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    Información biográfica

  1. Álamo blanco
  2. Anteprimavera
  3. Canción de invierno
  4. El poeta a caballo
  5. El viaje definitivo
  6. Estoy triste, y mis ojos no lloran
  7. Iba tocando mi flauta
  8. La rosa azul
  9. Las tardes de enero
  10. Lluvia de otoño
  11. Nocturno
  12. Nostalgia
  13. ¡Qué tristeza de olor a jazmín!
  14. ¿Remordimiento?
  15. Reproches
  16. Rosas mustias de cada día
  17. Tal como estabas
  18. Te deshojé como una rosa
  19. Trascielo del cielo azul
  20. Otoño
  21. Yo no soy yo
  22. VI (De Jardines Lejanos)



  23. Información biográfica

      Nombre: Juan Ramón Jiménez Mantecón
      Lugar y fecha nacimiento: Moguer, Huelva (España), 23 de diciembre de 1881 
      Lugar y fecha defunción: San Juan (Puerto Rico), 29 de mayo de 1958 (76 años)
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      Álamo blanco
        Arriba canta el pájaro y abajo canta el agua.
        (Arriba y abajo, se me abre el alma.)
        Entre dos melodías la columna de plata.
        Hoja, pájaro, estrella; baja flor, raíz, agua.
        Entre dos conmociones la columna de plata.
        (Y tú, tronco ideal, entre mi alma y mi alma.)
        Mece a la estrella el trino, la onda a la flor baja.
        (Abajo y arriba, me tiembla el alma.)
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      Anteprimavera
        Llueve sobre el río...
        El agua estremece
        Los fragantes juncos
        De la orilla verde...
        ¡Ay, qué ansioso olor
        A pétalo frío!
        Llueve sobre el río...
        Mi barca parece
        Mi sueño, en un vago
        Mundo. ¡Orilla verde!
        ¡Ay, barca sin junco!
        ¡Ay, corazón frío!
        Llueve sobre el río...
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      Canción de invierno
        Cantan. Cantan.
        ¿Dónde cantan los pájaros que cantan?
        Ha llovido. Aún las ramas
        Están sin hojas nuevas. Cantan. Cantan
        Los pájaros. ¿En dónde cantan
        Los pájaros que cantan?
        No tengo pájaros en jaulas.
        No hay niños que los vendan. Cantan.
        El valle está muy lejos. Nada...
        Yo no sé dónde cantan
        Los pájaros -cantan, cantan-
        Los pájaros que cantan.
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      El poeta a caballo
        ¡Qué tranquilidad violeta,
        Por el sendero, a la tarde!
        A caballo va el poeta...
        ¡Qué tranquilidad violeta!
        La dulce brisa del río,
        Olorosa a junco y agua,
        Le refresca el señorío...
        La brisa leve del río...
        A caballo va el poeta...
        ¡Qué tranquilidad violeta!
        Y el corazón se le pierde,
        Doliente y embalsamado,
        En la madreselva verde...
        Y el corazón se le pierde...
        A caballo va el poeta...
        ¡Qué tranquilidad violeta!
        Se esté la orilla dorando...
        El último pensamiento
        Del sol la deja soñando...
        Se está la orilla dorando...
        ¡Qué tranquilidad violeta,
        Por el sendero, a la tarde!
        A caballo va el poeta...
        ¡Qué tranquilidad violeta!
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      El viaje definitivo
        Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros cantando;
        Y se quedará mi huerto con su verde árbol,
        Y con su pozo blanco.
        Todas las tardes el cielo será azul y plácido;
        Y tocarán, como esta tarde están tocando,
        Las campanas del campanario.
        Se morirán aquellos que me amaron;
        Y el pueblo se hará nuevo cada año;
        Y en el rincón de aquel mi huerto florido y encalado,
        Mi espíritu errará, nostalgico.
        Y yo me iré; y estaré solo, sin hogar, sin árbol
        Verde, sin pozo blanco,
        Sin cielo azul y plácido...
        Y se quedarán los pájaros cantando.
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        Estoy triste, y mis ojos no lloran
          Estoy triste, y mis ojos no lloran
          Y no quiero los besos de nadie;
          Mi mirada serena se pierde
          En el fondo callado del parque.
          ¿Para qué he de soñar en amores
          Si está oscura y lluviosa la tarde
          Y no vienen suspiros ni aromas
          En las rondas tranquilas del aire?
          Han sonado las horas dormidas;
          Está solo el inmenso paisaje;
          Ya se han ido los lentos rebaños;
          Flota el humo en los pobres hogares.
          Al cerrar mi ventana a la sombra,
          Una estrena brilló en los cristales;
          Estoy triste, mis ojos no lloran,
          ¡Ya no quiero los besos de nadie!
          Soñaré con mi infancia: es la hora
          De los niños dormidos; mi madre
          Me mecía en su tibio regazo,
          Al amor de sus ojos radiantes;
          Y al vibrar la amorosa campana
          De la ermita perdida en el valle,
          Se entreabrían mis ojos rendidos
          Al misterio sin luz de la tarde...
          Es la esquila; ha sonado. La esquila
          Ha sonado en la paz de los aires;
          Sus cadencias dan llanto a estos ojos
          Que no quieren los besos de nadie.
          ¡Que mis lágrimas corran! Ya hay flores,
          Ya hay fragancias y cantos; si alguien
          Ha soñado en mis besos, que venga
          De su plácido ensueño a besarme.
          Y mis lágrimas corren... No vienen...
          ¿Quién irá por el triste paisaje?
          Sólo suena en el largo silencio
          La campana que tocan los ángeles.
        Arriba

        Iba tocando mi flauta
          Iba tocando mi flauta
          A lo largo de la orilla;
          Y la orilla era un reguero
          De amarillas margaritas.
          El campo cristaleaba
          Tras el temblor de la brisa;
          Para escucharme mejor
          El agua se detenía.
          Notas van y notas vienen,
          La tarde fragante y lírica
          Iba, a compás de mi música,
          Dorando sus fantasías,
          Y a mi alrededor volaba,
          En el agua y en la brisa,
          Un enjambre doble de
          Mariposas amarillas.
          La ladera era de miel,
          De oro encendido la viña,
          De oro vago el raso leve
          Del jaral de flores níveas;
          Allá donde el claro arroyo
          Da en el río, se entreabría
          Un ocaso de esplendores
          sobre el agua vespertina...
          Mi flauta con sol lloraba
          A lo largo de la orilla;
          Atrás quedaba un reguero
          De amarillas margaritas...
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        La rosa azul
          ¡Qué goce triste este de hacer todas las cosas como ella las hacía!
          Se me torna celeste la mano, me contagio de otra poesía
          Y las rosas de olor, que pongo como ella las ponía, exaltan su color;
          Y los bellos cojínes, que pongo como ella los ponía, florecen sus jardines;
          Y si pongo mi mano -como ella la ponía- en el negro piano,
          Surge como en un piano muy lejano, más honda la diaria melodía.
          ¡Qué goce triste este de hacer todas las cosas como ella las hacía!
          Me inclino a los cristales del balcón, con un gesto de ella
          Y parece que el pobre corazón no está solo.
          Miro al jardín de la tarde, como ella,
          Y el suspiro y la estrella se funden en romántica armonía.
          ¡Qué goce triste este de hacer todas las cosas como ella las hacía!
          Dolorido y con flores, voy, como un héroe de poesía mía.
          Por los desiertos corredores que despertaba ella con su blanco paso,
          Y mis pies son de raso -¡oh! Ausencia hueca y fría!-
          Y mis pisadas dejan resplandores.
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        Las tardes de enero
          Va cayendo la noche: La bruma
          Ha bajado a los montes el cielo:
          Una lluvia menuda y monótona
          Humedece los árboles secos.
          El rumor de sus gotas penetra
          Hasta el fondo sagrado del pecho,
          Donde el alma, dulcísima, esconde
          Su perfume de amor y recuerdos.
          ¡Cómo cae la bruma en en alma!
          ¡Qué tristeza de vagos misterios
          En sus nieblas heladas esconden
          Esas tardes sin sol ni luceros!
          En las tardes de rosas y brisas
          Los dolores se olvidan, riendo,
          Y las penas glaciales se ocultan
          Tras los ojos radiantes de fuego.
          Cuando el frío desciende a la tierra,
          Inundando las frentes de invierno,
          Se reflejan las almas marchitas
          A través de los pálidos cuerpos.
          Y hay un algo de pena insondable
          En los ojos sin lumbre del cielo,
          Y las largas miradas se pierden
          En la nada sin fe de los sueños.
          La nostalgia, tristísima, arroja
          En las almas su amargo silencio,
          Y los niños se duermen soñando
          Con ladrones y lobos hambrientos.
          Los jardines se mueren de frío;
          En sus largos caminos desiertos
          No hay rosales cubiertos de rosas,
          No hay sonrisas, suspiros ni besos.
          ¡Cómo cae la bruma en el alma
          Perfumada de amor y recuerdos!
          ¡Cuántas almas se van de la vida
          Estas tardes sin sol ni luceros!
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        Lluvia de otoño
          (Llueve, llueve dulcemente...)
          ... El agua lava la yedra;
          Rompe el agua verdinegra;
          El agua lava la piedra...
          Y en mi corazón ardiente,
          Llueve, llueve dulcemente.
          Esté el horizonte triste;
          ¿el paisaje ya no existe?;
          un día rosa persiste
          en el pálido poniente...
          Llueve, llueve dulcemente.
          Mi frente cae en mi mano
          ¡Ni una mujer, ni un hermano!
          ¡Mi juventud pasa en vano!
          -Mi mano deja mi frente...-
          ¡Llueve, llueve dulcemente!
          ¡Tarde, llueve; tarde, llora;
          que, aunque hubiera un sol de aurora
          no llegará mi hora
          luminosa y floreciente!
          ¡Llueve, llora dulcemente!
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          Nocturno
            A G. Martínez Sierra
            Aún soñaba en las dulzuras de esta tarde.
            Estoy solo; mis amores están lejos;
            Y mi alma que se muere de tristeza,
            De nostalgia y de recuerdos,
            Se sumía fatigada
            En la bruma de los sueños.
            Esta tarde han florecido
            Los vergeles de los cielos;
            Los crepúsculos pasados fueron grises
            Cual monótonos crepúsculos de invierno.
            Esta tarde renació la primavera:
            Los velados horizontes descubrieron
            Sus aldeas indecisas;
            Hubo rosas y violetas en lo azul del firmamento,
            Hubo magia fabulosa de colores y de esencias;
            Fue un crepúsculo de aquellos
            De las dulces primaveras que mi alma
            Ve vagar en sus recuerdos.
            En la nada flotó un algo de profundas transparencias
            Y los giros de las brisas, un momento
            Dibujáronse temblando;
            Una onda ensombrecía los misterios
            De la tarde...
            En el cielo religioso
            Las estrellas del crepúsculo entreabrieron;
            Y mi alma se perdió en la vaga bruma
            De los últimos jardines melancólicos y quietos...
            Aún soñaba en las dulzuras de esta tarde.
            Estoy solo; mis amores están lejos.
            He entreabierto mi balcón:
            Por oriente ya la luna va naciendo;
            Las fragantes madreselvas
            Dan al aire de la noche las unciones de sus frescos
            Y balsámicos perfumes;
            Están tristes los luceros.
            En mi oído vibra el ritmo de las voces que se aman.
            Me da horror de estar a solas con mi cuerpo...
            El silencio me contagia;
            Estoy mudo... en mis labios no hay acentos...
            Me parece que no hay nadie sobre el mundo,
            Me parece que mi cuerpo
            se agiganta; siento frío, tengo fiebre,
            En la sombra me amenazan mil espectros...
            He sentido que la vida se ha apagado
            Sólo viven los latidos de mi pecho:
            Es que el mundo está en mi alma;
            Las ciudades son ensueños...
            Sólo turba la quietud solemne y honda
            El temblor de los diamantes de los cielos.
            Estoy solo con mi alma
            Que se muere de tristeza, de nostalgia y de recuerdos.
            ¿A quién cuento mis pesares?
            Me da miedo de turbar este silencio
            Con sollozos. ¡Si escuchara algún suspiro!
            ¡Mis amores están lejos!
            Por los árboles henchidos de negruras
            Hay terrores de unos monstruos soñolientos,
            De culebras colosales arrolladas
            Y alacranes gigantescos;
            Y parece que del fondo de las sendas
            Unos hombres enlutados van saliendo...
            Los jardines están llenos de visiones;
            Hay visiones en mi alma... siento frío,
            Estoy solo, tengo sueño...
            Los recuerdos se amontonan en mi mente,
            Los suavísimos recuerdos
            De las tardes que me dieron sus colores,
            Sus esencias y sus besos.
            ¡Son tan dulces esas tardes de la tierra!,
            (¡Ah, las tardes de los cielos!)
            Ya la luna amarillenta
            Va subiendo.
            Mis pupilas, anegadas por el llanto,
            Se han cuajado de luceros.
            Siento frío... ¡Quién pudiera
            Dormitar eternamente en su ensueño,
            Olvidarse de la tierra
            Y perderse en lo infinito de los cielos!
            Llega un aire perfumado, caen mis lágrimas;
            Estoy solo; mis amores están lejos...
          Arriba

          Nostalgia
            Al fin nos hallaremos. Las temblorosas manos
            Apretarán, suaves, la dicha conseguida,
            Por un sendero solo, muy lejos de los vanos
            Cuidados que ahora inquietan la fe de nuestra vida.
            Las ramas de los sauces mojados y amarillos
            Nos rozarán las frentes. En la arena perlada,
            Verbenas llenas de agua, de cálices sencillos,
            Ornarán la indolente paz de nuestra pisada.
            Mi brazo rodeará tu mimosa cintura,
            Tú dejarás caer en mi hombro tu cabeza,
            ¡Y el ideal vendrá entre la tarde pura,
            A envolver nuestro amor en su eterna belleza!
          Arriba

          Otoño
            Esparce octubre, al blando movimiento
            Del sur, las hojas áureas y las rojas,
            Y, en la caída clara de sus hojas,
            Se lleva al infinito el pensamiento.
            Qué noble paz en este alejamiento
            De todo; oh prado bello que deshojas
            Tus flores; oh agua fría ya, que mojas
            Con tu cristal estremecido el viento.
            ¡Encantamiento de oro! Cárcel pura,
            En que el cuerpo, hecho alma, se enternece,
            Echado en el verdor de una colina.
            En una decadencia de hermosura,
            La vida se desnuda, y resplandece
            La excelsitud de su verdad divina.
          Arriba

          ¡Qué tristeza de olor a jazmín!
            ¡Qué tristeza de olor de jazmín! El verano
            Torna a encender las calles y a oscurecer las casas,
            Y, en las noches, regueros descendidos de estrellas
            Pesan sobre los ojos cargados de nostalgia.
            En los balcones, a las altas horas, siguen
            Blancas mujeres mudas, que parecen fantasmas;
            El río manda, a veces, una cansada brisa,
            El ocaso, una música imposible y romántica.
            La penumbra reluce de suspiros; el mundo
            Se viene, en un olvido mágico, a flor de alma;
            Y se cogen libélulas con las manos caídas,
            Y, entre constelaciones, la alta luna se estanca.
            ¡Qué tristeza de olor de jazmín! Los pianos
            Están abiertos; hay en todas partes miradas
            Calientes... Por el fondo de cada sombra azul,
            Se esfuma una visión apasionada y lánguida.
          Arriba

          ¿Remordimiento?
            La tarde será un sueño de colores...
            Tu fantástica risa de oro y plata
            Derramará en la gracia de las flores
            Su leve y cristalina catarata.
            Tu cuerpo, ya sin mis amantes huellas,
            Errará por los grises olivares,
            Cuando la brisa mueva las estrellas
            Allá sobre la calma de los mares...
            ¡Sí, tú, tú misma...! Irás por los caminos
            Y el naciente rosado de la luna
            Te evocará, subiendo entre los pinos,
            Mis tardes de pasión y de fortuna.
            Y mirarás, en pálido embeleso,
            Sombras en pena, ronda de martirios,
            Allí donde el amor, beso tras beso,
            Fue como un agua plácida entre lirios...
            ¡Agua, beso que no dejó una gota
            Para el retorno de la primavera;
            Música sin sentido, seca y rota;
            Pájaro muerto en lírica pradera!
            ¡Te sentirás, tal vez, dulce, transida,
            Y verás, al pasar, en un abismo
            Al que pobló las frondas de tu vida
            De flores de ilusión y de lirismo!
          Arriba

          Reproches
            Como el cansancio se abandona al sueño
            Así mi vida a ti se confiaba...
            Cuando estaba en tus brazos, dulce sueño,
            Te quería dejar... y no acababa...
            Y no acababa... ¡Y tú te desasiste,
            Sorda y ciega a mi llanto y a mi anhelo,
            Y me dejaste desolado y triste,
            Cual un campo sin flores y sin cielo!
            ¿Por qué huiste de mí? ¡Ay quién supiera
            Componer una rosa deshojada;
            Ver de nuevo, en la aurora verdadera,
            La realidad de la ilusión soñada!
            ¿A dónde te llevaste, negro viento,
            Entre las hojas secas de la vida,
            Aquel nido de paz y sentimiento
            Que gorjeaba al alba estremecida?
            ¿En qué jardín, de qué rincón, de dónde
            Rosalearán aquellas manos bellas?
            ¿Cuál es la mano pérfida que esconde
            Los senos de celindas y de estrellas?
            ¡Ay quién pudiera hacer que el sueño fuese
            La vida! ¡Que esta vida fría y vana
            Que me anega de sombra, fuera ese
            Sueño que desbarata mi mañana!
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            Rosas mustias de cada día
              Todas la rosas blancas de la luna caían,
              Por la ventana abierta, en el cuerpo desnudo...
              Mirando aquellas carnes blandas que florecían,
              Hundido entre mis sueños, yo estaba absorto y mudo.
              ¡Oh su sexo con luna! ¡Esencia indefinible
              De su sexo con luna! Hervían los blancores
              De la carne, y el rostro, perdido en lo invisible
              De la penumbra, lánguido, cerraba sus colores.
              Era el enervamiento del dolor... Y cual una
              Rosa de treinta años, opulenta y desierta,
              El cuerpo blanco se elevaba hacia la luna
              Frío, espectral, azul, como una pompa muerta...
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            Tal como estabas
              En el recuerdo estás tal como estabas.
              Mi conciencia ya era esta conciencia,
              Pero yo estaba triste, siempre triste,
              Porque aún mi presencia no era la semejante
              De esta final conciencia.
              Entre aquellos geranios, bajo aquel limón,
              Junto a aquel pozo, con aquella niña,
              Tu luz estaba allí, dios deseante;
              Tú estabas a mi lado,
              Dios deseado,
              Pero no habías entrado todavía en mí.
              El sol, el azul, el oro eran,
              Como la luna y las estrellas,
              Tu chispear y tu coloración completa,
              Pero yo no podía cogerte con tu esencia,
              La esencia se me iba
              (Como la mariposa de la forma)
              Porque la forma estaba en mí
              Y al correr tras lo otro la dejaba;
              Tanto, tan fiel que la llevaba,
              Que no me parecía lo que era.
              Y hoy, así, sin yo saber por qué,
              La tengo entera, entera.
              No sé qué día fue ni con qué luz
              Vino a un jardín, tal vez, casa, mar, monte,
              Y vi que era mi nombre sin mi nombre,
              Sin mi sombra, mi nombre,
              El nombre que yo tuve antes de ser
              Oculto en este ser que me cansaba,
              Porque no era este ser que hoy he fijado
              (Que pude no fijar)
              Para todo el futuro iluminado
              Iluminante,
              Dios deseado y deseante.
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            Te deshojé como una rosa
              Te deshojé, como una rosa,
              Para verte tu alma,
              Y no la vi.
              Mas todo en torno
              -Horizontes de tierras y de mares-,
              Todo, hasta el infinito,
              Se colmó de una esencia
              Inmensa y viva.
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            Trascielo del cielo azul
              ¡Qué miedo el azul del cielo!
              ¡Negro!
              ¡Negro de día, en agosto!
              ¡Qué miedo!
              ¡Qué espanto en la siesta azul!
              ¡Negro!
              ¡Negro en las rosas y el río!
              ¡Qué miedo!
              ¡Negro, de día, en mí tierra
              -¡Negro!-
              Sobre las paredes blancas!
              ¡Qué miedo!
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            Yo no soy yo
              Soy este
              Que va a mi lado sin yo verlo;
              Que, a veces, voy a ver,
              Y que, a veces, olvido.
              El que calla, sereno, cuando hablo,
              El que perdona, dulce, cuando odio,
              El que pasea por donde no estoy,
              El que quedará en pie cuando yo muera.
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            VI (De Jardines Lejanos)
              No hay sol; el cielo de invierno
              Es de bruma y nubes blancas;
              Sólo hay un raso celeste
              Sobre la saraucarias.
              La avenida abre su sueño
              Llena de mujeres pálidas...
              Los vientos están jugando
              Con las sedas perfumadas.
              Hay caricias como rosas
              En la lívida mañana;
              La carne en flor da el perfume
              Que han perdido las acacias.
              Es un pecado discreto,
              Es una carne cristiana
              Que va a misa, con un lirio
              Entre rosas deshojadas;
              Carne que nunca podrá
              Sobre la dulce frescura
              De las espaldas románticas...
              En la mañana galante
              Rezan a Dios las campanas;
              Desde dentro están llamando
              Los corazones en gracia.
              ¡Fondos de oro, con albores
              Floreados, con fragancia
              De purezas sin latido,
              Con dulzura de gargantas!
              Pero el cielo gris ha puesto
              Muy rosas todas las almas
              Y tiende rasos celestes
              Sobre las araucarias...
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