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    Información biográfica

  1. Después de la victoria
  2. Duerme
  3. En la noche callada
  4. La tumba de Belisario
  5. La tumba del soldado
  6. Las hadas
  7. Río Moro
  8. Soñé
  9. Ten piedad de mí
  10. Ve, pensamiento




  11. Información biográfica

      Nombre: Jorge Ricardo Isaacs Ferrer
      Lugar y fecha nacimiento: Cali (República de la Nueva Granada), 1 de abril de 1837
      Lugar y fecha defunción: Ibagué (Colombia), 17 de abril de 1895 (58 años)

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      Después de la victoria

        I

        Con albas ropas, lívida, impalpable,
        En alta noche se acercó a mi lecho:
        Estremecido, la esperé en los brazos;
        Inmóvil, sorda, me miró en silencio.

        Hirióme su mirada negra y fría...
        Sentí en la frente como helado aliento;
        Y las manos de mármol en mis sienes,
        A los míos juntó sus labios yertos.

        II

        La hoguera del vivac agonizante:
        Olor de sangre... Fatigados duermen:
        Infla las lonas de la tienda el viento:
        De centinelas, voces a los lejos...

        ¡Largo vivir!... ¡La gloria!... ¿Quién laureles
        Y caricias tendrá para mí en premio?
        ¿Gloria sin ti?... ¡Dichosos los que yacen
        En la llanura ensangrentada muertos!

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      Duerme

        -No duermas, suplicante me decía escúchame... despierta-.
        Cuando haciendo cojín de su regazo,
        Soñándome besarla, me dormía.

        Más tarde, ¡horror! En convulsivo abrazo
        La oprimí al corazón... rígida y yerta!
        En vano la besé –no sonreía;
        En vano la llamaba –no me oía;
        ¡La llamo en su sepulcro y no despierta!

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      En la noche callada

        ¡Ay, cuántas veces en las lentas horas
        De la noche callada, antes que el sueño
        Venga a cerrar mis párpados, recorre
        Mi memoria tenaz los bellos días
        De lloros y de risas infantiles
        A que siguieron tan hermosos años!
        Sus palabras de amor entonces oigo,
        Sus votos de constancia... no cumplidos,
        Y vuelvo a ver la luz de esa mirada
        Que hundióse en el Ocaso de la vida
        Para ya no lucir... ¡ay, para siempre!
        ¡Ay! Cuántas veces los amigos caros
        Al corazón desde la infancia unidos,
        Que ya no existen... mi memoria evoca,
        Y hallo en torno de mí sólo sus tumbas,
        A do bajaron, como al soplo frío
        Del invierno, las hojas macilentas...
        Imagínome entonces que recorro
        Un salón de banquete ya desierto,
        Do algunas luces oscilando mueren...
        Donde se ven aquí y allá dispersas
        Las guirnaldas marchitas... Lo han dejado
        Todos, excepto yo; y así en la vida
        ¡Ay, cuántas veces me contemplo solo!

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      La tumba de Belisario

        ¡Y dejamos su tumba para siempre
        En el jaral de la marina selva,
        Sola con los mugidos de los vientos
        Y el fragor de la mar en la ribera!
        Aquel postrer adiós que no responden
        Los mudos labios ni las manos yertas,
        Ahogó mis sollozos... y la fosa
        Lentamente colmó la extraña tierra.
        Después, envueltos en nocturnas sombras,
        Infló el terral las temblorosas velas,
        Y al fulgor de los pálidos relámpagos
        Hicimos rumbo hacia la mar inmensa.
        ¡Cómo responden al gemir del alma
        Ecos y gritos de las olas negras
        Que al viento arrojan sus penachos níveos
        Y en las rompientes iracundas truenan!
        ¡Cuán distantes las cumbres de los montes
        En los albores de la luna llena!
        ¡Qué lejano el desierto pavoroso
        Donde su tumba solitaria queda!
        ¡Compañero leal, valiente amigo!
        ¿Qué dar en galardón y recompensa
        De tu heroico y terrible sacrificio
        A los seres amados que te esperan?
        Ahora ostentará plácida noche.

        En las verdes llanuras del Combeima
        La veste salpicada de vampiros,
        Su nimbo azul de fúlgidas estrellas.
        Las brisas jugarán en los follajes
        Que tu cabaña en el otero cercan...
        Allí del hijo amado hablan gozosos...
        Son sus pasos... Es él, que salvo llega...
        Y duermes ya en la tumba que te dimos
        En el jaral de la marina selva,
        Sólo con los mugidos de los vientos
        Y el retumbo del mar en la ribera.

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      La tumba del soldado

        El vencedor ejército la cumbre
        Salvó de la montaña,
        Y en el ya solitario campamento
        Que de vívida luz la tarde baña,
        Del negro terranova,
        Compañero jovial del regimiento
        Resuenan los aullidos
        Por los ecos del valle repetidos.
        Llora sobre la tumba del soldado,
        Y bajo aquella cruz de tosco leño
        Lame el césped aún ensangrentado
        Y aguarda el fin de tan profundo sueño.
        Meses después, los buitres de la sierra
        Rondaban todavía
        El valle, campo de batalla un día.
        Las cruces de las tumbas ya por tierra...
        Ni un recuerdo ni un nombre...
        Oh no: sobre la tumba del soldado,
        Del negro terranova
        Cesaron los aullidos,
        Mas del noble animal allí han quedado
        Los huesos sobre el césped esparcidos.

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      Las hadas

        Soñé vagar por bosques de palmeras
        Cuyos blondos plumajes, al hundir
        Su disco el Sol en las lejanas sierras,
        Cruzaban resplandores de rubí.

        Del terso lago se tiñó de rosa
        La superficie límpida y azul,
        Y a sus orillas garzas y palomas
        Posábanse en los sauces y bambús.

        Muda la tarde ante la noche muda
        Las gasas de su manto recogió;
        Del indo mar dormido en las espumas
        La luna hallóla y a sus pies el sol.

        Ven conmigo a vagar bajo las selvas
        Donde las Hadas templan mi laúd;
        Ellas me han dicho que conmigo sueñas,
        Que me harán inmortal si me amas tú.

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      Río Moro

        Tu incesante rumor vine escuchando
        Desde la cumbre de lejana sierra;
        Los ecos de los montes repetían
        Tu trueno en sus recónditas cavernas.
        Juzgué por ellos tu raudal, fingíme
        Tras vaporoso velo tu belleza,
        Y ya sobre tu espuma suspendido,
        Gozo en ahogar mi voz en tu bramido.
        ¡Qué mísera ficción! Quizá en mis sueños
        He recorrido tus hermosas playas,
        En esas horas en que el cuerpo muere
        Y adora a Dios en su creación el alma;
        Que sólo dejan en la mente débil
        Pálidas tintas y memorias vagas
        Pero te encuentro grande y majestuoso,
        Rey ponderado del desierto hermoso.
        Bajo el techo de musgos y de pancas,
        Abrigo del viajero solitario,
        El rudo y fatigoso movimiento
        De tus ondas veloces contemplando,
        Del fondo de las selvas me traían
        Las auras tus perfumes ignorados,
        Mezcla del azahar y del canelo,
        Gratos aromas de mi patrio suelo.
        Entonces una lágrima rebelde
        Humedeció mi pálida mejilla,
        Dulce como esas que a los ojos piden
        Caros recuerdos de felices días
        Elocuente, si hay lágrimas que encierren
        La historia dolorosa de una vida;
        Aquí llevóla indiferente el río,
        Murió como las gotas de rocío.
        Eres hermoso en tu furor: del monte
        Lanzado en tu carrera tortuosa,
        Vas sacudiendo la melena cana
        Que los peñascos de granito azota;
        Y detenido, de coraje tiemblas,
        Columpiando al pasar la selva añosa.
        Las nieblas del abismo son tu aliento
        Que en leyes copos despedaza el viento.
        ¿De dó vienes así desconocido
        Con tu lujo y misterios? ¿Gente indiana
        Hacia el Oriente tus orillas puebla
        En verdes bosques y llanuras vastas,
        Cuyo límite azul borran las nubes
        Que en el confín del horizonte vagan?
        Dime, ¿esas tribus que do naces moran,
        Viven felices o miseria lloran?
        Pienso que a orillas del raudal velado
        Por grupos de jazmines y palmeras,
        Púdica virgen de esmeraldas ciñe
        Su negra y abundante cabellera;
        Y acaso el homicidio sangre humana
        A los cristales de tus linfas mezcla,
        Y al odio y al amor indiferente
        Confunde sus despojos tu corriente.
        Vi al pescador de los lejanos valles
        Tus peñas escalando silencioso,
        La guarida buscando de la nutria
        Y el pez luciente con escamas de oro
        Contóme hazañas de su vida errante
        Sentado de mi hoguera sobre el tronco;
        Le vi dormir el sueño de la cuna,
        Y envidié su inocencia y su fortuna.
        La fúnebre viragua repetía
        Sus trinos que saludan al invierno,
        Y luces de topacio y de diamante
        Te daba del relámpago el reflejo;
        En las cavernas tu rumor ahogando
        Tristes gemidos modulaba el viento
        Así admiré tu pompa y hermosura
        Entre las sombras de la noche oscura.
        Viajero de regiones ignoradas,
        ¡Ay! Ni una sola de tus ondas crespas
        A encontrar volveré, ni de mis pasos
        En tus orillas durará la huella.
        Más celosa que el tiempo que convierte
        Ricas ciudades en llanuras yermas,
        Guarda Natura su secreto al hombre
        Y do escribirle osó, borra su nombre.
        Como burbujas en tu manto llevas,
        Irán los soles sobre ti pasando,
        Y te hallarán los de futuros siglos
        Como hoy- undoso, trasparente y raudo.
        No existirá ni la ceniza entonces
        De mí, que rey de la creación me llamo,
        Y si guarda mi nombre el mármol frío,
        Lo hollará con desdén el hombre impío.
        Más felices las flores de tu orilla,
        Nacen, al aire su perfume exhalan,
        Marchitas ya, se mecen en la espuma,
        Y mil, más bellas, sus capullos rasgan
        Más felices tus ondas, al Océano
        Van a gemir en extranjeras playas;
        Y yo con mi ambición pobre y proscrito,
        De mi raza... infeliz purgo el delito.

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      Soñé

        He soñado feliz que a tu morada
        Llévome en alta noche amor vehemente;
        Creí aspirar el delicioso ambiente
        De moribunda lámpara velada.

        Sobre muelles cojines reclinada,
        Dormir fingías voluptuosamente,
        Los cabellos de ébano reluciente
        Sobre el níveo ropaje destrenzaba.

        Trémulo de emoción, tus labios rojos
        Oprimí con mis labios abrasados...
        Pudorosa y amante sonreíste;

        No bajes, por piedad, los dulces ojos,
        Brillen por el placer iluminadas
        Haciendo alegre mi existencia triste.

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      Ten piedad de mí

        ¡Señor! Si en sus miradas encendiste
        Este fuego inmortal que me devora
        Y en su boca fragante y seductora
        Sonrisas de tus ángeles pusiste;

        Si de tez de azucena la vestiste
        Y negros bucles; si su voz canora,
        De los sueños de mi alma arrulladora,
        Ni a las palomas de tu selva diste,

        Perdona el gran dolor de mi agonía
        Y déjame también buscar olvido
        En las tinieblas de la tumba fría.

        Olvidarla en la tierra no he podido.
        ¿Cómo esperar podré si ya no es mía?
        ¿Cómo vivir, Señor, si la he perdido?

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      Ve, pensamiento

        Como las brisas
        De aroma llenas
        De aquellas tardes
        Siempre tan bellas,
        Que ora doliente
        Mi alma recuerda,
        Ve, pensamiento,
        Ve libre y vuela
        Por los collados
        Y las florestas
        Donde pasara
        Mi edad primera.
        En las montañas
        Hay azucenas,
        ¡Ay! ¡Que no nacen
        Ya para ella!
        Como a las cumbres
        Volubles nieblas
        Las matutinas
        Auras elevan,
        Ve, pensamiento,
        Ve libre y vuela
        Por do en cascadas
        El Zabaletas
        Baja formando
        Húmedas vegas.
        Ve, pensamiento,
        Ve libre y vuela
        Por los jardines
        Do amante espíela;
        Do en las auroras,
        De rosas frescas
        Llenar su falda
        La vi risueña...
        ¡Edén perdido!
        ¡Santa inocencia!
        ¡Ángel de un día
        Sobre la tierra!
        Ve, pensamiento,
        Ve libre y vuela,
        Como los vientos
        Que el césped riegan
        Con azahares
        Y rosas muertas...
        ¡Que ya no adornan
        Sus negras trenzas!
        Mi hogar ruinoso
        Cárabos pueblan:
        Por las techumbres
        Rotas, penetra
        Luz de la luna,
        Luz macilenta...
        Como los cierzos
        En noches negras
        Sobre esos muros
        Gimen y vuelan,
        Despedazando
        Su airón de hiedras,
        Ve, pensamiento,
        Ve libre y vuela
        Sobre el sepulcro
        Do la maleza
        Cubre la losa
        Ya cenicienta
        Que sollozantes
        Mis labios besan.
        Llama en su tumba,
        Llama en la puerta
        Que en mi camino
        La muerte cierra;
        Mas si a tus ruegos
        Sorda la encuentras...
        Dolor que matas,
        ¡Bendito seas!

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