡Oh mármoles vivientes!
      ¡Oh bosques de Versalles!
      ¡Sitios más deleitosos y rientes
      Que los Elíseos valles!

      Los dioses y los reyes a porfía,
      Recinto almo y sereno,
      Tesoros de hermosura y lozanía
      Vertieron en tu seno.

      Frescura, al verte, y suavidad recibe
      El pensamiento mío,
      Y como hierba lánguida revive
      A quien bañó el rocío.

      No anhelo de París la varia escena:
      Quiero ver a mis Lares
      Bajo tu sombra reposar amena
      En rústicos hogares,

      De donde al campo, yo, circunvecino
      Llevar tranquilo pueda
      Los pasos, estrechándome el camino
      Tresdoblada alameda.

      ¿Dónde están de ciudad armipotente
      Las regias maravillas...?
      Regalas tú con aromado ambiente,
      Con trofeos no brillas.

      El apacible sueño, el manso olvido,
      El estudio y el arte,
      Castas divinidades, han venido
      Por suyo a consagrarte.

      ¡Ay! Ociosa indolencia me devora,
      Y cosechar no intento
      El fruto sazonado que elabora
      Activo entendimiento.

      Consumido de tedio me abandono;
      Ni gárrula alabanza,
      Ni públicos favores ambiciono;
      Ha muerto la esperanza.

      Y sólo ya la sombra taciturna
      Dulce parece a un alma
      Desengañada; la quietud nocturna,
      La solitaria calma.

      Si es vivir mi destino, en paz profunda
      Calladamente viva;
      Cebe amor de mi antorcha moribunda
      La llama fugitiva.

      Amo, ¡oh placer! Y tú, rincón florido,
      Aquella imagen pura
      Conoces; aquel nombre tú has oído
      De inefable dulzura,

      Que a tu silencio tímido confío
      Cuando de tarde vengo,
      Y en pensar que la he visto me extasío
      O que de verla tengo.

      Si por ella mi labio amor suspira,
      Tus umbríos boscajes
      En ecos dignos de celeste lira
      La ofrendan homenajes.

      Por ella la onda sacra de armonías
      Que tierra y cielo inunda,
      Hoy de mis labios como en otros días
      Torna a correr fecunda.

      ¡Oh! Si el que ama el honor y la justicia,
      Cuando el malvado impera
      De olvidar y vivir a la delicia
      El pecho abrir pudiera,

      Tu silencio, Versalles, tus risueños
      Asilos de verdura,
      Nido fueran de cándidos ensueños
      Y de perenne holgura.

      Mas tus alegres ámbitos, el verde
      Césped, la fresca gruta,
      Todo sus galas ¡ay! súbito pierde
      Y a mis ojos se enluta;

      ¡Y de un pueblo inocente, acuchillado
      Por tribunal sangriento,
      Pasar veo delante el no vengado
      Espectro macilento!
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    La joven cautiva
      (Traducción de Miguel Antonio Caro incluida en el libro Traducciones poéticas, 1889)

      Se alza la espiga naciente
      Y hoz no la toca impaciente,
      Y el pámpano en la ladera
      La estación disfruta entera
      Que el cielo le concedió.
      También soy bella, estoy joven;
      No es tiempo de que me roben
      La vida; y aunque mis ojos
      Sólo ven ruinas y abrojos,
      Aún no quiero morir yo.

      Arrostre el estoico fuerte
      Con faz enjuta la muerte:

      Yo, mujer, lloro y espero;
      Si vendaval sopla fiero,
      Me encojo, y cubro mi sien.
      Si horas hay de amargo llanto,
      Otras son tan dulces, ¡tanto!
      ¿Qué bien no tuvo sus penas?
      Ondas que duermen serenas
      Guardan borrascas también.

      Breve trecho andado queda
      De esta frondosa arboleda
      Del camino de mi vida;
      ¡Tan distante la salida
      Que aún no se descubre allá!
      Al festín en este instante
      Sentada, el labio anhelante.
      Entre la festiva tropa,
      Apenas llegué a la copa
      Que en mis manos llena está.

      Hoy luce mi primavera;
      Cual astro que su carrera
      Consuma, y llega a su ocaso,
      Quiero gozar, paso a paso.
      De todo lo por venir.
      Hoy es mi primer mañana;
      Yo flor esbelta y lozana,
      De que el jardín hace alarde,
      Ver de mi vida la tarde
      Quiero, y entonces morir.

      Así se queja y suspira
      Cautiva joven que mira
      El amago de la muerte,
      Y mientras llora su suerte,
      Torna mi lira a soñar.
      Cautivo, postrado, mudo,
      El desaliento sacudo,
      Y vierto en medido canto
      Aquel candoroso llanto,
      Aquel dulce lamentar.
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Eugénie de Guérin

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    Información biográfica

  1. Aspiración (Trad. de Miguel Antonio Caro)
  2. Cantando siempre (Trad. de Miguel Antonio Caro)


Información biográfica
    Nombre: Eugénie de Guérin
    Lugar y fecha nacimiento: Andillac, Francia, 29 de enero de 1805
    Lugar y fecha defunción: Andillac, Francia, 31 de mayo de 1848 (43 años)
    Ocupación: Diarista, escritora, poeta

    Fuente: [Eugénie de Guérin] en Wikipedia.org
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    Aspiración
      (Traducción de Miguel Antonio Caro incluida en el libro Traducciones poéticas, 1889)

      ¡Qué grande mi desierto!
      Mi cielo inmensidad.
      ¿Qué águila sin cansarse
      Tal vuelta habrá de dar?

      Caben en este cerco
      Mil ciudades y más;
      Mi corazón no cabe,
      Y abalánzase allá.

      ¿Adónde, adónde tiende?
      ¡Oh, la meta enseñad!
      Sigue el fúlgido rastro
      De exhalación fugaz;

      Veloz espacios cruza
      Que no soñó el mortal,
      Y en pos del ángel vuela,
      Y a Dios buscando va.
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    Cantando siempre
      (Traducción de Miguel Antonio Caro incluida en el libro Traducciones poéticas, 1889)

      Vuelve el barco a las olas,
      Vuelve el pardillo al soto;
      Y yo a mi lira siempre,
      Siempre a mi lira torno.

      Dios, de una alma sensible,
      La hizo aliento sonoro;
      De Dios las alabanzas,
      Ave de paso, entono.

      De simples cantarcillos
      Yo mis cantos compongo;
      De bullidoras fuentes
      La música recojo.

      La voz de opaca selva
      En escuchar me gozo,
      La tórtola que gime.
      Del trueno el eco ronco;

      Al zumbador insecto
      Entiendo, al viento sordo;
      Y al balbucir del niño
      Me inclino, y le respondo.

      Atiendo yo en la iglesia
      Al órgano armonioso
      Cuando al sacro banquete
      Asiste el virgen coro.

      ¡Almas que amáis el cielo!
      Yo escucho vuestros votos,
      Yo con vuestros suspiros
      Piadosos himnos formo.
    Arriba