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    Información biográfica

  1. Apuntes para un reproche
  2. Aventura mayor
  3. Bajo tu lástima
  4. Canto a tu distancia
  5. Como un cántaro
  6. Crónica de mí misma
  7. Descifrarme
  8. El mar
  9. En este día de lluvia
  10. Enigma
  11. Esta lluvia, el perdón y mis rosales
  12. Grillo y cuna
  13. La canción de Berisso
  14. Lluvia
  15. Mañana es siempre
  16. Mínimamente y esencial
  17. Mon amour
  18. Permanencia
  19. Plenitud
  20. Pobreza a los diez años
  21. Refugio
  22. Salvados
  23. Salvaje
  24. Siendo
  25. Sueño que llueve
  26. Testimonio
  27. Tiemble tu corazón
  28. Tienes algo de montaña
  29. Verano
  30. Yo no tengo la culpa




  31. Información biográfica

      Nombre: Matilde Kirilovsky de Creimer
      Lugar y fecha nacimiento: Buenos Aires (Argentina), 24 de febrero de 1912
      Lugar y fecha defunción: La Plata (Argentina), 13 de septiembre de 2000 (88 años)

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      Apuntes para un reproche

        Te esperé hasta recién;
        Estás de fiesta.
        Mi casi otoño
        No me deja ambular
        Tu primavera.
        Esperé tu regreso;
        Yo quería
        Escucharte contar, luz de alborozo
        Las campanas de amor
        Que resonaron
        En tu trémulo espacio.
        Te esperé hasta recién;
        Tú ni recuerdas
        Esta lámpara
        Lenta
        Que te aguarda.
        Tu padre lee, él no sabe
        De estas cosas
        Profundas
        De mujeres. Tus hermanos,
        Florecidas cabezas
        En la almohada
        Que parecen jugar
        A estar durmiendo...

        Tardas mucho; te esperé
        Hasta recién,
        Ya no te espero.
        He de mirar tu lecho,
        Puro nardo,
        El libro
        Que dejaste abierto,
        Tus todavía muñecos, las paredes,
        Y devuelta
        De este inmóvil vagar
        Por un paisaje
        De presencias sin nadie,
        Pensaré,
        Con la misma tristeza inevitable
        De otras noches iguales,
        Que tal vez
        No sé,
        No fuera absurdo
        Que me hubieras llevado.

        Tu padre lee; él no sabe, ni sufre.

        Las mujeres
        Nos sentimos tan viejas
        Si quedamos.

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      Aventura mayor

        Me dieron un puñado de rosas
        A la hora
        Del ánfora en la comba rupestre del estío,
        Y debo hacer un hombre con él,
        Y no sé cómo.

        Me dieron un arrullo torcaz
        En el ocaso,
        Con rudos cazadores
        Debajo de sus alas,
        Y debo hacer un hombre con él
        Y no sé cómo.

        Me dieron un miedoso balido
        En el descenso de cumbres,
        Cuando el lobo despierta
        Y agazapa,
        Y debo hacer un hombre con él
        Y no sé cómo.

        Me dieron un remanso de peces
        Asombrados, y arenas,
        Y guijarros filosos en el fondo,
        Y debo hacer un hombre con él
        Y no sé cómo.

        Me dieron un susurro mecido
        De improviso
        Gritando
        Por la herida de corzas y de nardos,
        Y debo hacer un hombre con él
        Y no sé cómo.

        Qué simple y que dramáticamente
        Aventurado
        Un hombre,
        Un hombre,
        Un hombre...

        Me dieron todo esto
        Que traigo desde el fondo
        Del sueño que desborda
        Mis pobres brazos,
        Flechas,
        Y miedos, y tabúes, y mitos, y leyendas,
        Y hogueras y perfumes, y altares
        Y brutales
        Sangrientos sacrificios,
        Proezas, sumisiones, recuerdos,
        Profecías, castigos; traigo a todos
        Los hombres en este hombre fundamental
        ¡El hombre...!

        El hombre,
        El hombre,
        El hombre
        Que voy a hacer de mi hijo.

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      Bajo tu lástima

        Quiero huir de tu lástima, y tropiezo
        Con mis zarzas de miedo
        Y con mi nido
        De alegrías dormidas, y desgarro.

        Has tendido
        Tu sonrisa en piedad a mi costado,
        Y te quedas
        A mirarme ceder, sombra inclinada
        Como un tronco crujido
        De castigos.

        Tus dos brazos cruzados, y ya ajenos,
        Y una boca de beso
        Que se guarda.

        Nunca me vi pequeña como ahora,
        A los pies de tu altura
        Compasiva.

        Nunca, como hoy, descalza
        Y azotada,
        A un instante del nunca, irremediable.

        Ya no vibra mi carne
        En paraísos,
        Ni en infiernos, ni en manzanas, serpientes,
        Ni en exilios.

        Una lacia
        Sensación de desgano que me arrastra,
        Un insomne desorden
        De cabello, una pena tremenda de estar triste,
        Y un deseo
        De morirme mañana,
        Antes que partas, y dejarte
        Sonreír de piedad sobre mi ausencia.

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      Canto a tu distancia

        Yo he de sentir en mi escollera
        El miedo,
        Golpear por mis costados,
        Cuando partas.
        Levantarás el ancla
        Enganchada en mi limo caliente,
        Y arrancarás un tiempo de latido
        Y soltarás amarras.
        Escucharé que partes,
        Tu sirena, una espiral opaca,
        Silenciará la lumbre de mi cuerpo.
        Escalofrío de nieve,
        Me quedaré distante con el rostro en nostalgia
        De los muelles.
        Será un desmayo largo, y estremecido al fin,
        Como un abrazo.
        Eco en blanco,
        Yo no sabré hasta donde
        Te llevarán las aguas y los vientos.
        Sólo sabré que desgarraste
        Del minuto inicial de mi comienzo,
        Desde el impulso que generó mi germen,
        Desde la huella de mi pie viniendo.
        Tierra firme,
        Me dormiré en las rocas de la orilla,
        Y alguna vez retornarán las olas
        Ondulando un mensaje de regreso.
        Romperán sobre mí en voces tuyas
        Y tu espuma
        Ha de nevar mi noche,
        Y una caricia ausente, sigilosa
        Transitará mi sombra.
        Yo he de saber entonces,
        Que en alguna parte
        Te has quitado tu ropa de viajero
        Y aquietaste tu mar
        Para evocarme.
        Yo sentiré tu mano abierta al tiempo,
        Y el resignado olvido de tu carne,
        Y tu misterio.
        Te sentiré fluyendo entre las horas ásperas,
        Y ha de traerme el aire
        La canción acostada que me cantes,
        Ávido pasto,
        Por un suelo de cal que resquebraja.
        Inhallado rumor,
        Ausente imagen,
        Fibra mordida en la oxidada punta de la lanza,
        He de crecer al cielo
        Por captarte,
        Dispersaré en girones por el viento,
        Y anclaré en tus pupilas,
        Y has de saber entonces,
        Que yo parto.

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      Como un cántaro

        Desde mi ángulo diurno de cordura,
        No recordaba cómo,
        Llegué flecha, a disparar del arco.
        Fue la herida de penetrar la noche,
        Que me llamó a encontrarme.
        Se miraba mi boca
        En un roto cristal crecido a espejo.
        Con voluptuosa, medida muerte lenta, comencé,
        Como un junco, vergonzoso de luz bajo la brisa,
        A declinar, y hallé hermoso contarme, derramando.
        Fue el oído subiendo hasta la nota,
        Fue una danza de ninfas sobre el lienzo,
        Fue un murmullo de cuerdas arriesgadas,
        Fue el silencio total, dando en el fondo
        Del lugar de doler, y fue el estruendo
        De cien locas gargantas, borbotones,
        Presurosos, urgidos
        Borbotones.
        En el espejo, dos orillas curvadas de verano.
        Estabas a mis márgenes, con el agua mía
        Riéndose a tus carnes,
        Escasamente, mi nivel no alcanzaba
        Siquiera al cáliz de tu cuerpo, cuerpo.
        Hubieras, sí, jugado con mi espuma, inclinada
        Tu cabeza triste, y un poco sorprendida.
        Hubieras tal vez puesto tu paladar
        A escuchar mi voz de tempestad y azúcar,
        Y a medio claudicar, como quien oye
        Un lejano temblor
        De cascos vueltos, vacilabas
        La inminencia, mezcla de miedo que huye y regocijo,
        Que alza en danza de grito
        Hasta las nubes.
        Yo volcaba, siempre rítmica cuerda, grave, grave,
        Y un sabor y un aroma discordantes,
        Como pájaros nuevos que se esquivan, atreviste
        Tus manos, hasta el borde mojado de mi cántaro.
        Se miraban mis labios,
        Y eran,
        Viva síntesis fluida, hembra, hembra, y de pronto,
        Solamente agua, y de pronto,
        Ni siquiera.
        El cristal sobre azogue de palabras, devolvía
        La presencia,
        De una boca en sabor desconocido.
        Desde mi ángulo diurno de cordura, me miraba brillar
        Bajo la lámpara.
        Después, vuelta de aquella elevación desnuda,
        Me descubrí tirada como un perro,
        Con la lengua volcada a las estrellas
        Y los dientes en polvo, y arañada
        Toda el agua de patas
        Imposibles; ya no estuve.
        Sólo tu ausencia, fue la verdad real,
        Con gusto a sangre.
        Quise inclinar de nuevo, y era un ancho arenal
        Seco, sediento,
        Puro sol fatigado de mis brasas,
        Era un cántaro hueco,
        Sin oquedad siquiera, una idea de cántaro
        Olvidada,
        Era un nombre cabal de inexistencia.
        Y aquí, en la maraña, que quiso dejar a modo de
        Testimonio el viento, estoy;
        Mis dos brazos cubriéndome la cara,
        Así me encuentras.

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      Crónica de mí misma

        Y querer merecerme; de veras merecerme.
        Revisar mis dispersas escrituras,
        Mi palabra, revisarme el sollozo,
        La garganta,
        Auscultarme el latido, desollarme,
        Revisarme las venas, las arterias.
        Todo el complejo existencial
        Que asumo.
        Revisar mi conducta, mis proyectos,
        Lo soñado, ensoñado,
        Lo vivido,
        Conformarme de nuevo, aún no inscripta,
        Sin visión, sin recuerdo, sin mentiras,
        Sin verdades ocultas, temerosas,
        Sin impulsos,
        Sin deserción, sin este yo
        Impreciso.

        Revisarme hasta el fondo, descifrarme,
        Prenderme, saberme, perdonarme,
        Tanto pude y no hice,
        Tanto hice febril
        A manotazos,
        En apremio suicida, lograr algo, dejar
        Algo, quedarme allí incrustada,
        En la trama inicial, impenetrable,
        Indestructible, quedar, estar,
        Ser siempre,
        Y vencer de la muerte,
        Y de la vida.

        Permanecer y ser, por solo acto
        De ingerencia en un sino
        De criatura.

        Despedacé mi carne, carne mía, fatigada
        De esfuerzo y sinsabores, me derramé, me di,
        Me hice guiñapo; al costado de holgura,
        Fui miseria.
        Quise tanto y a tantos, y la tierra,
        Ese soplo de polvo que me aguarda,
        Y mi aventura batalladora hecha
        De timidez, de inermidad
        Y miedo.
        Estos árboles rudos que me vencen
        La mirada, cada vez menos útil, y esta noche
        Que circunda mis noches y me azuza y me manda
        No dormir, y pensar, y sentir frío,
        Y volver al dolor que hice a un costado.
        Yo debo revisarme desde el antes,
        Descubrir el motivo, causa, impulso, la razón,
        El porqué, y el hacia adónde, y el porqué
        Del porqué de la pregunta.
        Ascender la montaña hacia la cima,
        Y mirarme, un abismo,
        En el abismo, y elevarme al azul
        Por propio esfuerzo apoyándome en mí,
        Envolviéndome en mí,
        Desde mí misma,
        Tirar de mí hacia arriba; tocar siquiera
        Una sola estrella, una sola, o su fulgor
        Siquiera, o siquiera seguirla
        Desnudando
        Mi vergüenza a su luz. Esta corteza,
        Que resquebraja
        Cada vez que pienso,
        Y estas raíces que me petrifican
        Bajo la inercia de un planeta
        Muerto.
        Quiero salir maleza a herir caminos,
        Y punzarme de heridas, ser, de pronto,
        Este mundo y un próximo intuido,
        Y recordar, de pronto, un otro antiguo
        Mundo en seres golpeados que lloraron
        Mucho antes de mí, y que derramaron
        En mi llanto de hoy, su sal y acíbar.

        Ser el ánfora quieta de una ignota,
        Milenaria mansión
        Sin nada dentro,
        Y esperando.

        Un océano en peces y vitrales, y en suicidas
        Y barcos milenarios; ser la orilla, el camino
        Sobre el agua, ser la brújula, el sol rojo
        De noche y el marinero que perdió la novia,
        La llegada y el puerto, abigarradas
        Multitudes ruidosas,
        Y en mí, nadie.

        Asomarme a la ardiente boca ígnea
        De un volcán que despierta en el incendio,
        Y saber que soy fuego y quemadura,
        Que la lava soy yo,
        Descascarando;
        Desnudada, sentirme leña al rojo, derramado
        Mineral,
        Embistiendo la ladera, burbujeante y hervida.

        Merecerme, de veras merecerme;
        En cuclillas orar, sin darme cuenta,
        Porque quiera la entraña de mi madre,
        Exhalarme a la luz, y ser pequeña,
        Respirar, prometer, ser la esperanza
        Para alguien, sin nada más que el hilo,
        Que amenaza romper de una esperanza.

        Merecerme de veras; ya retorno
        Del altar y del lodo, del sollozo,
        Del gemido y del canto, de mi propio
        Funeral, y me escucho como corro
        Anhelante y jadeante
        A mi bautismo.

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      Descifrarme

        Me sacudo de horas y lugares; aquietada
        Me hundo, llego al fondo,
        Bosques líquidos, peces asustados.
        Quiero saber qué traigo escrito adentro,
        La palabra en la sangre, la condena
        Taladrada en el hueso,
        La implacable
        Mordedura prendida en la neurona.
        Esa caverna que todavía habito
        Y esos hombres
        Cubiertos de pelambre.
        Laberintos, uno dentro del otro,
        Sin embargo,
        En la memoria del latido, algo
        Salva malezas, libra de la asfixia,
        Ilumina derrotas y naufragios,
        Triunfa de todos los Goliats
        Y emerge
        Desde el candor dormido y balbucea.
        Alguien de mí, yo misma, desde el hondo
        Misterioso subsuelo de mi carne,
        Me ilumina y me hiere de señales.
        Siento un bosque de copas derrumbadas,
        Una canción distante que evapora,
        Y un osario de nidos sin amparo,
        Una manzana muerta a picotazos,
        El redondel quemado a cigarrillo,
        Un sol sin rostro, solamente rayos,
        Y niñitos tomados de la mano,
        Con sus piernas torcidas, con su ombligo
        Sosteniendo una comba triste en hambre.
        Miro en torno, de nuevo estoy ausente,
        De nuevo tengo miedo de asustarme,
        Escribo un corazón en todas partes,
        Bajo lluvia de azahares, bebo cielo.
        Me crecen hijos de todas mis aristas,
        En ellos crezco, mientras van sembrando.
        Sola en el tiempo, el bosque es tan espeso,
        Van cayendo mis hojas una a una,
        Tantas lobos detrás de los crujidos,
        Mi corteza sangrada en arañazos.
        Un cazador acecha... está nevando.
        Mi dedo tenso en el gatillo grita
        Por la boca de un fusil de espanto.
        Quiero dormirme, mas llevar conmigo,
        Lo que tuve y no tengo.
        Ser el amor de quienes me quisieron.
        Borroneada, tachada, magullada,
        Toda estallada y muda
        Me refugio,
        Sumergida en mí misma, toco fondo,
        Y una página blanca me descifra.
        Papá... mamá...
        Yo amo a mi mamá... mamá me ama.

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      El mar

        El mar soñó en voz alta
        Que tú me besarías.
        Libérame un instante los labios,
        Necesito
        Contarte sobre el filo
        De aurora en que amaneces conmigo,
        Que fue cierto,
        Que sí,
        Que nos amamos.
        Y ya antes
        Que deshaga de espumas,
        -El mar sueña que muero a tu costado-
        Reanúdate,
        Yo quedo.
        Y déjame tus manos.
        O llévate apretados contigo
        Estos dos gozos y miedos y gemidos.
        Mis dos gritos a un tiempo;
        Dos tigres, dos palomas;
        Dos himnos, dos sollozos;
        Dos triunfos, dos nostalgias;
        Dos culpas
        Y una sola locura
        Y un milagro.
        O déjame tus manos.
        Dos potros, dos tormentos
        Dos blancos dulces perros lamiéndome
        Los pasos;
        Dos náufragos, dos puertos;
        Dos fuerzas, dos desmayos;
        Dos gotas de una lluvia de estío;
        Dos blasfemias,
        Dos templos, dos guaridas;
        Dos cielos, dos infiernos,
        Dos dioses, y una génesis sola
        Sobre el caos.
        La sal
        Ancla en el fondo del mar
        Castillos blancos.
        Desátame los brazos
        O apaga estos caminos de viento
        Que me llaman.
        O vuélveme a la hoguera
        Del beso hasta que queden cenizas.
        Desde el nácar
        Profundo
        Sueña un niño celeste, que amanece.

      Arriba

      En este día de lluvia

        Un gris limpio, monótono, inasible,
        En este día de lluvia
        Y cielo enfermo,
        El corazón del agua está soñando
        Con bandadas de pájaros
        De vidrio,
        Y en la rama otoñal, junta la ausencia,
        Luces mojadas, y voces
        De aluminio.
        Hay como un gato gris
        Rondando en torno,
        Así de blando,
        Así
        De ojo amarillo.
        Es casi tarde, mi niñez descalza,
        Viene a buscarme por un largo río,
        Bajo un mar vertical
        Deshilachado,
        Y un silencio de océano dormido.
        Salgo a su encuentro, quedo de su mano,
        Me desnudo en su piel, líquida cuna,
        Vuelvo a mi antiguo manantial,
        Deshago,
        Gota a gota, pausada, mansa,
        Muerta.
        Bajo un llanto de techos castigados,
        Somnolientos, reencarno,
        Soy de lluvia.

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      Enigma

        Y mi duda,
        Descartes, tu "pienso, luego existo"
        No alcanza ni conforma.
        Insaciable y hambrienta, mi duda
        Es una loba
        Que corre tras la carne
        Por la escarcha desierta.
        A qué distancia vivo de mi ser verdadero,
        No aquel que deja huella de pasos
        En el suelo, no aquel
        Que pone sombra fugaz sobre la tierra.
        Qué hay de mío en mi angustia,
        Cuánto hay de mí en mi pena,
        O es que esto que me agobia
        Me viene desde lejos
        En secular herencia.
        Quien diseñó mi cuna, quién proyectó mi horca.
        Y desde la penumbra al umbral de la gota
        Primera de mis venas, un dios
        Que se me mofa.
        Y no es el Dios solemne que se signa
        En mayúscula,
        Altiva inconsistencia por sobre nuestras culpas
        Hablo de un dios humilde, hecho
        A mi imagen propia.
        Un dios sin petulancia que peca y se equivoca,
        Que lo llevo aquí dentro, sostén
        De mi maqueta carnal de imperfección.
        Que tan pronto me anima, me apacigua
        Y me alienta, así como me humilla,
        Me apostrofa y blasfema.
        Y mi pregunta eterna, y eterna sin respuesta.
        Qué será de mí luego; qué fui antes de ahora,
        Y qué es esto que vivo cautiva
        De mi forma.
        Y nada hay que me sirva de todo este tatuaje
        Que guardo en la memoria.
        Puesta sobre el abdomen abrupto de la tierra,
        Una piedra entre piedras, una planta
        Entre plantas,
        Un hombre entre los hombres, y entre las bestias
        Bestia, igual y misma cosa
        Para una eterna mutación de sombras.
        Un fuego fatuo apenas, mi azul fosforescencia,
        Ya preoscila en la cuerda...
        Y bajará mi duda, a saciarse en la húmeda
        Carne de la tierra.

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      Esta lluvia, el perdón y mis rosales

        Y la lluvia sonríe, canta dentro
        Del cristal que me habita
        Y repercute
        Sobre un suelo ya antiguo
        En otras lluvias, y otras tardes miradas
        Desde lejos.
        Mi ventana de ver el mundo, abierta,
        Y mi puerta a algún náufrago,
        Descubro
        Que no hay puertas,
        Que nunca hubo ninguna
        Para abrir, ni cerrar; que estuve afuera.
        Y esta lluvia...
        La tarde me habla quedo
        Como un hombre, cansado ya de días,
        Que repite y repite la aventura
        No vivida,
        Y es su única aventura.
        Que no sea la noche aún, imploro;
        Que esta penumbra se prolongue
        Y siga.
        Que no llegue la sombra, que no arribe
        La hora parda,
        Y el agua me columpia; recién nazco,
        Es temprano, necesito
        De la gracia de un pétalo de tiempo,
        Del milagro de dar
        Mi voz exacta.
        Un rocío ya apenas, esta lluvia
        Se ha quedado fulgiendo
        En las corolas
        Amarillas y rojas de mi patio.
        En cada gota –yo te absuelvo– escucho,
        De la espina y la herida
        Que causaste.
        Esta lluvia, el perdón, y mis rosales.
        Emplumada de gris, vuela la tarde.

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      Grillo y cuna

        De un bosque donde crecen
        Nomás
        Cunas, mi madre
        Cortó un columpio dulce,
        Maduro para el tiempo primero
        De mi infancia.

        Juntó flores de luna dormidas
        En el agua, mi madre
        Y me las trajo,
        Con un azul silencio
        Robado de algún sueño de río
        A ser mi canto.

        El viento entonces iba
        Silbando
        Como un hombre
        Que vuelve del trabajo,
        Mi padre, como un ala de viento
        Sacudía
        Las ramas a su paso,
        Y a veces su latido temprano,
        Más temprano
        Que el bronce aún, despertaba
        Tañendo
        Campanarios.

        El sol
        Como un abuelo de incendio
        Nos decía
        Su cuento cada día, de luz,
        En la ventana,
        Y el techo, y las paredes, y el huerto
        Y la paloma y el patio,
        Y la mañana, cabrían en el puño dorado
        De un durazno.

        Mi padre
        Sembró grillos
        De suerte en los rincones
        Más pobres de la casa.

        De noche nos cantaban
        Perdón
        Por todo el hambre del día
        Y prometían
        Espigas y racimos
        Que acaso maduraron después,
        Cuando fue tarde.

        Así crecí, los seres
        De lluvia me llevaron consigo
        A todas partes
        Fui lagrima en el llanto del sauce,
        Fui diamante
        Quebrado en las raíces frustradas
        De algún barco.

        De tarde descifraba señales en el cielo
        Mi madre
        Por las noches,
        Mi padre me alcanzaba la voz
        De mis abuelos, en una
        Remembranza ternura
        Con los ojos
        Callados,
        Y las manos dormidas
        Junto al fuego;
        Así crecí.

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      La canción de Berisso

        Ya te canto Berisso, caserío de latas,
        Portentoso latido de petrolera y fábricas.
        Le canto a tu canal de sangre verdinegra
        Corriendo por tu cuerpo su endurecida arteria,
        Y canto a tu horizonte frustrado en chimeneas.

        Yo le canto a tus hombres cauce de fibra y carne
        Para un proceloso océano de riquezas.
        Y canto a tus mujeres afluentes sensitivas
        Con su aporte de sangre, desvelo y fatiga,
        Corriendo en jornadas por senderos de piedra.
        Les canto por recias, valientes y tiernas
        Cumpliendo su excelso destino de hembra
        Florecidas en hijos, marchitas de espera.
        Le canto a tus muchachos dejando la tarea
        Veneno en sus pulmones y plomo en las arterias,
        En un alucinado girar de poleas.
        Y canto a tus muchachas amapolas enhiestas
        Deshojando sus pétalos en la sección "conservas".
        Le canto a tus niños al borde del camino
        Lanzando en barrilete sus mensajes al sol.
        Le canto a sus harapos, y a su lecho de piso,
        A su soledad de padres en horas de labor.
        Yo le canto a tus niñas saliendo de la escuela:
        Alemanas, rusitas, italianas, armenias,
        Distintas lenguas todas e idéntico candor;
        Y canto a las pequeñas hijas de mi tierra
        "Made in Argentina" levadura extrajera,
        Raíces que se prenden a un destino mejor.

        Le canto al influjo de tus academias
        Alimentando el sueño de tu adolescencia
        Por salir del hollín;
        Y canto a tus escuelas nocturnas para adultos
        Donde padres y abuelos aprenden a escribir.
        Le canto a tu optimismo, cuando a la calle estrecha
        De casa de madera y techumbre de cinc,
        Aquella que conduce derecho al matadero
        Salpicada de barro, le llamas "porvenir"...

        Le canto a tu puerto de aguas hondas y quietas
        Con calor de regazo para vidas que llegan
        En parición fecunda de una clase tercera.
        Le canto a tus noches y le canto a tu almohada
        Con olor a petróleo y a res sacrificada.
        La canto a tus bares de congojas que saltan
        Al aire en estridencias, guitarras, balalaikas,
        violines, bandoneón...
        Marineros borrachos que cambian por monedas
        Honesto contrabando cigarrillos y alcohol.
        Le canto a tu cantina frente al embarcadero
        Con lumbre de luciérnaga, paz de sauce llorón;
        Pescadores que vuelcan de sus redes repletas
        Hondas reminiscencias de una isla de amor.

        Yo sé que hay en mi tierra ciudades portentosas
        De altivos rascacielos y riente población,
        Pero yo no podría transponer tus fronteras
        Sin pasar mi caricia sobre tu miseria,
        Sin hundirme en tu barro, sin morder tu pobreza,
        Sin sentir la tragedia de tu resignación,
        A no ser otra cosa que lo que eres, colmena
        Desangrándote en mieles para gulas ajenas,

        Y aquí está mi canción:

        Yo te canto colmena, por eso, por colmena,
        Y mi canto que quiso ser un grito de guerra,
        Un clarín de protesta, una arenga viril,
        Después de conocerte Berisso bien de cerca
        Se repliega y comprende, que te haría feliz
        Alguna canción dulce de amor que te conmueva,
        Una canción de cuna sutil que te adormezca
        Bajo un cielo que el humo camufló de gris.

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      Lluvia

        Lluvia, hoy no te siento.
        Hoy no eres nada
        Más que agua vertical.
        Apenas si te escucho
        Golpear el pavimento
        Y llamar con tu clave
        Sobre mi ventanal.

        Lluvia, hoy no eres nada
        Para mi desaliento
        Nocturno y abismal.

        Cuando era niña hallaba
        En tu canción un cuento,
        Y ya en mi adolescencia
        Me diste un madrigal.
        Ahora, lluvia, tengo
        Tanta tristeza adentro,
        Que no me dices nada,
        Sólo te oigo golpear.

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      Mañana es siempre

        Cómo quisiera despertar cantando.
        Pero amanezco, en cambio,
        Dolorida
        De no haberme quedado en ese espacio,
        En ese tiempo de morir prestada.
        Una isla no inscrita
        En ningún mapa,
        Una célula enferma de ignorancia,
        Un asfixiado mundo en miniatura,
        Una avanzada humanidad triunfante,
        En clarines y hogueras
        Homicidas.
        Tabla sola, sin náufrago siquiera,
        Y luchando,
        Relincho hacia la costa,
        Y animada no más por el recuerdo
        De un aliento mordido a sus astillas.
        Cómo quisiera despertar cantando,
        Y me muero de sed y hambre
        De canto
        Mientras desborda la preñada aurora
        En promisorio bermellón de vinos,
        Y expandida,
        Hoguera en panes, horneándose a lo alto.
        Yo estoy abajo,
        Debajo de la historia,
        Sepultada en antorchas apagadas
        Y estandartes marchitos.
        Sumergida en humores subterráneos
        Y en cenizas de huesos
        De bandido,
        Soy el ser que no fue, lo que no pudo,
        La olvidada, desdeñada semilla,
        Pero existo.
        Dentro,
        Tengo un sauce inclinado que me llora.
        Un niño triste me llama, sin nombrarme.
        Me doy cuenta,
        Me doy cuenta, yo existo.
        Mañana espero despertar, cantando.

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      Mínimamente y esencial

        Mínimamente y esencial, quería
        Su hora de amor.
        Como Dios la suya de creación,
        Como Luzbel la suya
        De maldad.
        Única, que le configuraría, recién,
        Definitivo. Terminar de hacerse,
        Clausurar ese estar abierto,
        Y arriesgado a cualquier
        Final.
        Todavía inmaduro, todavía
        Mera línea de puntos en proyecto,
        Todavía
        Con la indecisa sustancia del origen,
        Con su boca y sus ojos
        Sin timón de gustar, y sin imagen,
        Su hora de amor.
        Actual, tardío ya, casi, necesitaba
        De esa clara razón contra su absurdo,
        Ese color de sí, para saberse,
        Ese tono de sí, para escucharse,
        Ese dolor de sí, para sentirse.
        Más que a su sangre, en hondo
        Ser y gesto, dentro y fuera de carne,
        Precisaba
        Inscribirse con su señal de hombre
        Inextinguible en la memoria
        Larga del transcurso.
        Desatado a total, alto y rebelde,
        Cada molécula suya de sentido,
        Cada aurora de anuncio y de presagio,
        Eran su hambre y su sed, y eran su aliento
        De probarse latiendo en el espejo.

        Imprescindible, ningún paso a confín
        Sería trazado, ni el sonido transmitiría
        Su presencia,
        Ni la caricia movería sus alas
        Sobre la piel caliente, ni lograría sin ella,
        Desprendido, el aroma maduro de verano;
        Su hora de amor.
        Mínimamente y esencial, que unan
        Agua y cántaro exacto.
        Anda implacable de negación, su barca
        Encallada, inconmoviblemente.
        Porque si era suya,
        Si con esa promesa lo empujaron a latir,
        A crecer y a perpetuarse.
        Si fue esa su primera visión indescifrada
        Y, resignadamente, indescifrable.
        Si con esa luminaria lejana deslumbraron
        Su pupila, todavía de pez.
        Si tras ella fue que adivinó y hundió a vida
        Hasta lucha y derrota, y hasta credos
        Y puños, inservibles.
        Si en su alforja, sobre la crin caliente
        Del chasquido, junto a pan de nutrir,
        Fue el de mareo,
        El de estallido a muerte, sin morirse,
        Y el amuleto breve, de gozar.
        Desde germen informe a exuberancia,
        Todo en él era selva, ya impaciente de fieras
        Y de nidos, y de garras y cantos,
        Y de muertes.
        Se sentía, rudo atleta de cumbres, engañado,
        En un tren de juguete, y seducido
        Con un cuento de hadas,
        Increíble.
        Lima viva gastando su costado,
        Polvo propio mordiéndole la boca, y asfixiado
        Su grito, como un ave, aterida y sepulta
        Bajo miedos.
        Todavía inconcluso y ya en regreso, su calculado
        Declinar previsto, en el total
        Derrumbamiento grande.
        Epicentro y montaña sacudida, tierra roja
        De cráteres, inescrutable corazón del fuego,
        Su estallada, fundamental angustia,
        Voz de volcán y llanto,
        Que le cumplan.
        Trunco mástil sin ala, paso ciego de andar
        Inencontrado, y un borroso contorno
        Ese paisaje, vano de hombres, panorama de pájaros
        Y piedras, y de árboles muertos,
        Y su tumba.
        Densa atmósfera inerte, dibujada, de impotencias
        Y añicos. Tentativa de asir, y la imposible
        Elusión de presencias permanentes,
        Tenaces, como guardias.
        Híbrida estancia,
        Carne, sueño, mortajas, apetitos,
        Hora nutrida a saciedad y hartazgo, y todavía,
        Sin conducta de muerte bajo el beso,
        Y sin labios, sin dientes
        Sin saliva, sin la azarosa alternativa; luces,
        Sombra y luces, y sombra, y luz de nuevo.
        Única suya de clamor, la hora
        No de gulas ni triunfos, no del arca, ni el mando,
        No el poder, no la gloria.
        Imperioso, piramidal y ya sobre el bramido,
        Su exigencia de pie, jugado a todo,
        Todo a cambio, memorias y futuro,
        Y su grito:
        Que deshaga, derrumbe y desmenuce, la fantasmal
        Hechicería de mundos, y que borre y apague,
        Asfixie y muera, la esotérica alquimia de cerebro,
        Y disperse a preantes, rancio caos de orden,
        Y libere ese enclaustrado ser, de hacer en hombre
        En la sola, omnipotente hasta deidad y única,
        Hora de amor, su hora.

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      Mon amour

        Tal vez en Hiroshima, tal vez nunca...

        Eres yo misma, yo soy tu nervio y tu dolor
        Sintiéndote; te pronuncio
        Con mi aliento, me nombras
        Con tu sangre.
        "Mon amour", tus manos,
        Déjame estar así, no estar, perderme,
        Sumergir, sucumbir, no ser,
        Soltarme,
        Una incoherente voluntad me arrastra
        Húmedo sitio de memoria, fijos
        Ojos de un gato negro,
        De improviso
        Fosforescentes como dos secretos
        Desnudados,
        Me miro,
        Sótano antiguo de tortura y hondo,
        Loca de hoguera y alarido
        Huyo,
        Quiebro mi imagen, quiebro mi pupila,
        Rompo mi espejo, mi presencia,
        Salto,
        Salvo todos los cercos, cruzo el viento
        Corto todos los campos, los veranos,
        Bebo todos los frutos,
        Me consumo, y me derramo a perdurar
        Veinte años.
        Fue una leyenda que guardé,

        Veinte años, en cada tramo de latido
        En cada pedacito de piel y de cabello.
        Irremediables de memoria juntos,
        Deja que salga a gritos de esta noche,
        Irresistible de ansiedad, me llevan
        Soy de aquello que calzo, que me viste,
        Cien potros vienen por su cuero,
        Huyo,
        Interminable corredor, paredes
        Exhalándose en puertas
        Imposibles y posibles
        Herméticas,
        Abiertas,
        Una pared me arroja hacia la otra,
        Inacabables de impiedad
        Me arrojan,
        Y recogen y juegan
        Al sollozo conmigo, y a la risa.
        Recortados del conjunto, solos
        Bajo la lupa,
        Expuestos,
        Quiero olvidar que existo,
        Que no podré dejar de padecerme,
        Y me renuevo y me desgasto y sigo.
        Alguien recoge mi silencio y grita,
        Quién, desde cuándo, dónde,
        Me acurruco;
        Ensayamos morir y no morimos,
        Nunca aprendimos a nacer y estamos
        Sin embargo naciendo
        Irremediables.
        Esta exótica forma de tu mundo
        Esta palabra occidental que sabes
        Aprendida de mi piel
        Tu cielo,
        Estas estrellas con que vas hablándome.
        Almendrados
        Ojos tristes, me intuyes,
        Hombros míos altivos,
        Te recuerdo.
        Alguien tuerce mi mano hasta arrancarme de mi grito.
        Y huyo,
        Y me persigo y huyo
        Calle arriba y abajo, y mi latido sobre la piedra
        Noche vacía, corro
        Sobre la llama,
        Corro,
        La detonada soledad, vacío,
        Mundo vacío, corro
        Y esta estridente oscuridad, te he visto
        En todos los descansos para piedad, te he visto.
        Quiero llorarte, "mon amour", protégeme,
        Desciende tu mansedumbre
        Sobre este vivo torbellino mío,
        Trázame
        Como una figura en tu cuartilla, bórrame... toco tu piel,
        Muerdo tu piel,
        Quiebro mis dientes en tu piel, la escucho.
        Dónde comienza una esperanza, cuándo
        Fue la primera vez que sollozamos.
        Duelo por alguien a quien no conozco, alguien duele por mí,
        Sin conocerme.
        Manos tuyas creándome y matándome;
        "Mon amour", tus manos,
        Cómo he llorado,
        Y cómo estoy llorando.

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      Permanencia

        Sopla, viento, sopla y arrasa, que también de ti
        Saco conciencia.
        En tu furia
        Mido mis fuerzas. Dóblame si puedes, y túmbame,
        Mi sostén es de acero.
        Yo estoy sobre la línea de las cosas
        Que no murieron nunca.
        Mi raíz emerge
        Desde el primer asomo del comienzo,
        Y brota y ensancha, y fructifica, y siembra,
        Hasta el negado fin del infinito.
        Brioso y perverso y desafiante y ciego,
        No borrarás la luz de mi paisaje,
        Ni el aroma del tiempo que me quiere.
        El canto de los pájaros
        Ha de prender corolas de colores, siempre,
        Y un recuerdo de nido
        Entibiará mis ramas.
        La luna te cortará las carnes para verme.
        Estoy sobre el regazo de la tierra,
        Bajo la cóncava mirada azul,
        Con mi sabida sangre,
        A un murmullo
        Del agua.
        Suéltate, desorbitado, atronador, deshecho,
        Por la ladera fácil,
        A querer romperme los oídos;
        Yo escucho con el corazón.
        Búscame, azota mi pensativa hora de preguntas,
        Castígame el silencio, enfríame las manos,
        Succióname la savia.
        Fatigarás tu furia hasta que caigas.
        Todos nosotros te derrotaremos; la gota de agua,
        El anuncio del pájaro
        Sobre la primavera,
        La sonrisa del niño, y la sencilla
        Calma de existencia.
        Raíz de tempestad, barre las caídas hojas,
        Y la inclinada brotación de miedo.
        Tu voluntad altiva de torcerme
        No quebrará mi línea,
        Respiro con las cosas que no murieron nunca.
        Soy de mí misma,
        Indestructible, mía, en vertical esencia,
        Y permanezco.

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      Plenitud

        Cúbreme con un abrazo de tierra y de gusanos.
        Con un abrazo ancho
        Que me envuelva por todos mis costados.
        Húndete en mi sangre, fúndete en mi carne,
        Hazte a mi piel, erízate conmigo,
        Extiéndete por todas las fibras de mi urdimbre,
        Y guárdate,
        Y quédate como el agua quieta debajo de los sauces.
        Plenitud
        Abierta al cielo, al aire, a las estrellas.
        Cúbreme con un abrazo de tierra y pasto tierno,
        Con toda la fuerza
        De todos los minutos asfixiados en la pausa desierta,
        De las horas vividas sin amor
        En esa feria,
        De cosas que se compran, de cosas que se venden,
        De cosas que se buscan, de cosas que se encuentran.
        Y mírate en mí, dentro de mí, y quédate y bésame
        Como el agua besa y muerde y penetra
        La ávida boca de la tierra seca, y bébeme,
        Y sofoca
        Con tu boca entera,
        Mi aliento y mi latido y mi memoria.
        Que ya no piense nada y que ya no recuerde,
        Y al fin que ya no sepa si eres tú quien me muerde,
        Si soy yo quien te besa.
        Enróscame a tus brazos, rama verde, y tórnate gusano,
        Y devora hasta el final mi médula.
        Devuélveme a la nada, a la quietud más quieta,
        Que la luz no me canse, que el viento no me mueva.
        Haz un surco en tus venas y siémbrame en la hondura
        De tu futura tierra.
        Mis raíces prendidas a tu sangre beben tu ser,
        Y tus espigas se devoran mi hambre.
        Filtrando por mi piel corre tu río
        Su frescura de paz bajo mi carne.

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      Pobreza a los diez años

        Toda mi angustia tuvo la forma de un zapato.
        De un zapatito roto, opaco, desclavado.
        El patio de la escuela... apenas tercer grado...
        Qué largo fue el recreo, el más largo el año.
        Yo sentía vergüenza de mostrar mi pobreza.
        Hubiera preferido tener rotas las piernas
        Y entero mi calzado. Y allí contra una puerta
        Recostada, mirando, me invadía el cansancio
        De ver cómo corrían los otros por el patio.

        Zapatos con cordones, zapatos con tirillas,
        Todos zapatos sanos. Me sentía en pecado
        Vencida y diminuta, mi corazón sangrando...
        Si supieran los hombres cuánto a los diez años
        Puede sufrir un niño por no tener zapatos...
        Qué anticipo de angustia. Todavía perdura
        Doliéndome el pasado. El patio de la escuela
        Y aquel recreo largo...

        Mi piececito trémulo, miedoso, acurrucado.
        Mi infancia entristecida, mi mundo derrumbado.
        Un pájaro sin alas, tendido al pie de un árbol.
        La pobreza no tiene perdón a los diez años.

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      Refugio

        Entonces,
        Ciega y sorda, me abrazo a la poesía.

        La aprieto contra el pecho,
        La muerdo, la trituro,
        Me prendo a sus dos manos,
        Hundo en ella mi grito,
        Me aniño en su regazo,
        Sollozo en sus rodillas,
        Y encuentro que me acoge
        Piadosa a su ternura,
        Se adhiere a mi tristeza,
        Me entrega
        Gota a gota, su sangre, me amamanta,
        Me acuna, me adormece,
        Y en sueños,
        Poesía madre, le elevo mi plegaria.

        "Sé lecho a mi cansancio,
        Sé sombra en este páramo amargo
        En que transito
        Volcando ya mis pasos.

        Sé el camino que busco, transvásame
        Tu esencia, conviérteme a tu imagen,
        Haz de mí, la elevada
        Poesía de poesía".

        Y caigo ya sin fuerzas
        De nuevo entre los hombres
        Que aplastan mis cenizas,
        En tanto me perdonan
        La culpa
        De ser mártir.

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      Salvados

        Necesito entonces,
        Adherirme a la tierra,
        Prematuramente, descalza por el campo,
        Sentándome en los troncos quebrados y caldos,
        Ya casi horizontales al sitio
        De sembrarme.

        Me duele esa piel ruda, vegetal, mal herida,
        Y deslizo despacio por ella
        Hasta la hierba.

        Mojo mis pies calientes en el polvo
        Cansado,
        Inevitablemente, me espero y me reclamo.

        Desmenuzo los fríos terrones
        Que me aguardan, los quiebro, los deshago
        Con fuerza,
        Con lujuria, tal vez hasta con saña;
        Seremos una misma sustancia,
        Antes lo fuimos.

        Siento a veces que llego
        Ya a ser la anticipada molécula, y el barro
        Latido que respira, me impulsa y me apresura;
        Me entrego y me apodero del frío,
        Y del silencio;
        Ya somos una sola vital e inerte estancia.

        Sucede que ahora llueve,
        Y el agua golpetea la cúpula del mundo,
        Me amparo y me descubro creyendo
        Estar a salvo, y estoy a salvo.

        Al cabo
        De siglos, me descifro:
        Mi suelo conmovido, presiente una angustiada
        Semilla
        Hacia un estío de nadas, germinando.

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      Salvaje

        Salvaje como el viento, y arisca,
        Y triste a veces
        Como un rezo a la muerte,
        Y otras veces dichosa, y transparente,
        Y otras veces turbia
        Como esos charcos donde nadie bebe.
        Naranja salvaje, verde agria,
        Y otras veces dulce,
        Roja por dentro
        Como tal vez fueran algunas
        De las que rezuman en el monte
        Y nadie prueba.
        Salvaje,
        Como mi cabello de batalla de insomnio,
        Como mis uñas mordidas como mis cejas rebeldes,
        Y otra vez tierna
        Con la voz ausente.
        Salvaje,
        Como la garra en la que estrujaría mi corazón
        Cuando se encierra en víscera.
        Como la despavorida coraza de la selva.
        Como el tigre en disentida mancha
        Tras la presa.
        Como el asombro de Adán
        Ante el rostro espiral de la tormenta.
        Como mi deseo si alguna vez se despertara
        Y no hallara la multitud en torno.
        Como el gozo que entrecierra mis ojos
        Y abre las puertas de mi grito de par en par.
        Como el dolor que me atraviesa
        Con sus crines mordidas por el fuego.
        Con el infinito miedo de mis noches
        Poblándose de monstruos.
        Como mi impulso frenético de golpear o besar,
        Y a veces recogida como un murmullo al sol,
        Y a veces abandonada
        Y a veces abandonada y quieta
        Como la certeza del amor,
        Y silenciosa,
        Como la alcoba de mis horas
        Entreabriendo furtiva a la sorpresa.
        Salvaje como mi audacia,
        Y otras veces miedosa y tímida y cubierta,
        Y otras veces
        Con la impudicia latiendo a flor de ropa.
        Salvaje
        Deshaciéndome de mí misma,
        Y aullando y resonándome despedazada y estremecida
        Y tensa entre el lino dormido de las sábanas.
        Fruta roída,
        Y otras veces intacta,
        Semilla, pulpa, zumo, toda guardándome
        Para la augusta nada.
        Naranja salvaje, verde, agria,
        Con dolor de colores en la cáscara,
        Y algunas veces dulce,
        Increíble
        Y algunas veces,
        Cuando nadie me prueba,
        Miel y lágrima.

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      Siendo

        Tú sabes
        Que estoy aquí a la altura
        De tu boca,
        A lo largo y a lo ancho de tu nervadura.
        Aguzada a tu rumbo, y siempre estando,
        Y siempre siendo,
        Y siempre anticipándome a tu búsqueda,
        Liberada y sujeta
        Cosa tuya.
        Tú sabes;
        Has medido la distancia,
        Que podrías tocarme con tu idea,
        Y empapar mi ternura
        Con tu lágrima.
        Que resuenas
        En el ámbito líquido
        Del golpe,
        Y que lates conmigo gota a gota.
        Que te extiendes más allá del contorno
        De mi vida,
        Contenida
        En el tiempo de tu órbita.
        Tú sabes
        Que me guardas
        Limitado mi mar a tus orillas,
        Evidencia
        Que bebes y que mojas
        Y que tiembla en mi espuma
        A tu caricia.
        Tú sabes todo.
        Razonas mi emoción como un teorema.
        Yo fluyo solamente,
        Sin ideas,
        Estoy aquí a la altura
        De tu boca,
        A lo largo, a lo ancho
        De tu nervadura,
        Siendo,
        Nada más que siendo
        Tuya.

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      Sueño que llueve

        Sueño que llueve y que me estás queriendo.
        Cielo en congoja, mi corazón deshace,
        Y deshaces con él; lluvia tú mismo
        Me transcurres lento;
        Yo me dejo llevar por los canales
        Inundados de hojas
        Y de pasos
        Y un crujido me llora desde el hueso.

        El mundo en selva
        De colores
        Viene
        A espejarme en nosotros, y a impregnarnos
        De misterio, de aroma y de raíces.

        A la vera de esta
        Irrealidad, palpita, un niño tibio
        Que indeciso arrima
        Con su barco de papel y quiere
        Navegar nuestra sangre.

        Sueño que llueve; acaso estés soñando
        A mi ritmo, y amándome,
        Y en tanto,
        Esta lluvia silente, tal vez sueñe
        Ser mujer, y sufrir.

        Ávido el suelo que la bebe sueña, quizás,
        Ser hombre y consumirla; ruedo
        Como una gota entre tus brazos, vuelco
        Sollozando tu nombre.

        Tú deslizas, compactado llanto, por mi cielo
        Y rompes; un deshacer unidos,
        Ya no somos, y despierto.
        Sin nosotros, y sin sí mismo, el sueño
        Se ha quedado soñando
        Ser la muerte.

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      Testimonio

        Vamos a morir de muerte natural;
        De esta muerte
        De estar amando al hombre,
        Y vamos a morir sobre su llanto.

        Sobre esta roca sola, pura roca,
        Bajo esta noche de mirar los sitios,
        Donde quedan sin hambre,
        Los sin trigo,
        Definitivamente ya saciados.

        Puestos todos en fila, con los ojos,
        Puro miedo y pregunta, detenidos
        En el tiempo, buscando ver.

        Oh, estrecho
        Mundo grande y hermético,
        Cerrado, sin ventanas, miseria
        Color cuervo.
        Sobre los huesos chiquitos
        Blancos,
        Del niño que soñó un día trigales,
        Los intuyó
        Del lado de abundancia,
        No del suyo,
        Del otro, donde nacen, viven
        Crecen, celebran
        Y disfrutan.

        Mundo miseria grande, sin salida,
        Sin manera de huir,
        Sin otra forma,
        De escapar de pobreza que muriéndose.
        Sobre esos huesos, chiquititos,
        Blancos, nos vamos a quedar,
        Y avergonzados.

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      > Tiemble tu corazón

        Tiemble tu corazón antes de hacerlo.
        Vas a juzgar
        No olvides, que hay un dolor de siglo
        En cada hombre,
        Y una causa anterior, a lo querido.
        Cuando pongas tu pesa en la balanza,
        Suma en piedra
        La parte que nos toca.
        Suma orgullo y desprecio y abandono,
        Suma rosas y pan
        Incompartido.
        Mira
        Que en cada una de tus sentencias pongas
        Tu señal de durar
        A signo limpio.
        Que tu sangre camine
        Gota
        A
        Gota,
        Decantada,
        Traslúcida, sin prisa,
        Que las culpas ajenas necesitan
        Un reposado espacio
        De medida.
        Guarda
        No olvidar a tu madre ni a tus hijos
        Cada vez que señales
        Un culpable,
        Ni olvidarte de Dios cuando castigas;
        Y perdona
        Si es que temes tener
        Que perdonarte.
        Suelta al fondo de ti
        Hasta la pura
        Contextura de sal que te contiene;
        Palpa
        El rostro
        Rugoso de la culpa,
        Muerde amarga condena, sufre rejas
        Y retorna
        Cuando sientas crecer
        Árbol de cuna
        Y poblarte piedad desde tus hojas.
        Funde razón a fuego
        De conciencia
        Duele el hombre que llevas, y medita;
        Bajo la toga, hay un hueso
        Que cruje la partida
        Y una carne final
        Que ya deshace.
        Vas a juzgar, ¡detente!
        Y cuando sepas
        Que la ley es aquello que tú lates
        Y que vas conformándote
        A minuto
        Propia génesis lenta de conducta,
        Y comprendas,
        En el filo más fino de tu duda,
        En la ultima hebra
        De certeza
        Que tu estrado es banquillo
        Y que te juzgan,
        Alza recién
        Desde el barro
        ¡Y juzga!

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      Tienes algo de montaña

        Tienes algo de montaña...
        A tu lado me he sentido leve y me he creído blanca.
        Sin reparo te he mostrado mis llagas
        Y a tu cumbre nevada a veces traje barro,
        Y hecha pedazos mi alma.
        Y he vuelto siempre limpia, y he vuelto siempre sana.

        Tienes algo de planta...
        Es tan fresca tu sombra y es tan calma
        La voz de tu follaje, y es tu raíz tan honda.
        Al rumor de tu savia, descansé mi fatiga
        Y adormecí mis ansias...

        Tienes algo de mar...
        Toda la majestuosa distancia del gigante de sal.
        Espuma y linfa, por magia de tu espejo
        Mi cara entristecida, se ha visto cristalina.
        Y cuando en hora perpleja llegué a tus orillas
        Tu verde voz me trajo de nuevo una olvidada
        Tibieza de regazo.
        Eres tan humano que no pareces hombre
        Tan majestuoso y blanco, tan fresco y tan hondo
        Que pareces montaña, planta, mar...
        Y aunque te asombre tan humano eres
        Que no pareces hombre.

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      Verano


    Hay arena y hay mar, y un horizonte
    Que podría tocarse
    Con las manos.
    Un instante canícula, vacío,
    Pescadores tan solo
    Que adivino
    Más allá de envoltura,
    Sal y espuma.
    Sin embargo, me circundan
    Palabras y señales.
    Voy en busca de mí; partí hace tiempo,
    Soy apenas,
    La pisada brumosa en la memoria
    De un distante hacedor
    Alto, trazando
    Nuevos seres, y nuevas borraduras.
    El sol viene a quererme;
    Siento, dentro,
    Ronronear mi pureza primitiva.
    Cae el párpado denso...
    Las palmeras
    Reiniciaron su juego para estar durmiendo.

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Yo no tengo la culpa

    Yo no tengo la culpa
    De amar tenaz la sombra de las cosas que fueron,
    Y sentir la impaciencia del misterio que ronda,
    Y vibrar la certeza de la luz que fulgura.
    Yo no tengo la culpa de quedarme conmigo
    En la hora del brindis, del laurel, de la espiga,
    En refugio de infancia, en retorno de escuela,
    En regreso a la tierna canción adormecida.
    Yo no tengo la culpa de sumarme a la noche,
    De soltarme en los techos en congoja de lluvia,
    De morir de vergüenza con aquel que se humilla,
    De quemarme en la fiebre mortal de los enfermos,
    De dolerme en las hojas pisoteadas de otoño,
    De gemir en las ramas de bramar con el viento.
    Yo no tengo la culpa de ser una partícula
    Del cuerpo de la pena,
    Del coraje, del sueño, del amor por la eterna
    Tristeza de los hombres.
    Sólo tengo la culpa
    De reunir en mis versos el dolor que rezuman
    Esas cosas amargas que remuerden y acusan,
    ¡De eso tengo la culpa!

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