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    Información biográfica

  1. A la memoria de Josefina
  2. Anarkos
  3. Cigüeñas blancas
  4. Ella
  5. En un álbum
  6. Esfinge
  7. Hay un instante
  8. Las dos Cabezas
  9. Leyendo a Silva
  10. Los camellos
  11. Palemón el Estilita
  12. Pigmalión
  13. Que te amé, sin rival, tú lo supiste
  14. San Antonio y el Centauro




  15. Información biográfica

      Nombre: Guillermo Valencia Castillo
      Lugar y fecha nacimiento: Popayán (Colombia), 20 de octubre de 1873
      Lugar y fecha defunción: Popayán (Colombia), 8 de julio de 1943 (69 años)

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      A la memoria de Josefina

        I

        De lo que fue un amor, una dulzura
        Sin par, hecha de ensueño y de alegría,
        Sólo ha quedado la ceniza fría
        Que retiene esta pálida envoltura.
        La orquídea de fantástica hermosura,
        La mariposa en su policromía
        Rindieron su fragancia y gallardía
        Al hado que fijó mi desventura.
        Sobre el olvido mi recuerdo impera;
        De su sepulcro mi dolor la arranca;
        Mi fe la cita, mi pasión la espera,
        Y la vuelvo a la luz, con esa franca
        Sonrisa matinal de primavera:
        ¡Noble, modesta, cariñosa y blanca!

        II

        Que te amé, sin rival, tú lo supiste
        Y lo sabe el Señor; nunca se liga
        La errátil hiedra a la floresta amiga
        Como se unió tu ser a mi alma triste.
        En mi memoria tu vivir persiste
        Con el dulce rumor de una cantiga,
        Y la nostalgia de tu amor mitiga
        Mi duelo, que al olvido se resiste.
        Diáfano manantial que no se agota,
        Vives en mí, y a mi aridez austera
        Tu frescura se mezcla, gota a gota.
        Tú fuiste a mi desierto la palmera,
        A mi piélago amargo, la gaviota,
        ¡Y sólo morirás cuando yo muera!

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      Anarkos

        De todo lo escrito amo solamente lo que
        El hombre escribió con su propia sangre.
        Escribe con sangre y aprenderás que la
        Sangre es espíritu.
        Federico Nietzsche.

        En el umbral de la polvosa puerta
        Sucia la piel y el cuerpo entumecido,
        He visto, al rayo de una luz incierta,
        Un perro melancólico, dormido.
        ¿En qué sueña? Tal vez árida fiebre
        Cual un espino sus entrañas hinca
        O le finge los pasos de una liebre
        Que ante sus ojos descuidada brinca.
        Y cuando el alba sobre el Orbe mudo
        Como un ave de luz se despereza,
        Ese perro nostálgico y lanudo
        Sacude soñoliento la cabeza
        Y se echa a andar por la fragosa vía,
        Con su ceño de inválido mendigo,
        Mientras mueren las ráfagas del día
        Para tornar a su fangoso abrigo.
        Hundido en la cloaca
        La agita con sus manos temblorosas,
        Y de esa tumba miserable, saca
        Tiras de piel, cadáveres de cosas.
        Entretanto, felices compañeros
        Sobre la falda azul de las princesas
        Y en las manos de nobles caballeros
        Comparten el deleite de las mesas;
        Ciñen collares de valioso broche,
        Y en las gélidas horas de la noche
        Tienen calor, en tanto que el proscrito
        Que va sin dueño entre el humano enjambre,
        Tropieza con el tósigo maldito
        Creyendo ahogar el hambre,
        Y en las hondas fatigas del veneno
        Echado sobre el polvo se estremece,
        Fatídico temblor le turba el seno,
        Y con el ojo tímido, saltado,
        Sobre la tierra sin piedad, fallece.
        Todos vuelven la faz, nadie le toca:
        Al bardo sólo que a su lado pasa,
        Atedia la frescura de su boca
        "Donde nítidos dientes
        Se enfilan como perlas refulgentes"...

        Mísero can, hermano
        De los parias, tú inicias la cadena
        De los que pisan el erial humano
        Roídos por el cáncer de su pena;
        Es su cansancio igual a tu fatiga;
        Como tú se acurrucan en los quicios
        O piden paz, sin una mano amiga,
        Al silencio de oscuros precipicios.
        Son los siervos del pan: fecunda horda
        Que llena el mundo de vencidos. Llama
        Ávida de lamer. Tormenta sorda
        Que sobre el Orbe enloquecido brama.
        Y son sus hijos pálidas legiones
        De espectros que en la noche de sus cuevas,
        Al ritmo de sus tristes corazones
        Viven soñando con auroras nuevas
        De un sol de amor en mística alborada,
        Y, sin que llegue la mentida crisis,
        En medio de su mísera nidada
        ¡Los degüellan las ráfagas de tisis!

        Los mudos socavones de las minas
        Se tragan en falanges los obreros
        Que, suspendidos sobre abismo loco,
        Semejan golondrinas
        Posadas en fantásticos aleros.
        Con luz fosforescente de cocuyos,
        Trémula y amarilla,
        Perfora oscuridad su lamparilla;
        Sobre vertiginosos voladeros
        Acometen olímpicos trabajos,
        Y en tintas de carbón ennegrecidos,
        Se clavan en los fríos agujeros,
        Como un pueblo infeliz de escarabajos
        A taladrar los árboles podridos.
        Sus manos desgarradas
        Vierten sangre; sarcástica retumba
        La voz en la recóndita huronera:
        Allí fue su vivir; allí su tumba
        Les abrirá la bárbara cantera
        Que inmóvil, dura, sus alientos gasta,
        O frenética y ciega y bruta y sorda
        Con sus olas de piedra los aplasta.

        El minero jadeante
        Mira saltar la chispa de diamante
        Que años después envidiará su hija,
        Cuando triste y hambrienta y haraposa,
        La mejilla más blanca que una rosa
        Blanca, y el ojo con azul ojera,
        Se pare a remirarla, codiciosa,
        Al través de una diáfana vidriera,
        Do mágicos joyeles
        En rubias sedas y olorosas pieles
        Fulgen: piedras de trémulos cambiantes,
        Ligadas por artistas
        En cintillos: rubíes y amatistas,
        Zafiros y brillantes,
        La perla oscura y el topacio gualda,
        Y en su mórbido estuche de rojizo peluche,
        Como vivo retoño, la esmeralda.
        La joven, pensativa,
        Sus ojos clava, de un azul intenso,
        En las joyas, cautiva
        De algo que duerme entre el tesoro inmenso
        No es la codicia sórdida que labra
        El pecho de los viles:
        Es que la dicen mística palabra
        Las gemas que tallaron los buriles:
        Ellas proclaman la fatiga ignota
        De los mineros; acosada estirpe
        Que sobre recio pedernal se agota,
        Destrozada la faz, el alma rota,
        Sin un caudillo que su mal extirpe:

        El diamante es el lloro
        De la raza minera
        En los antros más hondos de la hullera:

        ¡Loor a los valientes campeones
        Que vertieron sus lágrimas
        Entre los socavones!

        Es el rubí la sangre de los héroes que, en épicas faenas,
        Tiñeron el filón con el desangre
        Que hurtó la vida a sus hinchadas venas:

        ¡Loor a los valientes campeones
        Que perdieron sus vidas
        Entre los socavones!

        El zafiro recuerda
        A los trabajadores de las simas
        El último jirón de cielo puro
        Que vieron al mecerse de la cuerda
        Que los bajaba al laberinto oscuro:

        ¡Loor a los sepultos campeones
        Que no verán ya el cielo
        Entre los socavones!

        Y el topacio de tinte amarillento
        Es recóndita ira
        Y concreciones de dolor; lamento
        Que entre el callado boquerón expira;

        ¡Loor a los cautivos campeones
        Que como fieras rugen
        Entre los socavones!

        La joven pordiosera
        Huyó.

        ¿Que formidable vocerío
        Pasa volando por el azul esfera,
        Con el lejano murmurar de un río?
        Es una turba de profetas. Vienen
        Al aire desplegando los pendones
        Color de cielo; sus cabezas tienen
        Profusas cabelleras de leones.
        En sus labios marchitos se adivina
        El himno, la oración y la blasfemia;
        Llama febril sus ojos ilumina
        De sacros resplandores;
        Pálidos como el rostro de la Anemia,
        Llegaron ya: son los conquistadores
        Del Ideal: ¡dad paso a la bohemia!
        Ebrios todos de un vino luminoso
        Que no beben los bárbaros, y envueltos
        En andrajos, son almas de coloso,
        Que treparán a la impasible altura
        Donde afilan sus hojas los laureles
        Conque ciñes de olímpica verdura
        En tu vasto proscenio
        A los ungidos de tu Crisma, ¡oh Genio!
        Aquel muestra su aljaba
        De combate, repleta de pinceles;
        El otro vibra, como ruda clava,
        Un cuadrado amartillo y dos cinceles;
        Se interrogan, se dicen sus proyectos
        De obras que dejarán eternos rasgos;
        Aunque sean insectos,
        El mármol y el pincel los harán astros.
        Un escultor ofrece
        Pulir la piedra como fino encaje
        Para velar un seno que florece
        Bajo la tenue morbidez del traje;
        Aquése de fosfórica pupila,
        Que las del gato iguala,
        Discurre sólo en actitud tranquila
        Con el azul cuaderno bajo el ala,
        Y el bardo decadente,
        El bardo mártir que suscita mofas,
        Levantará la frente,
        Alto nido de férvidas estrofas,
        Y de sus labios, que el reír no alegra,
        Brotará el pensamiento
        Como un águila negra,
        Con las alas enormes
        Desplegadas al viento,
        Para cantar la Venus Victoriosa
        Cuya violenta juventud encarne
        El espíritu alegre de la diosa
        En las melancolías de la carne.

        El músico, doblando la cabeza
        Sobre la débil caja
        De su violín sonoro,
        Dice la voz que de los cielos baja
        Como un perfume del jardín de oro,
        Y, agarrando del cuello enflaquecido
        Al tísico instrumento,
        Lo hace gritar con trágico alarido;
        Y con ahogados trémolos simula
        El sollozo de un mártir que se queja
        Bajo el negro dogal que lo estrangula:
        Y sobre todos flota,
        Como un sueño de amor en la noche larga,
        La paz del arte que su duelo embota
        Y su llagado corazón embarga.

        Desventurada tribu
        De miserables, vuestro ensueño vano
        Vuela solo entre sombras como vuelan
        Las grullas en las noches de verano.
        Esa lumbre asesina de los focos
        Que doran las soberbias capitales,
        Arderá vuestras frentes inmortales
        Y vuestras alas de zafir, ¡oh locos!
        Sin pan, ni amor, ni gruta
        Donde dormir vuestras febriles horas,
        Sucumbís a la bárbara cadena,
        Sin más visión que la chafada ruta
        Que os empuja a los légamos del Sena...
        ¡Canes, mineros, artistas,
        El árido recinto que os encierra
        Consume vuestros míseros despojos;
        Y en el agrio Sahara de la tierra
        Sólo hallasteis el agua... de los ojos!
        Huid como una banda tenebrosa
        De pájaros nocturnos que entre ramas
        Hienden la oscuridad sin voz ni huella;
        Morid: ¡para vosotros
        No se despierta el día
        Ni se columpia en el Zenit la estrella
        Que llamaron los hombres Alegría!
        Cuan lejos de vosotros se levanta,
        Sobre columnas de marfil bruñido,
        La ciudad de los Amos, donde canta
        Su canto de ventura
        El gozo entre las almas escondido.
        Allí todos olvidan
        Vuestra angustia. Los árboles no dejan
        -De silencio cargados y de flores-
        Llegar, de los vencidos que se quejan,
        El treno funeral de sus dolores;
        Allí, cual un torrente
        Que dé sus ondas a dormidas charcas,
        Resbala fríamente
        Con ruido sonoro
        El oro, a los abismos de las arcas.
        Allí las sedas crujen
        Como crujen las carnes sacudidas
        Por las fieras: son fieras que no rugen
        Los seres sin piedad. Ved como pasa
        Sobre el marmóreo suelo,
        Con su capa de pieles la hembra dura
        Cual un oso gigante sobre hielo.
        ¿Por qué se abren sus ojos
        Desmesuradamente?
        ¡Ah! Si es que apunta con fulgores rojos
        El astro de la sangre por Oriente.
        Bajo el odio del viento y de la lluvia
        Por la frígida estepa se adelantan
        Los domadores de la Bestia rubia:
        Ya los perros sarnosos
        Se tornaron chacales. De ira ciego
        El minero de ayer se precipita
        Sobre los tronos. Un airado fuego
        Entre sus manos trémulas palpita,
        Y sorda a la niñez, al llanto, al ruego,
        ¡Ruge la tempestad de dinamita!
        ¡Son los hijos de Anarkos! Su mirada,
        Con reverberaciones de locura,
        Evoca ruinas y predice males:
        Parecen tigres de la Selva oscura
        Con nostalgias de víctima y juncales.
        El furioso caer de sus piquetas
        En trizas torna la vetusta arcada
        Que erigieron al Bien nuestros mayores;
        Y por la red de las enormes grietas
        Va filtrando, con tintes de alborada,
        Un sol de juventud sus resplandores.

        Aquél un arma ruda
        Pide, que parta huesos y que exprima
        El verbo de la cólera; filuda
        Por el trabajo, recogió su lima
        De fatigado obrero,
        Y bajo el golpe de Lucheni, ¡muda
        Cayó la Emperatriz como un cordero!

        Pini, Vaillant, Caserio y Angiolillo,
        Vuestro valor ante la muerte espanta;
        Negros emperadores del cuchillo,
        Que rendís la garganta
        Como débil mendrugo
        A las ávidas fauces del verdugo;
        De duques y barones
        No circundó plegada muselina
        Vuestros cuellos. Allí donde culmina
        El dorado listón de los toisones
        Os dio la guillotina
        Su mordisco glacial: vendimiadora
        Que la tez y las almas descolora.

        Aún parece vibrar en mis oídos
        La voz de Emile Henry: ya bajo el hacha
        Iba la a rodar su juvenil cabeza,
        Como la flor al soplo de la racha,
        Y exclamó: "Germinal",
        Y de su herida
        Corrió una fuente de licor sagrado
        Que bautizó la historia dolorida
        De los siervos, con óleo ensangrentado.
        Y ese fue dulce al comenzar; renuevo
        De razas de alto nombre.
        ¿Quién me dirá si un huevo
        Son de torcaz o víbora? La mente
        No sabe leer lo que en el tiempo asoma:
        El hombre, como el huevo,
        En nidos de dolor será serpiente,
        ¡En nidos de piedad será paloma!

        Por dondequiera que mi ser camine
        Anarkos va, que todo lo deslustra;
        ¡Un rito secular que no decline
        Ante el puño brutal de Bakunine,
        Y el heraldo feroz de Zarathustra!

        No puede ser que vivan en la arena
        Los hombres como púgiles; la vida
        Es una fuente para todos llena;
        Id a beber, esclavos sin cadena;
        Potentado, ¡tu siervo te convida!
        ¡Nada escuchan! Los pobres, a la jaula
        De la miseria se resisten fieros,
        Y con brazo de adustos domadores
        Y el ojo sin ternura, ¡los enjaula
        La codicia sin fin de los señores!

        ¿Quién los conciliará? Tibios reflejos
        De una luz paternal y vespertina
        Visten de claridad el linde vago:
        Es que el Patriarca de los Ritos viejos,
        De sapiencia cubierto, se avecina,
        Con la nerviosa palidez de un mago.
        Es flaco y débil: su figura finge
        Lo espiritual; el cuerpo es una rama
        Donde canta su espíritu de Esfinge;
        Y su sangre, la llama
        Que los miembros cansados transparenta;
        De su nariz el lóbulo movible
        Aspira lo invisible,
        Son sus patricias manos una garra
        Febril y amarillenta
        Es de los griegos la gentil cigarra
        ¡Que con mirar el éter se alimenta!
        Impalpable se irgue -melancólico espectro-
        Y de la cuerda blanca
        A su místico plectro
        La melodía arranca.
        Impalpable se irgue;
        Hay algo de felino
        En su trémula marcha,
        Hay mucho de divino
        En la nítida escarcha
        Que su cabeza orea.
        Cruza sin otras galas
        Que la túnica nívea
        Que semeja las alas
        Rotas de un genio de celeste coro,
        Y sobre el pecho una
        Cruz de pálido oro.
        Alza el brazo. La Europa
        Lo aguarda como a antiguo caballero,
        Debajo de una bóveda de acero;
        Calla sus labios la soberbia tropa
        De esclavos y señores:
        El Pontífice augusto
        Trae el bálsamo santo que redime,
        Y calma la batalla de panteras;
        Revalúa lo justo;
        Ya va a decir el símbolo sublime...
        Y de sus labios tiernos
        Salió, como relámpago imprevisto,
        A impulso de los hálitos eternos
        Esta sola palabra: "Jesucristo".

      Arriba

      Cigüeñas blancas

        De cigüeñas la tímida bandada,
        Recogiendo las alas blandamente,
        Pasó sobre la torre abandonada,
        A la luz del crepúsculo muriente;

        Hora en que el Mago de feliz paleta
        Vierte bajo la cúpula radiante
        Pálidos tintes de fugaz violeta
        Que riza con su soplo el aura errante.

        Esas aves me inquietan; en el alma
        Reconstruyen mis rotas alegrías;
        Evocan en mi espíritu la calma,
        La augusta calma de mejores días.

        Afrenta la negrura de sus ojos
        Al abenuz de tonos encendidos,
        Y van los picos de matices rojos
        A sus gargantas de alabastro unidos.

        Vago signo de mística tristeza
        Es el perfil de su sedoso flanco
        Que evoca, cuando al sol se despereza,
        Las lentas agonías de lo Blanco.

        Con la veste de mágica blancura,
        Con el talle de lánguido diseño,
        Semeja en el espacio su figura
        El pálido estandarte del Ensueño.

        Y si, huyendo la garra que la asecha,
        El ala encoge, la cabeza extiende,
        Parece un arco de rojiza flecha
        Que oculta mano en el espacio tiende.

        A los fulgores de sidérea lumbre,
        En el vaivén de su cansado vuelo,
        Fingen, bajo la cóncava techumbre,
        Bacantes del azul ebrias de cielo...

      Arriba

      Ella

        Sumida entre la lóbrega cantera
        De mi cerebro calcinado, pura
        Como el diamante en el carbón, fulgura
        Su faz como la vi por vez primera.

        Y, cual rendido lapidario, espera
        Mi amor, ciña la humilde vestidura
        En que hoy envuelvo su ideal figura
        De artista, de mujer y de hechicera.

        Si algo palpita en mi poema, gota
        De agua en el arenal, si deja huella
        O consigue ligar un alma rota;

        Si desgarra las sombras la centella
        De un verso -luz que en el olvido flota,
        Es su lejana irradiación: ¡es Ella!

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      En un álbum

        Hay Damas que nacieron para mostrarse un día
        Ceñidas en coronas de lírico florón;
        Para vivir tus sueños, gentil Caballería,
        En brazos de un mancebo de golas y toisón:

        Nacieron bajo el astro de la Galantería
        A perfumar un siglo, como la Maintenon,
        O ennoblecer su tribu con la raza bravía
        Que mancha de cien águilas el oro de un blasón.

        Hay manos que pudieran regir con áureas bridas
        El cisne que conduce las almas elegidas,
        ¡Por lagos perezosos, a olímpico País!

        Hay dedos que transforman cuanto palpan sus yemas:
        En gemas los guijarros, las prosas en poemas,
        ¡Y la flor de los trivios en heráldico Lis!

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      Esfinge

        A.M.G.

        Todo en ti me conturba y todo en ti me engaña,
        Desde tu boca, donde la pasión se adivina
        Que empurpura los pétalos de esa rosa felina,
        Hasta la rubia movilidad de tu pestaña.

        Todo en ti me es adverso, tu sonrisa me daña
        Como un hechizo, y en tu plática divina
        Por un campo de flores la falacia camina
        Fríamente cual una ponzoñosa alimaña.

        Con tu rostro de mártir eres una venganza.
        Tus manecitas estrangularon mi esperanza,
        Y es tu flor un eufobio semioculto entre tules.

        Tu lámpara alimentan alas de mariposa,
        Arda en ella este verso que me inspiró tu prosa:
        ¡Eres una mentira con los ojos azules!

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      Hay un instante

        Hay un instante del crepúsculo
        En que las cosas brillan más,
        Fugaz momento palpitante
        De una morosa intensidad.

        Se aterciopelan los ramajes,
        Pulen las torres su perfil,
        Burila un ave su silueta
        Sobre el plafondo de zafir.

        Muda la tarde, se concentra
        Para el olvido de la luz,
        Y la penetra un don suave
        De melancólica quietud,

        Como si el orbe recogiese
        Todo su bien y su beldad,
        Toda su fe, toda su gracia
        Contra la sombra que vendrá...

        Mi ser florece en esa hora
        De misterioso florecer;
        Llevo un crepúsculo en el alma,
        De ensoñadora placidez;

        En él revientan los renuevos
        De la ilusión primaveral,
        Y en él me embriago con aromas
        De algún jardín que hay ¡más allá!...

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      Las dos Cabezas

        Omnis plaga tristitia cordis est et
        Omnis malitia, nequitia mulieris.
        El Eclesiástico

        Judith y Holofernes (Tesis)

        Blancos senos, redondos y desnudos, que al paso
        De la hebrea se mueven bajo el ritmo sonoro
        De las ajorcas rubias y los cintillos de oro,
        Vivaces como estrellas sobre la tez de raso.

        Su boca, dos jacintos en indecible vaso,
        Da la sutil esencia de la voz. Un tesoro
        De miel hincha la pulpa de sus carnes. El lloro
        No dio nunca a esa faz languideces de ocaso.

        Yacente sobre un lecho de sándalo, el Asirio
        Reposa fatigado, melancólico cirio
        Los objetos alarga y proyecta en la alfombra.

        Y ella, mientras reposa la bélica falange
        Muda, impasible, sola, y escondido el alfanje,
        Para el trágico golpe se recata en la sombra.

        ***

        Y ágil tigre que salta de tupida maleza,
        Se lanzó la israelita sobre el héroe dormido,
        Y de doble mandoble, sin robarle un gemido,
        Del atlético tronco desgajó la cabeza.

        Como de ánforas rotas, con urgida presteza,
        Desbordó en oleadas el carmín encendido,
        Y de un lago de púrpura y de sueño y de olvido,
        Recogió la homicida la pujante cabeza.
        En el ojo apagado, las mejillas y el cuello,
        De la barba, en sortijas, al ungido cabello
        Se apiñaban las sombras en siniestro derroche

        Sobre el lívido tajo de color de granada...
        Y fingía la negra cabeza destroncada
        Una lúbrica rosa del jardín de la noche.

        ***

        Salomé y Joakanann (Antítesis)

        Con un aire maligno de mujer y serpiente,
        Cruza en rápidos giros Salomé la gitana
        Al compás de los crótalos. De su carne lozana
        Vuela equívoco aroma que satura el ambiente.

        Danza todas las danzas que ha tejido el Oriente:
        Las que prenden hogueras en la sangre liviana
        Y a las plantas deshojan de la déspota humana
        O la flor de la vida, o la flor de la mente.

        Inyectados los ojos, con la faz amarilla,
        El caduco Tetrarca se lanzó de su silla
        Tras la hermosa, gimiendo con febril arrebato:

        "Por la miel de tus besos te daré Tiberiades,"
        Y ella dícele: "En cambio de tus muertas ciudades,
        Dame a ver la cabeza del Esenio en un plato."

        ***

        Como viento que cierra con raquítico arbusto,
        En el viejo magnate la pasión se desata,
        Y al guiñar de los ojos, el esclavo que mata
        Apercibe el acero con su brazo robusto.

        Y hubo grave silencio cuando el cuello del Justo,
        Suelto en cálido arroyo de fugaz escarlata,
        Ofrecieron a Antipas en el plato de plata
        Que él tendió a la sirena con medroso disgusto.

        Una lumbre que viene de lejano infinito
        Da a las sienes del mártir y a su labio marchito
        La blancura llorosa de cansado lucero.

        Y -del mar de la muerte melancólica espuma-
        La cabeza sin sangre del esenio se esfuma
        En las nubes de mirra de sutil pebetero.

        ***

        La palabra de Dios (Síntesis)

        Cuando vio mi poema Jonatás el Rabino
        (El espíritu y carne de la bíblica ciencia),
        Con la risa en los labios me explicó la sentencia
        Que soltó la Paloma sobre el Texto divino.

        Nunca pruebes, me dijo, del licor femenino,
        Que es licor de mandrágoras y destila demencia;
        Si lo bebes, al punto morirá tu conciencia,
        Volarán tus canciones, errarás el camino.

        Y agregó: "Lo que ahora vas a oír no te asombre:
        La mujer es el viejo enemigo del hombre;
        Sus cabellos de llama son cometas de espanto.

        Ella libra la tierra del amante vicioso,
        Y Ella calma la angustia de su sed de reposo
        Con el jugo que vierten las heridas del santo".

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      Leyendo a Silva

        Vestía traje suelto de recamado biso En voluptuosos pliegues de un color indeciso, Y en el diván tendida, de rojo terciopelo, Sus manos, como vivas parásitas de hielo,

        Sostenían un libro de corte fino y largo, Un libro de poemas delicioso y amargo. De aquellos dedos pálidos la tibia yema blanda Rozaba tenuemente con el papel de Holanda

        Por cuyas blancas hojas vagaron los pinceles De los más refinados discípulos de Apeles: Era un lindo manojo que en sus claros lucía Los sueños más audaces de la Crisografía:

        Sus cuerpos de serpiente dilatan las mayúsculas Que desde el ancho margen acechan las minúsculas, O trazan por los bordes caminos plateados Los lentos caracoles, babosos y cansados.

        Para el poema heroico se veía allí la espada Con un león por puño y contera labrada, Donde evocó las formas del ciclo legendario Con sus torres y grifos un pincel lapidario.

        Allí la dama gótica de rectilínea cara Partida por las rejas de la viñeta rara; Allí las hadas tristes de la pasión excelsa: La férvida Eloísa, la suspirada Elsa.

        Allí los metros raros de musicales timbres: Ya móviles y largos como jugosos mimbres, Ya diáfanos, que visten la idea levemente Como las albas guijas un río trasparente

        Allí la vida llora y la muerte sonríe Y el tedio, como un ácido, corazones deslíe... Allí, cual casto grupo de núbiles Citeres, Cruzaban en silencio figuras de mujeres

        Que vivieron sus vidas, invioladas y solas Como la espuma virgen que circunda las olas: La rusa de ojos cálidos y de bruno cabello, Pasó con sus pinceles de marta y de camello,

        La que robó al piano en las veladas frías Parejas voladoras de blancas armonías Que fueron por los vientos perdiéndose una a una Mientras, envuelta en sombras, se atristaba la luna...

        Aquesa, el pie desnudo, gira como una sombra Que sin hacer ruido pisara por la alfombra De un templo... y como el ave que ciega el astro diurno Con miradas nictálopes ilumina el Nocturno

        Do al fatigado beso de las vibrantes clines Un aire triste y vago preludian dos violines...

        ***

        La luna, como un nimbo de Dios, desde el Oriente Dibuja sobre el llano la forma evanescente De un lánguido mancebo que el tardo paso guía Domo buscando un alma, por la pampa vacía.

        Busca a su hermana; un día la negra Segadora Sobre la mies que el beso primaveral enflora— Abatiendo sus alas, sus alas de murciélago, Hirió a la virgen pálida sobre el dorado piélago,

        Que cayó como un trigo... Amiguitas llorosas La vistieron de lirios, la ciñeron de rosas; Céfiro de las tumbas, un bardo israelita Le cantó cantos tristes de la raza maldita

        A ella, que en su lecho de gasas y de blondas, Se asemejaba a Ofelia mecida por las ondas: Por ella va buscando su hermano entre las brumas, De unas alitas rotas las desprendidas plumas,

        Y por ella... "Pasemos esta doliente hoja Que mi ser atormenta, que mi sueño acongoja", Dijo entre sí la dama del recamado biso En voluptuosos pliegues, de color indeciso,

        Y prosiguió del libro las hojas volteando, Que ensalza en áureas rimas de son calino y blando Los perfumes de oriente, los vívidos rubíes Y los joyeros mórbidos de sedas carmesíes.

        Leyó versos que guardan como gastados ecos De voces muertas; cantos a ramilletes secos Que hacen crujir, al tacto, cálices inodoros; Metros que reproducen los gemebundos coros

        De las locas campanas que en el día de difuntos Despiertan con sus voces los muertos cejijuntos Lanzados en racimos entre las sepulturas A beberse la sombra de sus noches oscuras...

        ***

        ... Y en el diván tendida, de rojo terciopelo, Sus manos, como vivas parásitas de hielo, Doblaron lentamente la página postrera Que, en gris, mostraba un cuervo sobre una calavera...

        Y se quedó pensando, pensando en la amargura Que acendran muchas almas; pensando en la figura Del bardo, que en la calma de una noche sombría, Puso fin al poema de su melancolía:

        Exangüe como un mármol de la dorada Atenas, Herido como un púgil de itálicas arenas, Unión la faz de un Numen dulcemente atediado A la ideal belleza del estigmatizado...

        Ambicionar las túnicas que modelaba Grecia, Y los desnudos senos de la gentil Lutecia; Pedir en copas de ónix el ático nepentes; Querer ceñir en lauros las pensativas frentes;

        Ansiar para los triunfos el hacha de un Arminio; Buscar para los goces el oro del triclinio; Amando los detalles, odiar el universo; Sacrificar un mundo para pulir un verso;

        Querer remos de águila y garras de leones Con qué domar los vientos y herir los corazones; Para gustar lo exótico que el ánimo idolatra Esconder entre flores el áspid de Cleopatra;

        Seguir los ideales en pos de Don Quijote Que en el azul divaga de su rocín al trote; Esperar en la noche las trémulas escalas Que arrebaten ligeras a las etéreas salas;

        Oír los mudos ecos que pueblan los santuarios, Amar las hostias blancas; amar los incensarios (Poetas que diluyen en el espacio inmenso Sus ritmos perfumados de vagaroso incienso);

        Sentir en el espíritu brisas primaverales Ante los viejos monjes y los rojos misales; Tener la frente en llamas y los pies entre lodo; Querer sentirlo, verlo y adivinarlo todo:

        Eso fuiste, ¡oh poeta! Los labios de tu herida Blasfeman de los hombres, blasfeman de la vida, Modulan el gemido de las desesperanzas, ¡Oh místico sediento que en el raudal te lanzas!

        ***

        ¡Oh Señor Jesucristo! Por tu herida del pecho ¡Perdónalo! ¡Perdónalo! Desciende hasta su lecho De piedra a despertarlo! Con tus manos divinas Enjuga de su sangre las ondas purpurinas...

        Pensó mucho: sus páginas suelen robar la calma; Sintió mucho: sus versos saben partir el alma; ¡Amó mucho! Circulan ráfagas de misterio Entre los negros pinos del blanco cementerio...

        ***

        No manchará su lápida epitafio doliente: Tallad un verso en ella, pagano y decadente, Digno del fresco Adonis en muerte de Afrodita: Un verso como el hálito de una rosa marchita, Que llore su caída, que cante su belleza, Que cifre sus ensueños, ¡que diga su tristeza!...

        ***

        ¡Amor! Dice la dama del recamado biso En voluptuosos pliegues de color indeciso; ¡Dolor! Dijo el poeta: los labios de su herida Blasfeman de los hombres, blasfeman de la vida,

        Modulan el gemido de la desesperanza; Fue el místico sediento que en el raudal se lanza; Su muerte fue la muerte de una lánguida anémona, Se evaporó su vida como la de Desdémona;

        Ebrio del vino amargo con que el dolor embriaga Y a los fulgores trémulos de un cirio que se apaga... ¡Así rindió su aliento, bajo un sitial de seda, El último nacido del viejo Cisne y Leda!...

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      Los camellos

        Lo triste es así...
        Peter Altenberg

        Dos lánguidos camellos, de elásticas cervices,
        De verdes ojos claros y piel sedosa y rubia,
        Los cuellos recogidos, hinchadas las narices,
        A grandes pasos miden un arenal de Nubia.

        Alzaron la cabeza para orientarse, y luego
        El soñoliento avance de sus vellosas piernas
        —Bajo el rojizo dombo de aquel cénit de fuego—
        Pararon silenciosos, al pie de las cisternas...

        Un lustro apenas cargan bajo el azul magnífico,
        Y ya sus ojos quema la fiebre del tormento;
        Tal vez leyeron, sabios, borroso jeroglífico
        Perdido entre las ruinas de infausto monumento.

        Vagando taciturnos por la dormida alfombra,
        Cuando cierra los ojos el moribundo día,
        Bajo la virgen negra que los llevó en la sombra,
        Copiaron el desfile de la Melancolía...

        Son hijos del desierto: prestóles la palmera
        Un largo cuello móvil que sus vaivenes finge,
        Y en sus marchitos rostros que esculpe la Quimera
        ¡Sopló cansancio eterno la boca de la Esfinge!

        Dijeron las Pirámides que el viejo sol rescalda:
        "Amamos la fatiga con inquietud secreta..."
        Y vieron desde entonces correr sobre su espalda,
        Tallada en carne viva, su triangular silueta.

        Los átomos de oro que el torbellino esparce
        Quisieron en sus giros ser grácil vestidura,
        Y unidos en collares por invisible engarce
        Vistieron del giboso la escuálida figura...

        Todo el fastidio, toda la fiebre, toda el hambre,
        La sed sin agua, el yermo sin hembras, los despojos
        De caravanas... huesos en blanquecino enjambre...
        Todo en el cerco bulle de sus dolientes ojos.

        Ni las sutiles mirras, ni las leonadas pieles,
        Ni las volubles palmas que riegan sombra amiga,
        Ni el ruido sonoro de claros cascabeles
        Alegran las miradas del rey de la fatiga.

        ¡Bebed dolor en ellas, flautistas de Bizancio,
        Que amáis pulir el dáctilo al son de las cadenas;
        Sólo esos ojos pueden deciros el cansancio
        De un mundo que agoniza sin sangre entre las venas!

        ¡Oh, artistas! ¡Oh, camellos de la llanura vasta
        Que vais llevando a cuestas el sacro monolito!
        ¡Tristes de esfinge! ¡Novios de la palmera casta!
        ¡Sólo calmáis vosotros la sed de lo infinito!

        ¿Qué pueden los ceñudos? ¿Qué logran las melenas
        De las zarpadas tribus cuando la sed oprime?
        Sólo el poeta es lago sobre este mar de arenas,
        Sólo su arteria rota la Humanidad redime.

        Se pierde ya a lo lejos la errante caravana
        Dejándome —camello que cabalgó el Excidio...—
        ¡Cómo buscar sus huellas al sol de la mañana,
        Entre las ondas grises del lóbrego fastidio!

        ¡No! Buscaré dos ojos que he visto, fuente pura
        Hoy a mi labio exhausta, y aguardaré paciente
        Hasta que suelta en hilos de mística dulzura
        Refresque las entrañas del lírico doliente.

        Y si a mi lado cruza la sorda muchedumbre
        Mientras el vago fondo de esas pupilas miro,
        Dirá que vio un camello con onda pesadumbre
        Mirando, silencio, dos fuentes de zafiro.

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      Palemón el Estilita

        Enfuriado el Maligno Spiritu de la devota
        E sancta vida que el dicho ermitanno facia,
        Entróle fuertemientre deseo de facerlo caer en
        Grande y carboniento peccado. Ca estos e non
        Otros son sus pensamientos e obras.
        Apeles Mestres.

        Palemón el Estilita, sucesor del viejo Antonio,
        Que burló con tanto ingenio las astucias del demonio,
        Antiquísima columna de granito
        Se ha buscado el desierto por mansión,
        Y en pie sobre la stela
        Ha pasado muchos días
        Inspirando a sus oyentes
        El horror a los judíos
        Y el horror a las judías
        Que endiosaron ¡Dios del cielo!
        Que endiosaron a una hermosa
        De la vida borrascosa,
        Que llamaban Herodías.

        Palemón el Estilita "era un santo". Su retiro
        Circuían mercadantes de Lycoples y de Tiro,
        Judaizantes de apartadas sinagogas,
        Que anhelaban de sus labios escuchar
        La palabra de consuelo,
        La palabra de verdad
        Que nos salve del castigo,
        Y de par en par el Cielo
        Nos entregue; sólo abrigo
        Contra el pérfido enemigo
        Que nos busca sin cesar
        Y nos tienta con el fuego de unos ojos
        Que destellan bajo el lino de una toca,
        Con la púrpura de frescos labios rojos
        Y los pálidos marfiles de una boca.
        Alrededor de la columna que habitaba el Estilita,
        Como un mar efervescente, muchedumbre ingente agita,
        Los turbantes, los bastones y los brazos,
        Y demanda su sermón al solitario
        Cuya hueca voz de enfermo
        Fuerzas cobra ante la mies
        Que el Señor ha deparado
        A su hoz, y cruza el yermo
        Que turbaron otros tiempos los timbales de Ramsés.

        Y les habla de las obras de piedad y sacrificio,
        De las rudas tentaciones del Apóstol y del vicio
        Que llevamos en nosotros; del ayuno y el cilicio,
        Del vivir año tras año con las fieras
        Bajo rotos quitasoles de palmeras;
        Y les cuenta lo que es sed y lo que es hambre,
        Lo que son las noches cálidas de Libia,
        Cuando bulle de planetas un enjambre,
        Y susurra en los palmares la aura tibia,
        Que provocan en el ánimo cansado
        De una vida muerta y loca
        Los recuerdos tormentosos
        Que en los días pesarosos,
        Que en los días soñolientos
        De tristezas y de calma
        Nos golpean en el alma
        Con sus mágicos acentos
        Cual la espuma débil
        Toca
        La cabeza dura y fría
        De la roca.

        De la turba que le oía
        Una linda pecadora
        Destacóse: parecía
        La primera luz del día,
        Y en lo negro de sus ojos
        La mirada tentadora
        Era un áspid: amplia túnica de grana
        Dibujaba las esferas de su seno;
        Nunca vieran los jardines de Ecbatana
        Otro talle más airoso, blanco y lleno;
        Bajo el arco victorioso de las cejas
        Era un triunfo la pupila quieta y brava,
        Y, cual conchas sonrosadas, las orejas
        Se escondían bajo un pelo que temblaba
        Como oro derretido;
        De sus manos blancas, frescas,
        El purísimo diseño
        Semejaba lotos vivos
        De alabastro,
        Irradiaba toda ella
        Como un astro;
        Era sueño
        Que vagaba
        Con la turba adormecida
        Y cruzaba
        -La sandalia al pie ceñida-
        Cual la muda sombra errante
        De una sílfide,
        De una sílfide seguida
        Por su amante.

        Y el buen monje
        La miraba,
        La miraba,
        La miraba,
        Y, queriendo hablar, no hablaba,
        Y sentía su alma esclava
        De la bella pecadora de mirada tentadora,
        Y un ardor nunca sentido
        Sus arterias encendía,
        Y un temblor desconocido
        Su figura
        Larga
        Y flaca
        Y amarilla
        Sacudía:
        ¡Era amor! El monje adusto
        En esa hora sintió el gusto
        De los seres y la vida;
        Su guarida
        De repente abandonaron
        Pensamientos tenebrosos
        Que en la mente
        Se asilaron
        Del proscrito
        Que, dejando su columna
        De granito,
        Y en coloquio con la bella
        Cortesana,
        Se marchó por el desierto
        Despacito...
        A la vista de la muda,
        ¡A la vista de la absorta caravana!...

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      Pigmalión

        En líbico marfil tallas tu sueño
        De amor, la ninfa de tu ser exalta,
        Y entre labios de olímpico diseño
        Flores de perla tu buril esmalta.

        Sufres; el bloque de mirar risueño
        Donde la fiebre de la vida falta
        Yace inmóvil: la sangre de tu dueño
        Bajo las curvas gélidas no salta.

        Atiende el cielo tu clamor. "Resurge",
        Apolo clama; la beldad esquiva
        Tórnase carne y a la vida surge;

        La besas bajo el ático plafondo,
        Y entre la red de su pestaña viva
        Hallas lo azul sin límite ni fondo...

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      Que te amé, sin rival, tú lo supiste

        Que te amé, sin rival, tú lo supiste
        Y lo sabe el Señor; nunca se liga
        La errátil hiedra a la floresta amiga
        Como se unió tu ser a mi alma triste.

        En mi memoria tu vivir persiste
        Con el dulce rumor de una cantiga,
        Y la nostalgia de tu amor mitiga
        Mi duelo, que al olvido se resiste.

        Diáfano manantial que no se agota,
        Vives en mí, y a mi aridez austera
        Tu frescura se mezcla, gota a gota.

        Tú fuiste a mi desierto la palmera,
        A mi piélago amargo, la gaviota,
        ¡Y sólo morirás cuando yo muera!

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      San Antonio y el Centauro

        Antonio, el Cenobiarca del silencioso Egipto,
        Para templar los duelos de su vivir -proscripto
        En una helada cueva donde retoza el Diablo­
        Marchóse en altas horas a visitar a Pablo,
        El más viejo eremita.

        La paz reinaba en torno:
        En cálidos efluvios, por sus bocas de horno
        Respiraba el Desierto. Ya no volaba una
        Sola pareja de ibis rojos. La luna,
        Abriéndose ancho paso tras cenicienta franja,
        Vertía sobre el polvo su amarillo naranja,
        Seguida por un astro (dorada mariposa
        Que en derredor girase de una pálida rosa).

        Súbitamente el monje, creyendo oír muy lejos
        Un rumor, se detuvo, y a los blancos reflejos
        Del astro melancólico vio la extraña figura
        De un monstruo que, a galope, cruzaba la llanura;
        Y removiendo arenas se venía derecho
        A él: su cuerpo flaco tembló como un helecho
        Que el aura mece; "acaso esa bruta carrera
        Fuese fuego diabólico; tal vez hambrienta fiera... "
        ¡Ya llega! Y frente a frente del vital esqueleto
        Del monje, un ser no visto, desmelenado, inquieto,
        Se para. El ermitaño y el monstruo se interrogan,
        Y así, bajo la calma de la noche, dialogan:

        El Centauro
        Yo soy el viejo Hippofos: el último Centauro
        Que circundó sus sienes con el augusto lauro
        Crecido entre las grutas del Sagrado Archipiélago;
        Soy un hijo de Grecia que atravesando el piélago,
        Vino a buscar la sombra de bosques escondidos
        Para llorar la fuga de sus dioses vencidos.
        Yo soy la Fuerza alegre; mi brazo poderoso
        Sabe peinar la ninfa y estrangular el oso;
        Y en mi pecho, que tiene la aspereza del cardo,
        Se doblan las espadas y se despunta el dardo,
        Y, cual rodada piedra que va de tope en tope,
        Sobre las rocas duras revienta mi galope;
        Hasta los dioses tiemblan cuando la ceja enarco;
        Yo rompo dos encinas para forjarme un arco,
        Y cifro la alegría de vivir. Soy un hombre
        Que sueña, quiere y puede, y a la par lleva nombre
        De monstruo; tengo mente, y endurecido callo:
        Soy malo como el hombre y ágil como el caballo,
        Y velo extraño símbolo. Soñador y lascivo,
        Quien conozca mi esencia conoce un adjetivo,
        Comprende el adjetivo universal y humano
        Que entre su seno oculta la palabra ¡Pagano!
        Tu nombre di, Fantasma que dialogas conmigo.

        San Antonio
        Yo soy Antonio, un siervo del Señor, tu enemigo,
        Que atempera sus pasos a la celeste norma
        De Jesús, y proscribe la diabólica forma
        Que corrompe los seres, arrebata la mente
        Y hace perder el alma del hombre eternamente...
        No soy púgil: mis brazos no soportan el peso
        De un ánfora colmada; se diría de yeso
        Mi figura unas veces, en otras aparenta
        Los contornos de una raíz amarillenta.
        Mi frente, que no ciñe fresco gajo, sin vello
        Finge tan sólo el árida rodilla del camello.
        Soy un heraldo mudo de la roja victoria
        Sobre el Olimpo. Digo la beldad y la gloria
        De Cristo con los seres que son de polo a polo.

        El Centauro
        No puede vuestro Cristo competir con Apolo,
        Con el hijo soberbio del Ceñudo y Latona,
        Que en los brazos de Dafnis al amor se abandona,
        O lleva el ígneo carro que volcó Faetonte
        Por los campos azules del abierto horizonte.
        El olímpico auriga de la eterna carroza
        Donde Febo, ceñido de laureles, retoza
        Con las Horas desnudas, los sonoros tropeles
        Por el éter dirige de sus raudos corceles.
        Van cayendo las sombras bajo el dardo certero
        Del Arquero divino; por el ancho sendero
        Que siguió la carroza, cruza el sol, pasa el día,
        Y la luz va regando su dorada armonía.

        Ese numen risueño que ignoró la tristeza
        Y ha rendido al Olvido su robusta cabeza,
        Es el padre del Verso: con su mano divina,
        Al pulsar los bordones del arpa elefantina,
        Vaga, dulce, amorosa y simbólicamente,
        Ha forjado una patria más hermosa que Oriente,
        Donde yerra el perfume que al dolor nos arranca
        Y a do vuela el suspiro de amor -alondra blanca
        Que sobre el pico lleva la miel de un beso rojo-
        De allí parten los yambos como flechas de hinojo
        Del artista con celos que, siguiendo la huella
        De Marsyas, lo cautiva, lo vence, lo desuella.

        Por la senda más agria del adusto Parnaso,
        Con la crin en desorden a la luz del ocaso
        Va subiendo Pegaso, portador en sus ancas
        Del cantor Musageta de las Vírgenes blancas.
        Y en la fiesta del mármol, sobre el bajorrelieve,
        Entre dioses risueños y Afroditas de nieve
        Cuyas bocas ensayan las sonrisas eternas,
        Se irgue Apolo: la carne de sus pálidas piernas;
        El torso alabastrino donde la gracia ondula
        En cadenciosos planos; la frente que simula
        Un ara donde ofician la Luz y la Alegría,
        Y de su cuerpo todo la vívida armonía,
        Parece que suspiran por el febril contacto
        De efebos y de ninfas de delicioso tacto...!

        ¡Al Crinado cantemos!

        San Antonio
        Es un ídolo yerto,
        Es un nombre en el mundo de espíritu, muerto.

        El Centauro
        Un dios más bello muestra que Apolo y Citerea.

        San Antonio
        El triste, el dulce, el pálido Nabí de Galilea.
        Es el profeta joven: como dorada lluvia
        Tiembla su pelo dócil, fluye su barba rubia;
        El sabe lo que dice la voz de las colmenas,
        Y ama los canes tristes como las azucenas;
        Y son sus ojos grandes, melancólicos, vagos,
        Y en su fondo reflejan, como místicos lagos,
        El divino silencio de las noches tranquilas;
        Y, cual besos que miren, sus absortas pupilas
        Aprisionan la calma del azul horizonte;
        Son sus manos delgadas como lirios de monte;
        Por su voz habla el eco de un arrullo divino,
        Y en vez de lauros lleva la toca del rabino.

        Es triste cuando vaga cual un pastor extraño,
        En busca de la oveja perdida del rebaño,
        Y cuando gime a solas por el amigo muerto;
        Es triste cuando, extinta la luz en el desierto,
        Con la cabeza baja y los ojos cerrados,
        Medita entre una fila de camellos cansados.
        Si entre las frondas negras del olivar espeso
        El de Kerioth le besa con su marchito beso,
        Sabiendo que su soplo sobre el Ungido vierte
        La hez de la perfidia y el vaho de la muerte;
        Cuando la vieja mano de Dios le des asiste
        En el postrer instante de su dolor: ¡es triste!
        Y si a la tibia sombra de la copada higuera
        Sentado por las tardes, al pueblo que lo es pera
        Le dice la parábola, y en delicioso abrigo
        Bajo la vid en fruto de Lázaro, su amigo,
        A María -la tierna- y a Marta -la sentida­
        Enseña a amar el Alma y a despreciar la vida;
        Cuando, caudillo inerme de la legión futura
        De mártires, levanta la mística figura,
        Sobre el paciente lomo de la borrica tarda,
        Y en medio de las voces del pueblo que le aguarda
        Entra a Salem, de angustia y amor el alma llena;
        Cuando en las horas grises de la última Cena
        No ya la Pecadora su casto pie le enjuga,
        Y mientras Juan -el virgen- comparte su lechuga,
        El Rabbi desolado por la melancolía
        ¡Es dulce, es dulce, es dulce!

        La blanca Eucaristía
        Palpita entre sus manos; con la mirada alumbra
        Los tintes nebulosos de tímida penumbra
        Que va llenando en olas aquel sereno asilo,
        Y, destrozado mártir al parecer tranquilo,
        Suscita sobre el terso cristal de su memoria
        La pena sin orillas de su futura historia,
        Y oye vibrar el beso del hombre que le entrega
        Y la cobarde excusa de Kefas que le niega,
        Y, como los retumbas de sorda catarata,
        Los bárbaros aullidos del pueblo que le mata,
        Mientras el ancho marco de la ventana hebrea
        Recorta azules franjas del éter de Judea,
        Que está diciendo al mártir de faz entristecida
        ¡Cómo puede ser libre, fácil, sensual la vida!

        Contéstame: ¿qué trágico calzó mejor coturno
        Que aquel Crucificado de rostro taciturno
        Que, erguido sobre el Gólgota, desde la cruz pasea
        Los ojos por su caro país de Galilea
        Que no verá en el tiempo, y en lánguido desmayo
        Se va muriendo exangüe? Cuando vestía el sayo
        De punzador ultraje, cuando cargó la carga
        De su futura gloria, cuando probó la amarga
        Bebida el virgen labio dolorido y sangriento,
        Y oyó que su lamento se perdía en el viento,
        ¡Fue el trágico sublime! La flor de los dolores
        Regó desde ese instante sus cálidos olores,
        Y como banda nívea de cisnes familiares,
        Al arenal sin límites huyeron a millares
        Las vírgenes de Cristo, que en su mansión de palma
        Hallaron lo que Grecia no supo ver: ¡el Alma!

        Allí, más victorioso que el orcomenio atleta,
        Con sus pasiones lucha vetusto anacoreta,
        Creador, en el silencio de abruptas soledades,
        De goces no sentidos, de voluptuosidades
        Que acendra el abstenerse y oculta la tristeza;
        Allá desde las cruces levantan la cabeza
        Los mártires heridos -sedientos gladiadores
        Que secan con sus bocas el mar de los dolores-.
        El impasible Kosmos de vuestra fantasía
        Perdió tal vez su euritmia, su Olimpo, su alegría;
        En cambio nuestras almas trocaron la Quimera
        Por un país excelso donde el amor impera
        Y... súbito el Centauro, doliente, silencioso,
        Se fue sobre la arena con paso perezoso,
        Alejando, Alejando... y entre la gris llanura
        Borró para los hombres su helénica figura,
        Mientras el viejo monje -con su báculo incierto­
        Con el signo de gracia borraba en el desierto
        Las huellas del Centauro...

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